La política del decrecimiento: tecnología, ideología y lucha por el ecosocialismo

Por Paul Fleckenstein

El decrecimiento ha contribuido al despertar medioambiental del marxismo en las dos últimas décadas. Pero a diferencia de algunos decrecentistas que ven el crecimiento económico como el producto de factores psicológicos o culturales, o de una industrialización no teorizada, el marxismo puede -y debe- teorizar el paradigma del crecimiento como una ideología central de la sociedad capitalista, un mito complejo que presta ropaje democrático al impulso de acumulación. Paul Fleckenstein, miembro de Tempest, entrevista a Gareth Dale sobre la política del decrecimiento y la crítica de la ideología del crecimiento en la sociedad capitalista.

Paul Fleckenstein: Gareth, ¿podrías presentarte tú mismo?

Gareth Dale: Soy profesor de política en una universidad de Londres. Mis investigaciones se centran principalmente en políticas ambientales y en la ideología del crecimiento económico. Milito en mi sindicato y en varias campañas políticas, así como en un pequeño grupo socialista, pese a que la falta de resonancia de las ideas socialistas radicales me quita el sueño alguna que otra noche.

¿Cómo explicarlo? Es interesante estar vivo en esta coyuntura, en la que, si el capitalismo sigue arrasando todo, existe un riesgo acumulativo de múltiples puntos de no retorno que nos hacen trastabillar en el camino hacia el exterminio de millones de especies, incluida tal vez la nuestra. Alternativamente, por supuesto, los movimientos radicales podrían construir y alcanzar una masa crítica, tirar del freno de emergencia y vislumbrar un sistema social diferente, basado en la solidaridad y la planificación, no en la acumulación compulsiva.

P. F.: De un salto has ido a parar directamente al meollo del momento peligroso en que nos hallamos y de la cuestión estratégica de cómo podemos abordar el reto y responder. Decenios de inacción no han hecho más que ampliar la magnitud de la destrucción, a pesar de la retórica verde de las elites.

G. D.: Yo añadiría: la inacción ha afectado a la ciencia climática y al discurso alrededor de la misma. Marginaron a quienes predijeron la terrible amplitud de la destrucción. A comienzos de la década de 2000, cuando empecé a leer sistemáticamente sobre estos temas, las mentes más agudas formulaban a menudo las predicciones más lúgubres. Podían ver cómo el peso del capital, de los Estados y de los intereses asociados a los combustibles fósiles distorsionan las lentes climatológicas, empujando las predicciones hacia el lado complaciente de la escala, en un intento de justificar la lentitud y parquedad de las reformas. Sus predicciones, a veces tachadas de catastrofismo, tenían en cuenta esas presiones, y con razón, como podemos ver ahora a la vista de las crestas montañosas en llamas. Las concentraciones de gases de efecto invernadero están acelerándose incluso en la actualidad: no solo crecen y crecen, sino que su crecimiento es más rápido.

P. F.: Así es. Y todo esto marca el contexto en que surgen las alternativas propuestas ‒y en algunos casos adoptadas‒ por diversos movimientos, como crecimiento verde, justicia climática, el Green New Deal, ecosocialismo y el tema principal de nuestra entrevista, el decrecimiento. Esta última propuesta es más conocida en Europa que en EE UU. ¿Puedes explicar el concepto para quienes no están familiarizados con él?

G. D.: Cada una de estas alternativas abarcan amplios conjuntos de posiciones, muchas de las cuales muestran coincidencias. Sin embargo, mientras que el Green New Deal es en el fondo socialdemócrata, el decrecimiento es más próximo al socialismo utópico, al anarquismo y al populismo (en el sentido de los naródniki rusos). El decrecimiento es una posición ecopolítica asociada a un movimiento más bien difuso. Empezó a formularse a comienzos de la década de 2000 en Francia, una de las razones por las que es más conocida en Europa que en EEUU.

Otras razones incluyen la cultura más radicalmente capitalista de EE UU, que hace del decrecimiento una cima más difícil de escalar. Con su uso prolijo del avión, el consumo de carne y la dependencia del automóvil, además de la calefacción y refrigeración de esas casonas unifamiliares de los extrarradios, las emisiones per cápita de gases de efecto invernadero duplican en EE UU los niveles de Europa. Pero si he calificado de difuso el movimiento decrecentista, debo añadir que está adquiriendo perfil, que su ala socialista es muy prominente y que además gana conversos también en EE UU, siendo el caso más reciente el de la revista marxista Monthly Review.

P. F.: Podemos retomar más adelante las cuestiones relativas al movimiento, pues me pregunto ante todo si podrías explicar cuáles son en tu opinión los planteamientos básicos del decrecimiento en relación con el crecimiento económico a expensas del planeta.

G. D.: En primer lugar, el decrecimiento considera que el crecimiento es consustancial al sistema capitalista y elabora una crítica al respecto. El crecimiento suele enriquecer a los propietarios de bienes y a los ricos, dejando atrás al resto de la población. Y las consecuencias ambientales del crecimiento continuo son desastrosas. Quienes abogan por el decrecimiento están en guardia frente a las fuerzas destructivas que surgen de lo que el marxismo denomina fuerzas productivas.

En segundo lugar, la crítica al crecimiento se basa firmemente en posiciones de izquierda: la profundización de la democracia, el feminismo y el antirracismo. En la medida en que su objetivo es reducir el consumo agregado, tiene en el punto de mira a los ricos y al mundo adinerado.

En tercer lugar, su crítica del capitalismo no se limita a las relaciones de propiedad (propiedad privada frente a propiedad nacionalizada), sino que abarca también la naturaleza y los fines de la tecnología y del consumo. El decrecentismo no acepta que las necesidades y deseos estén anclados en la naturaleza de las personas. Miran con ojo crítico la fabricación de necesidades.

Finalmente, el decrecentismo reconoce que la necesidad humana más básica es la de un planeta habitable. Sus defensores son más austeros, más lúcidos que la mayor parte de la izquierda al reconocer que para hacer frente a las múltiples crisis ambientales hará falta mucho más que la nacionalización del sector energético y que la inversión masiva en energía renovable y coches eléctricos. Exige una reducción extrema del consumo de energía y de la producción material, al menos en el mundo rico, una reducción que, por mucho que se centre en los mayores consumidores de energía, también afectará a la clase trabajadora, sobre todo en lo tocante al consumo de servicios como los viajes en avión y de bienes como la carne de vacuno. La idea del decrecentismo es que en un mundo de lujo público y suficiencia privada, con mayor igualdad y democracia, menos jerarquía y mucho más tiempo libre, algunos productos de consumo se caigan del menú.

P. F.: El decrecentismo rechaza el paradigma crecentista como motor de la política económica nacional, que equipara el progreso y el bienestar social con el aumento del producto interior bruto (PIB). Sin duda existe una ideología del crecimiento que está a favor de seguir como si nada, pero el crecimiento capitalista hunde sus raíces materiales en la propiedad privada, la clase, los mercados y la acumulación. Has mencionado el desarrollo de un ala socialista del decrecentismo, que incluye a Monthly Review. ¿Qué aporta el marxismo al decrecentismo, o qué aporta el decrecentismo al marxismo?

G. D.: El decrecentismo ha contribuido al despertar ambiental del marxismo a lo largo de los dos últimos decenios. Sin embargo, a diferencia de algunos decrecentistas que consideran que el crecimiento económico es fruto de factores psicológicos o culturales, o de una industrialización no teorizada, el marxismo puede ‒y debería‒ teorizar el paradigma del crecimiento como ideología fundamental de la sociedad capitalista, un mito complejo que presta ropaje democrático a la dinámica acumuladora. Pese a que en tiempos de Marx no se utilizaba el crecimiento en su sentido actual, no es difícil hallar en sus escritos una crítica del imperativo del crecimiento. Y seguidores del siglo pasado como Walter Benjamin, Erich Fromm, Herbert Marcuse, André Gorz y Cornelius Castoriadis desarrollaron ideas que, junto con las críticas romántica y religiosas de la modernidad industrial, constituyen la prehistoria del movimiento decrecentista.

La conexión entre la ideología del crecimiento y la acumulación de capital la ven con mayor claridad las y los marxistas que teorizan los regímenes chino y soviético como capitalistas de Estado. Si esos regímenes se consideran socialistas, la dinámica de crecimiento no sería característica del capitalismo. ¿Qué es entonces? No es una coincidencia que uno de los primeros pensadores que identificaron la ideología de la modernidad capitalista como fetichismo crecentista fue un teórico del capitalismo de Estado de Rusia, Mike Kidron, en el año 1966.

Estos son algunos aspectos teóricos que el marxismo puede aportar al decrecentismo, pero ¿qué decir de la práctica? Las corrientes marxistas alineadas con las tradiciones que fetichizan el crecimiento ‒la socialdemocracia, el estalinismo, el maoísmo‒ no simpatizan en su mayoría con la idea del decrecimiento. En cuanto a las y los leninistas, en el sentido que tiene el término para ti y para mí, pienso que nuestra función, además de participar activamente en campañas, consiste en crear un terreno común con fuerzas de izquierda tanto de la corriente descrecentista como de la del Green New Deal. Con unas compartimos el lenguaje de la aspiración utópica, la emancipación humana y la necesidad de aprender el respeto por el mundo natural. Con las otras compartimos el compromiso de impulsar la acción basada en los sindicatos a favor del empleo climático y de una transición justa.

P. F.: A veces, la izquierda muestra una aceptación acrítica de la tecnología capitalista. Bastaría con que se le diera un uso social en vez de dedicarla a obtener beneficios para que permitiera abordar el calentamiento global y tal vez otros problemas catastróficos asociados a los límites del planeta, como la destrucción de los ecosistemas naturales, el agotamiento de las aguas subterráneas y la contaminación por nitrógeno. La electrificación de todo, por ejemplo. ¿Qué tienen que decir de la permanente expansión de la minería colonial encaminada a extraer metales y productos químicos complejos que se precisan para implantarla? Y quienes defienden la energía nuclear, ¿qué tienen que decir de la proliferación de armas y residuos nucleares y de los peligros de la minería de combustible? ¿Pueden hablar de la transición a una sociedad ecosocialista y de hasta qué punto tecnologías altamente productivas, digamos, en la agricultura o la industria manufacturera, pueden aplicarse para fines sociales y no para generar beneficios? ¿Justo cuando se precisa más pensamiento radical sobre tecnologías diferentes, aún más intensivas en mano de obra?

G. D.: “Aceptación acrítica”, eso es, exactamente. En mi opinión, el fetichismo tecnológico es un elemento central de la ideología capitalista, de las fantasías a través de las cuales nos reconciliamos con este sistema brutal y desquiciado. Hallamos esperanza, incluso asombro, en el estilo tecnocéntrico con el que el capital y sus acólitos hacen ver que se enfrentan a la crisis ambiental. Su tecnooptimismo nos ofrece una zona de confort. Podemos seguir volando sin límites porque los aviones volarán con biocombustible y baterías. No hemos de preocuparnos por la quema de petróleo y gas porque la magia tecnológica capturará y almacenará todo el carbono. La navegación marítima sustituirá los hidrocarburos como el hidrógeno. En cuanto a la electricidad, podemos intensificar la fisión nuclear y ¿por qué no apostar también por la fusión nuclear?

La fábrica de noticias produce masivamente notas de prensa de las empresas que difunden los últimos avances: árboles artificiales que absorben el carbono del aire, aviones que funcionan con hidrógeno, etc. Puede que algún día lejano esas cosas funcionen, pero de momento no son más que sueños escapistas de un mundo en que las tecnologías son propiedad del capital, hechas a su imagen y desarrolladas con el fin de generar ganancias y ventajas militares. El mito tecnocrático es que la descarbonización debe basarse en la invención y el despliegue de nuevas tecnologías, rebajando el potencial de la aplicación de las tecnologías existentes y del cambio del sistema social. Nos hacen creer que esas nuevas tecnologías pueden incrementarse simplemente de escala y aplicarse.

Es una mentalidad que refleja nuestra propia condición alienada. Cuando queremos un producto, simplemente pulsamos un botón y como por arte de magia nos lo traen a la puerta de casa en menos de 24 horas. La prehistoria de trabajo y naturaleza del producto ‒la extracción de minerales, la producción, la distribución, etc.‒ están más lejos que nunca.

Como ocurre con la mayoría de ideologías, estas promesas tecnológicas no son bulos. Hay un grano de sentido en cada una de ellas, al menos en términos de ingeniería, pero solo parecen capaces de reducir efectivamente las emisiones de gases de invernadero si se contemplan haciendo abstracción del sistema en su conjunto. Es de perogrullo que los avances tecnológicos permiten mejorar la eficiencia energética, pero en un sistema capitalista esas mejoras suelen malgastarse por los efectos de rebote. Y todas las apuestas tecnoutópicas implican que asumimos que solo el mundo rico seguirá siendo rico.

Veamos unos cuantos ejemplos. Uno es la energía nuclear. Es una industria sumamente centralizada y opaca, un subproducto de la carrera de armamentos, del mismo modo que la fusión nuclear también está estrechamente relacionado con la guerra. Las centrales de fisión generan electricidad cara y residuos peligrosos. Lo lógico sería que la amenaza de un ataque con misiles contra la central nuclear ucraniana de Zaporishya acelerara el abandono de la energía nuclear, pero lo cierto es que la guerra campa a sus anchas, supuestamente por motivos de seguridad energética, incluso entre socialistas.

Aunque pasemos por alto los residuos y el riesgo de daños causados por la guerra, como mínimo deberíamos hacer cuentas. Si el nivel de consumo per capita actual de EE UU se extendiera por todo el mundo (¿acaso no somos internacionalistas?) y se alimentara a partir de centrales nucleares, habría que multiplicar su número por 88. Para visualizar esto, si el número actual de centrales en todo el mundo es de 440, habría que aumentarlo a 38.720, y si además el modelo contempla un crecimiento del PIB, habría que seguir escalando. Incluso si se piensa que la energía nuclear solo debería representar, digamos, una cuarta parte de la energía mundial, el aumento debería ser de varios cientos a casi 10.000 centrales nucleares, situadas en su mayoría a orillas de mares cuyo nivel no deja de subir.

¿Y qué hay del hidrógeno? Hay mucho ruido en torno a su potencial verde, pero la mayor parte del hidrógeno se produce mediante un proceso que emite enormes cantidades de carbono. Menos del 1 % de la producción de hidrógeno es azul, y tan solo el 0,04 % es verde. El hidrógeno azul es un timo para prolongar las perforaciones en busca de petróleo y gas, con montones de fugas de metano y probablemente del dióxido de carbono que se “capturará y almacenará”. Lo que vemos son los intereses del combustible fósil que utilizan el hidrógeno como arma de márketing. Sus campañas de publicidad y su labor de presión comprenden una sustancia sumamente ficticia, el hidrógeno azul, como “puente” bajo en carbono para una imprecisa transición verde en el futuro. El motivo ulterior es contrarrestar y confundir al creciente movimiento contra las perforaciones en busca de petróleo y gas.

O hablemos de la aviación. Hay mucho bombo en torno a los aviones eléctricos, pero estos solo pueden funcionar con pequeños aeroplanos y en cortas distancias. Los biocombustibles sirven, pero compiten con los cultivos de alimentos. Los combustibles de aviación sostenibles (Sustainable Aviation Fuels, SAF) también funcionan, pero no son ninguna varita mágica. En el Reino Unido, una empresa ha conseguido convertir residuos en SAF. Sin embargo, me entrevisté con ella y después hice el cálculo. Incluso si pudiéramos recoger todos los residuos municipales y de las empresas del Reino Unido, la producción anual de SAF no superaría el par de millones de toneladas, mucho menos que la cantidad de combustible consumida todos los años por los aviones en los aeropuertos británicos.

De ahí que una serie de ingenieros serios, quienes contemplan la situación en su conjunto y no exclusivamente la tecnología de que se trate, sostienen que la industria aeronáutica tiene que cerrar en lo esencial: se puede leer en el informe Absolute Zero del grupo de investigación UK FIRES. No son marxistas ni decrecentistas; son ingenieros e ingenieras que se toman en serio la Ley de Cambio Climático del Reino Unido, que obliga al gobierno a dirigir la economía hacia el cero neto de aquí a 2050. Calculan que si se pretende alcanzar este objetivo, es preciso cerrar todos los aeropuertos británicos, salvo los de Glasgow y Heathrow, para el año 2030, y probablemente también estos dos en 2050, y solo entonces, si se dispone de nuevas tecnologías y masas de electricidad renovable, podría procederse a la reapertura de algunos.

Un último ejemplo es el de los vehículos eléctricos. Con respecto a estos productos debemos preguntar: ¿son la clave de una transición verde o simplemente una nueva mercancía que permita que siga rodando la rueda de la acumulación, para asegurar que cada conductor o conductora trasladen dos toneladas de metales y plásticos a dondequiera que vayan, mientras los gobiernos siguen marginando alternativas que reduzcan la demanda de viajes o expandan el transporte público y los carriles bici? Y ¿de dónde sacan la energía los vehículos eléctricos? De baterías, o sea, del litio.

Echemos mano nuevamente de la calculadora. Si se sustituyera la flota automovilística del mundo por vehículos eléctricos, las reservas de litio del planeta se agotarían o bien la extracción del fondo marino llenaría los océanos de residuos. Gran parte de esta actividad reproduce relaciones de imperialismo extractivista. Véase por ejemplo el intento de Alemania de extraer litio de Bolivia. Los tecnofetichistas dirán que “el litio se descubrió como producto químico para las baterías en la década de 1990. Dentro de diez años se habrá descubierto uno nuevo”. Es posible, pero no podemos hacer depender el futuro del planeta de esta clase de especulación.

Estas son cuestiones en las que ecosocialistas y decrecentistas deberían estar de acuerdo. El planteamiento implica insistir tanto en el cierre en los países ricos como en la nueva construcción. Claro que existe una urgente necesidad de más conexiones eléctricas y agua limpia en el Sur global ‒aunque también en el Norte‒ para sacar de la pobreza a millones de personas. Evidentemente, algunos sectores habrán de crecer, pero en los países grandes consumidores de energía es preciso cerrar casi completamente la aviación, así como prescindir de la carne de vacuno y reducir drásticamente el uso del automóvil y de energía en general.

Podemos encontrar cierta inspiración perversa en los EE UU del periodo de guerra. Perversa en el sentido de que todo programa serio de decrecimiento o ecosocialista ha de ser antimilitarista. Pienso más bien en las cosas que expone Mike Davis en su ensayo Home-Front Ecology. Davis relata cómo la vida cotidiana en EE UU cambió durante la segunda guerra mundial. Se abandonaron los coches y se pasó a usar la bicicleta, la gente levantó el pavimento de hormigón de los patios de sus casas para plantar hortalizas. Hoy podemos imaginar cómo la agroecología transforma los extrarradios.

El típico césped, por ejemplo. Actualmente es un monocultivo que se mantiene sin vida mediante herbicidas y plaguicidas. En su lugar, ajardinémoslo, dejemos que brote la vida, plantemos frutales y flores, y en este proceso transformaremos nuestra relación con la naturaleza. Habría más trabajo, pero se produciría una gran cantidad de alimentos, y encima a escala local, sin necesidad de transporte, conservantes, etc. Esto requiere menos tecnología en el sentido usual del término.

Empresas de alta tecnología como Bayer ‒fabricante del plaguicida Roundup‒ verían sus beneficios caer en picado. Pero esto favorecería el desarrollo de lo que el marxismo llama fuerzas productivas. Estas no se centran en la tecnología per se, sino en los conocimientos y las capacidades humanas. Si multiplicamos el ejemplo del césped de las casas unifamiliares del extrarradio podemos imaginar cómo se sustituirá la agricultura industrial por la agroecología y la agrosilvicultura, una transformación que mitigaría notablemente el cambio climático, incrementaría la oferta, la diversidad y la resiliencia de los cultivos, y en general comenzaría a superar la “antítesis entre la ciudad y el campo”. Libros como Braiding Sweetgrass están repletos de sugerencias sobre la manera en que podríamos revolucionar nuestra relación con el mundo natural.

P. F.: Quisiera concluir con algunas palabras sobre la estrategia ecosocialista. Tempest entrevistó hace unos meses a David Camfield, autor de Future on Fire. David destacó, a mi juicio con razón, la importancia de los movimientos de masas y de la lucha por conseguir los cambios económicos y sociales necesarios para hacer frente al calentamiento global. Tú has criticado a una corriente predominante en la política decrecentista radical, el localismo, es decir, el hecho de centrarse en cooperativas, reformas municipales y ayuda mutua. ¿Cómo ves los objetivos del decrecimiento en relación con el reto de construir luchas y movimientos de masas y de hacer frente al poder del Estado?
G. D.: Que quede claro que en mi ensayo publicado en Spectre no pretendía formular una crítica general al localismo. Como puedes ver por mis comentarios sobre los jardines y la horticultura, toda transición ecosocialista implicará la localización de la producción, particularmente de los alimentos. Mi crítica se refiere más bien a quienes, aun criticando con acritud las tendencias de los sindicatos y los socialdemócratas por conformarse con las exigencias del sistema, preconizan una política de decrecimiento en sus formas municipalista y cooperativa. Sin embargo, en este terreno, como en el de los sindicatos, el reto está en actuar de manera que podamos construir movimientos de masas capaces de abrir vías para romper las estructuras existentes.

Del mismo modo que quienes abogan por el Green New Deal pueden aprender el movimiento decrecentista, este debería poner más el acento en la lucha de clases. El crecimiento contra el que luchan es estructural, endémico de un sistema gobernado por una clase de magnates que resultan ser también ávidos consumidores. Nos hallamos en un periodo caracterizado por una amplia conciencia antisistema, pero la lucha antisistema solo cobrará impulso real si es capaz de unir las luchas obreras tradicionales por salarios y condiciones de trabajo con las luchas contra la opresión y la guerra y por la democratización, el medio ambiente, etc.

Así, por ejemplo, en mi lugar de trabajo, una universidad, ahora mismo estoy participando en una lucha sindical por una cuestión salarial y de condiciones laborales, pero también, junto con un grupo de colegas, presionamos a la dirección para que actúe en cuestiones de sostenibilidad. Propusimos ‒con éxito‒ que cuando la universidad paga nuestros viajes a conferencias, insista en que utilicemos medios de trasporte terrestres en vez de aéreos, al menos para distancias cortas.

La cuestión es que debemos hacer más por definir colectivamente cuáles son las necesidades humanas en la época del colapso climático. Demasiado a menudo, todo lo relacionado con el consumo se contempla de un modo dicotómico: la culpabilización moralizante frente al todos queremos más. Hay marxistas que combinan esto último con el hecho de que Marx ensalzara la continua expansión de las necesidades humanas, pero ambas cosas no son lo mismo. Lo que a veces se considera un prometeísmo en Marx es, en última instancia, la fe en la capacidad de la especie humana para definir colectivamente y volver a definir continuamente su propio ser especie, incluida su relación con el medio ambiente. Esta confianza en la capacidad de la humanidad de redefinirse radicalmente es perfectamente compatible con el movimiento decrecentista, al menos en su flanco izquierdo. De hecho, en la época de la crisis climática, la supervivencia de la especie dependerá de esta redefinición.

Conocimiento Libre (o lo que está detrás del Software Libre)

«Todo hacer es conocer y todo conocer es hacer. Todo lo dicho siempre es dicho por alguien»

(Humberto Maturana)

 

«Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana e intercambiamos manzanas, entonces tanto tú como yo seguimos teniendo una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea e intercambiamos ideas, entonces ambos tenemos dos ideas»

Georges Bernard Shaw 1856-1950

 

¿Qué es el conocimiento?

  • Para plantear nuestro punto de vista comenzamos por observar que los conceptos de información y conocimiento suelen confundirse, al punto de utilizarse como términos equivalentes. Mientras que la información se compone de datos contextualizados por medio de la semántica, conocimiento es capacidad humana para resolver problemas utilizando información. Por eso, el conocimiento no es un objeto, ni un contenido, ni puede ser apropiado como si fuera un bien material.
  • Adoptamos una de las definiciones de conocimiento sugeridas por Petrizzo [3]: «Reflejo de la realidad objetiva percibida por el hombre a través de sus formas sensoriales y racionales fundamentales, y verificado por la práctica individual».
  • Por otra parte, conocimiento y aprendizaje son dos caras de una misma moneda [2]. El conocimiento es producto y es insumo del proceso de aprendizaje. Producto porque el proceso de aprendizaje conduce a un cultivo del conocimiento, e insumo porque el conocimiento cultivado permite crear el sustrato para el aprendizaje [3].
  • La esencia humana es el conjunto de las relaciones sociales [4]. En ese contexto, el proceso de aprendizaje ocurre no sólo como práctica individual sino también colectiva, y ambas se consolidan mutuamente a través de las comunicaciones interpersonales que ocurren en el desarrollo de las prácticas y en sus cercanías.

¿Qué es el conocimiento libre?

  • «El conocimiento libre es aquel que puede adquirirse libremente, sin requerir ningún permiso, que puede compartirse con otros, puede modificarse de acuerdo a las necesidades, y permite que esas modificaciones se distribuyan de nuevo para beneficiar a todos». Esta definición surge de la ingenua extensión de la idea de software libre. Sin embargo, el conocimiento no es un producto ni una mercancía, y su existencia social escapa a la aplicación de las cuatro libertades.
  • El conocimiento es tratado como producto o mercancía, como consecuencia de las condiciones socio-históricas existentes, y ese tratamiento se concreta sobre los procesos de intercambio del mismo. El conocimiento aparece entonces parcelizado en especialidades que se presentan como «propiedad» de élites económicas o meritorias. De manera que hoy tenemos al conocimiento atomizado de acuerdo a intereses de dichos «propietarios» (y en perjuicio del bien común), con el respaldo de normas legales hechas a su medida (propiedad intelectual, patentes, títulos universitarios, etc).
  • Las restricciones a la libertad que dificultan la creación de conocimiento, se ubican en el ámbito socio-institucional, por medio del paradigma de producción industrial masiva, más conocido como «taylorismo» o «fordismo». Se trata de una cultura o «sentido común» muy arraigado, cuyos orígenes se remontan a una realidad muy distinta de la actual y que afecta a todo tipo de organizaciones.
  • En este contexto, interpretamos el significado del conocimiento libre como la aplicación de más grados de libertad para las personas, en tanto portadoras y creadoras del conocimiento. Implica la superación de su condición de “recursos” asignada por las organizaciones tayloristas, para conquistar la de personas creadoras de conocimiento, quienes desarrollan sus propias redes sociales: las comunidades de práctica..
  • En este sentido, la actual tendencia hacia la libertad del conocimiento implica la liberación de capacidades humanas casi inexplotadas hasta ahora, y cuenta a su favor con la disponibilidad de redes informáticas y computadoras a bajo precio, que han ampliado el horizonte de acción a millones de personas en todo el mundo. De allí provienen la mayoría de los grandes avances actuales del conocimiento informático, y seguramente, los que vendrán.

Referencias

[1] Grupos de trabajo en comunidades virtuales, Robert Lewis
[2] El suicidio de la gestión del conocimiento, Javier Martinez Aldanondo
[3] Conocimiento emancipado para el desarrollo endógeno, Mariángela Petrizzo, Essentia Libre Nº 10
[4] Tesis sobre Feuerbach (6ª tesis), Carlos Marx

Adrián Piva: «El Estado no es la solución»

La teoría económica, incluso el marxismo, ha tendido a separar la política de la economía. Esto condujo a que sectores de la izquierda consideren al Estado capitalista como un ente «exterior», capaz de regular al capital a su antojo. Pero cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de las relaciones sociales, incluyendo el Estado. No se trata de determinismo económico sino de relaciones de fuerza entre clases.

Entrevista por Martín Mosquera

Adrián Piva es especialista en el estudio de la relación entre modo de acumulación de capital y la dominación política, y uno de los marxistas latinoamericanos más interesantes de su generación. En esta entrevista, explica su comprensión de algunos de los puntos centrales del análisis marxista de la economía.

MM

¿Qué debe entender un marxista por economía? ¿Cuál es el estatus de la economía como tal desde un punto de vista marxista?

AP

Esa es una pregunta difícil de responder. En principio, tendríamos que empezar diciendo que la distinción entre economía y política es relativamente reciente. Es decir, nace con el capitalismo; previamente, esta separación no existía ni en el pensamiento ni en los hechos: explotación y dominación coincidían, del mismo modo en que la dirección y vigilancia del proceso de trabajo son inseparables del proceso de explotación en la fábrica. Además, el aparato de dominio no estaba separado de la clase dominante. La propia clase dominante era la que ejercía el dominio político a través de aparatos, en ciertos casos con un alto grado de centralización.

Por lo tanto, la separación de economía y política aparece con la transición al capitalismo. Pero tenemos que agregar que esta separación es aparente, porque en realidad no hay explotación sin dominación. La unidad sigue estando presente como condición para la reproducción de las sociedades capitalistas. Esto no significa que sea una simple ilusión ideológica o una apariencia subjetiva, sino que es lo que los marxistas llamamos apariencia objetiva. Efectivamente, los fenómenos se presentan de esa manera y el hecho de que se presenten de esa manera tiene importancia para que la sociedad capitalista se reproduzca. Entonces, esta separación entre economía y política tiene esta doble dimensión: por un lado es aparente, hay una unidad de fondo —no habría explotación económica sin dominación política—; por otro lado, cierto grado de separación objetiva es una necesidad para la reproducción del sistema.

En ese sentido, podemos decir que el estatuto de la economía es ambiguo. Ni es una esfera separada como la consideran los economistas, que piensan que puede tratarse como un área particular, con sus propias leyes (leyes además semejantes a las ciencias naturales, etcétera), ni tampoco podemos decir que carece de importancia analizar aspectos específicamente económicos, que no existen dimensiones específicamente económicas, aunque solo es posible comprenderlas en su relación con las dimensiones específicamente políticas.

Un fenómeno como la inflación es interesante para observar esto. Por un lado, pueden verse en la inflación aspectos específicamente económicos, que tienen que ver con fenómenos monetarios, la productividad de la economía, etcétera. Pero, por otro lado, el hecho de que ciertos procesos se desarrollen o no de manera inflacionaria depende en gran medida de aspectos que llamaríamos propiamente políticos: la relación de fuerzas entre las clases, la manera en que se expresa en el Estado, cómo el Estado da forma a las relaciones de dominación…

 

MM

Hay un debate histórico sobre si el marxismo es un economicismo. Me interesa tu opinión sobre una forma específica del economicismo, que es la lectura que postula al capital como una relación social que totaliza al conjunto de la sociedad y, por lo tanto, como un sujeto que se autodesenvuelve automáticamente. 

AP

Hay una larga tradición en el marxismo que entiende el capital como una relación social que es totalizante en el sentido de que abarca todos los aspectos de la vida social, donde no hay (este es ya un primer debate) ninguna esfera de la vida social que no pueda ser explicada por la teoría del capital. Pensemos en las relaciones de opresión de género. ¿Pueden reducirse a la relación capitalista? Bueno, yo creo que no. Creo, por ejemplo, que el psicoanálisis es efectivamente necesario para entender alguno de esos fenómenos (y que, a su vez, el objeto del psicoanálisis no puede ser reducido completamente a la relación de capital).

Por otro lado, existe también la noción, en la mayoría de los casos asociada a la anterior, de que el capital es un sujeto que se autodesarrolla, se autodesenvuelve. Esta noción encuentra fundamento en la propia apariencia de la relación de capital. La relación de capital se presenta como una relación objetiva, que se autodesarrolla, cuyo desarrollo no tiene límites, o bien, si los tiene, se trata de límites internos, límites que aparecen como resultado de un desarrollo objetivo en el que no es clara la intervención de los seres humanos como sujetos.

Yo no soy afín a ese tipo de lecturas de Marx, aunque hay algunas de ellas que tienen planteos interesantes, como la de Moishe Postone. Pero, todas esas perspectivas se aproximan al capital con la idea de que tiene una lógica, y esa lógica es entendida como un movimiento o proceso que se abstrae de los accidentes, de la contingencia histórica, en el que las relaciones entre los distintos fenómenos son relaciones lógicamente necesarias. Yo, por el contrario, creo que la historia de la relación de Marx con el idealismo alemán, en particular con Hegel, es la de un creciente distanciamiento de una concepción de la historia como movimiento lógicamente necesario.

Marx a lo largo de su obra da cada vez más espacio a la contingencia como clave para entender el desarrollo histórico. Las contradicciones, que son las que explican el movimiento histórico, para Marx son contradicciones históricas que tienen soluciones históricas, contingentes, y por tanto el propio desarrollo del capital está atravesado por esa contingencia, no puede entenderse como el desarrollo de una lógica objetiva. En ese sentido, las relaciones de fuerza, los conflictos sociales, la lucha de clases son elementos centrales para entender las formas históricas que asume el capital y cómo se desarrolla en el tiempo.

 

MM

¿Cuáles son las principales diferencias entre el marxismo y las escuelas económicas «heterodoxas», especialmente las que provienen del keynesianismo?

AP

En primer lugar, una aclaración: hay que distinguir, por un lado, entre el keynesianismo y las corrientes poskeynesianas, sobre todo de los años sesenta y setenta, (e incluso de los cincuenta), y, por otro lado, la llamada síntesis neoclásico – keynesiana (mainstream en la segunda posguerra) y los contemporáneos neokeynesianos (algo así como el keynesianismo después del neoliberalismo). Las teorías keynesianas y poskeynesianas han hecho aportes interesantes a la comprensión del funcionamiento del capitalismo; y el marxismo, en ese sentido, tiene una relación con esos enfoques, como la que  ha tenido con la economía política clásica en sus orígenes, en el sentido de que su crítica permite recuperar y transformar esos aportes para integrarlos en una teoría marxista del capital.

Dicho esto, el agrupamiento del marxismo junto con las corrientes keynesianas y poskeynesianas dentro de ese gran paraguas que se denomina «heterodoxia» está bastante vinculado a la etapa que se inicia con el predominio del neoliberalismo. Y con cierta tendencia, sobre todo en algunos sectores de la izquierda, a identificar al neoliberalismo como enemigo principal. En un modo no siempre explícito, se construyó una especie de «frente único» entre keynesianos y marxistas contra el neoliberalismo. Yo creo que ahí hay un problema de fondo, que tiene que ver con la manera en que se comprendió al neoliberalismo y con la forma en que se comprende al Estado. En líneas generales, la tendencia fue asumir que el Estado era capaz de regular la economía en un sentido favorable a los trabajadores y que, en ese punto, había confluencia en torno a dos aspectos: una crítica teórica de la economía neoclásica y de las corrientes neoliberales en particular, por una parte, y la defensa del Estado de bienestar en los países europeos, la defensa de determinados aspectos de los Estados nacional-populares o populistas en América Latina, la defensa de cierta intervención del Estado, en definitiva, por otra.

El problema no es tanto que pueda haber una confluencia política o práctica en la oposición a determinada privatización, en la defensa de determinado derecho laboral o en la demanda de la intervención del Estado en algún punto especifico, lo que es una práctica habitual de la lucha social, tanto en el terreno sindical como el terreno político. El problema está cuando empieza a asumirse que efectivamente el Estado, de alguna manera, es un tercero que puede arbitrar, que puede regular la acumulación desde fuera, e impedir que o bien las crisis se desarrollen o bien que sus efectos se descarguen sobre la vida de la clase trabajadora.

Esto se conecta con lo que decía antes, el hecho de que Estado y capital están solo en apariencia separados, pero, tras esa apariencia, hay unidad entre ambos. El capital no es una relación social puramente económica, el Estado es uno de los modos en que la sociedad capitalista se desenvuelve, se desarrolla, se reproduce. El Estado es parte del problema, no de la solución. Cuando la sociedad capitalista entra en crisis, entra en crisis el conjunto de esas relaciones sociales; entra en crisis lo que llamamos «la economía» y entra en crisis también lo que llamamos «la política».

Por otro lado, la intervención del Estado tiene límites. La separación entre economía y política se origina en el hecho de que la relación de capital tiene ciertas características que hacen que la regulación estatal de las relaciones económicas no pueda desarrollarse más allá de cierto punto sin poner en crisis esa misma relación. ¿Por qué? Porque esas relaciones están articuladas a través del mercado. Y esto no es ficción, es una realidad. Capitalista y trabajadores se vinculan a través de la compra y venta de mercancías: compra – venta de la fuerza de trabajo, compra – venta de bienes de consumo, compra – venta de medios de producción, etcétera. El conjunto de las relaciones sociales está mediado, articulado, por relaciones de mercado. El Estado, entonces, tiene límites reales para la intervención; si la intervención del Estado disuelve la separación entre economía y política, que es la condición de funcionamiento del mercado, pone en crisis la forma en que se articulan las relaciones sociales.

Un ejemplo clásico de esto es el problema de la regulación de los precios. Ciertas corrientes heterodoxas (aunque no Keynes, por cierto) parecen pensar que el Estado podría regular los precios de manera casi ilimitada. Esto no es así. Más allá de cierto punto se producen fenómenos de escasez, aparecen «mercados negros» y procesos de desinversión, etcétera. Entonces, emergen concretamente los límites del Estado para regular la economía y, más en general, los límites que tiene para intervenir de manera favorable a los trabajadores. En cierto punto, los gobiernos y el personal del Estado, sienten la necesidad de dar solución a los problemas que creó su propia intervención, porque afectan a la reproducción del aparato estatal: si la economía entra en crisis, el Estado no tiene recursos, pierde capacidades,  etcétera.

Por lo tanto, la diferencia de fondo con la heterodoxia, creo yo, gira en torno a la naturaleza y el rol del Estado. En el keynesianismo, en el poskeynesianismo y en otras corrientes heterodoxas existe la idea de que el Estado es un tercero que puede regular la acumulación de manera que las crisis desaparezcan, o de que la intervención del Estado puede hacer compatible el desarrollo capitalista con una tendencia permanente a la mejora de la vida de los trabajadores. Estas nociones, desde el punto de vista marxista, son utópicas. Existe un límite objetivo a esas intervenciones: en algún momento la crisis se precipita y afecta al propio Estado; por ello, las mejoras en la vida de los trabajadores están siempre amenazadas, son precarias. Las épocas de retroceso, como pasó en toda la fase neoliberal, ponen de manifiesto esos límites: detrás del neoliberalismo está la crisis del keynesianismo.

MM

¿Hay una teoría marxista de la crisis? ¿En qué consiste? Y, más en particular, ¿no hay una tendencia del marxismo a enfatizar unilateralmente el papel disruptivo de la dominación de la crisis capitalista, subestimando su posible carácter disciplinante? 

AP

Como lo demuestran la teoría del Estado, la teoría de las ideologías, la teoría de las clases, etcétera., el marxismo está en construcción. No podemos pensar que la teoría marxista es una teoría ya terminada. La construcción de varias ortodoxias y, en particular, la transformación del marxismo en ideología de Estado en los «socialismos reales», han hecho difícil el desarrollo de la teoría. Pero la derrota catastrófica de las estrategias revolucionaria y reformista de la clase obrera desde los setenta, ambas ligadas al marxismo, han producido crisis y dispersión. De hecho, en muchos aspectos vemos que todavía nos encontramos en el lugar donde Marx dejó las cosas. Si bien hay muchos avances teóricos, son avances heterogéneos, fragmentarios, con bajo grado de integración. A lo que hay que agregar la marginalización de nuestro pensamiento en ámbitos intelectuales y académicos, acompañada de desconocimiento y caricaturización.

Sin embargo, las teorías marxistas de la crisis tuvieron mucho más desarrollo que otros temas. Lo que dejó Marx son apenas esbozos, en distintas partes de los Grundrisse y El capital, interpretables de modos muy diversos. El gran debate teórico sobre las crisis se inicia después de la muerte de Marx e incluso de Engels. En el marxismo clásico podemos encontrar explicaciones multicausales e incluso eclécticas, pero en todas ellas están presentes elementos de una teoría que explica la crisis por el subconsumo o insuficiencia de la demanda. Este enfoque ha seguido muy presente en el marxismo. También desde los primeros debates encontramos a quienes explican las crisis como producto de la tendencia a la sobreproducción; en estos casos el énfasis de la explicación está puesto en la anarquía de la producción capitalista. Las explicaciones por sobreproducción han ganado terreno entre los marxistas en las últimas décadas. Desde los años 1930 hasta la actualidad ha tenido mucha difusión la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, aunque en las últimas décadas muchos marxistas la han abandonado. Y después están las teorías más recientes, sobre el carácter financiarizado de las relaciones capitalistas en los últimos cuarenta años.

Ante tal variedad, no podemos hablar de «una» teoría sino de diversas teorías marxistas de la crisis. Pero lo que sí me parece importante destacar, como un rasgo compartido por la mayoría de esos enfoques, es el énfasis en la producción y en la tendencia al desequilibrio del proceso de acumulación de capital que creo que es un punto de partida muy importante para entender la cuestión. En el centro del análisis marxista de la producción capitalista está la tendencia a la acumulación de capital; dicha tendencia impulsa a aumentar continuamente la producción y esto es lo que genera desequilibrios y finalmente conduce a fenómenos de crisis. Marx en los Grundrisse insiste mucho en este punto frente a la economía vulgar (hoy la neoclásica) pero también frente a la economía política clásica (y hoy diríamos también la heterodoxia). Marx señala una y otra vez que el problema central de la economía es que en el fondo siempre entiende la producción capitalista como producción para el consumo y al intercambio como intercambio mercantil simple. Más allá de los mecanismos específicos que conducen a las crisis (esto es lo que discuten, a fin de cuentas, las diversas teorías) el énfasis en la acumulación permanente —y el hecho de que esta acumulación tiene un límite, que conduce finalmente a la crisis— me parece el rasgo más valioso de las teorías marxistas de la crisis. Ante ciertas corrientes del marxismo, que en los últimos cuarenta o cincuenta años han puesto cada vez más énfasis en fenómenos de carácter financiero, creo que hay que volver a centrarnos en la producción.

Ahora bien, en lo que refiere al énfasis que la izquierda en general ha hecho en la crisis como momento de desestructuración de la dominación y, por lo tanto, como oportunidad política, creo que ha habido una subestimación del carácter disciplinante de la crisis. La crisis general – de eso hablamos – es una crisis de reproducción de la sociedad, es decir, un proceso de disolución de la sociedad, más o menos agudo según la crisis sea más o menos profunda. Puede ser catastrófico o puede desarrollarse gradualmente en el tiempo pero, como sea, se trata de procesos de crisis de reproducción de la sociedad, de disolución de los lazos sociales, que afectan a todos los sectores sociales. Y a medida que la crisis se profundiza, se agrava, se prolonga en el tiempo, afecta mucho a la clase trabajadora y a los sectores populares.

Ese efecto disciplinante es muy importante sobre todo en períodos de crisis de alternativa política. Porque ante la ausencia de alternativa política, la clase trabajadora, si está movilizada y organizada,  solo puede tener cierta capacidad de bloqueo. Y el éxito en el bloqueo a la ofensiva capitalista lo que tiende a provocar es una prolongación en el tiempo de la crisis y, en algún momento, inevitablemente, su profundización. Entonces es ahí donde el efecto disciplinante juega un papel importante.

En ese sentido, no creo que sea casual que este papel disciplinante apareciera como un problema en la Europa de los años 1920 y los 1930, pasada la primera oleada revolucionaria tras la Revolución de Octubre y un contexto de reflujo y derrota de la revolución en Europa. En ese momento, la revolución dejó de ser vista como inmediatamente posible; creció la demanda de orden y empezó a hacer mella en los propios trabajadores. Lo mismo pasó en Argentina durante la hiperinflación: un fenómeno muy agudo de disolución de lazos sociales que generó una demanda de orden y de estabilidad en todos los grupos sociales. Y lo mismo podría pasar con fenómenos como el que vivimos actualmente en Argentina, con una prolongación indefinida de la crisis.

Ahora bien, también es cierto que, en tanto la crisis no está resuelta, el juego está abierto. Por lo tanto, es verdad que es una oportunidad política y que el futuro se juega también en los modos en que la clase trabajadora y los sectores populares se organizan y responden. Pero la estrategia a seguir no puede basarse en la idea de que la profundización de la crisis vuelve más probable procesos de radicalización popular, porque ese es solo uno de los cursos posibles.

 

MM

¿Qué pensás del debate en torno a que asistimos al final del ciclo neoliberal del capitalismo?

AP

En principio hay que definir qué fue el neoliberalismo. Podemos decir que fue dos cosas: primero, una estrategia de ofensiva del capital contra el trabajo que se desarrolla tras la crisis del capitalismo de posguerra, una respuesta a la crisis de acumulación global y a la  crisis del Estado keynesiano en USA, de los Estados de bienestar keynesianos de Europa, de los Estados populistas de América Latina y también de los «socialismos reales».

El neoliberalismo dio unidad y coherencia a una ofensiva que ya se había iniciado molecularmente: los procesos de deslocalización de capitales del centro a la periferia son parte de esa respuesta que comenzó entre fines de los sesenta y mediados de los setenta y que dieron inicio al proceso de internacionalización de la producción.

La especificidad de la estrategia de ofensiva neoliberal fue el uso de la coerción del mercado como medio de disciplinamiento. Esto no quiere decir que haya estado ausente la violencia o que no haya jugado un papel fundamental. Las dictaduras militares de los setenta en América Latina son una evidencia elocuente. Pero la violencia es un rasgo siempre presente en las estrategias de ofensiva del capital, no es una especificidad histórica. El uso de la violencia estatal es un rasgo inherente a cualquier ofensiva capitalista, nunca va a estar ausente.

El problema es, entonces, ¿qué fue lo específico de la ofensiva neoliberal? Y es que la violencia estatal estuvo orientada a transformar las relaciones entre Estado y acumulación de modo que se convirtió al mercado en un medio de disciplinamiento, de desorganización de la clase obrera y de individualización de los comportamientos sociales. Se podría objetar que la coerción mercantil también es un elemento siempre presente en el capitalismo, pero esa coerción que estructura la relación de explotación capitalista se define, justamente, por su carácter económico, no político, como un aspecto esencial de la separación entre explotación y dominación que mencionábamos antes. En el neoliberalismo la coerción del mercado se transforma en un arma política. La segunda dimensión del neoliberalismo, por lo tanto, es como modo de dominación política. Porque lo que vemos desde fines de los años 1980 (en algunos casos, desde principios de los años 1980) es la estabilización del neoliberalismo como modo duradero de dominación. Sobre la base de un proceso de internacionalización en marcha – y al que, a su vez, dio impulso – la combinación de apertura comercial y financiera, desregulación de los mercados y políticas monetarias restrictivas transformó la coerción mercantil en un mecanismo duradero de dominación sobre masas desmovilizadas e individualizadas.

Sin embargo, ya desde la segunda mitad de los años noventa se empezaron a ver los límites de esa estructura de dominación y se desarrollaron una serie de crisis en la periferia: en el sudeste asiático en 1997, la crisis rusa de 1998, en el 2001 la crisis en Argentina y también la crisis turca… En fin, una serie de fenómenos puso de manifiesto que el mecanismo de dominación neoliberal se empezaba a agrietar. El mecanismo de coerción mercantil resultaba ineficaz como mecanismo de dominio y se desarrollaban procesos de movilización popular. En ese contexto, en algunas regiones de la periferia se desarrollaron ensayos posneoliberales. Es lo que ocurrió en gran parte de Sudamérica.

Una de las condiciones para que el neoliberalismo funcione es que el mercado sea eficaz para sostener la desmovilización. En la medida en que se producen procesos de movilización y los mecanismos de coerción mercantil empiezan a fracasar, podemos decir que comienza la crisis del neoliberalismo. Tras la crisis mundial de 2008, la crisis de estos mecanismos se demostró cada vez más global.

La principal evidencia de esta crisis es la ruptura de la restricción monetaria. La restricción monetaria es un mecanismo esencial del neoliberalismo. Elmar Altvater, en un viejo artículo, decía que la política monetaria era la trinchera de la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora. No se trata simplemente de limitar la emisión como política antiinflacionaria. Se trata del uso político, disciplinante, de la moneda. Es un límite a la expansión monetaria y fiscal como respuesta a la presión de las demandas populares. ¿Qué significa, entonces, el fin de la restricción monetaria? Que de alguna manera los procesos de movilización obligan al Estado a relajar esa restricción. La emisión de moneda es una respuesta a demandas que comienzan a emerger y que no se pueden simplemente reprimir (no hablamos solo del ejercicio de la violencia material sino, sobre todo, de la coerción del mercado).

Esto me parece muy claro en Estados Unidos después de la crisis mundial del 2008. Las llamadas políticas de «flexibilización cuantitativa», al comienzo, fueron una repuesta a la crisis financiera, un mecanismo para transferir dinero a los bancos y otras entidades financieras en un contexto de falta de liquidez. Pero llegaron para quedarse, y se transformaron en un mecanismo más o menos permanente hasta el alza reciente de los índices de inflación. Los sucesivos gobiernos (el final de la administración Bush, Obama, Trump y el propio Biden) no pueden escapar del aumento de gastos, el déficit fiscal y la expansión monetaria. Los intentos de volver al corset monetario neoliberal no tienen viabilidad política.

Pero si volvemos la vista al resto del mundo podemos ver, como decíamos antes, que desde fines de los noventa y agudamente desde 2008 la crisis del neoliberalismo es un fenómeno global. En el caso de Rusia y su zona de influencia, particularmente el Cáucaso y el Asia central, después de la crisis de 1998 comienza un proceso de salida del neoliberalismo. En todas esas economías se observa un rol creciente del Estado y una reversión parcial de las reformas neoliberales tras la disolución de la URSS. A eso hay que agregarle el crecimiento global de la economía china. Si bien China inicia su crecimiento con la transición al capitalismo desde fines de la década de los setenta, hasta fines de los años noventa la economía china no era un actor tan relevante. Pero desde principios de los 2000 China aumentó notablemente su peso económico global. Y China es un país que nunca llevó adelante políticas neoliberales en el sentido que las hemos conocido en gran parte del mundo desde los ochenta. Podríamos seguir agregando casos: el caso japonés desde los años noventa que, ante el inicio de un largo estancamiento, giró hacia políticas de aumento del gasto público e inversión en infraestructura.

Entonces, en mi opinión, existe un conjunto de elementos que muestran claramente una crisis del neoliberalismo y la tendencia a su abandono, sobre todo a partir de 2008. La Unión Europea ha sido una excepción parcial. En particular en la zona Euro la restricción monetaria y fiscal juega un papel político relevante por la modalidad de integración regional. La integración monetaria en un contexto en que los Estados nacionales retienen decisiones importantes en el terreno fiscal otorga a la disciplina monetaria impuesta por el BCE un papel central. Pero también allí hay elementos de agrietamiento del mecanismo de coerción de mercado. Desde 2008 crecieron las presiones por el relajamiento de la restricción monetaria y las crisis de gobierno se han vuelto recurrentes en muchos de los países europeos. En ese contexto, creció la oposición a la Unión Europea. En fin, existen una serie de elementos tanto en la Zona Euro como en la Unión Europea en general que plantean, si bien no una salida del neoliberalismo, sí una crisis en ciernes, e incluso cierta tendencia del Banco Central Europeo a relajar la restricción monetaria.

Ahora bien, que el neoliberalismo esté en crisis no quiere decir que no haya intentos de restauración neoliberal. En América Latina los hemos visto recientemente. Es el caso del macrismo en Argentina, que fue un intento de restauración neoliberal fallido. También podemos citar el caso brasileño, y la experiencia de Bolsonaro no se puede considerar tampoco exitosa.

Sin embargo, que el neoliberalismo esté en crisis a nivel mundial y que los intentos de restauración neoliberal en la región hayan fracasado no quiere decir que haya un proceso de mejora en la situación de las clases populares. La crisis del neoliberalismo es un aspecto de una crisis global que atraviesa el capitalismo desde 2008. Y el capitalismo no termina de encontrar respuesta. Se enmarca en un proceso de transformación muy profundo del capitalismo desde mediados de los setenta, una transformación como no veíamos desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Y en ese proceso de crisis y de transformación profunda del capitalismo, las presiones por llevar adelante una ofensiva sobre la clase trabajadora son muy fuertes en todo el mundo. La emergencia de las nuevas derechas es un aspecto de este proceso. Sobre todo, frente a la ausencia de alternativas anticapitalistas, por lo menos en lo inmediato. Por lo tanto, la crisis del neoliberalismo no significa que estemos ante la inminencia de un giro progresista a nivel mundial. La crisis del neoliberalismo es el terreno de una disputa: hay intentos de restauración neoliberal, hay ensayos posneoliberales de izquierda o populistas como ocurrió en América Latina, y también hay nuevos fenómenos de derecha posneoliberal, que son cada vez más amenazantes.

En este sentido, yo creo que la difusión del término «neoliberalismo autoritario» ha tendido a inflar el concepto de neoliberalismo hasta volverlo inútil para entender lo que está ocurriendo. Porque autoritario, en mi opinión, tiende a dar cuenta de lo que empieza a ser el rasgo más claro de la respuesta a la crisis del neoliberalismo: una cierta repolitización de la lucha de clases. Es decir, si el neoliberalismo se caracterizó por un predominio de la coerción mercantil como mecanismo de disciplina, cuando el mercado empieza a fallar y la dominación se agrieta aparece como respuesta cierta repolitización de la lucha de clases. Crece el papel del Estado en ese disciplinamiento. Me parece que el adjetivo «autoritario» que se agrega a neoliberalismo trata de captar esto.

Si me preguntás cuales son los rasgos de ese posneoliberalismo emergente, sinceramente no sé, porque estamos en un proceso de transformación y los bordes no se ven claros todavía, las tendencias no son tan claras. Pero un elemento que sí me parece persistente es esta repolitización autoritaria de la lucha de clases. Pero esa repolitización no es necesariamente progresiva, y eso nos devuelve al principio, cuando hablábamos de las diferencias con el keynesianismo, sobre si un mayor papel del Estado es siempre favorable a las clases populares. Si fuera el caso, una repolitización de la lucha de clases sería una buena noticia. Pero no necesariamente es así.

Una repolitización de la lucha de clases y un creciente papel del Estado pueden significar un proceso de disciplinamiento autoritario. En muchos lugares, lo que podemos ver es que, ante la dificultad del Estado para integrar demandas, se producen procesos mixtos: se integran las demandas de algunos sectores, se reprimen o neutralizan las de otros. Experiencias tan disímiles como las de Turquía de Erdoğan, El Salvador de Bukele, la Rusia de Putin, la deriva autoritaria de la derecha republicana en USA (el «trumpismo») y  los mecanismos de integración y represión políticos del régimen chino parecen orientarse en esa dirección común. Incluso, tras el fracaso de la restauración neoliberal, el «bolsonarismo» en su etapa final en el gobierno y en su debut como oposición parece dirigirse hacia allí. En algunos casos estas tendencias se desarrollan en los marcos de la democracia formal, aunque tensionando sus límites, en otros en el marco de regímenes autoritarios.

Los fenómenos de crisis o al menos de puesta en discusión de los mecanismos de representación también son parte de estos cambios que están ocurriendo. Se pone de manifiesto en las disputas sobre los resultados electorales (EE. UU.), las luchas en torno a los mecanismos de elección popular y los cambios en los distritos electorales (Venezuela), la crisis de los gobiernos y la formación de mayorías parlamentarias (Unión Europea), etcétera, que la democracia tiene algo de ficción, que la construcción de una voluntad mayoritaria implica la definición de cómo se construye esa mayoría.

Ahora bien, el cuestionamiento a los mecanismos de representación no es del mismo tipo que a fines de los noventa y principios de los dos mil cuando, por ejemplo en Sudamérica, la crisis de representación tenía un elemento progresivo, en el sentido de que lo que se reivindicaba era la autoorganización popular, la acción directa de las masas, etcétera. Por el contrario, hoy aparece como un cuestionamiento a la democracia. Entonces, yo hoy no le veo un carácter tan progresivo a la crisis de los mecanismos de representación, por lo menos en lo inmediato… Desde la izquierda tenemos mucho para decir en relación a eso, pero lo cierto es que hoy esos cuestionamientos aparecen como parte de aquellos elementos de repolitización autoritaria de lucha de clases, como intentos de desconocimiento de las mayorías populares, seas cuales sean las formas de su construcción, intentos de exclusión de sectores populares que se movilizan y cuyas demandas no se pueden integrar, etcétera. Hablo de indicios, de tendencias incipientes, no necesariamente tiene que desarrollarse ese sendero. Lo central, en todo caso, en mi opinión, es que la repolitización autoritaria de la lucha de clases es un elemento común de estas formas posneoliberales. Incluso en aquellos gobiernos que intentan llevar adelante, por lo menos en sus intenciones explícitas o en sus discursos, salidas progresistas o de izquierda: veamos sino la deriva venezolana o lo que está ocurriendo en Nicaragua, incluso – en un grado muy diferente y como manifestación de la combinación de potencia popular y disciplinamiento estatal – el papel de control de la movilización y la organización populares ligado a la expansión del gasto social, como sucede actualmente en Argentina y aprovechó muy bien el macrismo. Esto no es nuevo, conocemos de sobra ese costado autoritario de los Estados de bienestar de posguerra, a pesar de su embellecimiento posterior por algunos sectores de la izquierda.

 

MM

¿Cómo entiende el marxismo la inflación? Y, más concretamente, ¿cuál es tu opinión sobre el retorno de la inflación como una problemática global?

AP

Primero, sobre el aspecto más conceptual de la inflación: antes decíamos que había una diversidad de teorías marxistas de la crisis, y con la inflación pasa algo parecido, porque el problema de la inflación está ligado a ciertas perspectivas marxistas sobre la acumulación, el dinero, etcétera.

En primer lugar, hay una diferencia importante con la heterodoxia, en particular con los keynesianismos. Lo digo en plural porque es muy difícil atribuir a Keynes ciertas afirmaciones: si hay algo que Keynes jamás ha dicho —y tenía razón— es que se pueda emitir indefinidamente. Keynes decía que mientras hubiera niveles altos de desempleo podía emitirse sin que esto generara inflación o, por lo menos, no una alta inflación; pero que mas allá de cierto punto empezaba a aparecer lo que llamaba la «verdadera inflación». Es decir, la emisión descontrolada no podía ser la respuesta a los problemas económicos. Keynes nunca dijo esto.

Pero en las últimas décadas han aparecido reinterpretaciones del keynesianismo y del poskeynesianismo que han negado cualquier vínculo entre emisión monetaria e inflación y que han tendido a aseverar que es posible emitir dinero siempre sin que esto genere inflación.

Afirmar que  existe un «lado monetario» de la inflación no es lo mismo que decir, como dicen los neoclásicos, que la inflación es puramente de origen monetario y que la emisión monetaria per se genera inflación. Esto evidentemente también es falso. Nunca se ha podido demostrar una correlación entre la emisión monetaria y la inflación como la que pretenden los neoclásicos, no existe tal cosa.

Los neoclásicos sostienen que el dinero es exógeno, es decir, que la determinación de la cantidad de dinero es básicamente una decisión política. Un aspecto valioso de las perspectivas poskeynesianas (los poskeynesianos tienen un punto a favor en esto respecto de Keynes), es que han enfatizado que el dinero es endógeno. Afirman que la cantidad de dinero depende, básicamente, de la demanda de dinero que genera la propia economía.

Ahora bien, en las últimas décadas entre los poskeynesianos surgió una corriente —que tiene su mayor expresión en la llamada Teoría Monetaria Moderna— que, simplificando,  plantea que podríamos aumentar siempre la cantidad de moneda sin efectos inflacionarios porque eso provocaría un aumento de la demanda, ese aumento de la demanda generaría una expectativa de mayor ganancia y, por lo tanto, un aumento de la inversión. Entonces siempre tendríamos niveles de inflación bajos, no se desataría un proceso inflacionario.

Para los marxistas esto no es así y, en general, aceptamos que existe un lado monetario de la inflación. Las explicaciones que dan los keynesianos y la mayoría de los poskeynesianos de los fenómenos económicos, en última instancia, son subjetivas, dependen de la psicología de las personas, de lo que esperan, de las expectativas que se forman. Para los marxistas existen determinaciones materiales, objetivas, de la acumulación de capital y de su tendencia a las crisis. La inversión depende, en lo esencial, de la tasa de ganancia y que la tasa de ganancia sea más alta o más baja no depende de expectativas. La inversión depende también de ciertas condiciones sociales, por ejemplo, será baja si existen problemas de dominación política que hagan que el marco de la inversión sea inestable. En tales condiciones — baja tasa de ganancia, problemas de dominación política, etcétera—, por más que se emita moneda e incluso que esto se traduzca en aumentos de la demanda, es altamente probable que la inversión no aumente o no aumente lo suficiente. Esto genera desajustes que terminan produciendo inflación. En particular, el financiamiento permanente del déficit fiscal por la vía de la emisión monetaria en condiciones de baja inversión puede generar fenómenos inflacionarios.

En segundo lugar, la inflación expresa ciertas relaciones de fuerzas. Antes yo hablaba de la restricción monetaria: si la respuesta frente a ciertas demandas es la restricción monetaria, lo más probable es que todo un conjunto de fenómenos económicos que comúnmente asociamos con la inflación – el ejemplo más usual, los aumentos de salarios – no se expresen de manera inflacionaria, que incluso las crisis den lugar a una dinámica deflacionaria, como pasó en Argentina en los años noventa.

Ahora bien, la ruptura de la restricción monetaria no es el simple producto de una decisión política, como sostienen los neoclásicos, tiene que ver con cierta incapacidad política para sostenerla. En muchos casos, lo que sucede es que la propia movilización de los trabajadores genera un relajamiento de la emisión monetaria, es decir, que se responda a esas demandas aumentando el gasto, emitiendo moneda, etcétera., en condiciones en que la inversión, por razones objetivas, no aumenta o no lo hace lo suficiente. De esa manera se valida el aumento de gastos, se valida el aumento de los ingresos populares, etcétera. En esas condiciones de ruptura de la restricción monetaria pueden aparecer, entonces, fenómenos inflacionarios.

Pero veamos ahora cómo opera esto concretamente para entender lo que pasó en los últimos años a nivel mundial y por qué tenemos fenómenos de inflación a nivel global.

Primero, independientemente de algunas de las cuestiones que estuvimos planteando, tenemos factores que impulsan el aumento de los precios por el lado de los costos de producción. Efectivamente, aumenta el precio de la energía producto de la guerra de Rusia contra Ucrania, y esto impacta en el costo de producción de las mercancías. Tenemos, además, problemas de suministro que se originaron con la pandemia. La internacionalización capitalista hizo de la producción un proceso global, lo que vuelve muy dependiente la cadena de suministros de ciertas condiciones de la circulación de mercancías a nivel mundial. La pandemia alteró estas condiciones de circulación y generó cuellos de botella en el suministro de determinadas materias primas, insumos, etcétera, que crearon presiones inflacionarias.

Todo esto ha jugado un papel en el aumento de precios de los últimos años, pero lo llamativo es cómo distintos fenómenos se expresan últimamente de manera inflacionaria después de 40 años de baja inflación. Incluso la inflación núcleo en Estados Unidos, sacando energía y alimentos, es históricamente alta. Creo, entonces, que es posible adjudicar los aumentos generalizados de precios de los últimos años a nivel global, y cierta tendencia a que fenómenos muy diversos se expresen de manera inflacionaria, al relajamiento de la restricción monetaria que identificamos como uno de los indicadores de la crisis del neoliberalismo. Allí donde aparecen obstáculos, restricciones, a la inversión, al aumento de la oferta, pueden desarrollarse tendencias inflacionarias. Yo creo que es una combinación de factores coyunturales (pandemia, guerra de Ucrania) y de transformaciones en la estructura de dominación lo que explica el retorno de la inflación.

 

MM

¿Y cómo explicás la prácticamente crónica inflación en Argentina?

AP

En Argentina tenemos una larga historia de inflación. En todo caso, en Argentina podemos decir que lo que sucede en estos momentos es que se agudizan tendencias que son locales. La aceleración de la inflación el último año obedece también en parte a estos problemas globales. Pero tenemos un problema de inflación profundo en el país. Pensemos que estamos hablando, aproximadamente, de un 10% de inflación anual en Europa… en Argentina esa cifra alcanza el 100 % anual. Entonces, efectivamente hay un problema más profundo y de larga data. Pero acá no me quiero ir tan atrás; quisiera limitarme a lo que pasa desde 2002 en adelante, desde la salida del plan de convertibilidad hasta hoy.

En el plano más general, existe un elemento que ha señalado el estructuralismo económico latinoamericano, en particular en Argentina, que creo que es correcto: la tendencia a la restricción externa al crecimiento. El hecho de que cuando la economía argentina crece tienden a aparecer problemas en el sector externo. Básicamente, faltan dólares porque salen más dólares de los que entran, por diversos motivos. El primero, el más profundo, tiene que ver con las importaciones que se generan por la propia producción; la industria argentina es una industria deficitaria que importa más de lo que exporta. Muchos de estos sectores orientan la producción hacia el mercado interno y otros, aunque exportan, no compensan lo que importan. Hay algunos sectores industriales que son netamente exportadores, que son superavitarios. Son los sectores que industrializan recursos naturales y otros de manufactura de origen industrial de bajo valor agregado. Pero, en líneas generales, se trata de una estructura industrial que genera déficit comercial.

También inciden otros comportamientos, como la fuga de capitales de los capitalistas locales, la remisión de utilidades de las empresas extranjeras y la salida de dólares por pago de intereses de la deuda externa. Y en los últimos años se suma también el tema de la energía, que fue particularmente duro este ultimo año por el aumento de precio del petróleo y del gas. Entonces, existe un problema de restricción externa al crecimiento, que durante las fases expansivas tiende a generar déficit de cuenta corriente y que produce presiones por la devaluación. Y la devaluación genera inflación. ¿Qué es la devaluación? La pérdida de valor de la moneda local, que hace que los precios expresados en moneda local aumenten, incluso aunque tengamos deflación en dólares, que es lo que suele pasar en los procesos de crisis. Tenemos un aumento notable de los precios en moneda local y una caída de los precios medidos en dólares, eso pasó en los últimos años.

Ahora bien, ¿cómo se responde a esa presión recurrente por la devaluación? Ahí entran a jugar otros elementos. Y para abordar esto quiero venir más acá en el tiempo, a la crisis de la convertibilidad en 2001. La crisis de la convertibilidad obedeció a factores de restricción externa, de falta de divisas, de la dinámica desequilibrada de crecimiento de un capitalismo dependiente periférico como el de Argentina. Pero en parte también respondió a la capacidad de la clase obrera de bloquear esa salida deflacionaria a la que me refería antes, de sostener un proceso deflacionario en el tiempo. Grecia demuestra que se puede; demuestra que era posible una salida que no fuera del tipo de la que se produjo en Argentina. En ese sentido, la movilización popular de diciembre de 2001 rompió la restricción monetaria, obligó a la devaluación e hizo que retorne esa tendencia a la expresión inflacionaria de ciertos fenómenos económicos y políticos (que, como decíamos, tienen una larga historia en Argentina).

Como la salida de la crisis de 2001 estuvo determinada por la movilización popular, la recomposición del poder político requirió la integración de demandas. Y ese proceso de integración de demandas se desarrolló en base a políticas fiscales y monetarias expansivas en un marco de comportamiento inversor reticente. Ese, de manera muy simplificada, es el núcleo del problema inflacionario, que se agudizó con la vuelta del déficit fiscal y de los problemas de restricción externa entre 2010 y 2011. A partir de ahí se combinan los problemas locales, la tendencia inflacionaria local, con los problemas globales: la crisis global de 2008 y su impacto pleno en la región después de 2013, tras la desaceleración de China y la caída de los precios de los commodities. En este escenario global, se desarrollaron presiones renovadas por el ajuste y la reestructuración. Cuando hablamos de reestructuración nos referimos a una renovación profunda de la base productiva local —la última se produjo en la primera mitad de los noventa—, a una transformación de los procesos de trabajo y un cambio en la estructura de gastos y funciones del Estado de naturaleza regresiva. Pero esas presiones se desarrollaron en un contexto local marcado por el bloqueo popular a los intentos de avanzar en ese proceso de reestructuración. Eso explica la irresolución de la crisis y la tendencia a la espiralización de devaluación e inflación.

Yo creo que en la base de la dinámica inflacionaria de los últimos diez años está esto. Después, específicamente, los momentos de aceleración o de cierta desaceleración requieren explicaciones particulares que me llevarían a una discusión mucho más larga…

Sin embargo, hay ciertas evidencias de que en el marco del estancamiento y la crisis las grandes empresas exportadoras han avanzado en el proceso de reestructuración y está además la discusión previa, la referida al impacto de la prolongación de la fase de estancamiento y crisis en la capacidad y la voluntad de bloqueo popular. Los procesos inflacionarios son particularmente eficaces para desarmar la resistencia popular en ausencia de alternativas políticas.

¿Qué nos dejó Mario Tronti?

«También nosotros habíamos visto primero el desarrollo capitalista, luego las luchas obreras. Es un error. Hay que invertir el problema, cambiar el signo, empezar de nuevo desde el principio: y el principio es la lucha de clases obrera.» (Mario Tronti)

por Luis Ibarra

El 7 de agosto murió Mario Tronti, organizador de trabajadores, senador italiano y filósofo político.

Tronti realizó lo que se considera como una revolución copernicana. Así como no es el Sol el que gira alrededor de la Tierra, sino la Tierra que se mueve en torno al Sol, “también nosotros habíamos visto primero el desarrollo capitalista, luego las luchas obreras. Es un error. Hay que invertir el problema, cambiar el signo, empezar de nuevo desde el principio: y el principio es la lucha de clases obrera [impreso en rojo en el original].”

Este era el comienzo del primer editorial del periódico classe operaia, publicado en el año 1964. A diferencia de los discursos que consideran los hechos a partir del capital y resaltan la continuidad, el método de la tendencia es el análisis desde el punto más alto del desarrollo. Y el punto más alto, para esta perspectiva, son las luchas.

Esa corriente se conoce desde entonces como obrerismo y anima a varios movimientos políticos de actualidad. Pero, después de tanto tiempo y de tantos cambios, ¿cuál es la actualidad de esta reflexión? En el año 2009, Tronti respondía a esa pregunta indicando tres características.

En primer lugar, el punto de vista. “Un punto de vista parcial, unilateral, anti universal. La idea fuerza del obrerismo es que sólo desde el punto de vista de parte se puede conocer el todo. Porque el conocimiento que el todo propone de sí mismo es siempre falso e ideológico; siempre conduce a una falsa apariencia. El único conocimiento verdadero y realista es el que una parte puede hacer de la totalidad. Porque este no es un simple conocimiento: es también una contraposición. Sólo desde el punto de vista de parte podemos oponernos al todo, organizar contra el todo una posición alternativa.”

El segundo rasgo de actualidad es la unidad de pensamiento y acción. “El pensamiento no sirve para producir otro pensamiento, sino para producir acción. Y acción conflictiva. El obrerismo es una política del conflicto y la diferencia.”

Por último, “la tercera razón para la permanencia del obrerismo es su anti-reformismo. En medio del sentido común político-intelectual hoy invasivo y totalizador, donde todo el mundo es reformista, en esta norma general, o normalidad, reformista, el obrerismo, es decir, la política del conflicto obrerista, aparece como una especie de excepción, de excedencia, algo que no es integrable ni asimilable.”

 

“Teniendo firme estos puntos, se puede ir a todos lados. Sabiendo, y diciendo, en una jerga política y estilísticamente incorrecta: ustedes, a mí, no me atraparán.” (*)

 

Notas

(*) Mario Tronti, Noi, operaiste, Roma, DeriveApprodi, 2009.

Andie Nordgren: Breve manifiesto instructivo para la anarquía relacional

El amor es abundante y cada relación es única

La anarquía relacional cuestiona la idea de que el amor es un recurso limitado que solo puede ser real si se limita a una pareja. Tienes la capacidad de amar a más de una persona, y la relación que tienes con una persona y el amor que sientes por ella no disminuye el amor que puedes sentir hacia otra. No compares ni clasifiques a las personas y las relaciones: aprecia a los individuos y tu conexión con ell@s. No es necesario declarar que una persona es “primaria” en tu vida para que esa relación sea real. Cada relación es independiente y es una relación entre individuos con autonomía.

Amor y respeto en lugar de exigencias

Decidir no basar una relación en la mentalidad de que la gente tiene derechos y obligaciones es respetar la independencia y la autodeterminación de los demás. Tus sentimientos por una persona o su historia en común no te da derecho a darle órdenes o a controlarla para que haga lo que es considerado normal en una relación. Explora cómo puedes interactuar sin ignorar los límites y las convicciones personales. En vez de buscar compromisos en cada situación, permite que la gente que amas escoja caminos que mantienen intacta su integridad personal, sin que esto signifique una crisis para la relación. Mantenerse lejos de las exigencias y la mentalidad de que se tiene derecho a algo es la única forma de asegurarse que estás en una relación que es verdaderamente mutua. El amor no es más “real” cuando la gente hace compromisos por los demás porque es parte de lo que se espera.

Encuentra tus valores básicos en las relaciones

¿Cómo quieres que te traten los demás? ¿Cuáles son tus límites y expectativas básicas en cada relación? ¿Con qué tipo de gente quieres pasar tu vida y cómo quisieras que funcionaran tus relaciones? Encuentra este conjunto de valores básicos y úsalos en todas las relaciones. No hagas reglas y excepciones especiales para demostrarle a alguien que tu amor es “de verdad”.

El heterosexismo está ahí, desenfrenado, pero no te dejes guiar por el miedo

Recuerda que hay un sistema normativo muy poderoso en acción que dicta qué es el amor verdadero y cómo debería vivir la gente. Cuando decides no seguir estás normas, muchos van a cuestionar tu persona y el valor de tus relaciones. Colabora con la gente que amas para encontrar salidas y trucos para enfrentar lo peor de estas problemáticas normas. Encuentra sortilegios positivos para contrarrestarlas y no permitas que el miedo guíe tus relaciones.

Sienta las bases para el dulce inesperado

La libertad de ser espontáne@, el poder expresarse sin el agobio del “deber ser” o el miedo al castigo, es lo que da vida a las relaciones basadas en la anarquía relacional. Organiza cosas con base en el deseo a encontrarse y explorarse mutuamente, no con base en deberes y exigencias, y la desilusión cuando no son cumplidas.

Finge hasta que lo consigas

A veces puede parecer que tienes que ser un absoluto súper humano para poder lidiar con toda la ruptura de normas que implica escoger relaciones que no se conforman a la norma. Un truco fantástico es la estrategia de “finge hasta que lo consigas”: cuando sientas fuerza e inspiración, piensa cómo quisieras verte actuar. Transforma eso en lineamientos básicos y apégate a ellos cuando las cosas se pongan mal. Busca el apoyo y habla con otr@s que desafían las normas, y nunca te reproches cuando la presión de las normas te haga actuar en un modo que no quisieras.

La confianza es mejor

Escoger decidir que tu compañer@ no te desea el mal lleva a un camino mucho más positivo que la desconfianza que te hace sentir que necesitas la validación constante de la otra persona para saber que está contigo en la relación. A veces la gente tiene tanto en su interior que simplemente no queda energía para interactuar y cuidar de los demás. Crea relaciones en las que replegarse es apoyado y perdonado rápidamente, y dale a la gente muchas oportunidades de hablar, explicar, verte y tomar responsabilidad en la relación. ¡Recuerda tus valores y cuidar de ti mism@, sin embargo!

Transformación a través de la comunicación

Para la mayor parte de las actividades humanas existe una norma de cómo se supone que deben funcionar. Si quieres desviarte de este patrón, necesitas comunicar: de otro modo, las cosas simplemente tienden a seguir la norma, cuando los demás se comportan de acuerdo con esta. La comunicación y las acciones conjuntas por el cambio son la única vía para escapar de las normas. La conversación y la comunicación deben estar al centro de las relaciones radicales y no ser vistas como un estado de emergencia al que recurrir sólo cuando hay “problemas”. Comunica en un contexto de confianza. Estamos tan acostumbrados a ver que la gente nunca dice lo que piensa o siente de verdad, que hemos aprendido a leer entre líneas y a extrapolar sus verdaderas intenciones. Pero esas interpretaciones sólo pueden surgir de experiencias previas: usualmente basadas en las normas de las que quieres escapar. ¡Pregúntense cosas mutuamente y sean explícit@s!

Personaliza tus pactos

La vida no tendría mucha estructura o significado si no nos uniéramos con otras personas para lograr cosas: construir una vida conjunta, educar niñ@s, poseer una casa y crecer junt@s en las buenas y en las malas. Este tipo de esfuerzos requieren mucha confianza y dedicación por parte de la gente para funcionar. La anarquía relacional no se trata de nunca comprometerse a nada: se trata de personalizar los pactos que haces con la gente que te rodea, y de liberarlos de las normas que dictan que ciertos tipos de pacto son un requisito para que el amor sea real, o que pactos como educar niñ@s o vivir junt@s tienen que ser guiados por un cierto tipo de sentimientos. ¡Empieza de cero y sé explícit@ en el tipo de pactos que quieres hacer con otras personas!

2006 – Tomado de Biblioteca Anarquista

Toni Negri: “Tengo 90 años y me he salvado. Pero me sigue doliendo haber dejado a compañeros en la cárcel”

Por Roberto Ciccarelli (Il Manifesto)

El pasado 1 de agosto, Antonio Negri (Padua, 1933) cumplió 90 años. En esta entrevista con Il Manifesto, el filósofo comunista italiano reflexiona sobre la dificultad de vivir la enfermedad y la vejez desde la lucidez, la experiencia de la criminalización mediática y política, y la cárcel y el exilio. Además, analiza la crisis de la izquierda y la debacle del PCI en Italia. Negri ha publicado una autobiografía en tres volúmenes, Historia de un comunista, cuyos dos primeros libros han sido publicados en España por Traficantes de Sueños.

Ha cumplido noventa años. ¿Cómo vive hoy su tiempo?

Me acuerdo de Gilles Deleuze, que sufría una dolencia parecida a la mía. Entonces no existía la asistencia ni la tecnología de las que podemos disfrutar hoy. La última vez que le vi se movía con un carrito con bombonas de oxígeno. Fue realmente duro. Hoy también lo es para mí. Creo que a esta edad cada día que pasa es un día menos. No tienes fuerzas para hacer que sea un día mágico. Es como cuando te comes una buena pieza de fruta y te deja un sabor maravilloso en la boca. Esa fruta es probablemente la vida. Es una de sus grandes virtudes.

Noventa años son un siglo corto.

Puede haber varios siglos cortos. Está el periodo clásico definido por Hobsbawm, de 1917 a 1989. Hubo el siglo estadounidense, que fue mucho más corto. Duró desde los acuerdos monetarios y de definición de la gobernanza mundial en Bretton Woods hasta los atentados contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001. En cuanto a mí, mi largo siglo comenzó con la victoria bolchevique, poco antes de que yo naciera, y continuó con las luchas obreras y todos los conflictos políticos y sociales en los que participé.

Este corto siglo terminó con una derrota colosal.

Así es. Pero pensaron que era el fin de la historia y que había comenzado la era de una globalización pacificada. Nada más falso, como comprobamos cada día desde hace más de treinta años. Estamos en una época de transición, pero en realidad siempre lo hemos estado. Aunque pase inadvertida, nos encontramos en una nueva época marcada por un resurgimiento mundial de las luchas, contra las cuales se da una respuesta dura. Las luchas obreras han empezado a cruzarse cada vez más con las luchas feministas, antirracistas, en defensa de los inmigrantes y por la libertad de circulación, o con las luchas ecologistas.

Como filósofo, consigue muy joven la cátedra de Padua. Participa en Quaderni Rossi, la revista del operaismo italiano. Investiga, hace trabajo de base en las fábricas, empezando por la petroquímica de Marghera. Formó parte primero de Potere Operaio y luego de Autonomia Operaia. Vivió el “largo 68 italiano”, empezando por el impetuoso 1969 obrero de Corso Traiano en Turín. ¿Cuál fue el momento político culminante de esta historia?

Los años setenta, cuando el capitalismo anticipó con fuerza una estrategia para su futuro. A través de la globalización, precarizó el trabajo industrial junto con todo el proceso de acumulación de valor. En esta transición, se pusieron en marcha nuevos polos productivos: el trabajo intelectual, el trabajo afectivo, el trabajo social que construye la cooperación. En la base de la nueva acumulación de valor están también, por supuesto, el aire, el agua, la vida y todos los bienes comunes que el capital ha seguido explotando para contrarrestar el descenso de la tasa de ganancia que estaba padeciendo desde los años sesenta.

¿Por qué, desde mediados de los años 70, triunfó la estrategia capitalista?

Porque faltó una respuesta de izquierdas. De hecho, durante mucho tiempo hubo un desconocimiento total de estos procesos. Desde finales de los años setenta se eliminó toda fuerza intelectual o política, puntual o de movimiento, que intentara mostrar la importancia de esta transformación y que apuntara a la reorganización del movimiento obrero en torno a nuevas formas de socialización y de organización política y cultural. Fue una tragedia. Aquí aparece la continuidad del siglo corto en el tiempo que vivimos ahora. Hubo una voluntad por parte de la izquierda de bloquear el marco político para conservar lo que ya tenía.

¿Y qué tenía esa izquierda?

Una imagen poderosa pero ya entonces insuficiente. Mitificó la figura del obrero industrial sin darse cuenta de que éste quería algo muy distinto. No quería amoldarse a la fábrica de Agnelli, sino destruir su organización; quería construir automóviles para ofrecérselos a los demás sin esclavizar a nadie. En Marghera no querían morir de cáncer ni destruir el planeta. Esto es básicamente lo que Marx escribió en la Crítica del Programa de Gotha: contra la emancipación a través del trabajo convertido en mercancía que auspiciada por la socialdemocracia y por la liberación de la fuerza de trabajo del trabajo convertido en mercancía. Estoy convencido de que la dirección emprendida por la Internacional Comunista –de manera evidente y trágica con el estalinismo, y después de forma cada vez más contradictoria e impetuosa– destruyó el deseo que había movilizado masas gigantescas. Para toda la historia del movimiento comunista, aquella fue la batalla.

¿Qué se enfrentaba en ese campo de batalla?

Por un lado, estaba la idea de liberación. En Italia, estuvo iluminada por la resistencia contra el nazifascismo. La idea de liberación se proyectaba en la propia Constitución, tal y como la interpretamos entonces de jóvenes. Y aquí no restaría importancia a la evolución social de la Iglesia católica que culminó en el Concilio Vaticano II. Por otra parte, estaba el realismo, heredado de la socialdemocracia por el Partido Comunista Italiano, el de Amendola y los togliattianos de distinto pelaje. Todo empezó a desmoronarse en los años setenta, precisamente cuando, por el contrario, había la posibilidad de inventar una nueva forma de vida, una nueva forma de ser comunistas.

Sigue definiéndose comunista. ¿Qué significa serlo hoy?

Lo que significaba para mí de joven: conocer un futuro en el que habríamos conquistado el poder de ser libres, de trabajar menos, de querernos. Estábamos convencidos de que conceptos burgueses como libertad, igualdad y fraternidad podían materializarse en las consignas de cooperación, solidaridad, democracia radical y amor. Lo pensábamos y lo hacíamos, y así lo pensaba la mayoría que votaba a la izquierda y la hacía existir. Pero el mundo era y es insoportable, tiene una relación contradictoria con las virtudes esenciales del vivir juntos. Sin embargo, esas virtudes no se pierden, se adquieren con la práctica colectiva y van acompañadas de la transformación de la idea de productividad, que no significa producir más mercancías en menos tiempo, ni hacer guerras cada vez más devastadoras. Al contrario, se trata de dar de comer a todo el mundo, de modernizar, de hacer felices a las personas. El comunismo es una pasión colectiva alegre, ética y política que lucha contra la trinidad de la propiedad, las fronteras y el capital.

Las detenciones del 7 de abril de 1979, primer momento de la represión del movimiento de autonomía obrera, supuso un antes y un después. Por diferentes motivos, en mi opinión, también lo fue para la historia del manifesto, gracias a una vibrante campaña garantista que duró años, un caso periodístico único llevado a cabo con militantes del movimiento, un grupo de intelectuales valientes y el Partido Radical. Ocho años después, el 9 de junio de 1987, cuando se vino abajo el castillo de acusaciones cambiantes y carentes de fundamento, Rossana Rossanda escribió que se trataba de una “reparación tardía y parcial de tantas cosas irreparables”. ¿Qué significa todo esto para usted hoy?

Fue sobre todo el signo de una amistad que nunca fue traicionada. Rossana era para nosotros una persona de una generosidad increíble. Aunque, en un momento dado, ella también se detuvo: no era capaz de hacer responsable al PCI de aquello en lo que el PCI se había convertido.

¿En qué se había convertido?

En un opresor. Masacró a quienes denunciaban el aprieto en que se había metido. En aquellos años se lo dijimos muchos. Había otro camino, que consistía en escuchar a la clase obrera, al movimiento estudiantil, a las mujeres, a todas las nuevas formas en las que se organizaban las pasiones sociales, políticas y democráticas. Propusimos una alternativa de forma honesta, limpia y masiva. Formábamos parte de un enorme movimiento que llenó las grandes fábricas, las escuelas, las generaciones. La cerrazón por parte del PCI hizo surgir el extremismo terrorista. Terminamos pagándolo todo y a un precio altísimo. Solo yo estuve un total de catorce años en el exilio y once y medio en la cárcel. Il Manifesto siempre defendió nuestra inocencia. Era un auténtico disparate que a mí y a otros militantes de la Autonomía se nos acusara del secuestro de Aldo Moro o de haber asesinado a otros compañeros. Sin embargo, en la campaña de reivindicación de nuestra inocencia, que fue valiente e importante, se dejó en el fondo un aspecto sustancial.

¿Cuál?

Fuimos políticamente responsables de un movimiento mucho más amplio contra el “compromiso histórico” entre el PCI y la Democracia Cristiana. Contra nosotros hubo una respuesta policial de la derecha, y esto se entiende. Por el contrario, lo que no se quiere entender es la cobertura que el PCI dio a esta respuesta. En el fondo, tenían miedo de que cambiara el horizonte político de clase. Si no se comprende este nudo histórico, ¿cómo puede uno quejarse de la inexistencia de una izquierda en la Italia actual?

La operación del 7 de abril, y el llamado “teorema Calogero” [por el fiscal instructor del caso], se consideraron como un paso hacia la conversión de una parte no despreciable de la izquierda al “justicialismo” y a la delegación de la política en el poder judicial. ¿Cómo fue posible caer en semejante trampa?

Cuando el PCI sustituyó la centralidad de la lucha económica y política por la lucha moral, y lo hizo a través de jueces que gravitaban a su alrededor, puso fin a su trayectoria. ¿Creían de veras que estaban utilizando el justicialismo para construir el socialismo? El justicialismo es una de las cosas más apreciadas por la burguesía. Es una ilusión devastadora y trágica que impide ver el uso clasista del derecho, la cárcel o la policía contra los subalternos. En aquellos años los jueces jóvenes también cambiaron. Antes eran muy distintos. Se les llamaba “jueces de asalto”. Recuerdo los primeros números de la revista Democrazia e Diritto, en la que yo también colaboré. Me llenaban de alegría porque hablábamos de la justicia de masas. Luego la idea de justicia se declinó de forma muy diferente, regresó a los conceptos de legalidad y legitimidad. Y en el poder judicial dejó de haber un posicionamiento político, solo quedaron coaliciones entre corrientes. De esta suerte, hoy tenemos una Constitución reducida a un paquete de normas que ya ni siquiera se corresponden con la realidad del país.

En prisión continuó la batalla política. En 1983 escribió en la cárcel un documento, publicado por Il Manifesto, titulado Do you remember revolution? Hablaba de la originalidad del 68 italiano, de los movimientos de los años 70 que no podían reducirse a los “años de plomo”. ¿Cómo vivió aquellos años?

Aquel documento decía cosas importantes con cierta timidez. Creo que decía más o menos las cosas que acabo de recordar. Fue un periodo duro. Estábamos dentro, teníamos que salir de alguna manera. Te confieso que en aquel inmenso sufrimiento para mí era mejor estudiar a Spinoza que pensar en la absurda oscuridad en la que nos habían encerrado. Escribí un extenso libro sobre Spinoza y aquello fue una especie de acto heroico. No podía tener más de cinco libros en mi celda. Y cambiaba continuamente de cárcel de máxima seguridad: Rebibbia, Palmi, Trani, Fossombrone, Rovigo. Cada vez en una celda nueva con gente nueva. Esperando durante días y volviendo a empezar. El único libro que llevaba conmigo era la Ética de Spinoza. Tuve la suerte de terminar mi texto antes de la revuelta en la cárcel de Trani en 1981, cuando las fuerzas especiales lo destruyeron todo. Estoy contento de que aquel libro produjera una sacudida en la historia de la filosofía.

En 1983 fue elegido diputado y salió de la cárcel durante unos meses. ¿Qué piensa del momento en que votaron en el parlamento a favor de su regreso a prisión y decidió exiliarse en Francia?

Todavía sufro mucho por ello. Si tengo que hacer un juicio histórico y desapegado, creo que hice bien en marcharme. En Francia fui útil para establecer relaciones entre generaciones y pude estudiar. Tuve la oportunidad de trabajar con Félix Guattari y conseguí entrar en los debates del momento. Me ayudó mucho a comprender la vida de los sin papeles. Yo también lo fui: daba clases aunque no tenía carné de identidad. Me ayudaron los compañeros de la Universidad de París 8. Pero en otros aspectos pienso que me equivoqué. Me estremece profundamente haber dejado en la cárcel a mis compañeros, aquellos con los que viví los mejores años de mi vida y las revueltas en cuatro años de prisión preventiva. Me sigue doliendo haberlos dejado. Aquella cárcel destrozó la vida de compañeros a los que quería muchísimo y en muchos casos también la de sus familias. Tengo noventa años y me he salvado. Pero eso no me aporta más serenidad ante aquel drama.

Rossanda también le criticó…

Sí, me pidió que me comportara como Sócrates. Le respondí que precisamente corría el peligro de acabar como el filósofo. Las relaciones en la cárcel eran tales que podían haberme costado la vida. [Marco] Pannella me sacó materialmente de la cárcel y luego me echó la culpa de todo porque no quería volver. Mucha gente me engañó. Rossana me lo advirtió ya entonces y tal vez tuviera razón.

¿Lo hizo en alguna otra ocasión?

Sí, cuando me dijo que no volviera a Italia desde París en 1997, después de 14 años de exilio. La última vez que la vi antes de irme fue en un café cerca del Museo de Cluny, el museo nacional de la Edad Media. Me dijo que le daban ganas de atarme con una cadena para que no subiera al avión.

¿Por qué decidió entonces volver a Italia?

Estaba convencido de que iba a luchar por la amnistía para todos los compañeros de los años setenta. En aquel momento estaba en marcha [el acuerdo de reforma constitucional de] la Bicamerale, parecía posible. Estuve seis años en la cárcel, hasta 2003. Quizá Rossana tenía razón.

¿Qué recuerdos tienes hoy de ella?

Recuerdo la última vez que la vi en París. Una amiga muy dulce, estaba preocupada por mis viajes a China, temía que me pasara algo. Era una persona maravillosa, entonces y siempre.

Anna Negri, su hija, escribió Con un pie atrapado en la historia (DeriveApprodi), que cuenta esta historia desde el punto de vista de los afectos y de otra generación.

Tengo tres hijos maravillosos, Anna, Francesco y Nina, que han sufrido lo indecible por lo ocurrido. He visto la serie de Bellocchio sobre Moro y sigo sin salir de mi asombro de que me culparan de aquella increíble tragedia. Pienso en mis dos primeros hijos, que entonces iban a la escuela. Algunos los veían como los hijos de un monstruo. Estos chicos, de una manera u otra, vivieron acontecimientos enormes. Se fueron de Italia y volvieron, tuvieron que sufrir aquel largo invierno en sus propias carnes. Lo mínimo es que sientan cierta rabia hacia los padres que les pusieron en esa situación. Y yo tengo una cierta responsabilidad en esa historia. Hemos vuelto a ser amigos. Eso para mí es un regalo de una belleza inmensa.

A finales de los años noventa, coincidiendo con los nuevos movimientos globales, y luego contra la guerra, pasó usted a ser una voz reconocida junto a Michael Hardt a partir de Imperio. ¿Cómo definiría hoy la relación entre filosofía y militancia, en un momento de vuelta a las disciplinas especializadas y a las ideas reaccionarias y elitistas?

Me resulta difícil responder a esta pregunta. Cuando me dicen que tengo una obra, respondo: ¿una obra lírica? ¿Pero tú te crees? Me da risa. Porque soy más militante que filósofo. A algunos les hará gracia, pero yo me veo como Papageno.

Pero lo cierto es que ha escrito muchos libros.

He tenido la suerte de estar a medio camino entre la filosofía y la militancia. En los mejores periodos de mi vida he pasado permanentemente de una a otra. Esto me ha permitido cultivar una relación crítica con la teoría capitalista del poder. Pivotando sobre Marx, pasé de Hobbes a Habermas, pasando por Kant, Rousseau y Hegel. Gente lo bastante seria como para tener que combatirla. Frente a esto, la línea Maquiavelo-Spinoza-Marx era una alternativa real. Insisto: para mí la historia de la filosofía no es una especie de texto sagrado que ha mezclado todo el saber occidental, de Platón a Heidegger, con la civilización burguesa y ha transmitido conceptos funcionales al poder. La filosofía forma parte de nuestra cultura, pero debe utilizarse para lo que es necesario, es decir, para transformar el mundo y hacerlo más justo. Deleuze hablaba de Spinoza y recordaba la iconografía que lo representaba como Masaniello. Ojalá fuera así en mi caso. Incluso ahora que tengo 90 años, sigo teniendo esa relación con la filosofía. Vivir la militancia es menos fácil, pero consigo escribir y escuchar, en una situación de exiliado.

¿Exiliado, todavía, hoy?

Un poco, sí. Pero es un exilio diferente. Depende del hecho de que los dos mundos en los que vivo, Italia y Francia, tienen dinámicas de movimiento muy diferentes. En Francia, el operaismo no ha tenido mucha repercusión, aunque hoy se está redescubriendo. La izquierda de movimiento en Francia siempre ha estado dirigida por el trotskismo o el anarquismo. En los años 90, con la revista Futur antérieur, junto a mi amigo y compañero Jean-Marie Vincent, encontramos una mediación entre gauchisme y operaismo: funcionó durante unos diez años. Pero lo hicimos con mucha prudencia. Dejamos el juicio sobre la política francesa a nuestros compañeros franceses. El único editorial importante de la revista escrito por italianos fue el de la gran huelga de los ferroviarios de 1995, que tanto se parecía a las luchas italianas.

¿Por qué el operaismo tiene hoy una resonancia mundial?

Porque responde a la necesidad de resistencia y de resurgimiento de las luchas, como en otras culturas críticas con las que dialoga: feminismo, ecología política, crítica poscolonial, por ejemplo. Y también porque no es la costilla de nada ni de nadie. Nunca lo fue, ni fue un capítulo de la historia del PCI, como quieren creer algunos. Es más bien una idea precisa de la lucha de clases y una crítica de la soberanía que coagula el poder en torno al polo patronal, propietario y capitalista. Pero el poder siempre está escindido, y siempre está abierto, incluso cuando parece no haber alternativa. Toda la teoría del poder como extensión de la dominación y de la autoridad hecha por la Escuela de Frankfurt y sus evoluciones recientes es falsa, aunque por desgracia siga siendo hegemónica. El operaismo echa por tierra esa lectura brutal. Es un estilo de trabajo y de pensamiento. Retoma la historia desde abajo como algo construido por grandes masas que se mueven, busca la singularidad en una dialéctica abierta y productiva.

Siempre me han llamado la atención tus constantes referencias a Francisco de Asís. ¿De dónde viene ese interés por el santo y por qué lo adoptó como ejemplo de su alegría de ser comunista?

Desde que era joven se reían de mí porque utilizaba la palabra amor. Me tomaban por un poeta o un iluso. Al contrario, siempre he pensado que el amor es una pasión fundamental que mantiene en pie al género humano. Puede convertirse en un arma para vivir. Vengo de una familia que lo pasó muy mal durante la guerra y que me enseñó un afecto con el que aún vivo. Francisco es en el fondo un burgués que vive en una época en la que ve la posibilidad de transformar la propia burguesía y hacer un mundo en el que la gente se ame y ame a los seres vivos. Para mí la referencia a Francisco es como la referencia a los Ciompi en Maquiavelo. Francisco es el amor frente a la propiedad: exactamente lo que podríamos haber hecho en los años setenta, dando la vuelta a aquel desarrollo y creando un nuevo modo de producir. Francisco nunca ha sido suficientemente retomado, ni se ha tenido en cuenta en su justa medida la importancia que el franciscanismo ha tenido en la historia de Italia. Lo cito porque quiero que palabras como amor y alegría entren en el lenguaje político.

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Esta entrevista se publicó originalmente en Il Manifesto.

La traducción es de Raúl Sánchez Cedillo.