Cómo ser un anticapitalista hoy

Por Erik Olin Wright

[Este artículo resultará a la vez útil y polémico para muchos de nuestros lectores. Por eso lo publicamos.

Por un lado, su descripción de las cuatro lógicas que han animado históricamente el anticapitalismo (destruir, domar, escapar y erosionar) nos ayuda a entender las lógicas que “no son la nuestra”, a abrir la mente a otras formas de anticapitalismo. En este sentido resulta particularmente interesante el análisis de las “utopías reales”.

Por otro lado, el autor valora cada una de estas formas de anticapitalismo y hace una propuesta de cómo pueden combinarse en una alternativa viable. Esta parte resultará polémica: “Así que, ¿cómo ser un anticapitalista en el siglo XXI? Renunciar a la fantasía de aplastar el capitalismo. El capitalismo no es dinamitable, al menos si se quiere construir realmente un futuro de emancipación… Domar y erosionar el capitalismo son las únicas opciones viables.”

Pero no es necesario compartir esta propuesta para sacar provecho del artículo. Quienes crean que sigue siendo necesario mantener la perspectiva de destruir el capitalismo pero consideren que no es un posibilidad cercana, seguramente verán la conveniencia de combinar esta perspectiva con el reconocimiento de la utilidad de la lucha por reformas (como hacía la socialdemocracia histórica) y de construir “utopías reales” (como hacen algunas corrientes anarquistas y autónomas) como formas de ganar batallas parciales en la guerra de posiciones que hay por delante. Y en todo caso tratar de entender otras lógicas y experiencias es siempre un ejercicio saludable. Redacción.]

El anticapitalismo no es simplemente una postura moral contra la injusticia, sino que se trata de construir una alternativa.

Para muchas personas la idea de anticapitalismo parece ridícula. Después de todo, las empresas capitalistas nos han traído fantásticas innovaciones tecnológicas en los últimos años: los teléfonos inteligentes y el streaming de películas; coches sin conductor y redes sociales; pantallas Jumbotron para los partidos de fútbol y juegos de vídeo que conectan miles de jugadores de todo el mundo; cada producto de consumo concebible está disponible en Internet para una entrega a domicilio rápida; aumentos asombrosos de la productividad del trabajo gracias a las tecnologías de automatización nuevas, etc.

Y si bien es cierto que el ingreso se distribuye de manera desigual en las economías capitalistas, también es cierto que el conjunto de los bienes de consumo disponibles y asequibles para la persona media, e incluso para los pobres, se ha incrementado drásticamente en casi todas partes. Basta con comparar los Estados Unidos en el medio siglo entre 1965 y 2015: el porcentaje de estadounidenses con aire acondicionado, coche, lavadora, lavavajillas, televisor y agua corriente ha aumentado enormemente. La esperanza de vida es más larga; la mortalidad infantil, más baja.

En el siglo XXI, esta mejora de los niveles de vida básicos también se ha producido en las regiones más pobres del mundo: las condiciones materiales de millones de personas que viven en China desde que abrazó el libre mercado han mejorado de forma muy significativa. Es más, miremos lo que pasó cuando Rusia y China intentaron una alternativa al capitalismo. Aparte de la opresión política y la brutalidad de esos regímenes, fueron fracasos económicos. Así pues, si usted se preocupa por mejorar la vida de las personas, ¿cómo se puede ser anticapitalista? Ese es un relato, el relato estándar.

He aquí otro relato: el sello distintivo del capitalismo es la pobreza en medio de la abundancia. Esta no es la única cosa que va mal con el capitalismo, pero es su defecto más grave. La pobreza generalizada –especialmente entre los niños, que claramente no tienen ninguna responsabilidad de su situación– es moralmente reprobable en las sociedades ricas donde podría ser eliminada fácilmente. Sí, hay crecimiento económico, innovación tecnológica, aumento de la productividad y una difusión hacia las clases bajas de los bienes de consumo, pero junto con el crecimiento económico capitalista viene la miseria para muchos, cuyos medios de sustento han sido destruidos por el avance del capitalismo, la precariedad de los que están en la parte inferior del mercado de trabajo, y el trabajo alienante y tedioso para la mayoría.

El capitalismo ha generado enormes aumentos en la productividad y una riqueza extravagante para algunos, pero muchas personas todavía luchan para llegar a fin de mes. El capitalismo es una máquina de ampliación de la desigualdad, además de una máquina de crecimiento. Por no hablar de que cada vez es más claro que el capitalismo, impulsado por la búsqueda incesante de ganancias, está destruyendo el medio ambiente. Ambas cosas están ancladas en las realidades del capitalismo. No es una ilusión que el capitalismo ha transformado las condiciones de vida materiales en el mundo y ha aumentado enormemente la productividad humana; muchas personas se han beneficiado de esto. Pero igualmente, no es una ilusión que el capitalismo genera grandes daños y perpetúa formas innecesarias de sufrimiento humano.

La cuestión fundamental no es si en promedio han mejorado las condiciones materiales en el largo plazo en las economías capitalistas, sino más bien si, mirando hacia adelante desde este punto de la historia, las cosas serían mejores para la mayoría de la gente en un tipo alternativo de economía. Es cierto que las economías centralizadas, autoritarias, estatales de Rusia y China del siglo XX fueron en muchos aspectos fracasos económicos, pero esas no son las únicas posibilidades. Donde radica el verdadero desacuerdo –un desacuerdo fundamental– es en la cuestión de si es posible tener la productividad, la innovación y el dinamismo que vemos en el capitalismo sin tener que sufrir los daños que causa. Margaret Thatcher anunció a principios de la década de 1980 su famosa consigna “no hay alternativa”, pero dos décadas después, el Foro Social Mundial declaró “otro mundo es posible”.

Sostengo que otro mundo –uno que mejoraría las condiciones del bienestar humano para la mayoría de la gente– es sin duda posible. De hecho, elementos de este nuevo mundo ya se están creando hoy en día, y existen formas concretas para pasar de aquí a allí. El anticapitalismo es posible, no simplemente como una postura moral ante los daños y las injusticias del capitalismo global, sino como una actitud práctica hacia la construcción de una alternativa de mayor bienestar humano.

Los cuatro tipos de anticapitalismo

El capitalismo engendra anticapitalistas. A veces, la resistencia al capitalismo cristaliza en ideologías coherentes que ofrecen tanto diagnósticos sistemáticos de la fuente de los daños como prescripciones claras sobre cómo eliminarlas. En otras circunstancias, el anticapitalismo se impregna de motivaciones que a simple vista poco tienen que ver con el capitalismo, como las creencias religiosas que llevan a las personas a rechazar la modernidad y buscar refugio en comunidades aisladas. Pero siempre, siempre que exista el capitalismo, habrá descontento y resistencia de una forma u otra.

Históricamente, el anticapitalismo ha estado animado por cuatro lógicas diferentes de resistencia: destruir el capitalismo, mitigar el capitalismo, escapar del capitalismo y erosionar el capitalismo. Estas lógicas a menudo coexisten y se entremezclan, pero cada una de ellas constituye una forma distinta de dar respuesta a los daños causados por el capitalismo. Estas cuatro formas de anticapitalismo se pueden considerar como variables a lo largo de dos dimensiones. Una se refiere al objetivo de las estrategias anticapitalistas –trascender las estructuras del capitalismo o simplemente neutralizar las peores lacras del capitalismo–, mientras que la otra dimensión se refiere al objetivo principal de las estrategias: si el destino es el Estado y otras instituciones en el nivel macro del sistema o las actividades económicas de las personas, organizaciones y comunidades a nivel micro. Tomando estas dos dimensiones en conjunto obtenemos la tipología que se expone a continuación.

1. Destruir el capitalismo

Dada la forma en que el capitalismo devasta las vidas de tanta gente y dado el poder de sus clases dominantes para proteger sus intereses y defender el status quo, es fácil entender el atractivo de la idea de aplastar el capitalismo. El argumento viene a decir lo siguiente: el sistema está podrido. Todos los esfuerzos por hacer la vida tolerable dentro de él fallarán en el futuro. De vez en cuando puede que sean posibles pequeñas reformas que mejoren la vida de las personas, cuando las fuerzas populares son fuertes, pero estas mejoras serán siempre frágiles, vulnerables a los ataques y reversibles.

La idea de que el capitalismo se puede convertir en un orden social benigno, en el que la gente común puede vivir una vida floreciente, con sentido, en última instancia es una ilusión, ya que, en su esencia, el capitalismo es irreformable. La única esperanza es destruirlo, barrer los escombros y luego construir una alternativa. Como proclaman las palabras finales de la canción obrera Solidaridad para siempre: “Podemos crear un mundo nuevo a partir de las cenizas del viejo”.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo es posible para las fuerzas anticapitalistas acumular poder suficiente para destruir el capitalismo y reemplazarlo por una alternativa mejor? Esta es sin duda una tarea de enormes proporciones, porque el poder de las clases dominantes, que hace de la reforma una ilusión, también bloquea el objetivo revolucionario de una ruptura en el sistema. La teoría anticapitalista revolucionaria, inspirada por los escritos de Marx y ampliada por Lenin, Gramsci y otros, ofrece un argumento atractivo acerca de cómo podría tener lugar esto. Si bien es cierto que la mayor parte del tiempo el capitalismo parece inexpugnable, también es un sistema profundamente contradictorio, propenso a las disrupciones y crisis. A veces, esas crisis alcanzan una intensidad que hace que el sistema en su conjunto se vuelva frágil y vulnerable a los desafíos.

Las versiones más fuertes de la teoría, consideran incluso que tendencias subyacentes en las “leyes de movimiento” del capitalismo que hacen que la intensidad de este tipo de crisis que debilitan el sistema aumenten con el tiempo, por lo que a largo plazo el capitalismo se vuelve insostenible; destruye sus propias condiciones de existencia. Pero incluso si no hay una tendencia sistemática de las crisis a volverse cada vez peores, lo que se puede predecir es que periódicamente habrá intensas crisis económicas capitalistas en las cuales el sistema se vuelve vulnerable y las rupturas se hacen posibles.

Esto proporciona el contexto en el que un partido revolucionario puede conducir una movilización de masas a tomar el poder del Estado, ya sea a través de elecciones o a través de un derrocamiento violento del régimen existente. Una vez con el control del Estado, la primera tarea consiste en remodelar el Estado en sí para que sea un arma adecuada de transformación socialista, y luego usar ese poder para reprimir a la oposición de las clases dominantes y sus aliados, desmantelar las estructuras fundamentales del capitalismo y construir las instituciones necesarias para un sistema económico alternativo.

En el siglo XX, varias versiones de esta línea general de razonamiento animaron la imaginación de los revolucionarios de todo el mundo. El marxismo revolucionario infundió esperanza y optimismo a las luchas, ya que no solo significaba una condena poderosa al mundo tal como existía, sino que también proporcionaba un escenario plausible de cómo podría realizarse una alternativa emancipadora. Esto dio a la gente coraje, manteniendo la creencia de que estaban del lado de la historia y que el enorme compromiso y los sacrificios que tuvo que hacer en sus luchas contra el capitalismo ofrecía perspectivas reales de éxito. Y a veces, en raras ocasiones, estas luchas culminaron en la toma revolucionaria del poder del Estado.

Los resultados de esas revoluciones, sin embargo, nunca dieron lugar a la creación de una alternativa igualitaria, emancipadora y democrática al capitalismo. Mientras que las revoluciones realizadas en nombre del socialismo y del comunismo demostraron que era posible “construir un mundo nuevo sobre las cenizas del viejo”, y que en ciertas formas específicas mejoraban las condiciones de vida materiales de la mayoría de las personas por un período de tiempo, lo que evidencian los intentos heroicos de ruptura en el siglo XX es que no producen el tipo de nuevo mundo imaginado en la ideología revolucionaria. Una cosa es acabar con las viejas instituciones; y otra muy distinta construir nuevas instituciones de emancipación a partir de las cenizas.

El motivo de que las revoluciones del siglo XX nunca dieron lugar a una emancipación humana robusta y sostenible es, por supuesto, una cuestión muy debatida. Algunas personas argumentan que el fracaso de los movimientos revolucionarios se debió a unas circunstancias desfavorables, históricamente específicas, de los intentos de ruptura de todo el sistema: revoluciones ocurridas en sociedades económicamente atrasadas, rodeadas de enemigos poderosos. Algunos sostienen que los líderes revolucionarios cometieron errores estratégicos, mientras que otros dan la culpa a las motivaciones de los dirigentes: los líderes que triunfaron en el curso de las revoluciones estuvieron motivados por deseos de estatus social y poder en lugar del empoderamiento y el bienestar de las masas.

Otros sostienen que el fracaso es intrínseco a cualquier intento de ruptura radical en un sistema social, porque hay demasiadas partes móviles, demasiada complejidad, y demasiadas consecuencias no deseadas. A resultas de ello, los intentos de ruptura del sistema tenderán inevitablemente a originar tal caos, que las élites revolucionarias, independientemente de sus motivos, se verán obligadas a recurrir a la violencia generalizada y la represión para mantener el orden social. Este tipo de violencia, a su vez, destruye la posibilidad de un proceso genuinamente democrático y participativo de construcción de una nueva sociedad.

Independientemente de qué explicación es la correcta (si es que alguna lo es), la evidencia de las tragedias revolucionarias del siglo XX muestra que destruir el capitalismo no funciona como una estrategia para la emancipación social por sí sola. Sin embargo, la idea de una ruptura revolucionaria con el capitalismo no ha desaparecido por completo. Incluso si ya no constituye una estrategia coherente de ninguna fuerza política significativa, se nutre de la frustración y la rabia de vivir en un mundo de tales desigualdades agudas y potencialidades no realizadas del bienestar humano y en un sistema político que parece cada vez más antidemocrático y e irresponsable. Para transformar realmente el capitalismo, las visiones que se basan en la ira no son suficientes; en cambio, se necesita una lógica estratégica que tenga alguna posibilidad real de alcanzar sus objetivos.

2. Domar el capitalismo

En el siglo XX, la principal alternativa a la idea de destruir el capitalismo fue la domesticación del mismo. Esta es la idea central que inspira a las corrientes anticapitalistas dentro de la izquierda de los partidos socialdemócratas. Este es su argumento básico; el capitalismo, cuando se le da rienda suelta, causa grandes daños. Genera niveles de desigualdad que son destructivas para la cohesión social; destruye puestos de trabajo tradicionales y abandona a la gente a su suerte; crea incertidumbre y riesgo para las personas y comunidades enteras; daña el medio ambiente. Estas son todas las consecuencias de las dinámicas inherentes a una economía capitalista.

Sin embargo, es posible construir instituciones paliativas capaces de neutralizar significativamente estos daños. No hay que dar rienda suelta al capitalismo; puede ser domesticado mediante políticas estatales bien elaboradas. Sin duda, esto puede implicar fuertes luchas, ya que implica la reducción de la autonomía y el poder de la clase capitalista, y no hay garantías de éxito en este tipo de luchas. La clase capitalista y sus aliados políticos afirman que los reglamentos y la redistribución concebidos para neutralizar estas presuntas lacras del capitalismo va a destruir su dinamismo, paralizar la competitividad y socavar los incentivos. Estos argumentos, sin embargo, son simplemente racionalizaciones egoístas del privilegio y del poder.

El capitalismo puede ser objeto de regulación y redistribución significativa para contrarrestar sus efectos nocivos y aun así proporcionar beneficios adecuados para que funcione. Lograr esto requiere movilización popular y voluntad política; nunca se puede confiar en la benevolencia ilustrada de las élites. Pero en las circunstancias adecuadas, es posible ganar estas batallas e imponer las restricciones necesarias para una forma más benigna del capitalismo. La idea de domesticar el capitalismo no elimina la tendencia subyacente del capitalismo a generar daños; simplemente contrarresta sus efectos. Esto es como una medicina que se ocupa de manera efectiva de los síntomas en lugar de las causas subyacentes de un problema de salud. A veces eso es suficiente. Los padres de los bebés recién nacidos se ven a menudo privados del sueño y suelen tener dolor de cabeza. Una solución es tomar una aspirina y afrontar la situación; otra es deshacerse del bebé. A veces, neutralizar el síntoma es mejor que tratar de deshacerse de la causa subyacente.

En la que a veces se llama la “edad de oro del capitalismo” –más o menos las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial–, las políticas socialdemócratas, sobre todo en aquellos lugares en los que se implementaron más a fondo, hicieron un buen trabajo moviéndose en dirección a un sistema económico más humano. Fueron tres grupos de políticas de Estado, en particular, las que contrarrestaron de manera significativa los daños del capitalismo: los riesgos graves –especialmente en torno a la salud, el empleo y los ingresos– se redujeron a través de un sistema bastante completo de la seguridad social obligatoria y financiada con fondos públicos. El Estado proporcionaba un conjunto amplio de bienes públicos (financiados por un sistema fiscal robusto) que incluía la educación básica y superior, la formación de habilidades profesionales, el transporte público, actividades culturales, instalaciones de esparcimiento, la investigación y el desarrollo y la estabilidad macroeconómica. Y, por último, el Estado creó un régimen de regulación para frenar las más graves externalidades negativas del comportamiento de los inversores y las empresas en los mercados capitalistas: la contaminación, los peligros de los productos y los riesgos laborales, el comportamiento depredador del mercado, etc.

Estas políticas no significaban que la economía dejó de ser capitalista: los capitalistas eran básicamente libres de asignar capital sobre la base de las oportunidades lucrativas del mercado, y aparte de los impuestos, se apropiaron de los beneficios generados por esas inversiones para utilizarlos como desearan. Lo que había cambiado era que el Estado asumió la responsabilidad de la corrección de las tres fallas principales de los mercados capitalistas: la vulnerabilidad individual a los riesgos, la baja provisión de bienes públicos y las externalidades negativas de la actividad económica privada que maximiza el beneficio. El resultado fue una forma de funcionamiento razonablemente buena del capitalismo con las desigualdades mitigadas y conflictos apagados. Los capitalistas pueden no haber preferido esto, pero funcionó bastante bien. El capitalismo había sido, al menos en parte, domado.

Esa fue la edad de oro, un vago recuerdo en las duras primeras décadas del siglo XXI. En todas partes, hoy en día, incluso en los bastiones de la socialdemocracia de Europa del Norte, ha habido llamamientos para hacer retroceder los derechos asociados a la seguridad social, reducir los impuestos y los bienes públicos, desregular la producción y los mercados capitalistas y privatizar los servicios públicos. En su conjunto, estas transformaciones se engloban en el llamado “neoliberalismo”. Diversos factores han contribuido a la disminución de la voluntad y la aparente capacidad del Estado para neutralizar los daños del capitalismo.

La globalización ha hecho que sea mucho más fácil para las empresas capitalistas destinar las inversiones a lugares del mundo con menos regulación y mano de obra más barata, mientras que la amenaza de la fuga de capitales, junto con una variedad de cambios tecnológicos, ha fragmentado y debilitado el movimiento obrero, mermando su capacidad de resistencia y movilización política. Combinada con la globalización, la creciente financiarización del capital ha llevado a un aumento masivo de la desigualdad de riqueza y de los ingresos, lo que a su vez ha aumentado la influencia política de los opositores al Estado socialdemócrata. En lugar de estar domado, el capitalismo se ha desatado.

Tal vez las tres décadas de la “edad de oro” fueran tan solo una anomalía histórica, un breve periodo en el que las condiciones estructurales favorables y un poder popular robusto abrieron la posibilidad de instaurar un modelo relativamente igualitario. Antes de ese periodo, el capitalismo era un sistema voraz, y bajo el neoliberalismo se ha convertido una vez más en rapaz, volviendo al estado de cosas normal para los sistemas capitalistas. Tal vez a largo plazo el capitalismo no es domesticable. Los defensores de la idea de rupturas revolucionarias con el capitalismo siempre han afirmado que domar el capitalismo era una ilusión, una distracción de la tarea de construir un movimiento político para derrocar el capitalismo.

Pero tal vez las cosas no son tan graves. La afirmación de que la globalización impone fuertes restricciones a la capacidad de los Estados para recaudar impuestos, regular el capitalismo y redistribuir la renta es un reclamo político eficaz porque la gente se lo cree, no porque las restricciones son realmente tan limitadas. En política, los límites de lo posible siempre son fruto, en parte, de la creencia en los límites de lo posible. El neoliberalismo es una ideología, respaldada por poderosas fuerzas políticas, más que un teorema científicamente exacto de los límites reales a que nos enfrentamos a la hora de hacer del mundo un lugar mejor. Si bien puede suceder que las políticas específicas que constituían el menú de la socialdemocracia en la “edad de oro” se han vuelto menos eficaces y necesitan repensarse, domesticar el capitalismo sigue siendo una expresión viable del anticapitalismo.

3. Escapar del capitalismo

Una de las respuestas más antiguas a la expansión del capitalismo consiste en escapar de su dominio. Escapar del capitalismo puede no haber cristalizado en ideologías anticapitalistas sistemáticas, pero tiene una lógica coherente: el capitalismo es un sistema demasiado poderoso para destruirlo. Domesticar verdaderamente el capitalismo requeriría un nivel de acción colectiva sostenida que no es realista y, de todos modos, el sistema en su conjunto es demasiado grande y complejo para controlarlo eficazmente. Los poderes fácticos son demasiado fuertes para desalojarlos, y siempre organizarán la oposición y defenderán sus privilegios. No se puede luchar contra el ayuntamiento. Cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual.

Lo mejor que podemos hacer es tratar de aislarnos de los efectos dañinos del capitalismo y tal vez escapar por completo de sus estragos en algún entorno protegido. Puede que no seamos capaces de cambiar el mundo en general, pero podemos librarnos de su red de dominación y crear nuestra propia microalternativa en la que vivir y realizarnos. Este impulso de escapar se refleja en muchas respuestas conocidas a los daños del capitalismo. El movimiento de los agricultores hacia la frontera oeste en Estados Unidos en el siglo XIX fue, para muchos, una aspiración a una agricultura de subsistencia estable y autosuficiente en lugar de la producción para el mercado. Escapar el capitalismo está implícito en el lema hippie de la década de 1960, “turn on, tune in, drop out” [conecta, sintoniza, libérate]. Los esfuerzos realizados por ciertas comunidades religiosas, como los Amish, para crear fuertes barreras entre ellos y el resto de la sociedad, implicaban zafarse a sí mismos en la medida de lo posible de las presiones del mercado.

La caracterización de la familia como un «refugio en un mundo sin corazón» expresa el ideal de la familia como un espacio social no competitivo de la reciprocidad y el cuidado en el que uno puede encontrar refugio del mundo competitivo y descorazonado del capitalismo. Y, en formas limitadas en el tiempo, escapar del capitalismo aún se encarna en caminatas de larga distancia en la naturaleza salvaje. Escapar del capitalismo normalmente implica evitar el compromiso político y sin duda los esfuerzos organizados de forma colectiva por cambiar el mundo. Especialmente en el mundo de hoy, el escape es sobre todo una estrategia de estilo de vida individualista. Y a veces es una estrategia individualista dependiente de una riqueza capitalista, como en el estereotipo del exitoso banquero de Wall Street que decide “renunciar a la carrera de ratas” y trasladarse a Vermont para abrazar una vida de simplicidad voluntaria mientras vive de un fondo fiduciario amasado a base de inversiones capitalistas.

Debido a la ausencia de actividad política, es fácil descartar la estrategia de escapar del capitalismo, sobre todo cuando refleja privilegios alcanzados dentro del propio capitalismo. Es difícil ver en el senderista que camina a una región remota con su costoso equipo de senderismo para “alejarse de todo” como una expresión significativa de oposición al capitalismo. Aun así, hay ejemplos de esta actitud que tienen relación con el problema más amplio del anticapitalismo. Comunidades intencionales pueden estar motivadas por el deseo de escapar de las presiones del capitalismo, pero a veces también pueden servir de modelos para formas más colectivas, igualitarias y democráticas de la vida. Sin duda, las cooperativas, que pueden estar motivadas principalmente por el deseo de escapar de los lugares de trabajo autoritarios y de la explotación de las empresas capitalistas, también pueden convertirse en elementos de un desafío más amplio al capitalismo. El movimiento “Do It Yourself” [hazlo tú mismo] y la “economía del compartir” pueden estar motivados por los el estancamiento de las rentas individuales durante un periodo de austeridad económica, pero también pueden apuntar a formas de organización de la actividad económica que son menos dependientes del intercambio en el mercado. Y más en general, el estilo de vida voluntariamente simple puede contribuir al rechazo más amplio del consumismo y la preocupación por el crecimiento económico en el capitalismo.

4. Erosionar el capitalismo

La cuarta forma de anticapitalismo es el menos conocida. Se basa en la siguiente idea: todos los sistemas socioeconómicos son mezclas complejas de muchos tipos diferentes de estructuras económicas, relaciones y actividades. Ninguna economía ha sido –ni nunca podría ser– puramente capitalista. El capitalismo como una forma de organizar la actividad económica tiene tres componentes fundamentales: la propiedad privada del capital; la producción para el mercado con el fin de obtener beneficios; y el empleo de trabajadores que no poseen los medios de producción. Los sistemas económicos existentes combinan el capitalismo con toda una serie de otras formas de organizar la producción y distribución de bienes y servicios: directamente por los Estados; dentro de las relaciones íntimas de las familias para satisfacer las necesidades de sus miembros; a través de redes y organizaciones de base comunitaria; mediante cooperativas que pertenecen a sus miembros y son gestionadas democráticamente por ellos; a través de organizaciones no lucrativas orientadas al mercado; a través de redes peer-to-peer [de igual a igual] que participan en procesos de producción colaborativos; y muchas otras posibilidades. Algunas de estas formas de organización de las actividades económicas pueden considerarse híbridas, al combinar elementos capitalistas y elementos no capitalistas; algunas son totalmente no capitalistas y algunas son anticapitalistas. Calificamos un sistema económico complejo como este de “capitalista” cuando la dinámica capitalista es dominante en la determinación de las condiciones económicas de la vida y el acceso a los medios de sustento para la mayoría de la gente. Esa dominancia es inmensamente destructiva.

Una forma de desafiar al capitalismo es la construcción de relaciones económicas más democráticas, igualitarias y participativas en los espacios y grietas de este complejo sistema, siempre que sea posible, y luchar para ampliar y defender esos espacios. La idea de erosionar el capitalismo imagina que estas alternativas tienen el potencial, a largo plazo, de expandirse hasta el punto en que el capitalismo se ve desplazado de este papel dominante. Una analogía con un ecosistema natural podría ayudar a aclarar esta idea. Pensemos en un lago. Un lago consiste en una masa de agua dentro de un paisaje, con determinados tipos de suelo, manantiales y el clima. Una gran variedad de peces y otras criaturas viven en sus aguas, y varios tipos de plantas crecen en y alrededor de ella. En conjunto, todos estos elementos constituyen el ecosistema natural del lago. (Se trata de un «sistema» en el que todo afecta a todo lo demás en su interior, pero no es como el sistema de un solo organismo en el que todas las partes están conectadas funcionalmente en un todo coherente, estrechamente integradas.) En este ecosistema, es posible introducir una especie exótica de peces que no se encuentra «naturalmente» en el lago. Algunas especies exóticas son engullidas de inmediato. Otras pueden sobrevivir en un pequeño nicho en el lago, pero no cambian gran cosa en la vida diaria del ecosistema. Sin embargo, ocasionalmente una especie exótica puede prosperar y finalmente desplazar a las especies dominantes.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo imagina la introducción de las variedades más vigorosas de especies emancipadoras de actividad económica no capitalista en el ecosistema del capitalismo, consolidando su desarrollo mediante la protección de sus nichos y encontrando la forma de ampliar sus hábitats. La esperanza es que con el tiempo estas especies exóticas puedan extenderse fuera de sus estrechos nichos y transformar el carácter del ecosistema en su conjunto. Esta forma de pensar sobre el proceso de trascender el capitalismo es similar a la historia popular, estilizada, que se cuenta sobre la transición de las sociedades feudales precapitalistas al capitalismo en Europa. Dentro de las economías feudales, en el último período medieval, surgieron relaciones y prácticas protocapitalistas, especialmente en las ciudades. Inicialmente esto implicaba una actividad comercial, la producción artesanal regulada por los gremios y la actividad bancaria. Estas formas de actividad económica llenaban nichos y eran a menudo muy útiles para las élites feudales. A medida que se ampliaba el alcance de estas actividades en el mercado, adquirieron gradualmente un carácter más capitalistas y, en algunos lugares, erosionaron progresivamente la dominación feudal establecida en la economía en su conjunto. A través de un proceso largo, sinuoso, de varios siglos, las estructuras feudales dejaron de dominar la vida económica de algunos rincones de Europa; el feudalismo había sido erosionado. Este proceso puede haberse visto salpicado por convulsiones políticas e incluso revoluciones, pero en lugar de constituir una ruptura de las estructuras económicas, estos acontecimientos políticos han servido más para ratificar y racionalizar los cambios que ya habían tenido lugar dentro de la estructura socioeconómica.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo ve el proceso de desplazamiento del capitalismo de su papel dominante en la economía de una manera similar: actividades económicas no capitalistas alternativas surgen en los nichos en los que sea posible dentro de una economía dominada por el capitalismo; estas actividades crecen con el tiempo, tanto de forma espontánea y, sobre todo, a resultas de una estrategia deliberada; luchas que implican reemplazar al Estado, a veces para proteger estos espacios, otras veces para facilitar nuevas posibilidades; y, finalmente, estas relaciones y actividades no capitalistas se vuelven lo suficientemente prominente en la vida de los individuos y las comunidades que el capitalismo ya no puede decirse que domina el sistema en su conjunto. Esta visión estratégica está implícita en algunas corrientes del anarquismo contemporáneo. Si el socialismo revolucionario propone que hay que utilizar el poder del Estado para destruir el capitalismo, y la socialdemocracia sostiene que el Estado capitalista puede servir para domar el capitalismo, los anarquistas en general han argumentado que es preciso evitar el Estado –tal vez incluso darle la espalda– porque al final solo puede servir de aparato de dominación, no de liberación. La única esperanza para una alternativa emancipadora al capitalismo –una alternativa que encarne los ideales de igualdad, democracia y solidaridad– es construirla desde los cimientos y trabajar para ampliar su ámbito de influencia.

Como visión estratégica, la erosión del capitalismo es a la vez atractiva y descabellada. Es atractiva porque sugiere que aun cuando el Estado parece muy poco propicio para el avance de la justicia social y el cambio social emancipatorio, todavía que se puede hacer mucho. Podemos seguir con la idea de construir un mundo nuevo, pero no sobre las cenizas del viejo, sino dentro de los intersticios del viejo. Es inverosímil porque parece tremendamente improbable que la acumulación de espacios económicos emancipatorios, dentro de una economía dominada por el capitalismo, podría desplazar alguna vez realmente el capitalismo, dado el inmenso poder y la riqueza de las grandes empresas capitalistas y la dependencia de los medios de sustento de muchas personas con respecto al buen funcionamiento del mercado capitalista. Seguramente si las formas no capitalistas de emancipación de las actividades y las relaciones económicas crecieran alguna vez hasta el punto de amenazar el dominio del capitalismo, simplemente serían aplastadas.

Erosionar el capitalismo no es una fantasía. Pero solo es plausible si se combina con la idea socialdemócrata de domar el capitalismo. Necesitamos una manera de vincular la visión de abajo arriba, la visión estratégica centrada en la sociedad del anarquismo, con la visión de arriba abajo, la lógica estratégica estatalista de la socialdemocracia. Tenemos que domar el capitalismo de manera que lo haga más erosionable, y erosionar el capitalismo de manera que lo haga más domable. Un concepto que nos ayudará a vincular estas dos corrientes de pensamiento anticapitalista es el de las utopías reales.

Utopías reales

“Utopía real” es una expresión contradictoria en sí misma. La palabra “utopía” fue acuñada por primera vez por Tomás Moro en 1516 mediante la fusión de dos prefijos griegos –eu, que significa bueno, y ou, que significa no– en una única vocal, la u, y la colocándola delante de la palabra griega que designa el lugar, topos. Utopía es así el buen lugar que no existe en ningún lugar. Es una fantasía de la perfección. Entonces, ¿cómo puede ser “real”? Puede ser realista para buscar mejoras en el mundo, pero no la perfección. De hecho, la búsqueda de la perfección puede socavar la tarea práctica de hacer del mundo un lugar mejor. Como dice el refrán, “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Existe, pues, una tensión inherente entre lo real y lo utópico. Es precisamente esta tensión lo que intenta a capturar la idea de una “utopía real”. El punto es mantener nuestras aspiraciones más profundas de un mundo justo y humano que no existe, y a la vez participar en la tarea práctica de construir alternativas reales posibles en el mundo tal como es, que también prefigura el mundo como podría ser y que nos ayude a avanzar en esa dirección. Por tanto, las utopías reales transforman el “ningún lugar” de la utopía en el “aquí y ahora” de crear alternativas emancipatorias del mundo que podría ser en el mundo tal como es.

Utopías reales se pueden encontrar allí donde los ideales emancipatorios se encarnan en instituciones existentes y en las propuestas de nuevos diseños institucionales. Ambos son elementos constitutivos de un destino y una estrategia. He aquí algunos ejemplos.

Las cooperativas de trabajadores son una utopía real que surgió paralelamente al desarrollo del capitalismo. Tres ideales emancipatorios importantes son la igualdad, la democracia y la solidaridad. Todos ellos están obstruidos en las empresas capitalistas, donde el poder se concentra en manos de los propietarios y sus delegados, los recursos internos y las oportunidades se distribuyen de manera extremadamente desigual, y la competencia socava continuamente la solidaridad. En una cooperativa de trabajadores, todos los activos de la empresa son propiedad conjunta de los propios empleados, que también gestionan la firma según el principio de una persona, un voto, de manera democrática. En una pequeña cooperativa, esta gobernanza democrática puede ser organizada en forma de asambleas generales de todos los miembros; en las cooperativas más grandes, los trabajadores eligen delegados a los consejos de administración para supervisar la gestión.

Las cooperativas de trabajadores también pueden encarnar características más capitalistas: pueden, por ejemplo, contratar a trabajadores temporales o ser inhóspitas para los posibles miembros de determinados grupos étnicos o raciales. Las cooperativas, por lo tanto, encarnan a menudo valores bastante contradictorios. Sin embargo, tienen el potencial de contribuir a erosionar el predominio del capitalismo cuando expanden el espacio económico en el que pueden operar los ideales emancipatorios anticapitalistas. Las agrupaciones de cooperativas de trabajadores podrían constituir redes; con formas adecuadas de apoyo público, esas redes podrían ampliarse y profundizarse para constituir un sector de mercado cooperativo; ese sector podría –en ciertas circunstancias– ampliarse hasta poner en tela de juicio el predominio del capitalismo.

Las bibliotecas públicas son otro tipo de utopía real. Esto podría parecer a primera vista un ejemplo raro. Las bibliotecas son, después de todo, una institución duradera que se encuentra en todas las sociedades capitalistas. En Estados Unidos, el vasto sistema de bibliotecas públicas fue obra en gran medida de Andrew Carnegie, uno de los despiadados “barones ladrones” de la Edad Dorada. Sin duda no era anticapitalista y, en todo caso, vio su filantrópico apoyo a las bibliotecas como una manera de fortalecer el capitalismo como sistema. Sin embargo, las bibliotecas encarnan principios de acceso y distribución que son profundamente anticapitalistas. Existe una gran diferencia entre las formas en que una persona adquiere el acceso a un libro en una librería y una biblioteca.

En una librería, uno busca el libro que desea en un estante y comprueba el precio, y si se lo puede permitir y lo desea suficientemente, va a la caja, entrega la cantidad necesaria de dinero y se va con el libro. En una biblioteca, uno va al mostrador (o, más probablemente en estos días, a un terminal de ordenador) para ver si el libro está disponible, encuentra el libro, va al mostrador de registro, muestra su tarjeta de la biblioteca y se va con el libro. Si el libro ya está prestado, se inscribe en la lista de espera. En una librería, el principio de distribución es “a cada cual según su capacidad de pago”; en una biblioteca pública, el principio de distribución es “a cada uno según su necesidad”. Es más, en la biblioteca, si hay un desequilibrio entre la oferta y la demanda, aumenta la cantidad de tiempo que uno tiene que esperar hasta obtener el libro; los libros que escasean se racionan por tiempo, no por precio. Una lista de espera es un dispositivo profundamente igualitario: un día en la vida de todo el mundo se considera moralmente equivalente. Una biblioteca bien dotada de recursos tratará la longitud de la lista de espera como una señal de que se deben solicitar más ejemplares de un libro en particular.

Las bibliotecas también pueden convertirse en servicios públicos de usos múltiples, dejando de ser simples depósitos de libros. Las buenas bibliotecas proporcionan espacio público para las reuniones, a veces lugares para conciertos y otros espectáculos, y un lugar de encuentro agradable para la gente. Por supuesto, las bibliotecas también pueden ser zonas de exclusión, inhóspitas para cierto tipo de personas. Pueden ser elitistas en sus prioridades presupuestarias y en sus reglas. Las bibliotecas reales pueden reflejar por lo tanto valores bastante contradictorios. Pero en la medida en que encarnan los ideales emancipatorios de la igualdad, democracia y comunidad, las bibliotecas son una utopía real.

Un último ejemplo de una utopía real existente son las nuevas formas de producción colaborativa peer-to-peer que han surgido en la era digital. Tal vez el ejemplo más conocido es la Wikipedia. Una década después de su fundación, Wikipedia había destruido un mercado de trescientos años de edad, el de las enciclopedias; ahora es imposible producir una enciclopedia generalista comercialmente viable. Wikipedia se produce de una manera completamente no capitalista por un par de cientos de miles de editores no pagados de todo el mundo, que contribuyen al bien común global y lo ponen a la libre disposición de todos. Se financia a través de un tipo de economía de donaciones que ofrece los recursos de infraestructura necesarios. Wikipedia está llena de problemas – algunas entradas son maravillosas, otras terribles–, pero es un ejemplo extraordinario de cooperación y colaboración a muy gran escala que es altamente productiva y organizada sobre una base no capitalista. Hay muchos otros ejemplos en el mundo digital. Si imaginamos este modelo de colaboración que se extendiera al mundo de la producción de bienes, no sólo de información, entonces es posible imaginar una producción colaborativa P2P [peer to peer] invadiendo el dominio del capitalismo.

También se pueden encontrar utopías reales en las propuestas de políticas de cambio social y públicas, no solo en las instituciones realmente existentes. Este es el papel fundamental de las utopías reales en estrategias políticas a largo plazo para la justicia social y la emancipación humana. Un ejemplo es una renta básica incondicional (RBI). Una RBI proporciona simplemente a todas las personas, sin condiciones, un flujo de ingresos suficiente para cubrir las necesidades básicas. Permite un nivel de vida modesto, pero culturalmente respetable, sin lujos. De paso también resuelve el problema del hambre entre los pobres, pero lo hace de una manera que aporta un bloque de construcción de una alternativa emancipadora.

La RBI doma directamente uno de los males del capitalismo: la pobreza en medio de la abundancia. Pero también expande el potencial de erosión a largo plazo de la dominación del capitalismo mediante la canalización de recursos hacia formas no capitalistas de la actividad económica. Consideremos los efectos de una renta básica en las cooperativas de trabajadores. Una de las razones por las que las cooperativas de trabajadores son a menudo frágiles es que tienen que generar ingresos suficientes no solo para cubrir los costes de las materias de producción, sino también para proporcionar una renta básica para sus miembros.

Si se garantiza una renta básica con independencia del éxito en el mercado de la cooperativa, las cooperativas de trabajo serían mucho más robustas. Esto también significaría que supondrían menos riesgo para los préstamos de los bancos. Por lo tanto, con cierta ironía, una renta básica incondicional ayudaría a resolver un problema del mercado de crédito para las cooperativas. También potenciaría un aumento masivo de la participación en la producción colaborativa P2P y muchas otras actividades productivas que no generan ingresos propios del mercado para los participantes.

Doma y erosión

Así que, ¿cómo ser un anticapitalista en el siglo XXI?

Renunciar a la fantasía de aplastar el capitalismo. El capitalismo no es dinamitable, al menos si se quiere construir realmente un futuro de emancipación. Uno personalmente puede ser capaz de escapar del capitalismo saliéndose fuera de la red y reducir al mínimo su participación en la economía monetaria y el mercado, pero esto no es una opción atractiva para la mayoría de las personas, especialmente las que tienen hijos, y sin duda tiene poco potencial para fomentar un proceso de emancipación social más amplio.

Si uso se preocupa por la vida de los demás, de una manera u otra tiene que hacer frente a las estructuras e instituciones capitalistas. Domar y erosionar el capitalismo son las únicas opciones viables. Es necesario participar tanto en los movimientos políticos para domar al capitalismo a través de políticas públicas como en los proyectos socioeconómicos de erosionar el capitalismo a través de la expansión de formas emancipatorias de la actividad económica. Debemos renovar una democracia social progresista fuerte que no solo neutralice los daños del capitalismo, sino que también facilite iniciativas para construir utopías reales con el potencial de erosionar el predominio del capitalismo.

2/12/2015

https://www.jacobinmag.com/2015/12/erik-olin-wright-real-utopias-anticapitalism-democracy/

Erik Olin Wright es profesor de sociología en la Universidad de Wisconsin, Madison, adscrito al marxismo analítico, investigador de las relaciones de clase en el capitalismo contemporáneo y autor de muchos libros. Su último título es Alternatives to Capitalism: Proposals for a Democratic Economy.

Las guerras imperialistas del siglo XXI

Cuando el enemigo del pueblo vive en todos los bandos

Por John Cajas-Guijarro

 

“Los que desean la guerra, la preparan y por medio de vagas promesas de una paz venidera o creando el miedo a invasiones intentan convertirnos en colaboradores de sus planes, son amenaza para nuestro mundo y para cualquier tipo de paz” Hermann Hesse

Hemos estado acostumbrados, especialmente en América Latina y otras regiones de la periferia capitalista, a escuchar enérgicos discursos en contra del “imperialismo yanqui”. Y sin duda que ese imperialismo posee un historial muy poco agraciado, el cual va desde la injerencia en las políticas internas de los países hasta las intervenciones militares -directas o indirectas- dependiendo, casi siempre, de cuántos recursos -petroleros, energéticos, geoestratégicos, etc.- estén en juego. En todas esas injerencias, la sangre de muchos inocentes de la periferia ha sido derramada.

Sin embargo, en medio de la algarabía de los discursos antinorteamericanos se fue perdiendo el contenido del término imperialismo. Recuperando -sin mucha emoción- algunas intuiciones sugeridas por V.I. Lenin (quien, recordemos, replanteó los argumentos de R. Hilferding a la vez que respondió a la polémica mantenida con K. Kautsky durante los inicios de la Primera Guerra Mundial), vale retomar la noción del imperialismo como una fase superior del capitalismo caracterizada al menos por los siguientes patrones:

  • El aparecimiento del capital financiero como fusión entre capitales productivos y no productivos -bancarios, comerciales, especulativos entre otros que podrían entrar en la categoría de capital ficticio-. Dicho capital financiero adquiere cierta -pero no absoluta- autonomía e influencia global. 
  • La exportación de capitales y su permanente relocalización con el fin de ampliar las fronteras de explotación tanto de la fuerza de trabajo como de la Naturaleza de las regiones periféricas (exacerbando en dichas zonas tanto la sobreexplotación laboral como el extractivismo).
  • La mundialización de los procesos de concentración-centralización del capital, que termina llevando al surgimiento de oligopolios transnacionales con influencia económica global.
  • La pugna de dichos oligopolios en la división del mundo en zonas de influencia, tanto con el afán de ampliar sus fuentes de medios de producción (en especial la obtención de recursos naturales), ampliar sus mercados, y hasta ampliar su poderío hegemónico en general. Esto último implica, entre otras cosas, el dominio imperialista ideológico y cultural impulsado a través de dispositivos de control hegemónico modernizados que incluyen celulares, redes sociales, buscadores de Internet, tiendas en línea y demás avances consumistas de nuestros tiempos (utilizados incluso para que, voluntaria y gratuitamente, la población entregue información personal -y hasta sensible- a grandes corporaciones).
  • El capital ficticio no solo presiona por la obtención de ganancias especulativas, sino que incluso retroalimenta la acumulación del capital productivo, creando una maraña en donde no se sabe dónde termina la producción y empieza la especulación. Esta compleja relación es conocida desde hace muchos años atrás. Un banquero inglés, James William Gilbart, en su libro The History and Principles of Banking, en 1834, fue categórico: “Todo lo que facilita el negocio, facilita la especulación, los dos en muchos casos están tan interrelacionados, que es difícil decir, dónde termina el negocio y empieza la especulación”. Esta conclusión, entre otras, permitió a Karl Marx desarrollar sus reflexiones sobre crédito y capital ficticio (ver capítulo 25 del tomo III de El Capital).
  • La entrada tanto en la banca como en el sistema financiero internacional de recursos nacidos desde procesos de lumpen-acumulación como el narcotráfico, la trata de personas, la venta de armas y demás mecanismos violentos que cada vez son más habituales en la lógica capitalista de lucrar como sea (para muestra basta mencionar el papel de los recursos del narcotráfico para sostener a la banca internacional durante la crisis de 2009). 
  • La agudización de la diferenciación entre los países de la periferia y semiperiferia capitalista y los grandes centros que cada vez consolidan un mayor poder económico global (con procesos como, por ejemplo, la agudización del intercambio desigual o la extracción de recursos usando alguna de las múltiples formas de acumulación por desposesión).

Nótese que, de los patrones presentados, ninguno considera que el imperialismo del siglo XXI es una característica propia de un país específico. Al contrario, el reparto del globo que se observa en esta fase superior del capitalismo se da entre grandes capitales oligopólicos de múltiples regiones del mundo, con una relativa menor participación de los Estados en relación a los imperialismos clásicos. Clara muestra de la naturaleza multipolar del imperialismo contemporáneo es la pugna entre los grandes capitales asociados a EEUU y a China, los cuales se disputan los mercados de manera feroz y sin escrúpulos (al punto de declararse la “guerra económica” entre ambas potencias, con escaramuzas bastante peculiares como lo sucedido con la empresa china Huawei).

Es decir, el imperialismo en el siglo XXI no tiene una nacionalidad definida, sino que cada vez adquiere una mayor multiplicidad de nacionalidades; tan múltiples como múltiples son las potencias capitalistas que se reparten el mundo. En particular, podemos pensar en -al menos- dos grandes “campos” del imperialismo que desde hace algún tiempo se enfrentan entre sí: imperialismos occidentales (con capitales oligopólicos originalmente enraizados en EEUU, en Europa Occidental y otros), e imperialismos orientales (consolidados originalmente en regiones como Rusia, China, Europa Oriental y otras zonas que entraron abiertamente en la lógica capitalista luego del fracaso del bloque soviético). 

Si bien, en consonancia con lo dicho antes, muchos de estos capitales ya han perdido su ubicación geográfica original y se localizan en donde puedan maximizar sus beneficios, aún mantienen lazos financieros con bolsas de valores y hasta con gobiernos de regiones específicas del mundo, lo cual permite su distinción. Al mismo tiempo, los capitales de los diferentes imperialismos crean espacios donde interactúan y negocian unos con otros -cual reuniones entre diferentes capos de la mafia-, conformando órganos que aspiran a actuar casi como gobiernos globales; un ejemplo es el foro de Davos, en donde la hipocresía no logra ocultar cómo muy pocos grupos de poder aspiran a definir el futuro del mundo…  

Tanto los imperialismos occidentales como orientales tienen el mismo fin: la autovalorización ad infinitum del capital y de los procesos de concentración-centralización, cueste lo que cueste (sin importar ni siquiera la devastación climática, un campo de batalla donde los imperialismos ya empiezan a identificar otra fuente de lucro). Esto no implica que, al interior de cada uno de esos imperialismos también existan disputas encarnizadas. Pero dichas disputas muchas veces pueden mantenerse en pausa cuando se trata de sostener el poder ante otros imperialismos.

En el caso latinoamericano la cuestión se devela de forma clara: mientras que en la larga y triste noche neoliberal los imperialismos occidentales se encargaron de expoliar a los pueblos de la región, durante el auge y caída de los progresismos dicha expoliación quedó mucho más en manos de los imperialismos orientales.  En ambas épocas, tanto gobiernos neoliberales como “progresistas” se volvieron meras piezas dentro del reparto planetario de grandes oligopolios capitalistas -norteamericanos y chinos, sobre todo- que dominan el mundo económico de nuestros tiempos. 

Así, mientras en una época la deuda externa latinoamericana crecía gracias a la fuerte influencia del Fondo Monetario Internacional -bajo la tutela norteamericana- en una época subsiguiente el endeudamiento creció especialmente con el apoyo del Eximbank de China. Mientras en una época los “elefantes blancos” servían para extraer divisas de los países a través de proyectos empujados por el Banco Mundial, en otra época esos “elefantes blancos” pasaron a ser financiados por el Banco de Desarrollo de China. Mientras que en una época las redes de corrupción venían de la mano de un neoliberalismo salvaje que jugó con nacionalizar deudas privadas y privatizar activos estatales, en otra época se formaron redes de corrupción “progresista” y neoliberales financiadas tanto por empresas oligopólicas transnacionales regionales (como Odebrecht) en conjunto con capitales del imperialismo oriental (como las múltiples constructoras chinas y hasta rusas que entraron en la región). Corrupción que, por cierto, galopa a la par de los extractivismos, que resultan un elemento más del campo de batalla de los imperialismos.

Pero la disputa entre los imperialismos del siglo XXI no solo se ha vivido en tierras latinoamericanas. Basta recordar los casos de Libia y sobre todo Siria para notar como, mientras unos grupos “rebeldes” -incluyendo a extremistas y terroristas- eran apoyados por los imperialismos occidentales, las fuerzas gubernamentales -represivas y autoritarias- eran apoyadas por los imperialismos orientales. En Libia ganó occidente (con la caída de Gadafi), en Siria al parecer ganó oriente (con la supervivencia y consolidación de Al Assad). Afganistán sería otro caso de estudio, en donde los imperialismos se han sucedido desde hace décadas buscando consolidar una posición geoestrtágica sobre los recursos energéticos existentes en dicho país. Y en la mitad, entre miles de muertos y desplazados, los supervivientes de los conflictos vivieron -y todavía viven- en medio del infierno de la guerra. Aquí también podemos recordar la guerra de Irak fomentada por los imperialismos occidentales (sobre todo norteamericanos), las invasiones y bombardeos vividos en su momento en Georgia por parte de los imperialismos orientales (sobre todo rusos), o la disputa en Ucrania (donde ambos bandos parecen seguir en disputa)…

Todos estos casos -y muchísimos otros que deberán citarse en su momento- son ejemplos de una violencia exacerbada por las guerras imperialistas del siglo XXI. Guerras en donde el enemigo del pueblo vive en todos los bandos; no solo en el lado del “imperialismo yanqui” sino también en el lado del “imperialismo europeo”, el “imperialismo ruso”, el “imperialismo chino” … en definitiva, el enemigo vive entre los imperialismos occidentales y orientales. Mientras tanto, varios gobiernos del mundo levantan banderas y discursos antiimperialistas solo contra uno de los bandos en disputa; banderas y discursos que sirven de muletillas que ocultan el entreguismo de esos gobiernos hacia algún otro bando imperialista (ejemplo paradigmático fue el discurso del fetichismo progresista en contra del “imperialismo yanqui”, mientras por debajo se aupaba al imperialismo chino). 

Tal realidad -violenta, sanguinaria y multipolar- de la fase superior del capitalismo debe llevarnos a una reflexión muy seria sobre la idea misma de imperialismo, particularmente en Latinoamérica, pues esta idea no solo que ha sido vaciada de contenido, sino que merece ser reinterpretada a la luz de un mundo tan cambiante en el cual el capital sigue dominando. Una reflexión que es urgente, más aún cuando las tenazas de unas y otras potencias del mundo se ciernen sobre el pueblo venezolano; un pueblo inocente que puede volverse otro campo de batalla de las guerras imperialistas del siglo XXI si no se logra una salida democrática, soberana y, sobre todo, en paz.- 

Venezuela y la guerra por “el excremento del diablo”

UNA CUESTIÓN DEMOCRÁTICA GLOCAL

Por Alberto Acosta

“Las guerras son peleadas por pozos petroleros y estaciones de carbón. Por el control de los Dardanelos o del Canal de Suez; por cosechas coloniales a las que se pueda comprar barato y mercados conquistados a los que se pueda vender caro. La guerra es el capitalismo, pero sin guantes”.   Tom Stoppard

Al finalizar el siglo XIX, las exigencias de los acreedores internacionales entramparon a Venezuela. Las grandes potencias de la época: Gran Bretaña y Alemania, en noviembre de 1902 enviaron un ultimátum para satisfacer sus reclamos. El gobierno de Caracas, al no conseguir más recursos -aun imponiendo nuevos impuestos y entregando sus ingresos aduaneros- propuso negociaciones por separado a los acreedores. 

Los acreedores ignoraron la respuesta venezolana y a principios de diciembre enviaron sus flotas. El país fue bloqueado por la flota anglo-germano-italiana hasta febrero de 1903. Resultado: los pocos barcos venezolanos, destruidos; y, Puerto Cabello, La Guaira y Maracaibo, bombardeados. Las tropas extranjeras desembarcaron para proteger a sus connacionales y a sus intereses de la “tiranía extranjera”, como diría -para justificar la acción imperial- el canciller imperial alemán el príncipe Bernhard Heinrich Karl Martin von Bülow (todo esto en el contexto del gobierno del presidente-nacionalista Cipriano Castro, opuesto a varias empresas extranjeras que financiaron una guerra civil para defenestrarlo entre 1901-1903; hasta que fue derrocado por quien sería el dictador que inauguraría la Venezuela petrolera: el “benemérito” Juan Vicente Gómez).

Más de un siglo después vuelven a Venezuela las sombras de una posible invasión imperial; agresión que, como en otros rincones del mundo, busca justificarse bajo el lema de “traer libertad y democracia…”. El asunto parece local. Y lo es, en cuanto la cuestión sobre cuál es el presidente legítimo de Venezuela les atañe a los venezolanos y a nadie más. “Un análisis de la situación en Venezuela más allá de los lugares comunes”, como propone Decio Machado, permite afirmar que internamente el conflicto 

“hace tiempo dejó ser una cuestión de ideología o de clase. Venezuela se ha convertido en un Estado mafioso en el cual su cúpula dirigente se enfrenta con una oposición que también responde a intereses claramente espurios, apoyado por unas potencias que continúan con una línea de injerencia y reproducen una historia de siglos de dependencia.”

En efecto, sobre el país caribeño chocan cada vez con más fuerza “los sables” y “las chequeras” de las grandes potencias del momento (EEUU, China, Rusia e incluso la Unión Europea). Esa injerencia de potencias extranjeras -tanto en la oposición como el gobierno- hace que la explosiva situación interna tenebrosamente pierda su carácter local.

Sin detallar el conflicto actual y rechazando cualquier injerencia imperial -venga de donde venga- cabe preguntarse por una explicación profunda de la situación. En ese largo lapso desde el bombardeo europeo, y en especial al finalizar la Primera Guerra Mundial, Venezuela se consolidó como periferia petrolera estratégica (sobre todo para EEUU). Peor aún, si tomamos los datos de Carlos Mendoza Pottellá, actualmente el pueblo venezolano carga sobre sus hombros la “maldición” de que en su país se encontrarían las mayores reservas hidrocarburíferas del mundo. “Maldición” que otros rincones del mundo tristemente la han sufrido derramando sangre inocente.

Ya nadie duda a estas alturas que la tragedia venezolana encuentra muchas explicaciones en esta dependencia del “excremento del Diablo”, como definió al petróleo el venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979), uno de los creadores de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y quien marcó una época en el manejo petrolero de su país. Desde el control de los asfaltos hace cien años por parte de la “New York & Bermúdez Company”, subsidiaria de la General Asphalt, con sede en Filadelfia, la voracidad por los hidrocarburos venezolanos nunca ha dejado de crecer. Y en el último tiempo ha aparecido un redoblado apetito tanto transnacional como de mafias locales por sus recursos minerales, como sucede de manera terrible en la cuenca del Orinoco. 

A la par de la desesperación por acceder a dichos recursos -o mejor digamos de la mano de esas apetencias-, los gobiernos venezolanos parcialmente han sacado alguna tajada para el país. Sin embargo, sea obteniendo o no una mayor participación en la renta petrolera, dichos gobiernos en varios momentos (o casi siempre), consciente o inconscientemente, han sido funcionales a las demandas de alguna facción del poder económico internacional. El gobierno de Hugo Chávez, que hace veinte años despertó alguna esperanza de cambio de esa realidad, al menos en el discurso, también quedó atrapado en la lógica de “la maldición de la abundancia” y de la funcionalidad a los intereses de grandes capitales transnacionales (entre rusos, chinos y demás, e incluso norteamericanos).

El manejo político inicial del gobierno de Chávez, junto con los enormes ingresos por exportaciones petroleras, que poco después aumentaron a la par del creciente precio del crudo, le permitieron desplazar del poder y prevenir el mantenimiento de grupos y fracciones de poder, que tradicionalmente habían lucrado de la riqueza hidrocarburífera y que incluso controlaban el manejo de la actividad petrolera hasta el Paro Petrolero en el 2003. Recursos cuantiosos se destinaron a ampliar la cobertura social -desde una lógica compensadora y clientelar- en varios ámbitos, teniendo en la mira a sectores tradicionalmente excluidos. De paso, se justificaban con estas inversiones sociales las “bondades indiscutibles” de los extractivismos, que se aceleraron mientras se postergó la superación del -de por sí limitadísimo- desarrollo industrial e inclusive agrícola del país. 

Esta disputa voraz por aprovechar la renta de la Naturaleza y sostener el poder, obligó al gobierno a asignar cuantiosas sumas de dinero para reforzar sus controles internos incluyendo la represión a los opositores, frenando y debilitando las iniciativas comunitarias de los primeros años. Dentro de esa jugada, grupos de las fuerzas armadas del país se beneficiaron de las rentas petroleras a cambio de mantener su respaldo al régimen. En especial, con Maduro en el poder luego de la muerte de Chávez, la represión adquirió un tinte brutal que, junto con la caída de los ingresos petroleros, transformó al “clientelismo” político en un burdo uso de la fuerza y del chantaje. Así, al ahogar la participación ciudadana sobre todo el madurismo terminó por vaciar la democracia, tendencia irreversible por más consultas repetidas hechas al pueblo en las urnas. 

En semejante escenario, en vez de generar alternativas auténticamente democráticas, las oposiciones en su mayoría obtusas y entreguistas, ahondaron el clima de violencia política existente. De hecho, tanto gobierno como oposición no han tenido reparo, en su momento, de utilizar al propio pueblo como carne de cañón en medio de pugnas políticas violentas que cada vez se acercan más a un enfrentamiento civil.

Con esto arribamos a una explicación profunda: en la periferia capitalista, el hiperextractivismo -y la consecuente falta de transformación estructural- camina de la mano del hiperpresidencialismo, que cobija y alimenta el autoritarismo y la corrupción. O en palabras de Eduardo Gudynas, “las distintas asociaciones entre extractivismos y corrupción se articulan entre sí, derivando hacia situaciones que erosionan la calidad de la democracia”, ahondando la violencia consustancial a los extractivismos (situación vista también en otros países extractivistas, con gobiernos conservadores o progresistas, como es el caso de Ecuador y sus patologías de la abundancia). 

Más allá de una que otra acción y discursos soberanistas, en definitiva, la dependencia del petróleo y los minerales en la periferia capitalista suele engendrar gobiernos caudillistas. Esto debilita las instituciones del Estado encargadas de hacer respetar las normas y fiscalizar al gobierno; carcome las reglas y la transparencia, alentando la discrecionalidad en el manejo de los recursos públicos y los bienes comunes; exacerba los conflictos distributivos por las rentas entre grupos de poder, consolidando a largo plazo el rentismo -y patrimonialismo-, subordinando clientelarmente aún más a aquellos sectores populares excluidos y sin poder de negociación sobre las rentas extractivas; alienta las políticas cortoplacistas y poco planificadas de los gobiernos, disminuyendo la inversión y el crecimiento económico; y hasta distorsiona la estructura productiva interna, con patologías económicas como la “enfermedad holandesa” u otras.

Y son estos gobiernos hiperpresidencialistas los que atienden de manera paternalista y clientelar las demandas sociales obteniendo recursos de la ampliación de los extractivismos, configurando el caldo de cultivo para nuevas conflictividades sociopolíticas y ecológicas. Tal como se constata con el fin del reciente ciclo de gobiernos progresistas, no se enfrentaron estructuralmente las causas de la pobreza y marginalidad, menos aún la matriz productiva primario exportadora y dependiente (más cuando se toma en cuenta que muchos sectores burgueses que se “enchufan” al proyecto clientelar de hecho lucran de la dependencia y el estatus quo). Igualmente los significativos impactos ambientales y sociales, propios de estas actividades extractivistas a gran escala, aumentan la ingobernabilidad, lo que a su vez exige nuevas respuestas represivas…

En este complejo entorno emerge el actual conflicto venezolano. Las presiones e intereses del imperialismo occidental chocan con las del imperialismo de oriente, como Rusia y sobre todo China. Como plantea Emiliano Terán Mantovani, “China es también responsable de la crisis venezolana actual”; Rusia tampoco se queda atrás con los multimillonarios préstamos entregados (e incluso con las importantes ventas de armamento al país caribeño). En palabras de Emiliano, la larga ruta de reformas legales, normativas, políticas y medidas económicas en Venezuela han ampliado las fronteras de extracción petrolera y minera (sobre todo para beneficio de los capitales chinos); dando cada vez más cabida a formas de acumulación neoliberal, lo que él llama el Largo Viraje. 

Dicho esto, es evidente que la crisis de Venezuela es funcional a las potencias de los múltiples imperialismos que hoy se disputan el mundo (en lo que podría ser una “nueva guerra fría”).  Así, tras los discursos por la “democracia”, la “libertad” y el “bienestar” del pueblo venezolano están los viejos y cochinos intereses imperiales, favorecidos -aunque no sea de manera expresa- por gobiernos extractivistas. Hasta se podría pensar que la acción de los gobiernos “progresistas” terminó volviéndose parte de todo un proceso de entreguismo al imperialismo de oriente, tal como en su momento los gobiernos neoliberales hicieron en beneficio del imperialismo de occidente.

Semejantes caminos nos retornan al punto de partida. Afrontamos un asunto glocal: tanto local como global. La respuesta local demanda la libre determinación del pueblo venezolano -tal como plantea incluso en medio de una situación cada vez más conflictiva y polarizadas entre otras agrupaciones la Plataforma Ciudadana en Defensa de la Constitución. Acción local que necesita combinarse con una acción global de solidaridad internacional que facilite ese proceso interno, alejando las tenazas imperialistas en marcha -como demanda un nutrido y destacado grupo de intelectuales y organizaciones sociales de diversas partes del planeta. En definitiva, precisamos una acción glocal que permita reconstruir, desde dentro -sin injerencias imperiales, así como sin gobiernos títeres o usurpadores- la democracia, la esperanza y la paz en Venezuela.-

Venezuela y la geopolítica mundial más allá de homilías

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur
La autoproclamación presidencial de Juan Guaidó -el pasado 23 de enero- inauguró un ciclo nuevo político en Venezuela. Se puede afirmar que es la primera vez, desde que el 2 de febrero de 1999 Hugo Chávez fuese investido presidente, el gobierno venezolano realmente siente la presión internacional a la que esta siendo sometido. Hoy, gran parte del establishment bolivariano teme que los impactos de su actual aislamiento internacional supongan un mayor deterioro de la economía nacional y el comienzo de una primavera venezolana que liquide definitivamente un régimen desde hace años sin legitimidad social.
A nivel global el mundo se ha dividido en torno a Venezuela: por un lado, apoyando a Guaidó están los Estados Unidos y la mayoría de los países de América Latina junto al Parlamento Europeo y los países más importantes del viejo continente; mientras las diplomacias de la República Popular China y de Rusia, así como gran parte de la izquierda regional y global intentan aún sostener al régimen de Nicolás Maduro.
Para la mayoría de analistas, especialmente los que se identifican con el lado progresista, asistimos a un nuevo orden geopolítico donde tantos los intereses humanitarios como los derechos democráticos y políticos están en disputa en Venezuela. Con base en esto se hacen grandilocuentes alegatos respecto a la libre autodeterminación de los pueblos y el derecho a la no injerencia extranjera en conflictos internos.
De igual manera, desde estas sensibilidades se considera que el elemento fundamental que motiva la presión política de Estados Unidos sobre Venezuela es su interés por controlar las reservas petrolíferas en la extensa Faja del Orinoco. De hecho, Estados Unidos a la fecha de hoy es el principal importador de petróleo venezolano.
Sin embargo y sin restar valor a lo anterior, un análisis serio sobre la crisis a lo interno de Venezuela requiere de un nivel de profundidad que no suele recogerse bajo parámetros estrictamente ideológicos y de barricada.
Autoproclamación de Juan Guaidó 
La concatenación de hechos segundos después de que Juan Guaidó se autoproclamase presidente encargado refleja claramente que había un concierto internacional armado entre el joven legislador, su partido Voluntad Popular y varios actores internacionales. La inmediatez de los reconocimientos de Donald Trump y Luís Almagro -Estados Unidos y OEA respectivamente- así lo demuestran. De igual manera, la rápida puesta en escena del Grupo de Lima y de forma más tibia de determinados países de la Unión Europea son el fruto de como se calentaron las líneas de comunicación diplomática auspiciadas desde Washington.
El drama venezolano radica en que el gobierno de Maduro y el supuesto de Guaidó carecen de legitimidad democrática. Gran parte de la comunidad internacional no reconoció nunca el último proceso electoral venezolano, tampoco las Naciones Unidas y menos aún los propios venezolanos. Tras indicadores de participación por encima del 75% en los comicios electorales anteriores, en las elecciones presidenciales del pasado 20 de mayo en Venezuela apenas participaron el 46% de los electores y solo respaldaron a Nicolás Maduro 6,2 millones de electores de un censo electoral de 20,5 millones, todo ello inmerso en una lógica de coerción, fraude e irregularidades que distan mucho del debido proceso democrático. Es así que Venezuela registró la abstención más alta de su historia desde la llegada de la democracia al país en 1958.
Sin embargo, lo anterior no legitima a Guaidó. Los gobiernos internacionales que le han reconocido como presidente encargado argumentan su posición con base en un artículo constitucional -el 233- que tiene su fundamento sobre un posible vacío de poder en la poltrona presidencial. Hablemos claro, en el Palacio de Miraflores no existe vacío de poder alguno, sino un poder ilegítimo en la medida en que no está avalado por la mayoría de la población.
Injerencia extranjera en el país
Pese al interés desde Washington en el derrocamiento de Maduro, cabe señalar que Estados Unidos lejos está de necesitar el petróleo venezolano. El desarrollo del shale oil estadounidense le ha permitido al gigante del norte ser un país casi autosuficiente en materia de crudo, tal y como lo fue antaño la Unión Soviética. En este sentido, el interés sobre la explotación y comercialización del crudo en el subsuelo de la Franja del Orinoco responde a intereses corporativos privados, no solo de las transnacionales extractivas norteamericanas, sino del mundo entero.
Más allá de las amenazantes declaraciones de Donald Trump, en Washington existe escaso interés en plantearse cualquier tipo de intervención militar masiva en territorio venezolano. En el Pentágono son conscientes que un guerra civil en Venezuela donde los Estados Unidos estén implicados sería un caos generalizado y con un fuerte riesgo de aparición de grupos paramilitares incontrolados dado el reparto de armas realizado por el régimen. Más que una guerra de perfil binario, los Estados Unidos podrían estarían enfrentando un proliferación de frentes locales más al estilo de lo que sucedió en Irak que el tan recurrido argumento izquierdista de Vietnam.
Pero además, Washington es consciente también de que la mayoría de la población norteamericana está lejos de avalar la participación de su país en un conflicto armado de estas características. En paralelo, si algo está caracterizando al gobierno de Trump es su escaso interés en articular una política internacional inteligente y posicionada con eje en la defensa de los intereses estadounidenses y el de sus aliados en el mundo. Ahí está la retirada de tropas de Siria y la reducción de unidades militares en Afganistán, ambos hechos cuestionados mayoritariamente por demócratas y republicanos en el Capitolio.
Hablemos claro. Desde los sucesos del 11S de 2001 la política exterior estadounidense se ha despreocupado de América Latina. Su injerencia en asuntos como el golpe de Estado en Honduras y el intento de compartir el uso de bases colombianas por parte de tropas estadounidenses -ambas cuestiones en el año 2009- ha sido puntual. Quizás por ello fue posible un ciclo políticamente progresista en el subcontinente sin derramamiento de sangre.
Así las cosas, las declaraciones de Donald Trump y la presión estadounidense sobre Venezuela -más allá de buscar ir liquidando elementos residuales del ciclo progresista- podría responder a rearticular las bases más ultraconservadoras del Partido Republicano. Esas que ya no encuentran hoy una Bahía de Cochinos por invadir y siente decepción respecto a un hipotético y gigantesco muro imaginario que no se plasma en realidad y que Trump instaló en sus subconscientes durante la campaña electoral bajo una lógica de guerra contra el supuesto enemigo de la migración.
Por otro lado, entender el alineamiento de posiciones geopolíticas en torno a la crisis venezolana bajo una lógica de “bad cops” (Trump, Almagro, Grupo de Lima…) versus “good cops” (Rusia, China, Turquía, México, Uruguay…) es una simplicidad.
Pero existe un reverso de la geopolítica que apoya a Maduro y donde aparecen potencias mundiales como la Federación Rusa y la República Popular China. Ambos, cabe decirlo, rentabilizando jugosos contratos de ventas de armamento durante los últimos quince años.
En el caso ruso la cosa es sencilla. Soportan el 5% de la deuda pública externa del país, llevan dos décadas invirtiendo más de 17.000 millones en el país principalmente mediante la petrolero estatal rusa Rosneft y ahora corren el riesgo de que un nuevo gobierno más amigo de Washington que de Moscú les generé problemas de cobro.
Por su parte, la República Popular de China vive una situación similar. En los últimos diez años Beijing ha inyectado en la economía china más de 62.000 millones de dólares, es decir, el 53% del monto total invertido o prestado en formato de créditos en América Latina. Los actuales 23.000 millones de dólares de deuda externa venezolana en manos chinas correrían peligro en el caso hipotético de que un régimen pro-estadounidense le pasase factura a Xi Jinping por haber sido el balón de oxigeno bolivariano durante la última década.
Grupo de contacto sobre Venezuela
Así las cosas, no es de sorprender que la reciente reunión del grupo de contacto sobre Venezuela en Montevideo haya sido un fracaso. Este hecho se visualiza en que su declaración final que no fue adoptada de forma unánime por el conjunto de países participantes.
No será la diplomacia internacional quienes ayuden al pueblo venezolano a resolver su problema interno. De hecho, las sanciones económicas y la intervención sobre Citgo y PDVSA que se realiza en el exterior incrementarán la penuria en la que se hayan los venezolanos, penuria a la que han sido sometidos por un gobierno sostenido económicamente también por billeteras extranjeras.
Una salida sin derramamiento de sangre y sin injerencia extranjera solo será posible en Venezuela si es que desde la sociedad se es capaz de articular una tercera vía que no responda a las lógicas hoy en conflicto.
Venezuela necesita su primavera!!!

Naomi Klein: “Soy una anticapitalista, este sistema está en guerra con nuestro ecosistema”

Periodista, escritora canadiense y sobre todo crítica de la globalización empresarial, la autora de No logo repasa las ideas tras algunos de sus más célebres libros y asegura, atribulada por el cambio climático, que “somos la última generación de la despreocupación, de poder imaginar que no hay límites a lo que podemos extraer”.

La escena parece, por decirlo de alguna forma, sacada de una distopía, aunque la realidad es más habitual de lo que podríamos pensar: filas de más de un día de espera con cientos de jóvenes en las afueras de una tienda de Apple, todos dispuestos a comprar por poco menos de un millón y medio de pesos chilenos los primeros equipos del iPhone del momento.

–Llevo veinte horas de fila para poder entrar a la tienda -dice una chica a la cámara.
–Me gusta ser de los primeros en la ciudad en tenerlo -explica un segundo joven.
–O lo tienes el primer día o esperas un mes y yo no quiero esperar -argumenta otro.
–Da estatus -dice un último.

Lo que vemos es parte de un capítulo del programa español Salvados —disponible en Netflix—, en donde el periodista Jordi Évole desarrolla reportajes de actualidad alrededor del mundo. “Nace, consume, muere” se llama la entrevista que sostiene con Naomi Klein en Toronto, donde la periodista y escritora canadiense reflexiona sobre el fenómeno anticapitalista, la llamada “terapia del shock” y el cambio climático, por lo demás, ejes centrales de algunos de sus libros La doctrina del shock, No logo y Vallas y ventanas.

Esta es parte de la conversación que mantienen en el episodio de Salvados.

Naomi Klein: En nuestras sociedades existen inmensas desigualdades y esta promesa de que si llevas la ropa adecuada no serás tratado como basura, creo que es muy poderosa. Para mí no se trata de juzgar al tipo que cree que será tratado con dignidad si va vestido correctamente, se trata de reconstruir esto e intentar crear una sociedad más justa, una donde se trate bien a todo el mundo.

Jordi Évole: Tanto tú como yo nos podemos permitir sin muchos problemas comprar un iPhone. Yo no sé quién es más vulnerable al consumismo, el que se lo puede permitir o el que lo ve como un objeto de deseo prácticamente inalcanzable.

NK: Hay gente que no se lo puede permitir, para quien la promesa de un iPhone o de un par de zapatillas para correr, es aún más intensa que para la gente que ya está en esta clase social. Como si pudiesen escaparse a otra clase para poder estar “on the go”, como dicen. Y creo que el móvil se ha ido convirtiendo en esa promesa de movilidad total y de libertad. Es una puerta. Para algunos es una puerta que te lleva a otra clase, fuera de donde estás. No eres feliz donde estás, por eso necesitas esa cosa que te llevará fuera.

JÉ: ¿De qué manera podemos combatir esa atracción que provocan en nosotros las grandes marcas? ¿Cómo podemos huir de eso?

NK: Tengo una visión particular sobre eso, porque paso medio año en el campo y medio en la ciudad. Paso media vida en una zona muy rural de Canadá, en British Columbia, donde no se puede comprar nada y no hay anuncios. Y ahí soy extremadamente consciente de cómo cambio al pasar de este espacio a una ciudad donde soy bombardeada con mensajes
que me dicen qué comprar, que no soy suficientemente buena…

JÉ: …ya tenemos todos la solución. Nos vamos a vivir todos al campo y se acabó el consumismo…

NK: No quiero decir eso. Esto es lo que me hace ser consciente, pero todos podemos hacer esto. Todos debemos preguntarnos: ¿De dónde procede esta necesidad que siento ahora? No ha salido de mí, es externa…

JÉ: En No logo hablas del poder de las marcas, han pasado 16 años y no sé si estamos mejor.

NK: Es interesante. Aquí, en Toronto, alguien publicó un artículo para un periódico local. Fue a una universidad de la zona y preguntó a los estudiantes sobre sus actitudes con las marcas y descubrió que estaban totalmente en contra de vestir logos. O sea, que algo ha cambiado, pero yo creo que la gran diferencia es que cuando acabé de escribir No logo mi libro termina con esa idea un poco loca de que uno debería empezar a pensar en sí mismo como una marca. La marca que se llama Tú. Y ahora, 16 años después, diría que la diferencia más significativa es que ahora tenemos una generación que ha crecido con la idea de que ellos mismos son una marca que tienen que promocionar constantemente. Y es por esto que el iPhone, o cualquier otro smartphone que utilices, es la primera herramienta que utilizarás como joven para crear tu marca. Es la herramienta que utilizarás para hacerte fotos y actualizar constantemente tus perfiles sociales para difundir la marca que eres tú.

JÉ: ¿Eres una antisistema?

NK: ¿Qué si soy una antisistema? No sé qué quieres decir. ¿Qué es una antisistema?

JÉ: Bueno, antisistema es ir contra el sistema que tenemos actualmente.

NK: Sí, soy una anticapitalista. Creo que tenemos un sistema político y económico que nos está fallando en múltiples niveles, incluyendo el nivel más importante de todos que es que este sistema está en guerra con nuestro ecosistema.

JÉ: En España, cuando un partido político se dice antisistema, normalmente se le ridiculiza. ¿A ti te pasa?

NK: Actualmente, estamos en un momento en que es una postura mayoritaria ser antisistema, ¿verdad? Tanto en la derecha como en la izquierda. Y esto es, si te fijas en las últimas elecciones presidenciales de EE.UU., la gente que apoyó a Donald Trump era antisistema. O por lo menos este era el discurso que él utilizó. Estaban en contra del sistema. La gente que votó a favor del “brexit” en Reino Unido estaban rechazando este sistema y creo que, desde el colapso económico de 2008-2009, las fallas de nuestro sistema económico son muy claras: privatizaciones, desregulaciones y recortes en el gasto social. Este modelo ha fracasado. Hay una carrera para llenar ese vacío. ¿Lo hará una alternativa progresista con una visión de cómo cambiar este sistema que mejore la vida de la mayoría y proteja el planeta, o bien este vacío será ocupado por un populismo de derechas, o incluso por un fascismo, que culpa a las personas negras y mestizas del fracaso del sistema y crea una sociedad más dividida y violenta? Mucha gente de derecha que se posiciona como antisistema es, en realidad, parte de ese sistema. Y, por supuesto, todas las contradicciones que encarna Donald Trump. El hecho de que forma parte del 1% del 1% del 1% e hizo una campaña diciendo que se va a cargar el sistema y que va a defender al pobre hombre que ha perdido el trabajo por culpa de un mexicano. Evidentemente, no lo considero ni un partido ni un candidato auténticamente antisistema, pero está aprovechándose de un sentimiento antisistema de la población.

JÉ: Cuando se empezó a hablar de globalización en los años 90, era un término estupendo, que gustaba, pero si hoy preguntas por la globalización no todo el mundo opinará eso. ¿Qué ha pasado?

NK: La realidad… la realidad tal cual es. Cuando empezamos a hablar de estos tratados de libre comercio en los 90, tuvimos un largo debate entre aquellos que decían: “No, esto va a bajar los salarios”, y otros que decían: “No, esto nos va a enriquecer y ayudar a todos”. Ahora ya tenemos una base de datos. Han pasado dos décadas para analizar la promesa que estas políticas hacían y lo que en realidad han supuesto. La realidad es compleja, pero ya sabemos que allí donde se introducen estas políticas aumenta la desigualdad.

JÉ: ¿A qué te refieres cuando hablas del “shock”?

NK: Lo que identifico como “shock” son esos momentos en que la historia se mueve a cámara rápida, cuando sucede algo que no podemos explicar porque salió de la nada. Es precisamente en estos momentos de confusión masiva, de “shock”, cuando hay una estrategia para llevar a cabo políticas muy impopulares. No es una conspiración, no estoy diciendo que creasen el “shock” para hacer estas políticas. En muchos casos, estos “shocks” son imposibles de planear, puede tratarse de una catástrofe natural como un tsunami o el huracán Katrina. Pero entienden que este es el momento de atacar, es el momento de pasar a la acción. Es el momento en que podrás privatizar el agua, la electricidad, la telefonía, a través de acciones inmediatas, que entonces llamaban, aunque ahora ya no usan este nombre, “terapia del shock”.

JÉ: ¿De dónde surge esa idea?

NK: Creo que mucho de ello proviene de la frustración. Al darse cuenta de lo difícil que es incrementar estas políticas sin una crisis, sin un “shock”, en una democracia. Por ejemplo, Milton Friedman, en Estados Unidos, intentó aconsejar a Nixon y Friedman estaba furioso, porque se suponía que era un gobierno de derechas. Pero Nixon no hizo caso de sus consejos. Terminó haciendo lo contrario para ganar las elecciones. Controló salarios y precios, introdujo regulaciones ambientales muy fuertes, y creo que esto fue el origen de todo: darse cuenta de que la democracia es un problema para el neoliberalismo.

JÉ: ¿Por qué el miedo es una herramienta tan potente para el poder?

NK: Si tus ideas son impopulares y, de hecho, dañan a la mayor parte de la población, debe haber una estrategia para llevarlas a cabo de algún modo. Y cuando estás en una democracia, los momentos de graves crisis económica crean situaciones donde puedes ser más autoritario de que costumbre, porque te puedes ocultar detrás de la crisis.

JÉ: ¿Qué papel jugamos los medios de comunicación cuando hay un proceso de “shock”?

NK: Bueno, es crucial. Idealmente, el rol de los medios es ayudar a que la gente no entre en pánico. Es por eso que juegan un papel tan importante durante los desastres naturales. El papel de los medios es muy importante para que la gente esté informada, se calme y las cosas funcionen con normalidad. Pero lo que pasa durante las crisis económicas es lo contrario. Incrementan la histeria, hacen que la gente esté más desorientada y más asustada. Esto es una traición al papel que deben tener. Idealmente, los que trabajan en los medios de comunicación deberían guiarnos. En cambio, aquellos que deberían ayudarnos a sobreponernos intelectualmente nos traicionan en ese momento de “shock”.

JÉ: En tu último libro, Esto lo cambia todo, dices que este sistema basado en crecer, producir y consumir, se va a tener que acabar por el cambio climático. ¿No podemos seguir creciendo?

NK: Tenemos un modelo económico para el que cualquier tipo de crecimiento es una ventaja, incluyendo el crecimiento más contaminante. No hace distinciones. Este modelo es totalmente incompatible con las medidas que necesitamos tomar para impedir un cambio climático catastrófico. En países como Canadá o España tenemos que reducir nuestras emisiones en un 10% al año. Esto es enorme. No hay ningún plan sobre la mesa que se acerque. Es imposible hacerlo en un sistema que convierte el mercado y el crecimiento en un fetiche. Partes de nuestra vida se centran solo en el consumo y el desperdicio. Y esto debemos limitarlo. Pero, al mismo tiempo, podemos hacer crecer las partes de nuestra economía que son poco contaminantes y mejoran la calidad de vida. Y si lo hacemos, va a ser todo mucho más fácil.

JÉ: ¿Por qué dices que luchando contra el cambio climático también podemos conseguir un cambio de sistema?

NK: Hemos asistido a 25 años de políticas que intentaban gestionar el cambio climático sin cambiar el sistema, que intentaban encajar el problema del cambio climático dentro del sistema de mercado existente, como el intercambio de emisiones, la creación de un mercado de la contaminación, la promoción de productos ecológicos en lugar de productos que no lo son, tratar a las personas sobre todo como consumidores. Lo cierto es que estas políticas han fracasado. El mercado de emisiones europeo no ha sido más que una pérdida de tiempo y dinero. Las emisiones mundiales han aumentado un 60%. Esto es así porque nuestro sistema está interfiriendo. Estoy convencida de que hace falta un cambio de sistema para lograr reducir las emisiones. Lo bueno es que el sistema está fracasando a otros niveles, además del cambio climático. Ahora tenemos una oportunidad, mientras cambiamos nuestras redes energéticas o nuestro sistema de transporte, de construir una economía justa al mismo tiempo. Mi obsesión de los últimos seis años ha sido tratar de unir todos estos movimientos. Por un lado, están los que luchan contra la austeridad, contra los tratados de comercio, la desigualdad, y por otro, los que luchan por el cambio climático y el medioambiente. No hablan mucho entre ellos. Son movimientos separados. Es necesario que sea el mismo movimiento y el mismo proceso. Necesitamos soluciones que aborden la desigualdad y el cambio climático al mismo tiempo.

JÉ: En los últimos años, hemos visto como multinacionales están intentando dar una imagen de que la manera de producir que tienen es sostenible o que están fabricando, por ejemplo, vehículos eléctricos. ¿El mercado está preocupado por el cambio climático?

NK: Creo que asumir que el enriquecimiento de Elon Musk vendiendo vehículos Tesla signifique que el capitalismo puede arreglar el cambio climático es una locura, porque son vehículos carísimos. Y el trabajo de verdad es invertir mucho en transporte público para que todo el mundo lo pueda usar. Y el mercado no tiene ningún interés en ofrecer transporte público económico, o incluso gratuito, porque así la gente dejaría de utilizar el automóvil, lo que sería una solución para la mayoría.

JÉ: Tú dices que deberíamos dejar de extraer petróleo desde ya. ¿Esto no es muy radical y, sobre todo, es posible?

NK: La ciencia es muy clara sobre esto. Si queremos hacer lo que nos comprometimos a hacer en París, en la última conferencia sobre el cambio climático, si queremos mantener el crecimiento de la temperatura por debajo de 1,5 a 2ºC, entonces no podemos hacer exploraciones para encontrar más petróleo, gas o carbón. Si consumiéramos todos los combustibles fósiles en producción, sobrepasaríamos ese objetivo de temperatura. Eso no significa que tengamos que parar mañana. Significa que necesitamos un plan para reducir progresivamente y avanzar hacia el 100% de energías renovables para mediados de siglo. y es posible hacerlo con la tecnología existente. ¡Es radical! Lo admito, pero el futuro lo es.

JÉ: Dices que se va a necesitar mucho dinero para frenar el cambio climático. ¿Quién lo va a pagar?

NK: Me alegro de que lo preguntes. Mucho del dinero tiene que venir de la gente que más responsabilidad tiene en esto. Por eso es tan importante que ahora tengamos mucha información nueva sobre lo que saben las compañías petrolíferas y cuándo lo han sabido. Es parecido a lo que pasó con las tabacaleras. Lo más fácil sería eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, porque ahora pagamos a estas compañías para que contaminen, y les pagamos enormes subsidios. También necesitamos un impuesto alto sobre el carbón, pero diseñado para que no cargue el coste a los consumidores con menos recursos. Tiene que ser progresivo. Tenemos que aumentar las regalías a la extracción. Podríamos tener un impuesto sobre el lujo. Sabemos que la gente que es más rica es la que más contamina, y debería ser la que más pagara por esa transición. He dicho mucho la palabra “impuesto” y he sido muy sincera: se van a necesitar políticas redistributivas y va a haber que desafiar la lógica neoliberal, pero el problema es que vivimos en una época de riqueza privada sin precedentes. Debemos lograr una mayor parte de esa riqueza para pagar por el daño y la transición.

JÉ: ¿Qué países están tomando en serio la lucha contra el cambio climático?

NK: Resulta interesante que China se lo está tomando más en serio que, prácticamente, cualquier otro país. Han establecido una moratoria para las nuevas minas de carbón y están desplegando energía renovable a una velocidad increíble. Esto está pasando por la fuerte crisis que supone la contaminación en China. Alemania está haciendo muchas cosas. El 30% de su energía proviene de las renovables.

JÉ: ¿Todos somos responsables del desastre climático?

NK: Todos participamos en el sistema que causa la crisis climática pero no somos responsables al mismo nivel. Decir que hemos conocido al enemigo y somos nosotros, que lo hemos hecho entre todos, está beneficiando a las compañías petrolíferas, a las de carbón, que han luchado tanto para evitar que los gobiernos adopten medidas sensatas que nos habrían permitido hacer la transición a la energía renovable hace mucho tiempo. Mucha gente está en una situación en la que no tienen ninguna opción: viven en lugares sin transporte público, así que tienen que conducir. O no viven en lugares con estaciones de recarga, así que, aunque se pudiesen permitir un vehículo eléctrico, no pueden recargarlo. pero puedes ser parte de ese sistema y al mismo tiempo cambiarlo.

JÉ: ¿Va a ser esta la última generación de la abundancia?

NK: Creo que somos la última generación de la despreocupación, de poder imaginar que no hay límites a lo que podemos extraer de la Tierra. Así que… sí. Se acabó creer que podemos ser descuidados con los recursos que hacen posible la vida en el planeta.

JÉ: ¿Somos conscientes de que se están acabando los recursos naturales?

NK: No creo que haya un “nosotros” o un solo “nosotros” que responda a esa pregunta. Porque creo que hay partes de este planeta que han llegado al límite en temas como el agua, y no digamos el petróleo. Y están viviendo con una escasez extrema de agua ahora, así que entienden perfectamente los límites. Lo peligroso de los combustibles fósiles es que no se han agotado. No se trata de cuáles son los límites de lo que podemos extraer de la Tierra, sino de los límites de lo que la atmósfera puede absorber. Es necesario algún tipo de contención. Cuando has pescado al límite, ya no puedes pescar más, ¿no? Con el combustible fósil el problema es que hay más carbón del que nos podemos permitir quemar. Por eso hay un problema de regulación, un problema de codicia y un problema de contención, porque lo tenemos que dejar en la Tierra. Y si hay algo en lo que somos muy malos en el sistema capitalista, es en dejar las cosas que todavía pueden dar beneficios donde están.

JÉ: Tus diagnósticos son pesimistas pero, en cambio, siempre dejas abierta una puerta a la esperanza. No sé cómo lo haces…

NK: La razón por la que no pierdo la esperanza es que, si no tuviese un atisbo de esperanza, probablemente no escribiría libros ni daría conferencias. Porque no le veo el sentido a difundir desesperanza, daría paso a la gente que todavía tiene esperanza. No me gusta la gente que va por ahí difundiendo desesperanza, porque es contagioso. Si llegas a ese punto, te tienes que poner en cuarentena a ti mismo.

Fuente: http://culto.latercera.com/2019/02/02/naomi-klein-anticapitalista/?fbclid=IwAR1mRrVftPECdv6DzsGTycvJnEXGnVgNdeDEQ9cVrjXWCfIkJMyHRNH1Es4

El marxismo como religión: un recuerdo personal

Durante la Guerra Fría, el marxismo, con su creencia en el progreso ineludible de la humanidad, funcionaba como una religión al disipar el miedo a la guerra nuclear.

Por Branko Milanokic

Hace unos días, estaba escribiendo una parte de mi próximo libro (con el provisional y quizá no muy inteligente título de Globalización y desigualdad) que tiene que ver con la guerra. Es necesario incluir una sección sobre la guerra en un libro de economía actual porque todas las historias sobre convergencia económica, divergencia, la clase media global, r>g y demás pueden desaparecer completamente por la guerra, especialmente una guerra mundial.

Entonces recordé un pequeño episodio de mi vida, de hace mucho tiempo, cuando la amenaza de una guerra nuclear estaba muy presente. Como muchos de mis compañeros, me ha influido profundamente la Guerra Fría. Vivimos, hasta finales de los sesenta y principios de los setenta, constantemente bajo su sombra. Estaba en el colegio cuando se produzco la crisis de los misiles de Cuba y todavía recuerdo la sensación de terror que sobrevino a todo el mundo. Aunque era un país comunista, Yugoslavia, donde vivía entonces, no estaba alineado, así que no esperábamos que la primera tanda de misiles nos alcanzara. Tampoco quedaba muy claro quién podría atacar Yugoslavia. Pero el miedo al abismo era palpable.

En esa época, estudiábamos marxismo elemental, con su sucesión teleológica de formaciones socioeconómicas: comunismo primitivo, sociedad esclavista, feudalismo, capitalismo, socialismo y, entonces, el florecimiento del comunismo. Aprendimos que toda sociedad tenía que pasar estas fases y que la definitiva e inevitable fase final de todas las sociedades humanas era el comunismo. Por entonces, viviendo bajo la sombra del cataclismo nuclear, combiné lo que acababa de aprender sobre el avance ineludible de la humanidad con la amenaza de guerra. Si toda la humanidad debía alcanzar el comunismo, pensé, entonces no podemos sufrir un holocausto nuclear ahora ya que destruiría la humanidad antes de que llegue al comunismo. Así que decidí que el marxismo proporcionaba una refutación efectiva a cualquier posibilidad de una guerra nuclear. Mis miedos se disiparon. Porque, pensaba, si hay una guerra, el estudio científico de hacia dónde va la humanidad se demostrará incorrecto. Y, con esa idea reconfortante en la cabeza, me fui a la cama, convencido de que no era posible una guerra mundial.

Ahora, casi medio siglo después, mientras escribo sobre la guerra, me doy cuenta de cómo el marxismo en ese contexto cumplía con las funciones esenciales de una religión. A menudo se dice que el marxismo, con su sucesión de estados sociales y el efecto que tiene en la gente, es una religión secular. Pero en este caso era más que eso: permitía disipar el miedo a la muerte, como cualquier religión “seria”. Ahora cuando veo las nubes de una guerra nuclear aparecer de nuevo, ya no creo en los esquemas marxistas ni en el futuro ineludible de la humanidad, ni tampoco creo en la religión, y entonces no me queda nada que me haga olvidar el miedo a la guerra.

Traducción de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor: http://glineq.blogspot.com/