La ley del valor en el paso del capitalismo industrial al nuevo capitalismo

por Carlo Vercellone

El objetivo de este artículo es el de caracterizar, en el marco teórico post-operaista, el sentido lógico e histórico de la marxiana ley del valor, en el paso del capitalismo industrial al capitalismo cognitivo. Desde esta perspectiva, el análisis se desarrollará en tres fases. En la primera nos proponemos precisar qué es necesario entender por ley del valor/tiempo de trabajo y en qué consiste su articulación a la ley del plusvalor de la cual es una variable dependiente e históricamente determinada. En referencia a esta articulación utilizaremos la noción de ley del valor/plusvalor. En una segunda y tercera fase, la atención se focalizará sobre las principales dinámicas que explican la fuerza progresiva de la ley del valor/plusvalor en el capitalismo industrial, por tanto, su crisis en el capitalismo cognitivo.

  1. Dos principales concepciones de la ley del valor-trabajo

En la tradición marxista cohabitan, como señala Negri (1992), dos concepciones de la teoría del valor. La primera insiste sobre el problema cuantitativo de la determinación del volumen del valor. Esta considera el tiempo de trabajo como el criterio de medida del valor de las mercancías. Es la que llamamos la teoría del valor tiempo de trabajo. Esta concepción es bien definida, por ejemplo, por Paul Sweezy, cuando afirma que en una sociedad mercantil-capitalista “el trabajo abstracto es abstracto solamente en el sentido, dicho rotundamente, que son ignoradas todas las características especiales que diferencian un tipo de trabajo de otro. En definitiva, la expresión trabajo abstracto, como resulta claramente del propio uso que hace Marx, equivale a trabajo en general; es lo que es común a toda actividad productiva humana”. En esta visión, la ley del valor es concebida esencialmente como una ley ahistórica de la medida y del equilibrio que rige la asignación de los recursos. La noción de trabajo abstracto devine casi una categoría natural, una simple abstracción mental, libre de todas las características que, de la alienación mercantil a la expropiación del acto del trabajador, hacen de ella una categoría específica del capitalismo. Tenemos aquí una aproximación más ricardiana que marxiana a la teoría del valor-trabajo, cuya genealogía se refiere a un hipotético modo de producción mercantil simple para extenderse después al capitalismo.

La segunda concepción insiste sobre la dimensión cualitativa de la relación de explotación sobre la que descansa la relación capital-trabajo, relación que presupone la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía ficticia. Es aquella que podemos llamar teoría del valor/plusvalor. Esta concibe el trabajo abstracto como sustancia y fuente del valore en una sociedad capitalista regida por el desarrollo de las relaciones mercantiles y por la relación antagonista capital-trabajo. Hacemos notar que en Marx la ley del valor-trabajo es concebida directamente en función de la ley del plusvalor y carece de autonomía alguna respecto a esta última, es decir la ley de la explotación. A tal propósito, la propia elección tan controvertida de Marx, en el primer capítulo del libro I del Capital, de partir del análisis de la mercancía, no tiene nada que ver con la hipótesis de una sociedad mercantil simple que habría precedido al capitalismo. Deriva, sin embargo, de la necesidad de mostrar cómo la transformación de la fuerza de trabajo en una mercancía ficticia –y por lo tanto la articulación entre su valor de cambio y su valor de uso (el trabajo mismo) – explica el misterio del origen del beneficio. En definitiva, en Marx no existe ningún fetichismo concerniente a la ley del valor/tiempo de trabajo, en cuanto ley del intercambio de equivalentes, que supondría una suerte de invariante estructural del funcionamiento de la economía. Al contrario, la ley del valor-plusvalor debe ser pensada, primero sobre el plano macroeconómico de la oposición entre capital social y trabajador colectivo y no como una problemática de la determinación de la medida del valor de las mercancías individuales. Esta lectura –nos parece– es tanto más pertinente en cuanto, como observa Hai Hac “el capital es indiferente al valor de las mercancías que produce, puesto que lo que le interesa es solo el plusvalor del cual el valor es portador. Además, en la medida en que el plusvalor crece con el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo social, el valor decrece en razón del mismo movimiento, dándose un mismo proceso que disminuye el valor de las mercancías y aumenta el plusvalor que contiene”.

A partir de esta segunda concepción, en el resto de este artículo, nos proponemos caracterizar la génesis y el despliegue histórico de la ley del valor/plusvalor, después el sentido y los desafíos de su crisis en una economía basada sobre el rol motor del saber y de su difusión.

1.2 De la ley del plusvalor a la ley del valor basada en el tiempo de trabajo

Comenzamos por tanto por definir la ley del plusvalor. Esta expresa de hecho la racionalidad económica del capitalismo en su esencia, independientemente de su forma históricamente determinada: la de ser un sistema orientado hacia la acumulación ilimitada del capital. Encontramos esta idea en la célebre formula general del Capital de Marx (D-M-D’), en que la valorización del capital es un proceso que no conoce límites en la medida en que su objetivo no es ni el consumo ni el valor de uso, sino la acumulación de la riqueza abstracta representada por el dinero. La mercancía y la producción son para el capital son simples instrumentos para alcanzar este objetivo, la acumulación de dinero en cuanto tal, y esto a fin de aumentar incesantemente el poder de mando que el dinero le confiere sobre la sociedad y sobre el trabajo (fuente y sustancia del valor), permitiéndole apropiarse (de modo directo e indirecto) de un plusvalor.

En este sentido, siguiendo a Negri (1979 & 1996), puede afirmarse que la ley del plusvalor se presenta a primera vista y de modo indisociable como una ley de la explotación y del antagonismo. Esta es anterior y precede, desde un punto de vista tanto lógico como histórico, a la ley del valor que hace del tiempo de trabajo abstracto la medida del trabajo y del valor de las mercancías. Esta última es solo un subproducto y una variable dependiente de la ley del plusvalor. El origen y el sentido histórico de la ley del valor/tiempo de trabajo están estrechamente ligados a la configuración de la relación capital-trabajo que se desarrolla con la revolución industrial. En esta coyuntura histórica la racionalidad económica del capital, esto es la ley del plusvalor, asume de hecho el control directo y afirma su conquista tanto sobre la esfera de la producción como sobre la de las necesidades, dando impulso progresivamente a una lógica de producción/consumo en masa de mercancías.

En este contexto, la ley del valor/tiempo de trabajo se afirma, (incluso antes de que la economía política de los clásicos elabore la teoría del valor-trabajo), como la expresión concreta de una práctica de «racionalización» de la producción y de abstracción del contenido mismo del trabajo, que hace del reloj, después del cronómetro, los medios por excelencia para cuantificar el valor económico resultante del trabajo, prescribir los modos operativos y aumentar la productividad. La homogeneización del trabajo que resulta de su descomposición en tareas elementales se presenta de hecho, dentro de las empresas, como el medio de su control y del cálculo económico. Esta permite optimizar la relación entre el input y el output medidos en tiempos de trabajo “hombres y máquinas”, pagando, como ya había señalado Babbage, el salario más bajo para cada trabajo. Al mismo tiempo, la ley del valor/tiempo de trabajo asegura, en función del tiempo de trabajo socialmente necesario, la regulación a posteriori de las relaciones de competencia ligadas a la actividad descentralizada de unidades productivas independientes unas de otras.

  1. Racionalidad económica del capital y ley del valor-plusvalor en el capitalismo industrial

Sobre esta base somos capaces de caracterizar con una cierta precisión lo que se puede llamar la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor que ha marcado el desarrollo del capitalismo industrial.

Sobre un plano general, esta racionalidad económica descansa sobre una concepción productivista y puramente cuantitativa del crecimiento de la producción y de la productividad. Puede ser definida como una lógica consistente en la fabricación y venta de mercancías con el fin de maximizar el beneficio produciendo cada vez más, con menos horas de trabajo y con menos capital (Gorz, 1989). Por esto, como ya señalaba Marx en los Grundrisse, “El capital es él mismo una contradicción en proceso: por una parte, se esfuerza en reducir el tiempo de trabajo [necesario para la producción de las mercancías] a un mínimo, y por otra pone el tiempo de trabajo como la única fuente y la sola medida de la riqueza”. En definitiva, es el propio desarrollo de la racionalidad de la ley del valor/plusvalor el que, empujando al límite la propia lógica, conduce de modo endógeno a su agotamiento y a la crisis.

Por concepto de racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor es necesario entender con más exactitud dos dimensiones complementarias (dos dimensiones cuyo agotamiento está en el corazón de la crisis actual).

Según la primera dimensión, la ley del valor designa la relación social que hace de la lógica de la mercancía y del beneficio el criterio clave y progresivo del desarrollo de la riqueza social y de la satisfacción de las necesidades. Notamos que esta lógica presenta, sobre varios planos, una ambivalencia económica, social y política esencial, una ambivalencia que, como señalaba Gorz (1988), ha nutrido la ideología del progreso del capitalismo industrial permitiéndolo obtener incluso la adhesión de parte de sectores consistentes del movimiento obrero y socialista, a costa del abandono de toda crítica de la división capitalista del trabajo y de la alienación en la esfera del trabajo y de las necesidades. ¿En qué consiste esta ambivalencia?

Consiste de hecho en que la disminución continua del tiempo de trabajo necesario para la producción en masa de mercancías materiales, por tanto, la caída de su valor unitario, ha podido presentarse como el instrumento que permitía «liberar a la humanidad de la escasez» satisfaciendo así una masa creciente de necesidades, poco importa si esenciales o superfluas. Este aspecto «progresivo» de la racionalidad del capital se presentaba también, al menos en potencia[1], como el medio para reducir gradualmente el tiempo de vida dedicado al trabajo asalariado a un mínimo. En tal lógica está presente, en definitiva, una dimensión utópica –el desarrollo de las fuerzas productivas como instrumento de lucha contra la escasez­– sobre el que el capitalismo industrial pudo edificar una suerte de legitimidad histórica, cuyos fundamentos serán sin embargo profundamente desestabilizados en el capitalismo cognitivo.

La segunda dimensión de la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor concierne a su aplicación en la organización de la producción. En ella se encuentra el origen de la norma que, en el sentido de Marx, hace del tiempo de trabajo abstracto, medido en unidades de trabajo simple, no cualificado, la sustancia del valor de las mercancías y el instrumento conjunto de valoración, control y prescripción del trabajo. Para comprender la instauración y la profundización progresiva de esta norma hay que partir de la incertidumbre estructural que caracteriza el intercambio capital-trabajo. La compra y venta de la fuerza de trabajo giran, en efecto, sobre la disponibilidad de una cantidad de tiempo y no sobre el trabajo efectivo de los asalariados. Tal aspecto del análisis marxiana[2] está expresada de manera extremamente consonante por P. Virno (2008) mediante la distinción entre el concepto de potencia y el de acto. Esto permite comprender dos razones esenciales por las cuales las relaciones de saber y de poder, que se enlazan en torno a la organización de la producción constituyen un elemento esencial del antagonismo capital-trabajo.

La primera se explica en la facultad de controlar la intensidad y la calidad del trabajo por parte de aquellos que, teniendo conocimiento y savoir-faire, pueden dictar los tiempos y las modalidades operativas. La segunda consiste en que quienes tienen las potencias intelectuales de la producción pueden igualmente aspirar a gestionar la regulación colectiva, es decir definir las propias finalidades sociales de la producción, respondiendo a las cuestiones fundamentales de cómo producir, de qué producir y para quién.

Estamos en presencia de un desafío central que está ya en el corazón de la reflexión de los primeros grandes teóricos de la revolución industrial, como Ure y Babbage. Esta reflexión será retomada y sistematizada por Taylor confrontándose con el poder de la composición de clase del obrero profesional en las industrias motrices de la segunda revolución industrial. Taylor, al tiempo que reconoce que el «saber es el bien más precioso» de que disponen los obreros frente al capital, hará de ello el objetivo explícito en su análisis de sus prácticas sistemáticas de ralentización de la producción, deduciendo la necesidad de sacar y expropiar a los trabajadores su conocimiento tácito, para convertirlo, mediante el estudio de los tiempos y de los movimientos, en un saber codificado detentado por la dirección y reenviado a los asalariados, bajo forma de prescripción estricta de los tiempos y de los procedimientos operativos. Taylor pensará haber puesto así las bases irreversibles de una organización científica del trabajo que suprima toda incertidumbre sobre la ejecución del contrato de trabajo, garantizando al capital la planificación ex ante de la ley del valor-plusvalor. De esta manera, en la fábrica taylorista, la medida del trabajo y de la productividad, así como el volumen y el valor de la producción, eran programados y conocidos de antemano por los ingenieros. El conjunto de estos indicadores podía, así, ser reconducido a una unidad conocida y homogénea de cálculo en términos de tiempo que suministraba también un indicador bastante preciso de la tasa de explotación. La norma industrial del tiempo de trabajo abstracto encarnaba, además, la utopía capitalista y gerencial de una organización productiva capaz de privar al trabajo de toda autonomía y de toda dimensión cognitiva. Se podía creer en transformarlo en su contrario, esto es en una actividad en principio puramente mecánica, repetitiva, impersonal y totalmente subordinada a la ciencia incorporada en el capital fijo. Tenemos aquí la tendencia que Marx caracteriza como lógica de la subsunción real del trabajo en el capital. Sin embargo esta tendencia, que ha encontrado por múltiples aspectos su cumplimiento histórico en los modelos de crecimiento fordista y de la gran empresa gerencial, siempre será imperfecta. Un nuevo tipo de saber tenderá incesantemente a reconstituirse a un nivel más elevado de desarrollo de la división técnica y social del trabajo.

El mismo Marx había identificado bien la exasperación de los conflictos sobre las relaciones de saber/poder y sobre el control de las potencias intelectuales de la producción, de la cual era portadora la lógica de la subsunción real, cuando en un célebre paso del primer libro del Capital anotaba: “Para la gran industria deviene cuestión de vida o muerte sustituir la monstruosidad que es una miserable población obrera disponible, dispuesta en reserva para la necesidad variable de explotación del capital, la disponibilidad absoluta del hombre ante las variaciones de las exigencias del trabajo; sustituir al individuo parcial, mero vehículo de una función social de detalle, al individuo totalmente desarrollado, para el cual las diferentes funciones sociales son modos de actividad que se intercambian entre sí”.

En la coyuntura histórica que ha llevado a la crisis del fordismo, esta dinámica se expresa a través de los conflictos que han conducido a la formación de una intelectualidad difusa y al desarrollo de los servicios colectivos del Welfare (sanidad, educación, investigación) más allá de la compatibilidad de la regulación fordista. Se han puesto así las condiciones para el despegue de una economía basada en el rol motor del saber y su difusión.

Es necesario destacar un punto esencial para caracterizar adecuadamente la génesis y la naturaleza del capitalismo cognitivo. La puesta en práctica de una economía basada en el conocimiento precede y se opone, desde un punto de vista tanto lógico como histórico, a la formación del capitalismo cognitivo. Este último es el resultado de un proceso de restructuración mediante el cual el capital intenta absorber y someter, parasitariamente, las condiciones colectivas de la producción del conocimiento, sofocando el potencial de emancipación inscrito en la sociedad del general intellect. Por capitalismo cognitivo se entiende entonces el paso del capitalismo industrial a una nueva fase del capitalismo, en que la dimensión cognitiva e inmaterial del trabajo deviene dominante desde el punto de vista de la creación de valor y de la competitividad de las empresas. En este contexto el desafío central de la valorización del capital y de las formas de la propiedad se apoya directamente sobre la apropiación rentista del común y sobre la transformación del conocimiento en una mercancía ficticia (Negri y Vercellone, 2008).

  1. La crisis de la ley del valor-plusvalor en el capitalismo cognitivo

La mayor transformación que, desde la crisis del fordismo en adelante, señala una salida del capitalismo industrial se encuentra precisamente en el retorno de la dimensión cognitiva e intelectual del trabajo. Cabe señalar que este ascenso del trabajo cognitivo está lejos de ser privilegio de una élite de trabajadores de investigación y desarrollo (I+D) o de los sectores de alta intensidad de conocimiento e información. Esta se manifiesta en toda actividad productiva, material o inmaterial (dos dimensiones por otra parte a menudo inextricables); también respecto a aquellos de débil intensidad tecnológica, como muestra el aumento de los indicadores de autonomía del trabajo y la difusión de las funciones de producción de conocimiento y de tratamiento de la información en el conjunto de la economía.

Ciertamente, existen retrocesos; la historia no es un proceso lineal, sino que procede por superposiciones e hibridaciones. Así la tendencia hacia una nueva organización cognitiva de la producción no supone, ipso facto, el fin del taylorismo, ni siquiera en el campo del trabajo intelectual. El capital siempre se esforzará por limitar lo más posible el contro l real ejercitado por los trabajadores sobre su trabajo. En el nuevo capitalismo, diferentes modelos productivos continuaran coexistiendo y articulándose. No obstante, como muestra la reciente encuesta sobre las condiciones de trabajo en Europa de la European Foudantion for the Improvement of Living and Working Conditions, es la forma de organización considerada de tipo inteligente (Learning Organisation) que tiene cada vez más un rol hegemónico respecto a otros modelos productivos (Merllié et Paoli 2001).

En general, esta evolución corresponde, en las empresas como en la sociedad, a la afirmación de una nueva preponderancia cualitativa del conocimiento viviente, incorporado y movilizado por los trabajadores, respecto a los saberes formalizados, incorporados en el capital fijo y en la organización administrativa de las empresas. Está estrechamente asociada a una serie de tendencias que marcan la crisis de la ley del valor/plusvalor y lo que llamamos «el devenir de la renta en beneficio».

¿Qué hay que entender por crisis de la ley del valor? Tal crisis se presenta, en primer lugar, como una pérdida de relevancia de las categorías fundamentales de la economía política del capitalismo industrial: el capital, el trabajo y, por supuesto, el valor. Fundamentalmente, se corresponde con la consunción de las dos dimensiones de la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor sobre las, como hemos visto, el capitalismo industrial había podido afirmar su dominio sobre el trabajo y encontrar una especie de legitimidad histórica, como instrumento de lucha contra la escasez.

3.1 Agotamiento de la racionalidad económica del capital y disociación del valor de la riqueza

La primera dimensión corresponde por tanto al agotamiento de la ley del valor/tiempo de trabajo pensada como criterio de «racionalización» capitalista de la producción que hace de la norma del trabajo abstracto, medido en unidades de trabajo simple, no cualificado, el instrumento conjunto de la valoración y de la subsunción real del trabajo al capital. El aumento de potencia de la dimensión cognitiva del trabajo determina, en este sentido, una doble crisis de la ley del valor.

Una crisis de la medida, porque el trabajo cognitivo es una actividad que se desarrolla sobre el conjunto de los tiempos de vida[3]. El tiempo pasado y certificado en la empresa es generalmente una fracción del tiempo social efectivo de trabajo. En el nuevo capitalismo, la fuente principal de la creación del valore se sitúa, de hecho, cada vez más a lo largo de la esfera de la producción directa y del universo de las empresas. En este contexto, no solo las modalidades organizativas del trabajo son cada vez menos establecidas, sino que las fuentes de la competitividad dependen de manera creciente de una cooperación social productiva que se desarrolla dentro de los límites corporativos. Resulta además que el beneficio, como la renta, descansa cada vez más sobre mecanismos de apropiación del plusvalor efectuados a partir de una relación de exterioridad del capital respecto a la organización de la producción.

Una crisis del control, porque el encuentro entre la intelectualidad difusa y las tecnologías de la información y de la comunicación hace de la reapropiación colectiva del trabajo y de los medios de producción una perspectiva de nuevo plausible, generando potencialmente conflictos relativos a la autodeterminación misma de la organización del trabajo y de la finalidad social de la producción. Debido a esto, el modelo taylorista de la prescripción de las tareas cede a la prescripción de la subjetividad en muchas actividades productivas. Mientras tanto, como para la producción de valor, el control sobre el trabajo se desplaza cada vez más a lo largo del acto productivo mismo, haciendo del control total del tiempo y de los comportamientos de los asalariados la apuesta central. Esto se concretiza en la multiplicación de toda una panoplia de instrumentos de valoración de la subjetividad del trabajador y de su conformidad con los valores de la empresa, induciendo a menudo a lo que en psicología llamamos mandamientos paradójicos[4].

La segunda dimensión remite a la crisis de la ley del valor pensada como la relación social que hace de la lógica de la mercancía y el beneficio el criterio clave y progresivo del desarrollo de la riqueza social y de la satisfacción de las necesidades. Esta crisis se expresa con un divorcio crecente entre la lógica del valore y la de la riqueza. Para entender mejor el sentido de esta afirmación, conviene recordar cómo para Marx (pero también para Ricardo), el valor de las mercancías depende de la dificultad de la producción y por tanto del tiempo de trabajo. El concepto de valor es por tanto completamente diferente del concepto de riqueza, que sin embargo depende del valor de uso (no del valor de cambio), de la abundancia y por lo tanto de la gratuidad[5]. Así, la lógica capitalista de la producción mercantil encuentra, como se ha visto, en el capitalismo industrial, una suerte de legitimidad histórica en la capacidad de desarrollar la riqueza, produciendo siempre más mercancías con menos trabajo, por tanto con precios unitarios cada vez más bajos, permitiendo satisfacer una masa creciente de necesidades. Sin embargo, en el capitalismo cognitivo, la ligazón positiva entre valor y riqueza, entre producción mercantil y satisfacción de las necesidades, se rompe. Lo que significa que la ley del valor, sobrevive actualmente como una especie de envoltorio vaciado de aquello que Marx consideraba la función progresiva del capital, es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas como instrumento de lucha contra la escasez, que habría permitido a largo plazo favorecer el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad.

Numerosas evoluciones del capitalismo cognitivo ilustran esta disociación del valor de la riqueza[6] que expresa, en lo que es más importante, la pérdida progresiva de fuerza de la ley del plusvalor y la imposibilidad de restablecer cualquier dialéctica lucha-desarrollo, remitiendo a la contradicción fundamental entre la lógica de valorización del capitalismo cognitivo y aquella intrínsecamente no mercantil de la economía del conocimiento.

Observamos que esta contradicción se hunde las raíces de las propiedades particulares del conocimiento como bien común y en su carácter irreductible al estatuto de mercancía y de capital. En comparación con los bienes clásicos, la particularidad del conocimiento como bien común consiste, efectivamente, en su carácter no rival, difícilmente excluible y acumulativo. A diferencia de los bines materiales, no se destruye con su consumo, sino que más bien se enriquece cuando circula libremente entre los individuos. Cada nuevo conocimiento genera más conocimiento, según un proceso acumulativo. Por tal motivo la apropiación privada del conocimiento solo es realizable estableciendo barreras artificiales a su acceso. Este intento se encuentra sin embargo con mayores obstáculos, referentes tanto a la exigencia ética de los individuos como al modo en que el uso de las tecnologías informáticas y comunicativas hace cada vez más difícil la ejecución de los derechos de propiedad intelectual. Por otra parte, la tentativa de transformar el conocimiento en una mercancía ficticia genera una situación paradójica, una situación en la que cuanto más aumenta artificialmente el valor de cambio del conocimiento, más disminuye su valor de uso, por el hecho mismo de su privatización y escasez. En definitiva, el capitalismo cognitivo solo puede reproducirse obstaculizando las condiciones objetivas y las facultades creativas de los agentes en la base del desarrollo de una economía basada en el saber y su difusión.

En general observamos que para múltiples bienes de alta intensidad de conocimiento (software, bienes culturales digitalizados, fármacos, etc.…), los tiempos de trabajo y por tanto los costes de reproducción son muy bajos, a veces tendentes a cero. En consecuencia, el valor-tiempo de trabajo de estas mercancías debería traducirse en una drástica disminución de sus precios, del valor monetario de la producción y de los beneficios asociados. Se convierte estratégico entonces para el capital implementar una política de refuerzo de los derechos de propiedad intelectual, que permita construir artificialmente una escasez de recursos. El capital se ve abocado cada vez más a desarrollar nuevos mecanismos de disminución de la oferta, en el intento de mantener forzosamente la primacía del valor de cambio y salvaguardar los beneficios. Tal lógica es una de las expresiones principales del devenir renta del beneficio. El resultado es una situación que contradice los propios principios sobre los que los padres fundadores de la economía política justificaban la propiedad como instrumento de lucha contra la escasez. Ahora para que haya propiedad hay que crear escasez. En cierto sentido, se puede por tanto afirmar que el intento mismo de mantener forzosamente en vigor la primacía de la lógica de la mercancía y del valor de cambio conduce al capital a intentar emanciparse de la ley del valor/tiempo de trabajo. Se abre una contradicción cada vez más aguda entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación, que constituye una de las principales manifestaciones de la crisis de la ley del valor en la época del capitalismo cognitivo. Esta contradicción está asociada al fuerte aumento de formas de captación del valor basadas en la renta.

3.2 Capital inmaterial y producciones del hombre para el hombre: más allá de la forma-valor

El agotamiento de la racionalidad de la ley del valor/plusvalor implica además otras manifestaciones cruciales que dan cuenta de la profundidad de la crisis del capitalismo y de su divorcio de las necesidades sociales. Una primera manifestación concierne al papel creciente del capital considerado inmaterial, que representa actualmente la mayor parte de la capitalización bursátil. Este capital, llamado inmaterial, escapa también a cualquier medida objetiva en términos de «costes históricos» (y por tanto en términos de tiempo de trabajo necesario a su producción). Su valor no puede ser sino la expresión de la valoración subjetiva de los beneficios anticipados efectuada por los mercados financieros que así acaparan una renta. Esto contribuye a explicar porque el valor bursátil de este capital es esencialmente ficticio y está sometido a fluctuaciones de gran amplitud, basándose en una lógica auto referencial, propia de las finanzas, que alimenta burbujas especulativas destinadas invariablemente a explotar, arrastrando al conjunto del sistema crediticio y económico a una profunda recensión. La imposibilidad de determinar una medida objetiva y fiable del capital inmaterial se confirma también en la controversia sobre el origen del célebre goodwill (que designa el desvío creciente entre el valor de mercado de las empresas y el valor de sus activos tangibles): el principal activo inmaterial, del que deprendería el plusvalor encarnado por el goodwill, no sería otro que el «capital intelectual» representado por la competencia, la experiencia, el saber tácito, la capacidad de cooperación de la fuerza de trabajo. En definitiva, no se trata de capital (a pesar de la torsión operada por los conceptos de capital intelectual o de capital humano), sino en realidad de la calidad intelectual de la fuerza de trabajo. Ahora, esta última constituye por definición, (a menos de reducirla a la esclavitud) un activo no negociable en el mercado. Como observa Halary (2004), el intento de explicar el goodwill con la existencia de activos inmateriales no clasificados, queda prisionero de un razonamiento circular que no permite eliminar la indeterminación del valor de estos activos inmateriales porque a la pregunta: “¿De qué depende el goodwill?” La respuesta es: “Del capital humano de la empresa”, y “¿Cómo se determina el valor del capital humano?”, “¡Con el goodwill!”

Esto significa que la medida del capital y el fundamento de su poder sobre la sociedad, dependen cada vez menos del trabajo pasado y del saber incorporado en el capital constante y hoy se fundan principalmente en una convención social que encuentra su meollo principal en el poder de las finanzas[7].

Una segunda manifestación está relacionada al modo en que las producciones del hombre para el hombre, aseguradas tradicionalmente por el Welfare State según una lógica no mercantil, son el principal sector motor de una economía fundada en el conocimiento. Son las que aseguran una parte esencial del proceso de transmisión y de producción del conocimiento, y por tanto de la formación del considerado capital inmaterial. Frente a tendencias paralizantes cada vez más profundas, las producciones de hombre para el hombre representan también uno de los raros sectores en que necesidades y demanda social están en continua expansión. Estos elementos constituyen uno de los principales indicadores del agotamiento de la esfera de las necesidades que la lógica de la mercancía y el trabajo abstracto puede satisfacer progresivamente. Al mismo tiempo, contribuyen a explicar la extraordinaria presión ejercida por el capital para privatizar y mercantilizar estos servicios colectivos. Las producciones del hombre para el hombre no pueden, todavía, ser sometidas a la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor, sino al precio de una pérdida de recursos y de profundas desigualdades sociales que, además, amenazaría con desestructurar las fuerzas creativas que sustentan una economía basada en el conocimiento. Tres argumentos principales corroboran esta tesis. El primero está relacionado con el carácter intrínsecamente cognitivo, interactivo y afectivo de estas actividades en las cuales el trabajo no consiste en actuar sobre la materia inanimada sino sobre el propio ser humano en una relación de coproducción de servicios. Por tanto, como ya había sugerido Marx en pasajes del Capítulo VI inédito del Capital dedicado al trabajo inmaterial, las producciones del hombre para el hombre difícilmente pueden ser subsumidas a la racionalidad productiva del capital como la subjetividad de los trabajadores, igual que “el producto es inseparable del acto productor”. En definitiva, ni el acto de trabajo ni su producto (que corresponde al propio hombre en la singularidad de cada individuo) pueden ser realmente estandarizados. La eficacia en términos de resultado depende sin embargo de toda una serie de variables cualitativas relacionadas con la comunicación, con la densidad de las relaciones humanas, con la atención desinteresada y por tanto con la disponibilidad de tiempo para el otro, que la contabilidad analítica empresarial es incapaz de integrar si no es como costes o tiempos muertos improductivos. El intento de aumentar la productividad y la rentabilidad de estos servicios colectivos no puede por tanto conseguirse sino en detrimento de su calidad y su rendimiento social. En definitiva, en el plano de la organización social de la producción, nos encontramos aquí a una contradicción evidente entre la concepción capitalista y cuantitativa de la productividad y el conocimiento social de la productividad, resultante del carácter intrínsecamente común de estas actividades y de sus resultados materiales e inmateriales[8]. El segundo argumento remite a las profundas distorsiones que la aplicación del principio de la demanda solvente introduciría en el derecho al acceso de estos bienes comunes, provocando un deterioro de la calidad colectiva de la fuerza de trabajo. Tanto por razones de justicia social como de eficacia económica, las producciones del común deben fundarse sobre la gratuidad y sobre el libre acceso. Su financiación no puede por tanto asegurarse sino a través del precio colectivo y político representado por la fiscalidad, por las contribuciones sociales o por otras formas de mutualización de los recursos. El tercer argumento está relacionado a la no existencia (por ejemplo, tanto en la sanidad como en la educación) de la figura mítica del consumidor que efectuaría sus propias elecciones sobre la base de un cálculo racional costes/beneficios, dictado por la búsqueda de la máxima eficiencia de la inversión en el propio capital humano. Afortunadamente, no es cierto que este sea el criterio principal que anima al estudiante en su investigación del saber. Menos lo es todavía el del enfermo que, frecuentemente, está prisionero de un estado de ansiedad que lo hace incapaz de tomar una elección racional y lo predispone, sin embargo, a todas las trampas de una lógica mercantil en la que vender esperanzas e ilusiones es un medio para tener beneficios.

Última manifestación, pero no menos importante, la crisis de racionalidad de la ley del valor que expresa la dinámica del capitalismo cognitivo, no solo consiste en volver artificialmente recursos escasos que son de por sí abundantes y gratuitos. Esto se expresa también en la aceleración de lógica de depredación y disminución de los recursos naturales no renovables. De hecho, el capitalismo cognitivo no suprime la lógica productivista del capitalismo industrial. La rearticula y refuerza, gracias especialmente a una subordinación de la ciencia al capital que pone las nuevas tecnologías al servicio de una estrategia de estandarización y trasformación mercantil de lo viviente que acentúa los riesgos de destrucción de la biodiversidad y de estabilización ecológica del planeta. Generalmente, la crisis ecológica marca a escala planetaria los límites estructurales de una política de salida de la crisis que no puede basarse en ningún caso en la coordinación del mercado y en el relanzamiento del consumo privado de las familias. Más bien se requiere reinventar una política de planificación democrática del común, basada en una auténtica socialización de la inversión y de la innovación tecnológica en actividades que permitan repensar el urbanismo, la agricultura, las energías economías, etc… –elementos todos, que por su naturaleza, en gran parte escapan a una lógica mercantil.

Para concluir, el conjunto de las contradicciones subjetivas y objetivas que atraviesan el capitalismo cognitivo, señalando la crisis de la ley del valor/plusvalor, son de tal agudeza que nos recuerdan la situación descrita por Marx en el penúltimo capítulo del libro III de El Capital, cuando afirma: “Se reconoce que ha llegado el momento de una crisis tal cuando ganan en amplitud y profundidad las contradicciones entre las relaciones de distribución y por tanto también la forma histórica determinada por las relaciones de producción correspondientes, por un lado, y las fuerzas productivas, las capacidades productivas y el desarrollo de sus factores por otro”.

Traducción del italiano: Santiago de Arcos-Halyburton

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[1] Es decir, una condición de luchas sociales que garantizaran la conversión de los incrementos de productividad en reducción del tiempo de trabajo.

[2] Que anticipa al menos un siglo, la teoría económica mainstream de la insuficiencia del contrato de trabajo.

[3] Sobre este punto véase la importante contribución de Fumagalli y Morini (2009).

[4] Es necesario señalar que una de las dimensiones más significativas de esta evolución no es solo el endurecimiento de la explotación, en el sentido más clásico y económico del término. Desclasamiento y precariedad también van de la mano con una creciente alienación del trabajo. Se trata de una contradicción cada vez más profunda entre la potencia de actuar inscrita en la dimensión cognitiva del trabajo, por una parte, y la obligación de someterse a objetivos heterodeterminados y pesados en contraste con los valores éticos de los trabajadores, por otra. Es precisamente en la raíz de esta contradicción donde crece el fenómeno del sufrimiento en el trabajo, de la cual la multiplicación de los suicidios en el trabajo en Francia representa la punta del iceberg.

[5] La distinción, o mejor, la oposición entre el concepto de valor y el de riqueza, es enunciada por David Ricardo en los Principios. Recordamos che, según Ricardo, el aumento del valor de las mercancías, lejos de significar una mayor riqueza para la sociedad, es el indicador del aumento de la dificultad de la producción que amenaza con bloquear la dinámica del crecimiento económico y de la acumulación de capital. Sobre esta base desarrolla la tesis de la tendencia hacia el estado estacionario ligada a la lógica de los rendimientos decrecientes en la agricultura y el consiguiente aumento del precio natural del grano. La riqueza depende sin embargo de la abundancia, en el sentido de que la cantidad disponible de bienes, considerados desde un punto de vista de su valor de uso, es inversamente proporcional a su valor de cambio. En otros términos, cuánto más aumenta la fuerza productiva del trabajo, más disminuye el valor de las mercancías, según una lógica que, llevada a sus últimas consecuencias, conduce a la de la gratuidad (por cuanto Ricardo, a diferencia de Marx, no explicita esta conclusión).

[6] Sobre este punto véase también l’entretien avec Gorz (2004).

[7] Sobre este punto véase en particular Marazzi (2010).

[8] En este sentido, como observan Hardt y Negri, más generalmente “los productos biopolíticos tienden […] a exceder cualquier medida cuantitativa y a asumir formas comunes que son fácilmente compartibles y por lo tanto son difícilmente subsumibles por la propiedad privada”, (Hardt e Negri, 2010, p. 141).

 

La Comuna Chilena

por Bruno Cava Rodriguez

En octubre de 2019 estallaron protestas masivas, en oleadas sucesivas, que resuenan con los grandes levantamientos de la última década en nuestro subcontinente y en todo el mundo. Curiosamente, el detonante fue el aumento del precio del transporte subterráneo en 30 pesos chilenos, que son aproximadamente 20 centavos de real brasileño. Los manifestantes gritaron: “no son 30 pesos, son 30 años”, en alusión a los 30 años del período de transición desde el fin de la dictadura de Pinochet en 1990. La pandemia de covid-19 interceptó el ciclo de luchas y, en octubre 2020, casi el 80% votó por el establecimiento de una convención constitucional con el mandato de reemplazar la ley principal de la era de Pinochet. Fue esa constituyente la que determino la derrota de la propuesta presentada al plebiscito, en la que ganó el “no” con el 61% de los votos. ¿Habría triunfado entonces la constitución de la dictadura, reaprobada? No.
El hecho es que no es tan binario. La constitución de 1980 sufrió sucesivas reformas durante la redemocratización y permaneció en constante tensión, con diferentes interpretaciones dadas por el tribunal constitucional chileno. De los treinta años que separan el fin de la dictadura de la constituyente de 2020, el 80% o 24 años fueron de gobiernos de centroizquierda, encabezados por líderes como Lagos o Bachelet.
El paradigma del neoliberalismo con características chilenas no fue construido por los Chicago Boys en las reformas anarcocapitalistas de mediados de la década de 1970, sino por el impulso continuo de una segunda capa de reformas que combinó financiarización y socialización.
El neoliberalismo no es el reinado del laissez-faire ni la autorregulación de los mercados, sino fusiones flexibles entre técnicas de gobierno y tecnologías del yo, que incluyen microcrédito, emprendimiento social, indexación de medios y fines por eficiencia. Muchos académicos por ahí elaboran un discurso antineoliberal, pero no sólo trabaja en una malla de competitividad fratricida e internalización de costos de producción, sino que también promueve esa malla cuando se ve obligado a pelear en ella y tratar de triunfar en ella. Mucha de esta animosidad que impregna los debates internos en los campos del saber coincide con el espíritu animal que se le exige al autoempresario. El “emprendedor social” no es lo otro del académico de la universidad pública, en el neoliberalismo hay una corporativización generalizada, incluyendo el aspecto “público” de las actividades, como criterio de eficiencia (auto)impuesta. Es molecular, es deuda subjetivada…
Quien en América Latina ha profundizado esta forma de gobernar, con éxito macroeconómico, ha sido la sociedad chilena. El neoliberalismo es mucho más una transformación profunda, a nivel social, que un conjunto de agendas de privatización o minimización estatal. Esto, en Chile, se conoció como la Pax Concertacionista, porque fue encabezada por esta coalición de centro-izquierda. Si tomas a un autor local que critica la economía política (subjetividad), como Fernando Leiva, verás cómo compara la combinación de mercado y campo social en Chile con una especie de ordoliberalismo periférico, refiriéndose a la economía social de mercado del periodo Adenauer.
Esa paz (pacificación) se acabó. En la última década, la era de la bonanza mercantil ha terminado y, además, el lado antagónico de la neoliberalización ha comenzado a escapar de las instituciones flexibles establecidas. Las redes de confianza y las tecnologías participativas y empresariales que conferían confiabilidad a la moneda común comenzaron a desmoronarse, crujir y descarrilarse. Esta fue una positividad organizacional, que se expresó en las protestas estudiantiles a lo largo de 2011 y 2012, y comenzó a erosionar el consenso de redemocratización. La crisis se profundizó hasta estallar en octubre de 2019, que fue, por así decirlo, el junio de 2013 chileno. Pero allí los desarrollos fueron bien distintos, las protestas se espesaron con la fuerza de nuevos y flamantes movimientos, con la Primera Línea de autodefensa de los manifestantes, con un ecosistema de luchas minoritarias y colectivos pospartidistas. Todo esto fue bastante poderoso y perduró en el tiempo y en el espacio.
Ahí hay que considerar la interceptación de la pandemia, a principios del año siguiente, que por razones obvias vació las calles y definió un reflujo antisocial, una ‘repli sur soi’, que cambió la naturaleza de los cóleras.
Esto, por un lado, subió la apuesta y amplió el mandato de la convención constituyente, aprobada en octubre de 2020, para refundar el Estado chileno y canalizar los desbordes. Por otra parte, paradójicamente, aplacó el momento constituyente. En mayo de 2021, Raúl Zibechi advertía en un discutido texto que las organizaciones y movimientos colectivos octubristas se diluían frente a representantes que, en la práctica, parecían más constituidos que constituyentes.
Uno se pregunta cuánto la pandemia, con todo su daño económico y psicosocial, no ha cambiado la correlación de estados de ánimo, reemplazando la audacia y el deseo de transformación por la búsqueda de seguridad y de nuevas certezas. Digo esto porque el primer punto a explicar es por qué se rechazó el estado plurinacional de la nueva constitución precisamente donde hay más indígenas (75% en las comunas con más mapuche), porque se rechazaron las grandes autonomías regionales en las regiones más pequeñas. , porque las zonas del país con mayor carencia de agua, fueron las que no aceptaron la constitucionalización del derecho al agua. Y porque el derecho constitucional al aborto, en el plebiscito, fue rechazado, cuando en las encuestas más del 70% apoyó su legalización (en un país católico donde recién en 2017 se mitigó la prohibición absoluta, permitiendo en casos de violación o riesgo de vida a la madre, lo que ocurre en Brasil desde 1940).
¿Por qué pasó esto?
Los clichés son legión. Ahora, es el conservadurismo fundamental, como si la jornada 2019-20 no la hubieran protagonizado multitudinarias fuerzas sociales. Ahora, es el vanguardismo de la convención constituyente, cuya prepotencia habría negado acuerdos transversales con la sociedad y perdido la conexión con las mayorías. Ahora, es la capitulación de Boric quien, como Tsipras en Grecia en 2015, habría sucumbido a la tentación neoliberal, que se reflejó en la pérdida de apoyo de los más acomodados. Pues simplemente sería un problema de comunicación, porque por alguna trascendental razón la derecha comunica mejor que la izquierda, o quizás porque la mentira es más poderosa que la verdad, no sé. Son explicaciones binarias y, en el comercio minorista de medios, palabras de moda.
Yo diría que hay una cuestión previa de enmarcar el problema, que se dio a través de un plebiscito. La democracia plebiscitaria es algo muy difícil. Un referéndum después de una pandemia, en un escenario de inseguridad en múltiples dimensiones, no se puede ganar con lineamientos maximalistas. Esta situación ideal de expresión con la que se podría convencer tranquilamente a millones de personas de la corrección de una agenda global es simplemente imposible. Esto implica un quimérico consenso social en numerosos puntos controvertidos, a la luz de las protestas de 2019-20 que fueron enérgicas y creativas disidentes pero no apuntaron a un consenso programático. Diría que el primer problema a repensar, o sus coordenadas, es este: sobre reemplazar la tensión constituyente que se despliega a lo largo de un proceso continuo de cambio, en un acto refundacional radical, pero llevado a cabo a través de la democracia deliberativa (de sesgo habermasiano).
El segundo replanteamiento del problema, que yo veo, es la cuestión del neoliberalismo, que debería estar mejor planteada. Se argumentó que las protestas eran contra el supuesto éxito del camino chileno de la «economía social de mercado», moldeado por la redemocratización de las fuerzas de centroizquierda del reformismo débil. ¿Qué significa esto, como contramarcha? ¿Una vuelta a un pasado no vivido del estado del bienestar? ¿Renacionalización, rescate del sentido público, en definitiva, una dosis de socialismo del siglo XXI? Quizás esto, para la mayoría, sólo signifique un modelo, un programa, una intención.
Ahí es donde yo diría que el encuadre podría estar mejor elaborado. La Red Chilena de Ingredientes Básicos Universales (IBU) intentó introducir la constitucionalización de la agenda del ingreso universal/incondicional, pero no apareció en la propuesta sometida a votación. No se trataría sólo de incluirlo en una lista, sino de hacer de esta la agenda de las agendas, la plataforma de las plataformas, como eje institucional de una nueva Red de Protección Ciudadana. Las ayudas de emergencia (el IFE) durante la pandemia son buenos ganchos. Todas las demás directrices podrían ser reelaboradas y recalificadas a partir de ahí, destacando la «universalidad», a través de perspectivas de género, región, nacionalidad, etc.
De hecho, el propio capitalismo neoliberal ya opera universalizando singularidades (en la moneda muerta), la lucha sería por revertir esta tendencia, por una moneda viva, una financiarización desde las autonomías sociales.
Esto permitiría al menos intentar una reapropiación de lo social capturado por el neoliberalismo, para liberarlo de las redes de la corporativización, la deuda subjetiva y la eficiencia a toda costa.
Esto de lo que hablo aquí parece sacado de la chistera, pero si reconstruimos los pasos, si observamos cómo la constituyente chilena ha ido esclerosándose en sus certezas y principios, quizás se vuelve menos nebuloso cómo una propuesta como la RBU podría revitalizar el proceso. Y luego sí, inscribiendo las luchas por los derechos con un sustrato material protector, para dialogar con el sentimiento de inseguridad y aislamiento.
Dicho esto, es necesario reconocer la derrota para que no se convierta en derrotismo, como no es necesario insistir en más de lo mismo. Al igual que el caso de Syriza en el sur de Europa, no tengo dudas de que, en Sudamérica, el caso de Chile fue donde la ola fue más voluminosa y sustantiva, a pesar de que retrocedió tan rápido. Dejó la marca bastante alta donde llegaba la línea de flotación, una dinámica que aún está abierta y que merece ser analizada con detenimiento.

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

El legado de Zimmerwald al revés

por Bruno Cava

«El sentido histórico, cuando actúa y saca sus consecuencias sin control, desarraiga el futuro, porque destruye todas las ilusiones y quita a las cosas existentes la única atmósfera en la que pueden vivir. Nietzsche, «Sobre la utilidad y el daño de la historia para la vida» (1874, trad. Monica Rimoldi)

En agosto de 1914, la invasión de Bélgica por el Imperio Alemán resultó en la escisión irreconciliable de la Segunda Internacional Socialista. Ante el estallido de la Gran Guerra, la federación internacionalista formada por partidos y organizaciones de izquierda de varios países se escindió en dos bandos. Por un lado, los intervencionistas (o defensores), partidarios de cerrar filas con sus respectivos gobiernos nacionales para fortalecer el esfuerzo bélico. Por otro lado, los neutralistas, a quienes creo que sería mejor definir como derrotistas por las razones que expondré a continuación, para los cuales la guerra fue una disputa entre patrones y trabajadores que no deben aceptar que se los enfrente como carne de cañón por intereses capitalistas. La propaganda socialista, en la línea derrotista, consistió en canalizar el odio nacionalista incitado por la propaganda bélica hacia el verdadero enemigo de clase: los capitalistas de todos los países.
En Francia, el socialista Jean Jaurès asumió el liderazgo del movimiento antibélico en la prensa: acabó siendo asesinado por un ultranacionalista el 31 de julio de 1914, mientras desayunaba en el Café du Croissant del Boulevard Montmartre de París. Tres días después, la Tercera República Francesa decretó la movilización general y se declaró formalmente la guerra a los Imperios Centrales. Liebknecht, el antimilitarista alemán, argumentó claramente, tanto dentro, como fuera del Partido Socialista (SPD) que los soldados deberían dejar de dispararse unos a otros y confraternizar frente a los oficiales. En 1916, Liebknecht convocó una pequeña manifestación contra la guerra en Berlín que rápidamente fue rodeada por el ejército. Sin rendirse, el socialista gritó “¡Abajo la guerra! ¡Abajo el gobierno!”. Por ello fue condenado por traición y pasó los últimos años de la Gran Guerra en una prisión alemana.
Para escapar de la persecución, los derrotistas comenzaron a reunirse en Suiza, un país neutral. Se reunieron en 1915 en el pequeño pueblo de Zimmerwald, donde se sentaron las bases programáticas de lo que sería la Tercera Internacional o Komintern (1919-1943). La tesis principal de la «izquierda de Zimmerwald», tal como se definía en la tradición marxista, era que la Gran Guerra debía clasificarse como una guerra imperialista. La guerra respondia a la compulsión estructural del capitalismo en crisis. Bajo la égida del capital financiero, a partir de la década de 1860, la guerra fue una consecuencia lógica del recrudecimiento de las disputas capitalistas por los mercados y las ganancias. La fase de monopolio y financiera de la competencia entre los imperios europeos los había llevado, al principio, a dividir África y Asia para derramar el exceso de capital, y luego a luchar entre sí para hacerse con una parte mayor. Por una necesidad interna, los imperialismos proyectaron guerras brutales sobre las colonias que, en una vuelta exasperada, terminaron por instaurar la misma barbarie mecanizada en los centros europeos del sistema -como efectivamente ocurrió en agosto de 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Entre los derrotistas de Zimmerwald, Lenin fue tan vehemente como para escribir la tesis internamente controvertida de que, desde el punto de vista de los comunistas rusos, si uno de los imperios en guerra iba a ser derrotado, debía ser la propia Rusia. El imperio de los zares fue visto por Lenin como el peor de los imperialismos de la época, porque “oprimía a un mayor número de naciones y a una mayor masa de población en Europa y Asia” [1]. El zarismo representó en su momento lo peor de ambos mundos: la modernización despojadora de los trabajadores de las ciudades y el campo, y la preservación de las estructuras retrógradas del Antiguo Régimen. La tríada sagrada del imperialismo ruso, que consiste en la autocracia política, la ortodoxia religiosa y la rusificación cultural [2], se mantuvo sin cambios incluso con la llegada de la industrialización a fines del siglo XIX.
La izquierda original de Zimmerwald no era pacifista en abstracto, según una defensa idealista que atribuye el mal a la guerra para definir la paz con su negativa, la no guerra. La paz no es una patata. La paz iba a ser el fin último de una construcción política capaz de desactivar los mecanismos capitalistas que generan la guerra. Tras haber destruido el resorte capitalista de la competencia fratricida, los socialistas debían institucionalizar un nuevo modo de producción basado en la solidaridad, la colaboración y la ausencia de jerarquías entre europeos y no europeos. Esto sólo podrá ocurrir con la superación de la sociedad capitalista y la liberación de todos los pueblos colonizados, en beneficio del sistema socialista en todos los países, a escala mundial. Una de las tesis más enfáticas de Zimmerwald consistía en la primacía de la unidad internacional del movimiento proletario sobre los ámbitos nacionales, que sin embargo seguían siendo espacios decisivos para la acción socialista.
La mayoría de los socialistas derrotistas defendían tácticas de agitación entre los trabajadores y soldados movilizados, el sabotaje del esfuerzo bélico y la deserción generalizada de las trincheras y las fábricas de armamento. Las furiosas intervenciones de Lenin llevaron a la izquierda de Zimmerwald a hacer una propuesta política más audaz. Ante la maduración de condiciones extraordinarias resultantes de la Gran Guerra, la tarea debía ser la de organizar la transición activa de la guerra imperialista a la guerra civil de clases entre el proletariado y la clase dominante. Aunque esta maniobra parecía nebulosa y difícil de implementar en 1915-16, Lenin insistió en que los derrotistas «todavía deben trabajar en esta dirección», porque estaba convencido de que las presiones de la guerra proporcionarían el momento adecuado. Esto se convirtió en el núcleo del pacifismo revolucionario desarrollado durante la Primera Guerra Mundial.
La prolongada distensión en el tiempo y el espacio de insoportables trincheras y ensordecedores combates provocó un profundo cansancio de los gobiernos involucrados en el esfuerzo bélico, especialmente de aquellos que terminarían el conflicto del lado perdedor. El desmoronamiento de las condiciones de gobernabilidad fue disruptivo en la Rusia zarista, cuya desorganización masiva y hambruna redujeron a gran parte de la población a la miseria y el hambre. En este contexto, los derrotistas propagandearon mensajes para el fin de la guerra, vinculándola al fin de las privaciones y al establecimiento de un nuevo régimen de propiedad y producción. En octubre de 1917, el exitoso asalto al Palacio de Invierno por parte de los bolcheviques fue percibido por la izquierda como una demostración de la corrección visionaria de la línea derrotista de la izquierda de Zimmerwald. Después de ese motín, que parecía confirmar el teorema leninista, las piezas del dominó capitalista comenzarían a caer una tras otra por iniciativa del proletariado dirigido por las vanguardias socialistas.
Como sabemos, el entusiasmo no duró. El fracaso de los intentos revolucionarios posteriores en Alemania y Hungría demostró que el sistema capitalista aún no había agotado todos sus recursos. Asediados en la fortaleza roja, los bolcheviques se dejaron cooptar gradualmente por los imperativos de supervivencia. En este tortuoso proceso, las formas de opresión contra las que habían discutido y combatido durante toda su vida volvieron gradualmente, transfiguradas y a veces agravadas, para perseguirlos a ellos y al movimiento comunista en su conjunto.
***
Cuando Putin decidió invadir Ucrania en febrero de 2022, la primera imagen que me vino a la mente fue el sándwich de Sartre. Entre septiembre de 1939 y junio de 1940, el interludio de alta tensión que precedió a la invasión nazi de Francia, también conocida como la «Guerra Extraña» (drôle de guerre), Sartre se desempeñó como meteorólogo del ejército en la región de Alsacia, cerca de la frontera con Alemania. Pacifista y antimilitarista acérrimo, Sartre no dudó en acudir al llamado militar cuando se enteró de la invasión de Polonia por parte del ejército de Hitler. En los diarios de Sartre sobre este período de servicio activo, hay un pasaje que se volvería icónico en la filosofía existencialista. Sartre relata la experiencia de una terrible angustia que sintió durante el desayuno, cuando concluyó que nada, absolutamente nada, ninguna fuerza en el universo, podía desvirtuar el acto libre y contingente de tomar los pedazos de pan del plato y masticarlos… o bien no [3].
Ninguna explicación de la invasión rusa de Ucrania, por elocuente y astuta que sea, por mas que se pretenda un mosaico de factores estructurantes de larga duración, puede eludir el hecho de que Putin podría haber decidido no invadir Ucrania. Por su parte, no fue una decisión forzada por las circunstancias y mucho menos obligada. En el período previo a la decisión, habría sido posible enumerar una legión de razones para justificar la decisión contraria, a saber, la de no invadir. Como en el relato apócrifo según el cual el político brasileño Leonel Brizola (1922-2004), abrumado por los asuntos de la campaña electoral, le contestó a un concejal que el programa de gobierno se lo enviaría por correo. Incluso dos si es necesario. Putin también podría haber ordenado una de sus galopadas talentosas para preparar una completa justificación histórica, económica y geopolítica de la invasión y otra de igual competencia para la no invasión, pudiendo elegir entre las dos como Sartre elegía su bocadillo mañanero.
Cada relato histórico, cuando trata de explicar un acto contingente, invita al tentador experimento de la asociación libre, en el que el historiador puede remendar la lógica de los acontecimientos en puntos cruciales y marcos generales de inteligibilidad. Esta sastrería explicativa tiene un inevitable sabor ex post facto. A menudo cortan de la delicada tela que llamamos presente los hilos de lo que creemos que prolonga adecuadamente la experiencia acumulada del pasado. No se trata de exaltar el azar o negar la posibilidad del conocimiento y la virtud en medio de la nube de la imprevisibilidad y los factores imponderables. La escuela renacentista florentina de Maquiavelo y Guicciardini dedicó capítulos enteros a cómo se hace política en la bruma, en la esquiva materialidad de los cambios de época. Las decisiones se toman frente a un cuadro incompleto y dinámico, en la oscilación entre la virtud y la suerte.
Aquí se trata de resaltar cómo la decisión de invadir, es decir, actuar en lugar de no actuar, ha fascinado a un grupo de simpatizantes e incluso a personas no alineadas. Y comprender lo que esto significa en términos de posibilidades futuras de percibir, sentir y actuar, si pensamos desde el punto de vista de la transformación del mundo y no sólo de su interpretación sedentaria. Porque este grupo de personas, muchos de los cuales ni siquiera podían contarse entre los partidarios de Putin o la Rusia putiniana, se sintieron atraídos, casi obsesivamente, por la hybris inherente a la elección de Putin de invadir. En parte sospecho que esto se debe al temerario desafío de Putin, con todos los puntos sobre las íes, al orden internacional liberal, entendido como la globalización convergente y unipolar resultante de la victoria de la Guerra Fría por parte del imperialismo yanqui -el único «mundo posible». Con sus sentimientos vengados, tras la invasión del 24 de febrero, activistas e intelectuales de izquierda y antiimperialistas prefirieron arrancar las banderas estadounidenses en lugar de las del estado invasor.
El júbilo apenas disimulado resuena con lo expresado por algunos grupos de «intransigentes» cuando las torres gemelas se derrumbaron tras el atentado del 11 de septiembre de 2001. Ante aquella tragedia que afectaba a decenas de miles de neoyorkinos, se comentaba insensiblemente que los Estados Unidos estaban cosechando lo que habían sembrado. Y siguió la lista de intervenciones en Medio Oriente y América Latina, y el golpe de Estado en Chile ocurrido en la misma fecha de 1973. Así como hoy, igualmente, se dice que la culpa de la invasión de Ucrania no es de las autoridades que la decidieron, sino que del arrogante Occidente. Sigue la misma lista, que ha crecido por las intervenciones de la OTAN en las últimas dos décadas.
El ex canciller brasileño Celso Amorim comentó en una entrevista que Putin estaba equivocado, pero «lo impulsaban pasiones violentas». Aceptó la imagen de sí mismo que el autócrata ofrece al mercado, la de un hombre imprevisiblemente violento e irascible, quizás sacado de «Los hermanos Karamazov», dispuesto a llegar hasta el final para perseguir sus apetitos. Otros críticos más informados han adoptado modelos racionales de realismo, inspirados en la singular historia política de grandes hombres, para definir a Putin como un gran estratega. El genio ruso, como Pedro el Grande o Iván el Terrible, que derribó las puertas de un sistema internacional descolorido por el determinismo apolítico de las relaciones financieras y las verdades del mercado. Un golpe de osadía que haría temblar a los duros realistas, porque Putin nos habría devuelto la decisión soberana, la Razón de Estado, el desvelamiento de la ansiada Nueva Guerra Fría, el crudo elemento político. El comienzo de una nueva era.
En Le Siècle, Alain Badiou analiza cómo el siglo XIX anunció, prometió y soñó con una nueva humanidad, que se rehace enteramente a través de la historicidad contingente. Pero sólo el siglo XX entregó el producto. Esto es lo que “excita a sujetos y militantes” [4]: el llamado de las fuerzas prometeicas a participar en el nuevo comienzo de la construcción del ser humano, a partir de un tiempo abierto, un tiempo-arcilla. Ese fue el siglo de la lucha incesante, la destrucción sin límites y las soluciones finales. La invasión de Ucrania ha reavivado el páthos del siglo perdido, lo que Badiou conceptualiza como una pasión por la realidad. Las promesas de la guerra híbrida desterritorializada no se han cumplido, ya que se perfila a la antigua, con vehículos verde caqui, territorios atrincherados y bloqueos navales. Miramos las primeras imágenes de la invasión como si volviéramos a ver una película antigua que aún nos resulta familiar. Y a la figura de Putin como personaje preinternet, como el Maverick embalsamado de la nueva Top Gun. Una especie en peligro de extinción, «pero no hoy».
El libro de Badiou no condena la pasión por lo real como negativa en sí misma y critica la estigmatización del siglo, que participaría del teorema del totalitarismo que une aspiraciones revolucionarias y estados distópicos. La passion du réel es utilizada en el libro como terreno de planteamiento de problemas, piedra angular para comprender la economía afectiva de los movimientos transformadores del siglo XX, desde las vanguardias artísticas a los programas políticos pasando por las escuelas de filosofía. Sin embargo, en una nota a pie de página, Badiou señala que en todo caso hay «variaciones perversas» de la pasión por lo real. El ejemplo dado es la vida académica en Cambridge en la década de 1930, en el apogeo del estalinismo [5]. El filósofo se refiere a los jóvenes intelectuales embriagados por el descubrimiento del «extraordinario poder de la ignorancia» resultante de la entrega voluntaria a los sanguinarios dioses de la historia. Badiou cita a estudiantes universitarios británicos que se han adaptado silenciosamente a las funciones de espionaje o policía secreta, poniéndose al servicio internacional de la antigua Unión Soviética. Nikolai Yezhov, jefe de la NKVD durante las purgas de 1937-38, fue «un intelectual refinado, muy conocido en el círculo de poetas y escritores».
***
Los partidos socialistas de hoy y algunos movimientos sociales se sienten más cómodos manifestándose contra la OTAN que organizando protestas para que el autócrata renuncie a la empresa imperial y decida detener la invasión. Los partidos de centroizquierda, bajo el estímulo de influencers como Pablo Iglesias, Mélenchon, Varoufakis o Corbyn, han sido oportunistas al criticar el contragolpe de las sanciones económicas y los costes de apoyar a la resistencia ucraniana en sus respectivos países. A finales de junio, armados con consignas pacifistas, manifestantes con banderas rojas organizaron acciones contra la cumbre de la OTAN en Madrid, donde se iban a decidir nuevas medidas de apoyo a Ucrania.
La llegada de un mundo multipolar que Putin viene anunciando desde la conferencia de Munich de 2007 encanta los corazones antiimperialistas. Pero esta no es la multipolaridad de la necesaria reforma de la ONU, dirigida a desarrollar organizaciones supranacionales fuertes, normas vinculantes de derecho público internacional y un Consejo de Seguridad inclusivo sin privilegios de veto. El fin unipolar del mundo del que habla Putin es el derrocamiento de la que habría sido la «peor catástrofe del siglo XX», el hundimiento de la URSS, que en realidad ni siquiera está entre las diez peores. El imaginario del nuevo mundo «multipolar» proclamado por Putin es meramente multi imperialista. En esta visión megalómana, Putin se alucina al verse sentado con otros Grandes Estados para redibujar las líneas divisorias del mundo en zonas de influencia, como en la famosa foto de la Conferencia de Yalta de 1945 con Churchill, Roosevelt y Stalin.
El habitual antiamericanismo acrítico se manifiesta en la renuencia a considerar la invasión de Ucrania por parte de Rusia con la misma indignación con la que, en las últimas décadas, se habían considerado las invasiones estadounidenses de Irak y Afganistán. Es más grave que eso, porque en el caso de la actual invasión de Ucrania, la brutalidad contra los civiles es más severa y los crímenes de guerra del ejército invasor son aún más numerosos que los cometidos por el ejército estadounidense. Los antiimperialistas prefieren dedicar miles de párrafos a denunciar la hipocresía y el doble rasero en las noticias, en lugar de examinar las pruebas -sobre la masacre de Bucha o el derribo del vuelo de Malaysia Airlines en 2014, o el uso de armas químicas por parte del aliado de Putin en 2013. Expresan empatía por las «preocupaciones legítimas de seguridad» [6] de Putin, en un coro descabellado con la retórica interestatal de un Kissinger (lo mismo que el golpe chileno de Pinochet), mientras se muestran reacios a concedérsela a quienes realmente necesitan empatía: las víctimas y los resistentes. Sucede que los sujetos históricos luchan en la situación concreta que, metodológicamente, debería ser de primordial interés teórico y práctico para la izquierda. Aparentemente, el discreto atractivo del putinismo ha convertido a los anti-imperialistas en multi imperialistas, un realineamiento preocupante en tiempos confusos.
¿Estaremos asistiendo al renacimiento de la Izquierda de Zimmerwald, o más bien a la lucha por la paz mundial como eje aglutinador de los socialistas dedicados a explotar la situación de guerra para cambiar el mundo? No. La posición derrotista, en las coordenadas de hoy, es solo una posición para la derrota de Ucrania. En agosto de 1914, los derrotistas de la época corrieron hacia las banderas nacionales para defender su patria. En 2022, los derrotistas corrieron hacia otras banderas, las rojas, en defensa de la parálisis que posibilita el símbolo. Sutilmente, el pacifismo abstracto de los derrotistas de hoy trabaja por la victoria del más fuerte, por la paz en las condiciones expansionistas de la Rusia putiniana y por el terrorismo de Estado en los territorios ucranianos ocupados.
Los derrotistas anti-OTAN deben entender una cosa de una vez por todas: la mayoría de los ucranianos que resisten junto con su gobierno no lo hacen por lazos étnicos, lingüísticos, electorales o político-ideológicos; no lo hace para defender valores nacionales, soberanos o liberal-democráticos, nada de eso es imprescindible. La mayoría de la población ucraniana ha decidido resistir porque no puede soportar la posibilidad de vivir bajo la ocupación del abominable régimen que representa Putin. Incluso cuando los ejércitos rusos avanzan profundamente en territorio ucraniano, montan sus puestos de control e instalan gobiernos títeres dirigidos por secuaces, ya está claro que la resistencia popular, aunque sea asimétrica o guerrillera, continuará.
La línea derrotista de la izquierda original de Zimmerwald estuvo ligada a la concatenación de percepciones y acciones en el horizonte de la revolución. Era un pacifismo armado, orientado hacia la futura revolución. Jaures, Liebknecht, Rosa Luxemburg o Lenin inflamaban la mente de sus oyentes porque ocupaban el púlpito de las asambleas, no tanto para transmitir el núcleo racional de sus propuestas, sino sobre todo la esperanza de una justicia cercana, de una felicidad colectiva puesta atrás de la montaña hacia la que por lo menos caminaron con pasos decididos. Fueron más organizadores de profecías que de masas, porque estas últimas permanecieron ingobernables durante todo el período de la guerra y las revueltas que las acompañaron y sobrevivieron. Los destellos de las explosiones en los campos de batalla europeos dejaban entrever las luces de la llegada del nuevo reino de la justicia social, anunciado por el sonido de las ráfagas de ametralladoras, como trompetas. La Gran Guerra, la gripe española, el hambre en los campos, el éxodo a través de grandes distancias, la omnipresente intimidad con la muerte, todos estos males en la segunda mitad de la década de 1910 sembraron en el continente europeo la expectativa mesiánica de que el sufrimiento sería redimido pronto. en cualquier momento.
Hoy, sin embargo, ocuparse de la historia, si bien se reivindica como parte importante del método materialista, termina sirviendo para negar sistemáticamente las fuerzas vivas del presente, sustrayendo de la percepción el impulso vivificador interno de los acontecimientos. Cuando los manifestantes en Madrid enarbolan banderas rojas y simbolismos revolucionarios, no inscriben su curso de acción en una cadena de hechos anteriores o posteriores, ni apuntan a otro horizonte que no sea la vacía defensa idealista: la paz mundial, el fin del imperialismo, el fin de toda opresión… Básicamente, es un problema de percepción. El socialista de hoy corre el riesgo de pasar su vida militante en blanco: encantado por la imagen pasada de la revolución que suprime la posibilidad de ver las revoluciones de su tiempo. El cultivo planificado de casos históricos ejemplares, su monumentalización, así como la idea de que la antigua herencia socialista debía transmitirse a las nuevas generaciones, contribuyó básicamente a la transmisión de la necrosis corporal ya aceptada como un hecho consumado en el presente.
***
Primero debemos reconocer el hecho decisivo de la resistencia, que en sí mismo debería influir en nuestra evaluación de los acontecimientos en Ucrania. Por grande que sea el apoyo militar, logístico y de información que la OTAN ha proporcionado en los últimos años, esto no disminuye en modo alguno la importancia de la voluntad colectiva de oponerse al invasor con todos los medios disponibles. Haberlo hecho en condiciones tan difíciles, contra tantos pronósticos, fue la verdadera afirmación de la virtud de la que hablan Maquiavelo y Guicciardini en sus obras. Para los filósofos políticos italianos del Renacimiento, la virtud decisiva es la de un pueblo cuya arraigada cultura cívica es irreconciliable con la imposición de la injusticia por parte del más fuerte. Debido a la inesperada resistencia de los ucranianos, algunos pacifistas derrotistas incluso sugirieron que sería mejor para ellos no resistir y aceptar la pérdida de territorios y la ocupación imperial. Después de todo, frente a un agresor tan poderoso y obstinado, la conquista rusa llegará de todos modos, depende de las personas lúcidas mitigar el daño. Es una mezcla del argumento del violador, el meme de Borg y el victim-blaming. Pero como escribió Foucault en uno de sus textos más bellos, no es inútil resistir [7]. Por el contrario, resistir es el acto anti estratégico que reabre la historia y socava los cálculos y pronósticos consolidados sobre el funcionamiento del equilibrio de poder.
En segundo lugar, el otro hecho crucial está constituido por la revolución ucraniana que estalló en el período comprendido entre noviembre de 2013 y febrero de 2014, que se centró en el Maidan («Plaza») de Kiev pero se extendió a decenas de ciudades. A pesar de las numerosas contradicciones, aporías y deficiencias organizativas comunes a cualquier proceso de movilización de masas desde abajo, ese evento ha cambiado decisivamente las condiciones políticas en Ucrania. Negando, incluso, la apertura de brechas hacia una política de izquierda que podría alterar el equilibrio de poder y negando la cadena de eventos hasta la invasión, se produce una extraña convergencia entre los críticos anti imperialistas de Maidan y los abiertamente anti imperialistas del Maidan (es decir, anti-Plaza) propugnada por Putin, donde la primavera es clasificada como «revoluciones de colores». [8]
Los primeros hacen una lectura mecánica según la cual la desintegración y precariedad del tejido social en el neoliberalismo sería comunicada a las multitudes en las calles y en las redes convirtiéndolas en presa fácil de la posterior manipulación de las protestas, derivas fascistas y/o geopolíticas, complots articulados por los servicios secretos. Los adherentes a la doctrina putiniana anti-Maidan, en cambio, anticipan en la introducción lo que a los primeros les parece en la conclusión, atribuyendo a las revoluciones de nuestro tiempo el vicio original de ser siempre manipuladas, hegemonizadas por los valores liberal-democráticos. (incluidos los derechos de las minorías) y manipuladas por los servicios secretos occidentales. Ambos bandos coinciden en el veredicto: manifestaciones oblicuas, festivas (homosexuales), narcisistas, en busca del primer vehículo populista que les proporcione una catarsis colectiva.
Concluyo con la observación de que, sí, podemos llamar al heterogéneo conjunto de esbozos revolucionarios desatados en la primera mitad de la década pasada, revoluciones coloreadas o multicolores. Podemos llamarlos así porque expresan la cartografía dinámica de degradados, colores, luces y sombras de una multitud que ha escapado de las dicotomías infernales y ha vivido su propia autonomía. Comprender su duración en el tiempo y el espacio dependería de un análisis detallado caso por caso, por ejemplo, para comprender cuánto del Maidan aún late dentro de la guerra popular asimétrica que libran los ucranianos contra el invasor. Cuánto vivimos todavía, en el tiempo vivo, del largo Maidan, en el que la virtud colectiva vuelve a ser posible, aunque no hay garantías y nunca es fácil. Contra los tonos sepia y las líneas ásperas de los adeptos de la nueva Guerra Fría, la izquierda multi imperialista o la Santa Alianza de la contrarrevolución global de la derecha homofóbica, es necesario seguir defendiendo el Maidan, sus colores brillantes. y su creatividad sin forma.
Traduccion del italiano, Santiago Arcos-Halyburton
Bruno Cava es ensayista y docente de cursos libres de filosofía. Autor de varios libros, entre ellos “A multidão foi ao desert”, Annablume, 2013, Brasil
Notas:
[1] – Vladimir Lênin, “The War and Russian Social-Democracy”, novembre 1914, “War and Revolution”, mayo 1917, Craig Nation, “War on war; Lenin, the Zimmerwald Left, and the Origins of Communist Internationalism”, Duke Un. press, 1989. p. 36.
[2] – “Pravoslávie, samoderzhávie, naródnost”, es decir Ortodoxia, Autocracia y Nacionalidad, los tres pilares enunciados por primera vez por el Ministro de Educación Sergey Uvarov, en 1833, representados por la Monarquía Absoluta, la Iglesia Ortodoxa y la Lengua Nacional. Tras la revolución, para socavar los pilares zaristas, el gobierno bolchevique implementó una política de nacionalidad que garantizaba la autonomía lingüística y cultural a las más de cien naciones incluidas en la Unión Soviética, siempre que estuvieran vinculadas a la heteronomía política del Partido Comunista. . Más que oponer autonomía y heteronomía kantiana, o particularidad empírica y máxima universal, Lenin, lector de Hegel, entendió que una debía posibilitar y fortalecer a la otra, coordinada orgánicamente desde dentro, a la manera de una «universalidad concreta» hegeliana. Una década después, Stalin derrocó la política leninista de nacionalidades. A la vuelta de los años treinta, se restableció el pilar de la rusificación y toda manifestación cultural o lingüística de otras nacionalidades fue tratada como enemiga del Estado, y por tanto a erradicar en defensa de la «revolución».
[3] – Jean-Paul Sartre, “Carnets de la drôle de guerre – Septe)mbre 1939 – Mars 1940”, Gallimard: 1995.
[4] – Alain Badiou, “Le siècle”, ed. du Seuil, 2005, p. 54.
[5] – Ibid., nota a pie página, p. 25 e 26.
[6] – El 23 febrero Mariana Mazzucato ha twiteado: “Non sono una fan di Putin, ma siamo onesti: cosa farebbero gli Stati Uniti se il Messico, al suo confine, entrasse in una sorta di alleanza di sicurezza russa o cinese?” (“No soy una fanática de Putin, pero seamos honestos: ¿qué haría Estados Unidos si México, en su frontera, entrara en algún tipo de alianza de seguridad con Rusia o China?” Podríamos insistir en la hipótesis contrafactual: si Ucrania se hubiera unido a la OTAN, como lo hicieron Polonia o los países bálticos, ¿se habría producido la invasión?
[7] – Michel Foucault, “Inutile de se soulever?”, Le Monde, 11 mayo 1979.
[8] Sobre el ciclo reactivo anti-Maidan y la oferta rusa de servicios represivos a todos los regímenes simpatizantes interesados, en vista de la formación de una Santa Alianza del siglo XXI, ver el artículo reciente del investigador Volodymyr Artiukh: «La lógica política del imperialismo ruso «.

(Tengo 42 años y me descubrí italiano a los 18, de un ridículo ius sanguinis derivado de mis abuelos, que ni siquiera hablaban italiano, sino un dialecto calabrés del Pedace. Digo ridículo no porque los nietos de inmigrantes italianos en todo el mundo tengan que rechazar tal oportunidad de obtener un pasaporte europeo. ridículo porque las personas nacidas en Italia mucho más «italianas» que yo, pero sin derecho al ius soli, tienen que sufrir todo tipo de humillaciones por no tener ciudadanía nacional.
Incluso recibo papeletas de voto en mi casa con cada elección. fiel a la tradición de la izquierda extraparlamentaria, sólo voté en algunos referéndums, nunca por un partido. el próximo septiembre tal vez vote por los partidos aquí por primera vez. Veamos qué pasa. En la medida de lo posible, he pasado mi vida en ásperos debates, movimientos, redes, luchas, colectivos. a partir de 2008, cuando comencé a frecuentar los círculos posoperaistas o neoautonomistas italianos, la admiración siempre ha sido profunda: la disciplina militante, la formación teórica, la cantidad de textos densos, la capacidad de movilizar infinitas capas históricas del pasado comunista. Por momentos, sin embargo, sentí que quizás los significados estaban demasiado soldados con los significantes, formando rígidas cadenas, y que la relación con el Afuera era menos problemática que la interioridad de los grupos, su implacable coherencia y lo compacto de los grupos. quizás por eso el 15-M municipalista ocurrió con tanta fuerza en la cercana España, pero en Italia, a pesar de ser del sur de Europa, no pasó casi nada (en cambio estaba el M5S y el grillismo…).
Pero ¿qué sé, qué puedo decir, qué puedo juzgar?, nada.
Hace un año y medio, por extraños accidentes, me vine a vivir aquí, en la tierra barroca de Salento. Debido a la pandemia, era como vivir en un limbo asocial, rodeado de piedra de Lecce y mejillones negros. Sin embargo, siempre siguiendo los movimientos y el escenario nacional y europeo occidental. Me pareció cuando menos extraño, en estos tiempos, cómo había algunos grafitis anarquistas por las calles que decían que la vacuna era la nueva variante del virus, o, digamos, un tono agámbeniano en algunos artículos, ingeniosos, de los compañeros, sobre las medidas de contención, adoptadas en Italia por el gobierno de Draghi – gobierno verdaderamente tecnocrático y neoliberal, por supuesto. A pesar de ello, hubo esperanza de que, en comparación con otros gobiernos, haya hecho un trabajo positivo en esta pandemia (obviamente el paso decisivo de desburocratización y universalización de la “renta de ciudadanía” nunca se dio).
Lo que realmente me impactó fue cuando estalló la guerra de agresión rusa en Ucrania. Buena parte de la izquierda extraparlamentaria gritaba a coro «Es la OTAN». Luego, todos los clichés sobre Azov, sobre los yanquis, que en Ucrania hoy la izquierda ya no está, y que proporcionando los medios de defensa a los más débiles se prolonga la guerra (en lugar de acortarla dando al infame opresor todo lo que busca).
Lo que siempre me ha gustado, como fuerza productiva estructurada de saberes y resistencias, ahora me parecía un inquietante familismo, que se negaba a identificar la resistencia donde se producía, ordenando rápidamente que bajara el telón: aquí no hay nada que hacer, volvámonos hacia nuestros ídolos y a los asuntos habituales, todo esto es el neoliberalismo de siempre, el imperialismo de siempre, esto no es Rojava, esto no es Cuba, esto no es el Sur Global.
Pregunto: ¿de qué sirven tantas máquinas de fórmulas y categorías contra Occidente, el Capitalismo o el Estado, si no las hemos podido ver cuando se manifiesta lo peor de cada uno de ellos: el neocolonialismo etnolingüístico, el capitalismo de amiguetes y un capitalismo reaccionario y un estado homofóbico- pero ante todo esto, ¿no podemos salirnos de las consignas sobre las guerras, las armas y los imperialismos?
Ciertamente, esto no es cierto para todos los que conozco, seguro que hay tendencias y tendencias, y también hay (pocos) camaradas que han visitado Kiev, no una, sino tres veces, haciendo la investigación que debería ser el requisito (¡ninguna palabra sin indagatoria!) para manifestarse en los medios del movimiento. La invasión es otro capítulo espantoso en la contrarrevolución anti-plazas y anti-movimientos de la década. Paz a los moralistas que hablan siempre de un «complicado», que sólo sirve para prohibir debates y cerrar interrogantes sobre todo lo que es más decisivo. Proporcionar los medios posibles de resistencia, con todas las contradicciones que ello conlleva (dilema es la vida), no es sólo un deber moral, defender el derecho frente a los injustos, toda una población civil de millones de personas sometidas durante meses al terrorismo de Estado, pero también una acción coherente con la necesidad interna de regeneración de movimientos y tradiciones con las luchas reales de nuestro tiempo. es para estas personas que de alguna manera están presentes en el camino anterior que ofrezco este texto y los invito a leerlo. Estoy inmensamente agradecido:
1° A quienes sintieron la necesidad de traducirlo, y lo hicieron espontáneamente sin aceptar un centavo (gracias Giuseppe Orlandini), y
2° A la editora de una de las mejores secciones sobre la guerra rusa en Ucrania (gracias Elisabetta), quien, según tengo entendido, hace un gesto de intrepidez al aceptar publicar este artículo.)

David Harvey: las grandes ciudades, cada vez más excluyentes

por Fernando Camacho Servín

Las grandes ciudades de América Latina se han vuelto cada vez más inequitativas y en ellas se destinan recursos millonarios a megaproyectos que significan auténticos «puentes hacia la nada», pues no tienen ninguna utilidad para resolver las necesidades de las mayorías y sólo benefician a grandes constructores.

Así lo advirtió el geógrafo, urbanista y teórico social marxista David Harvey, quien señaló que las crisis del acceso al agua en ciudades como Monterrey deben solucionarse con estrategias de planeación a largo plazo, además de sistemas gubernamentales de supervisión al uso que le dan las compañías privadas a dicho recurso natural.

Recién llegado al país, donde hoy participará en un foro organizado por las secretarías de Cultura federal y de la Ciudad de México, el investigador británico charló con La Jornada acerca de los temas que lo han ocupado desde hace décadas, entre ellos el «derecho a la ciudad» y cómo el neoliberalismo ha transformado los entornos urbanos.

Ser «desechable»

Al analizar la desigualdad existente en la gran mayoría de las urbes latinoamericanas, Harvey considera: “La inequidad se ha profundizado: los ricos se volvieron más ricos, y los pobres, no más pobres en un sentido absoluto, pero sí más desempoderados, con una mayor sensación de ser desechables. Creo que la gente piensa que tiene un rol insignificante. Hay como una suerte de alienación y enojo en las calles. Es como decir ‘¿para qué me molesto en hacer algo, si lo que hago no importa? Estoy tan apurado lidiando con la vida cotidiana, que no me interesa nada más’”, lamentó.

Respecto de fenómenos como la «gentrificación» de zonas urbanas y la aparición de «burbujas» inmobiliarias, el autor de Una breve historia del neoliberalismo y Urbanismo y desigualdad social advirtió que las ciudades son espacios cada vez más segregados para sus habitantes en función de qué tanto dinero tengan.

“La provisión de casas mediante el mercado funciona muy bien para la población adinerada, pero falla totalmente para cubrir las necesidades de la más pobre. En Nueva York, por ejemplo, hay un boom de edificios nuevos, pero para personas que ganen 100 o 300 mil dólares al año, cuando 50 por ciento de los habitantes gana menos de 40 mil dólares. ¡No pueden costearse una casa y el mercado los expulsa!”.

Harvey consideró que una de las acciones fundamentales para esta problemática es “un sistema viable de vivienda social, pero eso no va ocurrir si lidiamos con el coro neoliberal que dice ‘si algo no se puede hacer a través del mercado, entonces no es posible en lo absoluto’”.

Los «puentes hacia la nada»

Para el académico de las universidades John Hopkins y de la Ciudad de Nueva York, las grandes inmobiliarias y constructoras tienen el único objetivo de generar ganancias, aunque «mucha inversión se destine a proyectos espectaculares, pero absurdos, que no resuelven la vida diaria».

Mencionó el “nuevo aeropuerto al sur de Madrid, que costó 2 o 3 mil millones de dólares y al final fue una total fantasía. Ningún vuelo llegaba ahí, no hay nada ahí y se fue a la bancarrota. A pesar de eso, los desarrolladores y otros ganaron mucho dinero haciendo lo que llamamos un ‘puente hacia la nada’”.

Hoy en día, recalcó Harvey, «tenemos cada vez más infraestructura así: megaproyectos espectaculares que no le ayudan a la gente. Los inversionistas apuestan a proyectos que no son rentables por la sencilla razón de que van a tener un superávit y a crear muchos empleos».

En contraposición, para que las grandes ciudades sean viables es necesario que las autoridades hagan planes de largo plazo y generen la infraestructura básica necesaria para resolver problemas reales.

«En Estados Unidos no están al corriente con la infraestructura de largo plazo. Tenemos una austeridad impuesta por el sistema y no le hemos dado mantenimiento al Metro, que hoy está en crisis en Nueva York».

Mejor gestión del agua

Consultado sobre cómo enfrentar las crisis de abasto de agua que ya sufren Monterrey y otras grandes urbes, Harvey señaló que la escasez ya afecta también a Sao Paulo y Los Ángeles, debido al cambio climático, por lo que es urgente implementar estrategias de reciclaje y planeación para las siguientes décadas.

En este marco, consideró que el decreto firmado por el presidente Andrés Manuel López Obrador para garantizar el abasto del líquido en Nuevo León debería formar parte de una estrategia integral para hacer un mejor uso y distribución del agua. «El que esto funcione va a depender de lo que hagan las autoridades y la población local», apuntó.

Para Harvey, el hecho de que las empresas privadas manejen el agua no es necesariamente malo, porque hay experiencias positivas en Francia y Gran Bretaña, pero subrayó que «debe haber un aparato regulatorio de supervisión, para que el agua llegue a la gente de forma adecuada, en cantidad suficiente y con un sentido social».

Una de las raíces de los mayores problemas en el mundo es la «sobreacumulación de capital» a costa de los recursos naturales. “El resultado es la pestilencia, las guerras, las enfermedades. Hay un boom de la minería y el extractivismo, como en el caso del litio y otros metales en Latinoamérica, pero esa acción es más destructiva que constructiva”.

‘El derecho a resistir’ Un manifiesto feminista

por The Feminist Initiative Group

Nosotras, feministas de Ucrania, llamamos a las feministas de todo el mundo a solidarizarse con el movimiento de resistencia del pueblo ucraniano contra la guerra depredadora e imperialista desatada por la Federación Rusa. Los relatos de guerra suelen presentar a las mujeres* como víctimas. Sin embargo, en realidad, las mujeres* también desempeñan un papel clave en los movimientos de resistencia, tanto en el frente como en el frente doméstico: desde Argelia hasta Vietnam, desde Siria hasta Palestina, desde el Kurdistán hasta Ucrania.

Las autoras del manifiesto Resistencia Feminista contra la Guerra niegan a las mujeres ucranianas* este derecho a la resistencia, que constituye un acto básico de autodefensa de los oprimidos. Nosotras, por el contrario, consideramos la solidaridad feminista como una práctica política que debe escuchar las voces de les directamente afectades por la agresión imperialista. La solidaridad feminista debe defender el derecho de las mujeres* a determinar de forma independiente sus necesidades así como sus objetivos políticos y las estrategias para alcanzarlos. Las feministas ucranianas ya luchábamos contra la discriminación sistémica, el patriarcado, el racismo y la explotación capitalista mucho antes del momento actual. Llevamos y seguiremos llevando a cabo esta lucha tanto durante la guerra como en tiempos de paz. Sin embargo, la invasión rusa nos obliga a centrarnos en el esfuerzo general de defensa de la sociedad ucraniana: la lucha por la supervivencia, por los derechos y las libertades fundamentales, por la autodeterminación política. Pedimos una evaluación informada de la situación concreta en lugar de un análisis geopolítico abstracto que ignora el contexto histórico, social y político. El pacifismo abstracto que condena a todas las partes que participan en la guerra conduce a soluciones irresponsables en la práctica. Insistimos en la diferencia esencial entre la violencia como medio de opresión y como medio legítimo de autodefensa.

La agresión rusa socava los logros de las feministas ucranianas en la lucha contra la opresión política y social. En los territorios ocupados, el ejército ruso utiliza las violaciones masivas y otras formas de violencia machista como estrategia militar. El establecimiento del régimen ruso en estos territorios supone la amenaza de criminalizar a las personas LGBTIQ+ y despenalizar la violencia doméstica. En toda Ucrania, el problema de la violencia doméstica se está agravando. La enorme destrucción de la infraestructura civil, las amenazas al medio ambiente, la inflación, la escasez y el desplazamiento de la población ponen en peligro la reproducción social. La guerra intensifica la división sexual del trabajo, asignando todavía más el trabajo de reproducción social a las mujeres, que lo realizan en condiciones especialmente difíciles y precarias. El aumento del desempleo y el ataque del gobierno neoliberal a los derechos laborales siguen agravando los problemas sociales. Para huir de la guerra, muchas mujeres* se ven obligadas a abandonar el país, y se encuentran en una posición vulnerable debido a los obstáculos para acceder a la vivienda, las infraestructuras sociales, los ingresos estables y los servicios sanitarios (incluidos los anticonceptivos y el aborto). También corren el riesgo de caer víctimas de trata.

Hacemos un llamamiento a las feministas de todo el mundo para que apoyen nuestra lucha. Exigimos:

El derecho a la autodeterminación, la protección de la vida y las libertades fundamentales, y el derecho a la autodefensa (incluida la armada) del pueblo ucraniano, así como de otros pueblos que se enfrentan a la agresión imperialista.
Una paz justa, basada en la autodeterminación del pueblo ucraniano, tanto en los territorios controlados por Ucrania como en sus territorios temporalmente ocupados, en la que se tengan en cuenta los intereses de los trabajadores, las mujeres, las personas LGBTIQ+, las minorías étnicas y otros grupos oprimidos y discriminados.
Justicia internacional para los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad durante las guerras imperialistas de la Federación Rusa y otros países.
Garantías efectivas de seguridad para Ucrania y mecanismos eficaces para evitar nuevas guerras, agresiones y escaladas de conflictos en la región y en el mundo.
Libertad de circulación, protección y seguridad social para todos los refugiados y desplazados internos, independientemente de su origen.
Protección y ampliación de los derechos laborales, oposición a la explotación y a la superexplotación, y democratización de las relaciones laborales.
Prioridad a la esfera de la reproducción social (guarderías, escuelas, infraestructuras sanitarias, ayuda social, etc.) en la reconstrucción de Ucrania tras la guerra.
La cancelación de la deuda externa de Ucrania (y de otros países de la periferia mundial) para la reconstrucción de posguerra y prevención de nuevas políticas de austeridad.
Protección contra la violencia machista y garantía de la aplicación efectiva del Convenio de Estambul.
El respeto de los derechos y el empoderamiento de las personas LGBTIQ+, las minorías nacionales, las personas con discapacidad y otros grupos discriminados.
La aplicación de los derechos reproductivos de las niñas y las mujeres, incluidos los derechos universales a la educación sexual, a los servicios sanitarios, a los medicamentos, a la anticoncepción y al aborto.
la garantía de la visibilidad y el reconocimiento del papel activo de las mujeres en la lucha antiimperialista
La inclusión de las mujeres en todos los procesos sociales y en la toma de decisiones, tanto durante la guerra como en tiempos de paz, en igualdad de condiciones con los hombres.
Hoy, el imperialismo ruso amenaza la existencia de la sociedad ucraniana y afecta al mundo entero. Nuestra lucha común contra él requiere principios compartidos y apoyo global. Hacemos un llamamiento a la solidaridad y a la acción feminista para proteger las vidas humanas, así como los derechos, la justicia social, la libertad y la seguridad.

Defendemos el derecho a resistir.

Si la sociedad ucraniana abandona las armas, no habrá sociedad ucraniana.

Si Rusia abandona las armas, la guerra terminará.

Firma el manifiesto aqui:

https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLScgsYAJIh9y0qwZHucPHsnmmzlUiou-USkOuRIlxxisrpWkAw/viewform

Traducción del ingles, Santiago de Arcos-Halyburton

 

Estamos en guerra: nacionalismo, imperialismo, cosmopolítica

por Ettiene Balibar

Para la mayoría de las preguntas que examinaré, confieso que no tengo una respuesta preparada. Peor aún, en muchos casos me temo que tales respuestas no existen. Esto no puede impedir que las busquemos, que encontremos la mejor formulación de las preguntas, a partir de todo lo que podamos aprender y discutir de manera crítica. La guerra en Ucrania plantea cuestiones de interés universal. La guerra nos afecta y seguirá afectándonos cada vez más: el presente, el futuro colectivo y nuestro lugar en el mundo. No estamos involucrados en esta guerra solo como observadores distantes o neutrales. Somos participantes en la guerra y el resultado depende de lo que pensemos y hagamos al respecto. Estamos en guerra. No podemos simplemente “desertar de esta guerra”, como escribió mi colega Sandro Mezzadra en un sólido manifiesto pacifista. Lo que no quiere decir que debamos pelear esta guerra en todas las formas que se nos presenten inmediatamente. Probablemente, aunque el rango de opciones para nosotros es estrecho, de ninguna manera puede llevarnos a concluir que no hay elección en absoluto.
¿Pero qué guerra es esta? Ni siquiera podemos responderlo con certeza. Porque no tenemos una percepción completa de los espacios ocupados por la guerra que se desbordan del territorio obviamente invadido por las tropas rusas y de algunas áreas adyacentes. Hay preguntas abiertas sobre la intensidad de la guerra y sus ramificaciones más allá de las fronteras de Ucrania, quizás en todo el mundo, a medida que la guerra se desarrolla y cambia progresivamente de naturaleza. Estas preguntas condicionan las hipótesis a formular sobre las formas que la política, en tanto práctica colectiva e institucional, puede tomar durante y después de la guerra. Si es que hay un después… En la célebre cita, repetida hasta la saciedad, Clausewitz escribió que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Aún más decisivo sería preguntar: qué política es posible durante la guerra? ¿Y cómo cambiará la guerra las condiciones e incluso el contenido de la política después de que termine la guerra?
Discutiré las cuestiones en torno a tres temas. Primero, ¿qué está en guerra, o más bien, qué definiciones se pueden proponer para la guerra en curso? En segundo lugar, ¿cómo redefine la guerra la función del nacionalismo y transforma la propia forma de nación? Tercero, ¿cómo articula la guerra varios espacios políticos dentro de una estructura global de conflictos e instituciones?

QUE HAY EN UNA GUERRA
En esta primera parte, mi hipótesis es la siguiente: la naturaleza de la guerra en curso es imposible de aprehender si no se aplican mallas analíticas sucesivas, operando en diferentes niveles y destacando diferentes modalidades de conflicto. La guerra es esencialmente multidimensional: tiene lugar en diferentes teatros operativos, según diferentes ritmos. Sin embargo, tenemos que decidir qué aspecto priorizar en nuestra evaluación de lo que está en juego en la guerra, para guiar nuestras intervenciones. En última instancia, sin embargo, habrá una decisión subjetiva, una que no puede deducirse simplemente de las premisas del problema.
Creo que la guerra se desarrolla en cuatro niveles simultáneos. Antes de intentar señalarlos, es necesario repasar algunas cuestiones preliminares. El primer punto es que, si toda guerra depende ciertamente por su propia naturaleza de los objetivos fijados por los beligerantes, la guerra en sí misma no se define únicamente por sus intenciones. Más bien, se define por la constitución política de las instituciones colectivas, generalmente naciones, y por las condiciones históricas en las que tales instituciones se encuentran. Lo que nos lleva a la segunda pregunta preliminar: hay diferentes tipos de guerra. En general, las comparaciones son útiles, especialmente cuando involucran a actores similares. En este caso, vienen a la mente la guerra Irak-Estados Unidos de 2003, las guerras en la ex Yugoslavia a lo largo de la década de 1990, la segunda guerra de Chechenia de principios de la década de 2000 y la guerra de Vietnam de la década de 1970, sirven como contraejemplos. En cierto sentido, cada guerra es un nuevo tipo de guerra. Tercera cuestión: la guerra tiene sucesivas fases, guerra de movimiento y de posición, en las que se desplaza la correlación de fuerzas involucradas, así como las fronteras que contienen la guerra. En esta guerra, tras la fase inicial en la que las fuerzas nacionales ucranianas repelieron la invasión rusa, la guerra se estancó en la fase del asalto asesino contra las líneas de defensa orientales del país, volviendo al punto de partida del conflicto, como en 2014. Pero solo en esta guerra La tercera y última fase, con los desarrollos actuales, es que las dimensiones geopolíticas pasaron a primer plano.
La primera definición que podemos ofrecer es que se trata de una guerra de independencia para la nación ucraniana. Esto permite compararlas con las guerras de liberación antiimperialistas del siglo XX, como las de Argelia o Vietnam, o con el período constituyente de las naciones modernas que se separaron de los antiguos imperios británico, español u otomano. De hecho, Ucrania, anteriormente una república federal en la Unión Soviética, se independizó formalmente recién en 1991, cuando se disolvió la URSS. Y así fue reconocido por la comunidad internacional. Este hecho es de gran importancia, ya que caracteriza claramente que la invasión rusa violó el derecho internacional. Por un lado, hay agresión, por el otro, resistencia. Sin embargo, la propaganda rusa subrayó que no aceptaría la independencia de Ucrania como un hecho consumado por parte del imperio al que perteneció el territorio ucraniano durante siglos. Imperio que siguió existiendo durante la era comunista, a pesar de los principios democráticos proclamados en la Revolución de Octubre. Como resultado, los ucranianos están librando su guerra de independencia y solo después de eso, si ganan, la existencia de la nación ya no será cuestionada. Tal objetivo se logra a costa de un enorme sufrimiento y destrucción.
La constante referencia a la continuidad del dominio imperial sobre el espacio euroasiático, que se extiende desde el Océano Pacífico hasta las fronteras de Polonia (e incluso más allá), así como a los efectos de la Revolución Rusa, nos obligan a considerar esta guerra desde un ángulo diferente. y en una etapa diferente. En relación con las guerras en la ex Yugoslavia en la década de 1990, si bien la desproporción de fuerzas y los grados de destrucción son inmensos y afectan algunas otras distinciones significativas, esta guerra de independencia también pertenece a la categoría de guerras poscomunistas, surgiendo como un resultado del colapso de los estados socialistas en Europa y el fracaso de las políticas de nacionalidad, que al final solo acentuaron los nacionalismos agresivos. Estos se encendieron aún más en el contexto de las salvajes políticas de acumulación primitiva neoliberal. Lo que llama nuestra atención es que, en la perspectiva de un siglo, esta no es solo una guerra europea, que enfrenta a los pueblos europeos y los estados-nación europeos, así como a las alianzas y estructuras de poder europeas. Esta guerra es también la continuación o el nuevo episodio de la trágica historia de la guerra civil europea, que comenzó con la Primera Guerra Mundial, reconfigurada por la Revolución de Octubre, y luego por el surgimiento del nazismo en la derrotada Alemania y su red de aliados fascistas. en toda Europa. . Y luego vino la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría y el descenso del Telón de Acero, que luego se derrumbó en 1989. Así que esta es la trágica historia, llena de deposición, destrucción y restauración de naciones, así como de genocidios, masacres, totalitarismo. dominaciones Sus huellas aún no han sido eliminadas por completo. Si miramos la guerra actual desde este punto de vista, la “guerra total” librada en el este de Ucrania y el éxodo de millones de personas no se justifican en modo alguno, pero nos sorprenden menos. Porque es la repetición de un patrón existente, que se olvida con demasiada facilidad, asumiendo que los problemas subyacentes se habrían resuelto.
La segunda definición conduce inmediatamente a una mayor ampliación del alcance de la inscripción de guerra. Las guerras europeas del siglo XX fueron también guerras mundiales, o capítulos de guerras mundiales, pero siempre dando a Europa una posición más o menos central. Yo diría que la guerra en curso es ante todo una “guerra globalizada”, incluso si es de carácter híbrido, donde muchas partes del mundo, sus poblaciones y estructuras políticas están asimétricamente implicadas. La razón de esto es que los beligerantes inmediatos participan en alianzas globales que brindan apoyo, y se puede decir que estas alianzas están llevando a cabo sus propias guerras de poder. La actitud de China hacia el conflicto es ambigua, pero en el lado occidental no lo es, y es especialmente cierto que se trata de una guerra de poder. Sin flujos permanentes de armas y suministros de información, el ejército ucraniano no habría podido resistir el asalto ruso, con todas sus virtudes. Por supuesto, además, Occidente está librando una guerra económica contra Rusia. Es muy significativo que, mientras Rusia niega oficialmente estar en guerra, calificándola de “operación militar especial” (como se denominaba antiguamente a las guerras coloniales), Occidente también niega estar en guerra, limitándose a hablar sobre sanciones. Lo más importante es que la combinación de destrucción provocada por la guerra, el bloqueo naval a la exportación de productos agrícolas y la repercusión de las sanciones en la economía global terminan develando un horizonte dramático de escasez de alimentos que pone a las poblaciones del Sur Global en riesgo de hambre. Ellas ahora también están en guerra.
Finalmente, una cuarta determinación de la guerra no puede ser ignorada y la persigue por los bordes. La posibilidad de que la guerra se vuelva nuclear. La pregunta es inquietante y fue planteada por Jürgen Habermas en un artículo reciente que desató la polémica en Alemania. Muchos comentaristas creen que el uso de armas nucleares en la guerra no es más que un instrumento de chantaje por parte del régimen ruso. Otros sugieren que la invasión rusa es una guerra colonial, pero con un paraguas nuclear, que obliga al otro bando (la coalición occidental cuya unidad es la OTAN) a restringir la magnitud del apoyo y el alcance de la intervención. Sin embargo, esto no da en el blanco, ya que la situación tiene más que ver con el hecho de que el ascenso de los extremos nunca se excluirá en una guerra total, a menos que termine con una clara ventaja para un lado. En efecto, como bien subrayaron Günther Anders o Edward Thompson, allá por la Guerra Fría: la existencia y magnitud de las armas nucleares abren posibilidades catastróficas que escapan al control de los regímenes políticos y sus líderes. El «exterminismo», para usar la frase de Thompson, no es impensable.
Con ello volvemos a la necesidad de decidir cómo vamos a priorizar en nuestras valoraciones dimensiones tan heterogéneas que, a pesar de todo, son interdependientes. Mi posición, de cuya debilidad soy plenamente consciente, es que existe una urgencia inmediata de apoyar la resistencia del pueblo ucraniano, que resiste por el bien de la independencia de la nación. No porque la independencia nacional sea un valor absoluto per se, sino porque a los ucranianos se les niega claramente el derecho a la autodeterminación porque están siendo victimizados en masa en una guerra criminal. La derrota de los ucranianos sería moralmente inaceptable y tendría consecuencias devastadoras para el orden internacional. Pero el apoyo no puede ser ciego. Por lo tanto, paso a los otros dos puntos de mi discusión, en cuanto a los temas del nacionalismo y la geopolítica de los conflictos y los espacios globales.

NACIONES Y NACIONALISMO
Podemos decir que el nacionalismo ha vuelto al centro del debate político, al emerger el espectro de la violencia, la intolerancia y la exclusión genocidas, lo que obliga a reconsiderar la aparente irreductibilidad de la forma-nación como último recurso en la definición de los agentes históricos. La parte ucraniana está claramente animada por el espíritu de autonomía y unidad nacional, lo que podría llamarse «nacionalismo», no hay otro término para ello. Sin embargo, no podemos simplemente rastrear la equivalencia con el discurso nacionalista ruso. No se trata sólo del desequilibrio de fuerzas o de la asimetría de posiciones frente al derecho internacional (el mismo que consagra la soberanía de los Estados-nación en tanto sean reconocidos internacionalmente como tales, lo que depende de muchas contingencias). El caso aquí es con respecto al contenido político involucrado. La propaganda rusa explora la realidad de algunos grupos extremistas que han jugado un papel activo en la política ucraniana desde la independencia en 1991, así como el imaginario de la Gran Guerra contra el nazismo después de 1941, para retratar al actual régimen ucraniano como sinónimo de resurrección. del nazismo.
El régimen ruso actual exhibe características totalitarias, desde la represión violenta de los opositores políticos hasta el desarrollo de un discurso imperial centrado en la misión histórica y el valor superior del pueblo ruso, retratado como un “pueblo maestro”. A partir de esto, desarrollo dos axiomas correlacionados. Primero, no existe tal cosa como una nación sin nacionalismo. Por lo tanto, el rechazo absoluto del nacionalismo como ideología reaccionaria no tiene un significado concreto a menos que decidamos que la forma de nación debe ser rechazada como un todo (que, de hecho, fue la posición de una gran parte de la tradición socialista). En segundo lugar, los vaivenes del nacionalismo y los altibajos de la forma de nación, en diferentes lugares y épocas históricas, están relacionados entre sí. Es porque la historia de las naciones, en gran parte determinada por las guerras, genera cambios dramáticos en el significado y contenido de las ideologías nacionalistas. Lo cual, a su propio ritmo, puede empujar a las naciones en direcciones opuestas. Lo que importa políticamente es el cambio de proporciones, el equilibrio desigual entre formas antitéticas, aunque ambos polos sean llamados con el mismo nombre de “nacionalismo”. En otras palabras, no debemos tratar de responder preguntas como: ¿qué es el nacionalismo ucraniano? Sino mas bien: ¿en qué se está convirtiendo el nacionalismo ucraniano en el transcurso de esta guerra?
Repito, soy consciente de que las hipótesis presentadas son muy frágiles. Si bien se pueden refutar rápidamente, vale la pena considerarlas. Creo que la cuestión neurálgica, en torno a qué orbita el contenido político del nacionalismo ucraniano y sus efectos, está ligada al estatus multicultural, comenzando por el multilingüismo, de las instituciones del Estado-nación ucraniano. Tomando prestadas categorías que ahora son ampliamente aceptadas por la sociología política, en términos de la oposición demos x ethnos, veo un escenario optimista asociado con los personajes de la resistencia patriótica actual, lo que sugiere que Ucrania y su identidad ideal están pasando de la condición de un nación étnica a la de nación cívica, con predominio del demos sobre el ethnos. Como resultado del hecho notable de que, contrariamente a las expectativas del invasor, las dos comunidades lingüísticas [rusa y ucraniana] se han unido en la resistencia patriótica y se han identificado con la idea de un solo Estado-nación ucraniano. Tampoco debemos olvidar cómo las dos comunidades mantienen zonas de intersección, lo que significa que la mayoría de los ucranianos son bilingües. Para mí, este es un hecho fundamental, aunque evidentemente hay fuerzas opuestas trabajando en varias partes del país.
Hagamos un breve rodeo por los patrones discursivos ideológicos. Del lado del imperialismo ruso, que niega la posibilidad de la existencia de la nación ucraniana, hay algunas contradicciones, aunque su existencia no impide que los ideólogos unan sus fuerzas. Una vertiente del discurso se centra en la idea de que existe un Mundo Ruso cuya genealogía estaría enraizada en la historia religiosa y lingüística, y a partir del cual los ucranianos y su lengua no serían más que una rama ligada continuamente a otras. El hito simbólico de este discurso es el traslado de la capital [del reino de la Rus medieval] de Kiev a Moscú. Otro discurso, más cercano a los discursos coloniales en otras partes del mundo, enmarca la lengua ucraniana y la población de habla ucraniana como una raza inferior o un pueblo sin historia. Su única historia posible sería la incorporación y educación dentro del imperio. Estos dos discursos explican cómo, a contrario sensu, la narrativa nacionalista fue construida en Ucrania, es decir, como una narrativa de la continuidad de la existencia de un pueblo/nación ucraniano, sustancialmente identificado con la resistencia a la destrucción de su identidad colectiva, como fue perseguido por el imperio ruso. La narración teje una continuidad mítica, desde el reino medieval de Rus´, cuya capital original fue Kiev, hasta el renacimiento nacional contemporáneo, pasando por manifestaciones simbólicas intermedias como el período de los principados cosacos y la Rada [Consejo Supremo de Ucrania] durante el revolucionario posterior a 1917, a pesar de que las formaciones sociales ucranianas están formadas por heterogeneidad y discontinuidad. Por supuesto, esta continuidad opera junto a la idea de la existencia de una identidad sustancial basada en la comunidad lingüística, que se mostró irreductible a la erradicación buscada por el poder imperial. Mi objetivo aquí no es descalificar esta narrativa, que es bastante similar a otras mitologías nacionales alrededor del mundo. Más bien, es señalar por qué el legado en esta región es en realidad más complejo. Como su nombre lo indica, Ucrania es una tierra fronteriza, con límites que fluctúan a lo largo de los siglos, dentro de la cual la cultura y la pertenencia colectiva están marcadas por la multiplicidad y la diversidad. Sin dejar de mencionar los conflictos y la violencia, ya que Ucrania siempre ha estado repartida entre imperios (o reinos) rivales, sometida a divisiones e incorporaciones por soberanías hegemónicas, además de haber atravesado revoluciones demográficas inducidas por migraciones y deportaciones forzadas, o por genocidios. . . En el siglo XX hubo dos: el exterminio bolchevique de los campesinos mediante el hambre y el exterminio nazi de los judíos mediante ejecuciones masivas y campos de exterminio… El fenómeno crucial, como decía antes, es el bilingüismo de la mayoría de la población, que se debe en gran parte al sistema educativo soviético que formó la clase media.
Estas son algunas de las razones por las que creo que el factor más importante en la génesis del espíritu patriótico, lo que sustenta la capacidad del pueblo ucraniano para luchar en esta guerra, no está en la narrativa étnica (o solo en ella). Sino más bien en la invención democrática de la Revolución de Maidan, en 2013-14, que creó una noción de ciudadanía distinta de la de comunidad étnica. Esta invención democrática ciertamente no es pura, está impregnada de maniobras sectarias, manipulación de oligarcas y políticos corruptos, llegando incluso a conflictos violentos entre milicias armadas. Aun así, es incuestionable que [el Maidan] fue una insurrección democrática y popular, especialmente cuando se ve en el contexto de las tendencias regionales hacia el autoritarismo (o “posdemocracia”). Esta es, sin duda, una de las razones por las que la dictadura rusa de Vladimir Putin ya no puede tolerarlo. Porque suscitó una crítica a la corrupción y un movimiento colectivo orientado a los valores que profesan los sistemas democráticos de Europa occidental -que, por muy oligárquicos que sean, dan cabida al pluralismo político- y puede representar un ejemplo para los ciudadanos de Rusia. Federación.
Por supuesto, soy consciente de que otras fuerzas están empujando en la dirección opuesta: la más poderosa de ellas es la guerra misma, en particular porque está destinada a desencadenar una rusofobia que apunta no a Rusia como Estado, sino a la cultura y el idioma rusos. y de ahí la apreciación y el uso de la rusofobia por parte de los ucranianos. La mayor incógnita en esta situación, políticamente esencial para el futuro, es cómo evolucionará la antítesis [entre demos y ethnos dentro del nacionalismo ucraniano].

GEOPOLÍTICA Y ESPACIOS SUPRANACIONALES
Finalmente, quiero retomar la idea de que las diversas guerras que se superponen y están sobredeterminadas hoy se vuelven más inteligibles si asociamos sus respectivas lógicas al supuesto de espacios políticos heterogéneos que cruzan la zona fronteriza que es Ucrania.
Permítanme comenzar con una paradoja fundamental inherente a la situación y acentuada por la guerra. Las naciones que buscan su independencia, especialmente cuando luchan contra un Imperio (o una entidad política que intenta resucitar un imperio), están ansiosas por afirmar su soberanía. Sin embargo, la soberanía nacional, incluso en el caso de naciones muy poderosas, siempre ha sido una soberanía limitada, dependiente del reconocimiento por parte de otras naciones y de la incorporación a sistemas de alianzas. En el apogeo de la era imperialista, la soberanía nacional se convirtió en gran parte en una autonomía formal, ya que el mundo estaba dividido en diferentes zonas, aunque las modalidades de soberanía eran diferentes. Esta situación se repite hoy, o quizás deberíamos decir que la guerra de independencia de Ucrania demuestra que nunca desapareció realmente. La situación solo cambió en términos de geografía y quedó sujeta a relaciones geopolíticas de diferentes fuerzas. Hoy Ucrania puede defenderse y salvarse solo si se integra a la alianza militar de la OTAN, es decir, de la estructura imperialista occidental, hegemonizada por Estados Unidos y al servicio de sus intereses globales. Y Ucrania solo puede afirmar y desarrollar sus valores liberal-democráticos si integra una estructura cuasi-federativa que es la Unión Europea. Estos dos procesos, que producen la dependencia como contenido real de la soberanía, están íntimamente entrelazados y podrían incluso parecer imperceptibles, en la medida en que la guerra incrementa la integración militar de los estados miembros de la Unión Europea, en el eje de la OTAN, en el que Estados Unidos es abrumadoramente dominante. Lo que parecían ser líneas evolutivas divergentes en los ámbitos político y militar en el pasado reciente, desde el final de la Guerra Fría, ahora reaparecen como dos caras gemelas de un mismo proceso. Esto tiene consecuencias devastadoras, ya que reinstaura la lógica de los campos en la arena global y pospone indefinidamente lo que he llamado la guerra civil europea.
¿Confirmaría este fenómeno la propaganda rusa que, desde un principio, pretende explicar la guerra como consecuencia de las políticas agresivas de la OTAN para acorralar al rival excomunista, como han planeado algunos ideólogos neoconservadores? No creo en eso. Porque aunque la OTAN llevó a cabo la política de cercar el espacio político euroasiático, tradicionalmente dominado por Rusia –lo que parece innegable–, la OTAN no atacó militarmente a Rusia. Nunca podemos olvidar qué ejércitos invadieron Ucrania y ahora la están destruyendo. Por un lado, debe quedar claro que ningún acuerdo de compromiso con el régimen de Putin ni ceder a sus exigencias resolverá la paradoja de lograr la independencia mediante el sometimiento a un bloque más amplio. Por otro lado, también me queda claro que existe una completa asimetría para un país democrático, entre la perspectiva de ser retomado y engullido por un imperio autocrático retrógrado y ser incorporado a una federación que crea o perpetúa desigualdades, pero que Tiene reglas de participación negociable. Aquí está en juego una discusión sobre las formas y grados contemporáneos del imperialismo, que también incluye la diferenciación entre las formas de sujeción que imponen. El siguiente paso sería tratar de evaluar la probabilidad de que, para Ucrania y la propia Europa, la integración política aparezca como una consecuencia inevitable de la guerra de independencia de Ucrania, pero sin identificarse del todo con la integración militar en el ámbito transatlántico restaurado, ni sometido a ella. Lo que dependerá de los desarrollos estratégicos de la guerra: su duración, qué bando “gana” o simplemente se encuentra en una posición favorable para negociar la paz o la tregua, qué soluciones apoya o tolera la opinión pública de cada bando, en qué También hay que tener en cuenta al pueblo ruso.
Quizás lo más importante a considerar viene ahora. No debemos ver el nivel de los conflictos geopolíticos entre alianzas militares y la nueva cartografía de los imperialismos globales, en los que China puede ser un actor decisivo, como último recurso de la discusión. Lo que traté de conceptualizar como el carácter híbrido de una guerra, que es menos una “guerra mundial” que una “guerra globalizada”, podría llevarnos en una dirección diferente. Las guerras se pelean de manera crucial por las fronteras, pero hay muchos tipos y capas de fronteras. En un nivel, las fronteras nacionales definen reglas de inclusión y exclusión en la comunidad de conciudadanos, normalmente ejercidas por los Estados. En otro nivel, las líneas divisorias globales distribuyen el planeta y la población humana entre diferentes zonas, resultado de las hegemonías coloniales y poscoloniales, el desarrollo desigual y las diferentes formas de capitalismo.
Tengo en mente la distribución de territorios y población mundial entre el Norte y el Sur globales. Claramente, esta distribución juega un papel decisivo en términos de la percepción de la guerra en diferentes partes del mundo, alimentando particularmente la percepción compartida en el Sur de que se trata de una guerra entre imperialismos del Norte, tal vez una guerra de poder conducida por el imperialismo más poderoso, en este caso, Estados Unidos -aunque primero habría que plantear la cuestión de si sigue siendo el más poderoso-. Pero lo que quiero sugerir es que tal distribución, si bien sigue siendo real y crucial, también se compone de otro fenómeno globalizado: el calentamiento global y la catástrofe ambiental, que son fundamentales. Fenómenos que desplazan y subvierten todas las fronteras del mundo, en particular, las fronteras entre regiones habitables e inhabitables, así como las fronteras de regiones explotables a costa de gigantesca destrucción de los paisajes naturales. La guerra se suma a otro fenómeno, no menos devastador: la posibilidad o incluso probabilidad de escasez de alimentos y hambrunas masivas en un futuro cercano, en diferentes partes del mundo, en su mayoría ubicadas en el Sur, donde no hay suficientes cultivos, ni reservas monetarias para comprar los recursos escasos y caros. A esta catástrofe muy concreta, podemos sumar los impactos sobre el medio ambiente derivados del incremento en la producción y uso de armas. En intervenciones recientes, el filósofo francés Bruno Latour, muy vinculado a los movimientos ecologistas, ha sugerido que se libran dos guerras al mismo tiempo, independientemente una de la otra: la guerra contra la libertad de los ucranianos y la guerra contra la Tierra como sistema vivo. Diría que los dos tienden a converger en un solo estado de guerra generalizada, en el sentido de guerra híbrida. Los pronósticos, en consecuencia, son sombríos y la capacidad de reacción colectiva parece limitada.
Realmente no voy a terminar. Permítanme decir solo esto: me coloco en la perspectiva del pacifismo, en el sentido amplio e histórico que pertenece a la tradición de izquierda, y del internacionalismo, que es intrínseco al repertorio antiimperialista. Pero el pacifismo está atrapado por demandas contradictorias, especialmente desde el punto de vista de los ciudadanos europeos, como ya sucedía cuando estaban en juego cuestiones fundamentales de derechos humanos. En cuanto al internacionalismo, es más necesario que nunca, pero parece peligrosamente desarmado. Por un lado, debemos apoyar incondicionalmente a un pueblo que sufre una invasión criminal y destrucción masiva, que tiene derecho a defenderse y derrotar al opresor. Por otro lado, no debemos abandonar la idea de que el régimen de Putin no es idéntico al pueblo de Rusia, como el régimen nazi no fue idéntico al pueblo de Alemania, o que las administraciones de Bush o Trump no fueron idénticas al pueblo estadounidense, y así sucesivamente. Por lo tanto, es necesario luchar contra la rusofobia y mostrar la máxima solidaridad con los disidentes rusos que resisten la invasión desde dentro de Rusia. Debemos retomar la campaña contra las armas nucleares y, de manera más general, buscar todas las oportunidades posibles para rescatar la idea de un orden mundial diferente, basado en la independencia de las naciones, la interdependencia de los pueblos y la seguridad colectiva, en lugar de las armas, la dominación y las sanciones.

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Traducción del inglés, Santiago de Arcos-Halyburton