Peter Brown: “Peor que olvidar la historia es retorcerla para avivar el resentimiento”

Con 36 años demostró en ‘El mundo de la Antigüedad tardía’ que la tesis de la decadencia de Roma era falsa. Para muchos es el mayor historiador vivo en lengua inglesa. Hablamos con él en su casa de Princeton sobre su trayectoria, el abandono de las humanidades y la tendencia política a manipular el pasado para infundir miedo

Por MARÍA ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO

La afición a la astronomía que Peter Brown (Dublín, 85 años) desarrolló de niño fue un presagio de la tarea que iba a consagrarle como historiador: el afán de escudriñar en la oscuridad los puntos de luz que definen la Antigüedad tardía (200-700 después de Cristo), ese periodo durante el que se produjo el colapso de Roma, cobraron forma las religiones del libro y el cristianismo fue arraigando en Europa. Un periodo que adquirió carta de naturaleza académica gracias precisamente a sus investigaciones.

La reedición en español de El mundo de la Antigüedad tardía (Taurus), una de sus obras magnas, es una oportunidad para redescubrir no solo esa época erróneamente considerada sombría y sus tentadoras concomitancias con la actualidad, sino para repasar la carrera del profesor emérito de Princeton que antes enseñó en Oxford, su alma mater, hasta 1975, del titán capaz de rebelarse frente a Edward Gibbon: la tesis de la ruptura de este –la exitosa pero poco justificada idea de decadencia y caída del Imperio Romano— tuvo una relectura radical en el concepto de transformación de Brown.

Venerado por generaciones de historiadores, el encuentro en su domicilio de Princeton suscita una ansiedad pertinente. Igual que intentar averiguar qué regalo desea alguien que lo tiene todo, ¿qué cabe preguntar a un erudito, a un sabio de fama internacional? Tal cúmulo de conocimiento impone respeto. Pero la cortesía del profesor, que aguarda la llegada del taxi para acompañar al interior de la vivienda —luminosa y plácida, con torres de libros, porcelanas, miniaturas y cortinas de cretona—, diluye cualquier prevención.

En el umbral, una mesita auxiliar recubierta por azulejos que reproducen los motivos florales de Iznik, la cerámica de época otomana, hace al visitante valorar su belleza mientras pronuncia el topónimo. “¡Iznik!” y, abracadabra, predispone el diálogo. La primera referencia, gracias a la cerámica, es Turquía, un país que Brown y su esposa, Betsy, conocen muy bien, como parada obligada para quien ha estudiado Bizancio en todas sus formas. Turquía volverá repetidamente a la charla. “¿Qué opina de Erdogan?, ¿cómo ve la situación del país?”, pregunta luego el profesor en un ejercicio de mayéutica. Betsy recuerda que Peter estudió turco, “ese idioma tan hermoso, con un sonido precioso”, apunta él con delectación. De su vasto don de lenguas hablará, entre divertido y modesto, más tarde. “Ahora estoy aprendiendo etíope”, confiesa sin darle importancia. “Pero no el moderno, el antiguo”.

Para un historiador total como Brown, heredero en aliento de Fernand Braudel y discípulo de Arnaldo Momigliano, ¿qué vigencia tiene un libro escrito hace décadas? “Este libro apareció en 1971. Obviamente, mis inquietudes han cambiado. La razón para dedicarme a lo que ahora llamamos Antigüedad tardía era el deseo de estudiar una sociedad que había conservado sus raíces en el mundo antiguo, con el latín y el griego como lenguas dominantes, pero a la vez había empezado a cambiar. Era el estudio del cambio en una sociedad inusualmente resistente. Solíamos descartar ese periodo por ser un periodo de ruptura total. Todo lo que veíamos de él no nos gustaba”, recuerda de la época que él rehabilitó epistemológicamente.

El profesor Brown, en la biblioteca de su casa de Princeton, en abril pasado.
El profesor Brown, en la biblioteca de su casa de Princeton, en abril pasado.JOANA TORO

“Esa fue mi principal motivación: la comprensión de la naturaleza exacta de ciertas crisis, como los cambios en el Gobierno del Imperio Romano en los siglos III y IV. Quería averiguar si habían sido desastrosos o más bien cambios de ajuste de la evolución; un equilibrio entre la continuidad y la discontinuidad, la fragilidad y la resistencia. Un ejemplo: la aparición de nuevos estilos de vida aristocrática en las provincias del Imperio Romano. Debo mucho a la arqueología española, a los grandes mosaicos de villas como Carranque, que conocí entonces. Hallazgos que nos decían: eh, las cosas no se han derrumbado, han cambiado, el foco ya no está en las urbes”, la quintaesencia del mapamundi romano junto con su red viaria desplegada como una tela de araña entre metrópolis.

“Creo que una de las principales inquietudes en el campo de la Antigüedad tardía era socavar la noción fácil de las invasiones bárbaras”, añade. La tentación de ver un trasunto de ese fenómeno en el de la inmigración irregular resulta fácil, tanto para un discurso tan romo como el de los populistas a granel como para ese otro, más alambicado, que propone la perversa teoría del reemplazo. “Si estás constantemente mirando una imagen falsa del pasado, buscando el reflejo de tu propia imagen, solo te llevará por el camino del racismo, del oscurantismo. De la xenofobia. Un buen ejemplo son las invasiones bárbaras. Todo el mundo es consciente de que hay problemas en Europa a causa de la inmigración masiva, pero es un terrible abuso histórico tratar lo uno como una repetición de lo otro”, explica Brown. Además, añade, “el islam yihadista trágicamente protagonista hoy no tiene nada que ver con el del profeta Mahoma, con el islam de hace 300 años, son totalmente diferentes”.

Su primer libro fue, no obstante, una biografía de san Agustín, el norteafricano al que el erudito descabalgó de la santidad titulando la obra Agustín de Hipona, a secas. “Una figura muy latina, un hombre que representaba un cristianismo inmensamente opresivo. Recuerdo las críticas en español a mi ensayo; cómo los europeos, sobre todo los de origen católico, consideraban a Agustín todavía como parte de su propio mundo”.

Por intercesión intelectual del santo, Brown superó el etnocentrismo —es decir, el eurocentrismo tradicional, el que considera la civilización clásica como única fuente de Occidente— y supo mirar en derredor, otro de sus grandes logros como historiador. “Habría sido muy fácil seguir estudiando solo el cristianismo, pero me encontré con los descubrimientos de la arqueología, aprendí siriaco y hebreo y abrí un área cuya cultura llegaba entonces hasta las ciudades griegas de la costa del Egeo, como Éfeso. Seguían siendo ciudades impresionantes, pero se iban creando otras grandes obras, como Santa Sofía en Estambul”.

Por tanto, prosigue sin abandonar el uso del plural de modestia y con un levísimo tartamudeo ocasional, imperceptible, “vimos que había un mundo ahí fuera y que no se podía escribir sobre él como si debiéramos correr el telón del Imperio Romano; era una vida nueva para el Imperio Romano, incluso el profeta Mahoma y el islam surgieron de esa cultura, no vinieron del espacio exterior. Parte de las raíces de Europa no están solo en Europa. También están en Oriente Próximo y en el sur del Mediterráneo. Parte de la riqueza de la cultura europea es precisamente su apertura al mundo. En Santa Sofía, en los escritos de los Padres del Desierto…”.

Detalle de la biblioteca de Peter Brown, en su casa en Princeton.
Detalle de la biblioteca de Peter Brown, en su casa en Princeton.JOANA TORO / JOANA TORO

Brown es generoso a la hora de resaltar la contribución de sus discípulos. Cita con especial cariño al español Javier Arce, o a Jack Tannous, su heredero en Princeton. Para el académico, toda investigación es una gran inversión: en tiempo, en conocimiento, en lecturas: “Descubrir textos, leer con fluidez lenguas como el árabe y el siriaco, es un trabajo duro, que necesita un apoyo adicional. Necesita apoyo institucional. Necesita profesores. Pero una vez que lo consigues, puede ofrecerte una visión mucho más rica y amplia que las estrechas certezas”. Así que su opinión sobre el desdén con que algunos gobiernos tratan las humanidades resulta más que obvia: “[Los políticos] están más preocupados por los costes de sus decisiones. Estamos tratando con una generación de políticos que durante mucho tiempo han carecido de una educación humanista como la que nosotros tuvimos. No hay nada más trágico que un hombre que ha perdido la memoria”.

Sobre la ordalía de la historia, sometida últimamente al filtro de la ultracorrección política —el derribo de estatuas de colonizadores o esclavistas, por ejemplo, tras episodios de violencia policial contra negros—, Brown —que pasó parte de su niñez en el Sudán colonial, donde su padre era funcionario del Imperio Británico— sostiene: “No asumir la parte vergonzosa del pasado es un rechazo a estar aquí, a ser adulto. Parte de la identificación del adulto es la pertenencia a generaciones anteriores. Y al igual que una familia, que no siempre está orgullosa de su tío o su abuelo… Cualquier persona madura debe asumir a los anteriores miembros de su familia, es un signo de madurez. Una especie de resiliencia. Julio César es un ejemplo. Mató a millones de personas. Y lo horrible es que lo sabemos porque él lo publicó. Ahora bien, ¿rechazamos totalmente el Imperio Romano porque se basó en eso? No, tenemos que aplicar, supongo, lo que ahora llamamos visión binocular para enfocar correctamente”. Ítem más episodios como la esclavitud en la antigua Roma, que permitía el acceso sexual de los hombres a las esclavas, y el parecido sistema vigente en las plantaciones sureñas de la nueva América, recuerda.

A todas las ideas que convoca Brown en la salita donde, en mecedoras enfrentadas, tiene lugar la charla, se les puede sacar punta, incluso hasta el extremo de establecer una línea directa entre la inconsciencia o la incuria de la historia y la ignorancia que subyace a eso que llamamos fake news. “Olvidar es una tragedia. Puede liberar a ciertas personas de los malos recuerdos. Pero creo que el problema son los recuerdos a medias. No es que hayamos prescindido de la memoria histórica, es que hemos disminuido nuestra capacidad de interponernos y criticar las falsas memorias históricas. No se puede decir que estos políticos, el Brexit, Trump, hayan ignorado la historia, simplemente la han tergiversado. Sabemos cómo se ha hecho eso en los países fascistas, en los países nazis, en los países comunistas, hoy en día también en los islámicos. Retorcer la historia es aún peor que olvidarla. Lo peligroso son las medias memorias que utilizan los políticos para avivar el resentimiento y los miedos”.

También resulta especialmente reveladora acerca de la validez hermenéutica de las humanidades —cómo ayudan a entender el mundo al explicarlo— su experiencia en el Irán prerrevolucionario. “Fui a Irán en 1974 y 1976, poco antes de la revolución islámica [1979]. El Gobierno de EE UU quería averiguar lo que estaba pasando y se puso en contacto con un montón de profesores en Berkeley, pero la mayoría eran especialistas en desarrollo, el gran concepto dominante en los sesenta y setenta, y se ocupaban, por supuesto, del presente. En el santuario de Mashhad tuve una sensación casi de pavor, de que algo muy sombrío y posiblemente terrible iba a suceder. Los otros profesores no percibieron nada tras la fachada de país en desarrollo”. Porque un historiador es un buen periodista, recuerda cómplice, al igual que un buen periodista debe conocer la historia.

El proverbial don de lenguas de Brown —aprendió farsi en Irán; tiene pendiente el armenio— respalda su insistencia en el aprendizaje de “lenguas europeas, no solo latín y griego, muy útiles para la investigación, sino las lenguas europeas, sin cuyo conocimiento la dimensión del mundo [en inglés] es roma y plana. La cultura europea es una cultura multilingüe, y la fuerza de Europa no es su uniformidad, sino su diversidad. Me preocupan los alumnos que no leen de forma natural el francés, el alemán, el italiano y el español, porque deberían hacerlo”.

A un bachiller, ¿cómo le convencería de que estudie historia? “Con la metáfora del viaje. Si quieres ver las pirámides de Egipto, o conocer Sevilla, ¿por qué no viajas en el tiempo? Viajar amplía la mente; la historia no es solo saber acerca del pasado. Eso es una visión estrecha. Se trata también de conocer un mundo más amplio, ya sea en la actualidad o en el pasado”.

Al terminar la entrevista, y mientras Peter Brown saca el coche para llevar a la periodista a la estación, Betsy Brown muestra con respeto, en la esquina, la casa donde vivió Albert Einstein mientras enseñó en Princeton. La conversación ha terminado minutos antes con una anécdota de Oxford, cuando el profesor dio a sus estudiantes un libro en polaco. “Pero también les di un resumen en francés”, dice como quien recuerda una travesura. Los Brown regalan una visita a vuelapluma por Princeton que es otra lección de historia, del lugar de la batalla de 1777 al estilo gótico de colleges y rectoría. “Woodrow Wilson [28º presidente de EE UU], que fue rector”, cuenta Brown al volante, divertido, “dijo que era más fácil gobernar el país que la universidad”.

De Marco Aurelio a Michel Foucault

(Peter Brown en cuatro libros)

portada 'El mundo de la Antigüedad tardía', PETER BROWN. EDITORIAL TAURUS (PENGUIN RANDOM HOUSE)

El mundo de la Antigüedad tardía. De Marco Aurelio a Mahoma

Peter Brown. Traducción de Antonio Piñero. Taurus
En 1971, con solo 36 años, Peter Brown publicó este libro que, con menos de 300 páginas, se convirtió en uno de los ensayos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Con una mezcla de erudición y audacia, explica el proceso por el que un mundo mediterráneo homogéneo terminó dividido en tres sociedades altomedievales: la católica, la bizantina y la islámica. Brown demostró que la hollywoodiense “caída del Imperio Romano” no había existido: no hubo decadencia sino metamorfosis. Y alta cultura: en este tiempo se creó la “lengua clásica de la filosofía” a través de la cual el Renacimiento redescubriría a Platón. Tuvo además espacio para demostrar que las “invasiones bárbaras” eran otro anacronismo. No habían sido “razzias destructivas y mucho menos campañas organizadas”, sino una “fiebre del oro” que empujó a la emigración a los habitantes de las regiones más pobres de Europa, que entonces eran las del norte.
portada 'Agustin', PETER BROWN, EDITORIAL ACENTO

Agustín de Hipona

Peter Brown. Traducción de Santiago Tovar, María Tovar y John Oldfield. Acento
Peter Brown publicó todavía más joven, con 32 años, esta biografía de san Agustín (354-430), que sigue siendo el título de referencia sobre el hombre que, según algunos estudiosos, fundó el concepto moderno de voluntad. Como san Jerónimo y Ausonio, forma parte de la tercera edad de oro de la literatura latina en tanto que autor del “primero y uno de los más grandes autorretratos de todos los tiempos”: «Confesiones». Pagano, maniqueo, gnóstico, neoplatónico y, al final, cristiano radical, ilustra perfectamente una de las grandes tendencias de la Antigüedad tardía: el odio a los placeres del cuerpo. No es casual que Michel Foucault, autor de «Historia de la sexualidad», se supiera el libro de Brown “de carrerilla” (según cuenta Didier Eribon, biógrafo del pensador francés). Historiador y filósofo se hicieron amigos en Berkeley y en 1982 Peter Brown dictó cuatro conferencias en el Collège de France que le valieron la invitación a participar con 100 páginas magistrales en el primer volumen de la mítica «Historia de la vida privada», dirigida por Georges Duby y Philippe Ariès.
portada 'El culto a los santos', PETER BROWN. EDICIONES SÍGUEME

El culto a los santos

Peter Brown. Traducción de Francisco Javier Molina de la Torre. Sígueme
“Con la serena confianza de quienes enseñan para aprender” preparó Peter Brown seis conferencias para la Universidad de Chicago en 1978. El resultado, convertido en libro, es un relato fascinante en el que la historiografía limita al norte con la teología y al sur con la literatura fantástica. Tras desmontar el tópico de que, originalmente, las “prácticas religiosas” de las élites tenían poco que ver con las “supersticiones” de las masas, Brown demuestra que ambas compartían una adoración a los mártires a medio camino entre el Rocío y una «rave party». Eliminada la casa familiar romana como centro espiritual en beneficio de la religión pública, asistimos al nacimiento de los cementerios, de los exorcismos y, sobre todo, del “comercio frenético de reliquias”. Aprovechando la red de relaciones del Bajo Imperio, la expansión del cristianismo no fue un milagro sino, en parte, fruto de la “generosidad” de un buen número de donantes.
portada 'Por el ojo de una aguja', PETER BROWN. EDITORIAL ACANTILADO

Por el ojo de una aguja

Peter Brown. Traducción de Agustina Luengo. Acantilado
Para entender mejor la “construcción” hegemónica del cristianismo en Occidente, Brown siguió durante décadas la pista al dinero. En 2012 publicó 1.200 páginas sobre dos siglos (350-550) que arrancaron con la conversión de Constantino en el año 312 y el posterior “ingreso de los ricos” en las iglesias cristianas para dar pie a una «belle époque» de la Antigüedad que terminó con el saqueo de Roma por los visigodos en el 410. Contra la parábola bíblica del camello, la riqueza entró en el reino de los cielos cuando el altruismo pagano —orientado a la ciudad— se tornó en donaciones a la Iglesia en virtud del “amor a los pobres”.
elpais.com

Carta abierta a Jean-Luc Mélenchon

por Yaku Perez Guartambel

Ecuador, Abril 30 del Año Andino 5.529/colonial 2021

Estimado Señor Mélenchon,

En calidad de excandidato a la presidencia del Ecuador en las elecciones 2021 por el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik, expreso un respetuoso saludo a usted y al pueblo francés en estos momentos difíciles que vivimos por la crisis climática y sanitaria. Le escribo esta misiva abierta en referencia a su tuit del pasado 13 de abril, en el cual señala lo siguiente: “Rencontre chaleureuse avec notre candidat à l’élection présidentielle en Équateur, @ecuarauz. Il perd à 4 points d’écart. Le candidat vert lui a refusé le soutien. Résultat : 1,7 million de bulletins nuls. La droite gagne.”

Considero importante aclarar la propuesta de nuestros movimientos indígenas, ecologistas y sociales, la cual va más allá de la confrontación entre izquierda y derecha, ambas categorías coloniales, que en nuestra experiencia han sido extractivistas, autoritarias y corruptas. Las izquierdas, por diversas que seamos, debemos intercambiar ideas, debatir e identificar las luchas que nos unan. Es fundamental que usted, los compañeros de Francia Insumisa y el resto de la izquierda francesa y europea, conozcan nuestra posición en la segunda vuelta electoral del 11 de abril 2021. Fueron muchos los elementos que nos impiden apoyar un gobierno bajo el liderazgo del expresidente Rafael Correa, así como sus principios políticos hicieron imposible su respaldo a Emmanuel Macron. Su voto en blanco y la abstención de casi la mitad de sus votantes (según indican encuestas del momento) fueron una muestra importante de crítica al sistema y a las opciones políticas para gobernar; luego su acertada decisión de no respaldar la candidatura de Macron, cuando Francia Insumisa no logró pasar a la segunda vuelta, al alcanzar un porcentaje similar al nuestro en la primera vuelta del 7 de febrero, sin el agravante del fraude del que fuimos objeto, al cual me referiré más adelante.

En estas elecciones teníamos dos opciones aparentemente opuestas, pero en realidad similares. Por un lado, la innegable derecha neoliberal representada por el candidato banquero Sr. Guillermo Lasso quién viene cogobernando con gobiernos de turno desde hace 20 años – desde cuando fue superministro del gobierno de Jamil Mahuad (destituido por corrupción en el año 2000) hasta el actual gobierno de Lenin Moreno (vice-presidente de Correa y su candidato en 2017). Y por otro lado, el progresismo de la izquierda populista del expresidente Correa representada por Andrés Arauz, progresismo que tuvo la oportunidad única de transformar las estructuras socio-económicas y éticas del Ecuador, pero lejos de llevarnos al sueño nos llevó a la pesadilla marcada por privatizaciones, represión, censura y la expansión del extractivismo minero y petrolero. Lejos de defender el sector público, el gobierno de la mal llamada Revolución Ciudadana organizó una ola de privatizaciones: 1) se entregó la telefonía celular en concesión por 18 años a las multinacionales Telefónica de España y América Móvil (de Carlos Slim, el tercer hombre más rico del mundo); 2) se entregaron concesiones petroleras en los sitios más biodiversos de la Amazonia a multinacionales como AGIP de Holanda, Repsol de España, PetroChina (con pre-ventas y otros casos de corrupción); 3) cientos de miles de hectáreas biodiversas de la Amazonia y de los Andes fueron concesionadas a mineras despojando agua y territorios de pueblos indígenas sin consulta previa a multinacionales chinas y canadienses (ECSA, Jungfield-SouthAmerica, Lundingold, Iamgold, INV Metales, SoldGold, etc.); 4) la privatización de los más importantes puertos marítimos del país (Manta, Bolívar, Posorja, La Providencia).

La destrucción ecológica provocada por el gobierno de Correa es irreparable: luego de haber hecho una campaña para dejar el petróleo bajo tierra en el caso Yasuní, terminó destruyéndole al expandir la frontera petrolera dentro de la reserva y abriendo la puerta al genocidio de los pueblos Tagaeri y Taromenane, ambos en aislamiento voluntario. En este régimen también construyó la hidroeléctrica Coca-Codo Sinclair, un proyecto inviable llevado sin consulta y con sobreprecios que como se sabia provocó alteraciones al Río Quijos y la destrucción de la Cascada San Rafael y de oleoductos de crudo petrolero, provocando una contaminación que afectó a más de 120 mil personas amazónicas.

Infelizmente eso no es todo. El gobierno de la revolución ciudadana criminalizó a 850 defensores del agua y de la naturaleza, la gran mayoría de ellos campesinos y pueblos indígenas, ecologistas; fracturó al movimiento sindical del Ecuador (Frente Unitario de los Trabajadores FUT) y criminalizó a estudiantes y maestros, clausurando la Unión Nacional de Educadores UNE (el sindicato más antiguo del Ecuador) y encarcelando a su presidenta Mery Zamora. Además, Correa limitó el ingreso de estudiantes a las universidades, rompiendo la política histórica del libre ingreso a todos en la universidad, y quebró a la Seguridad Social apropiándose los recursos económicos destinados a los pensionistas y jubilados. La prensa también fue atacada con una ley “mordaza” de comunicación que permitió al ejecutivo controlar los contenidos de noticias, censurar los medios de comunicación y perseguir a periodistas. Todo eso fue posible porque se tomó la administración de justicia, amenazando con destituir a todo juez que diera paso a acciones de protección contra el Estado que vulneraban derechos humanos y de la naturaleza.

Los ecuatorianos no votaron por el delfín de Correa como le gustaría a usted por que han vivido en la piel el autoritarismo, que usó a jueces y fiscales para perseguir quienes opinaban distinto y dejar en la impunidad a los actos de corrupción de su gobierno. A eso de suma la actitud misógina y homofóbica de Correa, su fundamentalismo religioso y su posición en contra de la agenda de género, de los derechos sexuales y reproductivos que impidió reformas legislativas para despenalizar el aborto en casos de violación- en un país en el cual un tercio de los embarazos son frutos de violencia sexual y 7 niñas menores a 13 años dan a luz cada día.

Por último, pese a que este régimen tuvo los mayores ingresos en la historia del Ecuador, lejos de generar bienestar dejó el país más desamparado, desde el aumento de la desnutrición infantil que afecta 1 de cada 3 niños, hasta el aumento de la deuda pública equivalente al 50% del PIB nacional. El gobierno de Correa se definió por la corrupción (actos por los cuales hoy está prófugo de la justicia); hasta los fondos para las víctimas del terremoto en 2016 fueron robados en cerca el 90%. Esta supuesta izquierda progresista tuvo la oportunidad de sacar adelante a nuestro pueblo, pero durante casi 15 años lo que hizo fue desmantelar, privatizar, corromper los recursos del pueblo ecuatoriano.

En fin, lo que nos llama profundamente la atención es que un representante de la izquierda francesa como usted, juzgue nuestras acciones en vez de reunirse con los múltiples actores sociales que venimos resistiendo a estas políticas de despojo del capital modernizante, criterio que ni de lejos compartimos con usted, por ello le invitamos a un diálogo epistémico, sincero, con honestidad intelectual, sin prejuicios y en igualdad epistémica, debatamos el porvenir de nuestros pueblos y el futuro del planeta, para combatir juntos el calientemente global, el patriarcado, el extractivismo, y la colonialidad corrupta del poder.

Nosotros no rehuimos al debate, siempre estamos dispuestos a escuchar, pero de igual a igual. Queremos proyectar una luz de esperanza desde cosmovisiones comunitarias, ecológicas, feministas y anti-extractivas por un mundo donde entren muchos mundos diversos para abrazar la solidaridad planetaria de los pueblos. Es tiempo de democratizar, descolonizar, y despatriarcalizar la izquierda, más allá del Ecuador.

Fraternalmente,

Yaku Pérez Guartambel

El capitalismo es un humanismo

Por Felix Guattari

La máquina semiótica del capital introduce la soberanía de un flujo patrón descodificado sobre todas las territorialidades. Es una máquina que permite discernir e intercambiar las territorialidades. Es una máquina de identificación. Trabaja para recodificar, para universalizar las recodificaciones.

No es la máquina capitalista la que descodifica, sino la intrusión del maquinismo científico-técnico.

Por el contrario, la máquina semiótica del capital hace lo que puede para recodificar la porcelana, para rearcaizar. La máquina capitalista regula, a través del mercado, la organización de la falta. Convierte las faltas moleculares en faltas molares. Pero no inventa la falta, la encuentra. El maquinismo es lo que hace que nazcan necesidades nuevas. Comenzando por el maquinismo de los viajes, que crea la demanda de especias y productos exóticos.

La máquina del capital regula la intrusión maquínica. A su manera, la humaniza. La crueldad del comerciante no es la del guerrero.

En las economías de subsistencia se operaba un equilibrio de extracción de la plusvalía sobre una territorialidad dad, por ejemplo, un segmento feudal. La parte extra-segmentaria era débil y de todas formas exterior. Con el primado de la máquina del capital (capital comercial), el exterior se unifica y universaliza, salta con la caída de las barreras aduaneras, de los peajes, etc., y el horizonte, más o menos mítico, del librecambismo.

Solo se toma en consideración la parte del trabajo que está fuera del proceso territorializado de subsistencia. La organización de un estrato económico de capital de intercambio a partir de los flujos exteriores sirve de medida e impone su ley a los flujos de trabajo territorializado que, en consecuencia, se volverán residuales.

Pero la máquina semiótica del capital comercial maneja la situación. Es disyuntiva, polarizante, expresiva y subjetivante. Con ella, es eso o nada. El maquinismo pasa o no pasa en función de sus exigencias estructurales. No es posible todo a la vez: ella dispone una temporalidad, un orden capitalista.

Esta máquina del capital comercial no roba en absoluto de la misma forma que el capitalismo industrial –por lo cual conviene mantener la distinción–.

Para el capital comercial los flujos dependen del descifrado de una falta territorializada. Las grandes ciudades comerciales como Venecia son la superficie de inscripción de las faltas –espejismo de un más allá económico que sustituye al espejismo de un más allá religioso con las Cruzadas–.

Con ellas, en el fondo, las personas obtienen lo que pagaron. El etnólogo que ofrece perlas que no valen nada a cambio de arcos y taparrabos indios no roba. Responde al deseo del otro según las medidas del otro. La medida sigue estando territorializada sobre el deseo.

Del mismo modo, un pintor no “roba” con la mercancía. La categoría del robo aquí no es pertinente.

Las cosas cambian con la intrusión industrial. La falta se construye por todas partes. Se nos roba en el nivel del producir. No en el nivel del consumir. Se embarca al trabajador en una máquina para producir una falta artificial. La mercancía producida sustituye a los objetos del mercado territorializado.

La máquina hace una competencia desleal con el trabajo humano. Sus necesidades en materia de reproducción cuestan menos que las necesidades humanas, a igual productividad.

Por eso, Marx reclama una contrapartida para los trabajadores. En teoría, el trabajador tendría que recibir -colectivamente- la diferencia. Es la tasa de plusvalía. Vemos que la plusvalía comercial está ligada a la territorialidad del deseo. Mientras que la plusvalía maquínica está ligada a un rechazo de la desterritorialización maquínica. En un caso, la falta estáa sobre la tierra entre los hombres. Es la falta ajena. En el otro, es falta de la falta. Deseo de retorno al estatus anterior. Falta de una sociedad humana en el marco de una sociedad maquínica que es, por esencia, inhumana.

La codificación de la falta ha pasado de la exterioridad territorializada a la inmanencia maquínica.

En el fondo, el intercambio de la máquina semiótica del capital es justo: no es un robo (Marx lo dice cuando critica la identidad entre robo y beneficio).

El maquinismo es el ladrón: se come el trabajo humano. Deshumaniza el trabajo. Lo vuelve accesorio, incluso inútil. Nunca terminó de extirpar el trabajo humano bajo todas sus formas.

El capitalismo humanista resiste tanto como puede hasta que unas máquinas como la máquina leninista lo hacen volar por los aires y dan a luz una apertura todavía más grande del maquinismo sobre las diferentes regiones del trabajo humano.

(…)

Marx asimila el trabajo maquínico al trabajo humano, y luego considera que lo que debe intercambiarse es la totalidad del trabajo humano medido.

De derecho, al trabajador debería pagársele tanto por su trabajo humano como por el trabajo maquínico.

El capitalista poseedor de los medios de producción quiere su tajada del trabajo maquínico. El capital variable siempre disminuye en valor relativo. El ideal capitalista es el de una máquina pura, sin trabajo humano y que sea capaz de reproducirse maquínicamente.

Ahora bien, lo que esta máquina ideal pone en circulación es un flujo de simulacro que se intercambiará por “simple pan”. El trabajo humano en el sentido de una plusvalía de código se relaciona con ese flujo de producción-simulacro.

Un estándar canceroso desvaloriza toda producción humana. La ley del mercado hace que cualquier producción humana solo se tome en cuenta en la medida en que esté apresada en el estrato de los intercambios.

Antes que hablar de una ley tendencial de la tasa de ganancia, debería hablarse de una ley tendencial de desavalorización del trabajo humano respecto del trabajo maquínico. El trabajo se paga a valores maquínicos: es un intercambio desigual. El trabajador recibe espejitos de colores. No obtiene por su trabajo un valor trabajo, sino un valor máquina siempre en vías de desterritorialización y de desvalorización. El capitalista concentra flujos mixtos:

– flujo de trabajo humano

– flujo de trabajo maquínico.

La parte que otorga para la reproducción del trabajo humano contiene una parte creciente de trabajo maquínico. Acumula una plusvalía maquínica y una plusvalía de trabajo humano. Pero en la sociedad contemporánea:

– en el centro: no acumula plusvalía sobre el trabajo más maquínico (trabajo más calificado). Por el contrario, el trabajador socialdemocratizado se beneficia parcialmente de la explotación de los flujos periféricos; solo acumula plusvalía maquínica.

– en la periferia: acumula plusvalía sobre los flujos humanos.

1995-2021: Auge y caída del multilateralismo

Por Walden Bello

Todavía recuerdo haber asistido a la primera reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre de 1996, un año después de su fundación. No sabía por qué se había invitado a conocidos opositores de la globalización como yo; Supongo que fue para inculcarnos la lección de que era inútil resistir. Un aura de triunfalismo impregnaba la reunión. Tanto los ministros de comercio como los ejecutivos corporativos proclamaron que la globalización era el inevitable devenir.

Las restricciones estatales sobre el libre flujo de bienes, servicios y capital eran cosa del pasado. Dentro de lo que los observadores escépticos como yo denominamos la «bendita trinidad del multilateralismo», había una clara división del trabajo: el Fondo Monetario Internacional (FMI) eliminaría las barreras a los flujos de capital, el Banco Mundial transformaría los países en desarrollo en economías de libre mercado, y la OMC, a la que el ex-director general Mike Moore llamó la “joya de la corona del multilateralismo”, lideraría la eliminación de cualquier barrera restante al comercio internacional impulsado por las empresas.

Hace un cuarto de siglo, el sistema multilateral de gobernanza económica mundial había alcanzado su cúspide. Hoy, la OMC, el FMI y el Banco Mundial atraviesan una profunda crisis de legitimidad. Esta erosión del multilateralismo liderado por Occidente ha ido acompañada de una crisis política que ha debilitado el poder hegemónico que sustenta el sistema, mientras que el trascendental cambio del centro de acumulación global de capital de Estados Unidos a China solo ha hecho que acentuarse. Estos desarrollos abren la posibilidad de un futuro mejor para el Sur Global.

El nacimiento del Nuevo Orden Internacional

El FMI y el Banco Mundial se fundaron en la histórica conferencia de Bretton Woods en 1944. Se suponía que serían seguidos en breve por la Organización Internacional de Comercio (ITO por sus siglas en inglés). Pero la Carta de La Habana de 1948 -que estableció los parámetros de la ITO- no fue sometida para su ratificación al Senado de los Estados Unidos. La razón de dicha omisión fue que la administración Truman no sentía que tenía los votos para superar la oposición de los republicanos aislacionistas y los intereses corporativos estadounidenses, preocupados por las «concesiones proteccionistas» a los países en desarrollo, que habían asistido a la reunión de La Habana en mayor número que a la conferencia de Bretton Woods cuatro años antes. Con el comercio exterior constituyendo una parte relativamente pequeña de la economía estadounidense, Washington finalmente se conformó con un sistema de regulación mucho más débil, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT).

¿Por qué Estados Unidos cambió de opinión unas décadas después? En la década de 1980, los mercados extranjeros se habían vuelto mucho más importantes para las corporaciones estadounidenses y era importante romper las barreras de entrada, especialmente en los países en desarrollo. La agroindustria estadounidense se quejó de cómo dichos países protegían sus sectores agrícolas de las importaciones baratas subvencionadas.

También había preocupación en Washington por países en el este de Asia como Corea del Sur, Taiwán y Malasia, que participaron en políticas de exportación agresivas mientras construían industrias manufactureras protegidas por altos aranceles y cuotas de importación. Sus economías estaban en camino de producir bienes que pudieran competir con los Estados Unidos.

Como principal impulsor de la Ronda de Uruguay de negociaciones comerciales -que duró una década-, Washington confiaba en que un organismo internacional fuerte que impusiera estrictas reglas de libre comercio beneficiaría a sus corporaciones, que consideraba las más competitivas del mundo. Las reglas e instituciones de la OMC promoverían, consolidarían y legitimarían las estructuras del comercio global asegurando la hegemonía de los intereses estadounidenses.

La Comisión Europea decidió unirse al tren de un régimen comercial internacional fortalecido principalmente porque, como Washington, quería abrir los mercados en desarrollo a sus enormes excedentes agrícolas.

Las industrias líderes en Europa y Japón, incluidos los sectores del automóvil, la tecnología de la información y el sector farmacéutico, también tenían interés en prevenir la aparición de nuevos competidores del este y sudeste asiático al convertir la adquisición de tecnologías complejas por parte de este último («piratería intelectual») en una violación de las reglas comerciales, o impidiéndoles que utilizaran restricciones comerciales para desarrollar sus industrias.

Hipocresía y Extralimitación

Si bien la retórica de la OMC se basaba en el libre comercio, tres de sus acuerdos más importantes tenían el objetivo real de crear monopolios. El Acuerdo sobre Agricultura (AOA) institucionalizó el dumping de los excedentes estadounidenses y europeos en los países en desarrollo al obligar a estos últimos a poner fin a las cuotas de importación y reducir sus aranceles. El Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) buscaba institucionalizar el monopolio de alta tecnología de las corporaciones estadounidenses al prohibir la ingeniería inversa y otros métodos utilizados por los países en desarrollo para establecer el acceso universal al conocimiento.

El Acuerdo sobre Medidas de Inversión Relacionadas con el Comercio (TRIM) buscaba evitar que los países imitaran el uso de la política comercial de Japón, Corea del Sur y Malasia, incluidas medidas como la reducción de insumos importados en productos terminados a favor de insumos locales, para construir industrias que pudieran convertirse en competidores importantes de los gigantes farmacéuticos, automotrices y de tecnología de la información en los mercados regionales y globales.

El impulso agresivo de Estados Unidos y la Unión Europea para nuevas negociaciones comerciales después de la Ronda de Uruguay provocó la resistencia de los gobiernos de los países en desarrollo y las organizaciones de la sociedad civil, lo que llevó al colapso de la Tercera Conferencia Ministerial de la OMC en Seattle en 1999 en medio de protestas callejeras generalizadas y disturbios con la policía (nunca olvidaré la paliza que recibí).

Luego, en 2003, con la influencia proporcionado por India, Brasil y China (miembro de la OMC desde 2001), los países en desarrollo pudieron evitar que Estados Unidos y la UE intentaran desmantelar la protección gubernamental de los pequeños agricultores. También frustraron los intentos de endurecer el ya restrictivo Acuerdo ADPIC e impidieron un intento de llevar la inversión, la contratación pública y la política de competencia al ámbito de la OMC.

La retirada del multilateralismo

A medida que la resistencia de los países en desarrollo se consolidaba bajo el liderazgo de India, Brasil y China, Estados Unidos comenzó a abandonar la estrategia de liberalización comercial multilateral a través de la OMC. Después del colapso de la Quinta Conferencia Ministerial en Cancún en 2003, el Representante de Comercio de Estados Unidos de la administración Bush, Robert Zoellick, advirtió: «Mientras los miembros de la OMC reflexionan sobre el futuro, Estados Unidos no esperará: avanzaremos hacia el libre comercio con países que pueden hacerlo». Durante los próximos años, Estados Unidos y la UE se esforzaron en forjar acuerdos comerciales bilaterales o acuerdos multilaterales limitados, como el Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) favorecido por la administración Obama.

La guerra comercial de Trump con China no inició el movimiento hacia el unilateralismo; simplemente llevó la retirada del multilateralismo -que ya había comenzado en 2003- a su clímax. Incluso el controvertido bloqueo de jueces de su administración a la corte de apelaciones de la OMC fue una extensión de prácticas anteriores. En 2016, la administración Obama, supuestamente multilateralista, destituyó a un miembro del Órgano de Apelación de Corea porque no estaba de acuerdo con las sentencias de este último en cuatro disputas comerciales que involucraban a Estados Unidos.

Incapaz de superar el obstruccionismo estadounidense, el director general de la OMC Roberto Azevêdo renunció en 2020, un año antes de que supuestamente terminara su mandato. El diplomático nigeriano Ngozi Okonjo-Iweala fue favorecido por la mayoría de los miembros como reemplazo, pero Washington retrasó el proceso mientras esperaba a otro candidato que se consideraba más comprensivo con los intereses de Estados Unidos.

Los miembros de la OMC han buscado una mayor cooperación de Washington bajo la administración Biden. El primer movimiento de su equipo pareció alentador: dejó de bloquear a Okonjo-Iweala, que ahora es la primera mujer en encabezar la OMC. Pero dados los dieciocho años de unilateralismo bajo las administraciones republicana y demócrata, pocos miembros de la organización están a la espera de cambios más significativos en el comportamiento de Washington.

Los términos y condiciones del FMI

Si bien la posición del FMI ni la del Banco Mundial está tan perjudicada como la de la OMC, su situación sigue siendo grave. Bajo la exdirectora gerente Christine Lagarde, el FMI había servido como miembro de la llamada Troika, junto con la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, que impuso salvajes programas de austeridad en Irlanda y Grecia tras la crisis financiera mundial de 2008. El papel del FMI en salvar a los bancos europeos presionando a los pueblos irlandés y griego demostró que no se había desviado del enfoque que adoptó tras la crisis financiera asiática de 1997-1998: recortar los presupuestos gubernamentales, despedir a la gente y canalizar los ahorros de este proceso draconiano hacia pagar a los acreedores del sector privado. Estas medidas «procíclicas» debían adoptarse incluso si impedían un retorno temprano al crecimiento y causaban un dolor generalizado.

El COVID-19 pareció ser un balón de oxígeno para las relaciones públicas del FMI. La actual directora gerente, Kristalina Georgieva, se jactó de un cofre de guerra de 1 billón de dólares que el fondo estaba dispuesto a desembolsar para enfrentar el desafío de lo que la misma directora calificó de una «pandemia única en la vida». Solo había un problema: muchos miembros del FMI que necesitaban con urgencia el efectivo no estaban mordiendo el anzuelo. Un programa de «alivio de la deuda» de 20.000 millones de dólares para unos veinticinco países africanos encontró pocos interesados; solo Camerún, Côte d’Ivoire, Etiopía y Senegal solicitaron fondos.

Los otros países estaban preocupados no solo porque habían presenciado cómo el FMI pasaba por el rodillo a Grecia, Irlanda y otros países europeos, sino porque habían leído la letra pequeña. Descubrieron que el FMI estaba ofreciendo préstamos, no donaciones; que la iniciativa no era la cancelación de la deuda, sino una reestructuración de los préstamos adeudados a los gobiernos de los países ricos por los países deudores para que pudieran hacer sus pagos de deuda posteriormente; y que aceptar un préstamo sometería a un país al mismo régimen de condicionalidades y vigilancia temidas que acompañaba a los préstamos habituales del FMI.

En resumen, los países en desarrollo consideraron que los programas del FMI para combatir los efectos del COVID-19 eran más de lo mismo: préstamos que los colocarían en lo que Cheryl Payer ha llamado acertadamente la «trampa de la deuda». Un desincentivo adicional fue el temor a ser incluido en la lista de vigilancia de los bancos privados que veían la solicitud de ayuda del FMI como un indicador de no ser solvente. Cuando se le preguntó por qué el FMI no canceló simplemente la enorme deuda de los países en desarrollo a la luz del catastrófico impacto económico de COVID-19, Georgieva ofreció la excusa poco convincente de que sus estatutos no lo permitían.

Problemas de credibilidad en el Banco Mundial

La razón de ser oficial del Banco Mundial es poner fin a la pobreza. Pero la pobreza estaba en aumento incluso antes de COVID-19. Se había vuelto especialmente grave en África, debido en parte a las condiciones creadas por los préstamos neoliberales para el ajuste estructural del Banco Mundial y los de una institución hermana, el FMI.

Este no es el único problema de reputación al que debe hacer frente el Banco Mundial. Si bien un estudio encargado por el Banco hizo sonar la alarma sobre los efectos de un aumento de temperatura promedio de 4°C para el cambio de siglo, la agencia ha sido vulnerable a acusaciones de hipocresía por continuar promoviendo la inversión en multitud de plantas de carbón en todo el mundo, unas de las grandes fuentes de emisiones de carbono. También está profundamente involucrado en el embrollo en torno al Programa de las Naciones Unidas para la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de los Bosques, o REDD+, muchos de cuyos proyectos financia. Los pueblos indígenas de todo el mundo llaman al programa una receta para la desposesión de aquellas comunidades que dependen de los bosques.

Estos problemas son indicativos de una crisis de legitimidad todavía más profunda: el colapso de la lógica detrás del neoliberalismo, la liberalización comercial y la globalización frente a la creciente pobreza y desigualdad, el cambio climático y el estancamiento económico global. El Banco Mundial sigue apoyando la liberalización del comercio, pero su defensa se ha vuelto cada vez más silenciosa.

De hecho, algunas figuras prominentemente identificadas con el neoliberalismo respaldado por el Banco Mundial se han retractado. En su libro de 2018 The Future of Capitalism, el gurú de la economía de Oxford Paul Collier, quien se desempeñó como director del Grupo de Investigación sobre el Desarrollo del Banco de 1998 a 2003, critica a toda la profesión de la economía por su defensa de la globalización y el libre comercio:

“La profesión ha sido poco profesional, temerosa de que cualquier crítica fortaleciera el populismo, por lo que se ha trabajado poco en las desventajas de estos diferentes procesos. Sin embargo, los inconvenientes eran evidentes para los ciudadanos comunes, y el aparente rechazo de los economistas a dichos inconvenientes ha resultado en una negativa generalizada de la gente a escuchar a los ‘expertos’. Para que mi profesión restablezca su credibilidad, debemos proporcionar un análisis más equilibrado, en el que se reconozcan y evalúen adecuadamente las desventajas con miras a diseñar políticas que las aborden. La profesión saldrá más reforzada entonando el mea culpa que con más defensas indignadas de la globalización».

El reinado del Norte Global

Las instituciones de Bretton Woods no solo están sufriendo crisis políticas y un paradigma intelectual destrozado, sino también una disputa debilitante y prolongada sobre la reforma de la gobernanza. A pesar de unos cincuenta años de intentos, los países del Sur Global no han logrado que los poderes dominantes en ambas instituciones acepten ni siquiera una mínima reforma.

En el FMI, Estados Unidos tiene más del 16% del poder de voto, lo que le otorga un veto efectivo sobre cualquier cambio en los estatutos o políticas importantes. Europa es el siguiente bloque más poderoso del FMI. Los cuatro BRICS más grandes (Brasil, Rusia, India y China) son responsables de más del 24% del PIB mundial, en comparación con el 13% de las cuatro economías europeas más grandes (Alemania, Francia, Reino Unido e Italia). Sin embargo, los primeros tienen una participación combinada de votos del FMI de solo el 10%, en comparación con el casi 18% de las cuatro naciones europeas. Los cambios de poder de voto prometidos desde hace mucho tiempo de los países desarrollados a los países en desarrollo han representado un cambio marginal del 2,6%, según los analistas Robert H. Wade y Jakob Vestergaard. Mientras tanto, Europa sigue sin estar dispuesta a renunciar a su «derecho» a nombrar al director/a gerente del fondo.

Problemas similares afectan al Banco Mundial. Estados Unidos ejerce casi el 16% del poder de voto y puede contar con su influencia en los países europeos. En una «realineación» de las acciones con derecho a voto en el Banco Mundial hace unos años, según el Proyecto Bretton Woods, la proporción de votos en África aumentó en menos del 0,2%. Los países de ingresos altos continúan aferrándose a casi el 61% de los votos, mientras que los países de ingresos medios tienen menos del 35% y los países de bajos ingresos menos del 5%. Además, Estados Unidos ha mantenido el privilegio de nombrar al director del Banco Mundial.

Transición hegemónica

La crisis del sistema multilateral dominado por Occidente solo puede profundizarse con la fatal conjunción en los Estados Unidos de una pandemia fuera de control junto con la erosión de las instituciones políticas y el desmoronamiento de la economía.

El poder estadounidense ha apuntalado el sistema, pero la reputación internacional del país se encuentra en su punto más bajo en décadas. Mientras tanto, un gran número de estadounidenses ha dado prioridad a abordar los problemas internos del país y ha alimentado un nuevo estado de ánimo aislacionista, que Trump ya encarnó y que resultará difícil de revertir por Biden.

Debido a la transferencia de gran parte de la base industrial estadounidense a China por parte de las corporaciones transnacionales estadounidenses y a sus propios rápidos avances tecnológicos, China se ha convertido en el nuevo centro de acumulación de capital global.

En los últimos años, Pekín se ha movido al espacio ideológico que ha dejado vacante unos Estados Unidos desanimados. Antes del coronavirus, China articuló una visión de la «conectividad» como la próxima fase de la globalización, acompañándola con la iniciativa de 1 billón de dólares para la Nueva Ruta de la Seda, que tiene como objetivo integrar la masa continental euroasiática a través de proyectos de infraestructura, ferrocarriles y generación de energía.

Pekín también ha liderado la creación de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés), un acuerdo de libre comercio firmado recientemente que reúne a quince países de Asia y el Pacífico. Muchos observadores ven un incipiente sistema multilateral emergiendo en una serie de iniciativas en las que Pekín ha tomado la delantera en su promoción: el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el Nuevo Banco de Desarrollo y el Acuerdo de Reservas de Contingencia.

Pekín ha impulsado estas iniciativas con mucha cautela, al igual que lo ha hecho al promover el renminbi como una posible moneda de reserva. Según el discurso de China, estas instituciones no buscan suplantar, sino coexistir con el FMI, el Banco Mundial y la OMC. De hecho, China ha contado con el asesoramiento y la cooperación del FMI y el Banco Mundial para su creación. Los líderes chinos obviamente están tratando de suavizar las expectativas sobre estas instituciones, aparentemente preocupados por la carga de responsabilidad que se espera de una gran potencia.

En lugar de ser desplazadas o asumidas por los chinos, es probable que las instituciones de Bretton Woods sigan avanzando a medias, proporcionando cierta competencia ideológica a los chinos al promover un desarrollo dirigido por las empresas en lugar de uno dirigido por el estado, pero incapaces de competir con ellos en cuanto a recursos. Cuando se trata de pedir dinero prestado o buscar ayuda para el desarrollo, cada vez más países del Sur Global se abrirán camino hacia Pekín en lugar de hacia la sede del FMI y el Banco Mundial en Washington.

Igualmente, el sistema de comercio mundial se está desplazando hacia una mezcla de instituciones, incluida una OMC muy debilitada, acuerdos regionales como el RCEP, bloques comerciales de países en desarrollo como Mercosur en América del Sur, tratados bilaterales como el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Corea, así como acuerdos de libre comercio no institucionalizados e iniciativas bilaterales y unilaterales.

Esta situación guarda cierto parecido con la era anterior a la OMC. Para muchos países en desarrollo, el período comprendido entre 1948 y 1995 bajo el débil régimen comercial del GATT fue una época con mayor margen de desarrollo, debido a la falta de presión para abrir los sectores agrícola y manufacturero, los débiles mecanismos de disputas comerciales y la ausencia de medidas de perjudiciales para el desarrollo como el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio. En ausencia de un multilateralismo genuino, no distorsionado por el poder de un líder hegemónico asertivo, el régimen comercial actual bien puede ser el mejor sistema para el Sur Global que sea realmente posible.

El fin de una era

El libre flujo de capitales y bienes que las instituciones multilaterales promovieron durante la larga era de Bretton Woods ha sido una bendición para las corporaciones occidentales, particularmente las estadounidenses, y un importante contribuyente al aumento de la desigualdad global. La desindustrialización y el estancamiento de los salarios provocados por la liberalización del comercio y el capital ha sido el destino de la clase trabajadora en la última parte de este período. En el Sur Global, la reducción radical de los aranceles, la eliminación de las cuotas de importación, la imposición de acuerdos monopolísticos en beneficio del Norte Global, los programas de ajuste estructural y los ciclos de deuda promovidos por el FMI, el Banco Mundial y la OMC han implicado la miseria para cientos de millones de personas.

Hubo países en desarrollo en Asia oriental que prosperaron bajo este sistema. Pero esto fue solo porque despreciaron alegremente las prescripciones neoliberales incluso cuando prometieron cumplir con estos «principios». La más notable entre estas excepciones fue China, cuyo poderoso gobierno posrevolucionario permitió a las corporaciones del Norte obtener superbeneficios mediante la explotación de la mano de obra china, mientras utilizaba sus inversiones para desarrollar sectores clave de la economía y forzar la transferencia de tecnología, un proceso que eventualmente acabaría con la presencia de dichas corporaciones.

Estas «excepciones» están cambiando el centro de la acumulación de capital global y, no solo presentan un modelo de desarrollo alternativo, sino que son una fuerza contraria a las instituciones económicas multilaterales y de Estados Unidos que le fallaron al Sur Global.

es un reconocido intelectual filipino. Es presidente nacional de la coalición Laban ng Masa y es profesor adjunto de sociología en la Universidad Estatal de Nueva York en Binghamton y autor de 25 libros, el más reciente de los cuales es Paper Dragons: China and the Next Crash. (2019) y Contrarrevolución: El ascenso global de la extrema derecha (2019).

Fuente:

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article57566

Traducción:Miquel Caum Julio

Los principios del poskeynesianismo

Por Michael Roberts

Como la economía marxista o convencional, la economía keynesiana tiene varias corrientes. Hay una economía keynesiana vista dentro de los parámetros de la economía de equilibrio general, donde los cambios en los ingresos y gastos, el consumo y la inversión, las tasas de interés y el empleo tenderán a un equilibrio entre el empleo y la inflación, siempre que no existan ‘shocks’ exógenos que afecten a la economía de mercado.   Si los salarios y las tasas de interés caen lo suficiente, se logrará el pleno empleo y el crecimiento de la inversión.

Esto es lo que Joan Robinson, una seguidora de Keynes, llamó «keynesianismo bastardo». Una corriente que elimina todas las características radicales de la economía keynesiana, que, para Robinson, políticamente una cuasi maoísta, partía de que no podía lograrse automáticamente el pleno empleo en las economías de «mercado» modernas. Es más probable que haya un equilibrio de subempleo; y que esto se debe a la incertidumbre sobre el futuro de los capitalistas a la hora de tomar decisiones de inversión y a la irracionalidad de los «agentes» económicos como los consumidores y los capitalistas.

Esta visión radical de la economía keynesiana ha llegado a denominarse poskeynesianismo (PK), y los principales proponentes fueron contemporáneos de Keynes como Robinson y Michal Kalecki, el marxista-keynesiano ; y más tarde Hyman Minsky, el socialista-keynesiano. Ahora hay toda una escuela de economía poskeynesiana , con revistas, conferencias y think-tanks.

La economía PK domina e influye en las opiniones y políticas de la izquierda en los movimientos laboristas de las principales economías (Corbynomics, Sanders, etc.). Es el ala radical de la teoría economica keynesiana en general, que a su vez ha dominado el movimiento obrero desde Keynes (excepto en períodos posteriores a la década de 1980, cuando las teorías neoliberales del «mercado libre» de la corriente ortodoxa influyeron en los líderes sindicales durante algunas décadas).

En mi blog he gastado mucha tinta explicando en que se diferencia la economía marxista de la economía keynesiana en todos sus aspectos.  Para mí, un enfoque marxista de la teoría y la política explica mejor la naturaleza del capitalismo y cuáles son las políticas correctas que debe adoptar el movimiento obrero en su lucha contra el capital y por una sociedad mejor para todos. De hecho, creo que la economía keynesiana es un obstáculo para lograrlo, principalmente porque su análisis del capitalismo es incorrecto. Además, su conclusión política es que el capitalismo puede reformarse o gestionarse de manera que funcione para todos con unos pocos ajustes políticos inteligentes.

La teoría PK, porque parece mucho más radical (en el sentido de que considera que el capitalismo no puede ser gestionado fácilmente para beneficio de todos) y porque muchos de sus exponentes se consideran socialistas (incluso marxistas), es aún más engañosa ya que se basa en una visión radical del keynesianismo y, sin embargo, Keynes no era tan radical como los seguidores del PK creen que era.

Permítanme, una vez más, examinar las ideas básicas de la economía poskeynesiana.

Para ello, me basaré en un artículo reciente titulado “La visión poskeynesiana del mundo en cinco principios”, basado en una charla que dio un tal ‘Alex’ al Instituto Berggruen en zoom.

Alex primero nos habla de la creciente popularidad del «poskeynesianismo» después de la crisis financiera mundial y la crisis del COVID. Alex reconoce que se ha vuelto popular porque «a los mercados financieros les encanta, porque explica bien cómo funciona la economía, lo cual es útil si tu salario depende de comprender como funciona la economía».

No estoy seguro de que sea una buena razón el que a los analistas financieros aparentemente «les encante» para estar de acuerdo con el PK. Pero Alex continúa explicando que el PK “proporciona una buena heurística causal para comprender el impacto de los flujos financieros en la producción y en la economía en general. También aconseja realismo a la hora del impacto de las políticas públicas en los resultados económicos. La deuda pública y la deuda privada son diferentes, la oferta monetaria no causa inflación, la deuda privada finalmente tiene que saldarse y tendrá un impacto real si no se hace».

Entonces, según Alex, el PK explica mejor cómo funciona la economía moderna y por qué la deuda (particularmente la deuda privada) es importante. Una rama del PK, la Teoría monetaria moderna (TMM), nos ha iluminado recientemente sobre el funcionamiento del dinero en el capitalismo, reconoce Alex, y como dice, “la TMM surgió originalmente de la agenda de investigación poskeynesiana, y gran parte de su modelo económico subyacente es aún muy poskeynesiano en su estructura «.   Por tanto, mi crítica de la TMM también se aplica al PK.

Alex hace después una declaración interesante.   “En una economía capitalista, la producción se realiza con fines de lucro y no de uso. Como tal, el valor generalmente se mide utilizando la convención social de la contabilidad. La producción ocurre anticipándose a los flujos de dinero, al igual que la inversión y el consumo. Desde este punto de vista, las cosas valen su valor contable, más o menos, y los actores económicos actúan sobre la base de estos valores contables. Lo que piensan los poskeynesianos es que esto representa un buen punto de partida para la teorización económica, para utilizar las cantidades que utilizan los propios actores”.

¿Qué significa esto? Alex parece adoptar el punto básico de la ley del valor de Marx: a saber, que la producción capitalista tiene como finalidad el lucro, no el uso social. Y deberíamos medir el valor en términos monetarios como lo hacen los capitalistas. Esto suena prometedor. Pero luego Alex pasa directamente a hablar de flujos de dinero e inversión y consumo. No se menciona más el papel del beneficio, después de habernos dicho que la producción capitalista tiene como finalidad el beneficio, no la inversión o el consumo. En mi opinión, esto es típico de los seguidores del PK. Muy rápidamente prescinden del lucro en sus explicaciones teóricas, como veremos más adelante.

Habiendo prescindido del papel de los beneficios, Alex nos dice que, en cambio, deberíamos considerar las economías modernas desde una “ visión de la economía en su conjunto basada en el balance. Los actores individuales tienen activos y pasivos, ingresos y gastos. El activo de alguien es la responsabilidad de otro y viceversa. Todo está interrelacionado mediante el uso de estas convenciones «.

Así pasamos del motor subyacente de las economías capitalistas: el beneficio y lo que está sucediendo con las ganancias y la rentabilidad a “estudiar el flujo de pagos y la acumulación de activos, no la asignación de recursos escasos para sus fines más eficientes. Uno de los principales beneficios que tiene este enfoque es que descarta algunos resultados imposibles: no todos pueden tener un superávit comercial, si hay un déficit comercial, el sector privado o el sector público tienen que tener un déficit para financiarlo».

Así que reducimos rápidamente a macroidentidades al analizar las economías, es decir, ingresos = gastos; déficit y superávit de los sectores público y privado; balances comerciales, etc. Pero nada sobre el beneficio o el origen del beneficio.

«Nuestro siguiente principio es que todo es expectativa«. Alex nos dice que un principio clave del PK es analizar las «expectativas». “Las expectativas informan las acciones y estas acciones, a su vez, crean realidad. Quizás el modelo más simple del ciclo causal keynesiano es decir que la demanda esperada impulsa la inversión, la inversión impulsa el empleo, el empleo impulsa los salarios, los salarios impulsan el consumo, el consumo impulsa la demanda y la demanda valida la inversión. La demanda esperada impulsa la inversión, porque las empresas solo invierten en capacidad adicional o en contratar más trabajadores cuando piensan que más personas querrán comprar su producto en el futuro que en el momento presente. Si esperaran la misma demanda, o menos, no habría necesidad de invertir en absoluto. Podrían seguir utilizando el mismo equipamiento».

Así que aquí está. La inversión bajo el capitalismo no está impulsada por el beneficio o la rentabilidad, después de todo, sino por las «expectativas», y ni siquiera por el beneficio futuro, sino por la «demanda esperada». Esto impulsa la inversión que, a su vez, genera empleo y salarios.

Pero, ¿es esta la secuencia causal en la producción y acumulación capitalistas? En muchas publicaciones anteriores, he destacado la macro ecuación clave en las identidades poskeynesianas.  Aquí está de nuevo.

Renta Nacional = Gasto Nacional

Renta Nacional = Beneficios + Salarios

Gasto Nacional = Inversión + Consumo.

Entonces, ganancias + salarios = inversión + consumo

Si asumimos que los trabajadores gastan todo su salario en consumo y los capitalistas invierten todas sus ganancias, obtenemos:

Beneficios = Inversión

Según la teoría PK, es la inversión la que genera las ganancias, no al revés. Y la ‘demanda esperada’ impulsa la inversión (dice Alex) y la inversión impulsa los salarios y las ganancias.

O como Michel Kalecki, cuya ecuación es esta , dijo: ‘los trabajadores gastan (Consumo) lo que obtienen (Salarios); y los capitalistas obtienen (Beneficios) que gastan (Inversión) ‘.

En mi opinión, esta es una visión manifiestamente errónea sobre la economía capitalista. En lugar de que la inversión impulse las ganancias como se indicó anteriormente, la realidad es que las ganancias impulsan la inversión. Por lo tanto, la inversión capitalista no es el resultado del nivel de ‘demanda esperada’, o de una visión psicológica completamente subjetiva de los inversores que tienen lo que Keynes llamó ‘espíritus animales’, sino el resultado de una medida objetiva de la rentabilidad previa (y probable) de la inversión. Pero al igual que con Keynes, PK no quiere poner las ganancias por delante, sino reducirlas a una consecuencia de la inversión (o, en realidad, ocultarlas del análisis por completo). Para más información, lea el excelente capítulo 3 de José Tapia en World in Crisis.

Alex se refiere al trabajo de Hyman Minsky, un teórico PK que se basó en gran medida en las «expectativas» para explicar las decisiones de inversión. «Hyman Minsky habla de esto extensamente: si cree que el precio de un activo se disparará, comience a comprarlo para obtener ganancias. Incluso puede pedir dinero prestado y usar ese dinero para comprar más. A medida que aumenta el precio, también aumenta la cantidad contra la que puede pedir prestado, y el precio comienza a volar. Todo el episodio de Gamestop del mes pasado fue una versión de esto que utilizó opciones de compra en lugar de préstamos de margen, pero el principio es similar. El problema surge para Minsky cuando se cortan los préstamos: no hay nada que sustente los precios y todo se derrumba. A veces, la operación de expectativas extremas puede crear locura en los mercados financieros que puede tener consecuencias nefastas para la economía en general «.

Entonces, según Alex (y Minsky), las «expectativas extremas» crean una «locura en los mercados financieros » que hace que toda la economía se derrumbe como en el colapso financiero global de 2008. Pero, ¿por qué todo se derrumba después de haber ido tan bien, gracias a las ‘expectativas extremas’? Pero esta es una respuesta que solo plantea la pregunta de por qué las expectativas son buenas en un momento y luego ‘extremas’ en otro. ¿Qué las hace extremas?

Sin duda, los minkistas citarán la famosa frase de Minsky de que «la estabilidad genera inestabilidad» .   Pero de nuevo, esta es solo una frase inteligente para cubrir el hecho de que la teoría PK no tiene una teoría de las crisis financieras, excepto que ocurren cuando las cosas se ponen ‘extremas’.

En mi opinión, la teoría económica marxista tiene una respuesta. Se basa en una visión objetiva de las leyes de movimiento bajo el capitalismo, en concreto los cambios en la rentabilidad del capital productivo (generador de valor). Si la rentabilidad es baja en los sectores productivos, los capitalistas intentan contrarrestar esto de varias formas, una de las cuales es invertir en lo que Marx llamó capital ficticio. Pero las ganancias financieras aún dependen de la rentabilidad de los sectores productivos y si la rentabilidad cae hasta el punto que cae la masa de ganancias o el nuevo valor (salarios y ganancias), se produce una crisis en el sector productivo que se extiende al sector financiero.   Yo y otros académicos marxistas hemos proporcionado mucha evidencia empírica para explicar las recesiones y, en particular, el colapso financiero mundial y la consiguiente Gran Recesión, no como un «momento Minsky» en el que la estabilidad financiera se convierte repentinamente en inestabilidad, sino como un «momento Marx»; cuando los beneficios caen hasta el punto que el valor de los medios de producción y el trabajo deben devaluarse, incluidos los activos ficticios.

De hecho,  como ha demostrado G Carchedi  (ver gráfico a continuación), cuando  tanto los beneficios financieros como los beneficios del sector productivo comienzan a caer, se produce una recesión económica. Esa es la evidencia de las recesiones de la posguerra en Estados Unidos.  Pero una crisis financiera por sí sola (medida por la caída de los beneficios financieros) no conduce a una recesión si los beneficios del sector productivo siguen aumentando. ver Carchedi, páginas 59-62 Capítulo 2 de World in Crisis.

No obstante, Alex continúa defendiendo la opinión PK de que “la demanda crea oferta, impulsando la inversión. Entonces, la inversión crea tanto los ahorros como el capital social, mientras que el capital social, a su vez, crea recursos».Nuevamente, no hay explicación de por qué la demanda se desacelera o cae, lo que lleva a un colapso de la inversión.  “El consumo, no el ahorro, impulsa la inversión y ayuda a la sociedad a prepararse para el futuro”, dice Alex. Pero la evidencia empírica es todo lo contrario. En casi todas las recesiones en los EEUU desde 1945, ha sido la inversión la que se ha hundido antes, mientras que el consumo apenas ha disminuido. Y, de manera decisiva, sus ganancias han llevado a la inversión a recesiones y a salir de ellas, no al revés.

Alex cita: “Keynes cita, como es muy conocido, la “Fábula de las abejas” en la Teoría general. Resumiendo rápidamente, la fábula cuenta la historia de una comunidad que proscribe el lujo y es mucho más pobre cuando todos los que solían trabajar en la producción de lujo se quedan sin trabajo«. Este es el argumento absurdo ofrecidos por Keynes y antes de él, a principios del siglo XIX por el párroco reaccionaria Thomas Malthus, de que sin gente rica que gaste, habría una ‘falta de demanda’ y las economías entraría en depresión. Estas son palabras tranquilizadoras para los oídos de los multimillonarios que poseen los FAANG (además de ser empíricamente incorrectas, ya que muchos estudios muestran que los ricos tienden a ahorrar más que los pobres, como lo han hecho durante la crisis del COVID).

Según Alex, lo equivocado de las teorías alternativas de las crisis es que asumen que la inversión debe provenir del ahorro, por lo que el consumo debe reducirse para permitir la inversión. “En la versión ricardiana, que todavía hoy utilizan los marxistas y austriacos, el principal fondo de inversión es el ahorro. El supuesto es que la economía tiene una capacidad máxima de ahorro y que se ahorra todo lo que no se consume en un período determinado. Para invertir, el ahorro debe ser lo primero, por lo que ipso facto debe reducirse el consumo para aumentar la inversión”.

Alex cree que Keynes destrozó este punto de vista con su idea de la paradoja del ahorro. “Si todos intentan aumentar su tasa de ahorro, eso significa que están reduciendo su tasa de consumo. Si su tasa de consumo disminuye, los ingresos de las personas que venden cosas para consumir disminuyen. El problema es que la producción total está determinada por el consumo y la inversión. Si la inversión se mantiene constante y el consumo cae, la producción total cae. La tasa de ahorro aumenta, pero solo porque ahora todos están ahorrando la misma cantidad en dólares con un ingreso más bajo en dólares».

Como dice Alex, el PK de Kalecki “analiza la misma idea desde el lado de la empresa, en lugar del lado del hogar. Si los empleadores minimizan los costos minimizando los salarios en su conjunto, terminan canibalizando la base de consumo de la economía en su conjunto, lo que afecta a las ganancias. Si va por el otro lado y se deja que los salarios aumenten, la tasa de ganancia aumenta al mismo tiempo».

Aquí hay dos cosas. Puede que la escuela austriaca crea que los ahorros son necesarios para la inversión, pero no la teoría económica marxista. No son los «ahorros» lo que se requiere para la inversión, sino las ganancias o los ahorros capitalistas. No se requiere el ahorro de los hogares para iniciar el proceso de acumulación capitalista. Lo que sigue es que las ganancias conducen a la inversión que a su vez conduce al empleo, ingresos y finalmente al consumo, lo contrario de la visión PK. ¿Cual es correcta? Ya he citado la evidencia.

De hecho, no existe tanto una ‘paradoja de la frugalidad’ al estilo keynesiano sino una ‘paradoja de la rentabilidad’, es decir, a medida que los capitalistas se esfuerzan por aumentar su rentabilidad individual a través de inversiones en medios de producción y desprenderse de mano de obra, en realidad reducen la rentabilidad global de la economía capitalista y eventualmente provocan una crisis.

El segundo punto es que la teoría de Kalecki conduce a una visión ecléctica de las crisis. A veces, están «impulsadas ​​por los salarios», es decir, los salarios y el consumo son demasiado bajos para sostener el crecimiento y, a veces, están «impulsadas ​​por las ganancias», es decir, los salarios son demasiado altos y las ganancias demasiado bajas para sostener el crecimiento. Pero tampoco se encontrarán los dos. No existe una teoría coherente de las causas de las crisis regulares y recurrentes cada 8-10 años; a veces es una cosa y a veces es otra.

Eso me lleva a las conclusiones de política económica del PK, según Alex. Alex no ve la necesidad de acabar con el sistema de mercado de producción e inversión. En cambio, la tarea del estado es regular y contrarrestar los fracasos y desigualdades de la economía capitalista. Como dice Alex, “este es un desarrollo de la posición de John Kenneth Galbraith, que el estado está destinado a ser un “poder compensatorio” de las empresas en el mercado. Si a los estados no les gusta el impacto social de la forma como los actores privados gobiernan los mercados, son más o menos capaces de intervenir y cambiar las cosas. Es imposible decir que esto no es legítimo, porque el Estado es uno de los muchos actores del mercado, pero tampoco es particularmente radical decir que es legítimo”.  Sí, desde luego no es muy radical.

Para Alex y el PK, “un mercado es solo una tecnología administrativa que brinda a los actores un lugar para coordinarse. Un precio es solo una de las muchas señales que se obtienen en un mercado que funciona bien».  ¿Qué es eso de un mercado que «funciona bien»? Difícilmente se supone que ese sea el punto de vista PK, ¿verdad? O tal vez lo sea.

Alex continúa su explicación tirando a la basura una teoría clasista del capitalismo moderno: “La idea de que existe una lógica global para todas las estructuras de gobernanza del mercado contingente a las que se llegó a través de los procesos anteriores acaba condenando a la mayoría de los análisis convencionales, pero también a la mayoría de los análisis marxistas. No existe una “lógica” unificada subyacente del capitalismo, solo una serie de estructuras de gobierno interactivas y en competencia. Ningún comportamiento individual o grupal es realmente acorde con el comportamiento estructural emergente». 

Alex quiere descartar la idea marxista de que existen estructuras sociales específicas basadas en diferentes modos de producción y clases basadas en esos modos y estructura. Para él, la economía no es economía política, sino como establecer una “tecnología administrativa” para hacer que el capitalismo funcione para todos.

Cuando llegamos al final del análisis teórico, también terminamos con la misma visión pro-capitalista que el ‘keynesianismo bastardo’ o incluso que la economía neoclásica dominante. El objetivo de la política económica PK es regular el sistema capitalista y utilizar al estado para «compensar» sus fallos con el fin de producir un «mercado que funcione mejor». Pero incluso Alex tiene que admitir al final de su explicación de los ‘principios’ del PK, que «ningún sistema regulatorio es realmente definitivo, y el capitalismo nunca se arregla realmente, el único objetivo es pasar al siguiente escenario».   En efecto.

economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2021/04/26/post-keynesianism-the-principles/

Cathy O’Neil: «La próxima revolución política será por el control de los algoritmos»

«Solo sabemos que funcionan bien para quien los diseña, pero pueden ser tremendamente injustos para las personas objetivo», defiende la matemática Cathy O’Neil

Palabra de dios. Por mandato real. Es la economía, estúpido. La historia ofrece constantemente ejemplos de cómo las personas recurrimos al mito de la autoridad superior para revestir de una supuesta justicia objetiva nuestras decisiones. Para Cathy O’Neil, los algoritmos son el siguiente mito en esa lista.

¿Qué prejuicios tienen los robots sin prejuicios?

O’Neil, matemática doctorada en Harvard, posdoctorada en el MIT, fue una de las primeras en señalar que nuestro nuevo emperador también está desnudo. Un algoritmo (o la celebrada Inteligencia Artificial, que «no es más que un término de marketing para nombrar a los algoritmos») es tan machista, racista o discriminador como aquel que lo diseña. Mal programados, pueden llegar a ser Armas de Destrucción Matemática (Capitán Swing), como detalla en su libro sobre el peligro que representan para la democracia.

Defiende que existe una diferencia entre lo que la gente piensa que es un algoritmo y lo que realmente es un algoritmo. ¿Cuál es?

La gente piensa que un algoritmo es un método para tratar de llegar a una verdad objetiva. Hemos desarrollado una fe ciega en ellos porque pensamos que hay una autoridad científica detrás.

En realidad un algoritmo es algo tonto, básicamente un sistema de perfiles demográficos generado a partir del big data. Averigua si eres un cliente que paga o cuáles son tus posibilidades para comprar una casa en base a pistas que has ido dejando, como cuál es tu clase social, tu riqueza, tu raza o tu etnia.

¿Qué es un arma de destrucción matemática?

Es un algoritmo importante, secreto y destructivo. Injusto para los individuos que evalúa.

Normalmente son un sistema de puntuación. Si tienes una puntuación lo suficientemente elevada se te da una opción, pero si no la consigues se te deniega. Puede ser un puesto de trabajo o la admisión en la universidad, una tarjeta de crédito o una póliza de seguros. El algoritmo te asigna una puntuación de manera secreta, no puedes entenderla, no puedes plantear un recurso. Utiliza un método de decisión injusto.

Sin embargo, no solo es algo injusto para el individuo, sino que normalmente este sistema de decisión es algo destructivo también para la sociedad. Con los algoritmos estamos tratando de trascender el prejuicio humano, estamos tratando de poner en marcha una herramienta científica. Si fracasan, provocan que la sociedad entre un bucle destructivo, porque aumentan la desigualdad progresivamente.

Pero también puede ser algo más preciso. Puede ser un algoritmo para decidir quién accede a la libertad condicional racista, uno que determina qué barrios sufren una mayor presión policial en función de la presencia de minorías…

¿A quién le pedimos cuentas cuando un algoritmo es injusto?

Es una buena pregunta. La semana pasada salió a la luz que luz que Amazon tenía un algoritmo de selección de personal sexista. Cada vez que ocurre algo así, las empresas se muestran sorprendidas, toda la comunidad tecnológica se muestra sorprendida. En realidad es una reacción fingida, hay ejemplos de algoritmos discriminatorios por todas partes.

Si admitieran que los algoritmos son imperfectos y que potencialmente pueden ser racistas o sexistas, ilegales, entonces tendrían que abordar este problema para todos los algoritmos que están utilizando. Si hacen como si nadie supiera nada pueden seguir promulgando esta fe ciega en los algoritmos, que ellos en realidad no tienen, pero que saben que el resto del público tiene.

Por eso escribí el libro, para que la gente deje de estar intimidada por los modelos matemáticos. No hay que abandonar la automatización ni dejar de confiar en los algoritmos, pero sí exigir que rindan cuentas. Sobre todo cuando actúan en un campo en el que no hay una definición clara de qué es «éxito». Ese es el tipo de algoritmo que me preocupa. Quien controle el algoritmo controla la definición de éxito. Los algoritmos siempre funcionan bien para la gente que los diseña, pero no sabemos si funcionan bien para la gente objetivo de esos algoritmos. Pueden ser tremendamente injustos para ellos.

¿La próxima revolución política será por el control de los algoritmos?

En cierto sentido, sí. Creo que los algoritmos reemplazarán todos los procesos burocráticos humanos porque son más baratos, más fáciles de mantener y mucho más fáciles de controlar. Así que, sí: la cuestión sobre quién tiene el control está relacionada con quién despliega ese algoritmo. Espero que nosotros tengamos un control con rendición de cuentas sobre ellos.

Pero si nos fijamos en un lugar como China, donde hay sistemas de puntuaciones sociales que son intentos explícitos de controlar a los ciudadanos, no tengo tanta esperanza sobre que los ciudadanos chinos puedan ser los propietarios de esos algoritmos. En estos casos estamos hablando de una distopía, una sociedad de vigilancia en la que el Gobierno controla a los ciudadanos con los algoritmos, como una amenaza real. Es algo que puede pasar.

De momento el poder político no ha hecho mucho por mejorar la transparencia de los algoritmos.

Sí, es un problema real. Los políticos piensan que desde su posición tendrán en su mano controlar los algoritmos, así que no quieren renunciar a este poder, aunque sea malo para la democracia.

Es una consideración muy seria. Como digo en el libro, Obama fue adorado por la izquierda por su uso del big data para aumentar las donaciones o mejorar la segmentación de mensajes. Pero eso fue un precedente muy peligroso: en las últimas elecciones hemos visto como la campaña de Trump logró suprimir el voto de los afroamericanos gracias a esa misma segmentación de mensajes a través de los algoritmos de Facebook.

Publicó su libro en 2016. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Cuando escribí el libro yo no conocía a nadie preocupado por este tema. Eso sí ha cambiado. Vengo de Barcelona, donde he visto a 300 personas, mayoritariamente jóvenes, preocupadas por este tema. Es un fenómeno emergente a nivel mundial, la gente está empezando a ver el daño, el mal que hay aquí. La mayor parte de este daño algorítmico no se ve, no es visible. Que la gente sea más consciente hace que podamos esperar que haya una demanda para que los algoritmos rindan cuentas. Espero que eso ocurra.

 @cdelcastillom

Fuente: https://www.eldiario.es/tecnologia/proxima-revolucion-politica-control-algoritmos_128_1864351.amp.html

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