El pensamiento revolucionario de Frantz Fanon

Por Mahdi Amel

[El filósofo marxista de origen libanés Hassan Hamdan (1936-1987; más conocido por el alias Mahdi Amel) publicó este artículo en dos entregas en los números 71 y 72 de la revista Révolution africaine, del 6 y 13 de junio de 1964.]

En su división del mundo en dos categorías fundamentales, los hombres y los subhombres, la historia de la humanidad lleva la marca de Occidente. Su movimiento es el mismo que el de esta dualidad, que apareció con su forma definitiva, sobre todo, en las últimas décadas del siglo XIX. Sea cual sea el vocablo utilizado para designarlos: atrasados, bárbaros, indígenas o subdesarrollados, esos subhombres siguen siendo, a través de su propia evolución, subproductos de la humanidad, y su determinación como tales constituye el fundamento mismo de la historia de Occidente como historia dominante de la humanidad. Los hombres hacían la historia, los subhombres la padecían. Era el reino de Occidente. El universo era su morada. Todo sucedía armoniosamente en el marco de esta estructura dual ­–pero simple– del mundo.

Ahora bien, los subhombres comienzan a despertar de su sueño secular y, al reivindicar su pertenencia a la humanidad, se esfuerzan por incorporarse a la historia, sembrando de este modo los primeros gérmenes de un profundo desconcierto que pone en peligro el desarrollo armonioso del orden occidental. Pero despiertan en medio de una miseria en la que se hallan instalados, de la que perciben la causa, que para ellos reside en esa misma estructura dual del mundo, que opone la miseria revoltosa de unos a la opulencia escandalosa de otros en un movimiento antagonista cuyo fundamento no es otro que la historia dominante y colonialista de Occidente.

Aislada de su sentido, esta miseria era ineficaz. No suponía ninguna amenaza, ningún peligro. Era absurda en su desnudez, asumida como un destino. Sin embargo, a partir del momento en que encontró su sentido en la conciencia de los subhombres que la vivían, se ha convertido en una fuerza amenazadora que choca con la historia dominante que la engendró. Al rechazarla, estos subhombres pretenden forjar su propia historia, pero este rechazo, que por fuerza tiene que adoptar la forma de la violencia, el Occidente colonialista lo percibe como una amenaza para su dominación de la historia, como un arma que le estremece en su ser. Para mantener su dominación pretende mantener esta división que ha instalado en el corazón del mundo, en el corazón del hombre. Entre él y los demás, que somos nosotros, se desarrolla un combate, aparentemente desigual, que confiere a los tiempos modernos su sentido histórico.

Esta es la realidad inhumana de la humanidad actual en la que se fija la mirada penetrante de Fanon, cuyo pensamiento, cuya erupción cálida y ardiente es la expresión profunda, a la vez poética y racional, de esta realidad. Poética porque, al sufrir como tantos otros el universo aplastante de la opresión colonial, se forjó en la lucha en el corazón mismo del combate épico liberador. No puede ser sino un grito, el grito de cólera, pero también de esperanza. Racional porque supo desgajar del movimiento tumultuoso y ambiguo de los actos cotidianos las líneas fundamentales de la historia.

Poniendo en perspectiva el acontecimiento, este pensamiento nos situó en el devenir de la revolución y nos reveló de este modo el sentido del porvenir revolucionario y su orientación. Relacionando el pasado con el presente en un único y mismo acto inteligible, nos desveló lo posible en la necesidad misma de su realización. Canto, pero para comprender y hacer comprender mejor, palabra, pero con vistas al acto, poesía, pero que se dirige a la razón y razón que se dirige al corazón, así es el pensamiento de Fanon. Para comprenderlo, hay que captarlo en su unidad. Separar la imagen del concepto, o el ritmo de la idea, o el grito de su sentido, no solo es traicionarlo, sino sobre todo traicionarlo para neutralizarlo, para ahogar en él el aliento revolucionario, en suma, para silenciarlo.

Un diálogo permanente

Los mismos que resienten sus palabras como una mordedura y que se ven amenazados directamente por sus condenas lo han intentado, pero sus intentos son vanos. Porque el pensamiento de Fanon, tal como está articulado y con el despliegue de posibilidades de desarrollo que encierra, se identifica prácticamente, como expresión, con la historia de los llamados pueblos subdesarrollados. No se puede mistificar un pensamiento con el que millones de personas mantienen, en su práctica social, un diálogo cotidiano que lo enriquece y lo mantiene perpetuamente vivo y actual. Máxime cuando quienes establecen este diálogo práctico con el pensamiento fanoniano pertenecen, sobre todo, a esta tierra de Argelia, que constituye el espacio en cuyo interior se mueve y se desarrolla este pensamiento.

Así, si quiere ser constructora y auténtica, la mirada que contempla a este último debe ser de interrogación. Pero toda pregunta es cuestionamiento. El pensamiento humano está hecho de manera que para consolidarse en su unidad, respetar su continuidad y mantenerse fiel a sí mismo, debe ponerse a prueba y correr el riesgo de desintegrarse en el mismo acto por el que se constituye y se estructura. Es la aventura de todo pensamiento que se pretende universal: si se interroga, acaba siendo más grande y más sólido y se fundamenta en la crítica de su fundamento y a través de ella. Para abrazar la realidad de la que surge, el pensamiento ha de someterse a su movimiento, y captar, no el hecho, sino su devenir, no el acto aislado, sino su sentido histórico.

A la luz de esta forma de comprensión quisiéramos continuar un diálogo que, desgraciadamente, no puede ser más que teórico, pero que espera hallar en la práctica una prolongación eficaz, un diálogo con ciertos aspectos del pensamiento fanoniano, no con su totalidad, pues esto rebasaría el marco de este ensayo y los límites de nuestras posibilidades. No obstante, por lealtad escrupulosa a este pensamiento, trataremos de resaltar los aspectos que constituyen, de una manera por cierto aparente, no su periferia secundaria y accesoria, sino su núcleo originario e intención fundamental. Para ello, el método que parece más idóneo para nuestra investigación consiste en seguir el movimiento mismo del esfuerzo indagador del pensamiento fanoniano, asociándolo, como un trasfondo indispensable del que extrae su sentido, al movimiento mismo de esta realidad a la que se refería.

El comienzo de otra historia

Desde su primer lance, el pensamiento de Fanon se instala en el meollo del problema colonial, que nos define en términos nuevos que tal vez escandalicen a ciertos espíritus refinados. En las primeras líneas de Los condenados de la Tierra enuncia una verdad, la de nuestra historia, en un lenguaje brusco y brutal que es fiel reflejo de la violencia real de la verdad que expresa:

La descolonización sigue siendo un fenómeno violento… es lisa y llanamente la sustitución de una “especie” de hombres por otra “especie” de hombres. Sin transición se produce una sustitución total, completa, absoluta… esta especie de tabla rasa define al comienzo la descolonización. Su importancia inhabitual estriba en que constituye, desde el primer día, la reivindicación mínima del colonizado… (es) un programa de desorden absoluto (p. 29).

Con este lenguaje, efectivamente inhabitual, la razón colonizada expresa su universo. Violencia pura en su presencia, el universo colonial revela su secreto en la pura inmediatez de su existencia, todo en él es apariencia o, más precisamente, todo su ser deviene apariencia. Porque en su misma racionalidad está hecho de manera que, para realizar su dialéctica, tiene que paralizar necesariamente, en su devenir, la misma dialéctica de su devenir. Y cuando su evolución conduce a su fin, todo en él se revela. Es el parón de la historia. Es el comienzo de otra historia.

Por tanto, no es extraño que el primer momento del pensamiento fanoniano sea un momento descriptivo. Una descripción casi fenomenológica sartriana, que obtiene su legitimidad, no de este método filosófico, sino más bien de ese momento privilegiado de la historia del universo colonial en que se niega esta historia y en que el mundo se despega de su fondo para devenir uno con su figura, haciendo desaparecer así toda dimensión temporal. En efecto, el universo colonial es, según Fanon, un universo maniqueo. De un lado todos los males, del otro todos los bienes. De un lado el colono y de otro el colonizado. De un lado toda la fuerza del mundo, y toda su humillación del otro. Una estructura insolente por su sencillez: los dos momentos de esta estructura del universo colonial se oponen absolutamente en una pura exterioridad. O más bien la interioridad de la relación colonial consiste en otra exterioridad.

Los dos términos de esta falsa unidad se excluyen de una manera absoluta. Sin mediación, toda dialéctica histórica es imposible. Esta ruptura radical que se ha producido en el interior de la realidad colonial anula entonces toda posibilidad de un devenir colonial. Este bloqueo absoluto de todo devenir histórico, individual y colectivo al mismo tiempo, lo resiente trágicamente el colonizado en todos los niveles de su vida cotidiana. Frente al colono en los campos, frente al patrón en las fábricas, frente a sus jueces en los tribunales, frente al policía o al legionario horrible y desdeñoso a cada paso en la calle, el colonizado choca, en los mínimos detalles de su vida, con ese universo cerrado y asfixiante como con un enorme muro infranqueable.

Vive su devenir, en su carne y sus entrañas, como una pura imposibilidad de devenir. Está anclado en un mundo inmóvil cuyo espacio es plenitud, vivida como una destrucción. Al hallarse en la impotencia total para desplazarse libremente, el colonizado sueña con la acción, el salto, la agresión. Al no poder liberarse realmente, se libera en el plano imaginario. Sin embargo, esta liberación imaginaria no hace más que agudizar su opresión real, que halla en un primer momento un desahogo desviado en la revuelta contra el hermano. Esta liberación alienada se traduce entonces en una destrucción imaginaria, incluso mágica, del orden colonial, que de hecho expresa una verdadera autodestrucción colectiva.

El papel de la violencia

Así, la superación en el plano imaginario de la contradicción del universo colonial (colono colonizado), lejos de resolver esta contradicción, no hace más que agudizarla y hacerla todavía más insostenible. Este es un momento decisivo de la historia de la descolonización, o lo que es lo mismo, de la historia de la destrucción del colonialismo. Esta violencia imaginaria que se volvía contra el colonizado era una violencia alienada y alienante. En efecto, a falta de toda intencionalidad y de todo sentido, la violencia se reduce a un puro acto absurdo y al mismo tiempo ineficaz. Sin el sentido que la integra en la historia, se convierte efectivamente en un culto y una mística.

Sin embargo, el pensamiento de Fanon es completamente ajeno a esta concepción falsa e incluso fascista de la violencia. Este es uno de los aspectos fundamentales del pensamiento fanoniano que ha sido mistificado adrede, sobre todo por ciertos críticos occidentales, como Claude Julien, si no me equivoco. No cabe duda que la violencia desempeña para Fanon un papel primordial en la construcción por el pueblo colonizado de su propia historia. Porque en el universo colonial, es el colono quien hace la historia. Pero en realidad esta no es más que la prolongación natural, lógica y necesaria de la historia de la metrópolis. En otras palabras, es el desarrollo interno de la historia del Occidente capitalista el que, en su fase colonialista, determina necesariamente el espacio mismo del desarrollo histórico de los países colonizados.

Mientras que el colonizado realizaba la historia imaginariamente y la padecía realmente, el colono, ese representante supremo del Occidente capitalista, hacía la verdadera historia, que en su misma esencia no era más que la negación radical de la historia del colonizado. Sin embargo, esta misma contradicción del universo colonial, que encontramos aquí situado en el plano de la historia, hallará su superación real y no ya imaginaria en la violencia del colonizado, realmente destructora del orden colonial, por estar orientada y dirigida, por tener un sentido o más bien por convertirse en el sentido de la historia colonizada. Únicamente a través de ella se produce la resolución práctica de la contradicción colonial.

Es el colono quien impone al colonizado el arma del combate, su nivel y su naturaleza. Estas dos violencias se desarrollan en el mismo plano y en una única unidad antagonista cuya resolución implica la aniquilación radical de la violencia colonialista.

Para el colonizado, la vida solo puede brotar del cadáver en descomposición del colono (y a la inversa). Esta es en definitiva la correspondencia de los dos razonamientos (p. 69).

Por consiguiente, la violencia es el único medio por el que el colonizado destruye el sistema colonial y comienza de este modo el primer acto de la constitución de su propia historia. Hasta ahora solo hemos considerado la violencia desde el punto de vista de la historia, pero ahora hay que considerarla desde el punto de vista de la vida cotidiana y ver los cambios que experimenta en la propia personalidad del individuo colonizado.

Nacimiento de la diferenciación

Hemos visto que el hombre colonizado, ese esclavo de los tiempos modernos, según expresión de Fanon, se presenta ante todo como un hombre radicalmente alienado, hasta en sus sueños, hasta en su imaginación, y tanto más en su vida cotidiana, familiar o tribal. Porque padecía la vida, no la hacía. Sin embargo, con el reino de la violencia, destructora a fuer de liberadora, todo se transforma. El colonizado no sueña más con actuar o agredir, ya ha realizado su sueño. Actúa, en la práctica cotidiana de su violencia, se libera de sus obsesiones, productos del universo colonial que destruye con su acto constructor. “El colonizado”, nos dice Fanon, “descubre lo real y lo transforma en el movimiento de su praxis, en el ejercicio de su violencia, en su proyecto de liberación.” (p. 45)

Así, la violencia se materializa como la conciencia en el nivel del acto. Es conciencia devenida acto, y este acto cotidiano, liberador, adquiere efectivamente, a los ojos del colonizado, y por primera vez en su historia, un significado universal. Porque en su violencia constitutiva de un universo nuevo, el colonizado vive la cotidianeidad a escala de la historia. Desaparece la cotidianeidad y lo cotidiano y lo histórico se funden en un único y mismo acto.

En el individuo, la violencia es desmistificación y desalienación. Por otro lado, en el pueblo la violencia liberadora constituye la praxis revolucionaria del pueblo colonizado. Es esencialmente totalizadora y unificadora. Convierte al pueblo en una única totalidad, sin fisuras, y disuelve el tribalismo, el regionalismo, generados y mantenidos por el universo colonial. Unifica al pueblo unificando el sentido de su combate, la dirección de su lucha. Es por tanto totalizadora, pero no diferenciadora, pues aspira a disolver las diferenciaciones generadas por el colonialismo.

Sin embargo, este aspecto no diferenciador de la violencia no constituye más que un primer momento de su desarrollo. Mientras el objetivo –a saber, la destrucción del orden colonial– era claro y preciso, la violencia era simple e indiferenciada. Pero a partir del momento en que abordamos la segunda fase de constitución histórica, que es la de la edificación de una sociedad libre en su devenir, la violencia cambia entonces de forma, de dirección y de sentido, y se vuelve, en la prolongación misma de su movimiento liberador, esencialmente diferenciadora. No pierde en modo alguno su dinámica unificadora y totalizadora, sino todo lo contrario, esta dinámica se profundiza, se vuelve más compleja, menos inmediata y menos directa. Se convierte en un movimiento de unificación por diferenciación. Diferencia al pueblo para unificarlo mejor, y distingue en su seno, por un lado, a las masas revolucionarias constituidas por el campesinado y el proletariado y una parte de la intelectualidad, y por otro a la burguesía nacional, que se niega a participar en el nuevo sentido del devenir histórico.

La lucha del campesinado

Por cierto que la violencia desencadena ya este movimiento de diferenciación incluso durante la primera fase de la lucha de liberación. Este movimiento de diferenciación se inicia ya en su misma génesis social. Y Fanon nos aporta un análisis admirable de este proceso de profundización del sentido y de la naturaleza de la violencia en la segunda y la tercera partes de Los condenados de la Tierra, tituladas respectivamente Grandeza y flaquezas de la espontaneidad y Desventuras de la conciencia nacional. Fanon subraya en ellas un rasgo específico de la historia de los países llamados subdesarrollados, a saber: el papel eminentemente revolucionario que desempeña el campesinado en la constitución de la historia de estos países.

Un rasgo que, por cierto, también destacó, con respecto a la revolución cubana, Ernesto Che Guevara en su Guerra de guerrillas. Justificando esta especificidad del devenir de los países colonizados, Fanon constata que:

La historia de las revoluciones burguesas y la historia de las revoluciones proletarias han demostrado que las masas campesinas constituyen a menudo un freno para la revolución. Las masas campesinas en los países industrializados suelen ser los elementos menos conscientes, menos organizados y asimismo los más anarquistas. Presentan todo un conjunto de rasgos… que definen un comportamiento objetivamente reaccionario (p.85).

Por otro lado, las masas campesinas “constituyen las únicas fuerzas espontáneamente revolucionarias en el país colonizado” (p. 93). ¿Por qué la historia privilegia al campesinado colonizado? Porque, como nos dice Fanon:

Todo es simple (para el campesinado): las masas rurales nunca han dejado de plantear el problema de su liberación en términos de violencia, de tierra que hay que recuperar de los extranjeros, de lucha nacional, de insurrección armada (p. 96).

Por consiguiente, para el campesinado la solución del problema pasa por la lucha armada. Es perfectamente consciente, a diferencia de la burguesía nacional, de que el cambio no se producirá mediante una reforma lenta y progresiva de la estructura colonial. Para liberarse hay que quebrar esta estructura, destruirla. Esto lo afirma en contra de la burguesía nacional, que como nos dice Fanon, por su propia naturaleza es propensa a soluciones de compromiso con el colonialismo, tanto antes como después de la independencia.

Todo es simple para el campesinado. ¿Y para la burguesía nacional? Veamos qué dice Fanon: “La insurrección desorienta a los partidos políticos. Su doctrina, en efecto, siempre ha afirmado la ineficacia de toda prueba de fuerza y su existencia misma es una condena continua de toda insurrección.” (p. 96) Este rechazo por parte de la burguesía nacional de la violencia popular como único medio posible de autorrealización es legítimo si nos colocamos en la óptica de esta burguesía. Porque lo que determina el comportamiento social de esta última, según Fanon (p. 47), es que “en realidad teme perderlo todo en esta formidable marea revolucionaria”. En el fondo, es prudente e hipócrita. Prevé el porvenir que el presente ya anuncia. Toma sus distancias y se encuentra, al retroceder, con la burguesía colonialista, a la que tiende la mano. Volveremos sobre ello. O será más bien Fanon quien vuelva sobre ello un poco más abajo.

Así, en el ejercicio de su violencia, incluso liberadora, el pueblo se diferencia, aunque, en un primer momento, de forma espontánea. Debido a que los partidos nacionalistas, núcleo de la organización popular en las ciudades, no incluyen en su programa la necesidad de la lucha armada, la historia privilegia la espontaneidad de las masas. En este nivel de espontaneidad, como primer momento del desarrollo de la conciencia revolucionaria, su forma inmediata e irreflexiva, hay que situar el juicio de Fanon con respecto a la condición social y al papel histórico del proletariado y del lumpenproletariado colonizados.

Contemplado en el interior del movimiento de formación histórica de la conciencia revolucionaria, el pensamiento fanoniano no presenta, en esta cuestión, ninguna contradicción con el devenir de esta realidad social, porque corresponde, en este punto concreto, a la inmediatez del movimiento histórico de esta, de la que es su formulación conceptual, y no a la totalidad de su movimiento, a su devenir en marcha. Así, en un primer momento, Fanon niega toda posibilidad revolucionaria del proletariado del país colonizado, puesto que en comparación con el campesinado, el proletariado urbano está privilegiado. Según Fanon, se trata de

… quienes, eventualmente, tienen todo que perder… Son el núcleo del pueblo colonizado más mimado por el régimen colonial… En efecto, representan la fracción del pueblo colonizado necesaria e insustituible para el buen funcionamiento de la máquina colonial: conductores de tranvías y taxis, mineros, estibadores, intérpretes, enfermeros, etc. Estos son los elementos que constituyen… la fracción burguesa del pueblo colonizado (p.84).

Este juicio constituye, aparentemente, una condena histórica del proletariado de los países colonizados, pues, como nos dice Fanon (p. 46), “en los países coloniales, solo el campesinado es revolucionario”, y esta realidad revolucionaria del campesinado se caracteriza fundamentalmente por la espontaneidad (p. 93). La afirmación del carácter fundamentalmente campesino de la revolución solo es legítima en virtud de esta espontaneidad, que define, en un primer momento, el nivel en que se mueve el devenir revolucionario de los países colonizados. Pero este, como totalidad, no puede realizarse efectivamente si no engloba, en su desarrollo, a las ciudades al mismo tiempo que a la población rural, o sea, al campesinado y al proletariado. En su movimiento tiende necesariamente hacia este último como al término de su cumplimiento. Por cierto que Fanon era plenamente consciente de ello y lo afirma explícitamente:

Los dirigentes de la insurrección toman conciencia… de la necesidad de extender esta insurrección a las ciudades. Esta  toma de conciencia… consagra la dialéctica que preside el desarrollo de una lucha armada de liberación nacional (p. 96).

De este modo, en el planteamiento típico de su devenir, la revolución en los países colonizados, para alcanzar su objetivo, implica necesariamente la superación de su carácter puramente campesino y su elevación a un nivel superior, que resulta más complejo a causa de la unificación del sentido histórico del combate del campesinado y del proletariado. Es instructivo constatar aquí el encuentro de dos pensamientos, el de Fanon y el del Che Guevara, que reflexionan sobre el movimiento histórico de dos realidades revolucionarias similares y desgajan una misma verdad, a saber: en los países colonizados, la revolución parte del medio rural para extenderse acto seguido a las ciudades, del campesinado que incorpora después al proletariado y no a la inversa, como es el caso en los países capitalistas e incluso en los países socialistas europeo

Es el lumpenproletariado, concentrado en los arrabales, y no el proletariado, nos dice Fanon, quien llevó la revolución al corazón de las ciudades. Porque “el lumpenproletariado, esta cohorte de hambrientos destribalizados, desclanizados, constituye una de las fuerzas más espontánea y más radicalmente revolucionarias de un país colonizado” (p. 97). Pero constituye asimismo la base más sólida de la peor reacción. Porque no hay nada que vincule sólidamente con la historia a esta masa de desclasados que no mantiene ningún lazo con el circuito de producción o con la estructura social. El propio Fanon nos dice que:

el colonialismo encontró… en el lumpenproletariado una masa de maniobra importante… Esa reserva humana disponible, si la insurrección no la organiza de inmediato, se volverá mercenaria junto a las tropas colonialistas. En Argelia los harkis y los messalistas surgieron del lumpenproletariado (p. 102).

Aparentemente, esta última frase está en contradicción con la anterior. ¿Cómo se puede afirmar que el lumpenproletariado es al mismo tiempo la fuerza “más espontánea y más radicalmente revolucionaria de un país colonizado” y la fuerza más reaccionaria, la más inconsciente y la más ignorante de este pueblo? La contradicción en este punto es mucho más real que lógica. Es propia de esta realidad social, no del pensamiento de Fanon. Además, solo aparece como algo real en la medida en que se la separa de su devenir, que operará su superación, su resolución. Porque solo cabe considerar que el lumpenproletariado y el campesinado son las únicas fuerzas verdaderamente revolucionarias en un país colonizado si de entrada se determina la realidad revolucionaria de una clase social esencialmente por su carácter espontáneo. Sucede que la espontaneidad corresponde ante todo a la inmediatez del movimiento de la historia, no a su totalidad. El lumpenproletariado y al mismo tiempo el campesinado no son revolucionarios porque lo sean espontáneamente, sino porque se vuelven revolucionarios históricamente.

El devenir prima sobre el ser y constituye su fundamento. Privilegiar un momento elevándolo a lo absoluto es reducirlo a un puro estatismo llano y perder de vista la dinámica interna de su dialéctica que, por ser real, reabsorbe sus contradicciones, en el interior mismo del movimiento histórico de la formación de la conciencia revolucionaria. Existe por tanto una génesis y un desarrollo de la conciencia revolucionaria que no puede reducirse en modo alguno a su momento de espontaneidad. Visto bajo esta luz, el pensamiento de Fanon se sitúa en el corazón mismo del devenir histórico del país colonizado, a la sazón Argelia, cuya estructura analiza admirablemente.

Por tanto, si el proletariado de los países subdesarrollados no se presenta efectivamente, en la inmediatez de la historia, como espontáneamente revolucionario, no por ello se puede concluir que sea de naturaleza no revolucionaria. El proletariado subdesarrollado deviene revolucionario y no puede no hacerlo, pues su devenir es el devenir de la revolución. Este problema se plantea al mismo tiempo en términos de realidad y de conciencia. Fue el proletariado urbano –a pesar de su condición social relativamente privilegiada, que determina aparentemente su comportamiento revolucionario–, y no únicamente el lumpenproletariado, quien protagonizó las manifestaciones de diciembre de 1960 y de octubre de 1961. Fueron él y el campesinado quienes, al fundar los comités de autogestión, abrieron la vía al socialismo.

La revolución no se lleva a cabo nunca de forma espontánea. A la realidad revolucionaria, cuya estructura temporal integra lo posible como una de sus dimensiones, se une la conciencia revolucionaria, que a su vez, en su formación histórica, convierte en necesaria la realización misma de eso que es posible. El devenir histórico, incluso y sobre todo de la revolución, no puede ser un proceso del que se excluya la conciencia, pues esta es el sentido sin el cual toda historia es aventura en que se niega la razón. Realidad cuya estructura se revela a través del proyecto revolucionario que la atraviesa, y conciencia que, como acto a la vez práctico y teórico, se identifica justamente con dicho proyecto; estos son los dos términos del movimiento dialéctico de la historia cuya mediación es la violencia.

En este nivel es donde hay que situar el núcleo propiamente dicho del pensamiento fanoniano. La violencia, como negación absoluta, se materializaba, al comienzo del movimiento revolucionario, como ideología en acto, como pura conciencia práctica, únicamente porque era violencia espontánea, unidad indiferenciada de todo el pueblo colonizado. Sin embargo, con el desarrollo de la lucha de liberación, la profundización de la violencia como praxis revolucionaria se convirtió en una necesidad imperiosa. Era señal de que se había rebasado la fase de la espontaneidad. Como acto constitutivo de la historia, la violencia exigía a partir de entonces un sentido que no podía darse más que situándose en el interior de una perspectiva ideológica neta y precisa. Mientras que en el primer momento de su génesis se contentaba con ser pura conciencia práctica, ahora tiende a volverse realmente operativa, a hallar en la conciencia teórica un fundamento indispensable. De este modo,

 … este voluntarismo espectacular, que pretendía llevar de golpe al pueblo colonizado a la soberanía absoluta… resulta ser en la experiencia una enorme flaqueza… Mientras se aferraba al milagro de la inmediatez de sus músculos, el colonizado no realizaba verdaderos avances en el vía del conocimiento. Su conciencia no dejó de ser rudimentaria (p. 103).

Una conciencia despolitizada y puramente práctica o, mejor dicho, empírica, no es en modo alguno revolucionaria.

Esta gran pasión de las primeras horas se desintegra si pretende nutrirse de su propia sustancia… el odio no puede constituir un programa (p. 104).

Por tanto, la fuerza de la violencia, su función primordial en la constitución de la historia, residen esencialmente en su sentido ideológico. Quienes piensan encontrar en Fanon una mística de la violencia no han comprendido para nada su obra. O mejor dicho, la han comprendido demasiado bien. Porque al privilegiar deliberadamente la espontaneidad de las masas y al subestimar la necesidad histórica de una ideología revolucionaria, mistifican el pensamiento de Fanon para destruir en él el potente fermento revolucionario. Este es el objetivo político que subyace tras esta gran y erudita mistificación del pensamiento fanoniano.

¿Por qué la burguesía nacional?

En su combate cotidiano, antes y sobre todo después de la independencia, el pueblo colonizado se diferencia. Su unidad se profundiza, se desarrolla sobre nuevas bases sólidas. Paralelamente, su violencia, que es su praxis revolucionaria, se diferencia, se jerarquiza, se relativiza. Cambia de sentido y de dirección. Se enriquece enriqueciendo su conciencia. Se desarrolla en múltiples niveles y reviste múltiples formas. Mientras que antes de la independencia era en lo esencial una lucha nacional, después de la independencia se convierte en una genuina lucha de clases.

Hemos visto que, en el ejercicio de su violencia, el pueblo descubre la realidad social y desvela su estructura. Teoriza su conciencia dando un sentido a su actividad cotidiana. Y es precisamente la práctica social la que le señala su nuevo enemigo de clase: la burguesía nacional. Pero ¿por qué la burguesía nacional? La respuesta se esboza en el capítulo 3 de Los condenados de la Tierra, titulado Desventuras de la conciencia nacional. En él, Fanon resalta uno de los aspectos fundamentales de la especificidad del devenir de los países subdesarrollados, a saber: la diferencia radical del papel histórico de la burguesía capitalista y de la burguesía subdesarrollada.

Su posición en relación con este problema es de condena absolutamente categórica de esta burguesía nacional, que como clase solo contribuye a la constitución de la historia de los países subdesarrollados para frenar el desarrollo de esta historia y paralizar su movimiento. La legitimidad de esta condena reside en un análisis penetrante de la génesis y de la estructura de esta clase embrionaria y parásita. Lo que caracteriza esencialmente a la burguesía nacional, nos dice Fanon, es “su incapacidad de racionalizar la praxis popular, es decir, de deducir su razón” (p. 113). En efecto, la burguesía nacional aparece históricamente como un subproducto del régimen colonial, del que depende genéticamente.

Engendrada involuntariamente por el propio desarrollo de la burguesía colonialista, pero mantenida después voluntariamente por esta, la burguesía nacional se halla, desde su concepción, predeterminada en su estructura y su comportamiento por esta burguesía madre, con la que tiende a colaborar necesariamente. El espacio interno de su desarrollo aparece como una excrecencia del espacio de desarrollo del capitalismo metropolitano y no como una parte constitutiva de la historia del pueblo colonizado. Esta es la razón por la que se oponía ferozmente a la lucha armada como método de resolución del problema nacional. Mientras este problema se planteaba en términos de reformas dentro del marco colonial, la burguesía subdesarrollada se afirmaba naturalmente como la clase dirigente del movimiento nacional, pero a partir del momento en que el problema se planteaba en términos revolucionarios de ruptura radical y violenta con el marco colonial, la iniciativa histórica pasó a manos de las masas campesinas y proletarias, y la burguesía nacional quedó excluida del movimiento de la historia que se realiza y se fundamenta a través de la praxis popular.

De este modo, el sentido del devenir aparece sin ambigüedad y se encamina necesariamente en una dinámica antiburguesa. Incapaz de romper el cordón umbilical que la ata a la burguesía colonialista, incapaz de comprender el sentido de la historia que se libera y se constituye, la burguesía nacional, por su comportamiento apocado e indeciso, asume la responsabilidad de su propia condena por la historia. Su génesis y su estructura la destinan necesariamente a desaparecer como clase. A diferencia de la burguesía occidental, no desempeña y no puede desempeñar ningún papel en la historia de los países subdesarrollados. Porque, como nos dice Fanon, la burguesía en estos países es básicamente una burguesía occidental antes de la independencia.

Durante la lucha y tras la independencia, la burguesía se reduce a una casta –carente de bases económicas sólidas– de comerciantes e intelectuales, o más bien de falsos intelectuales, que se definen fundamentalmente por una voluntad permanente de identificación con la burguesía occidental. Es el mimetismo burdo y vacío el que determina su manera de ser, su comportamiento social. No se puede hablar de una verdadera clase con respecto a esta famosa burguesía nacional, pues carece de todo lo que hace falta para ser realmente una clase que desempeña una función histórica. Sobre todo le falta capital, que constituye la base misma de toda burguesía de verdad. A falta de capital productivo, la burguesía nacional se orienta hacia actividades de tipo intermedio. Tiene por tanto esencialmente una estructura parasitaria. Al no desempeñar ningún papel en el proceso de producción del capital, sino únicamente en el proceso de circulación del capital, aspira, según Fanon, a

ocupar el lugar de la antigua población europea: médicos, abogados, comerciantes… transitarios, etc. (y se complace) sin complejos y con toda dignidad en el papel de agente de negocios de la burguesía occidental (p. 116).

Su ideal se corresponde con su estructura socioeconómica. Por tanto, nunca pretenderá asumir, como la burguesía madre, una misión histórica. Excluida de la historia, su vocación histórica, nos dice Fanon,

consiste en negarse como burguesía, negarse como instrumento del capital y someterse al capital revolucionario que   constituye el pueblo… Debe hacer suyo el deber imperioso de aprender del pueblo y de poner a disposición del pueblo el capital intelectual y técnico que ha adquirido durante su paso por las universidades coloniales. Sin embargo, a menudo la burguesía nacional no muestra interés por seguir esta vía heroica… para emprender con la conciencia tranquila la vía horrible, porque es antinacional, de una burguesía clásica, de una burguesía hueca, burda y cínicamente burguesa (p. 114).

El poder estatal de la burguesía occidental se justifica históricamente por el hecho ser la clase que llevó a cabo –sin duda mediante la explotación violenta del proletariado– la acumulación primitiva de capital, necesaria para todo despegue económico, e impulsó con fuerza el desarrollo de las fuerzas productivas. Ahora bien, debido a su génesis y a su estructura, la burguesía nacional es incapaz de llevar a cabo esta tarea económica. En efecto, al ser de naturaleza esencialmente comercial y orientarse sobre todo a la exportación, su capital se inscribe mucho más en la lógica interna del capital occidental del que depende que en la del capital nacional, del que está aislada. De este modo, aumenta desmesuradamente sus ganancias, pero no mediante una inversión industrial, sino de una mantera artificial mediante operaciones especulativas que no corresponden en absoluto a un verdadero aumento de la producción.

La ganancia del capital de la burguesía nacional no proviene de un circuito productivo real, sino de un circuito improductivo parasitario, puramente comercial. Pero dado que el comercio de la burguesía nacional se ciñe esencialmente a la importación y exportación, que solo influye negativamente en el conjunto del movimiento de la economía nacional, la ganancia que obtiene constituye por tanto una parte ínfima de una plusvalía que comparte de manera muy desigual con el capital colonial. Su vida es una perpetua supervivencia, basada exclusivamente en la generosidad bien calculada y malévola de la burguesía madre occidental. Afectada desde su nacimiento de raquitismo congénito –Fanon dice que “de senilidad precoz”–, ¿qué sentido tiene imponerle una vida que solo es posible mediante fuertes inyecciones de capital, que en vez de invertir productivamente, ella prefiere gastar en un lujo exhibicionista con el fin de identificarse en la apariencia y en la imaginación con la burguesía occidental? En palabras de Fanon,

 En los países subdesarrollados, la fase burguesa es imposible… La burguesía no deberá hallar condiciones propicias para su existencia y su prosperidad. Dicho de otro modo, el esfuerzo de las masas encuadradas en un partido y de intelectuales plenamente conscientes y armados con principios revolucionarios deberá parar los pies a esta burguesía inútil y novata… Hay que oponerse resueltamente a ella porque literalmente no sirve para nada… Tanto más fácil es neutralizar a esta clase burguesa cuanto que es numérica, intelectual y económicamente débil… Pararle los pies es la única manera de avanzar. (pp. 130, 131, 132)

Interpretemos bien las palabras de Fanon. No se trata en modo alguno de quemar etapas o de violentar la historia. Esta manera de interpretarle identifica el porvenir de los países subdesarrollados con el de los países capitalistas, y pierde de vista la originalidad del movimiento histórico de una realidad aparentemente ambigua. Si el devenir de Occidente pasa necesariamente por el capitalismo como forma histórica de su desarrollo, esto no implica para nada, sino todo lo contrario, el paso necesario del devenir de los países subdesarrollados por esta misma forma de desarrollo. Comprender no es identificar, y para discernir el movimiento interno de la historia de estos países, el mejor método no pasa por abordarlo desde fuera con esquemas preestablecidos, que no hallarían en él una resonancia adecuada, precisamente porque se han salido de la realidad histórica de Occidente. Sin un cuestionamiento metódico de estos esquemas espaciotemporales no descubrimos en la realidad histórica que pretendemos analizar más que las formas vacías de nuestro pensamiento y no la estructura original de esta realidad que se nos escapa.

Con la crítica de estos esquemas de explicación histórica no pretendemos negar su universalidad, sino, por el contrario, enriquecer su contenido mediante su confrontación, sin prejuicios, con un devenir que se abre camino, con una historia que se estructura. Redescubrirlos en la realidad que estudiamos y no aplicarlos desde fuera a esta realidad, este es el único método de análisis histórico fecundo. Así, en los países subdesarrollados, a la inversa de lo que sucede en los países capitalistas y los países socialistas europeos, la revolución parte del campesinado para ganarse acto seguido al proletariado; del mismo modo que es la socialización de la agricultura la que determina necesariamente la socialización de la industria y por tanto de toda la producción social.

Mientras que en los países de Occidente es la clase burguesa la que realiza la acumulación de capital mediante la capitalización del conjunto de la economía, en los países subdesarrollados, donde la burguesía nacional no está genética y estructuralmente a la altura de esta tarea, son el campesinado y el proletariado quienes realizan la acumulación de capital, condición principal para superar el subdesarrollo, pero por la vía de la socialización de la producción y no de su capitalización. Por consiguiente, el juicio de Fanon sobre la burguesía nacional de los países subdesarrollados no se sitúa en el plano moral de un odio subjetivo a esta clase, sino en el plano del análisis racional del devenir histórico de estos países.

La actitud de Fanon no es la actitud romántica o lírica de un poeta, sino la actitud científica de un historiador y un sociólogo. No hay en él una mística de la violencia, sino una violencia claramente consciente de sus objetivos y que se materializa como un movimiento revolucionario permanente que profundiza la lucha y la diferencia al pasar del nivel estrictamente nacional a un nivel económico-social de lucha de clases. La conciencia nacional, que Fanon califica de “forma sin contenido, frágil y grosera” (p. 113), es sustituida por la conciencia política y social. El nacionalismo no es una doctrina política, no es un programa.

Hay que pasar rápidamente de la conciencia nacional a la conciencia política y social. La nación no existe en ninguna parte más que en un programa elaborado por una dirección revolucionaria y asumido lúcidamente y con entusiasmo por las masas (p. 150).

Con la superación de la conciencia nacional se profundiza el combate revolucionario, que se diferencia y asciende al nivel superior de la conciencia política, económica y social. Este es el nivel en que Fanon plantea el problema de la cultura nacional.

El problema de la cultura nacional

Este es un problema difícil y complejo, que merece ser tratado aparte. No podemos abordarlo de una manera seria en el marco de este ensayo, que de por sí ya es largo. Por consiguiente, nos contentaremos con esbozar la cuestión muy rápidamente y trazar esquemáticamente la perspectiva tal como la definió Fanon.

Para situar el problema en su contexto y mostrar cómo se inscribe en la obra capital de Fanon, que es Los condenados de la Tierra, hay que señalar de entrada que dicha obra no constituye un conjunto de problemas tratados independientemente unos de otros y que hallan su unidad en su agrupamiento artificial y externo en un mismo libro. Al contrario, el pensamiento fanoniano presenta en dicha obra una unidad estructural que se desarrolla progresivamente en un único movimiento de reflexión. La diversidad de problemas que aborda, lejos de romper su unidad, no hace más que consolidarla en la medida en que los problemas aparecen como las múltiples figuras de la misma realidad histórica. Por tanto, el problema de la cultura se inscribe necesariamente en el marco de esta misma epopeya de la conquista de la identidad emprendida por el pueblo colonizado en todos los planos de su existencia.

Realmente se plantea en términos existenciales. Porque la cultura se define ante todo como la manera de ser fundamental en el mundo, como la forma concreta de la presencia del ser humano en el mundo. El universo humano, incluso en sus aspectos materiales, técnicos y económicos, es esencialmente un universo cultural. O mejor dicho, está sumergido en la cultura, incluso en su modo de ser material. Visto desde este ángulo, el problema de la cultura aparece como el problema fundamental de la existencia del ser humano, y su resolución, en la realidad, se materializa como el término o la culminación del movimiento de liberación de los pueblos colonizados. Ahora bien, querer abrir un debate sobre las perspectivas con las que hay que emprender la constitución de una cultura nacional es una pretensión harto ridícula, ya que el debate está abierto desde que el hombre colonizado ha dejado de serlo al liberar mediante la violencia su pensamiento y su ser. Al asumir el pensamiento de Fanon, nos esforzaremos únicamente por plantear el problema, sin pretender en absoluto resolverlo, lo cual es una tarea histórica del pueblo en su conjunto.

Es un doble problema que se plantea de cara a la constitución de una cultura nacional. Se trata en primer lugar del esfuerzo doloroso por desprenderse uno mismo de la alienación radical en la que el universo colonial ha instalado, léase capturado, la cultura nacional. Sin embargo, este intento de recuperación de uno mismo en el presente implica inevitablemente el segundo aspecto del problema, el de la recuperación de un pasado cultural que queremos vivo. Se trata en realidad de dos aspectos de un mismo problema.

Una auténtica reconciliación con uno mismo mediante el esfuerzo por recuperar esta unidad histórica de la cultura nacional, o lo que es lo mismo, de la manera de ser cultural de la nación, que debe prolongar su pasado en un presente que apenas comienza a curarse de su neurosis y su traumatismo. Ahora bien, la naturaleza de la relación que debe establecer la cultura nacional con su pasado viene forzosamente determinada por la naturaleza de su relación con la cultura europea que es inherente a su estructura y que define, provisionalmente, la modalidad de su presencia. La situación actual del devenir de esta cultura nacional es efectivamente trágico. Porque en la medida en que se remita, para constituirse, a la cultura europea que la atrae interiormente y que se plantea así como un criterio de universalidad, la cultura nacional no podría ser auténtica, y el fundamento mismo de su validez le sería ajeno y no residiría en ella misma.

En otras palabras, si, precisamente como expresión total y existencial, la cultura nacional continúa, como en el pasado, definiéndose, en su devenir, esencialmente con referencia a la cultura europea, no se liberará del universo de su alienación y de este modo se desarrollará siempre en el plano que le viene impuesto por esa cultura que quiere negar y a la que, paradójicamente, se vincula en el esfuerzo mismo de su negación; en suma, experimentará su devenir como destino y no como libertad, emprendida conscientemente en un verdadero movimiento de creación. Sin embargo, el drama de esta cultura es que, para desarrollarse libremente en un universo de autenticidad propio, no puede dejar de defenderse, mediante un esfuerzo de negación, frente a ese intenso poder de fascinación que ejerce sobre ella la cultura europea.

Sin embargo, aunque se sitúe en un plano de alienación, este primer momento de la génesis de la cultura nacional, visto desde la perspectiva de su formación histórica, constituye en cierto modo el último momento de la prehistoria de esta cultura y la condición necesaria para su entrada en la historia, es decir, en el reino de la autenticidad. Por consiguiente, la cultura nacional contempla su pasado en esta relación de negación defensiva de la cultura europea. No obstante, la reivindicación de una cultura nacional anticolonial procede del deseo legítimo de reencontrar, a través incluso de la discontinuidad de la historia nacional y a pesar de las sacudidas que ha experimentado, la unidad radical de la nación. Claro que este retorno legítimo al pasado cultural, por mucho que contemple el pasado como tal, sin proyectarlo al presente y al futuro de la nación, encierra el riesgo de hacernos olvidar los problemas actuales a que se enfrenta el pueblo. La recuperación del pasado puede convertirse así en una recuperación de sí misma en el pasado y devenir una operación de idealización y loa poética del pasado cultural en detrimento incluso de la cultura nacional. Como nos dice Fanon,

este creador, que decide describir la verdad nacional, se vuelve paradójicamente hacia el pasado, hacia lo inactual. A lo que apunta en su intencionalidad profunda son las deducciones del pensamiento, lo externo, los cadáveres, el saber definitivamente estabilizado. Sin embargo, el intelectual colonizado que desea realizar una obra auténtica debe saber que la verdad nacional es en primer lugar la realidad nacional. Le hace falta crecer hasta el lugar en ebullición donde se prefigura el saber (p. 168).

Por tanto, no hay que contemplar el pasado como un cadáver cuyo recuerdo se evoca nostálgicamente, sino al contrario, hay que mirarlo con nuestros ojos de hoy, alumbrarlo y comprenderlo en función de nuestro proyecto revolucionario actual. Porque no puede vivir sin su relación activa con nuestro presente. Unirlo a nuestro presente para prolongarlo a nuestro futuro es la única manera de hacer que viva. Este es el sentido de la siguiente frase Fanon:

El hombre colonizado que escribe para su pueblo, cuando utiliza el pasado, debe hacerlo con la intención de abrir el futuro, de invitar a la acción, de fundar el espíritu (p. 174).

Así, el pasado no puede tener una estructura temporal independiente y propia. Extrae su fuerza vital que tal vez tenga tan solo de su apertura al presente y al futuro de nuestra realidad actual. Para que deje de ser un cadáver histórico, hace falta conferirle un nuevo devenir que es el de nuestra realidad.

A modo de conclusión podemos decir que la cultura nacional ha de abrirse camino entre dos alienaciones y en contra de ellas: un pasado que se anquilosa y una Europa que fascina. Frente a esta doble amenaza, la voz de Fanon se alza para definir el sentido mismo del combate cultural (p. 169): “Hemos tomado todo del otro lado. Pero el otro lado no nos da nada sin llevarnos, por mil desvíos, en su dirección… atraernos, seducirnos, encarcelarnos. Tomar también es, en múltiples aspectos, ser tomado… No basta con unirse al pueblo en este pasado en que ya no existe, sino en este movimiento brusco que acaba de esbozar y a partir del cual, súbitamente, todo estará en tela de juicio. Es en este lugar de desequilibrio…” donde se sitúa y se prolonga el combate cultural.

I

 

Spinoza, la anomalía salvaje

Por Toni Negri

/extracto del ‘Prefacio’ a La anomalía salvaje:

Ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza/

Spinoza es la anomalía. Si Spinoza, ateo y maldito, no termina en la cárcel o en la hoguera, a diferencia de otros innovadores revolucionarios entre los siglos XVI y XVII, se debe al hecho de que su metafísica representa la polaridad efectiva de una relación de fuerzas antagonistas ya consolidada: en la Holanda del XVII, el desarrollo de las relaciones de producción y de las fuerzas productivas experimenta una tendencia hacia un porvenir de antagonismos. En este marco, la metafísica materialista de Spinoza es, por tanto, la anomalía potente del siglo XVII: no anomalía marginal y derrotada, sino anomalía del materialismo triunfante, del ser que actúa y que, constituyéndose, plantea la posibilidad ideal de revolucionar el mundo.

Tres son los motivos por los que es útil estudiar el pensamiento de Spinoza. Cada uno de estos motivos no sólo es positivo, sino problemático. Spinoza no sólo es el autor que plantea y resuelve algunos problemas de y en su tiempo, sino que además la forma misma de la solución comprende una problemática progresiva que alcanza y se instala en nuestro horizonte filosófico. Estos motivos problemáticos que hacen importante el estudio del pensamiento de Spinoza, son los siguientes:

Primero: Spinoza funda el materialismo moderno en su más alta expresión, es decir, determina el horizonte propio de la especulación filosófica moderna y contemporánea, que es el de una filosofía del ser inmanente y dado, y del ateísmo como negación de todo orden previo al obrar humano y a la constitución del ser. El materialismo spinozista, aun en su forma productiva y viviente, no supera, sin embargo, los límites de una concepción puramente «espacial» –o físico-galileiana– del mundo. Esto, sin duda, fuerza tal concepción, intenta destruir sus límites, pero no alcanza una solución, sino que, deja mas bien irresoluto el problema de la relación entre dimensiones espaciales y dimensiones temporales, dinámicas, creativas del ser. La imaginación, esa facultad espiritual que recorre el sistema spinozista, constituye el ser en un orden que sólo es alusivamente temporal. Aun así, el problema se plantea en términos irresueltos, sí, pero puros y fuertes: el ser –antes de la invención de la dialéctica– evita el borrón del materialismo dialéctico. La lectura que autores socialistas y soviéticos han hecho de Spinoza no enriquece el materialismo dialéctico, sino que sólo empobrece las potencialidades que la metafísica spinozista posee para superar la dimensión puramente espacial y objetiva del materialismo.

Segundo: Spinoza, cuando afronta temáticas políticas (y la política es uno de los ejes fundamentales de su pensamiento), funda una forma no mistificada de democracia. Es como decir que Spinoza plantea el problema de la democracia sobre el terreno del materialismo y, por tanto, como crítica de toda mistificación jurídica del Estado. La fundación materialista del constitucionalismo democrático en Spinoza se enmarca dentro del problema de la producción. El pensamiento spinozista estrecha la relación constitución-producción en un nexo unitario. No es posible una correcta concepción de lo político que no esté desde el principio enlazada con estos dos términos. Es imposible y abyecto hablar de democracia fuera de este nexo esto lo sabemos bien. Pero Spinoza ha sido demasiado a menudo cocinado en la podrida olla «democrática» del trascendentalismo normativo hobbesiano, de la voluntad general rousseauniana y delAufhebung hegeliano, función propia de la separación entre producción y constitución, entre sociedad y Estado. No; en el inmanentismo spinozista, en la especificidadspinozista de lo político, la democracia es política de la «rnultitud» organizada en la producción, la religión es la religión de los «ignorantes» organizados en la democracia. Esta construcción spinozista de lo político constituye un momento fundamental del pensamiento moderno, y, si no consigue hacer madurar la función antagonista de la lucha de clases como fundación de la realidad, sin embargo conquista íntegros los presupuestos y plantea en el protagonismo de las masas el fundamento de la acción transformadora, a la Vez social y política. El pensamiento spinozista es un pensamiento «cortante»: rechaza para siempre toda una serie de rnistificaciones, toda una serie de problemas propuestos a la burguesía en el curso de los siglos siguientes por el pensamiento liberal-democrático, particularmente en su versión jacobina (y en la línea teórica Rousseau-Hegel). Alude fuertemente a los problemas que se plantea todavía hoy la lucha de clases comunista, formulando el problema en su forma pura: la multitud que se hace Estado, los ignorantes que se hacen religión; un pasado rehecho, reescrito, toda solución jurídica e idealista del problema es eliminada –y sin embargo, terrible y monstruosamente, no dejará de proponerse de nuevo en el curso de los siglos siguientes. Constitución y producción son los elementos de un tejido sobre el cual se construye la experiencia de las masas y del porvenir. Bajo la forma de la igualdad radical impuesta por el ateísmo.

Tercero: Spinoza muestra que la historia de la metafísica comprende alternativas radicales. La metafísica, como forma ideal eminente en la que se organiza el pensamiento moderno, no es un todo único.

Comprende las alternativas que la historia subyacente de la lucha de clases produce. Existe «otra» historia de la metafísica: la bendita contra la maldita. Sin olvidar, sin embargo, que sólo desde la complejidad de la metafísica puede leerse la edad moderna.En consecuencia, si esto es cierto, el escepticismo y el cinismo no son la forma positiva del pensamiento negativo (de aquel pensamiento que recorre la metafísica para negarla y abrirla a la positividad del ser); al contrario, sólo la tensión constitutiva del pensamiento y su capacidad de moverse como mediación material del proceso histórico de la multitud, constituye la forma positiva del pensamiento negativo. El pensamiento constitutivo posee la radicalidad de la negación, pero la agita y usa instalándola en el ser real. En este marco, la potencia constitutiva de la transgresión es la definición spinozista de la libertad. Aquí, la anomalía spinozista, es decir, la relación contradictoria que su metafísica mantiene con el nuevo «salvaje», es decir, en expresión radical de una transgresión histórica de todo ordenamiento que no esté libremente constituido por las masas, posición de un horizonte de libertad que sólo es definible como horizonte de liberación –pensamiento tanto más negativo cuanto más progresivo y constitutivo es. Todo el atormentado conflicto antagonista del pensamiento innovador de la edad moderna, la génesis popular y proletaria de sus revoluciones y el arco de las posiciones republicanas que se extiende desde Maquiavelo al joven Marx, se concentra sobre esta ejemplar experiencia spinozista. ¿Quién puede negar que, también en este caso, Spinoza está sentado en medio del debate filosófico de nuestro tiempo, casi como el joven Jesús en el Templo de Jerusalén?

He aquí, por consiguiente, los primeros motivos que hacen útil interrogar a Spinoza. Pero tal vez merezca la pena insistir en ellos un poco más. Porque este remontamos a los orígenes de una alternativa de pensamiento (la de la revolución respecto a la génesis del ordenamiento capitalista, contradicción emplazada precisamente en el corazón del desarrollo del pensamiento moderno), este reconocer –por otra parte–sobre todo, pero no sólo en el pensamiento de Spinoza, un terreno y una propuesta que nos permitan pensar «más allá» de la tradición del pensamiento de la burguesía, todo esto constituye, en realidad, una operación destinada a otro fin: el de pensar «más allá»de la tradición, igualmente anquilosada y estancada, en el mismo pensamiento revolucionario. Nos encontramos frente a una tradición que ha recogido del fango las banderas de la burguesía. Merece la pena preguntarse, ante la némesis histórica de esta vicisitud, si no se ha recogido exclusivamente el fango.

En este sentido, leer a Spinoza ha representado para mí una experiencia de increíble frescura revolucionaria. Por otra parte, no he sido el único que ha juzgado posible proceder por este camino. Una gran renovación de los estudios spinozistas se ha producido en los dos últimos decenios. En el plano interpretativo, filológico en sentido estricto, tal renovación tiene un buen ejemplo en la extraordinaria y, desgraciadamente, incompleta lectura que de la Ethica ha realizado Martial Gueroult. Pero tal vez haya algo que es más apasionante: a saber, las tentativas de releer a Spinoza que se han hecho dentro de la problemática crítica de la filosofía contemporánea, incluso de la marxista. Ahora bien, en el ámbito de la escuela althusseriana,

Macherey, por ejemplo, analizando la lectura hegeliana de Spinoza, no se contenta con denunciar sus hondas falsificaciones: profundiza en el pensamiento de Spinoza hasta identificar en el mismo una base de anticipada crítica de la dialéctica hegeliana y de fundación del método materialista. En otra vertiente y con diversas preocupaciones sistemáticas, pero tal vez con aún más alta capacidad innovadora, Deleuze nos ha mostrado en Spinoza un horizonte pleno y solar de la filosofía, cual es la reconquista del materialismo como espacio de la pluralidad modal y como concreta liberación del deseo como potencia constructiva. De aquí, sobre el terreno de la filosofía de la religión y de la política, la redefinicíón histórico-estructural de Hecker y aquella, aún más feliz, de Matheron: la democracia se presenta como esencia material, producto de la imaginación de las masas, técnica y proyecto constitutivos del ser, que barre el embrollo dialéctico. Contemplado desde este punto de vista, Spinoza es un crítico que prevé el porvenir: es, por tanto, un filósofo contemporáneo, porque la suya es una filosofía de nuestro porvenir.

Cuanto he venido diciendo –como comentario de la profunda novedad del marco interpretativo que desde finales de los años sesenta ha circunscrito el pensamiento spinozista– debería servir también para clarificar las motivaciones del autor a la hora de afrontar este estudio. Pero tal vez convenga explicitarlas ulteriormente. Ahora bien, está fuera de dudas que al estudio de los orígenes del pensamiento moderno y de la propia historia moderna del Estado, nos impulsa la conciencia de que el análisis de la crisis genética puede ser útil para clarificar los términos de la crisis disolutiva del Estado burgués y capitalista. Debo añadir, sin embargo, que si este proyecto ha servido para apoyar mis estudios precedentes (sobre Descartes, etc.), tiene para mí hoy una intensidad menos acuciante. Lo que me interesa, en efecto, no es tanto la génesis del Estado burgués –y su crisis– cuanto las alternativas teóricas y las posibilidades subjetivas de la revolución en acto. Me explicaré mejor: el problema que Spinoza plantea es el de la ruptura subjetiva de la unidimensionalidad del desarrollo capitalista (en su aspecto burgués y sobreesctructural, así como en su aspecto propiamente capitalista y estructural): es como decir que Spinoza muestra la alternativa del vivir como potencia material en el interior del bloque metafísico de la filosofía moderna –de aquella vicisitud filosófica, para entendernos, que va desde Ficino y Cusano hasta la muerte de la filosofía en el siglo XIX (y, o sea, a su feliz, por decido como Keynes, eutanasia en cuanto saber del rentista). Siempre me ha parecido paradójico que la historiografía filosófica reconstruya las alternativas hacia abajo: Gilson con la cultura moderna hacia la filosofía medieval cristiana, Wolfson con Spinoza hacia la cultura medieval hebrea, sólo por dar algún ejemplo. ¡Quién sabe por qué este procedimiento se considera científico! ¿Quién lo sabe? A mí este procedimiento me parece exactamente lo opuesto de un discurso científico, porque es una búsqueda de genealogías culturales y no genealogía material de condiciones y de funciones de pensamiento, no es descubrimiento del futuro como lo es siempre la ciencia. Tampoco la liberación de un pasado oneroso es útil si no se traslada al disfrute del presente y a la producción del futuro. Es por eso por lo que quiero invertir la paradoja y hacer de interlocutor con el porvenir sobre la base de la potencia del discurso de Spinoza. y si, por prudencia o pereza, fracaso con el porvenir, quiero al menos ponerme a prueba en un ensayo de lectura invertida del pasado: es decir, trayendo a Spinoza aquí ante nosotros –yo, pobre doctor entre otros, interrogando a un verdadero maestro. En un ensayo de lectura del pasado que me permita, en este caso, tomar aquellos elementos que pueden confluir hoy en la definición de una fenomenología de la praxis revolucionaria constitutiva del porvenir. En un ensayo de lectura del pasado, sobre todo, que me permita (que nos obligue) hacer cuentas con toda la confusión, mistificada y culpable, que –desde Bobbio a Della Volpe y a sus últimos subproductos– nos ha (desde pequeños) enseñado la santa doctrina de que la democracia es Estado de derecho; de que el interés general «sublima» el particular en la forma de la ley; de que las funciones constitucionales del Estado son responsables ante la generalidad; de que el Estado de los partidos* es una formidable mediación política, de unidad y de multiplicidad, y otras muchas martingalas semejantes. Spinoza, en el siglo XVII, no tenía nada que ver con este montón de infamias. La libertad, la verdadera, la íntegra, aquella que amamos y por la que vivimos, y morimos, construye el mundo directamente, inmediatamente. La multiplicidad no está mediatizada por el derecho, sino por el proceso constitutivo: y la constitución de la libertad es siempre revolucionaria.

Los tres motivos recordados que justifican hoy una relectura de Spinoza confluyen todos, por otro lado, en aquel terreno de investigación que se ha dado en llamar definición de una nueva racionalidad. Spinoza definió, de forma radical, una racionalidad «otra» de aquella de la metafísica burguesa. El pensamiento materialista, el de la producción, el de la constitución, se convierten, por consiguiente, hoy, en la base elemental, imprescindible, de toda propuesta neoracionalista. Todo esto lo hace Spinoza llevado por una fortísima tensión para determinar una dinámica de transformación, de proyecto pujante, de la ontología. Una ontología constitutiva, fundada en la espontaneidad de las necesidades, organizada por la imaginación colectiva: esta es. la racionalidad spinozista. Como base. Pero no basta. En Spinoza no sólo existe la definición de una base; hay también un impulso para desarrollarla y, cualesquiera que sean los límites del desarrollo, la estructura proyectada se recoge y somete a crítica. Sobre todo, allí donde comprende la dialéctica, no como forma concluyente del pensar, sino como articulación de la base ontológica, como determinación de la existencia y de la potencia. Superando con ello toda posibilidad de transformar la dialéctica en una clave genérica, asumiéndola en cambio como organización directa del conflicto, como elemental estructura del conocimiento. Y así he intentado establecer en este estudio, respecto al pensamiento materialista, cómo la tensión spinozista se dirige hacia una definición de un horizonte de absoluta multiplicidad de las necesidades y de los deseos; respecto al pensamiento productivo, la tentativa spinozista de recoger en la teoría de la imaginación la filigrana de la relación entre necesidad y riqueza, la solución de masas de la parábola platónica del amor, socializada por las dimensiones modernas de la proximidad, por los presupuestos religiosos de las luchas, por las condiciones capitalistas del desarrollo; respecto al pensamiento constitutivo, la primera definición spinozista y moderna de un proyecto revolucionario en la fenomenología, en la ciencia, en la política, de refundación racional del mundo basada en la liberación y no en la explotación del hombre sobre el hombre. No como fórmula y forma, sino como acción y contenido. No como positivismo, sino como positividad. No como legislación, sino como verdad. No como definición y ejercicio del poder, sino como expresión y gestión de la potencia. Estas tensiones spinozistas deben estudiarse todavía más a fondo. Porque Spinoza es propiamente un escándalo (si nos atenemos a la base del corriente saber «racional» del mundo en vivimos): es un filósofo del ser que realiza inmediatamente la inversión de la totalidad de la imputación trascendente de la causalidad en causa productiva inmanente, transparente y directa del mundo; es un democrático radical y revolucionario que inmediatamente elimina, asimismo, incluso la sola posibilidad abstracta del Estado de derecho y del jacobinismo; es un estudioso de las pasiones, a las que define no como padecer, sino como actuar –un actuar histórico, materialista,por tanto constitutivo. Desde tal punto de vista, este trabajo es sólo un primer ensayo de ahondamiento. Exige urgentemente, por ejemplo, que se complete el análisis de las pasiones en Spinoza, es decir, el análisis de los modos concretos en los que el proyecto spinozista de refundación se desarrolla. Este será el tema de un segundo ensayo,centrado en las partes III y IV de la Ethica. Tarea por hacer y que potenciar, de la que ciertamente no puede de hacerse cargo un solo estudioso, en la dimensión de y hacia una fenomenología de la praxis colectiva, constitutiva, que es la red en la que debe aprehenderse una actual, positiva y revolucionaria definición de la racionalidad.

Este trabajo ha sido escrito en la cárcel. Pero también pensado, en su mayor parte, en la cárcel. Ciertamente, conocía bien a Spinoza desde siempre –por así decir–, porque desde el colegio me apasionó la Ethica, lectura filosófica del bachiller superior (y aquí querría recordar con ternura al profesor de aquellos años). Después continué trabajando y no dejaba escapar ninguna lectura sobre la materia. Pero se necesita demasiado tiempo para elaborar un trabajo. Confinado en la cárcel, recomencé desde el principio. Leyendo y haciendo notas, atormentando a mis amigos para que me enviasen libros. Les doy las gracias de todo corazón. Estaba convencido de que en prisión habría tiempo. Iluso; en verdad fui un iluso. La prisión, su ritmo, los traslados, la defensa, no dejan tiempo porque disuelven el tiempo: es esta la forma principal de la pena en una sociedad capitalista. Así, como cada uno de mis trabajos, también éste ha sido robado al sueño, arrancado al régimen de lo cotidiano. Que la cotidianidad de la cárcel es terrible y menos agradable de cuanto lo son los estudios universitarios, es sin duda cierto; y espero que esta falta de agrado se resuelva, en esta investigación, en concreción demostrativa y expositiva. Por lo demás, pido excusas por no presentar una bibliografía completa (aunque creo haber visto cuanto era necesario); por no haber explorado tal vez suficientemente el entramado histórico de la cultura spinozista (aunque creo que el recurso a Francés y a Kolakowski, por encima de todos, permita sentirse en buena compañía); por haber cedido tal vez demasiado fácilmente a las lisonjas de Huizinga y Kossman en la interpretación del Siglo de Oro (pero, ¿con qué sustituir su lectura?); por haber, en fin, gozado a veces del placer de la tesis –inevitable cuando se trabaja fuera de la comunidad científica. Pero dicho esto, no creo que la cárcel confiera una calidad específica –mejor o peor– al producto: no pido benevolencia a la crítica. Me gustaría, por el contrario, imaginar que la soledad de esta maldita celda haya sido tan fecunda como la soledad spinozista del laboratorio óptico.

* En italiano, Stato de partiti: expresión corriente en esa lengua que designa el hecho de que toda la estructura del Estado está organizada en función del juego de los partidos políticos. (N. del T.)

Las metamorfosis de Nietzsche

Por Gilles Deleuze

El primer libro de Zaratustra comienza con el relato de tres metamorfosis: “Cómo el espíritu se convierte en camello, cómo el camello se convierte en león, y cómo el león, por fin, se convierte en niño”. El camello es el animal que carga: carga el peso de los valores establecidos, los fardos de la educación, de la moral y de la cultura. Los transporta hacia el desierto, y allí se transforma en león: el león quiebra las estatuas, pisotea los fardos, conduce la crítica de todos los valores establecidos. Finalmente corresponde al león convertirse en niño, es decir, en Juego y nuevo comienzo, creador de nuevos valores y de nuevos principios de evaluación.

Según Nietzsche, estas tres metamorfosis significan, entre otras cosas, momentos de su obra, y también estadios de su vida y su salud. Sin duda, los cortes son completamente relativos: el león está presente en el camello, el niño en el león; y en el niño está el desenlace trágico.

Federico Guillermo Nietzsche nació en 1844 en la casa parroquial de Röcken, una región de Turingia anexada a Prusia. Tanto del lado de la madre como del padre, la familia estaba compuesta por pastores luteranos. El padre, delicado y culto, él mismo pastor, muere en 1849 (reblandecimiento cerebral, encefalitis o apoplejía). Nietzsche se crío en Naumburg, en un entorno femenino, con su hermana menor Elisabeth. Es un niño prodigio; se conservan sus disertaciones, sus ensayos de composición musical. Hace sus estudios en Pforta, luego en Bonn y en Leipzig. Escoge la filología contra la teología. Pero la filosofía ya lo acosa con la imagen de Schopenhauer, pensador solitario, “pensador privado”. Los trabajos filológicos de Nietzsche (Teognis, Simónides, Diógenes Laercio) hacen que se lo nombre profesor de filología en Basilea en 1869.

Comienza la intimidad con Wagner, a quien había conocido en Leipzig, y que vivía en Tribschen, cerca de Lucerna. Como dice Nietzsche: entre los días más bellos de mi vida. Wagner tiene casi sesenta años; Cósima, apenas treinta. Cósima es la hija de Liszt y abandonó al músico Hans von Bülow por Wagner. En ocasiones, sus amigos la llamaban Ariadna, y sugieren las equivalencias Bülow-Teseo, Wagner-Dioniso. Nietzsche encuentra aquí un esquema afectivo, que es ya el suyo y del que se apropiará cada vez más. Los buenos días no carecen de alteraciones: a veces se tiene la desagradable impresión de que Wagner se sirve de Nietzsche, y le toma su propia concepción de lo trágico; otras veces la deliciosa impresión de que, con la ayuda de Cósima, él va a arrastrar a Wagner hacia verdades que este no habría descubierto por sí solo.

Su profesorado lo ha convertido en ciudadano suizo. Durante la guerra del 70 forma parte del servicio de ambulancias. Pierde allí sus últimos “fardos”: cierto nacionalismo, cierta simpatía por Bismarck y Prusia. Ya no puede soportar la identificación entra la cultura y el Estado, ni creer que la victoria de las armas sea un signo de cultura. Aparece su desprecio por Alemania, su incapacidad para vivir entre los alemanes. En Nietzsche, el abandono de las viejas creencias no constituye una crisis (lo que produce crisis o ruptura es más bien la inspiración, la revelación de una Idea nueva). Sus problemas no son de abandono. No tenemos razón alguna para sospechar de las declaraciones de Ecce Homo, cuando Nietzsche dice que, ya en materia religiosa y a pesar de la herencia, el ateísmo fue para él algo natural, instintivo. Pero Nietzsche se hunde en la soledad. En 1871, escribe El nacimiento de la tragedia, donde el verdadero Nietzsche se abre camino bajo las máscaras de Wagner y de Schopenhauer: el libro es mal acogido por los filólogos. Nietzsche se experimenta a sí mismo como el Intempestivo, y descubre la incompatibilidad entre el pensador privado y el profesor público. En la cuarta Consideración intempestiva, “Wagner en Bayreuth” (1875), las reservas sobre Wagner se vuelven explícitas. Y la inauguración de Bayreuth, la atmósfera de kermesse que encuentra allí, los cortejos oficiales, los discursos, la presencia del viejo emperador lo asquean. Sus amigos se asombran ante lo que parecen ser cambios de Nietzsche. Se interesa cada vez más en las ciencias positivas, en la física, en la biología, en la medicina. Su propia salud ha desaparecido; vive entre dolores de cabeza y de estómago, trastornos oculares, dificultades en el habla. Renuncia a enseñar. “La enfermedad me liberó lentamente: me ahorró toda ruptura, todo paso violento y escabroso… Me confirió el derecho de cambiar radicalmente mis hábitos”. Y como Wagner era una compensación para Nietzsche-profesor, el wagnerismo cayó con el profesorado.

 

Gracias a Overbeck, el más fiel e inteligente de sus amigos, Nietzsche obtuvo de Basilea una pensión en 1878. Comienza entonces la vida viajera: sombra, inquilino de modestas habitaciones, en busca de un clima favorable, va de estación en estación, en Suiza, en Italia, en el Sur de Francia. A veces solo, a veces con amigos (Malwida von Meysenburg, vieja wagneriana; Peter Gast, su antiguo alumno, músico con quien cuenta para reemplazar a Wagner; Paul Rée, al que lo acerca el gusto por las ciencias naturales y la disección de la moral). En ocasiones, regresa a Naumburg. En Sorrento, vuelve a ver a Wagner por última vez, un Wagner que se ha vuelto nacionalista y piadoso. En 1878, inaugura su gran crítica de los valores, la edad del León, con Humano, demasiado humano. Sus amigos lo comprenden mal, Wagner lo ataca. Sobre todo, está cada vez más enfermo. “¡No poder leer! ¡No poder escribir más que en raras ocasiones! ¡No frecuentar a nadie! ¡No poder oír música!”. En 1880, describe su estado de este modo: “Un continuo sufrimiento, cada día durante horas una sensación muy próxima al mareo, una semiparálisis que me vuelve difícil el habla y, para divertirme, furiosos ataques (en el último vomité durante tres días y tres noches, tenía sed de muerte…). Si pudiera describirles lo incesante de todo esto, el continuo sufrimiento que atormenta la cabeza, los ojos, y esta impresión general de parálisis, de la cabeza hasta los pies”.

¿En qué sentido la enfermedad –o incluso la locura– está presente en la obra de Nietzsche? Ella nunca es fuente de inspiración. Nietzsche jamás concibió la filosofía como algo que pudiera provenir del sufrimiento, del malestar o de la angustia –aunque el filósofo, el tipo de filósofo según Nietzsche, padezca un exceso de sufrimiento–. Pero tampoco concibe la enfermedad como un acontecimiento que afecta desde afuera a un cuerpo-objeto, a un cerebro-objeto. En la enfermedad, ve más bien un punto de vista sobre la salud; y en la salud, un punto de vista sobre la enfermedad. “Observar como enfermo conceptos más sanos, valores más sanos; luego, a la inversa, desde lo alto de una vida rica, sobreabundante y segura de sí, hundir la mirada en el trabajo secreto del instinto de decadencia, esta es la práctica en la cual más a menudo me he adiestrado…”. La enfermedad no es un móvil para el sujeto que piensa, pero tampoco un objeto para el pensamiento: constituye más bien una intersubjetividad secreta en el seno de un mismo individuo. La enfermedad como evaluación de la salud, los momentos de salud como evaluación de la enfermedad: esta es la “inversión”, el “desplazamiento de las perspectivas”, allí donde Nietzsche ve lo esencial de su método, y de su vocación para una transmutación de los valores . Ahora bien, a pesar de las apariencias, no hay reciprocidad entre los dos puntos de vista, entre las dos evaluaciones. De la salud a la enfermedad, de la enfermedad a la salud, aunque solo fuera como idea, esta movilidad misma es una salud superior, este desplazamiento, esta ligereza en el desplazamiento es el signo de la “gran salud”. Por eso Nietzsche puede decir hasta el final (es decir en 1888): yo soy lo contrario de un enfermo, soy sano en el fondo. Evitaremos recordar que todo ha terminado mal. Pues Nietzsche vuelto demente es precisamente Nietzsche habiendo perdido esa movilidad, ese arte del desplazamiento, ya no pudiendo mediante su salud hacer de la enfermedad un punto de vista sobre la salud.

En Nietzsche todo es máscara. Su salud es una primera máscara para su genio; sus sufrimientos, una segunda máscara, a la vez para su genio y para su salud. Nietzsche no cree en la unidad de un Yo, y no la experimenta: sutiles relaciones de potencia y de evaluación, entre diferentes “yo” que se ocultan, pero que también expresan fuerzas de otra naturaleza, fuerzas de la vida, fuerzas del pensamiento: esta es la concepción de Nietzsche, su manera de vivir. Wagner, Schopenhauer, e incluso Paul Rée: Nietzsche los vivió como sus propias máscaras. Después de 1890, algunos de sus amigos (Overbeck, Gast) llegan a pensar que la demencia, para él, es una última máscara. Había escrito: “Y a veces la locura misma es la máscara que oculta un saber fatal y demasiado seguro”. De hecho, no lo es, sino solamente porque indica el momento en que las máscaras, al dejar de comunicar y de desplazarse, se confunden dentro de una rigidez de muerte. Entre los momentos más altos de la filosofía de Nietzsche están las páginas donde habla de la necesidad de enmascararse, de la virtud y la positividad de las máscaras, de su instancia última. Manos, orejas y ojos eran las bellezas de Nietzsche (se congratulaba por sus orejas, consideraba las orejas pequeñas como un secreto laberíntico que conduce a Dioniso). Pero sobre esa primera máscara, otra, representada por el enorme bigote. “Dame, te lo ruego, dame… ¿Qué? Otra máscara, una segunda máscara”.

Después de Humano, demasiado humano (1878), Nietzsche prosiguió su empresa de crítica total: El viajero y su sombra (1879), Aurora (1880). Prepara La gaya ciencia. Pero surge algo nuevo, una exaltación, una sobreabundancia: como si Nietzsche hubiera sido proyectado hasta el punto en que la evaluación cambia de sentido, y donde se juzga la enfermedad desde lo alto de una extraña salud. Sus sufrimientos continúan, pero a menudo dominados por un “entusiasmo” que afecta al propio cuerpo. Nietzsche experimenta entonces sus estados más elevados, ligados a un sentimiento de amenaza. En agosto de 1881, en Sils-Maria, bordeando el lago de Silvaplana, tiene la revelación estremecedora del eterno Retorno. Luego la inspiración de Zaratustra. Entre 1883 y 1885, escribe los cuatro libros de Zaratustra y acumula notas para una obra que debía ser su continuación. Lleva la crítica a un nivel que antes no tenía: hace de ella un arma para una “transmutación” de los valores, el No al servicio de una afirmación superior. (Más allá del bien y del mal, 1886; Genealogía de la moral, 1887). Es la tercera metamorfosis, o el devenir-niño.

Sin embargo, experimenta angustias y vivas contrariedades. En 1882 tuvo la aventura con Lou von Salomé. Esta joven muchacha rusa que vivía con Paul Rée le pareció a Nietzsche una discípula ideal, y digna de amor. Siguiendo un esquema afectivo que ya había tenido ocasión de aplicar, Nietzsche le pide matrimonio de inmediato, por intermedio del amigo. Nietzsche persigue un sueño: siendo él mismo Dioniso, recibirá a Ariadna, con la aprobación de Teseo. Teseo es “el Hombre superior”, una imagen de padre –lo que ya Wagner había sido para Nietzsche–. Pero Nietzsche no se había atrevido a pretender claramente a Cósima-Ariadna. En Paul Rée, y anteriormente en otros amigos, Nietzsche encuentra Teseos, padres más juveniles, menos impresionantes . Dioniso es superior al Hombre superior, como Nietzsche lo es a Wagner. Con mayor razón, como Nietzsche lo es a Paul Rée. Es fatal, es claro que tal fantasía fracasa. Ariadna prefiere siempre a Teseo. Malwida von Meysenburg como chaperona, Lou Salomé, Paul Rée y Nietzsche formarán un extraño cuarteto. Su vida común estaba hecha de riñas y reconciliaciones. Elisabeth, la hermana de Nietzsche, posesiva y celosa, hizo todo lo posible por la ruptura. La obtuvo, pues Nietzsche no logró librarse de su hermana, ni atenuar la severidad de sus juicios sobre ella (“personas como mi hermana son inevitablemente adversarios irreconciliables de mi manera de pensar y de mi filosofía, esto se funda sobre la naturaleza eterna de las cosas…”, “no amo, pobre hermana, las almas como la tuya”, “estoy profundamente hastiado de tus indecentes parloteos moralizadores…”). Lou Salomé no sentía amor por Nietzsche; vuelve más tarde para escribir un libro extremadamente bello sobre él .

Nietzsche se siente cada vez más solo. Se entera de la muerte de Wagner, lo que reactiva en él la imagen Ariadna-Cósima. En 1885, Elisabeth se casa con Förster, wagneriano y antisemita, nacionalista prusiano; Förster se irá con Elisabeth a Paraguay, a fundar una colonia de arios puros. Nietzsche no asiste a la boda, y no soporta a ese cuñado enojoso. Escribe a otro racista: “Quiere dejar de enviarme sus publicaciones, temo por mi paciencia”. En Nietzsche, las alternancias entre euforia y depresión se suceden, cada vez más cercanas. A veces todo le parece excelente: su sastre, lo que come, el recibimiento de la gente, la fascinación que cree provocar en las tiendas. A veces prevalece el desánimo: la ausencia de lectores, una impresión de muerte, de traición.

Llega el gran año 1888: El crepúsculo de los ídolos, El caso Wagner, El Anticristo, Ecce Homo. Todo sucede como si las facultades creadoras de Nietzsche se exacerbaran, tomaran un último impulso que precede al hundimiento. Incluso el tono cambia, en esas obras de gran maestría: una nueva violencia, un nuevo humor, como lo cómico en lo Sobrehumano. A la vez Nietzsche erige de sí mismo una imagen mundial cósmica provocadora (“algún día el recuerdo de algo formidable estará ligado a mi nombre”, “solo a partir de mí existe la gran política sobre la tierra”); pero también se concentra en el instante, se preocupa por algún suceso inmediato. Desde fines de 1888, Nietzsche escribe extrañas cartas. A Strindberg: “He convocado a una asamblea de príncipes en Roma, quiero hacer que fusilen al joven Kaiser. ¡Hasta la vista! Pues nos volveremos a ver. Una sola condición: Divorciemos… Nietzsche-César”. El 3 de enero de 1889, en Turín, la crisis. Todavía escribe cartas, firma Dioniso, o el Crucificado, o los dos a la vez. A Cósima Wagner: “Ariadna te amo. Dioniso”. Overbeck acude a Turín, encuentra a Nietzsche extraviado, sobreexcitado. Lo lleva como puede a Basilea, donde Nietzsche se deja internar mansamente. Se le diagnostica una “parálisis progresiva”. Su madre hace que se lo traslade a Jena. Los médicos de Jena suponen una infección sifilítica, que se remonta a 1866. (¿Se trata de una declaración de Nietzsche? Siendo joven, contaba a su amigo Deussen una curiosa aventura, en que un piano lo había salvado. Un texto de Zaratustra, “entre las hijas del desierto”, debe considerarse desde este punto de vista). A veces calmo, a veces en crisis, pareciendo haber olvidado todo de su obra, todavía componiendo música. Su madre lo acoge en su casa; Elisabeth vuelve de Paraguay a fines de 1890. La evolución de la enfermedad prosigue lentamente, hasta la apatía y la agonía. Muere en Weimar en 1900 .

Sin una certeza completa, el diagnóstico de parálisis general es probable. La pregunta más bien es: ¿forman los síntomas de 1875, de 1881 y de 1888 un mismo cuadro clínico? ¿Es la misma enfermedad? Probablemente sí. Poco importa que se trate de una demencia, antes que de una psicosis. Hemos visto en qué sentido la enfermedad, incluso la locura, estaba presente en la obra de Nietzsche. La crisis de parálisis general señala el momento en que la enfermedad sale de la obra, la interrumpe, vuelve imposible su continuación. Las cartas finales de Nietzsche dan testimonio de ese momento extremo; por eso ellas pertenecen todavía a la obra, forman parte de ella. En tanto que Nietzsche tuvo el arte de desplazar las perspectivas, de la salud a la enfermedad e inversamente, gozó, por enfermo que estuviese, de una “gran salud” que volvía posible la obra. Pero cuando le faltó dicho arte, cuando las máscaras se confundieron en la de un payaso o un bufón, bajo la acción de un proceso orgánico u otro, la enfermedad misma se confundió con el final de la obra (Nietzsche había hablado de la locura como una “solución cómica”, como una última bufonada).

Elisabeth ayudó a su madre a cuidar a Nietzsche. Ofreció piadosas interpretaciones de la enfermedad. Hizo agrios reproches a Overbeck, quien respondió con mucha dignidad. Tuvo grandes méritos: hacer todo para asegurar la difusión del pensamiento de su hermano; organizar el Nietzsche-Archiv, en Weimar. Pero esos méritos se desdibujan frente a la suprema traición: intentó poner a Nietzsche al servicio del nacionalsocialismo. Último rasgo de la fatalidad de Nietzsche: la pariente abusiva que figura en el cortejo de cada “pensador maldito”.

Eterna Cadencia. 

Beirut, entre sectarismo clientelar y multitud

por Chantal Rayes

 

Este comienzo de mes me di “vacaciones” de la indigesta era Bolsonaro. La cabeza está en Beirut, mi ciudad, parcialmente devastada. Fue el martes 4 de agosto, mediodía aquí en São Paulo, cuando comenzó a dar la vuelta al mundo el vídeo de la impresionante doble explosión con ese humo rosa proveniente del almacén 12 del puerto de la capital libanesa. Incluso aquellos que están endurecidos por la guerra civil (1975-1990) y las ofensivas de nuestros incómodos vecinos, Siria e Israel, en nuestro territorio dijeron que nunca habían visto algo así. Hasta el momento, son 171 muertos, sin contar los desaparecidos y los sin techo, la destrucción total del puerto y parte de la ciudad, así como las muchas dudas que se ciernen sobre nuestro futuro.

La tragedia se apoderó de un país ya en delicuescencia, sumido en la peor crisis económica y financiera de su historia. El Líbano es hoy un lugar donde los padres se suicidan porque ya no pueden alimentar a sus hijos. La antigua «Suiza de Oriente Medio» parece hoy más una «Grecia sin Unión Europea», una «Venezuela sin petróleo», como dicen los libaneses. La clase media, que tanto nos enorgullece, se está empobreciendo. La pobreza alcanza ya a casi la mitad de la población. El desempleo, una tercera parte. La deuda pública explotó, la moneda local se convirtió en polvo. Si antes faltaban dólares para importar el consumo (porque allí no se produce casi nada), ahora no hay ni un puerto en la capital para reenviar mercancías.

Vivo en Brasil desde hace diecinueve años. He vivido aquí mas tiempo del que viví en el propio Líbano. El 4 de agosto hizo que despertara,nuevamente, mi «libaneidad».

Últimamente, estaba enojada con Beirut, una ciudad que fascina pero también irrita. Allí, internet apenas funciona, falta electricidad, incluso treinta años después del fin de la guerra. La gente se salta la fila sin ceremonia. La basura se tira por todas partes. Además de eso, creemos que no tenemos nada que aprender. El brutal deterioro hirió de muerte el orgullo nacional. No, no somos ricos. Nuestra falsa prosperidad fue apoyada por un sistema de tipos de cambio fijos y altas tasas de interés que colapsó, llevándose consigo al sistema bancario, alguna vez “arca” de las élites árabes. Las desigualdades de ingresos son enormes. En Brasil, son un tema de debate público. Allá, ni eso. La crisis se parece más al fracaso múltiple de un «sistema». Sacó a las multitudes a las calles, a finales de 2019, en lo que se llamó la «revolución de octubre». La gente pidió cambios, pero poco ha cambiado. Y ahora llega este cataclismo. Nuestro 11 de septiembre.

Mínimamente, existió negligencia criminal. ¿Cómo se pueden conservar durante siete años, y sin los cuidados adecuados, nada menos que 2750 toneladas de nitrato de amonio, una sustancia altamente inflamable? Se utiliza para la agricultura pero también para la fabricación de explosivos. Ese envío llegó en un barco moldavo que hizo escala en Beirut en 2013, antes de ser abandonado. Fue este gran stock de NH4No3 el que se incendió, debido al incendio de un almacén de fuegos artificiales que estaba al costado. Al menos, esta es la versión de las autoridades libanesas. Pero, ¿quién cree que fue «solo» negligencia administrativa en esa región del mundo? El presidente libanés, Michel Aoun, habla ahora de un «ataque externo» y recopila imágenes de satélite de Francia. Otros especulan que en lugar de «fuegos artificiales» posiblemente haya allí armas o municiones para Hezbollah, apoyado por Irán, que lo usa para ejercer influencia en el mundo árabe. El poderoso partido y grupo armado chiíta, que reparte las cartas en el Líbano y polariza al país, lo niega. «Por supuesto que lo negarán, reacciona un amigo, gran conocedor de la geopolítica regional. Pero Hezbollah controla el puerto de Beirut (además del aeropuerto), y por lo tanto no podía ignorar la presencia de material explosivo allí ”.

Quizás algún día se sepa la verdad. O tal vez no, dependiendo de quién investigue (sea el Líbano o una comisión internacional, a cargo de la población) y también, los intereses geopolíticos involucrados.

Para nosotros, los libaneses, quizás ha llegado el momento de aclarar el juego, de mirar dentro de nosotros mismos. Señalar con los dedos ya no es suficiente. Si nuestra clase política carece de espíritu público, este también está en gran parte ausente en la sociedad. Este agosto, parte de nuestra élite cosmopolita que clama por cambios en el «sistema» disfruta de unas vacaciones en la Riviera francesa o algo parecido. Nació pensando en ganarse la vida en el extranjero. «Es increíble cómo ustedes, los libaneses, son capaces de hacer lo mejor fuera del Líbano y lo peor dentro». Palabras de un diplomático que sirvió en el país, refiriéndose a nuestra exitosa diáspora… Esta diáspora, casi tres veces mayor que la población de cinco millones de habitantes que vive dentro del país. Nuestra fuerza, la diversidad religiosa, se convirtió en nuestro talón de Aquiles. El sistema político actual, que divide los cargos públicos entre diferentes grupos religiosos, tenía como objetivo garantizar la representatividad. Fue distorsionado. Alimentó una sangrienta lucha por el poder, así como el sectarismo, el clientelismo y la corrupción que impregna todos los niveles de la sociedad. Nuestras rivalidades nos han dejado expuestos a la tutela e interferencia extranjeras. El de Occidente o Israel para los cristianos (al menos durante la guerra civil), el de Irán para los musulmanes chiítas, el de Arabia Saudita para los sunnitas. En octubre del año pasado, cuando estalló la ‘thawra’, la revolución, muchos creyeron en un punto de inflexión. La multitud salió a las calles con una bandera libanesa, un gesto muy simbólico. El país estaba pasando página sobre la guerra. Por primera vez, la gente clamó por una identidad común, anteponiendo la pertenencia al país a la afiliación religiosa. En lugar del mosaico religioso, una nación. El movimiento se marchitó hasta que se detuvo, con el bloqueo decretado en nombre de Covid-19. Escuché que algunos de los jóvenes activistas ya están en el extranjero. De nuevo, emigración. «¿Cómo puede cambiar el país si su élite pensante ni siquiera se queda en él?», Me preguntó una conocida el otro día.

La indignación, o mejor dicho, la verdadera furia popular ante esta humillación, está dando nueva vida a la ‘thawra’, pero profundiza aún más nuestras divisiones. La calle volvió a movilizarse, no solo contra la clase política tradicional y sus proyectiles, sino también contra el arsenal militar de Hezbollah, señalado por la población como responsable de la explosión del puerto. Resulta que el «Partido de Dios» (su nombre en árabe) goza de legitimidad popular entre los chiítas libaneses, agradecidos por el papel político sin precedentes en la historia de este grupo religioso marginado durante mucho tiempo, así como por la asistencia brindada por Irán y la diáspora chiíta. en países africanos. En vísperas de celebrar el centenario de su fundación, ¿será el Líbano una nación en gestación? ¿O de nuevo un país al borde de la guerra civil?

Chantal Rayes, libanesa, corresponsal del periódico francés Libération y del diario suizo francófono Le Temps, vive en Brasil hace 19 años. Fue colaboradora de An-Nahar, el más influyente periódico del Líbano.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

Peripecias del sur y autonomía

por Salvador Schavelzon

[…]

Desde el punto de vista de las luchas, estamos en un momento de reinvención y acumulación de experiencias. Cargamos en la espalda algunas derrotas, con un capitalismo que se reformula y avanza, y también con la resaca posterior a la reciente llegada al poder de políticos o partidos de izquierda que, después de un largo camino, optaron por gobernar sin enfrentar las lógicas del poder establecido. El resultado fue descubrir que no será por la vía estatal, conformando un gobierno, o en alianza con los viejos poderes que enfrentaremos al capitalismo y lograremos construir un mundo más justo.

La izquierda llegó al poder en buena parte de América Latina y primó la lógica de la conciliación que no cuestionó la precarización constante de la fuerza de trabajo, la reproducción de máquinas partidarias convertida en un fin en sí mismo, el no cuestionamiento del modelo de desarrollo predatorio, llegando también, en algunos casos, a aplicar recetas de ajuste de austeridad, reprimir movimientos sociales e indígenas, y dar espacio político a las derechas empresariales, políticas o de iglesias y fuerzas militares. Desde el gobierno no contribuyeron con el fortalecimiento de conflictos contra el capitalismo sino a su neutralización, convirtiéndose en piezas que permitieron su funcionamiento.

La derecha, aprovechando este fracaso, gobierna como comité de negocios privados y de representación de los intereses de las corporaciones, alimentando un modelo donde la pobreza se resuelve con armas y encarcelamiento, y ciudades colapsadas se entregan al consumo de antidepresivos, violencia paramilitar con vínculos con el Estado, y el abandono de los servicios sociales como salud y educación, garantizado apenas para minorías que pueden pagar. La visión que el poder difunde es la de un mundo sin lugar para diferencias, que interviene activamente contra ellas.

El desafío es difícil porque la crisis que recorre la izquierda nos deja sin respuestas sobre las formas de organización, programas, estrategias y líneas políticas para resistir y transformar el mundo. Las propias palabras y las formas organizativas con que se pensaba el futuro, la sociedad, la naturaleza, el Estado, son obsoletas y un canal para introducir las lógicas contra las que debemos organizarnos. Nos damos cuenta que vivíamos en ficciones de un mundo que ya estaba en descomposición, y carecemos de imágenes nítidas que nos muestren dónde estamos y hacia dónde vamos.

Sabemos, sí, que la lucha no puede volverse un nuevo poder de mando que separe los que deciden de los que trabajan, y que eso que entendemos por mundo es algo más complejo y menos centrado en lo humano de lo que occidente moderno pensaba, y también con la vida y el planeta siendo más amenazado de lo que sabíamos, con el problema de la viabilidad y existencia puesto hoy en día para todos.

Las crisis de los principios que organizaron y vida económica y social de la población en la era industrial se encuentra con la crisis de las instituciones liberales y de la forma de participación política. La expectativa de aparición de un sujeto revolucionario entendido de forma uniforme, organizada en sindicatos y partidos, además de “integrado” en una “sociedad”, se muestra ilusoria y no más conforme al mundo que vivimos.

Las respuestas frente al capitalismo de hoy parecen mostrar que se trata de conectar una masa no uniforme, volátil, efímera por sus formas de encuentro y trabajo, siempre en movimiento, sin derechos ni garantías. Esta fuerza, que a veces se advierte como posibilidad, ya no buscará tomar el poder sino construir una fuerza que en sí misma enfrente el mundo viejo, la explotación, los poderes establecidos y, en un brote de rebeldía, establezca nuevas formas de funcionamiento rompiendo con la imposición de realidades durísimas para cada vez más personas.

La autonomía aparece en este debate, no como principio superador a ser defendido dogmáticamente, sin conexión con los procesos políticos reales. A pesar de la caricatura que la izquierda de gobierno presenta en relación a la autonomía cuando debe “atropellar” algunas discusión y actuar sin consenso, la autonomía suele estar presente en todas las luchas como una dimensión en que son los movilizados, los de abajo, los que componen el movimiento y no sus cúpulas las que definen su curso potencia de acción.

La autonomía aparece entonces como lugar temido por el orden, y es desde allí que podemos pensar en cambios que se tornen irreversibles por la propia acción de quienes sin delegar, sin ser representados, sin ser suplantados por negociadores, respondan a la mercantilización, al encuadramiento, la burocratización de nuevas luchas, así como también las de siempre, por el territorio, por la vida, contra el trabajo y por disponer del propio tiempo.

Enfrentamos hoy una pandemia global, que sin embargo apenas nos permite ver con otros ojos la desigualdad, la naturalización de la muerte, la segregación que ya existía en la forma de capitalismo. El régimen epistémico que reproducimos como colonización y disciplinamiento en todas las esferas, del cuerpo al pensamiento; del trabajo a las formas en que imaginamos, se presenta como gran barrera para pensar los próximos pasos, que a veces sólo aparece como necesidad de destrucción de las instituciones del pasado.

La resistencia y el levantamiento muestran siempre respuestas que no imaginábamos posibles. Nosotros mismos nos vemos transformados cuando nos entregamos a la construcción colectiva de alternativas. Esa situación nueva producto de la organización y movilización política, esos cambios del curso de los acontecimientos, son las peripecias por las que nos interesamos en esta columna.

América Latina entera respondió en tiempo reciente con luchas de resistencia al avance del capitalismo en territorios y regiones enteras. Plantaciones que crean “desiertos verdes”, o dejan regiones sin agua o cobertura forestal, enfrentaron movimientos de poblaciones, pueblos indígenas o asambleas contra gobiernos progresistas o conservadores, inversiones norteamericanas o chinas. A todo avance del capitalismo y el poder estatal, fuerzas se organizan y muestran alternativas.

En 2019 vimos fuertes movilizaciones en Chile, Ecuador, Colombia… las calles son un elemento donde el poder muestra dificultades para sostener sus consensos, y la inestabilidad contagia nuevas derechas, progresismos que buscan renovación, o populismos de diferente tonalidad política.

La necesidad de pensar nuevas instituciones, no estatales, no cooptables, no manipulables por el mercado no tiene todavía en pie sus constructores. Avances como la creación de Estados Plurinacionales, Bolivarianos, incluso con autonomías o “participación social” hoy muestran su ruina y artificialidad, tanto como debates identitarios sin fin limitados a pequeños círculos, y la construcción de candidaturas en un juego político ensimismado sin conexión con el descrédito por la política de la gente común.

Se trata de pensar con qué herramientas contamos para pensar una lucha con autonomía, donde podamos impugnar el orden reinante, y no trabajar para su viabilización y administración más o menos progresista. América Latina se muestra despierta en la reorganización territorial autónoma de pueblos ancestrales, como los mapuche en Chile, los caracoles zapatistas, grupos de guardianes de la selva de distintas etnias en la amazonia, el cauca o regiones andinas. Búsquedas alternativas de territorios existenciales encuentran también aliados de la ciudad y el campo.

En formas de autonomía que se distancian de partidos, sindicatos y la patronal, vemos también trabajadores formales e informales que se organizan, como elemento central en la construcción de un levantamiento en las ciudades que interrumpe circuitos de mercadería e infraestructura ordenado por el capital, como vimos en los periódicos estallidos de ciudades latinoamericanas y del mundo. La necesaria organización internacional de la lucha por un mundo mejor también teje, en calles, selvas y redes, nuevos caminos. […]

 

Publicado originalmente en www.desinformemonos.org

(Los corchetes son del editor)

Guerras de capitales

Por Michael Roberts

Hemos abordado el debate de que el principal problema mundial en el siglo XXI es la creciente guerra comercial y tecnológica entre los EEUU y China. En su libro, Las guerras comerciales son guerras de clase, Klein y Pettis consideran que los desequilibrios comerciales son causados ​​por la desigualdad, el ingreso y el consumo en las dos potencias: China tiene un «exceso de ahorro» y Estados Unidos tiene un «exceso de consumo». He defendido que esta tesis no se sostiene en artículos anteriores.

Ahora tenemos el libro Capital Wars como una explicación alternativa de la rivalidad entre China y los Estados Unidos. La rivalidad entre Estados Unidos y China en la esfera económica se ha desarrollado hasta ahora en el comercio y la tecnología. La fricción en los mercados financieros no ha sido comparable. De hecho, a medida que se incorporan más acciones chinas en los índex globales, los inversores estadounidenses han estado invirtiendo capital en China a través de su inversión en fondos de inversión que siguen los índex.

Sin embargo, es poco probable que eso dure, según Michael Howell, ex director de investigación del banco de inversión Salomon Brothers, que ahora dirige su propia consultora. En Capital Wars, señala que las líneas de intercambio abiertas por la Reserva Federal de los EEUU a otros bancos centrales después de la crisis financiera de 2008, que se ha repetido con la crisis del coronavirus, se han extendido a naciones amigas, pero China ha sido excluida. Por lo tanto, el papel de la Reserva Federal como prestamista global de último recurso ha sido parcial y politizado.

Howell reconoce que la naturaleza de la relación entre estas dos potencias no es equilibrada. A pesar de la disminución de su participación en la producción mundial, Estados Unidos es el principal proveedor de la moneda de reserva dominante para los mercados mundiales. Pero su economía está marcada por un bajo crecimiento de la productividad junto con mercados financieros altamente desarrollados. China ha disfrutado de un alto crecimiento de la productividad a medida que se moderniza, pero ha subdesarrollado los mercados financieros. Sus persistentes excedentes comerciales han contribuido a una enorme acumulación de reservas de divisas: la mayoría en activos en dólares. Todo esto crea una interdependencia fragmentada.

El auge económico de China coincidió con un largo período de liberalización en los mercados financieros internacionales. Un tema central del libro de Howell es el aumento de la liquidez global: los grandes flujos de crédito, ahorro y capital internacional que facilitan la deuda, la inversión y los flujos de capital transfronterizos. En 2019, este flujo internacional de fondos se estimó en $ 130 billones, dos tercios más que el PIB mundial. La contribución de China era cercana a los $ 36 billones.

No hay nada nuevo en la visión de Howell. De hecho, varios autores, incluido yo, han señalado el enorme aumento de «liquidez», es decir, de la oferta de dinero, del crédito bancario, de la deuda (tanto pública como privada) y de los instrumentos de deuda como los derivados, particularmente desde principios de la década de 2000.

Lo nuevo es el énfasis de Howell en las nuevas formas que el sistema financiero ha encontrado para expandir lo que Marx llamó ‘capital ficticio’, es decir, activos financieros que supuestamente representan nuevos valores y ganancias futuras. Los bancos solían depender de los depósitos de los clientes para prestar y especular con ellos; ahora la principal fuente de fondos no son los depósitos, sino los acuerdos de recompra o ‘repos’, una forma de préstamo que debe ser respaldada por un ‘colateral’ en forma de activos “seguros” como bonos del gobierno.

Howell argumenta, como otros, que el sistema financiero ha superado el modelo de posguerra, cuando los bancos eran los principales facilitadores de préstamos. Tomaban prestado de sus depositantes minoristas y daban crédito a particulares y empresas. Hoy predominan los mercados mayoristas; y los principales proveedores de fondos son instituciones financieras y grandes empresas como Apple o Toyota. Los usuarios van desde compañías y bancos hasta fondos de cobertura y gobiernos: finanzas no bancarias o ‘banca en la sombra’.

El principal argumento de Howell es que la principal fuente de inestabilidad en el sistema financiero moderno ha sido la escasez de activos seguros para estos creadores de liquidez, ya que no se ha emitido suficiente deuda pública y el rendimiento era bajo de todos modos. De hecho, antes de la crisis financiera de 2008, los bancos de inversión intentaron inventar nuevos ‘activos seguros’, como las obligaciones hipotecarias garantizadas. Por supuesto, ahora sabemos que dichos activos no eran «seguros» en absoluto, solo un esquema de crédito Ponzi gigantesco que resultó ser muy «ficticio» cuando el colapso financiero global en 2007-2009.

La pregunta que Howell sugiere es si la gran inyección de dinero crediticio por parte de la Reserva Federal y otros bancos centrales para rescatar a compañías y gobiernos en la crisis pandémica del COVID conducirá posteriormente a un «shock» financiero similar. La diferencia ahora es que es el estado el que está comprando estos ‘activos seguros’ directamente, en lugar del sistema bancario o la “banca en la sombra” como en 2008-9. Sin embargo, el tamaño de las compras de bonos corporativos e hipotecarios del banco central, así como el papel del gobierno, es tan grande que, si hubiera un tsunami de bancarrotas, el prestamista de último recurso (el banco central) – convertido en la actualidad en el primer comprador de capital ficticio-  puede terminar con enormes pérdidas que los gobiernos tendrían que absorber.

Un mérito del libro de Howell sobre otros del mismo tipo es que ofrece una explicación de por qué hubo este cambio drástico de la «banca tradicional» a la «financiarización» de los activos gubernamentales y corporativos. Howell sitúa la causa directamente en el colapso de la rentabilidad en los sectores productivos de la economía.

Howell reconoce que la caída de la rentabilidad del capital industrial condujo a una creciente ‘liquidez’ global y esto contribuyó a la caída de las tasas de interés de los activos de riesgo, lo que condujo a la búsqueda de activos financieros seguros, abandonando la deuda pública y buscando ‘repos’, en detrimento de la inversión productiva.

Sin embargo, Howell comprende a medias la historia de los últimos treinta años, el colapso financiero global y la Gran Recesión. Desafortunadamente, a pesar de referirse al análisis de Marx en ocasiones, Howell no lo usa. En cambio, recurre a las macro-identidades keynesianas habituales para explicar por qué ocurren las crisis. Como con todas las macro-identidades keynesianas, las ganancias desaparecen de la ecuación.

Howell parte de la identidad básica: ahorro = inversión y la revisa en su ecuación clave: liquidez = inversión fija más la adquisición neta de activos financieros. La liquidez es realmente ganancia más crédito en sus diversas formas. Sin embargo, para Howell, la fuerza impulsora del capitalismo moderno no es la parte lucrativa de la «liquidez», esa vieja conocida. Es la parte del crédito. Para él, los flujos financieros y la asunción de riesgos de los inversores impulsan la economía real y los precios de los activos, y no al revés. Más liquidez conduce a más compras de activos financieros. Y más compras de activos financieros requieren más liquidez. Así, pasamos de una visión del capitalismo como un modo de producción con fines de lucro, al capitalismo como un modo de especulación e inestabilidad financieras.   Esta teoría es similar al enfoque de Minsky y las modernas teorías de la «financiarización».

Para Howell, la próxima guerra entre EEUU y China se librará no tanto a través del comercio o la tecnología, sino de los flujos financieros y el control de las monedas internacionales a medida que las potencias rivales luchen por ofrecer los activos financieros «más seguros» al capital global: por ejemplo, ¿el dólar o el renminbi?

Claramente hay algo de verdad en esto. Si China pudiera ofrecer una moneda fuerte y con líquidez para reemplazar al dólar, el imperialismo estadounidense estaría en serios problemas. Pero una moneda fuerte no puede ser «creada» por los mercados financieros; proviene de la fuerza relativa de la productividad del trabajo y la creación de valor en una economía. Ahí es donde se centra la guerra económica; con el comercio, la tecnología y las finanzas como campos de batalla. El valor es lo decisivo, no el crédito.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2020/07/19/capital-wars/

Traducción:G. Buster