Dinero en Helicóptero, ¡AHORA!

 

por Bruno Cava Rodrigues[1]

 

Imprimir dinero para una renta Universal

Para hacer un gasto tenemos dos opciones. Podemos gastar lo que tenemos o lo que no tenemos, al momento de gastar. En el primer caso, he recibido dinero anteriormente, como pago del salario. Por otro, tomo prestado. ¿Cuál es la diferencia? En el segundo caso, pago intereses, es decir, un precio por el crédito que obtuve. Hay una serie de críticas que dicen que el aumento de la deuda interna es malo en sí mismo, que el endeudamiento generalizado no es más que una explotación traicionera. Habremos vendido el futuro a los acreedores. Depende. Toda deuda presupone un crédito.

Si, actualmente, recibe dinero que no tiene, es porque tiene algo más que lo califica como elegible para crédito. ¿Qué es lo que sería esto? Activos sociales. Su conjunto de capacidades, relaciones y actividades, que amplía el límite de sobregiro, tarjeta de crédito y financiamiento a largo plazo.

¿Hasta dónde puedo ampliar mi crédito? Una respuesta es: hasta donde alguien tenga que financiarte. Ese alguien que evaluará si vale la pena venderte dinero a cambio del interés, el dinero futuro. Otra respuesta correcta: hasta el límite de lo que puedes incorporar en términos de credibilidad. Es decir, a través de relaciones, reputaciones y actividades, la persona (física o jurídica) reúne un grado variable de crédito personal, que, a su vez, forma parte del crédito social en su conjunto, ya que solo existimos económicamente en redes y agregados.

Si consigues aumentar tus ingresos a lo largo del tiempo a una tasa superior a la tasa de interés de las deudas que has contraído, serás solvente. El endeudamiento fue productivo y aumentó tu demanda personal y, en consecuencia, la demanda social (agregada). De un lado u otro de la respuesta, a través de la oferta o la demanda, llegamos al mismo problema, en dos formulaciones.

¿Cuál es la cantidad de interés que estás dispuesto a pagar/recibir contra el crédito social definido? ¿Hasta qué límite se expande/contrae el crédito social ante un monto de interés definido?

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El presupuesto del gobierno funciona como el presupuesto doméstico. Esta comparación se puede hacer. El lector no necesita respaldar la analogía frente a una supuesta falacia de composición, que algunos economistas se apresuran a señalar.

Algunos hacen esto para soplar las nieblas del misterio sobre la moneda. Un curioso fenómeno pedagógico en el estudio del tema monetario es cómo, en los primeros clics, ocurre que el estudiante piensa que ha encontrado las siete claves del secreto del dinero. Esta es la receta correcta para el enlucido existencial típico de otra cultura del despertar: me desperté de mi sueño dogmático y me iluminé con una verdad oculta u ocultada, una fuente en la economía de fundamentalismos ortodoxos o heterodoxos y sus demarcaciones escolares de suma cero.

En cambio, creo que la simple intuición del dinero que tenemos en el sentido común no está lejos de la explicación compleja.

¿Por qué el presupuesto del gobierno es similar al presupuesto domestico? Porque, tal como las personas, el gobierno tiene dos formas de financiar sus gastos. Puede gastar el dinero que tiene y lo que no tiene al momento de gastar.

En el primer caso, tiene el dinero recibido previamente en la recaudación de impuestos. En el otro, pide prestado. ¿Cuál es la diferencia? En el segundo caso, paga intereses, es decir, un precio por el crédito que obtuvo.

Hay una serie de críticas que dicen que el aumento de la deuda pública es malo en sí mismo, que la deuda del gobierno no es más que una explotación traicionera. Habríamos vendido el futuro a los rentistas. Depende. Toda deuda presupone un crédito.

Si, en la actualidad, el gobierno obtiene dinero que no tiene, es porque ha calificado para poder pedir prestado. ¿Lo que sería? Su conjunto de capacidades, relaciones y actividades, que amplía el límite de la deuda pública en relación con la capacidad de recaudar impuestos, que a su vez es proporcional al producto de la economía.

¿Hasta dónde puede el gobierno expandir su crédito? Una respuesta es: en cuanto a quién tiene que financiarlo. Ese alguien que evaluará si vale la pena vender dinero al gobierno a cambio de intereses. Otra respuesta correcta: hasta el límite de lo que el gobierno puede incorporar en términos de credibilidad. Es decir, a través de relaciones, reputaciones y actividades, el gobierno reúne un grado de crédito público que, a su vez, forma parte del crédito social en su conjunto, ya que el gobierno participa en la sociedad.

Si el gobierno logra aumentar sus ingresos con el tiempo a una tasa superior a la tasa de interés, será solvente. El endeudamiento fue productivo y contribuyó a aumentar la demanda social (agregada). De un lado u otro de la respuesta, a través de la oferta o la demanda, llegamos al mismo problema, en dos formulaciones.

¿Cuál es la cantidad de interés que está dispuesto a pagar/recibir contra el crédito público definido? ¿Hasta qué límite se expande/contrae el crédito público antes de un monto de interés definido?

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En este punto, el economista de la falacia de la composición señala que el argumento anterior tiene una trampa. ¿Por qué?

Porque cuando las personas cruzan la línea, pueden terminar sin dinero en el futuro para pagar el precio del dinero prestado en el presente. ¿Podrían incurrir en más deuda para renovar las existentes? Sí, pero la situación de insolvencia es exactamente esa bola de nieve.

Resulta que el gobierno no puede cruzar la línea. El gobierno no puede terminar sin dinero. Si el crédito que obtuvo fue en moneda nacional y el propio gobierno crea la moneda nacional, entonces la solución es trivial. Todo lo que tiene que hacer es ordenar a la casa de moneda que «encienda la máquina» (presione la tecla ‘enter’) y zas: aquí está el dinero que faltaba para pagar la deuda pública. Imprimir dinero!

Ah, pero en las democracias modernas, el banco central imprime dinero. Es verdad. Es por eso que, en el argumento, se incluye una definición ad hoc de gobierno («consolidado» o «general») que incluye al banco central. Con esta premisa, el gobierno siempre es solvente, por definición. No sería inherentemente solvente solo si la deuda estuviera en una moneda que no crea (en una economía dolarizada, en la eurozona), o cuando el gobierno mismo decide no pagar (moratoria).

La deuda pública sería un problema mal planteado. El problema es cuánto del dinero creado es capaz de estimular la demanda o la producción y terminar siendo más grande de lo que comenzó. El ciclo de vida del dinero iría desde la creación en el momento del gasto hasta el retorno al gobierno a través de impuestos, que tienen la función opuesta de destruir el dinero. El gobierno no necesita recaudar para gastar, y tampoco es que el gobierno gaste para recaudar más tarde. El problema es completamente diferente: ¿cuánto y cómo gastar y cobrar, de modo que el ciclo de vida del dinero sea creciente?

Pero hay una trampa en la trampa. Es necesario dar otro giro al tornillo de la falacia de la composición.

La diferencia en la naturaleza entre el gobierno y la persona sería el poder soberano del gobierno general para crear la moneda. Crearlo de la nada, ex nihilo. Este privilegio ontológico de la entidad gubernamental en relación con las personas tiene una larga tradición. Se remonta a las teorías del derecho divino, como la de Jean Bodin o, en la versión secularizada del contrato social, de Thomas Hobbes.

La transición entre el cielo y la tierra tiene lugar a través del principio único del poder soberano. En su versión monetaria, la teoría es la siguiente: el dinero desciende del mundo de las ideas al mundo de la realidad a través de la emisión del gobierno. Y punto. Es una teoría política que, transpuesta a la cosmología, corresponde al creacionismo religioso.

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Pero dejemos de lado la teología.

Sin el arquitrabe soberanista, el gobierno se convierte en una entidad social como las demás y la diferencia será en grado y funcionamiento, pero sin privilegios. Esto significa que las personas también creamos dinero. En términos técnicos: el crédito social endógeno es creativo.

¿Son los bancos los que monetarizan nuestro crédito o somos nosotros los que le damos confianza a la moneda bancaria?

Es el falso problema del huevo y la gallina. Desde la oferta o la demanda, la respuesta es la misma: la monetarización de la deuda es un proceso social. Y más aun: es un proceso social con un efecto multiplicador, porque en una sociedad la integración de las partes es mayor que la suma de ellas. Por así decirlo, existe el efecto multiplicador social de la moneda (me refiero a los trabajos de Nigel Dodd o Viviana Zelizer). La emisión del dinero no sale de la nada: se basa en la confianza construida día a día por las relaciones, la reputación y las actividades.

¿Por qué necesitamos bancos? Porque sin ellos, nuestro crédito social solo podría circular localmente, entre quienes nos conocen. El potencial productivo estaría limitado por la dimensión personal. Por eso es que existe la liquidez: para que la confianza personal sea integrada, con la ganancia productiva, en la confianza social global.

La monetarización del crédito lo hace impersonal y, por lo tanto, capilarizado por la sociedad. Básicamente, nunca hubo un estado de naturaleza de la economía sin dinero, como si esperara en la antesala del estado civil. El dinero siempre ha existido, porque es una condición propia de la existencia de la sociedad humana más allá de las pequeñas comunidades locales. La invención fueron los bancos, cuya función principal es proporcionar liquidez a la producción de riqueza, en otras palabras, es socializar el crédito.

Entonces, estaremos de acuerdo con el reemplazo del problema descrito anteriormente, pero no estaremos de acuerdo con el arquitrabe soberano que asume la centralidad del protagonismo estatal.

La pregunta principal realmente no debería ser sobre cuánta deuda sería correcta para un determinado nivel de crédito social o viceversa, sino sobre el ciclo de vida del dinero entre crédito y débito. En otras palabras, el problema del «cómo» organizativo a lo largo  el tiempo, que es un factor cualitativo.

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¿Qué significa todo esto en términos prácticos?

Estamos al borde de otra crisis económica. La interrupción de las actividades debido a la pandemia condujo a una caída inmediata de los ingresos actuales. Peor aún, comprometió la expectativa general en el futuro, causando aversión al riesgo y, en consecuencia, un aumento en el precio del dinero. Las personas no solo reducen el consumo, sino que evitan el financiamiento a largo plazo. Los bancos retiran sus límites de crédito, prestan con moderación. Los agentes económicos generalmente buscan activos más seguros.

Mientras tanto, la reducción de la demanda se suma al shock de oferta: las cadenas de producción son desmovilizadas porque el costo fijo no paga. La capacidad instalada disminuye y las empresas cierran, las personas son despedidas y el desempleo estalla. La desarticulación de los circuitos de oferta y demanda interrumpe la economía en su conjunto. El gobierno pierde una fracción sustancial de su  recaudación, lo que lleva al deterioro de las cuentas públicas.

Frente a este pronóstico, ha surgido un consenso inusual entre los economistas de que es necesario activar un contragolpe. Los mismos que, hace unos meses, hablaron sobre reformas de austeridad, en las circunstancias actuales, son unánimes al concluir que sería un verdadero austericidio. No hay ninguna ironía para ser utilizada aquí. Esos economistas ahora dicen que es necesario pisar el acelerador del gasto simplemente porque ha aparecido una pendiente. Por otro lado, volveríamos al status quo ante. Cuanto antes mejor.

De hecho, las diferencias y disputas entre los economistas continúan, sin embargo, se manifiestan en el «cómo hacer» el contra shock. Esas diferencias y disputas incorporan opciones políticas, pero, atención, las opciones políticas simétricamente no prescinden de explicaciones complejas de la ciencia económica integrada.

Para esquematizar, el contra shock es una naranja con tres gajos: monetaria, fiscal y social. Los tres se articulan alrededor del eje de la naranja que es el dinero. Si el crédito social es endógeno, la respuesta social, su movilización productiva, es parte esencial del problema. Así como la respuesta del gobierno, en términos de gasto (política fiscal), y la respuesta del banco central, en términos de liquidez (política monetaria / bancaria).

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En Brasil, ¿cuál es la coordinación de competencias entre el gobierno/tesorería y el banco central? La disposición principal está en el artículo 164 de la Constitución, pero la lógica macroeconómica se ha construido gradualmente, por ejemplo, con el Plan Real (1994), el régimen de metas de inflación (1999), la Ley de Responsabilidad Fiscal (2000), Ley 11.803 (2008) etc. El artículo 164 prohíbe al BC financiar directamente al gobierno, separando la emisión de divisas de la emisión de deuda pública.

En resumen, el gobierno debe preocuparse por el equilibrio fiscal y la deuda pública es su responsabilidad, mientras que el banco central debe preocuparse por el saldo monetario y la moneda, su responsabilidad. En un lenguaje sencillo, el gobierno debe equilibrar los ingresos y los gastos y mantener la deuda pública bajo control, mientras que el banco central no puede dejar la moneda fuera de control (inflación).

Los economistas monetarios tienden a subordinar la política fiscal a la política monetaria y, por lo tanto, colocan la inflación (exceso de demanda) como un problema importante. Un pasado inflacionista-desarrollista ha estado trabajando a su favor desde el «Encilhamento»[2]. Una herencia macroeconómica especialmente maldita que va desde la construcción de Brasilia hasta la hiperinflación antes del Plan Real, así como el período más corto del desequilibrio fiscal y monetario más reciente, bajo el gobierno de Dilma.

Los economistas post keynesianos, por otro lado, tienden a subordinar la política monetaria a la política fiscal, con primacía del estímulo al  presupuesto público en la economía, colocando el desempleo (capacidad ociosa) como un problema importante. La coyuntura funciona a su favor, ya que todas las principales potencias económicas ahora se centran en recalentar la demanda.

Con la pandemia, gano enorme importancia el principio que, de que es más importante que mantener el equilibrio monetario o fiscal, que el banco central y el gobierno deben estimular la economía. La diferencia entre ellos no es solo el ‘cómo hacerlo’ y la proporción de harina y levadura, sino también el carácter a corto plazo (monetarista), a largo plazo (keynesiano) o permanente (MMT) del paquete de contra shock.

Todos están de acuerdo en que, en este escenario, el gobierno debe gastar y BC presionar por la caída del precio del dinero. Si los monetaristas entienden que el banco central debe tener un ojo puesto en los intereses y otro en la inflación, los post keynesianos dan prioridad a un tercer ojo centrado en la agenda productiva.

Es por eso que los ortodoxos entienden que no es necesario imprimir dinero, con una regulación más conservadora basada en el arroz y los frijoles de la política monetaria dentro de la estructura brasileña: reducción de las tasas de interés a corto y largo plazo, inyección  de liquidez en el mercado bancario, estímulo al crédito.

Los keynesianos, por otro lado, ven una relación más estrecha entre el gobierno y el banco central, ya que, con la crisis de 2008, el paradigma monetario ya habría sido desplazado irreversiblemente. Por lo tanto, en la práctica, ya habría financiamiento indirecto de la deuda pública a través de mecanismos tales como ‘Quantitative Easing’ o, en Brasil, las operaciones de Repos a gran escala.

Finalmente, los estatistas post keynesianos agrupados en la Modern Monetary Theory (MMT) agitan la oportunidad histórica de cortocircuitar permanentemente la emisión de divisas y la emisión de deuda pública, colapsando las funciones monetarias y fiscales en un solo presupuesto soberano. Por lo tanto, defienden la financiación directa del gasto público por parte del banco central.

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Aquí es donde entra en juego la discusión sobre el ingreso universal, en el punto en que se cuestiona el tercer gajo: la respuesta social a la situación de crisis. Si el crédito social es endógeno y crea dinero, la consecuencia lógica es que las políticas monetaria y fiscal juntas no son suficientes para el cambio. No tiene sentido estimular la economía si la economía no responde como se esperaba o planeó. Nunca debemos perder de vista el hecho de que también somos la economía. A pesar de la jerga técnica, los economistas están hablando de nosotros.

Acordaremos con los monetaristas que la política monetaria debe estar por encima de la política fiscal, especialmente en Brasil. Principalmente, porque el gobierno es un mal empresario. Porque todavía hay mucho por evolucionar en términos de control de la ineficiencia, la corrupción y el clientelismo. La crisis de representación resultante de la crisis de 2008, que golpeó duramente a Brasil en 2013, no tiene nada que ver con una revuelta rentista contra el regreso del estado. En realidad, la crisis de representación en el siglo XXI estuvo unida desde el principio a una demanda de mejores servicios públicos, que los estados han deteriorado.

La traducción macroeconómica de junio de 2013: si el multiplicador fiscal es menor que la unidad y el multiplicador social es mayor, la diferencia en el producto es nuestro déficit en relación con la democracia.

Para bien o para mal, el largo amanecer de la creación de confianza en torno al gobierno brasileño ha recorrido una línea ascendente desde el Plan Real, en la década de 1990, que era una condición institucional para lo que vino después. Sobre todo, con el vínculo entre las políticas fiscales y sociales, en la década de 2000, cuando una fracción mayoritaria de la población se incluyó en los circuitos monetarios/bancarios, lo que nos permitió vislumbrar una democracia posible.

Sin embargo, esta confianza ganada con tanto esfuerzo se ha arruinado durante la década de 2010. No tanto por la crisis de representación, sino por la respuesta política a esta crisis, que nos paralizo en bucles infernales. Respuestas retrógradas que se traducen en un debate público anclado en el pasado, un incesante «volver a____».

Como resultado, la respuesta social se separó de la reacción de los gobiernos y amplió la brecha de la representación.

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El acuerdo con los monetaristas, que sospechan del gobierno, termina aquí. Porque la política monetaria no puede ser un fin en sí misma, porque la estabilidad no es un fin en sí mismo, a menos que el objetivo sea mantener la posesión del dinero con quienes están en posesión del dinero hoy.

La política monetaria debe estar condicionada a la política social, que también forma parte, como uno de los tres gajos, de la política monetaria. La política monetaria debe vigilar la agenda productiva. Pero no a la agenda productiva implicada en la idea del retorno del estado, como si quisiéramos regresar al mundo anterior a 1970.

Esto va en contra no solo de la tendencia impulsora de la crisis de la representación que aumenta la desconfianza de los políticos en el gobierno, sino también del cambio estructural en el mundo del trabajo. El estado anterior a 1970 fue indexado a una realidad de la organización productiva que ya no existe.

Este es el principal problema de MMT, que no es para nada moderno: en la página 2 de la teoría esta… el  socialismo real. Un estado fuerte y planificador que prescinde de organismos reguladores intermedios. La MMT promete una ruptura del paradigma, pero, al final, quiere reconstruir el viejo paradigma. Es completamente arcaica y arcaizante, dentro de una mentalidad woke que dice mucho sobre el carácter revelador de la verdad que anuncia: el capitalismo sería una mentira bien elaborada.

La agenda productiva no debe ser organizada por el gobierno, a través de caricaturas del Plan Marshall o en el intento nostálgico de restaurar un estado de bienestar glorioso, sino a través de la respuesta social. Las políticas monetarias y fiscales deben articularse y, en última instancia, subordinarse a la política social.

La forma en que se articula el eje de los gajos será, lógicamente, la Renta Universal. En lugar de financiar al gobierno para aumentar el gasto público dentro de una agenda de productividad, como quieren los keynesianos, el objetivo debe ser que el banco central financie directamente a las personas mismas.

No se trata de tributación negativa, porque estamos hablando de emitir divisas primarias por parte del Banco Central y no renunciar a los ingresos. Un fondo para transferencias directas de dinero, Fondo del Común, administrado por representantes electos, que ya podría comenzar con el beneficio de las reservas internacionales bajo la custodia del BC.

Esto implica, como la MMT quisiera, una ruptura del paradigma. Pero de un tipo diferente. No tanto por el regreso a un mundo que ya no existe, cuyo horizonte es la nacionalización. No tanto al financiar un ‘Job Guarantee’ que convierte al gobierno en el jefe universal de la capacidad ociosa, o de un ‘People’s Quantitative Easing’ a través del gasto gubernamental. Sino más bien un escape continuo, una extensión afirmativa de la crisis de representación y el cambio estructural del trabajo, hacia una Renta Universal.

Del mismo modo que Quatitative Easing se ha perpetuado en un largo ciclo de liquidez que transformó el modelo de funcionamiento institucional, las crisis de la política y del trabajo también son crisis permanentes, que exigen la creación de respuestas.

Mucho más que un programa complementario, de asistencia o complementario a corto plazo, significa desarrollar la Bolsa Familia y el Auxilio Emergencial en una política permanente de ingresos incondicionales de la multitud. Más que eso, en un marco permanente de nueva política. La Renta Universal como programa de programas, el corazón de un nuevo paradigma de movilización productiva y de vivir bien, el commonfare.

El dinero no cae del cielo de los soberanos, emerge de las redes, hábitos y relaciones, y ahí es donde debemos construir las instituciones del futuro.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

Notas:

[1] Bruno Cava Rodrigues es un investigador asociado a la red Universidade Nômade (uninomade.net). Profesor de Filosofía, ofrece cursos libres en instituciones culturales en Rio de Janeiro (Cinemateca do MAM, Casa de Rui Barbosa, Museu da República) y en São  Paulo. Es graduado en Ingeniería por el Instituto Tecnológico de Aeronáutica–ITA y en Derecho por la Universidade do Estado do Rio de Janeiro –UERJ, en la cual curso su maestría en Filosofía  del Derecho. Autor de varios libros, en 2018 publico New Neoliberalism and the Other. Biopower, antropophagy and living Money (Lanham: Lexington Books, 2018), con Giuseppe Cocco

[2] El Encilhamento fue una burbuja económica que explotó a fines de la década de 1880 y principios de la década de 1890 en Brasil, y que provocó una crisis institucional y financiera.

Carlo Ginzburg: “El uso de la guerra como metáfora allana el camino a la limitación de las libertades individuales”

Por Pablo Marín

El historiador italiano, autor del longseller El queso y los gusanos, reflexiona acerca de metáforas, conjeturas y ficciones en tiempos de Covid-19.

Adherido a una etiqueta pegajosa, la de “microhistoriador”, Carlo Ginzburg (Turín, 1939) es un especialista en la cultura popular y en las mentalidades de los siglos XVI y XVII en Europa. También, un explorador de los problemas metodológicos de su oficio, interesado como está en las relaciones de este último con otros ámbitos disciplinares.

Convertido en longseller gracias a la historia del juicio a un molinero de la región del Friuli (El queso y los gusanos, 1976), este profesor emérito en la UCLA y en la Escuela Normal Superior de Pisa, toca distintas teclas, como quedó de manifiesto en sus visitas a Chile: si en noviembre de 2008 sostuvo un encendido debate en la Biblioteca Nacional con el teórico holandés Frank Ankersmit, quien ninguneó su interés en Thomas Hobbes, diez años más tarde volvió para hablar de su libro Miedo, reverencia, terror. Releer a Hobbes hoy (traducido en 2014).

Ha pasado la pandemia en su hogar en Bolonia, aprovechando el reciente término del confinamiento para pasear junto a su esposa -enmascarillados- por un “paisaje urbano triste”. Y como es también un académico ocupado y un intelectual público, se ha visto envuelto en “conversaciones interminables por Skype”, no pocas de las cuales terminan abordando el impacto del coronavirus.

Pero una cosa es hablar como ciudadano de una emergencia sanitaria, y otra, oficiar de opinólogo. Por eso, cuando recibió de La Tercera una invitación a conversar de historia en el contexto de la crisis, se excusó en principio -“no creo que tenga nada relevante que decir sobre el tema del que todos hablan”-, pero quedó abierto a responder si se hablaba de cuestiones que conoce y que domina. En ese caso, ¿por qué no partir volviendo a Hobbes, cuyo Leviatán (1651) acaba de reaparecer localmente, en versión compendiada y con nueva traducción? ¿Por qué no echar mano, cuando el miedo se enseñorea, al filósofo que reflexionó sobre el temor como factor de subsistencia de las sociedades?

La sola mención del británico da pie para que Ginzburg reflexione sobre las posibilidades de la historia: no de profetizar, sino de advertir lo que hay de históricamente nuevo en un momento dado. También de conjeturar. Rescatando unas anotaciones de hace un par de años, comenta que alguna vez dijo que trata de aprender cosas del pasado para hacer conjeturas respecto del futuro. ¿Qué tipo de conjeturas? No de las que se elaboran acerca de acontecimientos específicos, aclara. Y prosigue:

“El conocimiento histórico puede contribuir a nuestra comprensión del mundo al familiarizarnos con sociedades distintas, con valores distintos, con distintas aproximaciones cognitivas a la realidad, con posibilidades históricas que pueden o no materializarse en el futuro. Puede considerarse la historia como un correctivo para nuestra tendencia irrefrenable a adoptar una perspectiva etnocéntrica -provinciana, por lo tanto-, que hace de nuestros puntos de vista, de nuestros valores, de nuestras actitudes, los únicos criterios para evaluar la realidad”.

De vuelta al presente, dice que le produjo un momentáneo desconcierto que su ensayo sobre Hobbes se haya vuelto contingente, que resuene, como el propio autor que lo inspira. Pero, retrospectivamente, dice que pudo entender el porqué.

Había comenzado aquella investigación sumergiéndose en una traducción que Hobbes hizo de la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides. Este describió a Atenas devastada por una plaga, sin Dios ni ley, pero dicho en otros términos: “Ni el miedo a los dioses ni las leyes de los hombres awed any man [atemorizaban a nadie]”. Hobbes tradujo el griego apeírgein por el verbo inglés to awe -que también significa intimidar, imponer reverencia-, pero este verbo incorporaba un matiz asociado a la idea de restringir, de limitar.

Al final de su ensayo, cuenta, “la plaga reemergió, indirectamente, en una conjetura acerca del futuro: un mundo en el que la contaminación del medioambiente ha alcanzado un nivel tal que la supervivencia de la especie humana requiere la imposición de un control político intensivo y omnipresente, más omnipresente que todos los leviatanes que surgieron en el pasado”. Un futuro hipotético que con suerte, escribió Ginzburg, “nunca ocurrirá”.

Por supuesto, concede el historiador, ese futuro no es igual al del Covid-19, pero dice entender por qué se ha evocado tanto a Hobbes en el último rato: “El pasado puede ayudarnos a descifrar el presente, e incluso a imaginar un futuro posible”.

Animales metafóricos

Ginzburg ha interpretado los afiches que interpelaban a los peatones durante la I Guerra Mundial en Gran Bretaña -con sus dedos índices conminándolos a enrolarse- como una versión secularizada del llamado del Todopoderoso. Las metáforas, como la que sugiere la imagen de Lord Kitchener llamando a salvar al Rey, pueden ser territorio de la poesía, pero también están a disposición del historiador.

Somos “animales metafóricos”, observa el autor de Mitos, emblemas, indicios. Y le devuelve la mano a la poesía, citando a este respecto unos versos de Baudelaire tomados de Las flores del mal (“Es la Naturaleza templo cuyos pilares /vivos dicen a veces parlamentos arcanos; /es un bosque de símbolos que cruzan los humanos, /y aquellos les dirigen miradas familiares”). “Todo aquí es metafórico, y todo el poema trata de “correspondencias”, es decir, de metáforas”, propone Ginzburg. “Las metáforas pueden actuar sobre el espectador, empujándolo a comprar algo o incluso a inscribirse como voluntario. Pero las metáforas también pueden tener un valor cognitivo, incluso predictivo”.

“Estamos viendo la convergencia de una rebelión de clase en cuyo centro se hallan el racismo y el terrorismo racial”

Intervención de la escritora y profesora de estudios afroamericanos en la Universidad de Princeton Keeanga-Yamahtta Taylor

En la mayor revuelta nacional desde la década de 1960, los manifestantes han paralizado ciudades por todo Estados Unidos durante el fin de semana posterior al asesinato de George Floyd, un hombre afroamericano en Minneapolis, a manos de la policía. “Esto no es solo la repetición de hechos pasados”, dice la académica y escritora estadounidense Keeanga-Yamahtta Taylor. “Son las consecuencias de los fracasos de este gobierno y del sistema político… para resolver estas crisis”. Taylor es profesora de estudios afroamericanos en la Universidad de Princeton.

AMY GOODMAN: ¡Esto es Democracy Now!, democracianow.org, El Informe de Cuarentena. Les habla Amy Goodman desde la ciudad de Nueva York, y me acompaña mi copresentadora Nermeen Shaikh desde su casa también en la ciudad de Nueva York. Hola Nermeen.

NERMEEN SHAIKH: Buenos días, Amy. Y doy la bienvenida a nuestros oyentes y espectadores de todo el país y del mundo.

AMY GOODMAN: En la mayor revuelta nacional desde la década de 1960, los manifestantes han cerrado ciudades por todo Estados Unidos durante el fin de semana posterior al asesinato de George Floyd, el hombre afroamericano de 46 años, a manos de la policía en Minneapolis.

MANIFESTANTES: ¡George Floyd! ¡Di su nombre! ¡George Floyd! ¡Di su nombre! ¡George Floyd! ¡Di su nombre! ¡George Floyd!

¿Qué queremos? ¡Justicia! ¿Cuándo la queremos? ¡Ahora! ¿Qué queremos? ¡Justicia! ¿Cuándo la queremos? ¡Ahora! ¿Si no lo obtenemos? ¡Cierra! ¿Si no lo obtenemos? ¡Cierra! ¿Si no lo obtenemos? ¡Cierra! ¿Qué queremos? ¡Justicia!

AMY GOODMAN: George Floyd murió hace una semana, el Día de los Caídos (Memorial Day), cuando el oficial de policía de Minneapolis, Derek Chauvin, lo arrestó y presionó su rodilla contra el cuello de Floyd durante casi nueve minutos mientras Floyd exclamaba repetidas veces sin apenas aliento: “No puedo respirar”; luego dejó de moverse. El viernes 29 de mayo, Chauvin fue acusado de asesinato en tercer grado y homicidio involuntario en segundo grado. Los otros tres policías implicados han sido despedidos junto con Chauvin, pero no han sido arrestados. El gobernador de Minnesota, Tim Walz, anunció que el fiscal general Keith Ellison asumirá el mando de la investigación y de cualquier acción judicial relacionada con el asesinato de George Floyd. En el cruce de Minneapolis donde mataron a Floyd, la gente levantó un monumento y lo declararon un espacio sagrado.

Mientras tanto, las protestas continuaron durante todo el fin de semana de costa a costa. La policía reaccionó con violencia ante las protestas generalizadas arrestando a más de 4.000 personas y atacando a los manifestantes con gases lacrimógenos y pelotas de goma en ciudades de todo el país. Coches y edificios de la policía ardían entre las llamas mientras miles de personas desafiaban el coronavirus y aumentaban la violencia policial al manifestarse. Las autoridades han dicho que, solo en la ciudad de Nueva York, resultaron dañados 47 vehículos de la policía. Al menos 40 ciudades han impuesto el toque de queda. La guardia nacional se ha desplegado en Minnesota, California, Illinois, Florida y otros estados. Los departamentos de policía cada vez reciben más críticas por usar una fuerza excesiva contra los manifestantes y, en al menos 50 incidentes separados, atacar a periodistas.

Las protestas se producen cuando el país se enfrenta a su mayor crisis de salud pública en generaciones y al índice de desempleo más alto desde la Gran Depresión de 1929. Durante las protestas del viernes el presidente Trump fue trasladado al búnker subterráneo de la Casa Blanca. El sábado amenazó por Twitter a los manifestantes con enviarles “perros viciosos” y “armas siniestras”. También tuiteó que iba a declarar a Antifa “organización terrorista”, a pesar de que los expertos legales afirman que carece de autoridad para declarar a una agrupación nacional “organización terrorista”, y advirtieron de que tal medida violaría la Primera Enmienda.

La indignación por la muerte de Floyd se produce después de las protestas que llevaron al arresto de dos hombres blancos el mes pasado por la muerte a tiros en febrero de Ahmaud Arbery, un hombre negro que hacía footing en Georgia, y que posteriormente llevaron al arresto de un tercer hombre, y después de que, en el mes de marzo, la policía de Louisville matara a tiros a Breonna Taylor en su casa, caso que actualmente está en manos del FBI.

Las manifestaciones han sido en su mayoría en el exterior, con muchas personas con mascarillas, por lo que no está claro si provocarán la propagación del coronavirus. Sin embargo, muchos manifestantes arrestados fueron trasladados a cárceles que son focos de covid-19.

Comenzamos con la profesora Keeanga-Yamahtta Taylor. ¿Qué opina del levantamiento popular que ha tenido lugar en todo el país y la reacción de la policía, así como a su espantoso origen el Día de los Caídos, el asesinato de George Floyd?

KEEANGA – YAMAHTTA TAYLOR: Gracias, Amy, por dejarme venir a hablar esta mañana.

Creo que parte de lo que estamos viendo son años y años de ira acumulada. Muchas personas han hecho referencia a la década de 1960, han hecho referencia al caso de Ferguson en 2014, pero creo que es importante decir que no se trata solo de la repetición de hechos pasados. Son las consecuencias de los fracasos de este gobierno y del sistema político, la incapacidad del sistema económico de este país para resolver estas crisis, que se cimentan y acumulan con el tiempo. Y estamos viendo la ebullición de eso.

Imagine lo enfadada, desesperada y llena de rabia que tiene que estar una persona para protestar en la situación de una pandemia histórica que ya ha matado a más de 103.000 estadounidenses, que ha tenido un impacto terrible y desproporcionado en las comunidades negras. Creo que han muerto 23.000 o 24.000 negros. Hablando claro, uno de cada 2.000 afroamericanos de Estados Unidos ha muerto por la covid-19. Así que imagine lo difíciles que deben de estar las cosas para que la gente salga en esas condiciones. Así, creo que la tensión acumulada en torno a la brutalidad policial, la continuación de la brutalidad policial, el abuso policial y la violencia y el asesinato han obligado a la gente a tener que soportar esas condiciones porque es obvio que, o bien nuestro gobierno no puede hacer nada al respecto, o bien el gobierno es cómplice y elige no hacer nada.

Y creo que también tenemos que añadir a eso la crisis que se está desarrollando en el país, más allá de la brutalidad policial, porque todos sabemos que los vídeos de palizas, abusos y asesinatos policiales han continuado existiendo. De este modo, el movimiento que surgió de las revueltas en Ferguson, que derivó en Black Lives Matter, las condiciones que llevaron a eso nunca dejaron de existir. Y creo que lo que lo ha reavivado, obviamente, es el linchamiento público de George Floyd hace una semana en Minneapolis, pero también las condiciones, el contexto más amplio dentro del cual se está extendiendo. Y debido a esa situación más amplia de desempleo masivo, de la muerte causada por la pandemia, esto no se trata solo de protestas contra la brutalidad policial.

Sin embargo, vemos muchos, cientos, si no miles, de jóvenes blancos en estas revueltas, lo que las convierte en verdaderas rebeliones multirraciales. Y creo que es importante. Algunos han llegado a describir la participación de los blancos como agitadores externos, o me consta que hay informes de supremacistas blancos que se infiltran en algunas manifestaciones. Y creo que son cosas a las que debemos prestar atención, hacer un seguimiento e intentar comprenderlas. Pero creo que no podemos descartar de manera generalizada la participación de los jóvenes blancos, porque tenemos que entender que lo que ha sucedido en la última década también ha destruido sus vidas. Y se ha discutido sobre ello quizás con la generación de sus padres, con la descripción de muertes por desesperación.

De este modo, sabemos que la esperanza de vida de los hombres y mujeres blancos corrientes se ha revertido, algo que, por cierto, no suele suceder en el mundo desarrollado. Y está motivado por la adicción a los opioides, el alcoholismo y el suicidio. Y así, esta generación, cuyas vidas verdaderamente… es decir, si te has graduado en la universidad, tu vida ha entrado en un paréntesis por la guerra a comienzos del siglo XXI, por la recesión y ahora por una pandemia mortal. Y de este modo, creo que estamos viendo la convergencia de una rebelión de clase en cuyo centro se hallan el racismo y el terrorismo racial. Y, en muchos sentidos, nos encontramos en un terreno desconocido para Estados Unidos.

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Esta conversación se publicó en Democracy Now.

Traducción de Paloma Farré / ctxt.es

Entrevista a Nicos Poulantzas (1979)

Por Stuart Hall y Alan Hunt

Esta entrevista fue publicada originalmente en Marxism Today en julio de 1979.

 

Nicos Poulantzas fue una de las figuras más influyentes en la renovación del marxismo europeo. Nació en Grecia y fue miembro del Partido Comunista Griego (Interior). Vivió y enseñó en París durante varias décadas. Sus escritos se centraron principalmente en la teoría del Estado y en la política, en particular en Poder político y clases sociales (1973) y Las clases en el capitalismo actual (1975). Se preocupó progresivamente por los problemas de estrategia política en las diversas condiciones del capitalismo europeo: Fascismo y dictadura (1974); La crisis de la dictadura (1976) y Estado, Poder y Socialismo (1978).

 

Sus libros son ahora muy influyentes en Gran Bretaña, pero creo que podría ser útil para la gente conocer algo más sobre su desarrollo personal, intelectual y político.

Bien, déjeme decir que mi primer encuentro con el marxismo fue a través de la cultura francesa y de Sartre, como le ocurrió a mucha gente de mi posición de clase y mi edad en Grecia. Por aquel tiempo, a la edad de 17-18 años, estaba comenzando a trabajar por mí mismo. Nos encontrábamos en un contexto de posguerra civil, con un Partido Comunista declarado ilegal, lo que permaneció hasta 1974. Las condiciones para la circulación de las ideas marxistas eran extremadamente difíciles. Resultaba imposible adquirir los textos clásicos del marxismo, así que llegué al marxismo a través de la filosofía francesa y de Sartre en particular. Cuando fui a la universidad me involucré en mi primera actividad política de izquierda con el sindicato de estudiantes. Más tarde, me incorporé a la United Democratic Left (EDA), que es una forma jurídica amplia del Partido Comunista. Por aquel tiempo, sin embargo, no era miembro del Partido Comunista.

Después de estudiar derecho, vine a Europa Occidental y continué participando activamente en la EDA. El gran problema en el interior de la EDA era que algunos de los miembros eran comunistas y otros no. Era una suerte de frente popular bajo el dominio absoluto del Partido Comunista y sin autonomía real.

Interesado por el marxismo a través de Sartre, estuve muy influenciado por Lucien Goldmann y Lukacs. Realicé mi tesis doctoral en filosofía del derecho, en la que intenté desarrollar una concepción del derecho basada en Goldmann y Lukács. Fue publicada en 1964, pero desde el instante en que fue publicada empecé a sentir las limitaciones de esa orientación en el marxismo. En ese momento, descubrí a Gramsci a través de Crítica Marxista, la revista más importante del marxismo en aquel tiempo.

Empecé también a trabajar con Althusser, mientras seguía influenciado por Gramsci, lo que generó acuerdos y desacuerdos, desde el principio, con Althusser. Nos tomaría demasiado tiempo explicar el tipo de diferencias que tenía, que no eran tanto con Althusser como con Balibar. Con los primeros textos de Althusser, principalmente filosóficos y metodológicos, yo estaba profundamente de acuerdo. Siempre he creído que Althusser comprendía la lucha de clases y sus problemas. La cuestión con el estructuralismo fue más un problema con Balibar. En Poder Político y Clases Sociales hay diferencias evidentes entre el texto de Balibar y el mío. He hablado un poco sobre estas diferencias en Las Clases sociales en el capitalismo actual.

Por otra parte, me uní al Partido Comunista de Grecia antes de la ruptura de 1968, que llegó un año después de la Dictadura de los Coroneles, y desde entonces he estado en el Partido Comunista del Interior, que se ha desplazado hacia posiciones eurocomunistas. Por otro lado, el Partido Comunista del Exterior es uno de los últimos partidos estalinistas en Europa. Lo es, quiero decir, en el sentido más fuerte: dogmatismo teórico, ausencia total de democracia interna y absoluta dependencia de la Unión Soviética.

 

Sus escritos teóricos sugieren que las alianzas políticas juegan un papel fundamental en el proyecto por un socialismo democrático. Aún así, la alianza entre el Partido Comunista Francés (PCF) y el Partido Socialista (PS) ha demostrado ser muy frágil. ¿Qué lecciones cree que podemos aprender?

Bueno, creo que el problema principal no es tanto el de las alianzas políticas entre organizaciones políticas. El problema principal, como sabemos, es la alianza política entre las clases sociales y las fracciones de clase que son representadas por aquellos partidos, porque una de las lecciones del fracaso de esta alianza en Francia es, precisamente, que ha sido vista y construida principalmente como una alianza por arriba. Uno no puede decir que fue estrictamente una alianza electoral, no lo fue porque el “Programa Común de la Izquierda” es un hecho muy significativo en la historia de la izquierda europea. No era un tipo de alianza puramente electoralista, pero, sin embargo, fue muy significativo que ninguno de estos partidos intentara construir esta alianza desde la base, es decir, entre las masas, para crear organizaciones comunes. Tuvimos algún tipo de acción común en algunas organizaciones, entre aquellas que estaban organizadas por los partidos y los sindicatos, pero nunca logramos un tipo de organización original o específica en la base que pudiera cristalizar este tipo de alianza. Esto también fue un fracaso típico del tipo de alianza del “frente popular”. En la estrategia de la Tercera Internacional, Dimitrov siempre decía que debíamos tener un tipo específico de organización de base, cristalizando este tipo de alianza. Esto no fue alcanzado durante aquel período, ni lo ha logrado el Partido Comunista de Francia o el Partido Socialista. Sin embargo, tu pregunta va mucho más lejos. Pienso que la realización de este tipo de alianza solo es posible con un cambio en el interior del Partido Comunista mismo. Está claro que mientras estés trabajando con el concepto de dictadura del proletariado no serás capaz de establecer una alianza que perdure con una pareja que sabe que será eliminada en la transición al socialismo, cuando la dictadura sea implementada. Por eso, creo que una estrategia revolucionaria hacia el socialismo democrático requiere de los cambios que se han llevado a cabo en algunos partidos comunistas de Europa Occidental, esta es una de las condiciones para lograr nuevas formas de alianzas políticas.

Ahora llegamos al problema de la socialdemocracia, que es un problema muy específico y demuestra que esta cuestión de las alianzas tiene mucho que ver con las condiciones actuales de un país concreto. Por eso, debemos ser cautos haciendo generalizaciones, ya que vemos que la socialdemocracia interpreta roles muy diferentes en los países en los que existe. Por ejemplo, no veo ninguna posibilidad de establecer alianzas políticas con el tipo de socialdemocracia existente en Alemania Occidental o en Suecia. La situación es diferente en países donde la socialdemocracia no es un partido de gobierno, como no lo ha sido durante muchos años en Francia. Además, en la actual crisis estructural del capitalismo, podemos apreciar un viraje de la socialdemocracia hacia la izquierda, que es una de las condiciones para una alianza perdurable entre el Partido Comunista y el Partido Socialista. Pienso que nunca más podremos hablar de la socialdemocracia en general, dada esta crisis estructural del capitalismo. No podemos encontrar, desde mi punto de vista, una tendencia general de la burguesía a valerse de la socialdemocracia como solución a la crisis. La burguesía tampoco tiene el poder económico en todas las sociedades para ofrecer a la clase trabajadora los tipos de compromiso necesarios para que la socialdemocracia cumpla su función política cuando está en el gobierno, especialmente en el contexto de los programas de austeridad que tenemos en Europa. No está nada claro que una solución socialdemócrata, que implica compromisos con la clase trabajadora, pueda ser llevada a cabo por la burguesía a través de la socialdemocracia en las circunstancias particulares de cada país europeo. En estas circunstancias, la socialdemocracia no tiene otra solución que aliarse con el Partido Comunista. En este tipo de contexto específico, que es muy diferente de otros tipos de situaciones, encuentras la integración de la socialdemocracia en el aparato de gobierno, como en Alemania Occidental. Prefiero no hablar de la situación en Gran Bretaña, pero en Alemania se da una situación muy peculiar porque juega un papel dominante en el Mercado Común, por lo que todavía tiene posibilidades de comprometerse con la clase trabajadora. Este no es en absoluto el caso de Italia o Francia y, muy probablemente, tampoco el de España. No deberíamos hablar hoy en día, dada la crisis estructural del capitalismo, de la socialdemocracia en general.

 

¿Cree que esto significa que ya no existe el problema del “reformismo” en general para la izquierda?

No, no quiero decir eso, especialmente dado el carácter ambiguo de la socialdemocracia, que está, por un lado, intentando lograr una modernización del capitalismo y, sin embargo, por el otro, tiene profundas raíces en la clase trabajadora. El problema que enfrenta la socialdemocracia es el de hacer una combinación de ambas. Teniendo en cuenta la crisis estructural del capitalismo, las contradicciones interimperialistas y los desarrollos desiguales, la situación de la socialdemocracia en Europa es extremadamente diferente de un país a otro. Este juego puede ser jugado en países europeos económicamente dominantes, como Alemania Occidental y Suiza, pero no por la socialdemocracia francesa o italiana. En tales coyunturas, creo que una de las soluciones para los partidos socialdemócratas es girar hacia la izquierda en una alianza con los partidos comunistas.

 

Ha mencionado la cuestión del Eurocomunismo. Es cada vez más evidente que no es un fenómeno aislado, sino que hay una serie de tendencias que reciben un mismo nombre. ¿Cree que es útil distinguir tendencias que pueden ser etiquetadas de “izquierda” y de “derecha”?

Hablamos aquí de tendencias generales y uno no debe, primero, personalizar y, segundo, fetichizar esta distinción en un fenómeno que es relativamente nuevo. Ahora, en la estrategia de la Tercera Internacional, que fue una estrategia de poder dual y choque frontal del Estado, el problema del reformismo era en algún sentido claro y simple. Todo era reformista, lo que no condujo a la creación de un poder dual y a lograr las posibilidades de un choque frontal con el Estado. Ahora, cuando hablamos de una vía democrática al socialismo democrático, dicha estrategia debe no solo transformar profundamente sino también mantener formas de democracia representativa y libertades que hemos llamado por mucho tiempo “libertades formales”, pero que no son solo “formales”. Esta democracia representativa tiene que ir al mismo tiempo de la mano con la creación de una democracia directa en la base. El primer punto es importante, si ya no podemos hablar de un choque repentino con el Estado, sino del mantenimiento y la honda profundización de las instituciones de la democracia representativa bajo el socialismo, la distinción entre el reformismo y la vía revolucionaria llegará a ser mucho más difícil de comprender, incluso si continúa existiendo.

Está muy claro que en el eurocomunismo puedes encontrar una tendencia reformista, y en este sentido se puede hablar de un eurocomunismo de izquierda y otro de derecha. Por ejemplo, creo que cuando Ellenstein habla de una revolución gradual, pacífica, legal y progresiva, nos encontramos con la forma clásica kautskiana de plantear esta pregunta. Pero ¿cuál sería la distinción adecuada entre el ala derecha y el ala izquierda del eurocomunismo? Existen varias. Lo primero de todo, la importancia que se le da a la democracia directa y a los consejos obreros, lo que siempre ha sido un continuum decisivo entre la vía revolucionaria y la reformista al socialismo. El eurocomunismo de izquierda otorga más importancia a la democracia de base. Lo segundo, es el tipo de ruptura y los tipos de transformación previstos en el propio Estado: incluso si no hablamos de “aplastar el estado”, el eurocomunismo de izquierda es muy consciente de la necesidad de la transformación radical, no solo en los aparatos ideológicos del Estado, sino también en los propios aparatos represivos. Mientras que el eurocomunismo de derecha tiende a ver esos aparatos como más o menos neutrales, y, por tanto, no concede la misma importancia a su transformación. El eurocomunismo de izquierda conserva la insistencia en el momento de ruptura con el Estado, no habla de una transformación progresiva y gradual del Estado. Es muy consciente de que habrá un punto de inflexión decisivo, que no será una guerra civil pero sí una profunda crisis del Estado, con un cambio en la relación de fuerzas dentro del propio Estado. El eurocomunismo de derecha no se toma en serio evaluar esta alternativa. Para concretar, siempre que he leído a Carrillo he visto más una posición de eurocomunismo de derecha y cuando leo a Ingrao, del PCI, he encontrado una posición del eurocomunismo de izquierda.

Creo, cada vez más, que el eurocomunismo es un fenómeno específico de las formaciones sociales capitalistas avanzadas. La problemática completa del camino al socialismo, de la vía revolucionaria al socialismo democrático, está estrechamente relacionada con esta etapa específica del desarrollo capitalista.

 

Para ustedes y para nosotros el experimento italiano del “compromiso histórico” tiene una enorme importancia. Ahora, en esta situación, ¿qué importancia le confiere a la necesidad del establishment de algún tipo de consenso nacional?

No estoy muy seguro acerca de esta concepción del consenso nacional. Los propios comunistas italianos nunca han presentado el compromiso histórico como un tipo de transición al socialismo. En ocasiones han estado cerca de decir esto, pero la mayor parte del tiempo lo han presentado como una estrategia concreta en una coyuntura concreta en Italia. No lo han presentado como un modelo general para la transición al socialismo. Ahora tenemos una segunda cuestión, la famosa cuestión planteada por Berlinguer, después del golpe de estado en Chile, sobre la importancia de un amplio consenso nacional. Bien, soy escéptico respecto a esta posición. Hay un tipo de análisis que proviene de la tradición gramsciana, y que es uno de los puntos más discutidos en Gramsci, donde sugiere que la clase trabajadora puede tener hegemonía ideológica y política antes de alcanzar el poder político. Para mí la cuestión del consenso nacional debe verse más en el proceso del socialismo democrático en lugar de como una precondición del socialismo democrático mismo. Decir que uno necesita el 80% de la gente para construir la unidad necesaria para un gobierno de izquierda es una contradicción en términos.

 

Usted es miembro del Partido Comunista Griego del Interior y quizás podríamos dirigir nuestra atención ahora a la situación en Grecia. En las elecciones del año pasado la coalición en la que su partido participó, encajó un serio revés electoral, particularmente a manos del Partido Comunista Griego ortodoxo. ¿Cuál es su análisis de esta experiencia y cómo explicaría el atractivo de la estrategia opositora del partido ortodoxo? ¿Qué lecciones pueden derivarse de lo sucedido?

Bueno, hay algunas razones generales y otras más concretas que tienen que ver con Grecia. Las razones generales tienen que ver con el análisis insuficiente y la estrategia insuficientemente coherente en el propio eurocomunismo. Si el punto de inflexión eurocomunista es tomado por un partido comunista constituido, no hay posible impugnación de este punto de inflexión, aparte de por la extrema izquierda. Pero si tienes una situación de división, con la mayoría del partido en una posición ortodoxa, la ausencia de un análisis suficiente de la estrategia revolucionaria por parte del eurocomunismo se vuelve mucho más crítica cuando tienes que lidiar con la fracción dogmática del partido. Después, tenemos razones específicas relacionadas con Grecia y que están conectadas a la cuestión de la guerra civil griega. Ha sido el Partido Comunista del Exterior, la mayoría de cuyos miembros fueron muy activos en la guerra civil y quienes estuvieron exiliados en otros países y han regresado después de 1974, el que ha tenido más capacidad de movilizar el imaginario popular de la guerra civil. Digamos que han tenido éxito en lo que Lister no pudo hacer en España porque, exactamente como dije antes, Carrillo ha sido capaz de dar un giro hacia el eurocomunismo en el propio Partido Comunista. También tiene que ver con las condiciones sociales en Grecia.

La clase obrera griega es una clase trabajadora muy débil porque la mayoría del capital de Grecia no es capital nativo, es una burguesía arraigada en el área mediterránea y en una gran capital naviera, etc. Por lo que la clase obrera griega no tiene un alto nivel de conciencia de clase. Muy ocasionalmente encontrarás en Grecia una familia en la que padre e hijo sean trabajadores. Tenemos una alta movilidad social dentro de la pequeña burguesía. Hay una parte de la clase obrera que llega a ser pequeñoburguesa, emigran y se convierten en agentes internacionales de la burguesía griega. Ya sea que vienen aquí a Londres y trabajan en compañías navales o van a América. Para mí, hay una debilidad de la clase trabajadora griega que está relacionada con el éxito actual del dogmatismo en Grecia. Y por supuesto que tiene que ver con los errores del Partido Comunista de Grecia, por ejemplo, el hecho de que, durante mucho tiempo, hemos intentado buscar la aprobación de la Unión Soviética, no siendo capaces de hacer una crítica real a la Unión Soviética y no siendo capaces de establecer una alianza real para la vía democrática al socialismo, ¡porque esperábamos que la Unión Soviética eligiera entre los dos partidos! Esto ha sido un factor muy negativo en el desarrollo del Partido Comunista de Grecia del Interior.

 

¿Podríamos pasar a algunas preguntas teóricas? Parece como si en algún momento hubo un giro decisivo con respecto al leninismo. ¿Le gustaría comentar algo sobre eso? 

¡Eso es completamente cierto! Creo que sí hay un punto de inflexión, lo he expresado en mi libro La crisis de la dictadura, y proviene de posiciones muy definidas que tomé durante el periodo de la dictadura en Grecia. Durante este periodo tuvimos dos líneas en el Partido Comunista Griego del Interior. La que era la línea de una oposición frontal (violenta o menos violenta) al régimen dictatorial de oposición frontal externa; la otra línea pensaba que se podía emplear o utilizar la contradicción interna entre las fracciones de la clase dominante y las contradicciones internas del régimen militar.

Después de seis o siete años de dictadura comencé a comprender teórica y políticamente que esta concepción de la dictadura militar estaba asociada con algunas perspectivas marxistas acerca del propio Estado. El Estado es visto como una suerte de lugar cerrado que puede ser tomado por una estrategia externa, ya sea la estrategia frontal leninista o la estrategia gramsciana de cercamiento del Estado. En su lugar, comencé a imaginar el estado como una condensación, una relación de fuerzas. Desarrollé esta idea en Las clases sociales en el capitalismo actual. Al mismo tiempo, me di cuenta del significado que esto podría tener para una estrategia de oposición con el régimen militar. También comencé a aplicar esta concepción del Estado al problema de la transición al socialismo, que se hizo más evidente en mi último libro: Estado, Poder y Socialismo. Para mí, está claro que hay una crisis, y esa crisis involucra al leninismo como tal.

Creo que la posición con respecto a Lenin no es exactamente la misma que la mía con respecto al leninismo. No creo que se pueda decir simplemente que Lenin solo tenía razón con respecto a la Unión Soviética. Una de las grandes ideas de Lenin, como estratega, y en la que creo, no es el centralismo leninista, es que Lenin era un partidario convencido de las bases y de la democracia directa de los soviets. A lo que se opuso Rosa Luxemburg en Lenin no fue a que fuera excesivamente centralista o demasiado opresivo con la clase trabajadora, sino a que rompió con todas las instituciones de la democracia representativa y únicamente dejó la institución de la democracia directa de los soviets. Creo que este es el Lenin que aún podemos emplear. Este es el Lenin de El Estado y la revolución, el Lenin más importante. Creo que este es el aspecto positivo de Lenin.

El aspecto negativo involucra toda la cuestión de la aplicación y la teorización de la dictadura del proletariado que gira en torno de la destrucción total de la democracia representativa. No es correcto decir que Lenin no tuvo la capacidad de hacer nada más debido a las condiciones de la guerra civil en la Unión Soviética, ni que no pudiera hacerlo de otra manera debido a las diferentes posiciones en el interior del partido. Creo que hay algunos elementos teóricos en el propio leninismo que estaban relacionados tanto con la situación durante el período leninista, como más tarde bajo el mando de Stalin. Definitivamente hubo elementos de centralización y una concepción del partido como herramienta de concienciación para la clase trabajadora desde fuera. Esto incluye el ¿Qué hacer?, que es un aspecto del leninismo en el que ya no creo. Además, considero que esta concepción del partido conduce directamente a la concepción del “partido-Estado”, y luego al estatismo.

 

¿Podríamos volver a la pregunta sobre Althusser? En Fascismo y dictadura haces esta crítica específica de Althusser, que él no le otorga a la lucha de clases el lugar que merece. ¿Es posible en el estructuralismo marxista de tipo althusseriano dar a la lucha de clases el lugar que merece? 

En la forma en la que ha planteado la pregunta ya ha dado la respuesta, porque ha hablado de estructuralismo. Yo no lo he hecho. Tendría que aceptar, primeramente, que hay una concepción global del althusserianismo en la que yo mismo no creo. La mayoría de nosotros tuvo muchas diferencias entre Balibar, Althusser y yo mismo, sin mencionar a otros. Teníamos enormes diferencias al principio.

Para el propio Althusser, o lo que aún se puede conservar del althusserianismo, creo que la problemática del estructuralismo es una falsa problemática aplicada a las pautas básicas del pensamiento althusseriano. No creo que sea cierto que Althusser, en sus directrices epistemológicas, realmente tenga, en la concepción teórica misma, una ausencia, debido a una imposibilidad teórica, de la historia y de la lucha de clases. Creo que hay un problema al respecto con Balibar, pero ni siquiera con todo Balibar. Por lo que diría que el estructuralismo no ha sido la verdadera esencia del althusserianismo, sino la maladie infantile. Hay algunos remanentes del estructuralismo en Althusser y en el resto de nosotros. En la coyuntura teórica en la que estábamos trabajando fue el estructuralismo contra el historicismo, fue Levi Strauss contra Sartre. Ha sido extremadamente difícil para nosotros establecer una ruptura total a partir de esas dos problemáticas. Nosotros insistimos en que para el marxismo, el peligro principal no era el estructuralismo, sino el historicismo mismo, por lo que dirigimos toda nuestra atención contra el historicismo, la problemática del sujeto, contra la problemática de Sartre y de Lukacs, y como resultado “doblamos el palo”, y por supuesto esto tuvo consecuencias en nuestra propia teoría. Por ejemplo, ha tenido consecuencias en mi libro en la distinción que hice entre “estructuras” y “prácticas”, en Poder político y clases sociales, que no discutí después en Clases sociales en el capitalismo actual. La observación que hice en Fascismo y dictadura en referencia a Althusser se refería a los aparatos ideológicos del Estado. Fue un reproche que le hice a Althusser en el contexto específico de la discusión de los aparatos ideológicos del Estado y no un reproche sobre el núcleo de la problemática que nos ocupaba en ese momento. Por lo tanto, seguiría defendiendo el papel crítico del althusserianismo en lugar del análisis sustantivo.

 

Gran parte de su obra ha estado dirigida a la cuestión del Estado y de la política, basado en el concepto de “autonomía relativa”. ¿Cuál es su valoración de la capacidad de una teoría basada en el concepto de “autonomía relativa” para lidiar con los problemas de la especificidad del Estado y la política?

Responderé a esta pregunta de manera muy sencilla porque podríamos discutirlo durante años. Es muy simple. Se debe saber si uno permanece dentro del marco marxista o no, y si lo hace, aceptar el rol determinante de lo económico en un sentido muy complejo, no de la determinación de las fuerzas de producción, sino de las relaciones de producción y la división social del trabajo. En este sentido, si permanecemos en el interior de este marco conceptual, creo que lo máximo que se puede hacer por la especificidad de la política es lo que he hecho. Lamento tener que hablar así.

No estoy en absoluto seguro de ser un correcto marxista, uno nunca está seguro. Pero si se es marxista, el papel determinante de las relaciones de producción, en un sentido muy complejo, debe significar algo. Y si se hace, solo se puede hablar de “autonomía relativa”, esta es la única solución. Hay, por supuesto, otra solución, que es no hablar del papel en todo determinante de la economía. El marco conceptual del marxismo tiene que ver con esta cosa muy confusa llamada “relaciones de producción” y su rol determinante. Si lo abandonamos podemos hablar, por supuesto, de la autonomía de la política o de otro tipo de relaciones entre lo político y lo económico.

 

Supongo que una forma de permanecer dentro del marco marxista para comprender la relación entre la política y la economía sin intentar derivar una de la otra, incluso de una manera muy compleja, es postular la noción de “las condiciones de existencia” que una práctica forma para otra. ¿Qué piensa de esta alternativa?

Por ejemplo, si se habla no de autonomía relativa, sino de “condiciones de existencia”, tal posición no escapa a la dificultad, todo lo que logra es traducir la misma dificultad a otras palabras. Si tú dices que algo es la condición de existencia o la precondición de existencia necesaria de otra instancia continúas estando dentro del marco de la autonomía relativa. Independientemente del tipo de formulación que le des, aún conservas el mismo problema central. ¿Creemos o no en un papel determinante de las relaciones de producción? Si lo hacemos, siempre vas a estar limitado en la autonomía de la política de cualquier manera que puedas expresarlo. El problema persiste: cómo encontrar la especificidad y la autonomía sin caer en la absoluta autonomía de la política. Este es el núcleo de la problemática marxista. Probablemente podemos formularlo mejor, pero esta cuestión de la determinación es el problema central del marxismo.

Se planteó la pregunta sobre la relación entre economía y política, pero, por supuesto, la cuestión también nos obliga a preguntar qué entendemos por “economía”. Una vez que incluyes la lucha de clases y examinas la autonomía relativa del Estado con respecto a la clase dominante y la lucha de clases, el problema de la economía es diferente. La pregunta alberga dos términos: política y economía, que hemos esclarecido previamente. Cuando hablo de la determinación en última instancia por la economía, ya he incluido las relaciones de producción de las clases sociales y la lucha de clases. No hay una economía como tal y luego una lucha de clases en otro nivel. Entonces, cuando hablo de la “autonomía relativa de la economía”, la economía ya tiene este otro sentido que abarca la presencia de la lucha de clases.

Además, debemos tener en cuenta un peligro adicional. Si únicamente hablamos en términos de aparatos tenemos otro peligro, el de la institucionalización. Los aparatos, después de todo, son la condensación material de las relaciones. En el famoso ejemplo, no es la iglesia la que creó la religión, es la religión la que creó la iglesia. Por lo que, si hablamos en términos de aparatos, por supuesto, podemos aclarar el debate, pero aún así lo desplazamos, porque solo podemos hablar en términos de empresas y aparatos que ya presuponen las relaciones de producción mismas.

 

En su último libro busca desarrollar la noción de “estatismo autoritario”, la cual entiendo como la intensificación del control estatal asociado con el declive de la democracia política. ¿Es esta teoría simplemente una versión más sofisticada de la tesis leninista mucho más tradicional de que el capitalismo monopolista tiende necesariamente hacia el autoritarismo? ¿No es cierto que la realidad política de la experiencia del capitalismo europeo y norteamericano es que el control estatal intensificado se ha desarrollado junto con una expansión del área de la democracia política?

Esta pregunta plantea un problema más general: ¿podemos encontrar diferencias significativas entre formas de Estado que se corresponden con las diferentes etapas del capitalismo? Es cierto que, bajo el capitalismo monopolista, como observó Lenin, el Estado ha sufrido modificaciones muy significativas que “sobrevivieron” bajo el fascismo y también bajo el New Deal. Puedes encontrar algunas características comunes sin recurrir a una identificación “simplona” de estos regímenes. En este sentido, se puede hablar en general del Estado fascista y del Estado parlamentarista como dos formas de capitalismo de Estado. Puedes encontrar algunas características comunes junto a diferencias esenciales. Lo que trataba de decir sobre el “estatismo autoritario” tenía que ver con encontrar las características generales de una nueva fase del Estado, porque creo que estamos en un punto de inflexión en la organización del Estado capitalista. Mi objetivo era encontrar una formulación que pudiera designar las características generales de este punto de inflexión, sin identificarlo con un régimen concreto. Por lo que, cuando hablo de “estatismo autoritario” no pretendo significar que la política democrática o la democracia representativa vayan a terminar. El “estatismo autoritario” puede tomar formas extremadamente diferentes. Puede tomar una forma neoliberal, como en Francia, o adoptar una forma mucho más autoritaria como en Alemania. Sin embargo, estamos presenciando un declive de la democracia representativa en el sentido clásico, sin que esto implique que haya una tendencia al fascismo. Intenté, por lo tanto, distinguir entre “estatismo autoritario” y “fascismo”.

 

Creo que mi angustia se puede expresar en términos de las implicaciones políticas que se derivan de su concepción del «estatismo autoritario». La transición democrática al socialismo con la que está comprometido depende de la posibilidad, anterior al avance del propio socialismo, de crear las condiciones para una democracia ampliada. Aún así, la posibilidad de lograr este avance democrático parecería estar más lejos como resultado del avance del “estatismo autoritario”.

Este es todo el problema. Es la cuestión de la ruptura. Lo que quiero señalar es que lo que requiere el socialismo democrático es una profundización y una extensión de las libertades, de las instituciones representativas, etc. Esto no puede ocurrir sin una profunda transformación de las condiciones sociales y económicas. Esta es la conclusión a la que llego: que no se pueda luchar por la expansión de los derechos políticos y las libertades, que es una posición defensiva contra la tendencia autoritaria del capitalismo actual. Creo que ya no podemos salvar la democracia sin profundas modificaciones de la estructura social y económica del capitalismo mismo.

 

¿Puedo pedirle que clarifique su idea de “estatismo autoritario”? ¿Es meramente una fase del “estado interventor” o es un nuevo y distinto tipo de Estado que sucede al Estado liberal y al Estado interventor?

No estoy del todo seguro porque hay “confusión” general sobre las etapas del capitalismo. En la concepción leninista había dos etapas, la primera del capitalismo industrial y la segunda del capitalismo monopolista. He sostenido la opinión de que en estas etapas podemos encontrar diferentes fases, pero no podemos hablar de una tercera etapa. Aunque ya no estoy tan seguro de esta posición. Dentro de este marco, el “estatismo autoritario” no podría ser una etapa diferente siempre que conservemos el compromiso con las dos etapas. Ahora creo que los problemas son mucho más complejos. Mi discusión anterior con ellos giró en torno a la teoría del capitalismo monopolista estatal y al debate en el interior del PCF sobre este asunto. Ahora creo que, incluso si hablamos de fases del Estado intervencionista, la actual transformación del Estado capitalista no es simplemente una fase, hay algo mucho más importante involucrado en la aparición del “estatismo autoritario”.

 

Usted tiende a hablar de la etapa actual del “estatismo autoritario” en el contexto de la intensificación de los elementos generales de la crisis política, así como de la crisis económica. Esto empieza a sonar como si usted estuviera sugiriendo que el estadío final del capitalismo ha llegado.

Si, veo el problema. Es un peligro del que no era muy consciente y que veo ahora que lo ha mencionado. Veo claramente que hay un peligro, pero quiero enfatizar que requiere que consideremos lo que queremos decir con la crisis estructural del capitalismo. En mi texto La Crisis del Estado intento analizar esta crisis estructural del capitalismo, discrepando de algunas de las concepciones del Partido Comunista Francés, e insisto en que la existencia de tal crisis no implica que no pueda resolverse.

 

¿Cuál es la conexión entre esta discusión sobre el Estado y el énfasis que usted pone en el papel del partido de masas dominante único?

He intentado decir que incluso si no tienes un partido de gobierno dominante y masivo, lo que sí encuentras es una relación entre dos partidos que pueden intercambiar poder político entre ellos. Tenía en mente el modelo alemán o incluso el británico, donde en el núcleo del aparato estatal se podía encontrar una amalgama de fuerzas laboristas o conservadoras, de los socialdemócratas y los demócratas cristianos, que tiende a funcionar como un único partido de masas de la burguesía a pesar de las diferencias que pueden existir entre ellos. Incluso si tenemos cambios ordinarios en el gobierno en este sentido, serían cambios superficiales frente a un núcleo institucionalizado de fuerzas que pertenecen a ambos partidos.

 

¿Podemos volver a la cuestión de su concepción del socialismo? Ahora se opone a una simple concepción leninista o vanguardista del partido. En el capítulo final de Estado, Poder y Socialismo, habla sobre la necesidad de combinar formas de democracia directa y formas de democracia representativa, pero no aclara cómo estas dos formas deberían ser articuladas o combinadas.

El problema es que estas cuestiones son extremadamente nuevas, y somos cada vez más conscientes de que no tenemos ninguna teoría positiva de la democracia en Marx. Tenemos la teoría de la democracia capitalista y la teoría de la dictadura del proletariado, pero realmente no disponemos de esta evaluación positiva ni de base teórica para la articulación entre democracia directa y representativa. Ahora bien, está claro que, mientras hablemos de democracia representativa, la separación relativa va a seguir existiendo entre la esfera pública y la privada. Esto nos lleva al problema más complejo de que la separación relativa del Estado no es simplemente una cuestión relacionada sólo con las relaciones de producción capitalistas. Si no está necesariamente ligada a las relaciones de producción capitalistas, entonces tal vez la cuestión de la separación relativa en las relaciones de producción capitalistas en sí se convierte en mucho más problemática. Este es el primer problema.

El segundo es el del partido de vanguardia. Debemos ser muy claros, en cuanto hablamos de una pluralidad de partidos en la transición al socialismo, y mientras nos tomemos en serio esta concepción, es evidente que no se puede «tener el pastel y comérselo». Es muy claro que en la tradición leninista (aunque el propio Lenin no tenía una concepción del sistema de partido único) la concepción del partido de vanguardia va de la mano de la concepción de la dictadura del proletariado y del sistema de partido único. No se puede, al mismo tiempo, decir que vamos a tener un pluralismo de partidos y mantener la concepción leninista del partido de vanguardia, porque tal concepción implica, o incluso requiere, el sistema de partido único. No se puede tener ambos.

Considerando la figura del partido, no estoy en absoluto seguro de que un partido político sea la mejor forma de organizar, incluso en sus diferencias, las nuevas formas de los movimientos sociales. Por ejemplo, no estoy en absoluto seguro de que debamos pedir a un partido político revolucionario que tome en consideración el problema ecológico, el problema feminista, etc. Así que el problema no es sólo tener un partido tan bueno que no sólo será político, sino que ocupará todas las esferas de la vida social y económica. Creo que esta concepción del partido como único centralizador, aunque sea una centralización muy sutil, no es necesariamente la mejor solución. Pienso, cada vez más, que debemos tener movimientos sociales autónomos cuyo tipo de organización no puede ser la misma que la de un partido político. Debe haber un movimiento feminista fuera del partido más ideal posible, porque el partido más ideal no puede incluir ese tipo de movimientos sociales por más que insistamos en que el partido revolucionario debe tener ciertas concepciones sobre la cuestión de la mujer.

En segundo lugar, ¿tiene el partido un papel central? Lo tiene, claro, mientras crea que la política y el Estado tienen un papel central. Pero entonces, mientras necesitemos algún tipo de organización, debemos tener algún tipo de centralismo o de homogeneización de las diferencias si queremos poder articular la democracia representativa con la democracia directa. Si hasta ahora este papel centralizador ha sido desempeñado por el partido único, en el futuro algunos aspectos de este papel deberán ser transferidos del partido a órganos representativos, en los que distintos partidos pueden desempeñar un papel propio. Debemos ir hacia esta diferenciación, no a una identificación entre el partido y el Estado. Y si las instituciones representativas pueden realmente desempeñar plenamente su papel, el tipo de relaciones, o de articulación, no tendrá que ser transmitida como en el pasado, a través del propio partido. En Italia, por ejemplo, en las asambleas regionales con mayorías comunistas y socialistas, la coordinación entre las formas de democracia directa, los movimientos de ciudadanos, los movimientos ecologistas por un lado, y la democracia representativa por el otro, no pasa por la centralización del propio Partido Comunista.

Un problema interesante, para el que no tenemos respuestas definitivas es (y de esto estoy profundamente seguro) que el pluralismo de partidos en el camino democrático al socialismo significa, necesariamente, cambios en la función del propio partido. No se puede tener la concepción leninista tradicional del partido y simplemente decir, al mismo tiempo, que debería haber otros partidos también. Esto no funciona.

¿Cuál debe ser la diferenciación, cuál debe ser la transformación del partido? No creo que el partido deba perderse o amalgamarse con los diferentes tipos de movimientos sociales. Pero tampoco puede el partido, como aparato de cuadros, vincular con éxito los diferentes movimientos sociales o económicos. También debemos reconsiderar la visión clásica del centralismo leninista en la que todo lo político es primario y el resto es secundario. ¿Qué es el movimiento feminista, qué es el movimiento ecológico, qué son los otros tipos de movimiento social? No se trata de meros movimientos secundarios en relación con el movimiento de la clase obrera o el partido. De lo contrario, todo se vuelve secundario. Esta cuestión de las relaciones primarias y secundarias debe ser repensada.

Si el eurocomunismo, como el propio marxismo, está en crisis, es porque estamos en una etapa experimental en la que los partidos están tratando de elaborar este tipo de estrategia diferente. Vemos lo que sucede en España, por ejemplo, o lo que sucede en Italia. Incluso en Francia estamos en crisis y es tal vez más difícil porque el PCF funciona como siempre lo ha hecho el partido francés. También es el partido el que a veces produce las mayores rupturas pero luego se echa atrás; se presenta como el partido más abierto (por ejemplo, nunca se ha visto un partido comunista tan abierto a la cuestión de las mujeres como el PCF) y como su contrario.

En este proceso hay un retroceso hacia una respuesta tradicional, lo vemos claramente en el PCF. La concepción cambiante del partido se encuentra en el corazón de estas respuestas. Hay una respuesta importante dentro de los diferentes partidos que se preguntan «a dónde nos llevan estas nuevas posiciones», y se retiran alarmados. La encuentras también en Italia, en España y en el resto de partidos. Esto no es sorprendente porque todavía no hay respuestas definitivas a estos problemas. Pero estos son los problemas a los que debemos enfrentarnos; no desaparecerán, ni podemos simplemente retirarnos a la vieja ortodoxia.

 

Traducción: Manuel Romero Fernández
Fuente: https://www.ieccs.es/2020/05/13/entrevista-de-stuart-hall-y-alan-hunt-a-nicos-poulantzas-1979/

Esto no es una pipa. (ce n’est pas de la psychanalyse)*

Por Claudia Huergo

Hablo por teléfono. Muchas horas al día. Primero buscaba un espacio de la casa. Después no podía más de la quietud. Empezaba a caminar, a desplazarme por la casa. Los paisajes sonoros cambiaban: iba dando esas claves de lectura, elles también. Eso que suena de fondo es el martillo neumático que están usando en la obra del al lado. Sí, no sé si pueden estar en obra en cuarentena.  Pero están en obra.  Eso es cadena 3, que escuchan al mango en el patio vecino. Eso un perro ladrando. No, no tengo perros. Es una sirena. Es un helicóptero. Es el ruido de la pava que comienza a hervir. ¿Es un pájaro cantando? ¿Un canario? ¿El ruido de un lavarropas? ¿Estás llorando? ¿Te alejaste del modem? No se escucha bien. Hola hola hola, ¿me escuchás? Yo no te escucho.  Se cortó. Lo último que te estaba diciendo era.  Nos vemos la semana que viene. Misma hora. Te mando un abrazo.

Tejemos complicidades. Siempre estamos en medio de algo. Todes hablamos más fuerte. Queremos compensar forzando la voz, ese hilo frágil de la presencia. Nos cansamos, hacemos mapas del agotamiento. Buscamos dónde descansar.

Sí, hay una mutación. Pienso siento y escucho con las manos, con el cuerpo, con los pies. Rabdomancia. Detesto la formula: “el contexto nos interpela”. Odio a los seres interpelados. Los que no se asumen parte del mundo. Los que arman congresos para resolver sus interpelaciones y bajar de la montaña tres meses después trayendo las tablas de ley. Vienen a decirnos qué se puede y qué no se puede. Púdranse.

Una conversación es como una jugada. Se va armando. De repente,  algo toma velocidad por el medio. Nos entusiasmamos. Alguien patea. Gol. Es una  alegría del amor. Nos queremos.

Y después. Después. Empezamos a extrañar. Ya sé que somos muchos los que esquivamos la conexión porque después nos queremos morir. Por un rato preferimos no. No nos culpo. Querernos es algo que estaba tan integrado a nuestras vidas. No nos culpo.

Me río de pensar que alguien quiera capitalizar todo esto.

Vayan, atrapen al viento.

 

*No sé francés. Usé el traductor de google.

 

Claudia Huergo.

(Europa) Los patrones buscan el shock

Por Toni Negri

Europa se partió en dos por el coronavirus y se partirá aún más duramente por sus consecuencias económicas y sociales: esta percepción es incuestionable cuando se observan los informes de la pandemia, y se traduce claramente por los diferenciales en el alcance de la crisis del producto bruto interno y/o la deuda pública de los países. La sentencia de la Corte de Karlsruhe (Alemania) del 5 de mayo de este año volvió más dramáticos estos dualismos al ordenar al Banco Central Europeo que no mutualizara, en modo alguno, sus intervenciones en apoyo de los Estados miembros de la UE y, por lo tanto, ordenó al Banco Central de Alemania que no cooperara con la labor del Banco Central Europeo –en caso de que se estableciera el «delito de mutualización». El problema que queremos examinar aquí no es de carácter jurisdiccional: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea respondió inmediatamente al requerimiento del Tribunal Federal de Justicia de Alemania y lo declaró incompetente en cuanto a la cuestión de fondo.

Pero tampoco se trata de la cuestión de fondo. Destacados economistas han subrayado el afecto senil del Tribunal alemán por la teoría monetaria de Milton Friedman y la total incomprensión de las estrategias monetarias anticíclicas, llegando a la conclusión de que la sentencia de Karlsruhe podría tener efectos negativos sobre el mismo valor de los Bunds alemanes (bonos del Tesoro). Por último, ni siquiera desde el punto de vista ideológico se plantea la cuestión cuando se percibe el prejuicio normativo que las instituciones alemanas expresan a menudo, ultra vires, sobre los sistemas jurídicos, políticos y sociales de otros países de la Unión –entonces, la última sentencia de Karlsruhe fue casi un recordatorio del orden (por así decirlo «histórico-ideal») de la propagación del poder alemán sobre la Unión.

El problema que estamos planteando aquí es un problema político. Es decir, nos preguntamos por qué se ha dictado esta sentencia hoy, cuando el debate sobre la necesaria solidaridad común de los europeos en la pandemia estaba en el centro del interés político. Ahora bien, nos parece que el significado de esta sentencia tiene poco que ver con la defensa del ciudadano germano, sino que está enteramente concebido como un medio para defender y perpetuar el neoliberalismo. El Tribunal Constitucional alemán no sólo es el representante de la clase capitalista alemana, sino que, en esta ocasión, es el agente político de la clase capitalista europea.

Para aclarar esta afirmación, debemos recordar, en primer lugar, que el proyecto neoliberal como marco en el que debía desarrollarse la Unión Europea, fue impuesto no sólo por el Estado nación más poderoso (Alemania), sino por el consenso de las clases dirigentes de todos los demás países europeos, un acuerdo que ha implicado globalmente, y organizado a lo largo del tiempo, a los centros de poder del capitalismo europeo. El acuerdo se basó en el compromiso de construir instituciones económicas y sociales consolidadas en torno a una deuda pública decreciente y una inflación cercana a cero. Y, sobre todo, en la invariabilidad y continuidad –»cueste lo que cueste»–, dijo Draghi (ex presidente del BCE), “whatever it takes”, del modelo de acumulación y desarrollo neoliberal. Este acuerdo (y el consentimiento previo) es la rúbrica de la decisión de la clase empresarial europea para desentenderse definitivamente de los restos del liberalismo intervencionista y keynesiano después de la Segunda Guerra Mundial, y así construir una sociedad totalmente abierta a la iniciativa empresarial representada por el individualismo extremo. La construcción del Banco Central Europeo, la garantía de su total independencia, fueron la obra maestra de este proyecto.

¿Qué lleva a la Corte de Karlsruhe a disparar hoy contra esta principesca institución del capitalismo europeo neoliberal? ¡Y lo hace en nombre de los «derechos humanos», santificados como «ewige» («eternos») en la Constitución alemana! ¿Una «eternidad», en realidad, reducida a la eternidad de la apología de la posesión y la defensa de la propiedad? [Como viejo hegeliano, recuerdo un pasaje de Hegel, todavía joven pero ya muy versado en derecho alemán: «Según sus principios originales, el derecho estatal alemán es propiamente un derecho privado y los derechos políticos una posesión, una propiedad». ¿Seguimos aún ahí?]. Por último, preguntémonos una vez más: ¿puede ser un interés nacional lo que Karlsruhe reclama? Ya hemos subrayado la fragilidad de esta respuesta que, tomada en serio, sonaría profundamente contradictoria. Significaría que el Tribunal alemán actúa en contra de los intereses de los propios capitalistas alemanes, que han encontrado en el funcionamiento del mercado europeo y en la consiguiente fortaleza del euro (así como en su estabilidad) un arma excepcional de expansión. Más allá de cualquier reserva sobre la acción de la Banca, el capitalismo alemán pide un mayor fortalecimiento del euro como moneda de comercio internacional y el mantenimiento del consenso europeo sobre este proyecto –como garantía de la capacidad alemana y europea para conquistar los mercados mundiales. También insiste en la necesidad de establecer, en un mundo verdaderamente agitado, una posición internacional más equilibrada y activa para Alemania/Europa dentro de la llamada des-globalización (es decir, la pérdida de la soberanía imperial y monetaria de los Estados Unidos).

Si esta es la posición de las patronales alemanas, generalmente bien servidas por sus gobiernos, debemos concluir que la reciente posición del Tribunal Supremo alemán, lejos de cualquier otra razón, está fundamentalmente motivada por la previsión de la crisis social que la pandemia ha causado y que afectará a Europa durante un largo período. Con su toma de posición, el Tribunal incita a reaccionar ante la crisis social con la habitual «austeridad» y a proponer, para la salida de la crisis, la renovación pura y simple del régimen ordo-liberal. Mejor aún, el completamiento del, hasta ahora inacabado, proyecto ordo-liberal. La sentencia de la Corte es un recurso para suprimir cualquier cambio en la relación de fuerza entre las clases que pueda producirse a la salida de la crisis y en el largo período de ajuste social y político que le seguirá. Por lo tanto, es pura y simplemente un juicio político, un dispositivo reaccionario.

Si tomamos esta primera conclusión, podemos percatarnos inmediatamente de algunas consecuencias. En primer lugar, que esta sentencia no se dirige contra las decisiones actuales del Banco Central Europeo, ni contra la reafirmación (inmediatamente expresada) de la supremacía del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas por sobre cada Estado participante. La presente y las eventuales nuevas contradicciones entre estas instituciones podrán coexistir dentro de una jerarquía y una gradación política de la governance europea. El camino será difícil, pero, ciertamente, no obstaculizará la coherencia de la governance europea, que hoy en día está completamente concentrada –y de manera unitaria– en la recuperación y mejora de la maquinaria de acumulación construida en los últimos cincuenta años. En segundo lugar, la sentencia de Karlsruhe opera en el sentido de acelerar el proceso de transformación del capitalismo europeo, fijando su objetivo más allá de la primera fase de recomposición de la clase política del capital. No debe leerse en su iniciativa sólo un reclamo por el orden y a la norma capitalista –no se trata sólo de un eventual guiño pícaro al lema de la conservación «todo debe cambiar, para que nada cambie»: hay, sobre todo, un compromiso de renovar –con las fuerzas del capital– el entero mundo de la producción, de la reproducción y de la circulación de los bienes, según criterios de mando cada vez más utilitaristas –rentables y coercitivos. Aquí, de hecho, pasamos de la larga fase de ordenamiento de la explotación de plusvalía absoluta y relativa a otra fase de desarrollo caracterizada por la extracción del común. A través de la Corte Alemana, la clase capitalista europea nos indica que este pasaje se llevará a cabo con el máximo de sus fuerzas, fuera de toda ilusión reformista. El capital actuará en primera persona –las intendencias, incluso las jurisdiccionales, le seguirán.

Así hemos llegado al momento central de la lucha de clases que antes del covid-19 se había abierto y que hoy, dentro de la crisis y el estado de excepción sanitario, se profundiza fatalmente. Cuando se dice que el mundo, después de esta pandemia, ya no será el mismo, no se dice una falsedad: la nueva forma de producir (internet, inteligencia artificial, robotización, plataformas, etc.) asecha, aprovechando esta crisis como una mediación destructiva del viejo sistema, la instauración de una nueva forma política de sociedad productivista. Recordemos, sin embargo, que alrededor de este plazo, en Europa, la lucha de clases fue abierta hace algunos años… La crisis del coronavirus no ha hecho más que aproximarse al punto de contradicción y confrontación definitivo. Una solución violenta, porque decisiva, será el cierre del dilema que ahora caracteriza su contenido central: ¿qué futuro se construirá?

Para profundizar el análisis del enfrentamiento, vale la pena dar a ese contenido su nombre propio: el nombre del común. ¿Será, entonces, una confirmación de la dominación capitalista sobre el común o la ruptura de esa cadena y el comienzo de un proceso de liberación del común? El desarrollo capitalista, invadiendo «absolutamente» («subsunción real» dice Marx, «capitalismo absoluto» interpreta Balibar) la sociedad, también ha reorganizado las relaciones de producción, reproducción y circulación de manera radical. Estos se dan «en red», y en esas redes se conectan, articulan o compactan las condiciones, los procesos y los productos finales de un modo de producción operativo cada vez más conectado y comúnmente vuelto operativo. Hoy en día, la riqueza consiste en esta conexión común. El proceso, por cuyo ritmo, la explotación a través de la extracción del plusvalor relativo pasa a la extracción del plusvalor determinado por la asociación/comunidad (por más burdo o desorganizado que sea) del trabajo social (de la fuerza de trabajo, considerada en todas sus relaciones sociales) revela el poder productivo del común, junto a la violencia expresada por la organización del comando. En efecto, son comunes no sólo las grandes instituciones de circulación de bienes que se basan en plataformas abiertas al consumo y fundadas en el análisis de big data; no sólo las figuras de la reproducción, sobre todo aquellas de la familia y el cuidado, que prevén el welfare como su soporte y producción; y ni siquiera las estructuras productivas que ya tienen en el centro de su concepción y ejecución el valor de una fuerza de trabajo construida en los caminos comunes de la educación y el conocimiento. Es sobre este terreno, dentro de este paisaje, que el tema de Europa se vuelve a proponer en la crisis actual, cuando la excepcionalidad de la asistencia sanitaria está llegando a su fin, pero se reabre la lucha de clases –y los gobiernos son fuertemente instados (desde muchos lugares autorizados como, por ejemplo, la Corte de Karlsruhe) a tomar una línea de decisiones drásticas para reforzar la continuidad y desarrollar (si es posible) las formas de mando de la producción pre-crisis –escalón para dar el salto a la reforma del sistema.

No hay que olvidar, entre otras cosas, que una parte de la patronal europea (y francesa, en particular) pudo considerar la crisis del covid-19 como un regalo caído del cielo, para interrumpir un movimiento de luchas salariales, por una nueva democracia y por el reconocimiento institucional del común, que durante un par de años había vuelto dificultoso el ejercicio de la governance neoliberal. Las luchas del proletariado francés representaron de hecho, a estas alturas, las cada vez más amplias convergencias que produjeron un efectivo contrapoder, capaz de interrumpir la governance neoliberal. Esta ruptura de la continuidad cotidiana de las luchas de clases no borró, sin embargo, la memoria del poder común proletariado tal como se había expresado. ¡Esas luchas están listas para recomenzar!

Pero volvamos a la centralidad del enfrentamiento que se presenta al término de la crisis sanitaria y de los instrumentos excepcionales puestos en marcha para resolverla. Ya conocemos ampliamente a las patronales: reglas de austeridad en la gestión de lo «público» y normas para su privatización. Se añade hoy el intento de prefigurar en términos concretos un nuevo «derecho laboral» que se presenta como un dispositivo para una transformación radical de la jornada laboral social en una jornada de alta movilidad y flexibilidad laboral (con un aumento de las horas de trabajo). A esta política laboral hay que añadir la fuerte presión financiera (y de privatización) sobre las instituciones de cuidados (hospitales, hogares, etc.). –justamente, los más castigados en los últimos treinta años–, un sólido intento de hacer añicos el sistema del welfare contra su necesaria universalización, a menudo proclamada hipócritamente también por los capitalistas durante la crisis de los covid-19. Lo que más nos preocupa, en este caso, es el hecho de estar frente a una iniciativa capitalista debilitada por la percepción de la crisis del modelo neoliberal, pero, al mismo tiempo, asustada por esta debilidad: capaz, por lo tanto, de exasperar sus reacciones en un sentido fascistoide.

¿Cómo podrán los movimientos sociales de los trabajadores sostener la fuerza de clase, la lucha sobre el destino futuro? En primer lugar, construyendo un discurso capaz de aglutinar las luchas desarrolladas antes de su ‘apagón’ por el decreto de la emergencia (en primer lugar, las de los chalecos amarillos y las del movimiento feminista), y las numerosas luchas singulares llevadas a cabo durante el encierro en estos meses, con nuevas y fuertes agitaciones y huelgas en la nueva fase, especialmente en el campo de la reproducción social. La universalización del bienestar y la universalidad de un ingreso social básico incondicional se convierten hoy en el punto central del programa de los oprimidos. A lo que hay que añadir el tema de una democracia reconstruida desde abajo, de un sistema de bienestar gestionado desde abajo, en definitiva, la construcción de un programa ofensivo de luchas en suelo europeo.

Y para concluir, volvamos a la observación de que Europa está partida en dos, entre los países del Sur y los países de la nueva Liga Hanseática, detrás de la cual murmuran las patronales –no sólo las alemanas, sino el resto de las europeas también. ¿Cómo podrán los movimientos europeístas y comunistas, los movimientos del Sur, actuar en esta situación? ¿Cómo actuar en el doble sentido en que siempre han llevado a cabo su iniciativa a nivel europeo, en primer lugar, para dar expresión europea a las luchas que se desarrollan en los países del Sur, y, en segundo lugar, para afirmar el proyecto de una Europa unida, en el centro de su programa? La única respuesta que los movimientos pueden dar a estas preguntas sobre la base de sus experiencias hasta ahora, es que necesitamos unir fuerzas, todas las fuerzas a nivel europeo, para desplazar del comando a los representantes del capitalismo europeo.

Los movimientos no creen en la posibilidad de separar a los capitalistas de un país europeo de los de otro país europeo y de unir el destino de cada uno de ellos con el de la clase obrera de su propio país: la historia moderna nos ha enseñado que estos caminos no son viables, o mejor, que la socialdemocracia –al intentarlo– ha permitido dos veces monstruosas guerras fratricidas en Europa. Cuando ya no se hablaba más de guerra, el egoísmo nacional no fue menos próvido de los desastres económicos y sociales –así como de las ya enormes contradicciones de la construcción europea. En cambio, estamos convencidos de que se puede poner en marcha un proceso de cooperación entre las fuerzas proletarias que viven y se desarrollan en todos los países de Europa y que se puede construir con ellas una nueva iniciativa europea. Por una Europa unida pero construida democráticamente desde abajo, productiva, pero desarrollada por una población que goza de una renta universal y del welfare; potente como sólo en la defensa de la paz puede serlo un país… y joven porque sus ciudadanos no tendrán miedo del futuro.

Traducción Ariel Pennisi

* Antonio Negri (Padua, 1933). Filósofo. A los 24 años tuvo a su cargo la cátedra de “Doctrina del Estado” (Universidad de Padua) y luego fue electo concejal por el PSI. Su actividad más intensa comenzó con su militancia fabril y la publicación de revistas y periódicos de discusión política (Potere Operaio, Quaderni Rossi, Critica del Dirito). En 1979 fue falsamente acusado como uno de los autores intelectuales del secuestro y asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas y enviado a prisión. En 1983 se exilió en Francia, donde fue inicialmente recibido por Althusser, para estrechar luego vínculo con Guattari. En 1997 volvió a Italia, consciente de su inmediata detención, para alentar la discusión sobre los presos políticos. Desde entonces recorre y estudia nuevas experiencias radicales y manifestaciones en el corazón de las transformaciones del capitalismo. Entre la cárcel y el exilio produjo una intensa obra que sigue su curso: La fábrica de la estrategia: 33 lecciones sobre Lenin (1977), Marx más allá de Marx: cuaderno de trabajo sobre los Grundrisse (1979), El comunismo y la guerra (1980), La anomalía salvaje: ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza (1981), Los nuevos espacios de libertad (con Guattari, 1987), Spinoza subversivo. Variaciones (in)actuales (1992), Teoría del poder constituyente (1992), Imperio (con Hardt, 2000), Multitud (con Hardt, 2004), Común (con Hardt, 2010), entre otros. En Red Editorial se encuentra Biocapitalismo. Entre Spinoza y la constitución política del presente (Contemporáneos, 2013).

Fuente: EuroNomade, 16/5/2020