Por Sebastiaan Faber
Seymour Hersh es una máquina. Dos semanas después de su 82 cumpleaños, a mediados de abril, concertamos una cita telefónica para un viernes a las 9 de la mañana, aunque normalmente juega al tenis a esa hora. Lo más probable –me dice– es que mande al tenis al carajo: no tiene tiempo, está metido en una historia importante. Cuando, el viernes en cuestión, abro mi correo electrónico a primera hora, encuentro una nota de Hersh enviada a las 4 de la madrugada. Se ha levantado temprano; estar inmerso en una investigación –escribe– siempre le pone los nervios a tope. Pero –agrega– intenta no hacer ruido porque tiene “miedo, un miedo mortal” de despertar a su esposa.
Hersh, cuyo libro de memorias, Reportero, sale con Península en junio, es una leyenda viva del periodismo de investigación. En noviembre de 1969, sacó la primicia de la masacre de My Lai. (Después de una odisea detectivesca de varios meses, logró hablar con William Calley, un primer teniente de 26 años acusado de haber asesinado a más de cien civiles en Vietnam). La pieza le valió un Premio Pulitzer. En 2004, en el New Yorker, Hersh reveló cómo un grupo de soldados estadounidenses había torturado a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.
En los años 70 y 80, Hersh se convirtió en uno de los críticos más temidos del gobierno norteamericano, particularmente en temas de seguridad nacional. Se ha especializado en el uso de fuentes internas –muchas veces, funcionarios jubilados– que suele cultivar durante muchos años. Sus piezas más recientes han sido especialmente controvertidas: han cuestionado los relatos oficiales del gobierno norteamericano sobre los ataques con gas sarín en Siria y el asesinato de Osama bin Laden. (Según sus críticos, Hersh se dejó embaucar por el presidente sirio Assad; otros creen que se fía demasiado de un puñado de filtradores). El pasado mes de enero, la London Review of Books publicó un reportaje de casi 6.000 palabras sobre las operaciones secretas que en los años de la presidencia de Reagan dirigía el entonces vicepresidente George H.W. Bush.
Seymour Hersh —Sy para sus amigos— nació en 1937 en el West Side de Chicago. Sus padres, inmigrantes judíos lituanos, llevaban una tintorería en un barrio pobre afroamericano. Cuando tenía 15 años, su padre enfermó de cáncer y Sy se hizo cargo del negocio durante varios años. En 1959, terminada una carrera de Historia en la Universidad de Chicago, entró como copista en el City News Bureau de Chicago. Cuatro años más tarde, se unió a la Associated Press, mudándose poco después a Washington, DC, donde aún vive. En 1968, trabajó brevemente como secretario de prensa de Eugene McCarthy en las primarias en las que McCarthy se postuló contra Johnson como candidato demócrata antiguerra.
Luego, Hersh se fue a Vietnam para cubrir la guerra como reportero freelance; acabó contratado por el New York Times. En los 70, fue clave en los descubrimientos del Watergate. Horas después de los ataques de 11 de septiembre de 2001, recibió una llamada de David Remnick, director del New Yorker. “No recuerdo las palabras exactas de David”, escribe Hersh en Reportero, “pero el mensaje fue simple: ‘Dedícate en exclusiva a la historia más importante de tu carrera’”. Desde entonces, ha trabajado sobre Oriente Medio.
Hersh es conocido por su mal genio, el extremo cuidado con que comprueba sus datos (adora a sus fact checkers, a los que tiene locos) y su ostentosa falta de cuidado a la hora de vestirse. Habla rápido, desviándose constantemente del tema. Cada minuto o dos, suelta una carcajada entre divertida y sarcástica. Lo que también suelta son tacos, a montones. (“Lo siento”, dice después de 45 minutos de blasfemia constante. “Lo hago sin querer. Suele pasarme cuando hablo de periodismo”).
Es común que sus reportajes contengan menos información de la que usted tiene en el momento de escribirlos. ¿Por qué se cohíbe?
Si no revelo todo lo que sé, es para proteger a mis fuentes internas. No hay otro motivo. En el último reportaje que hice para la London Review, por ejemplo, no pude sacar todo lo que sabía. Estos temas siempre ponen muy incómodos a los servicios secretos.
¿Cómo se asegura de que el gobierno no pueda identificar a sus informantes?
No utilizo Signal ni ningún otro tipo de comunicación cifrada, porque solo llamaría la atención. Así que me limito simplemente al Gmail. De todos modos, gracias al Patriot Act, el gobierno está enterado de todos mis contactos telefónicos. Eso significa que, cuando decido llamar a una persona dentro de la administración, la tendré que llamar tres veces por semana durante el resto de mi vida. Aun así, sabemos que la NSA lo registra absolutamente todo. Es una preocupación constante.


Muy buen post. Gracias por compartirlo.
Un articulo muy interesante. Gracias por la información. Saludos.