COVID 19: Movilización por un sistema de protección social en Brasil

por Altamir Tojal

Debemos pensar y actuar pronto, no solo para iniciativas dentro del alcance del poder público, sino también para acciones de solidaridad cívica y comunitaria.

Existe una agenda política tan necesaria y urgente como la agenda de salud para controlar la propagación de Covid 19 y mitigar el colapso planeado del sistema de salud. Es la movilización para un sistema de protección social de emergencia. En ambos frentes, sanitario y socioeconómico, las acciones implementadas y las anunciadas por el gobierno parecen insuficientes. Y un programa de protección social de emergencia, adoptado con la urgencia y el alcance necesarios, no solo podrá evitar una calamidad social, sino que también ayudará a la agenda de salud en sí, porque los más pobres y vulnerables se ven obligados a abandonar su hogar y exponerse al virus. poner comida en el vientre y en casa para la familia.

Es por eso que la implementación de un sistema de protección social de emergencia es una agenda política inmediata. El decreto del «estado nacional de calamidad pública» abre el espacio para que la sociedad defienda, exija y presione al Congreso Nacional para que adopte medidas que refuercen la protección social ahora, ahora. Si se deja a Bolsonaro y Guedes, no sucederá. Y será una sorpresa si los parlamentarios van en esta dirección sin la presión de la sociedad.

 

SEGUNDA SEMANA SIN UN CENTAVO

Debemos pensar en una gran movilización de la sociedad y actuar pronto, no solo a través de iniciativas dentro del alcance del poder público, sino también a través de acciones de solidaridad cívica y comunitaria. Tal proceso puede ayudar mucho a mitigar el sufrimiento de los más vulnerables y también el sufrimiento de todos nosotros. Y puede sembrar semillas de medidas y soluciones estructurales para la protección social a largo plazo, incluida la implementación de los ingresos de la ciudadanía. Pero todo depende de esta movilización ahora.

Aquí, las personas que viven al día, que trabajan para comer lo que ganan en el día suman millones y entrarán en la segunda semana sin dinero. La mayoría de los países que tienen sistemas de protección social mucho mejores que los nuestros han comenzado programas de emergencia más sólidos.

 

COLAPSO SANITARIO Y SOCIAL

Las medidas socioeconómicas adoptadas por el gobierno hasta ahora parecen muy tímidas y ciertamente no enfrentarán el aumento de la precariedad y la amenaza del hambre que se cierne sobre los más pobres, los desempleados, los trabajadores independientes, los informales y todos los más vulnerables de la sociedad. Además de la amenaza del colapso sanitario, nos dirigimos en Brasil hacia un colapso social en las periferias, barrios marginales y comunidades pobres en general.

La decisión de pagar R $ 200 mensuales durante un trimestre como ingresos de emergencia o «ingresos de cuarentena» es obvia, pero es insuficiente según los expertos que ya se han pronunciado. El gobierno brasileño anunció ayer (18 de marzo) y hasta ahora no ha decidido cómo implementarlo. En los Estados Unidos, el gobierno enviará de inmediato el primer cheque por US $ 1000 por correo, en un máximo de 15 días, y se enviará un cheque dentro de los próximos cuatro meses por lo que se haya decidido allí hasta ahora

 

ECONOMIA RECESION Y DESORGANIZACION

Antes del bono de R $ 200, aquí se anunciaron medidas importantes, como nuevos lanzamientos de FGTS, anticipación del 13. para jubilados, expansión de Bolsa Familia, mecanismos para prevenir o al menos posponer despidos por parte de las empresas, aliviar algunos costos impositivos, posponer la recaudación de préstamos, apoyar a las empresas y sectores más afectados por la crisis, etc. Todo esto puede ayudar, pero hasta donde podemos ver, no podrán hacer frente a la amenaza del colapso social y tampoco son suficientes para ayudar a la prioridad de salud del aislamiento social y para contener la recesión y la desorganización de la economía que ya están sucediendo.

 

INCAPACIDAD DEL GOBIERNO

Desde un punto de vista social, antes de la crisis de Covid 19, Brasil ya tenía un desempleo muy alto, el mercado laboral era altamente informal y precario, la infraestructura y los servicios públicos estaban agotados y el sistema de protección social estaba más allá insuficiente

Desde un punto de vista económico, el país no pudo lanzar la economía, acumulando años de recesión y crecimiento mediocre, bajo un gobierno incapaz de escapar del círculo vicioso y a menudo obstaculizando soluciones que dependen del apoyo y la acción no solo de los agentes económicos sino también de fuerzas políticas y sociedad.

 

EL MUNDO QUE VIENE

Un sistema de protección social de emergencia, si se adopta ahora y con el tamaño adecuado, no solo es necesario para enfrentar los inmensos desafíos de salud actuales y contener una calamidad social, sino que también puede ser una semilla para la reanudación de la economía posterior a la crisis.

El mundo del trabajo ya es conocido, la economía y la vida misma serán diferentes después de la pandemia. Ya es posible imaginar que la opción para el trabajo a distancia se acelerará y la automatización también se acelerará. Ya es posible imaginar que las empresas y sectores intensivos en conocimiento y tecnología crecerán aún más y aún más rápido. Quizás la brecha entre la fuerza laboral y las posibilidades laborales se amplíe aún más. Y las iniciativas para una implementación más rápida de mecanismos como el ingreso ciudadano o el ingreso básico universal pueden imponerse no solo como soluciones sociales sino también para la sostenibilidad de la nueva economía.

La movilización política para un sistema de protección social de emergencia ahora es necesaria en la lucha contra el virus y el hambre y también para generar el mundo venidero.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

La Cuarentena de Maduro: NOTAS SOBRE BIOPOLÍTICA CHAVISTA.

 

por Jeudiel Martínez

 

El coronavirus coincide en Venezuela con la quiebra de las finanzas públicas. La cuarentena potencialmente puede convertirse en una tragedia, es decir, la cuarentena dura (aplicada por el grupo de exterminio de Maduro, el FAES, en algunas ciudades) es una medida necesaria desde el punto de vista sanitario pero una locura desde el punto de vista económico.

El sistema de salud declina desde los años 80 y, en los gobiernos de Chávez, exactamente la misma estructura en crisis fue beneficiada por los mayores ingresos petroleros pero en definitiva permaneció igual, la diferencia del período chavista es que el caudillo usó a los médicos cubanos para solventar las fallas de la salud venezolana sin realmente crear un nuevo sistema de salud y una nueva seguridad social. En el periodo de Maduro la declinación dio paso a la descomposición y Venezuela se volvió un país con desnutrición infantil, lepra, sarampión, fiebre puerperal y cantidad de epidemias locales que todos los días matan gente. Lo más grave no fue que no se pudiera atender enfermedades complicadas como el cáncer sino que el país empezara a retroceder al siglo XIX debido a la falta de antibióticos e insumos muy básicos.   Luego de ser presionado hasta el extremo – y solo estando al borde del derrocamiento- Maduro aceptó ayuda de la Cruz Roja, la ONU y sus aliados para recibir insumos médicos como antibióticos, vendas, gasas, etc.

Y como allá no hay agua corriente, alcohol y nada por el estilo, como incluso  el jabón es escaso y costoso, la forma más racional es aislar al país del mundo e internamente. Pero eso en sí implica un enorme problema político y logístico (es decir biopolítico) para el que parece ser el gobierno con peor comprensión de la logística en todo el planeta, y uno de los pocos que tiene aversión a la circulación de las personas.

De hecho lo que distingue a Venezuela es que más que gobernar la vida se administra la descomposición. Ni siquiera se trata del equivalente de un “tratamiento paliativo” de las crisis sino una gestión o modulación del colapso: se quita la electricidad en el interior del país para que haya en Caracas, no se admite la emergencia hospitalaria para no reconocer la gravedad de la crisis, se crean grupos de exterminio para contener la violencia…se le puede llamar necropolítica a todo esto si se entiende que el simple “dejar morir” no es reemplazado por una política de exterminio sistemática sino que simplemente se convierte en una conducta deliberada de abandonar a la muerte y la descomposición a los seres vivos. Los animales enfermos y raquíticos de los zoológicos venezolanos y los prisioneros políticos y comunes, frecuentemente expuestos a la podredumbre, son la imagen de este laissez faire ante la descomposición.

Por eso sorprende la respuesta del gobierno de Maduro aunque ellos mismos reconocen que es tardía: en vuelos de Iberia habrían entrado varios infectados entre el 5 y el 8 de Marzo, infectados que circularon libremente y tuvieron contacto con concentraciones de personas y hasta abrazaron a políticos chavistas. Luego habrá que volver porque el chavismo se distanció de la negación de la epidemia que une a las izquierdas y las derechas a Giorgio Agamben y Jair Bolsonaro…

Hasta ahora las cuarentenas generales -sociales como les dice Maduro- han sido en zonas extremadamente prósperas como Lombardía y, en general, en países desarrollados con restos del estado de bienestar o sistemas de salud universales (excluyendo a EEUU, claro, la usual vergüenza tercermundista del primer mundo).  En una economía así una familia tiene ahorros o reservas o ingresos pendientes en una moneda fuerte y puede comprar comida barata para varias semanas y encerrarse a esperar viendo Netflix…

Aun así, ya en varios países han tenido que empezar a pensar en medidas: Francia dejó de cobrar servicios públicos y muchos países están viendo cómo transferir recursos sea a las empresas, sea a las personas, en EEUU ( super-desarrollado para unas cosas y subdesarrollado para otras) Ocasio Cortez está proponiendo un ingreso mínimo universal. Muy abajo en la escala económica, el gobernador de Río, donde no se ha decretado cuarentena, ya está previendo transferencias monetarias a pequeñas y medianas empresas y advirtiendo que habrá que pagarle seguro de desempleo a miles de personas. Hasta Guedes,  el infame ministro de la economía, tuvo que tomar unas previsiones que no se sabemos si servirán para algo pero demuestran que la situación obligaba a, al menos, hacer parecer que están haciendo algo en un país donde, para conservar su militancia más dura, el presidente tiene que decir lo contrario de lo que dicen las demás instituciones e incluso sus ministros.

Ahora veamos la economía de Venezuela:

-El petróleo está por debajo del precio de producción.

-Hay sanciones que limitan las ventas de petróleo.

-El único ingreso serio es el contrabando de oro.

-Casi todo es importado.

-El ciclo de producción de la moneda está quebrado porque los bancos no pueden dar créditos: el banco central retiene casi el 100% de los capitales de los bancos, es decir, el encaje bancario (depósito compulsorio) es igual a la totalidad del capital de los bancos. Esa irracionalidad sin precedentes fue la medida del chavismo para poder combatir la inflación sin tener que bajar el gasto público.

La “burbuja” de prosperidad del año pasado se debió a que las sanciones se relajaron y Venezuela vendió más petróleo a un precio decente, Chevron y Rosneft estaban produciendo más y  Maduro, finalmente, dejó que los dólares circulasen tranquilos en la economía. Con miles de venezolanos saliendo todos los días del país las remesas se incrementaron también diariamente, gestionadas por un ecosistema de casas de cambio y corredores informales que, dicho sea de paso, son más eficientes y baratas que cualquier otro servicio de envío de dinero en el mundo.

En ese contexto, y como la mayoría de los venezolanos son cuentapropistas, vendedores informales o trabajadores del sector terciario, la gente logró cobrar en dólares por su trabajo y algunas empresas dolarizaron los salarios pagando dólares en efectivo o al cambio del día de cobro. Sin embargo la mayoría de esos trabajadores autónomos no puede hacer nada desde su casa y el teletrabajo es difícil porque el internet no funciona muy bien y la electricidad es más que precaria. Exceptuando a los jóvenes que se las arreglan para trabajar en internet la mayoría de esa gente necesita circular  para tener dinero con lo que el empleado de una zapatería, el albañil, el técnico que arregla refrigeradores o celulares  o un vendedor de comida en la calle, básicamente, han sido condenados a pasar hambre.

El gobierno de Maduro no tiene expertos de ningún tipo en ningún área:  ellos le dan cualquier responsabilidad a la gente que consideran de confianza, además hay precedentes amplios y terribles de que ellos nunca prevén las consecuencias de sus actos y que solo los corrigen cuando ya el desastre ha ocurrido, el chavismo puede durar semanas o meses negando algo evidente mientras gente sufre: la catástrofe que ocurrió cuando Maduro decidió retirar los billetes de 100 bolívares, los de mayor denominación, en menos de 15 días terminó no solo con ancianos padeciendo bajos colas kilométricas sino en saqueos y escenarios dignos de The Walking Dead. Solo en 2018 Maduro pareció ser un poco más reflexivo y racional en sus acciones pero  en realidad tenemos una gran propensión al error con una curva de aprendizaje muy lenta en autoridades que saben que no van a responder ante nadie.

 

REVISEMOS LA SITUACIÓN:

El gobierno de Maduro sabe tan poco de epidemias como de economía. Las medidas son improvisadas o con segundas intenciones que nunca tienen que ver con los problemas. En este caso el deseo de militarizar todo. Uno no tiene ni idea de que les pueden sugerir los asesores cubanos y rusos que son la única gente a la que escuchan.

No hay un solo médico involucrado en la emergencia excepto por algunos asesores cubanos.

Estúpidamente, otros gobiernos no quieren colaborar con Maduro lo que podría ayudar a que fueran más razonables en algunas cosas. Además, los chavistas le tienen una aversión patológica no sólo a los periodistas sino a las ONG a las que consideran agentes extranjeros. Un periodista de un medio regional o un funcionario de Cáritas es para el chavismo un enemigo.

Como la economía Venezolana se basa, sobre todo, en la extracción de minerales en enclaves el gobierno es muy indiferente a la circulación y movilidad de las personas. Más que agentes económicos que producen dinero o pagan impuestos el gobierno ve a los ciudadanos como funcionarios públicos o clientela política. Desde los tiempos de Chávez la idea ha sido que ricos y pobres dependan del gobierno de alguna manera.  De ahí que el gobierno haya tratado de ser el distribuidor de alimentos y que vea toda producción y circulación que no controla como un mal necesario.

Maduro, en años anteriores, ha tratado de paralizar el país o ralentizar la circulación de gente: en 2016, en medio de una de las tantas crisis eléctricas, trató de que la gente se quedara en casa por semanas: intuía que la tormenta que azotó en 2017 se avecinaba.  Maduro no tiene problemas con las calles vacías porque calles llenas son ocasión para protestas…

Esto ocurre porque para ellos el valor no se produce sino que se extrae ya realizado  del subsuelo (la ideología mercantilista de la commodity-moneda de Chávez -y de todo desarrollista- que Maduro llevó a sus últimas consecuencias con el petro). De ahí que la circulación y producción interna de valor sea completamente secundaria para el chavismo respecto a la captura de divisas en el exterior que alimenta no solo al estado sino a las diferentes facciones del cartel que capturó al estado.

Para el chavismo la moneda-commodity, que ya es riqueza, se cambia por divisas afuera y las divisas se reparten adentro. Se puede decir que, para ellos, la economía es más algo que ocurre afuera del país más que dentro de él. Solo en el último año y medio Maduro empezó a abandonar esa doctrina.

No es exagerado decir que lo único que para el chavismo se produce dentro de Venezuela debe ser chavismo y solo chavismo, es decir, la relación de la población con los propietarios privados del estado. Crear valor es crear chavismo y la riqueza solo es un insumo para el crear chavismo: que las personas le compren su comida al gobierno, que les atienda un médico en un consultorio que parece una oficina del PSUV, que la persona sienta que depende del gobierno, que le apoye, que se sienta endeudada, que ame a Hugo Chávez o defienda a Maduro, que sienta lealtad a la dirigencia, que  crea que no tiene derechos de ningún tipo si el chavismo no está en el poder, etc. La creación del chavismo es entonces una forma clientelista de la “producción inmaterial”

El chavismo siempre niega las crisis  y sí reconoció esta es, o por oportunismo, o porque realmente están asustados y el nivel de contagio es enorme. Seguramente miedo y oportunismo se combinan aquí, el hecho de que no pueden ser culpados por la pandemia es, con toda certeza, un factor importante en que no se sientan obligados a negarlo y, sin duda, la idea de usar la epidemia como leverage para pedir una relajación de las sanciones es buena parte de su disposición a aceptar que la enfermedad existe.  Pero es casi seguro que no han pensado o no se preocupan por la dimensión económica de la cuarentena.

No tienen dinero, la “burbuja” de pseudo-prosperidad acabó. Los dólares en Venezuela circulan sólo físicamente y la producción de la moneda fiat, de la moneda como tal, está quebrada gracias a la locura del encaje monetario. Dentro del país o se paga con dólares en las tiendas o se cambian los dólares por bolívares pero los dólares tienen que ser entregados en la mano del comprador. La cuarentena sabotea este circuito. La dependencia de las remesas será más grande aún.

Al darle mano libre a los militares y policías (ahora hablan de unidad cívico-militar-policial) se cometerán miles de abusos y arbitrariedades. La experiencia nos dice que mientras más discreción tienen los militares y policías en intervenir en los flujos de personas y mercancías más difícil  se hace ese flujo y más aumentan las extorsiones: para policías y guardias nacionales de bajo rango, que no controlan grandes esquemas, el ciudadano común es la principal fuente de ingresos.

Cualquier insumo médico que entre al país, en mayor o menor medida, terminará en manos de las mafias cívico-militares. No importa lo que diga el gobierno en Venezuela los stockpilers, los acaparadores,  son chavistas o gente ligada al chavismo. No olvidemos que todas las mafias que Maduro dijo combatir en 2018 (de dinero en efectivo, alimentos, metales preciosos, petróleo) eran TODAS de funcionarios públicos y de chavistas.

Lo que se había avanzado en liberar el flujo de bienes de extorsiones y burocracia puede retroceder en estos próximos meses.

En fin, para la Venezuela de hoy parece que se abren dos opciones al gobierno en la medida en que la cuarentena acelera la crisis económica terminal ya acelerada por las sanciones, ambas son igual de probables:

Dejan circular a la gente y la cuarentena pierde efecto.

Siguen limitándola y condenan a la gente a pasar hambre en su casa.

Seguramente en las próximas semanas veremos al gobierno moverse de una a otra como una pelota de ping-pong. Solo se puede esperar que la curva de aprendizaje sea, en este caso, un poco más rápida y que, fuera de Venezuela, otros gobiernos e instituciones entiendan la necedad de la actitud de Duque y busquen cooperar con el gobierno venezolano y, sobre todo, renuncien a la fantasía colectiva de que Guaidó importa. A pesar del oportunismo y brutalidad del gobierno hay una vulnerabilidad profunda que podría ser usada para sacar algunas concesiones que pueden salvar vidas.

La situación, por demás, es impredecible. Venezuela siempre está a una crisis más de una situación catastrófica y en el gobierno sabe que, un día, uno de estos desastres puede arrastrarlos.

En todo caso es predecible que, con el tiempo, la desesperación por la situación económica sobrepase el miedo al contagio y la cuestión se reduzca a si el gobierno se va a decidir a mantener la cuarentena por la fuerza o si pensará en alguna forma de garantizar un ingreso a las personas que quedan recluidas en su casa…pero como si la economía se desmorona??.

Los que crean dioses, santos y fabulaciones parecidas…que recen…daño no va a hacer.

 

Excepción viral

Por Jean Luc-Nancy

Giorgio Agamben, un viejo amigo, afirma que el coronavirus es apenas diferente de una simple gripe. Olvida que para la gripe “normal” tenemos una vacuna de eficacia probada. Y esto también necesita ser adaptado a las mutaciones virales cada año. A pesar de ello, la gripe “normal” siempre mata a varias personas y el coronavirus para el que no hay vacuna es claramente capaz de una mortalidad mucho mayor. La diferencia (según fuentes del mismo tipo que las de Agamben) es de 1 a 30: no me parece una diferencia pequeña.

Giorgio dice que los gobiernos toman todo tipo de pretextos para establecer estados continuos de excepción. Pero no se da cuenta de que la excepción se convierte, en realidad, en la regla en un mundo en el que las interconexiones técnicas de todas las especies (movimientos, traslados de todo tipo, exposición o difusión de sustancias, etc.) alcanzan una intensidad hasta ahora desconocida y que crece con la población. La multiplicación de esta última también conduce en los países ricos a una prolongación de la vida y a un aumento del número de personas de avanzada edad y, en general, de personas en situación de riesgo.

No hay que equivocarse: se pone en duda toda una civilización, no hay duda de ello. Hay una especie de excepción viral – biológica, informática, cultural – que nos pandemiza. Los gobiernos no son más que tristes ejecutores de la misma, y desquitarse con ellos es más una maniobra de distracción que una reflexión política.

Recordé que Giorgio es un viejo amigo. Lamento traer a colación un recuerdo personal, pero no me distancio, después de todo, de un registro de reflexión general. Hace casi treinta años, los médicos me juzgaron para hacer un transplante de corazón. Giorgio fue una de las pocas personas que me aconsejó no escucharlos. Si hubiera seguido su consejo, probablemente habría muerto tarde o temprano. Uno puede equivocarse. Giorgio sigue siendo un espíritu de finura y bondad que puede ser llamado – sin ironía – excepcional.

 

Entre el riesgo y el miedo, biopolítica en alza

Pensábamos que teníamos todo controlado; pero no, ni tecnológica, ni económicamente, de ahí la tremenda cura de humildad que nos inflige la pandemia

Por José Antonio Pérez Tapias

A veces lo nuevo acecha. No sólo sorprende, sino que desestabiliza al irrumpir amenazante en lo que era el orden de nuestro mundo. Es lo que ha sucedido y sigue ocurriendo con el coronavirus –COVID19 según bautismo científico– a tenor de la pandemia desencadenada con su expansión. La situación es inédita, no ya solamente por la veloz cadena de contagios de la consiguiente enfermedad de carácter gripal, sino además por las medidas sanitarias decididas políticamente para tratar de frenarla, con costosísimas consecuencias económicas y sociales a lo largo y ancho del planeta; debido a ella vale, pues, aplicar el tópico de que hay un antes y un después. Los hechos amalgamados en torno al coronavirus suponen, por tanto, un acontecimiento y como tal es vivido y será recordado. No se trata de un suceso más que se añade a otros semejantes, sino que estamos ante un acontecimiento que, siendo inesperado, tiene todos los ingredientes para constituirse en un hito del todo significativo, de manera que a su carácter de imprevisto se suma su potencial de dejar en suspenso el mero fluir de procesos en curso para, en una situación nueva, concitarnos ante alternativas, dilemas, y cambios futuros respecto a los cuales hay y habrá que tomar decisiones sin precedentes.

Lo novedoso en este caso, calificado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud cuando la expansión del virus de marras alcanzó determinados parámetros, incide en la mismísima percepción del proceso de globalización con la que hasta ahora nos hemos movido. Desde las últimas décadas venimos hablando de globalización económica, impulsada ciertamente por el capitalismo financiero y el desarrollo de la informática y la telemática, pero a la vez promoviendo unas interrelaciones económicas muy estrechas, por más que desequilibradas, entre agentes económicos y sociedades diversas a escala planetaria; globalización respecto a la cual, por lo demás, hemos visto en los últimos tiempos movimientos reactivos a la búsqueda de recetas proteccionistas, pero sin abandonar los dogmas neoliberales. ¡Y quién iba a decirnos que el supuesto orden económico internacional lo iba a poner patas arriba un microscópico virus protagonista de otra cara de la globalización! Pensábamos que teníamos todo controlado; pero no, ni tecnológica, ni económicamente, de ahí la tremenda cura de humildad que nos inflige la pandemia desatada.

Es cierto, por otra parte, que la problemática del cambio climático, tomando el relevo a la preocupación por la capa de ozono y otras causas medioambientales, nos introdujo de lleno en la vertiente ecológica de la globalización. Sin embargo, ha sido ahora, con la globalización de la enfermedad, cuando la conciencia colectiva ha dado un salto cualitativo, es verdad que sin que ello prejuzgue hacia dónde caigamos. Una epidemia que arrancó de una provincia China, en el imaginario colectivo todavía “extremo Oriente”, se nos ha instalado en pleno Occidente, con Italia primero y España después como focos de la misma en este lado del mundo. Cómo hacer frente a la enfermedad nos supone una nueva versión de la correlación bidireccional global-local, buscando en cada caso para la comunidad de la que formamos parte los medios para su inmunidad, cosa que a su vez, como advirtió el filósofo italiano Roberto Esposito antes de que nos viéramos en éstas, puede hacerse de manera fructíferamente creadora o regresivamente, pretendiendo inmunización a base de una más cerrada comunitarización.

Si en adelante se consumara la tentación de cerrar fronteras, que sería además una cesión claudicante ante los que no se casan de promover y construir nuevos muros, estaríamos dando la peor respuesta que pudiera darse en nuestra actual sociedad del riesgo. El sociólogo alemán Ulrich Beck, que antes de morir nos dejó unas cuantas obras fundamentales, fue pionero señalando los nuevos riesgos que íbamos a tener que afrontar en un mundo globalizado. No le faltó perspicacia para indicar que el reverso de los riesgos de nuestro mundo son los temores que se generan, con el peligro de que se nos convierta en una sociedad del miedo. Con ciudadanas y ciudadanos atemorizados, expuestos a caer en el pánico ante circunstancias que serán muchas veces tan nuevas como arrolladoras, no será posible dar con las vías adecuadas para salir de las crisis. Se repetirá una y otra vez, al cabo del tiempo, lo que decía Marx acerca de una burguesía capitalista que sale de las crisis preparando la siguiente, siempre más profunda y mayor. En las condiciones de la pandemia actual ha de ser motivo de reflexión crítica la consideración de que a la globalización de la enfermedad ha de respondérsele con la globalización de la salubridad, es decir, de las condiciones para una vida saludable a escala planetaria. Todo se juega para lograrla en cómo se gestionen el riesgo y el miedo para no quedar atrapados entre ellos.

La globalización de la salubridad –cuestión que toca de lleno las exigibles condiciones de vida digna para todos– implica el combate firme contra las desigualdades, dado que éstas impiden de hecho que, a las diferentes escalas nacional e internacional, puedan alcanzarse objetivos de salud pública. Dichos objetivos traen de nuevo al debate ético y político la noción de bien común, correlacionada con lo que es exigible por razones de justicia. Al hilo de tal apreciación es oportuno insistir, no tanto en apelaciones a un “sentido común” respecto al cual hasta puede ser aconsejable una inevitable dosis de escepticismo –suele ser tan invocado como ausente, dado el peso de los intereses en pugna–, sino en el sentido de lo común, conscientes de los bienes que todos hemos de poder disfrutar o a los que todos hemos de tener acceso en condiciones de efectiva igualdad –entre otras características, no han de ser reducibles a mercancía– porque son soporte de la vida y, justamente, de la vida en común. Sin duda, la salud pública es irrenunciable bien común.

Precisamente la actual crisis sanitaria provocada por el coronavirus, ante la cual el gobierno de España ha decretado el “estado de alarma” para dotarse de un instrumento jurídico que le permita hacer frente con mayor eficacia a la misma, coordinando otros poderes del Estado y dirigiendo los recursos de éste en múltiples vertientes, desde el ámbito hospitalario hasta las actuaciones policiales, es caso patente de una política volcada hacia la protección de la vida del conjunto de la población bajo su responsabilidad política. Como se ha dicho por voces muy plurales, si la política contemporánea tiene desde hace más de un siglo perfil de biopolítica, el gobierno de España, como otros, subraya ese carácter de sus actuaciones. Como si se tratara de un involuntario homenaje a Michel Foucault, la política de la vida llevada al punto de una extrema y rigurosa normativización de la vida de la ciudadanía, reglamentando puntillosamente en estos momentos hasta las cuestiones más de detalle relacionadas, por ejemplo, con las posibilidades mismas de circulación o de realización –más bien de no realización– de actos públicos, aun minoritarios, y todo para evitar que sigan multiplicándose exponencialmente los contagios, es una política con claro ejercicio de un biopoder.

Reconozcamos que la biopolítica en alza al hilo de la pandemia del COVID19 tiene que vérselas con dilemas fuertes ante los que no es fácil decidir, como no lo ha sido en fases anteriores en las que la sensación de incertidumbre, agravada por el desconocimiento en torno a un factor patógeno de nuevo cuño, se veía amortiguada por una confianza en el sistema sanitario que ante el desarrollo de los hechos puede calificarse a posteriori de excesiva. Vemos que, aparte de impedir los decesos de pacientes afectados por graves patologías previas que implican una gran vulnerabilidad –por más que, cuando se dan, son porcentualmente reducidos, lo cual en ningún caso justificaría desatención alguna–, un argumento fuerte a favor de las restricciones impuestas a la ciudadanía para la protección de su salud tiene que ver con la necesidad de ralentizar la propagación de la enfermedad, que para la mayoría no es grave, con el fin de asegurar la capacidad de hospitalización y tratamiento de las personas que sí se vean afectadas gravemente.

Es decir, a un argumento en relación con la vida, se añade un argumento tocante a la capacidad de respuesta del sistema de salud, respecto al cual todos sabemos, por otra parte, que se ha visto perjudicado por los recortes que ha sufrido en los últimos años, en especial en comunidades autónomas como la de Madrid, donde la derecha encontró campo de aplicación de su programa neoliberal. Se evidencia a la postre el precio, y no sólo monetario, pagado por someter la sanidad –las exigencias de protección a la salud y atención a la enfermedad– a criterios de mercado, primando lo privado frente a lo público. A nadie se le oculta, sin embargo, que apostar por la salud como ahora se hace, por otro lado, asumiendo el peso de la grave crisis que genera el parón económico que sufre todo un país –como Italia, como otros…–, tendrá consecuencias sociales que serán de nuevo gravísimas, especialmente en lo que respecta al desempleo, con el factor añadido de lo que supone en el futuro un Estado mermado en sus recursos financieros por imposibilidad de una recaudación fiscal como sería de desear. Por ahí se presenta el otro cuerno del dilema.

Es cierto que todos los análisis que se hacen, apuntando más allá de lo inmediato en cuanto a las medidas implementadas y sus efectos, sean los positivos que cabe esperar como los negativos que se presenten como colaterales, apuntan a un tiempo venidero en el que las cosas van a ser distintas, contando con que habrá que frenar a un capitalismo voraz y despiadado que quiera recomponer cuanto antes sus balances dejando fuera los costos humanos de la crisis vivida. Poniendo cada cosa en su sitio, el caso es que en muchos aspectos el sitio no habrá de ser exactamente el mismo en el que estaban. Así, en la relación, tantas veces planteada como antagónica, entre mercado y Estado, habrá que rebajar la gratuita primacía absoluta concedida al primero y reparar en la medida en que de verdad necesitamos al segundo. Y si más allá de un Estado concreto miramos a la Unión Europea, tendremos que decir otra vez qué poco nos vale si a su actitud desalmada en relación a inmigrantes y refugiados se sigue sumando un burocratismo y una impotencia tales que la hacen ineficiente incluso para una mínima coordinación entre Estados, como en la crisis del coronavirus se comprueba. Yendo al fondo, si entre vida y economía se sigue apostando unilateralmente por la economía frente a la vida nos volveremos a ver en situaciones tan difíciles como la actual o más, pues podemos apostar que la del coronavirus no será la última pandemia.

Al afrontar la crisis sanitaria actual, los gobiernos, y el español de manera especialmente enfática, han apelado a la responsabilidad de la ciudadanía para asumir prácticas de protección y confinamientos con una muy exigente dosis de disciplina. La apelación a que velar por la propia salud tiene un componente de interés propio, pero también de solidaridad en cuanto supone preocuparse por no contagiar, dañando así la salud ajena, es un factor movilizador puesto en juego. No hace falta halagar como héroes a los ciudadanos que se quedan en casa, pues en verdad no implica heroísmo alguno –¡qué palabra dejamos entonces para calificar a quienes de verdad tienen un comportamiento heroico, como profesionales de la sanidad y otros muchos!–, pero sí es cierto que de nuevo encontramos una verificación, aunque sea constatada con el lenguaje de la gubernamentalidad, de las reflexiones de Foucault, en este caso las atinentes al “cuidado de sí”, vía de reconstrucción de subjetividades abiertas a la relación con otros desde un autocuidado que es cultivo de la propia humanidad, en definitiva común humanidad. Se abre por ahí, si se sabe continuar por ella, una vía de redescubrimiento de la fraternidad –¡ése valor republicano!– que es de todo punto necesario para que la biopolítica sea de verdad democrática o, si se quiere, como dice el antes citado Esposito, que la democracia se conjugue como biopolítica en la que la vida sea bien común que cuidamos todos, también, obviamente, por mor de la vida de cada cual.

No hay que dejar que el biopoder decida arbitrariamente sobre la vida, prestando especial atención a los índices de mortalidad cuando pasan a nutrirse significativamente por los fallecidos de entre los sectores dominantes, pero no cuando los que mueren son, en proporción mayoritaria, de los sectores subalternos, minoritarios, empobrecidos o marginados de la población. El biopoder no puede sustraerse a exigencias de igualdad. También eso hay que ganarlo para el presente y para el futuro en la crisis del coronavirus.

COVID-19: El monstruo llama a la puerta

La globalización capitalista es biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura sanitaria pública internacional. Pero nunca existirá hasta que se acabe con el poder de las farmacéuticas y la sanidad con ánimo de lucro

Por Mike Davis

I.

COVID-19 es finalmente el monstruo que llama a la puerta. Los investigadores están trabajando día y noche para caracterizar el brote, pero deben hacer frente a tres enormes desafíos. El primero es que la constante escasez o ausencia de kits de prueba ha acabado con cualquier esperanza de contención. Además, también está evitando que se puedan realizar cálculos precisos sobre algunos parámetros clave como el índice de reproducción, la cantidad de población infectada o el número de infecciones leves. El resultado es un caos en las cifras.

Al igual que lo hacen las gripes anuales, el virus está mutando a medida que atraviesa poblaciones con composiciones etarias e inmunidades adquiridas diferentes. La variedad que seguramente llegará a los estadounidenses ya es ligeramente diferente a la del brote original de Wuhan. Las nuevas mutaciones podrían ser triviales o podrían alterar la distribución actual de virulencia que aumenta con la edad, ya que los bebés y los niños muestran escaso riesgo de infección grave mientras que los octogenarios se enfrentan a un peligro mortal a causa de una neumonía vírica.

Aunque el virus permanezca estable y mute poco, su impacto entre los menores de 65 puede ser radicalmente diferente en los países pobres y entre los grupos con un alto grado de pobreza. Solo hay que pensar en la experiencia mundial de la pandemia de gripe de 1918 (o gripe española) que se calcula que acabó con la vida de entre el 1 y el 2% de la población mundial. Al contrario que el coronavirus, era más mortal entre los jóvenes adultos y esto a menudo se ha explicado como consecuencia de que su sistema inmunitario, al ser relativamente más fuerte, reaccionó de forma desproporcionada a la infección y desató unas “tormentas mortales de citocina” contra las células pulmonares. Como bien sabemos, el H1N1 original encontró un nicho favorable en los campamentos militares y en las trincheras de los campos de batalla, en los que liquidó a jóvenes soldados por decenas de millares. El fracaso de la Kaiserschlacht (ofensiva de primavera) de 1918 y, por tanto, motivo del resultado de la guerra, ha sido atribuido al hecho de que los aliados, al contrario que su enemigo, pudieron reabastecer sus tropas enfermas con tropas estadounidenses recién llegadas.

Sin embargo, no muy a menudo se reconoce que un 60% de la mortalidad mundial tuvo lugar en el oeste de la India, donde la exportación de cereales hacia el Reino Unido y unas brutales prácticas de requisamiento coincidieron con una grave sequía. La escasez de alimentos resultante condujo a millones de personas pobres al borde de la inanición. Se convirtieron en víctimas de una siniestra sinergia entre malnutrición, que inhibió su respuesta inmunitaria a la infección, y una neumonía bacteriana y vírica galopante. En otro caso, en el Irán ocupado por los británicos, varios años de sequía, cólera y escasez de alimentos, seguidos de un brote generalizado de malaria, sentaron las condiciones previas para la muerte de aproximadamente una quinta parte de la población.

Esta historia, y en particular las consecuencias desconocidas de la relación entre malnutrición e infecciones existentes, debería alertarnos de que el COVID-19 podría seguir un camino diferente y mucho más mortífero en los suburbios de África y del sur de Asia. El peligro para los pobres del mundo ha sido ignorado casi por completo por los periodistas y por los gobiernos occidentales. El único artículo que he visto publicado afirma que como la población urbana de África Occidental es la más joven del mundo, la pandemia debería tener allí solo un impacto leve. En vista de la experiencia de 1918, la extrapolación parece ridícula. Nadie sabe lo que pasará en las próximas semanas en Lagos, Nairobi, Karachi o Calcuta. Lo único que es seguro es que los países ricos y las clases ricas se concentrarán en salvarse a sí mismas y prescindirán de la solidaridad internacional y de la ayuda médica. Muros y no vacunas: ¿puede haber un modelo más malvado para el futuro?

II.

En un año puede que echemos la vista atrás y admiremos el éxito de China a la hora de contener la pandemia y, al mismo tiempo, que nos sintamos horrorizados por el fracaso de EE.UU. (Estoy siendo valiente y dando por supuesto que la declaración de China con respecto al rápido descenso en el número de transmisiones es más o menos correcta). La incapacidad de nuestras instituciones para mantener cerrada la caja de Pandora, obviamente, no es ninguna sorpresa. Desde el año 2000 hemos observado en repetidas ocasiones las grietas en la primera línea sanitaria.

Por ejemplo, la temporada de gripe de 2018 desbordó a los hospitales de todo EE.UU., y puso de manifiesto la sorprendente escasez de camas de hospital que acusa el país tras 20 años de recortes motivados por el ánimo de lucro en la capacidad de pacientes ingresados (he ahí la versión de la industria sanitaria de cómo gestionar las existencias mediante el método de producción justo a tiempo). El cierre de hospitales privados y de beneficencia y la escasez de personal de enfermería también impuesto por la lógica de mercado han arruinado los servicios sanitarios en las comunidades más pobres y en las zonas rurales, y han trasladado la responsabilidad a los infrafinanciados hospitales públicos y centros de administración de veteranos. La situación del departamento de urgencias en esas instituciones ya es incapaz de hacer frente a las infecciones estacionales, así que ¿cómo van a afrontar la inminente saturación de casos críticos?

Estamos en las primeras etapas de un Katrina sanitario. A pesar de los años de advertencias de la gripe aviar y otras pandemias, el inventario de algunos equipos de emergencia básicos como los respiradores no es el adecuado para hacer frente a la afluencia prevista de casos críticos. Los sindicatos de enfermería más militantes se están asegurando de que todos comprendamos el grave riesgo que comporta la provisión insuficiente de algunos equipos de protección como las mascarillas N95. Y más vulnerables son aún, por invisibles, los cientos de miles de auxiliares sanitarios a domicilio y el personal de las residencias de ancianos que están sobreexigidos y mal pagados.

La industria de residencias asistidas o para personas mayores autónomas aloja a 2,5 millones de estadounidenses de la tercera edad (la mayoría de ellos con Medicare) y lleva mucho tiempo siendo un escándalo nacional. De acuerdo con el New York Times, un número increíble de 380.000 pacientes de residencias de la tercera edad muere cada año por la negligencia de las instituciones a la hora de aplicar los más básicos procedimientos de control de las infecciones. Muchas residencias, sobre todo en los estados del sur, consideran que les sale más barato pagar las multas por infracciones sanitarias que contratar personal adicional y darles la formación adecuada. Pero claro, como ha sucedido en Seattle, docenas, quizá cientos de residencias para ancianos se volverán zonas de riesgo del coronavirus, y los empleados que trabajan allí, y cobran el salario mínimo, lógicamente decidirán proteger a sus propias familias y quedarse en casa. En ese caso, el sistema podría colapsar y no creo que podamos esperar que la Guardia Nacional vacíe los orinales.

El brote ha puesto de manifiesto de forma instantánea esa marcada división de clases que existe en la asistencia sanitaria: aquellos con buenos planes de salud que también pueden trabajar o enseñar desde casa están cómodamente aislados siempre que cumplan con precauciones prudentes. Los empleados públicos y otros grupos de trabajadores sindicados que cuentan con una cobertura sanitaria decente tendrán que tomar decisiones difíciles entre cobrar y protegerse. Mientras tanto, millones de trabajadores con bajos salarios en el sector servicios, trabajadores agrícolas, empleados eventuales sin seguro, desempleados o personas sin hogar serán arrojados a los leones. Aunque el gobierno consiga finalmente resolver el desastre de los kits de prueba y pueda suministrar un número adecuado de ellos, los que carezcan de seguro seguirán teniendo que pagar a médicos u hospitales para realizarse el test. Los gastos médicos de las familias en general treparán por las nubes al mismo tiempo que millones de trabajadores pierden sus empleo y sus seguros médicos de empresa. ¿Puede haber un argumento más sólido y urgente a favor del Medicare para todos?

III

Pero la cobertura universal solo es un primer paso. Es decepcionante, por no decir algo peor, que en los debates de las primarias ni Sanders ni Warren hayan subrayado el abandono de la investigación y del desarrollo de nuevos antibióticos y antivirales por parte de las grandes farmacéuticas. De las 18 empresas farmacéuticas más grandes, 15 han abandonado esa actividad por completo. Las medicinas para el corazón, unos tranquilizantes adictivos y los tratamientos para la impotencia masculina son los más rentables, y no las defensas contra la infección de los hospitales, las enfermedades emergentes y las tradicionales enfermedades letales tropicales. Una vacuna universal contra la gripe, es decir, una vacuna cuyo objetivo sean las partes inmutables de las proteínas superficiales del virus, lleva siendo una posibilidad desde hace décadas, pero nunca ha sido una prioridad rentable.

Si la revolución de los antibióticos sigue retrocediendo, las viejas enfermedades volverán a aparecer acompañadas de nuevas infecciones y los hospitales se convertirán en mortuorios. Hasta Trump puede oponerse de manera oportunista a los abusivos costes de las recetas, pero necesitamos una visión más audaz que intente acabar con los monopolios farmacéuticos y facilite la producción pública de medicinas vitales. (Esto solía ser así: durante la 2ª Guerra Mundial, el ejército alistó a Jonas Salk y a otros investigadores para desarrollar la primera vacuna contra la gripe). Como escribí hace 15 años en mi libro El monstruo llama a nuestra puerta. La amenaza mundial de la gripe aviar: 

El acceso a las medicinas vitales, incluidas las vacunas, los antibióticos y los antivirales deberían ser un derecho humano, y estar universalmente disponibles sin coste alguno. Si los mercados no pueden proporcionar los incentivos para producir de forma barata estos fármacos, entonces los gobiernos y las organizaciones sin ánimo de lucro deberían asumir la responsabilidad de fabricarlas y distribuirlas. La supervivencia de los pobres debe considerarse una prioridad mayor que las ganancias de las grandes farmacéuticas.

La actual pandemia profundiza el argumento: ahora parece que la globalización capitalista es biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura sanitaria pública verdaderamente internacional. Pero esa infraestructura nunca existirá hasta que los movimientos populares no pongan fin al poder de las grandes farmacéuticas y la asistencia sanitaria con ánimo de lucro.

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en el blog Haymarketsbooks.

Traducción de Álvaro San José / ctxt.es

Coronavirus contra Agamben. Por una biopolítica popular.

por Panagiotis Sotiris

 

Recientemente Agamben recordó cómo el estado de emergencia se inserta en una genealogía inquietante y cómo el estado moderno siempre ha utilizado crisis de todo tipo para aumentar y ejercer su control violento sobre los pueblos. Todo esto lo afirmaba, sin embargo, ocultándose bajo la aparente neutralidad del sabio.

La epidemia ahora está golpeando a Italia con fuerza y ​​proliferando a toda velocidad en Francia, por lo que es necesario tomar medidas a gran escala para contrarrestar su expansión. A medida que las formas populares de auto-organización empiezan a tomar forma, particularmente en Italia, y está surgiendo la necesidad de una lectura racional y antagónica de las medidas tomadas por los gobiernos, nos pareció importante publicar este texto de Panagiotis Sotiris. Pensando en la continuidad del último Foucault, se propone imaginar qué podría ser una biopolítica comunista, basada en las luchas populares y la inteligencia colectiva.

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La reciente intervención de Giorgio Agamben, que caracteriza las medidas aplicadas en respuesta a la pandemia de Covid-19 como un ejercicio de la biopolítica del «estado de excepción», ha provocado un importante debate sobre la forma de pensar la biopolítica.

La noción misma de biopolítica, formulada por Michel Foucault, ha constituido una contribución importante a nuestra comprensión de los cambios vinculados a la transición a la modernidad capitalista, particularmente con respecto a los modos de ejercer el poder y la coerción. Desde el poder como derecho de vida y muerte que posee el soberano, pasamos al poder como un intento de garantizar la salud (y la productividad) de las poblaciones. Esto ha llevado a una expansión sin precedentes de todas las formas de intervención y coerción estatal. Desde las vacunas obligatorias hasta las prohibiciones de fumar en espacios públicos, la noción de biopolítica se ha utilizado en muchos casos como clave para comprender las dimensiones políticas e ideológicas de las políticas de salud.

Esto nos permitió al mismo tiempo analizar diferentes fenómenos, a menudo reprimidos en el espacio público, desde las formas en que el racismo intentó darse una base «científica» hasta los peligros encarnados por tendencias como la eugenesia. Y de hecho, Agamben utilizó estos análisis de manera constructiva, en su intento de teorizar las formas modernas del «estado de excepción», es decir, los espacios en los que se ejercen las formas extremas de coerción, de los que el campo de concentración es el ejemplo central.

Las cuestiones relativas a la gestión de la pandemia de Covid-19 obviamente plantean problemas relacionados con la biopolítica. Muchos comentaristas han dicho que China podía haber tomado medidas para contener o frenar la pandemia porque podía aplicar una versión autoritaria de biopolítica. Esta versión incluía el uso de cuarentenas prolongadas y prohibiciones de actividades sociales, todo lo cual fue posible gracias al vasto arsenal de coerción, vigilancia y control, así como por las tecnologías de que dispone el Estado chino.

Algunos comentaristas  han sugerido, incluso, que las democracias liberales, que no tienen la misma capacidad de coerción o que dependen más del cambio voluntario en el comportamiento individual, no pueden tomar las mismas medidas, lo que dificulta los intentos de hacer frente a la pandemia.

Sin embargo, sería un error plantear el dilema entre la biopolítica autoritaria por un lado y la confianza liberal en la propensión de los individuos a tomar decisiones racionales por el otro.

Esto es aún más obvio, ya que el hecho de considerar medidas de salud pública, como las cuarentenas o el «distanciamiento social», solo bajo el prisma de la biopolítica, lleva a perder su utilidad potencial. En ausencia de una vacuna o un tratamiento antiviral eficaz, estas medidas, tomadas del directorio de libros de texto de salud pública del siglo XIX, pueden resultar de enorme valor, especialmente para los grupos más vulnerables.

Esto es especialmente cierto si uno piensa que incluso en las economías capitalistas avanzadas, la infraestructura de salud pública se ha deteriorado y realmente no puede resistir los picos pandémicos, a menos que se tomen medidas para reducir sus tasas de expansión.

Se podría decir, contra Agamben, que la «vida desnuda» tiene más que ver con el jubilado en una lista de espera para un aparato de respiración o una cama de cuidados intensivos, debido al colapso del sistema de salud, que con el intelectual que debe hacer frente a los aspectos prácticos de las medidas de cuarentena.

A la luz de lo anterior, me gustaría sugerir un retorno a Foucault diferente. A veces olvidamos que este último tenía una concepción muy relacional de las prácticas de poder. En este sentido, es legítimo preguntar si es posible una biopolítica democrática o incluso comunista. En otras palabras: ¿es posible tener prácticas colectivas que realmente contribuyan a la salud de las poblaciones, incluidos los cambios de comportamiento a gran escala, sin una expansión paralela de las formas de coerción y vigilancia?

El propio Foucault, en sus últimos trabajos, tiende hacia esa dirección, con los conceptos de verdad, parresía y autocuidado. En este diálogo muy original con la filosofía antigua, propone una política alternativa del bios que combina atención individual y colectiva de manera no coercitiva.

En esta perspectiva, la decisión de reducir los desplazamientos o el establecimiento del distanciamiento social en tiempos de epidemia, la prohibición de fumar en espacios públicos cerrados o la prohibición de prácticas individuales y colectivas perjudiciales para el medio ambiente, sería el resultado de decisiones colectivas discutidas democráticamente. Esto significa que desde la simple disciplina nos movemos hacia la responsabilidad, hacia los demás y luego hacia nosotros mismos, y desde la suspensión de la socialidad hasta su transformación consciente. En tales condiciones, en lugar de un miedo individual permanente, capaz de romper cualquier sentimiento de cohesión social, destacamos la idea de esfuerzo colectivo, coordinación y solidaridad dentro de una lucha común, elementos que en este tipo de emergencias sanitarias pueden resultar tan importantes como las intervenciones médicas.

Se perfila así la posibilidad de una biopolítica democrática. Esta también puede basarse en la democratización del conocimiento. Un mayor acceso al conocimiento, combinado con las campañas de extensión necesarias, posibilitaría procesos de toma de decisiones colectivos basados ​​en el conocimiento y la comprensión y no solo en la autoridad de los expertos.

 

Biopolítica popular

Tomemos el ejemplo de la lucha contra el VIH. La lucha contra el estigma, el intento de dejar en claro que esta no es una enfermedad reservada para «grupos de alto riesgo», la exigencia de una educación en materia de prácticas sexuales saludables, la financiación del desarrollo de medidas terapéuticas y el acceso a los servicios de salud pública no hubieran sido posibles sin la lucha de movimientos como ACT UP. Se podría decir que este es realmente un ejemplo de biopolítica popular.

En la coyuntura actual, los movimientos sociales tienen mucho margen de maniobra. Pueden exigir medidas inmediatas para ayudar a los sistemas de salud pública a soportar la carga adicional causada por la pandemia. También pueden destacar la necesidad de solidaridad y auto organización colectiva durante esta crisis, en oposición a los pánicos individualizados propios de la ideología de la «supervivencia». También pueden insistir en que el poder estatal (y la coerción) se utilicen para canalizar los recursos del sector privado hacia las direcciones socialmente necesarias. Finalmente, pueden hacer de la transformación social un requisito vital.

Traducción del francés: Juan Domingo Sánchez Estop

Notas:

1.- Panagiotis Sotiris es profesor de Filosofía Política y Social en el departamento de Sociología de la Universidad del Egeo (Grecia). Sus líneas de investigación son la filosofía marxista, la obra de Louis Althusser y la teoría posmarxista. Es autor de «Comunismo y filosofía. La aventura teórica de Louis Althusser» (en griego, Ellinika Grammata, 2004). Colaborador de distintos medios alternativos a nivel internacional, es un activista en defensa de la Universidad pública en Grecia y forma parte de la izquierda radical griega.