Esta entrevista fue realizada por Jean Liberman y publicada en le Nouveau Politis 434, número de marzo 1997. Castoriadis, filósofo, psicoanalista, pensador de la sociedad, fue cofundador del grupo «Socialismo o barbarie», de notable influencia en los hechos de Mayo del ’68; crítico hacia la URSS y el marxismo, inspirador de Solidaridad en Inglaterra y Polonia, propulsor del proyecto de sociedad autónoma, firmante del llamamiento a la desobediencia civil contra la ley Debré, etc. En esta entrevista analiza en especial «el avance de la insignificancia» (título de su libro publicado en 1997) en la sociedad actual. Fue publicada por Iniciativa Socialista, por cuya gentileza se publica en exclusiva y en versión completa.
Politis: Usted describe un «aumento de la insignificancia» en la sociedad contemporánea y, entre sus características, constata un «derrumbamiento de la autorepresentación de la sociedad». ¿Por qué esto es grave en relación al proyecto de autonomía individual y colectiva que usted singulariza?
Cornelius Castoriadis: Ninguna sociedad puede perdurar sin crear una representación del mundo y, en ese mundo, de ella misma. Los hebreos del Antiguo Testamento, por ejemplo, plantean que hay un Dios que ha creado el mundo y que ha elegido la línea de Abraham, Isaac, Jacobo, etc, hasta Moisés como «su» pueblo. Para los griegos, para los romanos, existían representaciones globales que jugaban el mismo papel. Los occidentales modernos se han representado como aquellos que, por una parte, iban a establecer la libertad, la igualdad, la justicia y, de otra, iban a ser los artesanos de un movimiento de progresión materíal y espiritual de la humanidad entera. Nada de esto vale para el hombre contemporáneo. Éste no cree más en el progreso, excepto en el progreso estrechamente técnico, y no posee ningún proyecto político. Si se piensa a sí mismo, se ve como una brizna de paja sobre la ola de la Historia, y a su sociedad como una nave a la deriva.
LNP.-Usted describe una descomposición de los mecanismos de dirección política que regentan, no una democracia, sino una «oligarquía liberal», ligándolo a la «evanescencia de los conflictos» y a la «disgregación del sistema educativo»…
C.C.- Todo el mundo reconoce la futilidad y la no pertinencia de los mecanismos de dirección política de la sociedad. A raíz de las recientes elecciones presidenciales en los Estados Unidos, donde la abstención ha alcanzado casi un récord absoluto, todos les comentaristas coincidieron en decir que Dole y Clinton evitaban todos los asuntos sobre los cuales podían tener divergencias, es decir, el meollo político. En Francia es una farsa. Mitterrand fue elegido como socialista e impuso al país el neoliberalismo. Después de las elecciones de 1986, la derecha no ha cambiado nada, excepto con la reprivatización de las empresas nacionalizadas por los socialistas. Volviendo al poder, los socialistas han seguido la misma política con Bérégovoy que Balladur se apresuró a adoptar. Chirac, elegido en 1995 con la promesa de cambiar todo, ha continuado por la misma senda. Actúan como si no hubiera ninguna elección, como si todo lo que hicieran les fuera impuesto por las circunstancias. Coinciden en que no son políticos, todo lo más gestores de una corriente mundial de la que repercuten las consecuencias en la sociedad francesa.
Esta evolución está condicionada por la evanescencia de los conflictos. La clase política puede aferrarse al cinismo y a la irresponsabilidad porque no está sujeta a ningún control ni a ninguna sanción. En otros tiempos, una situación como la de hoy hubiera engendrado huelgas, movimientos de protesta, etc. Hoy, es la apatía. Es verdad que se han producido algunos movimientos sectoriales el año pasado, pero es característico que no se han extendido a los sectores verdaderamente tocados por la crisis.
Pues si el capitalismo ha evolucionado durante los 150 años cincuenta precedentes hacia un régimen relativamente tolerable, es debido. esencialmente. a los movimientos sociales. Dejado a sí mismo, habría verificado todas las sombrías predicciones de Marx: pauperización de los trabajadorws, paro creciente, crisis de sobreproducción. etc. Si Marx se ha «equivocado» es porque en sus análisis había «olvidado» la lucha de clases -aunque él fuera su teórico-. Pero son las luchas obreras y populares las que han impuesto a los patronos el aumento de los salarios, creando así mercados internos de consumo que pudieran absorber la producción creciente de las fábricas capitalistas. Son ellas las que han impuesto las reducciones sucesivas del tiempo de trabajo, haciendo pasar de más de 72 horas semanales hacia 1840 a 40 horas en 1940, reabsorbiendo así el paro potencial que hubiera engendrado el formidable progreso técnico que había tenido lugar. Pero después de 1940 la duración del tiempo de trabajo no ha variado. Lo mismo ha ocurrido en el plano político: las tendencias autoritarias del sistema han sido controladas por los combates políticos. Desde hace un cuarto de siglo. todo esto ha desaparecido.
La disgregación del sistema educativo es otro aspecto de esta evolución. El sistema ya no es capaz de producir a los individuos que le hagan funcionar o. en todo caso, de producir ciudadanos. La crisis de los valores penetra profundamente en la educación, donde el contenido está minado por la preocupación exclusiva de «la preparación para la vida profesional». El resultado es que el sistema educativo no está regido por ninguna de las tres partes participantes. Los padres no ven más que el modo para que sus hijos obtengan el famoso «papel». Los alumnos no pueden apasionarse por tal objetivo, sobre todo cuando perciben que este papel les sirve cada vez menos en el mercado de trabajo. Los educadores no creen que puedan transmitir gran cosa.
LNP.- El «incremento de la insignificancia» está caracterizado, según usted, por un pseudo consenso generalizado, por la apropiación comercial de toda subversión, por la sustitución de los valores a cambio del dinero rey. Nos gustaría que aclarara las consecuencias de esta tendencia.
C.C.- Los individuos no tienen ninguna señal para orientarse en su vida. Sus actividades carecen de significado, excepto la de ganar dinero, cuando pueden. Todo objetivo colectivo ha desaparecido, cada uno ha quedado reducido a su existencia privada llenándola con ocio prefabricado. Los medios de comunicación suministran un ejemplo fantástico de este incremento de la insignificancia. Cualquier noticia dada por la televisión ocupa 24 o 48 horas y, enseguida, debe ser reemplazada por otra para «sostener el interés del público». La propagación y la multiplicación de las imágenes aniquilan el poder de la imagen y eclipsan el significado del suceso mismo.
LNP.- El posmodernisrno no escapa a sus críticas, ya que esconde, según usted, un conformismo generalizado…
C.C.- El posmodemismo no es más que una denominación pomposa de la crisis de creación en el terreno de la cultura. El término fue inventado por los arquitectos cuando concluyeron que la corriente moderna en la arquitectura se había agotado. Como no eran capaces de dar una salida y como estaban poseídos por otro mal de la época, el furor por lo «nuevo», que conduce casi siempre a una simple repetición, inventaron este término para una producción en arquitectura que no es más que collage. Toman diferentes estilos de la arquitectura pasada y los unen los unos a los otros en el mismo conjunto: un poco de una villa italiana del siglo XVII, algunas columnas griegas, un recuerdo gótico y, por qué no, una pagoda. Este collage domina también tanto en literatura como en cine, con citas. imitaciones. remakes, etc. Es la consecuencia de una enonne bancarrota de las vanguardias, en donde el imperativo de innovar por innovar ha conducido a los lienzos blancos sobre fondo blanco, al bidé de Marcel Ducharnp repetido cientos de veces, etc. En este terreno, la insignificancia se manifiesta verdaderamente.
LNP.- Usted pone en causa a la economía-casino de hoy y al economicismo dominante, pero no parece ver en esta invasión de la insignificancia las consecuencias de una cierta mundialización.
C.C.- La tendencia a la mundialización existe desde los orígenes del capitalismo -no hay más que releer a Marx o a Braudel-. La cuestión es saber porqué ésta invade todo hoy en día y no en el siglo XIX o durante la primera mitad del XX. La respuesta es que la victoria de la mundialización presuponía, en principio, la victoria de una reacción política. Ésta comienza con Thatcher y Reagan en 1979-1980 y, en Francia,con Mitterrand, a partir de 1983. Ha llegado a imponer el poder absoluto del mercado y el desmantelamiento de los medios de la política económica, por la desregulación de la economía, la libertad de movimiento de los capitales, la facultad otorgada a las empresas de despedir libremente., el rechazo de la política presupuestaria como instrumento de regulación de los ciclos económicos, etc.
LNP.- ¿No se debe también a los efectos del enorme progreso de la tecnociencia?
C.C.- Estos progresos no son la causa de la mundialización, simplemente han permitido la forma y la marcha que ha tomado. Por ejemplo, la deslocalización de las empresas ha sido posible y rentable a partir del momento en el que el trabajo relativamente cualificado, en otro tiempo parte esencial del input productivo, ha sido liquidado por la automatización y ha sido reemplazado por un trabajo no cualificado al alcance de los jóvenes del sudeste asiático. La mundialización económica realmente es un fenómeno muy importante, pero la forma que ha tomado y las consecuencias que se desprenden han sido condicionadas por una voluntad política. Ésto es flagrante en el caso de Europa. Mientras que la Comunidad Europea, entidad económica casi autosuficiente, hubiera podido utilizar la tarifa exterior común (TEC) para permitir la supervivencia de una agricultura y una industria europea, sin embargo se ha permitido la desertización de los campos y la destrucción de ramas enteras de la industria y de las regiones correspondientes.
LNP.- A diferencia de Edgar Morin, aunque usted esté preocupado por los valores, no plantea la cuestión de la ética y de su rehabilitación, a la que parece subordinar enteramente a la política.
C.C.- La ética -o, más bien, la charlatanería sobre la ética- sirve hoy para esconder la miseria de la impotencia política. ¿Qué es más importante, no matar a una persona o a un millón de personas? La muerte de millones de personas depende de la política, no de la ética: guerras, hambruna, epidemias que diezman países sin medios sanitarios, etc.
Hemos pasado de una mistificación a la mistificación simétrica y opuesta. Durante tres cuartos de siglo el comunismo ha pretendido, en nombre de una «política» monstruosamente embustera, que el fin po lítico justicaba todos los medios, lo que es intrínsecamente absurdo: una política que pretende ambicionar la liberación de la humanidad no debería utilizar más que medios que apuntan en esa dirección y no que la destruyen, como el terror y la mentira. Cuando esta mistificación explotó en la cara de todos, al mismo tiempo que la política reformista o conservadora mostró su impotencia cara a los problemas de la época, se redescubre la ética, como si pudiera responder a todas las cuestioncs. Ciertamente, la problemática ética está siempre ahí, y siempre lo estará, pero ésta concierne a la vida y a las actitudes personales de cada uno. No permite a un gobierno orientarse en los dominios económicos, educativos, de sanidad pública, de medio ambiente, etc.
LNP.- En su nuevo libro, Fait et à faire, que publica Seuil, usted dice: «El nudo gordiano de la política de hoy es la ruptura con la economía que debe dejar de ser el valor dominante e incluso exclusivo.» Pero no nos da ninguna pista para ello.
C.C.- Antes de indicar una pista para llegar a un fin, la gente tiene que aceptar ese fin, ese objetivo. Ésto no depende de las proposiciones de un autor individual. Es la gran mayoría de los seres humanos la que debe convencerse que su vida tiene que cambiar radicalmente de orientación y sacar las consecuencias. Mientras que los seres humanos continúen poniendo por encima de todo la adquisición de un nuevo televisor en color para el año próximo. no habrá nada que hacer.











Mis reuniones con el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, siempre tuvieron lugar en la misma habitación pequeña. Como saben los servicios de inteligencia de varios países, visité a Assange en la embajada de Ecuador en Londres muchas veces entre el otoño de 2015 y diciembre de 2018. Lo que estos fisgones no saben es el alivio que sentía cada vez que me iba de allí.
Quería reunirme con Assange por el profundo aprecio que siento por el concepto original de WikiLeaks. Cuando de adolescente leí 1984 de George Orwell, a mí también me inquietaba la perspectiva de un estado vigilante de alta tecnología y su potencial efecto en las relaciones humanas. Los primeros escritos de Assange –particularmente su idea de utilizar la propia tecnología de los estados para crear un inmenso espejo digital que pudiera mostrar a todos lo que estaban haciendo- me colmaron de esperanza de que, en conjunto, podríamos derrotar a Gran Hermano.
Cuando conocí a Assange, esa primera esperanza ya se había desvanecido. Rodeados por bibliotecas abarrotadas de literatura ecuatoriana y publicaciones del gobierno de Ecuador, nos sentábamos y conversábamos hasta bien entrada la noche. Un dispositivo sobre un estante de la biblioteca emitía un ruido blanco agobiante para contrarrestar los dispositivos de escucha. A medida que iba pasando el tiempo, la sala claustrofóbica, la cámara muy mal escondida que me apuntaba desde el cielo raso, el ruido blanco y el aire rancio sólo me producían ganas de salir corriendo a la calle.
Los detractores de Assange han estado diciendo durante años que su confinamiento era autoinfligido: se escondía en la embajada de Ecuador porque huyó tras el pago de una fianza en el Reino Unido para evitar responder por acusaciones de ataque sexual en Suecia. Como hombre, siento que no tengo ningún derecho a expresar una opinión respecto de esas acusaciones. Las mujeres deben ser escuchadas cuando denuncian un ataque. Sólo la violencia que los hombres han infligido a las mujeres durante milenios es más vil que la falta de respeto y la denigración a la que son sometidas las mujeres cuando hablan.
Recuerdo decirle a Julian que, de haber estado en su lugar, habría querido enfrentar a mis acusadoras, y escucharlas cuidadosa y respetuosamente, sin importar si se presentaron o no cargos oficiales. Él me respondió que él también quería eso. “Pero, Yanis”, dijo, “si yo fuera a Estocolmo, me dejarían incomunicado y, antes de que tuviera la posibilidad de responder a cualquier acusación, me habrían despachado en un avión rumbo a una cárcel de máxima seguridad de Estados Unidos”. Para dejar sentada la idea, me mostró el ofrecimiento de sus abogados a las autoridades suecas de ir a Estocolmo si le garantizaban que no sería extraditado a Estados Unidos bajo cargos de espionaje. Suecia nunca tuvo en cuenta la propuesta.
Durante los años que pasó Assange en la embajada de Ecuador, en circunstancias que Naciones Unidas consideró una “detención arbitraria”, muchos amigos y colegas se burlaban de su miedo –y me fustigaban por creer en él-. En septiembre pasado, la historiadora e intelectual feminista Germaine Greer resumió esa idea en una radio pública australiana: “No será extraditado a Estados Unidos”, dijo burlonamente, culpando a los abogados de Julian de engañarlo haciéndole sentir miedo a una extradición mientras cobraban las regalías de su libro.
Ahora Julian está languideciendo en Belmarsh, una célebre cárcel de alta seguridad inglesa, en una celda sin ventanas en el sótano, con menos aire fresco y menos luz que antes. Sin posibilidad de recibir visitas, espera la extradición a Estados Unidos. “Déjenlo que se pudra en el infierno”, es una respuesta frecuente de gente buena en todo el mundo que se enfureció ante la difusión por parte de WikiLeaks de correos electrónicos de Hillary Clinton antes de la elección presidencial de Estados Unidos en 2016, que insufló aire fresco a las velas de Donald Trump. ¿Por qué, preguntan, Assange no ha difundido nada fulminante sobre Trump o el presidente ruso, Vladimir Putin?
Antes de que explique por qué sus detractores deberían reconsiderar su postura, permítanme dejar sentada mi frustración personal por su apoyo al Brexit, sus ataques imprudentes a sus críticas feministas, su editorialización a favor de Trump y, más importante, sus comunicaciones con la gente de Trump. Yo le manifesté esta frustración en la cara varias veces.
Pero castigar a WikiLeaks por no publicar filtraciones que dañen a todos los bandos por igual es no entender la situación. WikiLeaks se creó como un buzón digital donde cualquier denunciante podía depositar información que fuera verdadera y cuya revelación resultara de interés público. Ésa es la única obligación de WikiLeaks. Por naturaleza, no puede controlar quién filtra qué; su tecnología impide inclusive a Assange conocer la identidad de un denunciante. Si esto significa que la mayoría de las filtraciones incomodarán a las potencias occidentales, ése es el gran servicio, aunque imperfecto, que nos brinda WikiLeaks –un servicio que, para mi frustración, se vio disminuido por la editorialización de Julian.
Los acontecimientos recientes demuestran que su situación actual no tiene nada que ver con las acusaciones suecas o con su papel al ayudar a Trump contra Clinton. Ahora que Chelsea Manning está nuevamente en prisión por negarse a confesar que Assange la incitó, o la ayudó, a filtrar pruebas de las atrocidades de Estados Unidos en Irak y Afganistán, la mejor explicación de lo que está sucediendo surge de boca de Mike Pompeo, el primer director de la CIA de Trump y hoy secretario de Estado norteamericano.
Pompeo describió a WikiLeaks como “un servicio de inteligencia hostil no estatal”. Tiene toda la razón. Pero es una descripción igualmente precisa de lo que todo medio periodístico que se precie de tal debería ser. Como han advertido Daniel Ellsberg y Noam Chomsky, los periodistas que no se oponen a la extradición de Assange a Estados Unidos podrían ser los próximos en la lista negra de un presidente que los considera el “enemigo del pueblo”. Celebrar su arresto y hacer la vista gorda al continuo sufrimiento de Manning es un regalo para los mayores enemigos del liberalismo.
Además del liberalismo, la persecución de Assange por el complejo industrial y de seguridad de Estados Unidos tiene otra víctima: las mujeres. Ninguna mujer, en Suecia o en cualquier parte, recibirá justicia si ahora lo encierran en una prisión de máxima seguridad por revelar crímenes contra la humanidad perpetrados por hombres desagradables con o sin uniforme. El continuo sufrimiento de Manning no le sirve a ningún objetivo feminista.
De manera que ésta es la idea: juntemos fuerzas para impedir la extradición de Assange de cualquier país europeo a Estados Unidos, para que pueda viajar a Estocolmo y darles a sus acusadoras la posibilidad de ser oídas. Trabajemos juntos para empoderar a las mujeres, protegiendo a la vez a los denunciantes que revelen un comportamiento infame que gobiernos, ejércitos y corporaciones preferirían esconder.