El capitalismo tardío como desciframiento de la modernidad

Por Francisco Louçã

El marxista belga Ernest Mandel popularizó el término «capitalismo tardío» para describir la forma en que el sistema había cambiado en las décadas de posguerra. La obra de Mandel marcó un hito en el estudio del capitalismo, y aún hoy podemos aprender mucho de su análisis.

Este texto es el prólogo a El capitalismo tardío de Ernest Mandel (Viento Sur-Sylone/Verso libros, 2023)

Cuando, en 1961, Ernest Mandel entregó el manuscrito del Tratado de economía marxista[1] a su editor, todavía era relativamente poco conocido fuera de los círculos militantes en los que había estado involucrado desde su juventud.

Con 38 años, y tras una larga preparación del libro, no solo disponía de un conocimiento profundo de la teoría y de las alternativas en disputa, sino también de datos empíricos y aportaciones de otras ciencias; y, de esta manera, se oponía a una tendencia entre los marxistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial que, en el contexto de la Guerra Fría y después del fracaso de las revueltas en Francia y en Grecia, con la imposición de las reglas del imperio norteamericano en Occidente y con el reforzamiento del estalinismo en la URSS, se volcaron a la filosofía y, sobre todo, a la estética, alejándose de la lucha política y del análisis de las contradicciones del capitalismo triunfante. El libro disfrutó de un éxito generalizado desde su publicación en 1962 y confirmó a Mandel como el más dotado y profundo de los economistas marxistas, lo que se consolidaría a lo largo de los años siguientes.

Sin embargo, como nos cuenta en el prefacio de la primera edición alemana de este libro, publicado en 1972 y que sería su aportación fundamental, el autor quedó insatisfecho con el capítulo sobre la economía contemporánea, que consideraba como “demasiado descriptivo”; sobre todo, porque no profundizaba en el análisis de las etapas de la evolución del capitalismo y, en particular, porque no relacionaba las leyes del desarrollo del capital con el estudio de sus diversas manifestaciones (lo que sería su principal punto de divergencia con las teorías monocausales de las crisis de sobreproducción, que eran dominantes durante la década de 1960 y anteriores).

El camino de cara a ese libro, que es el que ahora está en manos del lector o lectora, recorrió dos vías fundamentales. La primera fue la profundización en el estudio de Marx, con la publicación de La formación del pensamiento económico de Karl Marx, en 1968. Se trataba de una polémica contra la visión entonces hegemónica, según la cual habría dos Marx contrapuestos, uno de juventud, más bien romántico, y otro de madurez, científico y riguroso. Althusser era, por entonces, uno de los impulsores de esta comprensión de la “ruptura epistemológica” entre los dos Marx, pero no era el único. Ahora bien, como ha demostrado Mandel, el concepto de “alienación” atraviesa toda la obra y establece un puente entre las obras de juventud, como los Manuscritos de París (1844), y las últimas obras, de madurez, como El Capital (1867). La publicación de los Gründrisse (1858), que apareció en 1939, en el año en que comenzó la Guerra, y especialmente su edición de 1953, demostraron con claridad cómo Marx mantuvo a lo largo de su vida sus conceptos fundamentales sobre la naturaleza de la explotación y cómo hizo de ellos un manifiesto de combate. La amistad de Mandel con Roman Rosdolsky, uno de los fundadores del Partido Comunista de Ucrania, un viejo bolchevique y profundo conocedor de los textos marxistas, puede haber contribuido a este camino de estudio de Marx (Rosdolsky murió en 1967, siendo publicado póstumamente en ese mismo año el notable Génesis y Estruc-tura del Capital de Karl Marx). Siendo así, que desde el Tratado Mandel ha consolidado su marxismo crítico y, por tanto, no solo con fidelidad al origen, sino también impulsando su desarrollo.

La segunda vía que prosiguió a lo largo de esa década –que, no se debe olvidar, fue también la época del Mayo del 68, del otoño italiano, del crecimiento de resistencias antifascistas en el Estado Español y bajo otras dictaduras– fue el trabajo sobre la crisis económica. Sus siguientes publicaciones, en ese campo, fueron dos artículos en el Socialist Register y en Le Temps Modernes, en 1964[2], analizando la posibilidad de un vuelco económico. Este esfuerzo demostraba cómo buscaba profundizar su interpretación de las fuerzas actuantes en la crisis. Fueron estos dos procesos intelectuales, el estudio del Marx menos conocido y la discusión de las contradicciones del modo de producción capitalista, los que lo llevaron a la Tercera Edad del Capitalismo, publicado inicialmente en alemán como Capitalismo Tardío[3]. Los dos títulos tienen cierta ambigüedad, a la que se refiere el autor en el prólogo original: no se trataría de identificar una nueva época, ni un “neocapitalismo”, ni una nueva fase de un “capitalismo monopolista de Estado”, sino una secuencia temporal dentro de la época del imperialismo. “Lamento, además, no haber encontrado un nombre mejor para esta época histórica que este –insatisfactorio porque es sólo cronológico y no sintético– de Spaktapitalismus, o tercera edad del capitalismo”, escribe[4].

Este libro, que es también la tesis doctoral que Mandel presentó para su aprobación en la Universidad Libre de Berlín, donde fue profesor invitado (en el mismo año ocupó una plaza en la Universidad de Vrijen, en Bruselas), fue escrito entre 1970 y 1972, cuando la noción de una profunda crisis sistémica aún era dudosa pero comenzaba a merecer atención (en 1971, el sistema monetario internacional establecido en Bresatton Woods había sido destrozado por Nixon). El autor había explicado las crisis económicas en su Tratado siguiendo la idea del eco-ciclo de la inversión, sin considerar entonces los largos períodos de transformación tecnológica y social. Ahora bien, a partir de 1964, amplió su perspectiva y comenzó a estudiar los trabajos de Kondratiev (artículos de 1922, 1924 y 1926 y el resumen del debate en el Instituto de Coyuntura de Moscú, que sólo se publicará en 1928 en ruso)[5], la confrontación con Trotsky sobre el tema (el informe de 1921 al congreso de la Komintern y su polémica de 1923 con Kondratiev)[6], y la contribución del más heterodoxo de los economistas ortodoxos, Joseph Schumpeter (sobre todo, su libro Business Cycles de 1939)[7]. A partir de estos autores, a los que Mandel reinterpretaría proponiendo su propia teoría, el estudio de las ondas largas del desarrollo capitalista pasó a ocupar su agenda y se convirtió en uno de las incorporaciones más sustanciales que introdujo este libro (en ediciones posteriores, también separaría el texto sobre la ideología y el Estado en dos capítulos distintos, con la intención de desarrollar el tema, aunque sólo lo esbozaría).

Las ondas largas y el capitalismo tardío

La constatación de la existencia de largos periodos de aceleración y desaceleración económica a lo largo del siglo XIX y principios del XX había sido reconocida por muy diferentes autores: Parvus (1901) y Van Gelderen (1913), ambos miembros de partidos socialdemócratas, Bresciani-Turroni (1913, 1916), Pareto, que luego sería nombrado senador vitalicio por Mussolini (1913) y Tonelli (1921), en la academia. Otros economistas han abordado el mismo tema (Aftalion, Tugan-Baranowski). Estos diversos economistas estuvieron de acuerdo con la cronología de largos períodos de expansión y contracción y reconocían la necesidad de combinar factores económicos, políticos y sociales en su análisis. Sin embargo, las explicaciones eran contradictorias: para Pareto, las ondas serían el resultado de conflictos dentro de la élite dominante, particularmente entre especuladores y rentistas, mientras que para Turroni y Tonelli, como para Parvus y Van Gelderen, serían el efecto de luchas sociales determinadas por la disputa sobre la tasa de ganancia.

Van Gelderen sería, entre estos autores, quien propondría una tesis más elaborada, siendo seguido por De Wolff, amigo suyo[8]. Kondratiev, especialista en estadística, comenzó a dedicarse al tema en 1922 y no conocía los escritos de Gelderen, pero llegó a la misma conclusión[9]. Trotsky, que habría conocido el concepto de su camarada Parvus sobre períodos Sturm und Drang[10], de expansión y depresión en las economías capitalistas, se refirió al tema en su discurso en el congreso de la Komintern de 1921, reconociendo diferentes etapas y “coyunturas” en la evolución económica.

De esta manera, pretendía agregar un elemento de crítica a la posición de la ultraizquierda de la Internacional, en particular a la de Bela Kun y la dirección del KPD, que defendían la tesis de que la revolución era inminente ante el esperado colapso del capitalismo, y que recomendaban una acción ofensiva, sobre todo en Alemania. Kondratiev publicó su primer estudio, en el que planteó la hipótesis de un movimiento estadísticamente detectable de grandes variaciones en el desarrollo capitalista, en 1922. Sin embargo, al año siguiente Trotsky lo criticó, utilizando datos del Times londinense para identificar una “curva de desarrollo capitalista” que sería modificada por eventos exógenos, como revoluciones, guerras y decisiones políticas. Criticó así el intento de endogeneizar todos los factores políticos y de ignorar la autonomía de la esfera social en relación con la economía, es decir, el papel de la estrategia y de los partidos políticos. Kondratiev quedaría sorprendido por esta crítica, pues se sentía cerca de cómo se abordó el tema en el discurso de 1921, y no comprendió que el blanco de Trotsky pasara a ser otro sector de su propio partido: la tesis de Bujarin sobre la estabilización del sistema, en el polo opuesto del debate anterior. La visión de Trotsky, que de alguna manera influyó en la lectura de Mandel, era que, si hay una tendencia de desarrollo económico, son los factores políticos exógenos los que determinan los puntos de inflexión, o que las contradicciones internas producen un “equilibrio dinámico” a través de rupturas determinadas exógenamente. En otras palabras, la política manda. De alguna manera, esta interpretación se impuso trágicamente en la vida de estos hombres: en 1928, Kondratiev fue arrestado y, aunque seguiría escribiendo en prisión, ya no podía comunicarse con sus colegas y fue fusilado después de ocho años de cárcel; Trotsky sería por el mismo período apartado del partido y exiliado, y más tarde asesinado.

Las contribuciones teóricas de Mandel

Este libro de Mandel sobre la “tercera edad” constituye su magnum opus y su análisis global más sistemático del capitalismo y sus cambios estructurales. En el momento de su publicación y en los años siguientes, parte del debate sobre la existencia o no de estas ondas largas, que ya se había avivado, se centró en el uso de diversas técnicas estadísticas para medir las desviaciones de la serie real en relación a una tendencia teórica, a través de la descomposición de series (como hicieran Kondratiev y Oparin, y prosiguieran Kuznets, Imbert, Dupriez, Duijn, Kleinknecht, Menshikov, Ewijk, Zwan, Hartman, Metz, Reijnders, etc.)[11]. Por el contrario, Mandel se basa en el estudio de las contradicciones internas del modo de producción capitalista para explicar el paso de una fase de expansión a otra de depresión, sugiriendo que serán necesarios shocks sistémicos para generar una nueva fase de expansión (fase A), una vez instalado un largo período de retracción o desaceleración de la tasa de ganancia y acumulación, pero el viraje a la fase de contracción (fase B) es producida por el propio movimiento de acumulación y sus contradicciones. Así, no propone una simple síntesis entre Trotsky y Kondratiev, sino una teoría distinta y original, que incorpora la autonomía del proceso político en el marco de las “leyes del desarrollo”, o tendencias fuertes de la evolución del capitalismo, que, como ya se verá, son “parcialmente indeterminadas”, y considera “la sociedad como una totalidad orgánica estructurada, movida por el peso de las contradicciones internas”[12]. Así, Mandel fue uno de los primeros autores en desarrollar una explicación históricamente integrada de estos procesos. A éste le siguieron algunos otros autores, en el período de mayor florecimiento del estudio de las ondas largas: Gordon (y los primeros trabajos de la Social Structures of Accumulation), algunos de los regulacionistas franceses, también Shaikh, Wallerstein, Freeman, Pérez, Tylecote, Rosier, Dockès, Kleinknecht e historiadores y estadísticos de las fases del capitalismo, como Maddison. Hay una importante razón teórica para que largos períodos de la historia económica no estén representados por las mismas relaciones estructurales, calculadas a través de una regresión u otro instrumento de descomposición estadística: es que las mutaciones son permanentes en el proceso económico, ya sea en la innovación tecnológica, en los conflictos en las relaciones laborales, en los cambios en las instituciones políticas, o en la estructura y tamaño de los mercados, o incluso en los cambios en las estrategias de los grupos sociales. Las premisas de equilibrio están destinadas a fracasar, y los métodos econométricos tradicionales, particularmente aquellos que asumen el principio de estabilidad causal e intertemporal, dan respuestas erradas a una pregunta errada.

La descomposición estadística de las series se inspiró en el trabajo pionero de Ragnar Frisch, quien en un artículo publicado en 1933 (el mismo que le haría merecedor del primer Premio Nobel de Economía, establecido en 1969), proponía la distinción entre un sistema de impulso [estímulos] (generado por shocks exógenos no sistemáticos) y un sistema de propagación [contagio] (que representaría el mecanismo de la economía, determinando un efecto de disipación de los shocks). Si bien Frisch no realizó un análisis estadístico con datos empíricos, sino una simulación matemática, tanto porque desconfiaba del enfoque probabilístico que servía de base para las regresiones y cálculos estadísticos, como porque creía que no sería posible obtener pruebas estadísticas de la “autonomía”, es decir, de la robustez de comportamiento de variables esenciales, propuso esta dicotomía como base para el análisis de los ciclos[13]. Con el éxito de este modelo, se estableció y después se prolongó en la epistemología positivista de la econometría tradicional, que la causalidad debe ser expresada desde la perspectiva de proximidad exógena, proposición que disgustaba a Schumpeter, con el que mantuvo correspondencia Frisch para la elaboración de este texto, quien, a diferencia de su colega, intuía que el capitalismo genera sus propias innovaciones y sus propias crisis y ésa es su naturaleza. Por otro lado, al discutir el notable libro de Schumpeter sobre los ciclos económicos, Business Cycles, algunos distinguidos economistas lo criticaron por no especificar estas relaciones causales mecánicas[14]. Schumpeter no quería hacerlo, dado que consideraba el capitalismo como un proceso adaptativo, lo que Mandel retoma con minuciosidad a partir de las evidencias precisadas en la Tercera Edad, mostrando el impacto y la adaptación de sucesivos “sistemas de máquinas”[15].

Ahora bien, la incapacidad de los métodos analíticos tradicionales para identificar tanto el mecanismo de equilibrio como la regularidad de estos shocks exógenos, que serían causales, se deriva no tanto de la realidad como de la forma de estos mismos métodos para analizar los datos. Por otro lado, las fronteras entre la exogeneidad y la endogeneidad están definidas por el tipo de modelo que se considere y, por lo tanto, pueden variar, sin ser necesariamente una consecuencia de la realidad. Lo que no es posible es exigir un modelo económico puramente endógeno, por dos razones, siendo la primera que la economía no es suficiente para explicar el capitalismo. En segundo lugar, como demostró Polanyi en The Great Transformation (1944), la imagen de un funcionamiento independiente y mecánico de la esfera económica, imponiéndose a la sociedad, es una proyección ideológica del liberalismo para la justificación del mercado imperfecto, un factum de la imaginación. De hecho, la exigencia de una teoría que lo explique todo es absurda: para que sea posible una explicación con completa formalización endógena, tendría que incluir todas las variables e incluso la extravagante afirmación de que las fuerzas económicas determinan todos los procesos sociales, guerras y revoluciones, así como el propio contexto institucional en todo momento.

Por otro lado, una explicación puramente exógena sería redundante e irrelevante, porque explicaría los acontecimientos por los propios acontecimientos. O sea, el debate sobre la endogeneidad o exogeneidad de los factores causales, que resumió Mandel y que condiciona el horizonte de muchos científicos, es un artificio de un mundo en el que la modelización se ha convertido en la única forma legítima de interpretación científica. Por lo tanto, la centralización exclusiva en la endogeneidad o la explicación por determinación causal exógena son soluciones autodestructivas.

Mandel sugirió una alternativa, una economía realista basada en el conocimiento de la historia. Por eso, en el capítulo cuatro de este libro, critica tanto a Kondratiev como a Schumpeter por no utilizar la tasa de ganancia (o la acumulación) como indicador fundamental de la dinámica temporal del capitalismo, y así propone estudiar las diversas formas del capital y sus transformaciones en la segunda mitad del siglo XX. Durante los últimos quince años de su vida se dedicó a profundizar en este tema, que comenzó a ser discutido en esta Tercera Edad.

“Determinismo paramétrico” y variables semiautónomas

El problema sería retomado por Mandel en 1978, en sus conferencias Alfred Marshall en la Universidad de Cambridge, que fueron publica- das en 1980 como The Long Waves of Capitalist Development, y sobre todo más tarde en un texto de 1985, que dedicó a estudiar las “variables parcialmente independientes” y que fue incluido como anexo en una reciente edición francesa de la Tercera Edad. En este texto estudia la “lógica interna en el análisis marxista clásico”, señalando que algunas variables deben ser consideradas exógenas en el largo plazo, pero que, al no resultar de un simple formalismo que establezca la frontera endógeno-exógeno (es decir, lo que es o no incorporado y definido como consecuencia del proceso formalizado en un modelo dado), son generados en el corto y medio plazo por el propio proceso económico. Mandel llamó a esto las “variables parcialmente independientes (autónomas)”, que representan “todas las dimensiones básicas del modo de producción capitalista”[16], tales como la composición orgánica del capital (volumen y distribución del capital) y su estructura (proporción de activos fijos y circulantes y su distribución entre sectores), la tasa de plusvalía, la tasa de acumulación (y consumo productivo e improductivo de la plusva- lía), la evolución del tiempo de rotación del capital, las dificultades de realización, el intercambio entre sectores, incluyendo las nuevas formas del sector económico de la industria militar o las finanzas. Con este concepto, Mandel pretendía evitar la trampa del reduccionismo de los modelos analíticos y condensar el sistema en el que se determinan estas variables, es decir, las fronteras donde se dan los conflictos por el control, coordinación y poder[17].

Esas variables describirían procesos automáticos en la estructura económica: “Pueden determinar la velocidad, la dirección, el grado de homogeneidad/heterogeneidad del desarrollo. No pueden alterar la naturaleza del sistema o invertir sus tendencias históricas generales (…). Además de la lógica interna del sistema, existen factores exógenos que están activos, que co-determinan parcialmente el desarrollo del sistema, al menos a corto y medio plazo”[18]. Pero el texto añadía que la lógica interna está contenida por la estructura paramétrica que delimita sus trayectorias posibles y que las grandes mutaciones sistémicas se dan en ese espacio: «Entonces, cualquier interacción entre las fuerzas exógenas y endógenas siempre está limitada por esos parámetros, por esas restricciones, y alcanza sus límites cuando amenaza con eliminar los mecanismos básicos del sistema”[19].

De este modo, Mandel se aleja, y con razón, de los debates clásicos de la primera mitad del siglo XX, en los que se posicionaron Luxemburg, Hilferding, Grossmann o Bujarin, que basaban sus análisis de ciclos en los esquemas de reproducción de El Capital. Mandel criticó esta estrategia analítica, dado que se trata de estudios basados en la simplificación del equilibrio de la reproducción, son fotografías estáticas y, en cambio, deberían estudiarse las tendencias inherentes a la ruptura de esos equilibrios, como la relación entre factores causales y sólo comprensibles en contextos concretos. Sin historia, la teoría económica es incapaz de ver la realidad.

Michal Kalecki había abordado un problema similar en uno de sus últimos artículos, en 1968, sugiriendo la definición de “variables semiautónomas” para representar las fuerzas exógenas en el contexto de los modelos matemáticos, pero que debían ser explicadas por la teoría, y así formuló sus modelos de crecimiento y crisis. De esta manera, abandonó la inquietante demanda de una endogeneización completa de la relación entre variables, al mismo tiempo que señaló que un modelo limitado a unas pocas variables nunca podría representar la realidad. Por eso prefería modelos flexibles, asumiendo sus limitaciones, pero realistas, aunque parciales, sustentados en una teoría general que interpretase sus limitaciones y resultados. No desarrolló este tema, pero su intuición fue notable[20]. Es por reconocer estas dificultades que el concepto de variables parcialmente independientes es tan importante, pues desarrolla el papel condicionante de la historia en el marxismo: en lugar de simplificación y determinismo, reincorpora la sucesión de modos de producción en una historia indeterminista y como totalidad orgánica, que analiza procesos y no el equilibrio, utilizando la dialéctica en lugar de una inalterabilidad causal, o determinaciones concretas y locales y no abstractas. Tal vez por eso, en una síntesis autobiográfica en los últimos años de su vida, escrita para el Biographical Dictionary of Dissenting Economists, Mandel subraya que una de sus contribuciones principales fue la noción de “determinismo dialéctico (paramétrico)” opuesto al “determinismo mecanicista”[21],  o sea, subrayó su oposición al positivismo y al marxismo dogmático.

De este modo, apuntó que las fuerzas exógenas no son realmente independientes y deben ser descritas como «variables parcialmente autónomas», o siguiendo a Kalecki, semiautónomas. Kalecki y Mandel sugirieron así que el análisis de la sociedad es irreductible a la simplicidad y el reduccionismo es un error. Este es el enigma de las ondas largas, que son períodos específicos de la historia del capitalismo: las teorías tradicionales no pueden detectar ni un mecanismo ni una regularidad,que son conceptos urdidos para ignorar la historia y descubrir, en su lugar, alguna continuidad y equilibrio.

Complejidad e historia

Al resolver este rompecabezas teórico y al transformar su marxismo en un desciframiento de la modernidad, Mandel mostró cómo el contexto de las ondas largas permitía simultáneamente un rechazo del mecanicismo y entender una historia abierta. Así, es la lucha de clases la que determina la historia y estos grandes períodos, como había sugerido Maddison, son «fases del desarrollo capitalista», que forman y exigen “shocks sistémicos”: la lucha de clases, una vez más[22]. Contra cualquier determinismo tecnológico y estudiando la aceleración de las innovaciones y las transformaciones del capital fijo, u otras condiciones para modificar la composición orgánica del capital y la tasa de beneficio, sobre todo las que resultan de la indeterminación del conflicto social, Mandel y Chris Freeman se acercaron en esta visión de lo que el segundo describía como la tensión entre el sistema tecnoeconómico y la estructura socioinstitucional, lo que puede evitar, retardar o potenciar el impacto de esos cambios y determinar el proceso oscilatorio[23].

De esta forma, reivindicaba la incorporación de la economía como ciencia social y el marxismo como teoría crítica, es decir, como economía política en sentido clásico. La obra de Mandel es un ejemplo paradigmático de este enfoque, que se presentaba claramente cómo el proyecto de comprender y actuar en la realidad social y económica, introduciéndose en sus dinámicas internas, en sus factores ambientales y en las mediaciones políticas e institucionales. Consciente de la dimensión de este trabajo, afirmaba que “podemos aceptar, por tanto, la idea de que las ondas largas son mucho más que las subidas y bajadas rítmicas de la tasa de crecimiento de las economías capitalistas. Son períodos históricos distintos en un sentido real”[24]. Es esa integración teórica la que hace de su teoría un desafío permanente, que no busca una superposición o suma de causas, sino una historia concreta de los conflictos, basada en el análisis del poder y de la coordinación entre las economías y sociedades. Es en esa complejidad que transcurre la modernidad tan enferma en la que vivimos.

Notas

[1] Ernest Mandel (1962), Traité d’Économie Marxiste, Paris: Julliard, 2 volúmenes.

[2] Ernest Mandel (1964), “The Economics of Neocapitalism”, Socialist Register, 1, pp.56-80; (1964), “L’Apogée du Neocapitalisme et ses Lendemains”, Temps Modernes, 20: 219-220, p. 193-210. Mandel abandonaría pronto el concepto de “neocapitalismo”, pero la importancia de estos dos artículos es que son sus primeros textos en que anticipa el agotamiento del largo ciclo expansivo.

[3] El título La Tercera Edad del Capitalismo fue el adoptado en la edición francesa, con la anuencia del autor. Es cierto que el título original, El Capitalismo Tardio, que reflejaba alguna influencia de la Escuela de Frankfurt, donde se usaba ese término, fue visto por Mandel como sinónimo de la versión francesa, aquí seguida. Otras ediciones optaron por traducir literalmente el título original (la brasileña, por ejemplo).

[4] Ernest Mandel (1972/1997), Le Troisième Âge du Capitalisme, Paris: Ed. La Passion, p. 16.

[5] Los principales textos de Nikolai Kondratiev, incluyendo sus tablas estadísticas, sólo fueron publicados en francés en 1992 (ed. Louis Fontvieille, ed., 1992, N.D. Kondratieff, Les Grands Cycles de la Conjoncture, Paris: Economica). La edición inglesa, incluyendo otros textos inéditos, es de 1998 (Londres: Pickering & Chatto, en 4 volúmenes).

[6] La ponencia que Leon Trotsky presentó ante la Komintern fue publicada en The First Five Years of the Communist International, 1945, New York: New Park, vol. 1, pp. 174-226. Su crítica a Kondratiev está en “The Curve of Capitalist Development”, 1973, in Problems of Everyday Life, New York y Londres: New Park, pp. 273-80. El debate en el Instituto de la Coyuntura sólo era entonces conocido por el resumen sesgado de George Garvy (1943, “Kondratieff ’s Theory of Long Cycles”, Review of Economics and Statistics, 25:4, pp.203-220). En ese debate, uno de los investigadores del Instituto de la Coyuntura dirigido por Kondratiev, Oparin, presentó una interpretación alternativa como ponencia en un seminario en 1926, disintiendo sobre el método estadístico de su director y criticando la arbitrariedad de la selección de las ecuaciones, pero asumiendo que existirían puntos discretos de equilibrio y una tasa “natural” de crecimiento de las reservas de oro, siguiendo una teoría monetarista.

[7] Joseph Schumpeter (1939), Business Cycles, New York: Martino, reedición de 2014.

[8] 8 Van Gelderen sólo escribió una serie de artículos sobre las ondas largas (“Spring- vloed-Beschouwingen over Inclustrieele Ontwikkeling en Prijsbeweging”, 1913, en el Die Nieuwe Tijd, no. 4, 5, 6, Amsterdam). Sus ideas fueron después desarrolladas por un amigo, De Wolff, pero ambos escribían en holandés y los textos permanecieron desconocidos para la suya y para las generaciones siguientes. Después de publicar estos artículos, Van Gelderen no volvió al tema y después la tragedia interrumpió su vida (se suicidó en 1940 cuando los nazis ocuparon su país). Kondratiev y los otros participantes en el debate de 1926 no conocían estas contribuciones, que sólo fueron publicadas en inglês en 1996 (por Christopher Freeman, ed., 1996, Long Wave Theory, Aldershot: Elgar).

[9] La cronología de esos cambios en la tendencia era la siguiente: 1781-1851, 1851- 1873, 1873-1894, 1894-1913,1913-… Esto corresponde aproximadamente a las cronologías de los autores anteriores, como a la adoptada por los italianos y por Van Gelderen, que Trotsky probablemente desconocía. La coincidencia de tantos autores diferentes sobre la misma cronología sugiere que, incluso trabajando inde- pendientemente, se les hacían manifiestas características evidentes y comunes del desarrollo del capitalismo en el siglo XIX.

[10] Alexander Parvus (1901), “Die Handelskrisis und die Gewerkschaften”, in Parvus et al., Die langen Wellen der Konjunktur, Berlin, 1972.

[11] Discutí las polémicas sobre Kondratiev y las aportaciones de Mandel sobre todo en Francisco Louçã (1997), Turbulence in Economies, Aldershot: Elgar; (1999), “Ernest Mandel and the Pulsation of History”, in Achcar, Gilbert (ed.), The Legacy of Ernest Mandel, London: Verso, pp. 104-118; (1999), “Nikolai Kondratiev and the Early Consensus and Dissensions about History and Statistics”, History of Political Economy, 31:1, pp. 169-205; (1999), “An Economist at the Crossroad of the Century”, reseña de “Works of Nikolai Kondratiev”, Journal of the History of Economic Thought, 21:2, pp. 203-9; (2012), “Nikolai Kondratiev and Long Waves in Recent Dictionaries and Encyclopaedias”, in Besomi, Daniele (ed.), Crises and Cycles in Economic Dictionaries and Encyclopaedias, pp.443-61, Londres: Routledge; e (2021), “As Time Went By- Why is the Long Wave so Long?”, Journal of Evo- lutionary Economics, 31(3): 749-71.

[12] “Partially Independent Variables and Internal Logic in Classical Marxist Economic Analysis”, publicado inicialmente in Social Sciences Information 14(3), 1985, pp. 485- 505, p.474; reimpreso in (1992), Himmelstrand, Ulf (ed.), Interfaces in Economic and Social Analysis, London, pp. 33- 50. Se cita la versión de 1992, p. 37.

[13] Ragnar Frisch (1933), “Propagation Problems and Impulse Problems in Dynamic Economics”, in K. Koch, ed., Economic Essays in Honour of Gustave Cassel, London: Cass, pp. 171-205. Debe señalarse que, a pesar de este modelo, tanto Frisch como Tinbergen, el físico holandés que compartió con él el premio Nobel de Economia, estaban convencidos de la existencia de las ondas largas en economía y defendieron esa idea a lo largo de sus vidas.

[14] Simon Kuznets (1940), “Schumpeter’s Business Cycles”, in American Economic Review 30, pp. 257-71; Oskar Lange (1941), “Schumpeter’s Business Cycles”, in Review of Economic Statistics 23, pp. 190-93.

[15] 15 Como ocurre con todos los análisis anticipatorios, el de Mandel reveló algunas imprecisiones. Algunas críticas señalaron que lo que consideró la “tercera revolución tecnológica” (desde el final de la Segunda Guerra Mundial), consistente en la generalización de la energía nuclear, en el proceso de automatización y en la electrónica (Troisième Âge, pp. 120-21), ignoró que las primeras generaciones de productos electrónicos no fueron tan impactantes como la difusión de nuevos bienes de consumo duradero. La (micro)electrónica de hoy podría convertirse en la base técnica de una nueva expansión, pero ni su efecto económico era evidente en las décadas de 1980 y 1990, ni están aún dadas las condiciones institucionales y sociales para esta expansión. Pero, como es fácil ver, La Tercera Edad del Capitalismo se publicó apenas un año después de la invención del microprocesador, y su potencial sólo se hizo evidente mucho después. Por otro lado, Mandel sugiere el año 1968 para el final de la fase A de la cuarta onda larga, admitiendo un criterio político dominante, dado que la crisis del sistema monetario internacional y la recesión general que puso fin a los treinta años de expansión sólo ocurriría a principios y a mediados de la década siguiente.

[16] Mandel, 1992, p.38.

[17] 17 No se establece claramente el origen ni el contenido de este concepto. En otra carta privada a este autor (9 de septiembre de 1994), Mandel presentó el concepto como expresión de la incertidumbre en la lucha por el poder. En otra carta a este autor (3 de marzo de 1995), Mandel me dijo que estas “variables parcialmente autónomas” reflejan la incertidumbre y la determinación compleja de la evolución social, en el contexto de las limitaciones históricas. Por tanto, incluirían factores políticos y económicos que forman parte del conflicto social y de la historia real. Supongo que el concepto ha sido influenciado por investigaciones contemporáneas de evolución en biología y procesos dinámicos. Así, a principios de la década de 1980, Levins y Lewontin habían demostrado que la estabilidad de un sistema evolutivo dependía de procesos de retroalimentación y parámetros que gobiernan el índice de evolución y constituyen sus límites. Al mismo tiempo, Prigogine e Isabelle Stengers, y estoy seguro de que Mandel conocía sus trabajos, demostraron que cambiar los parámetros puede causar caos y generar complejidad, o nuevos ordenamientos [organizaciones]. La introducción de los conceptos de complejidad, tiempo, incertidumbre, orden y desorden, entropía y mutación, se ha leído desde entonces en las ciencias sociales como un aporte relevante contra el mecanicismo positivista. Mandel acompañó y, en alguna medida, anticipó esas orientaciones.

[18] Mandel, 1992, p.37.

[19] Ibid. p. 39.

[20] Michael Kalecki, “Trends and Business Cycles Reconsidered”, Economic Journal 78, 1968, pp. 262-76.

[21] Mandel (1992), in Arestis, Sawyer, eds., A Biographical Dictionary of Dissenting Economists, Aldershot: Elgar, p. 340.

[22] Angus Maddison (1991), Dynamic Forces in Capitalist Development, Oxford: Oxford University Press; Mandel (1995), Long Waves of Capitalist Development, Cambridge: Cambridge University Press, p. 141, n. 19, primera edición 1980. Esta idea ya estaba presente en el libro de 1972 (Mandel, Troisième Âge, p. 139).

[23] Escribí con Chris Freeman un análisis de las ondas largas en 2001, publicado como As Times Goes By – From the Industrial Revolutions to the Information Revolution, Oxford: Oxford University Press.

[24] Long Waves, p. 82.

 

Romper el ciclo revueltas-estabilización electoral

Por Raúl Zibechi

Entre agosto y septiembre visité tres países donde en los últimos años hubo importantes levantamientos o revueltas populares: Ecuador, Colombia y Chile. En los tres hubo situaciones similares de gran efervescencia colectiva contra los gobiernos de la derecha, aunque los procesos de fondo mantienen características diferentes.

En Ecuador se registró un levantamiento indígena convocado por la Conaie, en 2019, que consiguió acorralar al gobierno de Lenín Moreno quien debió abandonar el palacio de gobierno en Quito, para refugiarse en Guayaquil. El levantamiento se inscribió en la larga saga de alzamientos indígenas desde principios de la década de 1990, pero en esta ocasión la llegada de contingentes comunitarios visibilizó un potentísimo activismo juvenil en las barriadas populares, sobre todo en el sur de la ciudad.

El levantamiento de 13 días culminó con un multitudinario Parlamento Indígena y de los Movimientos Sociales, que al poco de comenzar su recorrida por el país colapsó ante la convocatoria de elecciones que ganó el actual presidente, Guillermo Lasso. El más vigoroso levantamiento en casi dos décadas se diluyó en las brumas electorales sin dejar casi rastro. El siguiente, en 2022, no tuvo ni de cerca el poder del anterior.

En Colombia se registraron dos revueltas (2019 y 2021). La segunda fue la mayor movilización popular en la historia del país, que quebró al uribismo. En ambos casos, fue la convocatoria de un paro por las centrales sindicales lo que abrió las compuertas de una protesta que se sostuvo por meses. La rebelión fue tan intensa que consiguió despejar grandes espacios urbanos, los “puntos de resistencia”, donde las juventudes de los sectores populares establecieron formas de vida y de toma de decisiones propias.

En muy poco tiempo, los 25 puntos de resistencia de Cali, epicentro de la revuelta, se fueron desmoronando dando paso al apoyo masivo a la candidatura de Gustavo Petro. Por primera vez, candidatos de izquierda ganaron las elecciones, pero la movilización popular perdió su fuerza y ahora las derechas están tomando la iniciativa.

En Chile, desde octubre de 2019, se registró un estallido o revuelta popular en todo el país exigiendo la renuncia del presidente Sebastián Piñera. Millones de personas salieron a las calles y los grupos más activos consiguieron “liberar” zonas enteras, como Plaza Dignidad (ex Plaza Italia), en pleno centro de Santiago. En pocos días se crearon más de 200 asambleas territoriales, pero la casta política consiguió firmar un pacto para convocar una asamblea constituyente, a la que se fueron sumando las organizaciones de base cuya vitalidad se fue perdiendo.

La nueva Constitución elaborada con participación de movimientos y partidos de izquierda fue rechazada por abrumadora mayoría. Mientras el movimiento popular se desorganizaba, el gobierno progresista de Gabriel Boric profundiza el neoliberalismo, no amnistía a los encarcelados durante la protesta y bendice a Carabineros y otras fuerzas represivas que provocaron más de 400 estallidos de ojos de otros tantos manifestantes.

Aunque cada revuelta fue diferente, hay cuestiones comunes: existió en todos los casos un claro desborde desde abajo de jóvenes, mujeres, habitantes de periferias urbanas, pueblos originarios y pueblos negros. La potencia y masividad de las protestas consiguió deslegitimar a los gobiernos, a tal punto que ninguno de los presidentes que las enfrentaron consiguieron volver al gobierno.

Sin embargo, creo que merece alguna reflexión el hecho de que no hayan conseguido descarrilar cuestiones estructurales, como la acumulación por despojo y el neoliberalismo pero, sobre todo, que las organizaciones que nacieron durante las revueltas se hayan dispersado ante la convocatoria electoral.

Este patrón se viene repitiendo de tiempo atrás, por lo menos desde el Argentinazo del 19 y 20 de diciembre de 2021: los políticos profesionales del sistema convocan elecciones y de ese modo retoman la iniciativa, colocando a la defensiva a los movimientos populares. En casi todos los casos, los movimientos no han podido revertir esta situación, ya que los gobiernos que se eligen siguen adelante con el extractivismo.

Realmente no resulta sencillo desmontar o romper este patrón desorganizador de los movimientos de abajo, implementado por la clase dominante. En mi opinión, sólo podremos seguir avanzando si nos tomamos muy en serio este modo de actuar de los de arriba y evitemos someternos a su agenda. No me refiero a votar o no votar, sino a la necesidad de no desorganizarnos cuando convocan a elecciones.

Los sectores que mejor han afrontado esta situación son los que ya estaban bien plantados, como los pueblos originarios de los tres países, en particular el pueblo mapuche en Chile. Una de las principales lecciones que nos deja esta sucesión de revueltas, y la recomposición electoral de la gobernabilidad, es la importancia de la organización de largo aliento.

 

Más allá del neoliberalismo: lecciones para la izquierda

Por Perry Anderson

En mis intervenciones he tratado de enfatizar deliberadamente la fuerza tanto intelectual como política del neoliberalismo señalando que su energía, su intransigencia teórica y su dinamismo estratégico todavía no se han agotado. Creo que es necesario e imprescindible subrayar estos aspectos si queremos combatir eficazmente las políticas neoliberales en el corto y en el largo plazo. Una de las observaciones más importantes de Lenin de cuya herencia la izquierda sigue precisando posee hoy plena vigencia: jamás subestimar al enemigo. Es peligroso ilusionarse con la idea de que el neoliberalismo es un fenómeno frágil y anacrónico. Teórica y políticamente, él continúa siendo una amenaza activa y muy poderosa, tanto aquí en América Latina como en Europa y en otras partes. Un adversario formidable y victorioso, aunque no invencible.

Si miramos las perspectivas que podrían emerger más allá del neoliberalismo vigente, y buscamos orientarnos en la lucha política contra él, no debemos olvidar tres lecciones básicas legadas por estos regímenes.

Primera lección

No tener ningún miedo a estar contra la corriente política de nuestro tiempo. Hayek, Friedman y quienes los siguieron originariamente tuvieron el mérito mérito entendido a los ojos de cualquier burgués inteligente- de realizar una crítica radical del statu quo, aun cuando hacerlo era aventurarse en una empresa muy impopular. No dudaron en mantener una postura de oposición marginal durante un largo período, a pesar de que el saber convencional los trataba como excéntricos y locos. Simplemente, perseveraron hasta el momento en que las condiciones históricas cambiaron y su oportunidad política llegó.

Segunda lección

No transigir en nuestras ideas, no aceptar ninguna dilución de nuestros principios. Las teorías neoliberales fueron extremas y marcadas por su falta de moderación, una iconoclastia chocante para los bienpensantes de su tiempo. Pero a pesar de esto, no perdieron eficacia. Fue precisamente su radicalismo, la dureza intelectual de su agenda, lo que les aseguró una vida tan vigorosa y una influencia tan abrumadora. El neoliberalismo no puede ser confundido con un pensamiento débil, para usar un término de moda e inventado por algunas corrientes posmodernistas con el objeto de avalar teorías eclécticas y flexibles. El hecho de que ningún régimen político realizó jamás la totalidad del sueño neoliberal no es una prueba fehaciente de su ineficacia práctica. Por el contrario, la intransigencia del temario aportado por los ideólogos neoliberales permitió a los gobiernos de derecha implementar el conjunto de medidas drásticas y decididas que ya conocemos. La teoría neoliberal supo proveer, mediante sus principios radicales, una ambiciosa agenda en la cual los gobiernos podían elegir los ítems más oportunos, según sus coyunturales conveniencias políticas o administrativas. El maximalismo neoliberal fue, en este sentido, altamente funcional: proveía un repertorio muy amplio de medidas radicales que se ajustaban a las circunstancias concretas de cada momento específico.

Esta dinámica demostró, al mismo tiempo, el largo alcance de la ideología neoliberal, su capacidad para abarcar todos los aspectos de la sociedad, y así desempeñar el papel de una macrovisión verdaderamente hegemónica del mundo.

Tercera lección

No aceptar como inmutable ninguna institución establecida. Cuando el neoliberalismo era un fenómeno menospreciado y marginal durante el gran auge del capitalismo de los años ‘50 y ‘60, parecía inconcebible para el consenso burgués de aquel tiempo que, en los países ricos, cerca de cuarenta millones de personas fueran conducidas al desempleo sin que esto provocase graves trastornos sociales. Asimismo, parecía impensable proclamar abiertamente la redistribución de los ingresos de los pobres hacia los ricos en nombre del valor de la desigualdad. Era inimaginable, también, la sola posibilidad de privatizar el petróleo, el agua, los correos, los hospitales, las escuelas y hasta las prisiones. Como bien sabemos, cuando la correlación de fuerzas cambió a partir de la larga recesión, todo esto se evidenció como una alternativa factible e, incluso, necesaria. El mensaje de los neoliberales fue, en este sentido, electrizante: ninguna institución, por más consagrada que sea, es, en principio, intocable. El paisaje institucional es mucho más maleable de lo que se cree.

El pensador brasileño norteamericano Roberto Mangabeira Unger teorizó desde la izquierda este proceso más sistemáticamente que cualquier otro intelectual de la derecha, dándole una fundamentación histórica y filosófica en su libro Plasticidad y Poder. Se trata de un viejo tema siempre actual en el pensamiento marxista, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, según la célebre proclama del Manifiesto Comunista. Ahora bien, una vez recordadas las lecciones que el neoliberalismo nos ha legado, ¿cómo encarar su superación? ¿Cuáles serían los elementos de una política capaz de vencerlo? El tema es amplio; por eso voy a indicar aquí solamente tres dimensiones que, a mi modo de ver, nos ayudan a pensar un pos neoliberalismo factible.

1. Los valores

Tenemos que atacar sólida y agresivamente el terreno de los valores, resaltando el principio de la igualdad como criterio central de cualquier sociedad verdaderamente libre. Igualdad no quiere decir uniformidad, como afirma el neoliberalismo, sino, por el contrario, la única auténtica diversidad.

El lema de Marx conserva toda, absolutamente toda, su vigencia pluralista: “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. La diferencia entre las características, los temperamentos y los talentos de las personas está expresamente grabada en dicha concepción clásica de una sociedad igualitaria y justa. ¿Qué significa esto hoy en día? Igualar las posibilidades reales de cada ciudadano de vivir una vida plena, según sus propias opciones, sin carencias o desventajas debidas a los privilegios de otros. Iguales oportunidades de salud, educación, vivienda y trabajo son el punto de partida. No hay ninguna posibilidad de que el mercado pueda proveer, en cada una de estas áreas, ni siquiera el mínimo requisito de acceso universal a los bienes imprescindibles en cuestión. Solamente una autoridad pública puede garantizar la protección contra la enfermedad, la promoción de los conocimientos y de la cultura, la provisión de vivienda y empleo para todos, etc. Göran Therborn insistió con elocuencia, y yo coincido con él, en la necesidad de defender el principio del Estado de Bienestar. Esta defensa debe articularse a la necesaria extensión de las redes de protección social, no confiando necesariamente su gestión a un aparato estatal centralizado (problema éste que asume una vital importancia no sólo en América Latina sino también en algunos países europeos, como Inglaterra y Suecia).

Para ello precisamos una fiscalización absolutamente distinta de la que existe hoy en nuestros países. No es necesario subrayar aquí el escándalo material y moral del sistema impositivo en Brasil, por ejemplo. Sin embargo, la evasión fiscal por parte de los sectores ricos o meramente acomodados no es solamente un fenómeno de lo que alguna vez se llamó el Tercer Mundo, sino también, y cada vez más, del propio Primer Mundo. Aun cuando no siempre es aconsejable entregar la provisión de los servicios públicos al aparato estatal centralizado, la extracción de los recursos necesarios para financiar los servicios sociales es una función intransferible e indelegable del Estado. Pero, para esto, se precisa un Estado fuerte y disciplinado, capaz de romper la resistencia de los privilegiados y bloquear así la fuga de capitales que cualquier reforma tributaria desencadenaría. Todo discurso antiestatista que ignore esta necesidad, es demagógico.

2. La propiedad

La mayor hazaña histórica del neoliberalismo ciertamente ha sido la privatización de las industrias y los servicios estatales. Aquí se consumó su larga cruzada antisocialista. Paradójicamente, lanzándose a tal proyecto ambicioso, tuvo que inventar nuevos tipos de propiedad privada, como por ejemplo los certificados distribuidos gratis a cada ciudadano en la República Checa o Rusia, dándoles derecho a una proporción igual en acciones de las nuevas empresas privadas. Estas operaciones, claro está, se transformarán, a final de cuentas, en una farsa: esas acciones equitativamente distribuidas serán pronto adquiridas por especuladores extranjeros o mafiosos locales. Sin embargo, lo que estas operaciones demostraron es que no hay ninguna inmutabilidad en el modelo tradicional de propiedad burguesa. Nuevas formas de propiedad popular deberán ser inventadas; formas que desarticulen la rígida concentración del poder que caracteriza a la empresa capitalista. Este es otro de los grandes temas que aborda Mangabeira Unger en su obra, y también una de las cuestiones que discute el gran intelectual marxista, John Roemer, en su nueva obra Un futuro para el socialismo.

Existe hoy una discusión mucho más rica en los países occidentales sobre este tema: la invención de nuevas formas de propiedad popular, con numerosas contribuciones y propuestas diversas. Pero el tema está lejos de ser sólo una preocupación de los países ricos. Por el contrario, gran parte de la discusión más reciente sobre estas cuestiones se desprende directamente de la observación de formas mixtas de propiedad en las empresas colectivas chinas. Las famosas TVES, o sea, las llamadas empresas municipales y de aldeas, que hoy son el motor central del aparente “milagro” que registra una economía que posee el único crecimiento realmente vertiginoso del mundo contemporáneo. En China encontramos formas de propiedad tanto industrial como agraria que no son ni privadas ni estatales sino colectivas, ejemplos vivos de una experiencia social creativa que demuestra un dinamismo sin par en el mundo actual.

3. La democracia

El neoliberalismo tuvo la audacia de decir abiertamente que la democracia representativa no es un valor supremo en sí mismo. Por el contrario, se trata de un instrumento intrínsecamente falible, que puede, y de hecho lo hace, tomarse excesivo. Su provocativo mensaje era claro: precisa mos menos democracia. De ahí, por su insistencia en un Banco Central jurídicamente independiente de cualquier gobierno; o sea, de una constitución que prohíba taxativamente el déficit presupuestario. Aquí también debemos considerar e invertir su lección emancipadora, y pensar que la democracia que tenemos si la tenemos no es un ídolo que debemos adorar, como si fuera la perfección final de la libertad humana. Es algo provisorio y defectuoso, que se puede remodelar. Nuestro desafío es exactamente contrario al que se proponen los neoliberales: precisamos más democracia. Esto no quiere decir que debamos defender una aparente simplificación del sistema de voto, aboliendo la representación proporcional en favor de un mecanismo al estilo norteamericano (propuesta que ha sido preconizada por algunos líderes políticos latinoamericanos). Esta es una receta descaradamente reaccionaria mediante la cual se pretende imponer un sistema de fuerte contenido antidemocrático (de hecho, en Estados Unidos, ni siquiera vota en las elecciones la mitad de la población). Tampoco “más democracia” quiere decir conservar o fortalecer el presidencialismo. Tal vez la peor de las transferencias extranjeras a América Latina haya sido, históricamente, la servil imitación de la constitución de los Estados Unidos del siglo XVIII, la cual, dicho sea de paso, está siendo imitada por los nuevos gobernantes semicoloniales de la Rusia contemporánea.

Una democracia profunda exige exactamente lo opuesto a este poder plebiscitario. Precisa de un sistema parlamentario fuerte, basado en partidos disciplinados, con financiamiento público equitativo y sin demagogias cesaristas. Sobre todo, exige una democratización de los medios de comunicación, cuyo monopolio en manos de ciertos grupos capitalistas superconcentrados y prepotentes es incompatible con cualquier justicia electoral o soberanía democrática real.

En otras palabras, estos tres temas pueden ser traducidos al vocabulario clásico: son las necesarias formas modernas de la libertad, igualdad y no digamos fraternidad, término un tanto sexista, sino solidaridad. Para realizarlas precisamos un espíritu sin complejos, seguro, agresivo, no menos determinado de lo que fue en sus orígenes el neoliberalismo. Esto será lo que un día, tal vez, se llame neosocialismo. Sus símbolos no serán verborrágicos: ni la arrogancia de un águila, ni un burro de sagacidad tardía, ni una paloma de convivencia pacífica y menos aún un tucán de connivencias fisiológicas. Los símbolos más viejos, aquellos instrumentos de trabajo y de guerra, capaces de golpear y de cosechar, tal vez volverán a ser los más apropiados.

Tomado de: La trama del Neoliberalismo. Mercado, Crisis y exclusión social. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Buenos Aires. 2003.

El siglo breve de Toni Negri

Traducción: Agustín Artese

El operaismo, los años setenta, el 7 de abril, Rossana Rossanda, el reconocimiento global: el siglo breve de Toni Negri, o 90 años de un filósofo comunista.

Entrevista por Roberto Ciccarelli

Catedrático de doctrina del Estado en la Universidad de Padua, Toni Negri ha sido uno de los organizadores y teóricos del área de la autonomía obrera y ha enseñado en algunas de las más importantes universidades europeas. Entre sus obras cabe destacar Il potere constituenteSpinoza subersivo y Marx más allá de Marx, además de la celebrada trilogía que conforman ImperioMultitud y Commonwealth, escrita junto a Michael Hardt.

En esta entrevista realizada por Roberto Ciccarelli a propósito de su 90º aniversario, Negri reflexiona sobre los años setenta, el operaismo y su tiempo en el exilio. Para Antonio Negri, ser comunista hoy «significa lo mismo que significaba cuando era joven»: un futuro en el que conquistemos el poder para ser libres, para trabajar menos y para querernos los unos a los otros.

La versión original de esta conversación, en italiano, fue publicada por Il Manifesto el 5 de agosto de 2023. Las notas de la presente versión en castellano, incluidas con el objetivo de aclarar algunas referencias y contextualizar a los lectores, pertenecen a su traductor, Agustín Artese.

 

RC

Toni Negri, cumpliste noventa años. ¿Cómo vivís tu tiempo en este momento de tu vida?

TN

Recuerdo que Gilles Deleuze sufría una enfermedad parecida a la mía. Por ese entonces, no existían la asistencia y la tecnología de la gozamos hoy. La última vez que lo vi estaba en silla de ruedas, respirando con tubos de oxígeno. Era una situación verdaderamente dura. También hoy lo es para mí. Pienso que, a esta edad, cada día que pasa es un día menos. No tienes ya la fuerza para convertirlo en un día mágico. Es como cuando comes una buena fruta y te deja en la boca un gusto maravilloso. Esta fruta es la vida, probablemente. Es una de sus grandes virtudes.

 

RC

Noventa años son un siglo breve…

TN

Siglos breves puede haber de diferentes tipos. Existe el clásico período definido por Hobsbawn, que va desde 1917 hasta 1989. Existió el siglo norteamericano que, sin embargo, fue aún mucho más breve: duró desde los acuerdos monetarios y la definición de una governance global en Bretton Woods hasta los atentados a las Torres Gemelas en septiembre de 2001. Por lo que me respecta, mi largo siglo inició con la victoria bolchevique, un poco antes de que yo naciera, y continuó con las luchas obreras y con todos los conflictos políticos y sociales en los que participé.

 

RC

Este siglo breve se cerró con una derrota colosal.

TN

Es verdad. Pero pensaron que la historia había terminado y que había comenzado una época de globalización pacificada. Nada más falso, como podemos ver todos los días desde hace más de treinta años. Estamos en un periodo de transición, aunque —en realidad— siempre lo hemos estado. Incluso en forma subterránea, nos encontramos en un nuevo tiempo, signado por una recuperación global de las luchas, contra las cuales se está desarrollando una dura respuesta. Las luchas obreras han comenzado a entramarse cada vez más con las luchas feministas, antirracistas, en defensas de los migrantes y por la libertad de movimiento, ecologistas, etc.

 

RC

Sos filósofo, ganaste una cátedra en Padova cuando eras jovencísimo. Participaste en los Quaderni Rossi, la revista del operaismo italiano. Investigaste, hiciste trabajo político de base en las fábricas, comenzando por el Petrolchimico de Marghera[1]. Primero formaste parte de Potere Operaio y, después, de Autonomia Operaia. Viviste el largo ciclo del 68 italiano, empezando por el impetuoso 69 obrero en Corso Traiano en Turín[2]. ¿Cuál fue el momento político culminante de esta historia?

TN

Los años setenta, cuando el capitalismo anticipó con fuerza una estrategia para su propio futuro. A través de la globalización, el capitalismo precarizó al trabajo industrial junto al entero proceso de acumulación de valor. En esta transición, se encendieron nuevos polos productivos: el trabajo intelectual, el trabajo afectivo, el trabajo social que construye la cooperación. En la base de esta nueva acumulación de valor obviamente están el aire, el agua, lo viviente y todos los bienes comunes que el capital continuó a explotar para poder combatir la caída de la tasa de ganancia que conoció a partir de los años sesenta.

 

RC

¿Por qué, desde mediados de los años setenta, la estrategia capitalista resultó victoriosa?

TN

Porque faltó una respuesta desde la izquierda. Mejor dicho, por un largo tiempo, la izquierda ignoró totalmente estos procesos. Desde de fines de los años setenta, fue reprimida cualquier forma de potencia intelectual o política, puntual o general, que intentase mostrar la importancia de esta transformación y que tendiera a la reorganización del movimiento obrero alrededor de nuevas formas de socialización y de nuevas formas de organización política y cultural. Fue una tragedia. Es allí donde podemos ver la continuidad entre siglo breve y el tiempo que vivimos ahora. Y desde la izquierda, se buscó congelar el cuadro político en aquello que se poseía.

 

RC

¿Y qué poseía esa izquierda?

TN

Un imagen poderosa, aunque inadecuada incluso para ese entonces. Mitificó la figura del obrero industrial sin comprender que el propio obrero industrial deseaba una cosa completamente diferente. El obrero industrial no quería estar bien en la fábrica de Agnelli, sino que pretendía destruir su organización; quería fabricar autos para ofrecérselos a los demás, pero sin la necesidad de esclavizar a nadie. En Marghera no hubiera querido morirse de cáncer ni destruir el planeta.

Esto es básicamente lo que escribió Marx en su Crítica del programa de Gotha: contra la emancipación del trabajo mercantilizado de la socialdemocracia y por la liberación de la fuerza de trabajo del trabajo mercantilizado. Estoy convencido de que la dirección tomada por la Internacional Comunista —de forma evidente y trágica durante el estalinismo y, después, en una manera cada más contradictoria e impetuosa— destruyó el deseo que había movilizado a masas gigantescas. A lo largo de toda la historia del movimiento comunista, esa fue la batalla.

 

RC

¿En qué consistía el enfrentamiento en ese campo de batalla?

TN

De un lado, estaba vigente la idea de la liberación, que en Italia fue iluminada por la resistencia contra el nazi-fascismo. La idea de la liberación se proyectó en la propia Constitución [italiana], en la forma en que la interpretamos quienes éramos jóvenes por ese entonces. En este proceso no subestimaría la evolución social de la Iglesia Católica, cuyo punto cúlmine fue el Concilio Vaticano II. Del otro lado, se encontraban el realismo de la socialdemocracia, heredado por el Partido Comunista Italiano, el realismo de los Amendola y de los togliattianos de diversa procedencia. Todo esto comenzó a desmoronarse en los años setenta, cuando, en cambio, se presentó la posibilidad de inventar una nueva forma de vida, un nuevo modo de ser comunistas.

Marco Pannella, Rossana Rossanda, Toni Negri y Jaroslav Novak.
RC

Aun te definís como comunista. Hoy en día, ¿qué significa ser comunista?

TN

Lo que significaba para mí cuando era joven: conocer un futuro en el cual habríamos conquistado el poder para ser libres, para trabajar menos, para queremos los unos a los otros. Estábamos convencidos de que conceptos burgueses como «libertad», «igualdad» y «fraternidad» podían realizarse en las consignas como cooperación, solidaridad, democracia radical y amor. Lo pensábamos y lo actuábamos, y era lo que pensaba la mayoría de la izquierda y lo que la hacía existir.

Pero el mundo era y es insoportable, tiene una relación contradictoria con las virtudes esenciales del vivir juntos. Y, aun así, estas virtudes no se pierden, se conquistan con las prácticas colectivas, son acompañadas por la transformación de la idea de productividad, que no significa producir más mercancías en menos tiempos, ni librar guerras cada vez más devastantes. Por el contrario, se trata de darle de comer a todos, de modernizar, de ser felices. El comunismo es una pasión colectiva feliz, ética y política, que combate contra la trinidad de la propiedad, de las fronteras y del capital.

 

RC

La detención del 7 de abril de 1979, en la primera fase de la represión del movimiento de la autonomía obrera, fue un antes y un después. Por diferentes motivos, en mi opinión, fue también un parteaguas para la historia de Il Manifesto, gracias a una intensa campaña garantista que duró varios años. Fue un episodio periodístico único, llevado adelante junto a los militantes de los movimientos, un grupo de intelectuales valientes, el Partido Radical, etc. Ocho años más tarde, el 9 de junio de 1987, cuando fue demolido el castillo de las acusaciones dudosas e infundadas, Rossana Rossanda escribió que fue una «reparación tardía y parcial de algo irreparable». ¿Qué significa para vos todo esto hoy en día?

TN

Antes que nada, fue el símbolo de una amistad innegable. Para nosotros, Rossana fue una persona de una generosidad increíble. Aun cuando, en cierto punto, incluso ella encontró un límite: no lograba imputar al PCI aquello en lo que el PCI se había realmente convertido.

 

RC

¿En qué se había convertido?

TN

En un opresor. Masacró a aquellos que denunciaban el desastre en el que se había metido. En aquellos años fuimos muchos quienes lo dijimos. Existía otro camino, escuchar a la clase obrera, al movimiento estudiantil, a las mujeres, a todas aquellas nuevas formas en las que se estaban organizando las pasiones sociales, políticas y democráticas. Nosotros propusimos una alternativa de masas, en forma honesta y limpia. Participábamos de un movimiento enorme que involucraba a las grandes fábricas, a las escuelas, a las distintas generaciones.

La política de clausura por parte del PCI determinó el nacimiento de formas de radicalización terrorista: esto es indudable. Fuimos nosotros quienes terminamos pagando y muy caro. Considerando solo mi caso, en total viví catorce años en el exilio y once años y medio en la cárcel. Il Manifesto siempre defendió nuestra inocencia. Era una completa idiotez pensar que yo y otros miembros de la Autonomia fuésemos considerados los secuestradores de Aldo Moro o asesinos de compañeros. Sin embargo, en la propia campaña por nuestra inocencia, que fue importante y valiente, quedó sin tocar un aspecto sustancial.

 

RC

¿Cuál?

TN

Éramos políticamente responsables de un movimiento mucho más amplio contra el «compromiso histórico» entre el Partido Comunista y la Democracia Cristiana. Contra nosotros fue desatada una respuesta policíaca de la derecha, como podía esperarse. Aquello que, sin embargo, aún no se reconoce es la cobertura que el propio Partido Comunista le dio a esta misma respuesta. En el fondo, teníamos miedo de que cambiase el horizonte político de la clase. Si no se entiende este nudo histórico, ¿cómo hacemos para quejarnos de la inexistencia de la izquierda en la Italia de hoy?

 

RC

El 7 de abril y el así llamado «teorema Calogero»[3] fueron considerados como un paso hacia la conversión de una parte no desdeñable de la izquierda al «justicialismo», es decir, que delegó su política en el poder judicial. ¿Cómo fue posible dejarse arrastrar en una trampa semejante?

TN

Cuando el PCI sustituyó la lucha económica y política por la centralidad de la lucha moral, y lo hizo a través de una serie de jueces que gravitaban en su área de influencia, terminó de recorrer su propio camino. ¿En serio creían que podían usar la justicia para construir el socialismo? La justicia es una de las cosas más caras a la burguesía. Es una ilusión devastadora y trágica que no permite ver el uso de clase del derecho, de la cárcel o de la policía contra los subalternos.

En aquellos años, incluso los jueces jóvenes cambiaron. Antes eran muy diferentes. Los llamaban «pretores de asalto». Recuerdo los primeros números de la revista Democrazia e diritto, donde también trabajé: me alegraba porque hablábamos de justicia de masas. Más tarde, la idea de justicia fue derivada en un sentido muy diferente, retrotraída a los conceptos de «legalidad» y «legitimidad». Y, en el poder judicial, terminaron desapareciendo los posicionamientos políticos y quedaron solamente los posicionamientos entre sus distintas corrientes internas. Hoy nos queda una Constitución reducida a un paquete de normas que ni siquiera se corresponden ya con la realidad del país.

Potere operaio en una manifestación.
RC

En los años de la cárcel, ustedes continuaron con su batalla política. En 1983 escribieron un documento desde la cárcel, publicado por Il Manifesto, titulado «Do you remember revolution?». Se hablaba de la originalidad del 68 italiano, de los movimientos de los años setenta, irreductibles a los «años de plomo». ¿Cómo viviste esos años?

TN

Ese documento decía cosas importantes, pero con un poco de timidez. Creo que decía más o menos las cosas que acabo de mencionar. Fueron tiempos duros. Nosotros estábamos adentro, necesitábamos salir de alguna forma.

Te confieso que, en medio de aquel terrible sufrimiento, para mí era mejor estudiar a Spinoza que pensar en la absurda oscuridad en la que estábamos sumergidos. Sobre Spinoza escribí un libro voluminoso, una especie de acto heroico. No podía disponer de más de cinco libros dentro de mi celda. Y todo el tiempo cambiaba de cárcel «especial»: Rebibbia, Palmi, Trani, Fossombrone, Rovigo. En cada una, una celda nueva con gente nueva. Esperaba algunos días y comenzaba de nuevo. El único libro que llevaba conmigo era la Ética de Spinoza. Tuve la suerte de poder terminar el texto antes del motín de 1981 en la cárcel de Trani, cuando las fuerzas especiales terminaron destruyendo todo. Estoy contento que ese libro haya sacudido un poco la historia de la filosofía.

 

RC

En 1983 fuiste elegido como diputado y pudiste salir de la cárcel por algunos meses. ¿Qué pensás del momento en el que, dentro de la cámara, votaron para hacerte volver a la cárcel y vos decidiste exiliarte en Francia?

TN

Es un episodio que aún me duele. Si debo hacer un juicio histórico y desapegado, pienso que hice bien en irme. En Francia fui útil para establecer relaciones entre distintas generaciones y también pude estudiar. Tuve la posibilidad de trabajar con Félix Guattari, logré insertarme en el debate del momento. Me ayudó muchísimo para entender la vida de los indocumentados [sans papiers]. Lo fui también yo, enseñé aun sin tener documentos. Me ayudaron mis compañeros de la universidad de París VIII.

Pero, en otro sentido, a mí mismo me digo que me equivoqué. Me duele profundamente el hecho de haber dejado a mis compañeros en la cárcel, aquellos con quienes viví los mejores años de mi vida, con quién viví las revueltas durante los cuatro años de prisión preventiva. Haberlos dejado todavía me duele. La cárcel destruyó la vida de compañeros muy queridos y, muchas veces, también a sus familias. Tengo noventa años y pude salvarme. Pero haberme salvado no me tranquiliza frente a ese drama.

 

RC

Incluso Rossanda te criticó…

TN

Sí, me pidió que me comportara como Sócrates. Le respondí que estaba arriesgándome a terminar también yo como el filósofo. Según los informes de la cárcel, de hecho, podría haber muerto. Pannella[4] me sacó materialmente de la cárcel y después me echó todas las culpas del mundo porque no quería volver adentro. Fueron muchos los que me engañaron. Rossana me había puesto en guardia ya por ese entonces y quizás tenía razón.

 

RC

¿Lo hizo alguna otra vez?

TN

Sí, cuando me dijo que no volviera desde París a Italia en 1997, después de catorce años de exilio. Antes de partir, nos encontramos en un café cerca del Museo de Cluny, el museo nacional del Medioevo. Me dijo que habría querido encadenarme para que no me subiera a ese avión.

 

RC

¿Por qué en ese momento decidiste volver a Italia?

TN

Estaba convencido de dar la batalla por la amnistía para todos los compañeros de los años setenta. Por ese entonces funcionaba la comisión bicameral, parecía posible. Terminé otros seis años en la cárcel, hasta 2003. Quizás Rossana tenía razón.

 

RC

¿Qué recuerdo conservas hoy de ella?

TN

Recuerdo la última vez que la vi en París. Una amiga muy tierna, que se preocupaba por mis viajes a China, estaba preocupada por mi salud. Fue una persona maravillosa, entonces y siempre.

 

RC

Anna Negri, tu hija, escribió «Con un pie enredado en la historia» [Con un piede impigliato nella storia] (DeriveApprodi, 2009), donde cuenta esta misma historia desde el punto de vista de sus afectos y también con el punto de vista de otra generación.

TN

Tengo tres hijos maravillosos —Anna, Francesco y Nina— que sufrieron todo lo sucedido de una forma indecible. Miré la serie de [Marco] Bellocchio sobre Moro [Esterno Notte] y aun me sorprende haber sido acusado de aquella increíble tragedia. Pienso en mis dos primeros hijos, que por esos años iban a la escuela. Algunos los veían como los hijos de un monstruo. Estos jóvenes, de una forma u otra, soportaron acontecimientos enormes. Tuvieron que dejar Italia y volvieron, atravesaron ese largo invierno en primerísima persona. El mínimo que pueden sentir es un poco de bronca contra los padres que los pusieron en esa situación. Y yo mismo tengo mis responsabilidades en esta historia. Ahora nos llevamos bien de nuevo. Y esto, para mí, es un regalo de una belleza inmensa.

 

RC

A fines de los años noventa, coincidiendo con los nuevos movimientos globales y con el movimiento contra la guerra, ganaste una fuerte posición de visibilidad junto a Michael Hardt, comenzando por «Imperio». ¿Hoy cómo definirías, en un momento de regreso al especialismo, pero también de regreso de ideas reaccionarias y elitistas, la relación entre filosofía y militancia?

TN

En mi caso, es difícil responder esta pregunta. Cuando me hablan de mi obra [opera], yo respondo «¿Lírica? ¿En serio?». Me dan ganas de reír, porque yo soy más un militante que un filósofo. A algunos les causará gracia, pero yo me veo como Papageno…

 

RC

Es indudable, sin embargo, que vos escribiste muchos libros…

TN

Tuve la suerte de encontrarme a medio camino entre la filosofía y la militancia. En los mejores años de mi vida, pasé permanentemente de una a la otra. Esto me permitió cultivar una relación crítica con la teoría capitalista del poder. Pivoteando sobre Marx, fui de Hobbes a Habermas, pasando por Kant, Rousseau y Hegel. Nombres bastante importantes contra los cuales medirse. En cambio, la línea Maquiavelo-Spinoza-Marx fue una alternativa fructífera.

Insisto: para mí, la historia de la filosofía no es una especie de texto sagrado que mezcla todo el saber occidental —desde Platón hasta Heidegger— con la propia civilización burguesa, legándonos conceptos funcionales al poder. La filosofía es parte de nuestra cultura, pero tenemos que usarla para lo que sirve, es decir, para transformar el mundo y para volverlo más justo. Deleuze hablaba de Spinoza recuperando la iconografía que lo representaba con las ropas de Masaniello. Ojalá fuera así también para mí. Incluso ahora, a mis noventa años, sigo teniendo esta relación con la filosofía. Vivir la militancia es menos fácil y, aun así, logro escribir y escuchar, desde mi situación de exiliado.

 

RC

¿Exiliado, aún hoy?

TN

Un poco, sí. Es un exilio diferente, de todos modos. Depende del hecho que los dos mundos en los que vivo, Italia y Francia, tienen dinámicas de conflicto muy diferentes. En Francia, el operaismo no tuvo muchos seguidores, aunque hoy está siendo redescubierto. La izquierda movimentista francesa estuvo siempre conducida por el trotskismo o por el anarquismo. En los años noventa, con la revista Futur antérieur, con mi amigo y compañero Jean-Marie Vincent, habíamos encontrado una mediación entre gauchisme y operaismo: funcionó por unos diez años. Pero lo hicimos con mucha prudencia, la opiniones sobre la política francesa se lo dejábamos a los compañeros franceses. El único editorial importante escrito por los italianos que participaban en la revista fue aquel sobre la gran huelga ferroviaria de 1995, que tanto se parecía a las luchas italianas.

 

RC

¿Por qué el operaismo está encontrando esta resonancia a nivel global?

TN

Porque responde a las exigencias de la resistencia y de una recuperación de las luchas, como sucede en otras culturas críticas con las cuales dialoga: el feminismo, la ecología política, la crítica poscolonial, por ejemplo. Y, después, porque no es una apéndice de nada ni de nadie. Nunca lo fue. Tampoco fue un capítulo de la historia del PCI, como se ilusionan algunos. En cambio, es una idea precisa sobre la lucha de clases, es una crítica a la soberanía que coagula el poder alrededor del polo patronal, propietario y capitalista. Pero ese poder siempre está dividido y está siempre abierto, incluso cuando parece que no existe alternativa.

Toda la teoría del poder como extensión del dominio y de la autoridad propuesta por la Escuela de Frankfurt y por su evoluciones más recientes es falsa, aun cuando, lamentablemente, sigue siendo hegemónica. El operaismo echa por tierra esta lectura brutal. Es un estilo de trabajo y de pensamiento. Retoma la historia desde abajo, hecha por las grandes masas en movimiento, busca la singularidad en una dialéctica abierta y productiva.

 

RC

Siempre me sorprendieron tus constantes referencias a San Francisco de Asís. ¿De dónde nace tu interés por este santo y por qué lo tomaste como ejemplo de tu alegría de ser comunista?

TN

Desde que era joven, me cargaban porque usaba la palabra «amor». Me tomaban por un poeta o por un iluso. Por el contrario, siempre pensé que el amor era una pasión fundamental que mantiene al género humano en pie. Puede convertirse en un arma para vivir. Vengo de una familia que sufrió mucho durante la guerra y que me enseñó un amor que todavía me hace vivir. Francisco es, en el fondo, un burgués que vive en un tiempo en el que ve la posibilidad de transformar a la propia burguesía, para hacer un mundo en el que la gente se ame y que ame lo viviente.

La referencia a él es, para mí, como la referencia a los Ciompi por parte de Maquiavelo. Francisco es el amor contra la propiedad: exactamente aquello que hubiéramos podido hacer en los años setenta, derribando el desarrollo y creando una nueva forma de producir. Francisco nunca fue retomado como merecía, ni fue tenida en cuenta como se debía la importancia que tuvo el franciscanismo en la historia italiana. Lo cito porque quiero que palabras como «amor» o «alegría» entren en el lenguaje político.

 

Notas

[1] Negri se refiere al establecimiento Petrolchimico en Porto Marghera, en la región italiana del Veneto, sede de intensas experiencias de organización y lucha obrera hacia fines de los años sesenta, particularmente durante los meses de julio y agosto del año 1968, así como durante el «otoño caliente» de 1969.

[2] El entrevistador hace referencia al proceso de lucha de los obreros industriales del complejo metalmecánico de Turín, iniciado en abril de 1969, que culminaría con la «revuelta» de Corso Traiano —sede del establecimiento FIAT Mirafiori, símbolo de la industria automovilística de la ciudad— el 3 de julio del mismo año.

[3] El entrevistador se refiere al «teorema» atribuido al juez Pietro Calogero durante los eventos de represión, persecución y judicialización de dirigentes y militantes de la izquierda extraparlamentaria italiana en los meses que siguieron al secuestro y asesinato de Aldo Moro, en mayo de 1978. Calogero fue el responsable del arresto de Antonio Negri junto a otros dirigentes de Autonomia Operaia, durante las detenciones masivas del día 7 de abril de 1979. La hipótesis avanzada por el juez —el «teorema», apoyado incluso por el propio Partido Comunista Italiano— asociaba directamente la actividad política y académico-intelectual de los detenidos con la «formación y participación de bandas armadas» y la incitación a la «insurrección armada contra el Estado». Como conclusión del desarrollo procesal del «teorema», Negri fue condenado a 12 años de prisión.

[4] Negri se refiere a Marco Pannella (1930-2016), dirigente del Partido Radical Italiano (PR), quién le propuso formar parte de las listas electorales del PR durante las elecciones parlamentarias de 1983, considerándolo referente de un proceso de judicialización, persecución y represión de las disidencias políticas de izquierda durante los años setenta. A pesar de obtener el escaño parlamentario y con ello la inmunidad en las elecciones de junio de 1983, la Cámara de Diputados abriría nuevamente el debate por su arresto, motivo por el cual Negri se exiliaría en Francia pocos meses después, en septiembre del mismo año. Por su negativa de volver a Italia y someterse a un nuevo arresto, el dirigente del PR acusaría públicamente al filósofo y militante de haber abandonado la lucha por la liberación de los compañeros que aún estaban encarcelados.

 

Rusia: La perpetua conspiración «trotskista»

Por Ilya Budraitskis

¿Por qué la propaganda rusa ha atacado al «trotskismo» durante más de 20 años de gobierno de Putin? ¿Cómo se relaciona su fijación con el «trotskismo» con el contexto ruso? El teórico político Ilya Budraitskis rastrea los orígenes de las teorías conspirativas del KGB.

Vladimir Putin se refirió recientemente al trotskismo como una «mala teoría» basada en la idea de que «el objetivo no es nada, el movimiento lo es todo». A lo largo de su presidencia, Putin ha repetido a menudo esta extraña fórmula, que al no tener nada que ver con las opiniones originales de León Trotsky ayuda a comprender mejor la propia psicología de Putin. Por ejemplo, los objetivos de la sangrienta guerra que libra desde hace dos años siguen siendo incomprensibles para cualquiera, incluidos los que ahora mueren por ellos. Hace casi una década, Ilya Budraitskis analizó en detalle la paradójica fijación de Putin por un imaginario «trotskismo». Este análisis sigue siendo actual.

Hablando en una reunión de su Frente Popular de toda Rusia hace un par de días, Vladimir Putin dijo: «Trotsky tenía este [dicho]: el movimiento lo es todo, el objetivo final no es nada. Necesitamos un objetivo final». La proposición de Eduard Bernstein, citada erróneamente y atribuida por alguna razón a León Trotsky, es probablemente el recurso retórico más común del presidente ruso. Lleva muchos años repitiéndola ante audiencias de periodistas y funcionarios mientras habla de política social, retrasos en la construcción de las obras olímpicas o el descontento de la llamada clase creativa. «La democracia no es anarquismo ni trotskismo», advirtió Putin hace casi dos años.

Las invectivas antitrotskistas de Putin no dependen del contexto ni están influidas por su audiencia, y mucho menos son amenazas veladas a los pequeños grupos políticos que hoy en Rusia se reclaman herederos de la IV Internacional. El trotskismo de Putin es de otro tipo. Sus causas no se encuentran en el presente sino en el pasado, enterradas profundamente en el inconsciente político de la última generación de la nomenklatura soviética.

El extraño mito de la conspiración trotskista, que surgió hace décadas, en otra época y en otro país, ha experimentado un renacimiento a lo largo del gobierno de Putin. Percibiendo, al parecer, la debilidad personal del presidente por el «trotskismo», medios de comunicación serviciales y expertos corruptos han convertido este trotskismo en parte integrante del gran estilo propagandístico. Hasta su muerte, el infatigable «trotskista» Boris Berezovsky tejió su sucia red desde Londres. Hasta que se convirtió en un patriota conservador, el incendiario «trotskista» Eduard Limonov sedujo a los jóvenes con el extremismo. Los «trotskistas» camuflados de las administraciones Bush y, más tarde, Obama han seguido sembrando la guerra y las revoluciones de colores. Desenmascarar a los «trotskistas» se ha convertido en un ritual tan importante que, para la buena suerte, por así decirlo, el famoso Dmitry Kiselyov decidió lanzar un nuevo recurso mediático invocándolo. ¿Cuál es la historia de esta conspiración? ¿Y qué tienen que ver con ella los trotskistas?

Las teorías de la conspiración son siempre conservadoras por naturaleza. No ofrecen una valoración alternativa de los acontecimientos, sino que, constantemente tardías, van detrás de ellos, inscribiéndolos a posteriori en su propia lectura pesimista de la historia. Así, en sus Memorias que ilustran la historia del jacobinismo (1797), el sacerdote jesuita Augustin Barruel, pionero de la moderna teoría de la conspiración, situaba la Revolución Francesa, que ya había tenido lugar, en el catastrófico final de una gran conspiración de los templarios contra la Iglesia y la dinastía capeta. Las teorías de la conspiración masónica cobraron verdadera fuerza a finales del siglo XIX, cuando el apogeo del poder de los masones ya había pasado. Por último, la idea de una conspiración judía adquirió su forma definitiva en Los protocolos de los sabios de Sión, fabricados por la policía secreta zarista a principios del siglo XX, cuando el poder del capital financiero judío ya había sido socavado por el creciente poder del capital industrial. Las teorías de la conspiración siempre han sacado energía de este vínculo distorsionado con la realidad, porque cuantos menos conspiradores se pudieran observar en el mundo real, más audazmente se les podía dotar de increíbles poderes mágicos en el mundo imaginario.

En consonancia con la naturaleza reactiva y tardía de las teorías de la conspiración, el mito de la conspiración trotskista surgió en la Unión Soviética cuando la Oposición de Izquierda, los verdaderos partidarios de Trotsky, hacía tiempo que habían sido destruidos. Sin embargo, a diferencia de las conspiraciones del pasado, generadas por agentes secretos y locos de las letras, los cimientos de la conspiración trotskista fueron colocados ordenadamente por los investigadores de la NKVD. La lógica de espejo distorsionador del Gran Terror dictaba que, aunque los «trotskistas» se ocultaran hábilmente, y cualquier persona pudiera demostrar ser uno de ellos, la conspiración debía ser necesariamente desenmascarada. Una ley no escrita del socialismo estalinista era que la verdad saldría a la luz, y esto, por supuesto, privó a la teoría de la conspiración de su reveladora aura de misterio.

Tras la muerte de Stalin, cuando las Purgas eran cosa del pasado y la sociedad soviética había empezado a inhibirse y a volverse conservadora, el mito de la conspiración adquirió rasgos más familiares. El periodo de estancamiento, con su apatía general, desconfianza y depresión social, fue un caldo de cultivo ideal para la teoría de la conspiración. Hacía tiempo que nadie veía trotskistas vivos y parecía una tontería denunciarlos, pero todo el mundo estaba bien informado sobre los peligros del trotskismo.

 

es historiador y activista cultural y político. Desde 2009 en el Instituto de Historia Mundial de la Academia Rusa de Ciencias, Moscú. En 2001-2004 organizó a activistas rusos en movilizaciones contra el G8, en Foros Sociales Europeos y Mundiales. Desde 2011 ha sido activista y portavoz del Movimiento Socialista Ruso. Miembro del consejo editorial de «Moscow Art Magazine». Colaborador habitual de numerosas páginas web de carácter político y cultural.

Fuente:

https://posle.media/language/en/the-perpetual-trotskyist-conspiracy/

Milei, el anuncio de un futuro distópico

Por Decio Machado / Sociólogo y consultor político

Entre las 2.848 páginas manuscritas en la cárcel italiana de Turi que dejara como legado un enfermizo y bajito recluso de origen sardo, quien fuera condenado por un tribunal fascista bajo la proclama “tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años”, aparece el siguiente texto:

«Si la clase dominante ha perdido el consentimiento, o sea, ya no es ‘dirigente’, sino sólo ‘dominante’, detentadora de la mera fuerza coactiva, ello significa que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello en lo cual antes creían, etc. La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo, y en ese interregno ocurren los más diversos fenómenos morbosos.”

A partir de ahí, Antonio Gramsci crea y desarrolla en sus Quaderni del carcere el concepto de “crisis orgánica”, básicamente una crisis de representatividad, indicando su dimensión de largo plazo y afectación sobre estructuras permanentes de la sociedad. Por ende, las crisis de hegemonía -característica esencial de las crisis orgánicas- abren la oportunidad para la irrupción de un sujeto político nuevo capaz de originar las tensiones sociales y discursivas propias para la construcción de una nueva hegemonía. Para Gramsci, la reconfiguración del universo de los posibles solo es factible en condiciones de crisis y desplazamiento de equilibrios, motivo por lo cual los momentos de excepcionalidad son “momentos comunistas”.

Pese a que lo sustancial de dicha tesis sigue vigente, estamos cada vez más distantes del aquel utópico momento comunista, habiendo quedado atrapados en un intervalo del espacio-tiempo especialmente propicio para la aparición de monstruos y el auge de lo políticamente trágico.

Pues bien, esto es lo que estamos viendo en Argentina y no solamente en Argentina.

Si bien es cierto que el malestar “con” y “en” las democracias contemporáneas es un fenómeno marcado desde el arranque del presente siglo, lo que combina malestar objetivo (contraste entre democracia ideal y una democracia real cada vez más deteriorada) y malestar subjetivo (desafecto ciudadano al sistema y establishment político), también lo es que la pandemia agudizó la frustración colectiva, el desánimo comunitario y la crisis del sistema.

Es en esa insatisfacción, hartazgo y malestar social profundo, combinada con una crisis civilizatoria en la cual se incluyen valores, creencias y proyectos de vida, en la que se ancla el proyecto autoritario de la extrema derecha global y cuya expresión en Argentina encarna la figura de Javier Milei.

Argentina, pese a sus abundantes recursos naturales energéticos y agrícolas, acumula una década de estancamiento económico y una crisis que durante los últimos cinco años impactó negativamente en la capacidad adquisitiva de amplios sectores de la población. Ante esto, ni el modelo económico neoliberal ni la economía kirchnerista ha tenido capacidad de respuesta.

Pese a la sorpresa generalizada por los resultados de las PASO el pasado 13 de agosto, lo realmente sorprendente hubiera sido que el clivaje “lo nuevo vs lo viejo” no se hubiera impuesto a la tradicional fractura “izquierda vs derecha”. De ahí la disparidad sociológica del voto a Milei, donde se combina lo rural y urbano, pobres y ricos, trabajadores de la economía formal e informal, así como ancianos y jóvenes.

Es un hecho que la ultraderecha a nivel global ha conseguido elaborar relatos que, según las particularidades de cada lugar, articulan valores irrenunciables para ciertos sectores. Valores que quedaron menospreciados o ausentes en los discursos del establishment político tradicional. Estos no necesariamente se interrelacionan con sus planes de gobierno, sino que buscan activar otras lógicas más profundas -miedo, odio y frustración- que en el actual entorno de incertidumbres movilizan a la gente.

Pero más allá de lo anterior, el fenómeno de proletarización del voto a la ultraderecha tiene que ver con que la izquierda ha renunciado a una obviedad axiomática fundamental: los problemas que sufren nuestras sociedades derivan de la estructura del sistema político-económico al que estamos sometidos. Desde esa posición conservadora y derrotista, el rol de la izquierda quedó acotado a la defensa desesperada de unos derechos cada vez más menguados con cada nuevo ciclo económico, acomodándose ideológicamente a los términos políticos que paulatinamente van imponiendo capital y mercado.

En el caso argentino, el acomodo del progresismo al “realismo capitalista” permitió que Milei se apropiara de significantes y consignas propias de una izquierda que antaño se reivindicaba transformadora y hoy es parte del statu quo.

Así las cosas, mientras el peronismo tiene como única respuesta a la crisis amortiguar su dolor mediante asistencia económica del Estado, Milei promociona el frame (representación mental) de la injusticia -agenda tradicional de la izquierda- redefiniendo los porqués del desequilibrio social y presentándose como el único capaz de solucionarlo.

Es ahí, en esa asunción de la idea post-política del “no hay alternativa” -acuñado por Margaret Thatcher en los ochenta- donde se enmarca el drama peronista.

Sin alternativas políticas a una crisis de carácter terminal como la que hoy vive Argentina, no queda otra opción que gestionarla a través de medidas asistencialistas que eviten que el empobrecimiento se convierta en indigencia. En paralelo y mientras se cierran los ojos ante desequilibrios macroeconómicos de una magnitud sin precedentes, el déficit fiscal es financiado con una emisión de moneda muy superior a la capacidad productiva de bienes y servicios, generándose una espiral inflacionaria que -de forma gradual- agrava el empobrecimiento. Todo ello con la notoria ilusión de que con el paso del tiempo se superará una crisis para la cual no consideran más vía de solución que las propias del capital: intensificación del modelo extractivo, recortes presupuestarios, reforma previsional y algunas vueltas de tuerca más en la explotación laboral.

Milei ocupa el espacio vacío dejado por la izquierda tras su renuncia al cuestionamiento del sistema, lo cual en un contexto de crisis prolongada carente de solución orgánica, le permitió proyectarse al centro de la escena política argentina. Ante esto la izquierda quedó sin respuesta, pues enfrentar el discurso del odio sin plantear alternativas a sus causas más profundas refuerza su efecto entre las mayorías silenciosas carentes de expresión pública.

El exitoso impacto del discurso de Milei está más relacionado con las emociones que con sus propuestas o ideología. Se trata de una pulsión, que en el actual marco de indignación generalizada, incita a la apuesta por algo diferente.

Milei no necesita de la razón como elemento vehiculizador o motivador del voto. Es por ello que le basta con posicionar ideas simplistas como resolución de graves problemas estructurales de la economía argentina, tales como dolarizar la economía, privatizar las empresas públicas o “dinamitar” el Banco Central. Lo que en paralelo combina con la construcción populista de un “otro” como enemigo, en este caso la “casta política”, instalando además una serie de valores ultraconservadores de perfil involucionista para terminar de redondear su relato.

Pero más allá del histrionismo y discurso agresivo propio de los líderes de la ultraderecha, su puesta en escena es coherente con la coyuntura política existente. Ante la normalización de la corrupción institucional, la falta de respuestas desde el establishment político a las demandas populares, el agotamiento de un modelo económico sin soluciones ante una crisis eterna o la carencia de propuestas que aunque sean utópicas nos hagan creer en un futuro mejor, Milei aparece como una excepcionalidad que plantea -más allá de lo excéntrico y regresivo de sus propuestas- alternativas que aparecen como radicales y encarnan la rebeldía ante un sistema generador constante de injusticias. Es decir, todo aquello que tiempo atrás representó la izquierda transformadora.

Dicho esto, tomemos la propuesta de la pretendida dolarización de la economía cuyo referente es el modelo ecuatoriano, eje central de la campaña de Milei y sobre la cual sustenta tanto el cierre del Banco Central como el fin de una inflación en crecimiento continuo, para denotar la falta de solvencia y la inconsecuencia de sus argumentaciones.

Vale señalar como primera cuestión, las notables diferentes existentes entre las economías de Argentina y Ecuador. Ni la estructura del PIB, ni el volumen de los mercados, ni los productos de exportación, ni los principales socios comerciales son coincidentes.

Mientras los principales productos de exportación del Ecuador son el petróleo, el camarón y el banano; Argentina exporta maíz, harina y aceite y otros derivados de la soja. Similar disparidad existe respecto a los mercados de exportaciones entre ambos países, dos de los tres principales países receptores de los productos ecuatorianos -Estados Unidos y Panamá- tienen el dólar como divisa, mientras que el caso argentino expresa una realidad diferente teniendo a la cabeza del ranking de demandantes a Brasil y China.

Pero más allá de lo anterior, si bien es cierto que la dolarización trajo estabilidad a la economía ecuatoriana, también lo es que limitó las tasas de crecimiento económico del país, es decir, su capacidad de desarrollo. Lo que genera desempleo, altos índices de pobreza y descontento social. Valga como ejemplo indicar que Ecuador es uno de los pocos países cuya economía no recuperó sus niveles previos a la pandemia.

Por si esto fuera poco, la pérdida de soberanía monetaria implica una renuncia al principal mecanismo de coordinación social y económica de un país, limitándose la capacidad operativa de su gobierno en condiciones de estancamiento o crisis económica.

En paralelo, la experiencia ecuatoriana demuestra que la dolarización requiere de mucha disciplina fiscal y cuentas públicas equilibradas, complejizando el uso de las reservas internaciones existentes en el banco central en caso de ser necesarias.

Como quinto elemento de riesgo destacado a señalar, la dolarización implica un equilibrio permanente entre la salida y entrada de moneda en la economía nacional, algo complejo para países sometidos a la volatilidad de precios de los commodities y con alta vulnerabilidad a shock externos.

La repercusión inicial de la dolarización sobre las remuneraciones de los trabajadores es otro elemento importante a considerar, pues convierte a estos en salarios miseria, obligando a la población a pasar por un período transitorio de alto sufrimiento. Al Ecuador le costó años de dignificar los salarios a través de su incremento paulatino.

Por último, la dolarización eleva la estructura costos en el sistema productivo nacional, lo que hace a la industria poca competitiva, teniendo como resultado procesos de reprimarización económica.

Para terminar un par de apuntes, pese al sorprendente estado de shock en el que vive la clase política, está por ver que Javier Milei gané las elecciones. De hecho, la diferencia entre La Libertad Avanza y Unión por la Patria apenas llega a los 700.000 votos en un proceso que involucró a más de 24 millones de electores, lo que deja abierto el escenario futuro.

Pero si algo diagnostica los resultados del pasado 13 de agosto, es el fracaso de la clase política argentina y en especial el de un progresismo cuyos incumplimientos e inconsecuencias son el caldo de cultivo de la extrema derecha.

Fuente: Revista Coyunturas