La(s) identidad(es) del historiador

Discurso de investidura :: Entre los autores que más han impactado mi formación intelectual mencionaría a los marxistas Isaac Deutscher, Perry Anderson y Michael Lowy.

Por Enzo Traverso

Discursos que pronunció el intelectual marxista Enzo Traverso en la ceremonia de investidura como doctor honoris causa en la Universitat Autònoma de Barcelona el pasado 26 de noviembre de 2024.

Permítanme que empiece expresando el placer y la emoción que siento hoy, en esta misma sala, al recibir este doctorado honoris causa, que es, sin duda, el reconocimiento más importante de mi carrera como historiador. Importante, por supuesto, por el prestigio de la universidad que me lo otorga, pero también por los muchos lazos y afectos que me unen a Barcelona y a Cataluña. Por ello, quiero dar las gracias a Javier Lafuente, rector de la Universitat Autònoma de Barcelona, y a Margarita Freixas, decana de la Facultad de Filosofía y Letras, que hoy me dan la bienvenida, así como a Pere Ysàs y a Francisco Morente, los profesores que propusieron mi candidatura y que acaban de presentarme. Sus palabras me emocionan profundamente.

El tema que he elegido para esta conferencia –la identidad del historiador– es a la vez sencillo y complejo: sencillo por la pregunta que plantea, y complejo porque la respuesta a tal pregunta no es sencilla en absoluto. Es tan polifacética y cambiante como las configuraciones de un prisma. Por lo tanto, mi respuesta no será más que una primera aproximación, limitada e insatisfactoria por definición. Intentaré formularla volviendo sobre mis pasos, siendo muy consciente de que mi propia trayectoria, singular como la de todos y cada uno de nosotros, no es más que la refracción de tendencias mucho más amplias, que afectan a una época y trascienden a sus actores, aunque no sean más que intelectuales.

Para definir la identidad del historiador, primero hay que ponerse de acuerdo sobre el sentido de las palabras, y hay que decir que el concepto de identidad es extremadamente ambiguo. El filósofo Paul Ricoeur ha intentado analizarlo distinguiendo entre dos formas principales de identidad: por un lado, la identidad como mismidad (en latín idem) y, por otro, la identidad como ipseidad (ipse). La primera forma se refiere a una sustancia, una cosa, y responde a la pregunta de qué somos. Podría definirse como nuestro ADN, ahora fijado en nuestros pasaportes biométricos y a menudo presentado en las series de televisión de detectives, en las que es el ADN el que permite identificar a la víctima y desenmascarar al asesino. El ADN es fijo, inmutable. La segunda es una forma narrativa; se refiere a nuestra manera de estar en el mundo y responde a la pregunta no de qué somos, sino de quiénes somos. Es el resultado de un proceso de construcción que nos sitúa en relación con el tiempo y con los demás. Esta identidad no es ontológica, porque no define a un ser inmutable, sino a un ser en permanente transformación. Tomando prestada una frase de Hannah Arendt, podríamos decir que presupone el infra, una multitud de seres, el pluralismo y la diversidad de las sociedades humanas. El racismo y el etnocentrismo siempre han descrito las culturas, las mentalidades y las formas de vivir, pensar y actuar como esencias, productos de una especie de determinismo biológico. Si, por el contrario, consideramos la identidad como una construcción social y cultural, se convierte en el resultado de un proceso abierto. Nuestras identidades son el producto de nuestras experiencias, nuestras elecciones y nuestra voluntad. La primera identidad es puramente objetiva; la segunda contiene un elemento fundamental de subjetividad. Foucault hablaría de un proceso de subjetivación.

A la luz de esta distinción, la gigantesca empresa de Pierre Nora –los lugares de memoria como colección, conservación y patrimonio del pasado francés– podría leerse como un monumento erigido en homenaje a una identidad amenazada. Según las palabras del propio Nora, el sentido de esta empresa «es devolver al centro de la historia, al foco radiante de la identidad francesa», un conjunto de elementos que la forjaron –lugares, acontecimientos, objetos, símbolos, textos, imágenes, tradiciones– y que ahora están amenazados porque su transmisión ha entrado en crisis. En la época de la globalización, esa transmisión ya no es un proceso natural; la tradición se disuelve y las culturas se modifican. La memoria, nos explica Nora, se ve entonces como el receptáculo de una identidad que se ha perdido o que está fallando, o al menos se tambalea. Está bastante claro que esta concepción se ocupa más de la identidad como cosa que de la cultura, de la conciencia y de la subjetividad en mutación. En otras palabras, Nora intenta reducir la memoria a la mismidad, y las transformaciones culturales e identitarias de Francia a una esencia, a las partes –los adornos– de un monumento. En verdad, la identidad francesa no está amenazada, simplemente ha cambiado, como las identidades nacionales en todo el mundo.

He mencionado a Nora para observar que los historiadores también podrían ser divididos en dos escuelas: por un lado, los que yo llamaría «arqueólogos fundamentalistas» –con todo el respeto por los arqueólogos, que no son necesariamente fundamentalistas–, y por otro lado, los «constructivistas». Los primeros siempre buscan las raíces y miran el pasado como un proceso de exteriorización gradual de una esencia original; los segundos, en contrapartida, están convencidos de que no hay clases sin conciencia de clase y piensan que las naciones son ante todo «comunidades imaginadas». Imaginadas no significa ficticias o inmateriales. La definición de Benedict Anderson sugiere liberar sus historias tanto de la teleología como del determinismo. Hay que decir, sin embargo, que las historiografías europeas se han construido como narrativas nacionales en torno a un paradigma que en Francia se conoce como «novela nacional» (le roman national), pero esta definición se aplica igualmente al casticismo español, a la narrativa épica del Risorgimento italiano, a la mitología völkisch alemana o al relato providencialista de la frontera americana. Por un lado, historiadores que buscan supuestas esencias actuantes en el pasado, el «motor escondido» de la historia, como el espíritu absoluto hegeliano que se desvela en el tiempo; por otro, historiadores interesados en explorar los meandros del infra, para quienes la historia es un proceso abierto, no una narración que debe desplegarse, sino más bien un enigma que hay que resolver. Este pequeño excurso muestra que los historiadores también tienen identidades diferentes. No hay una única manera de escribir la historia: el pasado es un campo magnético en el que se cruzan muchas interpretaciones. Hay diferentes maneras de ser historiador; algunas son, sin duda, mejores que otras, pero no existe un paradigma normativo, como no existe una jerarquía de identidades.

Hoy, recibiendo este gran honor de la Universidad Autónoma de Barcelona, me gustaría hablarles de mi propia identidad como historiador. Una pequeña incursión en la «tecnología del yo». No por el placer narcisista de contar mi vida, sino para intentar arrojar algo de luz, a partir de una trayectoria individual que no es ni pretende ser ejemplar, sobre una serie de cuestiones que atraviesan la identidad de todos los historiadores.

Reflexionando sobre el exilio, Bertolt Brecht describió el pasaporte como «la parte más noble del ser humano» y Hannah Arendt añadió que solamente un pasaporte otorga «el derecho a tener derechos». Es verdad, pero los pasaportes son el espejo de un proceso dialéctico muy complejo que tiene sus propias contradicciones. Históricamente, la noción de identidad siempre ha sido inseparable de la noción de policía, orden y disciplina. Desde principios del siglo XIX, la «revolución identitaria» no fue otra cosa que la implantación de sistemas de control social y de gestión de los movimientos de población. La creación de documentos de identidad surgió de la necesidad de seguir los movimientos de mendigos y vagabundos, cuyo número se multiplicó en la época de la Revolución Industrial, y de hacer el censo de las capas marginales y subversivas de los grandes centros urbanos. Privados de ciudadanía, los emigrantes se vieron a su vez sometidos a leyes destinadas a identificarlos y mantenerlos bajo control. Siguiendo los pasos de Francis Galton, el primero en utilizar las huellas dactilares, y aprovechando la invención de la fotografía, Alphonse Bertillon desarrolló un sistema de fichaje policial basado en fichas antropométricas que, reservado en un principio a los delincuentes reincidentes, se extendió más tarde a los extranjeros en situación irregular o amenazados de deportación. La «revolución identitaria» fue ante todo una técnica de control de los individuos considerados «peligrosos» y, por tanto, «identificados». La represión de las «clases peligrosas» es consustancial a la formación de los Estados nacionales modernos. La nación moderna se construye, por un lado, incorporando a sus ciudadanos a una entidad que trasciende las realidades locales y, por otro, distinguiéndose de otros Estados situados fuera de fronteras estrictamente definidas. Excluidos de la ciudadanía, los inmigrantes son percibidos inevitablemente como un cuerpo extraño que debe ser asimilado o rechazado, según las circunstancias. Los imperios coloniales promulgaron leyes para separar a los ciudadanos de los súbditos colonizados. De ahí la distinción que subraya Foucault entre el salvaje y el bárbaro: el primero debe ser civilizado (es decir, incorporado a la comunidad nacional), mientras que el segundo debe mantenerse a distancia como un enemigo porque cualquier intrusión amenazaría la salud y la integridad del cuerpo nacional. Sus identidades son fijas, vinculadas a la condición territorial y racial. Como nos explicó George L. Mosse, al inicio del siglo xx el proceso de nacionalización de las masas acentuó y radicalizó esta tendencia al vincular las naciones concebidas como comunidades étnicas homogéneas a un conjunto de mitos, símbolos, emblemas, leyendas y tradiciones codificadas o inventadas. Hoy en día, sin embargo, la globalización nos lleva a repensar las historias nacionales no como trayectorias autónomas y paralelas, sino más bien como crisoles, lugares de intercambios económicos, transferencias culturales y mestizaje de poblaciones. Las culturas nacionales no se inscriben en singularidades originales, sino que son la refracción particular de procesos globales que las configuran y reconfiguran; nunca permanecen estáticas. Si en los últimos años hemos asistido a una fragmentación de las memorias y las identidades –una fragmentación que a veces ha encontrado su expresión en los museos y la historiografía–, ha llegado el momento de repensar nuestras historias nacionales en un espacio europeo y mundial, en lugar de replegarnos dentro de fronteras estrechas.

Tomemos la historia de mi país, Italia. En los siglos XIX y XX, época de grandes migraciones, la identidad italiana era tanto mediterránea como atlántica. En el imaginario de muchos campesinos que tenían una muy vaga conciencia nacional y cuyo idioma vernáculo era su dialecto local, Nueva York y Buenos Aires eran referencias que afectaban a su vida cotidiana. Podríamos decir lo mismo de muchos otros países, como España, si reemplazamos la palabra emigración por la palabra colonialismo, o si la agregamos. Si miro hacia atrás, podría concluir que mi carrera como historiador es un reflejo bastante fiel de esta vocación identitaria. Nací y crecí en Italia, me formé en Italia y en Francia, país en el que me hice historiador, y desde hace unos diez años trabajo en EEUU, al otro lado del Atlántico. Mi identidad intelectual es tan singular como plural.

Pero la identidad del historiador no es solo una cuestión de espacio, sino también del tiempo histórico en el que vive. Este define su generación. En el marco de una abundante literatura sociológica e histórica iniciada por Karl Mannheim, hoy es frecuente distinguir una generación –en el sentido intelectual y político del término– de una simple cohorte, un grupo de edad. Este último reúne a un conjunto de personas en función de su fecha de nacimiento, sobre la base de una división biológica y cronológica ciertamente racional pero abstracta, porque una generación intelectual no se corresponde mecánicamente con esas divisiones convencionales. Su punto de partida es un acontecimiento fundador que marca un giro histórico y en torno al cual surgen nuevas escisiones, siempre enmarcadas en lugares y contextos particulares (sociales, culturales, políticos). Por ello, Marc Bloch subrayó el carácter «flexible» de la noción de generación, que, «a pesar de las elucubraciones pitagóricas de algunos autores, no tiene nada de regular», y distingue entre «generaciones largas» y «generaciones cortas». Es un lugar común identificar, en la Europa del siglo xx, una generación de 1914, una generación de la Segunda Guerra Mundial, una generación de 1968, etcétera. Estos acontecimientos no deben interpretarse como matrices, en el sentido determinista del término, sino más bien como momentos o campos de polarización en torno a los cuales se aglutinan las señas de identidad de un grupo, y que por tanto pueden definirse a partir de criterios que no se limitan a la edad. Cada generación intelectual y política se enfrenta a problemas a los que intenta dar respuesta, a veces elaborando proyectos, a veces construyendo un sistema de valores, inventando un estilo, un lenguaje y un comportamiento. Se forman así unidades generacionales –definidas por una problemática común– que tejen redes de sociabilidad constituidas por movimientos, círculos, revistas e instituciones de nueva creación o transformadas por un proceso de apropiación crítica. Huelga decir que, si adoptamos esta definición histórica y no puramente cronológica, deberemos tener en cuenta subgeneraciones cuyos miembros no establecen una relación inmediata y directa con el acontecimiento que las constituye. Ninguna generación surge de un terreno virgen, y no sería difícil demostrar que a menudo elaboran y reorganizan elementos legados por generaciones anteriores, o dan forma a nuevas ideas que habían pasado por una larga fase de incubación en años anteriores.

Pero a pesar de todos estos hilos que la vinculan al pasado, una generación intelectual tiene un perfil propio que la distingue de las que la precedieron y también, a largo plazo, de las que la siguen. Mi subgeneración es, por lo tanto, la de los años setenta. En Italia, su peculiaridad reside en el hecho de que llegó tarde, ya que el acontecimiento fundacional que la creó tuvo lugar un poco antes. Una convención muy extendida fija la fecha, simbólicamente, en 1968, aunque hay que tener en cuenta algunas discrepancias entre los distintos países europeos, así como entre Europa y América, donde la guerra de Vietnam y la revolución cubana habían anticipado el fenómeno. Quienes, como yo, despertaron a la política y descubrieron la historia a mediados de los años setenta, inevitablemente definieron su identidad en relación con un conjunto de acontecimientos fundadores que no habían vivido; reivindicaron una ruptura que otros habían logrado y empezaron a moverse en un paisaje con contornos ya definidos. No tienen la misma percepción de esta ruptura y no pueden describirla con la misma intensidad que sus mayores. No estoy seguro de que podamos hacer la misma observación en España y Cataluña, si tomamos la muerte de Franco en 1975 como un punto de inflexión histórico y simbólico. El hecho es que, en Italia, pertenezco a una generación tardía, una generación que surgió en un contexto histórico que estaba en proceso de cambio y en relación con el cual ya se había establecido, por así decirlo, una frontera. Suscribo la frase de Daniel Lindenberg: «éramos gnósticos» que, «cerca y al mismo tiempo lejos de las catástrofes del siglo, [buscábamos] una redención radical». Podría presentarme, desde este punto de vista, como un espécimen tardío, uno de los representantes de la «última generación de Octubre», la última generación que se formó alrededor de la convicción de la posibilidad de una revolución socialista en Europa occidental. La revolución era vista como una utopía concreta que fijaba el horizonte del pensamiento e inspiraba la acción cotidiana.

Cuando hoy recuerdo aquellos días, no siento nostalgia, pero tampoco vergüenza ni arrepentimiento. Puedo contemplar un mundo muy distinto del que nos rodea hoy y sonreír ante la ingenuidad, el simplismo y el dogmatismo de mis compromisos de entonces. Sin embargo, queda algo esencial, un legado crítico y utópico que acepto y del que trato de hacer un uso racional. Estos años formaron un habitus mental que ha repercutido en la manera de concebir la investigación y de elegir los temas, así como en la forma de escribir la historia. En un bello texto autobiográfico, el escritor italiano Erri De Luca describía los años setenta, evocando a Walter Benjamin, como la época de una generación que quería «pasarle a la historia el cepillo a contrapelo». Creo que este principio sigue siendo fértil. Por eso no me reconozco en el recorrido de muchos representantes de mi generación. Mi subgeneración se formó en el crepúsculo de una época de ruptura, ebullición e innovación, y alcanzó la madurez en una fase de reflujo político y restauración cultural.

En verdad, la «última generación de Octubre» es también la primera generación, en Europa occidental, de investigadores que se formaron en el mundo global, para los cuales viajar y estudiar en el extranjero ya era normal. Antes, eso era el destino de los exiliados o de una muy pequeña minoría privilegiada. En estas circunstancias, me resulta difícil encajar en una tradición nacional. Aunque mis orígenes y mi formación son indudablemente italianos, no puedo llamarme historiador italiano sin tener dudas. Vivo en EEUU y escribo, mal que bien, en varios idiomas, sobre todo en francés, pero tampoco podría, sin hacer trampas, considerarme un historiador francés. En Italia, por supuesto, no me siento extranjero, y a lo largo de los años he construido sólidas relaciones de amistad, intercambio y colaboración, aunque desde una posición de exterioridad, no solo geográfica e institucional, sino también, muy a menudo, en cuanto a mi forma de ver las cosas. Pertenezco a ese gigantesco continente de italianos expatriados (l’Italia fuori d’Italia), antaño formado sobre todo por campesinos analfabetos, hoy compuesto por profesionales e intelectuales que ven su país como un emigrante. En otras palabras, no estoy sujeto a las limitaciones de un contexto nacional y no siempre tengo los mismos reflejos que mis compatriotas o colegas del continente.

En cambio, mi «exterioridad» hacia Francia y EEUU se debe a mis orígenes. Ocupo en estos países una posición a la que se aplica bastante bien la fórmula acuñada por Peter Gay para definir a los intelectuales de la era de Weimar: the outsider as insider. En un bello texto de inspiración autobiográfica, Eleni Varikas describió perfectamente esta sensación de ligera Unheimlichkeit, una inquietud que atenaza al extranjero en relación con el nativo:

Naturalizados o no, los extranjeros nunca son lo bastante naturales; carecen de los automatismos y reflejos de los nativos, de la gramática cultural que nunca puede adquirirse por completo a pesar de los esfuerzos [de los países de acogida]. Su acento no es más que el presagio de una desviación de la norma –de otras desviaciones por venir– que puede ser recibida con interés, diversión o recelo, pero que no puede pasar desapercibida. En efecto, cualquiera que sea el grado de familiaridad, o incluso de adhesión, al mundo de los autóctonos, se trata de una familiaridad desprovista de ese toque de irreflexión, de espontaneidad, que caracteriza la adhesión de estos últimos a los valores, tradiciones y rasgos evidentes de su mundo. Su comprensión de estos valores está siempre mediatizada por experiencias que no comparten con los autóctonos. El extranjero sabe que el mundo que le acoge no es el mundo, sino una configuración particular de él, y este conocimiento es probablemente una de las fuentes más importantes de sus malentendidos.

Soy muy consciente de que nunca podría escribir o expresarme como un francés, y mucho menos como un estadounidense, pero eso no significa que me sienta «fuera de lugar» en estos países. En su autobiografía, Edward Said se define out of place también porque su cosmopolitismo es el producto de una identidad negada, de un lugar que le pertenece y del cual fue expropiado. Este no es mi caso: la distinción que hace Said entre exiliados y expatriados es muy importante. Yo no soy un exiliado; soy un expatriado que puede volver a su país cuando quiera. Igualmente, nunca me siento fuera de lugar en Madrid, Barcelona o Valencia. En estas dos últimas ciudades, por el contrario, a menudo me sorprendo al descubrir cuánto me siento en casa. Es ilusorio, pero agradable. Mi posición, compartida por muchos, se acerca a lo que Georg Simmel llamaba el extranjero (der Fremde) y Tzvetan Todorov caracterizaba como el producto de una transculturación, es decir, la adopción de un nuevo código cultural que se superpone al antiguo, sin borrarlo (pero que también puede injertarse en el antiguo, transformando a ambos). En esta transculturación me gustaría encontrar algo de lo que los teóricos poscoloniales llaman hibridación cultural y Eduard Glissant conceptualiza como criollización, una postura crítica basada en la convicción de que las culturas son siempre producto de transferencias, mezclas y cruces. Me veo como alguien que vive en un punto intermedio, un poco suspendido, pero no sin hogar.

Según Siegfried Kracauer, autor de una obra capital sobre la historia, que define como el dominio de las «últimas cosas antes de las últimas», «algunos grandes historiadores deben gran parte de su estatura a su condición de expatriados». Comparó al historiador con un exiliado, porque explorar el pasado es una forma de exiliarse, de abandonar el propio mundo, como un viajero que visita el reino de los muertos, aunque sea consciente de que no pertenece a él: «Como Orfeo, el historiador debe descender al mundo inferior para devolver la vida a los muertos». Y añade que esta operación entraña riesgos, porque requiere necesariamente un cierto grado de «negación de sí mismo», el hecho de ponerse, al menos temporalmente, en la situación de los «sin hogar», porque esta es la condición para comunicarse con el material legado por el pasado. «Extraño el mundo que evocan sus fuentes», prosigue Kracauer, «la tarea a la que se enfrenta –la tarea del exiliado– es penetrar [en el pasado] más allá de sus apariencias externas, llegar a comprender este mundo desde dentro». En resumen, el historiador emprende un camino cuyo final desconoce, y este camino es un proceso de transformación, porque él casi nunca regresa a su punto de partida. Al final de este viaje, su identidad se ha visto sacudida y cambiada.

Quisiera referirme ahora a las influencias formativas que han jalonado esta trayectoria. Entre los autores que han tenido un profundo impacto en mi formación intelectual y que han sido modelos de referencia para mí, me gustaría mencionar primero a Isaac Deutscher, Perry Anderson y Michael Löwy, que fue mi director de tesis en la EHESS, donde me matriculé en 1985.

Había leído las biografías de Isaac Deutscher sobre Trotski y Stalin, seguidas de numerosos ensayos, tanto en inglés como en traducción italiana. Me sedujeron de inmediato la elegancia y la claridad de su estilo, el aliento épico de su narrativa, la amplitud del fresco histórico que pintaba y su capacidad de distanciamiento crítico. Estas cualidades superaban con creces, en mi opinión, las limitaciones de sus obras, que no me resultaban menos evidentes, entre las que destacaba su «justificación» historicista del estalinismo (por el que Deutscher no sentía ninguna simpatía y contra el que incluso había luchado, pero que en última instancia consideraba históricamente ineludible). Fue Deutscher quien me enseñó –sin duda de forma más convincente que Braudel, ya que su longue durée no ignora los acontecimientos ni, sobre todo, la subjetividad de los actores históricos– la necesidad y el gusto por las grandes panorámicas de una época. Deutscher me empujó a leer y admirar muchos «macrohistoriadores» muy diferentes unos de otros, como Eric Hobsbawm, Perry Anderson, Jürgen Osterhammel, Josep Fontana y Arno J. Mayer.

De Perry Anderson, ampliamente traducido al italiano en los años setenta, había apreciado su crítica de Gramsci, sus estudios sobre la génesis del Estado en Occidente y, sobre todo, su interpretación del marxismo occidental, que pintaba un vasto cuadro rico en fecundas intuiciones. Nacido de la derrota de las revoluciones en Europa, el marxismo occidental llevaba los rastros de esta derrota: por un lado, una escisión entre teoría y práctica y, por otro, un repliegue filosófico y estético frente a los grandes desafíos políticos de su época. Perry Anderson ejerció una profunda influencia en mi forma de estudiar la historia del marxismo y fue una especie de brújula para mí durante unos diez años. Más tarde, sus ensayos sobre Braudel, Ginzburg, Bobbio, Deutscher, Hayek y el posmodernismo me parecieron intentos muy estimulantes de escribir historia intelectual. Anderson me enseñó a conciliar teoría e historia, a practicar una historia intelectual que no es solo una historia de las ideas, sino que conceptualiza y contextualiza, vinculando las ideas a las personas que las encarnan y a la época en que viven. Como británico, siempre ha mirado con cierta distancia la tradición cultural de su propio país, que ha descrito como un lugar privilegiado de «emigración blanca» (White emigration), es decir, conservadora, y siempre ha prestado mucha atención al mundo francófono, germano e hispanohablante, sin olvidar Italia. Italia nunca ha sido el país de la «emigración blanca», pero mi relación con la cultura italiana no es muy distinta.

Michael Löwy fue mi Doktorvater, como dicen los alemanes. Sociólogo marxista nacido en América Latina pero enraizado en la cultura judeo-alemana de Europa central, Löwy me proporcionó un conjunto de herramientas metodológicas y conceptuales particularmente rico y original. Encontré en su obra un enfoque de la historia del marxismo más abierto y radical que el de la historiografía italiana, así como un marcado interés por la encrucijada entre religión y política (con especial atención al mesianismo judío). Sobre todo, encontré en sus escritos una sociología de la cultura fuertemente marcada por una tradición germánica (Max Weber, Karl Mannheim) que me pareció más pertinente para comprender la trayectoria de los intelectuales judíos que los modelos del intelectual orgánico o del intelectual republicano desarrollados por la historiografía italiana y francesa. En términos más generales, Michael Löwy encarna una síntesis de diferentes tradiciones intelectuales –francesa, latinoamericana y judeo-alemana– que confiere a sus escritos una amplitud de horizontes y una extraordinaria dimensión crítica. Leyéndole, tuve la impresión de asistir al encuentro entre el marxismo occidental, nacido de las derrotas del periodo de entreguerras, y la revolución cubana, entre Walter Benjamin y Ernesto Che Guevara. La obra de Michael Löwy me ha proporcionado algunas herramientas esenciales, en primer lugar, para interpretar la intelectualidad judía, luego para analizar los caminos del exilio judeo-alemán. Es cierto que su sociología weberomarxista de la cultura, cuyas raíces se remontan al joven Lukács y a Karl Mannheim, filtrada por la enseñanza de Lucien Goldmann, me distanciaba de una tradición sociológica francesa que iba de Émile Durkheim a Pierre Bourdieu, así como de una tradición marxista fuertemente marcada por el estructuralismo, la de Louis Althusser. Pero este cosmopolitismo fue un elemento esencial de mi formación.

Si tuviera que suscribir una tradición, o inventarme una, podría considerarme descendiente –sin duda, lo menos noble y probablemente también algo abusivo– de una línea que se originó en la Europa central de entreguerras y arraigó en París. Fue trasplantada a la capital francesa por sociólogos e historiadores como Lucien Goldmann y Georges Haupt, dos judíos rumanos de habla alemana, y luego ampliada y enriquecida por Michael Löwy y otros. En realidad, no se trata de una verdadera tradición, y menos aún de una escuela, ya que no ha dado lugar a ninguna institución ni revista, sino más bien a una constelación de diferentes autores. Sus elementos distintivos siguen siendo el marxismo crítico, el método dialéctico, la sociología historicista y la filosofía humanista, a los que podríamos añadir una cierta sensibilidad romántica. Las raíces de esta constelación se encuentran en la Mitteleuropa, pero tomó forma en un espacio cultural esencialmente latino, y París fue su lugar de cristalización. Probablemente no soy el único goy entre los nietos de esta diáspora, más proclive que otras a acoger a extranjeros.

Las directrices que se desprenden del conjunto de mis trabajos –marxismo, historia judía, historia de las ideas, historia intelectual, teoría política– me parecen trazar un camino. No poseo el genio de quienes, llevados por su espíritu creativo, navegan con facilidad entre campos completamente distintos. Tampoco soy un erudito que construya una obra compuesta de innumerables variaciones sobre un mismo tema. Me gustaría poder decir que este conjunto de trabajos respeta ciertas reglas, cuya formulación más clara he encontrado en mi otro maestro, Arno J. Mayer, en respuesta a sus críticos. Intentaré enumerarlas por orden, con mis propias palabras. En primer lugar, la contextualización, que significa situar siempre un acontecimiento o una idea en su propio tiempo, en su propio entorno social, en su propio ambiente intelectual y lingüístico, en su propio paisaje mental. Luego está el historicismo, la necesidad de abordar los hechos y las ideas desde una perspectiva diacrónica que capte sus transformaciones a largo plazo. Por supuesto, no abogo por un historicismo positivista o neorankeiano, más extendido hoy de lo que se cree o de lo que quieren admitir quienes lo practican y que conduce casi siempre a una visión apologética de la historia. Yo abogo por un historicismo crítico que, sin embargo, reafirme con fuerza el anclaje último de la historia, incluida la historia intelectual, a su fundamento fáctico, es decir, económico, social y cultural. La tercera regla es el comparatismo. Comparar acontecimientos, épocas, contextos e ideas es una parte esencial del intento de comprenderlos. Esta afición al comparatismo está sin duda ligada a mi condición de expatriado. También está ligada al tema mismo de mi investigación: el exilio, el cosmopolitismo de los intelectuales, la transferencia de ideas de un país a otro, de un continente a otro. A veces esta práctica historiográfica puede resultar incómoda o levantar críticas, como ocurrió este año con mi ensayo sobre la guerra en Gaza, pero no quiero renunciar a utilizarla. La cuarta regla es la de la conceptualización. Esta regla postula que, para captar la realidad, es necesario aprehenderla a través de conceptos, sin por ello dejar de escribir la historia de modo narrativo. En otras palabras, la historia trata de realidades, no de abstracciones. Conseguir que la inteligencia de los conceptos coexista con el gusto por la narración sigue siendo el gran reto de toda escritura histórica, y lo mismo cabe decir de la historia de las ideas. No pretendo haber respetado siempre estas reglas, ni mucho menos haberlas ilustrado de forma ejemplar, pero al menos me he inspirado en ellas. No me corresponde a mí juzgar los resultados.

Este conjunto de reglas no son leyes para la producción de conocimiento histórico, sino puntos de referencia útiles en el ejercicio de una profesión, como método adquirido e interiorizado más que como esquema que aplicar. Sirven para organizar un tema que tiende a ser cada vez más vasto al incluir, junto a las ideas políticas y a quienes las encarnan, sus fundamentos sociales y culturales, con sus formas literarias y estéticas, tanto eruditas como populares. La iconografía desempeña un papel cada vez más importante en mi trabajo, partiendo de la constatación de que las imágenes son también «imágenes del pensamiento» (Denkbilder), a la vez que fuentes e ideas plasmadas. Por último, la adopción de estas reglas designa o da forma a una operación –la escritura de la historia– que, en mi opinión, permanece profundamente arraigada en el presente. Es siempre en el presente donde nos proponemos reconstituir, pensar e interpretar el pasado, y la escritura de la historia –y esto se aplica aún más a la historia política– participa, al estar sujeta a sus limitaciones, en lo que Jürgen Habermas denomina su «uso público» (öffentliche Gebrauch der Vergangenheit). Conviene ser consciente de ello.

Los autores mencionados también me enseñaron una cierta «conducta de vida» –una Lebensführung, como diría Max Weber– sobre la relación entre la investigación y el compromiso público del historiador. Deutscher era un exiliado, nacido en Polonia, que se convirtió en un gran historiador en lengua inglesa, antifascista y antiestalinista. Michael Löwy nació en Brasil de padres judíos austriacos y, bajo la dictadura militar brasileña de los años sesenta, cuando vivía en París, también se convirtió en un exiliado y un apátrida. Hoy es un destacado exponente de la teoría crítica y una figura importante en la cultura de la izquierda latinoamericana. Arno Mayer fue otro exiliado que llegó a EEUU desde Luxemburgo al comienzo de la Segunda Guerra Mundial; en Princeton, fue una de las voces del movimiento contra la guerra de Vietnam. Perry Anderson fue uno de los fundadores de la New Left Review. Podría añadir otra figura que desempeñó un papel muy importante en mi carrera, como guía y amigo: Pierre Vidal-Naquet, un gran helenista que había perdido a sus padres en Auschwitz, que estaba profundamente comprometido con la oposición al colonialismo durante la guerra de Argelia y que lideró una lucha ejemplar contra la negación del Holocausto. Todos ellos eran y son intelectuales comprometidos (engagés) en el sentido sartreano del término. Aprendí de ellos.

Creo que el papel del historiador es ante todo crítico. El historiador no es un juez que administra el tribunal de la historia, ni tiene el monopolio de la interpretación del pasado, porque la historia pertenece a todos. Un buen historiador no debe escribir para defender una causa o hablar en nombre de un grupo. Estoy de acuerdo con la observación de Eric Hobsbawm de que los historiadores no escriben para los proletarios, ni para las mujeres, ni para los homosexuales, ni para los negros, ni para los judíos; escriben para todos. Pero este universalismo no implica ninguna neutralidad axiológica ni tampoco significa indiferencia ante el ruido del mundo, ante la historia que se está haciendo en el presente. Escribir la historia –es decir, desarrollar un discurso crítico sobre el pasado– es una forma de ayudar a la sociedad a comprenderse a sí misma y a reconocer sus responsabilidades en el presente. Por eso nunca he ocultado mis opiniones ni mis compromisos. He escrito sobre varios temas de actualidad; por ejemplo, intentando analizar las nuevas caras del fascismo en el siglo XXI. He escrito varios libros sobre el antisemitismo, la violencia nazi, el Holocausto y su impacto tanto en la historiografía como en la cultura de posguerra. Este trabajo es ciertamente muy modesto, pero me da responsabilidades y no creo que pudiera continuarlo permaneciendo en silencio sobre lo que está ocurriendo hoy en Palestina. Por eso he escrito un ensayo sobre Gaza, un ensayo histórico cuya ambición es aportar una aclaración contra el abuso de la memoria y la manipulación de la historia que hemos presenciado durante el último año para justificar una guerra que ha adquirido rasgos de genocidio. No creo haber violado mi oficio de historiador. El compromiso en el espacio público también es una dimensión de la identidad del historiador.

Para concluir, creo necesario mencionar la concepción de la historia de Walter Benjamin. Si lo hago, no es por gusto por la cita ni por el deseo de escudarme en la autoridad de un gran clásico, sino para reconocer mi deuda con un autor que es una presencia constante, a menudo explícita, a lo largo de todo mi trabajo. En el fondo, lo que creo haber encontrado en los escritos de Benjamin no es tanto una respuesta a mis preguntas como una ayuda para formularlas, premisa indispensable para cualquier investigación fructífera. Benjamin, pues, como interlocutor para cuestionar los presupuestos y el sentido de mi trabajo más que como modelo que ofrezca herramientas de aplicación inmediata. En España, me parece reconocer un acercamiento similar en la obra de un gran historiador, también muy interesado en la conceptualización, como José Carreras. El legado de Benjamin no es comparable al de Marx, Durkheim, Weber, Braudel o Bourdieu. No nos ha dejado un método, sino una profunda reflexión sobre las fuerzas y contradicciones de un enfoque intelectual que, al intentar pensar la historia, insiste en no disociar el pasado del presente. Benjamin opone al tiempo lineal, «homogéneo y vacío» postulado por el historicismo otra concepción del pasado, marcada por la discontinuidad y la ruptura, que él sitúa bajo el signo de la catástrofe. Estableciendo una relación empática con los vencedores, el historicismo fue a su juicio «el narcótico más poderoso» del siglo XIX. Es preciso, pues, invertir la perspectiva reconstruyendo el pasado desde el punto de vista de los vencidos. Nuestra relación con el pasado no puede reducirse al estudio de una experiencia definitivamente cerrada y archivada, sino que se basa en una relación dialéctica en la que «el pasado (Gewesene) se encuentra con el presente (Jetzt) en un instante para formar una constelación». De este encuentro, que no es temporal sino figurativo (bildlich) y condensado en una imagen, surge una visión de la historia como un proceso abierto en el que un pasado inacabado puede, en determinados momentos, reactivarse, rompiendo el continuum de una historia puramente cronológica e irrumpiendo en el presente. En otras palabras, la historia no es solo una ciencia, sino también «una forma de recordar» (Eingedenken).

Por último, esta concepción de la historia toca un conjunto diverso de disposiciones mentales y estados de ánimo –de la melancolía al duelo, de la esperanza al desencanto– que la historia nos ha legado y que rondan en el presente nuestra relación con el pasado. La historiografía contemporánea está marcada por profundas tensiones entre historia y memoria, entre el distanciamiento inherente al proceso histórico y la subjetividad, hecha de ansiedades y reviviscencias, de recuerdos y representaciones colectivas que habitan en los actores de la historia. Sin embargo, el siglo xx no solo ha revelado las ilusiones del historicismo y ha ilustrado el naufragio de la idea de progreso; también ha registrado el eclipse de las utopías inscritas en las experiencias revolucionarias. Como el ángel de la novena tesis de Benjamin, Auschwitz nos obliga a mirar la historia como un campo de ruinas, mientras que el gulag nos prohíbe hacernos ilusiones o ingenuidades sobre interrupciones mesiánicas del tiempo histórico. Para quienes no han optado por el desencanto resignado o la reconciliación entusiasta con el orden dominante, el malestar es inevitable. Mi carrera como historiador de las ideas políticas y de la cultura probablemente se ha visto marcada por este malestar. He intentado que este malestar sea fructífero. No estoy seguro de haberlo conseguido.

Ediciones de la Universitat Autònoma de Barcelona

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Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/la-s-identidad-es-del

EEUU: ¿un ciclo de auge excepcional o una burbuja?

Por Michael Roberts

Recientemente ha habido una ola de artículos y comentarios sobre el «excepcionalismo estadounidense»; a saber, que la economía estadounidense está avanzando en términos de crecimiento económico, inversión en alta tecnología y productividad, dejando atrás al resto del mundo. Y, por lo tanto, no es de extrañar que el dólar estadounidense esté subiendo y sus mercados de valores estén en auge. Este éxito se atribuye a menos regulación, espíritu emprendedor, impuestos más bajos sobre la inversión, etc., en otras palabras, lo contrario de la interferencia gubernamental que sufren Europa, Japón y otras economías capitalistas avanzadas. El optimismo sobre el éxito de Estados Unidos es general, incluso parece que entre el público y no solo en los mercados de valores. El índice de optimismo económico RealClearMarkets/TIPP en los Estados Unidos ha alcanzado su nivel más alto desde agosto de 2021, aunque todavía está por debajo de los años previos a la pandemia.

Pero esta historia de auge es engañosa. Sí, a la economía estadounidense le está yendo mejor que a Europa o Japón. ¿Pero está mejor históricamente? Vease el artículo reciente en el Financial Times del Reino Unido que elogia la evolución de Estados Unidos en relación con Europa titulado «por qué la economía de Estados Unidos crece por delante de sus rivales». Los autores señalan: «Estados Unidos está creciendo mucho más rápido que cualquier otra economía avanzada. Su PIB se ha expandido un 11,4 por ciento desde finales de 2019 y en su último pronóstico, el FMI predijo un crecimiento de EE. UU. del 2,8 por ciento este año». Y: «su récord de crecimiento se basa en un crecimiento más rápido de la productividad, un motor más firme del rendimiento económico… La productividad laboral de los Estados Unidos ha crecido un 30 por ciento desde la crisis financiera de 2008-09, más de tres veces el ritmo en la zona euro y el Reino Unido. Esa brecha de productividad, visible durante una década, está cambiando la jerarquía de la economía global».

Y más: «el crecimiento de la productividad en los Estados Unidos está superando rápidamente a casi todas las economías avanzadas, muchas de las cuales están atrapadas en una espiral de bajo crecimiento, erosión de los niveles de vida, unas finanzas públicas tensionadas y una influencia geopolítica deteriorada».

El problema con esta narrativa es que todo es relativo. Tenga en cuenta el título del artículo: por qué la economía de Estados Unidos crece por delante de sus rivales. La economía estadounidense está creciendo, … pero solo por delante de sus rivales. Sí, en comparación con Europa y el resto de las economías capitalistas avanzadas (por supuesto, no en comparación con China o la India), a Estados Unidos le está yendo mucho mejor. Pero eso es porque Europa, Japón, Canadá están estancados e incluso en recesión real. En términos históricos, la economía estadounidense está peor que en la década de 2010 y peor de nuevo en comparación con la década de 2000.

Tome el crecimiento de la productividad. Aquí está el gráfico de FT que sugiere el excepcionalismo estadounidense.

Pero si se observa de cerca la trayectoria de la línea de crecimiento de la productividad de EEUU, se puede ver que desde aproximadamente 2010, el crecimiento de la productividad en los Estados Unidos se ha ido desacelerando. Su rendimiento relativo se debe totalmente al colapso del crecimiento en el resto del G7. Como dice el artículo de FT: «Los datos de la Conference Board muestran que, en los últimos años, la productividad laboral ha disminuido en relación con la de los Estados Unidos en las economías más avanzadas». Sí, en relación con los Estados Unidos, pero el crecimiento de la productividad laboral en los Estados Unidos también se está desacelerando, aunque menos.

De hecho, si nos remontamos a la historia del crecimiento de la productividad, la verdadera historia es que las economías capitalistas están fallando cada vez más a la hora de expandir las fuerzas productivas y aumentar la productividad del trabajo. Se puede ver en la siguiente tabla. El crecimiento de la productividad en los Estados Unidos de 2006 a 2018 es mucho mejor que en otras economías capitalistas importantes, pero la tasa es la mitad de lo que era en la década de 1990.

La misma narrativa se aplica a la inversión empresarial productiva. El FT muestra un gráfico en el que el crecimiento de la inversión empresarial estadounidense está superando a otras economías. Pero de nuevo, tengase en cuenta que la trayectoria del crecimiento de la inversión estadounidense también se está desacelerando: compare la tasa de crecimiento actual con la de la década de 2010 y aún más con la de la década de 2000. La inversión empresarial estadounidense se está desacelerando a largo plazo, mientras que en el resto del G7, la inversión empresarial se está estancando.

As tomemos otro gráfico que muestre la tendencia histórica del crecimiento económico en los Estados Unidos.

El crecimiento promedio anual del PIB real en los Estados Unidos ha disminuido de una tasa del 4% en la «Edad de Oro» de la posguerra al 3% un año antes de la Gran Recesión y por debajo del 2% en el período posterior, en lo que he llamado la Larga Depresión. Y las previsiones de consenso actuales para el crecimiento de los Estados Unidos en 2025 son solo del 1,9 %. Pero seguiría siendo la tasa más alta entre las economías del G7.

Además, estamos midiendo el crecimiento real del PIB. En los últimos años, gran parte del crecimiento más rápido en los Estados Unidos se ha debido a la inmigración, que ha impulsado la fuerza laboral y la producción general. El crecimiento de la producción por persona ha sido mucho menor, aunque mejor, que el resto del G7 después de la pandemia.

El siguiente gráfico del crecimiento de la tendencia en los EEUU frente a Europa muestra mejor la historia. Las tasas de crecimiento de la tendencia en EEUU han estado cayendo en el siglo XXI; mientras que las de Europa se han hundido.

Además, el rendimiento relativamente mejor de la economía capitalista estadounidense en comparación con las otras economías avanzadas no indica si al estadounidense medio les está yendo mejor. Como admite el artículo del FT: «A pesar de todo su poder económico, Estados Unidos tiene la mayor desigualdad de ingresos en el G7, junto con la menor esperanza de vida y los costes de vivienda más altos, según la OCDE. La competencia de mercado es limitada y millones de trabajadores soportan condiciones de empleo inestables». Difícilmente una imagen idílica para vivir en los Estados Unidos, incluso si a los inversores del mercado de valores no les importa eso.

Y si estamos hablando del crecimiento relativo del ingreso medio por persona en los Estados Unidos, mire esta tabla que he compilado de la Base de Datos Mundial de Desigualdad. Los que ganan en promedio en los Estados Unidos están viendo cada vez menos progreso (incluso relativo), particularmente en el siglo XXI.

Sin embargo, el argumento es que hay en marcha un auge de la productividad en los Estados Unidos, impulsado por la introducción de la IA y otras inversiones tecnológicas que el resto del mundo capitalista (y China) no pueden igualar. Como dice Nathan Sheets, economista jefe de Citigroup, que, a pesar de estos esfuerzos y el impulso de China para convertirse en una superpotencia de IA, Estados Unidos es el «lugar donde la IA se está desarrollando, y seguirá siendo el lugar donde lo siga haciendo». Y hay señales de que el crecimiento de la productividad de los Estados Unidos puede estar aumentando, aunque tenga en cuenta que el siguiente gráfico es una estimación.

Tal vez sí, pero el enorme gasto de inversión en IA aún no ha visto resultados reales en toda la economía como para poder reducir significativamente los puestos de trabajo y, por lo tanto, sostener un gran aumento en la productividad por trabajador. Eso podría llevar décadas.

De hecho, hay muchas pruebas de que el auge de la IA realmente podría ser solo una burbuja, un gran aumento en lo que Marx llamó capital ficticio, es decir, la inversión en acciones de empresas relacionadas con la IA y el dólar estadounidense que está muy fuera de línea con la realidad de las ganancias obtenidas por IA y la inversión productiva.

De nuevo en el FT, Ruchir Sharma, presidente de Rockefeller International, llamó al auge del mercado de valores de EEUU «la madre de todas las burbujas». Déjeme citarlo: «los inversores globales están comprometiendo más capital en un solo país que nunca antes en la historia moderna. El mercado de valores de EEUU ahora flota por encima del resto. Los precios relativos son los más altos desde que comenzaron los registros hace más de un siglo y las valoraciones relativas están en su punto máximo desde que los datos comenzaron a recogerse hace medio siglo. Como resultado, los Estados Unidos representan casi el 70 por ciento del principal índice bursátil mundial, frente al 30 por ciento en la década de 1980. Y el dólar, en algunos índices, se negocia a un valor más alto que en cualquier otro momento desde que el mundo desarrollado abandonó los tipos de cambio fijos hace 50 años».

Pero «el asombro por el «excepcionalismo estadounidense» en los mercados ha ido demasiado lejos… Hablar de burbujas en tecnología o IA, o en estrategias de inversión centradas en el crecimiento y el impulso, oscurece la madre de todas las burbujas en los mercados estadounidenses. Dominando completamente el espacio mental de los inversores globales, Estados Unidos es sobreestimada, sobrevalorada y sobredemandada hasta un grado nunca antes visto. Como con todas las burbujas, es difícil saber cuándo se desinflará esta, o qué desencadenará su declive».

Y esta burbuja está muy apoyada. El mercado de valores estadounidense impulsa los mercados mundiales y solo siete valores impulsan el mercado de valores estadounidense: los llamados Siete Magníficos. Para la gran mayoría de las empresas estadounidenses, aquellas fuera del floreciente sector energético, las redes sociales y la tecnología, las cosas no van tan bien. El flujo monetario del S&P 500 por acción no ha crecido en absoluto en tres años (ver la línea roja a continuación). Las previsiones de crecimiento de los beneficios están muy fuera de línea con lo que se está realizando.

La deuda corporativa de EEUU con respecto a las ganancias se mantiene cerca de los máximos históricos y los costes de interés de esta deuda no han caído mucho desde que la Reserva Federal de EEUU decidió comenzar a recortar su tasa política.

La diferencia en el coste medio de la deuda para las empresas más pequeñas de Russell 2000 y las grandes empresas S&P 500 recientemente se duplicó con creces a unos 300 puntos básicos. Con las tasas de interés intermedias y a largo plazo aún retrocediendo, no es obvio que el alivio llegue pronto.

Las quiebras corporativas en Estados Unidos en 2024 han superado los niveles de pandemia de 2020. Las quiebras están en auge como si la economía estadounidense tuviera dificultades.

En su reciente Informe de Estabilidad Financiera, la Reserva Federal señaló que «las presiones de valoración seguían siendo elevadas. La relación entre los precios de las acciones y las ganancias se movió hacia el extremo superior de su rango histórico, y la estimación de la prima de capital, la compensación por el riesgo en los mercados de valores, se mantuvieron muy por debajo del promedio». Le preocupa que «si bien los balances en los sectores empresariales no financieros y de los hogares se mantuvieron sólidos, una fuerte recesión en la actividad económica deprimiría las ganancias comerciales y los ingresos de los hogares y reduciría la capacidad de servicio de la deuda de las empresas más pequeñas y con más riesgo con ICrs ya bajos, así como de los hogares particularmente estresados financieramente».

Todavía no hay una caída en los mercados de valores. Pero si llega una crisis, con muchas empresas en dificultades y la carga de la deuda aumentando, un colapso financiero bien podría rebotar y afectar a la «economía real». Y producirse un desbordamiento a nivel mundial.

El crecimiento de la productividad en las principales economías se ha ralentizado en todos los ámbitos porque el crecimiento de la inversión productiva cayó. Y en las economías capitalistas, la inversión productiva está impulsada por la rentabilidad. El intento neoliberal de aumentar la rentabilidad después de la crisis de rentabilidad de la década de 1970 solo tuvo un éxito parcial y llegó a su fin al comenzar el nuevo siglo. El estancamiento y la «larga depresión» del siglo XXI se reflejan en el aumento de la deuda privada y pública a medida que los gobiernos y las corporaciones intentan superar el estancamiento y la baja rentabilidad aumentando los préstamos.

Eso sigue siendo el talón de Aquiles del excepcionalismo estadounidense. La historia del excepcionalismo estadounidense es realmente una historia del colapso de Europa, y esa es otra historia.

Mireille Fanon: «El sistema global actual perpetúa una guerra interminable contra los pueblos históricamente oprimidos»

Por Federico Pita

La destacada activista e intelectual, dialogó en exclusiva con NEGRX sobre reparaciones históricas, la lucha por la justicia racial y el resurgimiento de la extrema derecha. Con una mirada crítica y firme, Mireille Fanon destacó la urgencia de un proyecto panafricanista que vincule el legado de la diáspora africana con la emancipación global frente a un sistema que continúa oprimiendo a los condenados de la tierra.

En el marco de la Conferencia de la Diáspora Africana en las Américas, celebrada en Salvador de Bahía, Brasil, entre el 29 y el 31 de agosto de 2024, Mireille Fanon, destacada intelectual, activista por los derechos humanos y presidenta de la Fundación Internacional Frantz Fanon, estuvo invitada como autoridad en la materia y aprovechó la ocasión para conceder una entrevista exclusiva a NEGRX. Hija del célebre pensador revolucionario Frantz Fanon y expresidenta del Grupo de Expertos de las Naciones Unidas para Afrodescendientes, abordó una amplia gama de temas cruciales, desde las reparaciones históricas hasta el resurgimiento de la extrema derecha a nivel global. Durante la conversación, subrayó la necesidad de construir un proyecto panafricanista que no solo reconozca el inmenso legado histórico y cultural de la diáspora africana, sino que también lo vincule con un horizonte político de emancipación global.

Con su estilo característico, agudo y crítico, Fanon exploró los desafíos contemporáneos en torno a la justicia racial, señalando cómo las estructuras de poder siguen reproduciendo formas sistémicas de violencia y exclusión. En sus palabras, el sistema global actual perpetúa una «guerra interminable» contra los pueblos históricamente oprimidos, y advirtió que sin una agenda internacional sólida de reparaciones y justicia racial, será imposible enfrentar las múltiples crisis que afectan tanto a las naciones africanas como a sus diásporas en las Américas. Además, Fanon ofreció una reflexión sobre el contexto político actual, donde el avance de las ultraderechas plantea nuevos retos para los movimientos antirracistas, y enfatizó la urgencia de fortalecer las alianzas internacionales entre los pueblos afrodescendientes para enfrentar esta amenaza.

¿Qué conclusiones te llevas de tu participación en la Conferencia de la Diáspora Africana de las Américas, puntualmente en lo que se refiere a la agenda global de reparaciones?

La sensación que me queda de mi participación en la Conferencia de la Diáspora Africana de las Américas es que aún estamos lejos de comprender el verdadero significado de las reparaciones. Este distanciamiento se debe a la falta de disposición para entender por qué necesitamos reparaciones. En primer lugar, me gustaría cuestionar si es realmente necesario un enfoque financiero. Personalmente, no creo que sea el planteamiento adecuado. Lo que buscamos es una reparación que transforme el paradigma impuesto desde 1492. Si no tomamos esta dirección, en 10 o 20 años seguiremos enfrentando las mismas problemáticas: la violencia policial, el acaparamiento de tierras, el saqueo de recursos naturales y los acuerdos comerciales injustos e ilegales con África o las islas del Caribe. Además, es fundamental resaltar la situación en Haití, que siempre estará bajo el yugo del imperialismo hegemónico. Los afrodescendientes y africanos no esperan meras declaraciones. Hablamos de restitución, sí, pero es crucial entender que la restitución es solo una faceta de la reparación. Primero, debemos comprender por qué necesitamos una reparación global, colectiva y política.

Desde una perspectiva fanoniana, ¿cómo conceptualiza el panafricanismo en el contexto del siglo XXI, considerando las diversas interpretaciones que existen sobre este movimiento y su relevancia en la lucha contra las injusticias contemporáneas?

Este es un tema de suma importancia, porque si se le pregunta a diez personas, habrá diez definiciones distintas de panafricanismo. Es fundamental abordar esto con seriedad. No es suficiente con declarar «Soy panafricanista» ya que, si uno se identifica como una persona liberal, eso puede ser problemático. La mayoría de quienes se autodenominan panafricanistas en realidad no lo son; son personas que buscan mayor honorabilidad y reconocimiento. Sin embargo, el panafricanismo va más allá de eso: es un proyecto decolonial.

Lo primero que necesitamos es erradicar el racismo estructural e institucional. No se trata solo de obtener reconocimiento, o de que alguien sea menos racista contigo porque ocupas un buen puesto y te brindan una oportunidad. Esa no es la esencia del panafricanismo. Es un concepto colectivo, al igual que las reparaciones, y su significado debe ser entendido en términos de comunidad. Para avanzar hacia el panafricanismo, es imprescindible lograr la unidad en África. Es lamentable que no hayamos conseguido esa cohesión. Necesitamos un continente africano unido, con un proyecto específico para África y sus habitantes, un proyecto que sea concebido por los africanos, no por consultores o asesores externos. No necesitamos eso. Lo que realmente precisamos es un plan que emane de los africanos y de los afrodescendientes, sin importar dónde se encuentren.

Un ejemplo de esto es Brasil, donde nos encontramos ahora. La mayoría de la población es negra, pero no ocupa puestos de poder, lo cual es un problema significativo. Si creemos que el panafricanismo se reduce a replicar el modelo dominante o la supremacía blanca, estamos equivocados. Las personas no están esperando eso; en su vida cotidiana, no anticipan que eso ocurra. Es urgente detener la violencia policial y erradicar el racismo estructural e institucional. Esto requiere una mayor implicación y un esfuerzo más robusto del que actualmente poseemos. Y eso es exactamente lo que hizo Fanon. Nunca se rindió, incluso en su enfermedad. Nunca dejó de luchar, porque sabía lo que estábamos haciendo. Nuestra misión es extremadamente difícil y él nos instó a ser muy honestos y cuidadosos con la gente, a reivindicar su dignidad y humanidad. Sin embargo, el mundo en el que vivimos no refleja esos valores. Debemos transformar este mundo y reparar el daño causado desde lo que se ha llamado el «descubrimiento» de América, que en realidad fue un genocidio, un crimen contra la humanidad.

En un contexto donde la extrema derecha representa una creciente amenaza para Europa y la violencia política se intensifica, ¿por qué es crucial el pensamiento de Frantz Fanon en la comprensión y respuesta a esta problemática contemporánea?

Es una pregunta difícil. Lo único que hay que hacer es luchar, pero también hay que elegir qué tipo de armas políticas vamos a usar. Y lo que podemos afirmar en este contexto es que el pensamiento de Fanon en Francia se utiliza con malos fines. Voy a tomar como ejemplo el último libro sobre él. No recuerdo exactamente el título pero es una biografía intelectual, política y romántica de Adam Schatz. Y lo que intenta hacer es normalizar su pensamiento. Y creo que es exactamente lo que el sistema liberal intenta hacer. Se trata de que cuando nosotros, como afrodescendientes y africanos, tenemos algún aporte o alguna creatividad política, ellos intentan tomar eso, como tomaron los cuerpos y las mentes de nuestros antepasados, usándolos y revirtiéndolos para sí mismos. Ahora Fanon, según este criterio, debería ser reconocido como un partidario del sistema liberal. Y creo que es muy peligroso y tenemos que ser conscientes de eso y no ser ingenuos y deconstruir todo este tipo de normalización, porque la normalización es una forma de matarnos una y otra vez. Tenemos que tener mucho cuidado y ser muy fuertes cuando intentan hacer eso.

Foto: Mireille Fanon en la Conferencia de la Diáspora Africana de las Americas, Salvador de Bahía, Brasil (Filipe Araujo / MinC).

Usted ha visitado en varias ocasiones distintos países de América Latina, ¿cómo evalúa la situación política actual en la región, particularmente en el contexto del avance de la derecha y los ataques sistemáticos contra los gobiernos progresistas? ¿Qué elementos considera fundamentales para entender esta dinámica?

No estoy segura de poder responder a esta pregunta porque no soy una especialista ni una experta en la situación sudamericana. Pero si tomamos un solo ejemplo, el de Venezuela, como siempre, se trata de un proyecto imperialista hegemónico para destruir todo Estado y país que cuestione la supremacía blanca y la modernidad eurocéntrica. Y cuando un país se niega a aplicar lo que quieren los colonizadores occidentales, la única salida que les queda es matarlo y acusarlo de corrupción y de una elección falsa. Para imponer a alguien como Guaidó pero también como Ariel Henry o Jovenel Moïse en Haití, imponen a su presidente. En Haití, el presidente es elegido por Estados Unidos desde hace años y años, décadas, incluso. Y esa es la razón por la que el pueblo de Haití está en la calle y se está manifestando contra este modelo imperial que los mata.

Debemos ser muy cuidadosos, estudiar muy bien lo que sucedió en Haití, porque podría suceder en todos los países donde el pueblo y el gobierno están en contra del orden imperial, como está sucediendo en Palestina ahora mismo. Este orden imperial, desde 1492, ha decidido utilizar los cuerpos negros para su beneficio, y si estos cuerpos negros no son lo suficientemente productivos, los matarán. Es precisamente cuando un país decide oponerse a este orden imperial que primero deslegitiman el gobierno, la política, y luego matan a la gente. Es exactamente lo que vemos en Palestina, en Yemen, o en la República Democrática del Congo. Es exactamente el mismo paradigma desde 1492. Por eso tenemos que ser muy conscientes de lo que decimos y de cómo lo decimos.

Cuando afirmamos simplemente «restitución», hay que tener en cuenta que la restitución no es nada en relación con la guerra interminable contra la gente. La restitución no es un problema; y si Occidente quiere decir simplemente «Bueno, no hay reparación sino restitución», saben lo que están haciendo. Siguen dominando, deciden dominar al pueblo y continúan con su control; y la cuestión de la reparación, que es una forma de emancipar al pueblo, no se planteará porque no la quieren. Por eso, cuando estamos aquí, es difícil entender que las personas hablen simplemente de restitución. Es realmente doloroso. Es doloroso porque todos los días hay personas que matan y mueren por ser negras. ¿Y creemos que la restitución detendrá el racismo estructural e institucional? No lo creo.

Hace algún tiempo, al inicio del mandato de Gabriel Boric en Chile, usted generó controversia al rechazar una invitación oficial que le hicieron para asistir a su toma de posesión. Sin embargo, ahora ha anunciado que viajará a Chile en las próximas semanas. ¿Podría compartir qué razones la llevan a hacer este viaje y cuál es su agenda en un contexto donde el pueblo mapuche sigue siendo objeto de represión y despojo? ¿Cómo se relaciona esto con su visión más amplia de la lucha por la tierra y las reparaciones en el contexto global?

En 2011 y 2012 fui observadora en un juicio en Temuco y Concepción para el pueblo mapuche, que hasta hoy sigue siendo víctima del gobierno chileno, pues algunas empresas transnacionales continúan intentando despojarlos de sus tierras ancestrales. Esa fue la razón principal por la que rechacé la invitación a la toma de posesión de Boric. Para mí, quien se postula a la presidencia debe asumir la existencia de un pueblo con una tradición milenaria y una lucha constante por sus tierras, que además están protegidas por derecho a través del Convenio 169 de la OIT. Resulta incomprensible ver cómo al pueblo mapuche no solo se le impide vivir en su tierra, sino que, cuando resisten, se les criminaliza.

Además, en la Constitución chilena sigue vigente un artículo instaurado durante la dictadura de Pinochet, que es simplemente abominable. Cuando Michelle Bachelet fue presidenta prometió abolirlo pero nunca lo hizo. De hecho, lo aplicó contra el pueblo mapuche en el mismo período en que yo estaba en Chile. Para mí, lo más escandaloso es que luego la eligieran Alta Comisionada del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. ¿Cómo puede la comunidad internacional seleccionar a una persona que consintió que la policía y el ejército mataran a su gente? ¿Cómo es posible que se tolere eso? Y lo más perturbador es que la comunidad internacional asuma esa normalización.

En ese momento ya estaba convencida de que Boric no haría nada para eliminar esta política represiva. Casi un año después de su asunción, mi sospecha se confirmó: no ha hecho absolutamente nada para revertir la aplicación de este artículo. Ya en sus primeros discursos me resultaba evidente que no tenía intención de tocar este tema. Por eso decidí rechazar abiertamente la invitación, y considero que como figura pública es importante explicar este tipo de decisiones. Si uno no lo hace, se corre el riesgo de ser malinterpretado. Yo preferí ser clara: aceptar su invitación hubiera sido una traición política al pueblo mapuche. Y, lamentablemente, tenía razón. Hoy en día, los mapuches siguen siendo criminalizados y atacados por el sistema chileno, debido a los intereses de las empresas forestales y otros actores. Aún no son bienvenidos en su propio país, y la intención es expulsarlos de sus tierras para apropiarse de sus territorios ancestrales para la producción de capital sueco. Boric no ha movido un dedo para cambiar esta realidad, y estoy orgullosa de haber rechazado su invitación.

Ahora vuelvo a Chile porque la situación del pueblo mapuche no ha cambiado en más de una década. La cuestión de la tierra está directamente ligada a la lucha por las reparaciones. Si observamos lo que ocurre en Palestina, en la República Democrática del Congo, en Colombia, en México, o en Brasil con los quilombolas, el conflicto gira en torno a la tierra. Es un tema central para nosotros como activistas políticos. No podemos dejar a los pueblos solos enfrentando esta lucha. Sus causas deben ser conocidas en todo el mundo porque necesitan apoyo internacional. La solidaridad política no es una cuestión de moralidad o compasión, es una cuestión política concreta. Tenemos que estar atentos, asistir a las víctimas, amplificar sus voces, ser el eco de sus demandas. Eso es fundamental para nosotros. Como nos decía Fanon, cada generación debe conocer su misión en un contexto de incertidumbre, y debe tomar la decisión de cumplirla o traicionarla. Yo prefiero cumplir con lo que considero mi misión.

Para mí, esto no es solo una misión, es un deber, una obligación ética, epistemológica y metafísica. No renunciar a la solidaridad política internacional es una necesidad ineludible. Estar del lado de aquellos que sufren bajo la opresión, el sometimiento y el exterminio es casi un instinto humano. Es una forma de preservar la dignidad de las personas que están siendo masacradas por genocidios y crímenes contra la humanidad, como ocurre en Palestina. Es un deber inexcusable, no es negociable. No puedo simplemente apagar la televisión y decir «todavía hay genocidio». No. Porque el genocidio es parte de un mismo paradigma de dominación que comenzó en 1492. Si no participamos activamente en la lucha contra esta guerra interminable contra los pueblos, somos responsables de no actuar. Si pretendemos ser humanos, con dignidad y responsabilidad, entonces debemos comprometernos a luchar contra esta clase de guerra interminable. Es nuestra obligación.

En los últimos años, hemos sido testigos del ascenso de figuras de extrema derecha en varios países, incluyendo a Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, y la posible reelección de Donald Trump en Estados Unidos, así como Marine Le Pen en Francia. ¿Cuál es su análisis sobre este fenómeno y qué cree que refleja acerca de la situación política actual y el estado de la ciudadanía en estos países?

No considero que el presidente argentino Javier Milei, el expresidente brasileño Jair Bolsonaro, o la posible reelección de Donald Trump en Estados Unidos, así como la candidatura de Marine Le Pen en Francia, deban ser vistos como motivos de preocupación en sí mismos. En cierto modo, debemos reconocer que este fenómeno es un reflejo de la desidia de las personas hacia la política y, en particular, hacia el futuro de sus países. No les importa. Esta apatía se ve alimentada por los grandes medios de comunicación, que deciden qué se puede pensar, leer o escribir. Controlan todo. Con ello, se borran las capacidades críticas de las personas; es uno de los objetivos del sistema. Es crucial que seamos conscientes de esto y denunciemos este lavado de cerebro, entendiendo que estas figuras populistas no surgen de la nada.

Observamos que el sistema financiero, de alguna manera, atraviesa un período de inestabilidad. Para este sistema, la única salida es organizar una guerra contra el pueblo, pero también anular la capacidad crítica y analítica de la población, ya que eso les permite manipular a su antojo. Esto es esencial para el sistema financiero y el liberalismo, que requieren esta falta de crítica para operar. Manipulan los números, juegan con las estadísticas y siembran la corrupción en ciertos países, utilizando instituciones como el FMI o el Banco Mundial y condicionando los acuerdos económicos. Se aprovechan de la arrogancia y el cinismo de aquellos que firman estos acuerdos. Aunque esto no es nuevo, ha alcanzado un nivel de paradoja, cinismo y arrogancia sin precedentes, dado que el sistema se siente amenazado y está visiblemente nervioso ante esta situación.

Han aplicado todas las recetas posibles para despojar a los pueblos de su dignidad y criminalizarla. Esto representa un peligro para todos nosotros, especialmente para los activistas que se oponen a estas políticas. La necesidad de organizar una red de solidaridad internacional sólida es apremiante. Personas como Macron, Milei, Bolsonaro, y, si llega a suceder, Trump, o incluso Putin, funcionan como marionetas de este sistema. El objetivo de este sistema es regular el mundo a su antojo. No quieren enfrentarse a ninguna crítica; buscan su libertad, pero esa emancipación es únicamente para ellos, no para nosotros. Si no comprendemos esta dinámica, seguiremos pidiendo restituciones, mejoras ecológicas y un ambiente más saludable. Pero la cuestión fundamental es la dignidad, ya que el sistema también busca negar la dignidad y la humanidad de todos. Esta guerra interminable contra el pueblo es, en esencia, un mantra del sistema, un concepto que se puede abordar desde perspectivas metafísicas y epistemológicas. Debemos analizarlo y denunciarlo cada vez que se presente la oportunidad.

Ante la guerra. Sobre La crisis de los veinte años (1919-1939) de E. H. Carr.

Las similitudes de la situación que describe Carr y la actual son sorprendentes, sobre todo en las características estructurales del sistema internacional de entonces y de hoy.
No hay mejor momento que este para leer La crisis de los veinte años (Catarata), de E. H. Carr. Podría haberse escrito el mes pasado. Las similitudes de la situación que describe Carr (la primera edición del libro se publicó en 1939) y la actual son sorprendentes. No solo en los acontecimientos más recientes, incluido el desprecio del derecho internacional por parte de los signatarios del Estatuto de Roma, lo que no habría sorprendido a Carr puesto que creía que tal derecho no puede existir, o solo puede existir cuando se apoya en la fuerza, sino sobre todo y de forma más ominosa en las características estructurales del sistema internacional de entonces y de hoy: las que han conducido a la Segunda Guerra Mundial y las que parecen conducirnos a una nueva guerra.

Ambos sistemas estaban mal estructurados en sus inicios (Versalles y el final de la Guerra Fría). Ambos contenían las semillas de la destrucción. El sistema de Versalles comenzó como una empresa utópica y aparentemente basada en principios. Carr y muchos otros (como Keynes en Las consecuencias económicas de la paz) atribuyen con razón la mayor responsabilidad a Woodrow Wilson. Cuando decimos “responsabilidad” parece extraño culpar a alguien de las formas utópicas o aparentemente idealistas en que debería organizarse el sistema internacional. Pero en el primer paso la aplicación al mundo de los principios traídos de Princeton y Washington D.C. tropezó. Puso de manifiesto la hipocresía con más fuerza que si los principios hubieran sido menos idealistas. El derecho de autodeterminación se repartió de forma incoherente entre algunas naciones y se negó a otras. Como escribe Harold Nicolson en su hermoso The Peace-Making 1919:

El más ardiente defensor británico del principio de autodeterminación se encontraba, tarde o temprano, en una posición falsa. Por muy ferviente que fuera nuestra indignación ante las pretensiones italianas sobre Dalmacia y el Dodecaneso, podía enfriarse con una referencia, no solo a Chipre, sino a Irlanda, Egipto y la India. Habíamos aceptado para los demás un sistema que, si llegaba a la práctica, nos negaríamos a aplicarnos a nosotros mismos (p. 193).

Se concedieron colonias, protectorados, fideicomisos (con un periodo de duración indefinida) a las naciones menores. La igualdad racial fue rechazada incluso como un principio formal bastante benigno, a pesar de la retórica grandilocuente sobre la igualdad de los hombres. Ese rechazo, malo en sí mismo, fue acompañado de la transferencia más cínica de las posesiones controladas por Alemania en China a Japón, lo que condujo al movimiento del 4 de mayo y al inicio del nacionalismo chino moderno.

Según Carr, la paz cartaginesa de Versalles creó dos tipos de naciones. Las satisfechas naciones anglosajonas y, hasta cierto punto, Francia (aunque esta, al no sentirse lo bastante fuerte, siempre tuvo dudas sobre su estatus) y el trío de grandes Estados insatisfechos de Alemania, Italia y Japón. Estos dos últimos eran aliados occidentales descontentos con el reparto del botín en Versalles. Alemania intentó en los años veinte cambiar o invalidar algunos de los pactos del Tratado eximiéndose de la obligación de pagar las desorbitantes sumas en concepto de reparaciones (que, de hecho, nunca pagó en su totalidad) e inició subrepticiamente una cooperación militar con la Rusia soviética, intentando evitar los límites al tipo y tamaño de su ejército. Pero, en general, apenas obtuvo beneficios y el descontento creció. Cuando Alemania empezó a revocar, con entusiasmo, la letra y el espíritu de Versalles, lo hizo mediante la fuerza militar y la intimidación. “Nuestros enemigos son pequeños gusanos”, opinaba Hitler. La paradoja, como señala Carr, es que cuanto más lograba Alemania anular las normas que se le habían impuesto, y cuanto más pensaban que esto la satisfaría aquellos que, como Carr, no estaban de acuerdo con la falta de equidad del Tratado en primer lugar, más se enfadaba Alemania. Así, el enfado alemán (por entonces nazi) aumentó en proporción a su éxito en derribar Versalles. Lo que podría haberse concedido pacíficamente y se habría recibido con gratitud ahora se daba bajo la amenaza de las armas y se recibía con desprecio.

Al contar esta conocida historia, aunque nunca asigna de manera directa la culpa del colapso del sistema, Carr divide implícitamente la responsabilidad entre las dos partes. Culpa a las naciones satisfechas por no estar dispuestas a compartir parte de las ganancias obtenidas por haber ganado la guerra. Compara a menudo las relaciones internacionales con las domésticas. Para que las relaciones domésticas sean estables, los ricos deben ceder algo más que en proporción a lo que tienen. En otras palabras, para que un sistema político sea estable –ya sea a nivel nacional o internacional– los fuertes tienen que estar dispuestos a hacer sacrificios, a aceptar “algún toma y daca”, en palabras de Carr. Para crear un sistema internacional sostenible, las potencias satisfechas tienen que compartir el botín con otras potencias o imponer una paz relativamente equitativa (“equilibrio de poder”) para que los demás participen en el sistema. Si no lo hacen, las potencias insatisfechas no tendrán ningún interés. Esto es exactamente, escribe Carr, lo que ocurrió entre 1919 y 1939.

Todo orden internacional debe apoyarse en una hegemonía de poder. Pero esta hegemonía, como la supremacía de una clase dominante dentro del Estado, es en sí misma un desafío para quienes no la comparten; y debe, si quiere sobrevivir, contener un elemento de toma y daca, de sacrificio propio por parte de quienes lo tienen, que lo haga tolerable para los demás miembros de la comunidad mundial.

Carr explica incluso la pacificación del poder satisfecho por analogía con la política interior. Los ricos promueven la paz doméstica porque el mantenimiento del orden actual es beneficioso para ellos. “Del mismo modo que la clase dominante en una comunidad reza por la paz doméstica, que garantiza su propia seguridad y predominio, y denuncia la guerra de clases, que podría amenazarle, la paz internacional se convierte en un interés especial de las Potencias predominantes”.

Los llamamientos a la paz no se explican por la diferente moralidad de las potencias o clases, sino por la diferencia de sus posiciones. Pedir la paz no es per se algo que pueda considerarse moralmente superior. ¿Deberían haber seguido los revolucionarios americanos de 1776 los llamamientos a la paz?, se pregunta Carr. La moralización, que a veces observamos en las potencias que quieren mantener la paz, carece de superioridad ética. Simplemente se basa en el interés de dichas potencias por mantener el statu quo.

Como deja claro esta breve descripción, las similitudes con la situación actual son muchas. Mientras que la conclusión de la Guerra Fría no tuvo un final oficial similar al de Versalles, sus contornos principales reprodujeron los de Versalles. Las potencias satisfechas, las vencedoras de la Guerra Fría, fueron Estados Unidos, Reino Unido, Francia y, sobre todo, Alemania, que recuperó la unidad. Por otra parte, el “Nuevo Orden Mundial” produjo una gran potencia (Rusia) que desde el principio se mostró insatisfecha con el resultado, especialmente porque Rusia, como Alemania en 1918, no se sintió en absoluto derrotada. Desde el principio, cuando bajo Yeltsin el país estaba medio destruido y se comportaba internacionalmente más o menos como un vasallo de Estados Unidos, a Rusia le molestaba un aspecto de la política de los vencedores: la extensión de su alianza militar a las fronteras rusas. Como en el colapso del sistema de Versalles, aquí vemos la misma dinámica. Rusia se opuso a la ampliación en todo momento, incluso cuando se reconcilió a regañadientes con la adhesión a la OTAN de sus antiguos satélites de Europa Oriental y la inclusión de las repúblicas bálticas, pero no pudo, o no quiso, aceptar más.

Las quejas, como en el caso alemán, duraron mucho tiempo. Empezaron con Yeltsin, continuaron durante el primer y el segundo gobierno de Putin y no produjeron nada. El ya famoso discurso de Putin en Múnich en 2007 no generó ningún resultado. El mensaje era muy similar al que absorbió Alemania en la década de 1930: las características estructurales del sistema no pueden cambiarse pacíficamente y no pueden modificarse mediante ruegos o quejas del poder descontento. La potencia insatisfecha adoptó más o menos el mismo curso de acción que Alemania en los años treinta: las desigualdades, en su opinión, no podían corregirse mediante conversaciones, discusiones y negociaciones, sino solo mediante el puro ejercicio del poder militar. La guerra con Ucrania fue una forma de anular algunos de los pactos implícitos del final de la Guerra Fría, del mismo modo que para Alemania el Anschluss y la ocupación y la división de Checoslovaquia fueron las formas en que Alemania se encargó de aplicar los principios de autodeterminación proclamados por Wilson pero negados a Alemania.

A pesar de estas similitudes, cabría esperar que el resultado no fuera el mismo. No obstante, es interesante reflexionar sobre el hecho de que el libro fue escrito en 1938 y publicado en septiembre de 1939. Esperemos que no nos encontremos ahora en el mismo punto histórico que Carr entonces.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en el Substack del autor.

Lugares ya no comunes: “Izquierda”

Por Paolo Virno / Il Manifesto

Entre las ideas, o palabras talismán, de las que es bueno y justo despedirse, hay algunas que se han vuelto patéticas (‘derechos’, ‘pueblo’, ‘refundación’, por ejemplo), que merecen la sonrisa reservada a las cosas viejas de pésimo gusto, botín de chamarileros y del Partido Democrático (PD). Pero hay otras, entre las palabras talismán, tenaces como la mala hierba, pomposas y petulantes, capaces de obstaculizar durante mucho tiempo la reanudación de la lucha de clases en el seno de un capitalismo que ha barrido los talleres de Ford y Taylor. En este segundo grupo de conceptos no sólo vacuos, sino también nocivos, destaca el de «izquierda».Herencia de la Revolución Francesa, la noción de izquierda se ajusta a la plebe, no al trabajo asalariado; se refiere a los excluidos y a los parias, no a los obreros de las fábricas. La alineación política, pero también y sobre todo sentimental, denominada «izquierda» se ha batido siempre por el «desarrollo de las fuerzas productivas», ignorando con ánimo sereno la guerra civil latente que anida en el seno de ese desarrollo (basta pensar en el mors tua vita mea a cuenta de las horas extraordinarias y los ritmos de trabajo). Ha invocado, la cultura de la izquierda, la «unidad nacional» y el respeto a las prerrogativas del Estado soberano, aunque esa unidad no haya excluido el voto a favor de la guerra mundial (voto concedido en 1914 por todas las socialdemocracias europeas) y ese respeto puede implicar el asentimiento a leyes especiales y cárceles de máxima seguridad (como ocurrió en los años del «compromiso histórico»).

La necesidad de abandonar sin vacilaciones el territorio desolado marcado en los mapas con el nombre de izquierda se advierte echando la vista atrás, a los años 70 del siglo pasado. Fueron los años en los que tuvo lugar el primer y único intento de revolución comunista en el seno del capitalismo maduro. Ni rastro de lucha contra el atraso; ninguna «cuestión campesina» que dirimir luchando contra el hambre y la pelagra; rápido abandono del empalagoso amor por los últimos y los marginados, tan querido por los primeros y los bien conectados (todos de izquierdas, of course). El catálogo era el siguiente: ralentizar los ritmos de producción, reducir al frenesí a quienes se arrogaban el derecho de fijarlo, segar las horas extraordinarias, arrancar aumentos iguales del salario base para todos, arrinconar a la dirección de las empresas, discernir en todas las articulaciones de la vida asociada (escuelas, transportes, aparatos de comunicación, organización de los lugares de residencia, etc.) dos intereses opuestos entre los que un compromiso es tan probable como la conversión de los gorriones a la castidad. Ninguna de las voces de este catálogo goza de la simpatía del progresismo encaprichado con los derechos civiles; todas, de hecho, suscitan su repugnancia.

Mal visto por la izquierda fue entonces el muy descortés poder obrero que se había afirmado en el interior de los talleres y luego también en la esfera pública metropolitana. Mientras los reformadores contagiados por Pasolini execraban las «necesidades inducidas» por la sociedad de consumo en los lugareños hasta entonces entregados a una admirable sobriedad, los obreros de las fábricas, deseosos de consumir rápidamente los bienes de este mundo, hacían todo lo posible (un posible convertido en tal, es decir, es decir posible sólo por el hecho de que a menudo era ilegal) para sacudirse esa horrible necesidad inducida que es el trabajo asalariado. Para nada de izquierdas, el deseo de disfrutar hasta el fondo del propio aquí y del propio ahora remitía, si acaso, a un razonable significado de la palabrita «comunismo».

El éxodo de ese lugar insalubre donde se oficia el culto al progreso, comenzado en el curso de los años 70 gracias al intento de revolución comunista entonces escenificado, es ahora un hecho consumado, una realidad empírica de enorme relieve, a pesar del clamoroso fracaso de esa revolución. La multitud que produce con el  lenguaje y con jirones de saber, para la que no existe una frontera fiable entre tiempo de trabajo y tiempo de vida, ha metabolizado una ruptura irreversible con la izquierda, con su claudicante doctrina y su praxis tan benéfica como un gas urticante. Nada que ver con la adoración del Estado, la exaltación del pleno empleo, la idea de ciudadanía de la que el progresismo reformador ha hecho ostentación a modo de carné de identidad a lo largo de todo un siglo.

Tres me parecen los principios constitucionales que podrían inspirar, hoy más que nunca, una práctica política alejada de la izquierda, pero sin lugar a dudas comunista (comunistas, y por tanto, no de izquierdas: he aquí una inferencia irrefutable, siempre a tener en cuenta). El primer principio es la plena actualidad de la abolición del trabajo asalariado. Escribe Marx que no hay que liberarlo, puesto que en todos los países modernos ya es libre, sino abolirlo como una desgracia intolerable. Además de constituir desde el principio una calamidad, el trabajo asalariado se ha convertido en las últimas décadas en un coste social excesivo. Hay algo de superfluo, incluso de parasitario, en el rendimiento bajo patrón cuando el pensamiento y el lenguaje se muestran como el recurso público, es decir, el bien común, que más contribuye a satisfacer necesidades y deseos. Para quien tenga necesidad de frasecitas marxianas: hay algo parasitario en el trabajo asalariado cuando el proceso de reproducción de la vida se confía al general intellect, al intelecto general de una multitud.

El segundo principio constitucional que sanciona la definitiva despedida de los defensores de los derechos de ciudadanía es la destrucción de la soberanía del Estado. A condición de que adoptemos al menos por un momento la definición de esta última propuesta por un jurista nazi, vejada sin freno por los filósofos de izquierda desde hace treinta años. Según Carl Schmitt, la soberanía del Estado consiste enteramente en el «monopolio de la decisión política». Pues bien, escapan de la jaulita del reformismo progresista quienes, lejos de proyectar su transferencia a un sujeto social distinto, pretenden socavar y extinguir tal monopolio. Rehuyendo la «toma del poder», el antimonopolismo de los muy jóvenes y de los declinantes que detestan el socialismo por comunistas se vale de todo tipo de tácticas: cautelosos compromisos e invención de instituciones acreditadas precisamente por ilegales, secesión y participación. La palabra clave a la que se recurrirá después de la era del reformismo estatal, es decir, del éxodo, indica ante todo el muy variopinto conjunto de decisiones políticas que permiten dejar atrás el Egipto en el que prevalece el monopolio de la toma de decisiones políticas.

El tercer principio de una política que ya no es de izquierdas estriba en la meticulosa apreciación de todo lo que hay de único e irrepetible en la existencia de cada miembro de nuestra especie. Se podría decir que se saborea, en nuestra época, la posibilidad de un individualismo por fin no caricaturizado. De un individualismo, por tanto, en el que la singularidad del individuo es el resultado complejo de la relación con lo que es máximamente común, compartido, impersonal. El pronombre «yo» desciende del infame y sin embargo muy digno «se» (se habla, se juega, se ama, etc.). A esta descendencia ha aludido Marx con el sintagma ‘individuo social’. Es la trama colectiva de la experiencia («social») la que finalmente alumbra una incomparable variación («individual»).

Estos principios constitucionales, lejos de apuntar a un melancólico sol del porvenir, forman parte de nuestra experiencia inmediata. Definen el lugar de la posible lucha anticapitalista, lo circunscriben y la amueblan, substrayéndola con serena resolución a esa historia de un loco contada por un borracho en que se ha convertido la izquierda política y cultural de los últimos años.

Paolo Virno
Filósofo y semiólogo napolitano, fue militante de Potere Operaio en los años 70. Encarcelado en 1979, acusado de pertenencia a las Brigadas Rojas, quedó finalmente absuelto después de tres años en prisión. Ha sido profesor en las universidades de Urbino, Cosenza y Montreal, y enseña actualmente Filosofía del Lenguaje en la Universidad de Roma III.

 

Infinito de la comunicación / finitud del deseo

Por Toni Negri

Nunca como hoy la relación media-espectador ha estado tan demonizada, y no hace más que empeorar. Es más, se ha querido dar del mensaje mediático la imagen de una ráfaga de metralleta incrustrándose en el espectador– blanco miserable de un poder omnipresente– y aniquilándole. Este moralismo obtuso y deprimente ha cobrado el porte de un ritual, más en particular para una izquierda incapaz ya de análisis y propuestas positivas y que continúa acantonada en inútiles lamentaciones. Se nos representa una vida cotidiana dominada por el monstruo mediático como una escena poblada de fantasmas, de zombis prisioneros de un destino de pasividad, de frustraciones e impotencias. Esta demonización no es la única componente de la relación media-público-vida cotidiana. La “ciencia de la comunicación” le es un buen soporte. Porque, en efecto, la comunicación es abatida permanentemente sobre la información, y los media se conciben como funciones lineales que prolongan en la sociedad mensajes de una eficacia completamente pavloviana. Como ocurre ya en la lingüística, en las ciencias de la comunicación (o más bien en las “sedicentes” ciencias de la comunicación), hoy el lenguaje es disecado y su subjetividad evacuada. Todo lo que es ético, político, poético, interactivo, no inmediatamente discursivo, en la relación media/público (tal y como lo es ya en la relación sujeto/lenguaje), es eliminado. En esta reducción científica (¡si se la puede llamar así!) se apoyan las concepciones terroristas de los media, las lamentaciones de los moralistas y sobre todo una visión reificada e intransitiva de la vida política que se traduce en: ¡no hay nada que hacer! ¡Imposible escapar a esta esclavitud!” Aquí se confirma la sacralidad del poder, en toda esta nueva modernidad. La izquierda no propone más que la teoría de la manipulación y siente lástima por los desgraciados espectadores a los que se reduce a receptores pasivos. Desde luego, no es nuestra intención negar los efectos regresivos que provoca en sus usuarios el mundo actual de los media. No somos insensibles a la degradación del gusto y del saber colectivo, tampoco a la colonización de los universos de lo vivido. Además, nos parece absolutamente evidente que la máquina mediática actual en absoluto produce esos efectos inocentemente. En el sistema de poder actual produce conscientemente códigos infectados y epidémicos, destinados a impedir y cortocircuitar los mecanismos de producción simbólica. Selección estratégica e instrumental de los contenidos informáticos, inversión sistemática de los sentidos y los valores, reducción extrema de la información a mercancía, y de la comunicación a la enalidad y la futilidad: ¡adelante, con alegría! Pero, una vez reconocido todo esto, ¿es verdad entonces la teoría de la manipulación, podemos seguir sosteniéndola? ¿Siguen de actualidad el catastrofismo y las invocaciones líricas a liberarse de la dominación de los media productores de mercancías de las últimas críticas de la Escuela de Frankfurt? No, el ser humano no es unidimensional, y es preciso rechazar resueltamente las concepciones de las que hemos hablado hasta ahora, y que la izquierda moralizante y pesimista ha hecho suyas. En primer lugar, porque son falsas, y a continuación porque producen como resultado impotencia ética y derrotismo político. Son falsas, pues. No es este el lugar para retomar las largas discusiones, siempre interesantes por otra parte, que han acompañado al desarrollo de las ciencias lingüísticas y la superación de un estructuralismo mecánico y mezquino que han operado. Basta traer a la memoria cómo de Bajtín a Hjelmslev, de Benjamin a Deleuze, por no citar más que a algunos autores esenciales, fue reparada la grave distorsión objetivista y funcional que había sufrido la lingüística, al menos en parte. Por tanto, si hoy es posible empezar a hablar de nuevo de las ciencias de la comunicación, lo es sobre la base de un teoría que reintroduce dimensiones ontológicas y subjetivistas, elementos autopoiéticos y creativos en la descripción de los agenciamientos colectivos que se constituyen en el tejido mediático y comunicativo. La operatividad colectiva, ético-política, emotiva y creativa que actúa en el mundo de la comunicación es un elemento irreductible, una resistencia que se abre a otros caminos: está esencialmente en la base de nuevas constituciones de los sujetos y nuevas interrelaciones que no dejan de producirse. El conjunto “maquínico” de la comunicación mediática es un mundo de transformación y constitución, como el resto de los mundos “maquínicos” en los que se ve inserta la vida del ser humano. Marx había mostrado cómo la acumulación capitalista, al transformar progresivamente al ser humano, es decir, al trabajador, desarrolla al máximo su productividad, haciendo de esta una fuerza productiva capaz de autovalorizarse y por tanto de ser una fuerza revolucionaria.Mediante la acumulación de la comunicación, la consciencia del ser humano se transforma y se vuelve apta para un reconocimiento colectivo de esa ampliación de las posibilidades de saber y de las capacidades de transformación que, sólo ellas, pueden asegurarle más libertad. Entonces, aquí estamos en el corazón del problema, es decir, que hay que considerar el mundo de la comunicación como el lugar en el que las grandes fuerzas sociales del saber y la comunicación se colocan como las únicas fuerzas productivas. El trabajo colectivo de la humanidad toma consistencia en la comunicación y el paradigma comunicativo se identifica poco a poco, pero con una evidencia cada vez mayor, con el del trabajo social, con el de la productividad social. La comunicación se vuelve la forma en la que se organiza el mundo de la vida con toda su riqueza. La nueva subjetividad se constituye en el interior de este contexto de máquinas y trabajo, de instrumentos cognitivos y autoconsciencia poiética, de nuevo medio ambiente y nueva cooperación. El trabajo humano de producción de una nueva subjetividad cobra toda su consistencia en el horizonte virtual que abren cada vez más las tecnologías de la comunicación. Nos es preciso volver una vez más al análisis y la crítica marxianas del trabajo para encontrar en este proceso el mecanismo de la explotación y las razones de la revolución. Volvemos en el caso presente: es decir, en el estadio en el que, de ahora en adelante, la comunicación nos aparece como la máquina que domina a toda la sociedad, pero en cuyo interior la cooperación de las consciencias y las prácticas individuales alcanza su nivel de productividad más elevado– productividad del sujeto, cooperación de los sujetos, producción de un nuevo horizonte de riquezas y al mismo tiempo de liberación. En el seno mismo de este trabajo comunicativo, las resistencias últimas de un mundo capitalista reificado, apresado en las determinaciones fetichistas del horizonte de la mercancía, se debilitan: la realidad, la naturaleza, la sociedad se ven apresadas en la consistencia del flujo de los acontecimientos; entonces la actividad comunicativa de la fuerza de trabajo, de las consciencias comunicantes, de los sujetos cooperantes se vuelve capaz de poner en acción, radicalmente, la transformación social, sin otro límite que la finitud de nuestro deseo. Una finitud que tiene como único obstáculo lo infinito de la tarea. Entramos en una era posmediática. La segunda crítica que podemos hacer a las teorías de la comunicación que hoy nos ofrece el poder se apoya en esta constatación.

A partir de ahí podemos desmistificar la perspectiva de una esclavitud política ineluctable (y de la prosecución de la explotación del trabajo). Es decir, conscientemente, que el triunfo del paradigma comunicativo y la consolidación del horizonte mediático, por su virtualidad, su productividad, la extensión de sus efectos, lejos de determinar un mundo apresado en la necesidad y la reificación, abren espacios de lucha por la transformación social y la democracia radical. Es preciso llevar el combate al interior de este nuevo campo. Combate para reducir a todos los elementos y los agentes que repiten, en el nuevo modo de producción de la subjetividad, las viejas normas, los códigos y los paradigmas miserables del antiguo arte de reinar: lucha de reapropiación de los media y de todas las articulaciones de la comunicación. Las destrucciones que hay que operar en este campo son innumerables: ¿cómo destruir el sistema privado y/o estatal, el monopolio capitalista de la comunicación? ¿Cómo anular la intervención de los profesionales de la comunicación y de todo el sistema de códigos de poder que vehiculan? ¿Cómo minar el terreno en el que descansa ese centro de producción de los aparatos ideológicos? Pero si las destrucciones que hay que operar son amplias y arduas, mucho más importantes aún y más acaparantes son las operaciones positivas que hay que pensar. Se trata de imaginar y construir un sistema colectivo de comunicación en el que estarían excluidos lo privado y lo estatal. Se trata de construir un sistema de comunicación público basado en la interrelación activa y cooperante de los sujetos. Se trata de unir comunicación / producción / vida social en formas de proximidad y cooperación cada vez más intensas. En fin, se trata de contemplar una democracia radical tanto en la sociedad como en la producción, que ha de cobrar forma en las condiciones del horizonte posmediático. 

Publicado en francés en Futur Antérieur, nº 11, 1992/3.