Por Alexandre Mendes / Universidade Nomade do Brasil
1) Gilets jaunes: algo diferente
De todas las frases que me llamaron la atención en la protesta del pasado sábado, la que más marco fue la de un periodista que después de conducir un confuso debate en la televisión sobre los gilets jaunes reconoció casi resignado: está bien, ok, pero lo cierto es que acabamos de vivir, el día 8 de diciembre de 2018 [él enfatiza la fecha], una cosa muy diferente en Paris, incluso muy diferente”. Esta constatación hace resonar otros dos comentarios que escuche entre las idas y venidas de casi 8 horas de protesta callejera en una ciudad completamente transformada por la interrupción de todas sus actividades y la presencia colosal de las fuerzas de seguridad.
El primer testimonio de un joven francés que nos acompañó durante la caminata, celebraba la adhesión inédita de su familia, originaria de una de las ciudades más pobres del norte de Francia, a una movilización politica: “estoy muy orgulloso de ellos, están todos con el chaleco amarillo, y mi sentimiento es de orgullo”. Ya el segundo, fue fruto de un debate improvisado que inició con un simple pedido de información (“usted viene de la Place de la Republique?”), fue un verdadero aprendizaje al aire libre. Un señor de aproximadamente 60 años, morador de una banlieue parisina, jubilado del metro y casado con una empleada doméstica filipina, articuló en un solo discurso todo, sin pausas, todos los motivos para su presencia en las protestas de los gilets jaunes:
“Estoy cansado de ver a mi jubilación disminuir cada vez más, estoy cansado de tener que devolver la mitad de lo que gano al Estado, mi mujer fue a buscar un apartamento de 10 m2 en París y no pudo ni continuar buscando dados los precios de los costos de expediente (administrativos), de todas las exigencias, es una locura. No sobra casi nada al final de mes. Fui educado en la escuela teniendo que bajar la cabeza, después en el trabajo con las amenazas del gerente, ahora es el gobierno que impone todas las medidas como si tuviésemos que aceptar todo en silencio. No estoy de acuerdo con aquello de allí [señalando una barricada de fuego en medio de la calle] pero lo importante es que estamos equilibrando el miedo. Basta de sentir miedo solo, ahora ellos también van a tener miedo”.
Los dos testimonios, el ejemplo vivo de aquello que el periodista indica se define como la emergencia de algo diferente. No es todos los días que familias de pequeñas ciudades del interior, sin ninguna historia “militante” previa, deciden colocarse un chaleco amarillo y pasar días acampados en una rotonda -al borde de la carretera- generando una movilización nacional. No todos los días un jubilado sale de la banlieue para protestar por horas, sin parar, en las calles atravesadas por las fogatas y barricadas, afirmando que no abandonará la calle mientras el miedo no este como mínimo “equilibrado”. No es todos los días que una ciudad como Paris queda completamente cerrada (tiendas, metro, museos, bibliotecas y grandes puntos turísticos) para dar lugar a movimiento incesante de los pequeños grupos de gilets jaunes en permanente pulso contra las fuerzas del orden.
2) Polinización gilets jaunes y el enigma de la protección social
La irrupción de algo diferente debe ser aprehendida en su singularidad. Contra todos los fiscales de la normalidad mundial, que desde el inicio osaron decir que el movimiento disminuiría con el tiempo, que era oportunista, falso en sus reivindicaciones, además de racista, machista y anti ecológico, los gilets jaunes abrieron una fractura ineludible. La toma del Arco de Triunfo, contra la fuerte reacción policial y las firmes determinaciones palaciegas, fue la síntesis simbólica de un movimiento que conquistó el derecho de colocar un problema cuyo enigma nadie parece capaz de resolver.
La dificultad del enigma, entre tanto, no reside en el carácter indescifrable del problema. No hay nada que huya de nuestros ojos, nada oculto, como insisten todas la vertientes conspiratorias y paranoicas del mercado del pánico global. Lo que se nos interpela es una brutal literalidad: los chalecos amarillos (algo equivalente a nuestro triangulo del porta-maletas) indican una alerta relacionada con la seguridad en la circulación y la necesidad de redoblar la atención en situaciones que pueden tener graves consecuencias para la vida. El mensaje es claro y directo: ¿cómo producir una nueva seguridad social en un mundo que intensifica y gobierna la circulación a partir de la gestión de una crisis permanente?
No es casualidad que en la reciente lista de reivindicaciones de la delegación que fue recibida por el gobierno (elaborada en la tradición de los cahiers de doléances) constan exigencias relacionadas a la valorización de la seguridad social, del salario mínimo, de la jubilación, de la igualdad fiscal, de una “nueva era” de políticas de bienestar para los ancianos; una solución al endeudamiento social de los más pobres, incluyendo el fin de las políticas de austeridad y el combate al fraude fiscal; al enfrentamiento del costo de la vida, con la interrupción del aumento de los precios de los alquileres, de las tarifas de servicios esenciales privatizados (gas, electricidad, etc.), de los combustibles, del desvío de las ganancia obtenidas en los peajes y de los costos a los pequeños comerciantes; la necesidad de un tratamiento digno a los demandantes de asilo y la apertura de centros de acogida en varios países para enfrentar los nuevos flujos migratorios, etc.
El conjunto de esas reivindicaciones, al articularse a la movilización semi-insurreccional que se creó, indica no sólo que el movimiento logró reforzar el predominio de las demandas sociales frente a las presiones más nacionalistas (que aún aparecen en reivindicaciones ligadas a las políticas de integración de los extranjeros o tentativas inocuas de frenar la relocalización industrial), señalando al centro de la dimensión política del problema: ¿cómo interpelar al actual consorcio público-privado, o sea, la governance de la globalización forjada a partir de la década de los 90 a través de un movimiento real de la globalización forzada a partir de entonces, valorización de la vida y de la cooperación social? ¿Cómo luchar por la vida dentro de los propios flujos de la mundialización y no a partir de la idealización de una salida utópica o de la falsa protección de una trinchera defensiva?
Es de ahí que podemos extraer la segunda literalidad del movimiento. Los chalecos amarillos recorren el espacio de la circulación (de las calles y carreteras a las redes sociales) como un verdadero enjambre de abejas, un torbellino en múltiples direcciones, polinizando un territorio siempre en expansión. La literalidad se refiere aquí, no a las ociosas preguntas sobre el nivel de «conciencia» del movimiento y del efectivo «proyecto» detrás de las reivindicaciones, sino que a la corporalidad y la intensidad del propio acto de enjambre. Así, por polinización no hacemos referencia a una simple metáfora o a un estilo de lenguaje, sino a un proceso real, colectivo e involuntario (independiente de las «conciencias»), que posee tres características:
Primero: una superación en relacion a la primera fase de los levantamientos de la Primavera Árabe, cuyo impasse se dio -por un lado- entre la dinámica territorial de ocupación de las plazas y de las protestas callejeras y -por otro- el apoyo general basado en una ciudadanía difusa, ambos mediados por la dinámica de las redes sociales. Al difundir las ocupaciones en la dirección del terreno radicalmente móvil de la propia logística y de la circulación (cada rotación se convierte en una pequeña ocupación, cada tren una protesta no limitada a la velocidad de los pies), los chalecos amarillos movilizan directamente el activismo de las personas comunes creando una resonancia más vibrante entre las ocupaciones, las protestas y las redes sociales. Así, crean también condiciones favorables (no sabemos hasta cuándo) para que se eviten las trampas sedentarias del poder (reversión de la opinión pública, asambleísmo obsesivo, encierro por la policía y formación de las burbujas digitales).
Segundo: indica que en el terreno de reinvencion y de expansión de una protección social, sumándose a los mecanismos existentes basados en la relacion salarial (en crisis), debe tomar en consideración “el cálculo de la riqueza de las externalidades positivas que resultan de la polinización” (Cf. Moulier-Boutang, “Pour un revenu d’existence de pollinisation contributive”, Multitudes, 2016). Es decir, un tipo de remuneración garantizada que considera las mutaciones del trabajo contemporáneo (intensificación y precarización) y apunta a la necesidad ineludible de dirigir a la protección social una parte del enorme flujo de dinero que circula en las transacciones monetarias y financieras a nivel mundial, por ejemplo, a través de una tasa polen (siguiendo la propuesta de Moulier-Boutang). Así, la noción de gran fortuna puede ir más allá de la vieja visión de mero stock individual para ser considerada en su propio movimiento global, debiendo entrar en los cálculos de financiamiento de los derechos sociales.
Tercero: la polinización es una oportunidad para mantener el proceso de revuelta fiscal en permanente discusión, evitando su captura por los oportunismos de carácter populista o vanguardista. Así, la convocatoria por los gilets jaunes de los «estados generales», apelando nuevamente al imaginario de la Revolución Francesa, es una invitación a una amplia movilización en torno al debate sobre alternativas de protección social, ante la doble crisis neoliberal y keynesiana, que pueda romper la falsa contradicción entre lo social y lo ecológico, lo social y lo político, y permitir que las diversas perspectivas se crucen en un espacio democrático. En ese sentido, la polinización se opone a la politización, en el sentido vulgar del término, aquel de «disputar» o «hegemonizar» el campo político. La decisión de apoyar o no a los gilets jaunes, dilema inicial en las izquierdas francesas, será meramente formal si no pone en cuestión los modos de hacer política a partir de los puntos de vista lanzados por el propio movimiento (por ejemplo, la caracterización del movimiento como «apolítico», lo cual genera tantos traumas en el seno del activismo dogmático y que debe ser tomada en su dimensión positiva, como rechazo de seguir las mismas fórmulas fracasadas de gestión de la crisis realizadas hasta ahora).
3) Brasil y Francia: tiempos sobrepuestos
Es curioso acompañar las protestas en Francia habiendo vivido el proceso de deterioro político y subjetivo producido en los últimos cinco años por las reacciones a los levantamientos de junio de 2013. Por un lado, el reencuentro con la alegría de ver una democracia viva irrumpiendo en las carreteras y las calles contra todos los consensos. Por otro, constatar que esa ingenuidad de 2013 quedó atrás, dando lugar a una cierta gravedad que impide la repetición de la vivencia original.
Para no caer en un fatalismo o en cualquier otro determinismo hay que intentar comprender cómo la emergencia de algo diferente puede romperse con la simple repetición del mismo. En ese sentido, un intercambio interesante de puntos de vista puede ser realizado entre las dos experiencias de levantamientos, el Brasil anticipando posibles fracasos de los chalecos amarillos, Francia dando continuidad a un proceso que en Brasil acaba de ser fuertemente capturado por un arcaísmo avasallador.
Dos lecciones pueden ser extraídas de la experiencia brasileña. En primer lugar, que los intentos de salida «por arriba» de las dinámicas de globalización y de financiarización, así como de giro populista en la política tienen efectos desastrosos y graves, abriendo camino hacia una degradación generalizada cuyo resultado es la victoria de la extrema derecha. En Brasil, mucho antes de que el populismo político-económico se convirtiera en un tema debatido en todo el mundo (con el Brexit y con Trump), el intento de giro desarrollista y soberanista realizado a partir de 2008 empujó al país hacia una crisis sin precedentes agravada por el sofocamiento sistemático de las movilizaciones que podrían ayudar a reanimar la democracia. En segundo término, que la única forma de evitar los atajos populistas ante la crisis global de seguridad social consiste en mantener un proceso de movilización social siempre abierto y relativamente autónomo con respecto a las máquinas electorales y de producción de consenso mediante máquinas de poder que en el Brasil destruyeron, no sabemos aún si completamente, la riqueza de Junio. Primero, por la izquierda, después por la extrema derecha.
En relación a las experiencias de lucha que se produjeron en otros países en el contexto de la Primavera Árabe, Francia vive un interesante descompás. Mientras las ocupaciones de plazas proliferaban en 2011, el Nuit Debout (ocupación en la plaza Republique) sólo aparece en 2016, pero sin conseguir perforar las trampas del asambleísmo y del localismo. Además, las dinámicas de protesta callejera con carácter destituyente (exigiendo la derrota del gobierno) sólo aparecen ahora, a partir del grito «Macron démission» y por la disolución de la Asamblea Nacional. Sin embargo, incluso en su relativo «retraso», las luchas francesas revelan aspectos de lo que podríamos llamar la segunda fase de la Primavera Árabe.
El Nuit Debout, en esta línea, quedó lejos de radicalizar las experiencias de las ocupas de los países árabes, de Turquía, de España, del Junio brasileño, etc. Se construyó a partir de cuestiones ligadas directamente al «mundo del trabajo» (en particular la profundización de la precarización) y a una dimensión subjetiva que hoy es uno de los terrenos más importantes de enfrentamiento. Al luchar contra el miedo generalizado provocado por la inseguridad social, por la parálisis ante los atentados en París y por el estado de emergencia, la ocupación francesa apuntó a un vínculo que se coloca en el corazón de los enfrentamientos contemporáneos.
Este hilo áspero -la relación entre la gestión de la crisis, el trabajo precario y la producción del miedo- acaba siendo recuperado y lanzado como un problema transversal que interpela a toda la sociedad francesa y por eso la sensación de malestar. Dos aspectos, como vimos, fueron fundamentales para ese movimiento: primero, la generalización del problema en la dirección del campo de la propia circulación (donde queda más evidente el carácter polinizador del trabajo contemporáneo); segundo, la apertura de un gran cuestionamiento en relación a los mecanismos de financiamiento y alimentación a través de apropiación de la riqueza colectiva, del consorcio público-privado y de su pacto intra-élite (defendido con máxima intransigencia por Macron).
Es aquí donde el movimiento francés confirma la dimensión global de la reciente lucha de los camioneros en Brasil (también por seguridad social y contra el pago de la cuenta de la crisis) y, de la misma forma, toca el punto más sensible del proceso brasileño. ¿Cómo romper con el miedo y la paranoia colectiva tras cinco años de guerra psicológica operada por las máquinas electorales y por estilos de militancia que cayeron en el fanatismo? ¿Cómo se dará la reorganización del pacto entre público-privado en una nueva gobernanza militar-ultraliberal nacida en los escombros del ciclo de 1988? ¿Cómo encontrar aquella leve lucidez del jubilado del metro parisino que nos recordó que lo más importante, ante todo, es «equilibrar mejor» el miedo?
Es en el mosaico de esas mutuas anticipaciones y tendencias que se barajan la vieja relación centro-periferia y la propia idea de un tiempo lineal regido por el futuro que la oportunidad de los «estados generales» puede suceder. No sólo como asamblea consultiva dentro de una soberanía en crisis, sino como un proceso de experimentación y compartiendo luchas ante un mismo dilema global.
Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

