Una crisis diferente: Impactos y dilemas sociales

Albert Recio Andreu. Universidad Autónoma de Barcelona.

A poco más de diez años de la crisis mundial generada por el desplome de los mercados financieros el mundo afronta una nueva crisis de consecuencias insospechadas. Las crisis son fenómenos recurrentes en el funcionamiento de las economías capitalistas, pero sin duda esta obedece a unas causas diferentes a todas las anteriores. Lo que ha desencadenado el parón económico ha sido en este caso la decisión de muchos gobiernos de confinar a la población y paralizar la actividad corriente para hacer frente a una crisis sanitaria. Si hubieran optado por otra solución, mantener la actividad habitual y dejar que el virus se expandiera seguro que habríamos tenido una crisis sanitaria sin precedentes (y posiblemente una impredecible respuesta social) pero la dinámica económica hubiera seguido una trayectoria distinta. Más de un gobierno especuló con esta alternativa, pero pocos la adoptaron. Y los que lo hicieron, como Suecia comprobaron que el impacto sanitario fue mayor del previsto (en un país sin grandes aglomeraciones urbanas, condiciones de vida y sistemas de atención sanitaria y social de los más elevados del mundo) y que su economía de exportación padecía un cierto colapso por el cierre de sus principales clientes.

En los primeros días del confinamiento muchos gobiernos jugaron con la metáfora bélica para concienciar a la población. Las guerras tienen también un importante impacto económico y son producto de decisiones políticas. Pero lo que, en términos económicos, diferencia a la pandemia de una guerra es que habitualmente en esta última los Gobiernos promueven la movilización de todos los recursos productivos para garantizar el suministro bélico y evitar una crisis de subsistencia interna que provoque el hundimiento de la retaguardia. En este caso, por el contrario, se ha optado por una respuesta totalmente diferente, la de parar la actividad para evitar la catástrofe sanitaria. Posiblemente la crisis económica era un coste inevitable dada la situación.

Las características de esta crisis generan un problema de interpretación del que sólo parece salvarse la teoría económica más ortodoxa que considera que los mercados tienden por sí solos a ajustarse hacia el equilibrio pero son continuamente distorsionados por impactos externos que fuerzan un continuo esfuerzo de adaptación. Considerar un impacto externo al covid 19 tiene una cierta plausibilidad y obliga a los enfoques alternativos a desarrollar enfoques analíticos más complejos que los habituales de caída de la tasa de ganancia, crisis de sobreproducción o de subconsumo. Aunque todos estos fenómenos han aparecido una vez desencadenada la crisis es necesario construir un marco interpretativo más amplio del que habitualmente utilizan una buena parte de economistas más o menos alternativos: keynesianos, postkeynesianos, marxistas.

Un enfoque interpretativo

Para situar la crisis actual considero que constituye una aproximación adecuada la de integrar los modelos económicos críticos marxistas y postkeynesianos con los avances promovidos por la ecología política, la economía feminista y el institucionalismo. Especialmente en este caso resulta útil la integración de la ecología en el análisis de las dinámicas económicas.

Para situarlo brevemente, cualquier sistema económico se asienta e interacciona sobre la base material del mundo natural. Aunque gran parte de la evolución humana se ha dedicado a adecuar la naturaleza a las necesidades de los humanos, al menos a partir del neolítico, nunca ha podido obtener un control completo de la misma ni puede ignorar los límites físicos, químicos y biológicos que impone vivir en el planeta tierra. La historia de la humanidad está atravesada por numerosos incidentes “naturales” que han tenido un enorme impacto económico: pestes, sequías, inundaciones. El intenso cambio tecnológico que se inicia al final de la Edad Media y se acelera con la implantación de sociedades capitalistas y la institucionalización y asentamiento de la ciencia pueden haber generado la impresión de que hemos superado esta dependencia de la naturaleza (cuando era estudiante me enseñaron que las crisis del Ancien Regime era provocadas por causas naturales y las modernas por el funcionamiento de la economía capitalista) pero llevamos años que economistas y científicos naturales advierten de la variedad de problemas de naturaleza. De hecho en la literatura ecológica se venían apuntado problemas diversos como posibles causas de crisis globales, fundamentalmente los derivados del pico del petróleo y los del cambio climático (o sea por insuficiencia o por exceso de consumo energético). De hecho la crisis del covid 19 es otra de las posibles formas como el mundo natural interfiere en el funcionamiento cotidiano de las sociedades humanas y, en este sentido, deberíamos considerarla una crisis ecológica.

Sobre esta base material se organiza la actividad económica convencional que adopta formas muy diversas en las que se combinan procesos de cooperación y competencia entre personas, jerarquías y reglas de juego derivadas de estructuras institucionales más o menos formales, normas de inclusión y exclusión que conceden poder desigual a las personas… Las sociedades capitalistas modernas son hasta el momento las formas más complejas de organización social. En las que predomina una elevada división del trabajo, una alta formalización de las relaciones humanas, mecanismos muy complejos y sutiles de creación de desigualdades. Sociedades organizadas en torno a los derechos de los propietarios de los medios de producción y la búsqueda del beneficio individual, aunque para su funcionamiento requieren la existencia de estructuras públicas muy sofisticadas y potentes y el recurso permanente a formas de actividad no mercantiles. Es precisamente el predominio de la actividad privada, la búsqueda individual de beneficios, el origen principal de la enorme fragilidad de la economía capitalista y la recurrencia de sus crisis. Todas las teorías sobre la crisis tienen este origen común, la búsqueda de beneficio comporta la toma de decisiones, en un contexto de incertidumbre, que conducen a sobreinversión, a inversiones fallidas, a caídas de la demanda… Hace muchos años que se reconoce que toda decisión privada tiene, y está condicionada, por efectos que van más allá de los individuos que las toman: externalidades, costes sociales, bienes públicos, reproducción de la fuerza de trabajo fuera del circuito del capital… son cuestiones reconocidas por académicos de diverso signo pero a menudo ignoradas o soslayadas por los líderes empresariales, lo que suele traer como consecuencia una mayor cantidad de problemas imprevistos.

La actual fase de globalización neoliberal ha exacerbado los problemas y las posibilidades críticas por la acumulación de vulnerabilidades. La globalización y las transformaciones de la gran empresa capitalista han exacerbado la especialización territorial, han reforzado desigualdades entre países y grupos sociales y han dado lugar a cadenas productivas de enorme complejidad y, al mismo tiempo, muy expuestas a cualquier circunstancia que interrumpa el flujo producción‐ consumo. De otro la financiarización favorecida por las políticas de desregulación neoliberal se han convertido en una fuente permamente de desestabilización, asociada además a la promoción de un sistema económico dominado por elites rentistas. Por último, por situar las cuestiones esenciales, el debilitamiento de los poderes públicos provocado por cuestiones como el drenaje fiscal (alimentado por sucesivas contrarreformas impositivas y por los paraísos fiscales), por el desarrollo de un capitalismo que parasita lo público a través de redes de subcontratas y alianzas público‐privadas y por una articulación institucional supranacional inadecuada genera la contradicción de un sector público que debe resolver un volumen creciente de demandas y al mismo tiempo con recursos insuficientes y mecanismos de intervención obsoletos.

En suma, las economías capitalistas son al mismo tiempo estructuras muy complejas y muy vulnerables. Capaces de generar períodos de fuerte expansión de la actividad y expuestas a experimentar colapsos. Son también estructuras sociales basadas en una altísima y exacerbada desigualdad tanto en términos de clase, como de género y de etnia y nacionalidad. En su génesis histórica está el colonialismo, el racismo, el sexismo y la expansión imperial y todo ello ha permeado las sociedades capitalistas reales y generado prácticas e instituciones que reproducen la desigualdad. Ello genera, al lado de una patente injusticia, nuevos elementos de conflicto y de bloqueo de la cooperación. Las crisis pueden venir por causas muy diversas pues cualquier fricción tiene un enorme potencial desestabilizador. Difícilmente puede admitirse que se trate de “shocks” externos cuando las fuentes que las provocan y la forma como repercuten tiene mucho que ver con la forma de organización social, con sus contradicciones e insuficiencias.

Hasta ahora las posibilidades de la crisis ecológica no han sido tenidas en cuenta no sólo por los economistas neoclásicos sino también por buena parte de los críticos. Quizás los intentos de K.Marx de subrayar los aspectos sociales, no naturales, de la explotación y las desigualdades han contribuido a ello. Lo ecológico ha llegado al análisis económico desde fuera y su introducción genera múltiples problemas a gran parte de las diversas teorías económicas: empezando por la validez de conceptos centrales en la mayoría de análisis como el de producción y productividad como el papel del crecimiento económico. Hay también un aspecto que afecta especialmente al pensamiento radical: mientras gran parte de los problemas actuales pueden achacarse al capitalismo la cuestión ambiental afecta a cualquier tipo de sociedad. En concreto para cualquier modelo social que trate de aumentar sin cesar el uso de recursos naturales e ignore las limitaciones materiales en las que debe desarrollarse la vida humana. Algo que suele complicar la sencillez de un análisis binario en términos capital‐trabajo o en términos capitalismo‐ sociedad.

Este último comentario tiene relevancia no sólo como una advertencia a tener en cuenta a la hora de evaluar la bondad de propuestas alternativas al capitalismo. Las experiencias impulsadas por las revoluciones soviética y china tuvieron el mismo desconocimiento de las cuestiones ecológicas que las sociedades capitalistas. Pero es también una cuestión a tener en cuenta si en lugar de considerar el capitalismo como un mero predominio de un determinado orden institucional que concede un enorme poder a la propiedad privada capitalista y al mecanismo del mercado, entendemos que el capitalismo actual constituye un orden civilizatorio que va más allá de las meras relaciones sociales de producción. Las sociedades reales son estructuras complejas con muchas capas e interacciones y resultados de procesos históricos que las generan y las modifican. La idea del progreso como la capacidad de mejora constante de condiciones de vida basada en el cambio tecnológico y el dominio de la naturaleza atraviesa un largo proceso civilizatorio en el que el desarrollo científico, la innovación empresarial y el crecimiento del consumo han influido en las percepciones de amplias masas de población. Una idea de progreso que hoy choca con la conciencia de estar alcanzado o haber superado la carga que el planeta puede superar. Pero una conciencia que ni es mayoritaria, ni tiene una influencia radical en los hábitos de la mayoría de la gente ni ha conseguido alcanzar suficiente densidad para generar propuestas elaboradas de transformación. La confianza bastante ciega en que el avance científico todo lo puede está bien arraigada en gran parte de las élites económicas, políticas y científicas. El consumismo como una realidad y una promesa forma parte del horizonte mental en el que vive o aspira a vivir mucha gente. Y esto concede una enorme capacidad hegemónica a los poderes capitalistas y sus aliados y, al mismo tiempo hacen que las crisis de origen ecológico tengan mayores posibilidades de existencia.

El virus escanea a la sociedad neocapitalista

Si bien no está claro que el origen de la crisis sanitaria esté directamente provocado por el funcionamiento normal de la economía capitalista, lo que resulta evidente es que la pandemia ha servido para hacer evidente la fragilidad, irracionalidad e injusticia que subyace en la forma dominante de organización social. La infección puede haber sido un resultado de un mero accidente, una de las muchas transmisiones de virus o bacterias a humanos que han ocurrido a lo largo de la historia. O puede haber tenido una conexión directa con la propia dinámica capitalista como apuntan los analistas que asocian este virus con la introducción masiva de especies salvajes en los mercados chinos de alimentación (o en el floreciente mercado de la medicina tradicional) así como estar favorecido por la destrucción de biodiversidad que reduce nuestras protecciones frente a virus extraños. Pero con independencia del origen lo que ha sucedido después permite realizar una diagnosis bastante completa de nuestro modelo social. Gran parte de lo que sigue se basa en la experiencia española, pero las informaciones que recibimos de otros países indican que en todos lados las cosas han sido bastante parecidas.

  •   La rápida transmisión del virus ha mostrado una de las fragilidades provocadas por la densidad y velocidad de los flujos de todo tipo que genera la globalización. En este caso dos de estos flujos han resultado cruciales para la propagación del mismo: las reuniones de directivos y personal científico de un lado y el turismo por otro. No es casualidad que hayan sido las ciudades que concentran una mayor densidad de interacciones internacionales las que han experimentado niveles más elevados de afectación. La movilidad intensa y barata es un elemento básico de la globalización y el aislamiento, aunque sea temporal, ha sido percibido como una anomalía insoportable. Si en los próximos meses aparecen rebotes importantes de la pandemia en algunos países sería bastante difícil restablecer medidas de confinamiento masivo que se han mostrado útiles. Pero que han sido duramente contestadas por los sectores económicos que más dependen de esta movilidad (el turismo en primer lugar) y, posiblemente, por amplios sectores de la población adiestrados en una particular concepción de la libertad individual
  •   El impacto de la epidemia ha estado directamente relacionado con las desigualdades de renta. En Barcelona, donde tenemos una estadística detallada por pequeñas unidades de población se ha hecho evidente que los niveles de afectación han sido sustancialmente superiores en las zonas de rentas más bajas. Lo que también corroboran las informaciones provenientes de países como Estados Unidos o Brasil. Hay diversas razones que explican esta situación. Toda la literatura sobre desigualdades y salud lleva años mostrando que la renta es un determinante del nivel de salud de la gente. Una referencia habitual entre estos especialistas es la de señalar que “tu salud está más relacionada con tu código postal que con tu código genético”, asociado a que la población en las ciudades se distribuye geográficamente en función de sus ingresos. La esperanza de vida es menor entre las personas con rentas bajas debido tanto a su menor acceso a bienes y servicios como a su propia experiencia laboral en empleos que tienen un impacto negativo en la salud. Durante la pandemia las condiciones del confinamiento han sido mucho más difíciles en los pequeños hogares o en las viviendas compartidas. Y una gran mayoría de las actividades laborales que han permitido funcionar a la sociedad en el confinamiento (empleos que aumentaban las posibilidades de contagio) son actividades típicas de empleos de bajos salarios: auxiliares sanitarios, personal de limpieza, personal de asistencia en residencias y asistencia domiciliaria, comercio de alimentación, repartidores a domicilio… Las informaciones que llegan de otros países inciden en lo mismo, alguno de los peores focos de la epidemia se centra en centros de producción tradicionales de bajos salarios (por ejemplo mataderos) o en problemas de aislamiento habitacional (como el caso de los trabajadores migrantes de Singapur). Renta, empleo y vivienda son caras de una misma realidad de desigualdades que en la fase neoliberal vuelve a alcanzar niveles dramáticos.
  •  El confinamiento ha emergido la realidad de situaciones de informalidad laboral que habitualmente permanecen ocultas y que ahora se han manifestado en forma de una pobreza ignorada. Una informalidad que se asienta fundamentalmente en la confluencia de dos realidades: la de determinados segmentos del mercado laboral y el de las políticas migratorias que producen un volumen desproporcionado de personas sin acceso legal a los mercados laborales regulados. Las políticas de control de flujos migratorios impuestas en los países desarrollados es posible que contengan una parte de la inmigración. Lo que es en todo caso seguro es que generan la creación de una enorme masa de personas que conviven en diferentes grados de inseguridad jurídica, muchos de ellos impedidos de acceder a empleos normales (o sólo en determinadas condiciones como el de los contratos para temporeros agrícolas). Un grupo social dispuesto a aceptar las condiciones del empleo informal, que subsiste en el día a día. Un sector donde esta situación resulta esencial es en del servicio doméstico y la atención a personas mayores, donde la debilidad de derechos de estas personas resulta funcional para crear una oferta de fuerza de trabajo que permite a muchas familias locales obtener sus servicios a bajo precio. Otros se emplean de forma informal en empresas formales (por ejemplo en la construcción) y otros, subsisten en actividades como la busca de bienes en las basuras domésticas. Se trata de una población que habitualmente subsiste pobremente con ingresos que les permiten un malvivir cotidiano. Con el confinamiento estas personas se vieron incapacitadas de obtener sus mínimas necesidades ingresos y aparecieron las colas de personas que hablaban de hambre. Personas que por su posición legal y laboral no entraban en los diferentes planes gubernamentales diseñados para impedir que el confinamiento generalizara la pobreza a extremos insoportables. Hay una paradoja dramática y cómica al mismo tiempo, mientras miles de inmigrantes irregulares experimentaban la pérdida total de ingresos, el importante sector agrario experimentaba una importante falta de personal para la recolección de frutas y hortalizas a causa del cierre de fronteras a los temporeros y de limitaciones a la movilidad. El debate sobre las políticas migratorias se ha reanimado.
  •  La importancia de los cuidados en general y de los realizados en la esfera doméstica y social en particular. El debate no es nuevo pero el colapso en las residencias de ancianos, el desamparo generado por la saturación del sistema sanitario y las necesidades de muchas personas ancianas o enfermas viviendo solas, el cierre de escuelas y el confinamiento de gran parte de la infancia en hogares donde los padres realizaban teletrabajo ha hecho emerger la importancia de los cuidados a lo largo del ciclo vital, la combinación de atención material y emocional y los efectos aún no del todo evaluados sobre la salud física y mental de mucha gente. En unos casos‐ residencias de ancianos y enfermos en hospitales esto se ha traducido en un verdadero drama, generador de muertes injustificadas y de un enorme sufrimiento y desamparo. En otros las demandas de cuidados se han debido cubrir por una combinación de respuestas informales de familiares y vecinos, de redes de solidaridad impulsada por ONGs y movimientos vecinales y, en algunos lugares por una acción activa de la administración local. En todo caso respuestas no mercantiles a problemas básicos para el bienestar.
  •  La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto todo el desastre generado por las políticas neoliberales en el funcionamiento del sector público, particularmente el sanitario, pero también el de educación, el de servicios sociales. Las políticas seguidas los últimos años, intensificadas tras la crisis de 2008 y, especialmente, por las políticas de ajuste impuestas a partir de 2010 han tenido tres impactos negativos que se han mostrado letales en la crisis presente. De un lado recortes de gasto público que han afectado a las dotaciones de personal y equipos sanitarios (por ejemplo una de las principales dificultades para realizar test PCR estaba en la carencia de laboratorios), recortes que afectaban a todos los niveles del sistema sanitario. De otra privatizaciones a través de mecanismos diversos: subcontratas, gestión privada de servicios públicos, centros hospitalarios públicos propiedad de grupos privados que controlan todas las actividades menos la sanitaria, empresas privadas salvadas con fondos públicos Una enorme cantidad de sumideros de fondos públicos que han agravado una red asistencial ya afectada por recortes. Y por último la existencia de una pluralidad de gestores y de estructuras de Gobierno del sistema que han agravado las dificultades de coordinación en un momento en el que se requería que todas las unidades sanitarias funcionaran de forma coherente y cohesionada. Las políticas de ajuste y privatizaciones además han tenido el efecto de fomentar que la población con más medios complementara cobertura de salud con sistemas de cobertura privada. Y hay evidencia que estas personas han recibido una atención diferenciada. Lo que vale para el sector sanitario lo es también para el educativo, donde el recurso a la enseñanza telemática ha puesto en evidencia la ausencia de un plan de acción y las desigualdades de las familias en recursos y capacidades. Y es especialmente notable en la atención a los ancianos donde el predominio de la gestión privada ha dado lugar a un desastre absoluto. Los problemas de los servicios públicos son uno de los elementos que más diferencian a unos países de otros, puesto que el grado y la forma como se han desarrollado las políticas neoliberales difiere mucho de uno a otro país. Y lógicamente el impacto es mayor en los países que fueron forzados a realizar duras políticas de ajuste en 2010 (Italia, Grecia, España…), en los países anglosajones donde el neoliberalismo está aún más arraigado y, sin duda en los países en desarrollo donde el sistema público es mucho más débil. Pero nadie ha escapado del todo a este problema, como muestra que el desastre de las residencias de ancianos ha sido un fenómeno bastante generalizado (y este es un sector donde menos está implantado un verdadero sistema de atención pública).

 

  •  Y, a pesar de todo, de años de políticas neoliberales el sector público ha mostrado una más que notable capacidad de respuesta que ha evitado lo peor. El sector privado solo se ha mostrado eficiente allí donde ha podido funcionar con normalidad, por ejemplo, en el circuito de provisión de alimentos y suministros básicos a través de las cadenas comerciales. Pero allí donde había una necesidad de emergencia ha mostrado sus peores aspectos. Un ejemplo claro son los suministros médicos, un terreno donde se ha hecho patente la incapacidad de respuesta, la especulación y el fraude. O en la ya citada gestión de las residencias. O en la misma sanidad privada, mucha de la cual se ha mostrado totalmente inadecuada para afrontar una verdadera crisis de salud, pues está fundamentalmente orientada hacia las dolencias menos complejas y el rentable mundo de la medicina estética. Una de las circunstancias más chocantes de esta crisis es que mientras existía una demanda apremiante de personal sanitario una parte importante de centros privados estaban realizando ajustes de plantilla porque no había demanda para los servicios que ofrecían. Para la provisión de bienes básicos como la educación y la sanidad la provisión pública se ha mostrado una vez más esencial, en términos de eficiencia y de equidad. (por ejemplo, los hospitales privados ofrecían tests de covid a precios hinchados cuando estos se denegaban a muchas personas).
  •  El colapso provocado por el confinamiento ha impactado de forma general en todas las economías. Pero hay que esperar que su impacto a largo plazo pueda ser diferente no sólo por el tipo de política que se adopte sino también por la diferente estructura de especialización de cada país. El papel que juega la especialización productiva en las dinámicas de desarrollo de cada territorio es un tema que se ha debatido desde hace muchos años. En especial el papel que juega la especialización en la producción de materias primas en las dinámicas de subdesarrollo y endeudamiento de muchos países. El sistema capitalista desde sus orígenes ha tendido a generar una fuerte especialización territorial en parte basada en dinámicas “autónomas” (efectos aglomeración, economías de escala etc.) y en parte en políticas claramente diseñadas para favorecer el predominio de unos países y grupos sociales sobre el resto. La economía mundial es, entre otras cosas, una estructura jerarquizada de estados y territorios donde unos elementos es su particular especialización. La globalización neoliberal ha reforzado esta orientación (si bien alterando en parte el orden jerárquico con la emergencia de China como gran potencia) y ha aumentado el grado de especialización de cada país. En la experiencia española esto se ha demostrado dramático en dos campos, uno puntual y otro del largo plazo. El primero es la incapacidad de resolver el problema de los suministros sanitarios básicos por ausencia de un tejido industrial adecuado. Una situación que afectó a muchos otros países y que es expresiva de una debilidad internacional para hacer frente a cambios bruscos de contexto. Las cadenas internacionales de suministros están siempre expuesta a interrupciones y bloqueos (antes que emergiera el problema de los suministros sanitarios una parte de la industria automovilística europea tuvo que parar por falta de componentes procedentes de China). El segundo tiene que ver con la enorme dependencia del país respecto a la actividad turística. Algo que se comparte con bastantes otros países. Una actividad especialmente sensible a los cambios de coyuntura, a las condiciones sanitarias y ambientales y que presumiblemente estará más afectado durante más tiempo que otros por la pandemia. La extrema especialización territorial pregonada por los ideólogos neoliberales debe ser puesta en cuestión a la luz de lo sucedido en esta crisis.
  •  La pandemia se ha generado en uno de los puntos ciegos de los sistemas de control a escala mundial y nacional. Incluso las autoridades sanitarias, las más adaptadas a reconocer la gravedad de este tipo de problemas se mostraron incapaces de detectar la velocidad de transmisión del covid 19. El campo de visión de las autoridades económicas es mucho peor, pues los modelos analíticos en los que se basan están limitados a lo que determinan los modelos neoclásicos ortodoxos. Fueron incapaces de detectar la crisis financiera de 2008 (algo que si vieron algunos economistas críticos) y siguen desconociendo el impacto que pueden generar problemas ecológicos graves o problemas sociales que salen del alcance de su campo de visión. Y lo que llevan tiempo avisando científicos naturales es que la ecología puede dar lugar a graves transtornos con una capacidad de generar un colapso tanto o más importante que el actual. La pandemia actual debería ser un aviso para sobresaltos que pueden ocurrir en un futuro próximo y que pueden generar movimientos desestabilizadores de gran amplitud. Falta por ver si lo ocurrido va a cambiar visiones o va a seguir siendo relegado a la vacía categoría de shock externo

En suma la epidemia ha mostrado las mil inconsistencias del modelo actual, de cómo se aborda la gestión economía, de que cosas son importantes y cuáles no, de la dudosa eficiencia de la empresa privada para resolver cuestiones básicas. En esta sección he tratado de sacar a luz toda una serie de impactos que la pandemia ha hecho aflorar y que exigen un replanteamiento serio de nuestros análisis.

¿Estamos ante un cambio sistémico?

Los períodos de crisis provocan grandes titulares. Lo vivimos en 2008, cuando parecía obvio para algunos que “había que refundar el capitalismo” y lo volvemos a percibir ahora “nada será igual tras el virus”. Hay en este tipo de afirmaciones una constatación de que la crisis es el resultado de una dinámica anterior que hay que cambiar, hay un cierto deseo de obtener protagonismo en una situación de gran incertidumbre y pesar y hay, sin duda, un gran deseo de que la historia se oriente hacia una mejora real para toda la humanidad.

En este momento es difícil prever lo que puede ocurrir en los próximos meses y años, puesto que la respuesta depende de cómo evolucione la percepción de la situación, de las respuestas que se den por parte de políticos, agentes sociales y académicos. Para entender en que marcos nos podemos mover vale la pena analizar brevemente que ocurrió en la crisis anterior y tratar de ver qué cosas pueden ser ahora diferentes y qué dinámicas de cambio se perciben distintas.

Cuando estalló la crisis anterior fue obvio que el detonante era el sistema financiero. Un sistema financiero que se ha convertido, tras sucesivas desregulaciones en un enorme mecanismo de succión de rentas parasitarias y en una fuente constante de inestabilidad. La evidencia era tan obvia que los grandes líderes mundiales recurrieron a las grandes palabras. En 2008, además, había el convencimiento que la crisis financiera sería una nueva versión, más profunda, de las experimentadas en años anteriores (la tequila, la rusa, la del sudeste asiático, la de las punto.com) y para facilitar el tránsito hacia una nueva fase de crecimiento se adoptaron algunas medidas expansivas de corte keynesiano. Con todo el grueso de la intervención se orientó a salvar al sistema financiero con el argumento que si este quebraba el desastre económico sería de un nivel inmanejable. Y se postergaron las grandes reformas que nunca más se han planteado (a excepción de pequeños retoques). Después ocurrió lo previsible: la caída de ingresos públicos provocada por las crisis y el aumento del gasto generado por las políticas expansivas y las masivas ayudas al sector público dieron lugar a un aumento del déficit y el endeudamiento que ayudaron a desplazar el foco desde el sistema financiero al Estado. Fue en 2010 cuando se plantearon, especialmente en la Unión Europea, las políticas de ajuste diseñadas para hacer frente a este aumento de la deuda. Y en ellas se impusieron las versiones más duras del programa neoliberal, especialmente en materia de gasto público y relaciones laborales. De la reforma del capitalismo pasamos en poco tiempo a una profundización del plan conservador con efectos contundentes en términos de desigualdades y debilitamiento de servicios públicos.

La situación económica en la que impacta la pandemia es en parte herencia de la forma como se saldó la crisis anterior. Hay bastantes países con un nivel de deuda pública igual o superior a la de hace 10 años, sectores públicos más debilitados y un nivel de desempleo y precariedad laboral notable. El parón de la actividad decidido para evitar una tragedia de proporciones insospechadas no hace sino agravar la situación. Al menos a corto plazo en todos los países se ha entendido que a corto plazo era inevitable optar por medidas de gasto público diseñadas a paliar el impacto social del confinamiento. Con un nivel de intervención de mucho mayor volumen que en la crisis anterior. Pero esto es la primera oleada. Y, como en la crisis anterior va a generar un nuevo incremento en el déficit y la deuda pública y la cuestión a dilucidar va a ser como resolverla. Es cierto que las políticas de ajuste no son la única alternativa. Que conocemos el resultado de las mismas tanto en términos de bienestar y desigualdad, como en términos macroeconómicos: los países a los que se forzó a duros ajustes tienen actualmente niveles de endeudamiento sustancialmente superiores al período pre‐ crisis. Y ambas experiencias indican lo indeseable de esta opción. La alternativa pasa por alguna variante de cambio distributivo: aumento sustancial de impuestos a las rentas más altas, condonación de parte de la deuda, donaciones de fondos… Algo que para ser posible requiere un cambio de rumbo sustancial respecto a la persistente política neoliberal.

La experiencia pasada puede ayudar a impedir su repetición. La misma experiencia de la pandemia ha mostrado la importancia de los servicios públicos, los impactos sociales de la desigualdad y la pobreza (es posible que está situación haya constituido un elemento catalizador de las protestas antirracistas en Estados Unidos y su extensión a otros países) e incluso ha calado en sectores la relación de la pandemia con la crisis ambiental. Pero al mismo tiempo que estos factores alientan a la aplicación de reformas en profundidad y políticas distributivas fuertes hay otros que pueden estar jugando en sentido contrario.

A diferencia de la crisis de 2008, donde existía una responsabilidad directa de parte del mundo empresarial la crisis actual se presenta como una crisis sanitaria donde todo el mundo es perjudicado y merece apoyo. El argumento que se utilizó para justificar el plan de salvamento del sistema financiero, que se trataba de empresas “demasiado grandes para quebrar”, se está ya argumentando para salvar a otros sectores. Como el del turismo, sin duda el que puede experimentar un impacto más brutal, pero que es al mismo tiempo uno de los más peligrosos para el rebrote de la pandemia. O en dos actividades claramente cuestionadas por su negativo impacto ambiental: el transporte aeronáutico y la industria automovilística. El argumento de la creación de empleo y la necesidad del crecimiento constituyen siempre el mecanismo más eficaz con que cuentan los empresarios para legitimar su poder. Y en un momento de crisis, con millones de gente en paro y de falta de ingresos está carta se va a jugar con dureza.

El conflicto de clases en cada país se va a jugar una vez a escala internacional. Las sociedades capitalistas no sólo están estructuradas en base a clases y grupos sociales. Tienen además un componente territorial. La consolidación del capitalismo fue paralela a la creación de estados nación. Una consolidación que cuajó en un orden internacional de poderes nacionales desiguales, de imperios y de competencia y rivalidad entre estados. Aunque el modelo colonial expiró esta jerarquía y competencia nacional persiste. La globalización ha tendido a diferenciar el interior de muchos espacios nacionales concentrando la acumulación de capital en nodos metropolitanos. Pero los estados nación no han desaparecido. Entre otras cosas porque son los espacios donde se sigue regulando el conflicto social, donde se han conseguido delimitar normas que hasta cierto punto garantizan derechos básicos (a costa de reforzar las diferencias entre los de dentro y los de fuera) y donde los capitalistas consiguen anclar sus propios derechos. En una estructura de estados con diferente poder, directamente o a través de su influencia sobre organismos internacionales, con diferente tipo de especialización productiva y estructuras internacionales, es obvio que parte de las respuestas a la crisis dependen de factores exteriores al propio país, de su posición e influencia.

Esta cuestión se hace patente en el caso de la Unión Europea y del área euro. Un espacio conformado por naciones con grados diversos de desarrollo y poder económico. Y con un sistema de normas diseñadas en parte según los intereses o las percepciones de las naciones hegemónicas. Sin verdaderos mecanismos de cooperación ni aún menos de apoyo mutuo generoso. En la crisis del 2008 los países hegemónicos impusieron duros planes de ajustes y reformas antisociales a los más desfavorecidos. Aunque al final el propio salvamento del sistema obligó al Banco Central Europeo a aplicar una política monetaria heterodoxa que garantizó liquidez y permitió sobrevivir con deudas elevadas. Ahora se crea un segundo envite. Alguno de los países que salieron peor parados de la crisis anterior han sido (España e Italia) de los más afectados por la epidemia (la sanitaria y también la económica por el peso que el turismo tiene en su economía). Parece que la Unión Europea ha aprendido algo del drama anterior y anuncia un plan de salvamento que incluye transferencias y créditos baratos, pero habrá que ver cuánto de retórica tiene esta propuesta y cuanto de real. En especial cuales van a ser las contrapartidas que se exigen a cambio de la ayuda. El núcleo duro más neoliberal presiona para imponer un nuevo plan de salvamento, y las élites de los países afectados está interesada en apoyarles para evitar que la salida de la crisis signifique un cambio en unas políticas económicas y fiscales que ahora le son muy favorables. Si esto ocurre entre países aliados, relativamente desarrollados, podemos intuir los problemas que van a afrontarse en países en desarrollos con una larga tradición de planes de ajuste impuestos por organismos internacionales.

En este contexto de resistencias al cambio, las posibilidades que la respuesta a la crisis actual sea diferentes de la anterior depende de la formación de una amplia coalición social que promueva una dinámica diferente. Una de los componentes esenciales es una respuesta en clave de organización y movimientos sociales. La pandemia también en este sentido ha generado respuestas contradictorias. De una parte mucha gente ha percibido, sobre todo en el momento más álgido del confinamiento, la importancia de contar con buenos servicios públicos, el papel básico que juega la cooperación humana, incluso la importancia social de actividades habitualmente devaluadas. Incluso han palpado la relación que existe entre la actividad económica y la contaminación. Un conjunto de percepciones favorables al desarrollo de políticas socialmente avanzadas, a una reestructuración social también en clave ecológica. Pero, al lado de estos valores también hay que destacar respuestas en otro sentido. El aislamiento que se reclama para evitar el contagio puede convertirse en un elemento de erosión de la confianza social y un cierre en las relaciones sociales. El uso masivo de tecnologías de la información además de abrir posibilidades de control social, pueden reforzar el individualismo imperante en las sociedades más desarrolladas.

El teletrabajo que ha eclosionado en esta crisis tiene más aspectos amenazantes que liberadores. Uno de los ejes de la historia del capitalismo ha sido siempre la del control del comportamiento de la fuerza de trabajo. Todas las grandes innovaciones organizativas (el putting‐out system, la manufactura, la fábrica, el taylorismo, el fordismo…) tenían esta cuestión como elemento central. Las tecnologías de la comunicación llevan años ofreciendo posibilidades de control de actividades espacialmente separadas. Una vuelta al putting out system en el que la relación individualizada y la dispersión espacial jugaban un papel crucial, pero ganando en posibilidades de control remoto. La expansión del teletrabajo abre la posibilidad de una nueva desregulación de condiciones de trabajo en nuevos sectores sociales, de una nueva promoción de la división sexual del trabajo y de impulso del modelo territorial carácterístico del modelo norteamericano. De aumentar la diferenciación entre un sector de trabajadores presenciales y no presenciales. Un modelo que además tiene una enorme carga ecológica y aumenta los costes de gestión del sector público.

En suma es posible que al mismo tiempo la epidemia haya generado respuestas sociales en sentidos contradictorios, de más demanda de bienes colectivos en un lado, de más individualidad y distanciamiento en otro. Y el reflejo sea una mayor dificultad para articular políticas amplias que permitan generar un movimiento social, intelectual y político que aborde los problemas que venimos arrastrando y que la epidemia no ha hecho más que agudizar.

La gestión de la propia crisis sanitaria añade un punto de complicación. En ningún país está ha sido plenamente eficiente. Se tardó mucho tiempo en reconocer el problema y no han faltado los episodios de caos e información confusa. El confinamiento ha tenido costes personales muy elevados en muchos casos y ha dejado a cada aislado ante las redes. Hace años que se sabe que el acceso a fuentes y medios de información es muy segmentado. Lo que provoca que la percepción de los fenómenos este influida por los canales y redes a los que cada persona se identifica. Y en la pandemia hemos experimentado un verdadero auge informativo, de rumores y falsas noticias que posiblemente pueden reforzar la dispersión social y la influencia de corrientes de extrema derecha, irracionales en muchos países.

Comentario

A lo largo de esta reflexión sobre la crisis del covid he tratado de situar tres cuestiones. En primer lugar proponer un esquema analítico para situar esta crisis sanitaria en el contexto de las economías capitalistas. En segundo lugar mostrar como la crisis sanitaria ha mostrado y exacerbado muchos de los problemas básicos de las economías actuales, ha realizado un chequeo bastante completo de nuestras debilidades. Y en tercer lugar he tratado de situar respuestas posibles a la crisis que simplemente está en su fase inicial. Y que puede complicarse si la epidemia reaparece en nuevas oleadas masivas.

Es obvio que lo racional sería esperar que la crisis sirviera para reorientar la economía y la sociedad en un sentido más igualitario, cooperativo y ecológico. Mucha gente ha afirmado que estamos en la fase final del capitalismo. Mis comentarios son, cuando menos escépticos, con esta perspectiva a pesar de compartir que realmente necesitamos cambios profundos en muchas direcciones. Mis dudas provienen tanto del comportamiento de las élites que no muestran ninguna predisposición a aceptar cosas tan esenciales como aumentos de impuestos y reordenación de derechos laborales, que siguen ignorando, más allá de la retórica, la cuestión esencial de la crisis ambiental y que no han dudado a presionar en todo momento a los gobiernos a que reduzcan las medidas sanitarias en aras a impulsar la actividad económica (o sea el negocio privado). Y tampoco veo que exista una visión unitaria y un mínimo de articulación de un movimiento amplio de las clases trabajadoras capaz de forzar estos cambios necesarios.

Hay aún muchas incertidumbres sobre cómo evolucionará esta crisis sanitaria, económica y social. Hay mucha necesidad de que la salida sea diferente a la crisis anterior que significó una vuelta de tuerca neoliberal. Para que ello ocurra hay que plantear respuestas en muchos planos y en muchos espacios. Los dilemas se plantean a escala internacional, nacional y local. Hay muchas cuestiones en juego y muchos intereses contradictorios. La única posibilidad de que no acabemos en un nuevo desastre colectivo es conseguir generar una masa social crítica que impulse cambios. Y ello exige acciones y esfuerzos específicos en muchos ámbitos: académico, social, político, de movimientos sociales, sindicales, feministas, antirracistas… Como casi siempre sabemos los problemas pero no las soluciones. Para encontrarlas se requiere trabajo y cooperación entre mucha gente.

Acerca del laboratorio urbano. Una reseña a De la fábrica a la metrópolis, de Toni Negri

Por Gustavo Diéguez

De la fábrica a la metrópolis reúne una serie de escritos realizados por Antonio Negri entre 1996 y 2015, que se aprecian como despliegues de aquello que desarrollaron con Michael Hardt en Multitud, y que conversaron con Cesare Casarino en Elogio de lo común, pero en este caso estableciendo en el centro de la escena a la metrópolis contemporánea, como “fenómeno irreversible” y “espacio de realización de la potencia común de la multitud”.

La reflexión sobre la explotación de lo común a partir de su expropiación es, desde aquellos escritos y en particular en este trabajo compilatorio, la clave y la razón por la cual el fenómeno urbano asume una posición central en las preocupaciones sobre las formas de vida y la dimensión contemporánea de la democracia, en vistas de que la fase actual de la producción capitalista tiene basado su propio fundamento en lo común en tanto “locus de la plusvalía”.

La centralidad de la metrópolis en el análisis es un dato relevante porque le permite territorializar el concepto de multitud y discutir desde allí acerca de las connotaciones sobre el derecho a la ciudad, que estuvieran tan vigentes en la consideración teórica, pero tan postergadas en las agendas de las políticas urbanas de la última parte del siglo pasado y en lo que va de este siglo.

Al tomar a la metrópolis como el lugar de la expropiación capitalista de la cooperación, que incluye todas las operaciones de empobrecimiento, de exclusión, de destrucción del estado de bienestar y de explotación generalizada del saber, Negri intenta localizar el análisis en la potencia del común; en un esfuerzo por “superar el juego entre ‘privado’ y ‘público’ que desde siempre ha constituido el concepto de ciudad y que a veces representa su figura político administrativa”.

Esa apuesta por una “investigación militante metropolitana” implica afrontar una serie de problemas implícitos en la expropiación de la cooperación común, para hacer posible el “ataque a la renta urbana como base para la determinación de un ingreso ciudadano metropolitano”. La invitación a pensar el gobierno de la metrópolis supone un ejercicio acerca del orden institucional que implica una nueva fisonomía en lo concerniente a la gestión democrática, a partir de la construcción de “un lenguaje y una máquina constitucional adecuados” y una articulación eficaz entre autonomía metropolitana y gobierno del país.

La invocación al ensayo de una serie de acciones transformadoras asumidas como objetivos impostergables, como el ataque a la renta urbana, la constitución de un fondo metropolitano para el ingreso ciudadano, una política de inversión en servicios de la metrópolis, la construcción de instrumentos de gobernanza democrática para el autogobierno metropolitano, parecen resumirlo como un texto programático, pero sin embargo, en su estructura tripartita, el libro congrega tres dinámicas que lo sitúan dentro de una condición temporal más compleja y analítica: el éxodo –de la fábrica a la metrópolis–, la invención –del común–, y el retorno –de la metrópolis a la fábrica–. Esa estructura enmarca sus hipótesis hacia la necesaria construcción de una nueva figura de explotación, inspirada en principio en los estudios de David Harvey, basada en la extracción del plusvalor de las ciudades. Una nueva figura que se imponga sobre la situación vigente en la que la renta ha sustituido a la ganancia, y el precio de los alquileres y servicios metropolitanos se convirtieron en sus instrumentos.

Llegado a este lugar queda en evidencia que estamos ante un libro crítico al urbanismo tradicional, el hipermoderno y el posmoderno, escrito desde la convicción de que las ciencias de la ciudad se han inclinado sostenidamente hacia el biopoder: “El mando sobre la ciudad se estructura como mando sobre la vida: el tiempo y el espacio se ordenan, pero para la producción y el consumo”.

En su repaso crítico por la teoría urbana reciente, hace recaer el desafío transformador en la actividad del “reformismo urbanístico”, que a lo largo del tiempo ha venido reproduciendo materialmente la estratificación de la secuencia renta-ganancia-salario, asumiendo al ciudadano como alguien irremediablemente sumergido en el mundo de las mercancías. Por detrás de esta crítica no deja de haber una insospechada esperanza corporativa en la arquitectura y su incidencia en la ciudad, un llamado a los arquitectos a arriesgarse “a la posibilidad de abrir la metrópolis a los flujos productivos, a las posibilidades de encuentro y de construcción de luchas”. Dicha salida implica interpretar la relación productiva entre metrópolis y multitud, a través de “la liberación de nuevas formas de vida y la investigación de estructuras de comunidad tendientes al éxodo”; formas de vida traducidas desde acciones concretas de cooperación que se inscriban como instancias de producción biopolítica. Aquí es donde reside la expectativa de Negri para liberarse de la degradación, la expulsión y la marginalidad, de manera de “recuperar la metrópolis para la transformación de la vida y el ejercicio de la democracia”.

Se vuelve necesario abordar la invención del común. Lograr el cometido de la construcción del común supone afrontar en inicio el problema de la participación pública, considerando que su déficit actual forma parte de asuntos vinculados con la exclusión en todas sus formas. Negri se focaliza en la pregunta sobre la actualidad de la participación desde el señalamiento de la necesidad de la cooperación como salida y la actuación sobre las nociones de la democracia moderna hacia una democracia radical. “Es en la cooperación social que se generan las condiciones de producción, las dinámicas de valorización, los lazos materiales y la interacción que coordina y orienta la acción humana que tiene en mira a la producción de bienes y la reproducción de sus condiciones”. Allí aparece el concepto del “laboratorio urbano” como dispositivo de actuación y convergencia de iniciativas de orden local, dentro de una perspectiva de interacción donde los sujetos son colectivos y los emprendedores políticos, indispensables actores públicos en la instrumentación de la cooperación social.

Toda esta nueva práctica social que implica el laboratorio urbano será la que deba enfrentarse a los problemas más diversos como la planificación ecológica, las perspectivas del hábitat, la descentralización industrial, la socialización informática, la construcción de redes productivas, la reorganización de los servicios que contienen las nuevas formas de marginación, la definición de un nuevo código de trabajo, la emergencia de nuevas formas de vida. Pero como emprendimiento político, como tejido vivo, esta búsqueda de una síntesis democrática se enfrenta a la renta: la renta de la tierra y la renta financiera. “La financiarización es la forma actual del mundo capitalista”, la explotación del común a través de la financiarización de la vida. La democracia está presentada aquí como la posibilidad antagónica para hacerle frente, a condición de que se vuelva absoluta, “…cuando en ella opere el reconocimiento de que cada uno es necesario para el otro, como iguales en el común… Hoy la democracia no puede ser pensada sino en términos radicalmente diferentes: como gestión común del común. Todo siendo producido por todos, pertenece a todos… Si la democracia moderna fue la invención de la libertad, la democracia radical, hoy, quiere ser invención del común”.

De la fábrica a la metrópolis aparece en tiempos de pandemia en los que tomó una específica prioridad la política del acceso al suelo como fase primordial del cumplimiento del derecho a la salud en el marco de la producción de un hábitat para el común. La tierra es el lugar visible de una disputa más amplia, desde la evidencia de la inequidad territorial para el desarrollo de las actividades básicas de la convivencia y la cohabitación.

Lo que el concepto de metrópolis subraya en este enfoque actualizado por Negri es que el derecho al suelo y a la ciudad, supone el acceso a un derecho metropolitano del común, una oportuna cuña en el debate disociado entre lo público y lo privado. Aquí, y en continuidad a Rousseau, se comprueba que la propiedad es una apropiación del común por parte de uno solo, una expropiación de todos los demás. “Hoy, la propiedad privada consiste esencialmente en negarle a los hombres su derecho común sobre aquello que únicamente su cooperación es capaz de producir.” Del otro extremo, la dimensión de lo público es aquello que pertenece a todos pero a ninguno, es decir, lo que pertenece al Estado. El común no nos pertenece, nuestro suelo tampoco, “la manipulación del Estado sobre el común no se llama apropiación, sino gestión –económica–, delegación y representación –política–.”

La posibilidad de reapropiarse del común se inicia estableciendo en primer término una crítica drástica a este paradigma moderno, que implique en ello una salida a la cuestión de la identidad y la naturaleza que inscriben al problema desde la condición del “ser” o el “tener”.

“Nosotros no somos nada y nosotros no queremos ser nada. ‘Nosotros’: no es una posición o una “cosa”, en esencia, que pueda fácilmente declararse como pública. Nuestro común no es nuestro fundamento, es nuestra producción, nuestra invención continuamente reiniciada. “Nosotros” es el nombre de un horizonte, el nombre de un devenir. El común está siempre por delante, es una progresión. Nosotros somos este común: hacer, producir, participar, moverse, dividir, circular, enriquecer, inventar, reanudar.”

Desde esta resistencia al “saqueo capitalista de la vida”, surge entonces una pregunta sencilla derivada de su análisis: ¿por qué la democracia moderna genera desigualdad? La construcción de una democracia radical como la que aspira Negri, entraña la producción de una forma de subjetividad que está constituida por un contradeseo que, en palabras de Casarino, es el “deseo de ser en común”. La dificultad que supone afrontar aquello es una de las grandes puertas que deja abiertas para continuar pensando en términos de las posibilidades de reproducción de una cooperación, que debiera encaminarse necesariamente hacia una imaginación urbana basada en tecnologías del habitar, que hagan frente y superen la naturaleza extractiva que tienen como fondo la actividad productiva y que definen a la superposición entre producción y ecología como el problema central de la espacialidad urbana.

Fuente: Editorial CACTUS

Deserción e imaginación política para la comunidad que viene

Entrevista a Peter Pal Pelbart

Los escenarios de catástrofe permiten alojar la posibilidad de una nueva imaginación estético-política. Hoy se repite como un mantra que, pasada esta pandemia, deberemos cambiar de vida. Sin embargo, existe el riesgo de que esa exhortación se replique bajo las formas del slogan. Después de todo, la frase viene abriendo interrogantes década tras década hace más de un siglo, desde que Rainer María Rilke la acuñara en un famoso poema. Qué significa cambiar de vida es, entonces, la pregunta que atraviesa el último ensayo de Peter Pál Pelbart en el que recupera al poeta austríaco, traza una especie de genealogía del desastre y cuestiona las formas en que entendemos la noción de comunidad.

Peter Pál Pelbart es filósofo. Nació en Hungría, vivió en comunidad en un Kibutz, estudió filosofía en la Universidad París IV (Sorbonne) y hace más de 50 años vive en San Pablo, donde formó el colectivo teatral Ueinzz junto a un grupo de internos del hospital de día House. En Argentina publicó Filosofía de la deserción (Tinta Limón) y A un hilo del vértigo. Tiempo y locura (Milena Caserola). En su último ensayo, Espectros de la catástrofe, señala que, si la restauración postpandémica siguiese girando en torno a la idea de progreso y la productividad desenfrenada, el reverso tal vez sea una desafección todavía más acentuada de nuestras existencias. Entonces surge el interrogante sobre cómo ir contra la desafección y la brutalidad de una estatalidad como la de Jair Bolsonaro, por ejemplo. Para el ensayista, es clave el vitalismo insospechado que generaron las manifestaciones del 2013 en Brasil como reacción ante el precio del transporte, disparador bajo el que subyacía el cuestionamiento al establishment de todas las dirigencias políticas. Es cierto que el entusiasmo ante los millares de insubordinados dispersos por todo Brasil fue sofocado en 2018 cuando se eligió a Bolsonaro como presidente. No obstante, según Pál Pelbart esas fuerzas siguen latentes y a través de ellas será posible “producir una suspensión del aceptado funcionamiento de la máquina del mundo”.

-En un ensayo reciente, Espectros de la catástrofe, escribís una frase que impacta: “el aire perdió su inocencia” ¿Cuándo fue que el mundo comenzó a tornarse irrespirable? 

-En ese texto me interesaba pensar algunas cuestiones sobre la tecnología de la gasificación, que en las guerras consiste en tornar lo más tóxico posible la atmósfera del adversario. Es una descripción que hace muy bien Peter Sloterdijk: ya sea en una guerra química, bacteriológica o de gas, el objetivo no es matar al enemigo sino exterminar el ambiente que es condición de posibilidad de respiración de ese enemigo. Y en esa intervención sobre el ambiente aumenta muchísimo la escala de mortandad. En la Segunda Guerra Mundial, Bremen fue atacada por aviones ingleses de tal manera que hubo una concentración de gas tan inmensa que dejó a la población sin “ventana” alguna por la cual escapar o respirar: la ciudad se convirtió en una cámara de gas gigantesca. Este es un fenómeno que yo no puedo desvincular, por lo menos no en Brasil, de una toxicidad de otro orden, que es la ampliación de un clima de absoluto odio a los negros, los pobres, a la inteligencia en general. Una atmósfera tóxica que va produciendo una cultura de desafección. El hecho de que sea un escenario de envenenamiento mental, de saturación del espacio psicosocial con toda suerte de terrorismo sistemático; va ligado a percibir como “peligro” el acto de salir a la calle y encontrarse con otros. Entonces cada uno, confinado en su abulia, se pregunta ¿por dónde se respira?  La de George Floyd hoy nos resulta una situación emblemática porque las últimas palabras que soltó fueron: “no puedo respirar”. Esa exclamación desesperada unos segundos antes de morir -curiosamente, paradójicamente- disparó un huracán multitudinario en el que la gente salió a la calle a protestar. Ahí hubo un último soplo de vida que incendió un país entero.


  “Es cuando dejamos de funcionar bien, cuando la máquina se desmonta un poco, que pueden aparecer brechas para acciones no previstas. Con un funcionamiento automatizado nada es posible (…) Esos momentos de suspensión e insurrección son del orden de una apertura de imaginación política, que es lo que se nos secuestra todo el tiempo cuando el mundo productivo nos hace funcionar muy bien e incesantemente”


-En tu ensayo también proponés la idea de retirada como parte estratégica de una guerra ¿En qué sentido retirarse, supondría un acto político en este contexto de catástrofe que describís? 

-Soy muy sensible a la idea de interrupción, a producir una suspensión del aceptado funcionamiento de la máquina del mundo. Obviamente que cuando las cosas se ponen en suspenso… se produce un hiato en el tiempo y otras temporalidades aparecen. Y el tiempo cronológico, progresivo, encandilado por el ideal de alcanzar una máxima finalidad a toda velocidad -ya sea el progreso o la razón- debería parar. Mientras no se mueva y se transforme esa concepción de tiempo vacía, homogénea, lineal y sucesiva; no hay cómo intervenir en el corazón de una sociedad. Entonces ahí hay un llamamiento para poner en suspenso ciertas cosas. Esos momentos existen en la historia colectiva, política, pero también en la historia individual cuando sufrimos un colapso psíquico: todo deja de funcionar y otras camadas de la memoria surgen, otras dimensiones de la temporalización permiten encender nuevos planos de existencia. Las protestas de junio de 2013 en Brasil fueron algo parecido: todo se detuvo. Millones de personas pusieron de rodillas a los poderes instituidos. Todos los gobernantes quedaron en pánico porque no pudieron decodificar lo que pasaba. A mi modo de ver, esa súbita paralización deja un margen para una especie de clarividencia política. Es cuando dejamos de funcionar bien, cuando la máquina se desmonta un poco, que pueden aparecer brechas para acciones no previstas. Con un funcionamiento automatizado nada es posible. Deleuze tenía la idea de que después de la Segunda Guerra Mundial, el cine hizo emerger otro tipo de temporalización. En lugar de haber una interacción entre los personajes tal como lo tiene, por ejemplo, un western: uno gatilla el revólver y el otro se lo devuelve; de repente aparecieron personajes que delante de situaciones tan inimaginables, impensables -ya sea Berlín destruida o un volcán en erupción- sufrían una especie de parálisis motora.

-Claro… ahí la modernidad del cine interrumpe las lógicas de acción-reacción, de causa-efecto…

-Exacto, esa relación es cortada y otra dimensión de memorias, pensamientos y afectos se acciona en los personajes. Esos momentos de suspensión e insurrección son del orden de una apertura de imaginación política, que es lo que se nos secuestra todo el tiempo cuando el mundo productivo nos hace funcionar muy bien e incesantemente. Excepto ahora que con la pandemia todo parece quieto y nadie sabe qué efectos habrá de tener este parate. Está claro que no puede haber interrupciones totales, pero sí una cierta retirada. En Guerra y Paz de Tolstoi, el General del Ejército ruso entiende que la victoria sólo será obtenida si no se presenta a la batalla. Napoleón llega a Moscú con toda la fuerza y no hay nadie para recibirlo, nadie para darle la llave de la ciudad y obtiene una victoria vacía. La ciudad se incendia, su ejército queda totalmente deshecho y el General ruso -que está a pocos kilómetros- se da cuenta que no hay que atacar, que el animal ya está muerto. Todos sus soldados creían que había que accionar y él tenía certeza de que, en ese momento, la inacción sería más efectiva. Claro… en nuestra situación uno podría pensar que la inacción es interpretada como mera pasividad. Pero tensar al máximo la inacción, en esta especie de deserción de la que estoy hablando, permite imaginar otras formas de existencia y no sólo un escape. Como los hebreos que en su larga travesía por el desierto produjeron una política nómade.

 

-¿Cómo encontrar espacios de deserción en este contexto pandémico? Por momentos me da la sensación de que estamos protagonizando Final de partida de Beckett, en una suspensión temporal, sí… pero en un presente continuo, repetitivo, que degrada el cuerpo, vacía de sentido las palabras…

-El riesgo de nuestra retirada o éxodo siempre está presente. A mi modo de ver, esos experimentos en escala diminuta tienen una potencia de diseminación imprevisible, un quiebre de lógica, una asignificancia: ya sea en un experimento literario como el de Beckett o teatral como el del Grupo Ueinzz, o la ocupación de un predio acá en San Pablo por los “sin techo”. Guattari decía una cosa bien loca: “no sabemos si la gramática de la próxima insurrección vendrá de un Kafka, de un Lautréamont o de un James Joyce; antes que de las fábricas”. Es mucho más difícil pensar en la escala de la totalidad; la ilusión de gobernar la complejidad de magnitud planetaria es una especie de delirio megalomaníaco, por no decir omnipotente o prepotente. Entiendo que para quien funciona orgánicamente o molarmente, sólo puede intentar pensar en términos de partidos o de multitudes. Pero yo todavía considero que el control de la totalidad es por sí mismo el preanuncio de un totalitarismo. Por eso prefiero esos movimientos diminutos, esas pequeñas hecatombes en campos muy distintos como el feminismo, la cuestión de la negritud, de los sin techo. Parte del fascismo y la cultura de la muerte que vino con Bolsonaro, su ascensión conservadora y regresiva, fue una reacción a las revueltas de junio de 2013, que tenían el componente de esas multiplicidades deslizándose como placas tectónicas. En ese momento había emergido el fantasma de la insurrección, lo que Nietzsche llamaría “transvaloración de todos los valores”. Se desparramó en el aire como una especie de respiración, y aquello fue insoportable para una sociedad brasileña tan estratificada, piramidal y elitista. La reacción, lo vemos ahora, fue de una maciza violencia.

-¿Sos de la idea de que se aprovechó la pandemia para ensayar una acentuación del Estado de Excepción, como sugirió Giorgio Agamben? 

-Mirá… con N-1 Ediciones vamos a publicar Una vida política, un libro de Daniel Defert quien fue el compañero de Michel Foucault. Ahí describe cómo fue el comienzo del HIV y ya entonces habla de una pandemia que había llegado súbitamente para producir los efectos más perversos por el miedo al cuerpo del otro y de un cierto terrorismo en relación a los contactos. La cuestión es cuáles de estos mecanismos que fueron accionados durante la pandemia van a persistir. ¿De aquí a un año vamos a conservar este tipo de enseñanza o conferencia remota, esta especie de descorporización? En eso estoy de acuerdo con Agamben: si prevalece este dispositivo a distancia, la vida estudiantil está muerta. Lo que hace al corazón de una universidad son las inquietudes, las palpitaciones, las pasiones y las organizaciones irreverentes que producen los encuentros físicos. Todo eso se acabaría si los profesores se adecuasen al dispositivo remoto y deseasen inclinarse por la imposición de estas tecnologías. La virtualización torna todo más aséptico y desencarnado.


   “Yo todavía considero que el control de la totalidad es por sí mismo el preanuncio de un totalitarismo. Por eso prefiero esos movimientos diminutos, esas pequeñas hecatombes en campos muy distintos como el feminismo, la cuestión de la negritud, de los sin techo”


– Antes hablábamos de esa Europa de posguerra de la cual dio testimonio la modernidad del cine con sus personajes shockeados, vagando por las ciudades en ruinas. ¿No te da la sensación de que faltan imágenes de la catástrofe actual?

-Es cierto y es muy difícil… Estamos rodeados de imágenes, pero no de la pandemia. Hay una especie de invisibilidad que dificulta situarse en torno a un acontecimiento de esta magnitud, lo que favorece a algunos a asumir una postura de denegación: “el virus no existe, es una construcción mediática, de los histéricos o de los perezosos”. La sensación en este vacío de imágenes es perturbadora porque no tenemos de qué agarrarnos, no hay referencias. Por eso en mi último ensayo hice un esfuerzo para producir conexiones con otras catástrofes y así dar un pequeño soporte para que no quedemos solamente en una suspensión vacía. ¿Cómo poblar este momento ante tanta perplejidad? Con algunos paralelos históricos, literarios, filosóficos que nos ayuden a pensar.

-En tu libro Filosofía de la deserción describís cierta nostalgia por la idea de comunidad, que en cierta forma habríamos perdido ¿Desear constantemente esa comunidad “perdida” sería una especie de placebo para soportar la hostilidad del presente?

-Lo que intenté indicar ahí es que la nostalgia por una supuesta comunidad perdida, es una ficción. Nuestro consenso sobre la noción de comunidad tiene mucha dificultad para ser hospitalaria con las pluralidades, las heterogeneidades. Incluso esa idea de comunidad a veces funciona de la manera más regresiva, en dirección a un comunitarismo étnico o religioso. Puede verse acá en Brasil con la Iglesia Evangelista aludiendo a una comunidad de Cristo que se apoya integralmente, hecha entre aquellos que tienen una creencia común o una doctrina. Mi idea es que la comunidad siempre está por venir.  Comunidad nunca hubo, lo que hubo fue sociedad que es una especie de socialitarismo: un totalitarismo de la sociabilidad. Prefiero pensar la comunidad como un campo de diferencias que se tocan. Sin distancias, soledades, diferenciaciones y singularizaciones no tiene ningún sentido hablar de comunidad. Creería que ciertas experimentaciones sobre lo común van en este sentido: estar en común como aquello que se comparte, pero siempre en apertura a diferentes temporalidades, modos de subjetivaciones y afectos. Pienso en la construcción de una comunidad que no sea sometida a un consenso o a un unitarismo.

 

-¿Ahí entraría la idea de un “socialismo de las distancias” que retomás de Barthes? ¿Bajo qué formas crees que hoy es posible hallar ese espacio y ese tiempo propios como una manera de huir del ritmo del poder? 

-Claro… Es cierto que nuestra idea más difundida de comunidad supone compartir un mismo territorio. Pero cuando pensás junto a estos autores como Barthes, Blanchot o Nancy, que son un poco literatos y filósofos, entendés que tenían en mente una comunidad de espíritus creadores que no necesariamente compartían el mismo espacio: era la posibilidad de un territorio existencial pero no como si fuesen parte de un monasterio. Hace unos años participé en un documental que dirigió mi compañera Mariana Lacerda. La película sigue el encuentro de una fotógrafa húngara -que vino a Brasil huyendo de la guerra- y el chamán Davi Kopenawa. La fotógrafa se llama Claudia Andújar, tiene 87 años y pasó muchos años de su vida junto a la etnia Yanomami, un pueblo que estaba amenazado de extinción. Después de muchos años de lucha ella, conjuntamente con Kopenawa y otros, consiguieron legalizar la demarcación de un territorio muy grande para los Yanomami. Ahí tenés una idea de comunidad en un sentido muy amplio: la judía húngara refugiada que perdió a la familia en Auschwitz y los Yanomami. A simple vista las diferencias parecerían muy abismales, pero hay algo del orden de la comunidad allí que te hace pensar en lo común a partir de resonancias de planos diversos y no sólo en la coexistencia territorial. Es muy distinto a la experiencia que en mi adolescencia tuve en un kibutz con 150 personas viviendo en un mismo lugar, comiendo y trabajando juntos pero construyendo un tipo de comunidad que se regía por un igualitarismo consensual, por un socialitarismo.


   “Prefiero pensar la comunidad como un campo de diferencias que se tocan. Sin distancias, soledades, diferenciaciones y singularizaciones no tiene ningún sentido hablar de comunidad”


-Integraste el Grupo teatral Ueinzz con pacientes del hospital de día House, con los que practicaron las formas dramáticas de la esquizoescena. ¿Qué lógicas de lo convivencial se jugaron allí? 

-En principio se jugaba la posibilidad de inventar dispositivos donde pudieran convivir mundos distintos y que en la coexistencia de esos mundos se pudieran experimentar afectaciones recíprocas, producciones de algo que no pertenecía a nadie pero un poco a todos. Por diminuta que haya sido esa experiencia fue lo más cercano que imagino a lo que -en el hospital psiquiátrico La Borde- Félix Guattari llamó “tornar barroca una institución”. Un laboratorio que contenía la carga explosiva de cada uno, nuestros colapsos, nuestro humor, nuestra desubjetivación. El desafío era no perder la fuerza de esos agenciamientos. Porque tienen una potencia increíble, a pesar de que toda vida social intenta anular esas soledades, esas fragilidades. Cómo pensar ese pasaje de la impotencia de la reclusión urbana y solitaria, hacia ese territorio común en el que el arte protege y permite percibirte no como un hospital psiquiátrico sino como un grupo de teatro. Esa denominación (grupo teatral) produce un efecto potente en cada persona que siempre se sintió “paciente psiquiátrico” y de repente gana un pasaporte de actor. Y también posibilita ampliar el espectro de papeles a ser representados, más allá de aquellos a los que estaban condenados: ser enfermos mentales. Esa apertura de horizonte es una mutación a-subjetiva que muestra una biopotencia en contraposición a un biopoder o una biopolítica que trata a esas existencias locas como nulas e intenta neutralizarlas.

Fuente: Revista Almagro

 

 

Crisis de la covid‐19, sistema de Estados y encrucijada civilizatoria

Por Jaime Pastor

Presentación

En este trabajo me propongo abordar algunos aspectos de la crisis global generada por el estallido de la pandemia de la Covid‐19, convertida en un verdadero punto de inflexión en nuestra historia, que obliga a nuevos esfuerzos de reinterpretación de los cambios que está provocando, así como a la búsqueda de nuevas respuestas ante los retos que plantea al conjunto de la humanidad en este siglo XXI. Analizaré los rasgos generales de la crisis global para luego centrarme en el refuerzo del papel del Estado en determinadas esferas competenciales, la remodelación en marcha del sistema de Estados y de la gobernanza global y, finalmente, los escenarios que se pueden abrir en un mundo pos‐Covid‐19.

Crisis entrecruzadas

El impacto de la pandemia de la Covid‐19 ha significado, cómo ya se ha descrito en otros trabajos (Ramonet, 2020; Baschet, 2020), un “hecho social total” que ha provocado una verdadera conmoción en la totalidad de la sociedad global y sus instituciones. Está conduciendo, además, a un encadenamiento de crisis entrecruzadas, con causas diferentes a las vividas en el pasado y, sobre todo, de la que se produjo a partir de 2007‐ 2008, por proceder de la expansión de un virus y no de la crisis del sistema financiero, y por haber obligado a la casi paralización de la economía productiva global durante un periodo relativamente corto pero significativo.

Diferente también porque introduce un factor de riesgo vital que hasta ahora se creía limitado a los países del Sur o del Este, pero que ahora ha venido para extenderse con toda su gravedad en el Oeste: el de la posible aparición de nuevas pandemias de manera cada vez más frecuente, al menos mientras sigamos en la era del Capitaloceno, ya que “el problema no son los virus: el problema es un sistema socio‐ económico expansivo (y hasta una dinámica civilizatoria” (Riechmann, 2020). Por eso, a partir de ahora hay que sumar éste factor a los cuatro parámetros que superan el techo de sostenibilidad de la vida en el planeta, según un Informe de científicos publicado en 2015, y que afectan al clima, a la biodiversidad, al estado de los ciclos del nitrógeno y a los suelos (Tanuro, 2020).

En esta ocasión se ha manifestado primero mediante una crisis sanitaria, seguida por una crisis económica, cuyo alcance está todavía por ver pero que probablemente conduzca a una Gran Depresión, con sus consecuencias en el plano social cada vez más alarmantes. Con ellas se ha producido una agravación de las desigualdades sociales y de todo tipo que no hacen más que profundizar las fracturas ya existentes en nuestras sociedades y, muy especialmente, dentro de una clase trabajadora feminizada y etnicizada, acentuadas por las nuevas tendencias en marcha, como el crecimiento del teletrabajo y una nueva ronda en la precarización laboral y de las vidas de las mayorías sociales (Carreras, 2020). Un conjunto de procesos que pueden erosionar más todavía las bases materiales necesarias para contrarrestar la deriva autoritaria que ya estaba en marcha a escala global mucho antes de la irrupción de esta pandemia.1

La crisis sanitaria ha mostrado, hasta ahora al menos, su mayor gravedad en los países occidentales, afectados por las políticas neoliberales de recortes y privatizaciones y por su dependencia de un sistema industrial de aprovisionamiento deslocalizado para atender a situaciones de emergencia como la vivida ahora. A todo esto se ha unido el retraso en la respuesta ante esta pandemia, pese a los avisos que habían llegado desde distintos observatorios (Ramonet, 2020), confirmando el lastre del viejo supremacismo occidental que hacía pensar que nunca iban a llegar a estas tierras epidemias tan letales como las sufridas en otras regiones del mundo. Se ha llegado así a un colapso sanitario que ha tenido en las personas mayores, pero también en un alto número de trabajadores de la sanidad y de los servicios sociales en general, los sectores más perjudicados por la falta de una política de prevención que fuera capaz de poner los medios necesarios para asumir el desafío que suponía esta pandemia.

El refuerzo del papel del Estado‐nación y sus límites

Dentro de este contexto general, en el que ni la OMS ni otras instituciones y organizaciones internacionales han estado a la altura, estamos asistiendo a una mayor relevancia del marco nacional‐estatal en la respuesta a la necesidad de garantizar la seguridad sanitaria, pero también la supervivencia de muchas empresas y la asistencia social, junto con las ONG y nuevas redes de apoyo mutuo, a los sectores sociales más vulnerables. En torno a esta cuestión se abre ahora una disputa por el sentido en el que deben orientarse los Estados en un contexto de crisis de la globalización neoliberal, refuerzo de tendencias nacional‐ proteccionistas e intensa competencia geoestratégica, tecnológica y comercial entre las grandes potencias, especialmente EE UU y China; ambas, a su vez, en proceso de recomposición de sus alianzas respectivas.

La lucha contra la pandemia ha conducido, además, a la mayoría de los gobiernos a proclamar el estado de alarma, acompañándolo de un discurso bélico que ha buscado cerrar filas en las poblaciones respectivas mediante la puesta en pie de planes de confinamiento, con distintas variantes entre ellos, con el propósito común de “salvar vidas”. Sin embargo, muy pronto hemos podido comprobar las tensiones entre ese objetivo y el de “salvar la economía” a medida que se ha prolongado esa situación de emergencia. También se ha podido observar una complicada regulación legal que ha permitido restricciones en el ejercicio de determinadas libertades fundamentales, especialmente la libertad de movimiento, pero también de otras como la libertad de expresión y los derechos de reunión y manifestación. Restricciones que, si bien han podido justificarse por la situación de estado de alarma, han conducido en ocasiones a cierto grado de arbitrariedad por parte de las autoridades.

Ha entrado así en la agenda política de los Estados una política de seguridad que, estimulada por las experiencias de China, pero también por las de países con regímenes demoliberales, como Corea del Sur, Taiwan o Singapur, puede suponer un salto adelante enorme en el uso de medios digitales, destinado a implantar un control del conjunto de la población que, justificado ahora por razones sanitarias, podría transformarse en normal en el nuevo periodo abierto para “el día después. No faltan las alertas ante el camino que se podría abrir por parte de muchos Estados para imponer un control necrobiopolítico permanente de la población (Preciado, 2020), apoyado en la asociación cada vez más estrecha entre los Estados y los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) del capitalismo digital. Una hipótesis nada despreciable porque, como se denuncia en el Manifiesto La necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’ | ctxt.es, “un vistazo a la historia reciente de la tecnología muestra que los dispositivos liberticidas que se introducen en tiempos de crisis casi nunca desaparecen”; con la coartada en este caso de que, como ya se ha indicado antes, la amenaza de nuevas pandemias va a formar parte de nuestro futuro de inseguridad(es) permanente(s).

Es fácil comprobar, por tanto, el refuerzo del poder soberano de los Estados en el plano securitario, con las personas demandantes de refugio como principales víctimas del cierre de fronteras, como ya ocurre desde hace tiempo en EE UU y en la UE, pero también dentro de las mismas, como estamos viendo ahora en Grecia y en los países del Golfo. Un poder soberano que va a permitir su uso para el control de los espacios públicos virtuales y reales en los que se puedan expresar las distintas formas de protesta que no cuenten con el agrado de las autoridades afectadas; o, simplemente, para disuadir de la protesta, ya que como también se recuerda en el Manifiesto antes citado: “El hecho de saberse constantemente vigilado es fuente comprobada de conformismo y sumisión a la autoridad, incluso cuando no se vive en una dictadura”.

Es también en el plano económico y social donde la recuperación de competencias por parte de muchos Estados es reclamada desde diferentes corrientes políticas e ideológicas. Dada la magnitud de la catástrofe que se anuncia en cuanto al descenso del PIB, a la quiebra de un alto número de pequeñas y grandes empresas y, sobre todo, al aumento del paro, la precarización y el empobrecimiento de la mayoría de las poblaciones, la apelación al Estado como “salvador” es también recurrente. El debate está en torno a qué sentido va a tener esa intervención estatal en un contexto en el que parece evidente la pérdida de credibilidad de algunas de las ideas‐fuerza y de las políticas neoliberales en ámbitos como el de la sanidad y los servicios públicos en general.

No conviene olvidar que en el pasado el papel de los Estados ha sido también muy activo, sobre todo en su versión ordoliberal, a través de su ensamblaje creciente con el sistema financiero y a los mercados. Un papel activo que viene ya de la larga onda neoliberal iniciada a finales de los años 70 del pasado siglo y que, tras el inicio de la Gran Recesión en 2007‐ 2008, adquirió un nuevo impulso mediante políticas de rescate al sistema financiero y medidas austeritarias contra las clases subalternas. Un proceso que en el ámbito de la Unión Europea y de la eurozona en particular condujo a la acentuación de las desigualdades entre el Norte occidental, por un lado, y las periferias del Sur y del Este, con Grecia como principal afectada, por otro.

La novedad en el panorama con el que nos estamos encontrando ahora es que, en medio del agotamiento del régimen de acumulación capitalista global iniciado a mediados de los años 70 del pasado siglo y del desarrollo nuevas tendencias proteccionistas en el plano comercial, los Estados van a tener que hacer compatibles, por un lado, un nuevo rescate a la economía productiva y, por otro, la respuesta a una demanda creciente de una respuesta a la catástrofe social muy superior a la iniciada en 2007‐2008. Se trata en realidad de una vieja tensión dentro de los Estados capitalistas entre la función prioritaria destinada a garantizar las condiciones de producción y reproducción capitalista y, a la vez, la, subordinada pero necesaria, que exige mantener un grado de legitimación suficiente entre las clases subalternas que asegure la estabilidad política. El problema está ahora en que no va a ser fácil gestionarla en la nueva etapa histórica que se abre, con mayor razón cuando ya ha entrado en la agenda política la urgencia de una transición energética y ecológica y las contradicciones que esta ha de generar, aun en su versión light, con el credo dominante del crecimiento económico.

Se anuncia, por tanto, un conjunto de políticas estatales que exige, sobre todo, un aumento extraordinario del gasto público para cubrirlas y que, de no ir apoyadas en una reforma fiscal radical, van a provocar un endeudamiento público y privado de magnitudes mayores que las conocidas hasta ahora. Una amenaza que podría verse atenuada si, como ya se reclama desde muchos países del Sur, se logra una cancelación de la deuda o, en el caso europeo, se llega a un acuerdo en torno a los fondos de solidaridad sin condiciones, ya que, de no ser así, puede convertirse en una espada de Damocles para las futuras generaciones a escala global.

Es probablemente en el marco de la Unión Europea donde las limitaciones del marco nacional‐estatal para responder a esta crisis global son más perceptibles si tenemos en cuenta el grado de interdependencia entre las economías de los Estados miembros, especialmente entre los países que forman parte de la eurozona, así como la necesidad de contrarrestar la tendencia al declive de su peso dentro del contexto geopolítico global. La suspensión temporal del Pacto de Estabilidad presupuestaria, las propuestas de un fondo de ayudas por parte de la Comisión Europea y el papel más activo del Banco Central Europeo para garantizar la liquidez necesaria que ayude al relanzamiento económico del conjunto de la UE apuntan a un intento de superar las tensiones surgidas en su seno, derivadas de la agravación de las desigualdades entre los países miembros –y dentro de los mismos‐ provocada por la pandemia.

Con todo, no será fácil un acuerdo en su seno, como he explicado en otro artículo reciente:

“Las enormes asimetrías entre países dentro de la UE van a hacer difícil un consenso que tendrá que ser prácticamente unánime. Será Alemania (bajo la vigilancia de su Tribunal Constitucional tras su reciente sentencia frente a la primacía del derecho comunitario) la que, obligada a salvar el euro, fuente última de su mayor riqueza, como ha recordado Wolfgang Streeck (2020), la que tendrá que conciliar dar pasos adelante hacia la federalización oligárquica y tecnocrática de la UE con las reticencias de los cuatro frugales (Austria, Dinamarca, Holanda y Suecia) a rebajar sus exigencias frente al Sur, buscando así frenar la polarización territorial dentro de la UE. En cualquier caso, las condicionalidades de los préstamos que finalmente se acuerden son ya el principal objeto de disputa entre los gobiernos –y los partidos españoles‐ y no cabe engañarse sobre lo que pueden significar los ajustes y las nuevas reformas estructurales que se exijan, aunque se tiñan de verde” (Pastor, 2020).

Lo público y lo estatal

Lo que sí va a ser difícil es que se repita el escenario que se impuso en 2007‐2008, aunque sin duda es lo que van a intentar las fracciones más transnacionalizadas de las clases dominantes. La revalorización de lo público y de las actividades esenciales, entre ellas todas las relacionadas con los cuidados, frente a los recortes y privatizaciones que se generaron entonces, es tan patente que una salida similar a la anterior provocaría una creciente inestabilidad política y social de difícil gestión por parte de los gobiernos.

Ese sentido común de lo público se ha visto además reforzado porque se ha extendido su concepción, no como un derecho del Estado, sino como un deber, una obligación, ya que, como sostienen Pierre Dardot y Christian Laval (2020), “los servicios públicos no son los servicios del Estado en el sentido de que el Estado pueda disponer de ellos a su antojo, no son tampoco una proyección del Estado, son públicos en el sentido en que están ‘al servicio del público”. Lo mismo podríamos decir de cantidad de actividades que se han demostrado esenciales y que, por tanto, deberían escapar a la lógica del mercado interior y exterior (como es el caso de la industria farmacéutica), así como a las condiciones de sobreexplotación en las que se encuentran quienes trabajan en ellas. Una percepción que se está extendiendo al conjunto de bienes públicos y comunes dedicados a satisfacer las necesidades básicas de la población. No cabe sorprenderse, por tanto, de que términos como nacionalizaciones o planificación económica y ecológica estén volviendo a la agenda política, incluso en boca de líderes políticos como el presidente francés Macron 2, quien ha llegado a reivindicar el ejemplo del Consejo Nacional de la Resistencia surgido en su país después del final de la Segunda Guerra Mundial.

En todo caso, la hipótesis de nuevas formas de capitalismo occidental en las que el Estado asuma un papel más activo y centralista3 en la búsqueda de un modelo económico no tan dependiente del exterior en algunas actividades esenciales, una política asistencial sustancialmente superior a la anterior a la crisis y, a su vez, un refuerzo del control social bajo formas más autoritarias, no puede ser descartada. Sería un nuevo tipo de despotismo estatal protector (arropado por el saber experto sistémico) que aspiraría a una legitimación de ejercicio entre quienes comparten la identidad nacional‐estatal dominante, en nombre del miedo a la inseguridad permanente. Una tendencia que les acercaría a las denominadas democracias iliberales, con Rusia o Turquía como referentes, que ya está en marcha en algunos países de Europa del Este – como Polonia y Hungría‐ y que podría darse en EE UU en el caso de que Trump viera renovado su mandato en noviembre de este año.

Tiempos de mayor inestabilidad geopolítica global

Esas tendencias podrían ir, por tanto, acompañadas de un reajuste parcial en las cadenas transnacionales de creación de valor mediante cierta relocalización de determinadas actividades productivas, sin cuestionar no obstante la primacía del sistema financiero, cuyo grado de autonomía, de movilidad global y de presión sobre la mayoría de los Estados sigue siendo notable.

Mientras tanto, la inestabilidad geopolítica sigue su curso en un mundo en lucha por el control de los recursos energéticos cada vez más escasos y con nuevos alineamientos regionales, incluso dentro de una UE en “crisis existencial”, como la definió uno de sus líderes políticos. Todo esto en medio de un proceso de cambio de relaciones de fuerzas entre las viejas y las nuevas grandes potencias, pero sin que “el repliegue internacional de un imperio [el estadounidense] que abandona su disfraz de auxiliador del mundo”, (Katz, 2020) esté llevándole a su crisis terminal (lo cual exigiría un detonante similar a lo que significó la catástrofe nuclear de Chernóbil para la URSS o la crisis del Canal de Suez para Gran Bretaña) como hegemón. No olvidemos que su pérdida de posiciones en el plano comercial y tecnológico e incluso cultural (agravado por el repliegue etnonacionalista y el “nuevo 68” que se está viviendo en ese país bajo Trump) no impide a esta gran potencia seguir contando, además de con su superior poder militar (pese a su incapacidad demostrada para aplicar la “destrucción creativa” predicada en zonas como Oriente Medio), con los derechos de señoreaje sobre el dólar y con la particularidad de ser sede matriz de gran parte del capital transnacional 4 que se ha extendido por el mundo.

En ese contexto, el único competidor a medio plazo de la gran potencia estadounidense es sin duda China debido a su ascenso económico, tecnológico y comercial, a sus planes en marcha (como la nueva ruta de la seda), a su aspiración hegemónica en la región de Asia‐ Pacífico y a su soft power a escala internacional. Con todo, China también se va a encontrar con obstáculos para proseguir su ascenso, debido a su mayor necesidad de acceso directo del mercado mundial, así como a su dependencia externa en materia energética y agrícola (Golub, 2020). Se entiende, por tanto, que para Trump su objetivo sea, como observa Michael Roberts, “bloquear el comercio con aranceles, bloquear el acceso de China a nuevas tecnologías y a sus exportaciones, aplicar sanciones a las empresas chinas y enfrentar a los deudores con China”. Así que, como también aventura Roberts: “La ‘guerra fría’ comercial, tecnológica y política se ‘calentará’ más esta década, como el propio planeta” (Roberts, 2020).

Será en relación con esa competencia geoestratégica entre la gran potencia en declive y la que aparece hoy en ascenso como parece que se van a tener que mover otras relativamente grandes y medianas potencias, cuyos alineamientos, más allá de la reactivación del G20, se verán condicionados por su estatus geopolítico dentro del sistema jerárquico de Estados y por su mayor o menor dependencia económica, energética y tecnológica, pero también por factores de orden cultural e ideológico. Todo esto en medio de una transición geopolítica en la que la pérdida de centralidad que Occidente había mantenido hasta ahora parece ya irreversible.

En ese marco de mayor inestabilidad geopolítica global, la combinación de conflictos relacionados con las crisis entrecruzadas ya mencionadas y, simultáneamente, de tensiones internas en torno a otras líneas de fractura preexistentes –nacionales, étnicas‐, puede dar lugar a un aumento del número de Estados frágiles y/o fallidos en distintas regiones del planeta, e incluso a una fase de militarización y guerras, sin que haya instituciones internacionales con la suficiente autoridad para ejercer de mediadoras.

Sin embargo, desafíos globales como la necesidad de prevenir nuevas pandemias, la creación de condiciones favorables para superar el estancamiento secular y sentar las bases de un nuevo régimen de acumulación y, sobre todo, la respuesta al cambio climático, continuarán mostrando las limitaciones de las respuestas a escala nacional‐estatal y presionarán por la búsqueda de nuevas formas de gobernanza global. El problema está en que, como escribían Michael Hardt y Antonio Negri antes de la pandemia de la Covid 19, “la contrarrevolución neoliberal ha creado una esfera de gobernanza sin relación estructural estable con la esfera de la producción y la reproducción sociales” (Hardt y Negri, 2020). De ahí las mayores limitaciones mostradas por instituciones supranacionales como la ONU o la OMS (cuestionadas además por la actual Administración estadounidense) y, a la vez, el protagonismo que siguen teniendo otras, como el FMI y el BM, más dependientes de la influencia de los grandes lobbies financieros transnacionales.

Especulando sobre el futuro‐presente en medio del colapso ecosocial

No faltan ya especulaciones sobre escenarios de futuro posibles que podrían ir haciéndose realidad más allá de la escala nacional‐estatal. Una de ellas es la que propone Alain Bihr (2020) en torno a tres posibles: uno sería el de business as usual (BAU); otro el de un neokeynesianismo adaptado a los nuevos tiempos del green‐washing; y otro, en fin, el que podría abrir algunas brechas que permitieran ofrecer un horizonte alternativo distinto del actual modelo civilizatorio. Unos escenarios que tienen puntos comunes con los que comenta Luis González Reyes en otro artículo (2020) y que aparecen más desarrollados en el Informe de Ecologistas en Acción “Escenarios de trabajo en la transición ecosocial 2020‐2030” 5, recientemente publicado, y en donde el tercero sería el basado en un proyecto de decrecimiento, necesariamente rupturista en el plano civilizatorio.

En realidad, ya hemos visto un primer ensayo del primero en la tensión que se ha creado entre “salvar vidas” o “salvar la economía” a la hora de determinar cuáles eran los servicios esenciales a preservar en pleno confinamiento. Si Trump y Bolsonaro han sido los principales protagonistas en su defensa, no han faltado otros entre las derechas y los think tank de las grandes patronales de todos los países, empeñados incluso en establecer unos criterios monetarios sobre cuál sería el “valor de vida” (Husson, 2020), cuando no en un criterio de discriminación por edad o capacitismo para el tratamiento en los centros sanitarios. Sería un escenario que, una vez pasada la fase asistencialista de emergencia, implicaría un retorno, en resumen, a repetir la experiencia posterior a la Gran Recesión de 2008 con la coartada del pago de la deuda para una nueva vuelta de tuerca en reformas estructurales. En resumen, sería un modelo que podría tener dos variantes: “neoliberalismo restaurado” y “neo‐iliberalismo”, como sugieren Escalona y Godin, 2020.

Otro escenario sería el que combinara, por un lado, un reforzamiento del sector público en la sanidad y servicios sociales en general ‐con alguna forma de renta mínima para las capas más empobrecidas‐, y, por otro, un nuevo partenariado del Estado con las grandes empresas que asumiera algunos de los retos del Green New Deal, compatibles con el fetichismo del crecimiento económico, como ya se propone desde distintos sectores políticos y sociales. En resumen, la puesta en pie de nuevos pactos interclasistas que, aun siendo asimétricos, evitaran la crisis de legitimidad que podría sufrir el primer escenario, sobre todo en su versión dura.

Finalmente, también se abre la posibilidad de una nueva ola de revueltas populares que tomen el relevo de las que estaban en marcha antes del estallido de esta crisis global y apunten hacia un tercer escenario. La ola de protestas que se ha extendido recientemente en EE UU y en otros lugares del mundo frente al racismo estructural puede ser un anticipo de lo que puede ocurrir en esta nueva era. Movimientos como el feminista en Chile y otros países ya han sido motores de algunas de esas revueltas en el pasado reciente, y el movimiento ecologista y las nuevas formas de sindicalismo social y barrial pueden llegar a serlo en otros.

Obviamente, el salto de la protesta a la propuesta, a la articulación de nuevos bloques sociales a favor de la socialización de lo público y lo común y del reparto de todos los trabajos para apostar por otro mundo posible, no es automático, máxime en unas condiciones de mayor debilitamiento estructural de las clases subalternas y de ascenso de populismos de extrema derecha. Hará falta un nuevo ciclo de movilizaciones sostenidas que vaya más allá del ámbito estatal y pueda ir forjando alianzas solidarias entre pueblos, al menos a escala regional, en torno a un nuevo cambio de paradigma civilizatorio.

A las razones de las revueltas anteriores y a las derivadas de las que agudiza esta crisis global se suman ahora, además, las vividas durante el Gran Confinamiento. Esta experiencia ha permitido innovar formas de protesta desde las redes sociales, pero ha dado un mayor valor a la necesidad del encuentro físico, a la interacción de los cuerpos y los afectos, a la discusión, a la deliberación y la acción colectiva anclada en el territorio, en el vecindario, en la fuerza de la gente.

Algunas conclusiones

Se abre, por tanto, una ventana de oportunidad para las peores distopías, pero también para otro horizonte de utopías creíbles y factibles, ya que, con palabras de Bruno Latour (2020): “En medio del dolor más extremo, estamos viendo que el orden mundial, que se nos decía que era imposible de cambiar, tiene una plasticidad asombrosa, y que, como colectivo, los seres humanos no están indefensos”.

En ese camino, pese a sus limitaciones, la escala local puede convertirse en un laboratorio a seguir de cerca para conocer la credibilidad y la viabilidad de los distintos escenarios posibles. En realidad, ya hemos visto prácticas prefigurativas de todos ellos en muchas ciudades, barrios y pueblos a lo largo de estos meses de confinamiento: el más autoritario y beligerante frente a cualquier cambio en la política económica y social; el neokeynesiano que apuesta por nuevos pactos interclasistas de reconstrucción social y económica, y el que, queriendo ir más allá, apunta hacia una planificación ecológica y democrática (Durand y Keucheyan, 2020), basada en una nueva economía moral (que ha revalorizado muchos trabajos invisibilizados y ha ensayado ya la reconversión de otros no esenciales), que rompa con el fetiche del crecimiento económico y la tecnolatría, en una nueva relación entre lo urbano y lo rural, en la solidaridad y el apoyo mutuo.

Más allá de las especulaciones sobre los escenarios posibles, ya que habrá otros híbridos también en disputa, lo que sí es seguro es que entramos en una era en la que el encadenamiento de crisis entrecruzadas conducirá a nuevas polarizaciones sociales y políticas y a los inevitables conflictos de intereses, valores y razones. De todas esas crisis, conviene repetirlo, es la catástrofe ecológica global la que sobredetermina las demás y, por tanto, extraer las lecciones de la actual crisis de la pandemia se hace necesario, ya que, como anuncian Descamps y Lebel (2020), esta última sólo ha sido un “aperitivo”.

…

  1. Con mayor razón ahora porque, como recordaba Adam Przeworski antes del estallido de la actual crisis: “While elites see democracy in institutional terms, several surveys indicate that mass publics often conceive of it in terms of ‘social and economic equality” (Przeworski, 2019: 102).

2. “Il nous faudra bâtir une stratégie où nous retrouvons le temps long, la possibilité de planifier, la sobrieté carbone, la prévention, la résilience qui seule peuvent permettre de faire face aux crises à venir”, “Nous tiendrons”, Le Monde, 13/04/2020. No obstante, como ocurrió en la anterior crisis con Sarkozy, sigue sin reflejarse en propuestas concretas.

3. Un rasgo que ha caracterizado la aplicación del estado de alarma en el caso español, ya que desde el principio se estableció un “mando único”, sin previa deliberación con las CC AA y sin implicación alguna de las mismas en la toma de decisiones, apenas compensada luego por la celebración semanal de Conferencias de Presidentes de las CC AA que son prácticamente consultivas, pese a definir ese proceso en una fase posterior con el neologismo de “cogobernanza”.

4. Tenemos un reciente ejemplo de esto en la presión que está ejerciendo la Administración de EE UU sobre países de la UE para que renuncien a aplicar el impuesto conocido como tasa Google.

5. Se puede consultar en www.ecologistasenaccion.org/132893

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Referencias

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Bihr, Alain (2020) “Tres escenarios para explorar el campo de lo posible”, Viento Sur [Puesto en línea el 23 de abril de 2020]https://www.vientosur.info/spip.php?article15903

Carreras, Judith (2020) “El futuro del trabajo, después del coronavirus”, Viento Sur, 170, junio, pp. 60‐73.

Dardot, Pierre y Laval, Christian (2020) “La dura prueba política de la pandemia”, infolibre [Puesto en línea el 30 de marzo de 2008]https://www.infolibre.es/noticias/lo_mejor_mediapart/2020/03/30/la_dura_pru eba_politica_pandemia_105414_1044.html

Descamps, Ph. Y Lebel, Thierry (2020) “Un aperitivo del shock climático”, Le Monde Diplomatique, mayo, pp. 1 y 22‐23.

Durand, Cédric y Keucheyan, Razmig (2020), Le Monde Diplomatique, mayo, pp. 14‐15.

Escalona, F. y Godin, R. (2020) “Les quatre scénarios pour l’hégémonie politique du ‘monde d’après’”, mediapart.fr, 23/05/2020.

Golub, Philip S. (2020) “Tres hipótesis geopolíticas”, Le Monde Diplomatique, junio, pp. 6‐7.

González Reyes, Luis (2020) “La época de los triajes”, El Salto [Puesto en línea el 18 de abril de 2020] https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/colapso‐crisis‐climatica‐capitalismo‐green‐new‐deal‐decrecimiento‐epoca‐triajes

Hardt, M. y Negri, A. (2020) “Imperio, veinte años después”, New Left Review, 120, enero‐febrero, pp. 71‐98.

Husson, M. (2020) “Sobre la vacuidad de la ciencia económica oficial: el arbitraje entre la actividad económica y los riesgos para la salud”, Viento Sur [Puesto en línea el 29 de abril de 2020] https://www.vientosur.info/spip.php?article15929

Katz, Claudio (2020) “La pandemia que estremece al capitalismo. I”, Viento Sur [Puesto en línea el 21 de abril de 2020] https://www.vientosur.info/spip.php?article15892

Latour, Bruno (2020) “La plasticidad en el orden mundial”, El País [Puesto en línea el 3 de mayo de 2020] https://elpais.com/especiales/2020/coronavirus‐covid‐19/predicciones/la‐plasticidad‐del‐orden‐mundial/

Pastor, J. (2020) “Crisis constitucional y nostalgia del consenso”, viento sur [Puesto en línea el 19 de junio] https://www.vientosur.info/spip.php?article16088

Preciado, Paul B. (2020) “Aprendiendo del virus”, El País [Puesto en línea el 28 de marzo de 2020] https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html Przeworski, Adam (2019) Crises of democracy. Cambridge: Cambridge University Press.

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Riechmann, Jorge (2020) “La crisis del coronavirus desde el ecosocialismo gaiano”, Viento Sur, 169, 11‐18.
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Hacia un retroceso democrático global

Entrevista a Steven Levitsky / por Daniel Gascón

Steven Levitsky es politólogo y profesor en Harvard. Ha prestado una atención especial a la política latinoamericana y ha investigado el papel de los partidos políticos y los sistemas de partidos, la importancia de las instituciones informales, el autoritarismo y los procesos de democratización. Escribió con Daniel Ziblatt Cómo mueren las democracias. Estudioso de los “regímenes autoritarios competitivos”, dice que está pensando en un libro sobre por qué los partidos políticos se vuelven antidemócratas.

Una de las ideas centrales de Cómo mueren las democracias es que la democracia no solo sufre o termina por un golpe violento. A menudo lo que ocurre es un proceso paulatino de degradación. Daban muchos ejemplos de Europa (sobre todo en la década de los treinta) y América Latina, y los relacionaban con lo que podía pasar con Estados Unidos y Donald Trump. En cierto modo tenía algo de advertencia. ¿Cómo evalúan ahora que ha pasado este tiempo?

Creo que estamos peor. Trump ha sido tan autoritario como temíamos. Sabíamos que, estés en Venezuela, Perú o Brasil, si eliges a un autoritario como presidente, pones la democracia en peligro. Y Trump de manera consistente ha intentado subvertir, corromper y debilitar las normas democráticas durante su presidencia. Eso se esperaba. Lo que no esperábamos cuando escribimos el libro hace tres años es que el Partido Republicano quedaría tan trumpizado. Confiábamos en que el partido trazara una línea y contuviera los peores abusos de Trump. Esa acción, sobre todo en el senado, ha desaparecido. Eso ha permitido que Trump sea peor de lo que creíamos. Ha socavado la credibilidad del proceso electoral, ha alentado la violencia y ha utilizado cada vez más al Estado como arma política contra los rivales, algo muy típico de regímenes híbridos o autoritarios, por ejemplo en algunos casos en América Latina, pero que no había ocurrido en décadas en Estados Unidos. En ese sentido, ha sido peor. No hemos descendido en una autocracia. Cuando escribimos el libro, se trataba de un ejercicio de especulación. Ahora ha pasado. Cuando ves los índices internacionales de democracia, como Freedom House, la Economist Intelligence Unit o Varieties of Democracy, los tres consideran a Estados Unidos bastante menos democrático que hace tres años. Según Freedom House, una ONG de centro-derecha, pro Estados Unidos, el país es menos democrático que Chile, Uruguay, Lituania, Eslovaquia, y está en la misma categoría que Croacia y Panamá. Sigue siendo una democracia, pero ha habido un retroceso. Es más un deslizamiento que un verdadero autoritarismo. Pero los miedos que teníamos cuando resultó elegido Trump en buena medida se han hecho realidad.

Es llamativo lo que dice del partido. Una de las cosas que consideran fundamentales para mantener la calidad de la democracia es el papel de los partidos y su capacidad para cribar a los extremistas. También en el caso de Trump sorprende que el Partido Republicano cambiara algunas de sus tradiciones, como el libre mercado, ciertos valores familiares. Tienen en la Casa Blanca a un proteccionista con decenas de denuncias por acoso sexual.

No es el primero en hacer eso. Los peronistas lo hicieron. Pero ha sido bastante imprevisto y drástico, sí. Mi coautor, Daniel Ziblatt, es un experto en los partidos conservadores. Y cree que tener fuertes partidos conservadores es crucial para una democracia. Estamos convencidos de que la razón por la que los políticos republicanos se han mostrado tan abiertos hacia esa clase de comportamiento antidemócrata es que tienen cada vez más dificultades para obtener mayorías. El Partido Republicano representa de manera casi exclusiva a votantes cristianos blancos, y esa es una parte del electorado estadounidense que disminuye. Y cuando no puedes ganar, engañas.

En el libro hablan bastante de polarización. Parece que es un fenómeno del que hablamos cada vez más en muchos países. Habrá elementos específicos, pero ¿cuáles serían las causas comunes?

Es difícil decirlo. Ha surgido en países donde no lo esperábamos hace cinco o diez años: en Brasil, en partes de Europa, en España, en Estados Unidos. Son democracias donde no estimábamos ese nivel de polarización. No creo que tengamos una idea clara de por qué ocurre. Algunos dicen que se debe, al menos en parte, a la desigualdad creciente. Otros dicen que es resultado de la creciente distancia entre la élite política y los votantes. Durante una generación los partidos establecidos de las democracias occidentales convergían en dos asuntos centrales: el apoyo a la globalización y la tolerancia hacia la inmigración. Resulta que a mí esas dos cosas me parecen buenas, y creo que lo piensa la mayoría de los votantes en Estados Unidos. Pero hay un grupo muy numeroso que es escéptico ante la globalización y la inmigración, y que no se siente en absoluto representado por la élite política. Parece ser una fuerza importante en Estados Unidos. Creo que tiene que ver con la raza, con el hecho de que la mayoría étnica fundadora, la mayoría étnica que domina todas las jerarquías sociales, económicas, políticas y culturales desde hace doscientos años –los cristianos blancos–, pierde tanto su mayoría electoral como su estatus social. Y eso ha conducido a una reacción fiera y polarizante. No creo que se dé en ninguna otra democracia occidental.

Una de las características básicas del líder autoritario es la falta de reconocimiento del proceso electoral. Solo les vale si ganan. Había algunas dudas sobre Trump en 2016, parece que ahora vuelve a ocurrir.

Son características básicas del líder autoritario. Los líderes democráticos saben perder. Los líderes demócratas aceptan rutinariamente la derrota, no les gusta pero la aceptan. Los autócratas no y Trump tiene instintos fundamentalmente autoritarios. Puede abandonar el cargo pero garantizo que no irá a la tele para decir: “ha ganado Joe Biden, es el presidente legítimo, enhorabuena, me voy a casa”. Dirá que le robaron la elección.

En Cómo mueren las democracias afirman que hay reglas escritas, como las leyes, la Constitución, pero también normas que no se escriben, están implícitas y son importantes también. Y si a veces eso se destruye puede ser complicado reconstruirlo.

No hay muchos ejemplos de democracias muy estables que se desmoronen. Muchas colapsaron en Europa en los años treinta. España y Alemania no eran democracias establecidas, eran nuevas democracias. España nunca había tenido una democracia como tal hasta los años treinta. No había fuertes normas democráticas. No sabemos mucho de lo que pasa cuando esas normas se erosionan lentamente, como ocurre en Estados Unidos. Chile puede ser un ejemplo de colapso democrático en los años setenta, tienes probablemente el ejemplo de Estados Unidos en la década de 1850, pero no hay muchos más. Y los casos de Estados Unidos en las décadas de 1850 y 1860 y de Chile en la década de 1970 son instructivos en el sentido de que se reconstruyeron las normas democráticas. Pero se reconstruyeron tras un episodio muy traumático. Una dictadura militar brutal en Chile, y una guerra civil, sangrienta, en Estados Unidos. Eso es lo que costó reconstruir las normas democráticas.

Otro país que tenía una fuerte tradición democrática y que colapsó es Venezuela.

Sí. No sabemos cómo será la reconstrucción, porque han perdido la democracia y sigue perdida. Pero es uno de los pocos casos claros en que una democracia establecida se ha desmoronado.

También en América Latina han surgido en estos años líderes populistas y autoritarios, como Bolsonaro en Brasil o AMLO en México. ¿En qué medida le preocupa lo que puede ocurrir?

Hay mucho de lo que preocuparse. En el caso de Brasil, el país se ha polarizado mucho. Desde 2014 hay una erosión de las normas democráticas, con la exclusión de Lula da Silva de la carrera presidencial. Es una democracia y Bolsonaro es una figura abiertamente autoritaria, todavía más que Trump y que Orbán. Sin embargo, aunque tenga una mayoría en el congreso, no controla los tribunales. No es muy popular. Y es mucho más débil que Hugo Chávez, Rafael Correa o Alberto Fujimori. Quizá no sea lo bastante fuerte como para destruir la democracia brasileña. AMLO es una figura más ambigua en términos de su compromiso con la democracia. Durante la mayor parte de su carrera ha sido un político democrático. No muestra un antagonismo abierto a la democracia tal como lo hace Bolsonaro. Es un populista. No encaja claramente en todas las casillas del candidato autoritario, tal como lo harían Bolsonaro o Trump. Pero en México hay una diferencia: una mayoría legislativa y una oposición muy débil. El equilibrio de poder es mucho más favorable para AMLO y la oposición es mucho más débil. Así que es posible que AMLO tenga menos inclinaciones autoritarias que Bolsonaro, pero tiene más oportunidades. Los dos te dan algo por lo que preocuparte.

En su libro también explican cómo los líderes autoritarios intentan aprovecharse y a veces crear situaciones de excepcionalidad. Sostienen que a menudo la causa del miedo es la violencia. En los últimos meses ha surgido otra amenaza, la pandemia. Ha habido reacciones distintas. John Keane, por ejemplo, se preocupaba por que los gobiernos aprovecharan la situación para limitar las libertades. También se especulaba sobre si la pandemia reforzaría o debilitaría a los líderes autoritarios.

Es interesante que las respuestas sean tan diversas. El miedo inicial en las primeras fases de la pandemia era que estuviéramos ante una crisis que de forma inevitable requiriese las restricciones de algunas libertades civiles básicas. Se restringía mi capacidad de celebrar una fiesta en mi casa; la libertad de reunión y de asociación se veía necesariamente limitada. Eso es aterrador para cualquier liberal. Y había grandes miedos: por ejemplo, que las democracias no pudieran controlar el virus y solo un régimen como China pudiera hacerlo. También estaba el temor de que gobiernos autocráticos aprovecharan la crisis para consolidar su poder, como en cierto modo Orbán en Hungría, o Bukele en El Salvador. Pero en general eso ha ocurrido menos de lo que muchos temíamos.

La razón no está totalmente clara. En parte se debe a que algunos de los populistas que más nos preocupaban tuvieron una respuesta muy extraña. De manera deliberada, infrautilizaron su poder. Cuando podían usarlo en respuesta al virus, no hicieron nada. Es el caso de Trump, Bolsonaro u Ortega, aunque este último ya estuviera consolidando una dictadura. Creo que aún no conocemos las razones, quizá porque los populistas tienden a sospechar mucho de los expertos. La idea de actuar con deferencia o respondiendo a lo que decían los expertos iba en contra de lo que pensaban Trump o Bolsonaro. El modo en que ellos respondieron al virus ha sido terrible para las sociedades y la salud pública, pero probablemente ha sido bueno para la democracia.

¿Y cuáles cree que serán las consecuencias posteriores?

Todavía me preocupa, particularmente en América Latina, lo que el virus puede hacerle a la democracia. Va a llevar a un periodo económico muy difícil a medio plazo, a problemas fiscales graves, a una desigualdad creciente, con límites en el gasto social y un mayor descontento público. Las percepciones sobre los gobiernos elegidos democráticamente habían empeorado en casi toda América Latina antes de la pandemia. Al principio algunos gobiernos tuvieron un repunte durante la crisis. Pero, a medida que esta avanza, es inevitable una erosión de la percepción pública de la actuación gubernamental. En América Latina tienes una combinación terrible de un elevado nivel de urbanización, un alto nivel de desigualdad y sistemas de salud pública muy débiles. Es la peor receta. La gente va a acabar más descontenta de lo que ya estaba. Me preocupa que los electorados sean más vulnerables a los populistas de derecha y de izquierda o incluso a figuras militares que prometan resolver los problemas de la gente por otros medios. Los largos periodos de mal comportamiento económico siempre son preocupantes. Y creo que vamos hacia eso en América Latina.

Se dice que en los países más polarizados la respuesta a la pandemia ha sido peor.

Creo que es cierto. En esos países se politizó. Ocurrió en Estados Unidos, hasta cierto punto en México y Brasil, algo menos en Argentina. Pero los países que respondieron mejor son aquellos en los que toda la clase política se unió en busca de una solución. No me refiero a una unión política, sino a la llegada a acuerdos para encontrar una solución. Es el caso de Taiwán, Corea del Sur, Japón, la mayor parte de Europa occidental. En el Reino Unido algo menos, y hemos visto el daño en algunos países europeos en los últimos meses. Cuando se podían apartar las diferencias partidarias, las democracias se mostraron capaces de afrontar la pandemia. Donde no pudieron, como en Estados Unidos o Brasil, la situación es terrible. Tienes una respuesta muy disfuncional. Me parece que la idea de la polarización es pertinente.

¿Cómo se puede reparar el daño institucional? En el caso de Trump, hay un proceso de degradación que no empieza con él, es causa y síntoma. También evidencia tensiones y fracturas previas.

Creo que no tenemos una idea clara de qué requerirá reparar el daño institucional. Mi sensación es que va a ser bastante difícil. Lo que preocupa es que el problema de la polarización estadounidense lleva un tiempo en construcción. Y no va a terminar con la derrota de Trump. Es importante para la democracia estadounidense que Trump sea derrotado, sin duda. Pero el problema subyacente de la polarización es casi seguro que va a permanecer. Puede que las cosas se parezcan a los últimos años de la administración Obama, donde los republicanos bloqueaban todos los esfuerzos por gobernar y Obama empezó a evitar el Congreso. Éramos muy disfuncionales. El último año los republicanos impidieron que instalara un juez en la Corte Suprema. Nuestras instituciones ya empezaban a deshilacharse antes de Trump. Que Trump se vaya es necesario para reparar nuestra democracia, pero no es suficiente. Creo que vamos hacia más años de disfuncionalidad y crisis.

Se habla de la fragmentación de la conversación. Así, antes los medios buscarían al mayor grupo de gente posible, mientras que ahora se trata de dominar a un grupo demográfico, de ocupar un nicho. Al mismo tiempo, también hay un incremento de velocidad, incluso con las mentiras.

Es perturbador. Pero no es la primera vez que tenemos medios de nicho en la historia. Ha ocurrido en otros países y en otros periodos en los que, por ejemplo, cada país tenía su propio periódico. Tampoco es la primera vez que tenemos una nueva tecnología mediática que asusta a los observadores. Cuando apareció la radio, temíamos que nos enseñara fascismo, como había ocurrido en Alemania. Con la televisión, pensábamos que produciría demagogia y populismo. De modo que es posible que al final nuestros Estados, gobiernos, políticos o votantes aprendan a tratar con esta nueva tecnología. Hay estudios que muestran que las redes sociales y la televisión por cable, al menos en Estados Unidos, están teniendo un efecto polarizante; un número creciente de estudios revelan que tienden a llevarnos a los extremos. Es un verdadero problema. Sin duda exacerba la polarización. No creo que la cause. Tenemos que tener mucho cuidado. Estados Unidos no necesitó WhatsApp para caer en la Guerra de Secesión. Chile no necesitó YouTube o Facebook para la crisis de los setenta. La Guerra Civil española no requirió de Twitter. El nuevo paisaje mediático, en particular el de las redes sociales, es un desafío y aumenta el problema. Pero no es la causa fundamental y no deberíamos cometer el error de imaginar que lo es.

En los últimos años hemos visto que en algunos países de la Unión Europea, como Hungría y Polonia, aparecían regímenes que se han llamado democracias iliberales, con lógicas plebiscitarias, desdén por los derechos de las minorías, intentos de controlar el poder judicial desde el gobierno. Se presentaba como un fenómeno nuevo.

No sé si es tan nuevo. No lo veo muy distinto al peronismo. Los llamaría autoritarios competitivos. Siempre hay un riesgo en regímenes electorales, particularmente en aquellos que tienen instituciones débiles, cuando tienen un líder o partido popular que pueden inclinar el campo contra la oposición. Puedes llamarlo de varias maneras. Puedes llamarlo democracias iliberales, pero no creo que sea algo particularmente nuevo.

En España Unidas Podemos tiene un componente peronista. También a veces se ha escrito sobre algunas estrategias comunicativas del PSOE. Pero en el caso de Podemos es más claro.

Sí, Laclau sobre todo. Es interesante ver la latinoamericanización de la política española. De todas formas, el contexto es bastante diferente y las instituciones políticas españolas son bastante más fuertes que las de los Estados bolivarianos en los Andes. Me sorprendería que tuviera mucho efecto.

¿Es más optimista o pesimista con respecto a estos líderes autoritarios que hace cuatro años?

Diría que más pesimista. En términos de la crisis global de la democracia, he sido en general más optimista, o menos pesimista, que la mayoría. Creo que no se han desmoronado democracias verdaderas muy deprisa. Hace diez o quince años que hablamos de un retroceso democrático global. Y ha habido algo pero no tanto. La mayoría de las democracias siguen sobreviviendo. Pero con el ascenso de Trump, y con lo que pasa en países grandes e importantes como la India o Brasil, el horizonte es más oscuro ahora que hace cinco años. Si Trump pierde y tenemos un líder de mentalidad más democrática, espero que demos un par de pasos en la otra dirección. Pero los últimos cuatro años me han hecho más pesimista. El mundo no deja de sufrir golpes: Trump, Modi, Bolsonaro, la pandemia. Es mucho que manejar en cinco años. ~

 

Multitud y principio de individuación

Por Paolo Virno

Las formas de vida contemporáneas atestiguan la disolución del concepto de “pueblo” y de la renovada pertinencia del concepto de “multitud”. Estrellas fijas del gran debate del siglo XVII, y, hallándose en el origen de una buena parte de nuestro léxico ético-político, estos dos conceptos se sitúan en las antípodas el uno del otro. El “pueblo” es de naturaleza centrípeta, converge en una voluntad general, es el interfaz o el reflejo del Estado; la “multitud” es plural, huye de la unidad política, no firma pactos con el soberano, no porque no le relegue derechos, sino porque es reacia a la obediencia, porque tiene inclinación a ciertas formas de democracia no representativa. En la multitud, Hobbes verá el mayor peligro para el aparato del Estado (“Los ciudadanos, cuando se rebelan contra el estado, representan a la multitud contra el pueblo.” Hobbes, 1652: XI, I y XII, 8). Spinoza descubrirá precisamente ahí, en la multitud, la raíz de la libertad. Desde el siglo XVII, y casi sin excepciones, es el “pueblo” quien la obtiene y gestiona. La existencia política de las múltiples, en tanto que múltiples, fue apartada del horizonte de la modernidad: no sólo por los teóricos del Estado absolutista, sino también por Rousseau, por la tradición liberal y por el propio movimiento socialista. Sin embargo, hoy la multitud se desquita al caracterizar todos los aspectos de la vida social: los hábitos y la mentalidad del trabajo posfordista, los juegos de lenguaje, las pasiones y los afectos, las formas de concebir la acción colectiva. Cuando constatamos este desquite, es necesario evitar al menos dos o tres necedades. No es que la clase obrera se haya disipado con arrobo para dejar sitio a las “múltiples”, sino más bien, y la cosa resulta mucho más complicada y mucho más interesante, que los obreros de hoy en día, permaneciendo obreros, no tienen la fisonomía del pueblo, pero son el ejemplo perfecto del modo de ser de la multitud. Además, afirmar que las “múltiples” caracterizan las formas de vida contemporánea, no tiene nada de idílico: la caracterizan tanto para bien como para mal, tanto en el servilismo como en el conflicto. Se trata de un modo de ser, diferente del modo de ser “popular”, es cierto, pero, en sí, no desprovisto de ambivalencia, con una dosis de venenos específicos.

La multitud no aparta con gesto de travieso la cuestión del universal, de lo que es común, compartido: la cuestión del Uno; más bien la redefine por completo. Tenemos, para empezar, una inversión del orden de los factores: el pueblo tiende hacia el Uno, las “múltiples” se derivan del Uno. Para el pueblo, la universalidad es una promesa; para las “múltiples”, es una premisa. Cambia también la propia definición de lo que es común, de lo que se comparte. El Uno alrededor del cual gravita el pueblo es el Estado, el soberano, la voluntad general; el Uno que la multitud tiene tras de sí es el lenguaje, el intelecto como recurso público e interpsíquico, las facultades genéricas de la especie. Si la multitud huye de la unidad del Estado, es solamente porque comunica con un Uno diferente, preliminar antes que concluso. Y es sobre esta correlación que hay que preguntarse más en profundidad.

La aportación de Gilbert Simondon, filósofo muy querido por Deleuze, sobre esta cuestión es muy importante. Su reflexión trata de los procesos de individuación. La individuación, esto es, el paso del bagaje psicosomático genérico del animal humano a la configuración de una singularidad única es, quizá, la categoría que, más que ninguna otra, le es inherente a la multitud. Si prestamos atención a la categoría de pueblo, veremos que se refiere a una miríada de individuos no individualizados, es decir, comprendidos como sustancias simples o átomos solipsistas. Justo porque constituyen un punto de partida inmediato, antes que el resultado último de un proceso lleno de imprevistos, tales individuos tienen la necesidad de la unidad/universalidad que proporciona la estructura del Estado. Por el contrario, si hablamos de la multitud, ponemos precisamente el acento en la individuación, o en la derivación de cada una de las “múltiples” a partir de algo de unitario/universal. Simondon, al igual que, por otras razones, el psicólogo soviético Lev Semenovitch Vygotski y el antropólogo italiano Ernesto de Martino, han llamado la atención sobre parecida desviación. Para estos autores, la ontogénesis, es decir, las fases del desarrollo del “yo” [je] singular, es consciente de sí misma, es la philosophia prima, único análisis claro del ser y del devenir. Y la ontogénesis es philosofia prima precisamente porque coincide en todo y para todo con el “principio de individuación”. La individuación permite modelar una relación Uno/múltiples diferente de la que se esbozaba un poco antes (diferente de la que identifica el Uno con el Estado). Se trata, así, de una categoría que contribuye a fundar la noción ético-política demultitud.

Gaston Bachelard, epistemólogo entre los más grandes del siglo veinte, ha escrito que la física cuántica es un “sujeto gramatical” en relación al cual parece oportuno emplear los más heterogéneos predicados filosóficos: si a un problema singular se adapta bien un concepto filosófico, en otro puede convenir, por qué no, un plano de la lógica hegeliana o una noción extraída de la psicología gestaltista. Del mismo modo, la manera de ser de la multitud ha de calificarse con atributos que se encuentran en contextos muy diferentes, a veces incluso exclusivos entre ellos: Reparemos, por ejemplo, en la antropología filosófica de Gehlen (indigencia biológica del animal humano, falta de un “medio” [milieu] definido, pobreza de los instintos especializados; en las páginas de Ser y Tiempo consagradas a la vida cotidiana (habladurías, curiosidad, equívoco, etc.); en la descripción de los diversos juegos de lenguaje efectuados por Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas. Ejemplos todos discutibles. Por el contrario, incontestablemente, dos tesis de Simondon son absolutamente importantes en tanto que “predicados” del concepto de multitud: 1) el sujeto es una individuación siempre parcial e incompleta, consistente más bien en los rasgos cambiantes de aspectos pre-individuales y de aspectos efectivamente singulares; 2) la experiencia colectiva, lejos de señalar su desintegración o eclipse, persigue y afina la individuación. Si olvidamos otras muchas consideraciones (incluida la cuestión, evidentemente central, de cómo se realiza la individuación, según Simondon) vale aquí la pena concentrarse en estas tesis, en tanto que contrarias a la intuición, e incluso escabrosas.

Pre-individual

Volvamos al comienzo. La multitud es una red de individuos. El término “múltiples” indica un conjunto de singularidades contingentes. Estas singularidades no son, sin embargo, una circunstancia sin nombre, sino, por el contrario, son el resultado complejo de un proceso de individuación. Resulta evidente que el punto de partida de toda verdadera individuación es algo aún no individual. Lo que es único, no reproducible, pasajero, proviene, de hecho, de lo que es más indiferenciado y genérico. Las características particulares de la individualidad arraigan en un conjunto de paradigmas universales. Ya hablar de principium individuationis significa postular una inherencia extremadamente sólida entre lo singular, y una forma u otra de potencia anónima. Lo individual es tal, no porque se sostenga en el límite de lo que es potente, como un zombie exangüe y rencoroso, sino porque es potencia individuada; y es potencia individuada porque es tan sólo una de las individuaciones posibles de la potencia.

Para establecer lo que ha precedido a la individuación, Simondon emplea la expresión, bien poco críptica, de realidad pre-individual. A cada una de las “múltiples” le es familiareste polo antitético. Pero, ¿qué es exactamente lo pre-individual? Simondon escribe: «Se podría llamar naturaleza a esta realidad pre-individual que el individuo lleva consigo, tratando de encontrar en la palabra naturaleza el significado que le daban los filósofos presocráticos: los Fisiólogos jónicos encontraban ahí el origen de todas las especies de ser, anterior a la individuación: la naturaleza es realidad de lo posible que, bajo las especies de este apeirón del que habla Anaximandro, hace surgir toda forma individuada; la Naturaleza no es lo contrario del Hombre, sino la primera fase del ser, siendo la segunda la oposición entre el individuo y el entorno [milieu]». Naturaleza, apeirón(indeterminado), realidad de lo posible, ser aún desprovisto de fases; podríamos continuar con diferentes variaciones sobre el tema. Sin embargo, aquí parece oportuno proponer una definición autónoma de lo “pre-individual”, no contradictoria respecto de la de Simondon, sino independiente de ella. No es difícil reconocer que, bajo la misma etiqueta, existen contextos y niveles muy diferentes.

Lo pre-individual es, en primer lugar, la percepción sensorial, la motricidad, el fondo biológico de la especie. Es Merleau-Ponty, en su Phénoménologie de la perception, quien observa que «Yo no tengo más consciencia de ser el verdadero sujeto de mi sensación que [la que tengo] de mi nacimiento o de mi muerte» (Merleau-Ponty, 1945, p.249). Y también: «La visión, el oído, tocar, con sus campos que son anteriores y permanecen extraños a mi vida personal» (Merleau-Ponty, 1945, p. 399). La sensación escapa a la descripción en primera persona: cuando percibo, no es un individuo singular quien percibe, sino la especie como tal. A la motricidad y a la sensibilidad se le añaden tan solo el pronombre anónimo “se”: se ve, se oye, se experimenta placer o dolor. Es cierto que la percepción tiene a veces una tonalidad autorreflexiva: basta con pensar en tocar, en ese tocar que es también siempre ser tocado por el objeto que se manipula. Quien percibe se percibe a sí mismo avanzando hacia la cosa. Pero se trata de una autorreferencia sin individuación. Es la especie quien se auto-percibe de la conducta, y no una singularidad autoconsciente. Nos equivocamos si identificamos, si vemos relación entre dos conceptos independientes, si mantenemos que ahí en donde hay auto-reflexión podemos también constatar una individuación; o, inversamente, que si no hay individuación ya no podemos hablar de autorreflexión.

Lo pre-individual, en un nivel más determinado, es la lengua histórico-natural de su propia comunidad de pertenencia. La lengua es inherente a todos los locutores de la comunidad dada, como lo es un “medio” [milieu] zoológico o un líquido amniótico, a un tiempo envolvente e indiferenciado. La comunicación lingüística es intersubjetiva y existe mucho antes de que se formen verdaderos “sujetos” propiamente dichos: está en todos y en nadie, para ella también reina lo anónimo “se”: se habla. Es sobre todo Vygotski quien ha señalado el carácter pre-individual, o inmediatamente social, de la locución humana: el uso de la palabra, primeramente es inter-psíquico, es decir, público, compartido, impersonal. Contrariamente a lo que pensaba Piaget, no se trata de evadirse de una condición original autista (es decir, hiperindividual, tomando la vía de una socialización progresiva; al contrario, lo esencial de la ontogénesis consiste, para Vygotski, en el paso de una socialidad completa a la individuación del ser hablante: «el movimiento real del proceso de desarrollo del pensamiento del niño no se realiza de lo individual a lo socializado, sino de lo social a lo individual» (Vygotski, 1985). El reconocimiento del carácter pre-individual (“inter-psíquico”) de la lengua posibilita que de algún modo Vigotski se anticipe a Wittgenstein en la refutación de “un lenguaje privado”, del tipo que sea. Por otro lado, y es lo que aquí más importa, eso le permite inscribirse en la corta lista de pensadores que han tratado la cuestión del principium individuationis. Tanto para Vygotski como para Simondon, la “individuación psíquica” (es decir, la construcción del Yo [Moi] consciente) sobreviene en el terreno lingüístico, y no en el de la percepción. En otros términos: en tanto que lo pre-individual inherente a la sensación parece destinado a permanecer por siempre tal cual es, lo pre-individual que corresponde a la lengua es susceptible de una diferenciación interna que desemboca en la individualidad. No se tratará, aquí, de examinar de manera crítica el modo en que para Vygoski y para Simondon se realiza la singularización del ser hablante; y menos aún de añadir hipótesis suplementaria alguna. Lo importante es únicamente establecer la diferencia entre el dominio perceptivo (bagaje biológico sin individuación) y el dominio lingüístico (bagaje biológico como base de la individuación).

Finalmente, lo pre-individual es la relación de producción dominante. En el capitalismo desarrollado, el proceso de trabajo requiere las cualidades de trabajo más universales: la percepción, el lenguaje, la memoria, los afectos. Roles y funciones, en el marco del posfordismo, coinciden profundamente con la “existencia genérica”, con el Gattungswesendel que hablan Feuerbach y el Marx de los Manuscritos económico-filosóficos a propósito de las facultades más elementales del género humano. El conjunto de las fuerzas productivas es, ciertamente, pre-individual. No obstante, el pensamiento tiene una importancia particular entre esas fuerzas; atención: el pensamiento objetivo, sin relación con tal o tal “yo” [moi] psicológico, el pensamiento del cual la verdad no depende del asentimiento de los seres singulares. Respecto a esto, Gottlob Frege ha utilizado una fórmula quizá poco hábil, pero que no carece de eficacia: “pensamiento sin soporte” (cf. Frege, 1918). Por el contrario, Marx ha forjado la célebre y controvertida expresión de General intellect, intelecto general: el General intellect (es decir, el saber abstracto, la ciencia, el conocimiento impersonal) es también el “principal pilar de la producción de riqueza”, ahí en donde por riqueza debemos entender aquí y ahora, plusvalía absoluta y relativa. El pensamiento sin soporte o General intellect deja su huella en el “proceso vital de la propia sociedad” (Marx, 1857-1858), al instaurar jerarquías y relaciones de poder. Resumiendo: es una realidad pre-individual históricamente cualificada. Sobre este punto no vale la pena insistir más; únicamente retener que a lo pre-individual perceptivo y a lo pre-individual lingüístico es necesario añadirle un pre-individual histórico.

Sujeto anfibio

El sujeto no coincide con el individuo individuado sino contiene en sí, siempre, una cierta proporción irreductible de realidad pre-individual; es un precipitado inestable, algo compuesto. Es ésta la primera de las dos tesis de Simondon sobre la cual quisiera llamar la atención. “Existe en los seres individuados una cierta carga de indeterminado, esto es, de realidad pre-individual, que ha pasado a través de la operación de individuación sin ser efectivamente individuada. Podemos llamar naturaleza a esta “carga de indeterminado” (Simondon, 1989, p. 210). Es completamente falso reducir el sujeto a lo que es, en él, singular: “el nombre de individuo es abusivamente dado a una realidad mucho más compleja, la del sujeto completo, que comporta en él, además de la realidad individuada, un aspecto inindividuado, pre-individual, natural. ” (Simondon, 1989, p. 204).

Lo pre-individual es percibido ante todo como una suerte de pasado no resuelto: la realidad de lo posible, de donde surge la singularidad bien definida, persiste aún en los límites de esta última: la diacronía no excluye la concomitancia. Por otro lado, lo pre-individual, que es el tejido íntimo del sujeto, constituye el medio [milieu] del individuo individuado. El contexto (perceptivo, lingüístico o histórico) en el cual se inscribe la experiencia del individuo singular es, en efecto, una componente intrínseca (si se quiere, interior) del sujeto. El sujeto no es un entorno [milieu], sino que es, para una cierta parte de él mismo (la no individuada) su entorno [milieu]. De Locke a Fodor, los filósofos que desatienden la realidad pre-individual del sujeto, ignorando, así, lo que en él es medio [milieu], están avocados a no encontrar vía de tránsito entre “interior” y “exterior”, entre el Yo [Moi] y el mundo. De ese modo se entregan al error que denuncia Simondon: asimilar el sujeto al individuo individuado.

La noción de subjetividad es anfibia: el “Yo hablo” cohabita con el “se habla”, lo que no podemos reproducir está estrechamente mezclado con lo recursivo y con lo serial. Más precisamente: en el tejido del sujeto se encuentran, como partes integrantes, la tonalidad anónima de lo que es percibido (la sensación en tanto que sensación de la especie), el carácter inmediatamente inter-psíquico o “público” de la lengua materna, la participación en el General intellect impersonal. La coexistencia de lo pre-individual y de lo individuado en el seno del sujeto está mediado por los afectos; emociones y pasiones señalan la integración provisional de los dos aspectos, pero también su eventual desapego: no faltan crisis, ni recesiones ni catástrofes. Hay miedo, pánico o angustia cuando no se sabe componer los aspectos pre-individuales de su propia experiencia con los aspectos individuados: “En la angustia, el sujeto se siente existir como problema traído por él mismo, y siente su división en naturaleza pre-individual y en ser individuado. El ser individuado es aquí y ahora, y este aquí y este ahora impiden a una infinidad de otros aquí y ahora venir a la luz; el sujeto toma consciencia de él mismo como naturaleza, como indeterminado (apeirón) que nunca podrá actualizarse hic et nunc, que no podrá jamás vivir” (Simondon, 1989, p. 111). Hay que constatar aquí una extraordinaria coincidencia objetiva entre el análisis de Simondon y el diagnóstico sobre los “apocalipsis culturales” propuesto por Ernesto de Martino. El punto crucial, tanto para de Martino como para Simondon, reside en el hecho de que la ontogénesis, es decir, la individuación, no está garantizada de una vez por todas: puede regresar sobre sus pasos, fragilizarse, estallar. El “Yo pienso”, además del hecho de que posea una génesis azarosa, es parcialmente retráctil, está desbordado por lo que le supera. Para de Martino, lo pre-individual parece, a veces, inundar la singularidad: esta última es como aspirada en el anonimato del “se”. Otras veces, de manera opuesta y simétrica, nos fuerza en vano a reducir todos los aspectos pre-individuales de nuestra experiencia a la singularidad puntual. Las dos patologías –”catástrofes de la frontera yo-mundo en las dos modalidades de la irrupción del mundo dentro del ser-ahí y del reflujo del ser-ahí en el mundo” (E. de Martino, 1977) –son solamente los extremos de una oscilación que, bajo formas más contenidas es, sin embargo, constante y no suprimible.

Con demasiada frecuencia el pensamiento crítico del siglo veinte (pensamos en particular en la escuela de Francfort) ha entonado una cantinela melancólica acerca del supuesto alejamiento del individuo con respecto a las fuerzas productivas y sociales, así como con respecto a la potencia inherente a las facultades universales de la especie (lenguaje, pensamiento, etc.). La desgracia del ser singular ha sido atribuida precisamente a este alejamiento o a esta separación. Una idea sugestiva, pero falsa. Las “pasiones tristes”, por decirlo con Spinoza, surgen más bien de la proximidad máxima, e incluso de la simbiosis, entre el individuo individuado y lo pre-individual, ahí en donde esta simbiosis se presenta como desequilibrio y desgarro. Para bien y para mal, la multitud muestra la mezcla inextricable de “yo” [je] y de “se”, singularidad no reproducible y anónima de la especie, individuación y realidad pre-individual. Para bien: al tener cada una de las “múltiples” tras de sí el universal, a modo de premisa o de antecedente, no tiene la necesidad de esta universalidad postiza que constituye el Estado. Para mal: cada una de las “múltiples”, en tanto que sujeto anfibio, puede siempre distinguir una amenaza en su propia realidad pre-individual, o al menos una causa de inseguridad. El concepto ético-político de multitud se funda tanto sobre el principio de individuación como sobre su incomplitud constitutiva.

Marx, Simondon, Vygotski: el concepto de “individuo social”.

En un pasaje célebre de losGrundrisse (que se titula “Fragmento sobre las máquinas”), Marx designa al “individuo social” como al verdadero protagonista de cualquier transformación radical del estado de las cosas presentes (cf. Marx, 1857-1858). En un primer momento, el “individuo social” se parece a un oximoro coqueto, a la unidad desaliñada de los contrarios; en suma, a un manierismo hegeliano. Es posible, por el contrario, tomar este concepto al pie de la letra, hasta convertirlo en un instrumento de precisión, para hacer que resurgan formas de ser, las inclinaciones y las formas de vida contemporáneas. Pero ello es posible, en buena medida, justamente gracias a la reflexión de Simondon y de Vytgoski sobre el principio de individuación.

En el adjetivo “social” hay que reconocer los trazos de esta realidad pre-individual que, según Simondon, pertenece a todos los sujetos. Como en el sustantivo “individuo”, reconocemos la singularización advenida de cada componente de la multitud actual. Cuando Marx habla de “individuo social”, se refiere a la intrincación entre “existencia genérica” ( Gattungswesen) y experiencia no reproducible, que es la marca de la subjetividad. No es por azar que el “individuo social” aparece en las mismas páginas de losGrundrisse en las que se introduce la noción de Generall intellect, de un “intelecto general” que constituye la premisa universal (o pre-individual), así como la partitura común para los trabajos y los días de las “múltiples”. La parte social del “individuo social” es, sin ninguna duda, el general intellect , o bien, con Frege, el ” pensamiento sin soporte “. Sin embargo, no sólo: consiste también en el carácter de conjunto inter-psíquico, es decir, público, de la comunicación humana, puesto de relieve muy claramente por Vygotski. Además, si traducimos correctamente “social” por “pre-individual”, tendremos que reconocer que el individuo individuado del que habla Marx se perfila también sobre un fondo de percepción sensorial anónimo.

En sentido fuerte son sociales tanto el conjunto de las fuerzas productivas históricamente definidas como el bagaje biológico de la especie. No se trata de una conjunción extrínseca, o de una simple superposición: el capitalismo plenamente desarrollado implica la plena coincidencia entre las fuerzas productivas y los dos otros tipos de realidad pre-individual (el “se percibe” y el “se habla”). El concepto de fuerza de trabajo permite ver esta fusión perfecta: en tanto que capacidad física genérica y capacidad intelectual–lingüística de producir, la fuerza de trabajo es, decididamente, una determinación histórica, pero contiene en sí misma, completamente, ese apeirón, esa naturaleza no individuada de la que habla, así como el carácter impersonal de la lengua, que Vygotski ilustra en varios lugares. El “individuo social” marca la época en la cual la cohabitación entre singular y pre-individual deja de ser una hipótesis eurística, o un presupuesto oculto, para devenir fenómeno empírico, verdad arrojada a la superficie, estado de hecho pragmático. Se podría decir: la antropogénesis, esto es, la constitución misma del animal humano, llega a manifestarse en el plano histórico-social, deviene finalmente visible, al descubierto, conoce una suerte de revelación materialista. Lo que se llama “las condiciones trascendentales de la experiencia”, en lugar de permanecer ocultas tras el telón, se presentan en primer plano, y, lo que es más importante, devienen ellas también objetos de experiencia inmediata.

Una última observación, aparentemente marginal. El “individuo social” incorpora las fuerzas productivas universales, no obstante declinarlas según modalidades diferenciadas y contingentes; al contrario, está efectivamente individuado justo porque les da una configuración singular al convertirlas en una constelación muy especial de conocimientos y de afectos. Es por esto que, toda tentativa de circunscribir al individuo por la negativa, fracasa: no es la amplitudde lo que en él se excluye lo que llega a caracterizarlo, sino la intensidad de lo que converge. Y no se trata de un positividad accidental, desajustada y, finalmente, inefable (dicho sea de paso, nada es más monótono y menos individual que lo inefable). La individuación se acompaña de la especificación progresiva, así como por la especificación excéntrica de reglas y de paradigmas generales: no es el agujero de la red, sino el punto en que las mallas están más apretadas. A propósito de la singularidad no reproducible, podría hablarse de un plusvalor de legislación. Para decirlo con la fraseología de la epistemología, las leyes que cualifican lo individual no son ni “aserciones universales” (es decir, válidas para todos los casos de un conjunto homogéneo de fenómenos) ni “aserciones existenciales” (revelaciones de datos empíricos fuera de cualquier realidad o de un esquema conectivo); se trata más bien de verdaderas leyessingulares. Leyes, porque dotadas de una estructura formal comprenden virtualmente una “especie” entera; singulares, en tanto reglas de un solo caso, no generalizables. Las leyes singulares representan lo individual con la precisión y la transparencia en principio reservadas a una clase “lógica”; pero, atención, una clase de un solo individuo.

Llamamos multitud al conjunto de los “individuos sociales”. Hay una suerte de encadenamiento semántico precioso entre la existencia política de las múltiples en tanto quemúltiples, la vieja obsesión filosófica en torno alprincipium individuationis y la noción marxiana de “individuo social” (descifrada, con ayuda de Simondon, como la mezcla inextricable de singularidad contingente y de realidad pre-individual.) Este encadenamiento semántico permite redefinir, desde su base, la naturaleza y las funciones de la esfera pública y de la acción colectiva. Una redefinición que echa abajo el canon ético-político basado en el “pueblo” y en la soberanía estática. Podría decirse –con Marx, pero lejos, y en oposición a una buena parte del marxismo– que la “sustancia de las cosas esperadas” se encuentra en el hecho de conceder el máximo de relieve y de valor a la existencia no reproducible de cada miembro singular de la especie. Por paradójico que eso pueda parecer, la teoría de Marx debería hoy día comprenderse como una teoría rigurosa, es decir, realista y compleja, del individuo. Así, como una teoría de laindividuación .

Lo colectivo de la multitud

Examinemos ahora la segunda tesis de Simondon. No tiene precedentes. Va al encuentro de la intuición, viola las convicciones arraigadas del sentido común (como, por lo demás, es el caso de muchos otros “predicados” conceptuales de la multitud). Habitualmente se considera que el individuo, desde el momento en que participa en un colectivo, debe de zafarse de algunas de sus características individuales, renunciando a ciertos signos distintivos que en él se entremezclan, y que son impenetrables. Parece que en lo colectivo la singularidad se diluye, que es hándicap, regresión. Pues bien, según Simondon, eso es una superstición: obtusa desde el punto de vista de la epistemología, y equívoca desde el punto de vista de la ética. Una superstición alimentada por quienes, tratando con desenvoltura elprocessus de individuación, suponen que el individuo es un punto de partida inmediato. Si, al contrario, admitimos que el individuo proviene de su opuesto, es decir, del universal indiferenciado, el problema de lo colectivo toma otro aspecto. Para Simondon, contrariamente a lo que afirma un sentido común disforme, la vida de grupo es el momento de una ulterior y más compleja individuación. Lejos de ser regresiva, la singularidad se pule y alcanza su apogeo en el actuar conjuntamente, en la pluralidad de voces; en una palabra, en la esfera pública.

Lo colectivo no perjudica, no atenúa la individuación, sino que la persigue, aumentando desmesuradamente su potencia. Esta continuación concierne a la parte de realidad pre-individual que el primer proceso de individuación no había logrado resolver. Simondon escribe: “No debemos hablar de tendencias del individuo que le llevan hacia el grupo, ya que hablar de estas tendencias no es hablar propiamente de tendencias del individuo en tanto que individuo: ellas son la no-resolución de los potenciales que han precedido a la génesis del individuo. El ser que precede al individuo no ha sido individuado sin más, no ha sido totalmente resuelto en individuo y medio [ milieu]; el individuo ha conservado con él lo pre-individual, y todo el conjunto de individuos tiene también una especie de fondo no estructurado a partir del cual una nueva individuación puede producirse” (Simondon, 1989, p.193). Y más adelante: “No es cierto que, en tanto individuos, los seres estén atados los unos a los otros en lo colectivo, sino en tanto que sujetos, es decir, en tanto que seres que contienen lo pre-individual” (Simondon, 1989, p. 205). El fundamento de grupo es el elemento pre-individual (se percibe,se habla, etc.) presente en cada sujeto. Pero en el grupo, la realidad pre-individual, intrincada en la singularidad, se individualiza, mostrando, a su vez, una particular fisionomía.

La instancia de lo colectivo es aún una instancia de individuación: lo que está en juego es dar una forma contingente e imposible de confundir con el apeirón (lo indeterminado), es decir, con la “realidad de lo posible” que precede a la singularidad; dar forma al universo anónimo de la percepción sensorial, al “pensamiento sin soporte ” o general intellect. Lo pre-individual, inamovible en el interior del sujeto aislado, puede adquirir un aspecto singularizado en las acciones y en las emociones de las múltiples: Como un violoncelista que, interactuando dentro de un cuarteto con el resto de intérpretes, encuentra algo de su partitura que justo ahí se le había escapado. Cada una de las múltiples personaliza (parcial y provisoriamente) su propia componente impersonal a través de las vicisitudes características de la experiencia pública. Exponerse a la mirada de los otros, la acción política sin garantías, la familiaridad con lo posible y con lo imprevisto, la amistad y la enemistad, todo eso alerta al individuo y le permite, en cierta medida, apropiarse de este anónimo “on” del que proviene, para transformar el Gattungswesen, la “existencia genérica de la especie”, en una biografía absolutamente particular. Al contrario de lo que sostenía Heidegger, es solamente en la esfera pública que podemos pasar del “se” al “sí-mismo”.

La individuación de segundo grado, que Simondon llama también la “individuación colectiva” (un oximoro próximo a aquél que contiene la locución “individuo social”), es una pieza importante para pensar de manera adecuada la democracia no representativa. Puesto que lo colectivo es el teatro de una singularización acentuada de la experiencia, o constituye el lugar en el cual puede finalmente explicarse lo que en una vida humana resulta inconmensurable e imposible de reproducir, nada de eso se presta a ser extrapolado, y, menos que nunca, “delegado”. Pero cuidado: lo colectivo de la multitud, en tanto que individuación del General intellect y del fondo biológico de la especie, es exactamente lo contrario de cualquier anarquismo ingenuo. Frente a él, es más bien el modelo de la representación política, con su voluntad general y su “soberanía popular”, el que se convierte en intolerable (y a veces feroz) simplificación. Lo colectivo de la multitud no delega derechos al soberano, no ya que no pacte porque se trata de un colectivo de singularidades individuadas: para él, repitámoslo, lo universal es una premisa , y no una promesa .