Charles C. Mann: “Los pueblos indígenas pensaban en la construcción de paisajes futuros”

Periodista científico y autor del libro ‘1491: Una historia de las Américas antes de Colón’, Charles C. Mann da una visión radicalmente distinta a la oficial sobre cómo eran los pueblos originarios de América antes de la invasión europea.

Por Alejandro Pedregal

Hasta hace unos meses, el periodista científico y autor Charles C. Mann no podía imaginarse hasta qué punto la traducción de su obra 1491: Una historia de las Américas antes de Colón despertaría las iras de la extrema derecha en España. La publicación de este voluminoso libro por la editorial Capitán Swing, traducido por Miguel Martínez-Lage y Federico Corriente, abrió la particular caja de truenos del fanatismo contra el rigor y el humanismo de Mann.

Sin embargo, 1491 ofrece un armado metodológico demasiado sólido y complejo como para reducirse a los debates espurios que propone el supremacismo victimista patrio. Gracias a la combinación de descubrimientos recientes en campos como la arqueología y la antropología, Mann acerca con gran habilidad aspectos relativos a la datación de carbono, la genética, la lingüística, la epidemiología o la geografía que permiten desmontar los principales paradigmas, aún dominantes, sobre la vida en las Américas antes de su conquista y colonización. La complejidad civilizatoria de los pueblos indígenas, las verdaderas dimensiones de su población, el intrincado desarrollo de sus infraestructuras, su capacidad para intervenir de forma determinante sobre la naturaleza al tiempo que participaban de su equilibrio metabólico, son algunas de las cuestiones fundamentales que esta obra problematiza. 1491 representa así una contribución clave para aproximarse a una historiografía científica de la historia de las Américas. Pero además se trata de un trabajo que trasciende ese ámbito, para aportar lecturas más que relevantes de presente y de futuro.

¿Cómo empezaste a pensar en hacer tu libro?

Crecí en el Noroeste [de EE UU], no muy lejos de la reserva Tulalip, y había una gran disputa cuando yo era niño por el derecho a la pesca. El salmón es muy, muy importante en el Noroeste para todos, y aún hay una gran lucha por los derechos del Tratado [de Point Elliott]. Así que crecí viendo cómo los padres de los niños tulalip de mi escuela eran arrestados por hacer cosas por las que los padres blancos no lo eran. Ya de niño, pensaba que eso era muy extraño y estaba mal. Eso allí era más evidente porque era una de las regiones a las que la colonización llegó más tarde. Por eso también hay mucho más arte y monumentos intactos. Supongo que crecí pensando que los nativos eran importantes y, después de ir a la universidad, fui a México por primera vez, fui a Yucatán y descubrí el mundo maya, que es increíble. Toda esa península era básicamente una ciudad gigantesca. Había estado en Europa y había vivido en Roma durante algo más de un año, pero las ruinas de Yucatán, a mi parecer, eran igual de impresionantes y mucho más grandes que las ruinas de Roma. Entonces pensé: “Esto es realmente extraño. Quiero decir, ¡esto está en mi propio hemisferio!”.

En la escuela había aprendido sobre Grecia y Roma, que son muy importantes para la tradición occidental, obviamente, pero aquello estaba mucho más cerca y me resultaba muy extraño no saber nada. No estoy ni siquiera seguro de que la palabra “maya” fuera mencionada en la escuela. Luego me convertí en un escritor para Science y, poco a poco, me di cuenta de que había nuevos hallazgos arqueológicos en todo el hemisferio. Sin embargo, la forma en que los arqueólogos hablaban de lo que encontraban y el modo en que la gente que yo conocía pensaba en el pasado era muy diferente. Pensé que alguien debería escribir un libro. Tardé mucho tiempo en pensar que tal vez yo debería ser la persona que escribiera ese libro, porque estaba seguro de que alguien más lo había hecho. Esto es hace 20 años e internet apenas existía, por lo que si iba a una librería y decía “estoy buscando un libro sobre esto”, me respondían: “Parece una buena idea, pero no, no conozco ningún libro así”. Por eso finalmente decidí intentar hacerlo yo mismo.

¿Qué métodos utilizaste y cómo afectaron a tu escritura? Entiendo que tu formación científica hace que tu trabajo difiera de otros escritos historiográficos sobre el tema.
Supongo que tuve suerte. Por la razón que sea, nunca me han dado miedo los números. Puedo mirar fijamente un documento científico y encontrarle cierto sentido, entender cómo hacer preguntas sobre él. No hay documentos escritos sobre gran parte de esta historia, y los historiadores están entrenados para utilizar, en buena medida, documentos escritos, por lo que les ha sido bastante difícil expandirse hacia áreas donde se necesitan otro tipo de evidencias. Para mí, eso no resultaba tan complicado porque soy de fuera. Además, me lo planteo como periodista y los periodistas, afortunadamente, no se preocupan de si es arqueología o antropología o sociología o ecología. Hay todas estas divisiones, pero a los periodistas no nos importa. Estoy muy agradecido de que la gente del mundo académico no hable entre sí [ríe]. Es un poco como me gano la vida [ríe].

Las divisiones disciplinarias…
Sí. Hay todo tipo de razones para ello. Si eres un miembro joven de una facultad, tienes que ser aceptado por los miembros más veteranos de ella y tienes que hacer cosas que ellos entiendan. Mientras que si te vas y empiezas a colaborar con alguien de otra disciplina, ambas partes acaban un poco diciendo: “¡No sé qué hacer con esto!”. En realidad es malo para tu carrera. Pero a los periodistas no les importa. Tenemos una carrera terrible en cualquier caso, así que del mismo modo podríamos también divertirnos.

Volviendo a tu libro, ¿por qué los datos sobre el tamaño de la población indígena y la sofisticación de sus civilizaciones ha sido algo tradicionalmente marginado en los registros históricos? Esto incluye también a las contribuciones que se han dado en la interacción con las sociedades occidentales. ¿Cómo han contribuido la historia y la ciencia a eso?

Déjame recurrir a algo que acabo de leer. Charles Darwin, el cocreador de la teoría de la evolución, obtuvo muchas de sus ideas en un largo viaje que hizo en el Beagle, en la década de 1830, en la parte austral de América del Sur. Allí se encontró con los pueblos que vivían en Tierra del Fuego y llamó fueguinos. En realidad, había cuatro grupos diferentes de cuatro naciones diferentes, pero él nunca fue muy claro en la distinción entre ellos, por lo que los agrupó a todos y concluyó: “¡Dios mío! ¡Esta gente es tan pobre y miserable! Deben ser como eran nuestros ancestros: pobres y miserables”. Era completamente inconsciente de que cuando los vio, en la década de 1830, hacía un siglo y medio que estaban en guerra con los mapuches, al norte, y eso les había empujado hacia el sur para, a su vez, empujar a los kawésqar, que era el pueblo que había visto más al sur, en ese mismo área. Además habían sido golpeados por la enfermedad. Por tanto, lo que estaba viendo, básicamente, eran los refugiados, personas que huían de eso. Y claro, los refugiados tienden a ser verdaderamente pobres, porque han perdido su hogar, pero él no sabía nada de eso. Darwin estaba escribiendo El origen del hombre, que es la segunda parte de El origen de las especies, centrado en los cazadores-recolectores, los pueblos nativos y lo pobre y miserable que eran sus vidas, sin entender ese tremendo proceso histórico. En realidad se trataba de gente moderna que había sido tratada terriblemente.

Este tipo de cosas sucedieron una y otra vez: veían a los nativos ignorando su historia y los efectos de la colonización, la enfermedad, el maltrato, para concluir: “Siempre han debido ser así”. Entonces, cuando la mayoría de los grandes libros de texto en los Estados Unidos empezaron a escribirse, alrededor del 1900, y la población nativa era de unas 250.000 personas (una pequeña porción de lo que había sido), pensaron que aquí apenas había habido gente antes. Solo ha sido en los últimos 30, 40 o 50 años que arqueólogos y antropólogos han hecho dos cosas. En primer lugar, fueron a las crónicas españolas originales y, bueno… [ríe] como me dijo un historiador: “Los españoles del siglo XVI sabían contar”. Si decían que allí había 50.000 personas, probablemente allí había 50.000 personas. Sí, sus cuentas eran etnocéntricas, pero no eran estúpidos. La segunda cosa que ha sucedido es que han aparecido un número increíble de herramientas científicas, como el lídar [LiDAR, Light Detection and Ranging o Laser Imaging Detection and Ranging]. Así que, hace solo unos años, comenzaron a hacer estos grandes estudios lídar en Guatemala y el sur de México y encontraron, bajo el bosque, un gran número de ruinas que no conocíamos. Empiezas entonces a pensar que debió haber mucha gente allí. ¿Por qué habría kilómetros y kilómetros de ciudad si no hubiera habido gente? Por último, también es muy importante que la gente comience a escuchar a los propios nativos, y si dicen “mis bisabuelos vivieron aquí e hicieron esto”, probablemente deberías darles algo de credibilidad. Esas tres cosas han cambiado realmente la imagen del pasado, y yo diría que también del presente y del futuro.

Quería preguntarte sobre el papel de las epidemias en la conquista de las Américas. Es algo que está en tu libro y es parte de la historia de la conquista, pero a veces se ha utilizado como un instrumento narrativo para mirar el pasado desde el presente.
Hay un libro famoso de Jared Diamond que se llama Armas, gérmenes y acero. Esas tres cosas, según él, hicieron que la conquista tuviera éxito. A veces bromeo diciendo que creo que debería haber llamado a ese libro Gérmenes, gérmenes y gérmenes, porque el papel de las enfermedades fue muy grande. Esto nos lo ha recordado recientemente el covid, que ha matado a un 1% de la población de los Estados Unidos. Ahora imagina una epidemia que matara, porcentualmente, cien veces más. Es absolutamente devastadora la pérdida que sentirías. Mi tía y mi madre murieron de covid y fue un año horrible para todos nosotros. Mi madre tenía 91 años, pero ahora imagina que eso le ocurre a toda una sociedad. Sería simplemente devastador. Quería que la gente entendiera lo que significaba.

Y lo que sucedió es que, una y otra vez, los europeos llegaban a las Américas y los nativos los alejaban o los contenían, hasta que las enfermedades llegaron y se afianzaron. De hecho, hubo más de 20 intentos de establecer colonias en América del Norte antes de la primera epidemia. Después de esas primeras epidemias, alrededor de 1616, todos los esfuerzos europeos tuvieron éxito. Es como un horrible experimento natural. Lo mismo sucede con Hernán Cortés. Primero ataca Tenochtitlán y fracasa. Le echan. Es la Noche Triste, en que pierde dos tercios de sus hombres y casi todos sus caballos. Entonces se alía con un grupo de nativos, aumenta este enorme ejército, fomenta una guerra, llega una epidemia de viruela y acaba con toda la estructura militar y la mayoría de los gobernantes de Tenochtitlán, así como con un gran número de personas. Y entonces triunfa. Por tanto, sin enfermedad, pierde; con enfermedad, gana. ¿Era el factor esencial? Muchas otras cosas intervienen, por lo que no es el único factor, pero es esencial. Pero de ahí a concluir que fueron las enfermedades las que mataron a toda esta gente y, entonces, los europeos no fuimos tan malos…

Sí, creo que notaste la reacción de la extrema derecha en España cuando tu libro se publicó, porque hiciste un hilo en Twitter…
Es que piensa en ese argumento, en términos de argumentación lógica. Parecen querer decir que, como la enfermedad mató a la mayoría de esa gente, en España o en Inglaterra o en cualquier otra potencia colonial no actuamos tan mal. Sin embargo, igualmente podrías observar que, sí, la enfermedad llegó, pero tomamos todo lo que quedó de los sobrevivientes. Quizá no mataron a tus padres, pero se llevaron tu casa cuando estabas en muy mal estado. No creo que eso sea un argumento de peso sobre la gran persona que eres. Esa gente seguro que dice que España no quería matar a todos los nativos, y es absolutamente cierto, pero eso es porque los querían como esclavos. No parece un gran argumento en el frente moral. También dicen que todo esto es la leyenda negra, pero no, esta es la forma en que todos los europeos buscaban fuerza de trabajo.

España llegó primero y por eso hizo las cosas primero, pero no era muy diferente de lo que hacían los ingleses o los holandeses y demás. Pero si eres de España y quieres tratar este tema, podrías hablar más de Bartolomé de la Casas, que fue quizá la primera persona en hablar, en el sentido moderno, de todos los seres humanos como hermanos, para referirse específicamente a los nativos americanos y a los africanos. Ciertamente se había dicho antes en el cristianismo, con Agustín y demás, pero su marco de referencia solo incluía a los europeos. Pero Las Casas es el primero en decirlo con un sentido real del tamaño del mundo y de la diversidad de pueblos que hay en él, una visión filosófica fundamental para el movimiento de los derechos humanos. Era un tipo extraordinario. Así que, si buscas una justificación de lo que la gente de tu país hizo hace 400 años, mejor mira a Las Casas. Si realmente necesitas eso, ahí le tienes a él.

Quería preguntarte sobre la intervención y gestión indígena del paisaje. En tu libro hablas del uso del fuego, y también de la agricultura en el Amazonas. ¿Qué podemos aprender de estas prácticas en relación con la actual emergencia climática, cuando tenemos que repensar y reimaginar formas alternativas en nuestra relación con el medio natural?
Aquí hay dos cosas. Una es lo que hicieron y otra es lo que significa para nosotros. Lo que hicieron es un hecho, algo que aprendemos. Lo que significa es, por supuesto, mi opinión. Lo que hicieron los pueblos indígenas en América del Norte en general, la parte austral de América del Sur y las tierras bajas de Bolivia fue una tremenda cantidad de gestión del paisaje por medio del fuego. Especialmente en las pampas y las Grandes Llanuras, despejaron árboles que pudieran invadir para tener praderas para el bisonte, el búfalo y el guanaco. Tenían un papel muy activo en mantener ese paisaje y extender su tamaño. Las Grandes Llanuras son probablemente un 30% más grandes de lo que habrían sido sin la quema. Pero en bosques como los de las montañas del Oeste, el fuego no solo creó los paisajes que deseaban, sino que sus quemas controladas los mantuvieron más abiertos, más accesibles y mucho menos vulnerables a los grandes incendios que tenemos ahora.

En el Amazonas fue ligeramente diferente, porque despejaron igual que se hace para una granja, pero luego plantaron en lugar de dejarlo al azar. En lugar de permitir que entrara cualquier árbol, daban acceso a árboles frutales o de nueces. Existe una razón por la que si vas a cualquier lugar en el Amazonas y te alojas en un hotel, hay como diez tipos diferentes de zumo de frutas, y es porque estás viviendo en medio de esos antiguos huertos que crearon. Esos son los hechos. Lo que creo que significan es que desarrollaron muchas formas alternativas de gestión de paisajes, que son muy diferentes de lo que hicieron los europeos. La tecnología europea, desde mi punto de vista, se especializó en cosas como engranajes, relojes, bombas y cosas por el estilo, lo cual es genial. La tecnología indígena americana se especializó en este manejo ecológico y eran mucho más sofisticados que los europeos, que básicamente talaban los bosques y plantaban trigo. Y hay muchas alternativas a eso.

En tiempos de cambio climático cuando, por ejemplo, en partes de España va a ser cada vez más difícil cultivar trigo, hay que pensar en paisajes saludables y productivos que también puedan actuar enfriando la tierra bajo su dosel. Esto es algo que los pueblos indígenas han desarrollado en lugares como México. Así que creo, personalmente, que hay mucho que aprender de estas prácticas, igual que con el fuego. Hay toda una experiencia acerca de cómo vivir en un paisaje al que también aplicas fuego. Y una de las formas de minimizar el impacto del cambio climático sería reducir la carga de combustible en el suelo, lo que nos llevaría a retomar las quemas que hacían en California, Oregón, Arizona y demás hace cientos de años. Pero eso se ha mantenido ilegal hasta hace poco.

En California lo prohibieron los españoles…
Sí, y ha ido realmente a peor. Arrestaban a la gente por mantener el paisaje. Ciertamente no soy un experto en el paisaje español, pero creo que habéis tenido más incendios también, al igual que nosotros.

Así es, ha sido uno de los peores veranos en cuanto al tamaño de territorio afectado por los incendios.
Entiendo que hay mucho combustible en el suelo, que es parte de lo que causa eso. Un amigo en Barcelona me decía que necesitaban traer a algunos karok de California para que enseñan qué hacer. Luego están los monocultivos, y la fractura entre campo y ciudad convergiendo allí. Marx escribió sobre eso, al referirse a la “fractura metabólica”. ¡Y es cierto!

Quería preguntarse sobre los alimentos, en particular sobre su vínculo con la intervención indígena de la naturaleza. ¿Qué significación adquiere esa interacción frente a nociones como la de los terrenos baldíos o la terra nullius [tierra de nadie], que sirvieron de legitimación para el colonialismo durante siglos?
Si bien en España era la evangelización el principal motor de la colonización, en Inglaterra efectivamente la idea de terra nullius fue su principal justificación. Ahora sabemos que es absurdo, pero en parte lo que ocurrió fue que los ingleses simplemente no podían reconocer lo que estaban viendo. Cuando pensaban en la agricultura, pensaban en cuadrados de tierra con vallas alrededor y trigo aquí, ganado aquí bosque allí, y así sucesivamente. Por supuesto, la gestión indígena era completamente diferente. Tenían el policultivo, con múltiples cultivos que crecían en el mismo lugar. En realidad, con ese tipo de tecnología disponible, el policultivo es muy productivo. De hecho, ha habido algunos experimentos muy interesantes realizados por la profesora Jane Mount Pleasant, de la Universidad Cornell y que es haudenosaunee. En estos, usó los métodos del siglo XVIII para cultivar trigo y para cultivar jardines haudenosaunee, y luego contabilizó el número de calorías producidas por cada uno. Resultó que los jardines haudenosaunee eran en realidad más productivos. Producían menos trigo o cualquier otro cultivo individual, por supuesto, pero el total era más productivo que los métodos europeos.

El problema es que, aunque eran altamente productivos, se veían como un caos. Desde una perspectiva europea, se pensaba: “¡Dios mío! ¡Hay que cuidar esos jardines!”. Pero no tenían ningún problema en absoluto. Por otro lado, no tenían vallas alrededor porque, a diferencia de los europeos, querían usarlos como cebo, que los ciervos entraran para cazarlos. Tenían todo este paisaje que se utiliza de una manera completamente diferente, mientras mis ancestros ingleses llegaron diciendo: “Esta gente no hace nada aquí, tienen estos pequeños jardines desordenados y encima queman la tierra todo el tiempo”. Simplemente eran incapaces de reconocer cómo se utilizaban.

A este respecto, quería preguntarte por el cultivo del maíz. ¿Cómo puede su caso servirnos para repensar los paradigmas establecidos, tan dominantes en el pensamiento occidental, que menosprecian el carácter civilizatorio de los pueblos indígenas?

De nuevo, debemos diferenciar el hecho de la opinión. El hecho es que el maíz es una especie construida por el ser humano. Eso no es lo que ocurre, por ejemplo, con el trigo. Quiero decir, existe el trigo doméstico y el trigo salvaje. Si vas al sur de Turquía, verás campos de trigo salvaje y parece trigo. Es un poco más alto, pero lo reconoces como trigo. Lo cambiamos por medio de procesos como la fragmentación [shattering], donde se libera todo el grano al mismo tiempo y otra serie de elementos que no afectan a que se vea más corto, que en realidad es una innovación del siglo XX. Pero en el caso del maíz, hay plantas silvestres que se le parecen, pero no tiene ningún ancestro silvestre. Se necesitaron décadas de investigación por parte de los biólogos para descubrir que, de alguna manera, había sido desarrollado a partir de una hierba llamada teosinte.

Si observas el maíz, ves que tiene un gran tallo central grueso y luego, adjuntas a sus lados, tienes las espigas, que son pesadas. El conjunto mide dos o tres metros de altura. Pero el teosinte mide metro y medio y tiene muchos tallos, que al final tienen un pequeño racimo de granos. Cuando lo ves, no te puedes creer que esto haya producido eso. No hay ningún parecido en absoluto. De hecho, la mazorca es una estructura biológica única. No existe en ninguna otra especie. Es un cambio fundamental en la arquitectura de la planta que está más allá de cualquier tipo de ingeniería genética que se haya intentado. Se trata de un reordenamiento completo de la gama genética para crear una especie completamente nueva. Representa una acción muy contundente sobre la naturaleza, y siento que, una vez más, aquella gente no tenía miedo de meterse allí y jugar con las cosas. Por tanto, creo que hay algo para nuestro aprendizaje, que tiene que ver con que las acciones humanas no son necesariamente malas, que se puede intervenir en la naturaleza para bien. El maíz organizó toda la economía alimentaria de las Américas y es algo francamente productivo. Tenían esas plantas con pequeñas semillas y, de repente, pudieron cosechar muchísimo más gracias a ese nuevo cultivo gigantesco. Es realmente increíble.

¿Qué nos dice esto de la agencia histórica de los pueblos indígenas? Me refiero al registro social de sus civilizaciones, pero también a esa idea prístina y romántica que a veces se promueve de ellos de forma condescendiente, de equilibrio estático con la naturaleza, como si pudiéramos hablar de un paraíso en el que nada ha sido alterado, del que se pueden tomar los frutos de los árboles sin hacer absolutamente nada.
Creo que ahí debemos hablar de la concepción cristiana del pecado original, que está detrás de esa noción: es decir, la idea de que tocar algo es malo porque la gente lleva consigo el pecado original, que es malo en sí. Por eso un paisaje prístino, una “naturaleza salvaje”, entre comillas, es mejor que una con gente, porque la gente arruina todo lo que toca. Y eso es algo que está muy interiorizado en parte del movimiento ambientalista. Responde a la concepción cristiana de que la gente es horrible y se alaba a los nativos porque supuestamente no tocan nada. Pero eso implicaría que son diferentes a cualquier otro tipo de gente en cualquier otro lugar. Y no, la gente sí toca las cosas. Estamos hablando de una gama increíblemente amplia y diversa de grupos de personas, así que esta es una generalización que es terrible, ya que todos estos pueblos son diferentes. Pero muy a menudo, cuando se habla con ellos, se entiende lo que estaban pensando: en lo que pensaban era en la construcción de paisajes futuros. Pensaban: “¿A dónde queremos ir?”. Sin embargo, con frecuencia, los europeos lo que querían era volver al pasado, literalmente al Jardín del Edén. En lugar de mirar hacia adelante para ver lo que quieres hacer, construir en una dirección positiva y crear un futuro en el que quieres vivir, esa mirada lleva a eliminar la presencia humana. Es verdaderamente raro. Robert Musil, que escribió El hombre sin atributos, tiene una sección en ese libro sobre cómo existe este extraño romanticismo en el que la civilización europea se siente periódicamente horrible sobre sí misma, se golpea y se dice que sería mejor si no existiéramos, si la gente no existiera. Esto está muy ligado a eso.

Mencionas al principio de tu libro cómo te diste cuenta de lo poco que había cambiado la educación desde los tiempos en que ibas la escuela cuando tus hijos empezaron también a ir a ella. ¿Sientes que ha cambiado algo en los últimos años? ¿Ha tenido tu libro, junto a otros, algún impacto en los programas escolares de historia?
En parte sí y en parte no. Para explicar por qué no necesito contar algo sobre cómo funciona la educación en los Estados Unidos, que es muy singular y defectuoso. Los libros de texto son muy importantes, porque eso es lo que se supone que la gente debe aprender. Por ello, tenemos una tradición en los Estados Unidos de control local, donde los Estados y los pequeños pueblos deciden lo que pasa con la educación. Hacer un libro de texto resulta muy caro para los editores por todos los derechos de las imágenes y demás, y hay agencias en el Gobierno estatal que tienen que aprobar tu libro. De esas agencias, las más grandes e importantes son las de los Estados más grandes, Nueva York, Texas y California, porque están muy poblados. Entonces, si no vendes tus libros de texto a Nueva York, California y Texas, vas a perder dinero. El problema es que la junta que aprueba los libros de texto en Nueva York es más progresista, la de Texas es muy de derechas y la de California está muy loca. Mi editor me dijo que había estado a cargo de un libro de texto una vez, tuvo que pasar por estas tres instancias y que nunca más lo haría. Por lo tanto, cuando tienes un libro de texto y ha sido aprobado, lo último que quieres hacer es modificarlo, porque eso significa que tienes que volver a pasar por todo este proceso de aprobación. Así que resulta muy, muy difícil cambiar la educación. Sí tienes profesores individuales que complementan esos libros. He conocido muchos que van más allá del plan de estudios y dedican un poco de tiempo a esto, y eso sí ha cambiado. Pero en el sentido institucional, nada, ni un poco.

Fuente: El Salto

¿Ecuador un país fracturado? Es la economía, estúpidos…

Por Decio Machado / Director de la Fundación Nómada 

Ecuador es un país con un mercado interno pequeño y que históricamente ha desarrollado, en el marco de la división de trabajo internacional, el rol histórico de proveedor de materias primas al mercado global de commodities. Lo anterior implica que el dinamismo económico del país se ha caracterizado por una serie de fases cíclicas de exportación de bienes primarios como cacao (1866-1925), banano (1946-1968) y petróleo (con arranque en 1972), a la que sigue supeditado.

Debido a lo anterior la economía ecuatoriana se define como altamente dependiente del comercio internacional, de escaso dinamismo interno y fuertemente inequitativa.

Antecedentes

En los años noventa Ecuador se caracterizó por una persistente inestabilidad económica y, por ende, política. Al respecto, vale mencionar que tan solo entre 1992 y el año 2000 el país asistió a la sucesión de siete presidentes de la República diferentes.

Así las cosas, del 7,3% de crecimiento promedio anual durante la década de 1970 fruto del boom petrolero en la economía nacional pasó a un crecimiento promedio del 2,6% en la década de 1980 para disminuir aun más, 2,0% promedio, en la década de 1990.

A finales del pasado siglo, Ecuador experimentaría la mayor crisis de su historia económica. El impacto del fenómeno de El Niño (1993-1997) sumado a un precio del barril de crudo que en dicha década nunca llegó a superar los USD 15 y la crisis financiera global iniciada en el sudeste asiático en 1997, desembocó en el feriado bancario de 1999. Previo a este y tras la captura del Estado por parte de sectores vinculados al sistema financiero nacional, se habían implementado a partir de 1992 -Gobierno de Sixto Durán Ballén y Alberto Dahik- políticas de liberalización del sistema bancario que, entre otras cuestiones, habían despojado a la Superintendencia de Bancos de su capacidad de control sobre las instituciones financieras y permitieron otorgar créditos públicos millonarios a la banca, a la par que la generaciones de leyes para que el Estado asumiera el pago de las deudas millonarias de los principales bancos del país. En resumidas cuentas, se le permitió a los bancos privados que se auto-dotasen de préstamos -muchos de ellos con dinero de los depositantes- sin las garantías pertinentes.

En este contexto, en 1999 cerrarían dieciocho entidades financieras entre las que estaban los bancos más importantes del país. La asunción de los costes por parte del Estado derivó en que estos fueran asumidos por la ciudadanía ecuatoriana mediante la reducción del gasto social y la elevación del costo de los servicios públicos, sin que los responsables máximos de la crisis respondieran con su patrimonio ante semejante estafa.

La crisis significó para la sociedad ecuatoriana pérdidas por más de 8.000 millones de dólares, lo que equivalía a una tercera parte del Producto Interior Bruto (PIB) nacional de entonces, generando un masivo exilio económico estimado en más/menos un millón de personas -según datos del INEC- fruto del incremento desmedido del desempleo y la pobreza.

La reducción del PIB en el año 1999 fue la mayor registrada hasta aquel momento, -4,7%, fruto de la caída de la inversión -formación bruta de capital fijo-, la notable reducción en el consumo de los hogares y del Estado, la devaluación del tipo de cambio nominal, la inflación anual y la caída del PIB per cápita real.

Consecuencia de todo lo anterior, el 7 de enero del año 2000 el país quedaba dolarizado perdiendo su soberanía monetaria pese a que a la postre esto implicara menor volatilidad de la economía nacional y, por lo tanto, mayor crecimiento económico en comparación al período anterior. Este desempeño fue favorecido además por mejores condiciones externas como el precio del petróleo, el flujo de remesas provenientes de los migrantes y la construcción del Oleoducto de Crudos Pesados (OCP).

Lo anterior conllevó a que el crecimiento promedio de la economía ecuatoriana para el período comprendido entre los años 2000 y 2019 haya sido del 3,4%, un indicador superior al ritmo de aumento de la población y por lo tanto haya permitido un incremento promedio anual de 1,7% del PIB per cápita.

Sin embargo, los parciales beneficios de la dolarización no significaron estabilidad política. En los siete años transcurridos entre el año 2000 y el 2007, la sociedad ecuatoriana volvió a asistir a la paulatina sucesión en el Palacio de Carondelet de otros cinco distintos mandatarios.

La etapa correísta

Con la llegada del Rafael Correa a la Presidencia de la República (2007), el proceso de tardo-modernización capitalista en el país se aceleró impulsado desde la planificación estatal y la reprimarización de la economía nacional. El populismo progresista ecuatoriano, al igual que el de otros países de la región, es fruto de la reciente etapa económica global definida popularmente como el boom de los commodities, es decir, gran parte de los logros económicos y sociales alcanzados durante dicha década se sostuvieron gracias a los elevados ingresos derivados de la exportación petrolera y estimados, tras descontar los costos de los combustibles derivados, en unos 57.000 millones de dólares durante los primeros ocho años de la década correísta.

Este contexto económico se acompañó por una visión política de gobierno modernizadora y socialmente más equilibrada que permitió, entre 2006 y 2014 -momento de la caída de los precios del crudo fruto del fin de de la “década dorada” de los commodities– que la pobreza nacional disminuyese del 37,6% al 22,5% y el coeficiente de desigualdad de Gini pasará de 0,54 a 0,47, debido a que los ingresos de los segmentos más pobres de la población crecieron más rápido que el ingreso promedio. Lo anterior lejos estuvo de implicar un cambio en el modelo de acumulación neoliberal heredado por el correísmo, más bien lo contrario, fue nuevamente el sistema financiero -especialmente los grandes bancos- los que más se beneficiaron de la democratización del acceso al consumo, obteniendo beneficios muy superiores a los contabilizados durante los diez años anteriores a la llegada de Rafael Correa a la poltrona presidencial.

Sin embargo, en el año 2015 las condiciones externas desfavorables anteriormente referenciadas afectarían a las exportaciones -petroleras y no petroleras- generando un casi nulo crecimiento económico (0,1%) para el país. De esta manera, Ecuador asistió al fin del auge económico que permitió mayores ingresos fiscales y el impulso del PIB a través de políticas de inversión pública.

La situación externa no fue muy diferente en 2016, a lo que debe sumarse el choque interno provocado por un terremoto en la costa ecuatoriana que -más allá de casi setecientas víctimas mortales-  causó una afectación negativa para el sector productivo de algo más de mil millones de dólares. La contracción económica del año 2016 fue de -1,2%, viéndose una tasa negativa tras diecisiete años de crecimiento irregular pero ininterrumpido.

Conscientes de que los ciclos políticos vienen determinados por los ciclos económicos, el fin del boom de los commodities derivó en el fin del consenso político, social y económico implementado a partir del triunfo del entonces llamado Movimiento Alianza PAIS en las elecciones presidenciales del 2006, e institucionalizado a través del pacto social propiciado por la Constitución de 2008.

Fue en ese contexto en el que se produjo el levantamiento indígena de agosto de 2015, al cual el Estado respondió con el mayor nivel de represión expresado durante la etapa correísta contra las organizaciones sociales. En paralelo, la nueva coyuntura socioeconómica conllevó un cambio de las políticas públicas articuladas hasta entonces por el presidente Correa, volviendo al país las misiones de observación/vigilancia económica del Fondo Monetario Internacional (FMI) y las políticas de endeudamiento agresivo.Tras haber saneado las finanzas públicas durante la primera mitad de su gestión de gobierno, la década correísta se cerró con el dramatismo derivado de que las reservas existentes en el Banco Central del Ecuador eran notablemente insuficientes para afrontar los pasivos a corto plazo contraídos por el Gobierno Nacional. Siguiendo con esa línea de cambios políticos, el Gobierno del presidente Correa firmaría un Tratado de Libre Comercio (TLC) con la Unión Europea mientras llegaba incluso a anunciar su predisposición a extender este tipo de acuerdos con otros países, entre ellos Estados Unidos. A la par, se anunciaba también la puesta en venta de parte de las empresas públicas, múltiples bienes patrimoniales del Estado y algunos proyectos considerados emblemáticos en el ámbito energético -caso de la entonces recientemente inaugurada hidroeléctrica Sopladora-. En materia fiscal, y tras veintidós reformas en diez años, el Servicio de Rentas Internas (SRI) terminó situando el pago de impuestos a la renta para los sectores más privilegiados de la sociedad por debajo del 3%, unos trece puntos menos que la tasa de presión fiscal que enfrentaba el ciudadano ecuatoriano medio.

En estas condiciones de desgaste, Rafael Correa decidiría no presentarse a las elecciones del 2017 posicionando una singular disposición transitoria entre las enmiendas constitucionales aprobadas en diciembre de 2015 por su mayoría legislativa. Mediante dichas enmiendas se eliminó toda restricción para la reelección de cargos sometidos al voto popular, pero se incluyó la disposición de que dichas reformas no se aplicaran en las elecciones de 2017 sino a partir de las siguientes. Entender dicho encuadre pasa, a su vez, por entender una coyuntura económica en la cual ya no era posible garantizar las condiciones de acumulación a corto y medio plazo de los sectores del capital emergente con los que el correísmo se había hasta entonces identificado. En la decisión del presidente Correa pesó más lo político que lo legal, todo ello enmarcado en el ámbito de una estrategia superadora del habitual cortoplacismo político nacional y con visión de medio/largo plazo.

La vuelta del neoliberalismo

Sin embargo, a partir de mayo de 2017 -momento de la asunción del nuevo gobierno- dicha estrategia comenzó a tambalearse fruto del reposicionamiento político de Lenín Moreno, elegido por el oficialismo verdeflex para encabezar un supuesto gobierno transitorio de continuidad junto a Jorge Glas (ambos vicepresidentes de la República durante la década correísta).

Ya desde los primeros días de gestión de Gobierno morenista la ruptura al interior de un cada vez más deteriorado partido de gobierno Alianza PAIS, se hizo evidente.

Inicialmente el Gobierno de Lenín Moreno se compuso de un mix entre dirigentes y ministros reciclados  que en los últimos tiempos habían quedado apartados del anillo de poder correísta y nuevas caras vinculadas principalmente al sector empresarial. Paulatinamente los primeros fueron perdiendo espacio hasta desaparecer frente a los segundos que tomarían fuerza en el Ejecutivo de la mano de personajes como María Paula Romo, Juan Sebastián Roldán y Andrés Michelena. Los dos primeros, pertenecientes al desaparecido grupúsculo político Ruptura de los 25, llegarían al Gobierno Nacional de la mano de los sectores históricamente más siniestros del sistema financiero nacional. 

La estrategia inicial del gobierno morenista se basó en impulsar un llamado al diálogo, buscando un consenso nacional que permitiera amortiguar la reacción social que pudiera desencadenar el plan de ajuste económico ha implementarse en un país inmerso en una profunda crisis. A la par, se habrían expedientes judiciales por corrupción contra los altos funcionarios del gobierno anterior, lo que en la actualidad mantiene de forma dudosamente legal a Jorge Glas en la cárcel.

La retórica de la austeridad impuesta como política de Estado en Ecuador a partir del 2017 devino en la ruptura del ya muy deteriorado pacto social alcanzado a través de la Constitución del 2008, generalizándose el descontento ciudadano respecto a las políticas económicas impulsadas por el Gobierno Nacional y la merma de la capacidad adquisitiva de la población. La incapacidad de la administración Moreno para lograr crecimiento económico sostenido, estabilidad de precios, favorecer el empleo y estructurar un marco de justicia económica y social para las grandes mayorías en el país, supuso el paulatino incremento de la conflictividad social. Dicha situación alcanzaría su climax en la ola de movilizaciones a nivel nacional que tendría lugar entre el 2 y el 13 de octubre de 2019, durante las cuales se darían 132 bloqueos de carreteras, 1.330 detenciones y la muerte de 11 manifestantes. Al frente de dicha represión, superadora de la ya ejercida por los cuerpos de seguridad del Estado en 2015, se encontraban la ministra de Gobierno María Paula Romo y el entonces comandante general de la Policía Patricio Carrillo. 

En todo caso, tras la ya referida recesión en la que se vio inmerso el país en los últimos años el período correísta y pese a las debilidades estructurales existentes en dicha economía, a partir del segundo trimestre del 2017 Ecuador experimentó cierta recuperación. Esta estuvo liderada por el consumo privado debido a la expansión del crédito y, en menor grado, por el gasto del Gobierno -la colocación de 5.500 millones de dólares en bonos soberanos en el mercado internacional sostuvo una moderada expansión del gasto público- y las exportaciones debido al alza de los precios de petróleo. 

Durante 2018 y 2019 el crecimiento de la economía del Ecuador volvería a desacelerarse fruto de las políticas de consolidación fiscal que conllevaron una disminución del gasto público, la ralentización de todos los componentes de la demanda agregada -en particular de la inversión y el consumo privado-  y una contracción moderada de la producción petrolera. En el sector monetario y financiero, la liquidez se incrementó mediante los desembolsos del FMI y el acceso a los mercados financieros, aunque con costos elevados. Paralelo a todo ello, y en parte como consecuencia de la reducción del tamaño del Estado realizada durante el régimen morenista, los indicadores del mercado laboral reflejaron un alza de la tasa de subempleo y un creciente número de empleados en el sector informal.

Mientras en el plano de lo institucional la oposición correísta se las prometía muy felices de cara a las elecciones presidenciales del 2021, dado el bajísimo nivel de popularidad con el que Lenín Moreno terminaría su mandato; los sectores políticos que habían apoyado al presidente saliente se rearticulaban conformando una nueva alianza político electoral en apoyo a Guillermo Lasso, propietario del segundo banco más importante del país y quien multiplicara sustancialmente su fortuna fruto de especular con los certificados de depósitos reprogramables durante el feriado bancario.

El mundo financiero ecuatoriano, que más allá de improperios no había sufrido grandes problemas durante la gestión correísta y que había vuelto a tomar el control del Banco Central bajo la nueva agenda fondomonetarista, presentaba a su candidato ganador para las elecciones del 2021. Todo ello con el apoyo ya no solo de los sectores conservadores durante la primera vuelta, sino también con gran parte de los sectores de izquierda que habían conflictuado con el correísmo durante su estancia en el poder.

Todo ello transcurría tras que la emergencia sanitaria causada por el COVID-19 agudizara la crisis económica ecuatoriana, provocando una profunda recesión que influyó en el repunte de la pobreza, amplificando los desequilibrios macroeconómicos existentes en el país.

La gestión de Moreno,  que durante la segunda mitad de su mandato fue más bien la gestión de María Paula Romo, dejó agotada a la sociedad ecuatoriana. Conllevó el deterioro generalizado de prácticamente todos los indicadores sociales, macro y micro económicos, así como de la credibilidad de las instituciones públicas. En el marco de un divorcio cada vez mayor entre el establishment político y la sociedad ecuatoriana, creció de forma acelerada la pobreza, la mendicidad infantil, el absentismo escolar, los suicidios, el endeudamiento familiar, la inseguridad ciudadana, el deterioro del mercado laboral y el desempleo, el endeudamiento externo y el desprestigio de la institucionalidad. El impacto de la pandemia dramatizó aún más el proceso de derrumbe que venía de antes. 

Quizás la consecuencia más brutal de todo esto fueron los cerca de cuarenta mil fallecidos durante el año 2020 por encima del promedio de muertes correspondientes a años anteriores. Este total de muertos por COVID-19, sean o no reconocidos oficialmente por el Estado, son el fruto del desmantelamiento del sistema de salud público derivado de las políticas de austeridad impuestas por el FMI al país a cambio de financiamiento internacional.

Tras las elecciones de 2021

Es en ese contexto en el que se establecieron las dos principales tendencias políticas entre dieciséis binomios electorales que se presentaron a las últimas elecciones presidenciales en 2021: por un lado el correísmo con Andrés Arauz a la cabeza -impedido legalmente Rafael Correa de ser candidato- y por otro el tradicionalismo conservador con un Guillermo Lasso apoyado en primera estancia por Jaime Nebot y su Partido Social Cristiano.

Más allá de lo anterior un amplio sector de la población ecuatoriana, principalmente joven y no identificada en el clásico clivaje “correísmo vs anticorreísmo” que ha marcado la política nacional en los últimos años, optó por opciones alternativas como Yaku Pérez (Pachakutik) y Xavier Hervas (Izquierda Democrática), en una plasmación semi-gramsciana de lo “nuevo” frente a lo “viejo”. Ambos a la postre terminarían, de forma directa o indirecta, siendo cómplices del triunfo de Guillermo Lasso en la segunda vuelta en abril del 2021. En resumen, la simpleza existente en el análisis político nacional no les permitió ver que el mejor escenario posible para pasar página respecto al liderazgo hegemónico de Rafael Correa en la izquierda ecuatoriana -mantenido vivo políticamente a través de la persecución judicial y mediática a su persona- pasaba por abrir paso a lo que hubiera sido un relevo político más democrático, más ideológicamente sintonizado con la nueva época y menos autoritario en las filas de la autodenominada Revolución Ciudadana.

Los errores políticos se pagan y hoy tanto Yaku Pérez como Xavier Hervas caminan en las sombras y dejaron de liderar a los respectivos partidos políticos con los que se presentaron a las elecciones hace menos de dos años. De igual manera y más allá del paulatino debilitamiento político correísta y sus notorias divisiones internas, la estrategia electoral llevada a cabo por la candidatura de Arauz en 2021 se basó en un enorme error de cálculo que desconsideró las fracturas de nuevo orden existentes en el país, las cuales ya no responden al pasado reciente que dió el triunfo electoral de forma permanente al correísmo a lo largo de los últimos quince años (incluido entre estos el agónico triunfo de Lenín Moreno en 2017).

Así las cosas y pese a que Guillermo Lasso perdiera cerca de un 30% de votos respecto a sus resultados obtenidos en la primera vuelta de las presidenciales de 2017, se investiría como presidente de la República en mayo del 2021, abriendo un nuevo y todavía más caótico ciclo político en el país.

Los compromisos electorales esbozados por Guillermo Lasso durante la campaña fueron muy básicos y concretos: dinamizar la economía nacional mediante la vacunación masiva y generar dos millones de empleos incrementado la inversión extranjera; revitalizar el sector agrícola mediante préstamos a largo plazo y bajo interés; así como aumentar la producción petrolera y ampliar agresivamente la frontera extractiva en general. Lo demás, aquello que fue ampliamente halagado por analistas y medios de comunicación hegemónicos, tenía que ver con falsas adhesiones a determinadas causas ambientales y de género que consistieron en meras florituras derivadas del reduccionista marketing político.

Pero más allá de las promesas gubernamentales, los datos empíricos vienen a demostrar que la economía ecuatoriana está en el grupo de los países que todavía no han logrado revertir el embate de la crisis económica causada por la pandemia de COVID-19. Es decir, el PIB ecuatoriano al cierre del ejercicio 2022 habrá crecido -en el mejor de los casos- unos 7 puntos en dos años tras el desplome de -7,6% de 2020. En definitiva, la inversión es prácticamente inexistente y el sector privado no ha tomado la posta como dinamizador de la economía nacional; consecuencia de lo anterior, no se están creando fuentes de empleo reales en el mercado laboral; se carece de políticas apropiadas en materia de infraestructura, educación, salud, seguridad e innovación tecnológica y de gestión; mientras la inestabilidad política y la conflictividad social se mantienen como una constante.

De hecho y relacionado a esto último, sería la mediación de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana en el conflicto lo que evitó una masacre social durante el paro nacional que tuvo lugar entre el 13 y el 30 de junio del presente año, el cual se articuló en rechazo a la política económica del presidente Lasso. La implementación del uso progresivo de la fuerza letal, una vez más encabezada por Patricio Carrillo -en esta ocasión en calidad de ministro del Interior- dejaría nuevamente un rastro de sangre con seis víctimas mortales entre los manifestantes y más de 600 heridos. Pese a que el conflicto finalizase mediante la firma de un “Acta por la paz”, logro alcanzado gracias al buen trabajo desarrollado por las universidades Central, PUCE y Politécnica Salesiana en labores de facilitación y relatoría -coordinado todo ello por el rector Fernando Ponce- en las 10 mesas temáticas de diálogo establecidas entre manifestantes y el Gobierno Nacional, la percepción generalizada en el país es que el Ejecutivo no dará cumplimiento real a la mayoría de los acuerdos en estas establecidos.

El escenario político actual refleja un país fracturado y a todas luces desestructurado, un presidente de la República con una popularidad inferior al 15% y un Gobierno Nacional incompetente y carente de legitimidad social. En paralelo, la oposición política -conformada en un pacto antinatura entre correístas y socialcristianos- visibiliza también sus carencias mediante el reiterativo fracaso de sus iniciativas legislativas destinadas a derrocar al Presidente de la República y provocar elecciones anticipadas. Por último y en medio de esta línea de fuego navegan a la deriva Pachakutik e Izquierda Democrática, quienes incapaces de administrar políticamente el respaldo popular obtenido en febrero del 2021, hoy defraudan cada día más a sus electores.

El Gobierno Nacional sabe que el 2023 será un año difícil. Las complicaciones de salud por las que atraviesa el presidente Lasso limitan ostensiblemente su capacidad para gobernar un país con una coyuntura tan compleja, es por ello que de forma discreta se esté buscando como posicionar en la Vicepresidencia de la República a alguien más joven y políticamente más confiable para el entorno lassista que Alfredo Borrero. Mientras, tras telones, lo más rancio del mundo conservador piensa ya en futuras opciones electorales para sustituir a un Guillermo Lasso, barajándose en primera instancia nombres tan patéticos como el del asambleísta Fernando Villavicencio o incluso los del binomio represor.

En todo caso el futuro político del país es un incógnita dado que ni el correísmo -aunque internamente piensen lo contrario- parece tener la fuerza para ganar de forma contundente unas elecciones presidenciales en el país, ni los nombres que se barajan hasta el momento desde el mundo conservador tiene la capacidad de generar el más mínimo consenso ni confianza.

Los grupos de interés que conforman el anillo presidencial buscan, conscientes de que la deslegitimación social gubernamental crece de forma acelerada y la indignación popular va en aumento, aguantar aunque sea un año más en el Palacio de Carondelet con el objetivo de implementar al menos parte de su programa económico. Ya ni el viejo pacto entre Estado y medios de comunicación que durante el gobierno anterior habría blindado mediáticamente a Lenín Moreno funciona en este.

La banca, una vez más la banca…, consciente de que el tiempo les juega en contra y que el descontento ciudadano tensará el ejercicio 2023, desencadena una serie de acciones coordinadas a través de sus pivotes institucionales estratégicamente situados. Por poner tan solo un ejemplo, llama la atención como la Junta de Política y Regulación Monetaria y la Junta de Política y Regulación Financiera -ambas tomadas por el sector financiero privado desde el anterior gobierno- atacan en la actualidad de forma sistemática al sector financiero popular y solidario. El objetivo en este momento de ambas juntas es regular la tasa pasiva y ajustar la normativa buscando exigir a las cooperativas de ahorro y crédito las mismas condiciones que a los bancos privados, lo cual supondría el exterminio de la economía popular y solidaria en el país. En paralelo, el asambleísta Rodrigo Fajardo, fiel a la banca y recientemente expulsado de Izquierda Democrática, presenta en la Asamblea Nacional el proyecto de Ley Orgánica para la Reestructuración del Sistema Financiero, mediante el cual se plantea incorporar a la Superintendencia de Bancos -institución que desde el gobierno de Lenín Moreno también pasó a estar al servicio de la banca privada- el control de valores y seguros hasta ahora en manos de la Superintendencia de Compañías.

En definitiva, los amos del sistema financiero privado tienen prisa y buscan en este momento con desesperación golpear al sistema financiero popular y solidario a fin de generar las condiciones pertinentes que les permitan ganar su cuota de mercado. Para ello buscan derribar el ecosistema diferenciado que ha permitido que las cooperativas de ahorro y crédito y las mutualistas hayan crecido sólida y conjuntamente un 504% en activos, 537% en depósitos y 442% en cartera de crédito según datos de la Superintendencia de Economía Popular y Solidaria.

Como diría James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton en 1992, “es la economía, estúpidos”…

¿Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de Putin?

por Bruno Cava – Giuseppe Cocco

La paz no es la ausencia de guerra, sino una virtud que brota de la fuerza del alma.                                                                                                                                                                                   Baruch de Spinosa

 

El mejor Occidente está fuera del Occidente. La mejor Europa está en las jóvenes iraníes que se sueltan el cabello y son asesinadas por ello, en los jóvenes ucranianos que ondean la bandera de Europa…                                                                                                                                                                                  Adriano Sofri

 

 

Escuchando el verso de Eurípides: «Cuando yo muera, que todo arda»[1], Nerón retruco: «¡Que todo se queme mientras yo esté vivo!» A Nerón le resultó más fácil imaginar el fin del mundo que su fin. Ante la guerra de alta intensidad librada por Putin contra las ciudades de Ucrania, es más fácil para la izquierda occidental –con raras y valientes excepciones– imaginar el fin del mundo que el fin del dictador ruso.

Los críticos de izquierda de la guerra de Rusia contra Ucrania se pueden dividir en tres grandes grupos: los que consideran legítima la agresión rusa, los que defienden la paz y, por último, los que siguen al pie de la letra el libro de jugadas de los juegos infantiles del realismo en las relaciones internacionales. La izquierda que defiende la guerra neocolonial rusa [2] no duda en movilizar argumentos antiimperialistas para la peor guerra imperialista en curso: las intervenciones estadounidenses pasadas justificarían la intervención rusa actual.

Luego vienen los diferentes matices de «pacifismo» que se oponen al envío de armas a Ucrania. En la década de 1980, los pacifistas abogaron por el desarme de sus estados nacionales; ahora quieren que otros estén desarmados, incluso aquellos bajo la invasión y el terror de estados más poderosos.

Finalmente -tercer momento- asistimos a la increíble conversión de una parte de la izquierda al realismo geopolítico: se debería haber evitado el apoyo de Occidente porque Ucrania presionaría para un enfrentamiento entre potencias nucleares: es decir, defender a los que resisten la invasión rusa. significa favorecer el apocalipsis.

El hilo conductor que une a los tres grupos de la izquierda occidental es el hecho de que concentran la crítica contra la resistencia ucraniana, reducida a un no sujeto o depositario de los prejuicios coloniales, y transformada en una “pequeña república” en la antesala de la historia [3], y de bendecir suavemente la agresión rusa en nombre del antiamericanismo ontológico y el miedo, generalmente una mezcla de ambos en proporciones variables.

En el terreno del pastiche antimperialista también se exaltó la alternativa neo-leninista entre “guerra y revolución” [4]. Una extraña revolución que se pone del lado de la narrativa neocolonial rusa y archiva el ciclo de luchas y levantamientos ucranianos de las últimas décadas, por ejemplo, el levantamiento de Maidan de 2013-14. En el mix son, entonces, arbitrariamente mezclados la inversión de la lógica y la colocación de Rusia en la posición del mal menor en relación con los Estados Unidos, América Latina y el Sur global. Para ellos, Estados Unidos es en realidad el peor de los males en comparación con Rusia. Sin embargo, nada de esto explica por qué Rusia sería un mal menor que Occidente para los ucranianos, que son tanto las víctimas como el principal núcleo de resistencia en este conflicto armado. Después de presenciar las corrientes negacionistas de la pandemia, ahora estamos presenciando el negacionismo de los pacifistas anti ucranianos. Solamente la resistencia y las poblaciones ucranianas deben sufrir las “consecuencias económicas de la paz”, invirtiendo la famosa fórmula de Keynes. ¿Cómo olvidar que una de las causas de esta guerra es que los ucranianos estaban desarmados, habiendo entregado su arsenal nuclear poco después de la implosión de la URSS, unión en la que, como una de las repúblicas, participaban al igual que Rusia? Y luego está el fenómeno por el cual quienes, tropezando en el pedregoso camino de Damasco, se han convertido a la trascendencia de las teorías realistas, como la de J. Mearsheimer [5], abandonando la religión cívica de las luchas de un pueblo por la libertad y la democracia, como la del Maquiavelo de las pequeñas repúblicas italianas [6].

La defensa maquiavéliana del pueblo en armas, que crea su libertad a través de la acción entre la multitud y el príncipe, se convierte en la nueva apología hobbesiana del miedo al servicio de la paz con la sumisión de los ucranianos. Tal paz es, de hecho, el nombre desconcertante de la normalización de la guerra. Esta supuesta complejidad esconde una simple realidad afectiva: la pasión por el poder estatal [7], representado por el régimen de Vladimir Putin.

En un artículo publicado en New Left Review, Antonio Negri y Nicholas Guilhot [8] escribieron que nada sería más peligroso que confundir una guerra de poder entre potencias nucleares con un conflicto asimétrico contra un «estado terrorista» en nombre de «altos ideales», como «democracia» o «derechos humanos». Desde el principio, Negri y Guilhot convierten los hechos en una nube de confusión. El comportamiento del Estado ruso es en realidad el de un Estado terrorista: en las zonas ucranianas, ocupadas o no, bombardea, tortura y mata indiscriminadamente; a nivel internacional, convierte el trigo, el gas e incluso los refugiados en armas, un acto terrorista dentro de un discurso genocida. [9] Sobre la base del revisionismo del historiador-jefe del Kremlin, el objetivo declarado de Putin es negar a Ucrania y a sus habitantes el derecho a existir como ciudadanos ucranianos, es decir, libres de su metrópolis histórica. El slogan de la «desnazificación» no tiene otro propósito que el de purgar a las poblaciones multilingües y multiculturales de Ucrania de todos los elementos étnicos, lingüísticos y nacionales. Por eso los ocupantes deportan a miles de niños ucranianos: para rusificarlos. Finalmente, el conflicto es en realidad asimétrico, ya que se desarrolla entre un estado militarmente nuclear y el estado ucraniano más reciente, cuya capacidad de respuesta es limitada y no equivalente en términos de medios y métodos, como las armas y los recursos para una defensa efectiva, que en el inicio eran insuficientes.

Negri y Guilhot valorizan la propaganda de Putin promoviendo una guerra entre Rusia y el «Occidente colectivo». Como podéis ver, en ocho meses de guerra murieron en combate decenas de miles de soldados y paramilitares rusos, muchos de ellos pertenecientes a minorías étnicas del antiguo imperio soviético, mientras que la OTAN no perdió ni un solo soldado. Durante los primeros meses de la guerra, los ucranianos solo tenían una asistencia militar defensiva limitada y sobrevivieron al ataque frontal lo mejor que pudieron. Una vez más, la virtud maquiavéliana se burla de los cálculos de realistas y pseudopolíticos de todos los países. Los ucranianos bloquearon la invasión inicial y ganaron la Batalla de Kiev, a pesar de la asimetría y la falta de apoyo sustancial de la OTAN. La resistencia nacional y militar en Ucrania fue y sigue siendo una resistencia popular [10]; una guerra del pueblo contra un ejército de ocupación, como en Vietnam (1950-70) o Afganistán (1979), que también derrotaron a las potencias nucleares.

Espejearse en la propaganda neocolonial de Putin y esconderse detrás de una América Latina inexistente o de un Sur global [11] sentimental y culturalmente relativista solo resulta en profundizar la catástrofe ética y política en la que se encontraba la izquierda putinista, una fracción mayoritaria de la izquierda que piensa en el tema de la globalización, aunque con la discreta fascinación del antiimperialismo y las teorías sobre el sistema mundial.

Como dice Étienne Balibar [12], es necesario estar del lado de la guerra justa que libran los ucranianos.

Después de todo, el realismo es irrealista, ya que no logra comprender el espacio impredecible que revela la resistencia. El sorprendente comportamiento colectivo de la resistencia ucraniana ha reabierto el escenario de la globalización más allá de la discusión entre bloques geopolíticos y relaciones de poder, aunque solo haya creado una pequeña grieta o una leve desviación de la tendencia. Pero es una desviación cualitativa, un clinamen. Esto no se lo esperaban los invasores, ni tampoco los aliados, que sólo tras el éxito de la defensa inicial comenzaron a incrementar la ayuda militar, aunque con muchas limitaciones en cuanto a medios y elección de objetivos.

De hecho, Negri y Guilhot no temen una confusión peligrosa; lo que realmente temen son las verdades peligrosas. Como su análisis opta por no tener en cuenta las tensiones que se entrelazan en la situación concreta, deben rodearse de instrumentos de defensa, como hablar en nombre de la paz mundial y la salvación de la humanidad ante el horror nuclear (evocado apenas por el lado putinista como guerra psicológica). La lucha eficaz de los que luchan por la vida, la independencia y la dignidad es más temida que el triunfo de lo intolerable. No parecen temer la victoria de Putin y lo que significaría para los ucranianos y otras poblaciones de Europa del Este. Nada podría ser más obsceno que eso.

Reafirmar el apoyo a la resistencia ucraniana y brindar toda la ayuda posible, ya sea desde la OTAN, la Unión Europea o los países del Sur global, es ahora una tarea internacionalista fundamental, capaz de mantener vivo el deseo de otro mundo posible, como en las luchas del ciclo por una globalización otra. Este mundo ya está emergiendo, a pesar de las terribles brutalidades aceptadas por la izquierda putinista, en los campos y ciudades de Ucrania.

 NOTAS

[1] Suetônio Tranquilo, The lives of twelve Ceasars. Book 6: XXXVIII – The Great Fire of Rome. 120 AD.

[2] Yaroslav Trofimov, Russia’s long disdain for ukrainian nationhood. The Wall Street Journal, Apr 28, 2022. Taras Bilous, Self-determination and the war in Ukraine. Dissent, May 4, 2022. Taras Bilous, The war in Ukraine and the Global South, The commons.ua, March 13, 2022.

[3] A modo de suplemento, para complementar en la guerra de propaganda del lado invasor es reducir quien es invadido a un detalle menor, mencionado en las notas al pie de página de él Gran Diseño de las Cosas. Un ejemplo sobre el tema: Toni Negri e Sandro Mezzadra. Join the Global Fight against the Regime of War. Transl. Geert Lovik. Network cultures, Aug 9, 2022.

 

[4] El último libro de Maurizio Lazzarato sobre la guerra rusa en Ucrania – Guerra o rivoluzione; perchè la pace non è una alternativa, DeriveApprodi: Roma, 2022 – es un alegato solemne contra el pensamiento débil para revolcarse en abstracciones débiles y totalizaciones intermitentes sin tener en cuenta la realidad de las fuerzas involucradas en la invasión y la resistencia a ella.

[5] El pastiche pacifista mixtura de realismo de las grandes potencias con el materialismo de la abstracción determinada, dos perspectivas o metodologías incompatibles.

[6] Nicolas Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, 1532.

[7] “Hay que decir que los comunistas franceses tuvieron un buen maestro: Stalin. De hecho, fue Stalin quien reintrodujo la noción de pueblos «avanzados» y «atrasados» en el pensamiento socialista. Y si hablas del deber de un pueblo avanzado (en este caso los grandes rusos) de ayudar a los pueblos que se quedan atrás a ponerse al día y superar su atraso, no conozco paternalismo colonial que proclame una intención diferente”. Aimé Césaire, Letter to Maurice Thorez. Oct 1956.

[8] Toni Negri e Nicolas Guilhot, New Reality?, 19 de agosto de 2022. Guilhot es el traductor francés del segundo libro de la trilogía Negri & Hardt Empire, titulado Multitude: War and Democracy in the Age of Empire, Penguin: 2004. Ambos autores del articulo parecen haber evitado el capítulo inicial sobre Simplicius Simplicissimus (p. 3) de la novela picaresca de Hans Grimmelshausen del 1668.

[9] Cuando, con suerte, la guerra termine y las investigaciones internacionales se lleven a cabo adecuadamente (por ejemplo, en relación a las masacres, como la de Bucha), también será posible un veredicto sobre la naturaleza genocida de la invasión. Que el discurso de los invasores es genocida es indiscutible.

[10] Mehri Druckman, Generation UA: Young Ukrainians are driving the resistance to Russia’s war, Atlantic Council, Aug 11, 2022. David Patrikarakos, Inside the Ukrainian resistance, Unherd, Jul 9, 2022.

 

[11] Edward P. Thompson criticó la forma en que la izquierda occidental y europea se refirió de manera abstracta a la idea del Tercer Mundo, negándose a ver aspectos constructivos en las luchas de Europa del Este contra la URSS y los regímenes satélites (luchas que solo serían ‘contra’ algo). Para ella, la salida del bipolarismo de la guerra fría siempre estaría en otro lado, nunca del lado de los que se rebelaron dentro del socialismo real de forma creativa. The ends of Cold War. New Left Review n. 182, Aug 1990.

[12] Étienne Balibar, In the War: Nationalism, Imperialism, Cosmopolitics, The Commons.ua, 29 de Junio de 2022.

Publicado originalmente en https://www.ihu.unisinos.br

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

Ser diferentes, para cambiar el mundo

Por Raúl Zibechi

Todo el empeño de la clase dominante está puesto en eliminar o achatar las diferencias en los modos de vida, en las prácticas cotidianas de los pueblos, las clases y las personas, respecto de la cultura dominante. Para eso se militarizan regiones enteras, se producen genocidios y exterminios de poblaciones, desde hace cinco siglos.

La evangelización forzada promovida por los conquistadores se propuso destruir la autonomía política y cultural de los pueblos originarios, anclada en modos de vida comunitarios y en espiritualidades diversas pero irreductibles al despojo del naciente capitalismo. No se trataba de una cuestión de religiones, de dioses verdaderos o falsos, sino de que los pueblos no debían seguir viviendo a su modo, según sus costumbres.

La destrucción de los modos de vida de los campesinos ingleses fue clave para la implantación y expansión del capitalismo, como analiza Karl Polanyi en La gran transformación. Para eso se aplicó la violencia de arriba, despojando a los campesinos de las tierras comunales para convertirlos en vagabundos que terminarían como trabajadores encarcelados en los satanic mills (molinos del diablo), piezas claves de la revolución industrial.

La ofensiva contra las tabernas y otros espacios de los trabajadores a comienzos del siglo XX persiguió destruir los espacios donde los obreros utilizaban su tiempo libre para relacionarse de modos distintos a los que imponía la lógica capitalista, convirtiéndolos también en territorios de autonomía cultural y de organización de sus resistencias, como explica James Scott en Los dominados y el arte de la resistencia.

Podemos remontarnos a los días de la esclavitud (cuando quilombos y palenques eran espacios de libertad y revuelta), o aterrizar en nuestros días (cuando los estadios de futbol, que fueron espacios diferenciados de la clase obrera, se convierten en mecanismos de acumulación por despojo y de la especulación financiera), para comprobar que la historia de las luchas es, también, la de la destrucción y la reproducción de las diferencias de clase, color de piel, géneros y diversidades sexuales.

La guerra que hoy sufren los pueblos originarios y negros de todo el continente, los campesinos, las mujeres y los jóvenes que luchan, tiene por objetivo despojarlos de sus modos de vida y convertirlos en dependientes del capital. Para forzarnos a servir. Para convertirnos en esclavos asalariados, que por menos de un salario mínimo dedicamos nuestras vidas a lubricar la acumulación capitalista.

La brutal ofensiva contra los pueblos originarios, desde Chiapas y la sierra Tarahumara hasta el sur de Chile, se propone expulsarlos de sus tierras para convertirlas en mercancías, ciertamente; pero también porque en sus territorios los pueblos viven de modo heterogéneo respecto del capitalismo. En este caso, territorio y diferencia están anudados, y son los que permiten la continuidad de la resistencia.

En su último trabajo ( Ir más allá de la piel, Tinta Limón, p. 51), la feminista Silvia Federici destaca que durante la Gran Depresión “se esterilizaba a mujeres blancas de clase obrera cuando se las consideraba débiles mentales, categoría que empleaban los trabajadores sociales y los médicos para etiquetar a las mujeres consideradas promiscuas y propensas a tener hijos fuera del matrimonio”. O sea, por ser diferentes respecto al modelo capitalista de mujer.

La diferencia, las diferencias, son potencialmente anticapitalistas, pero no de forma mecánica. En el mismo sentido, podemos asegurar que si no existen modos de vida, culturas y cosmovisiones diferentes a los hegemónicos, es imposible cualquier resistencia duradera, toda aspiración a cambiar el mundo y superar el capitalismo construyendo mundos-otros, nuevos y, sobre todo, diferentes. Este punto ha sido enfatizado suficientemente por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

La segunda cuestión es que la diferencia no cae del cielo, no es un dato de la realidad, heredado o inamovible. Debe ser cultivada, defendida, profundizada, cada día, cada hora, en resistencia contra quienes quieren eliminarla. El sistema lo hace de varios modos. Uno de ellos es la violencia y el cerco, como el que sufren tantas comunidades y bases de apoyo, como pudimos comprobar en Nuevo San Gregorio, en territorio del caracol 10.

De modo más sutil, el capitalismo suele neutralizarnos con la tentación del consumo, que es una poderosa fuerza de atracción de los jóvenes. El impulso a la migración, a dejar que de ser quienes somos, es un modo de suprimir las diferencias de abajo, complementario de la violencia descarnada.

Por todo esto, la lucha se produce en múltiples frentes: en la defensa del territorio, en la afirmación de la cultura propia, en el empeño por no dejarnos arrastrar a modos de vida que nos quieren imponer para desfigurarnos como pueblos y como personas.

A mi modo de ver, la diferencia es el fuego sagrado que debemos proteger, cuidar, profundizar y multiplicar, cada día de nuestras vidas.

Jun Fujita Hirose: ¿Cómo imponer un límite al capitalismo?

El filósofo japonés observa que el capitalismo está en la etapa final de un nuevo proceso de destrucción creativa y en el traspaso de la hegemonía estadounidense a la china con un correlato de financierización, economía verde, digital y precarización absoluta de las vidas.

La destrucción creativa quiere decir destruir los viejos capitales y crear, al mismo momento, los nuevos capitales”, sostiene Jun Fujita Hirose, filósofo y crítico de cine japonés en un español que se desenreda a borbotones de sus labios tras pasar sus ideas del japonés al francés (es docente de ese idioma en su país) y luego a nuestra lengua. “Se trata de una transición doble, una transición de la hegemonía sobre la economía mundial, y una transición de la materia prima más importante”.

“En la historia moderna, la hegemonía pasó de Portugal a España, de España a Holanda, de Holanda a Inglaterra y de Inglaterra a los Estados Unidos, al mismo tiempo que la materia central y estratégica de la organización económica pasó del oro a la plata, de la plata al viento, del viento al carbón, del carbón al petróleo. El capitalismo, en cuanto apropiación directa de la producción por el capital, apareció en la segunda mitad del siglo XVIII, con la transición de Holanda a Inglaterra y del viento al carbón, y efectuó por sí mismo un nuevo cambio a finales del siglo XIX, cuando la acumulación del capital llegó al límite bajo la hegemonía inglesa, con el carbón como materia principal. A posteriori, el capitalismo quedó en manos del régimen estadounidense y petrolero durante más de cien años”, expresa en las conclusiones de su libro ¿Cómo imponer un límite absoluto al capitalismo? Filosofía política de Deleuze y Guattari, editado por Tinta Limón Ediciones y que estuvo presentando en Buenos Aires y Santiago de Chile a fines de agosto.

“El capitalismo empezó con un régimen inglés y carbónico, pero cien años después de este comienzo llegó a su límite. En ese momento el capitalismo realizó otra destrucción creativa, que consistió en la transición de la hegemonía de Inglaterra a Estados Unidos y del carbón al petróleo. Un siglo más tarde, el proceso de acumulación del capital, llegó nuevamente al límite y está intentando hacer una nueva transición de la hegemonía de Estados Unidos a China y con los metales raros como materia paradigmática, en reemplazo del petróleo. Con el nombre de capitalismo verde están buscando hacer esta nueva transformación”, sostiene Jun, profesor en la Universidad Ryukoku (Kioto).

“A finales de los años 60, ya ese límite estaba presente. El crecimiento económico se detuvo tanto en Japón como en Europa y Estados Unidos.  Durante los últimos 50 años, el capitalismo, para soportar el límite, impuso a los países periféricos un intercambio desigual y se produjo un proceso de  financierización de los capitales industriales –entre otros procesos–. Por ejemplo: Toyota tiene muchas ganancias financieras. Vende los coches con los seguros; sin la venta de los seguros la empresa no se podría soportar”, describe Fujita.

 

Cómo imponer un límite al capitalismo

Hay una serie de movimientos sociales en muchas partes del mundo en el año 2019 –Chile, Francia con los gilets jaunes, el Líbano– que impusieron un límite rechazando todas estas prótesis que el capitalismo utilizó en estos cincuenta años. El conjunto de estos “aparatos” se llama neoliberalismo. Los movimientos populares impusieron un límite al capitalismo rechazando al neoliberalismo”.

“La transición verde y digital en curso, acelerada después de la pandemia, es una respuesta a este límite impuesto por los movimientos populares”, propone Jun. “Si no quieren neoliberalismo, no hay problema, les damos capitalismo verde. El capitalismo está haciendo una serie de proposiciones verdes (descarbonización, neutralización del carbono, etc.) al mismo tiempo que está llevando a cabo mega proyectos extractivistas”.

“En el momento actual de destrucción creativa del capital, se están formando dos grandes máquinas de guerra en paralelo: la de lxs trabajadorxs metropolitanxs abandonadxs por los viejos capitales en destrucción o depreciación y la de los pueblos minoritarios que luchan en los mismos puntos de crecimiento de los nuevos capitales. No debemos dejar que el capital se apropie de la máquina de guerra metropolitana para masacrar a los pueblos minoritarios en defensa de sus territorios y de sus comunidades; tampoco debemos dejar que el capital, bloqueado en su desarrollo industrial por el enfrentamiento con la máquina de guerra minoritaria, desemboque en una continuación ampliada de la financierización de la economía por medio de una expansión cuantitativa ilimitada, lo cual no solo multiplicaría empresas zombis, bullshit jobs y productos de obsolescencia programada, sino que precarizaría aún más la vida de las masas empobrecidas del mundo, al convertir todas las cosas –incluso las necesidades primarias– en objetos de especulación. Si el capitalismo perece, lo hace por ahogo. Él solo se ahoga cuando las dos máquinas de guerra se articulan en alianza transversal y obstruyen de antemano todas las salidas posibles para el capital”, propone Jun, en las conclusiones de este libro sobre el que estuvimos conversando.

Viet Thanh Nguyen: “Los thrillers abren nuevas posibilidades a la política y la filosofía”

Este año, el escritor estadounidense nacido en Vietnam publicó en español El idealista, su novela más reciente. En entrevista, habla sobre el colonialismo, la identidad y las dificultades de la integración.
Por Mauricio Ruiz
Julio de 1981 en Francia. El primer presidente socialista del país, Francois Mitterrand, ha cumplido apenas dos meses en el poder. La guerra entre Iraq e Irán lleva un año, la invasión soviética en Afganistán, dos. El mundo se recupera de la crisis petrolera del 79 luego de la Revolución islámica en Irán, y Ronald Reagan está en la Casa Blanca. Ese es el mundo que da trasfondo a El idealista (Seix Barral, 2022), la más reciente novela de Viet Thanh Nguyen, escritor naturalizado estadounidense nacido en 1971 en Vietnam.
Vo Danh (que literalmente significa “Sin Nombre”) deja su país, pasa un tiempo en un campo de refugiados en Indonesia, y llega a Francia el 18 de julio de 1981, cuatro días después del Día de la Bastilla. Avanza por las calles como una sombra, una silueta que da desconfianza a muchos franceses: Vo Danh es un refugiado.

En esa ciudad que le es hostil, Vo Danh entra, casi por inercia, al mundo de las drogas y todo lo que eso conlleva. Thanh Nguyen entiende el crimen de una forma inusual, parece casi disfrutarlo. Ve el crimen organizado como un nexo de unión entre las diversas comunidades integradas por inmigrantes argelinos descontentos, prostitutas camboyanas, y matones vietnamitas.

Ya en su anterior novela, El simpatizante, ganadora del premio Pulitzer de ficción, Thanh Nguyen muestra una mirada que sabe detenerse en los resquicios de las identidades en flujo, la multiplicidad que existe en un mundo cada vez más globalizado. Conversé con Thanh Nguyen durante el Festival Hay 2022 en Querétaro.

TU NOVELA EXPLORA EL TRÁFICO DE DROGAS, SUS CAUSAS Y EFECTOS EN LA SOCIEDAD. EN EL PROCESO DE CREACIÓN DEL PROTAGONISTA Y DE SU SITUACIÓN, ¿QUÉ APRENDISTE SOBRE EL PROBLEMA SOCIAL DE LA DROGADICCIÓN, EL NARCOTRÁFICO Y SU RELACIÓN CON EL CAPITALISMO?

Creo que el tráfico y el consumo de drogas se consideran pecados en muchas sociedades. Los hemos catalogado como algo reprobable. Y esto tal vez sea especialmente cierto en Estados Unidos. Hay mucho moralismo involucrado, así como elementos políticos y económicos. Es como el sexo. Ocurre en todas partes, mucha más gente de lo que creemos lo hace, pero no queremos hablar de ello. Para mí, por tanto, se convierte en algo muy político. Las cosas que la sociedad quiere hacer pero de las que no quiere hablar son profundamente políticas.

Si pensamos en la historia del consumo de drogas, no es simplemente una cuestión de elección individual, sino que ha habido una parte de colonialismo y de conflicto. La razón por la que me gustan los thrillers –El idealista es de ese tipo– es porque son muy entretenidos, muy violentos. Abren nuevas posibilidades a la política y la filosofía, porque tenemos que preguntarnos: ¿cuál es el mayor crimen de todos? ¿Es peor crimen el del adolescente que te vende marihuana en una esquina, o el del capitalista colonialista que te ha quitado tu país, tu trabajo, tu dinero, y te explota? Eso es lo que simboliza para mí el tráfico de drogas. Permite a los poderosos ponerle la etiqueta de reprobable a ese chico de la esquina.

Francia financió su imperio en Indochina a través de la droga. Los mayores traficantes de drogas de la historia del mundo no son los adolescentes de la esquina: son estos estados colonizadores que han utilizado las drogas para financiar sus imperios. Eso es lo que se revela en El idealista. Se convierte en un tema global porque el protagonista está en Francia, se ve envuelto en un delito de drogas, pero en realidad se refiere a lo que hicieron los franceses en Vietnam. La CIA aparece en esta novela, y es que la CIA traficaba drogas en Laos durante la guerra de Vietnam, también en Centroamérica en los años 80, al mismo tiempo que se desarrolla esta novela. Quise establecer esta trama porque espero que mi tercera novela, la última de esta trilogía, comience en Centroamérica. En ella veremos la continuidad de estas drogas y lo que representan.

EN LA NOVELA EXPLORAS A PROFUNDIDAD LAS IDENTIDADES MÚLTIPLES, POTENCIALMENTE CONFLICTIVAS. ¿CÓMO RESUELVE UNA PERSONA ESE TIPO DE CONFLICTOS?

Como resultado de la colonización que ha ocurrido durante varios siglos, la situación que describes es mucho más común de lo que imaginamos. Esa mezcla ya existía. Es el flujo natural en el mundo, es la realidad humana.

Pero choca con la realidad política, que significa que tenemos naciones estado y fronteras. Esos estados se identifican con una etnia, con una apariencia o un aspecto. A pesar de que Estados Unidos, por ejemplo, es un país multicultural con todo tipo de poblaciones, se sigue presentando como blanco ante el mundo. No es la realidad y, sin embargo, es la realidad porque gente blanca es la que controla el poder.

La política de cada nación estado determina cómo esas diferencias de identidad que describes se convierten en situaciones donde se produce la violencia.

Porque las personas que viven en la misma zona normalmente podrían llevarse bien a pesar de todas sus diferencias. Pero entonces alguien llega y les dice: “Tú eres del grupo X, y aquellos son del grupo Y, tienes que odiarlos”. Eso es lo que provoca el conflicto. Para mí, es importante hablar de estos temas, porque mucha gente quiere definir las diferencias como una cuestión de cultura, que los conflictos son de esa naturaleza. Yo no estoy de acuerdo. Creo que los conflictos son geopolíticos y las diferencias culturales se convierten en los síntomas del conflicto. ¿Cómo resolvemos estas diferencias culturales? Resolviendo el conflicto geopolítico. Eso es mucho más difícil.

EN ESTADOS UNIDOS MUCHA GENTE QUE ES CONTRARIA A LAS VACUNAS, A LA INMIGRACIÓN, A LA INTERVENCIÓN DEL GOBIERNO, DICE QUE ESTÁ SIENDO “CANCELADA” POR ACTIVISTAS WOKE DE LA IZQUIERDA. ¿ES ESTO UN PROCESO NATURAL EN UNA DEMOCRACIA? ¿SE PUEDE LOGRAR UN EQUILIBRIO?

Creo que el debate sobre la cancelación versus el movimiento woke se ha convertido en algo binario: aquí está un lado, aquí está el otro, como si solo uno de ellos estuviera haciendo la cancelación y el otro fuera el “despierto”. Pero creo que estos son solo términos que la gente utiliza para estigmatizar al otro y también –esto es muy importante en la era actual de la polarización– para evitar que la gente piense en cómo sus propias creencias e ideologías padecen los mismos problemas.

Yo me identifico con la izquierda y pienso que debemos criticar a otras personas cuando son racistas, pero creo que a veces lo hacemos demasiado rápido. Eso es un fallo humano, no ideológico. Independientemente de la ideología en la que nos encuadremos, todos somos propensos a culpar al otro bando e ignorar lo que hace el nuestro. Eso es lo que intento mostrar en mis novelas.

Por supuesto que hay que elegir bandos, eso forma parte de la política. Pero como escritor me interesa no solo elegir bando, sino también criticar cuando alguno de ellos no está a la altura de sus ideales. Cuando un escritor hace eso, se pone tanto dentro como fuera de la política, y esa es una posición peligrosa. Porque es más fácil tomar un bando político e ignorar las complejidades y contradicciones que hay dentro de él.

Por eso con mis novelas recibo críticas de todos lados. Los estadounidenses dicen que soy antiamericano, los vietnamitas dicen que soy proamericano y anticomunista, y los refugiados vietnamitas-americanos dicen que soy comunista. Pero los comunistas vietnamitas no piensan lo mismo. Si dices la verdad sobre cada bando, lo que estás reconociendo es que cada uno tiene su propia ideología, sus aspectos positivos, sus debilidades y también sus fracasos. Pero nadie quiere oír eso sobre su propio bando.

¿Y ESO ES INEVITABLE?

Sí. Creo que el debate en torno al movimiento woke sufre justamente de eso. Todo el mundo quiere acusar a los demás de cancelación, cuando la realidad es que cada bando quiere anular la ideología contraria. Por supuesto que los demócratas y la izquierda quieren cancelar el racismo y el sexismo, pero los republicanos quieren cancelar a los homosexuales, a los inmigrantes, etc.

ALGUNOS CRÍTICOS DE LOS MODELOS ECONÓMICOS ACTUALES HAN DICHO QUE ES MÁS PROBABLE QUE LA VIDA HUMANA ACABE EN EL PLANETA ANTES QUE EL CAPITALISMO.

Es una premisa muy interesante, una gran novela de ciencia ficción. Sí, creo que la vida humana puede convertirse en inteligencia artificial y puede subsistir después de nosotros con los mismos valores capitalistas de conquista, consumo y destrucción. De hecho, lo que he visto en las mejores ficciones científicas distópicas es que eso es exactamente lo que ocurre. La inteligencia artificial nos da miedo porque hace aflorar los peores aspectos del carácter humano. Nos aterra no porque sea diferente a nosotros, sino precisamente porque es como nosotros. Excepto que la inteligencia artificial es más poderosa y violenta que nosotros. Creo que es una posibilidad real. El mayor logro de la civilización capitalista es continuar su existencia por todos los medios posibles.

¿POR QUÉ EL CAPITALISMO Y LA CULTURA DEL CONSUMISMO HAN TENIDO TANTO ÉXITO?

Porque surgieron en el mismo lugar, al mismo tiempo que un tipo muy específico de tecnología militar. No es que el capitalismo y el consumismo sean las mejores formas de vivir y organizar las sociedades. Surgieron junto con los cañones y la pólvora y los barcos de vapor que permitieron a Europa occidental –y eventualmente a Norteamérica– imponer este sistema al resto del mundo a través de la violencia y la conquista. El capitalismo y el consumismo son formas de violencia sobre nosotros mismos, porque nos hacemos daño a nosotros aun cuando encontramos el placer que nos ofrece el consumo.

EN TU NOVELA HAY PERSONAJES DE ARGELIA Y DEL ÁFRICA OCCIDENTAL FRANCESA. ¿CÓMO LOS CREASTE?

Viví un tiempo en París. La parte de la ciudad que me gusta es donde vive gente de color. Las zonas donde han llegado las personas procedentes de los países colonizados por Francia. Cuando los turistas van a París les gusta ir a las partes más blancas de París: el barrio Latino, el Louvre y esas zonas. Y esa es la cara de la civilización que a Francia le gusta presentar al mundo. Pero la civilización francesa no habría sido posible sin la colonización francesa. Es esa dinámica entre civilización y colonización la que está en el centro de mi obra.

Quería escribir una novela en París que no fuera la novela estereotipada que creo que escriben muchos estadounidenses, que celebra a la Ciudad de la Luz. Quería mirar lo que hay debajo. ¿Qué ocurre cuando se desconecta la Ciudad de la Luz y se mira a todas las demás poblaciones que están allí? No es que cuando eso ocurre lo que exista sea una especie de utopía. Porque cuando reúnes a la gente pobre, a la gente víctima de la colonización, puede haber tanto conflicto como algo que genere nuevas posibilidades. En mi novela, el narrador quiere acercarse a los argelinos y decirles: “Mira, todos somos hermanos que hemos sido colonizados”. Y los argelinos responden: “No, tú eres mi enemigo”. Esa es la dificultad. Los que han sido colonizados deberían unificarse para formar una nueva sociedad solidaria, pero nos tenemos miedo, nos confrontamos de forma violenta. El idealista trata de esos desafíos: ¿Cómo superamos nuestro pasado de colonización? ¿Podemos formar una nueva forma de solidaridad?