Ni hetero, ni homo: estamos cansados

Helena Vieira y Yuri Fraccarolidisse

Entre los últimos destellos de 2020 y el comienzo de este año, parte de las redes sociales siguió con atención el debate iniciado por Vladimir Safatle con el artículo “No hay heterosexuales”, seguido de la réplica “Hay homosexuales”, de Eduardo Leal Cunha. y, finalmente, por la réplica de Safatle, “Sobre la experiencia concreta de lo sexual”, todos publicados por Cult.

Antes de cualquier declaración, es necesario señalar que no pretendemos responder ni unirnos a este debate. Después de todo, en una pelea lacaniana, es mejor no estar. Tampoco sabemos si sería posible una respuesta por las gramáticas empleadas, las posiciones involucradas y los espacios históricamente construidos para quienes se atrevieron a desafiar el lugar que se les dio en la llamada «diferencia sexual». Hemos escrito aquí desde el disenso, una posición que rechaza el esquema réplica-réplica, moviéndose, por el contrario, hacia afuera, donde esta oposición no tiene sentido.

La curiosa ausencia de autoras, autores, performances y movimientos sociales tan importantes para el desarrollo político y teórico de las cuestiones evocadas por los textos, que, entre ellos, algunos incluso alcanzaron la categoría de lo que Foucault entendió como la forma cultural más legítima. Occidente, la filosofía, nos hizo pensar en qué deseos y qué prácticas movilizan la elección de la primacía de autores como Freud y Lacan y, en consecuencia, el espacio de la clínica.

Sin embargo, dada la relevancia del tema, se involucra sensiblemente con temas como la sexualidad, la raza y (necesariamente) el género; dada la perentoriedad de ciertos enunciados, la definición de caminos, las demandas de supuestamente nuevas gramáticas revolucionarias y un desacuerdo entre tantas (problemáticas) concordancias, decidimos abordar estos temas desde otra parte; decir desde otras perspectivas, que hasta el momento no se han movilizado en este espacio. Creemos, por tanto, acercar los argumentos más de lo que han reflexionado sobre sí mismos algunos de los sujetos desafiados por la fuerza por una idea de diferencia sexual.

Hablemos, por tanto, de los deseos y autores que movilizan esta escritura de una travesti y un maricón, con nuestros lenguajes de serpiente y fuego, como nos enseñó Gloria Anzaldúa. Tal demarcación, ni superflua ni demasiado identitaria, es necesaria para que no crean que estamos locos, al fin y al cabo, hablamos con gramáticas que pueden sonarles animales. Quizás también podamos sonar extraños, engañosos o incomprensibles, ya que a veces incluso podemos usar las palabras e ideas de sus padres fundadores de formas completamente diferentes a las que originalmente fueron formuladas.

Paul B. Preciado, en un texto de la comunicación que fue interrumpida durante la 49 Jornada de la Escuela de la Causa Freudiana, en Francia, en 2019, alude a un cuento de Kafka en el que el mono Pedro Vermelho, una vez capturado y transportado a Europa , relata la necesidad de olvidarse de su vida de mono y el intento de dominar el lenguaje humano para poder convertirse en hombre. Sin embargo, como señala Preciado, este proceso no implica ninguna idea de emancipación o liberación. Al contrario, sería una alegoría crítica del humanismo colonial europeo. Y aquí opera la identificación de Preciado con el mono Pedro Vermelho: “Yo, como cuerpo trans, como cuerpo no binario, al que ni la medicina, ni la ley, ni el psicoanálisis, ni la psiquiatría reconocen el derecho a hablar con conocimientos especializados sobre mi propia condición, ni la posibilidad de producir un discurso o una forma de conocimiento sobre mí mismo, aprendí, como Pedro Vermelho, la lengua de Freud y Lacan, la lengua del patriarcado colonial, su lengua, y estoy aquí para hablaros ”.

Escuchando a Pedro Vermelho y / o Preciado, entendemos que parte de lo que se puede entender como opresión heterosexual, lejos de tener que ver con cuestiones de convivencia o tolerancia, se refiere a la imposibilidad de comunicarse si no en términos de heterosexualidad, aspecto que destaca Monique Wittig. En este sentido, no hay posibilidad de hablar de sexualidad excepto de forma heterosexual. En lo que respecta a la presente discusión, esto significa decir, aún en la estela de Wittig, que estos discursos totalizadores, como «no hay heterosexuales» o «hay homosexuales», sólo pueden ser enunciados desde el interior del régimen heterosexual. La existencia de la heterosexualidad es la condición para la posibilidad de cualquier intento de negarla, por lo que siempre resultan frustrados, inocuos y contradictorios.

Por tanto, no se trata de atestiguar la existencia de la heterosexualidad, ni de la homosexualidad, es decir, no es una cuestión ontológica, sino tecnológica. Es decir, algo que concierne al funcionamiento de lo que en un momento dado del tiempo y la historia se ha denominado convencionalmente heterosexualidad y, además, los efectos de estas tecnologías en la constitución de lo real, del mundo y de los sujetos.

Partimos aquí de la apropiación del esquema propuesto por Gregory Bateson sobre los problemas filosóficos. Según el antropólogo, habría dos grandes órdenes de problemas y cuestiones para la filosofía: el primero estaría guiado por la búsqueda de la definición de lo que son las cosas, es decir, para abordar sus realidades y existencias (ontología); el segundo sería sobre cómo podemos saber qué son las cosas (epistemología). Inspirándonos en Gilles Deleuze y también en Donna Haraway, nos gustaría agregar una categoría al esquematismo de Bateson, proponiendo que hay otra categoría de problemas con respecto a cómo funcionan las cosas.

En este sentido, entonces, trasladamos el tema del debate a cómo funciona la heterosexualidad, que significa pensar desde qué prácticas, discursos y técnicas constituye, y también cuáles son sus efectos sobre las formas de vida y vivir y las relaciones de poder. Para ello, es necesario, en un gran esfuerzo de ficción, volver al momento de la creación de esta mitología encarnada -o, en palabras de Jonathan Ned Katz, el debut de lo heterosexual. A partir de los registros y notas del Dr. Richard von Krafft-Ebing, y apostando también por ese mismo desafío ficticio, Katz intenta demostrar la genealogía de los términos heterosexual y homosexual, y los efectos que producen tanto desde el punto de vista del erotismo como de la normalización. de determinadas prácticas y conductas.

Es dentro de la clínica médica donde la heterosexualidad se convierte en “sexualidad normal” y desarrolla un conjunto de prácticas y prescripciones que, en su repetición, conformarán el sujeto heterosexual. En este sentido, cabe señalar que antes del uso propuesto por Krafft-Ebing, el término heterosexual, como el utilizado por el médico estadounidense James Kiernan, tenía otra connotación, configurando una desviación del homosexual:

Esos heterosexuales estaban asociados con una condición mental, el hermafroditismo psíquico. Este síndrome asumió que los sentimientos tenían un sexo biológico. Los heterosexuales sentían la llamada atracción física masculina hacia las mujeres y la llamada atracción física femenina hacia los hombres. Es decir, esos heterosexuales tenían periódicamente inclinaciones por ambos sexos. El hetero en ellos no se refería a su interés por un sexo diferente, sino a su deseo por dos sexos ”, escribió Jonathan Ned Katz en 1996.

James Kiernam trató tanto la homosexualidad como la heterosexualidad como desviaciones, y la idea de sexualidad normal no fue nombrada: era un instinto sexual, que tenía el propósito deliberado de reproducción. La operación fundamental de Krafft-Ebing, al formar al heterosexual como normal, consiste en afirmar que el instinto sexual ya no tiene que ser deliberadamente reproductivo, la reproducción sería su consecuencia. El instinto sexual buscaría algo parecido al placer, siendo solo virtualmente reproductivo. Esta operación se percibe explícitamente en el informe de caso del sr. R., paciente del Dr. Krafft-Ebing cuya «cura» ha sido fomentar el placer sexual con las mujeres. En los procesos clínicos de Krafft-Ebing no hubo apelación directa a la reproducción, aunque, como dice irónicamente Katz, sus tratamientos casi siempre culminaron en bodas o en la descripción de sueños sobre mujeres. Parece haber aquí la inauguración de un mundo subjetivo del deseo de ser corregido y moldeado incluso por el propio médico: «Considero que el instinto heterosexual del paciente es la creación artificial de su excelente médico».

Es en este punto que Katz entiende el texto de Kraftt-Ebing como una transición entre el espacio victoriano y el moderno, haciendo de esta «diferencia entre los sexos y el eros las características distintivas básicas de un nuevo orden mundial social, lingüístico y conceptual», ofreciendo dos erotismos de sexo diferenciado, ideal y anormal.

Si la lectura de Katz aporta la historicidad de estos términos, creemos relevante resaltar un aspecto no destacado por el teórico norteamericano, pero que aparece básicamente en todos los informes de los pacientes del Dr. Krafft-Ebing utilizados: la heterosexualidad no se limitaría al deseo , sino también a un conjunto de actos sociales que producirían un cuerpo adecuado para esta forma sexual. Así, la heterosexualidad compondría el universo de las prácticas de género.

Es muy interesante considerar esto porque el discurso heterosexual surge en el siglo XIX junto con una miríada de otros discursos de poder, en la constitución de lo que Foucault llamó el dispositivo de la sexualidad. Entre estos discursos se encuentra el surgimiento del modelo dimorfista. Ahora bien, ¿no es la heterosexualidad la que presupone una naturaleza corporal binaria preexistente, en la que el acoplamiento pene x vagina sería la máxima del deseo humano? No hay posibilidad de pensar en la heterosexualidad sin la diferencia sexual y sin evocar la noción misma de sexo y género, porque la heterosexualidad se toma como algo natural y no como una opción general que estabiliza la naturalidad de las posiciones hombre-mujer.

Por tanto, el deseo o la idea de una sexualidad sólo es posible en la matriz heteronormativa, como argumentó Judith Butler hace treinta años, porque la idea misma de sexualidad se forja en la invocación performativa de una anterioridad natural del deseo, de reproducción y del sexo mismo: ficción prediscursiva. En este sentido, movilizando la noción de performatividad de Butler, no se trata de identificar a un sujeto heterosexual previo que participará en prácticas exclusivamente heterosexuales, sino de un campo de disputa de las prácticas en las que las que se significan socialmente como heterosexuales. Las prácticas producen la existencia del sujeto heterosexual. Es practicando la heterosexualidad que te vuelves heterosexual. El sujeto heterosexual es, por tanto, una ficción, pero una de las que existen, como el Estado, el Poder o el Pueblo. Siempre que hablamos de este tema, un amigo, el antropólogo Vitor Grunvald, nos recuerda el poema “Autopsicografia” de Fernando Pessoa:

El poeta es un pretendiente

Fingir tan completamente

Que finge ser dolor

El dolor que realmente siente.

Como el poeta, que ya no sabe qué dolor siente, qué finge y qué finge al sentir -por realizar tantos dolores dejan de existir los límites entre lo original y lo falso-, el sujeto heterosexual, en En medio de las tensiones entre la interpelación del sistema sexo-género, su agencia limitada y las formas de sujeción que le permiten ser sujeto, ya no es capaz de enumerar lo que le pertenece o no porque ahora todo lo que existe, todo produce efectos en el mundo y en los modos de subjetivación.

Como propone Monique Wittig, la heterosexualidad es un régimen político cuyo alcance no solo concierne al deseo o incluso a la reproducción, ordena el funcionamiento de las instituciones al concebir, por ejemplo, al Estado como Padre y al núcleo familiar como institución mínima de nuestras sociedades. No solo existe la heterosexualidad, sino que los heterosexuales son aquellos investidos de su poder, como alguaciles. Además, es importante considerar que la heterosexualidad como régimen político es parte de las fuerzas que operan la colonización de los pueblos del Sur global, cuyos cuerpos, deseos y formas de relacionarse se enmarcan. Recomendamos para esta discusión, ya que no podremos profundizar en el tema, la lectura de Género y colonialidad, de la socióloga María Lugones.

Aún en relación a esta concepción política de la heterosexualidad, Preciado propone que este no solo sería un régimen de gobierno, sino también una política de deseo. Al indagar sobre las prácticas que componen este régimen de gobierno, Preciado indica que sus modos de regulación no serían en forma de ley, sino a través de la regulación interna, siendo aquí el locus de la referida política de deseos: “Esta forma de servidumbre sexual se basa en una estética de la seducción, una estilización del deseo y una dominación históricamente construida y codificada, erotizando la diferencia de poder y perpetuándola. Esta política de deseos es la que mantiene vivo el antiguo régimen sexo-género, a pesar de todos los procesos legales de democratización y empoderamiento de las mujeres

También quisiéramos insistir críticamente en la idea de una “experiencia concreta de lo sexual” a pesar de lo vaga que nos haya parecido esta expresión, proponiendo así algo más cercano a un ejercicio de traducción. Pensamos que el carácter concreto de la experiencia heterosexual se realiza, o mejor dicho, se hace explícito, en la innumerable parafernalia sexual de la incitación a la heterosexualidad, desde la representación pornográfica a la telenovela, pasando por la literatura, la clínica psicoanalítica, el romanticismo, las representaciones de masculinidad (coches, barba, música, fútbol) y feminidad (estética, esmalte de uñas, uñas pintadas y pintalabios), ideales de la heterosexualidad. Pensamos, por tanto, que si no es posible señalar a los heterosexuales en la calle es porque, como el cielo azul, constituyen el paisaje y, por tanto, no es que carezcan de existencia, es que simplemente existen demasiado.

No parece haber nada subversivo en afirmar la inexistencia del heterosexual; esto ya lo hacía la medicina antes de Krafft-Ebing, cuando la sexualidad normal no tenía nombre. Es cierto que nombrar la norma es una operación de identidad, y que la misma noción de identidad es violenta y dificulta la formación de alianzas. Sin embargo, según la discusión de Butler en La vida psíquica del poder: teorías del sometimiento, esta es la paradoja del sometimiento: si la identidad nos limita, es necesario construir prácticas que partan de ella, algo que puede ser un excelente comienzo, pero un terrible final. Cuando Preciado en «Carta de un hombre trans al antiguo régimen sexual» nos invita a la desidentificación, esto no significa cambiar de nombre o denominación, sino cambiar de prácticas. Desidentificarse de la heterosexualidad no significa rechazar el apodo heterosexual, sino participar en prácticas sexuales no heterosexuales y no reproductivas, porque son las prácticas las que constituyen los sujetos, no los nombres.

Tampoco entendemos que esto signifique exigir teleológicamente un proceso político para «otras gramáticas» basado en un horizonte de indiferenciación en el que podamos encontrar «una forma mejor y más bella de hablar de sexo». Nos incomoda esta posición, ya sea por la promesa de belleza o por el borrado de vivencias e incluso por la identidad y producciones lingüísticas que han constituido y constituyen otras gramáticas además del vocabulario médico-legal, como el antropólogo Peter Fry ya trató o como recientemente demostró el investigador Luiz Morando en Enverga, pero no se rompe: Cintura Fina en Belo Horizonte.

Evocando una vez más a Preciado -no por predilección, sino quizás por la similitud entre sus discusiones en el contexto francés y lo que parece ser una importación de estas en el campo brasileño-, hay que decir: “Mi vida fuera del régimen de la diferencia sexual es más hermosa que cualquier cosa que pudieras haberme prometido como recompensa por consentir la norma».

HELENA VIEIRA es escritora e investigadora del Núcleo de Políticas de Genero de la Unilab

YURI FRACCAROLI tiene una maestría en Psicología Social por el Instituto de Psicología (USP)

Traducción del portugués, Santiago De Arcos-Halyburton

Publicado originalmente en https://revistacult.uol.com.br/home/nem-hetero-nem-homo-cansamos/?fbclid=IwAR3Jg4Uclt2E_n_Y3Nco266WBREzdqFPAIyelPt3lKNocZnz2HJtxkYdIkA

Decio Machado: «Ecuador no aguanta cuatro años más así»

Por Dimitris Givisis / Epohi (Periódico de Syriza)

Con encuestas que muestran como todavía Rafael Correa mantiene el liderazgo político en el país, Andrés Arauz -ex ministro de Talento Humano- de apenas 35 años encabeza las opciones de voto en Ecuador. Para hablar de esto entrevistamos a Decio Machado, uno de los más renombrados analistas políticos de izquierdas del país y miembro del equipo fundador de la revista digital Ecuador Today.

¿Qué crees que significaran las elecciones del 7 de febrero para el futuro del Ecuador? ¿Cuáles son los dilemas que surgen durante estas elecciones?

La involución en materia de indicadores económicos y sociales que ha sufrido Ecuador durante estos últimos tres años y medio en los que ha gobernado Lenín Moreno es impresionante. La economía nacional está semi-estancada, el desempleo crece aceleradamente, los indicadores de pobreza están disparados, el endeudamiento externo aumenta, la delincuencia en las calles está descontrolada y la pérdida de derechos adquiridos por parte de las y los trabajadores es permanente. Todo esto sucede mientras el conjunto de políticas socio-económicas diseñadas desde el Gobierno Nacional durante esté período han tenido como objetivo favorecer a las élites. Esta realidad se venía dando desde antes de la pandemia, si bien a partir del impacto del Covid-19 en el país la situación se volvió dramática. Ecuador es el segundo país en el ranking global de naciones con mayor tasa de fallecidos en relación al número de habitantes consecuencia de la pandemia pese a que la cifras oficiales intenten disimularlo. Esto es el fruto de las políticas neoliberales aplicadas durante este período de gestión de gobierno, mediante las cuales se ha desmantelado cobertura pública y se ha deteriorado enormemente la calidad de servicios esenciales, a la par que los grandes grupos económicos siguen manejando cifras de rentabilidad y beneficios económicos vergonzosos en esta coyuntura.

Ante esta situación, el próximo 7 de febrero el pueblo ecuatoriano tiene que decidir sobre continuidad o cambio. Personalmente considero que el país no aguanta cuatro años más de un gobierno como este…

¿Cómo es el escenario político tres demandas antes de las elecciones? ¿Qué ambiente se vive en estos momentos en Ecuador?

Existen dieciséis candidaturas diferentes que se disputan las elecciones presidenciales en el país. Esto, que parecería ser un signo de vitalidad democrática, representa en realidad todo lo contrario. No hay debate de ideas, los medios de comunicación privados y el propio Gobierno Nacional están en su mayoría alineados políticamente con la principal candidatura conservadora -la que encarna el banquero Guillermo Lasso- e incluso el Consejo Nacional Electoral, quien se supone que es la institución rectora de la democracia en el país, carece la imparcialidad.

En ese contexto, la mayoría de los ciudadanos sienten un pesimismo generalizado respecto al futuro del país. El divorcio entre el establishment político y la sociedad es enorme, y la credibilidad de las instituciones públicas e incluso de los organismos rectores de la democracia es bajísima. Mucha gente siente que estas elecciones no son transparentes y que existe el riesgo real de un fraude electoral si la opción ganadora en las urnas termina siendo la de Andrés Arauz o de forma menos probable la candidatura asociada al mundo indígena.

Las encuestas muestran una ventaja de Andrés Arauz, ¿cómo interpretas esto? ¿cuáles son las alianzas sociales que aseguran este avance?

Más allá de los sectores conservadores, desde muchos sectores de la izquierda y de los movimientos sociales se desarrollaron críticas al gobierno de Rafael Correa. Eso es bueno dado que demuestra la amplia diversidad existente en la izquierda latinoamericana, la cual no se vio ideológicamente identificada con las estructuras de poder construidas durante la década progresista.

 

Hoy estamos ante una realidad diferente. Amplios sectores sociales van a votar por la candidatura de Andrés Arauz, apadrinada por Rafael Correa, porque son conscientes de la necesidad de parar la ofensiva neoliberal que sufrimos en el país. En paralelo, la otra candidatura que podría disputar el voto de izquierda en Ecuador, hago referencia a Yaku Pérez de Pachakutik, inspira poca confianza dado que en estos momentos transita ideológicamente hacia una posición más centrista entendiendo erróneamente que con ello ganará más votos.

¿Hasta qué punto las elecciones en Ecuador pueden verse afectadas por acontecimientos generales como la elección de Biden en Estados Unidos, el debilitamiento de los gobiernos de derecha en América Latina y la recuperación de fuerzas progresistas en el subcontinente?

Las relaciones de dependencia establecidas por el gobierno de Lenín Moreno respecto a Washington ha sido uno de los episodios políticos más vergonzosos de estos últimos tres años y medio. Moreno ha tomado gran parte de las decisiones que afectan el ámbito de la política nacional tras consultarlas con la embajada estadounidense, y en materia de política exterior la falta de soberanía ha sido más que evidente. Se cuestionó la victoria electoral de Fernández en Argentina, Ecuador fue de los primeros países en reconocer a Juan Guaidó como presidente de Venezuela, los conflictos diplomáticos con Maduro han sido permanentes, se apoyo al gobierno ilegítimo de Bolivia, etc…

El retorno de gobiernos progresistas en la región no tiene una afectación directa sobre la política nacional, aunque en caso de que gane Arauz permitirá poner nuevamente en marcha un proyecto de integración regional que fue destruido desde el Departamento de Estado norteamericano con la complicidad de los gobiernos conservadores.

¿Qué perspectivas hay para superar esta crisis multifacética que enfrenta Ecuador? ¿Cuáles son los desafíos para el futuro inmediato para la sociedad civil y los movimientos sociales del país?

La relación durante el periodo de gobierno correísta con los principales movimientos sociales ecuatorianos, especialmente con el movimiento indígena y el movimiento de mujeres, fue muy conflictiva. Andrés Arauz es un hombre joven y pese a que su trayectoria ha sido más tecno-burocrática que movimentista, todos esperamos de que en caso de ganar las elecciones tenga la capacidad de dialogar con estos sectores e incorporar sus principales demandas a las lógicas de gobierno durante el próximo periodo. De hecho, Arauz ha planteado públicamente la necesidad de impulsar transformaciones más radicales que las realizadas durante el gobierno de Rafael Correa. Eso genera expectativa entre sectores que ideológicamente se sienten más alineados a la transformación que a la reforma.

Superar la crisis económica, ambiental, institucional, política y social que vive hoy el Ecuador no será cosa fácil ni factible en el corto plazo. El país necesita transformaciones radicales y duraderas en el tiempo. Debates sobre el cambio de la matriz productiva, la protección del medio ambiente, el paso a una sociedad moderna y tecnológica, la atención a los sectores históricamente olvidados, el combate a la pobreza y la exclusión social, la generación y protección de empleo digno, la equidad de género y el derecho al aborto, las política inclusivas o una política tributaria que haga que las élites sean las que más aporten para sacar al país de la crisis en un momento como el que actualmente vivimos forman parte de varias de las reivindicaciones que se hace desde el frente popular y que un gobierno progresista debe comenzar a atender desde el primer día después de su investidura.

“Zorba el griego”, de Nikos Kazantzakis: recuperar el color de las cosas cotidianas

Por Nadia Smirnova 

¿Cuándo se abrirán los oídos del mundo, patrón? ¿Cuándo se abrirán nuestros ojos para ver? ¿Cuándo se abrirán nuestros brazos? ¿Cuándo nos abrazaremos todos: piedras, flores, lluvia y seres humanos? ¿Qué dices tú, patrón? ¿Qué dicen los libros?

La manera más idónea de crear algo es permanecer en todo momento fiel a uno mismo, expresando con sinceridad lo que conmueve el corazón, pasando a habitar el alma, pues no conocemos sino a través del amor y del afecto. Sólo al reconocer algo como parte de nosotros mismos, comprehenderlo, podremos transformarlo en materia para la creación artística; sólo así será verdadera y podrá llegar a la sensibilidad de los demás.

Pero aquello ya no era escritura, era una guerra, una cacería despiadada, un asedio y un conjuro para hacer salir a la fiera de su guarida. Encantamiento mágico, de verdad, es el arte; en nuestras entrañas habitan oscuras fuerzas homicidas, abominables impulsos de matar, de destruir, de odiar, de deshonrar; y llega el arte con su dulce pífano, y nos libera.

Sin lugar a duda, el escritor cretense Nikos Kazantzakis cumplió con tal precepto, pues sus creaciones literarias le fijaron como una de las figuras fundamentales de la literatura griega moderna, así como un referente a escala universal. El excelente índice de sus obras cuenta con títulos tan destacados como Cristo de nuevo crucificado, Lirio y serpiente o El pobre de Asís; pero, desde luego, su novela más afamada es Zorba, el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba). Fue publicada en 1946 y no tardó en obtener un amplio reconocimiento: ya en el año 1964 se llevó a cabo una adaptación al cine al cargo del director Michael Cacoyannis, con la música de Mikis Theodorakis. En pocas décadas, el libro alcanzó un renombre sin precedentes, consolidándose como una manifestación literaria de gran interés y convirtiendo a su protagonista, Alexis Zorba, en un paradigma de la cultura griega.

REPORT THIS AD

La novela de Kazantzakis no pasó desapercibida en el panorama literario hispanoparlante, apareciendo las primeras traducciones a principios de los años setenta (en la película de culto El Desencanto, de 1976, Michi Panero hace una referencia al libro). Entre las ediciones más recientes destaca la magistral traducción de Selma Ancira, publicada en Acantilado como Zorba, el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba).

Tal y como apunta el título, la narración del libro se adentra en la historia de Alexis Zorba, un hombre experimentado y lleno de vida. A pesar de la intensidad de las peripecias vitales, su corazón ha permanecido abierto en todo momento, permitiéndole conservar una mirada pura y franca hacia el mundo.

Sentía, escuchando a Zorba, que el mundo recuperaba su virginidad. Todas las cosas cotidianas, que ya habían perdido su color, recobraban el esplendor de sus primeros días, cuando apenas habían salido de las manos de Dios. El agua, la mujer, la estrella, el pan volvían a la misteriosa fuente primigenia y la rueda divina volvía a adquirir impulso en el aire.

Zorba es una persona cercana a la tierra y al cielo, que forma parte del mundo natural y se integra en el equilibrio universal. “¿Qué le puede decir un ‘intelectual’ a un titán?”, se pregunta el narrador al verse empequeñecido ante la magnitud de la figura de Zorba. Como una montaña que ha sido eterno testigo del transcurso del tiempo, Zorba posee un alma elemental que encierra dentro de sí la sabiduría del mundo, sabiendo dar respuestas llenas de verdad, candor y sencillez a las preguntas más enrevesadas que tiene el humano.

Miraba a Zorba a la luz de la luna y me maravillaba con cuánta gallardía y simplicidad se avenía al mundo, cómo el alma y el cuerpo eran una sola cosa, y todo, mujeres, pan, mente, sueño, armonizaban de inmediato con su carne y, felizmente, se transformaban en Zorba. Nunca había visto una concordia tan amistosa entre hombre y universo.

Se podría pensar que un personaje de tales características, de tanta entereza y coherencia no puede ser sino una fábula, una manera de desgranar la realidad por parte del autor para hacerla más comprensible. Sin embargo, Zorba no es un mero arquetipo ni fruto de la imaginación, pues la ficción de la novela se asienta sobre una vivencia real de Nikos Kazantzakis: la explotación de las minas de la península de Mani con un hombre llamado Georgios Zorbas, que sirvió de prototipo para el personaje al ejercer una gran influencia sobre el escritor.

Si quisiera elegir entre las personas que han dejado las huellas más hondas en mi alma, tal vez destacaría a tres o cuatro: Homero, Bergson, Nietsche y Zorba. […] Zorba me enseñó a amar la vida y a no temer la muerte. […]
Él tenía lo que un escritorzuelo necesita para salvarse: la mirada primigenia que, de un flechazo, atrapa su presa en el vuelo; el instinto creativo, cada mañana renovado, de mirarlo siempre todo como si fuese por primera vez, devolviendo la virginidad a los elementos eternos —viento, mar, fuego, mujer, pan— de nuestra vida cotidiana. Poseía la firmeza en la mano, la frescura del corazón, la audacia de burlarse de su propia alma, como si dentro de sí tuviera una fuerza superior a ella.

Así, Zorba, el griego viene a ser una mezcla de ficción y de realidad autobiográfica de Kazantzakis, donde la figura de Zorba es vista a través del prisma del “patrón”, un joven intelectual griego que no es otro que el propio autor. El personaje del patrón es un idealista intelectual lleno de interrogantes filosóficos. A pesar de su gran sensibilidad combinada con la sensatez, es incapaz de experimentar la vida de manera tan plena como lo hace Zorba. Tiende a recluirse en su propio mundo, dejando que su mente vague por sus profundidades hasta transformar las vivencias en pensamientos sin materia; incluso al estar sumergido en la alegría del mundo, tiene que hacer un esfuerzo para liberarse de su racionalidad y su propensión a pensarlo todo.

Mi contacto con los seres humanos había acabado en monólogo interior. Había caído tan bajo, que si hubiese podido elegir entre enamorarme de una mujer o leer un buen libro sobre el amor, habría elegido el libro.

Entiende y siente las cosas sólo a través del filtro del intelecto que traspone la realidad, que mide y teoriza ante cualquier tipo de experiencias; mientras Zorba se entrega a ellas sin reflexionar, abriéndose al aquí y ahora decididamente y con todo su ser.

[Zorba:] Los trabajos a medias, las palabras a medias, los pecados a medias, las bondades a medias son los que han llevado al mundo al desbarajuste en el que está. ¡Vamos, hombre, llega hasta el fondo, dale y no tengas miedo! ¡Más asco le da a Dios el mediodiablo que el archidiablo!
Sopesaba las palabras de Zorba, llenas de sustancia, de un cálido olor a tierra y de humana gravedad. Sus palabras ascendían desde sus riñones y desde sus vísceras y aún conservaban el calor humano. Las mías eran de papel, descendían desde la cabeza, salpicadas únicamente por una gota de sangre; y si algún valor tenían, ese valor se lo debían a esa gotita de sangre.

A pesar de ser un hombre cuya intelectualidad había resultado en la negligencia de lo corporal, lo pasional y lo animal, la erudición del personaje no supone una rehuida de la sensibilidad, sino que le hace adoptar una perspectiva de espectador. No es capaz de experimentar la plenitud de la vida en toda su insondable profundidad, pero esto no es un impedimento a la hora de poder aprehenderla —su experiencia posee una naturaleza más teórica y reflexiva—.

He desperdiciado mi vida, pensaba. ¡Si pudiera coger una esponja y borrar todo lo que he leído, todo lo que he visto y oído, si pudiera entrar en la escuela de Zorba y aprender el grande, el verdadero alfabeto! ¡Qué camino tan distinto habría tomado! Habría entrenado a la perfección mis cinco sentidos, y a mi piel toda, para que se alegrara y comprendiera. Habría aprendido a correr, a luchar, a nadar, a montar a caballo, a remar, a conducir un coche, a disparar un fusil. Habría rellenado mi alma de cuerpo; habría reconciliado dentro de mí, por fin, a estos dos antagonistas seculares…

Al entrar en contacto con la visión primigenia de Zorba, el personaje cae bajo su influencia, adaptándose y aprendiendo de ella. De este modo, su propia experiencia de las cosas se ve transformada por la nueva amistad. No obstante, no se trata de un cambio radical o inverosímil, sino más bien un enriquecimiento de la personalidad que suele producirse en uno al descubrir un nuevo saber, una forma de sabiduría distinta que permite adquirir, por un tiempo, una perspectiva distinta ante la vida.

Evocaba todos los días que había pasado con él, llenos de sustancia humana. El tiempo había adquirido, al lado de Zorba, un sabor distinto; ya no era una sucesión matemática de acontecimientos ni un problema filosófico irresoluto dentro de mí; era una arena tibia y bien cernida, y lo sentía derramarse delicadamente, haciéndome cosquillas entre los dedos.
Por primera vez la víspera había tenido la certeza tangible de que el alma también es carne, más rápida de movimientos quizá, más diáfana, más libre; pero carne. Y la carne es, ella también, alma, un poco soñolienta, extenuada por largas caminatas, sobrecargada por pesadas herencias; pero en los momentos cruciales se despierta también ella, se despereza, agitando sus cinco tentáculos, como si fueran alas.

Pero Zorba, el griego no es únicamente una historia de dos personas distintas que entran en contacto y sinergia; también es una novela que encierra una serie de reflexiones espléndidas, así como una frenética y desbordante acción que siempre llega en el momento oportuno y, en toda su impetuosa brutalidad, armoniza con el conjunto, mostrando el implacable equilibrio del destino que tan bien se refleja en el libro.

Existen obras literarias que saben revelarnos una verdad, y de este modo devolvernos una parte de nosotros mismos; lo mismo ocurre con las personas. Zorba, en este caso, tiene una influencia doble: a medida que uno se adentra en la novela, se crea una especie de paralelismo entre el Zorba-hombre y el Zorba-libro. A la vez que el personaje del patrón se ve transformado por Alexis Zorba, el lector percibe que la novela produce un cambio gradual en su interior: al acercarnos a la armonía que buscamos, el libro aporta sus notas y melodías al ritmo inmortal.

La vida con Zorba había ensanchado mi corazón y algunas de sus palabras habían serenado mi mente, dando una solución simplísima a las complejas preocupaciones que vivían en mí. Este hombre, con su instinto infalible, con primigenio ojo de águila, tomaba atajos rápidos y seguros y llegaba sencillamente, sin fatiga, a la cúspide del esfuerzo: el no esfuerzo.

Cualquier cosa dicha de la novela parecerá insuficiente, cualquier descripción quedará corta ante la esencia de Zorba, el griego. Como todo lo bello, alberga algo de inefable, un aire propio que se respira entre líneas. Quizás ésa sea la razón por la que la narración parece tener su propio espacio emocional de gran amplitud que envuelve al lector, apoderándose de sus sentidos e influyendo sobre su percepción.

Y mientras pensaba en la terrible melodía, mi pecho comenzó, poco a poco, a desbordarse; los oídos se despertaron, el silencio se volvió grito, el alma, también ella hecha de la misma melodía, se tensaba y se asomaba inquieta fuera del cuerpo, para escuchar.

Fuente: https://elvuelodelalechuza.com/2020/12/30/zorba-el-griego-recuperar-el-color-de-las-cosas-cotidianas/

Con Biden habrá más revoluciones de color en América Latina

Por Raúl Zibechi

Las formas cambian, pero el fondo sigue siendo el mismo. En vez del muro, las restricciones a los inmigrantes y el discurso ultra de Donald Trump, vendrán las declaraciones «correctas» sobre la democracia, las mujeres y los afrodescendientes de Joe Biden. En vez del militarismo descarnado, las revoluciones de color ideadas por la Open Society de Soros para promover cambios de régimen que favorezcan sus intereses.

La pista la dio Thomas Shannon el primero de enero en una carta abierta en medios brasileños. Shannon fue embajador de Estados Unidos en Brasil en el gobierno de Obama y había sido subsecretario para Asuntos del Hemisferio Occidental con George W. Bush.

La carta de Shannon titulada «La delicada verdad sobre una vieja alianza» fue publicada en la revista Crusoé (https://bit.ly/2LLldiB), que funge como «periodismo independiente», antibolsonarista ahora, pero cuyos fundadores jugaron un papel destacado en el proceso contra Lula que desembocó en su reclusión y en la destitución de Dilma Rousseff, operando entonces desde el influyente sitio El Antagonista (oantagonista.com).

Shannon comienza su carta asegurando que «la relación entre Brasil y Estados Unidos es una de las piezas fundamentales de la diplomacia en el siglo XXI». Repasa luego las similitudes entre sus sociedades, para rematar que «el presidente electo (Biden) conoce bien Brasil y América Latina», asegurando que «ningún presidente estadunidense comenzó su mandato con tal conocimiento y experiencia en la región».

En la segunda parte de su misiva, Shannon emprende un feroz ataque al gobierno de Jair Bolsonaro, porque «ha hecho casi todo lo posible para complicar la transición en la relación bilateral», al expresar su preferencia por Trump en las recientes elecciones y por haber criticado a Biden, quien pidió en un debate una acción más enérgica de Brasilia contra la deforestación.

Para Shannon es inadmisible que Bolsonaro haya «repetido las infundadas acusaciones de fraude del presidente Trump en los comicios estadunidenses», ya que lo interpreta como un ataque a la democracia de Estados Unidos y al futuro gobierno de Biden.

Pero lo más grave empieza después. Shannon le dice al gobierno lo que debe hacer en tres aspectos (la pandemia, el cambio climático y la posición ante China respecto a las redes 5G) y luego amenaza. «Es algo que no se perdonará fácilmente ni se olvidará», remata el diplomático.

Algunos podrán alegrarse, incluso en la izquierda, de que el nuevo gobierno de Estados Unidos le baje el pulgar a Bolsonaro. Por mi parte, tanto el silencio del Partido de los Trabajadores de Brasil como del propio Lula, muestran las dificultades de la izquierda frente al viraje en curso en la Casa Blanca.

No se trata de Jair Bolsonaro, sino de nuestros países, de la soberanía de las naciones. El presidente de Brasil debe ser condenado y apartado por su propio pueblo. Ha hecho todos los méritos para que la sociedad se movilice para destituirlo. Pero que desde el imperio amenacen con nuevas revoluciones de color, es una pésima noticia. Podrán atacar ahora gobiernos de ultraderecha, pero seguirán con todo lo que se les ponga en su camino, sea conservador o progresista.

La operación de derribar a Bolsonaro cuenta ya con un considerable apoyo mediático e institucional. La Orden de Abogados de Brasil, que jugó sucio contra Lula y pidió la destitución de Dilma (https://bbc.in/3soJjAA), está promoviendo ahora la destitución de Bolsonaro. Su presidente, Felipe Santa Cruz, declaró que «el ritmo del proceso será dictado por presión de las calles», llamando, de hecho, a la movilización popular (https://bit.ly/3q5ntQS).

Para la derecha «democrática», ésa que apuesta a la defensa del medio ambiente con medidas cosméticas, que engalana el gabinete de Biden con mujeres y afrodescendientes, pero sigue sosteniendo la violencia policial/patriarcal, llegó el momento de ponerle freno a la ultraderecha. Los bolsonaristas hicieron el trabajo sucio contra la izquierda, pero ya no le son útiles. Igual que Trump.

Para comprender este viraje basta con recordar las guerras centroamericanas, donde el Pentágono apoyó primero los genocidios militares para luego promover opciones «centristas», como las democracias cristianas, para recomponer el escenario ante el fuerte desgaste de los golpistas de Guatemala y El Salvador.

Si el mandato de Trump fue abominable, el de Biden no lo será menos. Recordemos la guerra en Siria, la liquidación de la primavera árabe y la invasión de Libia, promovidas y gestionadas por el equipo que ahora retorna a la Casa Blanca.

En América Latina, las destituciones ilegítimas («golpes» dicen otros) de Manuel Zelaya (2009), de Fernando Lugo (2012) y de Dilma Rousseff (2016), se produjeron bajo el gobierno «progre» de Barack Obama (2009-2017). No olvidemos a Trump. Pero tampoco que, de la mano de Biden, retornan personajes nefastos como Victoria Nuland, organizadora del golpe y la posterior guerra en Ucrania.

Servigne: «El nivel de vida va a bajar, y se puede anticipar o sufrirlo»

El autor de ‘Colapsología’ cree que mantener la civilización termoindustrial actual es una utopía

Por Justo Barranco

La utopía desde hace siglos, desde Platón, Tomás Moro o Fourier con sus falansterios igualitaristas, se ha dedicado a imaginar cómo transformar el mundo. En cambio hoy, advierten los autores de Colapsología (Arpa editorial), la utopía es pensar que el mundo puede aguantar tal y como lo conocemos en estos momentos. No lo creen, ven el actual sistema al borde del colapso, que no significa al borde del apocalipsis ni del fin del mundo, puntualizan. Pero tampoco se trata de una crisis pasajera.

Pablo Servigne y Raphaël Stevens subrayan que colapso significa que es más que probable que una mayoría de la población en un futuro cercano ya no contará con las necesidades básicas –agua, alimentación, energía, vivienda– cubiertas a precio razonable. Y lo que venga después será un proceso largo de conflictos en mucho peores condiciones que si nos hubiéramos preparado para el cambio.

PARIS, FRANCE - JULY 06 : Pablo Servigne, collapsology leader and Yvan Saint-Jours, author and director at the YpyPyp editions specializing in issues of autonomy are photographed for Paris Match walking barefoot on a wooded path, at the GoodPlanet foundation in the Bois de Boulogne in Paris, France. (photo by Philippe Petit/Paris Match via Getty Images)

Pablo Servigne, coautor de ‘Colapsología’

Una serie para el colapso. En Francia sus ideas y las de otros pensadores han generado incluso una fascinante serie, El colapso . Una serie que comienza con la falta de cada vez más productos en los supermercados, cortes eléctricos, escasez de la gasolina y, en breve, una sociedad que empieza a desintegrarse social y políticamente y a luchar entre sí por los recursos. Los más ricos tienen islas fortificadas.

Colapso y pandemia. Servigne explica que la colapsología es un intento de unir la abundante información científica repartida entre muchas disciplinas para dar sentido al mundo que vivimos. Lejos de la literatura apocalíptica y de los creyentes en el progreso que aseguran que el mercado y la tecnología lo arreglan todo, han querido, afirma, “mostrar la complejidad del tema, los puntos de inflexión, de irreversibilidad o que el colapso puede llegar antes de lo previsto”. Subraya que estudian los choques sistémicos y que “la pandemia no es sólo una crisis sanitaria, la provocan la economía, la política, los problemas de biodiversidad, la mundialización, la tala de árboles o destruir el sistema de salud con el modelo neoliberal. Todo unido crea la crisis, que a su vez tiene muchos efectos ecosistémicos, sociales y políticos”.

«Cada vez habrá más y más choques sistémicos como la pandemia y serán cada vez más violentos y frecuentes»

El desarrollo sostenible ya se acabó. “Todo está conectado, es lo que queremos decir –prosigue–, y nuestro mensaje es que en la situación actual, en el antropoceno, en el que las acciones humanas han alterado el clima, habrá cada vez más y más choques sistémicos como la pandemia y serán cada vez más violentos y frecuentes. Hay que aprender a vivir con ello, es el gran clic que hay que hacer, porque es muy tarde para el desarrollo sostenible”.

Populismo y colapso. “Uno de los factores claves de la caída -continúa Servigne– son las malas decisiones de las élites. Y cuando la gente comienza a sentir el caos cada vez más quieren un regreso al orden, la figura del padre, dictadores, hombres autoritarios. Que provocan cada vez más caos. Un intento de volver a un estado al que no volveremos. Falta un nuevo imaginario. El retorno a lo normal es un mito como el del crecimiento infinito. El colapso es una imagen potente, pero le falta otra mitad, el renacimiento, crear nuevos horizontes”.

«Las renovables no bastarán para cambiar la situación. Nuestra civilización se basa en la potencia de las energías fósiles»

El fin de la civilización termoindustrial. Porque lo que para el autor está claro es que se acaba la civilización termoindustrial. “El holoceno fue un periodo muy estable climáticamente que duró 10.000 años y permitió la invención de las ciudades y la civilización. Hoy nos hemos salido de la ruta, para la agricultura es catastrófico, porque es la ciencia de la vida basada en la predictibilidad y sólo habrá terreno desconocido. Y las renovables no bastarán para cambiarlo. Nuestra civilización se basa en la potencia de las energías fósiles. Nunca ha habido una transición de unas energías a otras, las utilizamos todas, carbón, nuclear, renovables y una inmensa cantidad de energía fósil irreemplazable. Y ni una fuente de energía infinita resolvería ya el cambio climático ni las especies desaparecidas. Ya tenemos trayectorias irreversibles”.

Decrecer. “El nivel de vida va a bajar, y se puede anticipar y hacerlo menos desagradable o sufrirlo con guerras, enfermedades y hambre. Hay un riesgo serio de degradación de las condiciones de vida más rápido de lo previsto, aunque todo está abierto aún. Y el decrecimiento es una política de anticipación, aprender a compartir, no tanto para los ricos y mínimo vital para los pobres”.

«‘Mad Max’ es el estadio cuatro del hundimiento, sería lo que pasa en Libia hoy»

¿Es posible ‘Mad Max’? “Mad Max es el estadio cuatro del hundimiento, lo que pasa hoy en Libia, gente en el desierto con kalashnikovs, hundimiento de las instituciones, luchas de clanes y por el petróleo. Es una posibilidad. Hay cinco estadios: primero el hundimiento financiero, sin dinero en los cajeros, como Argentina en 2001. Puede quedarse ahí o degenerar en hundimiento económico: nada en los súper, como Cuba en los noventa. Y eso puede derivar en colapso político: como Rusia en los 90, con vuelta de las mafias. Y en hundimiento social, como en Mad Max . Son los colapsos, en plural, y no son blanco o negro. No todos los países saldrán igual de ellos, dependerá de cómo actúen”.

¿Cuándo? “Ya tenemos los desastres aquí. Hay margen de maniobra, pero ya hay guerras por el clima, refugiados climáticos, catástrofes nucleares, enormes incendios, crisis financieras sucesivas, y esto se puede acelerar. Y las elites no invierten en resiliencia, en redundancia, en cuidados para atravesar este siglo de tempestades con el menor sufrimiento. El Estado del bienestar es un invento genial y lo destruimos desde hace 40 años”, concluye.

La Vanguardia

Las urgencias y el pragmatismo demolieron el pensamiento crítico

Por Raúl Zibechi

Una de las principales características del pensamiento crítico fue siempre la capacidad de mirar largo y lejos, de otear por encima de los árboles para divisar el horizonte. Esa mirada larga ha sido la brújula que no se perdía ni siquiera en las peores situaciones. En momentos de guerras y genocidios, la esperanza provenía de la convicción de que se sigue caminando en la dirección elegida.

Por lo tanto, cultivar la memoria es una cuestión básica, casi un instinto para sobrevivir y crecer. No para aferrase al pasado sino para afirmar las raíces, la cosmovisión, la cultura, la identidad que nos permiten seguir siendo y caminar, caminar, caminar….

El pensamiento crítico se viene ahogando en la inmediatez, se pierde en la sucesión de coyunturas en las que apuesta por el mal menor, ruta casi segura para perderse en el laberinto de los flujos de información, sin contexto ni jerarquización. El sistema aprendió a bombardearnos con datos, con las últimas informaciones que sobreabundan en medio de la escasez casi absoluta de ideas diferentes a las hegemónicas.

Estos años buena parte de la izquierda y de la academia la emprendieron contra Trump. Lógico y natural. Pero parecen haber olvidado que algunos de los desarrollos más oprobiosos vienen de los años de Barack Obama, el progresista que inició la guerra en Siria, que promovió el golpe de Estado en Egipto y decenas de intervenciones contra los pueblos en América Latina, Asia y África.

Dedicar todos los análisis a las coyunturas implica dejar de lado los factores estructurales. De ese modo, no pocos analistas que presumen de un pensamiento crítico, “olvidan” que los gobiernos progresistas profundizaron el extractivismo (acumulación por despojo o cuarta guerra mundial). Cuando los incendios en la Amazonia, esta corriente mayoritaria atacaba a Bolsonaro (con toda razón), pero no quiso mirar que bajo el gobierno de Evo Morales sucedía exactamente lo mismo.

Sinceramente, no veo la menor urgencia en que retornen gobiernos progresistas que ya han mostrado los límites de las administraciones que encabezaron. En Bolivia, señala Rafael Bautista, era necesario derrotar a la derecha y la gente lo hizo, pero “la usurpación que hace el MAS de la victoria popular, creyendo que fue obra exclusivamente suya la recuperación democrática, está conduciendo a ese desencantamiento que es lo que, precisamente, sucedió previamente para que el golpe pasado sea legitimado por una revuelta social” (Alai, 4 de enero de 2021).

Si el pensamiento crítico naufraga en la cortedad de miras, ha optado también por culpar de todos los problemas a la derecha. De este modo, al amputarse la autocrítica con la excusa de no dar argumentos al adversario, queda impedido de aprender de los errores, de confrontar abiertamente y debatir en colectivo para llegar a conclusiones comunitarias que orienten la acción.

¿Dónde están las autocríticas del brasileño PT, del MAS de Eco o de Alianza País de Rafael Correa? Para evitar el debate acuñaron la idea de “golpe”, que se aplica en cualquier coyuntura que sea adversa. O de “traición”, para dar cuenta de casos tan sonados como los del ecuatoriano Lenin Moreno y el uruguayo Luis Almagro, olvidando que fueron elegidos por Correa y Mujica respectivamente.

Podría seguir argumentando situaciones y conceptos que han desviado o impedido los debates y, peor, los aprendizajes siempre necesarios. Hay un punto, empero, en el que seguimos atascados sin poder avanzar, ni tender puentes, ni hacer balances. Me refiero al papel del Estado en los procesos revolucionarios.

Algunos nos negamos a considerar que los Estados estén en el centro del horizonte emancipatorio, mientras muchos otros no conciben la acción política por fuera de la institución estatal. No es un asunto menor. Es el rompeolas contra el que se estrellarán las futuras generaciones, incluyendo los movimientos indígenas y feministas, los más pujantes en estos años.

Se viene difuminando una idea nefasta que dice: si las personas, los colectivos o los movimientos adecuados llegan al Estado, por ese sólo hecho lo modifican, cambian su carácter. Como si el Estado fuera una herramienta neutra, utilizable tanto para oprimir y reprimir como para liberar pueblos y ajustar cuentas con la clase dominante.

La experiencia histórica, desde la revolución rusa hasta los últimos gobiernos progresistas, habla por sí sola. Pero al parecer recordar y hacer balance es un ejercicio demasiado pesado para un pensamiento indolente, que busca acurrucarse en la tibieza de las comodidades antes que acampar a la intemperie.