¿Cómo se reconoce un intelectual de derechas hoy día?

Por RAZMIG KEUCHEYAN

Hay una dificultad en las ciencias sociales a la hora de trabajar sobre la derecha: la derecha en general, y los pensamientos de derecha en particular[1]. Desde luego, se encuentra una literatura pletórica en historia de las ideas dedicada a Hayek o a Carl Schmitt. Pero muy poco en cuanto a contemporáneos. Esto se puede explicar por dos razones. La primera es que las ciencias sociales, sobre todo en Francia, son claramente de izquierda, y hay una proximidad entre los investigadores y las organizaciones o movimientos correspondientes. A veces los propios investigadores se dedican a la política, como ocurre en España en el caso de Podemos, cuya dirección estaba compuesta en su origen por universitarios. Esta proximidad implica un acceso facilitado en el terreno. El campo de enfrente, por supuesto, es más difícil de investigar.

Pero hay una segunda razón para el escaso número de investigaciones dedicadas al pensamiento de derecha, que es más problemático. La izquierda y las ciencias sociales se imaginan que la derecha domina por la fuerza, la trampa, la emoción, la manipulación, el dinero, pero no por el pensamiento. Dicho de otra manera, si la derecha se encuentra en el poder en todas partes, se debe a que es poderosa, no a que sea convincente.

Una de las razones de esta impresión está en lo que podría llamarse la estupidez de los intelectuales de derecha más mediáticos. ¿Cómo tomarse en serio a un Eric Zemmour, quiero decir cómo tomarlo intelectualmente en serio? Pero como muestra Gérard Noiriel en el libro que le ha dedicado, la estupidez tiene una eficacia política en algunas coyunturas, por ejemplo cuando las cadenas de información en continuo se vuelven el centro del campo político-mediático[2]. ¡No hay motivo para pensar que las teorías más coherentes o sofisticadas sean las más eficientes políticamente, por lo menos a corto plazo! Hay que tomarse en serio la estupidez en política. «La desgracia está en que tiene algo de natural y de convincente», dice Robert Musil en su ensayo Sobre la estupidez[3]. Y añade que a veces la estupidez «se suele confundir con el talento».

Mi argumento será que la sociología de los pensamientos de derecha debe ser parte integrante de la sociología de las clases dominantes, lo que no ha ocurrido hasta  ahora. La sociología de las clases dominantes, en particular de los Pinçon-Charlot y de los investigadores que ha inspirado, no está muy interesada en esta dimensión de su objeto. Ha estudiado los entresijos de los dominantes o las modalidades de su reproducción, pero no la manera como reflexionan, y los efectos de su pensamiento sobre las formas de su hegemonía. Pero la derecha piensa, su pensamiento es multiforme, y la hegemonía de las derechas deriva en parte de operaciones intelectuales -aunque el dinero y la manipulación también tengan su parte.

Conectar la teoría y la práctica

Perry Anderson, en Sobre el marxismo occidental, mostró cómo el fracaso de la revolución alemana produjo en los años 1920 una ruptura en el seno del marxismo, dando lugar al «marxismo occidental»[4]. Los marxistas «clásicos» -Kautsky, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg- tenían dos características. En primer lugar, eran historiadores, economistas, sociólogos en definitiva se ocupaban de ciencias empíricas. Sus publicaciones se relacionaban en buena medida con la actualidad política del momento. Además, eran dirigentes de partidos, estrategas confrontados a problemas prácticos reales. Estas dos características estaban estrechamente relacionadas: por ser estrategas, necesitaban saberes empíricos para tomar decisiones. A la inversa, su papel de estrategas alimentaban sus reflexiones de conocimientos empíricos de primera mano.

El marxismo occidental del período siguiente nació de la desaparición de las relaciones entre intelectuales y organizaciones obreras que prevalecían en el seno del marxismo clásico. A mediados de los años 1920, las organizaciones obreras fueron derrotadas en todas partes. El reflujo que desencadenó condujo a un nuevo tipo de relación entre intelectuales y organizaciones de izquierda. Con Adorno, Sartre, Althusser, Della Volpe, Marcuse y algunos otros, los marxistas que dominaron el ciclo que iba de mediados de los años 1920 a 1968, en los países del Norte, tenían características contrarias a los marxistas del período precedente. En primer lugar, ya no tenían lazos orgánicos con el movimiento obrero, y en particular con los partidos comunistas, En todo caso, no ocupaban funciones de dirección.

Además, los marxistas occidentales, al contrario que los marxistas clásicos, elaboraron saberes abstractos, y no saberes empíricos. En su mayor parte eran filósofos, algunos especialistas en estética o epistemología. Así como la práctica de las ciencias empíricas estaba ligada al hecho de que los marxistas del período clásico ejercían funciones de dirección en el seno de las organizaciones obreras, el alejamiento de estas funciones provocó una huída hacia la abstracción. Los marxistas produjeron en adelante saberes enunciados en lenguajes herméticos, referidos a ámbitos sin relación directa con la estrategia política.

Los pensamientos críticos contemporáneos prolongan estas grandes tendencias que Anderson atribuyó al marxismo occidental[5]. La disociación entre teoría y práctica políticas todavía se acentúa más. Es raro que las grandes figuras de los pensamientos críticos actuales -Jacques Rancière, Nancy Fraser, Slavoj Zižek, Ernesto Laclau, Judith Butler, Axel Honneth, Fredric Jameson…- sean miembros de organizaciones políticas o sindicales, y aún más que ocupen funciones de dirección. Aunque en algún momento u otro de su trayectoria han podido hacer política, se han confinado a un papel de conferenciantes. La disociación entre la teoría y la práctica políticas siguen siendo un hecho central hoy día en las corrientes de la izquierda.

La derecha no tiene este problema de ruptura entre la teoría y la práctica. Y con razón: la mayor parte del tiempo está en el poder, e incluso cuando no es así, sus ideas lo están, dicho de otra manera la alta administración o los editócratas formados en sus escuelas impiden que un programa de transformación social pueda ser realizado. Una característica del pensamiento de derecha es que está conectado a la práctica, a prácticas de gobierno, en el campo político y económico. Los dos hemisferios son por tanto asimétricos en su relación con el poder: el de izquierda está duraderamente desconectado, el de derecha estrechamente ligado.

A causa de esta conexión con la práctica, investigar sobre el hemisferio derecho, sobre los pensamientos de derecha, obliga a investigar sobre la hegemonía en general. Como decía Gramsci en el Cuaderno de prisión 10 (ʂ13), un bloque histórico emerge cuando «el contenido económico-social y la forma ético-política se identifican en concreto». La hegemonía consiste en un conjunto de operaciones intelectuales adaptadas a un momento del desarrollo del capitalismo. Algunas son específicas de un ámbito: la economía, el derecho, la religión, las artes… o de una institución. Otras son más generales, contribuyen a la legitimación del orden existente en su globalidad. De múltiples maneras, los intelectuales orgánicos de la derecha operan en la identificación concreta entre contenido económico-social y forma ético-política.

Lo teológico y lo popular

Esta ausencia de ruptura entre la teoría y la práctica tiene cinco implicaciones, que ofrecen una «brújula metodológica» para el estudio de los pensamientos de derecha. En primer lugar, se suele encontrar en la derecha un tipo de intelectual casi ausente en la izquierda: el teórico-práctico.

Un ejemplo: Emmanuel Gaillard[6]. Gaillard es un abogado comercial poco conocido por el gran público. Es una star del arbitraje internacional. Arbitraje internacional es el nombre de esa justicia paralela -consentida por los Estados- por medio de la cual las grandes empresas zanjan sus litigios, o atacan a los Estados cuyas legislaciones, por ejemplo en el terreno social o medioambiental, consideran que perjudican a sus inversiones[7]. En la mayor parte de los tratados comerciales internacionales hay previstas cláusulas de arbitraje para resolver los diferendos.

El arbitraje es un sector crucial del capitalismo, sin el cual la mundialización neoliberal habría sido inconcebible en su forma actual. Lejos de mí la idea de minimizar a Eric Zemmour y la labor de derechización infinita del campo político en que está metido. Pero Gaillard y sus semejantes son mucho más importantes en la construcción del orden social en que nos movemos, en los sufrimientos y fenómenos políticos mórbidos a que da lugar.

Además de un experto del derecho comercial, Emmanuel Gaillard es también un teórico del derecho. Enseña en Yale y en Sciences Po [Instituto de Ciencias Políticas de París]. Sobre todo, es autor de una de las «biblias» de la teoría del derecho del arbitraje internacional, discutida en revistas y leída en cursos especializados, titulada Aspectos filosóficos del derecho del arbitraje internacional[8]. Como indica el título de este libro, Gaillard desarrolla ahí la teoría de su práctica de arbitraje.

Para Gaillard, la teoría y la práctica se alimentan una de otra. Hay desde luego mucha abstracción o teoría en su pensamiento. Incluso una abstracción elevada, porque su libro trata de aspectos filosóficos del derecho del arbitraje internacional. Pero es una acción anclada en prácticas, en este caso en el derecho internacional de los negocios, en la articulación de los campos jurídicos y económicos. Entre otras cosas, esto muestra que la «tecnicidad» del pensamiento de derecha es más elevado que el de izquierda.

La falta de ruptura entre la teoría y la práctica en los pensamientos de derecha tiene una segunda consecuencia: la mayor parte del tiempo, estos teóricos-prácticos no son universitarios. Aunque Gaillard enseña en universidades, no es profesor a tiempo completo. Es un abogado comercial, que pasa la mayor parte de su tiempo en tribunales de arbitraje por los todos los rincones del mundo. Es una gran diferencia con los actuales pensadores de izquierda. Casi todos los que he citado son universitarios. Es verdad que hay sindicalistas, militantes de asociaciones, dirigentes de partido, periodistas o guerrilleros, que producen teorías críticas. Pero por lo general estos pensamientos son elaborados por profesores, y más en particular por profesores en ciencias humanas.

Esta academización de los pensamientos de la izquierda constituye una gran ruptura respecto a períodos anteriores de la historia de los pensamientos críticos, y en particular respecto al marxismo clásico. Lenin, Trotsky, Rosa luxemburg o Gramsci, está claro, no eran profesores. Si tenían que enseñar, lo hacían en escuelas de partidos, no en universidades (en esa época, instituciones muy diferentes de nuestras masificadas universidades de hoy). Eso implica que la formación de los actuales pensadores de izquierda, las ideas que producen, sus actividades cotidianas, sus relaciones con la política, son diferentes de generaciones anteriores.

En el Cuaderno de prisión 10 (ʂ41), Gramsci establecía una distinción entre el «catolicismo de los teólogos· y el «catolicismo popular». La Iglesia ha hecho muchos esfuerzos para evitar la formación de dos religiones separadas: una para las élites y otra para el pueblos. Esas dos variantes existen de hecho, pero se trata de que la ruptura no sea demasiado grande, que todo quede dentro de un mismo universo. Para ello, la Iglesia ha impuesto una disciplina a los teólogos, para que no superen ciertos límites en la sofisticación intelectual. Sobre todo enviándolos al terreno de las parroquias, al contacto directo con los fieles.

Según Gramsci, el hecho de que la Iglesia haya sido capaz de gestionar varias versiones de la misma doctrina, adaptadas a públicos más o menos sabios, le ha dado su fuerza a través de todas la épocas. Añadía que el Partido Comunista italiano -del que fue uno de los  fundadores- debería inspirarse en ello. Una distinción similar entre el protestantismo de los teólogos y el protestantismo de los pastores aparece en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, cuando Max Weber señalaba la dificultad de vender a los fieles la doctrina de la predestinación, y la necesidad de que los pastores la adaptaran.

Una distinción de este tipo también es válida para los pensamientos de derecha. Para cada teoría existen varias versiones más o menos sofisticadas. Y esto es así grancia al anclaje en prácticas como las del derecho de arbitraje. La obra sobre los aspectos filosóficos del arbitraje representa en este sentido la versión «abstracta» de la práctica de arbitraje de Gaillard.

Heteronomia

La ausencia de ruptura entre la teoría y la práctica en los pensamientos de derecha tiene una tercera consecuencia: los pensadores de derecha son más heterónomos que los de izquierda. Llamo heteronomia al hecho de orientar su actividad intelectual en función de los grandes retos políticos del momento, y a menudo incluso trabajar por encargo. Lo muestra uno de los más influyentes pensadores del siglo 20, un espíritu fascinante: Thomas Schelling. Schelling murió en 2016 con 95 años. Recibió el premio Nobel de economía en 2005, fue el autor de La Estrategia del conficto[9]. De formación era economista[10]. En los años 1950, después de una tesis en Harvard, trabajó en la administración del plan Marshall en Copenhague y París.

De vuelta a Estados Unidos, fue empleado como consejero en asuntos exteriores de la Casa Blanca, puesto que ocupó en varias administraciones. En plena Guerra fría, Schelling se convirtió en uno de los principales diseñadores de la doctrina americana de disuasión nuclear. Fue consultado para la película ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick (1964). Participó también en comisiones para el control de armamentos con homólogos soviéticos. La teoría y la práctica de la negociación era uno de sus principales temas, uno de sus textos más conocidos se titulaba An Essay on Bargaining (1956).

En los años 1980, a petición del presidente Carter, Schelling se puso a la cabeza de una de las primeras comisiones gubernamentales dedicadas al problema de las emisiones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos. Contribuyó con sus conocimientos en materia de disuasión nuclear a reflexionar sobre los medios para incitar a la comunidad internacional a adoptar medidas en la materia. Se trataba en ambos casos de problemas que podían ser abordados por medio de la teoría de los juegos, en los cuales el problema del free rider es central. Al final de su vida se consagró a la crisis ecológica, sus últimas intervenciones se refieren a la cuestión de la geo-ingeniería, esto es la manera de actuar sobre el medio ambiente por medio de la tecnología, con el fin de limitar las emisiones de gases de efecto invernadero (era favorable a ello). Durante toda su carrera, estuvo vinculado a think tanks, en particular a la RAND corporation (ligada a la Air Force), y ocupó posiciones universitarias en Harvard, Yale y en la universidad de Maryland.

Plan Marshall, disuasión nuclear y crisis ambiental: lo que fascina de Schelling es cómo sus objetos de investigación se pegan a la coyuntura política del momento. Da la impresión de que nunca decidía trabajar en un tema por su cuenta, su actividad intelectual orgánica era siempre por encargo. Por eso Schelling era un intelectual orgánico del Estado americano de la segunda mitad del siglo 20, de sus sucesivos desafíos. A la vez, si era capaz de abordar temas tan diversos se debía a que siempre los abordaba apoyándose en la misma teoría: la teoría de la elección racional. La más abstracta de las teorías, puesto que concibe el comportamiento humano basado en el cálculo coste-beneficio. La versión de la teoría de la elección racional desarrollada por Schelling era sofistada, no era la versión caricaturesca que se suele utilizar.

El caso Schelling muestra otra característica del pensamiento de derecha: la preocupación por el medio y el largo plazo. Se suele decir que el capitalismo es «cortoplacista», en particular en su versión neoliberal financiarizada. Es cierto en algunos aspectos, pero la derecha dispone de una armada de intelectuales orgánicos que pasan su tiempo reflexionando sobre el medio y el largo plazo. No hace falta precisar que no se encontrarán en los estudios de las cadenas de información continua: operan en los bastidores del sistema.

Intelectuales colectivos

La ausencia de ruptura entre la teoría y la práctica en el pensamiento de derecha tiene una cuarta implicación: el pensamiento hegemónico toma formas más colectivas e institucionales que el de izquierda. En el Cuaderno de prisión 13 (ʂ1), Gramsci se preguntaba a qué se parecería El Príncipe de Maquiavelo si estuviera escrito en su época. El Príncipe moderno, decía Gramsci, no podía ser en ningún caso una persona sola, como en el pasado, aunque sus cualidades estuvieran fuera de lo común. Sólo podía ser un colectivo, lo que llamaba un «elemento complejo de sociedad».

El argumento es doble. En primer lugar, con la complejización de las sociedades modernas, los saberes técnicos -lo que Gramsci llamaba la actividad técnico-cultural– toman una importancia creciente en la hegemonía. Lo que llamaríamos los expertos, o la «tecnocracia». En la época de Maquiavelo, la dominación se basaba más en el «carisma» personal. Gramsci se aproximaba a la teoría de la racionalización de Max Weber.

Pero por otra parte, añadía Gramsci, gobernar implica en todo caso ser capaz de hacer síntesis, síntesis de saberes cada vez más complejos y diversos. Los conocimientos fragmentados no son ninguna ayuda para la acción, es necesario totalizar. Ahora bien, dada la complejidad de los conocimientos, estas síntesis no pueden ser producidas por individuos aislados, sino por colectivos o instituciones, que combinan y articulan diferentes especialidades. Gramsci empleó el concepto de aparatos de hegemonía para designar la parte creciente que tienen las instituciones -públicas o privadas- en la instauración y la consolidación de la hegemonía (Cuaderno 8, sobre todo). La prensa, por ejemplo, era en su opinión un «aparato de hegemonía privado»[11].

En suma, la producción intelectual es cada vez más social. Hay algo de la teoría del «general intellect» de Marx en este argumento de Gramsci. Louis Althusser reconocía por su parte su deuda con Gramsci en la elaboración de su concepto de «aparatos ideológicos de Estado»[12]. En la búsqueda de formas de pensamiento dominantes, hay que mirar también hacia colectivos o instituciones productoras de saberes.

Veamos un ejemplo de «aparato hegemónico»: el Instituto Francés del petróleo. El IFP, actualmente IFP-Nuevas Energías (IFPEN) fue creado en 1919. Tiene varias misiones. En primer lugar, investigar sobre los hidrocarburos, y más en general sobre la energía, y ponerla al servicio de la innovación. Hoy día, como indica la evolución de su nombre, se preocupa de la transición energética, porque estar asociado a la civilización del petróleo se ha vuelto problemático.

Pero el IFP es también una instancia de pilotaje industrial, teniendo participaciones en empresas. Financia sobre todo start-ups, que después llegarán a volar (o no) con sus propias alas. En tercer lugar, el IFP es una escuela, que hoy día lleva el nombre de IFP School. Forma cuadros que trabajan para las petroleras francesas -Total, desde luego- y extranjeras, y «para-petroleras». Por último, IFP asesora, sobre todo a los ministerios afectados por los retos energéticos.

El IFP está colocado en la articulación entre la economía y el Estado. Su denominación oficial hoy día es «establecimiento público de carácter comercial e industrial», como la SNCF [ferrocarril]. Quienes allí trabajan suelen viajar con frecuencia entre el IFP y los ministerios implicados. Se trata de un aparato de Estado en interface con el campo económico. Lo demuestran por ejemplo las participaciones del IFP en start-ups, o el hecho de que el IFP forme los futuros cuadros del sector petrolero.

Pero el IFP no está sólo dentro de la articulación entre la economía y el Estado, también en la articulación entre la economía y la ciencia. Cuando se plantean las formas hegemónicas de pensamiento, hay que incluir a la ciencia, en particular cuando está puesta al servicio de la economía. La función del IFP, desde que existe, es poner el saber científico al servicio del crecimiento. La energía es desde luego un sector con mucho dominio técnico. Los aspectos científicos y económicos de la explotación de hidrocarburos son enseñados a los cuadros formados en la IFP School, o evocados en los ministerios ante los que asesoran los expertos del IFP. Por eso mismo se transforman en prácticas.

Este posicionamiento en el cruce entre la economía, el Estado y la ciencia, hace del IFP un «aparato de hegemonía». El IFP produce pensamiento en contacto con estas tres instancias, y este pensamiento es interdisciplinar. Junto a instituciones del mismo tipo en otros países, ha contribuido a lo largo del siglo 20 a la hegemonía del petróleo, y a la civilización que la acompaña, incluídas sus dimensiones económicas y políticas. Con la crisis ambiental, el IFP está comprometido en una reflexión de largo recorrido sobre la transición ecológica. Hoy día la ley le obliga a dedicar el 50% de su presupuesto de Investigación & Desarrollo a la transición, a todo lo que permite reducir emisiones de gases de efecto invernadero. En las funciones de los «aparatos de hegemonía» entra el buscar soluciones a la crisis de hegemonía, en este caso la de los hidrocarburos.

Más allá de los partidos

La ausencia de ruptura entre la teoría y la práctica de derecha tiene una quinta implicación: una parte importante del pensamiento hegemónico se elabora no en el campo político, sino en relación con el sector privado, y en particular con los sectores punta del desarrollo industrial. Lo muestra el caso de Hal Varian, el jefe economista de Google, además de profesor de economía en Berkeley. Varian es el diseñador del modelo económico de Google. Está en el origen de lo que Shoshana Zuboff ha denominado «capitalismo de la vigilancia»[13]. Se refiere a la tendencia reciente de las plataformas digitales a querer «orientar», y no ya sólo reproducir, los comportamientos de los consumidores, por medio de publicidad dirigida. Las ganancias de Google provienen de la promesa hecha a los anunciantes de que la plataforma es capaz de anticipar los gustos futuros. Ahora bien, ¿qué mejor medio de anticipar esos gustos que modelarlos?

Varian no pierde su tiempo en hacer política en el sentido tradicional. Es sin embargo un intelectual orgánico de Google. Si Gramsci estuviera vivo, se interesaría por gente como él. Hay que recordar que un «intelectual orgánico» en el sentido de Gramsci designa a pensadores ligados a sectores ascendentes en la dinámica del capitalismo. Los distingue de los intelectuales tradicionales, que pertenecen a clases que dominaron en el pasado. Por ejemplo, el clero estaba orgánicamente ligado a la aristocracia, y por tanto al Antiguo Régimen. Un caso típico son los ingenieros, que tomaron importancia en el capitalismo fordista, aunque la empresa existía desde hacía mucho tiempo,. En este sentido eran intelectuales orgánicos. Como decía Gramsci en el Cuaderno de prisión 13 (ʂ18),

si la hegemonía es de orden ético-política, no puede no serlo también económica, no puede no tener por fundamento la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo decisivo de la actividad económica.

Google y las otras plataformas digitales constituyen evidentemente un sector ascendente del capitalismo. Se puede además hacer la hipótesis de que Google posee algunas características de un «partido»: un programa, una visión del mundo, intereses… Sólo le falta participar en las elecciones, ¿pero es eso tan importante?

Otro ejemplo del mismo tipo: los economistas del Banco Central europeo. Pensemos en Benoît Coeuré, por ejemplo, muy influyente en la concepción y puesta en marcha de las llamadas políticas monetarias no convencionales de Mario Draghi, en el marco de la crisis de 2008 (la quantitative easing). El Banco Central europeo es, junto con el Tribunal de Justicia europeo, la única institución que habla para la UE en su conjunto, tiene por tanto un papel político de primer plano[14]. Por mi parte, no dudaría en calificar al BCE de partido: tiene un programa, una visión del mundo, intereses…

Cimentar las derechas, cazar a la izquierda

El pensamiento hegemónico, desde luego, no es sólo de los juristas y los banqueros centrales. Desde Edmund Burke, al menos, incluye a ideólogos puros: filósofos, historiadores o periodistas que elaboran doctrinas de derecha o de extrema derecha, sectoriales o totalizantes. La cuestión más difícil: cómo interactúan el pensamiento hegemónico en tanto que basado en prácticas de gobierno y el pensamiento hegemónico en tanto que ideología, cómo encajan uno con otro, de manera más o menos coherente o eficaz según las épocas. Penetrar el misterio del «hemisferio derecho» supone encontrar la respuesta a esta cuestión.

Señalo dos puntos de atención en esta investigación. En primer lugar, los pensamientos de derecha no sólo sirven para imponer una hegemonía a las clases subordinadas. Sirven también para cimentar las diferentes fracciones de las clases dominantes[15]. Estas fracciones no siempre tienen los mismos intereses ni las mismas visiones del mundo. Su unificación no es espontánea, salvo en período revolucionario, cuando sus intereses vitales son atacados frontalmente y responden en bloque. Los intereses de la burguesía industrial y de la burguesía financiera en materia de política económica son a veces discordantes.

Hoy día, la llamada derecha republicana y la extrema derecha divergen (todavía) sobre el chauvinismo de welfare, esto es el proyecto de reservar a los nacionales los logros del Estado-providencia, caballo de batalla de las derechas radicales[16]. No se comprende el racismo ambiente -en particular la islamofobia- si no se sitúa dentro de una estrategia de adaptación de las instituciones del Estado-providencia a un capitalismo duraderamente en crisis. Se puede hacer la hipótesis de que los períodos de hegemonía propiamente dichos, tan escasos en la historia, nos decía Gramsci, son aquellos en que el cimiento entre fracciones de las clases dominantes es más sólido.

En el momento actual, hay que contrastar el diagnóstico. Este cemento se solidifica en algunos aspectos, como lo muestra el discurso cada vez más desacomplejado de la llamada derecha republicana sobre la inmigración en Francia. Cruje en otros: una de las manifestaciones más agudas de la historia reciente es la guerra civil dentro del partido conservador británico en torno al Brexit.

En segundo lugar, las ideas circulan entre la izquierda y la derecha, los dos hemisferios no son estancos. En particular, la derecha suele encontrar en el éxito de algunos temas de izquierda la ocasión para revitalizar sus ideas que pierden impulso. El caso de Alain de Benoist es interesante desde este punto de vista. No es un pensador muy importante en sí, pero es sintomático del interés de algunos sectores de la extrema derecha por la ecología.

Alain de Benoist se viene interesando por la ecología, y en particular por las teorías del decrecimiento, desde los años 1970[17]. La ecología no es necesariamente de izquierda, algunas de sus raíces se hunden en el romanticismo del siglo 19, una corriente que no es particularmente progresista. Pero esto aquí importa poco. Para de Benoist, la ecología es la ocasión de aprovechar en política una referencia a la naturaleza que las tragedias de los siglos 19 y 20 -racismo, antisemitismo, colonialismo- habían vuelto imposible. Por medio de la ecología, de Benoist pretende renaturalizar la política, mientras que la segunda mitad del siglo 20 había intentado desnaturalizarla.

Las teorías de la ecología integral, que se pueden leer por ejemplo en la revista Limites, siguen la senda de este trabajo ideológico. Introducir la naturaleza en política supone aceptar todas las consecuencias, dicen sus partidarios. El respeto de las diferencias hombre-mujer, o de las jerarquías sociales y civilizadoras, son hechos de la naturaleza. Deben ser objeto del mismo respeto que los ecosistemas. Es un caso típico de triangulación, en el que se instala en el campo del adversario para inyectar en él sus propias ideas.

No hay actualmente en la derecha pensadores del calibre de Schmitt, Hayek o incluso Raymond Aron. Esto es cierto en la esfera occidental, pero podría ser también más en general. Al encontrarse la izquierda debilitada, la derecha no tiene necesidad de generar pensamientos tan fuertes: puede contentarse con poco. A la inversa, la obra de Hayek, por ejemplo, cuyos límites temporales corresponden casi exactamente al nacimiento y al hundimiento de la URSS -de los años 1920 a comienzos de los años 1990- fue una lucha a muerte contra las fuerzas de la servidumbre, las que preferían la planificación económica al libre mercado. El grado de sofisticación de los pensamientos de derecha es un buen indicador de la salud de las izquierdas. Por ahora, ésta no es mucha.

À quoi reconnaît-on un intellectuel de droite aujourd’hui ?

Traducción: viento sur

Notas:

[1] Este texto es una versión retocada de una comunicación en el coloquio Universitaires et directions partisanes. Interaactions, connexions et circulations contemporaines, organizado por David Copello y Manuel Cervera-Marzal, en la Maison des Sciences de l’Homme, París norte, los días 14 y 15 de noviembre de 2019.

[2] Ver Gérard Noriel, Le venin dans la plume. Édouard Drummond, Éric Zemmour et la part sombre de la République, París, La Découverte, 2019.

[3] Ver Robert Musil, De la bêtise, París, Allia, 2015.

[4] Ver Perry Anderson, Sur le marxisme occidental, París, Maspero, 1979.

[5] Ver Razmig Keucheyan, Hémisphère gauche. Una cartographie des nouvelles pensées critiques, París, Zones, 2010.

[6] Ver Razmig Keucheyan, «Un intellectuel discret au service du capital», en La Revue du Crieur, 3, 2016.

[7] Ver al respecto los trabajos de Amélie Canonne, en https://france.attac.org/auteur/amelie-canonne.

[8] Ver Emmanuel HGaillard, Aspects philosophiques de l’arbitrage international, Leyde/Boston, Martinus Nijhoff Publishers, 2008.

[9] Ver Thomas Schelling, La Stratégie du conflit, París, PUF, 1986.

[10] Ver «Harvard Kennedy School Oral History: Thomas Schelling»

[11] Ver André Tosel, «La presse comme appareil d’hégémonie selon Gramsci», en Quaderni, 57, 2005.

[12] Ver Louis Althusser, «Idéologie et appareils idéologiques d’État», en La Pensée, 151, junio 1970.

[13] Ver Shoshana Zuboff, «Big other: surveillance capitalism and the prospects of an information civilization», Journal of Information Technology, 30, 2015.

[14] Ver Cédric Durand (dir.), En finir avec l’Europe, París, La Fabrique, 2013.

[15] Este argumento ha sido desarrollado en particular por Göran Therborn, What does the ruling class do when it rules?, Londres, Verso, 2008.

[16] Ver por ejemplo Willem de Koster et al., «The new right and the welfare state: The electoral relevance of welfare chauvinism and welfare populism in the Netherlands», en International political science reviews, 34 (1), 2012.

[17] Ver Stéphane François, «La Nouvelle droite et l’écologie: une écologie néopaïenne?», Parlement(s), Revue d’histoire politique, 12 (2), 2009.

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