Evald Iliénkov: “Sobre el papel de la contradicción en el conocimiento”

Estenograma de la ponencia y la intervención final de E. V. Iliénkov en la conferencia «El problema de la contradicción a la luz de la ciencia y la práctica contemporáneas» (Instituto de filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS, 21-25 de abril de 1958). «E. V. Iliénkov: personalidad y creatividad», Moscú, 1999, páginas 245-257.

Las dificultades ligadas al problema de la contradicción en el conocimiento intervienen de una forma mucho más clara en la filosofía como una cuestión acerca de la relación de la ley dialéctica de la unión de contrarios que alcanza su identidad con la conocida exigencia lógico-formal de la «no contradicción», con la ley de la «prohibición de la contradicción».

Precisamente así el problema de la contradicción en el conocimiento y en el pensamiento se concretiza en el transcurso de las actuales discusiones, precisamente así estas obligan a aquél a establecer las condiciones de la lucha actual de pensamientos. Sobre esto ya ha hablado P. V. Kopnin. En el curso de estas discusiones, las opiniones diversas gravitan cada vez más claramente en torno a dos polos fundamentales, cada vez más claramente cristalizan dos posiciones. ¿Por dónde transcurre la frontera entre dichas posiciones?

Me parece que P. V. Kopnin en su ponencia no ha terminado de esbozar del todo esta frontera, tras describir ambas posiciones de manera que, según una, cualquier contradicción en las determinaciones del objeto se expresa como un «mal», y, según la otra, como una «bendición». Tras declarar a una y otra posiciones igual de unilaterales, P. V. Kopnin ve la resolución concreta al problema en la siguiente conclusión: unas contradicciones en las determinaciones son resultado de la negligencia lógica y por ello inadmisibles, y otras son expresiones legítimas y necesarias de las contradicciones objetivas de la realidad material.

Estoy completamente de acuerdo con la última afirmación del camarada Kopnin. Realmente, las contradicciones en las determinaciones son diferentes: diferentes en cuanto a la fuente de su aparición y en cuanto a su relación con el objeto. Hay contradicciones que derivan de la negligencia subjetiva, de una inexactitud en los términos que conduce a la ambigüedad. Tales contradicciones son inaceptables desde el punto de vista de cualquier lógica. Son esas mismas «contradicciones lógicas» que «no debe haber» en una investigación teórica seria, son contradicciones intolerables. Pero hay otro tipo de contradicción que aparece en el conocimiento no como resultado de negligencias o errores, sino como resultado del propio movimiento «correcto» del pensamiento según la lógica del objeto. Prohibir estas contradicciones significa prohibir la dialéctica, y no solo la dialéctica, sino también el propio desarrollo de la ciencia, pues la ciencia siempre y en todas partes se ha desarrollado justamente a través del descubrimiento de semejante tipo de contradicciones en las definiciones. Así ha sido siempre y, si nos ceñimos a la dialéctica, siempre será así.

De esta forma, P. V. Kopnin ha delineado, desde mi punto de vista, la posición de la dialéctica bastante correcta y concretamente. Yo pienso igual también. Y si P. V. Kopnin me ha atribuido la opinión de que cualquier contradicción es una «bendición dialéctica», esto es solo un lamentable malentendido del cual, si hay que culpar a alguien, ese es al redactor de «Cuestiones de filosofía», el camarada Kammari, que tachó del texto de mi artículo el párrafo en el que se decía esto claramente.

Creo que solo una persona extremadamente ingenua o un sofista alborotador con malas intenciones pueden llamar «bendición» a cualquier contradicción que se le venga a uno a la cabeza. Nadie defiende semejante tontería, es más, a nadie se le ocurre tomar esta estupidez por la posición de la dialéctica en la lógica.

Y, sin embargo, algunos representantes de la lógica formal se esfuerzan por atribuir la defensa de semejante absurdo a sus oponentes. Según la opinión de aquellos, claramente expresada en el curso de nuestra conferencia por el profesor Kolman, la admisión de un solo caso siquiera en el que la violación de la prohibición de la contradicción sea justificada conduce necesariamente al anterior absurdo. El profesor lo ha expresado así: si consideráis que la contradicción en las determinaciones es admisible, aunque sea en un solo caso, entonces automáticamente declaráis justificado y admisible cualquier caso de violación de la prohibición. La prohibición es absoluta o no es necesaria para nada. Así, topamos con la pretensión de una norma lógica por
un significado absoluto y no limitado por nada, con una pretensión tremendamente despótica.

Desde semejante punto de vista, la posición de Kopnin se mezcla con la posición que el mismo P. V. Kopnin llamó «unilateral» y que por equivocación me atribuyó a mí. Se disputa, en otras palabras, justamente la opinión de que hay contradicciones y contradicciones, de que existen contradicciones «lógicas» inaceptables, verbales, inventadas, pero que existen también tales expresiones verbales que enuncian correctamente la contradicción objetiva del asunto.

El profesor Kolman, de esta forma, defiende la visión de que cualquier declaración que contenga determinaciones contradictorias las unas a las otras es fruto de la «falsedad» e indicador de la inexactitud del pensamiento.

Es justo esta tesis la que yo considero falsa. Yo creo que aceptarla significa eliminar toda la dialéctica como tal, la dialéctica como lógica y teoría del conocimiento. Significa destruir el mismísimo núcleo, el mismísimo corazón de la lógica dialéctica.

Por ello, no es posible ponerse de acuerdo con semejante posicionamiento. Por ello, precisamente, es necesario entrar en conflicto con el profesor Kolman. Señalaremos inmediatamente que no intentamos para nada refutar la «semilla racional», las «buenas intenciones» del principio de no contradicción, sino solamente sus pretensiones desmedidas de rol de principio supremo y sin limitaciones del «pensamiento correcto».

Demostré en mi artículo y sigo demostrando ahora no la tesis de que «cualquier contradicción es una bendición», sino otra tesis, la de que no solo puede haber, sino que hay ciertos casos (y no «un solo caso») en los que la violación de la prohibición de la contradicción en su formulación clásica (Aristóteles-estoicos o Leibniz-Kant) no es producto de la «falsedad» en el movimiento del pensamiento, sino que necesariamente emana del propio movimiento correcto del pensamiento según la lógica del objeto. En el artículo, bien que mal, analicé el caso en el que la unión de las determinaciones contradictorias solo permite «expresar» la naturaleza objetivamente contradictoria del objeto; el caso en el que la violación de la prohibición de la contradicción en su forma clásica resulta la forma de expresión «correcta» e imprescindible, y la «prohibición» se transforma en una venda antidialéctica en los ojos del investigador.

Me alegra mucho que P. V. Kopnin estuviese de acuerdo conmigo en esto. Este sí es el contenido fundamental del artículo. Si he conseguido demostrar en el material de la historia de la economía política el hecho de que la prohibición de la contradicción, en sus formulaciones e interpretaciones que históricamente han tenido lugar, se ha enfrentado y se enfrenta hostilmente a la dialéctica, entonces esto es lo que había que demostrar.

P. V. Kopnin me ha reprochado que, refutando yo correctamente las pretensiones absolutistas de la «prohibición» en sus formulaciones e interpretaciones que han tenido lugar en la historia, hago sin embargo como si refutase también la propia prohibición en general, es decir, en su forma e interpretación racional, en su, como expresó Pavel Vasilievich, formulación «correcta».

Yo realmente me refiero única y exclusivamente a las formulaciones e interpretaciones que tienen o han tenido lugar en la literatura sobre lógica. Todas ellas sin excepción resultan en realidad variantes de la fórmula aristotélica o kantiana-leibniziana. No me refería ni me refiero a aquella misteriosa fórmula o interpretación «correcta» en la que esta prohibición se convertiría de enemigo a amigo de la dialéctica. Y esto no lo hago por la simple razón de que, hasta ahora, ni a mí ni a nadie le es dado a conocer semejante interpretación. Yo, como P. V., estaría muy contento si finalmente se hallase y se promulgase dicha interpretación que pudiese enlazarse con la dialéctica sin perjuicio para esta última. Pero de momento no existe.

Además, me considero con derecho a hablar solo sobre aquello que alguna vez y en algún lugar «ha tenido lugar históricamente», y evito hablar sobre lo que se halla únicamente en el plano de las buenas intenciones. Y todas las fórmulas de la prohibición «que se han dado en la historia» sin excepción se contraponen a la dialéctica. Esto es un hecho. La misma fórmula de la «prohibición» a la que ha aducido P. V., tras considerarla como la «correcta» que se buscaba, tampoco se salva de la crítica; esto intento demostrarlo más abajo.

El defecto principal de las fórmulas de la prohibición que se han dado no es que establezcan obstáculos para las inaceptables contradicciones «lógicas», sino que, como poco, se esfuerzan en establecerlos. Su desgracia es que ellas, en virtud de su extrema abstracción, junto con las contradicciones «lógicas» prohíben cualquier contradicción en las determinaciones, incluida la dialéctica.

La fórmula que ha dado P. V. Kopnin en su exposición, a primera vista, no contiene en sí este defecto. Pero, sin embargo, ella peca clara y directamente del defecto opuesto. Más concretamente: está formulada con la intención de permitir las enunciaciones que expresen la unidad dialécticamente justificada de las determinaciones opuestas. Pero ¿a qué precio se paga esto? Al más alto: ella al mismo tiempo permite también cualquier absurda contradicción «lógica».

Realmente, la prohibición en esta fórmula correcta, como supone P. V., me permite expresar tales «juicios» como, por ejemplo, «un gato en el tejado maúlla y no maúlla a la vez». Pero, sin embargo, ella me prohíbe rechazar esta expresión estúpida «dentro de los límites del sistema de expresiones dentro del cual ella se considera verdadera».

No pienso que esta fórmula se pueda considerar «correcta». Me parece que se puede hacer una conclusión: si las formulaciones de la «prohibición» aristotélica y leibniziana-kantiana prohíben automáticamente las contradicciones lógicas (inaceptables) en las determinaciones junto con las expresiones en las que se expresa la unidad dialéctica de los contrarios, entonces la fórmula de P. V. Kopnin permite las contradicciones dialécticas junto con las inadmisibles, las «lógicas». Qué es mejor o qué es peor, no voy a ponerme a juzgarlo. Surge una pregunta: ¿es posible en general, en principio, una fórmula de la prohibición que suponga un impedimento para las contradicciones lógicas pero que no obstaculice la expresión de las contradicciones dialécticas?

En otras palabras, ¿es posible una fórmula que permita inmediatamente, antes y fuera de cualquier análisis del conocimiento en su contenido material real, diferenciar la contradicción puramente verbal de la expresión verbal de la contradicción real?

Yo pienso que dicha fórmula es imposible. Esto lo formulo como tesis fundamental de mi exposición: son infructuosos e irrealizables por su propio principio los intentos por crear semejante fórmula mágica que, como una prueba de fuego, permita antes y fuera del análisis del conocimiento en su contenido concreto diferenciar inmediatamente las contradicciones verbales (esto es, «lógicas») de la correcta expresión verbal de la unión objetiva de los contrarios en el conocimiento.

La imposibilidad de esta empresa se fundamenta en que, debido a su forma externa, es decir, sintáctico-verbal, la conocida como contradicción «lógica» es indistinguible de la contradicción dialéctica expresada en el habla.

El análisis del conocimiento según su contenido material completamente concreto sí es capaz de diferenciar la una de la otra. Esta es la posición de la lógica dialéctica. Esta es la posición que desde hace algún tiempo rebate el profesor Kolman. Desde su punto de vista, son igual de «incorrectas» las dos siguientes enunciaciones: [1] El gato al mismo tiempo tiene y no tiene rabo, y [2] La flecha en vuelo se encuentra y no se encuentra a la vez en el mismo lugar.

Si se expresa lo «común» que se tiene en estas dos «expresiones», en forma de formulación abstracta, entonces esto «común» sonará así: «A es a la vez B y no-B». Creo innecesario demostrar que estas dos expresiones son indiferenciables por su forma sintáctico-verbal, que poseen fuentes de procedencia completamente diferentes.

La primera es o una negligencia, o la premeditación de la arbitrariedad sofística. La segunda es la tesis que ya desde hace dos mil años ocupa las mentes de filósofos y lógicos.

En cualquier caso, ni Aristóteles, ni Hegel, ni Engels, ni Lenin han considerado jamás que esto se trate simplemente del lamentable producto de un malentendido verbal. Incluso B. Russell ve en dicha tesis una determinada dificultad completamente en vigor: la circunstancia de que en la teoría de Zenón de forma clara se viola el principio de no contradicción en la misma manera en la que el profesor Kolman asume este principio y mediante el cual se ha esforzado en interpretar la paradoja de la flecha de forma que pueda ser reconciliada con la prohibición.

Si la posición del profesor Kolman se basa en que no hay y no puede haber ni un solo caso donde la violación de la prohibición de la contradicción se dé con absoluta necesidad a partir del propio movimiento «correcto» del pensamiento, entonces la flecha es justo «ese» caso (aunque ni de lejos el único, de lo que hablaremos después).

¿Ha refutado el profesor Kolman este «caso»? En mi opinión, ha demostrado precisamente lo contrario a lo que pretendía demostrar. Únicamente ha evidenciado de forma clara la bancarrota de un intento más de la lógica formal por hacer frente a una dificultad que no tiene carácter formal en absoluto. Para salvar al principio de no contradicción, el profesor Kolman se ve obligado a violarlo dos veces. Fíjense atentamente: él considera que la antinomia desaparece en cuanto el «indeterminado» término «se encuentra» se sustituye por dos términos «definidos», «yace» y «pasa». Tras esta operación, la paradoja de Zenón queda como la composición de las dos siguientes expresiones:

1. «La flecha en vuelo yace». – Clara violación de la prohibición de la contradicción en nombre de su salvación.

2. «La flecha en vuelo pasa». – Segunda violación, pues este juicio es incompatible con el primero según aquella prohibición.

Así, la prohibición es violada dos veces. ¿Y qué es esto? Nada. Simplemente toda la dificultad es trasladada de un término a otro, de las palabras «se encuentra» a la palabra «pasa». Pues «pasa» significa de nuevo que la flecha se encuentra y no se encuentra en el mismo sitio…

Si esta «resolución» se considera el tránsito de la metafísica a la dialéctica en este traicionero punto en el que el propio Engels pecó de hegeliano, entonces, ¿¡qué consideramos como el medio semántico-verbal de resolución de contradicciones?!

No será de ayuda la otra astucia verbal a la que ha recurrido el profesor Kolman, la adición de la palabrita «relativamente» («La flecha en vuelo relativamente yace en el mismo sitio y relativamente pasa a otro»). Con este disfraz verbal la paradoja de Zenón solo se enmascara, su agudeza se embota mediante una engorrosa expresión verbal y nada más. La antinomia se conserva, pero deja de ser evidente, echa a perder el ingenio que le dio Zenón a la expresión, y en vez de una auténtica solución se ofrece una ilusión, la apariencia de una solución.

Creo que la paradoja de Zenón no se soluciona verbalmente, por medio de la sustitución de ciertas palabritas por otras. Creo que la auténtica solución de esta contradicción dialéctica en las determinaciones será hallada algún día el física teórica y experimental, dentro del estudio sobre el tiempo y el espacio.

Así se encontrará la solución concreta. De momento, la dificultad se expresa en forma de antinomia. Y la antinomia (precisamente gracias al ingenio que el profesor Kolman se esfuerza por embotar) le demuestra al físico que aquí existe una auténtica dificultad que espera su resolución real y no verbal.

Pongamos la siguiente pregunta: ¿qué sentido real tienen nuestras discusiones? ¿Es posible que todo esto se trate únicamente de ejercicios escolásticos?

¿O tras la discusión sobre la flecha se esconde otro debate mucho más importante?

Creo que la verdadera controversia se encuentra más al fondo. El asunto es que la cuestión de la contradicción y de la prohibición de la contradicción en la lógica aparece solo porque el conocimiento real constantemente, durante todos los siglos hasta nuestros días (y, si nos fiamos de la dialéctica, así será en adelante) se desarrolla mediante una continua reproducción y resolución de contradicciones en las determinaciones.

Ni que decir tiene que lo que aquí se trata no son esas contradicciones simplemente verbales que siempre se dan y se van a dar en tanto que el ser humano no está vacunado contra los pecados de la negligencia y la imprecisión en la utilización de los términos. Aquí hablamos de las contradicciones en las determinaciones que necesariamente aparecen del movimiento más «correcto» que pueda haber del pensamiento a partir de la lógica del objeto.

Si se tienen a la vista estas contradicciones y no las verbales, entonces hay que responder de esta forma a la pregunta que se encuentra en la cabecera de mi exposición: la contradicción en las determinaciones siempre ha sido, es y será la fuerza motriz del desarrollo teórico, la forma en la que siempre se reconoce el problema irresuelto. En este sentido, la contradicción es el «motor de desarrollo» de la teoría. Prohibirla significa prohibir el propio avance de la teoría. Por fortuna, esto no depende ni del profesor Kolman ni del posicionamiento que comparten con él algunos lógicos.

Se puede constatar como un hecho, explicado solo por la dialéctica (hegeliana, y después marxista-leninista) que cualquier problema científico-teórico serio y no inventado siempre se reconoce como contradicción en las determinaciones teóricas, en forma de contradicción dentro del sistema existente de conceptos.

Un ejemplo: la crisis de la física en la frontera de los siglos XIX-XX.

Cuando los hechos, siendo expresados a través del sistema existente de determinaciones teóricas, de repente adquieren un aspecto paradójico, entonces este sistema se encuentra frente a un problema que exige una solución concreta en una nueva y más elevada teoría.

Precisamente aquí, en este punto, es determinante la diferencia entre la lógica metafísica y dialéctica.

La cosa reside en que la metafísica y la dialéctica en este punto ofrecen dos métodos de resolución de contradicciones totalmente contrapuestos.

La metafísica, enfrentada con este hecho, siempre intenta demostrar que la contradicción en la que se obstina el pensamiento es producto de la negligencia subjetiva, resultado de una incorrecta utilización de términos, nombres, expresiones, etcétera.

Si el pensamiento se ha encallado en una contradicción, no se puede seguir adelante. Hay que volver «atrás», hay que analizar el movimiento precedente del pensamiento y encontrar el error que ha dado como resultado la contradicción. Hasta que este «error» no sea revelado y corregido mediante el puro análisis formal, no se puede seguir «adelante». La contradicción se interpreta como una barrera a través de la cual el pensamiento no tiene derecho a dar un solo paso.

¿Cómo exige actuar la lógica dialéctica en este caso?

Exige sobre todo llevar la contradicción surgida a su completa, precisa y clara expresión, a su límite antinómico.

Para la dialéctica, la contradicción en las determinaciones no es una barrera infranqueable, sino al contrario, es el trampolín desde el cual el pensamiento debe realizar un salto hacia adelante en la investigación teórica y experimental concreta del objeto. La contradicción en las determinaciones es la propia forma lógica en la que se constituye el problema, la cuestión sujeta a la resolución en los hechos.

(Haremos notar entre paréntesis que la dialéctica nunca prohíbe, al encontrarse con una contradicción, volver «atrás» y analizar el paso precedente de la reflexión con el objetivo de comprobar si acaso no nos hemos topado con una contradicción verbal. Volver «atrás» y comprobar el curso del pensamiento nunca es perjudicial. Lo perjudicial es la imagen de que esta comprobación debe disipar, liquidar y eliminar la contradicción del pensamiento cueste lo que cueste).

Cuando la contradicción es conducida a la tensión clara y completa, entonces la lógica dialéctica recomienda seguir adelante, avanzar, investigar más y más a fondo el objeto con la meta de encontrar el medio material real y concreto con el que la contradicción aparecida se resuelva mediante un auténtico movimiento del objeto.

Precisamente así procede en «El Capital» K. Marx. He intentado hablar acerca de esto en mi artículo de «Cuestiones de filosofía», en el mismo artículo con el que el profesor Kolman ha polemizado.

El profesor Kolman aconseja proceder justo al contrario. Más concretamente, una vez que nos hemos chocado con una contradicción en las determinaciones, estamos obligados a volver «atrás», a descubrir a toda costa el eslabón incorrecto en los juicios precedentes y después liquidarlo a través de la sustitución de los términos y expresiones «indefinidos» por otros «definidos». El posicionamiento del profesor Kolman no permite seguir adelante, por el camino de la investigación teórica y experimental ulterior, mientras que la contradicción siga establecida.

En verdad (y el profesor Kolman ha demostrado brillantemente esta circunstancia con su análisis de la «flecha»), de esta forma la contradicción no se soluciona en absoluto, y mucho menos «se liquida». Ella, en el mejor de los casos, se disimula, se disfraza mediante un diseño verbal artificial. Bajo este camuflaje verbal, ella por lo menos se conserva en toda su tensión, pero para la persona inexperta deja de ser evidente. Se construye solo la apariencia de que ya no hay contradicción y por lo tanto ya no hay nada de lo que preocuparse. Y esto es justo lo que Hegel acertadamente denominó como «dulzura filistea con las cosas».

Marx, Engels y Lenin en este punto siguen tras Hegel: la contradicción, una vez identificada, exige un reconocimiento claro y preciso, y después una solución igual de clara y precisa por medio de un posterior análisis de los hechos y de los datos en la práctica, en la experimentación; hechos que demuestren el método material-sensible para la resolución de dicha contradicción.

Entre otras cosas, el profesor Kolman se consuela a sí mismo con aquello de que la «flecha» es el «único precedente», la «excepción hegeliana» de las reglas de la lógica formal que fue admitida por error por Engels.

He aquí un ejemplo del mismo tipo: «Constituye una contradicción que un cuerpo caiga constantemente sobre otro y que con igual constancia se distancie del mismo. La elipsis es una de las formas de movimiento en que esta contradicción se realiza y al mismo tiempo se resuelve».

Este ya no es Engels, sino Marx. Este es «un» precedente más, aunque tampoco el último, de la «violación» de la prohibición de la contradicción lógico-formal.

Se puede añadir, además: «El proceso en que se intercambian las mercancías implica relaciones contradictorias, recíprocamente excluyentes. El desarrollo de la mercancía no suprime esas contradicciones, mas engendra la forma en que pueden moverse. Es éste, en general, el método por el cual se resuelven las contradicciones reales». Dejemos que el profesor Kolman, como especialista en cuestiones filosóficas de física y matemáticas, se apañe no solo con la «flecha», sino también con la elipsis. Según la contradicción lógico-formal, la definición teórico-material de la elipsis (como forma descrita como un cuerpo que al mismo tiempo cae y se aleja en relación a otro cuerpo, esto es, «en una y la misma relación») es un sinsentido.

Según la dialéctica, este «sinsentido» se realiza hoy en día en el movimiento de un satélite artificial. Este «sinsentido» lo puede captar a simple vista cualquier defensor de la lógica formal que busque el sentido absoluto de la norma lógica universal.

Aquí también se puede decir, por supuesto, que Marx (así como Engels) «va a la zaga de Hegel», «coquetea con el método hegeliano de expresión», etc. Pero entonces los representantes del posicionamiento que encarna el profesor Kolman deberían ajustar cuentas con el propio Hegel si realmente en él ven la fuente y el origen de todos los males.

En verdad, lo que repetidamente se ha venido atestiguando por parte de los clásicos, especialmente por Lenin en sus «Cuadernos filosóficos», es que el marxismo en el problema de la contradicción y su rol en el desarrollo tanto real como lógico directa e inmediatamente remite a Hegel, desarrollando en base al materialismo las semillas racionales de su lógica.

Los representantes de la posición que encarna el profesor Kolman no se han molestado en resolver sus puntos críticos con la dialéctica hegeliana, prefieren simplemente denigrar a Hegel. Y, como resultado, no solamente no avanzan desde Hegel hacia Marx, sino que se quedan en posiciones prehegelianas; más exactamente, kantianas.

Precisamente para Kant la contradicción es sinónimo de disparate, es la «falsedad» en el proceso de enlace entre conceptos y juicios, es la forma que destruye al conocimiento. Precisamente Kant conoce y admite un método de resolución de contradicciones: el método de separación de tesis contrarias «en dos relaciones diferentes». Esta posición clásica de la metafísica en la cuestión sobre la contradicción a día de hoy la siguen reproduciendo numerosos manuales de lógica formal. Estos toman la formulación de la prohibición en una de sus redacciones (aristotélica o leibniziana-kantiana) y pretenden enlazarla artificialmente con frases materialistas.

Únicamente con frases. Porque enlazar la «prohibición» con los principios de la dialéctica materialista y de esa forma revelar su «semilla racional» solo es posible por el camino del análisis crítico de los principios en cuya base dicha prohibición en general fue desarrollada como tal.

Por ello solo surge la discusión de que los compañeros que intentan encontrar la «semilla racional» de la prohibición de la contradicción todavía no han saldado seriamente las cuentas con las premisas filosóficas bajo las que la «no contradicción» resulta la norma incondicional del «pensamiento correcto».

Un ejemplo brillante de que la contradicción en las determinaciones aparece no como resultado de «errores», sino como resultado del mismísimo movimiento «correcto» del pensamiento, y que por ello encuentra su solución en la investigación posterior de los hechos materiales y práctico-sensibles dados, es «El Capital» de Marx. Esto es algo más serio que la «flecha», aunque ya esta flecha golpea directamente en el corazón del posicionamiento del profesor Kolman.

Marx, como ya se sabe, somete a análisis la esfera de la circulación monetario-mercantil como esfera que aparece como premisa tanto histórica como «lógica» de la aparición de la plusvalía. Este análisis conduce a una contradicción, y, además, a una contradicción «al mismo tiempo y en una y la misma relación». El problema, como es sabido, es formulado por Marx así: ¿cómo es posible la aparición de plusvalía en base a la ley del valor, si la plusvalía contiene en sí una determinación que contradice directamente a la ley del valor?
¿Cómo de una realidad nace su propia contradicción?

«Por vueltas y revueltas que le demos, el resultado es el mismo. Si se intercambian equivalentes, no se origina plusvalor alguno, y si se intercambian no equivalentes, tampoco surge ningún plusvalor» (El Capital, libro primero, capítulo 4).

Y, sin embargo, la plusvalía aparece…

Dos hechos se contraponen el uno al otro. Naturalmente, las definiciones teóricas de estos dos hechos también se contraponen. El mismo profesor Kolman admite que dos hechos pueden contradecirse, pero sus definiciones teóricas de ninguna manera pueden hacerlo.

¿Cómo procede en este caso Marx? ¿Dónde busca la solución de la contradicción surgida? No en la corrección de «errores» pasados por alto durante el análisis de la esfera monetario-mercantil, sino en la ulterior investigación concreta del objeto, del método mediante el que el propio objeto en su desarrollo permite y realiza esta contradicción.

Marx dice que la contradicción será resuelta si en los límites de la propia esfera monetario-mercantil podemos descubrir la mercancía cuyo valor de uso consista en incrementar el valor; la mercancía cuyo consumo sea idéntico a la producción del nuevo valor. ¿Existe esta mercancía? ¿Existe esta realidad que concuerde con una determinación que contiene en sí una contradicción? Si existe, el problema está resuelto.

Así, la contradicción orienta al pensamiento a la búsqueda, establece ante él un problema que realmente sí puede resolver. Y el problema formulado en forma de contradicción se resuelve no mediante métodos formales, no por medio de la sustitución de los «términos indefinidos» por «definidos», sino por medio del hallazgo en la realidad empírica del hecho determinado con la ayuda del cual el desarrollo real produce y permite la contradicción que ha revelado previamente el pensamiento.

La contradicción hace avanzar a la lógica dialéctica por medio del movimiento ulterior del pensamiento de lo abstracto a lo concreto.

La contradicción hace volver a la lógica formal atrás, a la comprobación y recomprobación de las abstracciones que ya se tienen. Este camino no lleva a lo concreto, lleva únicamente a la modificación verbal de todas esas abstracciones.

Justamente aquí se encuentra toda la diferencia. Y esta no es una discusión escolástica.

Para demostrar que la posición del profesor Kolman no es solo una posición puramente lógica, una posición que atañe solo a las discusiones dentro de la lógica, merece la pena recordar un curioso hecho.

El año pasado, el profesor Kolman intentó servirse de sus principios lógicos para el análisis de un importante debate en ciencias naturales. El asunto iba sobre el choque entre dos cosmologías. Una posición parte de la tesis acerca de la infinitud del universo; la otra reside en la representación de que el universo es finito.

La infinitud, como le es ya sabido desde hace tiempo a la filosofía, incluye en sí una contradicción. La contradicción real contenida en la infinitud, naturalmente, se expresa también en sus definiciones teóricas. Por esto, la cosmología constantemente se choca con contradicciones cuya resolución es su tarea. El profesor Kolman aconsejó a los cosmólogos deshacerse de las contradicciones de una vez por todas tras excluir el concepto de infinitud. Su justificación era más que original: el materialismo dialéctico no tiene que ver con el reconocimiento de la infinitud del universo.

Es perfectamente posible pensar que el universo es finito.

Por ello, ambas concepciones (tanto la que parte de la tesis de la infinitud como la que considera al universo finito), según la opinión del profesor Kolman, son igualmente legítimas y con el mismo derecho a juicio de la filosofía dialéctico-materialista. Que existan y se desarrollen las dos. Siempre van a partir de principios incompatibles entre sí, y el desarrollo de la cosmología está condenado para siempre al dualismo, al movimiento por dos líneas paralelas pero que nunca se tocan. El debate entre ellas nunca puede ser resuelto definitivamente porque es esencialmente irresoluble.
Esto es realmente muy parecido a la resolución del problema cosmológico que se puede leer en la «Crítica de la razón pura». Siempre va a existir una teoría que tome los límites de la divisibilidad y siempre junto a ella estará la contraria, la que asume que no existe límite a la divisibilidad. Y esto será siempre así porque la razón siempre puede elegir entre dos puntos de vista mutuamente excluyentes, aunque igual de legítimos. Pero esto es solo el «punto de vista» del sujeto y nada más.

Por ello analizar el objeto desde el punto de vista del propio objeto ya es una pretensión trascendental de la razón acrítica…[i]

En Kant esto está orgánicamente ligado a su comprensión de la contradicción en el conocimiento. El profesor Kolman, lo quiera o no, acaba obligado a someterse a esta misma lógica. Pero esta no es la lógica del marxismo.

Los partidarios del punto de vista del profesor Kolman apelan, como norma, a la práctica contemporánea de la fabricación de instrumentos, a los principios de las máquinas de computación, a la teoría de la cibernética, que no puede dar un solo paso sin respetar el principio de «no contradicción». Todo este campo de la técnica contemporánea será imposible si en la base de su lógica se coloca la resolución de contradicciones en las definiciones y no su prohibición.

No vamos a discutir con ellos en este punto, plantearemos solamente una pregunta: ¿y por qué no suponer que el cerebro humano vivo con su pensamiento se diferencia del modelo mecánico precisamente en que no solo «soporta» la tensión de la contradicción interna, sino que halla en ella el estímulo de su desarrollo, el movimiento según la lógica concreta del objeto concreto del que la máquina más perfeccionada no es capaz?

El profesor Kolman, en mi opinión, debería despedirse de la ilusión de que esa «lógica» que yace en el fundamento de las operaciones computacionales es la «lógica» correspondiente al desarrollo vivo del conocimiento humano. Como disciplina técnica particular, dicha «lógica» es legítima y necesaria. Pero no hay que dejarse llevar, no hay que convertir sus principios en los principios de la lógica dialéctica. Precisamente estas desmedidas pretensiones hacen chocar a la lógica formal en sus más nuevas variantes con la dialéctica. Y esto la dialéctica no lo puede permitir.

Intervención final

No quiero refutar las objeciones que han sido hechas con motivo de mi exposición por parte del camarada Zinoviev. Hasta donde yo entiendo, el camarada Zinoviev habla de otras cosas, pues refutaciones a mis tesis no he encontrado.

Quiero hablar de otra cosa y desembrollar un malentendido en el que, me temo, ha caído no solo el camarada Kvachajia, sino también otros. El tema es que el camarada Kvachajia ha unido mi posición y la de Kopnin en una fórmula en la que dicho posicionamiento mío se reconcilia con el suyo. Y yo creo que tras esto se oculta una profunda mentira.

El camarada Kvachajia ve la necesidad de la aparición de contradicciones en el conocimiento en la siguiente circunstancia: el conocimiento es en todo momento limitado, y el objeto infinito. Por ello, la contradicción señaliza siempre la falta de unión del conocimiento con el objeto y no la convergencia. En esta interpretación, la contradicción al menos permanece como indicador de falsedad del conocimiento, de su divergencia (aunque históricamente condicionada) con el objeto.

Hablando de forma rigurosa, esto es precisamente lo que dice Kant en la «Crítica de la razón pura». Su punto de partida es la inconmensurabilidad de cualquier experiencia posible con la cosa-en-sí, con el ideal del conocimiento. Así, por ejemplo, nunca debemos esperar alcanzar el límite de la división de las cosas, «lo indivisible». En todo momento resulta que este límite yace más adelante. Pero, como «principio regulativo», debemos admitir la representación de la «indivisibilidad», porque si no, nos privamos del ideal y de la meta en cuya dirección va eternamente el conocimiento.

Así, son admitidas la «divisibilidad» y la «indivisibilidad». La primera se corresponde con cualquier experiencia posible, y la segunda con el «ideal» inalcanzable y jamás alcanzado.

Esta es la típica manera de solucionar una antinomia por medio de la separación de la tesis y la antítesis «en dos relaciones diferentes». Pero esto tampoco es dialéctica. Esto ya lo ha demostrado correctamente V. F. Asmus en el libro «La dialéctica de Kant».

Según Marx, la contradicción aparece no en virtud de la inconmensurabilidad esencial del conocimiento y del objeto, sino como resultado del propio movimiento riguroso y correcto del pensamiento en base a la lógica del objeto. Por ello la contradicción es el correcto reflejo en el concepto de la contradicción objetiva, y no un indicador de «divergencia» del conocimiento con el objeto, como resulta en Kant. Y entonces la contradicción ya no se resuelve a cuenta de «relaciones diferentes». Aquí se exige otro medio, y no el que ha recomendado el camarada Kvachajia.

Si el propio camarada Kvachajia ha inventado este medio de conocimiento de antinomias que ha expuesto, entonces hemos de ser justos con él: ha descubierto lo que ya descubrió Kant. Si ha podido hacer esto, entonces, esperemos, podrá con el tiempo pasar de esta posición a otra más elevada, a la hegeliana, y al final del todo llegará incluso a Marx.

No se puede enmarañar la doctrina de Kant con la doctrina de Marx. Son cosas distintas.

Traducido al castellano por Álvaro Peraleda.

[i] Se entiende que la enunciación de Iliénkov aquí es irónica.

Documento en pdf: Sobre el papel de la contradicción en el conocimiento

Entrevista a Nancy Fraser: Interregno norteamericano

Nancy Fraser responde a preguntas formuladas por Alessandra Spano.

¿Qué tendencias son las que ve aparecer de resultas de las crisis social, sanitaria y económica producidas por la Covid-19? ¿Qué nos dicen las reconstrucciones post-pandémicas sobre la ‘crisis de la atención’?

Tanto la pandemia como la respuesta a la misma representan la irracionalidad y destructividad del capitalismo. La crisis de la atención ya existía antes de la aparición de la Covid, pero se vio enormenente exacerbada por ella. La situación preexistente, por así decir, era la del capitalismo financiarizado, la forma especialmente depredadora que ha predominado en los últimos cuarenta años erosionando nuestra infraestructura de atención pública por medio de la desinversión, en nombre de la ‘austeridad’. Pero de hecho, toda forma de sociedad capitalista funciona a base de permitir que la actividad empresarial actúe de balde sobre labores de cuidados no remuneradas. Al subordinar la dedicación a las personas al ánimo de lucro, alberga una tendencia inherente a la crisis reproductiva social.

Pero lo mismo vale para la actual crisis ecológica, que refleja una dinámica estructural profunda que prima al capital para que actúe de balde sobre la naturaleza, sin pensar en restaurar o reponer. Y otro tanto se puede decir de nuestra actual crisis política, que refleja el grave debilitamiento de los poderes públicos a manos de megacorporaciones, instituciones financieras, revueltas fiscales de los ricos, lo que tiene como resultado la paralización y falta de inversiones. Si bien esto ha resultado especialmente agudo a causa de la neoliberalización, expresa una tendencia a la crisis política que se conecta directamente a toda forma de sociedad capitalista. La crisis de la atención está inextricablemente entrelazada con otras disfunciones – ecológica, política, étnico-racial – lo cual se suma a una crisis general del orden social.

Los efectos de la Covid sobre los seres humanos serían horribles en cualquier coyuntura. Pero los ha empeorado el hecho de que el capital ha canibalizado en este periodo el poder público, las capacidades colectivas que podrían haberse utilizado, si no, para mitigar los efectos de la pandemia. Como consecuencia, la respuesta se ha visto dificultada en muchos países, incluidos los EE.UU., por decenios de desinversión en la infraestructura crucial de salud pública. Existe en los EE.UU. la tendencia a culpar a Trump, pero eso es un error. La desinversión lleva produciéndose desde hace décadas.

Los gobiernos de Clinton de los 90 dieron en esto el primer paso.

Sí, toda una serie de gobiernos norteamericanos, lo mismo demócratas que republicanos, desinvirtieron en infraestructuras esenciales de salud pública. Retiraron reservas de equipos esenciales como EPIs, respiradores, mascarillas, mermaron capacidades de vital importancia – rastreo de contactos, almacenamiento y distribución de vacunas – y dejaron sin financiación suficiente instituciones cruciales como centros de investigación, hospitales públicos, unidades de UCIs, agencias públicas de salud,. Los científicos avisaron de que era probable otra epidemia vírica, pero nadie les prestó oídos. De manera que cuando llegó la Covid, los EE.UU. estaban totalmente faltos de preparación. No hemos tenido prácticamente rastreo de contactos, y seguimos prácticamente sin tenerlos después de que haya pasado más de un año. Las autoridades de salud pública carecían llanamente de la capacidad de organizarlos y todavía no han logrado desarrollar esa capacidad.

El derrumbe de sistemas ya débiles de atención pública hizo recaer nuevamente todas las cargas sobre familias y comunidades, y especialmente sobre las mujeres, que llevan todavía la parte del león de la labor de cuidados no remunerada. En el confinamiento, el cuidado de los niños y la escolarización se desplazaron de pronto a los hogares de la gente, dejando que las mujeres se hicieran cargo de ese gravamen por encima de otras responsabilidades, y teniendo que hacerlo en espacios pequeños, incapaces de soportar esa carga. Muchas mujeres con empleo acabaron dejando su trabajo para cuidar de los niños y otros parientes; muchas otras fueron despedidas. Un tercer grupo, lo bastante afortunado como para haber mantenido su puesto de trabajo y trabajar a distancia desde casa, a la vez que realizaba también labores de cuidados, incluida la de atender a los niños en casa, ha tenido que llevar la multitarea a nuevas cimas de locura. Un cuarto grupo, el de las ‘trabajadoras esenciales’, se enfrenta a diario a la amenaza de contagio en primer línea, con el temor de llevar a casa el virus, a la vez que cumple con lo que es preciso hacer, con frecuencia a cambio de un sueldo muy bajo, para que otros, más privilegiados, puedan acceder a los bienes y servicios que necesitan con el fin de aislarse en casa. Qué mujeres se encuentran en según qué grupo tiene todo que ver con la clase y el color. Es como si alguien hubiera inyectado un líquido de contraste en el sistema circulatorio del capitalismo, iluminando todas sus líneas constitutivas de fractura.

En los Estados Unidos, el brote de la Covid se vio seguido por una impresionante ola de protestas, dirigidas en su mayor parte por juventudes negras, contra la violencia policial racista. ¿Adoptó el lema Black Lives Matter un significado diferente durante la pandemia?

Se trata de una cuestión importante. ¿Por qué coincidió el resurgimiento de la actividad antirracista militante en los EE.UU. con la pandemia de la Covid? Hemos visto asesinatos de gente de color durante mucho tiempo, lo mismo que movilizaciones en contra de ello. Asi que, ¿por qué las protestas se hicieron tan amplias y continuadas justo en ese momento, en medio de una horrible crisis sanitaria? Hay quienes han sugerido que los meses de confinamiento crearon una intensa presión psicológica que encontró un desahogo muy necesario en las calles. Pero creo que hay razones más profundas, forjadas en la crisis, que provocaron algunos destellos importantes de percepción política. El darse cuenta de que esas dos expresiones aparentemente distintas de racismo estructural – vulnerabilidad dispar a la muerte causada por el virus y vulnerabilidad dispar a la muerte causada por la violencia policial– estaban en realidad ligados, que ambas estaban enraizadas en el mismo sistema social.

Para cuando estallaron las protestas en mayo de 2020, ya estaba claro que los norteamericanos de color, y los negros en particular, contraían y morían a causa de la Covid de forma desproporcionada. Tenían peor atención sanitaria y una mayor tasa de situaciones subyacentes, ligadas a la pobreza y la discriminación y vinculadas con las malas secuelas de la Covid: asma, obesidad, estrés, alta presión sanguínea. Afrontaban mayores riesgos de contagio, debido a sus trabajos en primera línea que no podían realizarse en remoto y a una situación de viviendas atestadas. De todo esto se había informado ampliamente en los medios informativos. Y eso caló hondo, dando un nuevo sentido a ‘Black Lives Matter’.

El lema llevaba circulando desde 2014, cuando el asesinato de Michael Brown en Ferguson, estado de Misuri, a manos de la policía desencadenó el Movement for Black Lives. Desde entonces, ha habido muchísima organización, sin que faltaran grupos de concienciación y de lectura, lo que ha formado a una nueva generación de activistas antirracistas militantes, sobre todo de jóvenes activistas de color. Ese fue el contexto, la atmósfera, en la que se recibieron y procesaron las noticias del impacto racializado de la Covid. Como remate de todo esto llegó el asesinato de de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis, que captó para que todo el mundo lo viera ese video indignante y desgarrador. Y así se encendió la mecha. Dicho de otros modos, ese momento justo no fue una coincidencia.

La convergencia de las protestas por la pandemia y la violencia policial expresaban la expansión, la profundización de ‘Black Lives Matter’. Un primer nivel de significado era que, si las vidas de los negros de verdad le importaran al sistema de ‘justicia’ penal norteamericano, en ese caso no existirían las múltiples formas de violencia racializada. Cuando golpeó la pandemia, eso también vino a significar: no se deberían perder ni acortar las vidas negras con esta mezcla letal de exposición al contagio y a problemas de salud preexistentes, que señalan a su vez condiciones estructurales subyacentes.

La repercusión electoral de BLM fue enormemente positiva, de manera evidentísima en el estado de Georgia, que pasó del profundo rojo [color de los republicanos] al azul [color de los demócratas], otorgando sus votos electorales a Biden y dándole la vuelta a dos escaños del Senado, concediendo uno a un afroamericano y el otro a un judío (lo que es una gran noticia en el Profundo Sur), y entregando así de este modo a los demócratas el control del Senado. En la dinámica que opera aquí contó el rechazo de las zonas residenciales blancas, así como una participación masiva de los negros, galvanizados sin duda estos últimos por Black Lives Matter, pero también preparados gracias a años de organizarse en ese estado para ‘salir a votar’, una dura labor sostenida por activistas sobre el terreno, como Stacey Abrams.

La derrota de Trump fue aclamada como una victoria, pero no parece que la victoria de Biden despertase el mismo entusiasmo. ¿Qué lectura hace de los resultados de las elecciones norteamericanas? Ha vencido de manera decidida el ‘neoliberalismo progresista’ al populismo reaccionario del bloque de Trump y al populismo progresista de Sanders?

Seguimos, por recurrir a los términos de Gramsci, en un interregno, en el que lo viejo agoniza, pero sin que lo nuevo pueda nacer. En esa situación, se tiende a registrar una serie de oscilaciones políticas, con balanceos de un lado a otro entre alternativas que están agotadas y no pueden tener éxito. En el presente, sin embargo, no nos hemos columpiado todavía del trumpismo a la vuelta al ‘neoliberalismo progresista’ a gran escala encarnado por las administraciones de Clinton y Obama. Eso podría suceder todavía, por supuesto, pero a fecha de hoy el movimiento del péndulo lo controla un ala izquierda recrecida en el Partido Demócrata. La derrota de Trump quedó asegurada gracias a una alianza entre el centro neoliberal del establishment del Partido, el ala Clinton-Obama, y su oposición populista de izquierdas, el ala de Sanders-Warren-AOC [Alexandria Ocasio-Cortez]. Cierto es que los centristas habían maquinado la brutal expulsión de Sanders del proceso de primarias, pese – o a causa de – su sólida proyección, con el fin de abrir camino al entonces tambaleante Biden para que se convirtiera en el candidato designado por el Partido. Pero a diferencia de 2016, las dos alas se fusionaron para las elecciones generales. La facción de Sanders prestó apoyo total a Biden contra Trump, y a cambio consiguió tener una mayor voz política.

El resultado es que los populistas progresistas y los neoliberales progresistas están hoy en coalición. Los populistas son la parte más débil de esta alianza y no están representados en el gabinete de Biden. Pero su influencia ha crecido, sin embargo. Sanders encabeza hoy el poderoso Comité Presupuestario del Senado y le entrevistan con frecuencia en las televisiones nacionales, lo cual es algo nuevo: antes nunca le dispensaban tratamiento de portavoz o comentarista clave. Además, asimismo ‘The Squad’, el grupo de AOC en el Congreso, ha doblado su número, y ha vencido en algunas contiendas importantes en las elecciones de 2020.

Y en política interior, los centristas se han movido a la izquierda. Los demócratas de ambas cámaras votaron unánimemente a favor de la ley de ayudas para la Covid de Biden, cifrada en 1.9 billones de dólares, que contiene varios puntos de la lista de preferencias progresista-populista. Ese paquete refleja claramente la fuerza e influencia del ala de Sanders. Sin embargo, ha tenido el apoyo de los asesores económicos de Biden, los cuales, aunque no estén, ciertamente, ‘a la izquierda’, representan al menos una ruptura parcial con los ex-alumnos de Goldman-Sachs que han gestionado durante décadas el departamento del Tesoro y nos trajeron la financiarización. Dirigidos por Janet Yellen, la orientación del nuevo equipo es neo- o cuasi-keynesiana; si bien todavía comprometidos con el ‘libre comercio’, al menos han renunciado temporalmente a la lógica de la austeridad y han dado prioridad al pleno empleo por encima de una inflación baja.

El actual estado de la administración Biden representa una formación de compromiso. Sus políticas de (re)distribución mezclan algunos elementos reactivados del pensamiento del New Deal con el lado de libre comercio propio de la economía política neoliberal, mientras sus políticas de reconocimiento incluyen elementos tanto meritocraticos como igualitarios. Se acumulan aquí muchas tensiones inherentes, que van a aparecer tarde o temprano. Está todavía por ver cuándo y de qué manera, y también si se resolverán y en qué términos. En general, la alianza de la izquierda y los liberales es endeble, y no durará siempre. Pero sigue sin estar claro qué es lo va exactamente a substituirla.

Una variable clave reside en la medida en que las políticas de Biden van a satisfacer a una población que se tambalea no sólo a causa de los efectos colaterales sanitarios y económicos de la pandemia, sino también debido a las ‘condiciones preexistentes’. Son cuarenta años de desindustrialización y deslocalización, financiarización, acoso a los sindicatos, trabajos basura, declive industrial, además de violencia policial, destrucción ambiental, deshilachamiento de la red de seguridad social: todo lo que ha operado para empeorar las condiciones de vida de los pobres, la clase trabajadora y las clases medias y medias bajas.

Son esos los procesos que desencadenaron el abandono masivo del ‘neoliberalismo progresista’, en la revuelta populista, de dos filos, de 2016: Trump, por un lado, Sanders, por otro. Y ambos movimientos continuarán de una forma u otra, mientras continúen esos procesos. De manera que el compromiso de Biden depende de su capacidad de hacer suficientes concesiones favorables a la clase trabajadora para mantener a bordo a los populistas de izquierda y mellar la fuerza de los populistas de derechas. Y además, hay que mantener contenta a la clase inversora. No es un trabajo fácil.

La elección de Kamala Harris ha provocado reacciones encontradas en la izquierda, entre quienes recalcan que hay una mujer negra de vicepesidenta y los que critican sus anteriores posturas sobre la pena de muerte y su encubrimiento de abusos de autoridad como Fiscal General de California. ¿Qué análisis hace de ello?

Nunca he sido muy partidaria de lo que Anne Phillips llamó en cierta ocasión la ‘política de la presencia’, la idea de que elegir a alguien que se te parece – a una mujer o a una persona de color, por ejemplo – es por si misma un gran logro. A nadie con una pizca de feminismo en los huesos se le ocurrió apoyar a Thatcher. En los EE.UU. de hoy esto lo tenemos más claro, creo, después de haber elegido a un afroamericano para la presidencia en 2008. Mucha gente depositó su voto con tremendas esperanzas en un cambio de envergadura, que el candidato cultivó deliberadamente mediante una elevada retórica de campaña. Y el resultado fue una profunda decepción. Una vez en el poder, Obama se desprendió rápidamente de esa inspiradora oratoria y gobernó como neoliberal progresista. Después de esa experiencia, nadie que piense en la política con cierta hondura se va a sentir muy estimulado por el ascenso de Harris a la vicepresidencia. Hay un viejo dicho que afirma: ‘si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos veces, la culpa es mía’.

En cualquier caso, Harris no es – a diferencia de Obama –ni una desconocida política ni una oradora de gran altura. Tiene un largo historial político como fiscal y administradora ‘dura con la delincuencia’ y como agente político ambicioso. Habría que estar voluntariamente ciego para pensar en ella como un faro de ‘esperanza y cambio’. Por otro lado, es muy brillante y muy flexible, sabe leer bien la dirección del viento y ajustar su rumbo como corresponde. Entra dentro de lo posible que pudiera moverse un poco a la izquierda si ese rumbo le conviniera a sus ambiciones, que incluyen la presidencia para la que ahora la están preparando como número dos y supuesta sucesora de Biden. Pero en la medida en que se trata de alguien que sigue la corriente, es más importante analizar la corriente.

Cuando se derrumbe el compromiso de Biden, como tiene que pasar, los liberales atacarán probablemente a la izquierda y tratarán de resucitar el neoliberalismo progresista con algún nuevo disfraz, igual que las fuerzas del MAGA [Make America Great Again, el trumpismo del “Hacer de Nuevo Grande a Norteamérica”] tratarán de resucitar su alternativa reaccionaria-populista. Y en ese punto, la izquierda se enfrentará a una encrucijada. En una hipótesis, redoblaría las formas de superficiales políticas de identidad que impulsan la cultura de la cancelación y el fetichismo de la diversidad, En otra, haría un serio esfuerzo por construir una tercera alternativa, articulando una política inclusiva de reconocimiento con una política igualitaria de redistribución. La idea consistiría en separar a los elementos favorables a la clase trabajadora de cada uno de los otros dos bloques y unirlos en una nueva coalición anticapitalista, que se comprometiera a luchar por el conjunto de la clase trabajadora, no solamente por la gente de color, los inmigrantes y las mujeres que apoyaron a Sanders, sino que atrayera – sobre la base de sus intereses económicos – a quienes se pasaron a Trump. Esa coalición podría entenderse como una versión de izquierdas del populismo. Pero lo veo menos como un punto de llegada que como un estadio transicional, en camino hacia algo más radical, una transformación estructural profunda de todo nuestro sistema social. Eso requeriría no sólo una política de populismo de izquierda, sino algo más parecido al eco-socialismo democrático.

es profesora de Filosofía Política en la Henry A. and Louise Loeb, un centro de política y ciencias sociales de la New School for Social Research de Nueva York. Su investigación académica gira en torno a la teoría social y política, la teoría feminista y la filosofía contemporánea francesa y alemana.

Fuente:

Sidecar, New Left Review

EEUU y China: una puja entre potencias disimiles

No hay equivalencia en el principal conflicto geopolítico actual. EEUU agrede y China se defiende

Por Claudio Katz

Washington pretende recuperar su liderazgo imperial y Beijing intenta sostener un crecimiento capitalista sin confrontaciones externas.

La restauración inconclusa, el régimen político, la historia de acosos y el abismo cultural con su oponente limitan la conversión de China en una potencia imperial.

Su creciente captura de flujos internacionales de valor es reciente. América Latina necesita combinar la resistencia a la dominación estadounidense con la renegociación comercial con China.

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Cinco tesis sobre el populismo

Existen grandes diferencias entre el populismo europeo y el latinoamericano. Estas diferencias pueden deducirse del análisis de Dussel

Por Enrique Dussel

Artículo publicado por la UAM-Iztapalapa, México, en 2007, que volvemos a publicar ahora porque sigue teniendo vigencia entre los intelectuales de izquierda, tanto latinoamericanos como (o principalmente) europeos, dado el florecimiento de los populismos en ese continente.

Permítaseme resumir el tema en cinco tesis sobre el fenómeno del populismo que ha cobrado actualidad dada la existencia de gobiernos latinoamericanos que, a excepción de México y Colombia, han escogido presidentes de centro-izquierda en las últimas contiendas electorales desde el año 2000. Un cierto cansancio ante los modelos neoliberales aplicados por las élites y la constatación de las masas populares de los efectos negativos del consenso de Washington han promovido movimientos y decisiones que se juzgan como populistas por los grupos o los intereses conservadores, de dentro de América Latina o desde fuera, es decir, desde EEUU o Europa.

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De la Comuna a lo común: entrevista a Toni Negri

Realizada dentro del proyecto Comuna Planetaria, esta conversación de Niccolò Cuppini con Toni Negri, el pasado 18 de marzo, analiza un evento tan formidable y complejo que todavía hoy reverbera en algunos de los movimientos, esparcidos por el mundo, que contestan el poder constituido.

La Comuna como evento histórico

Partamos de la Comuna de París como evento histórico. ¿Cuál es tu elaboración respecto a qué significó en aquel momento histórico, como evento de aquella época, cómo Marx lee la Comuna y qué tipo de transformaciones produce en el pensamiento político pero también en el movimiento obrero?

Es un acontecimiento de un lado tan formidable, y tan complejo del otro, que siempre es difícil definirlo. Hay dos puntos extremos para hablar de él: por una parte el viejo libro de Prosper-Olivier Lissagaray (“Historia de la Comuna de 1871”), que es lo más importante, lo más objetivo jamás escrito sobre la Comuna, con la frescura de un combatiente y la verdad de un prófugo de la Comuna misma; por otra parte el nuevo libro de Kristin Ross “Lujo Comunal”, que es lo más reciente.

El libro de Ross nace de una tesis académica sobre el poeta Arthur Rimbaud, a partir de aquel poema formidable (“La orgía parisiense o París se repuebla”) escrito durante la semana sangrante, la semana en que la Comuna es masacrada por los versalleses vencedores. Hay una estrofa bellísima, que recuerdo ahora:

Cuando tus pies danzaban tan fuertes en las cóleras

París, cuando recibiste tantas puñaladas

Cuando estás acostada, reteniendo en tus alas claras

Un poco de la bondad de la bestia nueva…

¡Qué potente recuerdo de aquella revuelta comunista! Son versos a los cuales estoy de verdad ligado, los puse una vez como exergo en “Dominio y sabotaje”. Allí París es la locura revolucionaria, Paris la loca, París la mártir –bajo los cuchillos versalleses-, de una renovación demente y salvaje. Fauve es todo esto.

La Comuna es el acontecimiento por excelencia, en todos los sentidos. De un lado porque en torno a la insurrección se acumula el máximo de las fuerzas que se habían organizado en el cincuentenio precedente; a partir de los años 30, aquellos descritos en Los Miserables de Víctor Hugo. Y luego del surgimiento del “liberalismo subversivo” contra la Restauración. Del otro lado, la Comuna es el producto del afirmarse y consolidarse de las corporaciones de los obreros en lucha –aquellos mismos que en junio del 1848 habían hecho una primera aparición organizada de lucha revolucionaria y armada-.

Tenemos la construcción de barricadas, nuevo experimento de arquitectura citadina –que precisamente es recogida entre otras cosas en “Los Miserables”, el proletariado parisino luego se aposta en las barricadas, lo que aterroriza a los patrones..-. Recientemente releí “Los Miserables”, no sé muy bien por qué, no tenía muchos deseos de estudiar y me puse a releer estas miles de páginas y las leí todas, incluso las partes más aburridas, entre las que están aquellas sobre la construcción de las barricadas, que no son las cosas más simples de hacer.

Tenemos en la Comuna el expandirse del socialismo del movimiento obrero en términos democrático-radicales. Y junto a esto otra línea, que es el condensarse de las energías intelectuales y proletarias en lucha: un fundamento del comunismo para los siglos por venir. Con las consecuencias que sabemos, por la importancia que esta experiencia asumirá en su forma más revolucionaria cuando es recuperada en la reflexión que, de Marx en adelante, se hará de esta experiencia comunera.

Una experiencia que se organiza alrededor de los dos elementos siempre presentes y ya clásicos en la acción de los comunistas: de un lado la exigencia de democracia progresiva, que salta más allá de la representación, y se define como democracia de los consejos, democracia directa, democracia de la participación inmediata. Este es el primer elemento.

Como consecuencia de esta radicalidad: la revocabilidad de los mandatos, el pago de un salario por la función, simplemente un salario medio, se dirá aquel del trabajo socialmente necesario. Entonces el representante deviene simplemente un mandatario, controlado en el tiempo de su función e igual a sus mandantes. He aquí la democracia directa.

Y del otro lado el tema del salario, tema sobre producción y reproducción, donde la participación política debe develar su presupuesto abstracto que es la cooperación productiva,  y restituirla en concreto a través de una redistribución del beneficio, aunque en la dinámica legislativa de la Comuna se lo ve de manera bastante reducida (porque en realidad está simplemente la reducción del horario de trabajo de los panaderos: primero trabajaban toda la noche, entonces se aplica un horario reducido. Sin embargo esta reforma indica la atención que hay durante todo el tiempo comunero –tan breve- a las condiciones del trabajo, al salario y al ingreso).

Estos dos elementos –democracia directa e ingresos para todos- se combinarán en la historia de la Comuna en formas singulares, que Kristin Ross ha iluminado bien. La misma no nace simplemente de la confluencia en la Comuna proletaria, en su gestión, de un sector intelectual, aquel más democrático, si no que pasa por la investidura que la Comuna opera sobre la vida cotidiana: aquí reconocemos hoy su carácter biopolítico.

Esto me parece fundamental. Se preguntaron allí, en términos muy progresivos, por parte de los ciudadanos trabajadores: ¿cómo se hace para vivir en conjunto? ¿Cómo se hace para vivir como si se hiciera fiesta? Ser juntos  significa tener la posibilidad de serlo, libremente y en igualdad, y también en forma exuberante, con las mismas posibilidades, y así formar nuestras pasiones comunes bajo el signo de la felicidad. He aquí, esta me parece la forma históricamente excepcional y única de la Comuna.

Retornemos luego a qué cosa fue propiamente la Comuna en su época. El 1871 parisino es también un momento de resistencia, no olvidemos jamás que estaba la armada prusiana en torno a la ciudad, que los prusianos han hecho las paces con los versalleses, que están bajo los muros..Pero atrás, al lado, por todas partes está el ejército prusiano. No había que batirse solo por la Comuna, también contra los prusianos. No por gusto en el 1871 contra los prusianos fueron a combatir también los garibaldinos. Alrededor de Blefort, en las tierras de confín entre Suiza y Francia, en la baja Renania, las bandas garibaldinas son las únicas que tienen a raya a los alemanes, llevando también allí la voz de la Comuna.

Contra los versalleses y los prusianos, por la Comuna, están un poco todos, de los garibaldinos a los anarquistas –que asumieron de ella después fácilmente el modelo-, hasta los marxistas. De cualquier manera creo que era necesario el movimiento obrero así como venía constituyéndose a través de la acción teórica de Marx, para que la Comuna resaltase con el fulgor que tuvo. ¿Pero realmente los marxistas aprehendieron este acontecimiento de manera completamente diferente a los anarquistas, o quizás no? ¿O quizás la Comuna funciona como matriz de todas las estirpes, de todas las razas, de todos los géneros? La Comuna, lo digo spinozistamente, es como la sustancia de la cuál saltan fuera todos los modos de ser comunista. Para mí es esto.

La Comuna en el tiempo

Progresemos en la historia. ¿Cómo reverberó el acontecimiento Comuna al interior del movimiento obrero? Hay una anécdota de Lenin que baila en la plaza nevada cuando la revolución supera en duración los días de la Comuna, pero pensemos también en el imaginario político del 68 francés y los escritos de Lefebvre, o te pregunto también por tu experiencia del 77 italiano si habían referencias, anclajes a la Comuna, y más en general como funcionó la Comuna como teoría política y como imaginario que la Comuna sedimentó.

Lenin estaba todavía en Petrogrado, le faltaba conquistar Rusia entera, cuando festeja haber superado los días de la Comuna. Y está indudablemente la recuperación por parte de Lenín (yo sigo diciéndolo Lenín a la emiliana, como lo decían mis viejos) de aquello que Marx había construido: la Comuna como ejemplo de extinción del Estado –y aquí se funda la universalidad de de aquella palabra de orden-. Lenín (pero quizás ya Marx) establece una continuidad con el anarquismo, asume la “toma del Estado” como momento táctico respecto a la estrategia de los comunistas que es siempre aquella de la extinción del Estado. Para los anarquistas el momento táctico es un pasaje que no cuenta, a la toma del Estado no sigue un momento de transición: el Estado se destruye y basta.

Para Lenin (y también para Marx) existe en cambio un período de transición, donde evidentemente se dan problemas enormes, tanto mejor percibidos hoy después de todo lo que acaeció en la Unión Soviética, cuando el así llamado período de extinción del Estado devino un terrible mecanismo stalinista de recentramiento del Estado mismo. ¡Ha creado evidentemente muchos problemas para la teoría marxista del Estado, en lo que hace precisamente a su extinción, todo aquello que sucedió! A mí sin embargo me interesa, lo digo en modo radical, el tema comunero de la extinción del Estado. No creo que sea posible decirse comunista si se abandona este concepto.

Ciertamente, se precisa asumir esta propuesta como una tarea teórica y práctica. Luego-digámoslo de modo weberiano- sin ninguna desvalorización de las realidades institucionales y de las funciones de centralización, propias de la complejidad del entramado entre Estado y capitalismo, pero tampoco de los procesos de igualamiento, en las grandes transformaciones de la vida social, económica y civil, allí donde la cooperación social se ha hecho más extensa e intensa. Como justamente sucede hoy.

Pero en el mismo momento en el cuál se tienen presentes estas necesidades, estas urgencias, se presenta también, como deber de una ética radical, el empeño de destruir toda idea de “monopolio” de la violencia legítima de parte del Estado. Digámoslo claramente: de destruir el concepto mismo de legitimidad del poder, y de introducir la idea de la posibilidad de un dispositivo plural de poderes, de consejos, de articulaciones que pongan en acto la disolución de la complejidad capitalista y de tener el comando sobre esta disolución.

Esta es la apuesta a la cual todas las temáticas comunistas deben plegarse, y con la cual jugar. Tanto más hoy, cuando el discurso sobre la lucha de clases y sobre el Estado se concentra siempre más expresamente sobre una hipótesis y una teoría de contrapoder (en acto). Un contrapoder capaz de producir la extinción del momento central del poder, aquello re-agregado en el Estado.

Resta el problema de qué cosa deba ser una transición: ¿desde X a.. qué cosa? Probablemente será la fórmula misma de la transición la que constituirá la forma social de la organización comunista, es decir la forma de aquella actividad de construcción de un entramado de poderes con los cuales, a través de los cuales, se podrá afirmar el máximo de la libertad y el máximo de la igualdad. Y naturalmente el máximo de la productividad, pero en su adecuación a las condiciones generales (físicas y ecológicas) de sobrevivencia de la comunidad humana.

Dicho esto, retornando a la Comuna, las dos dinámicas que decía arriba, la temática consejista y la temática salarial-igualitaria, viven enteramente en toda la experiencia comunista. Viven en Lenin. Primero que todo. Me gusta excavar en aquello que decía Lenin, y me parece claro que cuando dice “Soviet + electrificación”, dice exactamente ésto: Soviet como destrucción del Estado y sustitución de sus funciones a través del régimen de los consejos.

Y del otro lado la electricidad, que en aquella fase es el modo para producir las condiciones del salariado, el modo para producir riqueza, el modo para dar vida a quien debe participar en el poder, y a la supervivencia de todos. En la vida en común, la vida precede siempre al poder, siempre, en todos los casos. Por ésta indicación, la Comuna es central.

Sobre Lefebvre…es un actor demasiado importante, aunque si para valorarlo, en mi mirada, se necesita entrar un poco mejor dentro de las grandes polémicas de la postguerra –en aquellas sobre el humanismo marxista en particular-, en las cuales quedó pegado desde el PCF y eliminado por Althusser. Entonces, necesitamos entrar un poco en ellas, porque para mi recuperar –probablemente con Lefebvre- una cierta visión del humanismo comunista, es algo central. El libro de Kristin Ross, dentro de todas sus elegancias posmodernas, en realidad expulsa de obtusas y antiguas polémicas justo este elemento lefebvriano, el humanismo de la Comuna así como el humanismo del primer Marx, que es preciso rescatar.

De modo que se necesita estar un poco atentos, porque cuando Lefebvre se ocupó del primer Marx, lo hizo con no poca connivencia (¡hay que reconocerlo!) con aquella que fue una moda reaccionaria del inicio dela segunda postguerra. En este cuadro, el humanismo de los escritos de Marx del 1844 fue levantado polémicamente contra el Marx del Capital. En Italia es Norberto Bobbio el que deviene el héroe del Marx del 44, coqueteando con Roderigo di Castiglia (pseudónimo de Togliatti en Rinascita).

En Alemania está Iring Feschter que es un colosal revisionista, bien apoyado desde el ánimo reaccionario de la entera Escuela de Francfurt. Lefebvre permanece pegado en este juego, y dado que el Partido Comunista Francés no era tan gentil como el Partido Comunista Italiano, en lugar de ser tratado con guantes –como le pasó a Bobbio- fue aislado y expulsado del Partido, de manera infame.

Por el contrario, Althusser interpreta el “puro Marx” contra el Marx juvenil, el lógico contra el humanista, y da espacio a la cesura por la cual Marx devendrá un marxista materialista solo después del 48. No son reales ni una cosa ni la otra, lo sabemos bien. ¡Pero la política está por encima de la verdad!

Lefebvre tenía razón a medias, se dejó meter en un juego más grande y pagó, porque fue aislado del ambiente que más le interesaba, pese a que fue indudablemente el más inteligente del PCF, pese a que abrió camino a un humanismo biopolítico, al análisis de los modos de vida y a la invención de una nueva fenomenología materialista del vivir en común, dando sobre todo ello una de las contribuciones más importantes a toda nuestra experiencia y capacidad de análisis comunista.

¿Y qué decir de la Comuna y del 77 italiano? El 77, si quieres, está dentro de la tradición de la Comuna. Pero el 77 era muy ignorante, sus fuentes eran los cómics. De cualquier manera está fuera de dudas que el 77 en sus expresiones lúdicas y políticas y en la organización de sus espacios –otra temática muy reciente, la espacialidad de los movimientos-, está dentro de esta tradición. También el espacio de la Comuna era por cierto el de la plaza, de la barricada, etc., el espacio al que responderá Haussmann con su reforma urbana, para recortar este espacio y volverlo horizontal, como el tiro de las ametralladoras, y hacerlo por eso impracticable para la parte proletaria.

Por lo demás el espacio de la Comuna es también y todavía el espacio de las corporaciones obreras, de los tenderos, un espacio preconstituido. Dado que me parece que la investigación y la polémica entre pensadores de lo urbano se haya concentrado recientemente en torno al espacio preconstituido y nuevamente constituido, neoconstituido, estoy completamente de acuerdo en que el tema del espacio neoconstituido sea fundamental en el pensar las luchas y los movimientos, pero tengo dificultad para reencontrarlo en el pasado antiguo, probablemente alcanzando esto al 77.

En cuanto a espacios comuneros en Milán, en mi experiencia, estaba solamente el barrio Ticinese, que podía tener un poco esta calificación. Probablemente también en alguna medida Quarto Oggiaro o il Giambellino, y en Roma con poca frecuencia se alcanzó este nivel (pienso en el Trastevere, en los ataques al desfile de Nixon por ejemplo). Pero no iba más allá. Mientras que más tarde la cosa deviene diferente, comienza a ser pensada en Seattle en el 99 y a aparecer muy evidentemente con las grandes luchas del ciclo 2011, con las revueltas árabes y en España con Puerta del Sol.

Esta idea de la espacialidad de los movimientos pone problemas de organización importantes. Probé estudiarlos junto a Michael Hardt en Asamblea, pero no creo que hayamos logrado dar la idea de lo que significa, hasta el fondo. Asumimos este leit motiv, este ritornello del “Go…”, del “Call and respond”, que era el ritornello del canto de los esclavos negros cuando iban al trabajo. Uno lanzaba la pregunta, y el otro motivaba la respuesta: bien, he aquí algo que podía fijar de alguna manera en el movimiento, en la marcha, un mecanismo de organización del discurso. Pero ni siquiera esto corresponde a la experiencia de plaza que aprendí a conocer con el 2011.

Participé un poco en los movimientos españoles, estudié bien el 2013 brasileño (que fue un movimiento de gran importancia), me queda la duda de no saber bien cómo se pueda definir la nueva espacialidad de los movimientos desde un punto de vista político. Pero seguramente, a partir de entonces, la espacialidad ha devenido central. Blacks Live Matter, Gilets Jaunes, y hoy los movimientos feministas en Bielorrusia –he aquí tres ejemplos muy fuertes-. Probablemente, vale la pena entonces mantener la metáfora, y decir que queremos repetir la Comuna, para tener en pié una relación entre consejo y movimiento.

Estas dificultades no restan nada al imaginario de la Comuna, si bien retornando sobre las luchas sociales, a los espacios que ocupan, y a Rimbaud, a la poesía que leía antes, incluso concediendo todos los honores a Kristin Ross, se necesita recordar muy bien que la lucha de clases es también una cosa de luchas, de rupturas, de pérdidas, de muerte. No sé si has estado en Père-Lachaise, en el cementerio de la Comuna, donde está el muro de los fusilados y las fosas comunes. Te dan ganas de llorar cuando vas ahí, y sin embargo es necesario recordar también esto: la lucha de clases es bella, pero también es una cuestión de vida y de muerte, y para la Comuna fue también eso –Lissagaray lo narra bien-.

La Comuna planetaria

Probemos a enmarcar la Comuna como forma política, pensando en otras geografías y tiempos en los cuales la Comuna fue re evocada –pienso en particular en la Comuna de Shanghai o la de Oaxaca-. Incluso permaneciendo en la Comuna de París, estudios recientes tienden a trazar una genealogía de ella que no es atribuible solo al perímetro parisino, si no que la ensancha dentro de aquella dimensión constitutivamente transnacional dentro de la cual acontecen los fenómenos políticos, y entonces mira al acontecimiento parisino dentro de una dimensión también colonial/decolonial de luchas, que se ensanchan más allá del momento específico.  Pero precisamente, la Comuna deviene también una dimensión política que no simplemente se reproduce sino se propone como una forma política. ¿Qué nos dice este re proponerse suyo, incluso en sus obvias diferencias contextuales?

La Comuna tuvo un enorme significado en el pensamiento político en cuanto, precisamente, ha sido tratada como forma política. Toda experiencia política, real, en la cual habitamos, la recuerda en cambio como acontecimiento, y frecuentemente como acontecimiento derrotado. Luego, tenemos de un lado el modelo político de la Comuna, como modelo consejista, como democracia directa. Y del otro tenemos la experiencia de una forma política real, de un evento político real, que es un evento de derrota, de cruda represión.

Recuerdo que cuando era chico y hablaba de la Comuna con los viejos cuadros del Partido Comunista –obviamente lo hacía con entusiasmo como todo neófito-, estos (dándome una patada en el culo), me recordaban que la Comuna había sido derrotada, pero que su derrota había sido ampliamente rescatada por el triunfo de la revolución rusa y del Ejército Rojo en la defensa de Stalingrado y la conquista de Berlín, y después China, etc., cosa por lo demás risible. Un tercio del mundo estaba comprendido en este rescate.

Esta teleología triunfalista rápidamente se reveló falsa a mis ojos. Siempre más debemos retornar a los “principios”, y atender a las nuevas experiencias de lucha. Y aquí el problema es conjugar el ideal de la Comuna de París con la de Shanghai  o de Oaxaca con la realidad global en la historia de las revoluciones proletarias. Pienso que esto habría sido uno de los grandes problemas de Marx, y de algún modo lo fue, como se puede ver en las publicaciones de sus investigaciones de vejez, sobre todo antropológicas –dicho mejor, más allá del Capital-.

Es cuando inicia los estudios de antropología y busca una continuidad de las formas de organización comunitaria entre el pasado  y el futuro. Nunca he sido un apasionado de este tipo de aventuras intelectuales, porque pienso que sea imposible conectar una forma de la utopía, y más una utopía concreta, a un percurso histórico. Tengo este escepticismo de viejo materialista. Pero Marx era también un materialista y sin embargo probaba a encontrar en la obshchina rusa, como se revela en la carta a Vera Zasulic, la posibilidad de determinar una continuidad histórica del modelo comunista.

En cuanto a Mao: el fue contrario a la Comuna de Shanghai, pero construyó las comunas en las montañas de Henan, un doble poder viviente pero de verdad, y armado, con sus fábricas y también sus escuelas, en las cuales se produjeron los cuadros comunistas trasnformando a los campesinos analfabetos en los futuros dirigentes del Estado socialista chino, por lo demás a través del ejercicio de las armas. Esta es una experiencia extraordinaria, una de las pocas, acontecida en estado excepción –entendiendolo no como excepción constitucional, sino como la excepcional historia de dos guerras maoístas, la guerra civil y la guerra antimperialista contra Japón, que se ligan una a la otra-. Y aquí en el medio hay una primera realización de un contrapoder.

Ahora, estas grandes dimensiones son aquellas en las cuales, creo, el modelo teórico dela Comuna va re propuesto y adecuado a la realidad. Diversamente, tengo mucho miedo de las utopías, de todas las utopías. Cuando miro en torno, veo experiencias formidables desde el punto de vista ético y político, las varias ZAD por ejemplo, y otras experiencias espacializadas del conflicto de clase. No creo sin embargo que con aquello se esté sobre un terreno que se ponga al nivel delas actuales necesidades de un pensamiento revolucionario.

Que son aquellas de entender qué significa determinar un doble poder que no disuelva la complejidad si no que logre aprovecharla, que logre vencerla y utiizarla, y al mismo tiempo destruirla. Que no se acomoda dentro de la complejidad del poder, sino que deviene un virus, que ataca los ganglios fundamentales.

Con esta cuestión se pone luego el problema de cómo la Comuna pueda representar un modelo político, y cómo ello pueda ser válido por ejemplo en las experiencias decoloniales, en las grandes luchas contra el colonialismo. Cuando lees por ejemplo a los indios de los estudios subalternos, Renajit Guha en particular, son descritas allí experiencias formidables de lucha de clases en las guerras de liberación contra el colonialismo inglés en la India. Insurgen Estados enteros, con millones y millones de personas en lucha, en formas que se asemejan a las de la Comuna.

Pero atentos. Hemos entrado hoy en una edad afortunadamente post-colonial. Y no repetiremos la ilusión de que con ello se determine un mundo unificado y liso –ilusión de la que en Imperio estuve muy cercano-, la ilusión que la globalización haya vuelto homogéneo este mundo (el primero, el segundo, el tercero). Hay diferencias enormes aquí y allá, nada que hacer, y a la vez el ámbito unificado global, imperial-global, esta allí.

Si entonces estas diferencias existen, vienen entendidas al interior de un plano único. Ahora, dentro de este interior, no se trata del descubrimiento o el redescubrimiento de viejas experiencias que puedan valer. Puede valer sólo una imaginación constituyente, no pequeñas utopías. El problema del poder se pone en su integralidad.

Preguntémonos entonces: ¿cómo se constituye un contrapoder, o mejor, una práctica de ruptura que atraviese y destruya la complejidad del poder capitalista? No se trata jamás sólo de tomar el Estado, hay una soberanía por destruir, la soberanía capitalista. Lamentablemente hay ese par de problemas. Y este pasaje es algo malditamente difícil, incluso sólo desde el punto de vista de imaginarlo, pero es el terreno sobre el cual debemos probar hasta el fondo nuestra capacidad de análisis y nuestras experiencias.

Con la certeza después que cada vez que rompes sobre este nodo, es una cadena que se rompe, cada vez que rompes aquel pasaje, es casi automático que todo el resto colapse, como siempre sucede cuando se rompe algo tenso.  Dicho esto, es claro que todos los problemas singulares conglomerados en el poder (el problema ecológico es inudablemente central hoy), van todos ligados en la destrucción y la transformación dentro de una cadena prospectiva, dentro de un solo dispositivo. Esto enseña la Comuna.

Lo digo siempre a los compañeros más queridos: debemos imaginar hoy una especie de Pinocho, y construirlo de manera que paulatinamente haga propio el sentido de la complejidad. Un poco como en las fábulas del Seis-Setecientos se le ponía enfrente a un Pinochito una flor para imaginar cómo el olor pudiera dar vida a los otros sentidos.

Hoy no se trata de hacer experiencia de sentidos, sino de pasiones, de pasiones de lo común. Debemos inventar el cyborg de lo común. Se trata de combinar lo post-moderno (es decir la economía, la tecnología, las relaciones sociales y culturales y todo aquello que está en su interior) con la pasión humanista de la Comuna, del estar juntos, del construir juntos, en la libertad y la igualdad.

La Comuna hoy

Algunas cuestiones finales. ¿Qué puede significar pensar el presente y el futuro político a través de la Comuna? En dos sentidos: en primer lugar, qué puede querer decir hoy en términos políticos-organizativos la Comuna como secesión, como ruptura..Antes recordabas a las ZAD como ejemplos de micro-dinámicas no a la altura, como pedacitos de territorio en secesión, ¿pero podemos pensar esta dinámica de separación, de ruptura, a escala metropolitana? ¿Cómo contra-construcción de otros poderes?

Y en segundo lugar,   ¿cómo puede ser pensada el área semántica de la concatenación entre Comuna, commons, comunismo, comunidad, comunas, de frente también a experiencias como las del 2011, del 2013, o las más recientes en Chile y los Estados Unidos, o mirando a los Chalecos Amarillos con su espacialidad hecha de territorialidad expandida y difusa, las rotondas que devienen acampadas moleculares en el territorio francés, y que después son concentradas en lo intensividad de los sábados, en los asaltos a las metrópolis?

Tres cosas me han impactado mucho en estos años. Una es Black Lives Matter (BLM), la segunda los chalecos amarillos, y la tercera que me está impactando de modo formidable (también porque he tenido la fortuna de construir un contacto directo), son las mujeres de Bielorrusia. Lo que está sucediendo allí es increíble: son mujeres, sólo mujeres, que se manifiestan todos los domingos llenando las plazas por centenares de miles.

Mujeres que han producido un movimiento político irresistible –al revés, los policías del poder son sólo hombres-. Este movimiento de mujeres se presenta en un país nada miserable, que ha alcanzado a mantener un notable nivel de industria pesada y ligera, ligada a Rusia pero suficientemente autónoma para poder ser, por ejemplo –y esto explica también muchas de las ansiedades de Occidente-, empleada a la china, como fuerza de trabajo subordinada, por los grandes pools occidentales.

Estas mujeres se manifiestan para pedir una transformación del orden político en sentido democrático dentro de una sociedad con un tradicional buen nivel de welfare, y obviamente poniendo dentro dela lucha la defensa y el desarrollo de todos sus deseos de mujeres. Es una cosa formidable: es la primera vez que se da un movimiento político enteramente hecho por mujeres. No quiero pelear con mis compañeras, que justamente observarán que todo movimiento de las mujeres es político (en particular aquellos que hemos visto desarrollarse últimamente en América Latina), pero aquí se trata justo de un carácter político que mira directamente a lo común y al Estado, a su radical transformación.

Por lo que toca a los movimientos estadounidenses nada que decir que no se haya dicho ya. Mientras que está fuera de dudas que el movimiento de los Chalecos Amarillos, con todas las ambigüedades que ha revelado poco a poco (y hoy lamentablemente con una incapacidad de resurgir), ha mostrado de cualquier manera un nivel altísimo de percepción y propuesta de lo común, no ser simplemente un souvenir de la Comuna (que en Francia está siempre, en cualquier movimiento subversivo que se de).

Pero allí hemos tenido una percepción y una propuesta de lo común, en un momento extraño, cuando parecía que las luchas estuviesen completamente bloqueadas, y la república macroniana hubiera por así decir cortado su plausibilidad. Y sin embargo, he allí los Chalecos Amarillos, y la invención de un espacio movilizado el sábado, en el día en el cual la gente descansa. Una movilización en el día de descanso. Me decía, la primera vez que los veía: “¿qué hacen estos, van a la misa?”. Daban un poco esta impresión.

En breve, el movimiento reveló algo que decididamente superaba toda posibilidad de reducirlo a hecho litúrgico, devino una invención permanente, porque este ponerse juntos se reveló una verdadera fragua de potencia, un momento de expresión formidable. Al ponerse en colectivo en una sociedad en que todos decían que lo político estaba terminado, que lo político estaba muerto..muerto un carajo! Allí se reveló una politización desde abajo excepcional.

Fue ponerse en colectivo y marchar los sábados al mediodía, y de ahí surgió una hoja de ruta por la cual toda la complejidad del dominio capitalista ha sido, una hoja tras otra, como una margarita, deshojada. Este es el primer elemento comunero. La Comuna analítica.

El segundo elemento comunero consistió, para los Chalecos Amarillos, en el determinar (como motor parcial y abierto de subversión) la convergencia de todas las otras fuerzas del movimiento, también las sindicales (y es mucho decir, estando estas siempre celosasde su propio orden corporativo, aunque hoy menos celosas, muy frecuentemente en defensa de su sobrevivencia, porque justo ese aspecto corporativo las ha reducido a ser expresión o subexpresión del poder del Estado).

Los Chalecos Amarillos han despertado a las fuerzas sindicales corporativas, las han invitado a momentos de convergencia de lucha, pero sobre todo han producido un nuevo descubrimiento del terreno de lucha, la lucha sobre lo común.  ¿Cuáles son de hecho las propuestas de los Chalecos Amarillos? Son: primero referéndum –que no es a la 5 Estrellas, es “queremos incidir en el proceso legislativo de manera directa”-; y segundo:  queremos decidir sobre el gasto público, sobre la relación fisco-salario, sobre la redistribución del ingreso.

Esto último, lo económico-salarial, es un elemento esencial y coincidente con el otro, lo democrático –no hay lo uno sin lo otro-. No se puede exigir democracia absoluta, directa, si no se exige salario igual, ingresos para todos. ¿De nuevo la Comuna?

Último problema: vivimos en una sociedad en la cual el mecanismo productivo determina una profunda cooperación del trabajo vivo, y propone una ontología común del trabajo. Se trata de hacer hablar a esta ontología. El modelo político que la Comuna de París produjo venía antes de la emergencia de lo común como potencia productiva; nosotros estamos por el contrario en una situación en la cuál aquella potencia productiva de lo común nos precede, se ha consolidado, es nuestro ambiente. Esto debería representar un privilegio antropológico. Pero el capital se ha apropiado de ello.

Y sin embargo lo común como privilegio antropológico esta ya implantado en nuestra naturaleza y puede devenir explosivo: es claro que, si alcanzamos a expresarlo, todo salta por el aire. Y allí se necesita estar muy atentos, porque se necesita recordar siempre lo que Lissagaray decía de la lucha de clases…incluso frente a una sola ruptura singular, el capital responde con la totalidad de sus fuerzas. El capital es canalla, y no lo digo en términos ligeros. Sabe que necesita destruir a uno para impedir a los muchos, a los demasiados, destruirlo a él. Y entonces, ¡viva lo común y que nos guie bien!

(1933) filósofo y pensador postmarxista italiano, coautor de la obra «Imperio», así como por sus trabajos alrededor de la figura de Spinoza. Negri fundó el grupo político Potere Operaio en 1969. Fue acusado a finales de los años 1970 de diversos cargos, entre ellos, de ser miembro del grupo Brigadas Rojas, e insurrección contra el Estado, y condenado por su participación en dos atentados. Negri huyó a Francia. En 1997, después de alcanzar un acuerdo con el fiscal, que redujo su tiempo en prisión de 30 a 13 años, regresó a Italia para finalizar su condena. Muchos de sus libros más influyentes fueron publicados mientras estaba en la cárcel. Reside en París.

Fuente:

https://www.dinamopress.it/news/dalla-comune-al-comune/

Traducción:Diego Ortolani Delfino

El plan de rescate estadounidense como teoría económica

Por J. W. Mason

Bueno, ha ocurrido esto.

Hay quienes se sienten frustrados por la renuncia al salario mínimo, la reducción del seguro de desempleo, la desgravación fiscal por hijo que debería haber sido una ayuda universal por hijo, el hecho de que la mayoría de las cosas buenas se eliminen gradualmente en los próximos uno o dos años.

Del otro lado están los que lo ven como una ruptura decisiva con el neoliberalismo. Tanto el gobierno de Clinton como el de Obama entraron en funciones con ambiciosos planes de gasto, para luego abandonarlos o reducirlos drásticamente (respectivamente), y adoptar en su lugar una política de austeridad y reducción del déficit. Desde este punto de vista, el hecho de que el gobierno de Biden no sólo haya conseguido impulsar un aumento del gasto público cercano al 10% del PIB, sino que lo haya hecho sin ninguna promesa de reducción del déficit a largo plazo, sugiere un cambio fundamental.

Personalmente, comparto esta segunda perspectiva. Me sorprenden menos las formas en que se recortó el proyecto de ley que la profundidad con la que rompe con el modelo Clinton-Obama. El hecho de que personas como Lawrence Summers hayan sido ignoradas en favor de progresistas como Heather Boushey y Jared Bernstein, y que los halcones del déficit como el Comité para un Presupuesto Federal Responsable hayan quedado gritando irrelevantemente desde los márgenes, no es sólo gratificante como espectáculo. Sugiere un gran movimiento en el centro de gravedad de los debates de política económica.

Realmente parece que, en las grandes cuestiones macroeconómicas, nuestro lado está ganando.

Para que quede claro, el proyecto de ley no se aprobó porque algunos economistas argumentaran convencieran a otros economistas. Fue un resultado político impulsado por las condiciones y el trabajo político. Lo más evidente es que es difícil imaginar este gobierno de Biden sin las dos campañas de Sanders que lo precedieron. (En el discurso del presidente tras la firma de la ley, Bernie fue la primera persona a la que se atribuyó el mérito). Si es cierto, como se ha informado, que Schumer mantuvo la ampliación de las prestaciones de desempleo en el proyecto de ley sólo por amenazar a Manchin de que la cosa no se aprobaría en la Cámara sin ellas, entonces la Escuadra también merece mucho crédito.

Aun así, desde mi rincón parroquial, es interesante pensar en la teoría económica que implica el proyecto de ley. Implícitamente, me parece, representa una gran ruptura con la ortodoxia imperante.

Durante la última generación, los debates sobre política macroeconómica se han basado en una especie de catecismo de libro de texto que dice algo así: “A largo plazo, el PIB potencial crece a un ritmo basado en factores del lado de la oferta: demografía, crecimiento tecnológico y cualquier institución que pensemos que influye en la inversión y la participación de la población activa. A corto plazo, hay acontecimientos aleatorios que pueden hacer que el gasto real se desvíe del potencial, lo que se reflejará en una mayor o menor tasa de inflación. Estas fluctuaciones son más o menos simétricas, tanto en frecuencia como en coste. La labor del banco central es ajustar los tipos de interés para minimizar la magnitud de estas desviaciones. La mejor medida a corto plazo de lo cerca que está la economía de su potencial es la tasa de desempleo; en cualquier momento, hay un nivel mínimo de desempleo compatible con la estabilidad de los precios. Suavizar estas fluctuaciones tiene beneficios reales a corto plazo, pero ningún efecto sobre el crecimiento a largo plazo. El equilibrio presupuestario del gobierno, por su parte, no debe utilizarse para estabilizar la demanda, sino que debe mantenerse a un nivel que garantice una ratio de deuda estable o decreciente; los grandes déficits fiscales pueden ser muy costosos. Por último, aunque puede ser necesario estabilizar el gasto global de la economía, esto debe hacerse de forma que se minimicen las «distorsiones» del patrón de actividad económica y, en particular, que no se reduzca el incentivo al trabajo.”

Los debates políticos -aunque no los libros de texto- se han alejado de este catecismo durante un tiempo. La Nueva Visión de la Política Fiscal de Jason Furman es un ejemplo que señalo a menudo; también se puede ver en muchas declaraciones de Powell y otros funcionarios de la Fed, como he comentado aquíy aquí. Pero estas, obviamente, son sólo declaraciones. El tamaño y el diseño de ARPA es un rechazo más consecuente de este catecismo. Sin ser descrito como tal, es un reconocimiento decisivo de media docena de puntos que los que estamos en el lado izquierdo del debate macroeconómico hemos estado haciendo durante años.

1. La tasa oficial de desempleo siempre es una guía poco fiable del verdadero grado de holgura del mercado laboral y especialmente en las recesiones. La mayor parte del movimiento de entrada y salida del empleo corresponde a personas que no se cuentan oficialmente como desempleadas. Para evaluar la holgura del mercado de trabajo también deberíamos fijarnos en la relación empleo-población, así como en medidas más directas del poder de negociación de los trabajadores, como las tasas de abandono y los aumentos salariales. Según estas medidas, la situación de Estados Unidos antes de la pandemia seguía siendo muy inferior a la de finales de los años 90.  En términos más generales, no existe una fuerza laboral bien definida, sino un suave gradiente de proximidad al empleo. Los desempleados de corta duración son los más cercanos, seguidos por los desempleados de larga duración, los empleados que buscan trabajo adicional, los trabajadores desanimados, los trabajadores desfavorecidos por los empleadores debido a su origen étnico, sus credenciales, etc. Más allá están las personas cuyo derecho al producto social no se ejerce normalmente mediante el trabajo remunerado – jubilados, discapacitados, cuidadores a tiempo completo – pero que podrían llegar a hacerlo si las condiciones del mercado laboral fueran lo suficientemente favorables.

2. El equilibrio de los riesgos macroeconómicos no es simétrico. No vivimos en una economía que fluctúa en torno a una senda de crecimiento a largo plazo, sino en una que cae periódicamente en recesiones o depresiones. Estas recesiones son una categoría distinta de acontecimientos, no un «choque» aleatorio a la producción o al gasto deseado. La actividad económica es un complejo problema de coordinación; hay muchas maneras de que falle o se interrumpa y que den lugar a una caída del gasto, pero no hay realmente ninguna manera de que se acelere bruscamente. (No hay «shocks positivos» en el mismo sentido que hay muchos venenos, pero no hay medicamentos milagrosos). Es fácil imaginar acontecimientos en el mundo real que puedan hacer que las empresas recorten bruscamente sus planes de inversión, pero no que los hagan aumentar de forma repentina e inesperada. En las economías reales, los déficits de demanda son mucho más frecuentes, persistentes y perjudiciales que el recalentamiento. Y en la medida en que este último es un problema, es mucho más fácil interrumpir el flujo de gasto que reiniciarlo.

3. La existencia de histéresis es una razón importante por la que los déficits de demanda son mucho más costosos que el efecto de sobrerreacción. La sobrerreacción puede tener costes a corto plazo en forma de mayor inflación, precios de los activos inflados y una redistribución de la renta hacia factores relativamente escasos (por ejemplo, el suelo urbano), pero también está asociado a un aumento a largo plazo de la capacidad productiva, que puede acabar cerrando la brecha inflacionista por sí sola. Por otro lado, los déficits conducen a una reducción de la producción potencial, por lo que pueden autoperpetuarse a medida que el PIB potencial disminuye. La histéresis también significa que no podemos contar con que la economía vuelva a su tendencia a largo plazo por sí sola: las grandes caídas de la demanda pueden persistir indefinidamente a menos que se compensen con algún gran impulso exógeno de la demanda. Lo que a su vez significa que las estimaciones estándar de la producción potencial subestiman la capacidad de la producción para responder a un mayor gasto.

4. Una economía de pleno empleo o de alta presión tiene beneficios que van mucho más allá de los beneficios directos de una mayor renta y producción. La histéresis forma parte de ello: el pleno empleo es un acicate para la innovación y un crecimiento más rápido de la productividad. Pero también hay importantes implicaciones para la distribución de la renta. Los más desfavorecidos en el mercado laboral son los que más se benefician de un desempleo muy bajo. La experiencia de la Segunda Guerra Mundial, y la posterior evolución de la brecha salarial racial, sugiere que, históricamente, los mercados laborales ajustados y sostenidos han sido la fuerza más poderosa para cerrar la brecha entre los salarios de los negros y los blancos.

No estoy seguro de hasta qué punto los miembros de la administración y del Congreso utilizaron estos argumentos para elaborar el proyecto de ley. Pero incluso si no se argumentaron explícitamente, alguna mezcla de ellos se desprende lógicamente de la voluntad de aprobar algo mucho mayor de lo que implicarían las estimaciones convencionales de la brecha de producción. Alguna mezcla de ellos también debe subyacer a las repetidas declaraciones de que no podemos hacer demasiado, sólo demasiado poco, y del reconocimiento de que los costes de un estímulo inadecuado en 2009 no fueron sólo una menor producción durante uno o dos años, sino un período prolongado de crecimiento lento y estancamiento de los salarios. Cuando Schumer dice que en 2009 «recortamos drásticamente el estímulo y permanecimos en recesión durante cinco años», está defendiendo un modelo de histéresis, aunque no utilice la palabra.

En otros puntos hay una relación más directa entre el debate sobre el proyecto de ley y el cambio de visión económica que implica.

5. La deuda pública no importa. Tal vez me lo haya perdido, pero por lo que veo, en el impulso del Plan de Rescate ni la administración ni los líderes del Congreso hicieron siquiera un gesto hacia la reducción del déficit, ni siquiera un comentario de rigor acerca de que podría ser deseable en principio o a largo plazo. La palabra «déficit» no parece haber aparecido en ninguna declaración oficial del presidente desde principios de febrero, e incluso entonces fue en forma de «es un error preocuparse por el déficit». Su guía para de político avispado sugiere apropiados «sí, pero» al Plan de Rescate: demasiada demanda causará inflación o, alternativamente, que la demanda se colapsará una vez que el gasto termine. Nada sobre la deuda. Las cosas pueden cambiar, por supuesto, pero por el momento es sorprendente lo completamente que hemos ganado en esto.

6. Los incentivos laborales no importan. Durante décadas, las medidas de asistencia social en EE.UU. han sido cuidadosamente diseñadas para garantizar que no ampliaran las opciones de las personas más allá del trabajo asalariado. El compromiso de mantener los incentivos al trabajo era lo suficientemente fuerte como para justificar la supresión efectiva de todas las ayudas en metálico a las familias que no tuvieran a nadie con un empleo remunerado, lo que por supuesto incluye a los más pobres.  El seguro de desempleo pandémico de 600 dólares fue un cambio radical: llegar a todos los que estaban sin trabajo tuvo prioridad sobre asegurar que nadie quedara en mejor situación de la que tendría con un empleo. La evidencia empírica de que esto no tuvo ningún efecto sobre el empleo es informativa sobre los programas de apoyo a los ingresos en general. Obviamente, 300 dólares es menos que 600, pero mantiene la prioridad de una amplia elegibilidad. Del mismo modo, al permitir que las familias sin salario obtengan la totalidad de la prestación, al hacer que la desgravación fiscal por hijos sea totalmente reembolsable, se abandonan de hecho los incentivos al trabajo como principio de diseño (aunque en ese momento sería mejor hacerla simplemente como una prestación universal por hijos). Como mucha gente ha señalado, esto es al menos un giro de 180 grados respecto a la «reforma del bienestar» de la era Clinton.

7.  El gasto directo y visible es mejor que el gasto indirecto o el destinado a modificar los incentivos. Para cualquiera que recuerde los debates sobre la ARRA al inicio de la administración Obama, es sorprendente lo mucho que el Plan de Rescate se inclina por los pagos directos y visibles a los hogares. El plan para permitir que el crédito fiscal por hijos se pague en cuotas mensuales puede tener algunos problemas (y, de nuevo, ciertamente funcionaría mejor si fuera un subsidio fijo en lugar de un crédito fiscal), pero lo interesante aquí es que refleja la opinión de que hacer los pagos más visibles es algo bueno, no malo.

En otras áreas el marco conceptual no ha avanzado tanto como yo hubiera esperado, aunque estamos progresando:

8. La comprobación de los medios de vida es costosa e imprecisa. Como Claudia Sahm, Matt Bruenig y otros han argumentado enérgicamente, hay una gran desconexión entre la forma en que se discute la comprobación de medios y la forma en que realmente funciona. Cuando se habla en abstracto de las ventajas del gasto basado en los ingresos, se da por sentado que conocemos los ingresos de cada hogar y que podemos asignar el gasto con precisión a los distintos grupos de ingresos. Pero cuando llegamos a ponerlo en práctica, nos encontramos con que la principal medida de los ingresos que utilizamos se basa en los registros fiscales de uno o dos años antes; hay muchos casos en los que el concepto de ingresos relevante no es obvio; y la necesidad de documentar los ingresos crea costes e incertidumbres sustanciales para los beneficiarios. Aumentar los umbrales de ingresos para cosas como la desgravación fiscal por hijos es positivo, pero la otra cara de la moneda es que, una vez que el umbral es lo suficientemente alto, es perverso hacer una prueba de recursos: para excluir a un número relativamente pequeño de familias con altos ingresos, se corre el riesgo de que muchas familias con ingresos más bajos queden fuera.

9. La debilidad de la demanda es un problema permanente, no sólo a corto plazo. La crítica más seria al ARPA es, en mi opinión, que muchas de sus disposiciones están programadas para desaparecer progresivamente en fechas concretas, cuando podrían ser permanentes (el crédito fiscal por hijos) o estar vinculadas a las condiciones económicas (las disposiciones del seguro de desempleo). Esto sugiere una visión implícita de que los problemas de la debilidad de la demanda y la inseguridad de los ingresos son específicos de la coronación, más que formas agudas de una condición crónica. Esto no pretende ser una crítica a los que elaboraron el proyecto de ley: puede que sea cierto que una desgravación fiscal infantil permanente no podría aprobarse en las condiciones actuales.

Sin embargo, los argumentos en apoyo de muchas de las disposiciones no son específicos de la pandemia, y claramente implican que estas medidas deben ser permanentes. Si la desgravación fiscal por hijo reducirá la pobreza infantil a la mitad, ¿por qué querría hacerlo sólo durante un año? Si una parte sustancial del Plan de Rescate debería ser permanente, eso implica un flujo de gasto público permanentemente mayor. Hay que argumentar a favor de esto.

10. El sector público tiene capacidades de las que carece el sector privado. Aunque el ARPA de Biden es un gran paso adelante con respecto al ARRA de Obama en muchos aspectos, algo que tienen en común es una relativa falta de provisión pública directa. Las medidas de salud pública son una excepción, por supuesto, y la ayuda a los gobiernos estatales y locales -un grato contraste con la ARRA- es gasto público en un punto, pero la gran mayoría del dinero va a impulsar el gasto privado. Esto no es necesariamente algo malo en este contexto específico, pero sugiere que, a diferencia del caso de la deuda pública, los obstáculos institucionales e ideológicos para cambiar las actividades de la provisión lucrativa a la pública son todavía formidables.

Mi objetivo al enumerar estos puntos no es, para que quede claro, juzgar el proyecto de ley en un sentido u otro. En el fondo, creo que es una gran victoria y una clara señal de que las elecciones importan. Pero lo que me interesa en este artículo es pensar en lo que dice sobre cómo está cambiando el pensamiento sobre la política económica, y cómo esos cambios podrían proyectarse en la teoría económica.

¿Cómo sería una macroeconomía que supusiera que la economía está normalmente muy por debajo de las limitaciones de la oferta en lugar de alcanzar el potencial por término medio, o que fuera agnóstica en cuanto a la existencia de un nivel significativo de producción potencial? ¿Cómo sería si pensáramos que los cambios en la producción inducidos por la demanda son persistentes, en ambas direcciones? Sin la suposición de una tendencia determinada por la oferta a la que la producción siempre converge, no está claro que haya un largo plazo significativo. ¿Podemos tener una teoría macroeconómica que prescinda de eso?

Una idea que me parece atractiva es pensar que la oferta limita la tasa de crecimiento de la producción, en lugar de su nivel. Esto encajaría con algunos hechos observables importantes sobre el mundo: no sólo que los cambios inducidos por la demanda en la producción son persistentes, sino también que el empleo tiende a crecer (y el desempleo tiende a caer) a un ritmo constante a través de las expansiones, en lugar de una rápida recuperación y luego un retorno a la tendencia a largo plazo. La idea de que existe una relación empleo-población demográficamente fija a largo plazo se opone a los grandes cambios en las tasas de empleo dentro de los grupos demográficos. Me parece que es mejor pensar que existe un límite máximo en la tasa de crecimiento del empleo -por ejemplo, el 1,5% o el 2% anual- sin ningún proceso de ajuste especial; un crecimiento más rápido requiere la incorporación de nuevas personas a la población activa, lo que normalmente requiere un crecimiento más rápido de los salarios y también implica diversas fricciones a corto plazo. Pero, una vez que el fuerte crecimiento genera una mayor fuerza de trabajo, no hay razón para que vuelva a su antigua tendencia.

En términos más generales, pensar en las restricciones de la oferta en términos de tasas de crecimiento en lugar de niveles nos permitiría dejar de pensar en el lado de la oferta en términos de una economía abstracta no monetaria «dotada» de ciertos recursos productivos, y empezar a pensar en ella en términos de la capacidad de coordinación de los mercados. Estoy seguro de que esta es la dirección correcta. Pero hay que elaborar un modelo adecuado antes de que esté listo para los libros de texto.

El modelo de manual sobre los mercados laborales que todavía enseñamos justifica un enfoque en la «flexibilidad», donde los salarios reales están determinados por la productividad y una posición más fuerte para el trabajo sólo puede conducir a una mayor inflación o desempleo. En cambio, necesitamos un modelo en el que la posición relativa de la mano de obra afecte tanto a los salarios reales como a los nominales, y en el que un crecimiento más rápido de los salarios pueda ser absorbido por un crecimiento más rápido de la productividad o una mayor participación de los salarios de forma tan plausible como por un aumento de los precios.

O, de nuevo, ¿cómo pensamos en la deuda pública y en el déficit una vez que abandonamos la idea de que una relación constante entre la deuda y el PIB es una restricción dura? Una posibilidad es que pensemos que el déficit importa, pero la deuda no, al igual que ahora pensamos que la tasa de inflación importa, pero el nivel de precios absoluto no. A las generaciones anteriores de economistas, la idea de que los precios pudieran subir eternamente sin límite les habría parecido una locura. Pero hoy nos parece perfectamente razonable, siempre que la subida en un periodo determinado no sea demasiado grande. Tal vez lleguemos a la misma opinión sobre la deuda pública. En la medida en que nos preocupemos por el coeficiente de deuda, debemos destacar el hecho de que su crecimiento en el tiempo depende tanto de los intereses, la inflación y las tasas de crecimiento como de los nuevos préstamos. Por el momento, el hecho de que los tipos de interés sean mucho más bajos que las tasas de crecimiento es suficiente para convencer a la gente de que las preocupaciones del pasado eran exageradas. Pero para considerar esto como una solución permanente y no contingente, necesitamos, al menos, deshacernos de la idea de un tipo de interés natural.

En resumen, al igual que una generación de la teoría macroeconómica dominante fue reconvertida en un argumento a posteriori a favor de un banco central con objetivos de inflación, lo que necesitamos ahora son manuales y teorías que pongan de manifiesto, sistematicen y generalicen el razonamiento que justifica una gran expansión del gasto público, sin limitaciones por las estimaciones convencionales del producto potencial, la deuda pública o la necesidad de preservar los incentivos del mercado laboral. Las circunstancias del año pasado son obviamente excepcionales, pero eso no significa que no puedan convertirse en la base de una regla general. Durante la última generación, la teoría macroeconómica ha sido en gran medida una parábola abstraída de los años 70, cuando los altos tipos de interés (supuestamente) nos salvaron de la inflación. Con suerte, quizá la próxima generación aprenda la macroeconomía como una parábola de nuestra propia época, cuando los grandes déficits nos salvaron del estancamiento secular y del coronavirus.

Es profesor de economía en el John Jay College de la City University de Nueva York y miembro del Instituto Roosevelt.

Fuente:

http://jwmason.org/slackwire/the-american-rescue-plan-as-economic-theory/

Traducción:Iovana Naddim