Raúl Zibechi: «Los progresismos se adaptan al sistema en vez de enfrentarlo»

Por Eric Llopis

En una columna publicada el 1 de febrero en el periódico El País, la periodista brasileña Eliane Brum denunció: “El genocidio (del pueblo indígena) yanomami tiene las huellas de Bolsonaro. El resultado de los cuatro años de laboratorio de la extrema derecha en Brasil emerge en forma de cuerpos infantiles”. Por otra parte, la Defensoría del Pueblo de Perú reportó en sólo un día –el pasado 9 de enero- la muerte de 17 personas como consecuencia de la represión de las fuerzas del orden (principalmente en la ciudad de Juliaca, departamento de Puno).

“El Estado hoy no es el camino para procesar cambios”, afirma el periodista Raúl Zibechi; el investigador uruguayo es autor, junto al sociólogo y analista político Decio Machado, del libro El Estado realmente existente. Del Estado de bienestar al Estado para el despojo, publicado por La Vorágine. Sobre las limitaciones de los gobiernos progresistas, subraya el también autor de Tiempos de colapso. Los pueblos en movimiento: “Se puede reducir la pobreza sin tocar las redes del capital financiero: el narco-paramilitarismo, los militares y las iglesias pentecostales”. La entrevista a Zibechi se realiza por correo electrónico.

-El Estado realmente existente concluye con el segundo ciclo progresista latinoamericano (gobiernos de esta tendencia en Brasil, Argentina, Colombia, Chile o México); han llegado al poder ejecutivo “en una mayor condición de entreguismo y pactos con el establishment económico y militar de lo conocido y establecido en el primer ciclo”. ¿En qué sentido? ¿Puedes mencionar algún ejemplo?

-Con Decio Machado ya habíamos escrito Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo, para mostrar que no hubo cambios estructurales en ese primer ciclo, y que por el contrario se registró una profundización del capitalismo. Ahora queremos hacer hincapié en que los Estados han mutado, que no son herramientas neutrales (nunca fueron), sino que han sido secuestrados por el uno por ciento para que defiendan sus privilegios.

Además, la situación internacional ha cambiado. Han pasado Trump y Bolsonaro, hay guerras, desde Yemen hasta Ucrania, desde Eurasia hasta África. Y en América Latina tenemos las guerras de despojo, en la Amazonía y en toda Sudamérica, en México y en Centroamérica. El capital ha declarado la guerra a los pueblos para desplazarlos y poder convertir los bienes comunes en mercancías: oro, hierro, cobre, tierras raras; petróleo y gas; soja y palma de aceite, y agua, mucha agua.

Por último, los militares y el Estado en su conjunto están blindando los intereses y los proyectos concretos de las grandes corporaciones. En Colombia, Petro llama al Comando Sur para defender la Amazonía y Lula se la entrega a los militares para que lo dejen gobernar, porque siguen siendo bolsonaristas, eso no cambia de un día al otro. Y aquí aparecen las debilidades de los progresismos: se adaptan al sistema en vez de enfrentarlo.

-Calificáis el Estado realmente existente como “una gran trampa”. ¿Podría deducirse de esta afirmación una cierta equidistancia ante casos como el de Perú, entre el presidente y profesor rural indígena (encarcelado) Pedro Castillo y el actual Gobierno (golpista) de Dina Boluarte (69 muertos en dos meses, como consecuencia de la represión de las protestas)?

-Nunca nada es igual. Detrás de Dina Boluarte están las fuerzas armadas, el empresariado legal e ilegal, Estados Unidos y la derecha peruana. Han impuesto una dictadura institucional, apoyada por el Congreso que fue elegido “democráticamente”, el poder judicial y las diversas instituciones de un Estado colonial.

Pero Pedro Castillo nunca hizo lo que prometió hacer en su campaña, por el contrario negoció con el nuevo capital ilegal emergente (oro, drogas, tráfico de personas), y le dio la espalda a las bases que lo eligieron.

La pregunta es: ¿Pudo haber hecho otra cosa en el Perú patriarcal-colonial del que forma parte? Si hubiera intentado cambios de fondo, uno sólo, el parlamento lo hubiera echado en cuestión de minutos. Por eso decimos que el Estado hoy no es el camino para procesar cambios.

-“El aparato estatal ha sido secuestrado por el capital financiero comandado por el 1%, que utiliza sin el menor rubor el narcotráfico y el paramilitarismo para destruir a los movimientos anti-sistémicos”, se destaca en el texto; ¿es esta afirmación incompatible con el objetivo manifestado por Lula da Silva en el discurso de investidura: rescatar del hambre a 33 millones de personas?

-Por curioso que parezca, se puede reducir la pobreza sin tocar las redes del capital financiero: el narco-paramilitarismo, los militares y las iglesias pentecostales. Todo el Plan Bolsa Familia en sus dos primeras presidencias, involucraba apenas el 0,5% del presupuesto del Estado, y en muchos casos hubo alimentos donados por empresas interesadas en difundir alimentos con organismos genéticamente modificados, y por la cooperación internacional.

El problema de Lula vuelve a ser el mismo, como si la historia se hubiera detenido en 2003: presentar el combate al hambre como una medida anti-neoliberal. Nada de eso. Es necesario combatir el hambre, pero no siguiendo las recetas del Banco Mundial que fue el inventor de la propuesta con políticas sociales focalizadas, sino con cambios estructurales.

Esos cambios deben frenar el avance del agronegocio, de la minería, de la destrucción de la vida, de la Amazonia y de otras zonas intermedias. Pero eso no lo puede hacer el Estado, sino los campesinos, los indígenas, los pueblos negros y mestizos, los que verdaderamente quieren y pueden hacerlo. Durante el gobierno de Bolsonaro la principal resistencia provino de los indígenas, que son el 2% de la población, no de las organizaciones estadocéntricas como los sindicatos.

-Utilizáis en el libro la expresión “Estados para el despojo”. ¿Se podría aplicar a proyectos de infraestructuras como el Tren Maya, promovido por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, y a las resistencias del movimiento zapatista?

-Totalmente. El despojo en México son esas obras que mencionas, pero además los 300 mil muertos y 100 mil desaparecidos. Porque para despojar, para robar, es necesario atacar a los pueblos y a las personas que viven los territorios que el capital desea reconvertir para su beneficio.

Lo interesante es que hoy en México la resistencia gira no sólo en torno al zapatismo, sino a un Congreso Nacional Indígena cada vez más protagonista y a multitud de colectivos rurales y urbanos, indígenas y no indígenas, que están muy activos, con mucha claridad de lo que está sucediendo que no es sino la masiva y maciza militarización del país por el gobierno de López Obrador.

-¿Crees que son posibles los cambios o disminuir, durante la presidencia de Gabriel Boric, la violencia del Estado de Chile contra la población indígena mapuche? ¿Puede en este caso aplicarse el concepto de “neoliberalismo extractivista”?

-Todo lo contrario. Boric ha militarizado Wall Mapu con mayor intensidad que cualquier gobierno anterior desde 1990. Uno podía pensar que un gobierno de izquierda iba a disminuir la militarización y abrir espacios de negociación, pero es todo lo contrario. Tanto en Chile como en Argentina, ambos gobiernos progresistas, la ofensiva anti mapuche es muy fuerte.

Hay dos razones. Una, que la derecha y gran parte de la sociedad, influidas por el empresariado forestal, uno de los más poderosos en Chile, han tomado al pueblo mapuche de rehén, porque su lucha es frontal contra las plantaciones de pinos que los ahogan.

La segunda es la potencia del pueblo mapuche, que ha realizado 500 recuperaciones de tierras desde 2019, en plena pandemia. Lo más grave para el poder, es el efecto “contagio” de las tomas mapuche hacia pobladores y campesinos no mapuche, que están recuperando tierras que les fueron robadas por las forestales durante la dictadura de Pinochet.

Boric, el Frente Amplio y el Partido Comunista tomaron partido por los empresarios frente al pueblo mapuche y a los campesinos. Esto es muy grave, pero el resultado está a la vista: su gobierno tiene apenas el 28% de respaldo, a menos de un año de haber asumido. El peor desempeño que se recuerda.

-El actual presidente de El Salvador, el derechista Nayib Bukele, ha inaugurado una macrocárcel con el fin de recluir a jóvenes pandilleros (la mayor prisión de América Latina, según fuentes gubernamentales). ¿Cómo se inserta este gran penal en la caracterización del Estado que se hace en el libro?

-El caso de Bukele es patético porque viene de la izquierda, del Frente Farabundo Martí (FMLN), partido por el que fue alcalde de San Salvador cuando apenas tenía 34 años. Ahora es un presidente muy controvertido, conservador, militarista y oportunista. Se jacta de haber construido la cárcel más grande del continente en un país con la tasa de prisioneros más alta del mundo.

Desde el punto de vista conceptual, tal vez estemos ante la deriva hacia un Estado Penitenciario, caracterizado por la violación sistemática de los derechos humanos que, en el fondo, es la otra cara del modelo extractivo que depreda la naturaleza y a las personas.

-Por último, ¿qué referentes actuales destacarías, en el campo popular latinoamericano, de movimientos desde abajo que supongan una alternativa a los partidos/gobiernos progresistas?   

-Los pueblos originarios, en el primer y más destacado lugar, en todos los rincones de este continente. Pero cada vez más los campesinos y los pueblos negros, porque todos ellos son los que más están sufriendo las consecuencias del neoliberalismo. Digamos que están en el frente donde aparecen las retroexcavadoras, la guerra química del glifosato y las bandas armadas de narcos y paramilitares.

Llama la atención la multiplicación de las autodefensas: guardias indígenas, cimarronas y campesinas en Colombia; rondas campesinas y guardianes de las lagunas en Perú; policías comunitarias y el EZLN en México; comunidades mapuche que asumen la autodefensa, así como pueblos amazónicos en Brasil y Perú.

Estas prácticas, más allá de sus diversidades, nos están hablando de pueblos en movimiento que ya no aceptan la tutela ni la intermediación de los Estados y que, aún llegando a acuerdos puntuales con ellos, no confían y deciden ejercer sus poderes propios y sus autonomías.

«Revolución – Una historia intelectual» de Enzo Traverso

Por Mariano Zarowsky

En su último libro, Enzo Traverso vuelve sobre una palabra cargada de sentido político: revolución. A partir de materiales diversos, tal vez olvidados, el historiador recorre las dimensiones intelectuales y emocionales de esos saltos dialécticos que, desde el siglo XIX hasta la actualidad, hicieron estallar el continuo de la historia.

Locomotoras, cuerpos, columnas, barricadas, banderas, pinturas, canciones, carteles, fechas, vidas singulares montan constelaciones de imágenes en las que el pasado, de improviso, resurge bajo nuevas formas.

Revolución, el último libro del italiano Enzo Traverso, no es un relato lineal o cronológico de las revoluciones modernas ni una historia de las ideas o teorías que las impulsaron o interpretaron. Las revoluciones ─cita Traverso a Walter Benjamin─ son “saltos dialécticos que hacen estallar el continuo de la historia”, escribir sobre ellas supone captar su significación mediante imágenes que las condensen en figuras donde el pasado se cristaliza. El método de Traverso, al igual que el de Benjamin en El Libro de los pasajes, es la recopilación y el montaje: apunta a ensamblar construcciones de gran escala con componentes más pequeños que, al observarse con mayor precisión, permiten descubrir en el análisis del momento individual “el cristal del acontecimiento total”.

Traverso reúne en su libro ideas y representaciones para dar forma a una serie de composiciones o imágenes significativas: locomotoras, cuerpos, estatuas, columnas, barricadas, banderas, sitios, pinturas, carteles y películas; incluso los conceptos son abordados como “imágenes dialécticas”, en la medida en que surgen en sus contextos específicos como cristalizaciones intelectuales de necesidades políticas y una conciencia (o inconsciente) colectiva. Desde esta perspectiva -que puede llevar a cierto grado de eclecticismo, reconoce Traverso- el historiador se convierte en una suerte de “trapero” (si argentinizamos el término deberíamos decir: cartonero). Lo esencial es ser consciente del carácter provisorio y performático (y por ende político) de la composición: el investigador puede ordenar y clasificar los objetos que se amontonan en su taller, sabe “que esa operación de montaje no es un orden definitivo; el lugar adecuado de muchas cosas no depende de sus decisiones, que son simplemente una apuesta por el futuro”.

El autor de Melancolía de izquierda se inspira en las concepciones de la historia de Benjamin y Karl Marx (en uno de sus filones): antes que un camino lineal y predeterminado, la historia es un proceso abierto, hecho de giros y bifurcaciones, sin una dirección dada de antemano; su resultado depende de la agencia humana. Las revoluciones son precisamente el momento cúlmine de ese salto dialéctico, por lo que Traverso las examina como una clave interpretativa de la historia moderna.

El método, entonces, pretende ser fiel a su objeto: son las revoluciones mismas las que operan como un “campo magnético” que atrae y relaciona ideas, experiencias, símbolos y memorias, dándole a los conceptos una dimensión concreta y una traducción a la realidad. En la medida en que, a diferencia de las rebeliones, cambian conscientemente el rumbo de la historia, las revoluciones son conceptos convertidos en acción; crean lo que Benjamin denominó “pensamiento en imágenes” o “figuras del pensamiento”: imágenes que condensan ideas, experiencias y emociones, trascendiendo las palabras.

Desde esta perspectiva Traverso piensa Octubre, el emblemático film de Sergéi Eisenstein que, entre otras tantas figuras, analiza en su libro. La traducción misma de los conceptos en acciones y de las experiencias en imágenes recibe ineluctablemente una nueva forma por obra del paso de la revolución como acontecimiento a la revolución desplegada como una secuencia histórica: el acontecimiento es un momento disruptivo y liberador, pero sus símbolos pertenecen a una rememoración colectiva, una tradición revolucionaria que, al iconizar ese acontecimiento, los aparta de su presente y pretende fijar su sentido. En última instancia, la tradición revolucionaria, nos dice Traverso, es la insoluble contradicción entre un momento extático de autoliberación y su inevitable transformación en acción organizada.

Ambos momentos están presentes en Octubre. El análisis de las operaciones que transformaron el acontecimiento en un símbolo es una forma crítica de analizar el pasado, políticamente comprometida con el presente. Si la caída del comunismo arrastró consigo la propia revolución como horizonte, el trabajo de Traverso aspira a elaborar su experiencia, menos para extraer recetas o modelos que para poner a disposición constelaciones de imágenes en las que, de improviso, el pasado pueda resurgir bajo nuevas formas. “Las revoluciones no pueden programarse: siempre vienen cuando menos se las espera”.

Enzo Traverso, La revolución. Una historia intelectual. Fondo de Cultura Económica. 2022

Fuente: https://www.revistaanfibia.com/cuando-menos-se-la-espera-la-revolucion/

La técnica y el gobierno

«El creciente desarrollo de las tecnologías, tanto científicas como sociales, produce, de hecho, una verdadera inhibición de la vitalidad, de modo que «cuanto más avanza la humanidad por el camino de la técnica, más se acerca a ese punto fatal en el que el progreso significará destrucción.»   
Texto de Giorgio Agamben, publicado originalmente el 2 de enero de 2023 en su columna «Una voce» y traducido por la web Artilleria Inmanente.
Por: Giorgio Agamben
 
Algunas de las mentes más agudas del siglo XX coincidieron en identificar el reto político de nuestro tiempo con la capacidad de gobernar el desarrollo tecnológico. «La cuestión decisiva», se ha escrito, «es hoy cómo un sistema político, cualquiera que sea, puede adaptarse a la edad de la técnica. No conozco la respuesta a esta pregunta. No estoy convencido de que sea la democracia». Otros han comparado el control de la tecnología con la empresa de un nuevo Hércules: «quienes logren someter la técnica que ha escapado a todo control y ponerla en un orden concreto habrán respondido a los problemas del presente mucho más que quienes pretendan aterrizar en la Luna o en Marte con los medios de la técnica».
El hecho es que las potencias que parecen guiar y utilizar el desarrollo tecnológico para sus fines en realidad se guían más o menos inconscientemente por él. Tanto los regímenes más totalitarios, como el fascismo y el bolchevismo, como los llamados democráticos comparten esta incapacidad para gobernar la técnica hasta tal punto que acaban transformándose casi inadvertidamente en la dirección requerida por las mismas tecnologías que creían utilizar para sus propios fines. Un científico que dio una nueva formulación a la teoría de la evolución, Lodewijk Bolk, veía así la hipertrofia del desarrollo tecnológico como un peligro mortal para la supervivencia de la especie humana. El creciente desarrollo de las tecnologías, tanto científicas como sociales, produce, de hecho, una verdadera inhibición de la vitalidad, de modo que «cuanto más avanza la humanidad por el camino de la técnica, más se acerca a ese punto fatal en el que el progreso significará destrucción. Y desde luego no está en la naturaleza del hombre detenerse ante esto». Un ejemplo instructivo es el de la tecnología armamentística, que ha producido artefactos cuyo uso implica la destrucción de la vida en la Tierra y, por tanto, también de quienes disponen de ellos y que, sin embargo, como vemos hoy, siguen amenazando con utilizarlos.
Es posible, entonces, que la incapacidad de gobernar la técnica esté inscrita en el concepto mismo de «gobierno», es decir, en la idea de que la política es en su propia naturaleza cibernética, es decir, arte de «gobernar» (kybernes es en griego el piloto de la nave) la vida de los seres humanos y sus bienes. La técnica no puede ser gobernada porque es la forma misma de la gubernamentalidad. Lo que tradicionalmente se ha interpretado —desde la escolástica hasta Spengler— como la naturaleza esencialmente instrumental de la técnica traiciona la inherencia de una instrumentalidad a nuestra concepción de la política. Aquí es decisiva la idea de que el instrumento tecnológico es algo que, operando según su propio fin, puede ser utilizado para los fines de un agente externo. Como muestra el ejemplo del hacha, que corta en virtud de su filo, pero que el carpintero utiliza para hacer una mesa, el instrumento técnico sólo puede servir a un fin ajeno en la medida en que realiza el propio. Esto significa, en última instancia —como es evidente en los dispositivos tecnológicos más avanzados— que la técnica realiza su propio fin sirviendo aparentemente a un fin ajeno. En el mismo sentido, la política, entendida como oikonomia y gobierno, es aquella operación que realiza un fin que parece trascenderla, pero que en realidad le es inmanente. Esto significa que política y técnica se identifican sin residuos y un control político de la técnica no será posible hasta que abandonemos nuestra concepción instrumental, es decir, gubernamental, de la política.

Erich Fromm : ‘El hombre ha perdido su capacidad de desobedecer‘

«Todos los mártires de la fe religiosa, de la libertad y de la ciencia han tenido que desobedecer a quienes deseaban amordazarlos, para obedecer a su propia conciencia, a las leyes de la humanidad y la razón. Si un hombre solo puede obedecer y no desobedecer, es un esclavo; si solo puede desobedecer y no obedecer, es un rebelde (no un revolucionario); actúa por cólera, despecho, resentimiento, pero no en nombre de una convicción o de un principio.» – Erich Fromm 

Texto del psicólogo social, psicoanalista, sociólogo y filósofo alemán Erich Fromm, publicado originalmente bajo el título «La desobediencia como problema psicológico y moral»
Por Erich Fromm
Reyes, sacerdotes, señores feudales, patrones de industrias y padres han insistido durante siglos en que la obediencia es una virtud y la desobediencia es un vicio. Para presentar otro punto de vista enfrentamos esta posición con la formulación siguiente: la historia humana comenzó con un acto de desobediencia, y es probable que termine por un acto de obediencia.
Según los mitos hebreos y griegos, la historia humana se inauguró con un acto de desobediencia. Adán  y Eva, cuando vivían en el Jardín del Edén, eran parte de la naturaleza; estaban en armonía con ella, pero no la trascendían. Estaban en la naturaleza como el feto en el útero de la madre. Todo esto cambió cuando desobedecieron una orden. Al romper vínculos con la tierra y madre, al cortar el cordón umbilical, el hombre emergió y fue capaz de dar el primer paso hacia la independencia y la libertad. El acto de desobediencia  liberó a Adán y Eva y les abrió los ojos. Se reconocieron uno a otro como extraños y al mundo exterior como extraño e incluso hostil. El “pecado original” lejos de corromper al hombre, lo liberó; fue el comienzo de la historia humana. El hombre tuvo que abandonar el Jardín del Edén para aprende fiar en sus propias fuerzas y llegar a ser plenamente humano.
Para los profetas la historia es el lugar en que el hombre se vuelve humano, desarrollando sus capacidades de razón y amor, hasta que crear una nueva armonía entre él, sus congéneres y la naturaleza. Esta nueva armonía se describe como “el fin de los días”, ese periodo de la historia en que hay paz entre el hombre y el hombre, y entre el hombre y la naturaleza. Es un “nuevo” paraíso creado por el hombre mismo.
También para el mito griego de Prometeo, toda la civilización humana se basa en un acto de desobediencia. Prometeo, al robar el fuego de los dioses, echó los fundamentos de la evolución del hombre. No habría historia humana si no fuera por el “crimen” de Prometeo. Él, como Adán y Eva, es castigado por su desobediencia. Pero no se arrepiente ni pide perdón. Por el contrario, dice orgullosamente, : “Prefiero estar encadenado a esta roca, antes que ser el siervo obediente de los dioses”.
El hombre continuó evolucionando mediante actos de desobediencia. Su desarrollo espiritual solo fue posible porque hubo hombres que se atrevieron a decir no. Pero además su evolución intelectual dependió de su capacidad de desobediencia – desobediencia a las autoridades que trataban de amordazar los pensamientos nuevos, y a la autoridad de acendradas opiniones según las cuales el cambio no tenía sentido-.
Si la capacidad de desobediencia constituyó el comienzo de la historia humana, la obediencia podría muy bien, provocar el fin de la historia humana. No estoy hablando en términos simbólicos o poéticos. Existe la probabilidad de que la raza humana destruya la civilización y también toda la vida sobre la tierra. Estamos viviendo técnicamente en la era atómica, pero la mayoría de los hombres -incluida la mayoría de los que están en el poder-  viven aún emocionalmente  en la Edad de Piedra. Si la humanidad se suicida, será porque la gente obedecerá a quienes le ordenan apretar los botones de la muerte; porque obedecerá a las pasiones arcaicas de temor, odio, codicia; porque obedecerá a los clisés obsoletos de soberanía estatal y honor nacional.
Pero no quiero significar que toda la desobediencia sea una virtud y toda obediencia un vicio. Tal punto de vista ignoraría la relación dialéctica que existe entre obediencia y desobediencia. Un acto de obediencia a un principio es necesariamente un acto de desobediencia a su contra parte, y viceversa. Antígona constituye el ejemplo clásico de esta dicotomía. Si obedece a las leyes inhumanas del Estado, Antígona debe desobedecer necesariamente las leyes de la humanidad. Si obedece a estas últimas, debe desobedecer a las primeras. Todos los mártires de la fe religiosa, de la libertad y de la ciencia han tenido que desobedecer a quienes deseaban amordazarlos, para obedecer a su propia conciencia, a las leyes de la humanidad y la razón. Si un hombre solo puede obedecer y no desobedecer, es un esclavo; si solo puede desobedecer y no obedecer, es un rebelde (no un revolucionario); actúa por cólera, despecho, resentimiento, pero no en nombre de una convicción o de un principio.
Sin embargo, para prevenir una confusión entre términos, debemos establecer un importante distingo. La obediencia a una persona, institución o poder (obediencia heterónoma) es sometimiento; implica la abdicación de mi autonomía y la aceptación de una voluntad o juicio ajenos en lugar del mío. La obediencia a mi propia razón o convicción (obediencia autónoma) no es un acto de sumisión sino de afirmación. Mi convicción y mi juicio, si son  auténticamente míos, forman parte de mí. Si los sigo, estoy siendo yo mismo.
Es preciso dos precisiones más. La palabra conciencia se utiliza para expresar dos fenómenos que son muy distintos entre sí. Uno es la “conciencia autoritaria”, que es la voz internalizada de una autoridad a la que estamos ansiosos de complacer y temerosos de desagradar. La conciencia autoritaria es la conciencia de la que habla Freud, y a la que llamó superyó. Este superyó representa las órdenes y prohibiciones del padre internalizadas y aceptadas por el hijo debido al temor.
Distinta de la conciencia autoritaria es la “conciencia humanística”; ésta es la voz presente en todo ser humano e independiente de sanciones y recompensas externas. La conciencia humanística se basa en el hecho de que como seres humanos tenemos un conocimiento intuitivo de lo que es humano e inhumano, de lo que contribuye a la vida y de lo que la destruye. Es la voz que nos reconduce a nosotros mismos, a nuestra humanidad.
La conciencia autoritaria (superyó) es también obediencia a un poder exterior a mí, aunque este poder haya sido internalizado. Conscientemente creo que estoy siguiendo a mi conciencia; en realidad, sin embargo, he absorbido los principios del poder. La obediencia a la “conciencia autoritaria”, tiende a debilitar la “conciencia humanística”, la capacidad de ser uno mismo y de juzgarse a sí mismo.
También debe precisarse, por otra parte, la afirmación de que la obediencia a otra persona es ipso facto sumisión, distinguiendo la autoridad “irracional” de la autoridad racional. Un ejemplo de autoridad racional es la relación que existe entre alumno y maestro; uno de autoridad irracional es la relación entre esclavo y dueño. En ambas relaciones se acepta la autoridad de la persona que ejerce el mando, pero los interese del alumno y del maestro, en el caso ideal,  se orientan en la misma dirección, es decir, el maestro se siente satisfecho si logra hacer progresar al alumno; si fracasa, ese fracaso es suyo y del alumno. El dueño del esclavo, en cambio, desea explotarlo en la mayor medida posible. Al mismo tiempo, el esclavo trata de defender lo mejor que puede sus reclamos a un mínimo de felicidad. Los interese del esclavo y del dueño son antagónicos.
Hay otra distinción paralela a ésta: la autoridad racional lo es porque la autoridad, sea la que posee un maestro o un capitán de barco que da órdenes en una emergencia, actúa en nombre de la razón que, por ser universal, podemos aceptar sin someternos. La autoridad irracional tiene que usar la fuerza o la sugestión, pues nadie se prestaría a la explotación si dependiera de su arbitrio evitarlo.
¿Por qué se inclina tanto el hombre a obedecer y por qué le es tan difícil desobedecer? Mientras obedezco al poder del Estado, de la Iglesia o de la opinión pública, me siento seguro y protegido. En verdad, poco importa cuál es el poder al que obedezco. Es siempre una institución, u hombres, que utilizan de una u otra manera la fuerza y que pretenden fraudulentamente poseer la omnisciencia y la omnipotencia. Mi obediencia me hace participar del poder que reverencio, y por ello me siento fuerte. No puedo cometer errores, pues ese poder decide por mí; no puedo estar solo, porque él me vigila; no puedo cometer pecados, porque él no me permite hacerlo, y aunque los corneta, el castigo es sólo el modo de volver al poder omnímodo.
Para desobedecer debemos tener el coraje de estar solos, errar y pecar. Pero el coraje no basta. La capacidad de coraje depende del estado de desarrollo de una persona.
Sólo si una persona ha emergido del regazo materno y de los mandatos de su padre, sólo si ha emergido como individuo plenamente desarrollado y ha adquirido así la capacidad de pensar y sentir por sí mismo, puede tenerel coraje de decir “no” al poder, de desobedecer. Una persona puede llegar a ser libre mediante actos de desobediencia, aprendiendo a decir no al poder. Pero no sólo la capacidad de desobediencia es la condición de la libertad; la libertad es también la condición de la desobediencia. Si temo a la libertad no puedo atreverme a decir “no”, no puedo tener el coraje de ser desobediente. En verdad, la libertad y la capacidad de desobediencia son inseparables; de ahí que cualquier sistema social, político y religioso que proclame la libertad pero reprima la desobediencia, no puede ser sincero. Hay otra razón por la que es tan difícil atreverse a desobedecer, a decir “no” a la autoridad. Durante la mayor parte de la historia humana la obediencia se identificó con la virtud y la desobediencia con el pecado. La razón es simple: hasta ahora, a lo largo de la mayor parte de la historia, una minoría ha gobernado a la mayoría. Este dominio fue necesario por el hecho de que las cosas buenas que existían sólo bastaban para unos pocos, y los más debían conformarse con las migajas.
El hombre ha perdido su capacidad de desobedecer, ni siquiera se da cuenta del hecho de que obedece. En este punto de la historia, la capacidad de dudar, de criticar y de desobedecer puede ser todo lo que media entre la posibilidad de un futuro para la humanidad, y el fin de la civilización.

Byung-Chul Han: La nueva fórmula de dominación es «sé feliz»

«El sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se figura que es muy libre. Sin necesidad de que lo obliguen desde afuera, se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que se está realizando.»  Byung-Chul Han 

 

Por Byung-Chul Han
En la época posindustrial y posheroica el cuerpo no es avanzadilla ni medio de producción. A diferencia del cuerpo disciplinado, el cuerpo hedonista, que se gusta y se disfruta a sí mismo sin orientarse de ninguna manera a un fin superior, desarrolla una postura de rechazo hacia el dolor. Le parece que el dolor carece por completo de sentido y de utilidad.
El actual sujeto del rendimiento se diferencia radicalmente del sujeto disciplinario. Tampoco es un «trabajador» en el sentido de Jünger. En la sociedad neoliberal del rendimiento las negatividades, tales como las obligaciones, las prohibiciones o los castigos, dejan paso a positividades tales como la motivación, la autooptimización o la autorrealización. Los espacios disciplinarios son sustituidos por zonas de bienestar. El dolor pierde toda referencia al poder y al dominio. Se despolitiza y pasa a convertirse en un asunto médico.
La nueva fórmula de dominación es «sé feliz». La positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor. Como capital emocional positivo, la felicidad debe proporcionar una ininterrumpida capacidad de rendimiento. La automotivación y la autooptimización hacen que el dispositivo neoliberal de felicidad sea muy eficaz, pues el poder se las arregla entonces muy bien sin necesidad de hacer demasiado. El sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se figura que es muy libre. Sin necesidad de que lo obliguen desde afuera, se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que se está realizando. La libertad no se reprime, sino que se explota. El imperativo de ser feliz genera una presión que es más devastadora que el imperativo de ser obediente.
En el régimen neoliberal también el poder asume una forma positiva. Se vuelve elegante. A diferencia del represivo poder disciplinario ,el poder elegante no duele. El poder se desvincula por completo del dolor. Se las arregla sin necesidad de ejercer ninguna represión. La sumisión se lleva a cabo como autooptimización y autorrealización. El poder elegante opera de forma seductora y permisiva. Como se hace pasar por libertad, es más invisible que el represivo poder disciplinario. También la vigilancia asume una forma elegante. Constantemente se nos incita a que comuniquemos nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestras preferencias, y a que contemos nuestra vida. La comunicación total acaba coincidiendo con la vigilancia total, el desnudamiento pornográfico acaba siendo lo mismo que la vigilancia panóptica. La libertad y la vigilancia se vuelven indiscernibles.
El dispositivo neoliberal de felicidad nos distrae de la situación de dominio establecida obligándonos a una introspección anímica. Se encarga de que cada uno se ocupe solo de sí mismo, de su propia psicología, en lugar de cuestionar críticamente la situación social. El sufrimiento, del cual sería responsable la sociedad, se privatiza y se convierte en un asunto psicológico. Lo que hay que mejorar no son las situaciones sociales, sino los estados anímicos. La exigencia de optimizar el alma, que en realidad la obliga a ajustarse a las relaciones de poder establecidas, oculta las injusticias sociales. Así es como la psicología positiva consuma el final de la revolución.
Los que salen al escenario ya no son los revolucionarios, sino unos entrenadores motivacionales que se encargan de que no aflore el descontento, y mucho menos el enojo: «En vísperas de la crisis económica mundial de los años veinte, con sus extremas contradicciones sociales, había muchos representantes de trabajadores y activistas radicales que denunciaban los excesos de los ricos y la miseria de los pobres. Frente a eso, en el siglo XXI una camada muy distinta y mucho más numerosa de ideólogos propagaba lo contrario: que en nuestra sociedad profundamente desigual todo estaría en orden y que a todo aquel que se esforzara le iría muchísimo mejor. Los motivadores y otros representantes del pensamiento positivo traían una buena nueva para las personas que, a causa de las permanentes convulsiones del mercado laboral, se hallaban al borde de la ruina económica: dad la bienvenida a todo cambio, por mucho que asuste, vedlo como una oportunidad».
También la voluntad de combatir el dolor a toda costa hace olvidar que el dolor se transmite socialmente. El dolor refleja desajustes socioeconómicos de los que se resiente tanto la psique como el cuerpo. Los analgésicos, prescritos masivamente, ocultan las situaciones sociales causantes de dolores. Reducir el tratamiento del dolor exclusivamente a los ámbitos de la medicación y la farmacia impide que el dolor se haga lenguaje e incluso crítica. Con ello el dolor queda privado de su carácter de objeto, e incluso de su carácter social. La sociedad paliativa se inmuniza frente a la crítica insensibilizando mediante medicamentos o induciendo un embotamiento con ayuda de los medios. También los medios sociales y los juegos de ordenador actúan como anestésicos. La permanente anestesia social impide el conocimiento y la reflexión y reprime la verdad. En su Dialéctica negativa escribe Adorno: «La necesidad de prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad. Pues el sufrimiento es objetividad que pesa sobre el sujeto; lo que este experimenta como lo más subjetivo suyo, su expresión, está objetivamente mediado».
El dispositivo de felicidad aísla a los hombres y conduce a una despolitización de la sociedad y a una pérdida de la solidaridad. Cada uno debe preocuparse por sí mismo de su propia felicidad. La felicidad pasa a ser un asunto privado. También el sufrimiento se interpreta como resultado del propio fracaso. Por eso, en lugar de revolución lo que hay es depresión. Mientras nos esforzamos en vano por curar la propia alma perdemos de vista las situaciones colectivas que causan los desajustes sociales. Cuando nos sentimos afligidos por la angustia y la inseguridad no responsabilizamos a la sociedad, sino a nosotros mismos. Pero el fermento de la revolución es el dolor sentido en común. El dispositivo neoliberal de felicidad lo ataja de raíz. La sociedad paliativa despolitiza el dolor sometiéndolo a tratamiento medicinal y privatizándolo. De este modo se reprime y se desbanca la dimensión social del dolor. Los dolores crónicos que podrían interpretarse como síntomas patológicos de la sociedad del cansancio no lanzan ninguna protesta. En la sociedad neoliberal del rendimiento el cansancio es apolítico en la medida en que representa un cansancio del yo. Es un síntoma del sujeto narcisista del rendimiento que se ha quedado desfondado. En lugar de hacer que las personas se asocien en un nosotros, las aísla. Hay que diferenciarlo de aquel cansancio colectivo que configura y cohesiona una comunidad. El cansancio del yo es la mejor profilaxis contra la revolución.
El dispositivo neoliberal de felicidad cosifica la felicidad. La felicidad es más que la suma de sensaciones positivas que prometen un aumento del rendimiento. No está sujeta a la lógica de la optimización. Se caracteriza por no poder disponer de ella. Le es inherente una negatividad. La verdadera felicidad solo es posible en fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse. Y le otorga duración. El dolor trae la felicidad y la sostiene. Felicidad doliente no es un oxímoron. Toda intensidad es dolorosa. En la pasión se fusionan dolor y felicidad. La dicha profunda contiene un factor de sufrimiento. Según Nietzsche, dolor y felicidad son «dos hermanos, y gemelos, que crecen juntos o que […] juntos siguen siendo pequeños». Si se ataja el dolor, la felicidad se trivializa y se convierte en un confort apático. Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda: «La abundancia de especies del sufrir cae como un remolino inacabable de nieve sobre un hombre así, al tiempo que sobre él se descargan los rayos más intensos del dolor. Solo con esta condición, estar siempre abierto al dolor, venga de donde venga y hasta lo más profundo, sabrá estar abierto a las especies más delicadas y sublimes de la felicidad».

Negociaciones de paz en Colombia: enemigo ubicuo

Por Decio Machado / Director Fundación Nómada

La llegada de Gustavo Petro al Palacio de Nariño ha permitido reactivar -casi cinco años después de su suspensión- el diálogo político entre el gobierno colombiano y el Ejército de Liberal Nacional (ELN), la última guerrilla ofialmente en armas en el país, en busca de un acuerdo de paz.

Apenas dos meses después de su investidura, el presidente Petro y varios dirigentes del ELN anunciarían que se reanudan los diálogos de paz entre el Estado colombiano y el grupo insurgente. Así las cosas y mientras Antonio García, primer comandante del ELN, manifestaba su optimismo declando públicamente que “la confianza que tenemos ahora es que hay un viraje en la política de paz”; Danilo Rueda, alto comisionado para la paz, optaba por posiciones más pragmáticas: “partimos de lo ya existente, de lo ya pactado, no nos estamos inventando nada”.

Antededentes inmediatos

El proceso de diálogo entre el Ejecutivo colombiano y el ELN tuvo extraoficialmente su arranque en marzo del 2016 en Caracas, auspiciado por el entonces presidente Juan Manuel Santos, haciéndose público y oficial a partir de enero del siguiente año en Ecuador con Noruega como país garante, sumándose posteriormente Cuba y Venezuela. Santos buscaba tras los acuerdos de paz firmados con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP) el 24 de noviembre de 2016, proseguir un proceso similar con el ELN que tuviera frutos antes de agosto de 2018, fecha de finalización de su mandato.

Sin embargo y pese al antecedente con las FARC, el proceso de negociación con los elenos fue más lento de lo que se esperaba y terminaría siendo heredado por el gobierno de Iván Duque, pupilo político del gran crítico con estos acuerdos Álvaro Uribe. A los seis meses de gobierno, Duque desconocería los protocolos anteriormente firmados por el gobierno de Colombia con el ELN y países garantes, quedando suspendidas dichas negociaciones tras la explosión de un carro bomba en las instalaciones de la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional en Bogotá.

Vuelta a las negociaciones

El proceso actual, en realidad significa para el ELN su tercera apuesta por llegar a un acuerdo que permita su desmovilización militar. Más allá del episodio ya mencionado, en los años noventa esta guerrilla, agrupada entonces en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar junto a las FARC – EP y el Ejército Popular de Liberación (EPL), intentaron de forma fallida llegar a un acuerdo con el gobierno de César Gaviria. Posteriormente, aunque ya en la sombra, se mantuvieron diálogos -no negociaciones- con los gobiernos de Ernesto Samper y Andrés Pastrana entre los años 1994 y 2002.

La primera ronda de estas retomadas negociaciones de paz tuvieron lugar en un hotel del Cerro Ávila, en las afueras de Caracas, y cuyas delegaciones de ambas partes fueron encabezadas por Otty Patiño -exguerrillero del M-19 y amigo personal del presidente Petro- y Pablo Beltrán -miembro del Comando Central del ELN- y cuyo nombre real es Israel Ramírez Pineda.

En la agenda inicial están los puntos que ya antaño comenzaron a tratarse: participación de la sociedad en la construcción de paz, democracria para la paz, transformaciones para la paz, víctimas del conflicto, fin del conflicto armado e implementación del posible acuerdo.

En la actualidad además de los actuales países garantes, la Iglesia y las Naciones Unidas, se le ha extendido la invitación a sumarse a dicho proceso a Brasil, Chile y México y se les ha abierto la puerta abierta también a otros países europeos e incluso a los Estados Unidos. Todo ello en un contexto en el cual el peso de las izquierdas en los gobiernos latinoamericanos ha crecido notablemente en los últimos años, a la par que  los demócratas recuperaron la Casa Blanca.

El fin de esta primera fase de negociaciones tuvo lugar el pasado 12 de diciembre, con una declaración conjunta donde se reconocen cuatro acuerdos iniciales: acuerdo parcial sobre “acciones y dinámicas humanitarias” aplicables a partir de enero del próximo año en Bajo Calima -Departamento del Valle del Cauca- y Medio San Juan -en el Chocó-; un plan de “atención de emergencia humanitaria a un grupo del presos políticos” elenos recluídos en diferentes cárceles del país; y, la liberación paulatina de secuestrados -suman ya una veintena desde la llegada de Petro a la Casa Nariño- por parte de la guerrilla.

Apenas una semana después, el ELN anunciaría un “cese al fuego unilateral” durante el período de Navidad y fin de año en territorio colombiano. En paralelo, voceros gubernalmentales pasaban a notificar sobre un “plan de abastecimiento y atención humanitaria” para miles de personas afectadas por el conflicto armado en los departamentos del Choco y Valle del Cauca. Todo ello pese a que la guerrilla e incluso el Ejecutivo desconfían de que pueda darse alguna operación militar durante dicho período que desembocara en una escala militar del conflicto.

Respecto a los militares cabe señalar que su participación en el proceso se da de la siguiente manera: cuatro militares activos tiene el estatus de observadores de la negociación y dos militares retirados forman parte del equipo de negociación. La estrategia petrista parte de la premisa de que el rol de los cuadros militares en la negociación auspiciada por Juan Manuel Santos con las FARC – EP fue fundamental, pese a las tensiones internas que se originaron en la institución militar, al momento de alcanzar acuerdos definitivos. Tras la primera fase de negociación entre gobierno y elenos, se evidencia que existen fuertes tensiones en las filas militares y que estas, al igual que antes, es fundamental que sean controladas por el Ministerio de Defensa y la institucionalidad en su conjunto.

Ambas partes negociadoras, optimistas respecto a la evolución del proceso, volverán a sentarse -en esta ocasión en territorio mexicano- a partir de enero para arrancar con la segunda ronda de negociaciones. Pendiente queda al respecto, la invitación hecha por los equipos negociadores y avalada por los países garantes para que Estados Unidos se una al proceso de paz. Hasta el momento desde Washington se ha guardado silencio, pese a que fuentes extraoficiales indican que la administración Biden tiene “mucho interés” y espera un mayor avance en las negociaciones antes de anunciar su respaldo al respecto.

Sin duda el rol de Estados Unidos en estas negociaciones es importante, dado que existen varios expedientes judiciales abiertos por la justicia de dicho país contra miembros de la guerrilla a los que se les vincula a redes internacionales de narcotráfico.

Paz Total

El nuevo gobierno colombiano recibió el país en una situación crítica y de fortalecimiento de los grupos armados a nivel nacional. Es por ello que más allá de estas negociaciones, Gustavo Petro es consciente que para llegar al objetivo de la anunciada “Paz Total”, su administración debe sentarse también con los grupos rebeldes disidentes del acuerdo con las FARC – EP e incluso con otros grupos armados que operan en el país disputandose el control de la producción y el tráfico de cocaína.

Como respuesta a esta invitación gubernamental al diálogo y a la negociación, cerca de veintidos grupos de diversa capacidad militar manifiestan interés en acogerse a esta medida -entre ellos el Estado Mayor Central, La Segunda Marquetalia e incluso el Clan del Golfo- y respecto a lo cual la administración Petro recientemente anunció el cese multilateral al fuego con cerca de una decena de ellos.

En resumen, la apuesta petrista por la “Paz Total” pasa por tres riesgos donde se combinan asuntos de carácter territorial, socioeconómico y de derechos humanos: en primer lugar y más allá de las disputas entre grupos armados y el Estado, las disputas territoriales entre distintos grupos armadas por el control de determinadas zonas revela la necesidad de establecer estrategias complementarias aun no visibles por parte del gobierno; en segundo lugar, las medidas implementadas para reducir los asesinados de líderes y lideresas sociales en las zonas de conflicto hasta el momento siguen sin mostrar efectividad; y por último, los territorios donde se implementan los acuerdos de paz y los municipios afectados deben gozar de oportunidades y alternativas para su desarrollo que hasta ahora no se operativizan.

Sin embargo y más allá de lo anterior, el principal reto que deberá afrontar el gobierno de Petro es el político, y la utilización de la violencia como mecanismo de desestabilización social en el país durante su mandato por parte de fuerzas y sensibilidades políticas ultraconservadoras.