Andreas Malm: “El distanciamiento social no amenaza de muerte a ninguna fracción de la clase capitalista, pasar a cero emisiones sí”

Investigador experto en crisis climática, escritor y activista, Andreas Malm cree tan poco en la respuesta de los gobiernos a la emergencia global que plantea la necesidad de acabar con el gran capital fósil mediante un movimiento social que presione desde abajo a los Estados usando la desobediencia civil e incluso el sabotaje. Dos de sus obras acaban de llegar al mercado de libros en castellano.

por Pablo Rivas

Se puede ser profesor de Ecología Humana de la Universidad de Lund (Suecia) y una de las voces expertas más relevantes a nivel internacional sobre crisis climática, por un lado, y escribir un libro titulado Cómo dinamitar un oleoducto —de próxima publicación por Errata Naturae—, así como formar parte del grupo Klimax, partidario de la desobediencia civil y el sabotaje, por otro. De hecho, Andreas Malm (Fässberg, Suecia, 1977) plantea la necesidad de que los Estados se preparen ya para “derribar” corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell o Total para frenar la debacle climática.

Escéptico con los gobiernos del mundo respecto a la respuesta ante esta emergencia pero ferviente creyente en un movimiento popular que, desde abajo y lejos de los Estados, obligue a estos a actuar de forma contundente contra la mayor crisis de la humanidad y del planeta desde la última glaciación, dos de sus libros acaban de llegar al mercado en castellano. En su último trabajo, El murciélago y el capital: coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020), profundiza en los orígenes de la pandemia de covid-19, sus causas y sus consecuencias desde un punto de vista económico y medioambiental. Además, Capitán Swing acaba de editar Capital Fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global, un volumen publicado en 2017 que Naomi Klein calificó como “la historia definitiva sobre cómo nuestro sistema económico creo la crisis climática”.

Equiparas un mundo en permanente pandemia de covid-19 con el que resultaría de una “vuelta a la normalidad” pero en un planeta con un cambio climático desbocado. ¿Hay salida?
Hay una salida: podemos nacionalizar todas las empresas de combustibles fósiles y ordenarlas que dejen de producirlos y, en lugar de poner CO2 en la atmósfera, volver a enterrarlo. Y, por supuesto, ordenar a todas las empresas de combustibles fósiles que ya son propiedad de los Estados que hagan lo mismo. Y cambiar toda la economía mundial de esa base energética a la energía solar y eólica. También revertir la deforestación, dejar que las selvas tropicales vuelvan a crecer sobre los pastos de ganado y las plantaciones de soja y regenerar franjas de territorios desde Australia hasta Alabama. Hay una salida; la ruta es bastante conocida. Solo algunos intereses muy poderosos bloquean el camino. Ahí es donde debe emprenderse la lucha.

Llamaron locos a quienes plantearon medidas drásticas para frenar la emergencia climática pero cuando se tomaron al llegar el covid-19 nadie vio ninguna locura. ¿Una economía de guerra para fabricar paneles solares y aerogeneradores a ritmo de bombarderos en la II Guerra Mundial es posible?Por supuesto, no hay nada técnicamente inviable al respecto. De hecho, esta pandemia ha demostrado que los Estados conservan la capacidad de interrumpir los negocios, simplemente ordenando el cierre de las empresas, y cambiar los esfuerzos productivos hacia el único objetivo de supervivencia. Claramente podrían hacer lo mismo en el frente climático. Nunca más deberíamos creer la mentira de que sería demasiado incómodo, demasiado perturbador y desagradable hacer la transición de los combustibles fósiles. En ese sentido, la pandemia le ha dado al movimiento climático algo de munición propagandística. Solo necesitamos usarlo de manera efectiva.

La mayoría de los gobiernos se ha tomado la lucha contra el covid-19 como una guerra, movilizado ingentes recursos económicos e incluso paralizando su actividad económica. Sin embargo, ningún ejecutivo se ha tomado igual una amenaza del calibre de la crisis climática. ¿Hay respuesta a la pregunta de por qué a los gobiernos del mundo no les tembló la mano para paralizar la economía con el covid-19 y, sin embargo, ni se plantea algo así frente a la amenaza global del cambio climático?
Esta es una pregunta compleja que debe responderse en varios niveles, si es que puede responderse satisfactoriamente. Es algo que no deja de desconcertarme. Primero, y quizás lo más obvio, es que las medidas tomadas para combatir el covid-19 se han anunciado como temporales. Nadie está hablando de un cambio permanente en nuestra forma de vida: es una pausa, una interrupción desafortunada, y volveremos a la normalidad tan pronto como podamos. Un alejamiento de los combustibles fósiles sería permanente. Marcaría una transición que nunca se revertirá: no vamos a dejar de quemar combustibles fósiles para salvar el clima de un colapso total y luego reiniciar unos meses o años después. Las medidas que están ahora en vigor se pueden vender a todo el mundo, incluido al capital, como un precio alto que debe pagarse solo por un corto período.

Por otro lado, una transición ecológica y un alejamiento de los combustibles fósiles no tendrían que incluir nada parecido a los inconvenientes extremos de un encierro: no aislaría a las personas en sus hogares, no prohibiría las multitudes o las pequeñas reuniones, no desconectaría la vida cultural, no destrozaría prácticamente todas las interacciones humanas. Estos aspectos cuasi totalitarios de un confinamiento no servirían para un cambio de la energía fósil a la renovable. En este sentido, debería ser mucho más fácil para los gobiernos implementar un programa de acción de emergencia climática. Incluso podría mejorar la vida de las personas, no sería necesario convertirla en tantas pesadillas solitarias. En última instancia, la diferencia parece reducirse a los intereses de clase. Abandonar los combustibles fósiles significa liquidar todo un departamento de acumulación de capital, lo que se conoce como la industria de los combustibles fósiles.

La razón por la que no se toman estas medidas tiene menos que ver con las molestias que causarían a la gente común como con la extraordinaria cantidad de poder concentrado en esta industria. El distanciamiento social y restricciones similares no amenazan a ninguna fracción de la clase capitalista con una sentencia de muerte, pasar a cero emisiones sí.

Asimismo, el contraste se evapora cuando se considera que los Estados de todo el mundo también han intentado, aunque mal, proteger a los ciudadanos de los eventos climáticos extremos recientemente. Han enviado a los bomberos a las llamas y han evacuado a las poblaciones en peligro por los huracanes. Combatir los síntomas es algo que los Estados pueden hacer —ya sea de manera pobre o eficiente—, tanto en lo que respecta al clima como al coronavirus. Pero en ninguno de los campos parecen capaces de perseguir las causas. Se ha dejado que los impulsores de las pandemias se aceleren en 2020 tanto como los del calentamiento global: lo más importante es que la deforestación se está acelerando este año como nunca antes. La devastación del Amazonas central alcanzó un nuevo pico el verano pasado, y el Gobierno indonesio acaba de abrir sus selvas tropicales a inversionistas extranjeros para una tala ilimitada.

No existe una receta más segura para más pandemias que la deforestación; en esto, la ciencia es unánime. Es mediante la tala de bosques, y los bosques tropicales en particular, que los patógenos entran en contacto con poblaciones humanas como el SARS-CoV-2, transportado por murciélagos, cuyos bosques han sido arrasados ​​en los últimos años, particularmente en el sureste Asia, lo que los obliga a viajar con sus virus a algún otro lugar, donde se topan con humanos. Y, sin embargo, en lo más profundo de la segunda ola de la pandemia del covid-19, todavía no hemos visto una sola iniciativa en ningún lugar del mundo para frenar la destrucción de los bosques tropicales. En cambio, la tendencia es una aceleración. Visto desde este ángulo, los Estados han abordado el problema de la pandemia tan irracionalmente como lo han hecho con el clima: echando más leña al fuego, más rápido.

La del covid fue una crisis casi repentina. El cambio climático, aunque se acelera y tiene consecuencias devastadoras que aparecen de repente, lleva décadas fraguándose y es gradual. ¿Cómo se convence a la humanidad para actuar rápido ante un problema que, si bien ya está aquí, apenas notamos en el día a día?
No creo que sea el caso de que apenas lo notemos en el día a día. En todo el mundo, la experiencia de un clima cambiante se está volviendo omnipresente. Esto es particularmente cierto en gran parte del sur global, donde las personas son azotadas por un huracán, un tifón, una sequía, una inundación, una invasión de langostas y una ola de calor extrema tras otra, ¡ciertamente lo notan! Y los acontecimientos recientes en los Estados Unidos también forman un conjunto de experiencias lo suficientemente ricas para una declaración nacional de emergencia climática.

Creo que este problema es, al menos, tan sorprendente a simple vista como el microorganismo invisible llamado SARS-CoV-2. Los Estados podrían darle el estatus oficial de una amenaza existencial y combatirla por todos los medios necesarios; no hay nada en la naturaleza perceptiva del problema climático que se interponga en el camino. Se trata de política, no de notoriedad. Eso también se aplica a las personas, muy numerosas en los Estados Unidos, que reaccionan a cada evento climático extremo negando el cambio climático en un tono aún más alto. Tal negación no tiene su origen en la dificultad de percibir los impactos climáticos, sino en los intereses, privilegios e identidades que se basan en los combustibles fósiles y las tecnologías que impulsan.

Convencer a la humanidad de actuar es el arte de decir: todos sabemos que el peligro está aquí; podemos ver que nuestra casa está en llamas; ahora vamos a empezar a correr y a dejar atrás los combustibles fósiles lo más rápido que podamos. Creo que las mayorías en muchos países se sumarían a ese mensaje al menos con la misma facilidad con la que han aceptado las restricciones del covid-19. Pero requeriría estar preparado para enfrentar los poderes que prosperan y defienden los combustibles fósiles. Exigiría que los Estados se preparen para derribar corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell y Total y poner fin a sus operaciones por completo.

La lucha contra el covid-19 encaja en una ideología que hoy mueve el mundo: el nacionalismo. La lucha contra la emergencia climática solo puede funcionar mediante el multilateralismo. ¿Eres optimista al respecto?¿O solo actuarán las naciones cuando sus puertos estén anegados y sus reservas de agua por los suelos?
¡Hay pocas razones para ser optimistas sobre naciones y Estados! Nada indica que lanzarán reducciones radicales de emisiones, incluso si sufren consecuencias inmediatas como las que mencionas. Por ejemplo, Australia, que experimentó una catástrofe infernal de incendios forestales que terminó hace menos de un año, ¿ha llevado a la nación a eliminar gradualmente la producción de carbón? Al contrario: esa industria todavía se está expandiendo en el país que se incendió debido a la combustión de carbón y otros combustibles fósiles. Así que no hay razón para creer que las naciones entrarán en acción automáticamente cuando sus propios territorios sean quemados por el calor. El único actor que puede obligarlos a hacer lo necesario es un movimiento popular, ejerciendo presión desde abajo, desde fuera del Estado. Vimos los contornos de tal escenario en 2019, cuando el movimiento climático alcanzó su punto más alto de fuerza masiva hasta ahora y llevó el tema a la cima de la agenda política. Desafortunadamente, nuestro movimiento prácticamente ha desaparecido durante la pandemia. Debe ser revivido con urgencia, ya que es la única fuente de esperanza de que podamos hacer progresos en el clima antes de que sea demasiado tarde.

Para las organizaciones que conforman el movimiento por el clima, el enemigo es claro: el poderoso capital fósil. ¿No deja de ser una paradoja que el peor enemigo de la humanidad ahora mismo sea un grupo dentro de la propia humanidad?
No realmente: los peores enemigos de la humanidad siempre han sido algunos humanos, no extraterrestres u otras especies o, de hecho, la humanidad en su conjunto. Piensa en los nazis. O los amos de esclavos. O cualquier otro autor de crímenes épicos contra la humanidad. Las catástrofes inducidas por humanos tienden a ser causadas por algunos humanos en contra de otros: esta es la regla histórica más que la excepción.

La crisis climática atacará primero a los que menos tienen. El covid-19, sin embargo, se ha centrado en las naciones más ricas. ¿Los gobiernos con más recursos solo actúan si el peligro es para los de arriba?
Sí, creo que una parte de la explicación de las medidas dramáticas emprendidas para combatir el covid-19 es que este se ha cebado, y continúa cebándose, con las partes más prósperas del norte global. Este tipo de miseria suele estar reservado para el sur y los pobres, se puede permitir que se infecten. Esa ha sido durante mucho tiempo la lógica de la pasividad frente a la crisis climática. Pero esta explicación también se ve tensionada por la circunstancia de que los impactos climáticos ahora descienden regularmente sobre los países ricos, en particular los Estados Unidos o Australia, sin que se tome ninguna acción correspondiente.

Seis nombres son comunes a las listas de las diez naciones que más gases de efecto invernadero producen y los diez países con más muertes por covid-19. ¿Ironía del destino?
Sí, pero creo que esto ha cambiado a lo largo del año. Desde que escribí mi libro en abril, en la lista de los siete países con más muertes por covid-19, ahora, a fines de noviembre, encontramos a Brasil, India, México e Irán, que no se encuentran entre los principales emisores. Así que, al parecer, la ironía estaba ahí solo en la fase inicial de la pandemia.

Incendios en Australia y California, plagas en África… Dices que “ningún jinete del apocalipsis cabalga solo y las plagas no se presentan en singular”. ¿El siglo XXI será el siglo de las plagas y las anomalías climáticas?
Aparentemente, ¡pero no se detiene ahí! La crisis ecológica comprende todo un conjunto de bombas de tiempo esperando a estallar. Colapso de insectos, agotamiento del suelo, desechos plásticos, contaminación del aire… Todas estas cosas y mucho más eventualmente volverán, a menos que se aborden de inmediato, enérgicamente y de manera integral y sin respeto por los intereses de la clase capitalista. En otras palabras: el siglo XXI será el de una emergencia crónica, de un desastre tras otro derivado de cómo la economía capitalista domina y destruye la naturaleza. Pero no tiene por qué ser así. Todavía hay tiempo para dar la vuelta, pero debido a que hemos esperado tanto y debido a que ya se ha hecho tanto daño, el cambio tendrá que ser casi revolucionario en alcance y escala. Y cuanto más esperemos, más drástico todavía tendrá que ser.

Nick Buxton: “Hay una industria de la vigilancia que ve la pandemia como una oportunidad para vender y probar nuevas tecnologías”

El activista y experto en comunicación del Transnational Institute, Nick Buxton, dibuja una batalla abierta por esta nueva crisis donde se necesitan soluciones, respuestas y políticas que muestren que un mundo alternativo es posible.

por Yago Álvarez Barba

Aprovechar las crisis para imponer nuevas políticas que antes despertarían recelo en la población. Impulsar medidas neoliberales como soluciones a los problemas que esas mismas políticas han creado. Fingir que cambian cosas para que nada cambie. La crisis del covid-19 es nueva, pero los movimientos geoplíticos y corporativos son muy parecidos a los de siempre. Así ve Nick Buxton gran parte de los acontecimientos políticos y económicos que rodean la pandemia, así como unas elecciones entre Trump y Biden en las que, según él, “las élites y los poderes militares estadounidenses están felices con cualquiera de los dos candidatos”.

Buxton es experto en comuncación y activista en temas de política fronteriza, cambio climático, militarismo y justicia económica. Es editor del informe anual Estado del poderpublicado por el Transnational Institute (TNI) y ha participado recientemente en un informe en el que detallan diez propuestas para financiar la salida de la crisis. Aunque nació en el Reino Unido y vivido en Bolivia, Pakistan y la India, responde a El Salto desde su actual residencia en California.

Pasamos de un negacionista de la crisis climática como Trump a un perfil continuista del Partido Democrática como Joe Biden. ¿Qué futuro tiene la política medioambiental estadounidense? ¿Crees que veremos un cambio de rumbo?
En términos de debate político y de conciencia pública, ha habido un cambio profundo. En todos los debates presidenciales de 2016, solo cinco minutos y 27 segundos fueron empleados en hablar del cambio climático y los compromisos en la Plataforma Demócrata fueron difusos y limitados. En cambio, a pesar del negacionismo de Trump, el tema este año fue mucho más central en todos los debates presidenciales y el programa del Partido Demócrata es más detallado y ambicioso. Hay solamente una razón que ha promovido ese cambio, los esfuerzos de los activistas -los jóvenes, estudiantes, movimientos como el Sunrise movement- que han exigido acción concreta sobre la crisis climática y han avanzado la demanda por un Green New Deal. Muchos de los movimientos apoyaron la candidatura de Bernie Sanders en las primarias presidenciales y cuando perdió, empujo un proceso donde había comités formado por funcionarios de Biden y Sanders que forzaron a Biden a aceptar un plan mucho más ambicioso sobre el cambio climático.

Sin embargo, una cosa es la postura y las promesas y otra es la realidad y lo que podemos esperar en términos de legislación y decretos. El poder de la industria petrolera sigue siendo muy fuerte dentro del Partido Demócrata y será muy difícil de superar. Siguen donando a campañas de muchos congresistas y senadores demócratas, están siempre en los pasillos de poder haciendo lobby y gastando millones de dólares en campañas para lavar su imagen y atacar cualquier propuesta que realmente amenace su poder. Van a hacer todo lo posible para promover propuestas falsas y débiles en los próximos años. Durante la transición, ya se ven señales de que están imponiendo su poder. Esta semana pasada, por ejemplo, Biden nombró al congresista Cedric Richmond para ser el intermediario con empresas y activistas en referencia a la agenda de cambio climático. Richmond tiene una larga y pésima historia como oposición a varias iniciativas legislativas sobre el medio ambiente. De hecho, él mismo también ha recibido 341.000 dólares de donaciones en los últimos diez años de la industria petrolera.

La realidad es que la candidatura de Biden es un intento de volver a un mítico pasado neoliberal donde ambos partidos colaboraban, donde había más en común que separación y donde había un consenso a favor de los intereses de las corporaciones. La esperanza, en esta ocasión, es que los movimientos ambientalistas son mucho más fuertes y mucho más  determinados a poner justicia social y racial en el centro de sus demandas. Estos movimientos no van a aceptar medidas diluidas o neoliberales y van a empujar una agenda radical y ambiciosa.

La era Trump también ha constituido un repliegue de la globalización con algunas medidas proteccionistas que han favorecido a las grandes empresas estadounidenses y atacado directamente al país que compite por ser el poder hegemónico, China. ¿Crees que cambiará algo al respecto con este nuevo presidente?
La verdad es que no creo que mucho cambie con Biden en este sentido, salvo la retórica. Biden habla de cooperación y no va a empezar batallas en Twitter, pero seguirá con una política para avanzar en los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos. En términos de comercio, Biden ya ha dicho que no quiere lanzar nuevos acuerdos de libre comercio en el futuro cercano y quiere priorizar la industria doméstica, una política muy próxima a la de Trump.

Y en referencia a China, Biden habla del país como un competidor estratégico y no un enemigo como lo pinta Trump, pero ambos están muy preocupados por su crecimiento, que es una preocupación del Pentágono desde hace unos años. Fue durante la presidencia de Obama, donde EE UU empezó ‘el pivote hacia Asia’, cuando las fuerzas armadas empezaron a desviar recursos y atención del Medio Oriente hacia Asia. Sabemos que, al final, las élites y los poderes militares estadounidenses están felices con cualquiera de los dos candidatos. Hay una cierta antipatía hacia Trump por su retórica belicosa y sus instintos unilaterales, pero al mismo tiempo están muy satisfechos porque detrás de su retórica, Trump subió los presupuestos militares a su más alto nivel y bajo los impuestos para las transnacionales al más bajo. Y con Biden, tienen un líder centrista que quiere volver a un orden neoliberal e imperialista detrás de una retórica más bella, por lo que no tienen nada que perder.

Medios de comunicación sacan noticias alarmistas sobre “inmigrantes con covid”… ¿Será la pandemia una nueva excusa para reforzar la militarización de las fronteras de los países del norte?
Por supuesto que sí. Los poderes militarizados siempre buscan amenazas y riesgos para generar el miedo y avanzar en los procesos de militarización. Ya hemos visto la clausura de fronteras por razones de la pandemia. Casi 40% de los países cerraron sus fronteras completamente por un periodo de tiempo. Aunque haya una razón de salud, el problema es que se normaliza y que algunos países están aprovechando para rechazar y repudiar refugiados que están buscando asilo. Italia, por ejemplo, aprovechó la pandemia para mantener en sus puertos varias embarcaciones de rescate humanitario para migrantes que cruzan el Mediterráneo. En los Estados Unidos, Trump aprovechó la pandemia para impedir la entrada y deportar a cualquier persona sin documentos que llegaban a las fronteras y han desplegado más fuerzas armadas en su frontera. En Malasia, el Gobierno realizó redadas en Kuala Lumpur para detener refugiados.

¿Qué papel juega el poder corporativo aquí?
Más allá de los impactos inmediatos, hay toda una industria de monitoreo y vigilancia que ve la pandemia como una oportunidad para vender y probar nuevas tecnologías que quieren desplegar en las fronteras. La Agencia de Aduana y Protección de las Fronteras de los Estados Unidos, por ejemplo, está aprovechando para impulsar sus sistemas biométricos y sus escáneres de caras con la excusa de que es más higiénico que los antiguos sistemas dactilares. La industria digital está desdibujando, cada vez más, las categorías de seguridad entre los usos militares y civiles, y entre los usos medicinales y de vigilancia policial. Es muy importante estar alerta y no permitir cambios temporales justificados por la salud que podrían volverse permanentes, con consecuencias graves para nuestros derechos humanos.

Y en cuanto al control de la población por parte de los gobiernos en los países del norte, ¿qué crees que puede cambiar con esta nueva crisis?
Esto dependerá mucho de nosotros. Tras el 11 de septiembre, el aumento de vigilancia, la militarización de la sociedad, la persecución y la limitación de la movilización de los movimientos sociales se volvieron permanente con consecuencias que sufrimos todavía hoy, que no hemos recuperado. Estamos en un mundo de securitización mucho más fuerte que antes del 11 de septiembre. La única victoria, tal vez, fue el movimiento contra la guerra, que por lo menos disminuyó e impidió más guerras lanzadas por los Estados Unidos, pero perdimos mucho espacio doméstico y permitimos un aumento de las restricciones y la persecución de minorías, como sufre la comunidad musulmana en muchos países. En el caso de la crisis económica de 2008, tardamos un poco en responder pero hubo fuertes reacciones y levantamientos populares, especialmente en España con los indignados, y por lo menos pudimos cambiar el debate para que esta vez no sea tan fácil para las elites volver a imponer una política de austeridad. Por lo que hay que aprender de estas experiencias, aprender de los errores y, en esta ocasión, aprovechar para que nuestras ideas, soluciones y propuestas avancen, además de no permitir que la crisis lleve a una normalización de las políticas de control. En vez de eso, debemos demandar una sociedad digna, justa, solidaria y en equilibrio con nuestros ecosistemas.

En la anterior crisis podíamos señalar a culpables, al sector financiero. En esta nueva crisis, parece que el virus está sirviendo de excusa para que no se señale a nadie como culpable. ¿Está fallando la izquierda a la hora de comunicar y señalar las causas de la crisis? ¿y la prensa?
Es cierto que las causas son más complejas, pero al mismo tiempo las soluciones son más obvias y no son soluciones militarizadas y neoliberales. Todo el presupuesto militar no sirve para nada contra un virus fatal que hasta hoy ha matado a 1.358.411 personas, mucho más que cualquier ataque terrorista en los que, para combatirlos, gastamos miles de millones de dólares. Y la política neoliberal y el libre mercado no sirve para abastecer las necesidades de salud, como los medicamentos, los hospitales, el equipamiento médico, el apoyo financiero en casos de desempleo, etc. Necesitan respuestas y políticas públicas y comunitarias, basadas en la idea de proteger a los más vulnerables. Y sabiendo que estamos frente a múltiples crisis, especialmente la crisis climática que nos plantea riesgos peores que la pandemia actual, tenemos que exigir lo mismo: respuestas públicas y solidarias. La autora Arundhati Roy ha hablado de la pandemia como un portal en cual podemos elegir cómo queremos cruzar: con nuestros prejuicios, odio, avaricia e ideas muertas o sin equipaje, ligeros, listos para imaginar otro mundo y luchar para alcanzarlo. Podemos también pensar en ello como un portal que no va a estar abierto por mucho tiempo. Tenemos que aprovechar la crisis para normalizar las políticas que salieron de la emergencia y que queremos mantener. También debemos aprovechar este periodo antes de que finalice la pandemia para movilizar y rechazar los intentos de volver a las antiguas políticas, exigiendo que queremos salir de esta crisis global con políticas diferentes, emancipatorias y justas.

En un mundo de evasión y libre movimiento de capitales, de paraísos fiscales y de una economía cada vez más financiarizada y menos real, ¿cómo podemos financiar la salida de esta nueva crisis?
Sabemos que hay dinero, solamente que está en las manos equivocadas. Hicimos una investigación recientemente en el Transnational Institute (TNI) que mostró que solamente diez propuestas podrían recaudar 9,4 billones de dólares al año en todo el mundo. Lo suficiente para pagar los costes de la pandemia, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, una transición climática justa y reparaciones por la esclavitud a los países del Sur. Esto es en lo que la izquierda tiene que avanzar ahora mismo. Son las soluciones, las respuestas, las políticas que muestran que un mundo alternativo es posible y solamente necesitas voluntad política para implementarlo. Como ya ocurrió en otras ocasiones, este camino necesitará una nueva oleada de protestas callejeras para hacer presión política para que se conviertan en realidad.

Es hora de poner a la economía internacional en su lugar

Por Alberto Acosta

“No podemos esperar a que gente como yo crezca
y seamos los que estemos a cargo de todo;
hay que actuar ahora”.
(Greta Thunberg, activista)

El pueblo de Suiza votará este domingo a favor o en contra de que las multinacionales con sede en el país europeo cumplan con estándares sociales y ambientales más altos. El articulista Alberto Acosta considera que un sí en la Consulta Popular es una obligación histórica de l@s ciudadan@s que viven en sociedades privilegiadas, cuyo bienestar se sostiene en gran medida gracias a que están sofocando la vida de seres humanos y de la naturaleza de otras regiones del planeta.

Brasil, enero de 2019: se rompe un dique con aguas tóxicas de la mina Córrego de Feijão, una de las mayores minas de hierro del mundo. Resultado: más de 250 muertos, destrucción de decenas de casas y del medio ambiente. No fue un simple accidente sino una violación inocultable de los derechos humanos y de los de la naturaleza. Cuando se da paso a tales proyectos sin incorporar el principio precautorio ni tomar las previsiones del caso, se asumen también estos riesgos.

Y, como siempre, la lista de responsables directos es larga. En primer lugar, la minera brasileña Vale, la mayor productora y exportadora mundial de hierro, que ya fue condenada judicialmente a pagar los daños que provocó esa rotura y que carga con otro crimen socioambiental similar en Samarco Mineração sucedido hace cinco años. Lo grave es que hay empresas, con frecuencia del norte global, que cargan con una gran culpa de lo sucedido, pero que no asumen responsabilidad alguna. Este es el caso de la empresa alemana TÜV Süd, que meses antes de la ruptura certificó a Córrego de Feijão como segura. Aunque la empresa con sede en Múnich, Alemania, fue acusada a principios de este año, aún no se ha llevado a cabo ningún procedimiento judicial.

Este caso no es único. Hay empresas que administran proyectos tremendamente destructores del ambiente y con gravísimas afectaciones sociales. Aquí podemos citar el caso emblemático de la Chevron-Texaco en Ecuador, causante de destrozos a las comunidades indígenas y de colonos, así como a la naturaleza. Es un caso muy conocido incluso por la sistemática y agresiva negativa de la empresa para asumir sus responsabilidades. Otro caso actual vincula a la empresa suiza Glencore, que administra -como parte de un consorcio internacional- la explotación de carbón en El Cerrejón, una de las minas a cielo abierto más grande del planeta y causante de gravísimos daños a humanos y no humanos, contaminando en particular el río Ranchería en Colombia. Cabe recordar que Glencore tiene una pésima reputación por varias de sus actividades mineras en América Latina y en África.

“Yo simpatizo (…) con aquellos quienes minimizarían
-antes que con quienes maximizarían- el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes, esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales”
(John Maynard Keynes, economista británico 1883-1946)

La lista de situaciones similares es larga y hasta involucra a muchas instancias del mundo financiero. De hecho, no extraña encontrar en ese listado a bancos y organismos multilaterales de crédito asociados directa o indirectamente a una multitud de compañías extranjeras -muchas transnacionales- que participan activamente en la danza de los créditos, en gigantescos proyectos extractivistas, vendiendo incluso tecnologías obsoletas. Hay casos paradigmáticos de empresas internacionales que propician cualquier locura con tal de negociar sus productos, dejando con pesadas deudas externas a los países “beneficiarios”.

Un ejemplo es la construcción de una planta termonuclear en Filipinas. Fue construida en los años 70, pero en una zona de terremotos y además cerca de un volcán. La central nuclear, con un costo de 2.500 millones de dólares y que desde hace tiempo se está agrietando y desmoronando, todavía no ha alimentado ni una sola bombilla… Y no podemos olvidar los enormes negocios que aprovechan situaciones aberrantes, como el empleo de trabajo esclavo y trabajo infantil en países del sur global, o el masivo consumo de agroquímicos o incluso tóxicos, prohibidos además de organismos genéticamente modificados que de una u otra manera son nocivos para toda forma de vida.

Aquí cabe incluir a la explotación mineral y petrolera, tremendamente destructora del ambiente y de comunidades, así como los incendios en la Amazonía, originados en la demanda de los países del norte global que se siguen enriqueciendo y sosteniendo su bienestar a costa de la miseria del sur.

Uno de los pocos sobrevivientes de un bosque primario: por la siembra de monocultivos de la Palma Africana en la Reserva Indio Maíz en el sur de Nicaragua se deforestaron miles de hectáreas de selva, año 2013. El aceite de la Palma Africana es el ingrediente de un sin número de comida procesada. – FOTO: Alejandro Ramírez AndersonEn plena era del capital globalizado debería ser indiscutible la corresponsabilidad de los comerciantes, los acreedores, los constructores y los administradores y accionistas de estos grandes consorcios; más aún, si muchas de esas actividades están acompañadas con frecuencia por la corrupción y por violencias múltiples. Sin embargo, en la práctica, no hay instancias donde se puedan presentar los correspondientes reclamos. Es más, aquí hasta la participación de los paraísos fiscales contribuye a mantener en el anonimato y la impunidad a capitales asociados a la destrucción de la vida humana y de la naturaleza.

Es hora de poner a las relaciones económicas internacionales en su lugar, es decir: redimensionar dichas relaciones, dar prioridad a la satisfacción de las necesidades básicas de las comunidades y sociedades -tanto a nivel nacional como local- y sólo en ciertos casos, por ejemplo, para fortalecer la autonomía regional, permitir la importación de productos como alimentos o medicinas de países cercanos. Como dijo el economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) a principios de los años 1930: “Yo simpatizo (…) con aquellos quienes minimizarían -antes que con quienes maximizarían- el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes, esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales. Pero dejen que los bienes sean producidos localmente siempre y cuando sea razonable y convenientemente posible y, sobre todo, dejemos que las finanzas sean primordialmente nacionales”.

En vista de los acontecimientos de los últimos meses y el creciente número de pandemias -Covid19 es sólo una de las muchas causadas por el capitalismo- es esencial repensar las relaciones económicas mundiales. La economía debe subordinarse tanto a los mandatos del planeta como a las necesidades de las sociedades humanas como parte de la naturaleza. Y si el objetivo es dejar atrás la explotación de la naturaleza para acumular capital, entonces esto se aplica aún más a la explotación de las personas.

Responsabilidad del norte global 

Este desafío requiere un razonamiento socio-ecológico y la capacidad de desmantelar la lógica actual de producción y consumo. Es necesario romper con los mecanismos y engranajes perversos del mercado mundial -sobre todo la especulación- y al mismo tiempo promover el cambio: no es una tarea fácil. Sin embargo, de no acometerla ahora, las pandemias se multiplicarán afectando gravemente incluso a quienes se creen que pueden salir inmunes del diluvio capitalista universal.

En este empeño por repensar la economía global, emerge con fuerza la demanda de un sistema internacional de derechos para humanos y no humanos, que establezca requisitos de debida diligencia ecológica y social a toda organización, sea empresarial o estatal, que participe en el entramado internacional: comercial, financiero, tecnológico; un sistema que, en el marco de las Naciones Unidas, incorpore aquellos tribunales que permitan impugnar cualquier controversia surgida en las relaciones económicas internacionales y en donde se pueda reclamar el cumplimiento de las debidas responsabilidades.

“Los esquemas de responsabilidad adecuados deberán construirse desde cada país, sobre todo desde aquellos que cuentan con una sociedad civil responsable y comprometida con la vigencia de los derechos humanos y de la naturaleza.”

Los actuales Tratados Bilaterales de Inversión, que surgieron de un intento fallido por establecer una suerte de constitución económica global que proteja los derechos de los inversionistas internacionales, lo confirman. El Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) -en inglés Multilateral Agreement on Investment (MAI)- se discutió, a espaldas de la mayoría de estados del planeta, en la segunda mitad de los años noventa del siglo pasado. En pleno auge neoliberal, en el marco de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), se pretendió hacer realidad este marco jurídico supranacional con alcance global.

Las relaciones entre los Estados nacionales y las empresas transnacionales, si se hubiera aprobado el AMI, habrían establecido claros límites a los ámbitos del ejercicio de la democracia, así como a los derechos laborales, a las políticas sociales, a la misma pluralidad cultural planetaria, incluyendo la relación con la Naturaleza. Huelga decir que el AMI no pudo ser aprobado por la resistencia de amplios segmentos sociales en varios países de la propia OCDE, que entendieron con claridad los riesgos que esto implicaba.

A partir de esta realidad, las grandes corporaciones transnacionales y los gobiernos más poderosos comenzaron a idear e instrumentar otros mecanismos de protección supranacional para los inversionistas extranjeros por vías bilaterales. Se trata de sistemas que protegen siempre al más fuerte, es decir, al capital, subordinando a los pueblos y a la naturaleza. Una situación que resulta insostenible, si no queremos que se sigan multiplicando todo tipo de pandemias producidas por la destrucción de las relaciones sociales y ecológicas.

Iniciativas parecidas en Francia y Alemania 

Por más urgente que parezca, esta iniciativa no emergerá desde la actual estructura de poder internacional. Nacionalmente tampoco es fácil, pues las empresas involucradas en diversas relaciones económicas internacionales se escudan perversamente en los potenciales riesgos que correría su competitividad si aceptan aquellas indispensables normas apegadas a los derechos para humanos y no humanos. Por lo que, en estas circunstancias, los esquemas de responsabilidad adecuados deberán construirse desde cada país, sobre todo desde aquellos que cuentan con una sociedad civil responsable y comprometida con la vigencia de los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza.

Suiza es uno de esos países. Cuenta con una economía relativamente pequeña pero con una innegable capacidad influencia transnacional. Y cuenta con una sociedad civil cada vez más comprometida con la Consulta Popular sobre la Iniciativa de Responsabilidad Corporativa –Konzernverantwortungsinitiative-, la cual exige que las empresas con sede en Suiza cumplan también en el extranjero con todos los estándares sociales y ambientales.

Los habitantes del país europeo tienen la oportunidad de sentar un precedente efectivo y así dar impulso a otras iniciativas, como la Ley de Cadena de Suministro –Lieferkettengesetz- en Alemania, una propuesta de ley con la misma impronta; iniciativa que, con algunas limitaciones, ya se cristalizó en Francia en el año 2017. La aceptación de la iniciativa suiza podría ser significativa, incluso en términos económicos. Porque permitiría a Suiza presentarse como un país y con empresas cuyos productos se han fabricado de manera responsable, dentro y fuera, tanto en términos de humanidad como de la madre naturaleza.

Paso a paso, desde todas las esquinas del planeta y desde todos los niveles estratégicos de acción, estamos conminados a cambiar el curso de la historia para que nuestros nietos y nuestras nietas no sean las víctimas de tantas pandemias en curso y tantas más por venir.

El autor es economista y fue presidente de la Asamblea Constituyente en Ecuador en 2008.

Revisión y producción: Vicky Novillo Rameix & Romano Paganini

Web y Redes: María Caridad Villacís & Victoria Jaramillo

Foto principal: Mina de níquel a cielo abierto. En toda América Latina las empresas mineras están avanzando a pasos gigantescos, destruyendo flora, fauna y comunidades locales. Detrás están empresas multinacionales, así también en la mina El Estor, cerca del Lago de Izabal, el este de Guatemala. La Empresa Guatemalteca de Níquel es una subsidiaria de la Solway Investment Group con sede en Zug, Suiza. El níquel se usa, en primera instancia, para prevenir la corrosión en metales y se emplea principalmente en la industria automotriz y de aviación, año 2013. (Alejandro Ramirez Anderson)

Fuente: https://mutantia.ch/es/es-hora-de-poner-a-la-economia-internacional-en-su-lugar/

Déjenme hablar de Walsh

Por David Viñas

Que desplegaba unos ademanes de pastor protestante, certeros, pausados y sin untuosidad. Podría ser un punto de partida. Otro posible arranque: que le entusiasmaba hablar de Emily Dickinson, aunque sin citarla ni alardear de feminista. O que me miraba con unos ojos plácidos, algo descoloridos pero invictos, y que se burlaba –con demasiada frecuencia- de sus antepasados irlandeses, de Manuel Mujica Lainez, con motivo de la bandera paquistaní y de su propia calva. Sería una tercera opción de comienzo.

Pero me hubiera gustado empezar diciendo algo de su obra. De las resonancias joyceanas que flotan entre los “Irlandeses detrás de un gato” cuando alude a la rencorosa lucidez o a las humillaciones cotidianas que viven los pupilos en cualquier internado. Y que en Walsh remiten, a su vez, a la acanallada bruma infantil del Juguete rabioso de Arlt (de Roberto Arlt, estoy hablando).

A lo mejor, fingiéndome arbitrario, hubiera intentado demostrar que “Un oscuro día de justicia” es el cuento más sagaz de la liteartura argentina, mucho más allá de la inobjetable fascinación de Borges o de las sagaces maestrías de Bestiario. Sería una polémica. Quizá, crispada y saludable. Previsiblemente, un fofo tironeo alrededor de jerarquías y galones. O, lo más seguro, el recalado en algún melancólico debate en torno a compromisos, anáforas y otros patriotismos.

Imaginé detenerme, también, en el uso de las palabras en su envidiable “Nota al pie”. En la forma en que Walsh “toma la palabra” y en las pausas que utiliza en su economía, su brusquedad o en su desdén. Hasta lograr que un texto de la aventura resulte, al mismo tiempo, aventura del texto. ¿De qué se trata? Intentando mirar de muy cerca: de una cuestión de ajuste de ranuras acentos o bisagras; una carpintería con algo más de minuciosa épica de vértigos y detalles. Porque cierto adjetivo o el manejo veloz de las esdrújulas no funcionan allí decorativamente, de forma obscena o mediante acumulaciones, sino como alusión, rasgo, fluidez y operatividad. Apuntando a que una especie de humareda, allá lejos, sea su clima. En una austera, descarnada brevedad.

Porque Walsh no se deja de seducir por sí mismo ni se acaricia las mejillas en los hombros de sus propias certezas.  Al fin de cuentas (y un 7 de abril, desabrigado pero memorable, me lo cuchicheó, apenas en el Retiro de Buenos Aires), él prefería el cobre  a las peluquerías. O, a lo sumo, la lezna al universo de los pronombres aterciopelados: con una materia obcecada; jamás especular o complaciente. Teniendo en cuenta que para él un texto no era un dato, sino un resultado, un producto.

Presumo, sobre todo por esto último, que sus ademanes calvinistas –o, mejor aún, jansenistas, piadosos pero sin relajamiento alguno- trazan una continuidad entre su mordiscón a los bizcochos, a las chuletas más sabrosas, y hacia las inepcias de cierto general módico y engominado, hasta llegar, paradójicamente, a The Wreck of the Deutschland o al horteraje de los turistas argentinos.

No era enérgico. Más bien, empecinado. Con una inquietante focalización de sus ojos medio aguachentos. Casi bizco, desguarnecido, se tornaba en insolente. Sobre todo cuando discutíamos. En especial, con motivo de su memorable “Esa mujer”: porque yo insistía en afirmar que se mejante cuento nos remitía, mediatamente, a la similitud jugada por la Eva Duarte más radicalizada en 1951 con los jóvenes masacrados alrededor del 76. Entendidos ambos como dos vanguardias. Como dos puntas de lanza análogas largadas a la descubierta –y negociadas después con el Ejército- dentro de la llamada “estrategia política” del teniente general Juan Domingo Perón.

No nos pusimos de acuerdo.

Empero, esa agresividad lúcida y sombría (mediante la cual la indignación moral, tan abollada por carrieristas, sacristanes, yernos y franeleros, popes, correveidiles, brigadieres, delatores, virgos, verdugos y ramplones del soneto entalcado en América Latina, era rescatada encarnizadamente por Walsh) iba definiendo cada uno de sus actos. Sus teoremas sucesivos. Sus desabrimientos como su fervor. Y su cotidianidad perpleja, ansiosa y, mucha veces, desolada. En busca urgente de respuestas de jubilosa eficacia pero, sobre todo, de integraciones. Es que, sin sistema, desconfiaba de todos los dualismos: de ninguna manera “ficción” separada de la “no ficción”, sólo narrativa: jamás “palabras” por un lado, “actos” por el otro, sino palabras-acto y actos cargados de sintaxis.

Correlativamente, esa característica vincula a toda una generación. Al emblema principal de una generación argentina. Aunque lo de generación remita –de manera muy notoria en el rio de la Plata- a los tics pedagógicos de Ortega, Marias o el profesor Anderson Imbert. Para cuyas perspectivas una generación no es mucho más que un pretexto elitista para disfumar las clases, escamotear sus conflictos, maquillando la historia tras una rueda de naturalización, beaterías y tranquilizadoras repeticiones: después del invierno viene la primavera, el verano luego, más adelante el otoño. Y así hasta el final de los siglos. Y dentro de esa circularidad todos los jóvenes con inquietudes pero juiciosos su lugarcito tendrán.

No Walsh. Nada que ver con esa rutina manual y ortopédica. Porque cuando se concluye Un kilo de oro o se relee Operación Masacre, a poco de andar se va recortando un eje como reiteración o núcleo espeso que concluye por trocarse en obsesión y que, significativamente, reenvía al Antonio Maceo de Ernesto Guevara. Es el mismo sabor de boca de Los oficios terrestres que se reencuentra en el Antonio Guiteras. Una suma de elementos percibidos como contención puntual y taciturna al mismo tiempo. Sin “sobreescrituras” (similares a las actuaciones de los actores flojos” ni volutas ni complicidades. Un movimiento de página carente de amplificación; más bien enjuto y exigente. A veces desgarbado. Resuelto con procedimientos de grabador o de diario de campaña: un “ademán lingüístico” que cultiva la probidad tanto en la respiración, al diseñar los escenarios o al ir seleccionando en medio del vértigo de las posibilidades infinitas. Último aspecto éste que opera con un bestiario donde cada animal no es más que un delirio ya insinuado en el propio Walsh.

Lo que, sospecho, me confirma el hablar de generación. Rodolfo Wlash y la generación del Che. Por toda una serie de comunes denominaciones que instauran cierta modalidad entendida como “manera de ser” en virtud de una secuencia de vasos comunicantes. El primero, un sentimiento trágico. Que no se produce bajo la mirada de los dioses, sino com ahora: en la proximidad de la muerte. Y con otras inflexiones, flecos, parentescos, humillaciones compartidas, creencias, deseos, proyectos y odios comunes. Desde ya , apuestas y fracasos. Y miedos, eventuales trascendencias y miserias comunes. Pero, sobre todo, concretas coyunturas históricas. Cuatro en particular: nacimientos (y padres) incrustados en aquellos años en que Hipólito Yrigoyen era el emergente político más notorio de la Argentina; infancias dickensianas diría, por veloces y precarias, a lo largo de la “década infame” de reaparición y predominio de la república oligárquica (1930-1943); adolescencia y estudios desabridos durante el “peronismo clásicos” (1946-1955). Y, de manera especial, con el momento que inaugura la problemática actual de América latina: la revolución cubana de 1959.

En ese contexto, si Los oficios terrestre de Walsh lo emparentan, sutil pero categóricamente, con los Pasajes de la guerra revolucionaria, es porque la denuncia contra el general Videla de 1977 se recorta sobre el fondo del Diario de Bolivia del 67. Determinado barrio dramático y borroso de Buenos Aires –Almagro o Mataderos- equivale así a algún despiadado rincón en Ñancahuazú. Un zócalo y dos faroles entre varias matas. Qué matorral, mi Dios. Que se superpone con él. Y termina por trocarse en su pivote. Porque si Walsh puede ser inscripto en el emblema de la generación del Che es, precisamente, porque en esa encrucijada también residen Paco Urondo, Agustín Tosco y Piccini. Con un texto no sólo de palabras aisladas, sino en colección de acontecimientos, escaramuzas y clausuras.

Walsh y el Che, entonces. Sea. Pero, también, Ongaro, Haroldo Conti y Angelelli el cura. Y muchísimos otros que no tienen el equívoco privilegio del nombre y el apellido. Voces anónimas, en escamoteo, tergiversación o implacablemente mutiladas. “Voces de los vencidos”. Voces ninguneadas, desmembradas. Voces locas, muchas veces, como las de un coro trágico en cierta plaza. Pero que, a través de concreciones como las de Walsh, empiezan, justamente ahora, a recuperar su materialidad. Su propio cuerpo.

[1] Publicado originariamente en la revista Casa de las Américas, Nro 129, La Habana, Noviembre-Diciembre de 1981. Recuperado de:  “Rodolfo Walsh, vivo”, compilador: Roberto Baschetti, Ediciones de la Flor, 1994.

EZLN: 37 años de dignidad y autonomía

por Raúl Zibechi

En estos tiempos feroces hay poco para celebrar. Mientras la oscuridad del sistema se convierte en rutina, cuando los de arriba nos despojan con muerte y violencia, las luces de abajo brillan con todo su resplandor, rasgando la noche, iluminando las trochas y las pendientes. El 37 aniversario del Ejército Zapatista de Liberación Nacional es, con seguridad, la luz más potente en el firmamento latinoamericano.

El EZLN celebra su 37 aniversario afrontando una de las mayores ofensivas militares en mucho tiempo, alentada por el gobierno «progresista» de Andrés Manuel López Obrador, por los gobiernos de Chiapas y de varios municipios del estado, que lanzaron una guerra de desgaste contra los territorios autónomos, para despojar y destruir al EZLN y a las bases de apoyo.

Pero, ¿qué celebramos en concreto? La continuidad y la perseverancia de un movimiento revolucionario distinto a todo lo anterior, algo que debemos valorar en toda su trascendencia. No sólo no claudicaron, no se vendieron y no traicionaron, sino que no repitieron el esquema vanguardista, que reproduce la cultura dominante al convertir a sus dirigentes en nuevas elites.

Celebramos la coherencia, pero también lo mucho que nos enseñaron en estas casi cuatro décadas. Para no hablar en general, quiero referirme a lo que he aprendido, ya sea en la «escuelita zapatista» o en diversos encuentros e intercambios en los que pude participar.

El núcleo del zapatismo es la autonomía. No teórica ni declarativa, sino práctica viva de los pueblos, en todos y cada uno de los momentos y espacios en los que hacen sus vidas, desde los ejidos y las comunidades, hasta los municipios y las juntas de buen gobierno. La autonomía es una forma de vida, es la dignidad de los pueblos; autonomía colectiva, no individual como nos trasmitió cierto pensamiento eurocéntrico.

Necesitamos la autonomía para continuar siendo pueblos y sectores sociales que practicamos otros modos que los de arriba. La autonomía puede ser practicada en todos los espacios, en los barrios de las ciudades, entre campesinos, pueblos originarios y negros, en los más diversos colectivos y comunidades.

La autonomía es ese inmenso paraguas de dignidad que sostenemos entre todos y todas. No es una institución, son relaciones humanas vivas, tejidas con la dignidad que nos permite hermanarnos.

Las bases de apoyo y el EZLN nos enseñaron, también, que la autonomía debe ser completa, integral, o por lo menos tender hacia ello, abarcando todos los aspectos de la vida de los pueblos. Por eso construyen escuelas, clínicas, hospitales, cooperativas y todo ese rico entramado de producción de vida y de cuidado de la vida.

Autonomía se conjuga con autogobierno y con justicia autónoma; el motor de la autonomía son los trabajos colectivos.

La defensa de los territorios y la comunidades es otra de la enseñanzas del EZLN. Pero aquí aparece otro rasgo de la autonomía, inédito en el campo de la revolución: la defensa de nuestros espacios no puede ser mera reacción a lo que nos hacen los de arriba. Elegir cómo, cuándo y de qué manera actuamos es también un rasgo de autonomía, para no caer en provocaciones, porque ellos quieren la guerra, porque la guerra beneficia al capital.

En este punto, el EZLN nos ha enseñado a no responder agresión con agresión, muerte con muerte, guerra con guerra, porque ahí dejamos de ser autónomos, o sea dejamos de ser diferentes. Y esto no tiene nada que ver con el pacifismo.

Aprendimos que no hay un modo único de autonomía, válido para todos los pueblos en todo tiempo. Nos han enseñado que cada quién camina a su modo y según sus tiempos, y eso es lo que están haciendo los pueblos en América Latina.

Puedo dar testimonio del modo como las autonomías se expanden por nuestro continente. Decenas de comunidades mapuche en el sur de Chile y Argentina, se están reconstruyendo de forma autónoma, enfrentando la política de los estados que los presentan como terroristas.

El Consejo Regional Indígena del Cauca, en el sur de Colombia, es una expresión notable de construcción de autonomías. La guardia indígena se expande hacia los pueblos negros y campesinos, que han protagonizado la reciente Minga Indígena, Negra y Campesina que culminó en Bogotá luego de caminar 500 kilómetros (https://bit.ly/2IMRFQk).

En Perú se ha formado el Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampis, proceso que están siguiendo otros tres pueblos amazónicos del norte. En la Amazonia brasileña 14 pueblos están transitando hacia la autonomía para defenderse de la minería y el agronegocio, como ha mostrado el geógrafo militante Fábio Alkmin en una investigación en curso.

Sería abusivo dar la impresión que todas las autonomías siguen los caminos que está transitando el EZLN. Pero quiero enfatizar que la existencia del EZLN es un impulso, un referente, una luz que nos dice que es posible resistir al capital y al capitalismo, que es posible construir mundos otros, resistiendo y viviendo con dignidad.

Cólera en la era del neoliberalismo: Covid‐19 y más allá en América Latina

Ronaldo Munck
Profesor Invitado en UTPL y Head of Civic Engangment DCU

América Latina continúa enfrentando el ataque de las políticas económicas neoliberales, pero ahora también debe enfrentar un desafío de salud pública sin precedentes, el nuevo coronavirus. Antes de revisar la situación en América Latina a través de las respuestas a un cuestionario que propuse a un grupo de cientistas sociales de la región, es importante situar esta problemática dentro de los debates más amplios que se están llevando a cabo a nivel mundial. Comenzamos con una sección sobre Crisis preguntando si el futuro que enfrentamos será el mismo que el pasado o si podemos y debemos aspirar a algo mejor. Esto es seguido por una sección sobre Capitalismo que plantea la cuestión de si la Crisis Covid representa una onda de choque cualitativamente peor que la de la Gran Crisis Financiera de 2007‐09 y qué significa eso para su futuro. Luego pasamos a considerar la Gobernanza y preguntamos si el modelo actual es sostenible incluso en términos de gestión de crisis y en un futuro mundo posterior a Covid. Finalmente, abordamos la cuestión de la Salud Pública y planteamos la necesidad de una asociación fuerte entre la medicina social y la política de transformación social. Con ese cuadro pintado concluimos con una mirada amplia a la situacion en América Latina, conscientes que hay muchísimo mas para decir. Esto es solo una contribución inicial con el propósito de invitar debate y las discusiones políticas que corresponden, dentro de un marco internacionalista y de transformación. El Covid‐19 no es una patología que vino a quebrar una normalidad tranquila y harmoniosa; la crisis deberá crear, si se puede, otro modelo de desarollo humano para América Latina.

Crisis

El gran problema hoy es si podemos ʺvolver a la normalidadʺ después de la Crisis Covid. Muchos psicólogos argumentan, por ejemplo, que existe una tendencia humana innata a volver al status quo después de un evento traumático. Ese podría bien ser el caso, pero podría también estar subestimando la profundidad de la crisis actual tanto para el capitalismo como para la gobernanza democrática (ver secciones subsiguientes). Históricamente, hemos encontrado, por ejemplo, que la gran epidemia de gripe de 1918 fue una de las principales motivaciones detrás de la creación de estados de bienestar en muchos países europeos. Del mismo modo, el impacto de la Gran Depresión de la década de 1930 (y la Segunda Guerra Mundial) condujo a la aparición de estados de bienestar en Occidente en general. Una crisis también puede, por supuesto, resultar en un resultado más negativo. Los ataques a los símbolos de poder de Nueva York en octubre de 2001 condujeron a una reducción de las libertades civiles en el país y a una serie interminable de guerras en el extranjero. La Gran Crisis Financiera por su parte no condujo a una reforma muy necesaria del sistema financiero, sino más bien a un retorno a la ʺnormalidadʺ para los bancos e instituciones financieras que fue enormemente costoso para la población y, en última instancia, no fue útil.

La lectura potencialmente positiva de ʺcrisisʺ está implícita en su definición como ʺel punto de inflexión para bien o para mal en una enfermedad aguda o fiebreʺ (Merriam‐Webster). Hay buenas razones por las cuales los demócratas y progresistas generalmente reaccionan con horror ante la reducción de las libertades civiles durante la crisis de Covid. La gente, no el virus, como el problema y los economistas aconsejan a los gobiernos sobre cómo tratarlos. Un escenario alternativo sería que estas mismas personas aprendan de la crisis que están viviendo y exijan un cambio fundamental del sistema. Rebecca Solnit ha argumentado en A Paradise Built in Hell (Solnit 20010) que el terremoto de la Ciudad de México de 1985 y el desastre del huracán Katrina en Florida en 2001 desatataron grandes reservas de solidaridad humana, improvisación enérgica e intenciones decididas que auguraron un buen futuro. En relación con la actual crisis de Covid, Solnit argumenta que ʺla vida ordinaria antes de la pandemia ya era una catástrofe de desesperación y exclusión para demasiados seres humanos, una catástrofe ambiental y climática, una obscenidad de desigualdadʺ (Solnit 2020), por lo que ese cambio fundamental está atrasado y no es una opción volver al ʺnegocio habitual” (‘business as usual’).

Si la crisis de Covid es una oportunidad para rehacer el orden actual, ¿cuáles son las alternativas ahora planteadas? Los llamados estudios futuros (future studies) cobran mayor importancia en períodos de crisis cuando tratamos de combatir la sensación de impotencia y buscamos una salida democrática y empoderadora de la crisis. Frente a una respuesta pasiva o una que simplemente reitera la validez intemporal del caso radical anticapitalista, necesitamos plantear futuros posibles realistas. Una forma de hacerlo es a través de la planificación de escenarios donde planteamos futuros plausibles, aunque de forma simplificada, que nos permitan preparar una estrategia más sólida para nuestra opción preferida. También nos permite examinar críticamente nuestros propios supuestos implícitos y puntos débiles en nuestra propia estrategia. Para comenzar esta conversación, presentamos aquí cuatro escenarios futuros de Crisis Covid (ver también Mair 2020). Hay dos ejes a lo largo de los cuales planteamos las tensiones que los empujan en diferentes direcciones, simplificando claramente la complejidad de la política real. Estos dos polos de atracción son: uno vertical con ʺmercadoʺ y un extremo y ʺsociedadʺ en el otro, y uno horizontal con respuestas ʺcentralizadasʺ en un polo y respuestas ʺdescentralizadasʺ en el otro extremo.

Los cuatro escenarios que postulamos son los siguientes:

Gráfico. Los cuatro escenarios

Capitalismo de Estado

Este escenario es impulsado por una respuesta centralizada a la emergencia de salud y un reconocimiento, aunque sea variable de la importancia de la sociedad. El estado está de regreso en todas partes, aunque con diferentes formas y desempeñará un papel importante en la reconstrucción económica posterior a Covid. La respuesta de ʺAsia orientalʺ obviamente abarca tanto China como Taiwán/Corea del Sur y otras variantes pero de alguna forma están en este cuadrante. Todos reconocen que el mercado no puede responder a la emergencia de salud y que la vida de los trabajadores debe protegerse. El capitalismo de estado puede resultar de la aplicación prolongada de estas medidas de emergencia que han cambiado en forma radical los parámetros aceptados de lo que es posible. En términos de geopolítica, está claro que China emergerá fortalecida por la crisis de Covid.

Capitalism Tardío

Este escenario no es tan diferente, pero se le dá una mayor prioridad al mercado y, por lo tanto, los vemos los llamados constantes a ʺreabrir la economíaʺ. También es una respuesta centralizada a la crisis de Covid. Utiliza el estado en modo de emergencia, pero se hace hincapié en la primacía del mercado. Tiende a ser menos benigno en términos de atención a las necesidades de la sociedad, la vida misma. Pero hay que reconocer las variedades del capitalismo tardío y no pensarlo como un modelo o escenario simple o unidimensional. Así vemos que Nueva Zelandia no es menos capitalista que Australia, pero ha abordado la emergencia sanitaria de una manera más socialmente responsable. Argentina y Ecuador son sociedades capitalistas dependientes, pero la primera ha lidiado incomparablemente mejor con la crisis. Debemos reconocer las variedades específicas del capitalismo tardío que se ocupa de la crisis de Covid, pero todas comparten la crisis histórica del capitalismo en términos de su sostenibilidad biológica. El mercado nunca puede existir sin el control de la Sociedad.

Barbarie

Este escenario prioriza el mercado de una manera brutal que sacrificaría la vida humana en su altar. Está descentralizado en lugar de centralizado como respuesta, ya que se opone esencialmente a cualquier papel para el estado. Los trabajadores pierden sus trabajos, las empresas colapsan y la depresión de Covid será mucho peor que la de los años treinta. Hay quienes dan la bienvenida a este escenario porque podría marcar el comienzo de un mundo nuevo y valiente donde solo los más fuertes sobreviven. El sacrificio de los demás se encuentra con una atitud fría e incluso el regocijo, esta es la naturaleza que sacrifica los débiles para el bien mayor. Los forasteros, generalmente los migrantes, serán los chivos expiatorios como supuestos portadores del virus. La piratería, como se vio en el secuestro de suministros médicos en Estados Unidos, será la nueva norma. Los cuerpos en la calle, piense Guayaquil, serán una vista normal y ahora todos sabrán lo que significa en la práctica el triaje médico.

Socialismo

Este escenario claramente prioriza la sociedad y la vida humana, pero es una respuesta descentralizada basada en la miríada de formas de ayuda mutua que hemos presenciado durante la crisis de Covid. Surgen nuevas estructuras democráticas que pueden prefigurar un orden social futuro, aunque esto es toda una acción defensiva en este momento. Pero la ira se está acumulando por el deterioro deliberado de los servicios de salud pública en las últimas décadas y la mentira y la prevaricación que hemos visto en los gobiernos de mots. Existe un reconocimiento generalizado de que la propagación del Coronavirus ha sido controlada con mayor frecuencia por la acción y la cohesión de la Sociedad y las comunidades. En algunos países, los sindicatos han desempeñado un papel importante en la gestión de la crisis y también a través de huelgas para proteger a los trabajadores de la salud. Todavía hay pocas señales de que esta estrategia sea capaz de ofrecer una alternativa política global dada la magnitud de la amenaza a la vida y los medios de subsistencia en este momento.

Vemos acá pues, un retorno en un sentido muy real e inmediato de la declaración de Rosa Luxemburgo en 1915 de que ʺla sociedad burguesa se encuentra en la encrucijada, ya sea la transición al socialismo o la regresión a la barbarieʺ (Howard 1971: 334) que una vez pudo haber parecido una hipérbole. Es deber para que todas las personas progresistas buscar la mejor manera de construir el escenario del ʹsocialismoʹ, conscientes del peligro de la ʹbarbarieʹ pero también conscientes de las ʹvariedades de capitalismoʹ que están lidiando con la crisis de Covid de diferentes maneras y donde son diferentes las dinámicas que surgirán en el futuro. Los escenarios no son predicciones, solo plantean las alternativas futuras que temenos y en concreto los parametros bajo la cual la Crisis Covid se desenvuelve.

Capitalismo

La crisis de Covid y su impacto económico catastrófico concomitante no surgieron de un cielo azul claro. Desde la Gran Crisis Financiera de 2007‐09, el capitalismo ha estado en soporte vital. El capitalismo financiarizado y globalizado solo se salvó entonces por un nivel sin precedentes de intervención estatal. La deuda estatal aumentó exponencialmente, especialmente en los Estados Unidos, el centro de este nuevo orden financiero. Con el dinero fácilmente disponible, los operadores del mercado de valores podrían obtener grandes ganancias nuevamente y las cosas parecían optimistas. Pero, como señala Lapavistas, “ya era aparente en 2017‐18 que la burbuja del mercado de valores no duraría ya que la Fed comenzó a elevar las tasas de interés lentamente por encima de cero, intentando recuperar condiciones más normales en los mercados financieros ʹʹ (Lapavistas 2020) Esta condición crítica explica por qué la UE no pudo acordar en 2020 emitir ʹcoronabondsʹ garantizados colectivamente, ya que la antigua división Norte / Sur en la UE regresó con venganza como resultado de la crisis de Covid.

Fue dentro de esta situación ya caótica que surgió la crisis de Covid y envió ondas de choque reales a través de la economía global, ahora amenazada inminentemente por una depresión que sería peor que la de los años treinta. En marzo de 2020 fuimos testigos de una crisis casi fatal en el sistema financiero, que solo pudo continuar a través de espectaculares intervenciones de la Reserva Federal en los EE.UU., El Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo. La producción y el empleo se desplomaron con la promulgación de los ʺbloqueosʺ de Covid y el crédito se contrajo drásticamente. Una caída histórica en los precios del petróleo trajo a casa la naturaleza integrada y precaria de la economía global. Ahora surge la pregunta de si el ʺcapitalismoʺ puede levantarse una vez más de su lecho de enfermo y recuperar sus legendarios espíritus animales. Para Adam Tooze, cualquier noción de un orden global unificado se ha disipado: “de alguna manera tendremos que unir el autoritarismo de un solo partido de China, el bienestar nacional de Europa y lo que sea que sea Estados Unidos a raíz de este desastre ʹʹ (Tooze 2020) . Ciertamente estamos muy lejos del optimismo de 1989‐90 cuando el colapso del comunismo y el comienzo de la globalización pintaron un futuro prometedor para el capitalismo.

Lo que faltaba en los primeros debates sobre el coronavirus fué cualquier consideración de su impacto en el mundo mayoritario, los pobres y los precarios. Las figuras intelectuales del norte (Žižek, Agamben, Badiou, Sousa Santos, etc.) escribieron elegantes ensayos de sus estudios de ʺcapulloʺ. Pero el impacto social del ʹencierroʹ en el contexto de la capacidad estatal limitada para ejercer la ʹflexibilización cuantitativaʹ, donde las discusiones sobre camas y ventiladores de la UCI no tenían sentido en el contexto de sistemas muy básicos de salud, y donde los trabajadores precarios e informales no tenían otra opción que continuar trabajando, simplemente estaba más allá de su comprensión. Es aquí donde vemos más claramente que el capitalismo tiene sus propias ʺcondiciones de salud subyacentesʺ, lo que significa que no solo necesita recuperarárse de la crisis de Covid. Como argumenta John Smith, el capitalismo probablemente esté ahora en un momento de ʺsupernovaʺ cuando arderá brillantemente antes de desvanecerse o, para decirlo de manera más prosaica, ʺel capitalismo ahora enfrenta la crisis más profunda en sus varios siglos de existencia.” (Smith 2020)

Gobernanza

La gobernanza global no será la misma después de la crisis de Covid. Lo que hemos presenciado es algo similar a una ʺeconomía de guerraʺ dónde se suspenden las reglas normales de gobierno. En algunos países ha habido acaparamiento de poder como Israel, Filipinas y Hungría. En la mayoría de los otros, ha habido un aumento en los ʺpoderes especialesʺ, y la vigilancia y el control de los ciudadanos, que es poco probable que se apague ʺdespuésʺ de Covid, sin embargo, eso puede interpretarse.

Los críticos liberales ahora también sostienen que las fuerzas ʺatávicasʺ del nacionalismo y la xenofobia saldrán a la luz (ver Legrain 2020). La izquierda, por su parte, podría sentirse reivindicada por las dramáticas transferencias directas de efectivo, congelamientos de alquileres y nacionalizaciones que se han producido en muchos países, ya que siempre han argumentado que esto era necesario y posible. Pero eso es parte integrante de una ʺeconomía de guerraʺ y no necesariamente persiste o cambia las reglas del juego, por así decirlo. Como Mulder reconoce ʺla gestión exitosa de crisis no es garantía de una reforma duraderaʺ (Mulder 2020). La excepción en tiempos de guerra puede traducirse en un nuevo orden de ʺposguerraʺ, pero solo en la medida en que los movimientos sociales, incluido el movimiento sindical, permanezcan movilizados y la política progresista no se ahogue en la “emergencia”. La gobernanza democrática está, en general, suspendida y muchos críticos mantienen el fuego, dada la emergencia de salud que todos estamos viviendo, aunque en condiciones muy diferentes. Se ha arraigado una narrativa simplista de ʺautoritarismoʺ versus ʺdemocraciaʺ, que recuerda el debate de Huntingdon de la década de 1970 sobre los peligros de la democracia. Existe la sensación de que la democracia no es eficiente cuando es hora de enfrentar decisivamente la crisis, ciertamente los planes no se someten al escrutinio público. La crisis de Covid ha disciplinado efectivamente a la democracia y la sociedad civil en todo el mundo, potenciando los regímenes autoritarios y silenciando a sus críticos. Pero también ha florecido la democracia de base a través de la solidaridad social y las redes de apoyo mutuo. La democracia no puede ser ʺpospuestaʺ sin dañarla. Como lo expresaron Frances Brown y sus colegas: ʹes esencial que los partidarios de la gobernanza democrática en todas partes presten atención a esta amplia gama de efectos, tanto negativos como positivos, para identificar puntos de entrada e intervenciones que puedan prevenir el daño político a largo plazo y fomentar el potencial ganancias ʹ(Brown et al 2020). La izquierda necesita ser parte de ese movimiento democrático y promover una visión alternativa para una sociedad sostenible.

Salud Pública

Las constituciones de la mayoría de los países latinoamericanos se refieren a la atención médica fundamental para todos los ciudadanos. En la práctica, este derecho no es una realidad y veinticinco años de políticas neoliberales han visto una disminución aún mayor de las capacidades de salud pública. Lo que la crisis de Covid deja al descubierto es cuán descaradamente los estados capitalistas ya no ven la salud pública como una obligación. Más directamente, también muestra cuán baja es la prioridad en la medida en que el brote de Covid‐19 era totalmente predecible. Como dice Richard Horton, médico inglés y editor de The Lancet: ʺSabíamos que esto iba a sucederʺ (Horton 2020). El neoliberalismo en general y las políticas de austeridad en particular mitigaron cualquier compromiso persistente de los gobiernos para prepararse para lo que era una amenaza inevitable y catastrófica como el cólera estaba en una era diferente. Desde una perspectiva liberal, el Dr. Horton escribe sobre cómo ‘Covid‐19 ha revelado la asombrosa fragilidad de nuestras sociedades. Ha expuesto nuestra incapacidad para cooperar, coordinar y actuar juntos ʺ(Horton 2020). Solo una respuesta socialista será suficiente para abordar esta crisis subyacente en la salud pública.

Hay una larga historia de creación de desastres por parte del capitalismo desde las hambrunas de la era colonial hasta el desastre del huracán Katrina en los Estados Unidos contemporáneos. Mike Davis, quien escribió sobre la amenaza de la ʹgripe aviarʹ en 2005 (Davis 2005) argumentó que las pandemias son un ejemplo perfecto del tipo de crisis a las que el capitalismo global, con su movimiento constante de personas y bienes, es particularmente susceptible, pero que La perspectiva capitalista, básicamente su incapacidad para pensar en otros términos que no sean las ganancias, resulta difícil, si no imposible, de abordar. Con la crisis de Covid, encontramos que esta contradicción aparece brutalmente en primer plano a medida que se crean y debaten oposiciones espurias entre la salud de las personas y la ʺeconomíaʺ o incluso ʺel mercadoʺ en el modelo de costo / beneficio. Davis, en relación con la crisis de Covid, sugirió que ʺla globalización capitalista ahora parece ser biológicamente insostenible en ausencia de un sistema de salud verdaderamente internacionalʺ (Davis 2020). Y no hay signos de que esto esté incluso en la agenda capitalista hoy.

Sin embargo, también debemos señalar que los socialistas y los marxistas no han adelantado, por lo general, un compromiso vigoroso con la salud pública, como si eso fuera una preocupación del estado burgués junto con la planificación urbana y otras cosas similares. Esto se remonta quizás a la forma en que Marx y Engels se relacionaron con el brote de cólera que coincidió con su período político más activo, incluidas las revoluciones de 1848 en toda Europa. El impacto en la clase trabajadora fue indudable e incluso condujo a ʹdisturbios de cóleraʹ, pero Engels en 1895 a su clásico Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra solo nota que ʹlas visitas repetidas de cólera, tifus, viruela y otras epidemias han mostrado a la burguesía británica la urgente necesidad de saneamiento en sus pueblos y ciudades, si desea salvarse a sí mismo y a su familia de ser víctimas de tales enfermedades ʹ(Engels 1969: 24). La historia del cólera y la lucha de clases queda en gran medida por contar aún. Los problemas de salud pública parecen ser una preocupación más apremiante para la derecha, por ejemplo, el movimiento anti‐vacunas, que en la izquierda por lo general. Pero, como argumenta De Waal, lo que necesitamos ahora es una asociación fuerte y proactiva entre la medicina social y la política radical (de Waal 2020) que no solo está atrasada, sino que podría cambiar el juego políticamente.

Crisis Covid en América Latina

El contexto del brote de coronavirus en América Latina a principios de 2020 no podría ser más dramático. A pesar de los logros sociales de los gobiernos progresistas desde el año 2000, la pobreza, el trabajo precario y las condiciones de vida superpobladas representaban un sitio ideal para cualquier virus. Además en América Latina ya hay otras variedades de arbovirus como el dengue, el chikungunya, la fiebre amarilla y el zika que ahora con Covid‐19 amplifican colectivamente el impacto del otro en la salud pública (Wenham et al 2020) creando un contexto extremadamente volátil.

En lo económico, de acuerdo con la CEPAL, el COVID‐19 afecta a la región a través de cinco canales externos de transmisión: i) La disminución de la actividad económica de sus principales socios comerciales y sus efectos. La región depende marcadamente de sus exportaciones, cuyo volumen y valor se reducirán por la recesión mundial ii) La caída de los precios de los productos primarios. Las marcadas caídas de esos precios y el deterioro de los términos de intercambio tendrán fuertes efectos negativos en los niveles de ingreso de las economías latinoamericanas dependientes de esas exportaciones, aunque con diferencias significativas entre ellas. La contracción de la demanda mundial, en particular la de China, uno de los mayores consumidores e importadores de productos primarios, jugará un papel destacado en la disminución de sus precios iii) La interrupción de las cadenas globales de valor. La disrupción de las cadenas de suministro, comenzando por los proveedores chinos y luego por la producción europea y estadounidense, afectaría principalmente a México y el Brasil, cuyos sectores manufactureros son los más grandes de la región. iv) La menor demanda de servicios de turismo en particular, los pequeños estados insulares en desarrollo (PEID) del Caribe pueden ser muy afectados. v) La intensificación de la aversión al riesgo y el empeoramiento de las condiciones financieras mundiales que conllevauna menor demanda de activos financieros de la región y una importante depreciación de las monedas de sus países. (CEPAL 2020). Lo conclusión de la CEPAL en relación a la Crisis Covid es que en términos económicos la única solución sostenible ‘será la contención coordinada del virus. La escala, la velocidad y el alcance de su expansión requiere una mayor coordinación de las políticas multilaterales. Esta pandemia tiene el potencial de dar nuevas formas a la geopolítica de la globalización, y es también una oportunidad para recordar los beneficios de las medidas multilaterales e iniciar acciones muy necesarias para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible e inclusivo’ (CEPAL 2020). Por el momento tal respuesta regional, que se esta dando por ejemplo en Europa, no se vislumbra en America Latina donde el regionalismo todavía sigue asociado a la era política dominada por el imaginario político del Comandante Chávez.

Además, debemos recalcar que en América Latina el gasto en la salud es bajo en comparación a los paises del norte lo que ya nos pone a la defensiva frente a la Crisis Covid.

Gráfica. Gasto en salud en América Latina

En comparación, en EEUU el gasto en salud como porcentaje del PIB para 2019 era 17% o $10,300 per cápita (Fuente: SMO/World Heath Organization)

En nuestras entrevistas con intelectuales comprometidos en varias partes de América Latina empezamos por preguntar sobre la capacidad de los sistemas de salud para confrontar la epidemia del Covid‐19. Detras de las cifras citadas arriba sobre el gasto en salud hay una realidad social y humana, sobredeterminada por la política económica del neoliberalismo.

Nos dice Alberto Acosta (Ecuador) que ‘como en todos los países del mundo el coronavirus mostró las falencias del sistena sanitario y de toda la esctructura de cuidados. Aparecieron con crudeza las deficiencias provocadas por un sistema de salud curativo, mercantilizado y en Guayaquil montado sobre la filantropia’ (Entrevistas)

En forma parecida, Gerardo Necochea Gracia (Mexico) recuenta como ‘El sistema de salud pública esta devastado. Simplemente fue desmantelado en los últimos 30 años. Falta de todo. Hay menos de una cama de hospital por 1000 habitantes; las ciudades están mejor, y las zonas rurales no tienen ya ni siquiera las clínicas comunitarias. Se están haciendo compras masivas de equipo, y al menos China donó gran cantidad de material. Quizás la única capacidad reside en la buena disposición de los trabajadores de la salud.’ (Entrevistas)

En la Argentina según el analisis de Pablo Pozzi algo parecido esta en juego pero nota tambien un acatamiento social a la cuarentena de alto nivel: ‘la gente ha obedecido a las medidas, menos entre los mas ricos y los mas pobres donde el acato es menor: los ricos porque tienen recursos, en términos de servicios médicos y se resisten a controles sobre viajes, los pobres porque no tienen recursos y viven con seis personas por habitación en promedio. Muchas ciudades y pueblos han cerrado el acceso, lo que causa problemas de abastecimiento’ (Entrevistas)

Por su parte Eduardo Gudynas (Uruguay) hable de como su país ‘tiene una población muy pequeña..cuenta con un sistema de acceso a la salud universal, que se divide en uno público y otro privado pero de origen cooperativizado (mutual); alcances de los seguros privados convencionales es limitado. Re ordenamiento de los centro de asistencia en salud: Suspensión de servicios no esenciales; incremento de telemedicina; etc..red extendida de primer nivel de atención es descentralizada, en los barrios, con visita a los enfermos en sus casas…Reorganización de los centros de tratamiento intensivo 600 camas disponibles en todo el país; se liberaron 300 camas disponibles para Covid‐19; pueden ampliarlas mas o menos rápidamente sumando otras camas que pueden convertir en CTI’ (Entrevistas)

También en nuestras entrevistas preguntamos cuales eran los principales riesgos sociales y económicos del Covid‐19 en sus respectivos paises.Karina Ponce (Ecuador) nos dice: ‘imposible escindir los dos términos. Desde mi punto de vista, el mayor riesgo para el país es la desestructuración absoluta de la sociedad ecuatoriana. En este sentido, es menester aclarar que este proceso no lo causa la pandemia, sino que solamente lo refuerza (recordemos lo que pasó en octubre en Ecuador). ¿Cuántas personas han perdido y perderán sus empleos? ¿Cuántos trabajadores no cobrarán su salario? ¿Cuántos pequeños negocios se irán a la ruina? ¿Cuántas familias pasarán hambre? ¿Cuántas personas tendrán que abandonar nuevamente su país en busca de mejores oportunidades como en la crisis de 2000? ¿Cuántas personas van a morir? La mayor incertidumbre está en la preocupación del ingreso, el poder adquisitivo para comprar comida y miedo al contagio y la muerte, pero sobre todo, en caso de enfermedad o muerte no tener un tratamiento o un sepulcro digno’ (Entrevistas).

Tambien en relación al Ecuador, Alberto Acosta dice que ‘el reto del coronavirus resulta descomunal. La pandemia desnuda situaciones lacerantes de todo tipo. El drama humano que se vive tiene ‐por lo pronto‐ su punto de expresión máxima en Guayaquil. La barbarie parece haberse instaurado en esta ciudad portuaria con la llegada del coronavirus: cientos de familias devastadas por la muerte de algún familiar, cadáveres por doquier, inclusive cadáveres extraviados, cientos de trabajadores de la salud contagiados y miles de personas que se debaten entre morirse de hambre al buscar el sustento diario en las calles o morirse de coronavirus. Esta situación ya se replica en varias provincias de la costa.” (Entrevistas)

En la Argentina, según Joaquina De Donato, ‘el riesgo es el colapso del sistema de salud y la posibilidad de una insurrección popular por parte de los sectores marginales. Dado que más de un 40 por ciento de la mano de obra en Argentina es en negro y vive de trabajos eventuales, la quarentena está poniendo al borde de una situación crítica a trabajadores y grupos marginales. Por lo que si la crisis económica sigue profundizandose, no se descartan saqueos o piquetes que obliguen a medidas represivas que pueden desatar una insurrección social’ (Entrevistas)

Gerardo Necochea Gracia (Mexico) por su cuenta dice que ‘Las medidas de distancia social y encierro no favorecen las muestras visibles de solidaridad, como sí fue el caso en los sismos de 1985 y 2017. Hay que pensar que la epidemia llega a sumarse al desastre que ya de por sí es la violencia asociada con el narcotráfico y crimen organizado. Hay fragmentación y miedo. Muchas comunidades se han cerrado al exterior, para excluir la violencia, y si bien hay solidaridad interna, hay desconfianza hacia el exterior, que bien puede convertirse en rechazo violento a todo el que viene de fuera debido a la epidemia. Puede efectivamente ganar fuerza un discurso localista, xenófobo e intolerante. Hasta ahora, las organizaciones sociales progresistas y la izquierda organizada han sido incapaces de avanzar una respuesta que ofrezca alternativas’ (Entrevistas)

Tambien en relación a Mexico, Patricia Pensado habla de los peligros de ‘la polarización social, una mayor fragmentación entre los ciudadanos; y con la profundización de la crisis económica un mayor empobrecimiento y desempleo. Un fortalecimiento de los grupos políticos de derecha’ (Entrevistas)

¿Como reacciona la sociedad o la sociedad civil ante tal emergencia o crisis médica?

Patricia Pensado (Mexico) nos dice en relación a esta pregunta que “se han realizado protestas de los trabajadores de la salud afuera y en los estacionamientos de los hospitales y las clínicas, exigiendo los insumos necesraios para enfrentar la epidemia. Así como también por parte de los trabajadores de servicios (taxistas, meseros, vendedores ambulantes, entre otros) frente a los edificios de las instituciones de gobierno y de obreros de las maquiladoras del norte del país. Así como de familiares de los presos por las condiciones de hacinamiento en que viven. Cabe mencionar que la mayoría de estas protestas se han dado en la Ciudad de México, aunque también en algunos estados de la República” (Entrevistas)

Igor Goicovic Donoso (Chile) nos dice que ‘El COVID 19 llegó en marzo, justo cuando se esperaba un nuevo repunte de la movilización social. Pero la amenaza de la pandemia, unida a la política de restricción de movimiento del gobierno, han reducido significativamente la capacidad de movilización y de protesta de la gente. Cabe señalar, que las movilizaciones del ciclo octubre de 2019 / febrero de 2020, tuvieron convocatorias bastante espontáneas, la mayoría de ellas orientadas al espacio público, vía redes sociales. En el actual momento esa estrategia ha fracasado. Se han convocado a cacerolazos que han tenido escaso eco, los paros son inexistentes, ya que aquellos que pueden trabajar en sus lugares habituales de faena lo están haciendo y los demás (incluidos los académicos) trabajamos online.

Los bloqueos han sido más efectivos, pero esa iniciativa arranca más del miedo al contagio y de la ineficacia de los controles sanitarios y policiales, que de una dinámica de protesta frente al gobierno” (Entrevistas).

Viviana Bravo Vargas, también hablando de Chile, nos dice que ‘en un primer momento se activaron los cacerolazos, pero han perdido fuerza. También ha habido bloqueos de calles en territorios para impedir que preferentemente santiaguinos de clase alta se movilicen para pasar la cuarentena en sus segundas viviendas, generalmente ubicadas en la costa. Con todo, la movilización no ha tenido la fuerza ni la capitalización política de la rebelión popular anterior, que podría haber sido esperable. Se han vivido situaciones tensas de atochamiento, que ponen en riesgo a la población y no se ha visto mucha movilización, más que quejas individuales. Se ha volcado a las redes sociales, y se han activado algunas instancias solidarias, como ollas comunes en algunos terrirtorios debido a la falta de alimentos producto de la cesantía. Continúa la lucha por la liberación de los presos políticos, pero por las medidas derivadas del coronavirus sólo destacan algunos sectores, como la de funcionarios de la salud, y el colegio de profesores. La CUT [Central Unica de Trabajadores] ha estado completamente ausente’ (Entrevistas) Para Karina Ponce (Ecuador) ‘actualmente en las circunstancias en las que ahora nos encontramos las acciones ciudadanas han sido más bien limitadas. Fundamentalmente relacionadas con acciones de cooperación barrial y asociativo. Sin embargo, no me extrañaría en lo absoluto que tras este confinamiento volvamos a vivir experiencias de levantamiento popular en todo el país, como sucedió en Octubre 2019. La magnitud del desastre es espeluznante” (Entrevistas).

Eduardo Gudynas (Uruguay) nos habló de ‘limitadas protestas sociales de sectores de la economia informal (por ejemplo vendedores que venden en las calles o en los buses). Los debates políticos discurren en la prensa, en comités,en reuniones, etc. Un intento de ʺcaceroleoʺ desde la central sindical tuvo un resultado muy limitado, y posiblemente contraproducente contra la central dado el nivel de críticas que recibió. Múltiples iniciativas de ayuda a nivel barrial, especialmente por el regreso de ʺollas popularesʺ, en todas las ciudades. Muestras de solidaridad ciudadana para apoyar esas ollas; intentos en que sigan normas sanitarias; etc. Este es un aspecto increíble por la extensión, diseminación y consistencia. También prácticas muy negativas; por ejemplo, obtener canasta de ayuda en alimentos para después venderlas, han sido denunciadas; robo masivo de alcohol en gel de un centro de salud; etc. (Entrevistas).

Mauricio Archilla (Colombia) dice que ‘hasta ahora está respondiendo a los casos reportados, pero hay quejas del personal de salud sobre inadecuación de equipos e instalaciones, así como de malas condiciones laborales…Hay algunas protestas físicas de gentes pobres que piden apoyos de los gobiernos nacional y locales. Otros desempleados o independientes qu epuden derecho al trabajo. Pero no han sido, por fortuna. multitudinarias. Hay algunos cacerolazos contra el gobierno nacional y a favor de los locales, como el de Bogotá [bajo gobierno progresista]. En relación a la respuesta de la sociedad civil en términos generales nos dice: TEMOR, DESCONCIERTO Y EN ALGUNOS MOMENTOS APOYO A LOS GOBIERNOS LOCALES’ (Entrevistas)

¿Finalmente, preguntamos, que podemos aprender de esta crisis? ¿Cuales son las lecciones que podemos aprender?

Pablo Pozzi (Argentina) nos contesta ‘ en verdad no muchas, principalmente porque en la última década las organizaciones populares han sufrido muchos retrocesos. Teóricamente hay posibilidades pero nadie parece estar dispuestos de tomar ventaja de la situación. Hay mucha confusión y desorientación en la izquierda y entre los progresistas’ (Entrevistas).

Para Igor Goicovic Donoso (Chile) ‘otras crítica colectiva. El sector más activo y crítico durante este período ha sido el personal sanitario de la salud pública. Han denunciado las insuficiencias de la política pública, han alertado sobre una eventual catástrofe en los meses venideros e incluso han protestado públicamente. Debiera ser sorprendente que gobiernos como el de Piñera, que a marzo de 2020 estaban en el suelo, no solo hayan sobrevivido a la crisis social y política detonada en octubre sino que, apoyados en la actual pandemia, recuperen cierto margen de legitimidad. A mi juicio ello ocurre, precisamente, porque no hemos sido capaces de articular una alternativa programática, orgánica y estratégica que nos permita disputar el poder (Entrevista)

Para Karina Ponce (Ecuador): ‘Si no logramos organizarnos políticamente para plantear una alternativa al capitalismo neoliberal, lo que nos espera en no poco tiempo es el fascismo. Con el coronavirus los estados‐nación están asumiendo el papel que tenían en la posguerra, sobre todo, en lo que a control de las masas se refiere. ¿Es qué acaso no podemos luchar por un futuro que nos aleje de la desigualdad social? Muerte, destrucción social, hambre, e incremento de la pobreza, indigencia y desigualdad en todos los niveles. Una sociedad dividida por las posturas para salida de la crisis. Esta crisis oculta también el incremento de la violencia de género. Muchas mujeres tienen a su agresor en casa todo el día, de quién no pueden esconderse o salvarse. Las tareas domésticas no remuneradas se visibilizan más aún en estas circunstancias. Finalmente, sumaría la muerte política del actual gobierno y su gabinete, sus cuadros políticos seguramente tendrán un futuro político no muy prospero” (Entrevistas).

Finalmente, como ultimo comentario dejamos acá lo que nos dice Alberto Acosta (Ecuador) “No podemos volver a la normalidad porque era una a‐normalidad” (Entrevistas)’

Este último punto nos lleva a una pregunta clave: ¿que es lo normal y que es lo patológico? El Coronavirus ¿llegó a una sociedad y un sistema economico normal? Para contester esta pregunta es necesario pienso, volver a los estudios del filósofo de la ciencia, Georges Canguilhem que exploraba los problemas de ‘una teoría de las relaciones entre lo normal y lo patológico de acuerdo con la cual los fenómenos patológicos sólo son en los organismos vivos variaciones cuantitativas, según el más y el menos, de los respectivos fenómenos fisiológicos. Semánticamente, lo patológico es designado a partir de lo normal no tanto como a o dis sino como hiper o hipo. Por más que se conserve la confianza tranquilizante de la teoría ontológica en la posibilidad de vencer por medios técnicos al mal, se está muy lejos de creer que salud y enfermedad sean opuestos cualitativos, fuerzas en lucha’ (Canguilhem 1971: 20). Salud y enfermedad no son polos opuestos, uno implica al otro mutuamente. Canguilhem sigue y afirma que ‘la enfermedad difiere del estado de salud, lo patológico de lo normal, como una cualidad difiere de otra, ya sea por presencia o ausencia de un principio definido, ya sea por reelaboración de la totalidad orgánica. Esta heterogeneidad de los estados normal y patológico puede tolerarse todavía en la concepción naturista, que poco espera de la intervención humana para la restauración de lo normal. Pero en una concepción que admite y espera que el hombre pueda forzar a la naturaleza y hacer que se pliegue a sus intenciones normativas, la alteración cualitativa que separa lo normal de lo patológico resultaba difícilmente sostenible’(Cangilhem 1971: 19)

La normalidad pues, puede entenderse de dos maneras: por un lado, lo normal es aquello que es tal como debe ser; por otro lado, lo normal es aquello que se encuentra en la mayoría de los casos. Estamos, pues, ante un término equívoco, pues al mismo tiempo designa un hecho y un valor en virtud de un juicio. El neoliberalismo no es solo la norma en América Latina sino ‘normal’. En medicina también se confunden los terminos, pues el estado normal designa al mismo tiempo el estado habitual de los órganos y su estado ideal. Lo normal es entonces un concepto dinámico y polémico pero igual podríamos decir esto de lo patológia, que tiene que ver con la parte de la medicina encargada del studio de las enfermedades en su mas amplio sentido. La Crisis Covid es algo ‘normal’ para el capitalismo tardío, era predicible. No es simple patología, algo abnormal que una vez superado nos deja volver al estado natural de equilibrio. Lo que el coronavirus ha producido en América Latina, como en otros lugares, es un desvelamiento de las contradicciones del capitalismo dependiente. No podemos, no debemos, pues volver a esa normalidad que de ‘normal’ en sentido ético tenia muy poco. El virus es el capitalismo dependiente.

Referencias

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Entrevistas
En el mes de marzo 2020 se realizaron entrevistas atraves de un cuestionario con las siguientes personas:
Karina Ponce (Ecuador)
Alberto Acosta (Ecuador)
Pablo Pozzi (Argentina)
Joaquina De Donato (Argentina) Igor Goicovic Donoso (Chile) Viviana Bravo Vargas (Chile) Eduardo Gudynas (Uruguay) Mauricio Archilla (Colombia) Pascual Garcia (Mexico)
Gerardo Necochea Gracia (Mexico) Patricia Pensado (Mexico) Frances Z. Brownsaskia Brechenmachercarothersfet As
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dAPRIL 06, 2020