Reconstruir el horizonte socialista

Bhaskar Sunkara reflexiona sobre el ascenso, la derrota y la posible renovación del socialismo, así como sobre las generaciones de personas comunes que lucharon para construir un mundo más allá de la dominación de clase.

Traducción: Pedro Perucca

En un evento organizado por la Fundación SEARCH, Bhaskar Sunkara pronunció la inaugural Conferencia Memorial Eric Aarons el 26 de mayo de 2026 en la Federación de Docentes de Nueva Gales del Sur en Sídney, Australia. Aarons fue una de las figuras principales del movimiento comunista australiano y posteriormente un importante defensor del socialismo democrático. A continuación, la transcripción de su intervención.

Eric Aarons vivió las grandes derrotas del movimiento socialista del siglo XX pero se negó a dejar que esas derrotas tuvieran la última palabra. Se incorporó al Partido Comunista de Australia siendo joven. Creía, como millones en todo el mundo, que estaba del lado correcto de la historia. Observó, a lo largo de décadas, cómo la historia se desarrollaba en la realidad: cómo el estalinismo revelaba sus horrores, cómo el movimiento comunista oficial se desintegraba, cómo el compromiso socialdemócrata en Occidente se deshilachaba y era finalmente desgarrado. Pero siguió luchando por un mundo mejor. No volviendo a las certezas de su juventud, ni avanzando hacia las concesiones de la política centrista, sino intentando avanzar hacia una nueva política.

Es con ese espíritu que quiero hablar esta noche. Porque nos reunimos como socialistas, como sindicalistas, como personas que quieren vivir en un mundo mejor, décadas después de que el socialismo fuera declarado muerto. En efecto, el movimiento socialista que millones de trabajadores en todo el mundo construyeron a lo largo de 150 años —los partidos, los sindicatos, las cooperativas, los periódicos, las instituciones culturales, los experimentos en el poder obrero y la propiedad pública— desapareció o está vaciado de contenido.

Pero debemos insistirle al mundo en que el socialismo no estaba equivocado. El socialismo sufrió derrotas.

Si el socialismo estaba equivocado —si todo el proyecto de organizar la sociedad en torno a la necesidad humana en lugar de hacerlo alrededor de la ganancia privada era un entusiasmo decimonónico que deberíamos superar—, entonces lo único honesto que les queda a quienes alguna vez se llamaron socialistas es gestionar el capitalismo de manera más humana. Aceptar, como reza el eslogan capitalista, que no hay alternativa.

Pero si el socialismo sufrió derrotas —si fue vencido por una combinación de sus enemigos, sus propios crímenes y sus propios fracasos económicos, pero no refutado en principio—, entonces las cosas son distintas. Entonces la tarea que tenemos por delante no es lamentarnos y acomodarnos, sino aprender, reconstruir y volver a luchar, con una idea más clara de lo que hicimos mal y una convicción más profunda sobre lo que hicimos bien.

Quiero argumentar además que un izquierdismo sin un destino socialista no es una política por la que valga la pena luchar. No solo por el poder moral de nuestro destino, sino porque, sin él, nos convertimos en reformadores más débiles, no en reformadores más prácticos. Y perdemos algo que en realidad nos hizo potentes como luchadores de la clase trabajadora. Perdemos el gran relato, el relato que alguna vez le dijo a los trabajadores comunes que no eran las víctimas de la historia que necesitaban caridad privada o caridad estatal, sino sus autores.

Así que esta noche quiero hacer tres cosas. Quiero hablar de lo que el movimiento socialista efectivamente logró, antes de ser rechazado. Quiero analizar por qué fue derrotado, tanto desde afuera como desde adentro. Y luego quiero hablar de lo que un horizonte socialista podría significar para nosotros ahora, en toda la complejidad y los desafíos de nuestra era.

El movimiento que casi ganó

Permítanme comenzar por los logros. La historia de la izquierda moderna se suele contar como una historia de fracasos. Pero, al menos en lo que respecta a la toma del poder, no podría estar más lejos de la verdad.

El movimiento socialista moderno comenzó, en su forma reconocible, a mediados del siglo XIX, con pequeños grupos de trabajadores y artesanos que se enfrentaban a una sociedad industrial espectacular y aterradora. En setenta años, esos pequeños grupos se habían convertido en los partidos políticos más grandes de Europa. En cien años, partidos que se llamaban socialistas o comunistas gobernaban aproximadamente la mitad del planeta.

No había nada parecido en la historia moderna. Hay que remontarse a las primeras conquistas islámicas de los siglos VII y VIII para encontrar un movimiento que se hubiera extendido tan lejos y tan rápido: de unos pocos miles de militantes en la década de 1860 al poder político, en alguna forma, sobre más de la mitad de la población mundial en la década de 1960.

Hal Draper, un socialista estadounidense y agudo crítico de todas las versiones realmente existentes del socialismo, observó en 1966 que «por primera vez en la historia del mundo, muy probablemente la mayoría de sus habitantes se autodefinen como “socialistas” en uno u otro sentido». Eso no es un proyecto sectario. Era, según su estimación, la mayoría de los seres humanos políticamente conscientes, en todos los continentes, identificándose con alguna versión de una idea que, sesenta años antes, había sido patrimonio de algunos reductos de trabajadores o intelectuales exiliados.

Pero antes de que el movimiento socialista conquistara el poder estatal, ganó algo aún más notable. Ganó una cultura.

En los pueblos mineros de Gales, los mineros pedían ser enterrados con sus ejemplares del Manifiesto Comunista del mismo modo en que una generación anterior había pedido ser enterrada con sus Biblias. En los hogares obreros de toda Europa, los retratos de líderes socialistas colgaban donde antes habían colgado los iconos de los santos. Las festividades del antiguo calendario religioso fueron incorporadas a un nuevo calendario de huelgas, mártires laicos y festividades. Eric Hobsbawm registró un anuncio del Valle del Po en 1891: «Los curas tienen sus fiestas. El Primero de Mayo es la fiesta de los trabajadores de todo el mundo».

Esto no era simplemente organización política. Era la construcción de una contracivilización dentro del cascarón de la vieja. Los trabajadores tenían sus propios periódicos, sus propios clubes deportivos, sus propios coros, sus propias escuelas, sus propias sociedades de entierro, sus propias teorías de la historia, sus propios héroes, sus propias festividades. Caminaban por las mismas calles que sus patrones, pero vivían, en un sentido real, en un mundo diferente, un mundo con su propio horizonte moral y su propia imagen de lo que vendría después.

Y lo que vendría después, creían muchos, era el socialismo.

Dos versiones amplias de ese futuro tomaron forma eventualmente. Estaba el socialismo dentro del capitalismo —el proyecto socialdemócrata, que buscaba humanizar el mercado mediante el poder de la negociación colectiva y el Estado. Y estaba el socialismo fuera del capitalismo —el proyecto comunista, que buscaba abolir el mercado por completo mediante la propiedad estatal y la planificación central.

Ambos proyectos, en su apogeo, transformaron la vida de cientos de millones de personas. Digan lo que digan del comunismo soviético —y yo vengo de una tradición socialista democrática extremadamente crítica de él—, tomó a una sociedad campesina y la industrializó en una generación, eliminó el analfabetismo, derrotó a la Alemania nazi en el campo de batalla y ofreció, para muchas personas en el mundo colonizado, un modelo aparentemente funcional de cómo escapar de la división imperial del trabajo. Y digan lo que digan de la socialdemocracia, la Suecia de posguerra bajo Olof Palme fue una de las sociedades más decentes que jamás haya existido. Contaba con pleno empleo, sindicatos fuertes que negociaban en términos más que iguales con los empleadores, y un Estado de bienestar universal. Significó una dignidad real para los trabajadores tanto en el taller como en la sociedad en su conjunto.

Incluso muchos críticos de ambos modelos los veían como estaciones de paso, al menos, en un camino que millones de personas creían genuinamente que conducía, finalmente, a una sociedad en la que sería abolida de una vez y para siempre la gran división de los seres humanos en una clase que posee y una clase que trabaja.

La derrota desde afuera y desde adentro

¿Cómo pasamos de victorias imperfectas o parciales a la derrota?

El relato estándar, que muchos en la izquierda repiten, es que el socialismo fue aplastado desde afuera. Por la Guerra Fría. Por el imperialismo norteamericano. Por la CIA. Por el golpe de Pinochet, por la Operación Cóndor, por las guerras sucias en todo el Sur Global. Por la contrarrevolución de Thatcher y Reagan. Por los mercados de bonos disciplinando a François Mitterrand a principios de la década de 1980. Por el largo y paciente trabajo de los agentes capitalistas a través de sus tanques de pensamiento, sus medios de comunicación y sus partidos políticos.

Parte de ese relato es, por supuesto, verdad. El movimiento socialista fue en efecto el blanco de la ofensiva ideológica y militar más sostenida, mejor financiada y más despiadada de la historia moderna. No debemos olvidar eso, ni tampoco cuántos mártires dejó tras de sí el anticomunismo violento, desde Indonesia hasta el Cono Sur.

Pero si nos contamos solo ese relato —si decimos que simplemente fuimos vencidos por enemigos externos—, nos exculpamos de una manera que hace imposible aprender de lo demás que ocurrió. Y le debemos a Eric Aarons, y a todos los que como él pasaron una vida intentando comprender honestamente nuestra derrota, algo más que eso.

La verdad es que el socialismo no fue vencido solo desde afuera. Fue vencido también desde adentro, por sus propios crímenes políticos y por sus propios fracasos económicos.

Los crímenes políticos del movimiento comunista del siglo XX no son una calumnia inventada por los propagandistas de la Guerra Fría. Los gulags fueron reales. Los sangrientos terrores y purgas fueron reales. Las hambrunas que mataron a millones en Ucrania y en China fueron reales. La destrucción de la expresión libre, de los sindicatos libres, de la libertad religiosa, de la sociedad civil —eso también fue real. Y esos crímenes fueron cometidos no solo por autoritarios que fingían ser socialistas, sino por personas que creían, sinceramente en muchos casos, que estaban construyendo el futuro que soñó Karl Marx. No podemos recurrir a una defensa del tipo «ningún verdadero escocés…». Esta fue la experiencia histórica real del socialismo para millones de personas.

Fue lo que Rosa Luxemburg predijo: La sustitución del partido por la clase. La sustitución del Estado por el partido. La sustitución del líder por el Estado.

Y la creencia de que la historia estaba tan claramente de nuestro lado —la creencia que quiero resucitar— fue utilizada para construir un universo moral en el que cualquier medio empleado para acelerar la historia estaba justificado. Los derechos individuales y el Estado de derecho eran vistos como burgueses. La convicción era que, habiendo tomado las alturas de mando de la economía, se podía simplemente ordenarle al resto de la sociedad que adoptara la forma deseada.

Un socialismo que no comprenda, en sus entrañas, por qué las decisiones que dieron forma al socialismo de Estado estaban equivocadas —no solo tácticamente equivocadas, sino moralmente equivocadas— es un socialismo que no tendrá futuro en el siglo XXI, ni debería tenerlo.

Pero la mayor parte de la izquierda coincide en estas cuestiones políticas. Donde hay menos reflexión crítica es en los fracasos económicos del socialismo.

La planificación central de tipo soviético no colapsó solo por la represión política, ni solo por la carrera armamentista, ni solo por las intrigas de la CIA. Colapsó porque, en sus propios términos, no pudo cumplir. Para las décadas de 1970 y 1980, la brecha entre lo que el sistema prometía y lo que producía se había vuelto imposible de disimular.

La primera razón fue el cálculo. Gosplan, la agencia soviética de planificación, era responsable de coordinar una economía que incluía casi 400 burocracias, 43.000 fábricas, 26.000 empresas constructoras, 47.000 unidades agrícolas, 260.000 establecimientos de servicios y más de un millón de tiendas minoristas —produciendo unos 12 millones de productos distintos, cada uno de los cuales requería los insumos correctos de los proveedores correctos en las ubicaciones correctas en los plazos correctos, con cadenas de suministro que se extendían por once husos horarios. Todo eso implicaba decenas de miles de millones de variables, que se elevaban a billones cuando se extendía el horizonte de planificación en el tiempo.

Para planificar eso racionalmente, habría que saber qué podía producir cada empresa, qué querría cada hogar y cómo cada insumo se conectaba con cada producto. Nadie podía saberlo. Ni los economistas más brillantes del mundo. Ni la computadora más poderosa que jamás se haya construido o se construirá jamás. La información simplemente no existe en una forma que ninguna autoridad central pueda recopilar y procesar. Así que lo que se obtuvo en cambio fue conjetura —los números del año anterior más un poco más—, sostenida por una extensa economía secreta de trueque, acaparamiento y tratos por canales informales que los gerentes manejaban por su cuenta para mantener las cosas en movimiento.

El segundo problema, estrechamente relacionado con el anterior, era el de los incentivos. Cada gerente entendía que los recursos del año siguiente dependían de las cifras reportadas en el año en curso. Así que subestimaban su capacidad proyectada y sobreestimaban su producción real. Acaparaban mano de obra y materiales. Mentían. Los trabajadores a su cargo comprendían muy rápido que superar una cuota simplemente significaba una cuota más alta el trimestre siguiente. Las empresas débiles nunca podían quebrar, porque dejarlas quebrar significaba desempleo y cadenas de suministro rotas, de modo que la ineficiencia nunca era castigada. Desde el Politburó hasta el taller, toda la jerarquía tenía un incentivo para tergiversar lo que estaba haciendo.

Estos no eran errores que se pudieran corregir con un mejor algoritmo. Eran características de la propia estructura de la economía de tipo soviético. Y lo que nosotros, como socialistas, tenemos que admitir es que no existe ninguna versión de la planificación administrativa que escape a estos problemas. El sueño de gestionar una economía moderna compleja puramente mediante la planificación no debe ni puede ser revivido.

Y luego está la socialdemocracia, cuyo fracaso adoptó una forma diferente. La socialdemocracia no fracasó porque intentara abolir el capitalismo. Fracasó porque intentó domesticar el capitalismo sin trascenderlo.

Durante una generación, su fórmula básica funcionó. La socialdemocracia produjo sindicatos fuertes, pleno empleo, un Estado de bienestar generoso, salarios en alza y una economía en crecimiento que generaba suficiente excedente para financiar todo eso.

Pero había una contradicción en el corazón del acuerdo socialdemócrata, y no sobrevivió al momento en que el crecimiento se desaceleró. La socialdemocracia empoderó políticamente a los trabajadores al tiempo que dejaba la propiedad de los medios de producción en manos privadas. Esto produjo un enfrentamiento permanente entre un poderoso movimiento obrero y una clase capitalista que seguía controlando la inversión. Mientras el pastel crecía, el enfrentamiento era tolerable —había suficiente para los salarios, suficiente para las ganancias y suficiente para el Estado de bienestar. Pero en el momento en que el pastel dejó de crecer, en la estanflación de la década de 1970, el equilibrio colapsó.

Los socialdemócratas suecos en realidad previeron esto. Rudolf Meidner, el gran economista sueco, propuso un plan en 1976 para transferir gradualmente la propiedad de las grandes empresas a fondos controlados por los trabajadores, utilizando una porción de las ganancias cada año —un verdadero puente de la socialdemocracia al socialismo, financiado por la moderación salarial que los trabajadores ya habían practicado durante décadas. Habría resuelto tanto las dificultades económicas de Suecia como su impasse político.

Pero nunca llegó a concretarse en una forma viable, no solo por la oposición del capital sino porque la propia dirección del Partido Socialdemócrata Sueco no estaba dispuesta a luchar por él. No estaban dispuestos a movilizar a la clase trabajadora para una transformación de las relaciones de propiedad. El plan fue aguado, luego vaciado, luego abandonado. Y en poco tiempo, el capital sueco pudo resolver la crisis de la socialdemocracia a su manera, impulsando una larga campaña de liberalización que redujo el Estado de bienestar sueco a una sombra de lo que era.

Deberíamos aprender lecciones de ambos fracasos.

El socialismo de tipo soviético fracasó porque no se puede gestionar una economía moderna compleja sin precios, empresas autónomas e incentivos reales. La socialdemocracia fracasó porque intentó dejar intacta la propiedad privada del capital, y una clase capitalista con todas las palancas de la inversión bajo su control terminará usando su poder para desmantelar cualquier restricción que se le haya impuesto. Estos dos fracasos eran imágenes especulares.

Pero la lección de estos fracasos no es que el socialismo sea imposible. La lección es que el socialismo tiene que ser repensado en su diseño técnico, sin abandonar nuestro objetivo de una sociedad sin explotación ni opresión.

El horizonte lo es todo

Antes de llegar a cómo podría ser ese socialismo del siglo XXI, quiero presentar un argumento práctico y no solo normativo contra la moderación. Porque la tentación para una izquierda derrotada es decir: «Olvidémonos del socialismo, hablemos simplemente de bienestar social, o de vivienda pública, o de salarios mínimos más altos. Esas cosas son alcanzables. ¿Por qué cargarlas con la palabra impopular, con el sueño desacreditado?».

La primera razón es que una izquierda sin horizonte socialista no es siquiera una izquierda reformista más eficaz. Es una izquierda reformista peor.

Las reformas no son propuestas de política abstractas que circulan por la historia por sus propios méritos. Las reformas las conquistan los movimientos. Y los movimientos se sostienen con relatos (relatos sobre quiénes son sus integrantes, por qué importan, hacia dónde van y de qué forman parte). Un movimiento que solo puede decir «queremos una prestación de desempleo más generosa» es un movimiento que no movilizará la energía que necesita para conquistar incluso esa prestación, porque la prestación de desempleo por sí sola no responde a las preguntas que los trabajadores se hacen realmente cuando consideran si dedicar una tarde, un sábado, una carrera y a veces una vida a la acción política.

Las preguntas más grandes, me atrevería a decir, son en realidad más fundamentales: ¿Quién soy yo en esta sociedad? ¿Por qué los recursos se distribuyen de la manera en que se distribuyen? ¿Hacia dónde vamos como sociedad? ¿Existe un futuro en el que nuestros hijos hereden algo mejor de lo que tenemos? ¿Quién se interpone en la realización de ese futuro?

Los grandes partidos socialistas de principios del siglo XX podían responder esas preguntas. Podían decirle a un minero galés que era el heredero de una tradición que iba desde los niveladores hasta los cartistas y las internacionales obreras, que su carnet sindical o de partido significaba ser miembro de un movimiento de millones de trabajadores en todo el mundo, que la huelga a la que estaba a punto de sumarse era una pequeña escaramuza en una lucha global que eventualmente, en la vida de sus hijos o de sus nietos, marcaría el triunfo final del trabajo. Ese relato era lo que lo hacía estar dispuesto a ser excluido, a ser golpeado o a perder su trabajo. No era solo el aumento de salario y la seguridad material para su familia; era también el relato que le daba a esos sacrificios un significado profundo.

Cuando se le quita el relato, se priva a nuestro movimiento de una de sus mayores fuentes de poder. Se le pide a la gente que libre cien pequeñas batallas sin decirle nunca para qué son esas batallas.

En segundo lugar, una izquierda sin un horizonte socialista termina convirtiéndose en algo distinto a una izquierda. Se convierte en una especie de tecnocracia progresista: una red de profesionales de las políticas públicas, empleados de ONG, consultores de comunicación y operadores electorales que administran los síntomas de un sistema que renunciaron a intentar cambiar.

Un progresismo que no tiene nada que decir sobre la clase —que habla solo de identidad, o solo de pobreza, o solo de políticas públicas— no puede competir con una derecha que tiene mucho que decir sobre la clase, aunque todo lo que dice sea mentira. La derecha les dirá a los trabajadores que sus enemigos son los inmigrantes, que sus enemigos son las minorías, que sus enemigos son la élite cultural. Un progresismo que se niega a nombrar a los capitalistas y a los ricos como los enemigos deja a los trabajadores sin nada que oponer a ese relato, salvo la garantía de que sus sentimientos serán respetados y sus identidades adscriptivas serán honradas.

La izquierda que triunfe en el siglo XXI será una izquierda que pueda nombrar lo que está mal, nombrar quién se beneficia de ello y nombrar lo que queremos poner en su lugar.

Y la tercera razón es que se lo debemos a las personas que nos precedieron.

El movimiento socialista fue construido por personas que no tenían ninguna razón objetiva para creer que ganarían. El minero galés que leía el Manifiesto Comunista en 1890 tenía todas las razones para pensar que su vida iba a ser corta, dura y olvidada. El trabajador textil ruso en 1905 tenía todas las razones para pensar que la autocracia duraría para siempre. El trabajador de fábrica en São Paulo, el estibador en Sídney, el metalúrgico en Turín en 1920 creían porque habían decidido, contra la evidencia, que no eran las víctimas de la historia. Eran los autores de la historia. Eran los protagonistas de un relato cuyo final no había sido escrito.

Esa confianza histórico-mundial es la que construyó cada institución que heredamos: la jornada de ocho horas, el fin de semana, la pensión de vejez, el hospital donde naciste, la escuela a la que fuiste, el sindicato que (si tienes suerte) todavía te representa en tu trabajo. Nada de eso cayó del cielo. Fue arrancado de las manos de personas que no querían entregarlo, por movimientos de trabajadores que creían que estaban haciendo algo más que negociar migajas. Creían que el futuro les pertenecía.

Y nosotros, que heredamos los beneficios de su lucha, nos permitimos conformarnos con menos. Redujimos nuestro horizonte para adaptarlo a nuestra debilidad presente, y luego nos preguntamos por qué no podemos crecer.

Esta es la razón principal por la que necesitamos recuperar el horizonte del socialismo y el lenguaje no del chismorreo parlamentario y los titulares mediáticos, sino de los siglos y los continentes. Por eso, por más pasado de moda que pueda parecer, necesitamos hablar del socialismo y de la abolición de la sociedad de clases. Del fin de la división milenaria entre quienes mandan sobre el trabajo y quienes lo realizan. De un mundo organizado en torno a una forma radical de democracia e igualdad.

Un socialismo para el siglo XXI

Marx advirtió con célebre ironía contra la escritura de recetas para las cocinas del futuro. Estaba criticando, con razón, a los socialistas utópicos de su época. Pero en nuestro mundo, nuestro desafío es demostrarle a la gente que el socialismo no es solo políticamente deseable sino técnicamente posible.

Como resultado no solo de la propaganda capitalista sino de los fracasos reales de ambas formas del socialismo del siglo XX, creció un escepticismo sobre el futuro del socialismo. ¿No terminaría la toma democrática del control de una economía compleja por volverse en contra como un bumerán hacia la crisis, por colapsar en la ineficiencia o por endurecerse en el autoritarismo?

Decir que el socialismo es técnicamente posible y que debemos esbozar sus planos no requiere pretender que existe un único modelo de socialismo ya establecido y listo para ser implementado. Pero sí requiere enfrentarse a un conjunto de preguntas ineludibles que cualquier alternativa creíble debe responder.

¿Podría una economía socialista usar precios, ganancias y competencia para coordinar una producción compleja sin reproducir la dominación o la desigualdad significativa? ¿Qué incentivos promueven la eficiencia y la innovación en una economía de empresas gobernadas democráticamente? ¿Cómo puede sostenerse el crecimiento de la productividad de modo que los niveles de vida continúen mejorando, se eviten las escaseces y el cambio tecnológico prosiga sin el tipo de inseguridad masiva que los trabajadores experimentan hoy? ¿Y qué papel debe desempeñar el Estado en la estabilización de la macroeconomía, la orientación de la inversión y la imposición de prioridades democráticas sin sofocar la iniciativa?

Permítanme esbozar, muy brevemente, lo que creo que podría ser un socialismo creíble para nuestro siglo. Me baso aquí en un libro que acabo de terminar con mis colegas Mike Beggs y Ben Burgis. Se llama The Blueprint: The Case for Socialism in the Real World (El plan maestro: Argumentos a favor del socialismo en el mundo real), donde desarrollamos estos argumentos con mayor extensión.

Un socialismo del siglo XXI, tal como lo describiríamos, tiene que hacer dos cosas a la vez. Tiene que abolir la dependencia del mercado —la condición en la que la supervivencia depende del éxito en el mercado— al tiempo que preserva los mercados como una herramienta, entre otras, para coordinar una economía compleja.

En la práctica, esto significa desmercantilizar amplias áreas de la vida. La atención sanitaria, la educación, el transporte, la energía, la vivienda y las telecomunicaciones son la infraestructura de una vida moderna. Organizarlas a través de mercados, mediante empresas que buscan ganancias y racionan por precio en lugar de por necesidad, es un error (no solo moralmente sino en términos prácticos), porque el resultado es un sistema que es tanto más desigual como menos eficiente que la provisión pública.

Más allá de estos ámbitos, como mis colegas y yo describimos en The Blueprint, se encuentra la economía más amplia de bienes y servicios, donde los problemas de coordinación son más variados y donde los mercados siguen siendo importantes. En el sector de mercado de una economía compuesta por empresas gobernadas democráticamente, las señales de precios seguirían transmitiendo información sobre oferta y demanda, contribuyendo a coordinar la producción y el consumo.

Pero el excedente generado por la actividad económica estaría controlado por quienes lo producen. Y la inversión se asignaría a través de instituciones financieras públicas en lugar de por los capitalistas. De este modo, los mercados pueden funcionar como herramientas de coordinación sin reproducir las relaciones de poder del capitalismo.

En este marco socialista, las empresas productivas del sector productor de mercancías están controladas por los trabajadores en lugar de por accionistas externos o capitalistas privados. Los derechos de gobernanza se vinculan a la participación y no a una participación financiera. La membresía en una empresa se asemeja entonces a la membresía en una comunidad política. Confiere voz y control democrático real en el punto de producción e impone obligaciones, pero no puede ser comercializada como una mercancía.

Este cambio en la gobernanza requiere un cambio correspondiente en la manera en que se organiza la inversión. Cualquier socialismo viable debe evitar las restricciones presupuestarias blandas y permitir que las empresas ineficientes quiebren mientras las más productivas se expanden. Desde un punto de vista igualitario, esto debería ser de sentido común. ¿Por qué habríamos de desperdiciar la cosa más valiosa del mundo —el trabajo humano— en la ineficiencia?

Pero no debería esperarse que los trabajadores de las empresas democráticas aporten el capital ellos mismos, ni que aten sus ahorros personales a la suerte de un único lugar de trabajo. Dejar las decisiones de inversión a nivel de las empresas individuales generaría distorsiones sistemáticas que destruirían un sistema socialista. Las disparidades en la intensidad del capital, por ejemplo, alentarían a los trabajadores a concentrarse en sectores con abundante capital, mientras que la producción intensiva en trabajo y el sector público quedan sin personal. Imaginemos a todos queriendo trabajar en plataformas petroleras, u otro sector muy intensivo en capital donde los dividendos serían enormes, en lugar de trabajar en una guardería infantil.

Organizar la propiedad y la inversión como una función social en lugar de como una función a nivel de empresa es, por lo tanto, esencial. Los bancos públicos cumplen este papel manteniendo los activos productivos en común y asignando capital en nombre de la sociedad en su conjunto. De este modo, las empresas operan con autonomía real mientras permanecen como administradoras y no propietarias de la riqueza social. Y el Estado puede emplear una amplia gama de herramientas macroeconómicas para influir en la dirección del desarrollo.

Un mecanismo adicional que es esencial para que una economía de este tipo siga siendo tanto eficiente como igualitaria a lo largo del tiempo es la creación de salarios mínimos, diferenciados por ocupación, para orientar el propio desarrollo. En lugar de permitir que los mercados de trabajo clasifiquen a los gerentes de los trabajadores puramente a través del poder de negociación localizado o las rentas sectoriales, los salarios de referencia establecen un piso que refleja las prioridades colectivas sobre la dignidad, la capacitación y la contribución social.

Las empresas y los sectores que dependen de los salarios bajos y la disciplina laboral se verían presionados a innovar, reorganizarse o contraerse. Los que aumenten la productividad mediante nuevas técnicas, mediante capacitación adicional o mediante mejoras tecnológicas serían recompensados con mayores dividendos. De este modo, la economía se orienta por un camino elevado de desarrollo que recompensa la innovación y la inversión en lugar de simplemente exprimir el trabajo.

Por supuesto, en una economía socialista, el objetivo de aumentar la productividad no es un fin en sí mismo. El objetivo es la expansión del ocio, de la seguridad y, en última instancia, del tiempo fuera de la producción.

Un socialismo que se limite a redistribuir los ingresos sin cambiar la manera en que se organiza el tiempo quedaría por debajo de su promesa. Pero un socialismo que combine la redistribución con la propiedad social, la inversión guiada democráticamente y estructuras salariales que premien la eficiencia puede traducir una economía dinámica en jornadas más cortas, vidas más largas y mayor libertad sobre cómo se viven esas vidas.

Este es un esbozo. Lo estoy exponiendo en cinco minutos cuando merece cinco horas. Pero el punto es que necesitamos discutir modelos de socialismo como parte de nuestra lucha tanto por los cambios a corto como a largo plazo.

En última instancia, nuestro objetivo como igualitaristas debe ser simplemente el fin de la sociedad de clases, no una sociedad de clases levemente más justa, ni una sociedad de clases con mejores redes de seguridad, sino el fin de la división de la humanidad en una clase que posee y una clase que trabaja. Sería la primera sociedad, en la mayor parte del mundo, desde la Revolución Neolítica, que no está organizada en torno a esa división.

Asuntos pendientes

Eric Aarons dedicó su vida a abogar por los trabajadores y por un mundo mejor. Entregó esa vida a la convicción de que la sociedad en la que vivimos no es la única sociedad en la que podríamos vivir, y de que las personas comunes, organizadas, son capaces de construir algo mejor.

Fue una vida bien vivida.

Vivimos en una época que intentó con mucho ahínco convencernos de que la vida de personas como Eric fue desperdiciada. De que los organizadores, los militantes partidarios, los activistas sindicales, los maestros y los delegados de taller que dedicaron sus décadas al movimiento socialista estaban, al final, equivocados. De que apostaron al caballo equivocado. De que la historia ya pronunció su veredicto y de que ese veredicto fue en su contra.

No podría estar más en desacuerdo.

Eric no estaba equivocado. El minero galés enterrado con su ejemplar del Manifiesto Comunista no estaba equivocado. El trabajador textil ruso, el metalúrgico italiano, el sindicalista sudafricano, el organizador campesino brasileño, el estibador australiano, el socialista estadounidense que hizo campaña por Eugene Debs hace cien años, o incluso el que estuvo golpeando puertas por Zohran Mamdani el año pasado, ninguno de ellos estaba equivocado. No eran ingenuos. No eran los tontos de la historia. Eran personas que miraron el mundo que les habían dado y decidieron que no era suficientemente bueno, y gastaron su energía intentando construir algo mejor.

El hecho de que no terminaran el trabajo no significa que estuvieran equivocados al comenzarlo. Y el hecho de que hayamos heredado sus asuntos pendientes no disminuye lo que hicieron. Simplemente nos impone la obligación de continuar su obra.

 

¿Hacia dónde se dirige el marxismo occidental?

Who Paid the Pipers of Western Marxism?, un libro escrito por Gabriel Rockhill y publicado el pasado año, es una inversión de una teoría conspirativa de la derecha, en la que la prominencia de la Escuela de Frankfurt se explica como el resultado de un complot para destruir el marxismo verdaderamente revolucionario.

Por Patrick Iber / Dissent Magazine

El Informe 1776, el documento pseudohistórico que Donald Trump encargó como réplica al Proyecto 1619 y como justificación histórica de su agenda de extrema derecha, contiene un extraño ataque contra la «política identitaria». Según el documento, «el resurgimiento moderno de la política identitaria tiene su origen en pensadores europeos de mediados del siglo XX que buscaban el derrocamiento revolucionario de sus sistemas políticos y sociales, pero se desilusionaron ante la falta de interés de la clase trabajadora en incitar a la revolución». Es el marxista italiano Antonio Gramsci, según el informe, quien argumentó que «el enfoque no debe centrarse tanto en la revolución económica como en tomar el control de las instituciones que dan forma a la cultura». Los herederos de Gramsci en la Escuela de Frankfurt, como Herbert Marcuse, desarrollaron la política identitaria, y luego sus discípulos crearon la Teoría Crítica de la Raza. «Siguiendo la estrategia de Gramsci de tomar el control de la cultura», argumenta el informe, «los seguidores de Marcuse utilizan el enfoque de la Teoría Crítica de la Raza para inculcar una narrativa de opresor y víctima a generaciones de estadounidenses».

Según esta interpretación, los movimientos por los derechos civiles, los derechos de las mujeres y la liberación gay no responden a formas reales de discriminación. En cambio, los cambios culturales que han tenido lugar desde la década de 1960 pueden descartarse como la influencia de marxistas extranjeros radicales que han socavado las unidades fundamentales de la vida estadounidense a través de su control de las instituciones culturales. Es una historia intelectual pobre, pero una pseudohistoria poderosa. Libera al creyente de considerar legítimas las reivindicaciones de quienes sufren opresión y justifica la destrucción de las instituciones generadoras de conocimiento. Para la derecha, sustituye las preguntas difíciles por la confusión, utilizando la ambigüedad para crear una falsa sensación de claridad.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La Escuela de Frankfurt, por supuesto, es muy real. Un grupo de académicos judíos se reunió en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt (Alemania) tras su fundación en 1923. Theodor Adorno, Max Horkheimer y Marcuse, tres figuras centrales que alcanzaron la fama, trataron de unificar las ideas de Hegel y Marx con el psicoanálisis freudiano. Con el ascenso de Hitler, tuvieron que abandonar Alemania y, en diferentes momentos, llegaron a Estados Unidos, donde continuaron investigando sobre el fascismo alemán, la «personalidad autoritaria» y el papel de los medios de comunicación en la creación de la conformidad social.

Junto con Gramsci, la Escuela de Frankfurt suele considerarse el núcleo del «marxismo occidental», cuya trayectoria intelectual e institucional fue diferente a la de la variante que se desarrolló como ideología oficial del Estado en la Unión Soviética. Entre otras cosas, el marxismo occidental tuvo que hacer frente a los fracasos del socialismo revolucionario en Europa Occidental y explicar el hecho de que la clase obrera pasara la Primera Guerra Mundial luchando entre sí en lugar de derrocar a la burguesía. Tanto Gramsci como los intelectuales de la Escuela de Frankfurt prestaron una atención considerable a la comprensión de la cultura y las instituciones de la sociedad civil que existían en Europa. Para resumir debates complejos en dos frases: los marxistas occidentales reconocieron las deficiencias de los modelos leninistas de cambio revolucionario para Europa Occidental y sostuvieron que los socialistas tendrían que convencer a la gente de que sus vidas serían mejores bajo el socialismo. Eso significaba trabajar en y a través de instituciones culturales, como las universidades y los medios de comunicación.

Teniendo en cuenta estos hechos, el marxismo occidental se considera generalmente más académico. Ya en la década de 1930, los estudiosos de la Escuela de Frankfurt ponían en duda que la clase obrera tradicional fuera el agente del cambio histórico y hacían un llamamiento a los intelectuales para que se unieran a los pueblos oprimidos sin fetichizar a la clase obrera. En la década de 1960, estos argumentos ejercieron una gran influencia en la izquierda estudiantil. En Alemania, Adorno fue una figura mediática destacada y contribuyó a dar forma al pensamiento de la Nueva Izquierda sobre las formas de represión que persistían incluso en las democracias liberales. En Estados Unidos, los argumentos de El hombre unidimensional de Marcuse influyeron en el rechazo contracultural a aceptar el conformismo consumista como libertad. Tras la década de 1960, sus obras, bastante abstrusas, pasaron a los seminarios académicos de humanidades y ciencias sociales, fomentando la atención hacia cuestiones de cultura y economía política.

Pero el «marxismo cultural» está viviendo un particular momento y no es que esté resurgiendo en popularidad, es que ha sido arrastrado póstumamente al ruedo de la disputa, donde los peores toreros del mundo agitan banderas rojas ante su cadáver. La obra de A.J.A. Woods, The Cultural Marxism Conspiracy, es una ágil genealogía de nuestra extraña realidad, que traza la conspiración desde Lyndon LaRouche, pasando por la Nueva Derecha, hasta el Tea Party. Who Paid the Pipers of Western Marxism?, de Gabriel Rockhill, por el contrario, ofrece una inversión de izquierdas de la conspiración de derechas, en la que la prominencia de la Escuela de Frankfurt se explica como el resultado de un complot para destruir el marxismo verdaderamente revolucionario («oriental»). La brecha entre estos libros es tan grande que podría haber sido excavada a lo largo de milenios por el río Colorado, y ofrece una lección práctica sobre la diferencia entre la historia intelectual que puede servir de base para una acción política inteligente y la «historia intelectual» que llevará a quienes la creen directamente contra la pared del cañón.

Who Paid the Pipers of Western Marxism? parte de una premisa totalmente errónea y no mejora a partir de ahí, al argumentar que el marxismo occidental es una desviación del verdadero materialismo dialéctico e histórico. «Dado que no ha sido posible eliminar simplemente el marxismo», escribe Rockhill, «debido a su amplio atractivo público, su claro poder explicativo y su probada capacidad para transformar el orden socioeconómico, los dirigentes de la sociedad burguesa se han enfrentado al dilema de cómo lidiar mejor con su existencia». Ese dilema, dice Rockhill, se resolvió con la guerra psicológica del Estado estadounidense de la Guerra Fría —en connivencia con grandes fundaciones capitalistas como Ford y Rockefeller— que promovió un marxismo no revolucionario y anticomunista para dividir a la izquierda mundial. Su libro —el primero de tres volúmenes, Dios nos ayude— es un intento de demostrar que el dominio y la buena reputación de la Escuela de Frankfurt son el resultado de la colaboración con el Estado de seguridad estadounidense y sus fundaciones auxiliares.

Tomemos esta afirmación con la mayor seriedad posible. Al fin y al cabo, hubo una especie de conspiración. El título del libro de Rockhill es un guiño a la obra pionera de Frances Stonor Saunders sobre la «Guerra Fría cultural», que se publicó en el Reino Unido con el título Who Paid the Piper? Ese libro, publicado en 1999, describía una amplia gama de actividades culturales e intelectuales de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) durante la Guerra Fría, incluida la promoción del expresionismo abstracto en la pintura, el jazz en la música y la izquierda no comunista en la política. La institución más destacada creada con este fin fue el Congreso por la Libertad Cultural, fundado en 1950 para contrarrestar el aparato de propaganda soviético que intentaba atraer a artistas e intelectuales occidentales a través de sus campañas de «paz». Dado que la derecha ya se había sumado al anticomunismo, los liberales de la CIA razonaron que, si querían alejar el pensamiento de los izquierdistas de todo el mundo de una especie de antiamericanismo ambiental, tendrían que abordar las preocupaciones auténticas de la izquierda. Para ello, publicaron y apoyaron varias revistas sofisticadas de literatura y política; las grandes fundaciones, como Rockefeller y Ford, también contribuyeron.

En este sentido, existían una serie de vínculos reales entre los intelectuales de la Escuela de Frankfurt y el aparato de seguridad nacional estadounidense. Durante la Segunda Guerra Mundial, varios académicos vinculados al Instituto de Investigación Social ocuparon puestos en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), predecesora de la CIA en tiempos de guerra. Estados Unidos estaba creando un aparato de inteligencia exterior prácticamente desde cero y, por lo tanto, recurrió a los expertos académicos disponibles. La rama de Investigación y Análisis de la OSS contó con tantos académicos de izquierdas que los ingeniosos de la época bromeaban diciendo que sus siglas significaban «Oh So Socialist» (Oh, tan socialista). Marcuse, por ejemplo, trabajó en la OSS y luego pasó al Servicio de Investigación e Inteligencia del Departamento de Estado en los años posteriores a la guerra, antes de acabar ocupando puestos universitarios. El mejor argumento de Rockhill es que este servicio durante la guerra ayudó a los académicos de la Escuela de Frankfurt a avanzar en sus carreras en Estados Unidos. El trabajo en la OSS fue fundamental para la construcción de las ciencias sociales de la posguerra. Muchas personas con las que habían trabajado los académicos de Frankfurt ocuparon puestos destacados en el mundo académico y en las principales fundaciones. Se trataba de redes útiles a las que pertenecer.

Sin embargo, la versión más radical de esta tesis que se presenta en el libro —según la cual la prominencia de la Escuela de Frankfurt es el resultado de una conspiración deliberada para promover el pensamiento de Frankfurt como alternativa al marxismo revolucionario que había tenido éxito— no encuentra en absoluto respaldo en el libro. Rockhill es consciente de que se le acusará de ser un teórico de la conspiración. Tales acusaciones, advierte, «a menudo se utilizan como armas de lucha de clases cuyo objetivo principal es excluir de manera perentoria, por considerarlas inaceptables, ciertas formas de análisis materialista».

¿Qué marcaría la diferencia entre un enfoque conspirativo de este tema y uno convincente? El pensamiento conspirativo, a diferencia de una genealogía intelectual seria, no distingue entre conexiones endebles y vínculos profundos. En lugar de intentar comprender las razones por las que los intelectuales estudian ciertos problemas y llegan a ciertas conclusiones, lo ve todo a través del prisma de los intereses que esas ideas promueven. En lugar de comprender los objetivos y las culturas de instituciones distintas, las entiende a todas como parte de un bloque unificado con el mismo objetivo. El pensamiento conspirativo es incapaz de procesar la contradicción, la ironía, la contingencia o la simple casualidad.

Pero cuando intenta argumentar que la red de clientelismo formada por la OSS, la CIA y los Rockefeller (que «servía a los intereses del principal Estado imperialista del mundo al tiempo que difamaba al comunismo») es la razón por la que la versión del marxismo de la Escuela de Frankfurt llegó a ser tan prominente, cae en la conspiración, aparentemente incapaz de interpretar las pruebas en su contexto. Los ejemplos a lo largo del texto son abundantes, pero bastará con citar algunos. Adorno y Horkheimer publicaron un par de artículos en 1949 en Der Monat, la revista intelectual alemana financiada entonces por el gobierno militar estadounidense. Más tarde se integró en la red del Congreso por la Libertad Cultural (CCF). Su editor, a través del CCF, tenía muchos vínculos con la CIA. Pero Der Monat era también una de las únicas revistas que operaban en Alemania en los años posteriores a la guerra. A falta de una relación sostenida, simplemente no resulta especialmente significativo.

Rockhill está indignado porque Adorno apareció en la revista Encounter, de la CCF, en 1969. Pero lo que aparece allí es la traducción de una entrevista que Adorno concedió a Der Spiegel, y no hay pruebas de que Adorno la aprobara siquiera. ¿Es el artículo una prueba de que la poderosa maquinaria de la CIA estaba tocando una melodía a favor del marxismo cultural? Los escritos de Adorno habían sido una fuente de inspiración para la izquierda estudiantil en Alemania, pero algunos estudiantes habían empezado a volverse en su contra. En 1969, llamó a la policía tras una ocupación del Instituto de Investigación Social, y más tarde tres jóvenes interrumpieron sus clases, se descubrieron los pechos y le lanzaron pétalos de flores. Canceló sus conferencias. La entrevista explora esas tensiones, y el entrevistador cuestiona repetidamente a Adorno sobre la pasividad de su filosofía, al tiempo que se pregunta si estos estudiantes, inspirados por él, se habían descontrolado. Adorno no tiene respuestas especialmente satisfactorias. Esto no deja en muy buen lugar ni a él ni a los estudiantes, lo cual es de esperar de Encounter, una revista altiva escrita desde el ala derecha de la socialdemocracia. Rockhill, por su parte, solo puede burlarse de que Adorno condene «los Estados totalitarios».

La interpretación errónea que Rockhill hace de las pruebas es sistémica, impulsada por su incapacidad para imaginar que alguien pueda tener objeciones de principio al comunismo soviético. Por ejemplo, cita un pasaje de un texto de Adorno y Horkheimer en el que se afirma: «Nuestra filosofía, como crítica dialéctica de la tendencia social general de la época, se opone frontalmente a la política y la doctrina que emanan de la Unión Soviética. No podemos ver nada en la práctica de las dictaduras militares disfrazadas de democracias populares que no sea una nueva forma de represión». Rockhill critica una «abrumadora falta de análisis materialista», dado que «incluso la CIA reconoció que la Unión Soviética no era una dictadura». Cita un informe de 1955 en el que, según él, «la Agencia afirmaba claramente que la idea occidental de una dictadura soviética era exagerada porque en la URSS existía un liderazgo colectivo, incluso en la época de Stalin». Busqué el documento en cuestión, que parece ser un resumen de una conversación con una fuente de inteligencia humana y no era indicativo de la posición de la agencia. La fuente señala que el sistema soviético no se basa en una sola persona; no estaban cuestionando su carácter autoritario. Imaginar esto como una confesión de la CIA es una ignorancia histórica (y general).

Aquí y allá, Rockhill ha encontrado documentos interesantes. Resulta curioso que *El hombre unidimensional* se escribiera en parte gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, y sería aún más curioso que Marcuse no lo mencionara en los agradecimientos del libro. Pero no hay pruebas de una conspiración a gran escala para sustituir el marxismo revolucionario por la Escuela de Frankfurt en nombre del Estado de seguridad. Existen continuidades entre el trabajo que los estudiosos de Frankfurt realizaron en las agencias de inteligencia y como académicos, pero no es correcto afirmar, por ejemplo, que cuando Marcuse se marchó de Washington, «simplemente continuaba con su labor de inteligencia bajo la cobertura académica». Sería al menos igual de acertado plantearlo al revés. Who Paid the Pipers of Western Marxism? construye un modelo erróneo del mundo, interpreta mal las pruebas en apoyo de ese modelo y lo hace para respaldar un programa político delirante.

¿Cómo es posible que alternativas tan defectuosas al «verdadero» marxismo llegaran a considerarse más modernas y superiores? Rockhill no contempla la posibilidad de que la influencia de la Escuela de Frankfurt, tal y como fue, se integrara mejor en las luchas sociales significativas para grupos clave de la Europa occidental y los Estados Unidos de la posguerra. Para Rockhill, la respuesta es que estas ideas podían integrarse en las causas del Estado de seguridad nacional estadounidense, el «mayor proveedor de guerra intelectual del mundo contemporáneo». De este modo, afirma, el marxismo occidental «es una construcción ideológica destinada a convertir el arma teórica más poderosa de la lucha de clases desde abajo en una postura filosófica ineficaz y conciliadora con el capitalismo, e incluso con el imperialismo».

Rockhill no es capaz de comprender por qué incluso personas que se identificaban con la tradición marxista —como las de la Escuela de Frankfurt— consideraron necesario distanciarse de la Unión Soviética. Como resultado, muestra las peores tendencias del ideólogo marxista, sin las virtudes del estudioso marxista. Cuando un autor llega a una conclusión que no le gusta, describe su pensamiento como insuficientemente materialista. Su convicción de que el verdadero marxismo fue desplazado por una conspiración de capitalistas e imperialistas no se enfrenta de manera significativa a la historia del marxismo o del comunismo. Cuando ha habido problemas en los Estados socialistas realmente existentes, argumenta Rockhill, «siempre hay que recordar […] que estas historias no se han desarrollado sin tropiezos debido a la persistencia de ideologías racistas, misóginas y homófobas impulsadas por el capitalismo y a las agudas contradicciones generadas por la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas para repeler la embestida imperialista». Esto es un campismo descarado disfrazado de tal: ni siquiera se molestó en llevar su máscara al baile.

Me temo que la idea de Rockhill de que, si todos pudiéramos ponernos de acuerdo sobre la interpretación correcta del marxismo, entonces podríamos por fin hacer la revolución, queda desmentida por toda la historia del marxismo (además, debo decir, no es muy materialista). Su libro es un caso extremo de una falacia que, en formas menos agudas, surge con demasiada frecuencia en la izquierda. Cuando asumimos nuestra superioridad moral y analítica, y luego buscamos explicaciones puramente materiales de por qué otros no comparten nuestro análisis, no es una buena forma de generar confianza o poder, salvo quizá en el contexto de microsectas de carácter sectario.

La gran revelación de The Cultural Marxism Conspiracy, de A.J.A. Woods, es que gran parte de los argumentos de la derecha sobre la influencia maligna de la Escuela de Frankfurt en la sociedad contemporánea tienen raíces que se remontan precisamente a una de esas microsectas de izquierda. Se puede ver en Rockhill: le molesta que los movimientos sociales de «los años sesenta» —que dieron lugar a sociedades más inclusivas en cuanto a raza, género y orientación sexual— no hayan derrocado el capitalismo. Como esta Nueva Izquierda se inspiró en ocasiones en la Escuela de Frankfurt, la culpa de no ser lo suficientemente revolucionaria. Los propagadores de ideas de la derecha actual han elaborado una versión con los colores invertidos de esta crítica. Creen que es bueno que no haya habido una revolución económica, pero piensan que los años sesenta —bajo la influencia de los titiriteros de la Escuela de Frankfurt— sí produjeron una revolución social que, en su opinión, socavó los cimientos de la «civilización occidental». Al igual que Rockhill necesita una conspiración para explicar el presente porque no puede imaginar que alguien, en ausencia de una guerra psicológica, no eligiera afirmativamente el comunismo, la derecha actual necesita una conspiración porque no puede procesar los cambios sociales posteriores a «los años sesenta» como avances significativos en la libertad.

The Cultural Marxism Conspiracy  sostiene que la forma de entender el surgimiento de estas narrativas es considerarlas armas desarrolladas para una lucha ideológica concreta. Y esa lucha ideológica concreta era el control del movimiento estudiantil, ya en la década de 1960. Las acusaciones de que Marcuse trabajaba para la CIA, como las sostenidas por Rockhill, también se formularon en la década de 1960. Woods las remonta a la literatura del Partido Laborista Progresista (PL), entonces un partido maoísta. El PL discrepaba de la conclusión de Marcuse de que los trabajadores no eran una clase revolucionaria, y argumentaba que su idea formaba parte de una estrategia de manipulación masiva de la CIA. El PL también acusó al Partido Pantera Negra y al Viet Cong de ser revisionistas. Además, el PL también se opuso a los elementos contraculturales de la Nueva Izquierda, como el pelo largo, el consumo de drogas y una mayor libertad sexual. Cuando los Estudiantes por una Sociedad Democrática se dividieron en 1969, con una facción liderada por un grupo fachada del PL, la organización se derrumbó. «En cierto sentido, el PL desempeñó un papel mucho mayor en el colapso del movimiento estudiantil organizado que el supuesto agente de la CIA Marcuse», escribe Woods.

Uno de los miembros de PL era Lyndon LaRouche, quien combinaba los roles de organizador político y líder de secta. Basándose en Gramsci, Woods describe a LaRouche como un «intelectual arbitrario». Mientras que el intelectual orgánico gramsciano clásico intentaría construir una coalición política viable, el intelectual arbitrario, por el contrario, «impulsa una agenda fanática que no encuentra un eco significativo entre la mayoría de la gente».

Un aspecto central de la gestión de LaRouche de su secta era la idea de que constituían una élite política que supervisaría la creación de una nueva edad de oro, si lograban vencer a la malvada «contraélite» —en este caso, aquellos inspirados por Marcuse, Adorno y otros miembros de la Escuela de Frankfurt. LaRouche culpaba a lo que describía como «fascismo Rockefeller» de los ataques contra su persona y, al igual que hace ahora Rockhill, utilizaba el servicio de Marcuse durante la guerra y el hecho de que hubiera solicitado subvenciones a la Fundación Rockefeller como prueba de una gran conspiración. En las publicaciones larouchistas, Adorno era el cerebro de la contracultura; se decía que Horkheimer había inventado la «personalidad autoritaria» para socavar la civilización judeocristiana, y toda la Escuela de Frankfurt se situaba en el centro de la contraélite utilizada para lavar el cerebro a las masas. El fascismo de Rockefeller creó la Nueva Izquierda para impedir la verdadera radicalización de los estudiantes. Incluso la condena de prisión de Angela Davis, alumna de Marcuse, se presentó como una maniobra de marketing del Estado para impulsar el reclutamiento de la izquierda hacia el Partido Comunista, del que Davis era miembro, en lugar de para la facción de LaRouche.

¿Cómo se extendió el pseudoisquerdismo sectario de LaRouche hacia la derecha? En la década de 1980, algunos de sus temas favoritos resonaron con las opiniones de la derecha sobre lo que fallaba en Estados Unidos. A LaRouche le encantaba Beethoven; en sus publicaciones sostenía que la música rock era una conspiración para borrar la diferencia entre los seres humanos y las bestias. Adorno, para que conste, era pianista clásico, pero LaRouche lo consideraba responsable de la contracultura y, por ende, de la popularidad de la música rock. Muchos críticos sociales de derecha tenían quejas similares sobre la cultura popular estadounidense. Allan Bloom, por ejemplo, en The Closing of the American Mind, se queja de que «la música rock proporciona un éxtasis prematuro… como las drogas con las que está aliada».

Ese era solo un punto de convergencia. La homofobia era otro. LaRouche creía que la aceptación de la sexualidad gay y lésbica formaba parte de un complot de la contraélite para exterminar a la población humana (lo cual relacionaba con los programas de la Fundación Rockefeller sobre «control de la población»). La Fundación Rockefeller también había sido durante mucho tiempo objeto de sospechas, resentida por su apoyo a programas sociales liberales y a las becas concedidas a académicos de izquierdas como, por ejemplo, Marcuse. Las conspiraciones volaban a su alrededor. La ultraderechista Sociedad John Birch veía a la Fundación Rockefeller como el centro de una conspiración internacionalista para destruir la soberanía estadounidense.

El texto clave para el giro de la izquierda hacia la derecha fue el ensayo en tres partes que Michael Minnicino, seguidor de LaRouche, publicó en 1992 sobre la obra de 1950 coescrita por Adorno, *La personalidad autoritaria*, a la que Minnicino calificó de «un engaño antioccidental». Calificó a la Escuela de Frankfurt como «el componente organizativo más importante de [la] conspiración» para debilitar «el alma de la civilización judeocristiana», con el desarrollo de un aparato de guerra ideológica para difundir el pesimismo cultural, incluidas las doctrinas de la «corrección política». Y, en un llamamiento a la oposición conservadora a la discriminación positiva y a los cambios culturales desde la década de 1960, Minnicino argumentó que «la importancia del individuo como persona dotada de la chispa divina de la creatividad […] fue sustituida por la idea de que una persona es importante porque es negra, o mujer, o siente impulsos homosexuales». La estrategia funcionó. Un activista de la Nueva Derecha con sede en Washington encontró el ensayo de Minnicino y, de manera decisiva, comenzó a realizar su propia «investigación».

Woods describe las redes de activistas de derecha que comenzaron a basarse cada vez más en la conspiración del marxismo cultural. El activista Paul Weyrich describió la corrección política como marxismo cultural, en guerra con la cultura tradicional estadounidense. El escritor William S. Lind decidió que Gramsci había desarrollado una teoría según la cual las masas estaban demasiado apegadas a los valores judeocristianos como para derrocar el sistema capitalista, y se dispuso a idear un plan para destruir la fe religiosa de la gente. Era una tontería evidente, pero eso no importaba. Lo más importante era que ofrecía una especie de «Gran Teoría Unificada» de los agravios conservadores.

Cuando Barack Obama fue elegido en 2008, para muchas figuras de la derecha esto pareció confirmar que habían perdido la batalla cultural. El pueblo estadounidense había elegido al resultado de muchas de las cosas a las que ellos atribuían el declive de Estados Unidos: un profesor, fruto de un matrimonio interracial, hijo de padres divorciados. ¿Cómo había podido suceder? Cuando estalló el movimiento anti-Obama del Tea Party, varios empresarios de derecha recurrieron a la conspiración del «marxismo cultural» para dar una respuesta. En la película de 2010 *Cultural Marxism: The Corruption of America*, protagonizada por Ron Paul y Pat Buchanan, el «fascismo rockefelleriano» de LaRouche fue sustituido por el «fascismo corporativo» de la Reserva Federal, pero los ataques contra la Escuela de Frankfurt se mantuvieron, repletos de citas falsas y acentos estereotipados para activar sentimientos antisemitas en la audiencia sin tener que pronunciar palabras antisemitas. Si no podías imaginar que Estados Unidos elegiría a Obama, entonces al público le deben haber lavado el cerebro. QED.

Woods lleva al lector desde el Tea Party, pasando por el Gamergate, hasta las campañas de Christopher Rufo contra la Teoría Crítica de la Raza (inspirada en la Escuela de Frankfurt, naturalmente) y Trump. Trump insiste con frecuencia en que los demócratas solo pueden ganar las elecciones si hacen trampa. Esto puede manifestarse como una desconfianza hacia las máquinas de votación, pero el conservador más sofisticado te dirá que la injusticia radica en el control demócrata de la producción de información. La derecha intenta moldear que las universidades y los medios de comunicación, especialmente en el segundo mandato de Trump, son el resultado de lo que Woods describe, en referencia a los provocadores mediáticos Andrew Breitbart y Rush Limbaugh, como «gramscianismo de derechas», según el cual la política es consecuencia de la cultura. El marxismo cultural no ha triunfado, pero la conspiración del marxismo cultural sí lo ha hecho, al menos por ahora.

Esto no durará para siempre. Las teorías de la conspiración pueden unir a quienes creen en ellas, pero su alejamiento de la realidad se convierte en un lastre para la acción efectiva. Incluso Rufo ha lamentado recientemente, ataviado con su mejor disfraz de perrito caliente, que «el cerebro colectivo de la derecha se está derritiendo en un caldero de porquería, conspiraciones y persecución de algoritmos». Ser capaz de ver el mundo con claridad, identificar sus problemas y pasar a la acción sigue siendo una ventaja, al menos a largo plazo.

Rockhill intentó escribir historia intelectual y produjo una conspiración; Woods escribió una historia intelectual de una conspiración. Sus métodos y análisis son mejores y, como era de esperar, también lo es su diagnóstico político. Al ser testigos del éxito político del antwokismo en 2020, algunos en la izquierda han abogado por abandonar la política de identidades en favor de la primacía de la clase. «Para algunos, se trata de un intento honesto de atraer a más gente a una coalición progresista», juzga Woods. «Para otros, es una forma de promover una concepción reduccionista de clase de la política de izquierdas que, en el mejor de los casos, considera las cuestiones de la guerra cultural como epifenoménicas». Pero, en última instancia, las cuestiones culturales no son meras distracciones: tienen que ver con las formas en que convivimos. También ellas, si se quiere, tienen una base material. «Nadie», escribe Woods, «merece quedarse atrás».

 

Feminismo abolicionista

Entrevista con Kathi Weeks.

Por Sarah Jaffe / Dissent Magazine

Con su libro de 2011, El problema del trabajo, la teórica política Kathi Weeks impulsó un renacimiento teórico del feminismo socialista crítico del trabajo. Ahora regresa con un nuevo volumen que combina esa crítica del trabajo con el abolicionismo penitenciario y familiar.

Weeks parte de la obra de Shulamith Firestone, Donna Haraway y Angela Davis para reflexionar sobre lo que significa ser abolicionista hoy en día. Archivos de la abolición, futuros feministas es una defensa de la importancia del feminismo marxista y un llamado al pensamiento estructural y la acción colectiva ante la enorme presión para pensar y actuar a nivel individual. Puede parecer imposible soñar con una transformación profunda en medio de las luchas diarias por la supervivencia, pero Weeks argumenta de manera convincente que necesitamos esos sueños incluso en medio de la crisis, para encontrar una salida. Hablé con Weeks sobre su nuevo libro, las transformaciones de la vida capitalista en las últimas décadas y por qué es necesario que los marxistas sean feministas.

Sarah Jaffe: En 2016, te vi dar una charla sobre “feminismos abolicionistas”, y específicamente sobre la obra de Angela Davis, en una conferencia titulada “Apropiándonos de los medios de reproducción”, así que me emocionó mucho ver este nuevo libro. Escribes que este es un proyecto para revivir y reinventar el feminismo marxista estadounidense. ¿Qué es el feminismo marxista estadounidense?

Kathi Weeks: Se ha entendido de forma muy limitada. A menudo se cuenta la historia como: “Las feministas socialistas estaban interesadas en reflexionar sobre la relación entre el patriarcado y el capitalismo. Propusieron un modelo de sistemas duales, donde el capitalismo opera en la economía y el patriarcado en el hogar. Esa era una forma de pensar cómo la economía y los hogares están vinculados a través de diferentes formas de trabajo: parte del llamado trabajo productivo en la economía, parte del trabajo reproductivo no remunerado en los hogares”. Este modelo de sistemas duales nunca se desarrolló y, por lo tanto, fue un callejón sin salida.

Lo que intento hacer con este libro es ampliar el corpus. Si nos remontamos al feminismo de la década de 1970 —el apogeo del feminismo marxista y socialista en Estados Unidos—, las fronteras entre los distintos tipos de feminismo, en particular entre el radical y el marxista, eran más difusas de lo que recordamos. Existía un mayor intercambio y una mayor implicación en el anticapitalismo.

Seleccioné tres textos o conjuntos de textos que a menudo no se comprenden del todo como textos feministas marxistas: La dialéctica del sexo (1970) de Shulamith Firestone, generalmente recordada como un texto feminista radical; «Un manifiesto cyborg» (1985) de Donna Haraway, que se entiende como una crítica posestructuralista del feminismo socialista; y los escritos abolicionistas de Angela Davis desde 1971 hasta la actualidad.

Jaffe: ¿Qué lleva a estos intensos debates entre los marxistas?

Weeks: Se producen disputas sobre los textos fundamentales: es como el originalismo constitucional. Pero las feministas marxistas reconocen el marxismo como un método que hay que ampliar si se quiere hablar de temas que el propio Marx, por diversas razones, no abordó.

Jaffe: En el libro, usted dice que Angela Davis es, ante todo, una metodóloga. Su pedagogía se centra menos en qué pensar que en cómo pensar. Podría decir lo mismo de su libro: se siente como una meditación rigurosa y generosa sobre cómo pensar la política actual.

Weeks: En parte, es una lección sobre cómo leer textos para generar otros tipos de lecturas. Pero, sobre todo, lo que me interesa es intentar argumentar a favor de que las feministas piensen estructuralmente sobre estas grandes instituciones del trabajo, la familia y la prisión. Esa es la polémica constante a lo largo del libro.

Es sorprendente lo poco formadas que estamos en el pensamiento a nivel de las estructuras sociales. Estamos acostumbrados a pensar a nivel individual. Si pensamos en el trabajo, nos centraremos en este o aquel empleo —¿es un buen jefe o un mal jefe?— en lugar de considerarlo como un sistema de distribución de ingresos. Pero si lo analizamos desde esa perspectiva, nos plantearemos preguntas diferentes sobre su eficacia para distribuir el ingreso y las jerarquías que genera. El nivel individual interfiere en este análisis.

Lo mismo ocurre con las familias: resulta difícil pensar en la familia desde una perspectiva estructural, en lugar de pensar: «Amo a mi familia» o «Esa familia de allá parece disfuncional». Sin embargo, la familia también es un conjunto de estructuras e ideologías que nos integran en el hogar. Es allí donde se divide y luego se oculta la mayor parte del trabajo reproductivo necesario para que los trabajadores puedan presentarse a trabajar cada día, del cual depende la economía.

Esto es precisamente lo que el concepto de racismo estructural busca articular: que el racismo no se trata necesariamente de actitudes discriminatorias individuales; en muchos casos, se arraiga en rutinas no intencionadas. Intento argumentar a favor de pensar en esta escala estructural, porque los individuos o grupos de individuos no son sus creadores. Las estructuras se desarrollan con el tiempo y se desmantelan con el tiempo. El cronograma del cambio político debe ampliarse.

Otra pregunta que escucho a menudo a nivel individual es: «¿Qué puedo hacer al respecto?». Siempre respondo: «Como individuo, absolutamente nada». Requiere una acción colectiva a lo largo del tiempo, un tiempo que va más allá del tiempo biográfico.

Jaffe: Eso casi lo simplifica: no tienes que divorciarte de tu familia ahora mismo para apoyar la política de superar a la familia.

Pero aún existe una tendencia a la individualización que a menudo parece ir de la mano con una visión romántica de las tres instituciones que criticas aquí. ¿La familia? ¡Los trabajadores aman a su familia! ¿La cárcel? ¡Pues los trabajadores están preocupados por la delincuencia! ¿El trabajo? ¡Los trabajadores quieren trabajar! Me parece que se proyecta una inversión emocional en «los trabajadores» que ignora precisamente lo que les pedimos cuando les pedimos que piensen estructuralmente: no se trata de sentimientos.

Weeks: Utilizo varias formas abreviadas para intentar explicar esto. Una es considerar la política y la ética como actividades distintas. La ética siempre está ligada, en cierta medida, a la toma de decisiones individuales. Pero la política trata sobre la acción colectiva a lo largo del tiempo.

Ese lenguaje sobre lo que los trabajadores “quieren” se basa en una comprensión muy limitada de lo que es un trabajador, como si un trabajador no tuviera una identidad de género o racializada, y no estuviera comprometido con otros tipos de política, todo al mismo tiempo. “Trabajador” se convierte también en una identidad de clase en lugar de una posición estructural. Y entonces se pretende preservar esa identidad y complacerla.

Jaffe: Se pretende valorar esa identidad.

Weeks: Seamos claros: políticamente, no importa si un individuo cambia su vida. Colectivamente, tal vez sí, pero estamos constituidos como sujetos dentro de estas estructuras. Decirnos que debemos reconstituirnos parece un camino difícil de seguir. Lo más amable es decir: Somos quienes somos. Lo que queremos hacer es cambiar las reglas del juego para poder llegar a ser diferentes con el tiempo. Se trata de abrazar la política que nos destruiría como sujetos.

Jaffe: ¡Lo cual es difícil de hacer! En el libro, usted describe cómo Firestone comprende el compromiso a largo plazo que exige la abolición de la familia. Escribe que, «aunque podamos ser agentes que contribuyan a crear ese futuro diferente, no seremos, y quizás no podríamos ser, los sujetos que anhelan plenamente ese mundo». El simple hecho de desear esa transformación nos hace sentir que venimos del futuro, lo cual es una experiencia alienante.

Weeks: Puedes basarte en tu propia experiencia para determinar si la familia fue buena o mala para ti. Pero si analizas las estadísticas sobre violencia intrafamiliar, estas sugieren que algo anda mal. Considera también lo imposible que es generar ingresos suficientes para vivir juntos como familia y criar hijos o cuidar de ancianos, y la grave crisis de cuidados que estamos viviendo. No creo que sea tan difícil lograr que la gente reflexione críticamente sobre esto.

El término abolición preocupa a la gente porque no se limita a decir: «Necesitamos reformar y brindar servicios a quienes sufren maltrato y tortura en sus familias». Eso no es suficiente. Necesitamos pensar de forma mucho más radical en alternativas a este modelo y en otras maneras de organizar la intimidad, el cuidado y el trabajo reproductivo que no sean tan punitivas.

Jaffe: Un argumento en contra de la abolición de la familia es el matrimonio homosexual. Pero también estamos en medio de una reacción violenta y agresiva contra el matrimonio homosexual y la no reproducción.

Weeks: Esa reacción de la extrema derecha revela el poder de la división sexual del trabajo que el ideal familiar protege, individualiza y descarga sobre las mujeres. Es importante para todas las demás instituciones que le importan a la extrema derecha.

Jaffe: Al principio del libro, mencionas la idea de que la teoría política debería centrarse en el Estado. La familia, la prisión y el lugar de trabajo son moldeados y reproducidos por el Estado, pero de alguna manera es común pensar que son entidades separadas o inevitables.

Weeks: Estas instituciones son relaciones de poder. En cuanto entras en un lugar de trabajo, te gobernan de forma intensiva y sin muchos límites. Obviamente, la idea fundamental de la prisión es que estás sujeto a un poder dictatorial. Y la familia también es un régimen de gestión que asigna roles y decide quién hace qué tipo de trabajo. Pero como están privatizadas, no las reconocemos como formas de gobierno.

Jaffe: Nos gobiernan incluso cuando no estamos dentro de ellas.

Weeks: Eso forma parte de la imaginación estructural: pensar en cómo nuestro mundo está profundamente moldeado, incluso si no estamos dentro de estas instituciones. No estoy en una prisión, no pertenezco a una familia nuclear, pero todas mis decisiones, y las políticas públicas, se toman teniendo en cuenta estos modelos normativos.

La familia es una máquina para la privatización del cuidado. Es simplemente extraordinario que cuidar de nosotros mismos, de nuestros hijos, de los ancianos, de los demás, sea algo que se supone que debemos hacer en la intimidad de nuestro hogar, en unos instantes después del trabajo remunerado. ¿Por qué se considera siquiera remotamente razonable esta forma de organizar una economía?

Jaffe: ¿Esto se relaciona con la crítica a las teorías de los sistemas duales? En tu sección sobre Haraway, muestras cómo ella intentaba desarrollar una teoría unificada, en lugar de una que permitiera a la gente —no todos hombres— fingir que el hogar no es un ámbito de investigación interesante o relevante.

Weeks: Creo que incluí una nota al pie donde decía que esto es una polémica contra la izquierda clasista, pero como esta no lee teoría feminista, nunca lo sabrán.

En este momento de 1985, veo a Haraway reescribiendo el Manifiesto Comunista. Intentaba reescribir la teoría socialista feminista de los sistemas duales e imaginar el capitalismo y el patriarcado como un circuito integrado dentro del posfordismo global.

No creo que se pueda ser un marxista no feminista si se quiere reflexionar sobre el capitalismo actual, porque hay que entender cómo el género y un sistema patriarcal se entrelazan para configurar la identidad de los trabajadores, y cómo los distintos sistemas producen distintos tipos de trabajadores y diferentes tipos de cobertura ideológica. Si se quiere hablar de cómo organizarse políticamente, hay que hablar del capitalismo en su intersección con los sistemas de jerarquía racial y de género, el colonialismo de asentamiento y demás. Eso es lo que extraigo de Haraway y luego intento actualizar.

Jaffe: En la era del capitalismo de plataformas, todo lo que Haraway escribió se ha intensificado. He estado pensando en el trumpismo y el auge de la extrema derecha como una rebelión emocional contra la era de la trabajadora feminizada. Los hombres se resienten de la idea de tener que trabajar como mujeres ahora.

Weeks: La trabajadora feminizada en parte de la literatura feminista socialista de los años 80 era la obrera de la fábrica textil, supuestamente dócil y diestra. Ahora hablamos del trabajo dominado por el sector servicios, y de la trabajadora emocionalmente sensible y voluntariamente precaria que se ha convertido en el ideal. La trabajadora dócil y diestra ya era un anatema para quienes abrazaban el modelo del proveedor masculinizado; la trabajadora del sector servicios es probablemente aún más aterradora.

Incluso en el apogeo del discurso sobre amar el trabajo y la felicidad laboral, los jefes sabían que no ibas a durar mucho en tu puesto. También tenías que aceptar la precariedad: no amar al jefe, no amar a la organización; Ama tu propia sensación de productividad.

Jaffe: Hay que trabajar en uno mismo para ser el trabajador ideal, y también para ser una persona digna de ser amada. La presión radica en optimizar tanto el trabajo como las relaciones amorosas. Estas cosas priorizan al individuo.

Hacia el final de la sección sobre la familia, mencionas la no monogamia, y mi apunte fue básicamente: «Poliamor: ¿optimización neoliberal o un verdadero desafío a la familia?». Pero obviamente es ambas cosas. En cierto modo, se convierte simplemente en una mayor optimización: ahora tienes cinco parejas diferentes y cada una satisface una necesidad distinta.

Weeks: Creo que la crítica radical a la familia se ha relegado con demasiada facilidad al decir: «Ya tenemos reformas que han transformado la familia». No creo que sea cierto. El matrimonio queer es de vital importancia porque está ligado a ciertos significados culturales y privilegios económicos y sociales. Pero, ¿cambia la institución? No. Sigue siendo un sistema privatizado de reproducción social.

Todos estos experimentos con la no monogamia tienen, de hecho, mucho más potencial para alterar la forma de pareja. Pero aun así, se limitan fácilmente. Me sentí un poco mal al criticar lo que considero un conjunto interesante de prácticas que están generando diferentes maneras de pensar sobre el cuidado y la intimidad.

Es como imaginar cómo sería un futuro abolicionista del género: ¿Sería aquel en el que la categoría sexual en la que clasificamos los cuerpos no tendría ninguna relevancia, y no esperaríamos ningún tipo de género en ningún cuerpo? ¿O se trata de un futuro con una gran diversidad de género, donde existen tantas manifestaciones distintas que el género se desvincula del dimorfismo sexual o de cualquier modelo de heterosexualidad versus homosexualidad?

El mismo tipo de preguntas pueden plantearse respecto a la familia: ¿Desaparecería el modelo privatizado de cooperación social y tendríamos otra forma de relacionarnos? ¿O habría tantas posibilidades de formación de hogares que la familia dejaría de existir?

Jaffe: Quiero retomar la cuestión del trabajo y el reto de imaginar qué no es trabajo. Al escribir sobre el duelo, insistí en que el duelo no es trabajo. Leí un ensayo sobre la voz media, que se sitúa entre la activa y la pasiva. La mayoría de las lenguas europeas modernas no tienen esta categoría, por lo que parece casi imposible imaginar algo que no sea activo: si es valioso, es trabajo; si requiere algún esfuerzo, es trabajo.

Weeks: Creo que evitamos la crítica radical del trabajo diciendo: «Esto sería mejor trabajo, o esto realmente no es trabajo». Podrías decir: «No quiero pasar todo el tiempo en el trabajo, quiero pasar tiempo con mi familia», como si la familia no fuera también un lugar de trabajo. Cuando pensamos en el tiempo libre, creo que tendemos a imaginarnos haciendo las cosas con la misma intensidad y orientación a objetivos que en el trabajo. ¿Es esa una idea equivocada del tiempo libre? No lo sé.

Lo único que intento es aguarles la fiesta a los demás. Lo que consideras fuera del trabajo sigue estando dentro de su lógica y ética.

Jaffe: Estaba hablando con un amigo sobre algunos estudios acerca de la renta básica, y cómo la mayoría concluye que la gente sigue trabajando incluso con ella. Un estudio halló que la gente trabajaba aproximadamente 1,5 horas menos a la semana. Pero, ¿acaso no se supone que la gente trabaja menos?

Weeks: Como si la economía realmente necesitara a todos estos trabajadores, cuando ni siquiera puede proporcionar suficientes empleos para todos. Esa es la diferencia entre la unidad de análisis individualista y el sistema: esta persona puede que no tenga empleo, o tal vez esa persona desempleada consiga trabajo, pero no todos los desempleados podrán conseguirlo. No necesitamos ni podemos dar cabida a todos estos trabajadores.

Jaffe: Eso me lleva directamente al lumpenproletariado, porque has hecho un análisis excelente del concepto. Me hizo pensar en el libro de Phil Jones, *Trabajo sin trabajador*, sobre la distribución del microtrabajo en todo el mundo, el trabajador por encargo y el lugar de trabajo fragmentado. Y la IA lo está haciendo aún más evidente.

Weeks: La IA recopila las creaciones humanas para luego venderlas.

En el libro, intento reflexionar sobre el lumpenproletariado para imaginar quiénes se unirían en torno a una agenda que criticara la prisión, la familia y el trabajo. Activistas contra el sistema penitenciario, teóricos radicales del trabajo sexual, jornaleros, trabajadoras domésticas y activistas por los derechos sociales han puesto su mirada en estas instituciones, pero han sido marginados.

Históricamente, se ha establecido un contraste entre el proletariado honrado, leal, comprometido y disciplinado, y el lumpenproletariado, que no lo es, en parte porque no está sujeto a la disciplina del salario. Intento relacionar esto con los trabajadores eventuales de hoy. Son trabajadores, pero su situación es tan precaria y su remuneración tan incompleta que se encuentran al margen, y no están sujetos a la disciplina de la relación salarial como el trabajador clásico. El término lumpenproletariado proviene de la historia. No pretendo que debamos usarlo. Pero es una forma de referirnos a estos otros tipos de trabajadores, que a menudo han sido marginados en la política obrera, pero que siempre han sido activos e innovadores en su lucha.

Jaffe: «Archivos» está en el título del libro. Me encantaría que nos hablaras un poco sobre lo que entiendes por archivo.

Weeks: Estoy muy involucrada en esto que se llama feminismo marxista, y la gente suele preguntar: ¿qué significa eso? Intento comprender cómo se puede abordar el feminismo marxista sin atarse al pasado ni a una ortodoxia. ¿Qué significa formar parte de un proyecto intelectual y político a lo largo del tiempo? ¿Cómo se narra eso de manera que se eviten las relaciones de exclusión y la actitud defensiva?

Me gusta el término archivo y cómo se popularizó en la década de 1990 en diferentes disciplinas académicas, porque es una alternativa al «canon». Así que estoy recopilando mis textos de Shulamith Firestone, Angela Davis y Donna Haraway en un archivo. Eso significa que quiero leerlos juntos. No estoy diciendo que constituyan un canon. No estoy diciendo que sean más valiosos que otros. La forma en que se leen los textos juntos cambia la manera en que se leen, y me parece muy enriquecedor.

Jaffe: El otro término que me vino a la mente fue «camarada». Me hizo pensar, ¿qué significa elegir camaradas tanto del pasado como del presente?

Weeks: Eso también se siente generativo, ¿no? Estás destacando tus propias afinidades como parte de los criterios de selección. «Porque son mis camaradas». Hay una relación de intimidad, cercanía o afinidad que intento narrar.

¿Puedes afirmar ser camarada de alguien a quien quizás ni siquiera le caías bien? No sé si tiene que haber algún tipo de reciprocidad. ¿Puedo afirmar ser camarada de alguien que probablemente no diría lo mismo de mí?

Jaffe: La extrema derecha actual está obsesionada con las mismas cosas que pides abolir. Tenemos una expansión masiva de prisiones en forma de centros de detención de ICE, y una obsesión con las tasas de natalidad de la población blanca y las políticas pronatalistas. Quieren que todos trabajen, pero al mismo tiempo, están desmantelando el trabajo tal como lo conocemos. ¿Qué nos enseñan el pensamiento sistémico y la visión a largo plazo sobre la lucha actual sobre el terreno, y qué debemos tener presente al intentar ayudar a nuestros vecinos a sobrellevar el día a día?

Weeks: Angela Davis, entre otros, siempre se ha caracterizado por rechazar la distinción entre reforma y revolución. Se trata de ambas: reformas que no se limitan al reformismo, y pequeñas luchas que mantienen siempre presente un objetivo mayor. Es difícil: en Minnesota, deben estar agotados, y no me refiero a que se pueda luchar con esa intensidad a diario.

Es importante no sentirse completamente derrotado al perder una batalla en particular, porque habrá muchas batallas. Es importante considerar la política a largo plazo y, aun así, disfrutar de formar parte de ella.

Siempre existe esta suposición pragmática: «Si perdemos, la gente se irá a casa decepcionada». ¿Cómo podemos explicar lo que significa comprometerse con luchas que no se ganarán en nuestra generación? No tenemos el vocabulario para explicarlo.

Kathi Weeks es profesora de Género, Sexualidad y Estudios Feministas en la Universidad de Duke y autora de The Problem with Work, Constituting Feminist Subjects y Abolition Archives, Feminist Futures.

Bifo: “La humanidad ha perdido. Ahora el problema es cómo desertar”

Para el filósofo la depresión contemporánea, el envejecimiento social y el rechazo al trabajo son síntomas de un cambio de época que exige abandonar la fantasía del crecimiento infinito y repensar la acción colectiva desde la frugalidad, la ironía y formas precarias de vida en común alejadas del mandato productivista.

Por Andrés Timón y Lucía Rosique / Zona de Estrategia
¿Es posible asumir la catástrofe y, aún así, luchar? Desde la década de 1970 asistimos al deterioro progresivo e irreversible de las condiciones materiales de existencia provocado por la pulsión capitalista de expansión ilimitada. Un proceso que destruye tanto las posibilidades de vida en el medio ambiente planetario como la capacidad mental social para poder analizar, razonar o imaginar horizontes futuros.

Franco Berardi (‘Bifo’) es una de las figuras más lúcidas para comprender este apocalipsis presente y rastrear sus condiciones de posibilidad. Su pensamiento traza el recorrido desde el surgimiento de las luchas y subjetividades autónomas en el seno del paradigma fordista hasta la financiarización postindustrial y, con ella, el fracaso del proyecto emancipador moderno. En este marco, resulta transversal a toda su obra, la cuestión del rechazo al trabajo, como puede apreciarse en el compendio Medio siglo contra el trabajo (Traficantes de Sueños, 2023). Definiéndose a sí mismo como «imaginador» político en vez de como pensador, en esta entrevista Bifo proporciona unas claves —ficticias o no— para pensar el presente social desde las luchas pasadas.

El ciclo de luchas de los 60 y los 70 del siglo pasado estuvo marcado por una gran efervescencia social y movilizó principalmente pasiones alegres. Hoy no existe esa sociedad vibrante, sino una sociedad cansada y deprimida. ¿Qué deduces tú de esta depresión y otros síntomas similares? 

Primero, yo creo que vivimos en una especie de disonancia cognitiva. Es una condición en la que las categorías de las que disponemos no captan la realidad. En primer lugar, a nivel de interpretación, a nivel de comprensión; y luego, naturalmente, a nivel de imaginación, elaboración, expectativas, etc. Las expectativas del siglo XX se forjan en una situación en que la relación entre seres humanos es esencialmente una relación amistosa, solidaria. No esencialmente, sino que la solidaridad es posible, es socialmente posible.

En determinado momento, esto cambia radicalmente. ¿Cuándo? Cuando una señora inglesa dice que no hay algo que se llame sociedad [Thatcher]1. No existe: existen individuos, familias, empresas que luchan por su beneficio. Es un cambio radical. Claro que no se trata solo de esta señora: hay una maquinaria inmensa de tipo ideológico, económico, que trabaja para convencer a los individuos de que la competencia es más importante que la solidaridad. Es un cambio radical en el acceso mismo a la socialización. Este es un cambio ideológico, psicológico, político, en definitiva.

Segundo, hay un cambio de carácter técnico. A partir de un cierto momento, los individuos se forman en relación con una máquina y no en relación con la voz de la madre o con la presencia de un hermano. No hay ya tantos hermanos o hermanas. Los hijos son generalmente únicos. Y de todas maneras, cada individuo, cada niño vive comunicativamente en relación con una pantalla. Lo siento mucho, pero esta mutación ya se ha desarrollado. No estamos hablando de algo futuro, ni de algo presente. Estamos hablando de algo que se ha producido en los últimos treinta o cuarenta años. Tenemos necesariamente que reelaborar nuestras expectativas en relación a esta situación.

Pero, al mismo tiempo, sabemos muy bien que esta nueva condición antropológica no es una condición feliz. La prueba, dicen los psiquiatras, es que la depresión se ha vuelto un fenómeno masivo y que los fenómenos de sufrimiento se multiplican hasta que se vuelven predominantes en la realidad social. Yo creo que este es el cuadro que tenemos que abordar. ¿Cómo se manifiesta el comportamiento en una situación de insolidaridad, de soledad? De dos maneras. La primera es la depresión, de la que hablaremos luego. La segunda es una forma de reacción antidepresiva, que es la agresividad. La violencia es una cura contra la depresión. Si estás deprimido y decides matar a alguien, por algunas horas la depresión se te pasa y te vuelves tremendamente eufórico. Bueno, después te matas a ti también, porque el fascismo es una forma anfetamínica de terapia del sufrimiento y de la soledad que produce siempre, sistemáticamente, efectos de multiplicación de la violencia y dinámicas suicidas.

Entonces, ¿cómo podemos elaborar la depresión de una manera que no sea ni de eterno sufrimiento solitario, ni de agresividad, homicida y suicida? Yo pienso que probablemente deberíamos pensar que la depresión no es solo depresión, no es solo un fenómeno negativo, de caída. Es también una condición de deserción, de abandono de todas las expectativas, digamos, de manera acumulativa. Cuando digo deserción digo nueva consideración del retirarse. En términos individuales, significa crear situaciones colectivas que reconozcan que la colectividad solo existe en la deserción, en el abandono. A nivel antropológico global, significa reconocer que probablemente el género humano está llegando a su fin, que el siglo en el que vivimos es el siglo en que el género humano está destinado a desaparecer. ¿Es muy triste eso? Bueno, no estoy seguro. ¿Por qué? ¿Por qué pensamos que la nada es peor que una vida de sufrimiento?

Naturalmente, no creo que este cambio de paradigma psíquico sea la conclusión. Cuando una parte muy amplia de la sociedad empieza a retirar todas sus energías, algo acontecerá también a nivel mayoritario. Cuando una parte muy amplia de la sociedad rechaza consumir, trabajar, procrear y empieza a vivir en una condición de pasividad total, algo acontece. No es una estrategia política la mía. No estoy proponiéndote nada. Es solo una constatación. Yo me limito a decir que hemos perdido. No hay duda. Pero ahora la derrota no es mi derrota o nuestra derrota. Es la derrota del género humano. Aceptar esta condición puede ser el comienzo para un descubrimiento totalmente nuevo.

En este contexto, ¿qué significa para ti luchar? 

Yo tengo 76 años. Espero morir en los próximos 12 meses, dos años máximo. He vivido una vida magnífica. ¿Por qué debería arruinarla con una condición de enfermedad, de tristeza, etc.? Estoy bromeando, pero hasta cierto punto. Lo que le falta a la cultura occidental, a la cultura moderna en su conjunto, es una consideración filosófica, pero también psíquica sobre la muerte, sobre la nada. La civilización occidental ha rechazado totalmente pensar sobre la muerte, sobre la limitación temporal de la potencia humana. Esto un error, una debilidad profunda. Porque la premisa es que somos eternos, pero en un cierto momento nos damos cuenta de que esto no es así.

De la misma manera, el capitalismo vive en una condición de eternidad. No se puede concebir que el crecimiento pueda parar. Pero hoy el crecimiento no puede continuar, solo puede hacerlo destrozando todo. Seguir pensando en términos de expansión y crecimiento significa destrozar la naturaleza y destrozar el cerebro de los seres humanos. Entonces yo creo que la aceptación de la muerte es la condición para una vida que pueda ser feliz, que pueda estar en armonía con la realidad del tiempo. Por eso digo que solo en el pensamiento budista ha habido algunas intuiciones. Yo no soy budista, tengo una nieta monja, he pasado tiempo en un templo budista, conozco un poco este mundo, pero me hace reír como te hace reír a ti. No pienso que podamos devenir budistas. No, tenemos que devenir materialistas verdaderos. Occidente no logra devenir realmente materialista, en el sentido de una buena armonía con mi realidad física, psíquica, con mi mortalidad. Occidente no lo consigue porque tiene la idea romántica, heroica, supremacista y machista de la energía eterna. No hay energía eterna.

Has hablado de atribuirle un significado diferente a muchos aspectos asociados al agotamiento y a la deflación del deseo. ¿Es este diagnóstico compatible hoy con militancias que tratan de movilizar pasiones alegres?

El concepto de pasión triste y el de pasión alegre provienen, como sabéis, del pensamiento de Spinoza. Y hay un spinozismo contemporáneo que se puede identificar, por ejemplo en Toni Negri y otros. Yo creo que la lectura que Negri ha propuesto de Spinoza —no digo nada de Spinoza, sino de los spinozistas contemporáneos— está equivocada en algo: la pasión triste no es una cosa mala. No es algo que tenemos que condenar. Esto conforma una parte de mi polémica personal con Negri. Él me consideraba culpable de hablar de pasiones tristes: “no se debe hacer”; “las pasiones tristes son fascistas”. ¡No! Estaba totalmente equivocado. Esconder la realidad de la pasión triste es una manera de producir efectos que son fascistas, que son suicidas o que son depresivos. Tenemos que enfrentar la pasión triste. Tenemos que enfrentar el envejecimiento.

Por ejemplo, el tema del envejecimiento es un tema enorme. A nivel de la vida personal, claro, lo sabemos. Yo lo sé. Pero no es un tema personal. Hoy la sociedad occidental tiene un problema enorme porque la caída de la natalidad está produciendo un efecto de envejecimiento medio de la población que significa, antes que nada, una caída de la energía que se puede resucitar solo a través de una sobrecarga agresiva: el fascismo, el franquismo…

Entonces, ¿cómo equilibrar las pasiones tristes y las pasiones alegres? En primer lugar, reconociendo la presencia de una pasión triste que significa caída de la energía. La caída de la energía es el origen de la pasión triste. Hay una posibilidad de deseo cuando la energía cae. Sí, porque los viejos desean. No paran de desear. Antes que nada, a nivel sexual. El deseo no desaparece. Lo que desaparece es la energía para obtener el objeto sexual. Entonces, el problema no es negar la falta de energía y tomar Viagra. No sirve para nada a nivel de la economía deseante. El problema es reconocer que tu deseo es un deseo que no puede realizarse carnalmente, pero quizás puede realizarse de otras maneras. El papel de la poesía, de la relación amistosa, el papel de la simpatía y el papel de la ironía se encuentran exactamente en este punto. Lo que yo reprocho al pensamiento de Negri es su falta total de ironía. Y quien no tiene ironía no puede enfrentarse a la realidad del tiempo, que es una realidad al mismo tiempo individual, sexual, y una realidad social, política, que concierne a la historia de la civilización, antes de nada, occidental. Porque es Occidente quien ha perdido la percepción del tiempo, de la caída de energía.

Hay un libro de un antropólogo francés que se llama Philippe Ariès, La muerte en Occidente, que analiza la ocultación del problema de la muerte en las sociedades occidentales, especialmente norteamericana, donde no se puede decir la palabra “death”. Si en una situación social hablas de muerte o de impotencia no te invitan a la próxima cena. Pero, al contrario, tenemos que presentarlo de manera totalmente amistosa e irónica. La ironía es importante a este nivel. ¿Qué es la ironía? La ironía es la capacidad de reconocer el carácter pesado de manera ligera. Recomponer en la relación lo que te hace sufrir, de una manera tal que esta transformación lingüística del sufrimiento produzca un efecto de compartir amistoso. Me doy cuenta de que todo eso se traduce muy difícilmente en política. Pero si logramos difundir una terapia irónica en las relaciones personales, sociales, etc., esto cambiará la manera en que una generación entera puede percibir su futuro. Pensar la vida reconociendo la impotencia, la debilidad, la muerte.

Nos preguntamos si hay continuidad entre la manera en que derivas hoy de un síntoma social como puede ser la depresión el tipo de acción colectiva que llamas deserción, y en la manera en que en las revistas operaístas2 derivaban de ciertos comportamientos espontáneos de la clase un conflicto de rechazo al trabajo.

Absolutamente sí. En mi biografía personal, política, intelectual, como prefieras, esta continuidad yo la percibo muy claramente. ¿Cuál es la innovación del operaísmo italiano, sobre todo del pensamiento de Tronti y Alquati? Toni Negri es otra cosa. En el pensamiento original del operaísmo, la cuestión crucial es el rechazo al trabajo, que es esencialmente deserción. Y en la historia del movimiento obrero del siglo XX hay un momento que yo defino heroico o prometeico, que es el leninismo: la fuerza que puede atacar, destrozar el Estado, construir otro Estado, etc. Fatiga tremenda… No funciona, no ha funcionado. Y hay otro tipo de comportamiento espontáneo de los movimientos, que es evitar los efectos del capitalismo, desertar. Es el comportamiento del movimiento Wobblies en los años 20, o de los hippies en los años 60, es el comportamiento de los obreros de todos los países cuando pueden robar algo, cuando pueden, sobre todo, recuperar tiempo, dormir y no trabajar.

Todas estas formas de sabotaje, de absentismo, de silencio político y de actuación feliz en forma de retirada del papel social establecido por el capitalismo, todas estas formas son la verdadera forma de vitalidad obrera. El problema no es el poder, el problema es la vida. No me importa quién tiene el poder, si yo soy capaz de escapar y de crear lugares de vida que el poder no puede reconocer, no puede reprimir, etc.

Son, decimos, dos estilos de comportamiento. El momento decisivo para mí fue en enero de 1970, cuando se produce el congreso de Potere Operaio, en el cual Toni Negri y otros proponen la transformación leninista de la organización. Nosotros no somos leninistas, no podemos ser leninistas, porque nuestro problema no es organizar la conquista del poder, nuestro problema es retirarnos y esconder nuestra vida. Hoy el problema se propone de manera absolutamente similar. Hoy, desde un cierto punto de vista, es más fácil entenderlo, porque no tenemos ninguna esperanza de tomar el poder en un futuro previsible, me parece claro. El problema es ¿podemos escapar del horror del fascismo, del capitalismo, de la eternidad del capital? ¿Podemos escapar de ellos y crear temporalidades —que no son eternas, son naturalmente precarias, si quieres– autónomas en relación con el poder?

Entendemos que la deserción del trabajo es crucial porque el trabajo es lo que permite al capital seguir funcionando, pero no podemos no trabajar. ¿Sería esta deserción una práctica minoritaria? ¿Es posible una organización de desertores? 

Antes que nada tenemos que decir sinceramente que la deserción no siempre es posible. Si estamos en la misma trinchera disparando, puede que yo logre escapar y tú no. Es así. ¿Qué significa deserción para los que viven en Gaza? Muy poco. Quien está en una condición de represión total, en un campo de concentración ¿cómo puede desertar? Entonces tenemos que reconocer que la deserción no es una línea política general, es una posibilidad cuando existe esta posibilidad. En otras condiciones la resistencia es inevitable y tenemos que reconocerla, tenemos que ayudarla.

No puede haber una presunción estratégica del desertor. El desertor no es el jefe, no es un tipo que comanda o que dice tienes que desertar. “Yo deserto, lo siento mucho, espero que tú puedas desertar también”. Reconozco que es una posición muy parcial, no estratégica, no compleja. Pero al mismo tiempo en la deserción hay, o puede haber, una fuerza de comunicación, puede haber contagio. Porque si logramos crear lugares y formas de vida en los que desertar sea fuerte, sea potente, esto comunica. Pero concretamente, si desertamos del trabajo ¿cómo comemos, cómo vivimos? Entonces desertamos del trabajo hasta un cierto punto. Si es necesario, trabajamos intentando salir cuanto antes. Sobre todo, la deserción del trabajo no puede concebirse sin la del consumo. La frugalidad es un poco diferente de la tradición operaísta. Porque el tema operaísta era “menos trabajo, más salario”. Siempre repetimos más salario. Si trabajo, quiero que me paguen más, más, más… Pero ¿verdaderamente todo lo que estamos consumiendo lo necesitamos?

Cuando en los años 70 había muchas habitaciones colectivas, la habitación colectiva suponía naturalmente el placer de vivir con otras personas, pero era también la posibilidad de pagar menos de renta, de compartir la vivienda, pero también el pan y la mermelada… Se compraban las cosas juntos. Se elaboraban formas de reducción extrema del costo de la vida. En los años 70 había una práctica bastante amplia de apropiación. Hoy es mucho más difícil robar en el supermercado. Pero podemos elaborar nuevas formas más sutiles, más técnicas, más elaboradas de apropiación de la riqueza colectiva. Ese es el sentido de deserción también. Hablamos de la deserción, pero también de cuando no es posible desertar o cuando hay que resistir.

Recuerdas a veces una frase de Keynes: “Lo inevitable no sucede porque lo imprevisible prevalece”. ¿La lucha, sobre todo la resistencia, podría ser una manera de hacer que un imprevisible irrumpa dentro del devenir colectivo? 

Hay una frase, que creo haber dicho en algún momento, que es pensar con dos cerebros3. Es algo que hacemos espontáneamente. Voy a una cita con una persona que me gustaría conocer íntimamente. Puede ser que acepte, puede ser que no. ¿Qué hago en el primer caso? ¿Qué hago en el segundo? Para evitar sufrir, me preparo mentalmente para todas las posibilidades. Y de la misma manera puedo obtener un trabajo o puedo no obtenerlo. ¿Qué hago si lo lo obtengo? Pero a nivel político, este comportamiento espontáneo nunca se lleva a cabo, porque tenemos un ideal, porque el mundo debe devenir como deseamos, etc. Y eliminamos en nuestro cerebro todas las segundas posibilidades. Las definimos como derrota. No es así.

En el presente me parece muy difícil que la mayoría de la población occidental pueda liberarse del fascismo trumpista. Lo siento mucho, pero no lo veo. Entonces tengo que pensar con el cerebro número uno, que me dice qué hago en medio de una mayoría de fascistas. Me escondo, deserto. Pero lo que yo sé nunca es todo. Siempre hay algo que no sé y que no puedo saber. Entonces Bataille dice que el no saber es el juez del saber. Es nuestra ignorancia la que nos permite descubrir cosas nuevas. Yo no sé qué sucederá mañana. Puede ser que haya un niño en Barcelona que esté produciendo un programa informático que hace explotar la Casa Blanca. Puede ser. Puede ser que 19 islámicos locos destruyan las torres de Nueva York. Eso cambia totalmente el mundo, es peor. Pero quizás eso significa que el primer cerebro tiene que pensar de forma realista.

El segundo cerebro tiene que estar preparado para posibilidades que no puedo ni imaginar. ¿Qué significa eso? Que el comunismo no está muerto. El comunismo sigue siendo una posibilidad escondida en mi ignorancia. Pero también escondida en el conocimiento de un chico que está en Indonesia y que está preparando una novedad tecnológica, política, filosófica, psíquica, terapéutica que no puedo ni imaginar.

En el CSO La Rosa estamos montando una radio libre. Tú participaste en Radio Alice en los 70 y otros experimentos parecidos. ¿Cómo ha cambiado el contexto donde operan estas experiencias y qué potencial tienen? 

Bueno, la diferencia fundamental, obvia, clara, clarísima, es que en el año 1975, cuando empezó el experimento de las radios libres en Italia —y en Europa en general, pero en Italia primero— yo tenía una radio y al girar el dial había silencio. Solo RAI 1, RAI 2, Radio Tirana y Radio Vaticana. Solo cuatro radios al alcance de mi aparato. Hoy, si haces la misma cosa, hay un millón de voces diferentes. Esto cambia totalmente la perspectiva. Porque cuando empezamos el 9 de febrero de 1976 a emitir a Jimi Hendrix, lecturas de poemas de Mayakovski, locuras de varios tipos a la población de Bolonia; en la primera semana, tuvimos 40.000 oyentes. Era enorme el fenómeno, era un fenómeno fácilmente explicable: era una novedad absoluta. Hoy no sería una novedad.

Segundo problema, en la segunda mitad del siglo XX, el sistema de información se fundaba sobre una falta de información. Necesitábamos más información para saber cosas que no sabíamos, que estaban escondidas por el poder. Hoy funciona exactamente al contrario. Demasiada información se transforma en un ruido blanco. ¿Cómo resolvemos estas dos condiciones diferentes en un radio? No estoy diciendo que abrir una radio sea inútil. No, nunca lo diré. Estoy diciendo que es una apuesta totalmente diferente.

Paradójicamente, yo diría que nuestros oyentes no necesitan más información. Necesitan silencio. ¿Cómo puede una radio producir silencio? ¿Callándose? Demasiado fácil. ¿Cómo podemos producir un efecto de atención, de atención verdadera? Lo sabemos muy bien: el trastorno por déficit de atención es uno de los problemas más significativos de la mente contemporánea. ¿Cómo podemos curar el trastorno por déficit de atención? ¿Cómo podemos transformar nuestro ruido en lo contrario al ruido? No lo sé. Yo creo que si tuviera que empezar una radio ahora, la primera cosa que yo propondría a los oyentes es reflexionar sobre su atención. ¿Qué significa atención? ¿Cómo podemos producir un efecto de renovación de una atención completamente corrompida? No lo sé. La única sugerencia que me viene a la mente —que quizá sea banal, puede ser— es la poesía. Es Rainer Maria Rilke, que es un poeta del silencio. La cuarta elegía de las Elegías de Duino aborda el concepto de lo abierto, que es el propósito de la atención.

Nota:

  1. Se refiere a Margaret Thatcher, que en 1987 declaró: “La sociedad no existe. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. ↩︎
  2. Estas revistas —Quaderni Rossi, Potere Operaio, A/traverso…—, que están en el núcleo de las experiencias de la autonomía italiana de los 60 y 70, desarrollan una perspectiva analítica y práctica que Bifo nombra como composicionista. Como enseña Tronti en Obreros y capital, este enfoque se sitúa en el punto de vista de las luchas y de los comportamientos insubordinados y espontáneos de la clase, para a partir de ahí «descubrir las necesidades de desarrollo del capital y trastocarlas en posibilidades subversivas para la clase obrera». ↩︎
  3. Esto mismo lo desarrolla Bifo en un artículo posterior a la fecha en la que hicimos la entrevista. Disonancia cognitiva y horizonte secular: pensar con dos cerebros: https://aesteladodelmediterraneo.wordpress.com/2026/01/13/disonancia-cognitiva-y-horizonte-secular-pensar-con-dos-cerebros/ ↩︎

Andrés Timón: Milita en el CSO La Rosa. Investiga con un contrato predoctoral en la UOC sobre prácticas e imaginarios políticos en un contexto de catástrofe normalizada. IG: @andrestlm X: @andrestlm_

Lucía Rosique: Filósofa e investigadora. Trabaja sobre las capacidades de agencia colectiva contemporáneas y los imaginarios políticos postcapitalistas. IG: @AsterLuz X: @AsterLuz

Nick Salvatore: ciudadano e historiador

Autor de Eugene V. Debs: Citizen and Socialist y otras biografías, Nick Salvatore deja tras de sí un rico legado que nos desafía y nos inspira en este momento histórico.

Por Robert Bussel y Joseph A. McCartin/ Dissent Magazine

Cuando subió al escenario la noche de las elecciones, el alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, comenzó su discurso de aceptación citando al ícono socialista estadounidense Eugene Debs. «Puedo ver el amanecer de un día mejor para la humanidad», declaró Debs sin doblegarse ante un juez que lo condenó a prisión por oponerse a la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Provenientes de Mamdani, en una noche en la que un socialista democrático declarado había ganado el voto popular para liderar la ciudad más grande del país, estas palabras sonaban como una profecía de hace mucho tiempo que finalmente se había cumplido.

Al día siguiente, en Ithaca, Nueva York, la bibliotecaria jubilada y activista política Ann Sullivan reprodujo el comienzo del discurso de Mamdani para su amado esposo durante cincuenta y un años, Nick Salvatore, quien recientemente había ingresado en un centro de cuidados para la memoria. Él sonrió. Como autor de la biografía definitiva Eugene V. Debs: Citizen and Socialist (1982), Salvatore, nacido en Brooklyn, comprendía quizás mejor que nadie la importancia histórica de la victoria de Mamdani, un acontecimiento difícilmente imaginable cuando se publicó su emblemático libro durante los años de Reagan. Lamentablemente, no viviría para ver a Mamdani gobernar la ciudad de su nacimiento. Salvatore falleció el fin de semana de Acción de Gracias a la edad de ochenta y dos años.

Para nosotros, al igual que para su familia, colegas y amigos, el fallecimiento de Salvatore fue una pérdida profundamente personal. Durante más de cuarenta años, cada uno de nosotros llegó a conocerlo bien, primero como un mentor de confianza y más tarde como un amigo devoto. Sin embargo, su fallecimiento no solo es una pérdida para nosotros, sino para todos aquellos que buscan en la historia inspiración, sabiduría y sustento en la lucha por construir un mundo más justo, democrático y humano. Salvatore, un erudito pionero y un intelectual comprometido, deja tras de sí un rico legado que nos desafía y nos inspira en este momento histórico crítico. Es un legado que vale la pena reflexionar, ahora que la izquierda democrática busca reconstruirse bajo el liderazgo de figuras como Mamdani.

La educación de Salvatore en un barrio obrero italiano y católico de Brooklyn siguió siendo una poderosa piedra angular a lo largo de su vida y alimentó su interés permanente por las cuestiones de identidad. Aunque abandonó la práctica formal del catolicismo, la formación religiosa de Salvatore, que incluyó un año en un seminario, le dejó una profunda conciencia de la fragilidad humana y de lo que él llamaba la «centralidad de la ley moral», una preocupación por el concepto de fe y un compromiso con la justicia social. No es casualidad que el análisis de sermones tanto seculares como religiosos proporcionara la clave para comprender a los personajes principales de su libro sobre Debs y de una biografía posterior del líder de los derechos civiles C. L. Franklin.En una biografía del veterano afroamericano de la Guerra Civil Amos Webber, un conserje y sirviente desconocido, exploró el universo moral de un líder comunitario cuya «fe inquebrantable… le hacía dudar antes de someterse a cualquier autoridad eclesiástica». Una vacilación similar a la hora de someterse definiría los propios encuentros de Salvatore no solo con las autoridades eclesiásticas, sino también con las políticas e intelectuales.

Después de abandonar el seminario en la década de 1960, Salvatore trabajó como camionero y se involucró profundamente en el movimiento por los derechos civiles en la ciudad de Nueva York. «Junio de 1963 fue un punto de inflexión para mí», recordó más tarde en un manuscrito inédito. Al unirse a los manifestantes del Congreso de Igualdad Racial (CORE) de Brooklyn, que exigían que se contratara a trabajadores negros para construir el Downstate Medical Center, sufrió su primer arresto. También empezó a oír hablar de Malcolm X. Poco después, viajó con su compañero activista del CORE Arnie Goldwag al Audubon Ballroom de Harlem para escuchar a Malcolm, y señaló que «me educó y me conmovió».

Como muchos otros de su generación, el activismo por los derechos civiles de Salvatore pronto se convirtió en activismo contra la guerra. Su estrecha amistad con David Mitchell, fundador del Comité para el Fin del Servicio Militar Obligatorio, contribuyó a impulsar este cambio en su orientación política. Aunque se oponía a la guerra, Salvatore se negó a solicitar un aplazamiento por ser estudiante, ya que no quería ejercer un privilegio al que no tenían acceso muchos de los jóvenes con los que había crecido. Esta sensibilidad ayuda a explicar por qué, años antes de que la «Hard Hat Riot» (revuelta de los cascos de obra) de 1970 sacudiera Nueva York, Salvatore comenzó a cuestionar las tácticas y la retórica de un movimiento antibélico cada vez más militante que estaba alienando a muchos neoyorquinos de clase trabajadora. Tras desprenderse de las rigideces del catecismo católico, también rechazó lo que consideraba un creciente dogmatismo de la izquierda.

Esta aversión a la ortodoxia guió a Salvatore al embarcarse en su viaje intelectual. Tras una breve estancia en Fordham, se licenció en el campus del Bronx del Hunter College (ahora Lehman College) en 1968 y fue admitido como estudiante de posgrado en Historia en la Universidad de California en Berkeley. Mientras cursaba su doctorado en un campus que había sido epicentro del desarrollo de la Nueva Izquierda, Salvatore pasó del activismo político a la historia, buscando comprender las fuerzas que habían dado forma al país por cuyo cambio había luchado. Sus mentores allí fueron Leon Litwack, eminente historiador de la esclavitud, y Robert Bellah, destacado estudioso de la sociología de la religión. Bajo su tutela, se decantó por Eugene Deb.

La biografía se convirtió en el vehículo perfecto para gran parte de la obra histórica de Salvatore. Aunque algunos críticos consideraban la biografía como una metodología sospechosa, limitada por una cronología estrecha y centrada en la vida de un individuo, en manos de Salvatore se convirtió en un poderoso instrumento explicativo. Cada uno de sus personajes —Debs, Webber y C. L. Franklin— se enfrentó a la crucial cuestión de qué significaba ser estadounidense. Cada uno de ellos mantuvo la fe en el potencial de Estados Unidos a pesar de su turbulenta historia de conflictos de clase e injusticias raciales, y de su incapacidad para estar a la altura de sus ideales democráticos e igualitarios. Y cada uno de ellos consideraba el autoconocimiento como un requisito previo para un compromiso social eficaz en la búsqueda del cumplimiento de la promesa del país.

El galardonado primer libro de Salvatore, Eugene V. Debs: Citizen and Socialist, surgió de su interés por explorar la tradición disidente en Estados Unidos. Revitalizó el género de la biografía al tomar a un venerado icono de la izquierda y ofrecer una nueva visión de su odisea política. Retrató a Debs como un producto singularmente estadounidense cuya vida representaba un «sermón continuo» que combinaba influencias cristianas, la creencia en el potencial de la clase trabajadora y la visión de un Estados Unidos que podía cumplir sus ideales democráticos. Debs emergió, por usar una de sus palabras favoritas, como una figura «compleja», a la vez heroica y defectuosa, que reflejaba tanto los límites como las posibilidades de la política socialista en un entorno cultural inhóspito. A diferencia de los biógrafos anteriores de Debs, Salvatore estaba decidido a analizar tanto su vida como su legado, y no a pulir una leyenda. La hagiográfica obra de Ray Ginger, The Bending Cross (1949), tomó su título del mismo discurso de Debs en la sala del tribunal que citó Mamdani. Es revelador que Salvatore no incluyera ninguna de esas citas en su libro. Buscaba iluminar algo más profundo que la elocuencia retórica de Debs: su importancia cultural y política.

Con ese fin, Salvatore destacó el fracaso de Debs a la hora de convertir la lucha contra la supremacía blanca en el eje central de la misión del socialismo. Hasta muy tarde en su vida, Debs se adhirió a lo que Salvatore denominó un «análisis unidimensional» que consideraba el prejuicio racial como una mera consecuencia de la opresión de clase, afirmando que «no existe un «problema negro» al margen del problema laboral general». Como alguien que había luchado por la integración en las obras de Brooklyn y al que el presidente del sindicato Teamster Local 808 le había dicho: «Si marchas con los n*****s en Harlem, no tienes cabida en mi sindicato», Salvatore sabía que no era así.

Sus biografías posteriores se centraron en hombres que, según la famosa formulación de W.E.B. Du Bois, luchaban con la «dualidad» de ser negros y estadounidenses. Su descubrimiento de los extensos diarios que escribió Amos Webber, un veterano y trabajador negro que vivió en el norte después de la guerra, desencadenó un notable acto de reconstrucción histórica. A partir del material de los «libros de recuerdos» de Webber, Salvatore trazó la creación de un universo moral basado en la integridad personal, una rica vida asociativa en organizaciones negras y la exploración de oportunidades para la cooperación interracial. El título del libro, We All Got History (Todos tenemos historia), subrayaba la creencia de Salvatore de que la gente corriente llevaba vidas trascendentales. La historia de Webber revelaba «el complejo dolor y la alegría de ser negro y estadounidense».

En su última biografía, un retrato del influyente predicador negro C. L. Franklin, Salvatore exploró el papel de la fe en la configuración de la expresión personal y política. Como miles de afroamericanos, Franklin huyó de la opresión del sur de Jim Crow y acabó en Detroit, donde asumió el liderazgo de la Iglesia Bautista New Bethel en 1946. Siempre atento al contexto social, Salvatore describió la feroz resistencia a la que se enfrentaban los negros de Detroit por parte de gran parte de la comunidad blanca, su adhesión a los sindicatos y su participación política, así como la inspiración que encontraban en la música y la práctica religiosa. Para captar la esencia del mensaje de Franklin, Salvatore analizó sus populares e inspiradores sermones con precisión talmúdica. Inmerso en la tradición de llamada y respuesta en la que los ministros cantaban y recitaban sus sermones, Franklin instaba a sus feligreses a encontrar un «sentido interior de libertad» y autoestima en la fe que respaldara sus esfuerzos por lograr un cambio político en el mundo secular. A través de las experiencias de Franklin y Webber, Salvatore descubrió un tema que tenía un profundo significado personal e histórico: el papel redentor de la fe como fuerza tanto en la vida privada como en la pública.

Más allá de sus biografías, Salvatore escribió ampliamente tanto para el público académico como para el popular, publicando artículos en medios como Dissent, New Politics y The New York Times. Tras varios años en el College of the Holy Cross (donde McCartin lo conoció), Salvatore pasó casi cuatro décadas en la Escuela de Relaciones Industriales y Laborales de la Universidad de Cornell (donde Bussel fue su discípulo). Mientras enseñaba en la ILR, mantuvo un interés constante por las perspectivas del movimiento sindical y la clase trabajadora. Como antiguo miembro del sindicato Teamsters, fue uno de los primeros partidarios de Teamsters for a Democratic Union. También escribió sobre la evolución de la política liberal de izquierda en Estados Unidos y el papel de la religión en la vida pública.

Salvatore se mostraba especialmente elocuente al hablar del papel de la historia y las obligaciones de los historiadores. Alcanzó la mayoría de edad con la «nueva historia laboral» inspirada por el historiador británico E. P. Thompson, que se centraba en las actividades de los trabajadores fuera del contexto sindical institucional. Apoyaba este enfoque, al tiempo que cuestionaba lo que consideraba una tendencia a la idealización en este subcampo. Se mantuvo sobrio ante el poder de las influencias individualistas en la cultura estadounidense, la incapacidad de los trabajadores estadounidenses para crear una «ideología de oposición autoconsciente y autosuficiente» y los retos de lograr la solidaridad dentro de una clase trabajadora diversa y en constante cambio.

Salvatore también escribió con frecuencia sobre los usos indebidos de la historia. Esta preocupación le llevó a cuestionar los estudios académicos que consideraba demasiado ansiosos por aplicar las «lecciones» de la historia a los problemas contemporáneos y demasiado dispuestos a ignorar las pruebas que contradecían una hipótesis favorecida. Su crítica más conocida sobre el tema fue una dura crítica a Herbert G. Gutman, a quien reprendió por su disposición a «reducir la experiencia religiosa a una justificación del pasado imaginado por un historiador de izquierdas». Estas críticas generaron, como es natural, respuestas feroces e incluso airadas.

Como sugería su evaluación de Gutman, las críticas de Salvatore podían ser directas, impacientes y, en ocasiones (como algunos creían), incluso despectivas. Sin embargo, como estudiantes cuyo trabajo se beneficiaba de su mirada crítica, valorábamos su franqueza y admirábamos su valiente iconoclasia. Entendíamos que sus críticas eran una expresión de lo mucho que le importaba nuestro oficio común y la honestidad de las historias que contábamos a través de él. Sus palabras más duras tenían como objetivo reforzar la importancia de comprender el pasado en sus propios términos si queríamos ver claramente nuestro presente y encontrar en él los medios para construir un futuro mejor.

Para nosotros, ganarnos la confianza de Salvatore como mentor nos llevó a ganarnos su devoción como amigo. Nos honró con su risa contagiosa, su agudo ingenio, su profunda calidez y su falta de pretensiones. Mantuvo un interés activo en nuestras carreras y nuestras familias. Y cuando cada uno de nosotros asumió el cargo de director de programas de estudios laborales, Salvatore apoyó nuestro trabajo, incluso mientras lamentaba el deterioro de los sindicatos y sus posibilidades futuras.

Para aquellos que no tuvieron la suerte de conocer a Salvatore como nosotros, su legado no es menos digno de atención. Más claramente que la mayoría, vio el ascenso de Donald Trump no como una aberración, sino como una manifestación de las fuerzas oscuras que históricamente habían socavado la promesa de Estados Unidos. Salvatore se había enfrentado personalmente a estas fuerzas en las líneas de piquete por los derechos civiles en el Brooklyn de los años sesenta. Los protagonistas de sus biografías también habían luchado contra estas fuerzas, que, en su opinión, muchos historiadores e intelectuales de izquierda habían subestimado. Aunque sonrió cuando Mamdani invocó a Debs en su discurso de victoria, no nos cabe duda de que, si Nick Salvatore estuviera presente hoy, nos instaría a mantener la fe y a no olvidar ni por un momento la inmensidad de los retos que nos esperan.

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Robert Bussel es profesor emérito de Historia y antiguo director del Centro de Educación e Investigación Laboral de la Universidad de Oregón.

Joseph A. McCartin es profesor de Historia y director ejecutivo de la Iniciativa Kalmanovitz para el Trabajo y los Trabajadores Pobres de la Universidad de Georgetown y actual presidente de la Asociación de Historia Laboral y de la Clase Trabajadora (LAWCHA).

 

Hannah Arendt: ¿Qué es la autoridad?

Dado que la autoridad siempre exige obediencia, suele confundírsela con alguna forma de poder o violencia.

Por Hannah Arendt

Para evitar malentendidos, quizá habría sido más prudente preguntarse en el título qué era —y no qué es— la autoridad. Porque en mi opinión nos vemos tentados de plantearnos esta pregunta, y es lícito que la planteemos, debido a que la autoridad ha desaparecido del mundo moderno. Como ya no podemos apoyarnos en experiencias auténtica e indiscutiblemente comunes a todos, el término mismo se ha visto oscurecido por la controversia y la confusión. Poco acerca de su naturaleza parece evidente o incluso comprensible para todos, dejando al margen que el científico político tal vez recuerde aún que este concepto fue en su día fundamental para la teoría política, o que la mayoría estará de acuerdo en que el desarrollo del mundo moderno en nuestro siglo se ha visto acompañado de una crisis de la autoridad, una crisis constante y cada vez más amplia y profunda.

Esta crisis, evidente desde principios de siglo, es de origen y naturaleza política. El auge de movimientos políticos decididos a reemplazar el sistema de partidos y el desarrollo de una nueva forma totalitaria de gobierno se produjeron en un contexto de colapso más o menos general, más o menos dramático, de todas las autoridades tradicionales. Este colapso no fue en ninguna parte el resultado directo de los regímenes o los movimientos mismos; más bien se diría que el totalitarismo, en forma tanto de movimientos como de regímenes, era el mejor preparado para aprovechar una atmósfera general, social y política, en la que el sistema de partidos había perdido su prestigio y ya no se reconocía la autoridad del gobierno.

El síntoma más significativo de la crisis, que indica su profundidad y su gravedad, es que se ha extendido a áreas prepolíticas tales como la crianza y la educación de los niños, donde la autoridad en el sentido más amplio siempre ha sido aceptada como un imperativo natural, evidentemente exigida tanto por las necesidades naturales —la indefensión del niño— como por necesidad política, esto es, en aras de la continuidad de una civilización asentada que solo puede asegurarse si los recién llegados mediante el nacimiento son guiados a través de un mundo preestablecido, en el que nacen como extraños. Esta forma de autoridad, por su carácter simple y elemental, ha servido a lo largo de la historia del pensamiento político como modelo para una gran variedad de formas autoritarias de gobierno; así pues, el hecho de que ya no sea firme ni siquiera esta autoridad prepolítica que regía las relaciones entre adultos y niños, profesores y alumnos, significa que todas las metáforas y modelos tradicionales de las relaciones autoritarias han perdido su plausibilidad. Ni en la práctica ni en la teoría estamos ya en condiciones de saber qué es realmente la autoridad.

La autoridad en el sentido más amplio siempre ha sido aceptada como un imperativo natural

En las siguientes reflexiones asumo que la respuesta a esta pregunta no puede radicar en una definición de la naturaleza o esencia de la «autoridad en general». La autoridad que hemos perdido en el mundo moderno no es dicha «autoridad en general», sino más bien una forma muy específica que había sido válida en todo el mundo occidental durante largo tiempo. Por lo tanto, propongo reconsiderar qué fue históricamente la autoridad y las fuentes de su fuerza y su significado. Sin embargo, en vista de la confusión actual, parece que incluso este enfoque limitado y tentativo debe ir precedido de algunas observaciones sobre lo que la autoridad nunca fue, para evitar los malentendidos más comunes y asegurarnos de que visualizamos y consideramos el mismo fenómeno, y no una serie de cuestiones ligadas o no a él.

Dado que la autoridad siempre exige obediencia, suele confundírsela con alguna forma de poder o violencia. Pero dicha autoridad excluye el uso de medios externos de coacción; donde se emplea la fuerza, la autoridad misma ha fracasado. La autoridad, por otra parte, es incompatible con la persuasión, la cual presupone la igualdad y opera mediante un proceso de argumentación; cuando se utilizan argumentos, la autoridad queda en suspenso. Al orden igualitario de persuasión se opone el orden autoritario, que es siempre jerárquico. Si se quiere definir la autoridad, entonces, debe distinguirse tanto de la coerción por la fuerza como de la persuasión mediante argumentos. (La relación autoritaria entre quien manda y quien obedece no se basa ni en la razón común ni en el poder del que manda; lo que tienen en común las dos partes de esa relación es la jerarquía misma, cuya pertinencia y cuya legitimidad ambos reconocen, y donde ambos ocupan su lugar estable y predeterminado.) Este punto es de importancia histórica; un aspecto de nuestro concepto de autoridad es de origen platónico, y cuando Platón comenzó a considerar la introducción de la autoridad en la gestión de los asuntos públicos en la polis, sabía que estaba buscando una alternativa a la habitual forma griega de manejar los asuntos internos de dicha polis, consistente en la persuasión (πєίθєιυ), así como a la forma habitual de manejar los asuntos exteriores, consistente en la fuerza y la violencia (βία).


Este texto es un extracto de ‘¿Qué es la autoridad?’ (Página indómita, 2024), de Hannah Arendt