Los nuevos ropajes del capitalismo

Por Evgeny Morozov
Morozov quita la máscara a los teóricos partidarios del capitalismo digital

I. En una serie de artículos notablemente premonitorios, el primero de los cuales fue publicado en el periódico alemán ‘Frankfurter Allgemeine Zeitung’ en el verano de 2013, Shoshana Zuboff señaló un fenómeno alarmante: la digitalización de todo otorgaba a las empresas tecnológicas un inmenso poder social.

Desde las modestas puntas de lanza colocadas en el interior de nuestros navegadores, conquistaron, al estilo Blitzkrieg, nuestras casas, automóviles, tostadoras e incluso colchones. Cepillos de dientes, zapatillas de deporte, aspiradoras: nuestros antiguos y mudos acompañantes domésticos pasaron a ser nuestros jefes “inteligentes”. Estos modelos de negocio convirtieron los datos en oro y favorecieron su expansión.

Google y Facebook estaban reestructurando el mundo, no sólo resolviendo sus problemas. El público en general, seducido por jóvenes con capucha que hacían de embajadores del mundo de la tecnología, y lobotomizado por las charlas TED, no tenía ni idea de todo ello. Zuboff observó una lógica en este lío digital; las firmas tecnológicas seguían imperativos razonables —y terroríficos. Atacarlos por violaciones a la privacidad significaba perder la perspectiva sobre la escala de la transformación —un trágico error de cálculo que ha afectado a buena parte del activismo en contra las Big Tech que observamos en la actualidad.

Este error analítico también ha llevado a muchas personas inteligentes y bien intencionadas a insistir en que Silicon Valley debería —y podría— arrepentirse. Insistir, como hacen estos críticos, en que Google debiera comenzar a proteger nuestra privacidad es, para Zuboff, “como pedirle a Henry Ford que fabrique a mano cada Modelo T o pedirle a una jirafa que haga más corto su cuello”. Los imperativos del capitalismo de vigilancia son casi siempre de tipo evolutivo: ninguna política inteligente, ni siquiera en el Congreso, ha tenido éxito a la hora de acortar el cuello de la jirafa (sin embargo, ha hecho maravillas con Mitch McConnell).

El sucinto término que ha empleado Zuboff para describir este régimen, “capitalismo de vigilancia”, se ha popularizado. Que este término haya sido utilizado previamente —y de una manera mucho más crítica— por los marxistas en la Monthly Review es un pequeño inconveniente genealógico para Zuboff. Su nuevo y muy esperado libro The Age of Surveillance Capitalism documenta exhaustivamente sus siniestras operaciones.

Desde Pokemon Go hasta las smart cities, desde Amazon Echo hasta las smart dolls, los imperativos del capitalismo de vigilancia, así como sus métodos —caracterizados por la mentira constante, el ocultamiento y la manipulación— se han vuelto omnipresentes. Los buenos viejos tiempos de solitaria ebriedad ya se han ido: incluso las botellas de vodka se han vuelto inteligentes y ofrecen conectividad a Internet. En cuanto a los termómetros rectales inteligentes que también se mencionan en el libro, probablemente no quieran saberlo. Solamente esperen que su cartera digital tenga suficientes Bitcoins para apaciguar a los hackers.Los imperativos del capitalismo de vigilancia, así como sus métodos —caracterizados por la mentira constante, el ocultamiento y la manipulación— se han vuelto omnipresentes.

El libro de Zuboff deja claro que las promesas que realizan los “capitalistas de la vigilancia” son tan dulces como su cabildeo es despiadado. Las compañías tecnológicas, bajo la pomposa fachada de disrumpir todo para el beneficio de todos, han desarrollado una serie de trucos retóricos y políticos que los aíslan de cualquier presión desde abajo. Por supuesto, también ayuda que la única presión proveniente de abajo sea la que se dirige hacia los botones y pantallas de sus dispositivos de succión de datos.

Si Donald Trump no hubiera sido elegido presidente – supuestamente debido a ese mago accidental de los datos que es Steve Bannon, a sus desventurados colegas en Cambridge Analytica y a un grupo de rusos que lograron usar Facebook como siempre ha estado pensado para ser usado – el poder de Silicon Valley podría haber permanecido como un tema aislado: apropiado para la cháchara nerd de Twitter del renegado circuito think tank, pero bastante inútil para cualquier otra cuestión.

Zuboff se incorporó en esta conversación que estaba teniendo lugar en todo el globo hace cinco años, justo cuando comenzaban a borbotear los primeros signos de descontento sobre el poder de las Big Tech. Silicon Valley no era ajeno a las críticas, pero la de Zuboff no era un crítica corriente.

Una de las primeras mujeres en ocupar el cargo de profesora en la Harvard Business School también había trabajado como columnista para ‘Fast Company’ y ‘Businessweek’, dos bastiones del tecno-optimismo que no son conocidos precisamente por su sentimiento anti-capitalista. Si los miembros del establishment comenzaban a aporrear a Silicon Valley, al parecer, algo estaba realmente podrido en el reino digital. ¿Qué era?

Si bien el uso de Zuboff de la frase “capitalismo de vigilancia” apareció por primera vez en 2014, los orígenes de su crítica se remontan más atrás. Se pueden rastrear hasta finales de 1970, cuando comenzó a estudiar el impacto de la tecnología de la información en los lugares de trabajo -un proyecto de cuarenta años que, además de desembocar en varios libros y artículos, la ha inundado de esperanzas utópicas y amargas decepciones-.

El desajuste entre lo posible y lo real ha enmarcado el contexto intelectual en el que Zuboff —anteriormente una optimista cautelosa sobre el capitalismo y la tecnología— construyó su teoría del capitalismo de vigilancia, la herramienta más oscura y distópica dentro de su arsenal intelectual hasta la fecha.

Las deprimentes conclusiones de su último libro están muy lejos de lo que Zuboff sostenía hace apenas una década. Tan atrás como data el 2009 argumentó que empresas al estilo Amazon, eBay y Apple estaban “liberando cantidades masivas de valor al darles a las personas lo que querían en sus propios términos y en su propio espacio”. Zuboff llegó a este soleado diagnóstico a través de su análisis global sobre cómo la tecnología de la información estaba cambiando la sociedad; a este respecto, formaba parte de una cohorte de pensadores caracterizados por argumentar que una nueva era —algunos la llamaron “post-industrial”, otros “postfordista” — estaba sobre nosotros.

Es dentro de este análisis — y de las expectativas optimistas que engendró en sus inicios— donde surgió la crítica actual de Zuboff hacia el capitalismo de vigilancia. También esta es la razón por la que su último libro utiliza ( tanto en cuanto al contenido como al lenguaje) un tono melodramático: Zuboff, junto con todo el establishment empresarial estadounidense, enamorado de las promesas de la Nueva Economía, había esperado que ese horizonte nos trajera algo muy diferente.

II. Su primer libro, ‘In the Age of the Smart Machine’, recibió una gran aclamación en 1988. En él, Zuboff desplegó un aparato conceptual y formuló un conjunto de preguntas que reaparecerían en todos sus escritos posteriores. Echando mano de años de trabajo etnográfico de entornos industriales y de oficina, el libro pintaba un futuro ambiguo.

De acuerdo al argumento de Zuboff, la tecnología de la información podría exacerbar las peores características de la automatización, despojar a los trabajadores de su autonomía y condenarlos a tareas indignas. Pero, si se usan sabiamente, podrían tener el efecto contrario: aumentar las capacidades de los trabajadores para el pensamiento abstracto e imaginativo y revertir ese proceso de descualificación que los marxistas han criticado con sus escritos sobre el trabajo bajo el capitalismo.

Estructuradas en torno a la tecnología de la información, las empresas modernas, en el juicio de Zuboff, debían que elegir entre “automatizar” o “informatizar”. Este último fue el término que empleó para describir la innovadora capacidad para recopilar datos relacionados con el trabajo intermediado por una computadora (el “texto electrónico”).

Durante la era previa de la administración científica de Frederick W. Taylor, dichos datos se recopilaban manualmente a través de la observación o los estudios de tiempos y movimientos. Al extraer el conocimiento tácito de los trabajadores sobre el proceso de trabajo, los gerentes, instigados por los ingenieros, podrían racionalizarlo, reducir dramáticamente los costos y elevar los estándares de vida.

Gracias a los avances en la tecnología de la información, la creación del texto electrónico se volvía barata y ubicua. Si este texto se pusiera a disposición de los trabajadores podría incluso socavar la base del control gerencial: la suposición de que el gerente sabe más. El texto electrónico engendró lo que Zuboff, siguiendo a Michel Foucault, describió como “poder panóptico”.

Acoplado a las prácticas autoritarias del lugar de trabajo anterior, altamente centralizado, este poder afianzaría con toda probabilidad las jerarquías existentes; los gerentes se esconderían detrás de los números y gobernarían de forma remota en lugar de arriesgarse a la ambigüedad de la comunicación personal. Intensificado por la democracia en el lugar de trabajo y reglas igualitarias de acceso al texto electrónico, sin embargo, este poder podría permitir a los trabajadores cuestionar las interpretaciones de los gerentes sobre sus propias actividades y hacerse con un poco de poder institucional.

In the Age of the Smart Machine, un libro sobre el futuro del trabajo e, inevitablemente, sobre su pasado, guardaba un enorme silencio sobre el capitalismo. Dejando de lado su extensa bibliografía, este ambicioso tomo de casi quinientas páginas menciona la palabra “capitalismo” solo una vez —en una cita de Max Weber—. Esto resultaba extraño, pues Zuboff se resistía a defender a las empresas que estudiaba. Tampoco se hacía ilusiones sobre la naturaleza autoritaria del lugar de trabajo moderno, rara vez presentado como un lugar para la autorrealización de los trabajadores, o se deleitaba vituperando a los gerentes obsesionados consigo mismos y hambrientos de poder.

Aunque a pesar de comentarios críticos como estos, Zuboff entrenó su lente analítica con los conflictos institucionales que tenían lugar en torno al conocimiento y su papel a la hora de perpetuar o socavar las jerarquías organizacionales. La propiedad privada, la clase, la propiedad de los medios de producción —la fuente de los conflictos más tempranos con el trabajo— fueron en su mayoría excluidos de su marco de análisis. Y esto respondía más a un propósito que al mero descuido.

Después de todo, el objeto de estudio era comprender el futuro del lugar de trabajo mediado por la tecnología de la información. El enfoque etnográfico de Zuboff fue adaptado meramente para entrevistar a los gerentes y trabajadores acerca de los motivos que separaba a los unos de los otros en lugar de esbozar los imperativos económicos que conectaban a cada empresa con la economía global. Así es que la máquina inteligente figurada por Zuboff operaba en buena medida fuera de las restricciones invisibles que el capitalismo imponía a los gerentes y propietarios.

Si bien la palabra “capital” lograba mejores resultados —el libro la menciona una docena de veces—, Zuboff no lo ve, como suelen hacer muchos en la izquierda marxista, como una relación social o un elemento eternamente antagónico al trabajo. En su lugar, emuló a los economistas neoclásicos al entenderlo como maquinaria o dinero depositado en inversiones; el “trabajo”, a su vez, era tratado principalmente como una actividad física.

Aunque Zuboff también mencionaba el papel histórico de los sindicatos, sus lectores no necesariamente captaron el carácter antagónico del “trabajo” y el “capital” —en lugar de eso, escucharon todo tipo de historias acerca de conflictos circunstanciales entre trabajadores y gerentes dentro de los lugares de trabajo individuales—.

Apenas resulta sorprendente este hecho: Zuboff no era marxista. Además, era una aspirante a profesora en la Escuela de Negocios de Harvard. Sin embargo, su defensa de lugares de trabajo más equitativos y dignos sugería que ella podría ser, al menos en algunos temas, una compañera de viaje para la causa de izquierdas. Lo que la diferenció de las voces más radicales en estos debates fue su insistencia continua en los efectos ambiguos de la tecnología de la información. La elección entre “automatizar” e “informatizar” no era sólo un subproducto analítico de su marco o una mera propuesta retórica. Más bien, lo presentó como una elección real y existencial que afrontan las empresas modernas a la hora de lidiar con la tecnología de la información.

Tales elecciones binarias —entre el “capitalismo distribuido” y el “capitalismo gerencial”, y entre el “capitalismo orientado a la ayuda: capitalismo de ‘bienestar’ o de ‘reparto de limosna’ que defiende a aquellos que tradicionalmente han estado más desprotegidos]” y el “capitalismo de vigilancia”— también motivarían los libros posteriores de Zuboff. Pero incluso en su etapa temprana no quedaba claro si estaba acreditada para dar el salto analítico a partir de la observación, basada en el trabajo etnográfico, apuntando que algunas de las empresas estudiadas se enfrentaron a la opción entre “automatizar” y “informatizar”, y concluir de manera general que las condiciones externas del capitalismo moderno, y cada vez más el capitalismo de la alta tecnológica, universalizaron esa elección para todas las empresas y representaron un nuevo punto crítico en el desarrollo capitalista.

Aceptada sin miramientos, la posibilidad de una elección real, en lugar de un postulado entre “automatizar” e “informatizar”, socavó las críticas tradicionales del capitalismo como un sistema estructural y, por ende, fuente inevitable de explotación o descualificación. En la nueva era digital observada por Zuboff, una alianza astuta y armoniosa entre trabajadores y gerentes podría permitir a las empresas inteligentes e ilustradas desbloquear el poder emancipador de “informatizar”.

Aquí podríamos vislumbrar a grandes rasgos los contornos del enfoque de Zuboff sobre el capitalismo: sus males, algunos de los cuales reconocía alegremente, no eran el subproducto inevitable de fuerzas sistémicas, como la búsqueda de rentabilidad. Más bien, eran la consecuencia evitable de arreglos organizacionales particulares, los cuales, aunque tenían cierto sentido en épocas anteriores, podían quedar obsoletos debido a la tecnología de la información. Esta esperanzadora conclusión se derivaba casi en su totalidad de la observación de las empresas capitalistas, ya que el capitalismo mismo —considerado como una estructura histórica, no como una mera agregación de actores económicos— se encontraba casi ausente del análisis.

III. Una de las claves para comprender la última teoría de Zuboff sobre el capitalismo de vigilancia es la noción “excedente conductual”, un término más sofisticado que el vulgar “agotamiento de datos”, utilizado por muchos en la industria tecnológica. Esta se remonta a la distinción entre informatizar y automatizar expuesta en su primer libro. Recordemos que el texto electrónico, que reaparece en su último libro como el “texto en la sombra”, tiene un inmenso valor para los diferentes actores a menudo antagónicos.

Cuando las “firmas orientadas hacia la ayuda” lo implementan para empoderar a los clientes —como hace Amazon, por ejemplo, con las recomendaciones de libros extraídas de las compras de millones de clientes—, el texto electrónico sigue el camino utópico de “informatizar”, alimentando lo que Zuboff denomina “ciclo de reinversión conductual”. Por el contrario, cuando las empresas de tecnología utilizan los datos extraídos para dirigir anuncios y modificar el comportamiento, crean un excedente conductual —y este avance fundamental crea el “capital de vigilancia”—.

Google es el archi-ejemplo de la teoría de Zuboff. En sus primeros años, cuando necesitaba un modelo de negocio —la concesión de su tecnología de búsqueda a otros sitios fue uno de sus primeros, pero insuficientes, generadores de ingresos— Google tenía el potencial de convertirse en la empresa “orientada a la ayuda” favorita de Zuboff: su único incentivo para recopilar datos era la mejora del servicio. Una vez que abrazó la publicidad personalizada, las cosas cambiaron. Google quería más datos de usuarios para vender anuncios, no solo para mejorar los servicios. Los datos que recopila como excedente de la necesidad objetivamente determinada de servir a los usuarios —un umbral importante que ‘The Age of Surveillance Capitalism’ introduce, pero nunca teoriza explícitamente,— el excedente conductual de Zuboff. Como firma capitalista, Google quiere maximizar esa plusvalía expandiéndose en profundidad —perforando cada vez más en nuestras almas de datos y hogares—, pero también en amplitud, ofreciendo nuevos servicios en nuevas esferas y diversificando sus “activos de vigilancia”.

A lo largo de más de setecientas páginas, Zuboff describe este “ciclo de desposesión” en toda su ignominia: nos roban regularmente, secuestran y expropian nuestras experiencias, nuestras emociones son saqueadas por “mercenarios de la personalidad”. Ella retrata vívidamente el insoportable “entumecimiento psíquico” inducido por los capitalistas de la vigilancia. “Olvida el cliché de que si es gratis, ‘Tú eres el producto’”, exhorta. “Tú no eres el producto; tú eres el cadáver abandonado. El ‘producto’ se deriva del excedente que se le arrebata a tu vida”. Sin embargo, lo peor está por llegar, argumenta, a medida que los gigantes tecnológicos dejan de predecir el comportamiento y pasan a diseñarlo. “Ya no es suficiente automatizar los flujos de información sobre nosotros,” advierte; “el objetivo ahora es automatizarnos a nosotros”.

Esta nueva infraestructura global diseñada para dirigir el comportamiento produce “poder instrumentario,” ya que el “poder panóptico” del primer libro de Zuboff trasciende las paredes de la fábrica y penetra en toda la sociedad. A diferencia del poder totalitario, este evita la violencia física; inspirado por las brutales percepciones sobre el conductismo de B.F. Skinner, en cambio, nos lleva hacia los resultados deseados (piensen en las compañías de seguros que cobran primas más altas a los clientes con mayores riesgos). “Por consiguiente, la computación reemplaza la vida política de la comunidad como base para la gobernanza”, concluye Zuboff. En lugar de fundar un periódico fascista, probablemente hoy en día Benito Mussolini abrazaría el capital riesgo, lanzaría aplicaciones y dominaría el arte marcial del growth hacking.

Zuboff se enzarza en muchas peleas culpando a la emergente “tiranía” de los auxiliares intelectuales de Silicon Valley, un grupo extraño de idiotas útiles y empresarios malintencionados colocados en instituciones cuasi académicas como el Media Lab del MIT. Nombrar este sistema de destrucción de almas como lo que es, argumenta, es el requisito previo para una estrategia de contraataque efectiva, ya que su “normalización nos aboca a cantar sobre nuestras cadenas”. No es una tarea fácil, ya que el poder ideológico ejercido por las Big Tech —con sus think tanks, lobistas, conferencias tecnológicas— es inmenso.

Sin embargo, los debates actuales sobre políticas no logran comprender la dimensión sistémica del problema. ¿Importa si nuestro comportamiento es modificado por diez o dos “capitalistas de la vigilancia”? Insistir en “el cifrado avanzado, el anonimato mejorado de los datos, o la propiedad de estos” es erróneo, argumenta Zuboff, ya que “tales estrategias solo reconocen la inevitabilidad de la vigilancia comercial”.

Ahora bien, Zuboff propone algunas intervenciones, aunque repitiendo la demanda de su libro anterior de un derecho al refugio e insistiendo en el derecho al “tiempo futuro”. En Europa, el derecho al olvido —que permite a los usuarios solicitar que cierta información obsoleta o errónea desaparezca de los resultados de búsqueda— se mueve en esa dirección.

Aunque Zuboff también espera que un nuevo movimiento social promueva instituciones democráticas más fuertes y garantice que la experiencia humana no se reduzca a un “mercancía ficticia” —de manera muy parecido a los tempranos “movimientos dobles”, descritos por Karl Polanyi en La Gran Transformación, que desafiaron la mercantilización del trabajo, la tierra y el dinero—. Los capitalistas ilustrados, como Apple, se encargarían de hacer el resto.

IV. Más que pasar lista a las víctimas del capitalismo de vigilancia, el nuevo libro de Zuboff busca descifrar su significado histórico de una manera más amplia. En una sola frase: “Google inventó y perfeccionó el capitalismo de vigilancia de la misma manera que hace un siglo General Motors inventó y perfeccionó el capitalismo gerencial”. Esta frase no trata de sugerir que lo que es bueno para Google también es bueno para América —a pesar de que esa propuesta hubiera generado un amplio consenso entre muchas personas designadas por el gobierno de Obama—.

Más bien, Zuboff sostiene que el capitalismo de vigilancia no es el mismo capitalismo de siempre pero con una mayor vigilancia; más bien, es un nuevo “orden económico,” una “forma de mercado,” una “lógica de acumulación.”

Para comprender el funcionamiento interno de este nuevo régimen, también debemos entender el del que lo precedió. Alfred Chandler, el bardo de Harvard del “capitalismo gerencial”, fue un interlocutor importante y frecuente en el temprano trabajo de Zuboff. Si bien apenas le otorga una mención en su último libro, su marco, que plantea una ruptura entre el capitalismo empresarial y su sucesor basado en la vigilancia, es inequívocamente chandleriano.

Profesor de historia de los negocios, Chandel sostuvo que, a partir de mediados del siglo diecinueve, la “mano invisible” del mercado, entonces compuesta por empresas pequeñas y predominantemente de gestión familiar, estaba siendo dominada cada vez más por la “mano visible” de profesionales y gerentes contratados que trabajaban para grandes corporaciones.

Chandler se mostró muy interesado en esta transformación: una coordinación administrativa desde arriba en el interior de la enormemente expandida corporación moderna redujo drásticamente los costos de coordinación, lo que permitió el tipo de actividad económica que era difícil de lograr en un mercado caótico de pequeños productores que en su mayoría tenían que negociar entre sí.

La narrativa de Chandler contenía un poder explicativo de enorme amplitud. Sostuvo que, desde de la década de 1850 en adelante, las compañías presentes en industrias intensivas en capital aprovecharon el poder del rápido desarrollo de las tecnologías de transporte y comunicación para aumentar drásticamente la escala de sus operaciones.

La revolución tecnológica les permitió acceder a mercados nuevos y cada vez más homogéneos, asegurar un suministro mayor y continuo de materias primas, así como automatizar parte del proceso de producción. Esta mayor escala, a su vez, condujo a dramáticas reducciones en los costos, lo que dio lugar a precios más bajos, en buena medida para el deleite de las nuevas generaciones de consumidores.

Una expansión corporativa tal requirió de una administración cuidadosa y activa, especialmente a medida que quedaba claro que muchas funciones antaño externas a la empresa —desde la distribución hasta la comercialización, una vez que estaban a cargo de proveedores independientes de servicios de nicho— se podrían realizar de manera más efectiva y segura si se llevaban a cabo en el interior de la empresa bajo un proceso conocido como “integración vertical”. Los propietarios capitalistas, si esperaban continuar en el juego, no tenían otra opción que contratar ayuda externa.

Así nació la clase gerencial de EEUU. El supuesto de su funcionamiento fue, desde el principio, simple pero poderoso: lograr una mayor eficiencia significaba hacerse más grande. Aquellos incómodos marxistas, siempre aferrados a algo llamado “capitalismo monopolista”, simplemente no habían conocido nunca al tipo de líderes encantadores y concienzudos que pasaban por las clases de estrategia de Chandler en la Escuela de Negocios de Harvard. El poder de mercado de estos era una ganancia para la sociedad. Mientras Marx, afirma que la clase obrera representaba los intereses universales de la humanidad, para Chandler era la clase gerencial.

Chandler fue alumno del gran sociólogo estadounidense Talcott Parsons, quien promovió el enfoque funcionalista en la sociología. De acuerdo a sus presunciones, los sistemas sociales tenían ciertas necesidades, y su cumplimiento —asumido por las diversas partes constituyentes— era parte integral del funcionamiento continuo de dicho sistemas.

A medida que se produce un cambio histórico más amplio, las necesidades de los sistemas sociales también cambian —y también lo hacen las funciones y operaciones de sus partes constituyentes—. Así es que comienza un proceso de adaptación. Los historiadores que trabajan dentro del marco parsoniano suelen estudiar este proceso registrando los muchos éxitos o fracasos de la adaptación en el contexto de un entorno externo cambiante.

Como buen parsoniano, Chandler hizo precisamente eso al postular que el capitalismo gerencial —la respuesta evolutiva correcta al entorno cambiante de mediados del siglo diecinueve— emergió cuando las empresas siguieron los imperativos del cambio tecnológico. Lo hicieron redefiniendo la frontera entre el mercado y la empresa (a través de la integración vertical) e inventando nuevas estructuras organizativas (como la empresa multidivisional) con el objetivo de alcanzar una mayor eficacia.

En el caso estadounidense, esta adaptación sólo tuvo lugar en las empresas que pudieron lograr lo que Chandler denominó “economías de velocidad”. Estas empresas podrían hacer un mejor uso de la capacidad de producción existente simplemente asegurando un suministro continuo de materias primas y una distribución más rápida de productos finales. Los mercados eran menos eficaces en estas dos tareas; por lo tanto, estas funciones debían ser incorporadas internamente —es decir, bajo el control de los gerentes

Sin embargo, como Chandler descubrió, otros países desarrollaron sus propias formas de capitalismo gerencial, las cuales no requerían de “economías de velocidad”. Su teoría se expandió al marco convencional de las “economías de escala” y “alcance” (donde, por ejemplo, una empresa podía hacer un mejor uso de sus “capacidades organizativas” existentes expandiendo constantemente su línea de productos). Las empresas que explotaron por completo estas economías obtuvieron las ventajas de ser las primeras y dominaron sus industrias, lo que, según Chandler, impulsó la eficiencia y la innovación general.

Es importante comprender el vector general presente en el argumento de Chandler antes de regresar al de Zuboff. Chandler comienza dirigiendo su atención hacia lo que parece ser un fenómeno innegable: la existencia de grandes empresas comerciales con estructuras organizativas similares —la sustancia del “capitalismo gerencial”—. Se presume que esta disposición social es más eficiente que aquella que la precedió —el capitalismo familiar—. Esta efectividad, a su vez, se puede explicar por el importante tamaño de las empresas estudiadas, mientras que el tamaño en sí mismo se explica por la capacidad de los gerentes para coordinar las cosas mejor que los mercados.

Vistiéndose con el manto de historiador, el teórico empresarial chandleriano se adentra en los archivos a fin de ilustrar el modelo analítico elaborado en otros lugares. Pero la historia empresarial escrita de esta forma es en realidad una sociología funcionalista disfrazada —y de una forma un tanto vulgar—. Emplea vastas cantidades de evidencia histórica simplemente para encontrar pruebas de la validez de los modelos analíticos preseleccionados y nunca cuestionados, agrupando estos bajo rúbricas como la de capitalismo gerencial.

Más que historia, esto es una expedición de pesca [intento por descubrir evidencias allí donde pudiera haberlas]. ¿Qué otra cosa podrías ser cuando no se permite que ninguna evidencia histórica socave el mecanismo causal original detrás del modelo analítico —el que postula que el cambio es impulsado por la adaptación y la evolución, no por las luchas de poder y la revolución—?

Como resultado de esta desventaja analítica autoimpuesta, las relaciones de poder casi siempre desaparecen de vista. El escalofriante empuje formalista en la versión de Chandler-Parsons de la historia nos lleva a una especie de extraña democracia, una en la que todos se ven obligados a adaptarse y no surge ningún esfuerzo colectivo organizado para conseguir que algunos actores históricos se adapten más o mejor que otros.

La historia de los negocios chandlerianos es solo historia en la medida en que se basa en datos históricos para probar lo que postula, a saber, que el capitalismo gerencial está impulsado por los imperativos del capitalismo gerencial y que sobrevive quien los comprende y se adapta a ellos. Por supuesto, podemos encontrar muchas evidencias históricas para ilustrar esta tesis.

Sin embargo, si las grandes empresas y sus gerentes no se ven arrastrados al marco del capitalismo gerencial desde el principio, entonces podríamos descubrir muchas otras narraciones históricas y modelos analíticos para explicar su existencia. Los historiadores habitúan a probar estos modelos entre sí y se conforman con el que explica más con menos. Pero los chandlerianos generalmente omiten este paso —una omisión crucial que a menudo se vuelve invisible a medida que colocan una sarta de datos, gráficos, tablas y definiciones para describir el funcionamiento interno del único régimen que han elegido analizar—.

V. El método de Zuboff, tanto en su último libro como en los dos que lo precedieron, es chandleriano hasta la médula. El capitalismo de vigilancia, al igual que su antecesor, el capitalismo gerencial, tiene imperativos que los exitosos capitalistas de la vigilancia deben seguir. Estos son: extraer datos y predecir el comportamiento. Aquellos que lo hacen correctamente —Google y Facebook— aprovechan las economías de escala (extraen la mayor cantidad de datos posible), el alcance (los obtienen de diversas fuentes) y la acción (producen los resultados deseados, como hacer que los usuarios hagan clic en un anuncio o se sometan a rastreadores cuando hacen fitness). Gran parte de The Age of Surveillance Capitalism está dedicado a explorar detalladamente estos imperativos y economías. Zuboff elabora sus dinámicas con gráficos reveladores y modelos lúcidos que muestran cómo se desarrollan las estrategias de estas empresas.

La explicación histórica que ofrece Zuboff al surgimiento y la consolidación del capitalismo de vigilancia también es de espíritu chandleriano. Al igual que las compañías del siglo diecinueve se enfrentaron a la elección entre el capitalismo familiar y el capitalismo gerencial, la “civilización de la información” de principios del siglo veintiuno se enfrentó a una elección entre el capitalismo orientado a la ayuda y el capitalismo de vigilancia. Este último ha triunfado debido a las afinidades selectivas entre los imperativos de los capitalistas de vigilancia, las necesidades de información del Pentágono posteriores al 11 de septiembre y al entorno propiciado por la desregulación neoliberal. Los partidarios del capitalismo de ayuda ,mientras tanto, no fueron capaces de iniciar una lucha política para fundamentar su régimen en instituciones políticas y sociales.

La novedosa elección surgida entre el capitalismo de ayuda y el capitalismo de vigilancia no fue producto del cambio tecnológico o de la competencia empresarial. En cambio, argumenta Zuboff, surgió de las necesidades cambiantes de los consumidores. Apoyándose en el trabajo de Joseph Schumpeter, otro de los mentores de Chandler, propone colocar al consumidor en el lugar de los cambios históricos: las cambiantes necesidades de los consumidores desencadenan nuevas estrategias de adaptación entre las empresas. Sin embargo, tales estrategias sólo serán sostenibles —convirtiéndose en una nueva forma de mercado— si se encuentran respaldadas por nuevas leyes e instituciones.

Paradójicamente, esta presión para institucionalizar nuevas formas de mercado no siempre ha procedido de los consumidores; más bien, de los “movimientos dobles” de aquellos afectados negativamente por el proceso de adaptación. (Son los trabajadores quienes tradicionalmente han estado en la vanguardia de tales luchas).

Sin embargo, esta paradoja es resuelta fácilmente dando por hecho que los intereses de los consumidores están siempre alineados con los de aquellos trabajadores que trabajan en fábricas grandes que propulsan la eficiencia; estos últimos crean productos de consumo más baratos que también son consumidos por estos mismos trabajadores. Zuboff respalda plenamente la conclusión de Schumpeter de que “el proceso capitalista, no por coincidencia sino por su mecanismo, aumenta progresivamente el nivel de vida de las masas”. Marx se resiente una vez más: los gerentes ya no representan los intereses universales de la humanidad, ahora estos tiene que ceder su rol a los consumidores.

Curiosamente, Zuboff no acepta la predicción de Schumpeter por la cual la combinación de la industria a gran escala chandleriana y la democracia de masas provocarán el colapso del capitalismo debido a que el espíritu empresarial se verá dominado por la burocracia excesiva y las demandas constantes de un mayor bienestar social. Más bien, ella ve los diversos tipos de emancipación social logrados por los movimientos dobles como una fuerza estabilizadora que permitirá a cada nueva forma de mercado, preñada de potencial revolucionario, cumplir sus promesas iniciales.

De hecho, ella sostiene que esto es lo que sucedió exactamente con el capitalismo gerencial. Ese régimen se basaba en las reciprocidades mutuas entre los capitalistas y la sociedad: los trabajadores recibían salarios decentes, cerraban la boca y a cambio obtenían productos relativamente baratos. Sin embargo, ese régimen no estaba escrito en una piedra y Zuboff creía en la posibilidad de cambio y mejora dentro del capitalismo, siempre y cuando estuviera guiado por las necesidades de los consumidores.

¿Por qué renegociar algo que ha sido tan eficaz? Según Zuboff, el secreto más oscuro detrás del capitalismo gerencial era su uso agresivo del marketing. Los dioses de las ventas y la mercadotecnia hicieron productos estandarizados, como el Modelo T de Ford, atrayendo a los consumidores, quienes tenían que estandarizarse a sí mismos. Pero la revolución de la información desencadenada en la década de 1990 presagió el fin de dicha estandarización forzosa, especialmente cuando los consumidores emancipados posteriores a 1968 se volvieron más sofisticados y exigieron nuevas experiencias.

La decepción de Zuboff respecto al capitalismo de vigilancia procede de la esperanza depositando anteriormente en un régimen que sucediera iba a mejorar el capitalismo gerencial. Su libro publicado en 2002, The Support Economy, escrito con su esposo James Maxmin, se asentaba sobre el argumento de que un orden económico emergente muy diferente, el “capitalismo distribuido”, sería justamente ese sucesor. Y los rápidos cambios en la tecnología de la información lo hacían aún más inminente.

En tanto que el ferrocarril nos trajo la “sociedad totalmente administrada” de Adorno, la red web nos daría una economía que respalda, no administra. Esta podría incluso resucitar federaciones de empresas similares a gremios, a los cuales Chandler había condenado al basurero de la historia, cuyas funciones fueron superadas por corporaciones centralizadas y verticalmente integradas.

El futuro del capitalismo distribuido auguraba la desintegración vertical: las empresas ya no ejecutarían sus propios sistemas de contabilidad, nómina o logística, sino que simplemente los agruparían en una única plataforma web compartida y accesible a todos los miembros de la federación. La desintegración vertical también significaba que los conflictos acerca del conocimiento que se avecinaban en el primer libro de Zuboff se desvanecerían pronto: las grandes empresas centralizadas que dieron lugar a tales conflictos se disolverían gradualmente, transformándose en entidades delgadas y horizontales desprovistas de la clase gerencial, siempre hambrienta de poder.

La mayoría de las empresas, argumentaban Zuboff y Maxmin, aún pensaban en los términos obsoletos de la producción en masa; utilizaban la tecnología de la información para secuestrar la autonomía de sus clientes y tratarlos con condescendencia.

En cambio, estas empresas debían adoptar el “capitalismo distribuido” y cultivar consumidores sofisticados y multidimensionales. Esto era de gran interés para la compañía, pues las acercaba a donde estaba el valor. Bajo el capitalismo gerencial, el valor era producido en en el “espacio de organización” de la empresa; bajo el capitalismo distribuido se encontraba afuera, en el “espacio individual.” La tarea de la empresa era capturarlo:

Una vez que se considera que el valor reside en los individuos, todo cambia. Las empresas ya no “crean” valor; sólo pueden esforzarse para darse cuenta del valor que ya existe en el espacio individual. De esta manera, el capitalismo distribuido expande aún más el concepto de propiedad. No solo se dispersa la propiedad de las participaciones, sino que el valor mismo se dispersa.

Los individuos “poseen” las fuentes de valor, ya que todo el valor se origina en sus necesidades y todo el efectivo procede del cumplimiento de esas necesidades… Como los orígenes del valor y la fuente de todo flujo de caja, los individuos ya no pueden ser descritos como “consumidores” anónimos colocados en el extremo más alejado de la cadena de valor, devorando el valor creado por los gerentes y cubierto por los accionistas. En cambio, son partes interesadas importantes en las nuevas estructuras colaborativas, pues se encuentran alineadas con los requisitos de la realización del valor que tiene esta relación.

Traducido al lenguaje de hoy, la premisa central de The Support Economy era que las empresas inteligentes deberían aprovechar la oportunidad de ofrecer “LaaS”: “Life as a Service” [La vida como servicio]. Esta era una respuesta racional a los individuos modernos que abrían sus talonarios de cheques y pasaban sus tarjetas de crédito, no porque hayan sido engañados por los imperativos de la producción en masa, sino porque, alentados por el aparato de apoyo de los capitalistas ilustrados, finalmente “fueron pioneros en abrazar las experiencias de consumo con la esperanza de encontrar lo que buscan”.

“Quienes hoy en día sueñan con la libre determinación psicológica”, argumentaban Zuboff y Maxmin, “quieren comprar algo que nunca ha estado a la venta” —el apoyo al ingenio y el sustento de una vida única—. Las virtudes del capitalismo distribuido y su superioridad sobre el capitalismo gerencial eran bastante claros: “Una vez ha dejado de ser una abstracción anónima, el individuo como creador de todo valor y fuente de todo efectivo disfruta de oportunidades estructurales para expresar su voz y participar en el gobierno”.

Sirviéndose de esa misma retórica contracultural del poder individual y la libre determinación, una compañía ganó miles de millones de dólares exhortándonos a todos a “pensar de forma diferente” —preferiblemente mientras pagábamos por sus caros productos. En su famoso anuncio de 1984, Apple hizo todo lo posible para convencer al público de que sus productos eran las armas más efectivas en la rebelión mundial contra la rigidez de la sociedad de masas. Zuboff cree que su marketing era auténtico y que existía algo genuinamente real en la propuesta de Apple de lanzar una nueva modernidad. Ya en The Support Economy, ella se mostraba ansiosa por “una Federación Apple”, la cual podría “atraer a personas y grupos interesados por su estilo tan inteligente como extravagante y sus valores potenciadores de la creatividad procedentes de la alta tecnología”.

Semejante Apple-philia también impregna su último libro. Una vez la compañía hubo cumplido su promesa, escribe Zuboff, “fue llamado a compadecer un capitalismo propio de la tercera modernidad que estaba guiado por las aspiraciones de libre determinación de los individuos autóctonos del entorno digital”. Lamentablemente, no surgió ningún Apple-ismo correspondiente al Fordismo de Ford —la verdadera tragedia de los años 2000—. En cambio, el modelo de Google ganó; al capitalismo gerencial le siguió el capitalismo de vigilancia, no el capitalismo distribuido.

VI. Las presuposiciones de fondo presentes en el argumento de Zuboff ahora se muestran de manera más explícita: el “capitalismo gerencial”, cimentado por un pacto social entre los capitalistas y la sociedad, fue útil en un momento determinado, pero a principios de la década de los 2000 llegó el momento de probar algo nuevo.

El capitalismo distribuido —re-imaginado como capitalismo “orientado a la ayuda” en su último libro— fue su heredero natural. Apple podría haber encabezado un nuevo pacto social, pero fracasó en dicha misión. Como contrapartida, Google se benefició de las preocupaciones en torno a los datos posteriores al 11 de septiembre al tiempo que décadas de victoriosas políticas de firma neoliberal facilitó evitar cualquier regulación. Dado que el capitalismo de vigilancia triunfo sobre el tipo “orientado a la ayuda”, un doble movimiento debiera surgir para crear las condiciones institucionales que permitirían al Apple-ismo llenar los espacios políticos y económicos desocupados por el Fordismo.

Antes de evaluar la validez y la importancia de estos argumentos es importante recordar cuánto le deben al armazón teórico chandleriano. La narrativa de Zuboff se sostiene porque puede postular la existencia de tres regímenes diferentes, cada uno con su propio conjunto de imperativos y economías diferentes. Estos regímenes describen las operaciones de grandes actores económicos: General Motors y Ford, en el caso del capitalismo gerencial; Google y Facebook, si hablamos del capitalismo de vigilancia; y Apple o las primeras pruebas de Amazon Alexa en el contexto del capitalismo orientado a la ayuda.

Por sí mismas, sin embargo, estas descripciones tienen poco peso, ya que podemos encontrar muchas formas alternativas de trocear la realidad económica y política. Enfoques alternativos semejantes podrían invocar diferentes conjuntos de imperativos, y aún así ofrecer mejores explicaciones de los motivos que impulsan a estos mismos actores económicos.

El marco chandleriano, basado en explicaciones funcionalistas, rara vez admite la existencia de narrativas alternativas. Su fuerte poder explicativo se deriva en parte de su postura autoimpuesta de funcionalismo omnisciente; a menudo, los chandlerianos no se molestan en introducir ningún tipo de explicaciones alternativas, aunque solo sea para descartarlas por ser inexactas. Como resultado, los tipos de preguntas relevantes que normalmente configuran la elección de esquemas explicativos —¿el marco analítico elegido explica la realidad mejor que las alternativas?, ¿tiene este el suficiente poder predictivo? — rara vez son formuladas.

Por lo tanto, los lectores de ‘The Age of Surveillance Capitalism’ buscarán, aunque en vano, la opinión de Zuboff sobre el “capitalismo de plataforma,” el “capitalismo cognitivo” o el “biocapitalismo” —algunas de las formas alternativas y sólidas de encuadrar el mismo conjunto histórico y cultural de problemas políticos.

Que estos otros esquemas rivales no expliquen el “capitalismo de vigilancia” como lo define Zuboff es obvio; el hecho de que no describan los mismos fenómenos que ella agrupa bajo esa etiqueta no es para nada obvio. Y aún así, el debate de Zuboff sobre explicaciones alternativas a la suya nunca llega. Tal vez, setecientas páginas no eran suficientes.

Un problema que también afectaba a sus libros anteriores. The Support Economy no hace mención alguna a los largos debates sobre el postfordismo (un término que nunca aparece como tal en el libro). De una manera similar, en In the Age of the Smart Machine se ignoran las críticas a la automatización, así como las numerosas sugerencias para utilizar la tecnología de la información de una manera más humana y no automatizada —sugerencias que, para entonces, ya habían sido elevadas por la ahora olvidada disciplina de la cibernética de gestión—. Zuboff trabaja de una manera muy diferente: bosqueja lo que cree que es un fenómeno único describiéndolo en profundidad, pero sin construir puentes (aunque solo sea para quemarlos) con las ideas alternativas sobre ese mismo fenómeno.

¿Necesita el mundo una nueva Chandler para comprender la transformación del capitalismo en la era digital? Si es así, Zuboff es la aspirante principal a ese cargo. Ahora bien, las grandes corrientes del cambio histórico nos indican claramente que necesitamos menos Chandler, no más. El marco chandleriano, a pesar de todas sus ideas analíticas, muestra una ceguera crónica sobre las relaciones de poder —un resultado de su innata falta de curiosidad por las explicaciones no funcionalistas—.

Por lo tanto, esto limita las posibilidades de que los chandlerianos detecten los imperativos a menudo tácitos pero inevitables que impone el sistema capitalista. Como resultado, todas estas teorías —“capitalismo gerencial”, “capitalismo orientado a la ayuda”, “capitalismo de vigilancia” — tienen mucho que decir sobre los adjetivos empleados para clasificarlas, pero guardan silencio sobre los asuntos del capitalismo en sí y generalmente lo reducen a algo relativamente banal, como el hecho de que existen mercados, productos y pactos sociales ocasionales entre los capitalistas y el resto de la sociedad.

El marco chandleriano, a pesar de todas sus ideas analíticas, muestra una ceguera crónica sobre las relaciones de poder y esto limita las posibilidades de que detecten los imperativos a menudo tácitos pero inevitables que impone el sistema capitalista

La recepción de la obra de Chandler es un buen ejemplo a destacar. Para sus críticos, el relato de Chandler sobre el capitalismo gerencial era solo un cuento de hadas bien elaborado, uno que permitió a las élites estadounidenses legitimar sus normas mediante mitos que rivalizan con los que ahora brotan de Silicon Valley. Chandler elogió a los cuadros gerenciales de EEUU, los presuntos campeones de la eficiencia, por servir, no los intereses del capital, sino a los de la sociedad. Zuboff ha comprado muchos de estos cuentos de Chandler, refutando solo la durabilidad del capitalismo gerencial ante el cambio tecnológico, sus estragos en el mundo oculto de los consumidores y su cultura organizacional jerárquica y altamente sexista.

Quienes criticaron a Chandler lo acusaron del delito metodológico de revertir la causalidad de la explicación histórica. Ciertamente, lo que impulsó la expansión de la industria estadounidense fue la búsqueda de ganancias y poder, no una búsqueda de eficiencia; esto último, donde surgiera, fue un subproducto de lo primero.

Centradas en la rentabilidad a largo plazo, las empresas intentaron incrementar su participación en el mercado mediante prácticas anticompetitivas, como devoluciones, sobornos y contratos exclusivos. Los bajos precios no se lograron, o no principalmente, a través de la eficacia , sino también mediante la externalización de los costos de producción en la sociedad (por ejemplo, la contaminación), la supresión de los derechos laborales y la obstrucción de modelos alternativos y no comerciales de organización social.

Estas nuevas actividades, en ocasiones subversivas, requirieron de una nueva clase gerencial. Sin embargo, el cabildeo, el sabotaje y el activismo contra los trabajadores fuera de la empresa importaban tanto como lo hacía la administración inteligente dentro de esta.

Tales acciones apenas fueron impulsadas por consideraciones de eficiencia, incluso cuando lograron incrementar el tamaño de las empresas. Muchas de las fusiones horizontales celebradas por Chandler fueron, también, impulsadas únicamente por la necesidad de consolidar el poder, o simplemente sobrevivir; en realidad, a menudo redujeron la eficiencia. Los grandes negocios deben ser evaluados no solo en términos de las eficiencias producidas, sino también en términos de las eficiencias que bloquean.

Para los críticos, la pregunta principal no era si las manos que coordinaban la sociedad eran visibles (à la Chandler) o invisibles (à la Adam Smith) sino, más bien, si estaban sucias. Y, en su mayor parte, lo estaban —especialmente cuando se trataba de obtener un suministro continuo de materias primas del exterior—.

En ese contexto, las odas de Chandler al capitalismo gerencial fueron solo la otra cara de las teorías sobre el subdesarrollo promovidas por los economistas críticos de América Latina: el buen funcionamiento del capitalismo gerencial estadounidense se produjo en detrimento de muchas economías extranjeras, quienes fueron altamente disfuncionales y tardaron en desarrollarse. Dichas economías se habían convertido en meros apéndices del sistema de producción estadounidense y fueron incapaces de desarrollar su propia industria.

El desacuerdo más importante emerge entonces en relación a quién “construyó” el capitalismo gerencial. Para Chandler, el impulso exógeno del desarrollo tecnológico y los imperativos de la sociedad de masas. Para sus críticos, quienes preferían términos como “liberalismo corporativo”, fueron los capitalistas, quienes al encontrar aliados en el aparato del Estado se apropiaron de tecnologías abiertas a distintas finalidades y las emplearon para diseñar su estrechas agendas corporativas. Los gerentes fueron la consecuencia, no la causa, de tales desarrollos.

Dado que Zuboff, al igual que Chandler, no tuvo que lidiar con estas críticas, en su anterior trabajo pudo darse el lujo de adentrarse nostálgicamente en las “correspondencias constructivas entre productor-consumidor” del capitalismo gerencial. No le eran ajenas las tesis del “liberalismo corporativo,” pues llegó a citar a Martin Sklar, uno de sus principales defensores, en The Support Economy.

Ahora bien, no hizo uso de tales críticas. En cambio, el capitalismo gerencial continuó siendo para ella un compromiso entre consumidores, trabajadores y productores donde todos ganan; uno cimentado mediante instituciones democráticas, pero, desafortunadamente, carente de oportunidades para la autorrealización individual

De manera contraria, una explicación completa de los métodos y costes del capitalismo gerencial debe mirar más allá del eje consumidor-productor-trabajador. ¿Qué significaba para las relaciones de raza, la estructura familiar, el medio ambiente o el resto del mundo? ¿Qué ocurre con la libre determinación de las personas fuera del mercado? ¿No debería evaluarse el supuesto régimen que lo sucedió, ya sea enraizado en la defensa o la vigilancia, en una escala mucho mayor que contemple sus costos potenciales?

Sin embargo, estas consideraciones adicionales nunca entran en escena, ya que el tono general funcionalista del argumento dicta los criterios bajo los que debe evaluarse el atractivo del nuevo régimen.

VII. Es bastante más sencillo familiarizarse con las paradojas presentes en el pensamiento de Zuboff considerándola una homóloga estadounidense del marxismo autónomo italiano. Si Toni Negri enseñara en la Escuela de Negocios de Harvard, probablemente sonaría como Shoshana Zuboff. Al estudiar las ruinas de la sociedad industrial a fines de la década de 1970, los italianos — conocidos por el trabajo de Negri, pero con otros muchos pensadores interesantes— llegaron a conclusiones muy similares a las suyas.

Al igual que Zuboff, entendieron la tecnología de la información como una fuerza potencialmente liberadora que podría ayudar a desatar las habilidades cognitivas y comunicativas de los trabajadores después del largo período de supresión al que se expusieron bajo el régimen físico-laboral del taylorismo.

Del mismo modo en que el estandarizado consumidor de masas de Zuboff fue reemplazado por el idiosincrásico consumidor individual que crea valor fuera de la fábrica, también al “trabajador de masas” taylorizado del autonomismo le ocurrió lo propio con el “trabajador social”.

Esta figura de nueva creación también creaba valor fuera de la empresa, pero bajo lo que los autonomistas denominaron la “fábrica social”. Esta suposición aparentemente inocua desafió las teorías ortodoxas de izquierda que reducían la clase trabajadora a los obreros de la fábrica mientras ignoraban el inmenso esfuerzo que tenía lugar en los márgenes invisibles de la fábrica social —por ejemplo, el trabajo doméstico de las mujeres—, esencial para asegurar que la producción continuara.

Cuando los trabajadores asalariados comenzaron a rebelarse en 1970, los capitalistas fueron expulsados de las fábricas. No sufrieron mucho, pues pronto aprendieron a apropiarse del valor escondido en los márgenes de la “fábrica social” mercantilizando muchas de las actividades que anteriormente eran provistas por el estado de bienestar o mediante acuerdos informales. Así se produjo el nacimiento de la “economía de servicios”.

Cuando los capitalistas fueron expulsados de las fábricas aprendieron a apropiarse del valor escondido en los márgenes de la “fábrica social” mercantilizando muchas de las actividades que anteriormente eran provistas por el estado de bienestar o mediante acuerdos informales

Pero aquí los programas normativos divergen. Anteriormente, Zuboff esperaba que los más ilustrados entre aquellos capitalistas pudieran marcar el inicio de la siguiente etapa humana —aquella de la “economía del apoyo”—. Los autonomistas, por entonces marginados o exiliados tras décadas de tumultos, vieron la extracción de valor de la fábrica social como otra forma de renta: un impuesto innecesario sobre la actividad social de la autónoma y desobediente “multitud,” su sujeto político colectivo preferido.

Tuvieron algunos otros problemas. Dado que el trabajo era cada vez más colaborativo e intangible, ya no era posible pagar a los trabajadores —y mucho menos a los que se encontraban en los márgenes de la fábrica social que rara vez recibían compensación alguna— por su contribución individual y fácilmente visible a la producción. Para restablecer la justicia, los autonomistas italianos demandaron rentas básicas universales (RBU).

No postularon los mismos imperativos que Zuboff, pero la suposición de la que partía su teoría era tan funcionalista como la de Chandler o Parsons: lo que impulsaba al capitalismo no era tanto su necesidad de expandirse, sino la capacidad del trabajo para colocarse un paso por delante del capital, amenazando su dominio con cada movimiento. Donde Zuboff presuponía que los consumidores desean y los capitalistas se adaptan, los autonomistas sostuvieron que los trabajadores avanzan y los capitalistas se adaptan —generalmente retrocediendo—.

Esta explicación de las cosas tenía un gran poder retórico, pero fue de poca ayuda a la hora de trazar estrategias políticas: entender el período comprendido entre 1970 y 2010 como un retroceso del capitalismo desorganizado a manos de una multitud bien organizada requiere de mucha imaginación creativa. Los autonomistas tenían una gran tesis, con imperativos y demás, y recurrieron a la historia y a los acontecimientos de actualidad para encontrar pruebas suficientes que la demostrara.
Pero, como en el caso de los funcionalistas chandlerianos, su forcejeo con explicaciones alternativas a menudo dejaba mucho que desear.

A medida que las fábricas comenzaron a cerrar y a trasladarse al Este, los italianos también cambiaron de enfoque. Tras cierto tiempo produjeron la teoría del “capitalismo cognitivo,” que predicaba la emancipación inminente de los trabajadores cognitivos e inmateriales de las ariscas y viejas cadenas del taylorismo. Ya no existía ningún puerto seguro hacia el que los capitalistas pudieran retirarse: la digitalización de todo significaba que la multitud había ganado la guerra. Y, como los residentes de la fábrica social estaban esperando sus reparaciones, ¿por qué no abogar por medidas de transición como un ingreso básico universal?

En su segundo libro, Zuboff también parecía haber perdido todo interés en la producción. Aunque dedicó largas páginas al poder de las federaciones de empresa, The Support Economy hacía invisible la producción. ¿Significaba una admisión tácita de que la ambigüedad presente en su primer libro se había resuelto, y no a favor de los trabajadores? Quizás. Ni el trabajo de oficina ni la producción industrial habían adoptado la “informatización”. Los trabajadores de otros sectores pronto se vieron atrapados en los nuevos templos del “poder panóptico,” como los almacenes de Amazon.

A los trabajadores de oficina no les fue mucho mejor, encadenados digitalmente algunos de ellos a “escritorios inteligentes” que monitorizaban cada uno de sus movimientos. La Industria 4.0 de Alemania —la iniciativa de producción digitalizada más avanzada del mundo— es la culminación del Taylorismo, no de la democracia en el lugar de trabajo.

Con la producción fuera de la imagen, la cambiante naturaleza del consumo fue la encargada de justificar el optimismo inicial de los numerosos profetas de la sociedad postindustrial. Es posible que nuestra vida laboral no haya desembocado en un aumento del empoderamiento, pero quizás podamos recuperar cierta dignidad a través del “consumo individual”, uno de los conceptos clave en The Support Economy. No era necesario encontrarse en la Escuela de Negocios de Harvard para apreciar estos cambios.

De hecho, muchos en la izquierda se subieron al carro. Marxism Today, una publicación teórica ahora extinta del Partido Comunista de Gran Bretaña, fue el más exuberante de todos abriendo finalmente el camino hacia la “Tercera Vía” de Tony Blair y profesando el compasivo neoliberalismo anti-thatcherista y el comunitarianismo amable amigo del consumismo.

Con la producción fuera de la imagen, la cambiante naturaleza del consumo fue la encargada de justificar el optimismo inicial de los numerosos profetas de la sociedad postindustrial. Los italianos no llegaron tan lejos, pero ampliaron el concepto de la fábrica social para incluir el consumo: en su esquema, los consumidores eran en realidad “prosumidores” comprometidos con el “trabajo inmaterial” por ejemplo, produciendo involuntariamente el valor intangible de las marcas.

Sin embargo, el “prosumo” no fue la única función social asignada a los miembros de la “multitud”; mucho menos algo que celebrar. Diagnosticar el prosumo como una fuente de extracción de valor no era respaldarlo, sino argumentar que las formas estándar de contabilizar el valor, incluidas las predilectas de muchos marxistas ortodoxos, eran inadecuadas.

Aquí afloran una vez más las diferencias normativas. Para Zuboff, una profesora de negocios, una reorientación de la ética corporativa era lo correcto; el desdén propio de la producción en masa debía ser reemplazado por el apoyo y la defensa de los propios intereses de los consumidores. Los emancipados consumidores pagarían para satisfacer sus necesidades mientras los capitalistas ilustrados ajustan sus modelos de negocios en consecuencia: no existían alusiones al conflicto social porque, en la teoría de Zuboff, el “prosumo” y sus equivalentes (The Support Economy nunca usa ese término) es lo que los consumidores quisieron en todo momento.

Los italianos se mostraron en desacuerdo e insistieron en buscar formas de redistribuir parte del valor hacia aquellos que trabajaban en la fábrica social. Además de una (RBU), querían un mayor bienestar (la condición previa para un desarrollo social sano), pero re-inventándolo como una “Commonwealth” y un modelo administrativo radicalmente democratizado en el que los ciudadanos —no los burócratas— estarían a cargo.

* Evgeny Morozov, investigador marxista bielorruso de las nuevas tecnologías
kritica.info

 

 

Entrevista a Raul Zibechi, pensador, militante y escritor latinoamericano: resistencias populares al extractivismo y por el territorio

Raúl es escritor, pensador, militante, investigador,… caminante de la palabra al fin y al cabo. Dice que Uruguay es tan pequeño tan pequeño, que tal y como hizo Galeano, siempre necesitó salir a alimentarse de lo que sucedia más allá de su país. Hablar con él es recorrer Latinoamerica. Lleva gran parte de su vida en este ejercicio: conocer desde cerca las resistencias no estatales, las populares, indigenas, campesinas, afrodescendientes,…

Estas experiencias le llevaron a cuestionarse los planteamientos de los que partía, un marxismo clasico, y lo llevaron a priorizar la comunidad, el territorio y la creación de poderes populares sin la necesidad de poner el foco en la toma del poder estatal.

El pásado 15,16 y 17 de Marzo estuvo en Barcelona y pudimos conversar con él sobre el avance de la nueva derecha, el extractivismo y las diferentes formas de lucha que podemos aprender de los territorios de Abya Yala. Musicamos el programa con canciones des del Cauca colombiano y la resistencia maputxe.

Raúl Zibechi en Can Mas Deu junto a las compas de la CALACA (Coordinadora de Activistas de America Latinina y el Caribe)

 

Nancy Fraser: «No podemos dejar que el temor a la ultraderecha nos lleve al feminismo liberal»

por Marisa Kohan

Nancy Fraser, filósofa política, intelectual y feminista estadounidense, es profesora de la New School for Social Research y una de las impulsoras del denominado Feminismo del 99%. Este viernes aterrizó en Madrid para participar en un ciclo de conferencias organizadas por El Grupo de Estudios Críticos, un proyecto de estudios del Centro Estudios del Museo Reina Sofía, en colaboación con Medialab. En esta entrevista con Público, Fraser desgrana las claves de este movimiento feminista, la necesidad de cambiar el modelo capitalista y los riesgos a los que nos enfrentamos en esta tarea.

¿Qué es el feminismo del 99% y cuáles son los principales ideas?

Es un intento de dar nombre y un conjunto de ideas a un nuevo activismo feminista que se está desarrollando en los últimos años y que creemos que representa una alternativa real al tipo de feminismo que ha sido el predominante, al menos en USA, Reino Unido o Francia y algunos otros países (no estoy muy segura si en España). Hasta hace muy poco en estos países el feminismo liberal ha sido la forma más dominante y se ha centrado principalmente en las preocupaciones de las mujeres de clase media alta o las mujeres del top 10%. Son ellas las que se han beneficiado de este feminismo y han encontrado su camino para prosperar en jerarquía empresarial.

Le han dado al feminismo un mal nombre, diría yo. Porque lo han asociado con el elitismo, el individualismo, el consumismo… La idea de que las feministas son mujeres de carrera que se han hecho a sí mismas. No sé si es totalmente así, pero de esta forma lo entiende la gran mayoría de mujeres de la clase trabajadora. Personas que ven el presente, no como un momento de crecimiento, sino todo lo opuesto: un tiempo en el que las condiciones de vida van en declive, en el que se pierde el trabajo seguro, en el que se reducen salarios. En definitiva, un montón de caos en la vida.

Creo que este feminismo liberal ha perdido su credibilidad. Desde el punto de vista de EEUU, la derrota de Hillary Clinton en las elecciones de 2016 en favor de Donald Trump fue como una alarma para despertarse, porque las cifras indican que un 52% de mujeres blancas votaron por Trump.

Es una estadística sorprendente. Mostró que el feminismo corporativo de Clinton no era un feminismo para todas las mujeres. Ahora tenemos este nuevo tipo de activismo que es anti-austeridad, que defiende los estándares de la vida de una forma más amplia, que se interesa por los derechos de los migrantes, sobre la situación de las mujeres trabajadoras, las de color… Cuando escribimos el manifiesto para el feminismo del 99%, queríamos promover ese nuevo giro del feminismo. Lejos del liberalismo individualista y más cerca de las preocupaciones de la gran mayoría de mujeres, y también de hombres.

Nuestro manifiesto le da un nombre a este movimiento e intenta articular el pensamiento que lo puede convertir en un movimiento radical, genuinamente transformador y antisitémico.

¿Y se puede construir esto dentro de un sistema capitalista o hay que construir un nuevo sistema

Definitivamente necesitamos un nuevo sistema de algún tipo. El actual sistema de capitalismo liberal financiero está en una crisis aguda y necesita cambios estructurales muy profundos: en nuestra relación con la naturaleza, un cambio en la relación entre producción y reproducción, entre el trabajo asalariado y la vida familiar… un cambio en sistema democrático.
Si este es un cambio que nos llevará más allá del capitalismo está todavía por ver. Tampoco sabemos si existe una forma de capitalismo que pueda responder adecuadamente a esta aguda crisis. Pero no creo que tengamos que responder a esa pregunta ahora. Mi corazonada es que necesitaremos movernos más allá del capitalismo.

Entonces ¿se va construyendo sobre la marcha y no como otras teorías políticas que marcaban un camino?

Creo que es un poco de los dos. A través de nuestras luchas vamos descubriendo cuánto puede o quiere darnos este sistema; si puede o no solucionar nuestros problemas y también descubrimos por el método de práctica y error cuáles son los cambios que necesitamos, cuáles son los que realmente queremos. Es decir, hay un proceso de ignición en el pensamiento que va sucediendo a través del activismo.

Diría que en mi vida he aprendido casi tanto del activismo como lo hice en la enseñanza universitaria formal. Este manifiesto propone algunas ideas como un boceto de lo que una alternativa puede llegar a ser, pero es más con un espíritu de intentémoslo y veamos como resulta. No es un dogma.

¿Cuáles son las principales ideas que contiene?

Una de las principales ideas es que el eje de las desigualdades de género en nuestra sociedad se debe a la separación que hace el capitalismo entre la producción de materias primas por lucro y la reproducción social o la producción de seres humanos. Es decir, La vida familiar y el sector social y la vida comunitaria.

Esa separación no existía antes del capitalismo. Todas estas actividades eran parte del mismo universo social. Cuando el capitalismo introdujo la idea de producción por beneficio en las fábricas, dividió nuestras vidas en estas dos partes y la división está organizada por género: la responsabilidad de las mujeres es trabajar en la esfera social (tanto privadamente sin recibir salario o como profesoras, enfermeras…).

Mientras, los hombres trabajan en las industrias, en el ejército… Esta división, en mi opinión, es la pieza central de la subordinación moderna de las mujeres. Ha habido otras formas pero funcionaban de otra manera. Es una organización en la que el trabajo de producción se paga en dinero y el de reproducción social, que es que realizan las mujeres, no se pagan en su inmensa mayoría. Esto pone a las mujeres en una desventaja estructural en la sociedad.

Simplemente entender esta dicotomía de producción y reproducción, nos propone un largo camino para pensar qué es lo que tiene que cambiar. Tenemos que reintegrar aspectos de la vida que ahora están separados y contrapuestos uno contra otro. No tenemos tiempo de cuidar a nuestra familia, si al mismo tiempo estás realizando un trabajo exigente, un trabajo pagado a tiempo completo, o incluso múltiples trabajos como mucha gente tiene que hacer hoy en día. En Estado Unidos las profesoras cobran muy poco, y muchas de ellas cogen un segundo trabajo en Wallmart por las tardes para ser capaces de ganar lo suficiente para vivir. Esto es tremendo. Cómo puedo, además, realizar los trabajos de reproducción social. Especialmente si los hombres, en una gran mayoría, no hacen la parte que les corresponde del trabajo de cuidados.

¿Cuál es el rol que deberían jugar los hombres?

Los hombres deberían convertirse en feministas también. Este feminismo para el 99% es un movimiento para mejorar la vida de todo el mundo, superando la desigualdad de género, la desigualdad de raza… todas las desigualdades. Pero no es un movimiento contra los hombres. Es un movimiento contra una estructura social, un sistema que crea todas estas desigualdades.

Esta crisis financiera que vivimos ¿es una crisis del sistema, o es el sistema en sí mismo?. La rebaja de salarios, la desinversión en servicios públicos… ¿Es una consecuencia o un plan organizado?

Hemos sufrido una tremenda reorganización del capitalismo en el tránsito de la anterior forma de capitalismo social demócrata, que era menos globalizado y menos financiero y que daba más apoyo estatal a la esfera de la reproducción social. No era un sistema perfecto, en absoluto, pero eso fue transformado en este capitalismo neoliberal y financiero.

En 2007 y 2008 tuvimos casi una fisión nuclear del sistema financiero mundial. Pero la crisis financiera es sólo uno de los cabos de una crisis mucho más amplia, que también incluye una crisis ecológica; una crisis democrática; de migración, y de los cuidados o de la reproducción social, tiene que ver con la desinversión en todas las necesidades sociales y la incorporación de las mujeres en los trabajos pagados a tiempo completo.

Todos estos son los distintos cabos de una sola gran crisis, que podemos llamar una crisis general del capitalismo neoliberal financiero. La crisis lo inunda todo debido al carácter contradictorio e insostenible de este sistema.

¿Y es el feminismo del 99% la respuesta a esta debacle?

El feminismo del 99% está emergiendo como una de las respuestas a esta crisis. Los supremacistas blancos también están respondiendo a esta crisis, los movimientos populistas… Hay una gran abanico de movimientos intentando dar respuestas. Nosotras somos una de las fuerzas que ha saltado en esta situación abierta e incierta y tratar de ofrecer una alternativa

¿Y cuáles son los riesgos?

Los riesgos son que este movimiento del 99% pueda perder contra movimientos de extrema derecha supremacistas y anti-inmigrantes, que son muy desagradables, como Trump en Estados Unidos o Vox aquí en España. El otro riesgo es que nos asustemos tanto de los movimientos ultraconservadores que en lugar de pelear por lo que realmente queremos, nos volvamos hacia el feminismo liberal. Y volver a esa alianza de feminismo y liberalismo no es la solución, porque entraríamos en un círculo vicioso: neoliberalismo, trumpismo, neoliberalismo, un trumpismo peor. Hasta que realmente lleguemos a un fascismo, del que aún estamos lejos.

Es necesaria una ruptura en el ciclo. Pero no podemos volver a las trincheras, a defender lo que tenemos o intentar no perder lo que ganamos, porque seguiremos en ese ciclo vicioso.

En España existen  partidos de derechas promoviendo un feminismo liberal que incluye la regulación de la prostitución y los vientres de alquiler entre sus postulados. Supongo que es a esto a lo que se refiera cuando dice no volver al neoliberalismo.

La gente está entendiblemente asustada de estas derechas extremas y pueden cometer el error de pensar que no pueden defender lo que creen, sino que toca defender el statu quo. Y es un error en mi opinión, porque defender el statu quo es lo que ha generado estos estos movimientos de extrema derecha.

Usted ha sido muy crítica con lo que denomina feminismo domesticado o de la élite. En España, Ana Patricia Botín, la presidenta del mayor banco se declaró feminista no hace mucho.¿Puede ayudar esto de alguna forma a la igualdad?

No la conozco, pero imagino nombres como Sheryl Sandberg, (directora ejecutiva de Facebook), Christine Lagard (directora gerente del FMI) o Hillary Clinton. Estas son tres caras, y probablemente la que me menciona encaja en este modelo. A ellas me refiero cuando afirmo que dan al feminismo un mal nombre. Si la gente llega a pensar que eso es feminismo, van a concluir que este movimiento no puede hacer nada por ellos y que porqué deberían apoyarlo si hace cosas que les hacen daño.

Este tipo de feminismo, lo que realmente hace, es lo que en el manifiesto llamamos: la dominación de la igualdad de oportunidades. Que cree que la clase dominante que gobierna, debe tener igualdad entre hombres y mujeres. Es decir, que la gente que arruina la vida de muchas personas no sólo deben ser hombres, sino también mujeres. Es una aspiración absurda.

Muchos partidos conservadores se han subido al carro del feminismo, aunque no quieren usar la palabra feminismo. Dicen que luchan por la igualdad. ¿Necesitamos redefinir el concepto de igualdad?

Totalmente. Creo que la mayoría a lo que se llama igualdad es, en realidad, meritocracia. Entienden el problema de la discriminación como una infrarreprosentación de las mujeres en la cima y que es necesario eliminar esa desigualdad para que las mujeres puedan subir de acuerdo a su talento, en relación a sus méritos. Esto deja totalmente intacta la estructura jerárquica y no puede beneficiar al 99% de las mujeres. Sólo beneficia al 1%, o pongamos que al top 10%. Es decir a la clase directiva profesional.

Estas mujeres pueden tener éxito en lo que hacen sólo porque contratan con sueldos muy bajos y en trabajos muy precarios a mujeres migrantes pobres de otras razas para limpiar sus casas, cuidar a sus hijos o atender a sus padres ancianos en residencias de la tercera edad. En otras palabras: hay una relación directa entre esta noción de igualdad y el incremento de la desigualdad. Es una idea de igualdad de clase que dice que las mujeres deben ser iguales a los hombres de su misma clase y al diablo con todas las demás. Definitivamente el feminismo liberal hace necesario redefinir una nueva idea de igualdad.

Una praxis crítica desde las Américas. Pensando acerca de los zapatistas en Chiapas con Marcuse, Echeverría y Sánchez Vázquez

Por Stefan Glandler **

El presente escrito es un ensayo publicado bajo el título A Critical Praxis from the Americas: Thinking about the Zapatistas in Chiapas with Herbert Marcuse, Bolívar Echeverría, and Adolfo Sánchez Vázquez, en Lamas, A. T.; Wol-fson, T. & Funke, P. N. (Eds.). (2017). The Great Refusal: Herbert Marcuse and Contemporary Social Movements (pp. 329-342). Philadelphia: Temple University Press. El autor autorizó gentilmente la publicación en versión castellana por Jhoan Sebastian David Giraldo y Cristian Leandro Sánchez Marín.

RELIGACIÓN. REVISTA DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES Vol 3 • No 12 • Quito • Trimestral • Diciembre 2018
pp. 80-90• ISSN 2477-9083

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** Profesor de teoría y filosofía social en la Universidad Autónoma de Querétaro y la Universidad Nacional Autónoma de México y ha sido profesor visitante en la Goethe Universität Frankfurt (2001-2002), la Universidad de Califor-nia-Santa Cruz (2009-2010) y Universidad de Tulane (2015-2016).

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Los teóricos radicales Herbert Marcuse (1) y Bolívar Echeverría (2) tienen en común su desafío al marxismo ortodoxo y su trabajo a través del marxismo heideggeriano para articular un marxismo más abierto y generador que teoriza en estrecha relación con los movimientos sociales existentes y que desafía al capitalismo y otras formas de dominación. Ambos están buscando una alternativa poscapitalista, pensando que dentro de la realidad existente ya está el germen de esta otra nueva sociedad. En contraste con la marca de marxismo dogmático, Marcuse y Echeverría están convencidos de que esta liberación de la forma de reproducción capitalista sería una ruptura social y civilizadora, no meramente económica. Aunque Marcuse y Echeverría entienden este rompimiento como una negación concreta de las formas existentes de producción, consumo, comunicación y convivencia, no obstante, creen que, en ciertas formas de sociabilidad y humanidad, incluso las que existen actualmente, se encuentra material que podría, debería y sería la base de una sociedad poscapitalista. Marcuse encuentra tal evidencia, por ejemplo, en nuevas comprensiones y prácticas de feminidad y humanidad inspiradas en los movimientos feministas y antirracistas radicales de los años sesenta y setenta. Mientras tanto, Echeverría encuentra apoyo en formas de convivencia, que aún existen, por ejemplo, en algunos lugares de América Latina, y que llamó en un corto período de su escrito naciones naturales (3).

En ambos casos, se supera el peligro de caer en un cierto heideggerianismo ontologizante, que busca un Ser intocado por las fuerzas destructivas del capitalismo. Marcuse, cortando su relación personal con Martin Heidegger debido a su pasado nazi y su falta de voluntad para hacer una clara ruptura con él, lee a Marx, Hegel y György Lukács de una manera que le permite descartar la forma ahistórica y antidialéctica de Heidegger de comprender la sociedad humana y la historia. Los conceptos no-ontológicos de feminidad y humanidad que desarrollan los radicales en los movimientos feministas y antirracistas de su época contribuyen aún más a la teoría crítica de Marcuse.

Echeverría también se distanció de la tentación de buscar auténticas formas precapitalistas de convivencia, y su resistencia fue alimentada por dos fuentes. La primera fuente es su compromiso crítico desde hace mucho tiempo con Marx y la teoría marxista, que comenzó con seriedad en Lukács y en círculos de conferencias semiclandestinos inspirados por Marcuse en Berlín occidental a principios de la década de 1960 —junto con Rudi Dutschke, Bernd Rabehl, Horst Kurnitzky y otros. Echeverría explica:

De lo que me preguntas sobre la importancia de mi estancia en Berlín… es eso: Yo comencé a cumplir todas las funciones —podría decirse— vitales, intelectuales, corporales en Berlín. Entonces ahí yo me conecté mucho con Rudi Dutschke, pero en una especie de diálogo entre el Tercer Mundo y los intelectuales del centro de Europa o algo así [se ríe]. Entonces nosotros, algunos compañeros latinoamericanos y yo, teníamos la Asociación de Estudiantes Latinoamericanos en Alemania, la AELA. Yo alguna vez fui presidente de la AELA. Teníamos reuniones en donde leíamos literatura, como por ejemplo Los condenados de la tierra de Frantz Fanon, u obras de Marcuse que nos presentaban Rudi Dutschke o Bernd Rabehl, que también estaba en el grupo. Entonces era una especie de seminario interno (Echeverría, 1994b).

La segunda fuente es una constelación de espacios teóricos y activistas en México, que generó posiciones políticas e intelectuales críticas al capitalismo, como el diario mexicano Cuadernos Políticos y ciertos movimientos sociales en América Latina, especialmente los zapatistas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional— EZLN, el cual lo ayudó a evitar caer en una posición teórica ontologizante. Las discusiones entre los miembros del comité editorial de Cuadernos Políticos, a la que pertenecían muchos de los autores izquierdistas más importantes de México —incluidos autores latinoamericanos exiliados que vivían en ese momento en México—, fueron para Echeverría a lo largo de los años el único lugar para el análisis continuo de una “temática más política, social, económica”, temáticas sin las cuales, él dice, “yo estaba perdido… cosas de teoría pura” (Echeverría, 1996). Sobre este asunto, aquí hay un extracto de mi entrevista de 1996 con Echeverría (4).

GANDLER: ¿Para ti era importante esta participación para tu propio desarrollo político-teórico?

ECHEVERRÍA: En Cuadernos Políticos sí, porque era el único lugar donde yo tenía conexión con discusiones más políticas y todo eso. Para mí era bien importante, si no yo estaba perdido en mis cosas de pura teoría. Pero ahí [estaba] bien: discutía, leía artículos de todo tipo, porque leíamos todos los artículos, discutíamos artículo por artículo. Era una revista muy seria. Se repartían todos los artículos entre todos y hacíamos una sesión de discusión sobre cada artículo. Era muy bueno eso. Entonces yo leía ahí de todo. Para mí fue bien importante, como que me mantuvo atado un poco a la temática más política, social, económica, porque yo tiendo más bien a ser más…

GANDLER: ¿Entonces con esto evitaste caer en lo mismo que Heidegger? [En alusión a un pasaje anterior de la entrevista, en el cual Bolívar Echeverría explica la participación de Heidegger en el nacionalsocialismo, entre otras razones, con la de que aquél dejó de lado en sus estudios el mundo real y su análisis].

ECHEVERRÍA: El antídoto. [se ríe].

GANDLER: ¿Y ahora qué haces?

ECHEVERRÍA: [Riéndose] Ahora ya están los zapatistas, ya hay los comunicados del Subcomandante… [Marcos] (Echeverría, 1996; Gandler, 2007: 112).

El 1 de enero de 1994, el día en que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) —el trascendental acuerdo comercial neoliberal entre Canadá, Estados Unidos y México— estalló una rebelión indígena armada en el estado más meridional de México, Chiapas: en la Selva Lacandona y en la región de Los Altos. El EZLN, que se hizo conocido en todo México y luego en el mundo a través de su praxis y sus declaraciones (5), rompió el muro de silencio y olvido (6) que se había construido en torno a los pueblos indígenas y su pobreza —generalmente extrema (7). A principios de julio de 1996, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, el filósofo mexicano y ecuatoriano Echeverría participó, como asesor del EZLN, en el Foro Especial sobre la Reforma del Estado convocado por los zapatistas. Dio una presentación en la sesión titulada Transición a la democracia en México (8).

Este foro fue, con respecto a las discusiones domésticas mexicanas con los zapatistas, el evento más importante desde la gran asamblea izquierdista convocada por el EZLN en el primer Aguascalientes9 construido junto al pueblo de Guadalupe Tepeyac, en Chiapas, en el verano de 1994 formalmente. Echeverría fue una parte integral de las negociaciones del EZLN con el gobierno mexicano, y el resultado de las resoluciones finales fue enviado al Congreso mexicano para su debate. El gobierno mexicano mantuvo, con el apoyo no sólo de sus propios partidarios, que la democratización del Estado estaba íntimamente relacionada con la modernización del país. Esta postura oficial ha sido confusa y requiere un escrutinio crítico. Ciertamente sugiere una modernización en el sentido técnico industrial. Sin embargo, en realidad, este no ha sido el caso, ya que las políticas neoliberales —o laissez-faire— aplicadas desde la década de 1980 han dado lugar a una tendencia hacia la desindustrialización del país. La modernización, alabada por muchos, en realidad ha significado, sobre todo, la validez inquebrantable de los mecanismos capitalistas, que hasta ahora habían coexistido con la intervención estatal reguladora, practicada en parte de acuerdo con el modelo del socialismo realmente existente. La modernización, tal como la practica el Estado mexicano, ha significado, entre otras cosas, la reducción del Estado en ciertos aspectos. Podemos ver como parte de esta modernización realmente existente la suspensión de facto del Artículo 27 de la Constitución mexicana, que se originó durante la revolución y prohíbe la venta de grandes porciones de tierras agrícolas arables, especialmente la de los ejidos, que son comunalmente cultivados. Grandes sectores de la población e incluso muchos críticos del gobierno entendieron la promesa de la modernizacióncomo un medio para poner fin a la corrupción estatal y frenar a las viejas élites de poder, con la esperanza de que, si México se parecía al Primer Mundo, la cultura política moderna haría su aparición en México, resolviendo así viejos problemas. En el contexto de estos debates prevalecientes, uno sobre la democracia y el otro sobre la modernización, se puede ubicar la posición teórica de Echeverría.

El concepto de revolución, similarmente sometido al análisis crítico general por parte de Echeverría en su teoría, es, en la mayoría de los contextos políticos en México, mucho más frecuente que en el caso de Alemania. Algo similar ocurre con el concepto de nación, que también está en boca de todos y, a menudo, se refiere a la independencia nacional con respecto a los Estados Unidos. En general, la necesidad de unidad nacional se eleva así, según el argumento, para mantenerse firme frente a los intentos de intervención extranjera. Las diferencias internas —por ejemplo, las de naturaleza lingüística— son vistas prácticamente por todas las corrientes políticas como un peligro para la unidad nacional y, como resultado, las más de cincuenta lenguas existentes en México, aparte del español, se consideran como un mal inevitable. Y esta situación no se transformó mucho ni por la rebelión armada del EZLN ni por las innumerables rondas de conversaciones, asambleas, etc., con la izquierda, mayoritariamente urbana, hispanohablante, que no está interesada en los problemas creados al ignorar la existencia de facto de un México multilingüe. Hasta el presente, la mayoría de los mexicanos actúan como si este fuera un problema que se resolvería por la supuesta desaparición gradual de los otros idiomas.

La teoría de Echeverría es una de las pocas que emerge en México y que —sin redefinir la cuestión como si fuera etnológica— entra en estas contradicciones. Echeverría defiende, entonces, un concepto de historia que no aplasta la poderosa dinámica propia de la tradición y que, como resultado, es consciente de la importancia de la robustez de aquellas formas de praxis cotidiana que tampoco se modifican automáticamente por la transformación de la tradición, la constitución política, social y económica.

Por eso es la crítica al mito de la revolución (10). El mito de la revolución que es el mito de esta omnipotencia del ser humano. ‘El ser humano puede en el momento que quiera cambiar lo que sea’. Entonces, por ejemplo, respecto de su propia tradición, de sus propias formas culturales, el ser humano moderno cree que éstas no tienen ninguna densidad y que él puede hacer y deshacer [sin más] la sustancia social, la sustancia histórica-social (Echeverría, 1996).

Pero esto no debe entenderse en el sentido de echar por la borda la idea de una transformación fundamental de las relaciones sociales; más bien, Echeverría significa todo lo contrario. Le interesa salvar el concepto de revolución a través de una crítica radical del mito de la revolución; en otras palabras, una comprensión totalmente equivocada de la revolución que la glorifica simultáneamente11. Dar carácter concreto al concepto de praxis requiere que pasemos por una demostración de las dificultades de una posible transformación revolucionaria, mientras que al mismo tiempo revela sus verdaderas posibilidades, que hasta ahora han estado ocultas. En el actual contexto sociopolítico de México, la aparente sumisión al gobierno resulta en un contexto de rebelión12, que se expresa de la siguiente manera en la entrevista que hice a Echeverría en 1996:

Gandler: La crítica, ¿sería la de un concepto de praxis que está vaciado de su contenido histórico?

Echeverría: Sí, exactamente.

Gandler: ¿Entonces se podría decir, simplificando, que mientras que [Adolfo] Sánchez Vázquez ve todo el tiempo hacia adelante, tú quieres ver también hacia atrás?

Echeverría: Sí, sí, o: él ve sólo hacia arriba y en general, en cambio yo veo más hacia abajo y todo el pantano [se ríe] sobre el que estamos tratando de sobrenadar.

Gandler: ¿Se podría decir entonces, que… tú eres un zapatista antes de 1994 (en el nivel teórico)?

Echeverría: Sí, a mí por eso me gusta mucho lo que dicen los zapatistas, porque ellos se dan cuenta de que la problemática no es una problemática puramente de juego político, es decir: “cambiamos a los políticos y ya decidimos que la historia dé por acá”. Dice: “no pues no, la cosa no está tan fácil, los problemas son mucho más viejos, mucho más densos. ¿Cómo vamos a cambiar todo esto sí, porque sí, ya nos tomamos Los Pinos o el Palacio de Gobierno y decimos que a partir de mañana México ya no es esto, sino que es lo otro?” Como que dice: no, no, eso no es así, no es posible, hay un nudo de conflictos históricos que está ahí y al que primero habría que despertar, para que él mismo comience a gestar sus propias soluciones” y no: “nosotros venimos de las montañas de Chiapas y decimos, la solución es esta”.

Son revolucionarios muy relativizantes de su propio poder, a tal punto que lo único que dicen ellos es “nosotros luchamos ni siquiera por sobrevivir porque nos están matando, esto es un hecho, nos estamos muriendo y lo púnico que hacemos es morir de la manera que nos parece a nosotros más elegante”, diríamos, ¿no? En verdad, el mensaje más profundo de los zapatistas es ese. Es un mensaje muy terrible, porque no es optimista, no es luminoso como el de la Revolución de Octubre: la mirada alta y el horizonte con el sol que se levanta y esas cosas, no; sino es una mirada terrible, porque dicen: “nosotros somos los cadáveres, a nosotros nos están matando, nuestra gente está muriéndose, mientras yo aquí hablando, mi gente se está muriendo y yo mismo me estoy muriendo”.

Entonces: “nuestro movimiento es simplemente para afirmar” lo que ellos dicen: “nuestra dignidad, morir con dignidad… No nos importa [Porfirio] Muñoz Ledo o [Manuel] Camacho, si cambian a Salinas y ponen otro, no nos importa un comino. Es una maquinaria asesina que nos está matando” —y un poco en el sentido de [Max] Horkheimer y [Theodor W.] Adorno [se ríe]: “sería bueno que no fuera así y ojalá no sea así”.

Ahí sí hay… estas conexiones raras entre un discurso aparentemente elitista de Horkheimer y Adorno y el de los indios de Chiapas. Porque lo que dicen ellos es un poco eso. Un optimismo histórico no lo vas a encontrar, por el contrario, ven una máquina y dicen: “ojalá que no fuera así” (13) (Echeverría, 1996; Gandler, 2007: 216).

Estos comentarios de Echeverría sobre los zapatistas están fuertemente relacionados a su modo de entender las formas contemporáneas, múltiples y existentes de la modernidad capitalista: los cuatro ethe modernos, del ethos histórico contemporáneo, que Echeverría describe como el ethos realista, el ethos romántico, el ethos clásico y el ethos barroco (Echeverría, 1994a: 19). Mientras Marcuse investiga formas de dominación y subordinación y teoriza el Gran Rechazo como un rechazo político y elemental de represión e injusticia, Echeverría, quien se une a Marcuse en un proyecto marxista no dogmático de anticapitalismo, entendería el Gran Rechazo de Marcuse como vinculada a la rebelión contra el dominante ethos realista, el ethos que Echeverría entiende como dominante en la modernidad capitalista del Primer Mundo. Echeverría se enfoca menos en Europa y Estados Unidos y presta más atención en las Américas, particularmente en América Latina, donde ve el ethos dominante de la modernidad capitalista como el ethos barroco; vemos entonces que Marcuse y Echeverría entienden sus proyectos respectivos de manera diferentes pero compatibles y algo superpuestos. Echeverría busca sentar las bases de una teoría materialista de la cultura (Gandler, 2007: 392). Si en América Latina prevalece el ethos barroco con su “paradójica mezcolanza de sobriedad y rebelión” (Gandler, 2007: 417), la lucha por la libertad en América Latina se formula en un terreno diferente. Para Echeverría, uno debe preguntarse qué formas de subordinación y qué formas de rebelión son típicas para cada ethos histórico. La teoría de Echeverría trata de comprender la combinación específica y aparentemente absurda de conservadurismo y rebelión en un momento, una persona, un grupo, un movimiento: una combinación que ocurre al mismo tiempoy en la misma perspectiva. Es esta extraña combinación lo que es central en su descripción del ethos barroco y, muy interesante, es algo que se puede encontrar en la praxis, y, de alguna manera, también en los textos, de los zapatistas. Algunos de ellos visten ropas que parecen pertenecer al pasado remoto, muchos hablan idiomas que se supone han muerto o desaparecido y utilizan formas de tomar decisiones colectivas que, según dicen, han estado en uso continuo durante cientos y cientos de años. Sin embargo, al mismo tiempo, han estimulado a muchos en todo el mundo por el uso sofisticado de los medios digitales para transmitir sus declaraciones y son uno de los pocos grupos de izquierda en el mundo que usa abiertamente las armas para avanzar sus demandas territoriales y su agenda política abiertamente anticapitalista.

La fascinación por esta combinación extraña es probablemente una de las razones por las que los zapatistas se debaten con tanto entusiasmo en círculos de izquierda y antirracistas en todo el continente americano y el mundo entero. La tensión captura, de una manera similar a la proclamación teórica del gran rechazo de Marcuse, una oposición liberadora que parece imposible y totalmente necesaria. Al mismo tiempo, la manera de los zapatistas de hacer política, de teorizar, de organizarse —en circunstancias diferentes a las que enfrentan los revolucionarios en el tiempo y el lugar de Marcuse— puede entenderse, con la teoría de Echeverría del ethe múltiple y moderno, no como expresiones de una modernidad “más o menos desarrollada”, sino como expresiones de desarrollos diferentes pero paralelos de las modernidades capitalistas, así como formas de luchar contra el capitalismo y sus lógicas destructivas.

Junto a las contribuciones de Echeverría, el concepto del Gran Rechazo de Marcuse puede y debería aplicarse, con gran utilidad, al análisis de las revueltas contemporáneas en México y en toda América Latina, pero, además, estos recursos conceptuales nos permiten ver nuestro camino hacia la política. Ese es el punto de la praxis crítica. Estas rebeliones se vuelven comprensibles y vemos cómo, en un nivel político, podría ser necesario y posible solidarizarse con tales rebeliones, sin presunción y condescendencia, sin caer en la típica mentalidad del Primer Mundo que erróneamente malinterpreta todos los demás movimientos como subdesarrollados. Partiendo de este nuevo punto de partida teórico, podría fundarse lo que podría llamarse una praxis crítica de las Américas, una nueva forma de solidaridad internacional; es decir, una nueva forma de organizar la lucha anticapitalista a escala mundial que prosigue sin privilegiar a los Estados Unidos, incluidas sus formas particulares de lucha popular, como una categoría analítica y sin glorificar al Subcomandante Marcos y los zapatistas, como ambos movimientos, al final del día, representan formas oscuras de análisis eurocéntrico.

Tales reflexiones conducen a la consideración de un problema teórico que surge al analizar a los zapatistas desde un punto de vista tradicionalmente de izquierda: ¿son las políticas zapatistas reformistas o revolucionarias? Echeverría puede ser útil aquí, ya que él —y no sólo en su concepto del ethos barroco— trata de desplegar una teoría social más allá de esta dualidad de reforma y revolución.

Es verdad que no hay continuidad entre la salida revolucionaria y la solución reformista. Como le gustaba repetir a Rosa Luxemburg, la revolución no es un cúmulo acelerado de reformas, ni la reforma es una revolución dosificada… Sin embargo, aunque son enteramente diferentes entre sí —incluso hostilmente contrapuestas—, la perspectiva revolucionaria y la reformista se necesitan mutuamente dentro del horizonte político de la izquierda (Echeverría, 1995: 36).

En el ensayo Postmodernidad y cinismo, Echeverría piensa acerca de dónde se encuentra la búsqueda reformista con la búsqueda revolucionaria al reflexionar sobre la condición de la alienación.

Si una teoría política que parte del concepto de “cosificación” acepta que existe la posibilidad de una política dentro de la enajenación, que la sociedad —aun privada de su soberanía posible— no está desmovilizada o paralizada políticamente ni condenada a esperar el momento mesiánico en el que le será devuelta su libertad política, el problema que se le plantea consiste en establecer los puntos de contacto en lo que la búsqueda reformista de un juego democrático apropiado para la conversión de los intereses civiles en voluntad ciudadana se toca con la búsqueda revolucionaria de una ampliación substancial de la escala de medida en la que la sociedad es capaz de tomar las decisiones sobre su propia historia (Echeverría, 1995: 54).

Tales afirmaciones podrían parecer reformistas, pero en el contexto mexicano actual son todo lo contrario y han sido confirmadas como tales —al menos por ahora— por la rebelión zapatista, que no está sufriendo la violencia militar total del ejército federal mexicano, en parte por el hecho de que las fuerzas reformistas protestan y actúan contra las instituciones del Estado mexicano con sus propios métodos específicos: reformistas (14). Esta es una razón más por la cual las reflexiones filosóficas de Echeverría, inspiradas por Hegel, Marx y la tradición de la Teoría Crítica, pueden ser muy útiles para comprender la rebelión del EZLN. La rebelión zapatista debe entenderse sin reducirla a su impulso moral y, al mismo tiempo, sin reducirla a sus aspectos revolucionarios: lo que significa que su naturaleza radical no debería oscurecerse por criticarlo por no ser en todo momento y en toda situación completamente revolucionario.

Finalmente, tal discusión de Echeverría y Marcuse no se completaría sin una consideración del importante filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, particularmente dada su relación teórica y política con los zapatistas. Sánchez Vázquez (1996) fue invitado como asesor del Foro Especial sobre la Reforma del Estado, realizado en julio de 1996 por el EZLN, y participó enviando una contribución discutiendo la cuestión de los derechos humanos en México, como una forma de considerar la rebelión zapatista y sus causas. Sánchez Vázquez, como veterano de la Guerra Civil española y marxista antidogmático, no se mantiene alejado de los zapatistas, sino que probablemente, sin embargo, necesitaría realizar ciertos saltos teóricos para aproximarse conceptualmente a la praxis y doctrina zapatista. A primera vista, la combinación de elementos de izquierda radicales y reformistas con ideas y tradiciones aparentemente premodernas es altamente inusual, y no sólo, quizás, para Sánchez Vázquez. Sin embargo, utilizando la concepción teórica de Echeverría del ethos barroco, esta extraña combinación se hace más comprensible, ya que Echeverría hace un esfuerzo por seguir las huellas de la supervivencia de las tradiciones antiguas y los conflictos que se agravan bajo la modernidad capitalista que actualmente domina en Latinoamérica. Por lo tanto, Sánchez Vázquez, en el documento preparado para el Foro Especial sobre la Reforma del Estado, por supuesto, entra en cuestiones de democracia y derechos humanos, que son de extrema importancia para los zapatistas, pero no llega a involucrarse en el análisis posiblemente necesario de las diferentes formas de democracia —por ejemplo, la forma parlamentaria por un lado y, por otro lado, la forma comunal que se practica en muchas partes de Chiapas bajo el control zapatista— y de diferentes entendimientos de lo que es la dignidad humana o debería ser. Aquí, Sánchez Vázquez permanece enmarcado, de alguna manera, dentro de los ideales occidentales clásicos heredados de la Revolución Francesa.

Desempeñando un papel en Latinoamérica desde la década de 1980 similar al papel que jugó Marcuse en Estados Unidos en las décadas de 1960 y 1970, Sánchez Vázquez fue uno de los primeros marxistas en México que subrayó la necesidad de abrir la teoría crítica hacia otros sujetos rebeldes, más allá de organizaciones de masas proletarias. Al hacerlo, Sánchez Vázquez preparó los andamiajes teóricos en México y Latinoamérica con los que un movimiento como los zapatistas de Chiapas podría entenderse, en círculos marxistas y de izquierda, no sólo intelectual, sino también políticamente.

El amplio reconocimiento público en México de Sánchez Vázquez como un importante intelectual otorgó un gran significado, y no sólo en los círculos izquierdistas, a su abierta defensa del impulso moral de los zapatistas, particularmente bajo las condiciones imperantes en las que sectores importantes de los círculos intelectuales mexicanos y las fuerzas políticas izquierdistas habían declarado durante mucho tiempo el uso revolucionario de las armas como algo completamente anacrónico. El impacto de su defensa se sintió más allá de la izquierda, y la resistencia siguió. El 25 de octubre de 2007, el libro de Sánchez Vázquez, Ética y política (15), fue presentado en un evento público en la Librería del Fondo de Cultura Económica Octavio Paz, la librería de la casa editorial mexicana más importante. Uno de los críticos del libro, José Woldenberg, el ex presidente del Instituto Federal Electoral, al que Sánchez Vázquez había invitado, expresó en esa ocasión: “por cierto, es siguiendo la lógica del propio maestro Sánchez Vázquez, que no acabo de comprender su condescendencia con el EZLN” (Woldenberg, 2007). Woldenberg agregó, “precisamente porque en nuestro país las vías de la política pública y pacífica no se encuentran… cerradas, es por lo que —para mí— resultaba absolutamente injustificable… la opción de la vía armada” (Woldenberg, 2007).

Al enmarcar su crítica de esta manera, Woldenberg revela, probablemente sin darse cuenta, lo que hace a Sánchez Vázquez una figura tan notable: la radicalidad del filósofo se expresa no sólo a través de sus teorías sino también a través de su política —una expresión que, en los homenajes públicos pronunció los propios seguidores del filósofo, también a menudo desaparece de la vista. Recordemos sólo algunos aspectos importantes: su membresía en el Partido Comunista Español; su cargo de director, a la joven edad de veintiún años, del periódico Ahora de las Juventudes Socialistas Unificadas españolas y sus más de doscientos mil miembros; y su servicio militar, incluida su dirección de la revista Acero para el V Cuerpo de Ejército de Enrique Líster, durante la Guerra Civil española en la lucha contra la dictadura fascista de Francisco Franco. Para Sánchez Vázquez, el compromiso con la transformación radical hacia un mundo sin explotación y represión se honró en la relación entre la teoría y la práctica en una vida filosófica y política.

Aunque Sánchez Vázquez nunca reconoce abiertamente una relación directa con Marcuse, en su giro al concepto de praxis, alejándolo del marxismo dogmático (16), a los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 de Marx —para lo cual hizo la primera traducción al español—, y al movimiento estudiantil de 1968 — señalando también el significado de sus textos para el movimiento— es claro, no sólo filosófica, sino también políticamente, que existe una importante proximidad entre las vidas y el trabajo de Sánchez Vázquez y Marcuse. Ambos buscan formas alternativas de teorizar la lucha anticapitalista más allá de la reducción dogmática a la lucha de las organizaciones de masas proletarias. Marcuse encuentra esta nueva, no jerárquica, forma de lucha en el Gran Rechazo. Sánchez Vázquez la encuentra en su concepto crítico de praxis, como la unión, de cada individuo que lucha, entre la reflexión crítico-teórica y la actividad política y material. La presencia política y filosófica de Sánchez Vázquez en México —incluyendo sus famosas clases en la Universidad Nacional Autónoma de México, en las cuales no sólo el Che Guevara contribuyó, sino también uno que más tarde se hizo famoso como el Subcomandante Marcos— ha sido, y sigue siendo, uno de los elementos que crearon la situación en la que los zapatistas pudieron surgir y, de alguna manera, ganar.

NOTAS:

1  Herbert Marcuse (1898-1979) ha sido considerado el primer ‘marxista heideggeriano’ (Schmidt, 1977: 59).

2  Bolívar Echeverría (1941-2010) comenzó su serio desarrollo intelectual a través de lecturas y discusiones en la escuela secundaria y la universidad en Quito, Ecuador. En un círculo de lectura, junto con Ulises Estrella, Fernando Tinajero Villamar, Iván Carvajal, Luis Corral y ocasionalmente Agustín Cueva Dávila, habló sobre Miguel de Unamuno, Albert Camus y Jean-Paul Sartre. “Cuando empezábamos a leer a Heidegger veíamos que sí: mucho más radical es el pensamiento de Heidegger que el de Sartre. Sartre nos gustaba por su conexión con la política concreta, con la historia concreta y Heidegger porque era un gran filósofo” (Echeverría, 1996).

3 Echeverría habla en otro lugar de “un ser objetivo subjetivo, provisto de una identidad his-tórico-cultural particular… la existencia histórico-concreta de las fuerzas productivas y consuntivas, es decir… la sustancia de la nación” (Echeverría, 1986: 192). Con esta línea de pensamiento, Echeverría po- dría estar hablando de los subsistemas de una sociedad en la cual, en cada caso, predominan códigos queestán más o menos unificados; sin embargo, dado que este concepto de la sustancia de la nación —transformado en otro lugar en el de la nación natural— es problemático para nosotros, no queremos usarlo aquí sin una introducción crítica. Aquí surge un problema que generalmente está presente en la teoría deEcheverría. Por un lado, es adecuado para indicar las diferencias internas dentro de una sociedad y dentro del sistema social actual, que se organiza a nivel global, y para hacer de estos los objetos de investigación. Sin embargo, podría parecer que se mueve en la dirección de un retorno a conceptualizaciones altamente dudosas, como la de la sustancia de la nación, que no llega a una teoría crítica de la sociedad. La naciónes un producto de la historia, del período burgués, y a él corresponde. Entonces, la teoría de Echeverría es posiblemente problemática para nosotros siempre y cuando la nación natural sugiera un esencialismo ahistórico.

4 Los extractos de las entrevistas de 1994 y 1996 de Stefan Gandler con Bolívar Echeverría se encuentran, y fueron tomados para este texto, del libro Marxismo crítico en México: Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría, de Gandler. Ver Gandler (2007: 112-113; 216-217). (N. de T.)
5 Ver, por ejemplo, el Subcomandante Marcos (2001).

6 El, anteriormente, miembro más conocido del EZLN, el subcomandante Marcos, entiende su guerra como una lucha contra el olvido. “La posición gubernamental dice que quiere acabar con las cau-sas que nos hicieron fuerza opositora y que pasemos a ser parte del gobierno. Nosotros decimos que esoes mentira, porque no van a poder solucionar las causas ni resolver las demandas de salud, tierra, trabajo, vivienda, alimentación de las comunidades porque no tienen dinero, están en crisis y no están dispuestos a invertir. Ellos sólo meten dinero donde van a sacar más, con mentalidad de empresarios. Los gober- nadores dejan de gobernar y se ponen a administrar un negocio. México deja de ser un país para ser una empresa con partes rentables y otras que no producen ganancia. Los indígenas son los que no producen ganancia. Si usted no produce ganancia está despedido, pero como no los pueden despedir del país, hay que aniquilarlos por bala, por olvido. Simplemente empiezan a tomar decisiones como si no existieran.Ese es el origen fundamental del alzamiento zapatista. Es una guerra contra el olvido” (Escarpit, 1995).

7 Véase Largend (1995) para información de antecedentes y detalles sobre la rebelión zapatista.

8 La base de este discurso se encuentra en ensayo de Postmodernidad y cinismo de Echeverría (1996). Ver este ensayo en Echeverría (1995: 39-54).
9 Aguascalientes es lo que los zapatistas llaman los lugares de reunión que han establecido en varias ocasiones en la Selva Lacandona, donde se alojan miles de personas con pocos recursos. El nombrehace referencia a la capital del estado mexicano de Aguascalientes, donde se celebró la Convención deAguascalientes durante la Revolución Mexicana. Fue allí donde se sentaron los cimientos para una nueva constitución posrevolucionaria, con la participación de los dos revolucionarios mexicanos más radicales, Emiliano Zapata y Pancho Villa.

10 Cuando Echeverría habla del mito de la revolución, como regla general, no se está refiriendo a lasteorías de Marx.
11 Esta banalidad de mantener el concepto de revolución en el mismo saco como el mito de la revolución es algo que ciertos círculos izquierdistas, y sobre todo los dogmáticos, comparten con los círculos con- servadores. Echeverría critica esto en otro lugar sobre la base de ciertas declaraciones políticas del intelectualorgánico fallecido de los recientes gobiernos mexicanos, Octavio Paz. Junto a estas dos posiciones, que equipa- ran el mito con el concepto de revolución para no tener que escuchar más sobre este último, aún pueden existirotras posiciones —como residuos— que el mismo Echeverría mantuvo en ciertos momentos; están presentes en grupos que de vez en cuando depositan una extrema confianza en sus fantásticas imaginaciones para no des- animarse demasiado pronto y así acercar el concepto de revolución a la realización. A pesar de las similitudes con la posición anterior en términos de la ecuación del concepto de revolución con el mito, no debemos olvidar que esta última orientación es diametralmente opuesta a la primera. El propio Echeverría, en la entrevista de 1996 conmigo, estuvo de acuerdo en que es necesario cierto grado de autoestimulación a través de elementosfantásticos y exagerados para soportar la carga de una acción revolucionaria (Echeverría, 1996).

12 Ya durante la Revolución Mexicana, que comenzó en 1910, había una contradicción peculiar en el país: incluso en la vida cotidiana, era sólo una línea invisible que separaba una calma que lindaba con la apatíade formas violentas de expresión, con formas intermedias menos presentes que, por ejemplo, en Frankfurt en la década de 1980. Bajo la dictadura de Porfirio Díaz, México fue considerado como uno de los países másestables de la Tierra, cuando la Revolución repentinamente explotó. De manera similar, casi nadie previó la rebelión zapatista que comenzó el 1 de enero de 1994. Además, se lanzó en una región en la que el PRI, Partido Revolucionario Institucional, siempre registraba cierta victoria electoral.

13 Tener en cuenta que poco antes de la entrevista, Echeverría participó como asesor de los zapatistas en el Foro Especial sobre Reforma del Estado organizado por los rebeldes y que incluyó varias mesas de dis- cusión, cada una presidida por un representante zapatista. Las frases citadas fueron expresadas obviamente por Echeverría al recordar lo que habían dicho los representantes rebeldes del sureste mexicano. También hay que tener en cuenta que, en este extracto de la entrevista, Echeverría comenta brevemente sobre el filósofo mexicano nacido en España, Adolfo Sánchez Vázquez —1915-2011—, que llegó a México en 1939 a raíz de la derrota de la República en la Guerra Civil española. Sánchez Vázquez desarrolló un marxismo no dogmático que es consistente con las tendencias en Teoría Crítica de Marcuse. Para un contexto histórico adicional respecto a la entrevista de Echeverría de 1996, ver Gandler (2007: 83-138). Porfirio Muñoz Ledo era el líder del partido de izquierda reformista PRD, Partido de la Revolución Democrática, el único partido en México con relevancia parlamentaria que no se situó del lado del gobernante PRI. Manuel Camacho Solís fue el representante del gobierno federal mexicano durante las primeras negociaciones de paz con los zapatistas y, en ese período —1994—, fue un íntimo confidente del entonces presidente, Carlos Salinas de Gortari. En 1996, Camacho Solís abandonó el PRI y se unió al PCD, Partido del Centro Democrático, y luego al PRD a la izquierda reformista.

15  Ver Sánchez Vázquez, (2007).

16  Ver Sánchez Vázquez (1972).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Echeverría, Bolívar. (1996, julio 10). Entrevista con Stefan Gandler.

Ejército Zapatista de Liberación Nacional (México). (1994). EZLN: Documentos y comunicados (Vols. 1–5). México. Ediciones Era.

Escarpit, Francoise. (1995, diciembre 27). El gobierno, sin una línea clara de negociación, asegura Marcos. La Jornada.

Gandler, Stefan. (2007). Marxismo crítico en México: Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría. México. Fondo de Cultura Económica.

Largend, Etienne. (1995). Was gibt die Bestie im Tausch fur das, was sie nimmt? Zum Kräfeverhältnis zwischen EZLN und dem mexikanischen Regime. Die Beute: Politik und Verbrechen, 6, 7-18.

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Sánchez Vázquez, Adolfo. (1972). Filosofía de la praxis (2da ed.). México. Grijalbo. Sánchez Vázquez, Adolfo. (1996, agosto). Entrevista con Stefan Gandler.

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Schmidt, Alfred. (1977). Herrschaf des Subjekts: Über Heideggers Marx- Interpretation. En Jürgen Busche (Ed.), Martin Heidegger: Fragen an sein Werk; Ein Symposion. Stuttgart. P. Reclam.

Woldenberg, José. (2007). Ética y política. Revista de la Universidad de México, 46, 92-93. Disponible en http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/4607/ woldenberg/46woldenberg.html.

 

El insoportable irrealismo del presente

Poscapitalismo y sociedad

Avanzar hacia el poscapitalismo no implica erradicar las fuerzas del mercado de la noche a la mañana ni aceptar los métodos de planificación centralizada de la economía soviética. El propósito es diseñar una transición controlada en la que las fuerzas del mercado dejen de operar como el principal mecanismo de asignación de bienes y servicios en el planeta, en la que el Estado se reduzca y se desactiven las acumulaciones de deuda. Para diseñar esa transición es necesario partir de la realidad.

Por Paul Mason

Lo que caracteriza el momento presente en la historia es una sensación dominante de irrealismo entre las elites. Los discursos oficiales ya no se utilizan como guías para la acción, las leyes no se aplican y se ignoran las reglas.

La máxima expresión del irrealismo mundial está contenida en dos gráficos. El primero es la proyección de la Oficina de Presupuestos del Congreso de Estados Unidos de la relación entre la deuda y el PIB hasta 2048.

Gráfico 1. Relación entre deuda y PIB en Estados Unidos

El gráfico proyecta para 2030 niveles de deuda normalmente asociados a tiempos de guerra –solo que en tiempos de paz–, empujados fundamentalmente por la determinación de Estados Unidos de seguir gastando en defensa, seguridad social y Medicare sin incrementar los impuestos como porcentaje del PIB. A diferencia de lo registrado en la Segunda Guerra Mundial, no hay un plan realista –o siquiera una intención declarada– de disminuir esta acumulación de deuda. Por primera vez en la historia del capitalismo industrial, una gran economía está construyendo una enorme cantidad de deuda en tiempos de paz y no hay un modo realista de disminuirla.

De acuerdo con las proyecciones de la Oficina de Presupuestos del Congreso, durante los próximos 30 años el PIB estadounidense se incrementará de 20 billones a 65 billones de dólares, mientras que la deuda se disparará de 16 billones a 97 billones. El déficit permanecería entonces en 8% anual, lo que promovería, por parte de los economistas ortodoxos, demandas de austeridad en una escala que es insostenible para Estados Unidos en la actualidad. El supuesto subyacente es que la población del país aceptará un derrumbe en su nivel de vida, el mundo seguirá comprando el billete estadounidenseo el Estado emitirá dinero como una solución a su insolvencia.

Observemos ahora el segundo gráfico: una elaboración del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) que muestra que es necesario reducir las emisiones de dióxido de carbono en forma drástica en los próximos 20 a 35 años si queremos evitar un colapso catastrófico e incontrolable.

Gráfico 2. Trayectorias ideales de emisiones netas globales de CO2 (en miles de millones de toneladas por año)


El IPCC sostiene que, para lograr esta reducción, «serían necesarias transiciones rápidas y de gran alcance en energía, tierras, urbanismo e infraestructura (incluyendo transporte y edificaciones) y sistemas industriales», lo que demandaría «una ampliación significativa de las inversiones en estas alternativas».

La pregunta estratégica que enfrenta la humanidad

La única pregunta estratégica que enfrenta la humanidad es si los países del mundo desarrollado que están más severamente endeudados están preparados para encontrar los recursos para concretar esta transformación. La pregunta complementaria es si, para lograrlo, estamos preparados para destruir la influencia política del sector de los combustibles fósiles y de los sectores financieros que evaden su responsabilidad fiscal. Hasta que no respondamos estas preguntas, estaremos perpetuando la cultura del irrealismo.

En Estados Unidos ha surgido un novedoso y potente movimiento que busca concretarlo. El Nuevo Pacto Verde (Green New Deal), presentado como proyecto de ley en el Congreso por la nueva representante por Nueva York Alexandria Ocasio-Cortez, promete compromisos de inversión por un plazo de diez años que sus detractores han totalizado en 6 billones de dólares adicionales por año. Los defensores del Nuevo Pacto Verde se resisten a aceptar esa cifra. Sostienen que, de acuerdo con la teoría monetaria supuestamente moderna, en todo caso el precio se puede pagar emitiendo deuda e imprimiendo dinero, por lo que la cifra es irrelevante.

Aunque aplaudo su desparpajo, en cierto modo se basa en las mismas premisas de la política fiscal del presidente Donald Trump: es decir, que el dinero fiduciario le permite al Estado superar eternamente la dinámica tradicional de endeudamiento. Dicho de otra manera, la dinámica interna de un sistema de mercado capitalista, en la que en algún punto la deuda elevada crea inestabilidad y depreciación monetaria y el costo para el gobierno de tomar dinero prestado se descontrola, se puede evitar mediante el dinero fiduciario.

La única forma de inyectar realismo en el debate es hacer una pregunta que ni la elite económica de Davos ni los miembros progresistas del Partido Demócrata, ni siquiera la mayor parte del movimiento ecologista, están preparados para considerar: ¿son compatibles las soluciones con el capitalismo?

La sublevación de la tecnología

En Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro (2015), sostuve que no. El mayor problema para la sustentabilidad de la deuda estadounidense (o, para el caso, la de Japón o la eurozona) no es si el sistema financiero se puede mantener con vida gracias al dinero fiduciario. El mayor problema es que la tecnología de la información está en rebelión contra las instituciones sociales y económicas que la rodean.

En una economía capitalista de la información el valor que se genera es demasiado poco como para justificar el tamaño de la deuda actualmente acumulada, los déficits permanentes o las proyecciones fiscales de los principales Estados. La tecnología de la información crea caídas exponenciales en los costos de producción de información, bienes informacionales y algunos bienes físicos y servicios. Produce utilidad en enormes cantidades, a través de los efectos de red, y tiende a democratizar y abaratar la innovación.

Suprime el mecanismo normal de adaptación, por el cual la innovación produce nuevos bienes con mayores costos de insumos (incluida la mano de obra) y que permiten la existencia de empleos con mayores salarios. Además, la automatización tiene el potencial de erradicar 47% de los puestos de trabajo o 45% de las actividades.

En los últimos 15 años hemos construido un sistema altamente disfuncional, que es insostenible de acuerdo con todas las premisas tradicionales. Es un sistema de monopolios únicos permanentes, con una búsqueda masiva de renta financiera y de explotación financiera, creación de puestos de trabajo con bajos salarios y poca calificación, diseñados para mantener a la gente en el sistema de crédito y extracción de datos, y enormes asimetrías de poder e información entre empresas y consumidores.

Como resultado, el largamente esperado despegue de la Cuarta Revolución Industrial no se está produciendo. Sin importar cuántos economistas schumpeterianos predigan su llegada inminente en caso de que los Estados tomen un rol más activo en la coordinación industrial, esto no podrá ocurrir en el marco de una economía global de mercado altamente endeudada y monopolizada.

Rediseño rápido del sistema

Por ende, junto con la transición a una economía de carbono cero, necesitamos un rápido rediseño del sistema, en el cual el sector de mercado se achique en relación con el sector público, emerja un sector colaborativo no mercantil, el dinero deje de funcionar como reserva de valor y haya una rápida reducción de las horas trabajadas dentro del sistema remunerado.

Si se observa lo suficiente la proyección de deuda para Estados Unidos y un gráficocomo el número 3 –que muestra la velocidad con que la humanidad ha arruinado el mundo al utilizarlo como un desagüe para procesos que implican un gran uso de carbono–, se hace evidente que el capitalismo ha llegado a un momento decisivo. Está demasiado endeudado para seguir funcionando con normalidad y es estructuralmente demasiado adicto al carbono. Los acreedores de la deuda y los que tienen los derechos para quemar carbono irán a la bancarrota, o el clima global colapsará.

Gráfico 3. Emisiones anuales de CO2 (miles de millones de toneladas por año) por región

A mediano plazo, necesitamos una forma diferente de capitalismo, pero esta no será estable ni permanente, e incluso esa forma deberá crearse mediante algo que va a parecerse a una revolución. Será necesario desincentivar el uso del carbono al tiempo que se redistribuye en gran escala la riqueza y se le permite al Sur global continuar desarrollándose y superar las enormes distorsiones estructurales creadas por los monopolios tecnológicos, los buscadores de renta, los especuladores financieros y los Estados y empresas que acumulan datos.

Avanzar hacia el postcapitalismo no involucra erradicar las fuerzas del mercado de la noche a la mañana ni aceptar los métodos de planificación centralizada de la economía soviética. El propósito es diseñar una transición controlada en la que las fuerzas del mercado dejen de operar como el principal mecanismo de asignación de bienes y servicios en el planeta, en la que el Estado se reduzca y se desactiven las acumulaciones de deuda.

La tecnología de la información facilitará un movimiento más allá de la escasez en grandes sectores de la economía. El cambio climático demanda que erradiquemos ciertos usos del carbono. La dinámica de la deuda mundial, combinada con el problema del envejecimiento de la población, implica que necesitamos algo más radical y sustentable que el dinero fiduciario y una masa de deuda que nunca se saldará.

¿Demasiado estridente?

Cuando en Postcapitalismo advertí que si no abandonábamos el neoliberalismo este destruiría la globalización, el Financial Times dijo que la advertencia era «innecesariamente estridente». Pero resultó que no era suficientemente estridente.

Mientras Trump saca a Estados Unidos del Acuerdo de París sobre cambio climático, su par brasileño Jair Bolsonaro se prepara para quemar el Amazonas y poderosos movimientos en toda Europa buscan proteger los estilos de vida basados en el automóvil de motor diesel, solo una nueva y gran idea global podrá revertir la situación.

En las próximas columnas delinearé lo que eso significa para las nuevas alianzas políticas progresistas que es preciso formar, cómo estas tendrán que llevar adelante con inteligencia la guerra cultural por venir y por qué el Estado –ignorado durante tanto tiempo por los movimientos ecologistas y por la justicia social– está en el centro de la solución.

Las premisas gemelas de la tecnocracia de nuestro tiempo –que el sistema social actual puede lograr un nivel cero de carbono y que el dinero fiduciario puede compensar por siempre el crecimiento de la deuda– son las que hacen que la formulación de políticas sea en tal medida irreal. Tenemos que empezar a ser realistas.

 

Este texto es el primero de una serie que Paul Mason publicará en la revista Social Europe.

Traducción: María Alejandra Cucchi

Fuente: Social Europe e IPS-Journal

Planeta Houellebecq

Los thrillers metafísicos del escritor francés forman una cartografía del malestar. Su literatura, antimoderna y actual, denuncia que no sabemos qué hacer con la libertad.
Por Manuel Arias Maldonado
Cuando Serotonina llegó a las librerías a primeros de enero, la revuelta de los “chalecos amarillos” había vivido ya su diciembre glorioso: una sucesión de manifestaciones que empujaron al jupiterino Emmanuel Macron a rectificar su agenda reformista ante el imprevisto levantamiento de la Francia rural. Michel Houellebecq, sin embargo, no debió de sorprenderse demasiado: los lectores de su novela comprobaron de inmediato que el alzamiento de las provincias francesas había sido descrito ya en ella. Ha venido así a confirmarse la reputación profética que acompaña al escritor: Plataforma describía un atentado islamista contra turistas occidentales en Tailandia similar al perpetrado en Bali un año después, y Sumisión, que relata cómo una coalición antilepenista lleva al Elíseo a un presidente musulmán, se publicó el día del atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo. Nada de eso significa que Houellebecq posea dotes adivinatorias; sin embargo, resulta evidente que estamos ante un agudo observador de su realidad social, cuyas corrientes de fondo es capaz de identificar. De manera que sus novelas, que no pertenecen al género del realismo social ni han sido escritas sobre la base de ningún “compromiso”, constituyen un inmejorable retrato de época: como si un sociólogo de la modernidad tardía se sentara a escribir obras de ficción.

Sería un error, naturalmente, identificar la visión que Houellebecq tiene de su época con la época misma. Sus narradores no son la conciencia hegeliana de su tiempo, sino conciencias desgraciadas que exhiben –en el curso de thrillers metafísicos que no parecen serlo– una notable capacidad reflexiva. Y si bien la descripción que Houellebecq hace de sus semejantes no encaja con el resultado de las encuestas sobre satisfacción vital realizadas en los países occidentales, la suya es una visión plausible –aunque inevitablemente parcial– del mundo. Hablamos de la cosmovisión que nos transmiten sus narradores, en primera o más raramente en tercera persona; si bien el narrador no es el autor, hay una indudable continuidad temática y estilística entre los distintos registros de Houellebecq: novelístico, poético, ensayístico. De hecho, tal como ha recordado Juan Francisco Ferré en su reseña de Serotonina, el Houellebecq poeta suele anticipar las inflexiones del Houellebecq novelista. Ya en su primera novela, Ampliación del campo de batalla, expone la índole de su programa artístico a partirde la observación sociológica:

Esta progresiva desaparición de las relaciones humanas plantea ciertos problemas a la novela. […] La forma novelesca no está concebida para retratar la indiferencia, ni la nada; habría que inventar una articulación más anodina, más concisa, más taciturna.

Desaparición de las relaciones humanas: Houellebecq se nos muestra desde el principio como un crítico de la modernidad. Es una crítica “situada”, esto es, realizada desde la posición particular del varón blanco de clase media; el autor no se engaña al respecto ni aspira a que su voz valga por todas las voces posibles. En ese sentido, el protagonista de su última ficción nos suministra un autorretrato que vale para el tipo de subjetividad que Houellebecq pone en escena –a distintas edades– una y otra vez:

Ahora yo era un hombre occidental de edad mediana, al abrigo de la necesidad durante algunos años, sin parientes ni amigos, desprovisto tanto de planes personales como de verdaderos intereses, profundamente decepcionado por su vida profesional anterior, y que había vivido en el ámbito sentimental experiencias diversas cuyo denominador común era su interrupción, desprovisto en el fondo tanto de razones para vivir como para morir.

No obstante, Houellebecq retrata a personajes de muy distinto tipo, unidos todos ellos por su pertenencia común a –según leemos en Las partículas elementales– “una humanidad cansada, agotada, llena de dudas sobre sí misma y sobre su propia historia”. Resulta de aquí, al decir de Carole Sweeney, una “literatura de la desesperación”. Pero si lo es, se encuentra atemperada por el empleo de recursos que encontramos también en pesimistas como Cioran o Bernhard: distancia, exageración, comicidad. Houellebecq mismo es incapaz de tomarse del todo en serio y hace gala de una procaz reflexividad: si en El mapa y el territorio se describe como “una vieja tortuga enferma”, en La posibilidad de una isla parece retratarse a través del protagonista, exitoso cómico que se ve a sí mismo como “un Zaratustra de las clases medias”. Su encarnación cinematográfica en El secuestro de Michel Houellebecq, por lo demás, no puede ser más paródica: nuestro autor se comporta con mansedumbre ante unos delincuentes inofensivos de los que se hace amigo compartiendo una botella de alcohol tras otra.

Que Houellebecq sea un crítico de la modernidad no le convierte en un reaccionario; se trata más bien de un pensador religioso. O, si se prefiere, de alguien que piensa sobre la ausencia de la religión. Su método es inductivo: son los efectos observados de la modernidad en las vidas de los individuos, descritas en sus novelas, los que motivan la pregunta acerca de sus causas. Son efectos devastadores, tal como atestigua la recurrente figura del loser en su obra. Florent-Claude, narrador de Serotonina, expone con claridad el panorama:

Ya nadie será feliz en Occidente, pensaba además, hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente no se dan las condiciones históricas. […] y era quizá, para el Occidente anteriormente calificado de judeocristiano, el milenio de más, en el mismo sentido en que se habla del combate de más para un boxeador.

Nada sorprendente en un devoto lector de Schopenhauer, a quien ha dedicado un breve ensayo traducido también a nuestra lengua. Pero si Houellebecq es el cronista de “la escoria del primer mundo”, como ha escrito Jorge Freire, es porque a sus ojos tal escoria posee cualidad de indicio. Y aunque sus descripciones no incluyen prescripciones sobre el modo en que deberíamos vivir, es discernible en ellas un aliento romántico: la nostalgia por un mundo más sencillo donde las relaciones humanas siguen mereciendo tal nombre. En el peor de los casos, esa nostalgia es reemplazada por el vislumbre de un mundo poshumano donde la clonación hace posible una inmortalidad sin recuerdos personales. Houellebecq, sencillamente, no está convencido de que la modernidad haya mejorado nuestra existencia. Es así como entronca con una variopinta tradición contramoderna típicamente francesa que florece con la revolución: De Maistre, Bloy, Huysmans.

Pero Houellebecq no vive la transición del viejo al nuevo orden, sino el triunfo de la modernidad liberal tras la caída del comunismo. Leemos así en La posibilidad de una isla que la moralidad de nuestra época ha puesto “la competencia, la innovación y la energía” donde antes regían “la fidelidad, la bondad y el deber”. Se aprecia aquí la marca del nostálgico: quien de un solo golpe idealiza el pasado y denigra el presente. Para Houellebecq, la “ideología del cambio continuo” reduce la existencia a su dimensión individual. Y al perder el sentido de lo trascendente no solo estamos neutralizando la continuidad entre generaciones, según reza un viejo tema conservador, sino privándonos de consuelo: “En otras épocas el ruido de fondo lo constituía la espera del reino del Señor; hoy lo constituye la espera de la muerte.” En este sentido, Houellebecq es también un pensador del fin de las ideologías, pues fueron las grandes ideologías modernas las que bajaron a la tierra la promesa de la redención. Su fracaso, sugiere el novelista francés, nos deja a los pies de los caballos: sin salvación religiosa ni esperanza secular.

Por eso, los personajes de Houellebecq buscan un refugio. Y entre ellos, destaca aquel que todos parecemos tener más a mano: el amor. En una sociedad inhóspita, sostiene Florent-Claude en Serotonina, “el amor seguía siendo lo único en lo que todavía se podía, quizá, tener fe”. Houellebecq parece suscribir la doctrina platónica sobre la incompletud del alma, citada explícitamente en La posibilidad de una isla, según la cual buscamos con el amor encontrar nuestra otra mitad. Sin embargo, el amor fracasa una y otra vez en las novelas del escritor francés. Al igual que sucede con la felicidad, no se dan las condiciones para su desenvolvimiento: “el amor solo puede nacer en condiciones mentales especiales, que pocas veces se reúnen, y que son de todo punto opuestas a la libertad de costumbres que caracteriza la época moderna”. Houellebecq sugiere que la emancipación moral y sexual alcanzada en el siglo XX ha arruinado los mecanismos del enamoramiento: el vagabundeo sexual inhibe la proyección sentimental en el otro y, mientras tanto, aspiramos a una libertad incompatible con el compromiso. La socióloga Eva Illouz ha presentado conclusiones similares en sus estudios sobre el amor en la modernidad tardía.

Es en ese marco donde deben encuadrarse las críticas de Houellebecq al feminismo, que a su juicio habría impulsado un concepto de la autonomía personal que refuerza el individualismo liberal; el feminismo sería otra fuerza disolvente, otra dificultad añadida al entendimiento intersubjetivo. De ahí viene, también, su feroz crítica al sesentayochismo. Paradójicamente, la sexualidad “liberada” auspiciada por la contracultura encaja como un guante en la estructura del libre mercado: el fin del matrimonio indisoluble conduce a una liberalización del sexo que consagra a este como un sistema de diferenciación tan implacable como el dinero. Si en el viejo régimen monogámico, señala Houellebecq, todos terminan por encontrar un hueco, el desigual reparto del capital erótico produce ahora una marcada desigualdad sexual: hay quienes tienen mucho y quienes no tienen nada. Por añadidura, las aspiraciones igualitarias del 68 no sirven para nada: “Nunca ha habido comunismo sexual”, concluye el Bruno de Las partículas elementales tras charlar con un veterano activista. Así que la belleza es un dato natural, prepolítico, que diferentes regulaciones morales canalizan de distinto modo: hacia el orden de la monogamia forzosa o el desorden de la poligamia voluntaria. Esta última encuentra en el turismo de masas, descrito sin misericordia en Plataforma o Lanzarote, un medio de lo más favorable: dudoso placebo para individuos desorientados.

En Serotonina, por lo demás, aparece el problema de la desigualdad económica. Aunque los protagonistas de Houellebecq siempre han mostrado cierta afición por el mundo provincial y no se han confinado en París, esta novela hace una crítica frontal de la brecha entre campo y ciudad, constatando de paso la avería definitiva del ascensor social bienestarista. Florent-Claude, que ha trabajado en la política agrícola, ha encontrado durante años a “personas dispuestas a morir por la libertad de comercio”. Así, no es de extrañar que Houellebecq, quien en su intercambio epistolar con Bernard-Henri Lévy define al provocador como aquel que calcula el efecto de sus palabras sobre los demás y niega rotundamente serlo él mismo, haya elogiado a Donald Trump: aunque es un sujeto “repulsivo”, puede liberar al mundo del paternalismo norteamericano y dar comienzo a una resoberanización de las naciones occidentales. Houellebecq es aquí bastante francés: le gusta Trump porque en él reconoce a un De Gaulle.

Una soberanía fuerte capaz de hacer el mundo más comprensible a un individuo protegido en el interior de su comunidad nacional: es lo más cerca que ha estado Houellebecq de plantear un programa político. Hasta el momento, su “modestia ideológica” ha producido personajes que oscilan entre la impotencia y la desidia. “¿Qué podemos hacer, todos nosotros, en cualquier circunstancia?”, se pregunta un Florent-Claude que tampoco culpa al mundo: él mismo se ha abandonado. Antes que él, el Bruno de Las partículas elementales veía las cosas de manera parecida:

La culpa no era del todo suya, pensaba; habían vivido en un mundo terrible, un mundo de competición y de lucha, de vanidad y de violencia; no habían vivido en un mundo armonioso. Por otra parte, tampoco habían hecho nada para modificar ese mundo ni habían contribuido a mejorarlo en lo más mínimo.

Otras posibilidades de redención buscan lo mismo que el amor: devolver al individuo la sensación de confort psicológico que desapareció junto al sentimiento religioso. Esa función cumplen las sectas: los elohimitas en La posibilidad de una isla y los azralianos en Lanzarote. Y, naturalmente, el islam. Si en Lanzarote ya nos encontramos con la esposa marroquí de un policía belga que regresa al islam cansada de una vida sexual libertina, Sumisión nos presenta a un solitario académico que trata en vano de recuperar su fe católica a base de visitar un santuario dedicado a la Virgen en la Francia interior. Poco después, en el marco del ascenso político del islamismo, François encuentra en la religión musulmana un sólido orden cuyo sentido le explica un intelectual francés ya convertido:

La idea es asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta. […] Hay una relación entre la sumisión de la mujer al hombre, tal como la describe Historia de O, y la sumisión del hombre a Dios, tal como la entiende el islam.

Una sociedad humana habría de organizarse entonces como una cadena de sumisiones en cuyo vértice está Dios, autoridad trascendente que –como defendía De Maistre– evita a los seres humanos la discusión fatigosa e irresoluble sobre la legitimidad política secular. Ante el desfondamiento del catolicismo, el islam ofrece a François una solución pragmática que le exonera del triste destino de Florent-Claude, a quien ni siquiera la producción artificial de serotonina libra del suicidio. Por eso acierta Mark Lilla al señalar que el François que se acerca al islam no sueña con el harén exótico colonial, sino con eso que los psicólogos llaman “romance familiar”. Vale decir: un hogar; un descanso. Frente al caos del pluralismo, el consuelo de la unidad: reconciliación del individuo con el cuerpo social y, por ese camino, consigo mismo.

Houellebecq sostiene, en fin, que no sabemos lo que hacer con nuestra libertad: tras la excitación asociada al proceso histórico de su conquista, demolido ya el Antiguo Régimen, el sueño de la independencia personal se convierte en la pesadilla del aislamiento. No hay más que ver la penúltima hoja de ruta de Florent-Claude: “utilizando el triturador de basuras, por una parte, y el nuevo servicio de entrega de comidas a domicilio creado por Amazon, por otra, podría alcanzar una autonomía casi perfecta”. Por suerte, Houellebecq sí ha sabido qué hacer con su libertad: escribir absorbentes novelas sobre sus contemporáneos. ~

Fuente: https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/planeta-houellebecq