España es un recién llegado a esta tesitura y, a juzgar por la indefinición y la rapidez con que se ha solventado, también al debate de si el nacionalpopulismo es un interlocutor político válido y susceptible de entrar en los juegos de negociación para formar gobiernos a nivel local, regional y nacional. La falta de discusión acompañó a las negociaciones del gobierno en Andalucía, y parece que la misma tónica despunta en la conformación de alcaldías y los gobiernos regionales. El Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid son los casos más emblemáticos, pero no únicos. Comoquiera que sea, se da por supuesto, sin mayores disquisiciones, que Partido Popular, Ciudadanos y Vox llegarán en la mayor parte de las instancias a algún tipo de entendimiento entre sí, como si la democracia se dirimiese solo como una mera suma de escaños y concejales.

Cordones sanitarios y democracia
La aplicación en Francia y Alemania de medidas profilácticas contra el nacionalpopulismo se inspira en aquella tradición de la democracia que aboga por la defensa proactiva de sus valores constitutivos
Por JESÚS CASQUETE
Las elecciones autonómicas andaluzas del pasado 2 de diciembre inauguraron un escenario político novedoso en España. El ensanchamiento del panorama de partidos relevantes a nivel estatal hasta abarcar cinco fuerzas políticas, dos a la izquierda y tres a la derecha, abrió una nueva era de fragmentación que, sujeta a los vaivenes lógicos de los ciclos electorales, ha venido seguramente para quedarse. La novedad en Andalucía no fue el adiós al bipartidismo, a esas alturas ya periclitado en el conjunto del país, sino la irrupción de un nuevo actor político, la extrema derecha representada por Vox, que saltó desde su intrascendencia anterior a condicionar el gobierno de la comunidad autónoma más poblada del país. Las elecciones generales del 28 de abril consolidaron ese espacio político, acto seguido ratificado (aunque con una apreciable pérdida de votos) con su secuela de los comicios locales y autonómicos del pasado 26 de mayo. Porque afectan a los fundamentos del orden democrático, las preguntas son de calado: ¿cómo reaccionar desde el sistema político a la presencia de la ultraderecha en las instituciones representativas? La implementación de medidas profilácticas en forma de cordón sanitario, de aislamiento ¿es una exquisitez buenista preñada de moralina, o un imperativo moral y político del que pende la salud democrática de un país?
