De la Convención Constitucionalista chilena a la revancha de la multitud

por Santiago de Arcos-Halyburton

“(…) cabe al general intellect —el cerebro social productivo, cuya expropiación de la propia posibilidad comunicativa es el paradigma, al mismo tiempo, que el capitalismo contemporáneo y de su forma de dominación correspondiente —, la tarea de invención de otra política que camine por fuera de las instituciones, dándole combate en cada esquina y en cada nodo de las redes.” Silvio Pedrosa

La Convención Constitucional chilena fracasó, tal como Dilma fracasa en imponer las políticas de ajuste en el Brasil post Junho 2013, en un sentido, pero tuvo éxito como momento expropiador de la potencia multitudinaria que estalló en Octubre de 2019, un éxito cimentado desde el Acuerdo por la Paz de noviembre de 2019 , donde toda la casta política acordó salvar el régimen para salvar al Estado de la banca y las finanzas del asedio al que estaba siendo sometido por la multitud sublevada. Boric y Cía. fueron la mediación que encauzo el caudal, múltiple y diverso, de los millones de reivindicaciones sociales, económicas, políticas y hasta culturales, que la rebelión significaba en cada jornada nacional de ocupación de los territorios, sin una unidad programática, y lejos de la política de Asamblea o Convención Constituyente o Constitucionalista, esos millones de voces fueron silenciadas y llevadas a un momento electoral institucionalizado para que la elite pudiese recuperar ese movimiento en el nuevo contrato social promesado: nueva Constitución. Momento que es apoyado por el 78,28% de los votantes (votó solamente el 50,95% del padrón electoral, es decir 7.569.082 votantes, contra 14.855.719 registrado para votar) en ocasión del plebiscito que legitimaba el cambio de escenarios: la calle por el hemiciclo parlamentario y constitucionalista. Lo que fue celebrado y entendido por la multitud como el momento en que debía abandonar la calle, las luchas, y trocarlas por una “política” que ella entendía como un mandato. La Convención misma es no representativa, aunque sus componentes vengan, mayoritariamente del mundo social, de las luchas, en el caso de los “montañeses” , o del mundo de la antigua Concertación por la Democracia, que había gobernado neoliberalmente durante 30 años, y la derecha, con una expresión mínima de convencionales, y fuesen elegidos por voto universal. No obstante, si revisamos la estadística, veremos que del padrón electoral compuesto de casi 15 millones, de inscritos, solo se expresó en las urnas el 41,51% del electorado, donde las orgánicas burocráticas se dividen paupérrimos resultados electorales, los que indican una bajísima representación en los hechos (hay convencionales que fueron elegidos con menos del 0,1% de los votos emitidos de su circunscripción, lo que implica un 0,04% del padrón electoral inscrito). Respecto de los escaños reservados estos fueron gestionados de modo que fuese elegida la intelligentsia de los pueblos originarios, ligada a las burocracias partidarias, pero lejanas a las organizaciones sociales de las etnias que decían representar (por ejemplo, Elisa Loncón representaba al mapuche urbano de perfil académico, pero con cero vinculaciones con las comunidades en territorio mapuche), por lo que, desde el principio, fueron interpelados por miembros de base como representantes no legítimos. La Convención se vio imposibilitada de vender su moneda falsa, esa que aggiorna el régimen para trasvestirlo con una serie de derechos que la población es incapaz de digerir, porque no reflejan la inmediatez de sus necesidades y anhelos, esos deseos que estallaron como una llamarada de multiplicidades deseantes el 18 de Octubre de 2019, cuando millones de personas salieron a las calles en pos de un mundo, que imaginaban desde sus propias e individuales reivindicaciones, agenciándolas con las de las mil flores que brotaban por doquier, reconociéndose en los otros que bajaban a la calle y se sumaban a las plazas. La espontaneidad del acontecimiento, salvaje, primitiva, violenta, una oposición a todo lo que nos oprimía y continua oprimiéndonos, la más difusa insatisfacción con la vida que llevamos bajo el capitalismo financiarizado, se expresó, finalmente, como las plazas que la precedieron, Tahrir, Gezi, Sol, Maidan, sí, Maidan, como una expresión de enfrentar el poder desde la comuna que, inmanente, se va conformando en las calles, entre asambleas barriales, territoriales, estudiantiles, (las que rápidamente son cooptadas por las burocracias de diferentes layas, introduciendo la política constitucionalista en ellas) y legisla, a modo de un contrapoder, aumentos de salarios, freno a las alzas programadas, etc., a partir de sus expresiones callejeras, concedidas por el poder constituido a modo de mediación, pero todo eso debía ser derrotado, encauzado, expropiado, finalmente por la casta política para salvar el régimen. Este acontecimiento chileno pudo abrir una brecha en el muro del poder, pudo hacer real la frase de Marx y Engels, “llamamos comunismo al movimiento que en el real destruye el orden actual de las cosas”, sin embargo, apenas, el movimiento, logra introducir una cuña en el muro la grieta es cerrada y costureada por Boric y Cía. en ese acuerdo por la paz.
El fracaso de la Convención Constitucionalista está centrado en esa imposibilidad de venderle su moneda falsa a la multitud que lucho en Octubre 2019 y que fue aplastada por las cuarentenas, la cesantía, el deseo de securitización que estas construyeron en los sujetos y que la inflación continúa. Un deseo de servidumbre voluntaria recorrerá a la multitud, por todo el orbe terrestre, el ansia de encierro y el control de las poblaciones será la moneda de cambio conque la multitud transara su potencia por un supuesto derecho a salvar la vida. La multitud de las luchas chilena no es ajena a esta subjetivación, llevada a cabo por el capital, en su tránsito a la smartworkerización y total reemplazo de la mano de obra por la IA, será esta subjetividad, securitizada, la que se aleje de una Convención, que, en los hechos, había huido del control multitudinario para adentrarse en el del poder constituido, pero no constituyente, pactando con él, los dos tercios (que extrañamente son votados por mayoría simple y a pesar de que la reforma constitucional que los preveía no podía ser cambiada), será, este el primer gesto venial y servil que venía a confirmar el gatopardismo de la Convención, adornar el contrato social con unos derechos, que si bien son sentidos y universales, viven más en los papers de la intelligentsia “progre” que en el corazón de las multitudes. Por ejemplo, la paridad de género, que solo beneficia a unos cuantos cientos o quizás un par de miles de mujeres que sirven en el aparato estatal, político, empresarial y académico, pero que no es sentida por la cajera de supermercado, la mucama o la barrendera, que no acceden a ese feminismo de la igualdad que ansía cuotas de poder, mistificándolas de antipatriarcales, la plurinacionalidad que no fue ni siquiera extraída del deseo de los pueblos originarios sino que del jacobinismo de unos cuantos militantes y activistas. El progresismo elabora y negocia con el poder constituido un programa que sustente en el tiempo la mantención del orden actual, a partir de una propuesta repleta de derechos, los que, entre paréntesis, serian motivo de ley, su aplicación, leyes que el Parlamento debería legislar, bajo el régimen de la representación. Los convencionales, como dice Raul Zibechi, terminaron siendo más constituidos que constitucionalistas, una vanguardia iluminada, que viene a decirle que hacer y cómo hacer a los sectores populares, a darles lecciones respecto de las vidas que a ellos les cuesta vivir y que deben administrar por sí mismos, sectores que ya no aceptan más tutelas, más representación, algo que la intelligentsia no acaba de aprender, de asimilar, es que la representación no va más sobre los movimientos sociales. A esto sumémosle un texto abstracto, no ahorraron adjetivos, con 388 artículos y 57 disposiciones transitorias, difíciles de leer para quien no maneja la babel de las jergas académicas, progres, ambientalistas, animalistas o feministas, un texto que nunca intermedio con la multitud, con los “subalternos” (así es como definen a las personas los “progres”), sin propuestas para la vida cotidiana de las personas comunes y corrientes, que no solo ansían dignidad en sus vidas, sino que, seguridad económica, salud y educación de calidad, pagada a precios accesibles o gratuita, trabajo no precario, seguridad espaciosa y física. Solo los profesionales de la política ansían las revueltas, algo que se aprendía yendo a las antiguas huelgas del obrero masa fordista, era el sufrimiento que implicaban para ellos y sus familias las luchas. Un texto equivoco ante las declaraciones de algunos convencionales: la no expropiación de los fondos de pensiones, negándose a normarlos, y cuando lo fueron un parlamentario de gobierno se encargo de aclarar que la norma solo regía para la actual constitución, de aprobarse la propuesta, dejaba de regir; el sistema de justicia nacional prevalecerá sobre el indígena, pero eso no lo escribiremos en el texto; etc., etc. Ni la Convención, ni los convencionales, ni el texto pudieron comunicarle nada a quienes deseaban una vida otra, porque no hablaba su lenguaje, hablaba un idioma extranjero, ininteligible para la multitud de las luchas. Al descontento social, a la desigualdad social, a la sensación de ser estafados cotidianamente por el capitalismo, a la falta de igualdad de oportunidades la Convención ofreció, no igualdad material, que era el elemento central de la propuesta de las luchas callejeras, sino que identidades, una igualdad cultural que solo existe en el horizonte y el Monte Caramelo de las militancias y el activismo de los “progres”, que vinieron a encumbrarse como una vanguardia política, a introducir unos conceptos que tienen cero anclajes en la realidad cotidiana de las personas. Los pobres, en todo el mundo, apoyan proyectos con una muy concreta expectativa de solución de sus necesidades materiales, no conceptos vagos, académicos, especializados que solo anclan en las clases medias. Amén de haberse simbolizado, en el imaginario popular, el voto Rechazo como un golpe a un gobierno que niega la ayuda económica universal cuando la inflación golpea duro el poder adquisitivo de los pobres y la focaliza en pequeños segmentos de la población, porque Boric ligo el éxito de su gobierno a la aprobación de la propuesta constitucional, mal negocio cuando el rechazo a la figura presidencial bordea el 60%. La Convención termino hablándole a sus correligionarios, desde su deseo burocrático, disociado de lo social en el real, con un prejuicio a priori (Errejón en un debate sobre Bolivia, hace unos años, planteaba que la gente, los indígenas, los proletarios debían ser dirigidos porque eran incapaces de pensar y pensarse como sujetos, ignorantes), incapaz de generar poder constituyente, excepto una mediación y la derrota, transformando su actividad en un acto autoritario per se, al definir desde sus propios intereses, como casta político-burocrática, el destino de las luchas para guiarlas al desguazadero, incluso a contramano de la multitud que las produce: sin políticas públicas, sin propuestas claras el trabajo de los convencionales y su texto terminaron transformándose en desesperanza, en rabia, en un rechazo multitudinario, que debemos leer como una expresión de clase. Son los pobres, donde el quintil más bajo voto Rechazo en 75,1% y el medio bajo en un 71,3%, superando incluso a los quintiles más ricos, que votaron Rechazo en un promedio del 60%, mientras que el apruebo tuvo su mejor performance en los quintiles medio, 34,8%, medio alto, con 35,6% y en el quintil alto, un 39,5%, queriendo decir que el proyecto le hacia sentido a activistas, militantes y a las clases medias y parte de la clase alta, dejando a los pobres, nuevamente, fuera del retrato. Punto aparte es la votación en zonas con mayoría mapuche, donde el promedio de población indígena, 70%, fue superado por un 75% de Rechazo al texto plurinacional, lo que implica que los convencionales plurinacionales no representaban en nada a esas comunidades o poco conocen de lo que realmente piensan o sienten respecto del país o de su pertenencia, incluso de hacia dónde se inclinan sus preferencias políticas, que generalmente son marcadamente de derechas, ser mapuche y de izquierda no necesariamente son sinónimos, solo los progres sueñan con esa narrativa fantasiosa.
Ante estos hechos la clase política, la oligarquía, la Confederación de la Producción, se han puesto manos a la obra para mediar nuevamente este descontento con una nueva Convención o Comisión de Expertos que elabore una nueva constitución a la brevedad, en ese escenario el gobierno “progre” se saca la mascara y suma a su ejercicio de la governance del capital a los antiguos administradores de la Concertación, tratando de ampliar su base política, pues carece de base social, derivando de un kerenkismo senil a unos visos bonapartistas, que aún son un esbozo, y de este modo continuar su tarea de gerenciar los ajustes necesarios a la relación entre trabajo vivo y capital en medio del proceso de smartworkerización acelerado que abrieron las cuarentenas.
Algunos, esos que aun sueñan con el Che Guevara y Allende, pretenden ver en las marginales (solo en Santiago de Chile existen 11.248 colegios primarios y secundarios, y son un grupo minoritario de 7 liceos secundarios los que se manifestan), pero ruidosas, manifestaciones estudiantiles, un revival o continuación de Octubre de 2019. Estos grupúsculos estudiantiles, SER (Secundarios en Rebeldía), Irreverencia Estudiantil y Estudiantes por la Causa Popular, orgánicas que se reclaman del MIR y del MJ Lautaro o del FPMR , que, en su deseo mesiánico, pretenden erigirse en adalides de una refundación a partir de sus consignas vacías, grupos de raigambre anarquista, eso creen ellos, en los que predomina lo identitario, donde todo nace y muere en ellos y con ellos, donde todo disenso es atacado físicamente, nuevos narodniki; un sector donde la desconfianza en la Convención Constitucionalista era total, pero que hoy se moviliza atacando a esa multitud que votó rechazo, en animo moralista, de castigo por la opción política asumida en el voto, con una violencia virulenta, que profana tumbas en los cementerios, al modo de los neonazis en los cementerios judíos, de ataques físicos a transeúntes (golpear a una mujer que los interpela en defensa de la democracia, o a un hombre de 65 años que intenta pasar entre ellos; acusar a un migrante de cobarde por huir del hambre y no quedarse a luchar en Venezuela porque les solicita poder ingresar al tren subterráneo para llegar a su trabajo; asaltar a los repartidores para quitarles sus envíos y repartírselos entre ellos, en una especie de modo expropiativo desquiciado), o insultar a una mujer de 60 años por vivir en un barrio de clase media, sin mediar provocación. Estos grupos que no sostienen diálogo alguno con sus comunidades estudiantiles y funcionan mediante la coerción física (amenazas de quemar a una profesora a la que previamente rocían con bencina), que atacan a los alumnos con becas alimentarias para sacarlos del comedor del colegio y usar el mobiliario como arma, totalmente disociados de lo social, son resistidos por la mayoría de sus comunidades estudiantiles, son agrupaciones cuyo accionar está más cerca del terrorismo individual que de la acción social organizativa, democrática; tal como la CAM es resistida por el resto de las comunidades mapuches, que intentan disociarse de su accionar. Unas orgánicas cuyo modus operandi ha comenzado a ser interpelada por la ciudadanía en las calles. Una vanguardia innecesaria, cuando la multitud ha asumido su papel de clase, cuando en sus flujos y reflujos, en sus repliegues, para rearmarse de potencia, es capaz de constituir comunes que estas nuevas burocracias, teñidas de fascismo rojo, son incapaces de comprender o vislumbrar. Estos segmentos duros de una política de la negación del otro, aparecen siempre en el momento en que la multitud está en compás de espera, al acecho, maltrecha y golpeada por las cuarentenas y la inflación, por la creciente precarización de su vida, tratando de reemplazarla. No hacen falta héroes o vanguardia alguna, bastante heroica es la vida cuando el sueldo no alcanza o se debe estudiar y trabajar, bastante heroico es abordar cualquier servicio de transporte público o asistir a las salas de esperas de la salud pública; nuestro discurso debe ser un discurso positivo, comunista, donde a partir de las necesidades del movimiento se constituyen los comunes, nos miramos y nos descubrimos singularidades, diferencias, que se agencian y se abrazan en las luchas, ahí es donde nace la posibilidad de establecer una dirección, sin lideres, ni identitarismos, ni familiaridades partidarias. Es el movimiento quien se da un liderazgo estratégico común, afín al modo de producción que ha impuesto el capitalismo cognitivo, en colaboración. Solo en el dialogo, los consensos y la continua confluencia de las diferencias y sus movimientos podremos construir un terreno estratégico, una perspectiva de lucha duradera, que supere el momento de la plaza para diseminarse por los territorios constituyendo el común, en la reconstrucción de un tejido social, destruido por la pandemia y las cuarentenas, por los estados de excepción, avanzando juntos, como un colectivo, un conjunto de singularidades que agencian sus lenguajes, sus afinidades y discuten para encontrar el consenso en las diferencias, pero siempre poniendo juntos todos estos elementos cognitivos, sociales que se expresan en el surgimiento de organizaciones autogestionadas, como la ONG Joane Florvil de la ciudad de San Fernando, en el Sur de Chile, donde, desde las necesidades que abre la crisis en el empleo durante la cuarentena, se crea una olla común que da 300 almuerzos diarios, una escuela libre, huerto comunitario, cine comunitario, un sistema de salud holística comunitaria y una escuela de artes y oficios, experimentando, de este modo, la construcción de una orgánica en común, desarrollando, en profundidad, capacidades de gestión del espacio, de producción de insumos y servicios vitales, una creación de redes de solidaridad, de programación cultural y de ámbitos de decisión democrática. Este paso de la defensa a la constitución del común constata de que esa forma de gestión es infinitamente más democrática que la usual forma productiva de los servicios públicos a través de la dicotomía público-privado, que se alterna entre el Estado como proveedor directo o los varios modelos de descentralización hacia el mercado. Este germen de comunismo, por el contrario, se reapropia de los servicios para volverlos, no estatales-públicos o privados, sino que comunes.
Ante la debacle, el progrerio no tiene más respuestas que sus expresiones de clase, su resentimiento con los pobres, con las mujeres populares, con los indígenas, las comunidades afectadas por la falta de agua en manos de unos pocos, por los presos (que por primera vez votaban en una elección), su máxima expresión fue el desprecio por esos “subalternos” a quienes deseaba deslumbrar con su iluminada propuesta constitucional: “fachos pobres”, “no vuelvo a luchar por gente que no lo merece”, “país culiao”, “somos el peor país de Chile”, una ex convencional llegó a decir que ella “no justificaba a las poblas que se creían condominios”, esta casta salida de los doctorandos, de los círculos del poder y de las burocracias progres tiene tanta afinidad con la multitud, que la rechazo como dirección o vocera en Octubre de 2019, como la derecha que la reprime, aunque hoy es Boric quien apresta sus rasgos bonapartistas para reprimir cualquier atisbo de rebelión, tal vez sea hora de citar a Bertolt Brecht y su poema La Solución, ante el progrerio devastado por la derrota que la multitud le propina:
Tras el levantamiento del 17 de junio, el
secretario de la Unión de Escritores
ordenó la distribución de folletos en la Stalinallée .
El pueblo, leemos, ha
perdido por su culpa la confianza del gobierno
y sólo redoblando sus esfuerzos
pueden recuperarla.
¿No sería
entonces más sencillo para el gobierno
disolver al pueblo
y elegir otro?

¿A dónde vamos? No lo sabemos, tal vez podamos vislumbrar un descontento creciente en la población, un ruido sordo que va tejiéndose por debajo de las capas telúricas que la multitud teje, pero también podemos vislumbrar un momento venezolano, sin salida, ante la creciente inflación, donde la energía y potencia de la multitud de las luchas esta puesta en la sobrevivencia diaria y la barbarie o el autoritarismo se transformen en el modo de vida cotidiano. Por de pronto, tras la experiencia de más de 20 años de progresismos latinoamericanos, sabemos que Boric y sus corifeos solo mixturaran algo de neo desarrollismo con el neoliberalismo de siempre, logrando, como único milagro, una nueva multiplicación de lo pobres.
No, no sabemos cuándo estalla el acontecimiento, pero si sabemos que una de las grandes fortalezas del movimiento y de los no-movimientos, es su deseo de no ser representados, su huida del poder, su horizontalidad y la inmanencia con que establecen sus instituciones a medida que las luchas avanzan y se desarrollan, pero también esa es la gran debilidad, la imposibilidad de cuajar en instituciones permanentes, tal pareciera que la multitud constituye, en sus luchas, al modo de las sociedades contra el Estado de las que Clastres nos hablará alguna vez. Mientras, continuamos en las luchas, en la constitución de comunes, en las comunidades donde nos insertamos, esperando a que el acontecimiento estalle nuevamente y lo que llamo momento Maidan se produzca, cuando la multitud en sus luchas se abre paso destituyendo al régimen y podemos vislumbrar, a partir de ese momento, materialmente un ir más allá, hacia la destrucción del orden actual de las cosas para constituir ese deseo de comunes que la multitud expresa en sus luchas.

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