Es uno de los pensadores europeos más multidisciplinares, pero su gran objeto de estudio es la imagen. Gestos críticos (Cátedra), desentraña los pilares filosóficos de la crítica mientras la polarización ha disipado el diálogo
Filósofo e historiador del Arte, es uno de los pensadores europeos que más ha reflexionado acerca del impacto de las imágenes en el arte y en la cultura actuales. Georges Didi-Huberman (Saint-Étienne, Francia, 1953) pone el foco en su último libro publicado en España, Gestos críticos (Cátedra) en el verdadero significado de la crítica como actividad fundamental de todo pensamiento emancipador. Frente al ruido y la polarización, propone escucha y diálogo y aboga por huir del conformismo que impone el sistema para luchar contra las contradicciones éticas que ponen en peligro nuestra democracia.
Frente a los gritos y las palabras brutales, Didi-Huberman reivindica la voz suave. «Las personas más valientes que he conocido en mi vida hablaban bajito», asegura por videollamada, sentado ante un muro de libros que es toda una declaración de intenciones. Y lo dice, claro, en tono suave y conciliador. Él mismo es el máximo exponente de su rebelión delicada contra el sistema.
Entrevista realizada por Sara Polo
En Gestos críticos sostiene que criticar es un arte difícil y delicado. Hoy en día todo el mundo parece tener una opinión inmediata y expresarla de forma airada en la red. ¿Esta capacidad ilimitada para opinar nos ha hecho perder de vista lo que realmente significa el pensamiento crítico?
La proliferación de opiniones no es un fenómeno nuevo. De hecho, el nacimiento mismo de la filosofía occidental con Sócrates se basó en la crítica de las opiniones pasadas y presentes para forjar una idea sobre una posible relación con la verdad. La cuestión fundamental no es el hecho de que hoy en día todo el mundo tenga derecho a dar su opinión en la esfera pública, sino qué hacemos con esa opinión cuando nos enfrentamos a otros o cuando la desarrollamos para el beneficio de la colectividad. En cuanto involucra a otras personas, una opinión debe ser dialéctica, debe navegar entre el blanco y el negro, entre el sí y el no. Por eso es un arte delicado. Y subrayo lo de delicado porque las personas más valientes que he conocido en mi vida hablaban bajito. He conocido a antiguos antifascistas y tenían voces muy suaves, igual que Jacques Derrida, que era enormemente valiente y tenía una forma de hablar muy dulce. Frente a eso, pensemos en la figura de alguien como Donald Trump un hombre que exhibe su falo como el más grande del mundo. Si alguien necesita presumir constantemente de que su falo es el más grande del mundo es porque, en realidad, ese falo es un simulacro. Detrás de esa gran máscara o no hay falo o hay uno muy pequeño, ¿ve lo que quiero decir? Es perfectamente comprensible levantar la voz en momentos de ira justificada, pero quien necesita gritar siempre más alto que los demás sólo revela que algo anda mal. La crítica pone precisamente eso en tela de juicio, requiere tacto, mesura y la capacidad de construir a partir de la matización.
- En sus textos retoma el concepto de George Mosse sobre la brutalización del lenguaje tras la Primera Guerra Mundial como antesala del auge del fascismo. ¿Considera que, de nuevo, las democracias pueden estar alimentando un germen autoritario a través del enconamiento y la degradación del lenguaje público?
- Sin duda alguna. Que el pensamiento reflexivo llegue tarde es una desventaja en relación con el presente, pero constituye una ventaja respecto al futuro: lo que elaboramos tarde sirva de enseñanza para las siguientes generaciones. Hoy estamos inmersos en un proceso evidente de brutalización que se manifiesta en la política, la geopolítica y el ámbito militar. Hay una pasividad pasmosa ante la violencia extrema; se redibujan mapas geopolíticos de forma arbitraria y la palabra pública se ha vuelto salvaje. La brutalización del lenguaje siempre precede o acompaña a la violencia física sobre las personas. Como predijo genialmente el poeta Heinrich Heine: «Donde se empieza quemando libros, se termina quemando a personas». Lo alarmante en nuestro tiempo es que esta degradación de la palabra ha permeado todo el espectro político y ha contaminado incluso los discursos que pretenden ser de izquierdas o emancipadores. En debates con intelectuales a los que respeto profundamente, como Giorgio Agamben o Enzo Traverso, percibo cómo esa agresividad expresiva ha terminado por infectarnos a todos. La tarea del arte y de la crítica debe ser devolverle al lenguaje su energía y su riqueza, sacándolo de la conformidad. Lo peor es el conformismo que nos atenaza a todos.
- ¿Esa sensación de inquietud y desasosiego frente a la realidad actual es una virtud ética o más bien un mecanismo de supervivencia mental?
- La inquietud significa que renunciamos a la inmovilidad, significa, básicamente, movimiento. Y ese movimiento no es necesariamente agradable porque nos sitúa constantemente atrapados entre dos conformidades o imperios opuestos. Quienes sufren hoy en día son precisamente las personas atrapadas entre dos imperios. Ocurre con el pueblo ucraniano, porque la OTAN también opera como un imperio, y también con los gazatíes, porque Hamás es la punta de lanza de otro tipo de imperialismo, muy presente en países como Irán o Turquía. Son dos imperialismos que chocan frontalmente. Incluso en nuestras vidas tan placenteras en Occidente seguimos atrapados entre dos maneras de hablar sobre la toma del poder, sobre la supremacía y la hegemonía. La «supervivencia mental» es casi un eufemismo. La verdadera cuestión pasa por preguntarnos cómo y cuándo podemos articular hoy la política con la ética. Vemos claramente cómo ambas se han desconectado de forma dramática en casos extremos. Pensemos en lo que ocurre en Cisjordania: ¿cómo es posible que personas que estudian la Torá y el Talmud, que son grandísimos textos éticos, se acaben convirtiendo en unos cowboys y unos cabrones? Ahí hay un problema fundamental: juegan a hacer política y se olvidan por completo de la ética.
- Ha dedicado gran parte de su trayectoria al estudio de lo visible en un momento en que recibimos miles de estímulos visuales cada día. ¿Cree que hemos trivializado el poder de la imagen?
- Vivimos rodeados de miles de millones de estímulos visuales a diario, y hace bien en utilizar ese término porque un mero estímulo no constituye de por sí una imagen. Un cuadro de Goya o una pintura de Picasso no son simples estímulos visuales, son objetos densos de otra naturaleza. Por tanto, el reto estriba en pasar de la crítica de esta mal llamada «sociedad de la imagen», que emplea el término imagen de forma indiscriminada, a la construcción de una verdadera imagen crítica. En el pasado mantuve sonoras discusiones públicas con el cineasta Claude Lanzmann a propósito de la representación del Holocausto. Él sostenía que la saturación visual de la cultura contemporánea nos incapacitaba para relacionarnos con lo traumático, y concluía que la única opción ética era prohibir las imágenes de los campos de exterminio. Sin embargo, no se puede erradicar algo que posee una naturaleza antropológica tan profunda. Somos seres hablantes y visuales, no vamos a renunciar al lenguaje porque Donald Trump mienta a diario ni vamos a dejar de imaginar porque proliferen las fotografías manipuladas. La imagen es el lugar donde convergen la máxima debilidad y la máxima fuerza, la mayor falsedad y la mayor verdad, así que lo que debemos hacer es incrementar la crítica a las imágenes y, más aún, promocionar la producción de imágenes críticas. El arte desempeña ahí una función fundamental: el Guernica de Picasso es un ejemplo paradigmático de imagen crítica que logró esquivar los conformismos de su tiempo para inventar una forma nueva de denunciar la barbarie.
- Llevando esta reflexión a la transmisión de la cultura, ¿qué opina de los intentos actuales de los museos de bajar a la calle o utilizar lenguajes de redes sociales para captar públicos masivos? ¿Es una democratización necesaria o corre el riesgo de trivializar el arte?
- Las dinámicas de gestión de museos y las estrategias de captación de visitantes responden a un ámbito práctico en el que no me considero un experto. Cuando he comisariado exposiciones lo he hecho siempre desde la posición de un visitante ajeno a la gestión económica del centro. Soy un extranjero, vengo de fuera, hago una exposición maravillosa y ni siquiera sé cuál es el presupuesto, por ejemplo. Ni lo sé ni lo pregunto. Si me dicen que algo no es posible, como pedir prestado un cuadro a Estados Unidos porque probablemente sea demasiado caro, digo que me parece bien y no insisto. Así que me temo que no tengo el conocimiento necesario para responder a su pregunta con propiedad. Sencillamente, no lo sé. No obstante, creo que la cuestión de fondo es cómo resistir a la concepción puramente economicista de la cultura, esa lógica basada en la oferta y la demanda, el conteo de visitantes y la métrica de éxito. La mejor manera de resistir consiste en crear un objeto, ya sea un libro, un ensayo, una película o una exposición, y tener la paciencia de esperar el efecto que produce en la gente. No soporto a los colegas que me envían correos electrónicos con publicidad de sus propios trabajos al final. No necesitamos anunciar nuestros productos, eso es ceder al narcisismo capitalista. Lo relevante es volcar la energía en la factura del trabajo y dejar que la obra resuene a su propio ritmo.
- En los últimos tiempos se multiplican las voces que diagnostican «el fin de la lectura» o el colapso de la atención prolongada. ¿Hay algo real tras esos mensajes apocalípticos?
- La preocupación es saludable si significa que nos disponemos a actuar porque percibimos que algo no va bien. Sin embargo, debemos huir de la retórica del fin. El discurso apocalíptico es un atajo filosófico recurrente y peligroso, una narrativa poéticamente poderosa pero éticamente cuestionable, porque resuelve la complejidad del mundo dividiendo de forma tajante entre buenos y malos mediante una destrucción total. No hay que hablar del fin de las cosas. Apoyándome en Sigmund Freud y en el historiador del Arte Aby Warburg, prefiero pensar en términos de «supervivencia». Cuando algo sobrevive, demuestra que el fin anunciado no era definitivo. Es indiscutible que la lectura atraviesa una etapa de declive, pero eso convierte precisamente el acto de leer en un gesto de resistencia activa. Decir que la lectura ha llegado a su fin es una postura perezosa.
- Hablando de gestos de resistencia, usted se mantiene al margen de las redes sociales y de las plataformas audiovisuales. ¿Es posible sostener esa desconexión sin caer en el aislamiento social?
- La gran victoria del capitalismo contemporáneo consiste en hacernos creer que su infraestructura digital es la única forma posible de sociedad y que quedar fuera equivale a la muerte social. Eso es rotundamente falso. Yo no utilizo redes sociales y en absoluto me siento aislado: mantengo un diálogo constante con lectores de diversos países, mis libros se traducen y comparto conversaciones profundas con personas de todo el mundo. No necesito tener millones de seguidores para validar mi trabajo; de nada serviría una audiencia masiva si el mensaje se desvirtúa por el camino. Prefiero dirigirme a menos gente pero asegurar una recepción rigurosa y consciente. Además, la dinámica de esas plataformas se basa en reacciones efímeras de «me gusta» que se sustituyen a la semana siguiente por otras distintas, nada tiene que ver con el compromiso real.
- ¿Ha conversado ya con alguna inteligencia artificial?
- No, nunca la he usado.
- ¿Nunca ha sentido curiosidad?
- Nunca, nunca, nunca. A veces uso software de traducción cuando voy al extranjero, eso es todo. Fíjese cómo nos empujan a hablar de las cosas: su pregunta es un síntoma de cómo se nos induce a opinar sobre la actualidad tal y como la anuncian las grandes empresas globales. Los verdaderos acontecimientos actuales tienen mucho más que ver con el auge de la retórica fascista en Alemania, España, Francia, Italia o Estados Unidos, una retórica que se parece muchísimo a cosas del pasado, en lugar de obsesionarnos con la última moda tecnológica.
- La gente hace millones de preguntas filosóficas a las IA cada día, algo tendrá que opinar la filosofía…
- La cuestión de fondo no pasa por valorar las nuevas tecnologías en sí, sino qué hacemos con ellas: ¿qué preguntas le hacemos a la inteligencia artificial?, ¿qué respuestas esperamos de ella? Depende de nuestra mente, de nuestra historia y de nuestros deseos, de la historia de nuestros deseos, y podría acabar adoptando una forma muy similar a la que ocurrió en 1933 o, en el caso de España, en 1939. Eso es lo que verdaderamente importa: cómo interactuamos con esos objetos tecnológicos. No podemos decir tajantemente si la inteligencia artificial es buena o mala, de la misma forma que tampoco el lenguaje o la prensa son buenos o malos en abstracto, depende de lo que se haga con ellos. Con esta entrevista puedes escribir un artículo muy malo o uno estupendo. Los objetos en sí mismos no tienen un valor inherente, tienen el valor que nosotros les otorgamos. Por eso, la inteligencia artificial es simplemente eso: una herramienta.

