La Naturaleza como sujeto de derechos: La gran tarea pendiente

Por Alberto Acosta 

“Cualquier cosa que sea contraria a la Naturaleza lo es también a la razón, 

y cualquier cosa que sea contraria a la razón es absurda”.

Baruch de Spinoza (1632-1677)

 

Otorgar derechos a la Naturaleza, como sucedió en la Asamblea Constituyente de Ecuador en los años 2007-2008, fue un paso trascendental, impensable y aún inaceptable para muchos. ¡Se repitió la historia! En su momento la emancipación de los esclavos o la extensión de derechos a afroamericanos, mujeres, niños y niñas se rechazaron por considerarse “absurdos”. Incluso cuando se liberó a los esclavos no faltaron quienes reclamaron por las “pérdidas” inflingidas a sus “propietarios”, a quienes, además, se les restringía “su libertad” para comercializaros, utilizarlos, explotarlos… Algo similar pasó al cuestionarse el empleo de niños en Inglaterra a inicios del siglo XIX: los detractores de la propuesta la rechazaban pues -según ellos- socavaba la libertad de contratación y destruía los cimientos del libre mercado. 

Sin duda que el “derecho a tener derechos” siempre exige un esfuerzo político para cambiar aquellas normas que niegan esos derechos. La coyuntura del debate constituyente en Chile puede generar cambios de trascendencia histórica a tono con los tiempos que vivimos y con miras a superar las mútiples estructuras de dominación existentes. Una nueva Constitución no puede ser una colcha de remiendos ni pretexto para acallar la protesta social. Una nueva Constitución debe ayudar a superar el pasado, recuperar la larga memoria de los pueblos originarios, construir un presente más justo y de participación democrática y que proyecte la sociedad del futuro.

Recordemos que en toda la historia de la Humanidad el hombre -sí, en masculino- ha buscado dominar a la Naturaleza. Por siglos, la relación sociedades-medio ambiente ha sido marcada por el utilitarismo y la explotación de recursos; la mercantilización de la Naturaleza avanza implacable… provocando tanta destrucción que estamos ya abocados a una terrible catástrofe ambiental. 

Esta es la realidad de una separación Humanidad-Naturaleza de siglos. Una separación con consecuencias cada vez más devastadoras. Pero a la vez muestra las posibilidades de reencuentro entre ambos, desde visiones como el Buen Vivir y el surgimiento del pensamiento ecologista, orientados a construir una nueva relación humano-natural. Tal proceso, largo y complejo, está reforzado por las luchas de resistencia y construcción de alternativas desde diversos grupos populares, en especial indígenas. Esto es medular: las raíces de los Derechos de la Naturaleza (al menos en Ecuador), aunque parezcan invisibles o inviables para ciertas lecturas prejuicidas o superficiales, están profundamente insertas en el mundo indígena. Mientras que el tronco y las ramas de este gran árbol de mestizaje intercultural se enriquecen con injertos no indígenas.  

Aunque los indígenas no tienen un concepto de Naturaleza como en occidente, su aporte es clave. Ellos comprenden perfectamente que la Pachamama es su Madre, no una mera metáfora. Así, los Derechos de la Naturaleza plantean la urgencia de superar el mero conservacionismo e incluso el enfoque del “desarrollo sustentable” o “sostenible”.

El respeto a la Tierra como sujeto de derechos exige prácticas sustentables que se pierden en el tiempo. Imposible hurgarlas en los archivos de la Modernidad. Son consustanciales a la vida humana. Comunidades indígenas -de larga historia y memoria- en todo el mundo han demostrado que es posible construir una harmonía humano-natural. Su vínculo con la Pachamama o Madre Tierra es más que una metáfora. Ella representa la integridad del espacio y el tiempo. Ella es madre biológica de la Humanidad entera.

En los Derechos de la Naturaleza el centro está puesto en la Naturaleza, que obviamente incluye al ser humano. La Naturaleza vale por sí misma, sin importar los usos humanos, implicando una visión biocéntrica. Estos derechos no defienden una Naturaleza intocada donde no existan cultivos, pesca o ganadería. Estos derechos defienden el mantener de forma sustentable los sistemas y conjuntos de vida. Su atención se fija en los ecosistemas, en las colectividades. Se puede comer carne, pescado y granos, por ejemplo, mientras se asegure el funcionamiento de ecosistemas con sus especies nativas.  

De hecho, como establece la Constitución de Ecuador de 2008 -irrespetada por sus gobernantes desde su aprobación-, los humanos podemos aprovechar de la Naturaleza, respetando sus ciclos de reproducción y sus procesos evolutivos. Debemos entender a la Naturaleza como un sujeto vivo y dinámico con el cual convivimos y que tiene valor por sí mismo. Esto implica superar el antropocentrismo y entender que una armonía humano-natural como se da en el mundo indígena -defendida incluso por el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si- se sintoniza con lo más transformador del concepto de “sustentabilidad” (vaciado de contenido por la Modernidad).

Pero hay que ir más allá. No se trata de buscar un equilibrio entre economía, sociedad y ecología usando como eje articulador al capital, algo imposible. El ser humano y sus necesidades deben primar siempre -más aún sobre el capital-, pero jamás oponiéndose a la armonía de la Naturaleza, base fundamental para cualquier existencia. Y esta discusión tiene historia en otras latitudes y en otros tiempos.

Por tanto, es clave combinar aproximaciones. Los Derechos de la Naturaleza no provienen de una matriz exclusivamente indígena (Cuya dura realidad no puede ser romantizada). En este sentido todo esfuerzo por plasmar esos Derechos se inscribe en una reiteración del mestizaje provocando un ¨híbrido jurídico”, donde se recuperan elementos de todas aquellas culturas occidentales e indígenas emparentadas por la vida. Y que encuentran en la Pachamama el ámbito de interpretación de la Naturaleza, un espacio territorial, cultural y espiritual. 

Además, estos Derechos de la Naturaleza van de la mano de los Derechos Humanos -entendidos siempre en clave emancipdaora-, pues no puede haber justicia ecológica sin justicia social, ni viceversa.

En una época donde el neoliberalismo y el extractivismo desenfrenado brutalizan la vida diaria de todo el mundo es primordial superar las falsas soluciones que intentan “pintar de verde” al desarrollo, con simples respuestas tecnológicas como, por ejemplo: las mal llamadas ciudades inteligentes, los mercados de carbono, la economía verde, el ecomodernismo, entre otras. 

He aquí una tarea vital para un proceso constituyente como el chileno. Un proceso que empieza desde el seno de la sociedad, y no solo al aprobar y cumplir unas cuantas normas institucionales. Un proceso en clave decolonial, que apunte a la vez a la despatriarcalización de la sociedad. Un proceso que debe desarrollarse sin permiso de quienes detentan el poder, sin un acto de autoridad que lo viabilice, abriendo la puerta a la creatividad, potenciando la participación democrática, entendiendo que la Constitución es un proyecto de vida en común para asegurar la existencia digna y cada vez más libre y justa de todos los miembros de una sociedad, sin subordinar y menos aún destruir la Naturaleza.-

 

Transición política sudamericana, entre presidencias deshidratadas y el despertar de las calles

 

por Salvador Schavelzon

 

Sudamérica se muestra en estado de turbulencia y sin una tendencia definida que consiga orientar el proceso político. Con protestas de distinta naturaleza en octubre y noviembre en Ecuador, Chile, Bolivia, Colombia y Perú, el juego político migra de las instituciones para el movimiento social, sin que la política partidaria encuentre respuestas o formas de cerrar la crisis que las movilizaciones abren de par en par.

En Argentina y Brasil, sin recientes grandes manifestaciones, los líderes políticos concentran un alto grado de atención alrededor de sí. Pero el desencantamiento generalizado no es diferente al de los países vecinos, y el fin del progresismo no se traduce en el inicio de un ciclo conservador estable y prolongado. La alternancia política, vivida de forma escatológica, no constituye tampoco un sistema bipartidista como el de las décadas que siguieron a la democratización.

Es posible que los consensos que sustentan el modelo social y político se hayan vuelto obsoletos, además de injustos y para pocos, como siempre fueron, naciendo herederos de los pactos post dictadura militar. Pero toda la clase política todavía funciona con ellos, garantizando su vigencia y fortaleza, y enfrentando de forma conjunta, por lo tanto, a la oposición de las calles, línea de frente del momento actual.

En Bolivia y Chile, las protestas de octubre se iniciaron contra los presidentes Piñera y Evo Morales, pero la situación política abierta por las calles parece dislocarse más allá. En dos países con gobiernos de izquierda y de derecha que aparecían con la mayor estabilidad económica en la región, la crisis no se suaviza pero se aleja del conflicto por la reelección, en Bolivia, y de la renuncia de Piñera, en Chile. A partir de un acuerdo con participación de los legisladores del propio MAS (Movimiento al Socialismo), que mantiene mayoría en el legislativo, fueron convocadas elecciones sin la participación de Evo Morales, mientras su vuelta al país no parece ser lo que organice la política boliviana hacia delante, más allá de algunos sectores.

Incluso fuera del poder, partidos alimentados por el sistema no pueden romper con la lógica con que se acostumbraron a funcionar. Pasó con el kirchnerismo, que después de la derrota frente a Macri encontró legisladores propios construyendo mayoría con el nuevo gobierno. También con el Partido de los Trabajadores, en Brasil, que poco tiempo después de la destitución de Dilma Rousseff, siguió haciendo alianzas electorales con los partidos que consideraba golpistas. La radicalización discursiva convive con un juego institucional, electoral y de la administración burocrática contraria a la movilización y disputa política que busca cambios.

En Chile, la renuncia de Piñera deja de ser el foco, y ningún líder aparece como salvación. La fuerza de las calles parece alejar la idea de que la solución vendrá de arriba. Es el fracaso del sistema privado de jubilación, la mercantilización de la salud y la educación, el costo de vida, y las dificultades impuestas por el neoliberalismo, que están centralmente en la orden del día. Buscando recuperar iniciativa política, el gobierno hace acuerdos con la izquierda partidaria y convoca un proceso constituyente. La izquierda vota a favor de legislación represiva (ley “anticapucha”) y da lugar a una Convención Constituyente que garantiza poder de veto para la derecha. En una asamblea en manos de los partidos, probablemente el conflicto abierto por las calles no será cerrado fácilmente.

El ciclo progresista no es más posible de la forma como fue caracterizado entre diez y cinco años atrás, con el aprovechamiento de precios altos de commodities, aumento del crédito y consumo, buen trato con los poderes empresariales que generaron lucros históricos para el poder financiero, perdones fiscales para grandes empresas y expansión del agronegocio sin precedentes. Políticas sociales y de cultura pretendían equilibrar un modelo que no dejó de ser de concentración de renta y desigualdad. Crecimiento y consumo ocurrían sin ruptura con las bases de una democracia de pocas familias dueñas del poder.

Después del progresismo, y sin ruptura con las bases de la organización económica, así como de las políticas públicas de transferencias de renta, nuevas y viejas derechas ganan elecciones pero no establecen una nueva hegemonía. Como en Chile, el gobierno colombiano de Iván Duque, también de derecha, enfrenta fuerte oposición en las calles. Bolsonaro en Brasil, muestra grandes problemas de sustentación de una base parlamentaria y problemas para mostrar una mejora económica que beneficie la población. Apenas un discurso autoritario que se presenta contrario a las instituciones, pero que no se mostró capaz de organizar una base movilizada de sustentación, ni de unificar políticamente las distintas derechas oscurantistas, liberales, conservadoras y oportunistas que congrega.

La falta de legitimidad política del nuevo gobierno en Bolivia, de Jeanine Áñez, apenas lo autoriza para llamar nuevas elecciones, mientras el MAS se habilita para disputar la presidencia con nuevos candidatos, a ser nombrados por Evo Morales. El vacío de hegemonía deja al MAS con chances de conseguir, por un camino más largo, un retorno al poder parecido al del kirchnerismo en Argentina que, dejando de lado la centralidad del líder, preserva espacios de poder.  Asumiendo un tono moderado que seduce sectores medios, los consensos que gobiernan el sistema obtienen garantía con izquierdas del orden, tanto cuanto con derecha que asumen directamente el cuidado de los intereses de los de arriba.

En Ecuador, el presidente Lenin Moreno, que buscó ocupar el lugar dejado por Rafael Correa, de quien fue vicepresidente, enfrentó 11 días de rebelión cuando decretó medidas impopulares como el fin del subsidio al combustible, aumento de impuestos y corte de vacaciones para empleados públicos. La debilidad del sucesor, sin embargo, no abre camino para la vuelta del correísmo, derrotado en la tentativa de buscar una alianza con el movimiento social que paralizó el país con movilizaciones. En la voz de las organizaciones indígenas, destacadas en las jornadas de protesta, la oposición al gobierno venía junto con la oposición a la vuelta del ex presidente que, como los otros gobiernos progresistas, no se diferenció de los gobiernos de derecha en relación a las grandes obras que violaron territorios y autonomía de comunidades indígenas y tradicionales, y criminalización de la protesta.

La fuerza de las movilizaciones remite a las protestas de 20 años atrás, como en diciembre de 2001 en Argentina, la Guerra del Agua en Bolivia del 2000, en un ciclo global de movilizaciones iniciado en Seattle en 1999, o con el zapatismo en 1994 y que nunca concluyó, con frecuentes movilizaciones indígenas y campesinas en los Andes, marchas y levantamientos contra ajustes, o como lo protestos iniciados en junio de 2013 en Brasil, y las movilizaciones más recientes de estudiantes, campesinos e indígenas en Colombia, Chile y Ecuador. Nuevamente, las calles alimentan una búsqueda de auto-organización de los de abajo, con fuerza social y autonomía. Esta vez, sin embargo, no parecen abrirse salidas partidarias o populistas, con líderes que centralizan la iniciativa política conseguida por movimientos y luchas sociales.

Contra líderes que se vuelven blanco fácil de nuevas derechas, vemos indignación y revuelta que los excede, en movimientos de destitución seguidos de nuevas administraciones y líderes que enfrentan protestas o desencanto, sin apoyo movilizado fuera del tiempo de las elecciones. La aparición de una derecha autoritaria y más virulenta, con discurso de odio, ausente en el ciclo progresista, antagoniza y restaura el progresismo, que también no se retira definitivamente. Pero en este juego el resultado es el aumento de la visión generalizada de falta de alternativas por dentro del sistema.

La caída de Evo Morales, en Bolivia, se adecua al mismo momento regional, de disolución de hegemonías institucionales. Esta se produce después de una derrota electoral, en 2016, en un referéndum en el que la mayoría votó “No” a la reforma de la constitución que permitiría una nueva reelección, resultado contrariado por el tribunal constitucional que, bajo presión política, autorizó la candidatura, permitiendo la nueva postulación, que generó el conflicto posterior sobre la aceptación del resultado electoral. Después de 20 días de protestas en las ciudades, una victoria electoral controversial se tornó insostenible para el MAS cuando la auditoría de la OEA que el propio gobierno había solicitado, recomendó la realización de nuevas elecciones, y hubo desobediencia de las fuerzas de seguridad para contener la movilización social.

Sin Evo Morales, la llegada de la derecha asociada a la elite del Oriente del país, como la de Macri en Argentina en 2015 y de Bolsonaro en Brasil en 2018, no se explica por la fuerza política propia, tampoco por la intervención imperialista, sino por la pérdida de apoyo popular que interrumpe más de diez años de gobiernos sucesivos de signo plurinacional, progresista, populista, bolivariano o de izquierda. La oposición regional que desde la asunción de Evo Morales en 2006 buscó desestabilizar, había sido neutralizada en 2008, en un referéndum revocatorio contra Evo Morales, cuya victoria por el 67,4% aisló la oposición y dio lugar a la aprobación de la nueva Constitución Plurinacional. Pero el precio de la consolidación política y avance del MAS sobre las instituciones sería dejar de lado los cambios, negociando ya la propia constitución con las elites políticas y económicas que aprendieron a convivir con un progresismo amigo, y mismo con Estado Plurinacional, garantiza los viejos consensos.

La opción por la conciliación, los negocios, el desarrollismo predatorio en países de fuerte perfil de proveedor de materias primas, alejándose de las agendas que los erigieron en el poder, fue deshidratando rápidamente gobiernos populistas o progresistas. Del otro lado, derechas que se construyen en base a retórica mediática, oposición a la corrupción que no se sostiene una vez en el gobierno, falta de prometidas respuestas a los problemas endémicos, y dificultades económicas que abaten gobiernos de cualquier signo político, abren la posibilidad, clara hoy para la población de Chile más que en ningún otro lugar, que más allá de sucesiones presidenciales, disputas electorales y en la justicia, el foco de la política debe apuntar al arreglo neoliberal y su continuidad de décadas, administrada por los sucesivos poderes políticos.

La fuerza electoral de la derecha chilena, mostrada por el triunfo de Piñera en 2017, muestra pies de barro también, como fueron las victorias recientes de la izquierda, incluyendo Venezuela, momentáneamente al margen de la dinámica de las calles. Más de un mes de protestas diarias en las calles de Chile, con ocupaciones de escuela, paros generales, organización de asambleas populares, con una visión política que necesariamente pasa por la constatación que la alternancia política entre progresismo (neoliberal, de Bachelet) y derecha no había alterado la estructura que gobierna por detrás del espectáculo electoral y enfrentamiento ideológico sin contacto con la realidad cotidiana y las disputas concretas con el poder económico y la gobernanza neoliberal.

Junto con la política de las calles, la represión policial y militar gana espacio, generando diferencias internas al campo de la propia derecha en el poder. Con respaldo de sectores políticos conservadores, y también progresistas, la represión de las protestas expone la violencia institucional que cotidianamente está presente en la militarización de barrios populares, encarcelamiento en masa y asesinato de líderes sociales, práctica sistemática en varios países. La insistencia en limitar la política al espacio de las instituciones, más bien sólo aumenta el desencanto porque falta de respuestas que se muestran posibles y a la altura de la fuerza que muestran las movilizaciones de millones, cuando estas despiertan.

En las calles hoy no se encuentran respuestas y soluciones políticas para ser aplicadas. Pero se encuentran caminos para cuestionar las trampas de un sistema que tiende a eliminar el trabajo no precario y los espacios de la vida no sometidos al capitalismo. Se pone en agenda la destrucción de bosques y selvas con la expansión de un modelo de destrucción, que propone formas de vida miserables. En las calles, y más allá de la disputa presidencial, los acuerdos que estructuran el modelo se perciben de forma más nítida y masiva.

Más allá de una política partidaria e institucional que entra en desesperación y no encuentra respuesta, estudiantes toman la iniciativa política, grupos de mujeres politizan y ocupan las calles, pueblos indígenas luchan por el autogobierno poniendo en discusión el modelo de desarrollo, cada vez más cuestionado, asambleas de barrio crean afinidad entre vecinos y se organizan para la manifestación o la crítica a la sociedad de consumo. En las calles, el mundo de la mercancía, las deudas, la falta de horizontes, encuentran un lugar de existencia política que ya es una respuesta y alternativa.

El neoliberalismo se muestra poderoso en gobernar una fuerza de trabajo desorganizada y en mercantilizar cada vez más espacios de vida, pero en las calles una nueva fuerza política desarrolla herramientas para enfrentar los desafíos de gobiernos, nuevas derechas, continuidad de un sistema elitista para pocos. La oposición al neoliberalismo en las calles, coloca la autonomía como alternativa a la salida populista o progresista y, retomando antiguas movilizaciones, trasciende el llamado de las instituciones para que todo el mundo vuelva para casa y confíe nuevamente en líderes y partidos.

 

* Salvador Schavelzon es antropólogo, profesor en la Universidad Federal de Sao Paulo y autor de El nacimiento del Estado plurinacional de Bolivia y artículos varios sobre política latinoamericana.

Sahra Wagenknecht: “Una izquierda que se aleja de las capas socialmente discriminadas y sus intereses es, también ella, responsable de la subida de las derechas”

Albrecht Müller: El diario de mi región publicó el 22 de noviembre en primera página el siguiente titular: “Wagenknecht destrona a Merkel”. Hubiera sido fantástico de haberse tratado de la cancillería. Sin embargo, se trata de una encuesta, de la que NachDenkSeiten ya informó el 21 de noviembre. Que haya superado en esta encuesta de preferencias a Angela Merkel es reseñable y gratificante. ¿Qué significa? ¿Qué piensa hacer con este potencial?Sahra Wagenknecht: Por descontado, me alegré mucho del resultado de la encuesta, pero no debe ser sobreinterpretado. En este sondeo los encuestados deben puntuar si un político “representa sus intereses” o no. Los resultados varían de semana a semana por algunos puntos, lo que puede hacerle a uno subir o bajar. Así pues, ese puesto exacto es, por ahora, temporal. Lo que me alegra es que en estas y otras encuestas parecidas por lo general recibo buenos resultados. Eso muestra que la política que defiendo es la que muchos apoyan. Esta opinión es para mí un importante estímulo para continuar trabajando políticamente para otras mayorías y por una sociedad más solidaria.

AM: ¿Cómo podrían utilizarse estos resultados para reemplazar a Merkel o a su sucesora en la cancillería?

SW: Hace años que propongo otra línea política para La Izquierda de la que representa la actual dirección del partido. No debemos convertirnos en un partido del estilo verde-liberal, que con sus temas y discurso llega, en el mejor de los casos, a la clase media urbana y con estudios superiores. La tarea de un partido de izquierdas es representar a quienes deben esforzarse cada vez más por mantener su bienestar, esto es, a los damnificados por la globalización neoliberal, no a sus ganadores. Con esto no quiero decir que una izquierda que se perfile como defensora consecuente y popular de la clase media-baja y de los pobres pasado mañana pueda alzarse con la cancillería, pero en todo caso sería más fuerte que La Izquierda actual que, por desgracia, con la ausencia de Turingia y Bremen despide este año con un resultado catastrófico en las elecciones.

AM: Usted es algo así como la voz de la razón en un ambiente por lo demás muy poco dado a ella. Planteemos que su voz sigue siendo escuchada, ¿cuáles serían sus principales propuestas programáticas?

SW: Me parece importante aclarar los cambios de orientación que ha experimentado en las últimas décadas la política de izquierdas, su base social y su percepción pública en casi todos los países de la Unión Europea. Según una concepción clásica, la cuestión social, la lucha por buenos salarios y una seguridad social, era el núcleo de una política de izquierdas. En correspondencia, los partidos de izquierdas tenían su base en aquellos que dependían de un mercado laboral correctamente regulado, una buena infraestructura pública y un Estado del bienestar fuerte. Todas estas características fueron duramente combatidas en el marco de los estados nacionales y progresivamente socavadas a través de la globalización de la economía, la apertura de los mercados y los tratados comunitarios, que consagraban la retirada del Estado y la limitación de sus competencias reguladoras. Este desarrollo es una amenaza existencial para los estándares de vida de los antiguos votantes de los partidos de izquierdas. Para muchos, el declive social ha dejado de ser un temor en el futuro para convertirse en una amarga realidad presente, como ocurre con quienes han sido relegados a los empleos de bajos salarios en el sector servicios o para muchos de nuestros mayores con pensiones de miseria.

AM: ¿Sólo hay perdedores?

SW: También hay ganadores de la globalización neoliberal. Principalmente pertenecen a ellos la capa superior tradicional, que dispone de rentas y capital para invertir, y que pudo aumentar enormemente sus dividendos y riqueza en estos últimos años. Pero es importante entender que hasta cierto punto también pertenecen los ganadores la nueva clase media urbana, es decir aquellos en las nuevas profesiones altamente cualificadas y remuneradas que existen desde las finanzas y el asesoramiento hasta la programación de software, la publicidad o los medios. La mayoría de estos trabajos han surgido en grandes empresas de ámbito internacional, integradas a menudo en relaciones laborales transnacionales. Exigen el conocimiento de idiomas y un conocimiento profundo de otras culturas. Esta nueva clase media, surgida en las últimas décadas como un medio social autónomo y que reside en los encarecidos barrios de moda de las grandes ciudades, vive en otro mundo y tiene, en muchos aspectos, otros intereses que los del cartero que le sube por las escaleras sus pedidos por internet, la mujer que le limpia su casa o también el trabajador industrial de la pequeña ciudad, atenazado por el temor de que en cualquier momento su empresa será deslocalizada a un país con salarios más bajos o estándares medioambientales menos exigentes y, con ello, que desaparezcan las últimas empresas que pagan bien en su región.

AM: ¿Hablamos de los mismos sectores del electorado que han perdido los partidos de izquierdas?

SW: Las rentas altas urbanas son hoy el grupo de votantes más importante de Los Verdes, pero cada vez más también de los socialdemócratas y La Izquierda. Este medio social tiene una manera de pensar y de vivir según la cual, desde su punto de vista, la globalización, la emigración, la Unión Europea y el Estado nacional, son, hoy, de “izquierdas”, mientras que las antiguas corrientes mayoritarias socialdemócratas son de repente sospechosas de nacionalismo o incluso de racismo. El resultado es que la mayoría de los trabajadores y pobres considera hoy “la izquierda” como una ideología de los gobernantes, de quienes sacan tajada de la globalización neoliberal, y no se equivocan del todo. Es una evolución incorrecta, y grave. Una izquierda que se aleja de las capas socialmente discriminadas y sus intereses es, también ella, responsable de la subida de las derechas. La última victoria de la socialdemocracia danesa demuestra, por ejemplo, que una izquierda con una estrategia popular y orientada a las aspiraciones de la mayoría social puede volver a imponerse de manera sorprendentemente rápida a los partidos de derecha. Eso también sería posible en Alemania.

AM: ¿Cómo podría llevarse este discurso razonable a lo organizativo o a los medios?

SW: Se trata de tomar conciencia de qué va mal y por qué. Aceptar que antiguos votantes de La Izquierda no se pasan a Alternativa para Alemania (AfD) porque de repente se hayan tornado racistas, sino porque no se ven reflejados en partes importantes de la oferta política de la actual izquierda. No se puede declarar superado al Estado nacional, por ejemplo, y al mismo tiempo reclamar un fuerte Estado del bienestar, ya que no existe condiciones institucionales transnacionales ¡y menos aún el consenso!, para una redistribución a gran escala y una red social garantista. Pero justamente eso, una seguridad en los estándares de vida y no simplemente de existencia, fue antaño una de las demandas del Estado social alemán. Al apostar por un retorno de lo social en la política de izquierdas en vez de abanderar las políticas de identidad de moda de turno no se hace uno muchos amigos en los medios de comunicación, ni siquiera en los supuestamente de izquierdas. En ese sentido, tanto más importante son blogs como NachDenkSeiten, Makroskop y otros para dar a conocer esa posición a la opinión pública. Personalmente acabo de abrir un canal de YouTube que espero que tenga repercusión. Comenzaré comentando semanalmente la actualidad y respondiendo a comentarios y preguntas.

AM: ¿Qué pasará con Aufstehen [En pie]?

SW: Aufstehen tiene hoy más de 150.000 miembros y vuelve a presentar una tendencia al alza. Se trata abrumadoramente de personas sin carnet de partido de lo que fue el medio socialdemócrata y que hoy apenas se sienten representados por los partidos de izquierdas. Muchos participan en grupos locales y organizan encuentros y acciones, como un debate entre Kevin Kühnert y yo misma en septiembre, que tuvo una repercusión nacional. La tarea decisiva, la de llevar a las calles un movimiento amplio con reivindicaciones sociales, no se ha cumplido hasta la fecha, aunque sigue siendo de plena actualidad. Los sueños de desmantelamiento social de la actual presidencia de la CDU pueden conducirnos a una situación de urgente necesidad de oponerse al próximo recorte de las pensiones y otros tipos de recortes en todo el país.

AM: ¿Ve la posibilidad de unificar a todos los grupos progresistas en nuestro país?

SW: Hay una parte significativa de nuestra población que hoy no tiene ninguna voz política y que no se ve representada por ningún partido. Tampoco por AfD, que, en parte, es la opción electoral de estas personas, representa en modo alguno sus intereses y la mayoría de ellos lo saben. Si la izquierda política se presentase como una fuerza convincente –ya fuesen los socialdemócratas, La Izquierda, o ambos partidos– que, de manera creíble, pugnase por un nuevo orden económico y social, que asegurase el bienestar de la clase media amenazada, demoliese el sector de trabajos precarios y mal pagados y protegiese a los ciudadanos de la explotación, la inseguridad y los tiburones financieros, esto sería, con toda seguridad, una fórmula de éxito. Además, urge por motivos medioambientales una re-regionalización de la economía, un Estado fuerte, innovador y con capacidad de inversión, y poner fin a la producción de usar y tirar, que es una gran derrochadora de recursos. Debemos hablar de nuevas formas de propiedad económica que posibiliten una nueva orientación en ese sentido. La sociedad anónima, con sus accionistas y orientación incondicional a los beneficios a corto plazo, no es ninguna base para ello.

diputada por Düsseldorf del grupo de La Izquierda (Die Linke), del que fue presidenta hasta el 12 de noviembre de 2019.

Fuente:

NachDenkSeiten

David Harvey: “Marx pensaba que para cambiar el mundo primero hay que entenderlo, y entenderlo bien”

Con relación a la urbanidad y la política, David Harvey es uno de los geógrafos más respetados de la actualidad. Su análisis sobre el tema de la vivienda en el capitalismo global es imprescindible para aquellos que quieren adentrarse en la relación de las luchas sociales y los movimientos de inquilinos.

En esta entrevista realizada por Arnau Barquer, doctor en historia y coordinador de Catarsi Magazín, primero publicada en catalán, resuena el asunto anterior pero ahonda en otros necesarios sobre discusión política global.

Es tal vez su propuesta en torno a las políticas de izquierda sobre los diferentes temas que competen a la vida cotidiana de las mayorías lo más interesante de su reflexión. La desconexión existente entre los verdaderos problemas de la gente y la agenda de los partidos izquierdistas en el mundo se hace evidente en las palabras de Harvey, en un ejercicio de crítica más allá del oportunismo polarizante.

La visión que el intelectual británico tiene de las crisis financieras recientes y su relación con la situación política global calza con la línea de investigación que desde hace tiempo esta tribuna viene desarrollando, con el fenómeno Donald Trump y la combustión en las entrañas del poder estadounidense en plena ebullición.

Reproducimos la entrevista completa, incluida la discusión sobre la obra de Karl Marx y su influencia en nuestros tiempos contemporáneos. 


Nos gustaría empezar hablando de la crisis. Hace diez años ya del crack de 2009. ¿Cree que es una crisis global del capitalismo?

Hay muchas formas de entender las crisis. A mí me gusta decir que las crisis son períodos de reorganización del capital. Hay gente que cree que las crisis señalan el fin del capitalismo, pero yo creo que más bien son adaptaciones del capitalismo a nuevas circunstancias y momentos de reestructuración hacia un sistema alternativo.

¿Qué consecuencias cree que ha tenido la crisis de 2009? ¿Cree que la crisis ha terminado o, como dicen algunos economistas, estamos a las puertas de una nueva recesión?

Es interesante. Normalmente nos encontramos que la economía va bien y a la gente le va mal. Lo que pasó entre 2007 y 2009 fue una gran anomalía porque hubo diversas respuestas ante la crisis. En Occidente mayoritariamente se optó por la austeridad, de decir que era una crisis de la deuda y que se tenía que reducir. Que se tenía que recortar el gasto, tanto, que afectó negativamente a la calidad de vida de la mayoría de la población. Esto no afectó para nada a los ultrarricos, porque los datos muestran que el 1% (ó el 5%, ó los que sean) soportó muy bien la crisis y obtuvo grandes beneficios. Como reza el dicho: “No desaproveches nunca una buena crisis”. Los financieros salieron bastante bien parados de la crisis.

Pero hubo otra respuesta totalmente diferente, que fue la de China. La China no optó por políticas de austeridad, hizo una inversión masiva en infraestructuras y urbanización. Hasta el punto que disparó la importación de materias primas. Así que los países proveedores, como Chile con el cobre, Australia con el hierro y los minerales, Brasil con los metales y la soja, etc., superaron la crisis relativamente rápido. Creo que la China, ella sola, ha salvado el capitalismo global del colapso. Y esto es una cosa que en Occidente no se tiene muy en cuenta. La China ha creado más crecimiento desde 2007-2008 que Estados Unidos, Europa y Japón juntos. Como respuesta a la crisis, es brutal.

Así que ha habido dos salidas a la crisis. Técnicamente, terminó en 2009, pero si te fijas en las condiciones de vida de la gente, hay un estancamiento desde 2007-2008. Yo me centraría en un tema: en las crisis anteriores, como en la década de los 30 ó los 70, el capitalismo se ha reorganizado. En los años 30 fue la economía keynesiana, la intervención estatal, el control de la demanda, etc. En los años 70 surgieron las condiciones neoliberales que funcionaron un tiempo. Pero esta vez no creo que haya cambiado nada. Si acaso, las políticas que se han hecho son aún más neoliberales. Pero el problema es que el neoliberalismo ha perdido atractivo y legitimidad. Así que nos encontramos un neoliberalismo impuesto por medios autocráticos, a veces con el populismo de derecha con Trump, o a veces desde el propio capital.

Hablaba de Trump. A veces las crisis sirven para abrir puertas a la organización de la gente, pero en Estados Unidos y Europa hemos visto cómo la ciudadanía optaba por ideas y líderes reaccionarios. ¿Podemos pensar aún en el peso de un término como, por ejemplo, las condiciones objetivas?

Sí que podemos pensarlas, claro. ¿Por qué no? Las condiciones objetivas también se ven en las políticas. Creo que la izquierda no ha respondido bien a las transformaciones del capitalismo y que puede caer en errores que ya ha cometido. Por ejemplo, en los años 80 y 90 hubo mucha desindustrialización en Occidente por los cambios tecnológicos. La izquierda intentó defenderse de la desindustrialización y proteger las clases obreras tradicionales. Pero perdió la batalla y con ella, mucha credibilidad. Ahora vemos lo que pasa con la Inteligencia Artificial (IA). Llegará y hará con los servicios lo mismo que la automatización hizo con la manufactura. Y la izquierda puede volver a caer en el error de luchar contra una innovación que se impondrá. Creo que deberíamos ser una izquierda creativa que abrace la IA, la automatización, la idea de nuevas estructuras laborales y de ocupación, que vaya más allá de lo que plantea el capitalismo.

Pero eso significa hacer nuevas políticas, porque la clase trabajadora tradicional ha desaparecido en muchos países. Y, por lo tanto, la base tradicional de la izquierda ha desaparecido. No del todo, claro, pero sí bastante. Necesitamos una nueva izquierda que se centre en políticas anticapitalistas. Esto quiere decir centrarse no solo en los puestos de trabajo y los trabajadores, sino también en las condiciones de vida, la vivienda, servicios sociales, medio ambiente, transformación cultural. Necesitamos una izquierda con mirada amplia que ataque todas estas cuestiones en conjunto, ir más allá del pensamiento tradicional de una clase trabajadora en la que hay que basar todo.

Centrándonos en estos puntos, hay un potencial revolucionario en los movimientos sociales urbanos. ¿Cree que se han menospreciado desde los partidos de izquierda? ¿O hay cambios?

Ya hace tiempo que hay movimientos sociales en las ciudades. Por ejemplo, en los últimos 20 años los principales movimientos sociales se han centrado en el deterioro de las condiciones de vida en las zonas urbanas. Por ejemplo, las revueltas al Gezi Park de Turquía. En Brasil contra el transporte y la inversión en infraestructuras. Tenemos que asumir que hoy en día hay más focos de protesta en estos términos que en reivindicaciones laborales. Aún hay problemas en los lugares de trabajo, pero la izquierda tiene que hacer políticas para canalizar las demandas de los movimientos sociales.

Ya hace tiempo que lo digo. En los años 70 ya apuntaba que la izquierda tenía que tirar hacia aquí, pero nadie me hacía demasiado caso. Desde el año 2000 me escuchan un poco más. Por ejemplo, el movimiento de inquilinos que se está generando es importante. En Nueva York ya hace tiempo que hay. Hay demandas sobre este tema en California. ¿Cuántas ciudades en el mundo hoy en día hay con organizaciones de inquilinos y cuántos partidos de izquierda hacen políticas al respecto? Es increíble. No tiene sentido. ¿A qué se enfrentan? Los grandes capitales como Blackstone, que ya es el promotor inmobiliario más grande del mundo, controla California. Está empezando a ganar por aquí. Ya está en Shanghái, Bombay y en todas partes. Estos movimientos de inquilinos son totalmente anticapitalistas en este tema.

¿Cree que este problema mundial abre posibilidades para unir los movimientos anticapitalistas en diferentes luchas?

Las posibilidades que hay me crean expectativas. Si hubiera un movimiento internacional de expropiación a Blackstone, por ejemplo, sería interesante.

Hablemos sobre el libro que ha presentado en Barcelona (España). Dice que llegó tarde al marxismo. ¿Qué elemento tiene esta escuela de pensamiento que sea mejor o preferible a las demás?

Trabajaba en temas de urbanismo y llegué a Baltimore con 35 años. Trabajaba en estudios sobre la calidad del mercado de alquiler, que estaba provocando protestas en las ciudades de los Estados Unidos a finales de los 60. Mientras estudiaba, usaba la metodología de las ciencias sociales tradicionales, pero no terminaban de funcionar. Estuve buscando otras formas de plantearlo, y con algunos estudiantes propuse de leer a Marx. Lo encontré relevante, más por una cuestión intelectual que política. Pero después de citar a Marx tantas veces, me empezaron a tildar de marxista. No sabía qué significaba, pero al cabo de un tiempo no me importaba y les daba la razón.

¿Soy marxista? Pues soy marxista. A día de hoy aún no sé qué quieren decir. Sí que tiene un componente de mensaje anticapitalista y es una crítica al capital, y creo que hoy día es más importante que nunca antes. Porque cuando Marx escribió El Capital, el capitalismo era dominante en el Reino Unido, Europa occidental y los Estados Unidos. Pero hoy está en todas partes. Y los análisis de Marx de por dónde falla el capital y sus contradicciones siguen aún vigentes e importantes.

¿Qué les diría a las nuevas generaciones de activistas que están más interesadas en la acción política?

Marx dijo que no nos toca entender el mundo sino transformarlo. Pero no creo que él no estuviera interesado en entender el mundo. ¿Por qué escribió El Capital? Porque pensó que para cambiar el mundo primero hay que entenderlo, y entenderlo bien. Una de las cosas que considero importantes es recuperar las ideas de Marx junto con las circunstancias actuales para ayudar a la gente a entender a qué se enfrentan.

Por como lo plantea, ¿cree que hay perspectivas nuevas y diferentes de entender a Marx, como, por ejemplo, desde perspectivas centradas en disciplinas como la geografía o la historia?

Lo que puedo decir es que mi interés en el urbanismo y la geografía me llevaron a leer a Marx de una manera que creo que es diferente a la habitual. Por ejemplo, en el libro que escribí, Los límites del capital, hablaba principalmente de finanzas. Nadie hablaba mucho sobre ello en los años 70. Hablaba del uso que se hacía de la tierra y el terreno. Mi lectura de Marx siempre ha estado orientada a entender el desarrollo geográfico y el urbanismo. Esto me lleva a centrarme en aspectos de Marx que los otros ignoran. Creo que mi lectura va mucho por ahí. Y también pienso que reeditar un libro escrito en 1982 significa que la gente aún lo encuentra relevante y que más gente quiere hablar de urbanismo, vivienda y cosas así. Y que hay un marco de pensamiento sobre Marx más allá del que se ha estudiado históricamente.

Estamos viviendo un redescubrimiento de Marx a partir de la crisis. ¿Cree que esto ha hecho aflorar nuevos temas de debate y problemas en la izquierda? El redescubrimiento de Marx parece más un tema político que académico…

En todos mis años enseñando, he visto épocas de interés en Marx, de desinterés y de interés otra vez. Después de la crisis de 2007-2008, hubo un repunte en el interés. Parece que ahora ha bajado un poco, pero es porque la gente está más centrada en temas como el auge de Donald Trump, la ola neoliberal-fascista-derechista, la prohibición de la tenencia de armas, Bolsonaro, etc. Ahora hay más interés en la política. Los temas de economía política ahora tienen menos interés, pero si hay escalofríos en la economía mundial volveremos a hablar de ello.

Sobre la ciudad de Barcelona. Hay un tejido asociativo con larga trayectoria que confiaba en los poderes locales y después que hiciera su paso por el Ayuntamiento un partido de izquierda, se han generado algunas decepciones. ¿Cree que deberíamos cambiar algunas concepciones sobre el poder municipal?

Una de las cosas que estamos empezando a entender es el poder real de los municipios. En los Estados Unidos hay unos cuantos ayuntamientos radicales. Seattle, por ejemplo. Los Angeles es bastante progresista. Hay un ala progresista en Nueva York. Creo que esto viene por el cambio de foco de los problemas del lugar de trabajo al resto de aspectos de la vida diaria: vivienda, accesibilidad, etc. Creo que la izquierda tiene que hacer políticas para centrarse en estos problemas. No sabemos aún el poder real de las administraciones locales desde sus ámbitos y recursos limitados. Por ejemplo, en Nueva York el alcalde no puede aplicar políticas fiscales y esto limita porque son competencia estatal. Y la administración estatal es de su mismo partido, pero no se lleva bien con el alcalde. Hay conflictos entre estos niveles.

En Barcelona también hay gobierno regional, que no es del mismo color que el gobierno municipal, y uno intenta hacerse valer por encima del otro y al revés. Creo que es un tema importante. Y hay un tema que me interesa y también a mis compañeros: si un partido llega al poder, como es el caso de Barcelona, ¿hay un corpus y una trayectoria a la izquierda que le pueda ayudar a gobernar la administración y aplicar sus propuestas? Las competencias locales son limitadas. En el Reino Unido, por ejemplo, son casi inexistentes. Pueden hacer poco más que recoger la basura. Es difícil arrancar cualquier tema.

Me gustaría que se traspasaran competencias de los gobiernos centrales a los locales. Me gustaría que los ayuntamientos tuvieran más poder ante los estados. En Barcelona, el Ayuntamiento podría hacer políticas con competencias que ahora son del gobierno regional. Pero no conozco el marco actual exactamente. Pero tampoco tenemos a nadie estudiándolo. Nos toca a la gente como yo coger a los académicos y plantear puntos donde empezar a mirar.

¿Qué aspectos debería tocar? En lo que respecta a la vivienda, por ejemplo, ¿cuáles son las líneas políticas clave?

La vivienda es un derecho y hay que pensarlo como tal. Incluso la legislación del Congreso de los Estados Unidos en el año 1949 decía que todos sus ciudadanos tenían derecho a una vivienda y un entorno de vida dignos. Si nos creemos realmente este derecho, la sociedad se organizaría para garantizarlo. El problema es que se nos lleva tiempo diciendo que solo se puede garantizar a través del mercado. Pero el mercado es especialista en garantizarlo para las clases altas. No lo hace demasiado bien con las clases medias y sólo pone trabas y dificultades a las clases más bajas. El sistema de mercado es un desastre garantizando vivienda digna universal para todo el mundo, independientemente de los ingresos, raza o género.

Creo que se tendría que regular el mercado inmobiliario. ¿Cómo se regularía? Puedes limitar el precio de los alquileres y otras políticas así. No me gusta como idea a largo plazo, soy más partidario de la institucionalización. La vivienda social que se hacía antiguamente, por ejemplo. Pero el neoliberalismo nos ha dicho que no es eficiente. Pero, ahora que ya sabemos cómo lo hace el neoliberalismo, ¿por qué no intentamos de hacerlo diferente? Institucionalizamos el mercado de la vivienda y hacemos vivienda social. Se puede garantizar el derecho a la vivienda sin necesidad de compraventa de inmuebles.

Aún hay controversia sobre el papel del mercado en un marco económico socialista. ¿Qué papel debería tener?

Yo no tendría ningún problema en un mercado de intercambio. El problema es cuando las fuerzas del mercado son desiguales. Marx hablaba sobre la masa de poder y quién la controla. Por ejemplo, hoy en día Blackstone. Blackstone controla demasiada parte del mercado. No se habla mucho de intereses y sinergias, pero hay un coloso con una masa de capital enorme bajo control. Y pueden usar esta masa de capital para comprar políticos, corromper medios de comunicación, comprar elecciones y lo que sea. Este problema es crucial. Romper con gigantes como Google o Facebook sería necesario para cambiar de modelo.

En Cataluña hay un movimiento social considerable a favor de la autodeterminación. Pero no se tiene un debate sobre la soberanía real que habría dentro de la UE. ¿Qué se necesita para ser soberano?

En el tema de la soberanía, se trata de quién controla el Estado. El Estado controla las finanzas, ¿o las finanzas controlan el Estado? Si fuéramos griegos, diríamos sin duda que las finanzas controlan el Estado. Por lo tanto, la soberanía sería una parte irrelevante y minoritaria de la relación de poderes que controlan el Estado. Hay una anécdota de Bill Clinton en el año 1992, cuando presentó su programa económico y su secretario del Tesoro le dijo: “No puedes hacer eso”. Él preguntó por qué y le dijo: “Porque los financieros no te dejarán”. Hay una frase célebre de Clinton, que supuestamente dijo: “¿Quieres decir que mi política económica y las opciones de reelección dependen de un puto grupillo de financieros?”. Y el secretario del Tesoso, Robert Rubin, que venía de Goldman Sachs le respondió: “Sí”.

Clinton terminó aplicando un programa neoliberal con cosas como el NAFTA, y no cumplió con promesas electorales como un sistema sanitario universal y gratuito. Entonces, ¿quién manda en realidad? ¿Los especuladores? ¿Los políticos? Yo diría que el poder ahora mismo lo tienen los especuladores. En cierta manera, creo que aunque tengas autonomía política o la voluntad de tenerla, tienes el problema de tener que tratar con el mundo financiero y el capital. No creo que la autonomía real sea tan sencilla como decir: “Soy políticamente independiente”. Puedes tener un cierto margen de autonomía política, pero no te puedes escapar del capital.

Hablando de política en los Estados Unidos, estamos viendo un cambio con respecto a los socialistas democráticos. ¿Qué cree que puede tener de interesante para los movimientos políticos de otras partes?

Hasta ahora hemos tenido un partido con dos almas: el partido de Wall Street. Hay republicanos y demócratas que se discuten en muchos temas, pero ya sabemos cómo va. Hillary Clinton es un producto de Wall Street, por ejemplo. Y uno de los errores que cometió en la campaña electoral fue hacer charlas a Goldman Sachs cobrando no sé si eran 250 mil dólares por conferencia. Recibió mucho dinero de Wall Street, y es una cosa que se sabía. Todo el mundo les decía que eran el partido de Wall Street. El jefe demócrata del Senado, Check Schumer, y el secretario segundo del Senado también han recibido mucho dinero de Wall Street. El Partido Demócrata es claramente el partido de Wall Street, y ha estado así desde que se desvinculó de los sindicatos durante los años 80.

Y ahora hay otra alma del partido que reclama deshacer el vínculo con Wall Street. Bernie Sanders ha dicho que hace falta una revolución en la política, y que podría ser a través de un Partido Demócrata desligado de Wall Street. Aún así, la mayoría dentro del partido no lo quiere. Yo diría que un tercio del partido apuesta por “liberarse de Wall Street”, y dos terceras partes dicen “no, no, necesitamos Wall Street, su ayuda y apoyo”. Pero hay la idea que este es el problema.

A nivel de calle, la movilización ciudadana estará espoleada por la gente más radical, especialmente los jóvenes. Hay un joven americano posterior a la Guerra Fría que no entiende la retórica anticomunista ni entiende por qué les dicen que las políticas socialistas son malas. La derecha les dice: “El socialismo los sacará de las deudas para estudiar en la universidad y les dará sanidad gratuita”. Claro, seguramente dicen: “Suena bien, si esto es el socialismo, me hago socialista”.

Estamos en este punto. También está claro que la irrupción de Donald Trump ha movilizado políticamente a mucha gente para frenar lo que está pasando. Y otras cosas, como por ejemplo los ataques al aborto y a los derechos de las mujeres han despertado una conciencia de que “tenemos que recuperar nuestro país de las manos de estos locos de derecha que tienen el poder”. No solo en el gobierno federal, sino en todos los niveles. Así que hay movimientos de fondo en los Estados Unidos.

Ve un cambio…

No estoy seguro que sea un cambio, pero sí que habrá un retroceso y en las próximas elecciones veremos un giro a la izquierda. Pero no creo que vaya muy lejos. Es el partido de Wall Street, al fin y al cabo.

Fuente: Misión Verdad

Christian Laval: “El neoliberalismo es hoy insoportable”

El sociólogo francés ve un renacido deseo de cambiar la sociedad y la vida

Por Justo Barranco

El sociólogo francés Christian Laval (1953) ha pasado por el centro cultural El Born para revisar la sombra de la revolución rusa y sus mitos. Justo en el momento en el que de Chile a Irak, de Hong Kong a Líbano y Ecuador, hay levantamientos populares contra el gobierno.

El profesor de Nanterre ha escrito junto a Pierre Dardot libros comoLa nueva razón del mundo , sobre el actual orden neoliberal, o comoComún –ambos publicados por Gedisa–, sobre los comunes, la palabra que articula los nuevos movimientos de resistencia al neoliberalismo en el siglo XXI. Y aunque recuerda divertido que se lleva 150 años enterrando al capitalismo, “es incontestable que el neoliberalismo está hoy en crisis”. Y no sólo eso. Cree que ha renacido un deseo de cambiar el mundo, la vida… y a nosotros mismos.

 

 

 

Las nuevas revoluciones

“El modelo de la revolución bolchevique se ha acabado, pero renacen formas de deseo de cambiar el mundo”

“Desde 1989, con la caída del muro de Berlín, pensamos –recuerda– que la revolución había sido abolida. Que una gran ciclo revolucionario iniciado con la Revolución Francesa se acababa. Muchos historiadores decían que se había acabado. También la historia. Pero se ve que no. Sigue habiendo luchas, insurrecciones y revueltas, el poder sigue ahí y sigue siendo contestado. Y estamos en un momento en el que el neoliberalismo se pone en cuestión en muchos lugares del mundo, y los políticos autoritarios también. En Francia los chalecos amarillos son un síntoma o una señal de esta revuelta general en el mundo. ¿Es la revolución? El modelo de la revolución bolchevique impuesto durante todo el siglo XX, gran referente de todos los movimientos revolucionarios, creo que se ha acabado definitivamente tras 1968. Pero no hay que confundir el fin del modelo bolchevique con el de la revolución. Por el contrario, el momento en el que vivimos es un despertar, un renacimiento de formas de deseo de cambiar la vida, el mundo, la sociedad y a nosotros mismos porque el neoliberalismo se ha convertido en totalmente insoportable, intolerable a causa de las desigualdades sociales hoy tan evidentes y por la crisis medioambiental ligada. Esto hace pensar que la juventud del mundo entero finalmente entra en revuelta”.

Christian Laval en el Instituto Francés de Barcelona

Christian Laval en el Instituto Francés de Barcelona (Mané Espinosa)

La chispa Macron

“El libro de campaña de Macron se tituló ‘Revolución’ y ha realizado políticas que la derecha no habría osado”

Estudioso de las ideas de Jeremy Bentham, creador del utilitarismo, Laval recuerda que con él nació el Homo economicus , que desde hace unas décadas se ha transformado en un hombre-empresa que está en innovación y desequilibrio perpetuo, obligado a superar su puntuación continuamente. “Bentham quería que todo fuera útil y formuló a final del XVIII el principio de la sociedad moderna: fundada sobre el cálculo de utilidad, sus individuos tienen como motivo de acción tan sólo el interés personal. Con el neoliberalismo, a mitad del siglo XX, este hombre de mercado se transforma de manera sutil en hombre-empresa”. El hombre-empresa, apunta, “es la representación antropológica del management, la contabilidad, el marketing. Es un inversor y en todo lo que hace debe pensar en la rentabilidad de sus estudios, salud, trabajo, vida sentimental y sexual. Eso ha tenido un efecto en el lenguaje. Gestionar es la palabra más usada de la lengua. Todo se gestiona. La empresa se convierte en la lógica general y, por tanto, la competencia es el modelo en el que nos debemos implicar. Todo individuo está atrapado en la red fina de esa competencia. Y no estamos bien, sino mal”.

 

 

 

Un movimiento de base

“Los ‘chalecos amarillos’ creen en la democracia local, muy lejos del centralismo de la extrema derecha”

Porque, razona, “todo el mundo está en competencia por todo y la gente acaba por sufrir. Además eso permite disminuir los medios: se les dan a los que más los merecen , a los otros, poco. Durante años la gente no ha dicho nada, ha acumulado sufrimiento, parecían pasivos, y en un momento dado ha surgido un movimiento de masas y los gobiernos están desestabilizados”. El sociólogo subraya que ya hemos tenido episodios revolucionarios a escala del mundo y hoy hay algo “que se parece, un contagio por todas partes. Y el movimiento entre diferentes partes del mundo se hace signos, entre Hong Kong y Barcelona hay ecos. Entre Chile y los chalecos amarillos hay referencias comunes”.

En su opinión, los chalecos amarillos franceses “se rebelan contra la situación social que viven, con frecuencia situaciones precarias y que se degradan. Es gente que habita en las periferias y son las primeras víctimas de la disminución de ayudas y la desaparición de servicios públicos. Lo nuevo es que han surgido a distancia de las organizaciones políticas y sindicales. Es un momento de crisis muy profunda de la representación política. De ahí la ambigüedad del movimiento, que ha desarrollado rasgos nacionalistas y canta La marsellesa , no La Internacional . Y ha inventado un nuevo símbolo, el chaleco amarillo , extraordinario, emblema de revuelta en el mundo”. Advierte de que es un movimiento muy heterogéneo, pero hay tentativas de concurrir a las municipales con listas ciudadanas. “Creen que la democracia local es un bien precioso. Y es que es un movimiento muy local: lo primero que hicieron fue ocupar rotondas cerca de los centros comerciales, miniplazas en vez de grandes plazas. Y reivindican referéndums locales, alejados de la ideología muy centralista de la extrema derecha”.

 

 

 

Las explosiones actuales

“En el modelo actual todo el mundo está en competencia por todo y se ha acumulado sufrimiento en silencio”

Para Laval, son una contestación a que “el sistema esté desconectado de sus vidas y prisionero de procesos globales”. Aún así, para que explotaran hacía falta que esos procesos se encarnaran en alguien. Y llegó Macron. “Representa el sistema y las fuerzas globales. Él jugó la carta regia y comenzó su reino diciendo que iba a ejercer un poder jupiterino. Hace falta ser francés y fanático del centralismo para decir algo así. Y lo dijo sin reír. Su electorado responde al fenómeno de la concentración de la riqueza en algunas ciudades globales. No le eligieron las periferias. Su golpe de genio fue conseguir fusionar dos electorados: las fracciones modernizadoras del centroderecha y el centroizquierda. Su libro de campaña electoral se llamabaRevolución . La prometió. Y ha hecho una política radical de derecha que la derecha no había osado. Sobre el mercado de trabajo, los impuestos, la enseñanza. Y tiene la idea de la nación startup. El mismo que habla de poder jupiterino. Arcaísmo y modernidad”.

Pero si es el neoliberalismo está en crisis, dice, también es muy plástico ,y además está el neoliberalismo autoritario a la Bolsonaro o la Trump, “que reciclan la cólera social transformándola en movimientos de demanda de más autoridad, de un jefe que dé soluciones”. En el otro polo, apunta, la socialdemocracia europea está a punto de desparecer por aplicar la política neoliberal. Y más a la izquierda, todo está por nacer: muchas fuerzas, señala, creen haber hallado en lo común una base doctrinal, pero hacen falta más experiencias para que se desarrolle. “El socialismo del XIX también necesitó tiempo. En 1820 estaban Saint-Simon, Proudhon, Fourier, pero el socialismo como doctrina y partido nació a final de siglo. Frente a nuevos problemas, inventar respuestas nuevas necesita tiempo y errores”, concluye.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/cultura/20191202/471997532011/el-neoliberalismo-es-hoy-insoportable.html?fbclid=IwAR0NHTAZsCERx4b16i0SCA7aveN-mnxROGpOsel6EEAGZA2t9dj7AlJglEw

El General Intellect

Por Paul Mason

La escena es Kentish Town, Londres en febrero de 1858, en algún momento en torno a las 4 de la mañana. Marx es aún un hombre buscado por la policía en Alemania y desde hace diez años cada vez más es más pesimista respecto de la posibilidad de la revolución. Pero ahora ha sucedido un crash en Wall Street, los bancos están cayendo por toda Europa y él sigue luchando para acabar un libro sobre economía para el que se ha comprometido desde hace mucho tiempo. “Estoy trabajando como un poseso durante toda la noche”, confiesa, “para ver si puedo poner en claro al menos un esbozo antes de que caiga el diluvio”.

Marx cuenta con pocos recursos. Tiene una pase para la British Library que le da acceso a los últimos datos. Durante el día escribe artículos en inglés para el New York Tribune. Durante la noche viene rellenando 8 cuadernos con garabatos casi ilegibles en alemán: comentarios sueltos, pensamientos experimentales y notas para él mismo.

Los cuadernos, conocidos conjuntamente como los Grundrisse (que puede traducirse como las líneas maestras – Outlines) [1], fueron conservados por Engels, pero éste no llegó a leerlos. Se archivarían en la sede del partido socialdemócrata alemán hasta que la Unión Soviética los comprase en 1920. No serían leídos en la Europa occidental hasta el final de la década de 1960, y en inglés hasta 1973. Cuando finalmente se llega a ver lo que Marx estaba escribiendo aquella fría noche de 1858, los estudiosos admitirán que se trata de algo que desafía todas las interpretaciones de Marx hechas hasta entonces. Las notas escritas aquella noche se titulan el Fragmento sobre las máquinas (Fragment on Machines, en inglés). [2]

El Fragmento sobre las máquinas empieza con la observación de que con el desarrollo de la gran industria se cambia la relación entre trabajador y máquina. En la primera industria, estaba el hombre, una herramienta trabajada a mano y un producto. Ahora en lugar de la herramienta, el trabajador “inserta el proceso de la naturaleza, transformado en un proceso industrial, como un medio entre él y la naturaleza inorgánica, dominándola”. Da un paso a un lado del proceso de producción en lugar de ser su actor principal”.

Marx había imaginado una economía en la que el principal rol de las máquinas era el de producir, y el principal rol de la gente era supervisarlas. Tenía claro que una economía así la principal fuerza productiva sería la información. El poder productivo de máquinas como la selfactina hiladora de algodón [3], el telégrafo o la locomotora a vapor estaba “totalmente desproporcionado respecto del tiempo de trabajo empleado en su producción (de la máquina), sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología o de la aplicación de esta ciencia a la producción”.

La organización y el conocimiento, en otras palabras, hacían una contribución mayor al poder (capacidad) productivo que el trabajo de fabricar y hacer funcionar las máquinas.

Dado aquello en lo que se convertiría el Marxismo – una teoría de la explotación basada en el robo del tiempo de trabajo – esta es una afirmación revolucionaria. Sugiere que – una vez que el conocimiento se convierte en fuerza productiva por su propio derecho, superando ampliamente el trabajo concreto empleado en crear una máquina – la gran cuestión se convierte no en la de los salarios frente al beneficio sino la de quién controla el “poder del conocimiento”.

Marx lanza así una bomba. En una economía en la que las máquinas hacen la mayor parte del trabajo, en la que el trabajo humano consiste sobre todo en la supervisión, la reparación y el diseño de las máquinas, la naturaleza del conocimiento dentro de las máquinas, escribe, tiene que ser “social”.

Usemos un ejemplo contemporáneo. Si hoy una desarrolladora de software usa un lenguaje de programación para escribir el código que conecta una página web a una base de datos, la desarrolladora estaría trabajando claramente con conocimiento social. No estoy hablando aquí específicamente sobre programación Open Source, simplemente de un proyecto normal de software comercial. Cada capa del proceso ha sido creada compartiendo información, agrupándola, ajustando el código y las interfaces.

Obviamente, la propia programadora no es la propietaria del código en el que está trabajando. Pero igualmente la empresa que la emplea tampoco puede ser propietaria más que de una fracción de éste. Puede legalmente patentar cada fragmento de código que produzca la programadora. La puede incluso forzar a firmar un acuerdo de que lo que escriba en sus ratos libres pertenezca a la empresa – pero el código aún contendrá miles de líneas de código escrita por otra gente que no pueden ser patentadas. [4]

Además, el conocimiento que se necesitó para producir el código aún está en el cerebro de la programadora. Podrá, si las condiciones del mercado lo permiten, cambiarse a un lugar de trabajo diferente y desarrollar la misma solución, si fuera requerida. Con la información, parte del producto permanece con la trabajadora de una manera en que no sucedía en la era industrial.

Ocurre lo mismo para la herramienta que está usando: el lenguaje de programación. Ha sido desarrollado por decenas de miles de personas que han contribuido con su conocimiento y experiencia. Si se descarga la última actualización, sin duda contendrá cambios basados en lo aprendido por todos los demás que lo están usando.

Y más aún, los datos de los consumidores – los registros dejados por cada interacción con el sitio web – también pueden ser propiedad de la empresa. Y sin embargo han sido socialmente producidos: Yo te envío un enlace, tú lo cliqueas, o lo retuiteas a 10.000 seguidores.

Marx no podría haber imaginado un servidor web. Aunque sin embargo pudo observar el sistema de telégrafos. Hacia 1858 el telégrafo, instalado en paralelo a las vías de ferrocarril por todo el mundo y terminando en todas las estaciones y sedes de empresas, era el sistema infraestructural más importante del mundo. Tan solo Gran Bretaña tenía una red con 1.178 nodos fuera de Londres así como varios centenares más conectando la City, el Parlamento y los muelles de Londres.

Los operadores telegráficos estaban altamente cualificados pero, como ocurre con los programadores de software, el conocimiento necesario para operar un teclado telegráfico era insignificante en comparación con el conocimiento materializado en la vasta máquina internacional que estaban realmente supervisando.

La memorias de los operadores telegráficos nos muestran claramente el carácter social de la tecnología. La regla número uno era que el límite de la velocidad a la que podías enviar la información era la velocidad a la que la persona en el otro extremo era capaz de recibirla. Pero en el complejo sistema telegráfico, en el que emisores y receptores en habitaciones repletas tenían que negociar el uso de la capacidad de líneas atestadas con operadores en lugares remotos, “manejar los egos era una parte tan importante del trabajo de un operador como el uso del teclado telegráfico. Los operadores considerados y dispuestos a ayudarse unos a otros hacían el trabajo más fácil; aquellos mandones, arrogantes u orgullosos hacían el trabajo muy difícil”. Su trabajo era social, el conocimiento materializado (embodied) en la máquina era social.

En el Fragmento sobre las máquinas estas dos ideas – que la fuerza motriz de la producción es el conocimiento y que el conocimiento almacenado en las máquinas es social – llevó a Marx a las siguientes conclusiones.

Primero, en un capitalismo fuertemente mecanizado, aumentar la productividad a través de un mejor conocimiento es una fuente de beneficio mucho más atractiva que extender la jornada de trabajo o acelerar el ritmo de trabajo: los días más largos consumen más energía, el aumento del ritmo de trabajo en última instancia se encuentra con los límites de la destreza y la resistencia humanas. Pero una solución tecnológica es barata y carece de límites.

Segundo, Marx argumentaba, el capitalismo basado en el conocimiento no pude sostener un mecanismo de precios en el que el valor de algo esté determinado por el valor de los inputs necesarios para su producción. Es imposible valorar adecuadamente los inputs cuando viene en la forma de conocimiento social. La producción impulsada por el conocimiento (knowledge-driven production) tiende a la creación ilimitada de riqueza, independientemente del trabajo gastado, Pero el sistema capitalista normal se basa en precios determinados por el coste de los inputs y asume que la oferta de todos los inputs es limitada.

Para Marx el capitalismo basado en el conocimiento crea una contradicción – entre las “fuerzas de producción” y las “relaciones sociales”. Estas constituyen “las condiciones materiales para hacer estallar el fundamento del capitalismo”.[5] Más aún, el capitalismo de este tipo se ve forzado a desarrollar el poder intelectual del trabajador. Tenderá a reducir las horas de trabajo (o a reducir su extensión), dejando tiempo a los trabajadores para desarrollar sus talentos artísticos y científicos fuera del trabajo, algo que se convierte en esencial para el propio modelo económico. Finalmente Marx propone un nuevo concepto que no aparece en ningún otro lugar – antes o después – en toda su obra, el general intellect. Cuando medimos el desarrollo de la tecnología, escribe, estamos midiendo el grado en que “el conocimiento social general se ha convertido en una fuerza de producción… bajo el control del general intellect”.

Las ideas esbozadas en el Fragmento fueron reconocidas en la década de 1960 como una completa partida respecto del marxismo clásico. En el siglo 20 la izquierda había visto la planificación estatal como la ruta de salida del capitalismo. Había asumido que las contradicciones internas del capitalismo residían en la naturaleza caótica del mercado, su incapacidad de satisfacer las necesidades humanas y su propensión a las crisis catastróficas.

En el Fragmento de 1858, sin embargo, nos vemos confrontados a un modelo diferente de transición: una vía de salida basada en el conocimiento, en la que la principal contradicción es entre la tecnología y el mecanismo de mercado. En este modelo, garabateado en papel en 1858 pero desconocido por la izquierda durante más de 100 años, el capitalismo colapsa porque no puede existir a la par que el conocimiento compartido. La lucha de clases se convierte en la lucha por ser humano y educado durante nuestro tiempo libre.

Fue el izquierdista italiano Antonio Negri quien describió el Fragmento sobre las máquinas como Marx más allá de Marx. Paolo Virno, uno de sus colegas, señaló que estas ideas “no están presentes en ninguno de sus otros escritos y que de hecho parecen alternativas a la fórmula habitual”.

La pregunta que queda es, ¿por qué Marx no profundizó en esta idea? ¿Por qué desaparece el general intellect como concepto excepto en esta página inédita? ¿Por qué este modelo de la disolución del mecanismo de mercado por parte del conocimiento social se pierde en la escritura del Capital?

La respuesta obvia – más allá de todas las discusiones textuales – es que el propio capitalismo en aquel tiempo no corroboraba la proposición. Una vez pasado el pánico de 1858, volvió la estabilidad. La socialización del conocimiento inherente al telégrafo y la locomotora de vapor no eran suficientes para hacer estallar los fundamentos del capitalismo.

En la siguiente década, Marx construyó una teoría del capitalismo en la que la emergencia del general intellect no hace estallar los mecanismos de cambio y en la que no se hace ninguna mención al conocimiento como fuente independiente de beneficio. En otras palabras, Marx abandonó las ideas específicas que había esbozado en el Fragmento sobre las máquinas.

La emergencia del marxismo del siglo 20 como una doctrina del socialismo de estado y de la transición impulsada por la crisis no fue un accidente; estaba basada en el Marx del Capital.

Aquí, sin embargo, no me ocupa la historia del Marxismo sino la pregunta de si hay una vía hacia el poscapitalismo basada en la emergencia de la tecnología de la información. Resulta claro del estudio del Fragmento que Marx al menos imaginó algo así.

Imaginó que la información producida socialmente se materializaría en las máquinas. Imaginó esto produciendo una nueva dinámica, que destruiría los viejos mecanismos para la creación de precios y beneficios. Imaginó al capitalismo siendo obligado a desarrollar las capacidades intelectuales de los trabajadores. E imagino la información viniendo a ser almacenada (acumulada?) y compartida en algo que llamó general intellect – que era la mente de todo el mundo sobre la Tierra conectada por el conocimiento social, en la que toda mejora beneficia a todos. En resumen, imaginó algo parecido al info-capitalismo en el que vivimos.

Más aún, imaginó cual sería el principal objetivo de la clase trabajadora si este mundo llegara a existir: liberarse del trabajo. El socialista utópico Charles Fourier había predicho que el trabajo se convertiría en algo parecido al juego. Marx no estaba de acuerdo. En su lugar, escribió que la liberación vendría a través del tiempo de ocio: “El tiempo libre ha transformado naturalmente a sus poseedores en sujetos diferentes, que  entran entonces en el proceso directo de producción como esos sujetos diferentes… en cuyas cabezas está el conocimiento social acumulado”.

Esta es posiblemente la idea más revolucionaria de Marx: la reducción del trabajo a un mínimo podría producir un tipo de ser humano capaz de aplicar la totalidad del conocimiento social acumulado; una persona transformada por vastas cantidades de conocimiento producido socialmente y que por primera vez en la Historia hubiera más tiempo libre que tiempo de trabajo. El trabajador imaginado en el Fragmento no está tan lejos de la persona educada universal vislumbrada por Peter Drucker. [6]

Pienso que Marx abandonó este experimento mental porque tenía escasa relevancia para la sociedad en que vivió. Pero tiene una enorme relevancia para la nuestra.

#notas a a la traducción

[1] Grundrisse, en alemán, significa literalmente trazado o (más modernamente) planta de un edificio, aunque el significado se extiende en el ámbito del pensamiento a algo equivalente a plan, fundamentos, bases. Grund es suelo a la vez que base, razón o motivo; y -riss(e) se usa como trazo, siendo el dibujo de alzado en Arquitectura, por ejemplo, Aufriss, y la planta, Grundriss. Layout en inglés, tiene una connotación diferente a la de planta en castellano, creo que más próxima a la alemana, que sería más bien la de organización-distribución-composición sobre el plano horizontal… Los Grundrisse en inglés están subtitulados efectivamente Foundations of the Critique of Political Economy (Rough Draft), y las ediciones más antiguas en español, en SigloXXI, por ejemplo, no incluían el término Grundrise y se titulaban directamente Elementos fundamentales para una crítica de la economía política (borrador).

[2] En la edición de los Grundrisse – al menos en la que yo tengo en inglés (1993, Penguin Classics, Londres) -, lo que se describe como el Fragmento no aparece como tal sino que son una serie de secciones sucesivas [pp. 690-706] que comienzan con una de título El proceso de trabajo. – Capital fijo, medios de producción. Máquina. – Capital fijo. Trasposición de los poderes del trabajo en poderes del capital en el capital fijo y circulante. En qué medida el capital (máquinas) crea valor. – Lauderdale. La máquina presupone una masa de trabajadores. El ahora célebre pasaje en que Marx usa la expresión general intellect, – que como curiosidad aparece en minúsculas en la edición en inglés -, es al final del llamado Fragmento, en la página 706 de la edición que menciono, donde dice: “La naturaleza no construye ninguna máquina, locomotora, ferrocarril, telégrafo eléctrico, selfactina… Éstos son productos de la industria humana; material natural transformado en órganos de la voluntad humana sobre la Naturaleza o de la acción humana en la Naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana, conocimiento objetivado (hecho objetos). El desarrollo del capital fijo nos muestra hasta que grado el conocimiento social general, knowledge (sic en el original), se ha convertido en fuerza de producción directa y cómo por lo tanto las condiciones del proceso de la vida han venido a estar ellas mismas bajo el control del general Intellect y han sido transformadas a su medida. Hasta que grado son producidas las fuerzas de producción social, no solo en la forma del conocimiento, sino como órganos directos de la praxis social; del proceso real de la vida.” [p. 706; traducción del editor de estas notas, usando el original en alemán]. Como curiosidad para los aficionados el texto original en alemán – un poco más largo, donde parece que Marx emplea la misma expresión general Intellect: “Die Natur baut keine Maschinen, keine Lokomotiven, Eisenbahnen, electric telegraphs, selfacting mules etc. Sie sind Produkte der menschlichen Industrie; natürliches Material, verwandelt in Organe des menschlichen Willens über die Natur oder seiner Betätigung in der Natur. Sie sind von der menschlichen Hand geschaffne Organe des menschlichen Hirns; vergegenständlichte Wissenskraft. Die Entwicklung des capital fixe zeigt an, bis zu welchem Grade das allgemeine gesellschaftliche Wissen, knowledge, zur unmittelbaren Produktivkraft geworden ist und daher die Bedingungen des gesellschaftlichen Lebensprozesses selbst unter die Kontrolle des general Intellect gekommen und ihm gemäß umgeschaffen sind. Bis zu welchem Grade die gesellschaftlichen Produktivkräfte produziert sind, nicht nur in der Form des Wissens, sondern als unmittelbare Organe der gesellschaftlichen Praxis; des realen Lebensprozesses.” [https://de.wikipedia.org/wiki/General_intellect]

[3] “Self-acting machine” se tradujo en la época al castellano, divertidamente, como “selfactina”.

[4] Este párrafo no se si es del todo correcto es su redacción original, aunque sí que estimo que comunica el sentido de lo que argumenta Mason.

[5] En el original en que parece complacerse Mason y cuyo espíritu me parece que me cuesta mantener en la traducción: “These form ‘the material conditions to blow [capitalism’s] foundation sky-high’.”

[6] Peter Drucker, considerado el fundador de la teoría moderna del management, inventó el concepto del “knowledge worker”. Puede verse: https://en.wikipedia.org/wiki/Peter_Drucker

#comentarios

El texto de Paul Mason se explica bastante bien por sí mismo. Aún así hago un par de comentarios. Un lector ha hecho un comentario muy agudo… (¡gracias!). Considerad estos míos como preguntas o dudas más que como afirmaciones… A ver si podemos ir consultando a alguien más experto…

(1) El primero, señalado por Mason, pero que no deja de sorprenderme. Para los aficionados a Marx – ya se que los lectores son una ínfima minoría – y ya lo decía Engels en su entierro si mal no recuerdo, su principal contribución fue la teoría de la plusvalía – estrechamente relacionada con su versión de la teoría del valor-trabajo. De atrás para alante: todo el valor creado en el proceso de producción lo es por parte del trabajo. Por eso llama trabajo vivo a la fuerza de trabajo – frente al trabajo muerto almacenado en máquinas o equipos o materias primas -, o capital variable, porque es el que aumentan su valor en el proceso, frente al capital fijo (trabajo muerto) cuyo valor es trasladado al producto final sin modificación por el trabajo vivo.

Lo que Mason – y parece ser que Negri y demás – interpretan de los párrafos del Fragmentoes que las tecnologías suficientemente avanzadas (procesos automatizados como los asociados a los algoritmos podíamos imaginar) también crean valor en el proceso de trabajo, reduciendo o incluso minimizando la contribución del trabajo, de las fuerzas de trabajo humanas en el proceso. Es algo cataclismático, podríamos decir. Hmmm… (Ver el diagrama al principio del post comparando el proceso de producción clásico propuesto en El Capitalcon el que se derivaría de las notas del Fragmento).

En revisión, ver comentarios al post al final:

(2) Mason, – y según explica Virno – parecen decir que tras anotar estas ideas en los Grundrisse, la había eliminado del Capital, su obra principal en el campo de la economía política. Por un lado y con mi modesto conocimiento de la obra diría que es cierto. Por otro diría que leyendo con atención los capítulos dedicados a la “plusvalía relativa” – en los que trata entre otras cosas sobre cooperación, máquinas, gran-industria… – el asunto sí que se podría considerar presente aunque de forma poco evidente. La plusvalía relativa explica entre otras cosas como los capitalistas tratan de aumentar su beneficio (plusvalía) a través de la incorporación de nuevas formas de organización y de la innovación tecnológica que aumenten la productividad. Si los cambios tecnológicos según Marx eran capaces de aumentar la productividad (esto es, reducir los costes de producción para hacer un producto igual o mejor) se deduce que las tecnologías (entendidas posiblemente en un sentido amplio) de alguna manera también crean valor.

Volviendo a la definición de valor de Marx – del valor-trabajo – se ve que efectivamente está también ahí: “El tiempo de trabajo social necesario, en un lugar y un estado de desarrollo tecno-científico determinados -, para producir una determinada mercancía.” Aquí el estado de desarrollo técnico-científico sería el factor que incorpora la cuestión tecnológica y ¿su participación en la creación de valor?

Ps a raíz del comentario/ Quizás la diferencia tendría que ver con la visión relativamente estática que propone la abstracción del primer volumen del Capital de Marx – para la que la fuerza de trabajo es la única que crea valor -, y el contraste con una visión más dinámica – un mundo como el actual, que podría describirse como un mundo del dominio de la plusvalía relativa (según el sistema de Marx) -, en el que el estado de equilibrio, que permite  que precio y valor se aproximen, es más excepción que regla. La carrera de la innovación exponencial… Me pierdo ya por aquí, pero igual la teoría marginalista es mejor en esta situación para explicar el precio de la mercancía, aunque quizás no su “valor”…

Aunque creo que hay algo más: La idea de que ciertas máquinas automáticas son capaces de producir más valor del que se ha gastado (horas de trabajo) en producirlas. El software libre podría ser el caso… Un desarrollador cobra sus horas de trabajo y el software se emplea en llevar a cabo la tarea para la que se ha desarrollado; pero además puede ser usado en otras tareas similares sin límite y sin que se “desgaste”…

(3) Lo que parece atraer a Mason y a los post-operaístas – y a mí – de todo estos es precisamente lo que Marx llama el  General Intellect, que sería el reconocimiento de este estado de desarrolllo tecno-científico como un conocimiento social general, del conjunto de la sociedad. Tendría que ver con lo que se vienen llamando ecosistemas tecno-sociales: formación general de la sociedad, prácticas sociales establecidas, maneras de aplicar el conocimiento, etc.

La conclusión que propone Mason – y que entiendo que también planteaba los postoperaístas es que la lucha por el control de este General Intellect, por el control del conocimiento tecno-cienifico y su orientación – se hace un tema centra de nuestro tiempo. Negri y Hardt lo llamaban en Imperio el devenir maquínico de la multitud; mi propia versión a partir de aquello y de Haraway era el del los devenires cíborg de la multitud.

(4) Esto último es lo que me ha recordado otras cosas con las que vengo trabajando últimamente como son la idea de Mente y de ecología mental en Bateson y Guattari, que tendría que ver con la interacción entre conocimiento/maneras de pensar colectivos-sociales y construcción/transformación de nuestros entornos (territorio, ciudades, espacios de trabajo, vida cotidiana…) y más recientemente, lo que ando leyendo estos días, del Stack de Benjamin Bratton, una forma de interpretar la actual sociedad de las redes digitales como una megaestructura o megamáquina emergente en la que se componen el conocimiento objetivado en infraestructuras y algoritmos con la propia Tierra y sus habitantes, todos los cuales evolucionan transformándose y produciendo mundos en el marco de sus interacciones. Trataré de hacer una reseña de esta última referencia en breve.

Aquí lo dejo. Vale.

#referencias

Paul Mason, 2015, Postcapitalism. A Guide to the Future. Penguin. Random House, Londres [pp.133-138]

Karl Marx, 1993 (1857-58) Grundrisse. Foundations of the Critique of Political Economy (Rough Draft), Penguin Classics, Londres

Otras:

Gregory Bateson (traducción de J. Pérez de Lama), 1970, Form, Substance, Difference, en G. Bateson, 2000, Steps to an Ecology of MInd, Chicago University Press, Chicago | en este blog

Benjamin Bratton, 2015, The Stack. On Software and Sovereignty, The MIT Press, Cambridge

Michael Hardt, Antonio Negri, 2000, Empire, Harvard University Press, Cambridge

Félix Guattari, 2000 [1989], Las tres ecologías, Pretextos, Valencia

José Pérez de Lama, 2006, Devenires cíborg. Arquitectura, urbanismo y redes de comunicación, Secretariado de Publicaciones Universidad de Sevilla, Sevilla