Porto-Gonçalves: “Evo y Álvaro se quedaron con los cocaleros y contra los indígenas”

Porto-Gonçalves fue amigo de García Linera y, como tal, le envió una carta sobre el Tipnis.

El geógrafo brasileño Carlos Walter Porto-Gonçalves conoce la Amazonia boliviana mejor que muchos bolivianos. Trabajó cuatro años con los siringueros de la zona y se identificó con sus saberes y sus luchas. Este activista por la defensa de la Amazonia siguió de cerca la primera marcha indígena que partió de Trinidad a La Paz en el 90 y luego se identificó con los indígenas del Tipnis que también marcharon hacia La Paz en 2011 rechazando la construcción de una carretera por medio de la reserva forestal. Los indígenas fueron reprimidos en el camino y rechazados por el gobierno de Evo Morales.

Porto-Gonçalves, como otros intelectuales latinoamericanos, había puesto su esperanza en el gobierno de Morales, pero, con los sucesos del Tipnis –según dijo– se dio cuenta de que Morales y García Linera rompieron un pacto que habían hecho desde abajo con los indígenas, para quedarse con los cocaleros.

¿Cuál es la situación actual de la Amazonia?

Yo siempre he rebatido la idea un poco apocalíptica de que la Amazonia se está acabando, pero recién, por solicitud de Coica (Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica),  se hizo un balance conjunto y confieso que me quedé asustado. Hay una serie de mapas que muestran el impacto del aumento exponencial de presas hidroeléctricas. Si hay energía significa que va a avanzar la soya, la minería y las concesiones de exportación de petróleo y gas. Las carreteras también se amplían y fragmentan el bosque como una espina de pez, que muestra el avance del capital sobre el bosque. El avance del desmonte y es escandaloso. Significa que la Amazonia va a continuar como en los últimos 20 o 25 años, que fueron los más agudos de devastación. Si continúa así por más de 25 o 40 años, podemos hablar de una catástrofe, con implicaciones para el equilibrio global del planeta.

¿Qué significaría eso para el planeta?

La extensión de la Amazonia es de ocho  millones de kilómetros cuadrados, ocho veces Bolivia. Ahora, ¿te imaginas el área desmontada, con la insolación y sin bosque?. Habrá un aumento escandaloso de la temperatura. Al mismo tiempo, el bosque tiene una función hidrológica. El Río Amazonas lanza hacia el Atlántico la mayor cantidad de agua dulce. Por otro lado, los árboles en la Amazonia todo el día están lanzando agua a la atmosfera. Todo ese proceso dejará de existir. El agua del Caribe también depende de la Amazonia. Entonces, existe una dinámica metabólica para el planeta inmensa y los impactos son terribles e incalculables.

¿Y qué significará esta catástrofe para los habitantes indígenas de la Amazonia?

Yo creo que es lo más importante. Siempre se habla de la Amazonia haciendo referencia  a  la naturaleza, parece que no hubiera gente. Hay que descolonizar el pensamiento y saber que hay gente en esa región. Es más, hubo gente antes de tener el bosque. Son más de 300 pueblos indígenas en toda la Amazonia venezolana, colombiana, ecuatoriana, peruana, boliviana, brasileña, con una riqueza de conocimiento fantástica.

¿Qué va a pasar con la supervivencia de esos pueblos si es que sigue esta depredación?

El conocimiento que esos pueblos tienen es fundamental para un diálogo de conocimientos con otras sociedades. El avance, la devastación y construcción de las carreteras va a poner en riesgo a toda esa gente. Decir que no hay nada que aprender de esa gente es la peor herencia del colonialismo, el desperdicio de conocimiento.

Entre los países que tienen Amazonia. ¿Cuál de todos es el más depredador?

Depende del criterio que usas, si es la extensión territorial devastada, es Brasil. Hay países donde la situación es muy preocupante porque ya desde los años 70 hacen explotación de petróleo en la Amazonia. Por ejemplo, en Ecuador hay una devastación completa. Yo diría que Brasil (es el que más depreda) por la extensión de área que ya fue afectada por desmontes y por la explotación de minería.

Hay gobiernos populistas, de derecha y de otras corrientes. En función a eso, ¿hay algunos que devastan más que otros?

Mariestella Svampa, de Argentina, dice que salimos del consenso de Washington para entrar al consenso de las commodities. O sea, parece que a la derecha o a la izquierda, las prácticas son (iguales). Por ejemplo, Colombia, que no pasó por una experiencia de gobierno progresista, logró un acuerdo con las FARC sobre todo para abrir espacios a la expansión de las commodities, de la soya, de la caña, de la explotación ganadera, todo eso está avanzando con nuevas carreteras que antes estaban ocupadas por las FARC. Venezuela está pasando de ser un país petrolero a un país minero, con la explotación en el Orinoco para exportar a China. Y también empieza en Bolivia con las carreteras, como la del Tipnis. Inclusive junto al Tipnis existe un área de reserva de hidrocarburífera inmensa, la carretera es para eso, para facilitar esa conexión y facilitar la expansión de los cocaleros. En general, los gobiernos progresistas o los de derecha, como ya lo expresó Svampa, llegaron al consenso de las commodities. Estamos prisioneros de esa visión de país periférico, de proveedor de materias primas de exportación.

¿Qué grado de afectación existe de los proyectos de Brasil en la Amazonia boliviana?

La verdad es que en la época de los gobiernos del PT (Partido de los Trabajadores) y, sobre todo, con la  Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (Iirsa), la presencia brasileña afectaba de manera muy fuerte a Bolivia; pero la crisis me parece que derivó en un stand by. Brasil, en los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, tenía inversiones con un papel protagónico  del Estado, existía un banco público estatal de fomento (Bandes) para inversiones de infraestructura, carreteras, presas hidroeléctricas, que dio 100 mil millones de dólares anuales para financiar obras de Odebrecht, OAS. Bandes sólo podía prestar plata a la empresa brasileña en Brasil, pero Lula ha hecho algo que ningún gobierno hizo, sacó un decreto que permitía que dé a empresas brasileñas fuera de Brasil. Así, Bandes financiaría a OAS para la construcción de la carretera que atraviesa el Tipnis y otros proyectos. Bolsonaro no quiere eso, entonces sacó de la financiación a Bandes y ahora no hay quién financie obras de esa magnitud. Los gobiernos de derecha, como el de Bolsonaro en Brasil, no quieren ese protagonismo estatal y no quieren impulsar esa política de integración sur-sur. Pero, la integración que venía impulsando Lula era también una integración desde arriba pero desintegrada por abajo, donde están los indígenas y campesinos. El caso del Tipnis es emblemático, porque era una carretera que integraba y desintegraba, la misma carretera integraba el capital y desintegraba a los indígenas y campesinos.

¿Usted en algún momento apoyó al gobierno de Evo Morales?

Yo trabajé en Bolivia a finales de los 80 e inicios de los 90. Trabajaba con los campesinos gomeros en Pando y Beni durante cuatro años, conozco bien la Amazonia boliviana. (El de Evo) era un gobierno que podía ampliar la movilización social y Evo venía con un bloque histórico, apoyando la ruta de la reapropiación de la naturaleza. Diría que tenía esperanzas de que su fuerza fuera una fuerza positiva, más allá de mi amistad, porque tenía un grupo de trabajo del que participaba con Álvaro García Linera de Clacso (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales). Evo siempre ha sido un líder campesino cocalero. La defensa del pueblo indígena no hace parte del camino político de Evo, que ha sido sobre todo un liderazgo cocalero, campesino. Evo ha pasado a tomar la reivindicación indígena tras el debate con el embajador (de EEUU), Manuel Rocha, quien quería “cero coca”. Hay una frase de Evo Morales fantástica, en la que dice que “cero de coca es cero de quechua, es cero de aymara, es cero de guaraní”. En ese momento, Evo capta la dimensión indígena, que era en defensa de la coca tradicional contra la coca excedentaria.

¿Era imposible no apoyarlo?

Sí, por eso hay que ver la importancia del Tipnis. En la época de 2010 hice una carta pública, a Evo y personalmente a Álvaro como amigo, compañero, sobre la dificultad de las izquierdas de comprender lo diferente.

¿Sólo fue una carta firmada por usted o fue de un colectivo?

La carta la hice solo, personalmente, tenía un conocimiento por haber vivido en Bolivia y me sentía con a autoridad para hablar. Yo viví en Pando, en la ciudad de Cobija, yo conozco Trinidad, en Beni, y percibí todo aquel sentimiento de la primera marcha de los indígenas de los 90 y sé la importancia de eso. Había salido un nuevo léxico, una nueva gramática teórico política, para un debate político mundial, que venía de allí, porque hablaba de la vida, la dignidad y el territorio. ¿Por qué la izquierda decide hacer una carretera para cortar el corazón del Tipnis?, ¿por qué no puede pasar de largo? Los indígenas no estaban en contra de la carretera, estaban en contra de aquel tipo de trayecto. Cuando aconteció el conflicto, el gobierno estaba en una confusión. Cuando Evo dijo cero de coca es cero de indígenas, estaba haciendo un bloque con los indígenas, un bloque histórico desde abajo, con lo del Tipnis. Pero, Evo y Álvaro se quedan con los cocaleros y contra los indígenas, incumplen un pacto, eso es grave, eso es grave. Él había armado un pacto histórico nacional popular desde abajo, pero con el Tipnis, él rompe ese pacto.

¿Usted se decepciona del proyecto?

Más de una vez las izquierdas tienen dificultad de comprender estas dinámicas, que la lucha no es contra el capitalismo, la lucha es también contra la colonialidad. Es una cosa más profunda, Bolivia no es más un Estado nacional, es un Estado plurinacional, no es poca cosa, se trata de aceptar la idea de la plurinacionalidad. Yo trabajo como geógrafo y para mí el territorio es un tema muy fuerte. Cuando estaba trabajando con los siringueros de Brasil y de Bolivia, ha sido un período muy culto, donde escuchaba la misma frase: no queremos tierra, queremos territorio. Confieso que no entendía. Cuando el gobierno rompe ese pacto con el movimiento desde abajo, también rompe la comprensión de esa diversidad, de esas territorialidades, temporalidades y reitera cosas típicas de la izquierda.  Yo tenía mucha esperanza en ese proceso que venía de Bolivia.

¿Usted diría que Evo Morales ha traicionado esos principios?

No sé si cabe esa categoría. Yo tengo una idea de que el Estado puede ser una necesidad, pero no es una virtud. Las izquierdas siempre buscaron conquistar el Estado. Si hicieras un mapa de los años 60, te sorprenderías de ver que todos los movimientos antisistémicos estaban en el gobierno. La estrategia tenía dos pasos: conquistar el Estado en el primer paso y cambiar el mundo en el segundo. El primer paso se pasa, el segundo no. Es un tema en el que toda la izquierda se atrapa, en cuanto toma el poder. Me parece mucho más profundo que decir que fue una traición, son esas contradicciones que hacen entender que el Estado no es el lugar de la liberación, tenemos que buscar algo con el Estado, contra el Estado y más allá del Estado. Marx decía que la comuna era la forma de la revolución y Engels hace una autocrítica de que la lucha debe ser centralizada como se ha formulado antes. Hay que recuperar el Marx tardío, el Marx poscapital que admite que la comuna rural rusa puede ser la base del comunismo, un Marx no evolucionista.

¿Cuál es su opinión sobre el manejo del gobierno respecto a la Amazonia, donde se anuncian dos grandes represas y la carretera por el Tipnis?

Me parece que el Gobierno continua con la visión de aumentar la producción, con la visión desarrollista, por tanto no está entendiendo la Amazonia. El Gobierno continúa prisionero de una lógica desarrollista para conseguir capital para hacer programas sociales, para financiar los bonos sociales.

¿Es malo el asistencialismo?

Decir que no tienen importancia alguna es un absurdo, pero tenemos una experiencia dramática en Brasil. Así lo hizo el gobierno de Lula, que tenía varios programas de ese tipo, pero en Brasil se siguen pagando las mayores tasas de interés a los bancos. Lula no tocó los intereses del capital financiero, no tocó las cuestiones fundamentales de la reforma agraria, por lo tanto, continuó apoyando al agronegocio como fuente de divisas. Es decir, las cosas estructurales que provocaron injusticia permanecieron. Dar bonos para políticas sociales es seguir mostrando una política de patas cortas, que no tiene futuro. La pregunta es cómo está la gestión de fondo, cómo está avanzando en la reforma agraria en Bolivia, cómo avanza el reconocimiento de los territorios indígenas, de los autogobiernos, el Estado plurinacional debe funcionar como tal. Me parece que la lógica colonial permanece, hay toda una exhibición de banderas, de indígenas por todo lado, wiphalas por todo lado, se habla mucho de lo indígena, pero atiende a una folklorización, una banalización y eso tiene consecuencias más profundas.

Fuente: https://www.paginasiete.bo/nacional/2019/6/23/evo-alvaro-se-quedaron-con-los-cocaleros-contra-los-indigenas-221944.html?fbclid=IwAR1ur66bcQCbWLoxdWR0PXl0Yyduhrf6O__h-SNpJ9xaBWk9xo-z6sPUH-k

María Luisa Rodríguez: «A la Universidad Nacional de Colombia le falta compromiso con su política de género»

La profesora María Luisa Rodríguez cuenta que vivió en carne y hueso las deficiencias de esta universidad al enfrentar el acoso sexual.

María Luisa Rodríguez, abogada constitucionalista, exmagistrada auxiliar del Consejo de Estado y profesora de la Universidad Nacional, interpuso la primera tutela contra la universidad por no aplicar el enfoque de género en el caso que ella tuvo que vivir de acoso por parte de un profesor estadounidense en 2017. Desde entonces ha recorrido todas las instancias institucionales en busca de apoyo. En el camino ha conocido a más mujeres en la misma situación, cuyos procesos ha acompañado.

¿Cómo fue su caso en particular?

En 2017 viví una situación de acoso (sexual) por parte de un profesor extranjero, que fue investigado y sancionado por la Universidad de Purdue (Estados Unidos), donde está contratado. Antes de que se venciera el proceso y de que se emitiera la primera decisión, un colega de la Facultad de Derecho, Maguemati Wagbou, lo invitó a un evento en la Universidad Nacional. Esto me obligó a buscar respaldo de la universidad, aplicar todas sus rutas para evitar que el profesor acosador volviera. Nunca había hecho un proceso disciplinario contra nadie, esto fue nuevo en mi vida personal y profesional.

¿Qué la llevó a poner esta tutela?

La impunidad. El saber que la universidad no aplicó un enfoque de género para un caso como el mío, que estaba tan documentado. Que uno sienta que no hacen nada con el caso de una profesora lleva a pensar: ¿qué hacen con una estudiante o una administrativa?

¿Qué pensó cuando supo que el profesor que usted denunció venía a Colombia y a su propia universidad?

Me sentí completamente descuadernada. Para mí era un desafío que él viniera a mi facultad, financiado por la universidad a la que pertenezco. Lo primero que tuve que hacer, desgraciadamente, fue llevar el caso de forma pública al Comité de Unidades Básicas para intentar bloquear la visita, exponer las pruebas y romper el secreto que tenía el proceso en Estados Unidos. Yo lo había manejado con total discreción. La facultad reaccionó a favor mío bloqueando la visita del profesor y comunicándoselo a Maguemati. Sin embargo, él buscó ayuda en la Facultad de Ciencias Humanas, donde lo respaldaron. Luego siguió una búsqueda de apoyos. Fui a donde la decana de Ciencias Humanas, la cual me escuchó, pero no hizo nada porque no había una norma expresa para detener su visita. A partir de esto comencé a compartir con otras mujeres de la facultad que también habían sido víctimas de acoso, como Alexi Amaya (trabajadora administrativa, quien denunció por acoso al profesor José Guillermo Castro). Si nos pasa algo tenemos que ir adelante, avanzar, y no quedarnos calladas.

¿Qué siguió?

Busqué ayuda en todos los niveles. Me respondieron que el profesor no estaba sancionado y que ellos no podían bloquear la visita de Stephens. Les expliqué a todos que un profesor extranjero no tiene un derecho adquirido para venir a ninguna universidad. Además, internacionalmente, por la Convención Belém do Pará, las investigaciones de género tienen que ser en contexto, y está claro que había una relación directa de poder, de dominación por parte del profesor, que desafió el venir a mi universidad estando en medio de un proceso de acoso.

Cuando llegó la fecha, recibí ayuda del Grupo de Seguridad y Género, con las que siempre estaré agradecida. Ellas se movilizaron y así logramos detener la presentación del profesor acosador en el evento, pero no su viaje. En esa época el Protocolo de Atención a Violencias Basadas en Género todavía no existía formalmente. Apenas se estaba probando.

La Universidad de Purdue lo sancionó a los pocos días. Stephens apeló, pero le ampliaron la sanción. Tuve la audiencia con ellos después de la visita del profesor Ronald Stephens, les expliqué el nivel de intimidación que me estaba causando. Renuncié a una estancia que tenía organizada, había obtenido financiación por parte de ellos y fue dolorosísimo decir no a ese intercambio.

Los de Purdue lo sancionaron impidiéndole volver a Colombia. Eso me tranquilizó, pero fue decepcionante ver que la universidad (Nacional) no hizo mucho.

¿Para ese momento ya habían denunciado Alexi Amaya y Lizeth Sanabria sus respectivos casos de acoso?

No habían salido a la luz. El de Alexi se estaba investigando. Yo la apoyé antes de que sucediera mi caso.

¿Qué pasó después de que Purdue le dio la razón y por qué no ha podido acceder a la reparación?

Esto fue nuevo para Purdue. Acababan de aprobar el protocolo de género. Contra el profesor Stephens había denuncias que involucraban a estudiantes, pero esta fue la primera de una profesora. Purdue reaccionó bien y dejó la enseñanza de que estos procesos deben ser rápidos. Lo que me quedé esperando fue la reparación que se falló en la segunda instancia, donde se reconoció que perdí una oportunidad. Ese acoso me dejó en una situación de desventaja, perdí las oportunidades para relacionarme internacionalmente, para mejorar mi inglés, para realizar clases allí, investigación, en fin. Fui a la Oficina de Relaciones Internacionales, hablé con la directora, Nancy Rozo, y le comenté que quería restablecer mis nexos con Purdue. Ella me trató con displicencia y me culpó de frustrar el convenio con Purdue.

Allá (en Purdue) fueron solidarios con mi reparación, pero lamentablemente, como el proceso ha sido por mi cuenta y sin el respaldo institucional, no he podido organizar la visita con las condiciones que estaban previstas y me tocó aplazarla porque la universidad (Nacional) cambió su calendario en virtud del paro del año pasado.

Entonces, ¿cree que la Universidad Nacional es responsable de la ausencia de reparación?

Sí, en tanto no he tenido un apoyo, una vocería de la UN. A mí me parece vergonzoso que yo, como víctima, tenga que negociar la reparación, como si no trabajara en ninguna universidad. Los hechos se dieron en el marco de mis funciones como profesora y como directora de relaciones internacionales de la facultad. No conocí al señor Stephens en la calle, ni en un bar. Cuando él regresó a Colombia también fue en el marco de una visita oficial. Es tan inaceptable como absurdo que una entidad que tiene una vinculación con una funcionaria, al nivel de contratación que yo tengo, se haga la loca con sus responsabilidades. Creo que lo que le ha faltado a la universidad es un mínimo de compromiso con una política de género seria.

La violencia estructural que ejerció la Universidad Nacional es dolorosa. Vivir una violencia sexual o un acoso es solo una fase frente a lo que significa confrontarte con tu empleador, a la apatía de sus funcionarios, que para ellos sea normal culpabilizarte de lo que pasó.

¿Este episodio afectó su carrera profesional?

Si me comparo con mis colegas, en estos tres años, desde que empezaron los ataques de Maguemati, no he tenido oportunidad de publicar ni de participar en grupos de investigación. Venía con fuerza fortaleciendo mi perfil investigativo y cada vez que venía la convocatoria se entrometía algún documento del proceso por responder o porque me he dedicado a hacer activismo, que está muy bien, pero tiene un perjuicio para mi remuneración, para mi prestigio académico. Aún no sé hasta qué punto la estigmatización va a estar ahí, aún no he dimensionado sus efectos pero soy consciente que he recibido más críticas que respaldo.

Por otro lado, no solo fue el caso de Maguemati y Stephen. Guillermo Castro actuó contra mí acusándome y publicando mis datos personales a toda la base de 50.000 correos electrónicos de la Nacional. He recibido también amenazas que la universidad nunca aclaró y que están ahí, porque no sabemos ni siquiera de dónde provinieron y cuál era el objetivo.

¿Cuáles amenazas?

Amenazas en el pasillo de la facultad. Frente a mi salón dejaron un cartel que decía: «Feministas? Ratas? Espérenos!», con una imagen como de la cara de Hitler (Ver la línea de tiempo al final del artículo). Eso nos deja en una situación de vulnerabilidad porque no sabemos ni de dónde viene, lo que es peor, porque no lo puedes controlar.

¿Hay amenazas en la Universidad Nacional contra el colectivo de mujeres feministas?

Las estudiantes manifiestan que, a través de redes, las han amenazado con retaliaciones físicas, como echarles ácido o violarlas. Han recibido contrademandas, y creo que es la manera más contundente de desactivarlas, porque apenas empiezan las investigaciones y la mayoría de ellas no saben cómo reaccionar a estos procesos penales y no tienen asesoría jurídica gratuita. Además las distrae de sus actividades como colectivo. Es preocupante el uso judicial de los denunciados para contraatacar y debilitarlas.

Usted decía que su caso la volvió una figura pública en la universidad y que la han buscado para que ayude con casos similares…

La mayoría se me acercaron cuando dirigí la cátedra Eduardo Umaña Luna, de feminismos. Las estudiantes eran de pregrado y lo que me contaron fue muy grave. Algunas han recibido múltiples formas de violencia, hasta accesos carnales, a los que la universidad no respondió.

¿Qué la lleva a decir que la Universidad Nacional protege los derechos humanos de los hombres y no los de las mujeres?

Cuando un profesor es amenazado, generalmente por el conflicto interno o por movilización social, la UN activa mecanismos de protección. Cuando una mujer denuncia amenazas, se preguntan si es un caso de género o de derechos humanos. Ahí comienzan las falencias estructurales de atención. Hay infravaloración de los casos de mujeres. Si se miran los resultados de los procesos, ha habido muy pocos profesores en toda la historia la Universidad Nacional condenados por acoso. Lo cual es desconcertante, teniendo en cuenta los niveles de denuncias.

El caso de la estudiante Lizeth Sanabria, que denunció al profesor Freddy Monroy en abril de 2018, me parece gravísimo. Primero, que ella se hubiera expuesto otra vez a la violencia para obtener la prueba reina, una prueba de semejante calidad con la que se podría iniciar el proceso y condenar, y aun así la universidad se demoró más de un año en tomar una decisión. Otra de las falencias en el caso de Lizeth fue la incapacidad de las personas involucradas en el ascenso que tuvo Freddy Monroy a profesor titular, después de conocida esa prueba y antes de ser despedido. No hubo reproche ético, que siempre está en todos los aspectos de evaluación de los procesos. Pareciera que la violencia contra las mujeres ni siquiera está relacionada con la ética, como sí lo están la corrupción o la pérdida de bienes.

¿La rectora se ha pronunciado sobre estos casos?

Lo que sentimos es que la rectora está alejada de esta situación. Me sorprende que ella, la primera mujer en ese cargo, no tenga empatía con las mujeres de la comunidad académica. Nunca ha propiciado un encuentro con las víctimas. Sé que la red de profesoras está redactando una carta en virtud de estos casos y para solicitarle una audiencia. Yo había agotado esa ruta con el rector Mantilla. Él no me atendió. Luego, la rectora tuvo conocimiento de mi caso directamente con la Procuraduría y jamás intentó comunicarse conmigo.

 

constitucionalista, exmagistrada auxiliar del Consejo de Estado y profesora de la Universidad Nacional.

Fuente:

https://www.elespectador.com/noticias/judicial/la-u-nacional-le-falta-compromiso-con-su-politica-de-genero-docente-que-fue-acosada-articulo-865241

Lise Vogel: “Más allá de la interseccionalidad”

Lise Vogel es una intelectual feminista estadounidense. Socióloga e historiadora del arte, Vogel se define como feminista marxista y es autora de Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory. Su libro, editado originalmente en 1983 con modesta repercusión, fue reeditado en 2013 en un escenario de revitalización del feminismo y el movimiento de mujeres. En este contexto, su trabajo fue considerado por algunos sectores como la base para la teoría de la reproducción social, con ansias de encontrar respuestas a realidades complejas como la creciente precarización del trabajo, las medidas de austeridad que golpearon más durante a las mujeres, obligándolas en muchos casos, a multiplicar sus horas de trabajo no remunerado en los hogares.

En este texto, Vogel, invita a una reflexión sobre la interseccionalidad, el mantra (según sus palabras) en boga en el feminismo, dentro y fuera de la academia, en tiempos de bancarrota del feminismo neoliberal. Como en otros movimientos que luchan contra la opresión, la fragmentación de la clase trabajadora y las múltiples divisiones, que las clases dominantes abrazan y alientan, se refractan en respuestas impotentes como las políticas identitarias y la propia atomización de los movimientos. ¿Son la clase, la raza y el género factores equivalentes? ¿De dónde surgen los conceptos -que hoy parecen intocables- de la diversidad y la interseccionalidad? ¿Son discutibles?

Lise Vogel, no sin aspectos polémicos, ensaya en este artículo –publicado en Science & SocietyVol. 82, No. 2, abril 2018– algunas respuestas, rastros históricos y conclusiones. Más que a una adhesión o rechazos monolíticos, Vogel invita a hacer(nos) preguntas necesarias a uno de los movimientos sociales más dinámicos de los últimos años que, como otros, está atravesado por discusiones políticas y debates estratégicos.

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MÁS ALLÁ DE LA INTERSECCIONALIDAD

En este artículo examino la genealogía de la “interseccionalidad”. Más específicamente, observo la historia de la conceptualización de la “diversidad” que consiste en la interacción de múltiples “categorías de diferencia social”, por ejemplo, la raza, la clase, el género, etc. [1]. La “interseccionalidad” parece ser uno de varios conceptos, atractivos aunque con fallas, desplegados durante los últimos ochenta y tantos años para representar esa heterogeneidad social. Concluyo con algunas sugerencias para desarrollar un enfoque más adecuado para conceptualizar la “diversidad”.

La explicación estándar

Las académicas feministas negras inventaron la noción de “interseccionalidad” a finales de los años 1980. A partir de ese momento, se convertiría en la forma dominante para conceptualizar la “diversidad” dentro y fuera de la academia. Esta es una típica discusión introductoria, en una entrada de Wikipedia:

Interseccionalidad (o teoría interseccional) es un término acuñado por primera vez en 1989 por la defensora de los derechos civiles y destacada académica de la teoría crítica sobre la raza, Kimberlé Williams Crenshaw. Es el estudio de identidades sociales superpuestas o que interseccionan y sistemas de opresión, dominación o discriminación relacionados. La interseccionalidad es la idea de que las identidades múltiples se cruzan para crear un conjunto que es diferente de las identidades que lo componen. Estas identidades que pueden cruzarse incluyen género, raza, clase social, etnia, nacionalidad, orientación sexual, religión, edad, discapacidad mental, física, enfermedad mental, física, así como otras formas de identidad. Estos aspectos de identidad no son “entidades unitarias, mutuamente exclusivas, sino… fenómenos que se construyen recíprocamente”. La teoría propone que pensemos cada elemento o trato de una persona como inextricablemente relacionado con todos los otros elementos para comprender de forma completa la identidad.

Este marco puede utilizarse para comprender cómo la injusticia sistémica y la desigualdad social ocurren sobre una base multidimensional. La interseccionalidad sostiene que las conceptualizaciones clásicas de la opresión en la sociedad –como el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia, la xenofobia y los fanatismos basados en creencias– no actúan de forma independiente una de la otra. En cambio, estas formas de opresión se interrelacionan, creando un sistema de opresión que refleja la “intersección” de múltiples formas de discriminación (“Interseccionalidad”, 2017, revisado el 4/3/2017).

Por lo tanto, el marco interseccional dice poder lidiar tanto con la identidad personal y los aspectos estructurales como los privilegios, la opresión y la Justicia.

La creación del concepto de interseccionalidad ocurrió en el contexto de una expansión masiva de un nuevo campo académico, los estudios de la mujer [2]. A medida que sucedía esto, una especie de historia mitológica del desarrollo de la segunda ola feminista se transformaba en estándar. De acuerdo con esta explicación, el feminismo de la segunda ola emergió en los años 1960 y 1970 como un fenómeno monolítico blanco de clase media que ignoraba la raza y la clase. Recién en los años 1980, continúa el mito, cuando las mujeres negras entraron en la academia y desafiaron con fuerza el feminismo dominado por las mujeres blancas, las cosas cambiaron. Las académicas feministas afroamericanas –por ejemplo Kimberlé Crenshaw, Patricia Hill Collins, bell hooks, y muchas otras– lideraron esta introducción de la raza al análisis feminista. En algunos casos tomaron la clase también. Su liderazgo ganado con mucho esfuerzo bajo el estandarte de la “interseccionalidad” finalmente logró romper con los errores del llamado feminismo blanco.

En los años 1980 y después, este racconto cronológicamente confuso se volvió hegemónico entre las feministas blancas así como las negras, incluso aquellas que deberían haber sabido que no era así. Pero esto es profundamente problemático. En primer lugar, simplifica la historia de la compleja evolución del feminismo de la segunda ola, que desarrolló múltiples alas y no solo dentro de la academia. De hecho, y como discutiré más adelante, las feministas socialistas –y marxistas [3]– siempre prestaron atención a la clase; ¡cómo no lo harían! Y la raza a menudo jugaba un rol en sus análisis también.

Existe además un aspecto metodológico: la historia siempre es compleja y con múltiples capas, y deberíamos ser cuidadosas con las historias unilaterales. Una explicación puede ser hegemónica sin silenciar enteramente las voces alternativas. De la misma manera, una explicación que es hegemónica en un momento puede perder su posición dominante en otro. Esto último es lo que ha sucedido, creo, con los análisis feministas socialistas en las décadas que llevaron al apogeo de la interseccionalidad.

Otro problema con la explicación estándar es que puede no permitirnos ver la evidencia histórica que la contradice. En otras palabras, funciona como el paradigma de Kuhn, que amenaza con invisibilizar cualquier información que no quepa en ese estándar. Permítanme llamarlo el paradigma del “feminismo blanco”. Como todos los paradigmas, tiene alguna validez, pero en general sesga la historia, con consecuencias graves.

El registro histórico

¿Qué es lo que sucedió “realmente”? ¿Y por qué es importante que corrijamos el registro histórico? [4] Para responder estas preguntas tenemos que ir hacia atrás más allá de los años 1980, hasta la década de 1960 e incluso antes. En los años 1960 y 1970, el activismo y los análisis feministas socialistas eran fuerzas importantes en el movimiento de mujeres emergente. Muchas feministas socialistas sostenían que tres sistemas (dimensiones, diferencias o como se quiera llamarlo) -raza, clase y género- interactúan en la vida de las personas, sean estas o no conscientes de ello. Los sistemas a menudo se consideraban en interacción simultánea y entrelazamiento inextricable en una matriz de privilegios y dominación.

También existía una conclusión de que la raza, la clase y el género eran de alguna forma fenómenos comparables, y de igual peso o importancia. Al asumir que las varias dimensiones del marco raza/clase/género son comparables, incluso equivalentes, las feministas socialistas hacían una declaración política que era importante en ese momento: a saber, que ningún elemento de la trilogía podía ponerse por delante a priori. Por lo tanto, la reflexión de las feministas socialistas sobre raza/clase/género podía distinguirse política y analíticamente del feminismo radical (que ponía el género primero), por un lado, y el socialismo tradicional (que generalmente colocaba la clase primero), por otro. En un período de activismo intenso, esta posición política era importante.

Raza/clase/género rápidamente se transformó en un mantra, una serie de factores a los que siempre había que prestar atención y codificar en eslóganes políticos, posiciones en los periódicos, pliego de reclamos, etc. Y a medida que el feminismo avanzaba hacia a la academia en los años 1970 y después, raza/clase/género debía reflejarse en artículos, revistas, títulos, currícula y manuales de estudio. Como marco de análisis así como acción política, raza/clase/género –también conocidos como “la trilogía”– parecía nuevo y poderoso.

En otras palabras, la reflexión sobre raza/clase/género no se originó en las actividades de las académicas feministas negras durante los años 1980. En cambio, surgió junto con el movimiento de mujeres y otros movimientos de los años 1960 y comienzos de la década de 1970. De hecho, muchas de las primeras activistas del movimiento de liberación de las mujeres habían participado de los movimientos por los derechos civiles y de la liberación negra y contra la guerra. Mi propia trayectoria sirve de ejemplo: en 1964 y 1965 trabajé con el SNCC (por sus siglas en inglés, Comité Coordinador Estudiantil No Violento) en Mississippi; en el norte apoyé el movimiento antiguerra y fui una entusiasta militante del movimiento de liberación de las mujeres cuando despegaba a fines de los años 1960. No es una sorpresa que haya utilizada el modelo raza/clase/género en mis dos primeros artículos feministas (Vogel, 1971;1974).

Con el paso del tiempo, el marco de análisis raza/clase/género se expandió para incluir otros factores que podían jugar un rol en los privilegios y la opresión: la etnia, la sexualidad, la geografía, la religión, la cultura, la identidad de género, la capacidad/discapacidad, y así sucesivamente. De forma un poco vergonzosa, el marco raza/clase/género empezaba a parecer una lista de supermercado. Además, cuantos más factores se mencionaban, más interacciones había que examinar, lo que planteaba serios problemas para el análisis.

Para los años 1980, muchos de los movimientos sociales opositores de las décadas anteriores había sido objeto de varios tipos de ataque, incluida la represión violenta. Aun así, el movimiento por la liberación de las mujeres, ahora llamado feminismo, sobrevivió e incluso creció. Y las nuevas generaciones de estudiantes y profesoras que entraron en la academia en los años 1980 y después incluyeron a muchas personas que habían participado en un movimiento social o habían reflexionado mucho sobre el fenómeno de la “diversidad”. Esto, desde mi punto de vista, fue la base para reescribir la historia de los años 1960 –primero por los medios y luego por las propias académicas feministas–. Cuánto más excitante deben haber sido ubicar los puntos más importantes en la línea cronológica propia.

¿Cómo llegamos del concepto enormemente popular de raza/clase/género al concepto enormemente popular de la interseccionalidad? ¿Por qué un mantra reemplazó al otro? En mi opinión, no se trató solamente de las intervenciones de Crenshaw y otras académicas negras, más allá de que hayan sido importantes. Fue el contexto en el cual tuvieron lugar. Algo de ese contexto debe haber hecho a la interseccionalidad particularmente atractiva y a raza/clase/género, menos (ver también la nota al pie número 1 más arriba).

Quizás la interseccionalidad, como la “diversidad”, parecía mejor para incluir todo de forma accesible y matizado, mientras que, al mismo tiempo, preservaba la autonomía de los sistemas específicos dentro de la unidad de interseccionalidad. En contraste, raza/clase/género, mucho menos parecida a una lista de supermercado, puede haber parecido demasiado torpe, demasiado tajante, en la era del posmodernismo y la deconstrucción.

Otra característica atractiva de la interseccionalidad, en comparación con raza/clase/género, es que suprime las poderosas palabras raza y clase –con su capacidad de conjurar no solamente la opresión sino la violencia y sus gestos implícitos hacia la justicia social y el cambio estructural. Mucho mejor oscurecer el significado en aquellas décadas conservadoras. Estoy pensando en diferentes fuentes de financiamiento, comités vitalicios, y demás, así como jóvenes que buscaban un lugar en la academia.

Orígenes

Hasta ahora he sostenido que la conceptualización de “diversidad” en términos del marco raza/clase/género era común en las militantes del ala izquierda del movimiento por la liberación de las mujeres durante los años 1960 y 1970. Pero, ¿de dónde vino? ¿Fue inventado, como otros conceptos del movimiento por la liberación de las mujeres –por ejemplo, “sexismo”, “femicidio” y “Ms.” [5]? ¿O el movimiento por la liberación de las mujeres lo heredó?

Creo que es muy probable que la conceptualización raza/clase/género se haya vuelto popular en los años 1960 producto de una tradición con un siglo de antigüedad, transmitida en la experiencia vivida y el activismo de las mujeres afroamericanas. Encontré evidencia para esta hipótesis en el trabajo y los escritos de Maria Miller Stewart, Sojourner Truth, Anna Julia Cooper, Mary Church Terrell, Pauli Murray, y otras. Estas activistas –a menudo citadas por autoras de la interseccionalidad como pioneras interesantes pero desconectadas– podrían haber sido de hecho las portadoras de una tradición feminista negra viva, que sería continuada más tarde por el artículo de Fran Beal de 1969 sobre el “doble riesgo”, la declaración del Combahee River Collective de 1977, el texto de Kimberlé Crenshaw de 1989 sobre la interseccionalidad, y así sucesivamente (Beal, 1970; Combahee River Collective, 1977: Crenshaw, 1989).

Las mujeres blancas y negras activas en el Partido Comunista de Estados Unidos seguramente jugaron un rol importante en esta transmisión. De acuerdo con la historiadora Kate Weigand, en los años 1930 y 1940, “las publicaciones comunistas utilizaban regularmente los términos ‘triples cadenas’ y ‘triple opresión’ para describir el estatus de las mujeres negras” (Weigand, 2001, 99; ver también McDuffie, 2011). Otros términos incluían “triple explotación” y “doble jornada”. Quizás el mayor exponente de la reflexión raza/clase/género antes de los años 1960 fue Claudia Jones, una importante líder de negra del PC de Estados Unidos y del Congreso de Mujeres Estadounidenses [6] (Boyce Davies, 2008, 2011; Lynn, 2014).

En mi propia experiencia como activista feminista marxista y académica en los años 1960 [7], el marco de análisis de raza/clase/género parecía familiar, e inmediatamente disponible. No era algo que tenía que pensar demasiado, mucho menos inventar. ¿Habré elegido el marco teórico de mis padres izquierdistas?

En resumen, las feministas negras tuvieron razón en reconocer el mérito a Crenshaw y otras académicas negras por encabezar el esfuerzo de poner en primer plano la interseccionalidad en los años 1980, pero perdieron la oportunidad de enraizar su aporte de manera más profunda en el contexto histórico de las vidas de las mujeres negras.

Las personas que no son historiadoras podrían preguntar si es importante conocer la historia correcta. ¿Es posible, quizás, que esté siendo demasiado detallista? Creo que importa sobre todo por lo que se pierde cuando nos cuentan la historia errónea. Como ya mencioné, perdemos mucho cuando aceptamos el paradigma del “feminismo blanco”. Pasamos por alto la importancia de muchas activistas negras que desde hace más de un siglo forjaron una tradición de resistencia. Pasamos por alto el rol del PC de EE. UU. y el Congreso de las Mujeres Estadounidenses. No le damos la atención que se merecen a los aportes de militantes comunistas individuales, activistas y autoras que giraron a izquierda, tanto blancas como afroamericanas.

También existen otras historias borradas por el paradigma del “feminismo blanco”. Nos lleva a olvidar que algunas de las mujeres blancas que participaron del movimiento de liberación negra de los años 1960, también fueron parte de la fundación del movimiento por la liberación de las mujeres. A eso se suma que las mujeres negras que jugaron un rol dirigente como Pat Robinson, que en 1960 formó el grupo de mujeres Mount Vernon/New Rochelle y atrajo a un sector de trabajadoras negras, desaparecen. El paradigma del “feminismo blanco” también vuelve marginal la importancia del activismo alrededor de los derechos de la seguridad social, que era tanto un tema feminista como de clase y un movimiento que también comenzó bastante antes que el apogeo del feminismo de la segunda ola.

Sin acceso al trasfondo histórico completo de los años 1960 y los anteriores, nos quedamos con una historia perturbadora de hostilidad entre académicas feministas blancas y negras, surgido repentinamente en la década de 1980.

Modelos y lentes

Finalmente, permítanme brindar algunos elementos sobre la utilidad de conceptos tales como raza/clase/género y la interseccionalidad. Los veo, principalmente, como conceptos descriptivos. Es decir, proveen un marco conceptual para describir e investigar la “diversidad”, pero por sí mismos no explican nada. Estrictamente hablando, entonces, son imprecisos y algunas personas dirían que no hay que utilizarlos.

Sin embargo, creo que estos conceptos pueden ser útiles como primeras aproximaciones. Brindan una forma atractiva, aunque inadecuada, de hablar sobre las relaciones entre las múltiples “dimensiones de diferencia” como la raza, la clase y el género. Y para aquellas personas nuevas en estos temas, pueden funcionar como mecanismos para elevar la conciencia. Por ejemplo, un proyecto del Centro de Víctimas de la Tortura en Minnesota discute la interseccionalidad como una forma de ir “más allá de temas particulares y política de identidades”. Específicamente, “la interseccionalidad es tanto un lente para ver el mundo de la opresión como una herramienta para erradicarla”. El proyecto también presenta casos de estudio de tácticas exitosas de derechos humanos que fueron desarrolladas y desplegadas utilizando esta “caja de herramientas estratégica” [8]. No quisiera ser la persona que reprende a estos activistas por utilizar un concepto incorrecto.

En el largo plazo, los esfuerzos feministas-marxistas para conceptualizar la “diversidad” requieren más que una nueva metáfora o expresión de moda (Davis, 2008). Medio siglo después de que las feministas socialistas comenzaran a pensar sobre estos temas, vivimos en un escenario político y teórico diferente. Relativamente pocas nuevas feministas hoy se identificarían como feministas socialistas. Una cantidad menor incluso se consideraría feministas marxistas, pero aquellas que sí lo hacen tienen acceso a un discurso marxista internacional vívido que antes estaba completamente ausente.

En este punto, creo que podemos ir más allá de las anteriores conceptualizaciones. Comenzaría por descartar la presunción de que variadas dimensiones de diferencia –por ejemplo, la raza, la clase y el género– son comparables. Quiérase o no, esta presunción de comparabilidad lleva a un interés por identificar paralelos y similaridades entre las categorías de diferencia, y le resta importancia a sus particularidades. De igual forma, puede sugerir que las diferentes categorías son iguales en su rol causal.

Una vez que nos deshacemos del modelo comparativo, podemos romper el pequeño círculo estrecho de categorías supuestamente similares. Nuestra tarea teórica sería, entonces, poner el foco en las especificidades de cada dimensión, y desarrollar la comprensión de cómo encaja todo –o no lo hace–. Producto de este proceso podría surgir una lente, o quizás varias lentes, con las que analizar la información empírica [9].

Al pensar sobre la clase, tenemos mucha literatura, remontándonos al propio Marx. Tradicionalmente, esa literatura ignoraba los temas de género y raza, al presumir que la clase era la dimensión fundamental. Más recientemente se han realizado avances en el reconocimiento del rol distintivo de la clase sin rechazar enteramente otras dimensiones. Martha Giménez (2001; 2018), por ejemplo, ha planteado desde hace tiempo que la trilogía debería ser descartada, y ser reemplazada por un “regreso a la clase, reconociendo la naturaleza de clase de la sociedad estadounidense y las relaciones de opresión que la fragmentan”. Con una perspectiva de la ciencia política, Victor Wallis (2015; 604) explora “la distinción estructural de la dominación de clase, en comparación con las estructuras de opresión en intersección enmarcadas por la raza, el género, la sexualidad u otros criterios”. En otras palabras, se está volviendo posible, incluso aceptable, reconocer la clase como clave, al mismo tiempo que se incorporan análisis de otros factores.

Sobre el género, el punto de partida podría ser la “teoría de la reproducción social”, una nueva perspectiva que todavía se encuentra en proceso de desarrollo. Mi libro Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory (1983, 2013) [10] ha sido bautizado como la base de la Teoría de la Reproducción Social. En los siguientes párrafos, bosquejo algunos de los elementos de la Teoría de la Reproducción Social, como mejor la entiendo.

El término “Reproducción Social” viene de Marx, por supuesto, pero también de mi debate sobre una “perspectiva de la reproducción social”, que opuse a una “perspectiva de sistemas duales” (Vogel, 2013, 133-136, pássim). La Teoría de la Reproducción Social dice ofrecer una perspectiva “unitaria” sobre la cuestión de la opresión de la mujer. La palabra “unitaria” aparece solo en el subtítulo del libro (Hacia una teoría unitaria); está completamente ausente del texto. Sin embargo, mis colegas sienten enérgicamente que “unitaria” es una característica significativa de la Teoría de la Reproducción Social. Se aferran a ella, sospecho, por dos motivos. En primer lugar, marca un rechazo definitivo a las teorizaciones de sistemas duales que dominaron incluso el pensamiento feminista socialista durante mucho tiempo. Y en segundo lugar, promete una solución teóricamente unificada. Como dice Tithi Bhattacharya (2013), “El aspecto más importante de la teoría de reproducción social es que el capitalismo es un sistema unitario que puede integrar exitosamente, aunque de forma desigual, la esfera de la reproducción y la de la producción. Los cambios en una esfera provocan alteraciones en la otra”.

Ferguson y McNally (2013, xxiii) enfatizan la originalidad del libro en su lectura de Marx:

Más que injertar un enfoque marxista de la opresión de género en el seno del análisis marxiano del capitalismo –huyendo del eclecticismo metodológico que plagaba la teoría de los dos sistemas–, Vogel se propone extender y expandir el logro conceptual de las categorías clave de El Capital, así como explicar rigurosamente las causas de la opresión de las mujeres. Pero hacer esto implica, sin género de dudas, acercarse a El Capital de una forma antidoctrinal, acentuando su espíritu científico y abordarlo como un programa de investigación que invita al desarrollo de sus conceptos centrales. La búsqueda de Vogel de la teoría unificada no solamente hace esto sino que también sondea las carencias teóricas en El Capital, lugares donde el texto guarda un llamativo silencio cuando se requería –en efecto, debería hacer– justo lo contrario . “El marxismo y la opresión de las mujeres”, por lo tanto, impulsa la innovación lógica del propio marco conceptual hacia conclusiones que eludieron tanto el autor como generaciones de lectores posteriores [11].

El poder de la Teoría de la Reproducción Social es, considero, que teoriza las vidas de las mujeres de la clase trabajadora dentro del proceso de acumulación capitalista en general. Sí, “la clase” –o, mejor, el proceso de acumulación capitalista– es clave, pero en la medida que el capitalismo depende de la fuerza de trabajo de los seres humanos, la “clase” y el “género” tienen bases materiales y un vínculo íntimo uno con el otro.

No tanto la “raza”. La “raza” siempre me ha parecido el más problemático de estos elementos de la llamada trilogía. Creo que tenemos que empezar a utilizar el análisis de “raza” de Barbara Fields en el contexto de EE. UU. como elemento ideológico.

La ideología racial proporcionó los medios para explicar la esclavitud a las personas cuyo terreno era la república fundada en las doctrinas radicales de la libertad y los derechos naturales, y, más importante, una república en la que aquellas doctrinas parecían represar de forma adecuada el mundo en el cual viven todos menos una minoría. Solo cuando la negativa de la libertad se transforma en una anomalía aparente, incluso para los miembros menos observantes y reflexivos de la sociedad euroamericana, esta ideología explica sistemáticamente la anomalía… La raza explicaba por qué algunas personas tenían el derecho a negar lo que otras daban por sentado: a decir, la libertad, supuestamente un regalo evidente de la naturaleza de Dios (Fields, 1990, 114).

Decir que la “raza” es ideológica no significa que no es real –de hecho es poderosamente real, como los historiadores han demostrado y como experimentamos en Estados Unidos todos los días.

Esta discusión revela incluso otra forma en que la noción de una trilogía de factores comparables es insuficiente. La raza, la clase y el género no son de forma alguna comparables ontológicamente. El término “clase” es un indicador clave que señala hacia el terreno de la acumulación capitalista, donde se consume la fuerza de trabajo y se produce la plusvalía. En la medida que el proceso biológico contribuye a la reproducción de la fuerza de trabajo, el “género” intersecta con la “clase”, pero no es lógicamente necesario para ello [12]. “Clase” y “género” pueden ser analizados en abstracto, al formar parte del sistema de acumulación capitalista comprendido en el nivel teórico. Pero la “raza” se distingue, más real y, de mínima, tan dañina en nuestros días, creo, como la clase y el género.

Traducción: Celeste Murillo

Fuente: http://www.izquierdadiario.es/

Bibliografía

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NOTAS AL PIE
[1] A fines prácticos, baso mi discusión en ejemplos y la historia de Estados Unidos. Dejo de lado también problemas complejos concernientes a la ideología, aunque acuerdo en gran parte con Martha Giménez, que escribe (es una comunicación privada el 26 de enero de 2017): “Creo que una referencia a una ‘historia de la conceptualización de la diversidad’ fue también concomitante con el proceso de culturizar la desigualdad, la opresión y la explotación. La noción de diversidad, creo, es parte del proceso de oscurecimiento [de la] naturaleza política de las teorías feministas y las teorías de opresión racial y étnica, exclusión y explotación, que reducen sus demandas y objetivos a la integración en las instituciones ocupacionales y educativas. La preocupación por la diversidad olvida el foco en los cambios estructurales que podrían beneficiar al grupo y lo reemplaza con movilidad ascendente para unos pocos” (ver también Benn Michaels, 2006; Fields, 2000, 118; Ahmed, 2012; Cabrera, 2006; James, 2016).
[2] Más tarde se extenderá el uso de “estudios de género”, pero en este momento se hablaba de estudio de la mujer [N. de T.].
[3] No es posible separar el feminismo socialista del marxista de la forma que se llevaban a la práctica en los años 1970. Por ese motivo, utilizo el término feminismo socialista de forma inclusiva, siguiendo en general el uso contemporáneo de Estados Unidos. Desde fines de los años 1960 hasta mediados de los años 1970, el término “liberación de las mujeres” era común, e intentaba demarcar a las alas más jóvenes y presuntamente más radicales del movimiento de mujeres del llamado feminismo burgués de la National Organization of Women (Organización Nacional de las Mujeres, NOW por sus siglas en inglés, N. de T.). Dentro del movimiento por la liberación de las mujeres, las feministas socialistas formaban una tendencia distintiva. Para fines de los años 1970, el término “liberación de las mujeres”, con su connotación de una transformación radical más allá de la igualdad de derechos, sería reemplazada por el término feminismo. El feminismo era ahora un término más amplio del que había sido antes, quizás reflejando la menor importancia de distinguir las alas dentro del movimiento de mujeres.
[4] Intenté por primera vez corregir el registro histórico en un artículo publicado hace 25 años en el Journal of Women’s History (Vogel, 1991). Como aquí, desafiaba la historia del origen mítico y cuestionaba por qué se había vuelto ideológicamente dominante, incluso entre las feministas progresistas. En vano. Solo recientemente, existen estudios y análisis con una explicación más precisa de los desarrollos en los años 1960 y 1970. Ver especialmente Evans, 2015; Giardina, 2010; Collins y Bilge, 2016, capítulo 3; y Taylor, 2017.
[5] En inglés, la abreviatura Ms. se utiliza para nombrar a una mujer y evitar su estado civil, como sucede en castellano con señora o señorita (no existe equivalente en nuestra lengua) [N. de T.].
[6] Congress of American Women en inglés, fue una organización estadounidense por los derechos de las mujeres. Fundada en 1946, tuvo una corta vida (fue disuelta en 1950) por estar asociada a la Unión Soviética en los años de macartismo en Estados Unidos. Una de sus principales dirigentes fue Elinor S. Gimbel [N. de T.].
[7] Lilian Robinson (1978) brinda un racconto vívido de cómo era ser parte de la actividad académica y participar en el movimiento por la liberación de las mujeres que emergió en los años 1960 y 1970.
[9] Para la metáfora de la teoría como un lente, ver Vogel, 2000; reimpreso en Vogel, 2013, 183-198. Para mis visiones sobre la teoría como necesariamente abstracta y separada de la investigación empírica, ver ibídem, especialmente, 184-195.
[10] En el momento de su primera publicación en 1983, Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory recibió poca atención. (Ferguson y McNally [2013] pusieron la pobre recepción del libro en contexto histórico). Treinta años después, en 2013, Brill y Haymarket lo reimprimió en un nueva edición que incluye dos textos adicionales. Uno es una excelente introducción de Susan Ferguson y David McNally, “Capital, Labour-Power, and Gender Relations”, con la intención de hacer algunos de mis argumentos más accesibles. Republicado de esta forma, Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory ha generado mucho interés, no solo en su rol de establecer una base para la Teoría de la Reproducción Social.
[11] “Capital, fuerza de trabajo y relaciones de género”: Susan Ferguson, David McNally, Traducción de Isabel Benítez Romero para Marxismo Crítico, disponible en https://marxismocritico.com/2017/01/16/capital-fuerza-de-trabajo-y-relaciones-de-genero/.
[12] Para ver ejemplo de cómo la reproducción de fuerza de trabajo no necesariamente requiere procesos biológicos, ver Vogel, 2013, capítulos 10 y 11.

Método de análisis

Por Antonio Gramsci

¿Las relaciones internacionales preceden o siguen (lógicamente) a las relaciones sociales fundamentales? Indudablemente las siguen. Toda renovación orgánica en la estructura modifica también orgánicamente las relaciones absolutas y relativas en el campo internacional a través de sus expresiones técnico-militares. Aún la misma posición geográfica de un Estado nacional no precede sino sigue (lógicamente) las innovaciones estructurales, incidiendo sobre ellas, sin embargo, en cierta medida (precisamente en la medida en que las superestructuras inciden sobre la estructura, la política sobre la economía, etc.). Por otro lado, las relaciones internacionales inciden en forma pasiva o activa sobre las relaciones políticas (de hegemonía de los partidos). Cuanto más subordinada a las relaciones internacionales está la vida económica inmediata de una nación, tanto más un partido determinado representa esta situación y la explota para impedir el adelanto de los partidos adversarios (recordar el famoso discurso de Nitti sobre la revolución italiana ¡técnicamente imposible!). De esta serie de datos se puede llegar a la conclusión de que, con frecuencia, el llamado “partido del extranjero” no es precisamente aquel que es vulgarmente indicado como tal, sino el partido más nacionalista, que en realidad, más que representar a las fuerzas vitales del propio país, representa la subordinación y el sometimiento económico a las naciones, o a un grupo de naciones hegemónicas.
Desde esa serie de hechos se puede llegar a la conclusión de que a menudo el llamado “partido del extranjero” no es precisamente el que se indica como tal, sino el partido más nacionalista, el cual, en realidad, más que representar las fuerzas vitales del país, representa la subordinación y sometimiento económico a las naciones o a un grupo de naciones hegemónicas.
El problema de las relaciones entre la estructura y las superestructuras es el que hay que plantear y resolver exactamente para llegar a un análisis acertado de las fuerzas que operan en la historia de un cierto período, y para determinar su correlación. Hay que moverse en el ámbito de dos principios: 1) el de que ninguna sociedad se plantea tareas para cuya solución no existan ya las condiciones necesarias y suficientes, o no estén, al menos, en vías de aparición o desarrollo; 2) el de que ninguna sociedad se disuelve ni puede ser sustituida si primero no ha desarrollado todas las formas de vida implícitas en sus relaciones. De la reflexión sobre esos dos cánones se puede llegar al desarrollo de toda una serie de otros principios de metodología histórica. Por de pronto, en el estudio de una estructura hay que distinguir entre los movimientos orgánicos (relativamente permanentes) y los movimientos que pueden llamarse “de coyuntura” (y que se presentan como ocasionales, inmediatos, casi accidentales). Los fenómenos de coyuntura dependen también, por supuesto, de movimientos orgánicos, pero su significación no tiene gran alcance histórico; producen una crítica política minuta, al día, que afecta a pequeños grupos dirigentes y a las personalidades inmediatamente responsables del poder. Los fenómenos orgánicos producen una crítica histórico-social que afecta a las grandes agrupaciones, más allá de las personas inmediatamente responsables y más allá del personal dirigente. Al estudiar un período histórico se presenta la gran importancia de esta distinción. Se tiene, por ejemplo, una crisis que a veces se prolonga durante decenios. Esa excepcional duración significa que se han revelado en la estructura contradicciones insanables (las cuales han llegado a madurez), y que las fuerzas políticas que actúan positivamente para la conservación y la defensa de la estructura misma se esfuerzan por sanarlas y superarlas dentro de ciertos límites. Esos esfuerzos incesantes y perseverantes (puesto que ninguna forma social confesará nunca que está superada) constituyen el terreno de lo “ocasional”, en el cual se organizan las fuerzas antagónicas que tienden a demostrar (demostración que, en último análisis, sólo se consigue y es “verdadera” si se convierte en nueva realidad, si las fuerzas antagónicas triunfan, pero que en lo inmediato se desarrolla a través de una serie de polémicas ideológicas, religiosas, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., cuya concreción puede estimarse por la medida en la que consiguen ser convincentes y alteran la disposición preexistente de las fuerzas sociales) que existen ya las condiciones necesarias y suficientes para que puedan, y por tanto deban, resolver históricamente determinados problemas (“deban”, porque todo incumplimiento del deber histórico aumenta el desorden existente y prepara catástrofes más graves).

La crisis que viene

Economía polítrica
Por Henri Wilno

La crisis es cierta pero no se sabe cuándo estallará. Una de las cuestiones esenciales que surgirán en caso de un colapso financiero es la de si los Estados estarán en posición de limitar las consecuencias.

Los procesos acumulativos con un crecimiento más lento marcan el movimiento de la economía global tanto en los países de la OCDE (América del Norte y Europa) 1/ como en China, mientras que Brasil continúa en crisis y Argentina está en recesión, etc. Solo algunos países en recuperación (como India) están creciendo por el momento, sin muchos problemas (aparte de las desigualdades y los daños ambientales). La sobreproducción es evidente en la industria del hierro y el acero y el crecimiento del mercado automotriz mundial será casi nulo en 2019.

Aunque las tasas de beneficio no muestran una tendencia visible a caer en picado, no parecen haber regresado a su nivel de 2007. Sin embargo, los salarios se están estancando (a excepción de las categorías más altas y en sectores concretos) en las economías desarrolladas, incluidas aquellas que tienen bajas tasas de desempleo como Alemania y Estados Unidos -en este último país hay un problema de apreciación del desempleo real: aparte del tiempo parcial de quienes querrían trabajar más, muchas personas adultas han dejado de buscar trabajo y, con ello, han salido de las estadísticas, lo que se refleja en una caída de la tasa de participación en el mercado laboral. Los beneficios realizados por las empresas se han utilizado ampliamente para operaciones de fusión, recompra de acciones y distribuciones de dividendos o se mantienen en inversiones líquidas, mientras que la inversión privada sigue siendo limitada. La inversión pública está limitada por las políticas de austeridad.

El capitalismo está más financiarizado que nunca. Los activos financieros continúan creciendo después del shock de 2007-2009. La capitalización bursátil mundial (valor al precio de mercado de valores de todas las acciones en circulación de las empresas que cotizan en bolsa) alcanzó un nivel récord en 2017. Disminuyó un 15% en 2018, lo que refleja tanto la inquietud de los analistas por el nivel de los precios desconectados del desempeño real de las empresas, así como por las incertidumbres derivadas del clima internacional. En estos momentos, cabe señalar que las mayores capitalizaciones de mercado son las GAFA [acrónimo de las cuatro empresas tecnológicas Google, Amazon, Facebook y Apple, ndt] y no las empresas industriales. El aumento en los precios de las acciones se ha dado por las políticas del banco central que desde 2009 han vertido liquidez gratuita o casi gratuita en los bancos. Desde 2015, estos bancos centrales han tratado de restringir tímidamente estas políticas (tasas bajas y flexibilización cuantitativa, es decir, recompra de valores), pero eso no podrá durar.

En Europa, la persistencia de los bajos tipos practicados por el Banco Central Europeo ha tenido efectos contradictorios: por una parte, han podido aumentar sus préstamos; por otra parte, y dado que los tipos del Banco Central se reflejan en el conjunto de los tipos, los márgenes de interés obtenidos por los bancos sobre los préstamos se han reducido, lo que pesa sobre su rentabilidad (por lo tanto, en una caída en los precios de las acciones de los bancos). En principio, esta situación no pone en peligro la salud de los bancos 2/, excepto en casos especiales. Por el contrario, esa rentabilidad se vería por afectada por una desaceleración de la actividad que traería consigo un aumento en la morosidad de los préstamos.

Por otra parte, el endeudamiento de los gobiernos y especialmente de las sociedades no financieras (las empresas) ha comenzado a aumentar de nuevo. Las obligaciones globales emitidas por las sociedades no financieras alcanzaron un récord cercano a los 13 billones de dólares USA a finales de 2018, que, según la OCDE, representa el doble de su importe pendiente en términos reales antes de la crisis financiera de 2008. Según la OCDE, también existe un deterioro en la calidad de los bonos (títulos de deuda) emitidos por las empresas, lo que podría conducir, en caso de una recesión económica, a un aumento en el número de los reembolsos impagados. Lo cierto es que la solvencia de los prestatarios es variable: una desaceleración económica pronunciada o un endurecimiento brutal de las condiciones financieras podrían afectar la capacidad de las compañías endeudadas para garantizar el servicio de su deuda. Este es un punto importante de fragilidad de la situación. Según el Banco de Pagos Internacionales, desde 2008 está teniendo lugar una proliferación de compañías zombis que sobreviven solo mediante el endeudamiento y aprovechándose de las bajas tasas de interés: la proporción de empresas zombi sería del 6% de media en los 14 principales países desarrollados.

Finalmente, lo que se denomina la banca en la sombra, es decir, la finanza no sujeta a la regulación bancaria (lo que no significa que sean necesariamente operaciones ilegales) se ha desarrollado fuertemente, especialmente en China. A finales de 2017, representaba el 14% de los activos financieros globales. Para colmo, hay un retorno, con nuevas formas, de los activos estructurados que desencadenaron la crisis financiera de 2007-2008, es decir, de instrumentos que agrupan a títulos que tienen como contrapartida operaciones de calidades variables y, por lo tanto, con un alto riesgo potencial para quienes las compran (debido a sus altos rendimientos).

El mundo entero se encuentra ahora bajo la influencia del capital: ya no hay nuevos territorios cuya apertura aumentaría significativamente la tasa media de beneficio (lo que no significa que algunas industrias no van a continuar buscando salarios lo más bajos posible, como los fabricantes de textiles que deslocalizan a Etiopía). Hoy en día, una nueva ola larga y expansiva involucraría nuevas tecnologías que por sus características requieren de altos niveles de inversión, capaces de generar aumentos de la productividad y creadoras de empleos y mercados a gran escala. No es probable que los vehículos eléctricos y autónomos conduzcan a tal proceso a pesar de todos los trastornos que causarán en el sector automotriz (productores y fabricantes de equipos) y, más allá, con ganadores –los grupos mineros (por los minerales utilizados para las baterías) y los productores de electricidad – y perdedores (los petroleros) 3/.

Frente a esta situación, varios analistas tienden a señalar que si se produjera una nueva crisis financiera, los Estados tendrían menos recursos que en 2009 para hacer frente: las deudas públicas ya son elevadas (lo que prohibiría profundizar los déficits presupuestarios) y los tipos del banco central no podrían seguir cayendo, excepto marginalmente 4/. Se discute esta hipótesis de impotencia de los Estados (desarrollada por varios economistas, incluido Nouriel Roubini, quien anuncia la próxima crisis para 2020) 5/: si una crisis pusiera en grave peligro la estabilidad económica, se puede pensar al contrario que los Estados y los bancos centrales no dudarían en liberarse de esas restricciones, incluso disgustando a los más liberales e imponiendo a algunos operadores financieros soluciones completamente heterodoxas y momentáneamente desagradables. Además, tanto el Banco Central Europeo como la Reserva Federal de EE UU están en alerta y listos para regresar a tipos de interés más bajos y recompras de valores. En cuanto a China, desde principios de año ha anunciado varias medidas para apoyar a la economía.

Pero surge otra pregunta: ¿existe aún un piloto a nivel mundial para impulsar acciones coordinadas? El economista estadounidense Charles Kindleberger proporcionó hace unas décadas 6/ un interesante análisis de por qué la crisis de 1929 fue tan larga y profunda: para él, ello se debió a las dudas de los Estados Unidos para tomar la iniciativa en la economía mundial cuando, después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña ya no podía asumir ese papel. Para Kindleberger, la economía mundial capitalista necesita un estabilizador, un Estado pivote. A raíz de Kindleberger, otros economistas han definido las características que debería tener ese Estado: capacidad de crear estándares internacionales y hacerlos cumplir, voluntad de hacerlo, un predominio en los campos económicos, tecnológicos y militares.

Estados Unidos ha desempeñado un papel semejante desde la Segunda Guerra Mundial (y lo aprovecharon). Sin lugar a dudas, hoy se encuentra en retroceso relativo, aunque conserva el primer lugar. Trump está haciendo todos los esfuerzos para defender el Estado y los intereses del capitalismo estadounidense, tanto económicos como políticos y militares. Multiplica las iniciativas unilaterales y no duda en provocar divisiones entre aliados y socios de Estados Unidos, como lo demuestra sus repetidas declaraciones a favor de un Brexit duro. Sobre todo, Estados Unidos se enfrenta a China, potencia en auge: su objetivo es limitar el déficit comercial de Estados Unidos, frenar la transferencia de tecnología estadounidense a China, poner fin a las subvenciones a las empresas estatales así como un acuerdo sobre divisas y seguir demostrando su poderío militar en el área de Asia-Pacífico. Y en este contexto, Estados Unidos relativizan completamente el papel de las instituciones internacionales, incluidas aquellas donde solo están representados los grandes Estados (G7 y G20). Los estadounidenses conservan el poder de definir ciertas reglas mediante, entre otras cosas, el papel del dólar, que les permitió imponer una ruptura de las relaciones con Irán, incluso a empresas estatales que pensaban que el acuerdo nuclear no fue violado. Por otro lado, no logran responder al proyecto chino de una nueva ruta de la Seda y no es seguro que tengan éxito en su ofensiva para bloquear la expansión de Huawei en todo el mundo.

Por lo tanto, no es seguro que, en caso de nuevas turbulencias financieras, Estados Unidos tengan la posibilidad y la voluntad de reunir a los otros Estados capitalistas bajo su liderazgo, incluso aunque no obstaculicen las tentativas de cooperación para cubrir las brechas… Ello podría ser (como fue el caso en 1929, y sin querer asimilar las dos situaciones) un factor importante de profundización de la crisis.

12/06/2019

https://alencontre.org/laune/economie-politique-la-crise-qui-vient.html

Gramsci, Fanon y después

por Raúl Zibechi

Alguien escribió hace no tanto tiempo que lo importante no es quién habla, sino desde dónde lo hace. Recién pude comprender aspectos centrales del pensamiento de Antonio Gramsci en las comunidades campesinas de su Cerdeña natal, donde estoy participando en debates con la Coordinación de Comités Sardos que agrupa a 60 organizaciones de base.

El concepto de «subalternidad», fundante de toda una corriente teórica anti-colonial (aunque se denominan de formas algo más sofisticadas), no habría sido formulado por Gramsci si no hubiera nacido en una isla colonizada durante siglos por potencias extranjeras, que la convirtieron en «colonia de explotación».

En el pensamiento perezoso, del que nunca estamos a salvo, existe la creencia de que todo el Occidente es colonizador y todo el Sur es colonizado. Cuando en la realidad, existen periferias en una y otra parte del mundo. Y resistencias formidables.

En 1906, cuando Gramsci tenía 15 años, Cerdeña fue sacudida por luchas obreras y revueltas campesinas, que se erguían sobre los fuertes desequilibrios Norte-Sur, la represión implacable del Estado italiano y un amplio movimiento «sardista» que el joven llevó en su maleta y en su corazón cuando emigró al Turín proletario. Pudo comprender la Rusia soviética y campesina por su experiencia en Cerdeña, incluyendo el papel de los intelectuales en el proceso de emancipación.

Aunque nunca me afilié al pensamiento de Gramsci, por prejuicios y desconfianzas, puedo ver que plantó un mojón en el pensamiento crítico con su mirada anti-colonial y su apuesta por el papel de los «subalternos».

La siguiente etapa, por decirlo de un modo mecánico y seguramente injusto, corresponde a Frantz Fanon, en el periodo de la descolonización y las revoluciones del tercer mundo. Si Gramsci debe parte de sus sentimientos e ideas a Cerdeña, Fanon está en deuda con la Argelia que se levanta para sacudirse el yugo colonial francés.

Comprendió como pocos la «inferiorización» que provoca la dominación, por su experiencia como siquiatra en el hospital de Blida y, luego, en la militancia activa en el Frente de Liberación Nacional al que entregó su vida y sus sueños. En esta etapa del pensamiento crítico, los sujetos de la descolonización son los de «más abajo», campesinos y desocupados, portadores de la energía colectiva que impulsa los cambios. Critica el papel que la izquierda, en los países colonizados, concede a la clase obrera, por traslado mecánico de la experiencia en la metrópolis.

Quienes nacimos a la militancia en la década de 1960, estamos en deuda profunda con Fanon, ya que pudo escalar la pendiente más difícil, la que lo llevó a debatir cómo sacudirnos la interiorización del dominador que tanto daño ha producido a los procesos revolucionarios. Sólo este inestimable aporte, debe colocarlo en un lugar destacado del mundo nuestro.

Pero es en el tercer momento cuando se registran los cambios más asombrosos y esperanzadores. Es el momento actual, digamos, el que transcurre desde el fin del socialismo real y que tiene uno de sus centros en América Latina. El pensamiento crítico anti-colonial empieza a trenzarse con el pensamiento anti-patriarcal, fecundando un anti-capitalismo radical, enraizado en sujetos y sujetas colectivas que, en adelante, llamaremos «pueblos en movimiento».

El concepto me llegó por medio de una joven estudiante quechua de Abancay (Perú), Katherin Mamani, en un debate en el que rechazamos la idea eurocéntrica de «movimiento social». La menciono porque encarna el núcleo del momento actual.

Lo primero, es que resulta imposible separar ideas de prácticas. Las masivas y constantes acciones de los pueblos, son el combustible del pensamiento crítico, que se torna estéril cuando sólo se mira en el espejo de la autosatisfacción intelectual.

Lo segundo, es la impronta de las mujeres de abajo. Esto resulta tan evidente que me exime de mayores comentarios. Aunque habría que superar el concepto de pensamiento cuando nos referimos a la palabra de las mujeres que luchan, algo que aún estamos lejos de conseguir.

Lo tercero, es que estamos ante pensamientos colectivos, comunitarios, que hacen casi imposible determinar quién acuñó tal o cual concepto, lo supera la herencia patriarcal/colonial legada por las academias. Ideas que van germinando por fuera de las instituciones, aunque éstas siempre pretendan cooptarlas, y que son el fruto de las comparticiones entre los abajos cuando debaten y combaten.

Por último, los nuevos desarrollos sólo tienen validez si muestran alguna utilidad para potenciar las emancipaciones colectivas. Y, sobre todo, para construir lo nuevo. Porque de lo que se trata, además de ponerle límites a los proyectos de arriba, es construir y crear vida allí donde el sistema, a derecha e izquierda, sólo produce muerte.

No es poco en los tiempos que corren. El camino andado en poco más de un siglo, es notable. Estamos ante pensamientos colectivos que nacen poniendo el cuerpo al sistema y a sus represiones.