CARTA A LA IZQUIERDA OCCIDENTAL

por Zofia Malisz, Magdalena Milenkovska, Dorota Kolarska y Jakub Gronowski, expertas/o de la secretaría de asuntos internacionales del partido político de izquierda polaco Razem (Juntos).

Durante décadas, Rusia ha tratado de presentarse como una víctima rodeada de fuerzas hostiles destinadas a amenazar su seguridad. Los hechos contradicen esta afirmación. Es Rusia, con su poderoso arsenal militar masivo, de ojivas nucleares, y ambiciones imperiales, la que trata de imponer su voluntad a los países vecinos, y eso es a lo que la izquierda debe oponerse.
En un artículo reciente en el Berliner Zeitung, Michael von der Schulenburg afirma que el despliegue de Rusia de más de 100.000 soldados en su frontera con Ucrania fue una respuesta directa al anuncio de la OTAN de que Ucrania algún día podría convertirse en miembro de la Alianza. Esta opinión se hace eco de las voces de la izquierda occidental en Berlín, París o Madrid, que desde el inicio de las hostilidades en Ucrania ha tendido a mirar la situación desde el punto de vista de Moscú.
El temor de Rusia a su propia seguridad se presenta como el argumento supremo para justificar la acción militar rusa. La mirada crítica pasa de Putin a la OTAN que, acusada de ‘expansión’ o ‘agresión’, supuestamente altera el equilibrio de poder en Europa e interfiere en la ‘esfera de influencia’ de Rusia.
A pesar de nuestro escepticismo sobre la política de la OTAN y EE. UU., vemos una trampa en este razonamiento. Conduce fácilmente a pasar por alto las verdaderas razones detrás de las acciones de Moscú: un sentimiento ilegítimo de soberanía sobre Ucrania y aspiraciones neoimperialistas. Creemos que la política exterior debe estar guiada por el antiimperialismo y la preocupación por preservar la autonomía de los ciudadanos, su capacidad de decidir por sí mismos. La denuncia del imperialismo ruso no excluye la crítica a los Estados Unidos, por el contrario, permite ir más allá de una mirada geopolítica producto de la Guerra Fría, o incluso de una época colonial.

¿DE DONDE ESTAS HABLANDO?
Razem es un partido político polaco fundado en 2015. Entre sus objetivos está introducir el punto de vista de Europa Central y del Este en la izquierda europea. La ausencia de esta perspectiva en los discursos de los políticos de izquierda en Alemania, Francia y España nos ha llamado la atención, especialmente cuando se trata de cuestiones de defensa europea, incluso en el flanco oriental de la UE. Queremos, al ofrecer nuestro punto de vista, proveniente del centro de una región que está en un vecindario tenso con Rusia, introducir algunos matices en la visión occidental de la guerra de Rusia contra Ucrania. Si nuestros socios y amigos occidentales pudieran aprovechar estos elementos, nos permitirían evitar las simplificaciones perniciosas que conducen al apoyo ingenuo a la versión rusa.
Y eso es algo que no podemos permitirnos. No en un momento en que Rusia intenta, sin descanso, socavar la condición de Estado y la soberanía de Ucrania, así como la capacidad de los ucranianos para decidir su destino. La anexión de Crimea en 2014, el fomento y participación en el conflicto separatista del Donbass, o el despliegue de más de 100.000 soldados en las fronteras de Ucrania y finalmente la agresión abierta iniciada el 24 de febrero, todo ello da continuidad a la estrategia rusa de sumisión política y el sometimiento militar de las antiguas repúblicas soviéticas ubicadas en su frontera occidental. Nos oponemos a un mundo en el que el más fuerte trata de imponer su voluntad al más débil por la fuerza y, sin embargo, esa es la única interpretación que se le puede dar a las últimas maniobras de Moscú.
El Kremlin intenta, después de décadas, anular este verdadero equilibrio de poder. Para justificar sus acciones utiliza la retórica de una Rusia “rodeada” de fuerzas hostiles que supondrían una amenaza para su seguridad. Mientras tanto, estas palabras se contradicen con los hechos: a diferencia de Rusia, la OTAN nunca ha considerado invadir a un miembro de la Comunidad de Estados Independientes, y las capacidades militares rusas superan con creces de las que disponen los Estados de la Alianza en Europa. Además, las discusiones a menudo pasan por alto el enclave de Kaliningrado, una “isla” rusa fuertemente armada ubicada en el centro de la región del Báltico. Finalmente, frente a un enorme arsenal de ojivas nucleares, la narrativa de Rusia como víctima es difícilmente defendible.
La invasión militar rusa también va acompañada de agresiones verbales. Las demandas y declaraciones oficiales que ignoran la soberanía de Ucrania y Europa del Este dan a la mencionada fuerza militar una interpretación y un contexto: el de la voluntad rusa de recolonizar la región y restaurar el orden de la Guerra Fría. Un ejemplo entre muchos es la declaración del viceministro de Relaciones Exteriores, el Sr. Ryabkov: “Exigimos una confirmación por escrito de que Ucrania y Georgia nunca, absolutamente nunca, se unirán a la OTAN”.
Agregue a eso los muchos ejemplos de revisionismo histórico, la fantasía de la Gran Rusia de Putin, en la que bielorrusos, ucranianos y rusos son una nación. Tales declaraciones tienen una resonancia muy fuerte en los países de Europa Central y Oriental y son percibidas como una negación agresiva, por parte de un imperio vecino, de la emancipación de la región, realizada o en curso.
La demanda de Putin de devolver las fuerzas de la OTAN al statu quo de 1997 es una manifestación flagrante de las ambiciones de recolonización de Rusia en Europa Central y Oriental. Recordemos que Polonia, Hungría y la República Checa, de acuerdo con sus deseos, se unieron a la Alianza en 1999 y los países bálticos en 2004.

MÁS ALLÁ DEL CLICHÉ IMPERIAL
Desafortunadamente, estos hechos parecen ser pasados por alto por algunos de nuestros socios alemanes de izquierda. Gregor Gysi y Sevim Dagdelen de die Linke suelen utilizar expresiones como “expansión” o incluso “agresión de la OTAN”; Jean-Luc Mélénchon habla en Francia de la “anexión” de Ucrania por la OTAN. Rolf Muetzenich del SPD expresó, en la semana anterior a la agresión rusa, su comprensión de las «preocupaciones legítimas de seguridad de Rusia». Tales declaraciones anclan a estos políticos, a menudo sin que ellos se den cuenta, en la retórica de la Guerra Fría, de la que la izquierda, sin embargo, intenta alejarse.
Michael von der Schulenburg, citado anteriormente, va en la misma dirección en su presentación de la invasión de Ucrania como «un enfrentamiento entre las dos potencias nucleares más poderosas del mundo, Estados Unidos y Rusia, sobre el terreno europeo». Yanis Varoufakis señala, desde Grecia, que la defensa del derecho de los ucranianos a elegir la OTAN es solo una postura moral de «aquellos que ponen la autovalidación por encima de los intereses de los ucranianos», afirmando sin consultar a ningún país interesado que Ucrania debería convertirse en » neutral», como Finlandia. El mito de la neutralidad fue rechazado con vehemencia por Alexander Stubb, ex primer ministro del país, señalando que la neutralidad «no era una opción, sino una necesidad», y que «la finlandización es un insulto máximo para un país que se vio obligado a comprometer sus valores democráticos ante un agresor”.
En Francia, Ségolène Royal se opone a las sanciones contra Rusia, expresando su nostalgia por un “General de Gaulle que se hizo respetar por nuestros amigos estadounidenses diciéndoles que retiraran sus tropas”. Lo hace en nombre del derecho de Rusia a «respetar los acuerdos sobre seguridad en sus fronteras», y lo que vuelve a poner al agresor en el lugar de la víctima. Liderar la discusión sobre estos temas sin involucrar las voces de Europa Central y del Este conduce en última instancia a la exclusión y cosificación de los países directamente afectados por el conflicto.
Si hacía falta una prueba más de que la historia de Europa Central y del Este se escribe sin los principales actores, la encontramos con el gasoducto Nord Stream 2, repetidamente criticado por los líderes de Europa del Este, muestra ahora su potencial destructivo. Desde nuestro punto de vista, tales palabras y hechos sugieren espontáneamente un tipo de política paternalista que Occidente ha seguido durante mucho tiempo (y todavía sigue a veces) con respecto a África u Oriente Medio.
No podemos aceptarlo. Esperamos una estrategia completamente diferente de los países europeos, y especialmente de los movimientos de izquierda occidentales. Aquí, el imperativo de la paz y la consigna “No más guerra” podrían indicar más bien la construcción de un consenso a través de acciones prácticas dentro de alianzas estratégicas y diálogo pragmático, y no un pacifismo ingenuo. También esperamos que en lugar de las críticas habituales a la OTAN, la izquierda pueda formular propuestas alternativas específicas sobre su visión de garantizar la paz en Europa del Este, en los países nórdicos y en los Estados bálticos, y podamos discutirlo juntos. Tal propuesta aún no se nos ha presentado. El partido Razem, por su parte, propone el desarrollo de una fuerza de autodefensa europea como elemento clave para preservar la paz frente a la política agresiva de Rusia.

TODOS TENEMOS QUE PERDER CON LA GUERRA – ESCUCHAR AL ORIENTE
No tenemos ninguna duda: todos perderemos si esta guerra se expande. Su escalada, sea la que sea, conducirá al devastador caos de la guerra, y son los ciudadanos de Ucrania los que más sufrirán. Los escenarios menos optimistas estiman que más de un millón de civiles indefensos podrían huir solo a Polonia: decenas de miles ya se han refugiado allí. Los ciudadanos rusos, que deben ser vistos muy por separado de Putin y las élites antidemocráticas, también sufrirán por la guerra. Como muestran las encuestas, los rusos no están dispuestos a morir por el proyecto de la Gran Rusia del Kremlin, y muchos están asumiendo riesgos significativos al protestar por las acciones de su propio gobierno. Finalmente, nosotros, los ciudadanos de la Unión Europea, también seremos perdedores. Desde la perspectiva de Polonia, vecina de Ucrania y situada en el flanco oriental de la UE, este escenario es especialmente preocupante, ya que supone una amenaza directa para su seguridad.

Nos oponemos categóricamente a la guerra: la diplomacia debe ser la herramienta principal para la resolución de conflictos. Sin embargo, como aliados europeos de Ucrania, debemos apoyarla en el fortalecimiento de sus capacidades defensivas en caso de agresión rusa. La cooperación de inteligencia y el apoyo en términos de equipo militar son particularmente necesarios.
Sin embargo, el objetivo de estas acciones no debe ser construir nuestros propios instrumentos de presión e imponer nuestra voluntad a Ucrania, sino crear un espacio en el que tenga la posibilidad de tomar una decisión soberana sobre su futuro, incluso si esta decisión no corresponde a las ambiciones intolerantes del Kremlin ni sucumbe a la presión del capitalismo occidental.
Por lo tanto, siguiendo al Movimiento Social Ucraniano, pedimos una revisión del camino socioeconómico propuesto a Ucrania por Occidente: en lugar de reformas neoliberales destructivas bajo la presión del FMI, la liquidación incondicional de la deuda externa de Ucrania.
La guerra que se desarrolla desde 2014 ha dejado su huella en la situación económica del país, y las tensiones actuales no hacen más que reforzar la escala de la crisis. Por lo tanto, debemos estar preparados para ofrecer una mayor asistencia financiera a las regiones afectadas por el conflicto, que apoyaría sobre todo a sus residentes.
Sin embargo, no podemos permitirnos seguir tolerando la invasión de la élite oligárquica rusa en el sistema financiero europeo. Esto debe cambiar: no podemos tolerar un sistema que amenaza a Europa y explota a los rusos. Debemos apoyar medidas similares frente a la oligarquía ucraniana, que ha obstruido una mayor democratización del país durante décadas.

UNA SOLUCION EUROPEA
Razem no apoya con entusiasmo la alianza transatlántica de la OTAN en su forma actual, pero aceptamos su existencia como el garante más eficaz de la seguridad polaca y europea en la actualidad. Al mismo tiempo, creemos que Europa tiene los medios para evolucionar hacia la autonomía en este campo, y que tiene el potencial para poder construir un arsenal de defensa colectiva a su nivel. Las puertas a la co-creación de esta estructura siempre deben dejarse abiertas a Ucrania.
Debemos hacer un llamado a los países de la Unión Europea para discutir un sistema de seguridad común, incluida la seguridad energética. Este es un punto esencial si queremos iniciar un verdadero diálogo de asociación con los Estados Unidos y negociar en pie de igualdad con Rusia. También es necesario un compromiso multidimensional y solidario de los países, instituciones y líderes de la Unión Europea a favor de la seguridad del continente. No podemos permitirnos estar limitados por los intereses nacionales de los Estados miembros individuales.
Europa espera que Alemania tome la iniciativa en los esfuerzos para crear un sistema de seguridad común. El ataque de Rusia a Ucrania ha puesto de relieve la necesidad de una acción decisiva en esta área. Este escenario también interesa a Alemania: la creación de una iniciativa europea más amplia permitiría distribuir la responsabilidad de la seguridad entre todos los miembros de la comunidad.

HACIA UN DIÁLOGO INCLUSIVO
La voz de nuestra parte de Europa finalmente debe ser escuchada. Hacemos un llamado a un diálogo con las sociedades de Europa Central y Oriental, basado en el respeto por su subjetividad y una asociación sincera. Con esto, también pretendemos reconocer y apoyar los movimientos de emancipación de izquierda emergentes en nuestra región, incluida Rusia. La solidaridad internacional basada en el entendimiento mutuo es nuestra oportunidad de construir una alternativa viable.
La reciente posición de los líderes de Die Linke debe verse como un gran avance en su política hacia el Este hasta el momento, lo que indica una apertura al diálogo. Es precisamente ese diálogo y apoyo lo que Putin teme, no sin razón, ya que respalda a la extrema derecha en toda Europa, desde Madrid hasta Varsovia, socavando así el proyecto europeo democrático común. No permitamos que haga eso.

Traducción del francés: Santiago de Arcos-Halyburton
Traducción y adaptación del polaco al francés: Anna C. Zielinska.

EL PUNTO DE VISTA DE MAIDAN: Somos todos ucranianos

por Rede Universidade Nômade
Brasil
8 de marzo 2022

Nosotros estamos con los ucranianos sin dudarlo. Apoyamos a los ucranianos en sus luchas democráticas, en la resistencia o en el exilio. El único nuevo modelo de globalización que nos interesa es el que surge de este deseo de existir y luchar a pesar del sufrimiento, la guerra y la muerte.
En Ucrania hoy no hay una guerra de dos bandos, sino una agresión infame y la lucha desesperada de una población perseguida. Luchas como estas dieron forma a grandes democracias como la inglesa, la americana y la francesa, o abolieron la esclavitud, como en Haití. Luchas que hoy nos sirven como referentes ineludibles de libertad y democracia.
Estamos con los trabajadores de la central nuclear ucraniana de Enerhodar que colocaron los cuerpos frente a los tanques rusos para impedir su entrada. Apoyamos a los pueblos de Europa del Este que se han emancipado de la esclavitud del imperialismo ruso y ahora se están movilizando contra la última amenaza, esta vez ya no bajo los colores del socialismo, sino bajo las banderas fascistas de la supremacía étnica paneslavista. Estamos con todos los ciudadanos rusos que se levantaron contra el despotismo del Kremlin, antes y después de la caída del Muro de Berlín, en las protestas en las plazas de 2011-12, en las acciones de solidaridad con los ucranianos y en los actos de repudio al asesinato en masa que continua comandado por su presidente. Estamos con los presos políticos y los asesinados por el régimen y en solidaridad con sus familias.
Estamos en contra del nuevo tipo de fascismo que amenaza a la humanidad y se identifica en la figura del déspota moscovita, así como en su entorno de oligarcas multimillonarios y “campeones nacionales”, liderazgo cuya infamia se eleva a la altura del proyecto que ha sido impuesto: con Trump, Orban, Salvini, Zemmour-Le Pen y, por supuesto, Bolsonaro y sus milicias.
Estamos con el “comediante-presidente” que ganó las elecciones contra los partidos nacionalistas y pone su cuerpo junto a los cuerpos de las multitudes frente a los tanques, aviones y bombas del estado invasor. Órganos soberanos unidos en las luchas callejeras contra el mayor enemigo de la paz, la seguridad internacional y la autodeterminación de los pueblos.
Estamos con Maidan y la Revolución de la Dignidad, la insurrección democrática que refundó la Ucrania que hoy resiste. Perteneciente al ciclo de las primaveras árabes, Maidan está vivo y expresa las energías creativas de la multitud global, la única fuerza capaz de contrarrestar los proyectos de los grandes bloques geopolíticos y propiciar una democracia renovada.
Solo después de dejar clara esta posición ética podemos comenzar a equilibrar la cadena de causas y efectos.
En la tragedia ucraniana se entrecruzan varios niveles de reflexión y se superponen varios procesos, sin embargo, al menos dos en este momento se presentan como centrales, y los perfilaremos en las siguientes líneas: (1) la cuestión geopolítica o la geopolítica de las cuestiones; (2) El posicionamiento de la izquierda frente a las luchas de nuestro tiempo.

 

LA CUESTION GEOPOLITICA O LA GEOPOLITICA DE LAS CUESTIONES

La geopolítica es una variable importante, pero no puede ser la piedra angular para plantear los problemas, si queremos pensar y actuar situados, es decir, desde el punto de vista de las luchas y no como funcionarios del poder dominante. Cuando la geopolítica pasa a enmarcar los acontecimientos, como clave superior de inteligibilidad, no es más que una trampa conceptual y, como tal, fácil de domesticar por el discurso estatal. Porque es el terreno privilegiado de la Razón de Estado, de sus realismos inmorales y de la geometría variable de los intereses estatales y capitalistas en el tablero fluido de la globalización. Muchas veces, en nombre de un pensamiento que sería más complejo y elaborado, que sabría contextualizar en las grandes líneas y cuadrantes de las fuerzas globales, los pensamientos de las luchas y en las luchas acaban neutralizados. Al proyectar la sombra de las conspiraciones imperialistas y alertar a las perversas fuerzas ocultas, los antagonismos reales simplemente se vacían de sentido, siendo reemplazados por el juego de las narrativas de los influencers.
Por si fuera poco, la geopolítica es el campo más fértil para el florecimiento de retóricas morales, que exigen posiciones aprobadas y apuntan a sujetos unitarios, con mayúsculas, a los que se suele atribuir un valor en sí mismo: el Pueblo, la Nación, la Raza, la etnia, la religión. Esta operación de despolitización idealista está destinada a legitimar las prácticas más inmorales, desembocando en un humilde maquiavelismo que arbitrariamente articula fines y medios.
La guerra de Putin se pretende legitimar sobre la base de una doble justificación, con un trasfondo geopolítico. La primera es la noción, ampliamente utilizada por los estrategas en la Alemania nazi, de Lebensraum (espacio vital). Cada país tendría derecho a un entorno estratégico en el que se esperaría que se aceptara la subordinación política, económica y militar de los demás, como derivada de la condición del más fuerte. Este entorno no sólo tiene características territoriales, sino que moviliza la denominación de etnias y su supuesta explotación, en una reedición de la biogeografía nacionalsocialista anterior a la Segunda Guerra Mundial.
La otra justificación, reivindicada por el nazismo y por los zares anteriores, es la negación misma de Ucrania. Ucrania ni siquiera tendría derecho a existir y, en el límite, ni siquiera existiría como entidad. En la retórica del Kremlin, Ucrania no sería más que una fabricación artificial de los bolcheviques de la primera fase de la Revolución de 1917, como si todos y cada uno de los estados nacionales no fueran en sí mismos una fabricación artificial. Como si el pasado de Rusia, eso sí, coherente, se remonta a una tribu originaria de la Alta Edad Media, cuyos descendientes han mantenido en el tiempo la vocación histórica de dominar la región y ejercer su derecho natural a oprimir a sus vecinos. ¿No es esta promesa de la restauración de la Gran Rusia, así como el revanchismo frente a lo que habría sido un período decadente de pérdida del imperio, degeneración interna y humillación externa, algo más parecido al nazismo que el gobierno electo y asediado en Kiev?
Ambas justificaciones se repiten una y otra vez como fachada para la desinformación, que luego es aceptada por los partidarios cínicos como un esfuerzo de guerra informativo. Así como, durante las elecciones, es común que ciertos grupos partidistas justifiquen sus propias noticias falsas amistosas: la mentira es la regla del juego. De ahí la serie de mentiras obvias que hemos presenciado: “La OTAN [la Alianza Atlántica] está entrando en Ucrania y amenazando estratégicamente el espacio vital de Rusia” o “Ucrania no existe, siempre ha sido solo una región rusa”.
Sucede que la invasión rusa, atemperada por amenazas contra la existencia de la humanidad en su conjunto, tiene lugar en uno de los países que se emancipó de la explotación rusa (llamado URSS hasta 1991) y que no está en la OTAN, habiendo incluso, voluntariamente, devuelto el arsenal nuclear legado por la disolución soviética. En cuanto a la verdad sobre la historia de Ucrania, hay que recordar que su existencia cronológica precede a la de la propia Rusia y su actual presidente electo, un cómico judío de habla rusa con familiares ejecutados en campos de concentración, personifica una lucha por la democracia. Esta lucha moviliza un amplio espectro de fuerzas sociales en Ucrania – por supuesto, no sin contradicciones, no sin problemas que afrontar, como toda lucha desde abajo – y la pluralidad de componentes culturales que componen la diversidad del país. Putin y su gobierno promueven la supremacía étnica de una sola identidad (eslava y blanca o, en una palabra, rusa).

 

EL POSICIONAMIENTO DE LA IZQUIERDA ANTE LAS LUCHAS

La lección de Rosa Luxemburgo sigue vigente: criticar la democracia no significa acabar con ella, como hicieron los bolcheviques incluso antes del ascenso de Stalin. Pero si mejorarla, expandirla, profundizarla. Y viceversa: estar en contra de la invasión rusa de Ucrania no puede significar amar a la OTAN más de lo que la amamos cuando proporcionó apoyo aéreo y de tropas terreno para la protección de Rojava (el experimento utópico atascado en el este de Siria y hecho posible por las Primaveras Árabes). Necesitamos poder escapar del chantaje y posicionarnos más allá de la repetición de tropos heredados de una generación en bancarrota, que ya no tiene ninguna conexión con las luchas reales. Después de la caída de los muros, los pueblos minoritarios que se liberaron de las dictaduras soviéticas lo saben muy bien: basta con leer la carta de la izquierda polaca.
Sin embargo, como era de esperar, los influencers de la izquierda brasileña [y global] se pusieron los cascos y de inmediato entraron en los tanques de la geopolítica, disparando ráfagas de apoyo a la agresión del Estado ruso. En una lista no exhaustiva del festival de tonterías que mostraron las redes sociales, vale la pena mencionar algunas joyas: “Rusia solo está respondiendo a la ofensiva de la OTAN y el imperialismo estadounidense”; “Ucrania es una guarida de nazis”; “La culpa es de haber elegido a un cómico, o sea antipolítica”, “Todo este alboroto solo hay porque ahora está pasando en Europa, con el hombre blanco”, “Lista de invasiones americanas”, “Los olvidados guerra en Yemen”… Otras afirmaciones, apoyadas en el sofisma de la complejidad, son aún más vergonzosas, todo para no desplazar al público de la zona de confort de los binarismos interpretativos habituales: “Ya no seré un experto en guerra (…) . Podemos tomar una posición sin ella y la mía es antimilitarista”.
El grado de radicalismo de izquierda que se coloca en estos cargos públicos frente a lo que sería el consenso es proporcional a su cobardía real. Mientras reclaman para sí mismos una condición de resistencia y desafío, se la niegan a los únicos que resisten y desafían: los ucranianos y los que se oponen a Putin, en Rusia y Bielorrusia. De esta manera, la desinformación institucional del gobierno ruso y viejas rancideces ideológicas, ambas cargadas de nacionalismo, xenofobia, racismo y autoritarismo, se alternan y refuerzan mutuamente. A esto se suma una narrativa más reciente, que se ha tejido en forma de reacción orquestada a Junio de 2013 y todo lo que se le parezca, como la apertura de la brecha democrática durante las protestas masivas de Maidan.
En la pandemia en curso, la imposición necropolítica de la llamada “inmunidad colectiva” fue y sigue siendo un terreno para la reorganización y exacerbación de los movimientos fascistas en todo el mundo (Trump y Bolsonaro, en primer lugar). Pero hay otro ganado ganándose los pastos, cuya inmunidad es tan precaria como la del Covid. Es la manada lulista, más recientemente reforzada por la manada de juristas, abogados, periodistas, profesores, escritores, youtubers y tutti quanti, todos en apoyo, abierta o mañosamente, al fascista y homofóbico Vladimir. No nos interesa aquí profundizar en la contradicción psicoanalítica, y Lula ya está de vuelta con otros matrimonios (Alckmin, Calheiros…). Lo que más nos interesa es el significado político de la resiliencia del espíritu de rebaño, más allá de la cobardía en las posiciones y análisis cotidianos que prefieren hechos paralelos a enfrentar el curso de la historia.
A nivel electoral, la adhesión bolsonarista a Putin puede incluso salvar momentáneamente a Lula de los efectos colaterales del colapso (al menos ético) del putinismo geopolítico – tendencia persistente en la estructuración de los problemas planteados a quienes piensan sobre el país y el mundo, y sin duda presente en el núcleo lulista. En cualquier caso, no se puede ocultar, por un lado, la convergencia de las derivas fascistas de Bolsonaro y Putin y, por otro, la explicación de la muerte de la izquierda. Si el ganado lulista, entre partidarios frenéticos, sofistas de la complejidad y matemáticos de la neutralidad, no está del lado de los ucranianos que sufren en la guerra y las reacciones a su inmoralidad e ilegalidad, ¿qué más podría significar ser izquierdista hoy? O no eres de izquierda, o hoy, paradójicamente, la izquierda ya no es de izquierda. Quizás nunca lo fue, porque también vale la pena evaluarlo retrospectivamente.
Muchos de nosotros pasamos nuestras vidas tratando de ser “esa parte de la izquierda” que no toleraba el espíritu de manada. Pero la historia se repite una y otra vez, y cada vez en forma de una tragedia mayor. La conclusión que se puede sacar es que, tras la muerte de la izquierda, sólo sobrevivió el rebaño y no queda otra, ninguna “parte”. Al final del día, esta “parte” (nosotros, por ejemplo) solo sirve como un grillo parlante para la manada y esto sucede solo para legitimarlo.
Así como, a lo largo del siglo pasado, hubo pensadores comunistas, bastante inteligentes y preparados, que siguieron apoyando el socialismo realmente existente ante la evidencia de millones de personas que murieron de hambre en Ucrania, durante el Holomodor, o los de los campos de trabajos forzados y de concentración estalinistas, o los millones que murieron de hambre en la China maoísta (en los años 50), o ante los tanques rojos neocoloniales en las calles de Berlín, Budapest, Praga, Danzig. Todo en nombre de los que “realmente creen”, de las simbologías o simplemente del consuelo espiritual de sentirse apegado a una fuerza histórica real. Después de todo eso, hoy seguimos viendo a la izquierda apoyando a un autócrata rodeado de oligarcas sin miedo a poner en perspectiva el drama de ciudades devastadas, decenas de miles de muertos y millones de refugiados. Una vez más, los que pertenecen al rebaño sólo temen al rebaño mismo. Se inclinan, como movidos por la fuerza de gravedad, a soportar todo tipo de atrocidades, hasta las últimas consecuencias, como hemos visto en la dictadura en Venezuela. Recordando que justificar esta guerra es también legitimar la violación y la violencia contra las mujeres como sucede en todas las guerras.
Cuando pensamos en Brasil, el lulismo geopolítico aquí, es decir, con un sesgo putinista, demuestra un fenómeno que va tanto por debajo como más allá de la figura de Lula. Además de ello porque engloba la idea de izquierda. Porque está anclado en el funcionamiento habitual del capitalismo en el país, que funciona gracias a los resortes del clientelismo, del favor, de los lazos clientelares. El rebaño se corrompió de cabo a rabo, engranando la ideología socialista y el extractivismo.
La crisis de la Política de la Representación no resulta de las redes sociales ni de una técnica específica de manipulación de opinión, novedad que habría surgido tras la inclusión de la población en los medios de producción y comunicación de la verdad. Esto no quiere decir que las industrias de manipulaciones y noticias falsas no existan y sean impactantes, como vimos en las elecciones brasileñas de 2014 o 2018, por no hablar de los votos por el Brexit o el ascenso de Trump. El problema, sin embargo, nunca ha sido el avance de la técnica/tecnología o algún exceso de democracia que la haya descarrilado. El problema es que, tras las primaveras, en lugar de reabrir el espacio para la democracia, se volvió a imponer la escisión entre amigo y enemigo frente a los antagonismos que expresaban. Con esto, fue posible reunir, silenciosamente, en la práctica lo que en la arena pública se presenta ruidosamente como el polo opuesto. De ahí que fracciones del bolsonarismo y del lulismo compitan hoy cabeza a cabeza en el coqueteo no sólo con el actual Déspota de Moscú, sino también en un intento de torcer la dinámica de la globalización.
Al expresar su disgusto por el “comediante antipolítico” electo presidente de Ucrania, el rebaño no solo muestra disgusto por los presidentes que son comediantes y que logran antagonizar el mercado de políticos profesionales. Sino que el odio a la democracia, que permitió que emergiera como respuesta al ciclo de luchas. La democracia que debió renovarse en junio de 2013, y que también se expresó, en su singular configuración, en Maidan en 2014. Por eso, al negar sistemáticamente las alternativas y descartar las grandes manifestaciones, bajo la acusación de antipolítica fascista, el putinismo geopolítico fácilmente pastorea las ovejas del lulismo. El resultado de esto, en los últimos años, ha sido la institucionalización del bolsonarismo de izquierda, que, como fenómeno político-mediático, viene retroalimentando las redes movilizadas de Bolsonaro. El giro reaccionario a gran escala que hemos presenciado en Brasil desde 2014 completa así su curso, en el punto en que la derecha fascista (Putin, Bolsonaro, Trump) logra que su representación del mundo sea tomada no solo por la izquierda como si fuese de izquierda, sino como la única salvación para la izquierda misma en su conjunto.

 

CONCLUSION

Para concluir, el apoyo de Lula y de la izquierda a la guerra de Putin en Ucrania plantea otra cuestión fundamental e histórica. Al negarse a diferenciar entre agresor y agredido, bajo el argumento de la complejidad y el maniqueísmo, y al invocar tontamente a la OTAN, al Capitalismo o al Neoliberalismo, esta izquierda no miente. Está hablando de la verdad oculta de sus valores: la indiferencia ante la distinción entre democracia y despotismo, o mejor dicho, la discreta preferencia por lo segundo.
En este momento sorprendente, cuando la multitud se está removilizando y reorganizando contra la guerra de Putin y las amenazas de cataclismo nuclear, poniéndose a favor de las poblaciones afectadas de todas las nacionalidades, con la formación de redes de solidaridad, apoyo material y protesta, necesitamos reafirmar una vez más que la distinción entre democracia y despotismo hace toda la diferencia y es central para la recomposición.
Los dictadores insolentes que, desde lo alto de sus tribunas, prometen someter a países vecinos y someter a poblaciones enteras no son nada nuevo.
Como enseñó Spinoza, más que el miedo que experimentan los reprimidos, lo que sostiene al tirano es el cariño de sus adoradores, que hoy se encuentran en la izquierda o a la derecha. Solo la resistencia, no solo de los ucranianos, sino de todos los amantes de la democracia, desde abajo y en red, en una creciente movilización global, puede acabar con la tiranía, construyendo una nueva paz.

 

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Publicado en https://uninomade.net/tenda/o-ponto-de-vista-da-maidan-somos-todos-ucranianos/

CONTRA EL NEOSTALINISMO, UNA VEZ MAS

por Silvio Pedrosa

Hace algunos años que critico y alerto sobre el neostalinismo en ascenso dentro de la izquierda brasileña. Como el bolsonarismo, comenzó como meme o chiste (Aún recuerdo cuando dijeron que la frase “Stalin mataba poco” era solo una broma – eran los mismos que decían que la libertad de expresión debería tener límites cuando el asunto era el humor…) y fue ganando espacio dentro del campo progresista. Con la invasión de Ucrania creo que da para decir que hemos llegado al momento de la metástasis.

El neostalinismo amalgamado a las tendencias punitivistas y persecutorias propias de las redes sociales, se volvió una especie de modo de pensar progresista por excelencia. Ante la invasión sin motivos de un país soberano, se argumenta con geopolítica como si los ucranianos fuesen irrelevantes, meras piezas en el tablero de WAR.

Ante el drama de los refugiados de una guerra iniciada por Rusia, ninguna palabra de reprobación al estado agresor, pero mil y una formas de desviar el foco del imperialismo putinista. Las catástrofes humanitarias no se llaman catástrofes por nada y en todas ellas están presentes fenómenos como el racismo, el machismo y las desigualdades de ingresos y de poder: optar por hablar solo de esto mientras los ucranianos huyen de los bombardeos es solo uno más de las canalladas que infestan las redes disfrazadas de argumento.

Ante la resistencia popular ucraniana, reprobación pues se trataría de prolongar el conflicto “irresponsablemente”. Sería ciertamente el caso de entregar el país a Putin en nombre de los supuestos derechos territoriales rusos que el autócrata ruso desplegó como argumento para declarar a Ucrania un país que no tiene derecho a existir.

Ante el surgimiento de milicias de extrema derecha en ambos lados del conflicto (que se extiende casi una década), se llega a decir y escribir que el único país de Europa gobernado por un judío tiene un gobierno neonazi, aceptando la canallada putinista de la “denazificación”. Es un argumento tan increíble como el de los bolsonaristas que ven comunismo en el gobierno de João Dória & Cía. en el Brasil.

Nada de esto es incoherencia, sino que representa una tradición autoritaria sobre la cual la izquierda nada dice, guarda sepulcral silencio -con tanta o más facilidad cuando ella está en un país donde históricamente, siempre, fue oposición y solo en las últimas décadas llego al poder. La izquierda posee otras tradiciones y es preciso recuperarlas contra el ascenso de este neostalinismo que espejea al bolsonarismo en el espectro ideológico nacional

Y para recuperar, en la izquierda, esas tradiciones democráticas, es necesario una crítica sistemática y cotidiana de ese autoritarismo violento que, con el pretexto del realismo, moviliza principios abstractos e idealista todo el tiempo, performando una identidad tamizada de símbolos nostálgicos, reveladores, al mismo tiempo, de una impotencia y del deseo de superarla mediante las peores alternativas de pensamiento y acción.

Merleau- Ponty (un autor que rompió con la tradición autoritaria de la izquierda para volverse un férreo defensor de la tradición democrática, a mediados de los 50’s en el siglo XX), planteaba, que es necesario combatir “la astucia de aquellos que dirigen sus ojos, y los nuestros, a los cielos de los principios, para desviarlos de lo que hacen” (1). Sin una izquierda democrática y libertaria, capaz de hacer frente a los autoritarismos bolsonarista y neostalinista (no en vano aliados en esta hora grave de la invasión a Ucrania), vamos a sucumbir todos al arbitrio de los justicieros, sean ellos los ciudadanos de bien o los revolucionarios de libros de texto de secundaria.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

Silvio Pedrosa, es miembro de Universidade Nômade, Brasil; , Director Adjunto en Secretaria Municipal de Educación de Rio de Janeiro

Nota:

1.- Maurice Merleau-Ponty, Sinais, Lisboa, Minotauro, 1962 [1960], p. 340.

Guerra en Ucrania

Entrevista con Constantin Sigov sobre la guerra en Ucrania

¿Cómo vivió este día 24 de febrero de 2022, cuando comenzó la invasión rusa en Ucrania? ¿Cómo te despertaste?

Es la primera vez en mi vida que me despierto así. Kiev se despertó a las 5:00 de la mañana bajo los bombardeos. Los golpes fueron tan fuertes que era evidente que la guerra se había intensificado de manera virulenta. Sin embargo, el día anterior pensé que la invasión era solo una pesadilla.

Una de las fotos de Kiev que nos ha llegado muestra la huida de los habitantes de la capital por carretera. Usted que todavía está en Kiev, ¿cómo ve a la población civil?

Hay más ucranianos en Kiev haciendo cola para donar sangre en los hospitales que ucranianos haciendo cola para repostar o abastecerse de alimentos. Hay una determinación de estar juntos, de entrar en resistencia, de no ceder ante la invasión y esta barbarie. Muchos civiles, como yo o compañeros profesores, últimamente, y hoy con más fuerza, hemos entrado en la defensa local.

Y luego, a pesar de ciertos pronósticos en contrario, el ejército es fuerte. Varios tanques rusos fueron destruidos. Anteriormente, un helicóptero ruso fue derribado en el embalse de Kiev. Hay un compromiso real con la libertad, mucho más que un sentimiento de odio.

No veo ninguna histeria a mi alrededor, ni en mi entorno, ni en los medios, ni en las redes sociales. Es difícil encontrar las palabras adecuadas. No quiero ser patético o eufórico. No es calma ni serenidad, pero hemos dejado de lado las rencillas y las emociones pasajeras. Sabemos que cada gesto debe ayudar al que tenemos delante.

Estuvo muy presente durante la “revolución de Maidan” en 2014. ¿Encuentra el mismo espíritu de resistencia que politizó a la población en ese momento?

Es cierto, lo que estamos pasando me recuerda a 2014, ese momento en que la gente de repente se vuelve mucho más atenta a los demás. De alguna manera, todavía estamos en la “Revolución de la Dignidad”. Estamos de pie para aguantar, como aguantamos las barricadas de Maidan, pero en una escala completamente diferente, en un formato diferente: el de un frente inmenso, desde Crimea hasta el norte de Ucrania.

Entendemos que es una cuestión de vida o muerte. Hay una sencillez de gestos y palabras. Vi los tanques pasar a mi lado para ir al frente. En los rostros de las personas que estaban allí, ciertamente había emoción, pero no en el sentido de exaltación. Sólo tenemos que detener el fuego. Esta es la metáfora más precisa. Y buscamos agua por todas partes para hacerlo.

Incluso más que en 2014, ¿se encuentra Ucrania en un punto de inflexión en su historia?

Diría que es el día más duro de nuestras vidas, antes del desastre nuclear de Chernobyl en 1986. La diferencia es que en ese momento, el régimen mintió a la gente, y solo la revelación de la verdad llevó a millones de personas a disentir. Hoy ya sabemos la verdad. Quienes nos gobiernan no están bajo la influencia de una ideología. La revolución de Maidan derribó este imperio de mentiras heredado de la Unión Soviética. Y, sin embargo, este cadáver monstruoso aún cobra vida.

En esto, la situación actual es peor que Chernobyl, porque es obvio para todos que este dictador, Putin, está completamente fuera de sí. Es como el emperador Nerón que quema su propio país, su propia gente y la gente vecina. Los soldados ucranianos, por el contrario, nunca cruzaron la frontera. Evitamos estrictamente las provocaciones, mientras que varias veces los servicios secretos rusos intentaron fabricar incidentes desde cero. No hay pretexto para esta invasión.

¿Está la reacción de Europa a la altura de la situación?

No me corresponde a mí decirlo. Todos deben trabajar al máximo de sus capacidades. Yo como investigador en Kiev, líderes políticos en París y Bruselas. Pero creo que ha llegado el momento de hacer mucho más de lo que ya se ha comprometido. Los tomadores de decisiones europeos deben entender que deben actuar con más decisión. Francia y Europa deben elegir la solidaridad real y la resistencia real a la locura del Kremlin.

¿Qué podría significar esto?

En términos de defensa, los cielos de Ucrania son el espacio más vulnerable. Justo ahora, aviones de guerra pasaron frente a mi ventana, no puedo decir si eran rusos o ucranianos. Si en tierra tenemos una larga experiencia en armamento para disuadir a los tanques rusos, el cielo es otra cosa. Al defender los cielos de Ucrania, defenderás los cielos de Europa.

Y luego está la palanca económica. Hay que ir más allá en las sanciones. La suspensión de la certificación del gasoducto Nord Stream 2 por parte del canciller Olaf Scholz fue significativa. Pero debemos castigar personalmente a Putin y su séquito. Las máscaras han caído: sabemos que es un criminal.

Ha almacenado su riqueza en bancos europeos. Ha llegado el momento de acabar con este lujo infernal. Toda la clase política rusa que lo apoya debe ser proscrita. Deben entender que eventualmente serán juzgados por esto, y que el juicio ser juzgado por esto, y que el juicio comienza hoy. Y una vez que Putin se enfrente a las caricaturas en La Haya, las sanciones pueden terminar.

A Putin se le ha caído la máscara, dices. ¿Significa esto que durante demasiado tiempo Europa ha sido complaciente con él?

Sí, eso es obvio. La semana pasada, Putin mintió a Macron en la cara durante una conversación de una hora. Trató a los líderes europeos como incompetentes. Hasta el último minuto, no creo que estos líderes entendieran que estaban tratando con un gángster. O pensaron que simplemente se comportó como en la antigua URSS. Bueno, no, él es así.

Lo que revela esta invasión, por lo tanto, es una amenaza más general. ¿Tienes la sensación de que estamos en vísperas de un conflicto mundial?

Eso no se puede excluir, porque una vez más, estamos presenciando las acciones de un loco. Si fue capaz de bombardear el centro de Kiev, como hoy, después de haber hablado durante años de esta ciudad como la “cuna” de Rusia, eso significa que puede ir más allá. Él no tiene límites. Ni escrúpulos.

En Ucrania, además de Chernóbil, tenemos otras centrales nucleares. Si una bomba golpea uno de estos nuevos Chernobyls, la nube no se detendrá en las fronteras de Ucrania. Directa o indirectamente, Putin puede hacer daño a toda Europa. Debemos detenerlo ahora.

Cuando advertí sobre estos peligros en París en 2015, la gente pensó que era excesivo. Pero no. Lo que ha sucedido desde la anexión de Crimea me da la razón. Putin quiere romper con el régimen internacional de derechos humanos y el sistema internacional creado desde Yalta. Sólo una política del avestruz, una política que entierra la cabeza en la tierra, puede pensar que esto se detendrá en las fronteras de Ucrania. Al igual que la nube de Chernobyl no se detuvo en las fronteras. No podemos limitarnos a contener esta agresión en alguna frontera. Debemos apagar el fuego en su origen. Sabemos qué acciones deben tomarse. Todos los líderes europeos deben mostrar solidaridad y deben llegar hasta el final.

El 21 de febrero de 2022, ante su Consejo de Seguridad, Putin afirmó que Ucrania era una “creación de Vladimir Ilich Lenin”. ¿Tiene miedo de que llegue al final de su revisionismo histórico?

Sí, porque la cuadrícula de lectura de Putin es la Unión Soviética. Y a fines de diciembre de este año se cumplirá el centenario de la Unión Soviética, creada por los bolcheviques en diciembre de 1922. El sueño de Putin es crear una segunda Unión Soviética, todo lo demás es literatura.

No se sostiene históricamente, pero encaja con la trama, como en el cine, en particular con Lenin y Stalin. Se siente el sucesor de los arquitectos de la Unión Soviética. Todo lo que hace, sin embargo, para matar las últimas ilusiones de ese tiempo, ya que demuestra que era la KGB la columna vertebral de este régimen. Espero que estemos presenciando su agonía.

 

Traducción del inglés: Santiago de Arcos-Halyburton

 

Constantin Sigov: Es profesor de filosofía y estudios religiosos en la Academia Mohyla de la Universidad Nacional de Kiev en Kiev y director del Centro Europeo de Investigación en Humanidades.

Publicado originalmente en: https://berkleycenter.georgetown.edu/essays/interview-with-constantin-sigov-on-the-war-in-ukraine

 

Autogestión y narcisismo

Por Félix Guattari

La autogestión como consigna puede servir para cualquier cosa. De Lapassade a De Gaulle, de la CFDT a los anarquistas. ¿Autogestión de qué? Referirse a la autogestión en sí, independientemente del contexto, es una mistificación. Se convierte en algo así como un principio moral, el solemne compromiso de que será en sí mismo, por sí mismo, que se administrará lo que es de tal o cual grupo o empresa. La eficacia de tal consigna depende sin duda de su efecto de autoseducción. La determinación en cada situación del objeto institucional correspondiente es un criterio que debería permitir clarificar el asunto.

La autogestión de la escuela o la universidad está limitada por su dependencia objetiva del estado, por el modo de financiación, por el compromiso político de los usuarios, etc. No puede ser sino una consigna de agitación transitoria y que en definitiva corre el riesgo de crear bastante confusión si no está articulada en una perspectiva revolucionaria coherente. La autogestión de una fábrica o de un taller está expuesta también a ser dominada por la ideología reformista psicosociológica, que considera que el dominio “interrelacional” tiene que ser tratado con técnicas de grupo, por ejemplo el training group entre los técnicos, cuadros, patrones (para los obreros, tales técnicas son demasiado “caras”).

 

Se “impugna”, en lo imaginario, la jerarquía. De hecho, no solamente no se toca nada, sino que se le encuentra un fundamento modernista, se la disfraza con un estilo y una moral rogeriana o con cualquier otra. La aplicación de la autogestión en una empresa implica el control efectivo de la producción y de los programas: de inversiones, de organización del trabajo, de relaciones comerciales, etc. En consecuencia, una comunidad de trabajadores que “optara por una autogestión” en una fábrica tendría que resolver numerosos problemas con el exterior. Lo que sería perdurable y viable sólo si este exterior estuviera también organizado como autogestión. Una sucursal de correos aislada no viviría mucho tiempo con la autogestión y, de hecho, el conjunto de los engranajes productivos se interpenetran a la manera de centrales telefónicas. Las experiencias de autogestión durante las huelgas, el funcionamiento de sectores productivos de una fábrica para responder a las necesidades de los huelguistas, la organización del aprovisionamiento, de la autodefensa, son experiencias indicativas muy importantes. Demuestran las posibilidades de superar los niveles reivindicativos de las luchas. Indican una vía de organización de una sociedad revolucionaria durante un período transitorio. Pero es evidente que no podrían aportar respuestas claras y satisfactorias a los tipos de relaciones de producción, a los tipos de estructuras adaptadas a una sociedad que haya expropiado los poderes económicos y políticos de la burguesía en una economía desarrollada.

 

El control obrero plantea de hecho problemas políticos fundamentales, puesto que afecta a objetos institucionales que cuestionan la infraestructura económica. Un aula universitaria autogestionada en una solución pedagógica excelente, sin duda alguna. Una rama industrial directamente controlada por los trabajadores plantea inmediatamente todo un conjunto de problemas económicos, políticos y sociales a escala nacional e internacional. Si los trabajadores no se hacen cargo de estos problemas de una forma que supere los marcos burocráticos de los partidos y sindicatos actuales, la autogestión económica pura corre el riesgo de transformarse en un mito y concluir en estancamientos desmovilizadores.

 

Hablar de autogestión política es igualmente una fórmula que sirve para todo y que además es tramposa. La política es fundamentalmente ajustamiento de un grupo en relación a otros grupos en una perspectiva global, explicitada o no. La autogestión tomada como consigna política no es un fin en sí mismo. El problema consiste en definir, en cada nivel de organización, el tipo de relaciones, de formas que deben alentarse, y el tipo de poder a instituir. La consigna de la autogestión puede convertirse en una pantalla si sustituye masivamente las respuestas diferenciadas por los niveles y los sectores diferentes en función de su complejidad real.

 

La transformación del poder del estado, la transformación de la administración de una rama industrial, la organización de un aula, la impugnación del sindicalismo burocrático, son cosas totalmente diferentes que tienen que ser consideradas de un modo separado. No sería nada raro que a la consigna de la autogestión, que se reveló justa en las luchas de impugnación de las estructuras burocráticas en el plano universitario, se la apropien los ideólogos y políticos reformistas. No hay una “filosofía general” de la autogestión que la haga aplicable en todas partes y en toda situación, en particular en las que se refieren al establecimiento de un doble poder, de la instauración de un control democrático revolucionario, de una perspectiva de poder obrero, de la aplicación de sistemas de coordinación y regulación entre los diversos sectores de lucha.

 

Si no se efectúa a tiempo un esclarecimiento del alcance y los límites de la autogestión, esta “consigna” viciará su contenido con concepciones reformistas y será rechazada por los trabajadores en provecho tal vez de otras formulaciones de tipo “centralista democrático”, que rápidamente serán tomadas por la dogmática del movimiento comunista.

 

8 de junio de 1968

Pronombre-flexible

por Yoryie Irrizary

 

                                                                                                                    Ucha Ucha Ucha, muchachos a la lucha, no seremos machos, Pero somos muchas 1

Llevo mucho tiempo pensando el tema de los pronombres, puedo decir años, como también pudiera decir más de una década, incluso pudiera afirmar que toda una vida. La primera vez que tuve que confrontar el asunto de los pronombres en un ambiente profesional fue cuando serví en la Junta de directores del Sylvia Rivera Law Project alrededor del 2010. En el primer retiro que hicimos, parte de la introducción exigía que dijéramos nuestros pronombres preferidos. Mi primera reacción no fue la mejor, en ese momento declaré que no me importaban los pronombres. Esa afirmación era cierta entonces y también es cierta hoy.

Digo que reaccioné mal porque el requisito de identificar los pronombres preferidos me cogió de sorpresa. Me sentí forzado a escoger un pronombre, en un espacio donde asumí no se iban a vigilar o enforzar los pronombres. Al decir que a mí no me importaban los pronombres, ni recordaba cuándo en mi adolescencia se utilizaron pronombres para acosarme en la escuela, ni entendía la enorme importancia que los pronombres tienen para muchas personas. Era importante para otres entonces, como también lo es hoy. El simple acto de escoger un pronombre para referirse a cualquier persona puede negar o afirmar la identidad de esa persona. A muches se les va (o se nos fue) la vida en ese reconocimiento que necesitamos para sentirnos vistes, reconocides, sentir nuestra identidad honrada. Esa afirmación de la identidad propia es vital.

En esos primeros años escolares entre sexto y cuarto año, para una persona de mi generación, cuando se sospechaba sobre la identidad gay de alguien, cambiarte los pronombres a gritos y en público frente a les compañeres de clase, o maestres, o amistades, era una de las estrategias más crueles utilizadas para atormentarnos, humillarnos y mofarse. Así que, para sobrevivir, une se reapropia del pronombre utilizado como cuchillo y abrazamos el femenino, ya no nos hieren, perdimos el miedo al corsé del binomio “pronombral” 2.” Nos cambiaron los pronombres y nos negamos a llorar, sufrir o celebrar el luto que muchos esperaron que cargáramos al ser desposeídos de la “masculinidad” o declarados incompetentes, insuficientes para representarla. Al contrario, muches que adoptamos otros pronombres que los asignados al nacer, celebramos la liberación de la tortura de las representaciones de la masculinidad: “sé agresivo,” “párate así”, “ten muchas novias”, “camina así”, “siéntate así”, “mírale el culo a las mujeres”, “mira pal techo en el baño de los hombres”, “tira la pelota como los hombres”, “pelea como los hombres”, “date a respetar de las mujeres”, “chicha como los hombres”, “compite”, “gana”, “ríete de las mujeres”, “compite”, “gana”, “diles a las mujeres que son débiles”, “compite”, “gana”, ¡¡UNA SE HARTAAA!! del performance masculino. ¿Por qué hay que exhibir algún tipo de conducta y formas de mover el cuerpo para “merecer el pronombre”? Lo que sí sé es que cuando los abandonamos nos sentimos más livianes. Ese sentimiento de liviandad, para mí, también estaba muy ligado a esa reapropiación o tal vez adopción, o incorporación, del pronombre femenino.

Tomado de las redes
He pensado que el hecho de que los pronombres no me importen pudiera ser un privilegio. Poder alternarlos dependiendo de mi ánimo, o de la compañía, es un privilegio. Sí, poder estar cómode con ambos pronombres es un privilegio, pero no de nacimiento, es el fruto de años tratando de cultivar mi auto-estima, luchando para aceptarme como soy, para quererme y apreciarme, para valorarme. Tomó mucha fuerza dejar de necesitar ese pronombre que culturalmente crea expectativas de un performance, para mí imposible, entorno a la masculinidad. También tomó disciplina y esfuerzo entender que un pronombre femenino no es inferior al masculino. El pronombre no solo se ató a los genitales, también había que comportarse de una manera específica para “merecerlo.” Pero además de un ejercicio de privilegio, puede ser también una estrategia de sobrevivencia; pudiera ser la reapropiación del pronombre utilizado para castrarnos, para de-masculinizarnos; pudiera ser un reto a lo absoluto del pronombre; pudiera ser una aceptación y/o celebración de lo femenino en mí; pudiera ser la transgresión que evidencia que el género es una construcción social y que los pronombres, acertados o no, no nos definen, pudiera ser la aceptación de que no tengo un compromiso “innato” con la masculinidad. Yo propondría que pueden ser todas las anteriores, y algunas otras, menos positivas también.

Están cambiando los protocolos del código hablado y escrito, y se siguen explorando maneras alternas de bregar con los pronombres y más importante aún de reconocer que la diversidad de expresiones del ser es tan variada como personal. Por ejemplo, el uso de la “e” no solo para plurales binomiales, sino para la inclusión de quienes se identifican como no-binaries, ya está bastante generalizado y/o normalizado en espacios culturales, progresistas y/o académicos. Y eso es bueno, me alegra. Sin embargo, pienso que es también importante, por ambas, nostalgia y convencimiento, decir que quiero seguir reconociendo y afirmando el legado de generaciones de hombres gay, que como yo, celebramos lo visto como femenino en nosotres e hicimos femeninas nuestras más fuertes destrezas o características pasándonos por los sobacos, muchas veces afeitados, el pronombre que la sociedad nos asignara. Es por eso que cuando en formularios me preguntan que pronombre uso, escribo Pronombre flexible. No es una decisión mía sola, recientemente en una investigación que hice, me topé con otros hombres cis que han comenzado a utilizar la respuesta Pronombre flexible, de hecho, el término no es mío, lo escuché la primera vez de mi amigo Ángel Antonio Ruiz Laboy, que a su vez lo escuchó de otra gente. De esta forma se amplían las formas diversas e inclusivas de identificarnos o des-identificarnos. Y de paso seguimos negando el terreno a esa ideología patriarcal que exige se utilicen los binomios en estricta conformidad con los genitales de las personas y negamos también que un pronombre (¡una mierda de pronombre!) dicte cómo caminamos, cómo comemos, cómo cogemos la taza de café (¿con el meñique parado o en contacto con la taza?) cómo nos sentamos, nos enamoramos, de qué maneras jugamos deportes y cómo peleamos, entre muchas otras actividades de nuestra vida.

Mi negación a identificar mis pronombres es continua, resiento tener que decir que pronombres prefiero porque la gente los ve como indicativos de algo absoluto. Yo cambio de pronombres frecuentemente, a veces dos o tres veces en un mismo día. Ya sea en alguna llamada a alguien, en algún encuentro con amistades, en silencio en mi cabeza, mientras pienso sobre mi misma. Además no quisiera que se haga inflexible el asunto de los pronombres, que tampoco pensemos que están escritos en piedra, ni se conviertan los pronombres en culto. Nos debemos esa flexibilidad. Después de todo el pronombre es un tipo de palabra que simplemente sustituye el nombre nombre o sustantivo en una oración. Su función es representar a cualquier persona gramatical de la que se hable, incluidos su género (femenino, masculino o neutro) y número (singular o plural). Si aceptamos que el género es una construcción social y es fluido, no les sorprenda que entonces pidamos pronombres también fluidos.

Así que a veces soy una, a veces soy uno, a veces soy une, no me caso con ninguna. De ahora en adelante, identificaré y defenderé la flexibilidad que uso con mis pronombres de la misma manera que seguiré honrando los pronombres que la gente escoja para sí, pero no me obliguen a escoger/fijar pronombres para mi.

 


Yoryie Irizarry: es un escritor Latino queer, mediador y consultor profesional. Activista de derechos humanos, educador y crítico social feminista y anti-racista.

Nació en Santurce, Puerto Rico, vivió entre Río Piedras, Bayamón, Levittown y Carolina. Migrante en Nueva York. Ha trabajado en estrecha colaboración con el proyecto de Audre Lorde Project y sirvió varios años en la Junta de Directores del Sylvia Rivera Law Project. Bachelor en Sociología y Juris Doctor con especialización en resolución de conflictos. En Puerto Rico:  Co-fundador de La Coalición de ONGs que proveyeron servicios a personas con VIH/SIDA, Co-fundador de ACT-UP PR, Co-fundador de la Coalición Orgullo Arcoiris (Parada LGBTQ puertorriqueña) y de la revista Sal pa’fuera.