El socialismo heroico de Mariátegui

Entrevista a Michael Löwy

Nicolas Allen

El más grande y original pensador marxista de América Latina nació el 14 de junio de 1894 en el departamento meridional peruano de Moquegua. José Carlos Mariátegui (1894-1930) es recordado hoy como el más excepcional de los intelectuales radicales, latinoamericanos o no: una figura cuya influencia no solo perdura en todo el arco del pensamiento político del siglo XX, sino que evoluciona junto con los contextos históricos más variados. De la teoría de la dependencia a la teología de la liberación, de la teoría de la descolonización a la marea rosa latinoamericana, la historia del pensamiento radical de la región puede leerse y se ha leído como una exégesis ampliada de los escritos de José Carlos Mariátegui, o el Amauta, como le llamaban los compañeros.

No hay mejor introducción al pensamiento de Mariátegui que sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, una obra sin precedentes de pensamiento marxista latinoamericano, cuyo 90º aniversario, que se celebra este año, es la perfecta excusa para revisitar su legado.

La vida de Amauta fue tan breve como intensa. Una enfermedad potencialmente fatal mantuvo al joven peruano postrado en cama durante gran parte de su juventud y prácticamente le impidió cursar la enseñanza formal. Sin embargo, aquellos años de convalecencia vieron convertirse a Mariátegui en un formidable autodidacta con una poderosa disposición, algunos dirían que melancólica. Cuando todavía era un adolescente, empezó a escribir en periódicos limeños para ayudar al sustento de la familia, y en 1918, inspirado por la remota Revolución Rusa y una oleada de huelgas en el país, se convirtió en un socialista comprometido.

El paralelismo entre Mariátegui y Antonio Gramsci es tan evidente que pocos biógrafos pueden eludir la comparación. Marxistas heterodoxos, periodistas combativos, fundadores de los partidos comunistas de sus respectivos países, la vida de ambos escritores estuvo marcada por su debilidad física y los dos fueron víctimas de una intensa persecución política. Más allá de estas similitudes anecdóticas, Mariátegui también pasó sus años de formación política como testigo del biennio rosso, conociendo de primera mano la experiencia de los consejos de fábrica turineses en 1919-1920 y, el año siguiente, la fundación del Partido Comunista Italiano en Livorno.

Pese a que no hay pruebas de que ambos revolucionarios llegaran jamás a encontrarse, Mariátegui se inspiró en su experiencia italiana de un modo que recuerda al autor de los Cuadernos de la cárcel. En Italia, Mariátegui había descubierto a una nación que carecía de las tradiciones venerables del pensamiento socialista, más propias de países como Francia o Alemania. Aun así, en la península echó raíces una filosofía marxista viva que brotó del historicismo típicamente italiano de Benedetto Croce.

Este encuentro con la filosofía de la práctica peninsular resultaría decisivo para las futuras formulaciones de Mariátegui. En primer lugar, la idea de un marxismo vernáculo pasaría a ser un rasgo distintivo del marxismo indoamericano del pensador peruano. Esta influencia italiana también se plasmó en su comprensión marcadamente voluntarista del método marxista, concebido como unidad del pensamiento y de la acción, la transformación material y consciente. En la terminología preferida de Mariátegui, “el socialismo como creación heroica”.

Pese a que resulte tentador imaginar a Mariátegui como suma de sus influencias dispares (Croce, Sorel, Marx, el surrealismo, el indigenismo, por mencionar tan solo algunas), sus intérpretes más lúcidos prefieren calificar al Amauta de interlocutor visionario con las posibilidades revolucionarias que se abrían en la época. De ahí su parecido con Gramsci, basado más en un conjunto común de intereses que en una influencia directa.

Por ejemplo, el Gramsci de la Cuestión meridional halla su corolario en el llamamiento de Mariátegui a “peruanizar Perú”. En el caso de Gramsci, la cuestión meridional gira en torno a la elaboración de un programa nacional-popular capaz de integrar políticamente a los subalternos marginados por el proceso mismo de formación de la nación italiana. Para Mariátegui, “peruanizar Perú” suponía impulsar un nacionalismo desde abajo capaz de cuestionar las imposiciones nacionalistas de la oligarquía criolla peruana y el patriotismo chovinista que emanaba de Europa.

Tras su retorno a Perú en 1923, Mariátegui entró en la fase madura de su proyecto intelectual. Además de escribir los 7 ensayos, durante la década de 1920 dirigió una empresa cultural única, llamada Amauta. Esta revista mensual de “doctrina, artes y literatura” juntó artes vanguardistas, polémicas marxistas y política indígena con el fin de encabezar un renacer cultural de toda la nación. Centrada en la política socialista, la revista Amauta ofreció una visión del marxismo como medio privilegiado para canalizar y amalgamar las expresiones e ideas más avanzadas de la época: una cultura de vanguardia en la que el marxismo, como argamasa común, se convertiría finalmente en sinónimo de la propia cultura.

Durante el mismo periodo, Mariátegui polemizó con compañeros de viaje de la izquierda peruana. La más conocida de esas disputas fue la que tuvo lugar con Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador y dirigente de la influyente Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Pese a que ambos habían compartido un terreno político común a comienzos de la década de 1920, en 1928 rompieron en torno a la cuestión del cambio revolucionario. Haya de la Torre había abandonado su marxismo inicial a favor de una línea populista, defendiendo una alianza de clase entre el indigenismo, la burguesía y el proletariado con el fin de superar el feudalismo y derrotar al imperialismo. Desde su punto de vista, el marxismo era una teoría estrictamente europea, hecha a medida de la realidad social del Viejo Continente, pero inadecuada por el desarrollo semifeudal de América Latina.

La respuesta de Mariátegui no se hizo esperar: únicamente el socialismo revolucionario podía aportar el programa para un posicionamiento genuinamente antimperialista. Pero justo cuando estaba defendiendo la universalidad del método marxista frente a las acusaciones de eurocentrismoprocedentes de las crecientes filas de la APRA, Mariátegui tuvo que enfrentarse a otro conjunto de acusaciones desde un flanco diferente. En 1929, el recién creado Partido Socialista de Perú de Mariátegui (nótese la anomalía: un partido comunista había conservado la bandera socialista) fue invitado a asistir a la primera Conferencia Latinoamericana de la Comintern. Sin embargo, los delegados peruanos del PSP provocaron un escándalo al negarse a someterse a la exigencia de la Tercera Internacional de impulsar la revolución democrático-burguesa, la vía correctapara los llamados países coloniales y semicoloniales.

Imposibilitado de asistir en persona debido al importante avance de su enfermedad, Mariátegui hizo entregar los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana al cabecilla del Buró Latinoamericano de la Tercera Internacional, Victorio Codovilla. El argentino Codovilla, famoso por su estalinismo de línea dura, hojeó el volumen con desdén. Ensayos de interpretación y realidades nacionales eran expresiones propias de diletantes pequeñoburgueses. Cuando la noticia del escándalo llegó a Moscú, los aparáchikssoviéticos se enfurecieron especialmente ante la defensa que hacía Mariátegui de un comunismo inca: la noción de que las semillas de la utopía comunista ya estaban presentes en las comunidades indígenas milenarias de la región, tanto como el internacionalismo revolucionario de la Unión Soviética. Mariátegui escribe en sus 7 ensayos: visto el “socialismo práctico en la vida agrícola e indígena […], las comunidades representan un factor natural para la socialización de la tierra”.

Por supuesto, Mariátegui reconocía que la transición del comunalismo anticapitalista a la revolución socialista requeriría un sujeto proletario, pero en este terreno también su pensamiento iba contra la corriente. El campesinado andino no se convertiría en proletariado por mor del desarrollo de las fuerzas productivas, sino a través de la propia revolución socialista: la revolución como proceso de transformación en sujeto de esa revolución o, más poéticamente, lo que Mariátegui llamaba la lucha por una creación heroica de la sociedad socialista (nótese aquí el eco del socialismo humanista voluntarista del Che Guevara esbozado en su El socialismo y el hombre en Cuba).

Tachado de populista por la intelligentsia de la Comintern, el anticapitalismo romántico de Mariátegui pasaría a ser una piedra angular del pensamiento del filósofo marxista franco-brasileño Michael Löwy. Con la categoría de marxismo romántico, Löwy ha colocado a Mariátegui en el centro de un panteón intelectual que incluye a Walter Benjamin, Antonio Gramsci y Ernst Bloch. Todos ellos habían comprendido a su manera que por cada revés histórico, impasse revolucionario o derrota popular todavía quedarán fragmentos utópicos entre las ruinas del pasado que podrían juntarse para tejer líneas de resistencia y vías de avance alternativas.

La crítica romántica-revolucionaria del capitalismo, particularmente en su variante radical tipificada por Mariátegui, no insiste en un retorno literal al pasado (en ninguno de los escritos de Mariátegui consta una aspiración nostálgica a recrear el imperio inca autárquico), sino más bien en la recuperación de referencias históricas capaces de arrojar luz sobre la naturaleza contingente de nuestro presente capitalista y en el renacimiento del potencial emancipatorio autotraicionado, propio de la modernidad. Como reconoce el propio Löwy en su libro El marxismo en América Latina, el dramático enfrentamiento con la Comintern marcó uno de los capítulos finales de la edad de oro de creatividad teórica del marxismo latinoamericano (Juan Antonio Mella, el fundador del Partido Comunista Cubano, también fue de aquella época). El periodo subsiguiente de esterilidad intelectual y predominio soviético comenzó, por casualidad, en 1930, al año en que murió Mariátegui.

El legado del peruano conocería un renacimiento significativo en el seno de la nueva izquierda latinoamericana en las décadas de 1960 y 1970. Hasta entonces, el proyecto intelectual de Mariátegui quedó durante décadas como el intento más audaz de rescatar el marxismo vivo del doble peligro que acechaba a las tendencias de izquierda de la región. Según Löwy, se trata, por un lado, de una tentación nativista de rechazar como foráneas todas las teorías que aspiran a la universalidad –el marxismo, principalmente– y, por otro, del señuelo de la aceptación acrítica de dicha universalidad sin prestar atención a las particularidades locales.

En ningún otro escrito se expresa más lúcidamente el equilibrismo de Mariátegui entre lo universal y lo singular que en sus 7 ensayos de interpretación, donde un análisis marxista riguroso ilumina las formaciones socioeconómicas y culturales concretas de la sociedad peruana, de una manera dialéctica que recuerda al 18 Brumario de Marx o El desarrollo del capitalismo en Rusia de Lenin. Hemos hablado con Löwy con ocasión del 90º aniversario de los 7 ensayos de interpretación, para recordar el legado del peruano y preguntar por su relevancia en el presente.

Pregunta: Quisiera comenzar preguntando por el trabajo que has presentado en Lima con motivo del 90º aniversario de los 7 ensayos de interpretación. Has establecido una comparación entre Walter Benjamin y José Carlos Mariátegui. ¿Qué aspectos te parece que tienen en común?

Respuesta: A pesar de pertenecer a dos universos culturales muy diferentes –la América andina y Centroeuropa–, Benjamin y Mariátegui tienen muchas cosas en común: no solamente su adhesión heterodoxa al comunismo y su simpatía por la figura de León Trotsky, sino también su interés por el pensamiento de Georges Sorel, su pasión por el surrealismo y su visión religiosadel socialismo. Y lo que es más importante, ambos pensadores comparten una crítica romántica de la civilización moderna que es inseparable de su hostilidad hacia el positivismo y la ideología del progreso. Las afinidades entre ambos son tan llamativas que es un milagro que no estuvieran familiarizados con sus obras respectivas.

Pregunta: En cuanto a Mariátegui, ¿cómo se plantea una revolución sin progreso?

Respuesta: Como señaló Benjamin en el Libro de los pasajes, su propósito era desarrollar una forma de materialismo histórico que rompiera con la ideología del progreso. Mariátegui hizo algo parecido. En su Dos concepciones de la vida, rechazó, en sus propias palabras, “el respeto supersticioso por la idea del progreso”, una “filosofía sosa y acomodaticia”, como la llamaba. Para Mariátegui, la revolución no es nunca el producto del progreso, sino la recuperación del pasado comunista precolombino.

Pregunta: ¿Puedes desarrollar más esta última cuestión? Un “pasado comunista precolombino” suena sospechosamente a lo que Marx y Engels llamaron el “comunismo primitivo”. ¿Defiende Mariátegui el retorno a un pasado comunista?

Respuesta: En efecto, existe una similitud con el comunismo primitivo definido en la tradición marxista. Añadiré que Rosa Luxemburg utilizó la expresión “comunismo inca” al hablar de las diversas formas del comunismo primitivo en su Introducción a la economía política. En Perú, esto hace referencia a las ayllu, las comunidades campesinas que constituían la base social del imperio inca que existía en la región andina antes de que Colón descubriera América y los colonialistas españoles la conquistaran. Mariátegui no defiende, por supuesto, el retorno al pasado precolonial, sino que ve en la tradición colectivista de las comunidades indígenas una base sólida para el desarrollo del movimiento comunista moderno en el mundo rural.

Pregunta: ¿Puedes decir algo sobre la perspectiva teórica específica que permitiría a Mariátegui calificar al campesinado y a los indígenas de protagonistas del movimiento comunista?

Respuesta: Como he tratado de explicar, Mariátegui veía en las tradiciones colectivistas del campesinado indígena un poderoso factor favorable a su integración en el movimiento comunista. Es más, en su lucha por la tierra, las masas campesinas entran necesariamente en conflicto con la oligarquía terrateniente capitalista y pueden incorporarse a una vanguardia socialista-comunista, pues esta sería la única fuerza política que luchara por una reforma agraria radical.

Pregunta: Dicen que Mariátegui fue el primer marxista de América Latina, y hay quienes van más allá y lo llaman el creador de un marxismo exclusivamente latinoamericano. ¿Qué sentido tiene hablar de un marxismo específicamente latinoamericano, opuesto, por ejemplo, al concepto de marxismo periférico? Por decirlo de otro modo, ¿por qué molestarse en diferenciar cuando el objeto de análisis del marxismo, el capitalismo, es a su vez universal?

Respuesta: Creo que en el caso de Mariátegui las tres perspectivas no son mutuamente excluyentes. Mariátegui es, en efecto, el primer marxista de América Latina. Es cierto que hubo otros autores que se remitían a Marx en escritos anteriores, como por ejemplo Juan B. Justo, el traductor argentino de El Capital. Pero Justo nunca entendió a Marx. Su pensamiento estaba mucho más basado en la filosofía positivista de la época que en Marx. De hecho, Mariátegui fue el primer pensador que propuso un análisis marxista de las formaciones sociales latinoamericanas, concretamente en sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Pese a su adhesión al comunismo, Mariátegui nunca aceptó la doctrina estalinista oficial de la Comintern, o sea, la necesidad de pasar por una etapa democrático-burguesa en Latinoamérica. Para él, la única alternativa a la dominación imperialista era lo que llamó el “socialismo indoamericano”.

También es perfectamente lícito hablar del marxismo latinoamericano, y no solamente porque el pensamiento de Mariátegui se centre principalmente en Perú y América Latina. Su punto de vista estaba profundamente arraigado en la cultura y la historia del continente. Del mismo modo podríamos hablar de un marxismo periférico, ya que Mariátegui compartió con otros –de Latinoamérica, Asia y África– una visión del capitalismo situada en los márgenes del sistema. Sin embargo, me parece importante destacar que el marxismo de Mariátegui es universal. Esta universalidad no solo está presente en sus escritos sobre el capitalismo, sino también en sus reflexiones sobre una serie de cuestiones: el método marxista; la ética revolucionaria; la visión mística del socialismo, la cultura y las artes; y por supuesto sus polémicas en defensa de una filosofía antipositivista y su crítica del progreso como una ilusión.

Se trata de aportaciones profundamente innovadoras al marxismo como tal. Creo que sería un error hacer depender la reputación de Mariátegui únicamente de sus brillantes ensayos sobre la realidad peruana. Su pensamiento universal va a la par con el de sus pares intelectuales de las décadas de 1920 y 1930: Walter Benjamin, Antonio Gramsci o Ernst Bloch. Francamente, Mariátegui es uno de los mayores pensadores marxistas de la primera mitad del siglo XX.

Pregunta: ¿Y qué hay de la acusación de eurocentrismo? ¿No podríamos invertirla y, en el caso de Mariátegui, decir que el peruano es un ejemplo de la universalidad del marxismo, la prueba viva de la capacidad de la teoría de evolucionar mediante el encuentro con formaciones sociales periféricas que se encuentran fuera del campo visual de las formulaciones originales de Marx?

Respuesta: Mariátegui no era eurocéntrico ni antieuropeo. Su gran logro fue proponer una síntesis dialéctica entre la singularidad latinoamericana y la universalidad del método marxista. Por supuesto que reinterpretó el método marxista con ayuda de ciertas figuras, particularmente Georges Sorel y Miguel de Unamuno, desarrollando una singular vertiente romántico-revolucionaria del marxismo.

Pregunta: Un marxista más ortodoxo podría cuestionar, a la luz de este eclecticismo, que Mariátegui fuera marxista. ¿Qué responderías a esto?

Respuesta: ¿Acaso existe un marxómetro para medir si alguien que se reclama del marxismo es o no un auténtico marxista? José Carlos Mariátegui se consideraba un marxista, uno de sus libros se titula Defensa del marxismo (1930) y en 1928 se adhirió a la Internacional Comunista. No veo por qué se le podría denegar la identidad marxista. De hecho, el marxismo es una categoría muy heterogénea: André Tosel, un conocido marxista (gramsciano) francés, escribió que existen “mil marxismos”. Podemos criticar a algunos de ellos, o decir que han malinterpretado totalmente a Marx, pero no sirve de nada discutir sobre quién es un auténtico marxista.

Pregunta: La cuestión de la ortodoxia o heterodoxia de Mariátegui parece ser relevante al menos para comprender su recepción. Marginado por la Tercera Internacional, más tarde fue redescubierto por la nueva izquierda latinoamericana en la década de 1970 y, más recientemente, rememorado por la marea rosa latinoamericana. ¿Qué relevancia crees que tiene Mariátegui en la actualidad? ¿Qué nuevas lecturas pueden realizarse a la luz de la coyuntura actual?

Respuesta: Cada época, con sus fuerzas políticas peculiares, tendrá su propia lectura de Mariátegui. En cuanto al momento presente, creo que su visión de un tipo de socialismo que no es ni copia ni calcode otras experiencias históricas, sino más bien una creación heroica de los pueblos latinoamericanos, una creación basada en su cultura, su historia, sus tradiciones, es una idea muy relevante para la época actual. Su insistencia en las raíces indoamericanas del comunismo, expresada en todos sus escritos, también es aplicable a las luchas de los afroamericanos. A menudo se menciona la visión de Mariátegui en relación con el multiculturalismo, o con las instituciones plurinacionales, pero tiene que ver principalmente con las tradiciones comunitarias que se hallan en conflicto abierto con el capitalismo y que encierran un potencial radicalmente subversivo.

Durante demasiado tiempo, la izquierda latinoamericana ha estado calcando y copiando otros socialismos, particularmente el modelo soviético. Tal vez haya llegado la hora de redescubrir, de nuevo, la propuesta de Mariátegui de buscar una nueva vía que tenga sus raíces en las culturas y prácticas de las clases populares de América Latina.

Pregunta: ¿Ves alguna fuerza política en el continente que, explícitamente o no, emprenda esta clase de vía? Sé que João Pedro Stédile, el líder del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, es un gran admirador de Mariátegui.

Respuesta: Desde luego, ha habido grandes pensadores peruanos, como Aníbal Quijano y Alberto Flores Galindo, que siguieron su ejemplo. También tenemos a líderes políticos indígenas, como Hugo Blanco, que se han visto influidos por el pensamiento de Mariátegui. Más recientemente, podemos hallar ejemplos de su repercusión en figuras como Hugo Chávez o en movimientos campesinos como el MST, que has mencionado. Pero pienso que el movimiento revolucionario actual que mejor encarna la visión general de Mariátegui –y no necesariamente porque se atenga a sus escritos– se encuentra en la experiencia zapatista en Chiapas.

Pregunta: Has señalado que el concepto de revolución tiene un significado particular para Mariátegui. Como has comentado, es una constante en todos sus escritos que a veces se asemeja a una fe religiosa, como si la revolución fuera una fuerza imbuida por poderes redentores divinos. ¿Acaso no es esto un anacronismo en la situación actual, que se caracteriza por ambiciones políticas más modestas, o incluso por horizontes contrarrevolucionarios si contemplamos el contexto de América Latina?

Respuesta: No cabe duda de que el presente político en América Latina muestra todos los signos de una potente contrarrevolución. Pero entonces la cuestión es: ante esta situación, ¿no es tanto más necesario reafirmar el horizonte revolucionario? ¿Cómo podemos siquiera empezar a imaginar que nos liberamos del yugo de la oligarquía –con la versión reaccionaria, autoritaria y represiva del neoliberalismo que estamos viendo ahora– sin aspirar al mismo tiempo a una transformación radical de las estructuras económicas, sociales y políticas subyacentes? Por supuesto, los procesos revolucionarios comienzan a menudo con el tipo de luchas que podríamos calificar de modestas, basadas en reivindicaciones concretas y en formas de enfrentamiento limitadas.

Más allá de esto, la mayor parte de los acontecimientos revolucionarios en América Latina en al menos los últimos 50 años han estado conectados con alguna forma de fe religiosa o fuerza redentora, como la llaman ahí. Es decir, el cristianismo de liberación o la teología de la liberación. Sin tener en cuenta este componente es imposible entender los procesos revolucionarios que se produjeron en Centroamérica entre las décadas de 1970 y 1990 o, pongamos por caso, el levantamiento zapatista de 1994. El potencial emancipador de esta tradición continental sigue lleno de vitalidad y no está ni mucho menos agotado.

Pero más allá de la dimensión estrictamente religiosa del fenómeno que estamos describiendo, es imposible imaginar realmente un movimiento amplio que lucha, resiste y combate por un cambio social radical que no se nutra de cierta fe, pasión, voluntad y mística, como solía decir Mariátegui. [La cita completa dice así: “La fuerza de los revolucionarios no reside en su ciencia, sino en su fe, su pasión, su voluntad. Es una fuerza religiosa, espiritual, mística.”]

Pregunta: Aludes a las ideas muy comentadas de Mariátegui sobre el mito revolucionario. Podría ser interesante reconsiderar hoy este concepto a la luz de los mitos reaccionarios que prevalecen y circulan por ahí. ¿Podría Mariátegui, quien fue testigo del ascenso del fascismo en Italia y escribió mucho sobre el tema, ofrecer algún criterio en relación con el giro actual a la extrema derecha en América Latina?

Respuesta: El mito reaccionario surge de la confrontación con el mito revolucionario. El mito contrarrevolucionario fascista, como sabemos, se erigió contra la marea creciente del bolchevismo. Lo que trata de hacer el mito fascista es monopolizar el patriotismo. Como escribió Mariátegui, el fascismo “extiende su bandera patriótica para tapar todos sus contrabandos, sus equívocos doctrinales y programáticos”. Estas palabras, escritas con respecto al fascismo italiano en 1925 y publicadas en La escena contemporánea, son sumamente relevantes hoy en día en América Latina.

Pregunta: En alguno de tus trabajos más recientes exploras las posibilidades de una perspectiva ecosocialista. ¿Podría la visión más amplia del socialismo que tenía Mariátegui como alternativa civilizacional al capitalismo servir de inspiración o guía para una nueva política ecosocialista?

Respuesta: Mariátegui no puede ofrecernos respuestas acabadas a todos los problemas actuales, no más que Marx o Lenin. Mariátegui no expresó jamás alguna preocupación medioambiental, cosa que es más que comprensible teniendo en cuenta que los problemas medioambientales de su época no tenían nada que ver con la crisis que estamos viviendo actualmente. Pero más allá de ello, vista su crítica radical del sistema capitalista como crítica de toda una civilización –es decir, no la mera crítica de la extracción de plusvalía– o su rechazo de la ideología burguesa del progreso, o su ensalzamiento de las tradiciones comunitarias indígenas, si tenemos en cuenta todos estos factores, su obra constituye, en efecto, una contribución muy significativa al desarrollo del pensamiento ecosocialista.

En todo el continente americano, desde Canadá hasta la Patagonia, los pueblos indígenas encabezan la resistencia contra la destrucción capitalista de la naturaleza. Son los defensores más resueltos de los ríos, los árboles y la tierra, son quienes luchan contra la cruel devastación ecológica perpetrada por las multinacionales del petróleo y la minería, y por la agroindustria. Es una oposición basada en las condiciones de vida materiales de las comunidades indígenas, en su verdadera supervivencia. Pero también es un conflicto entre una espiritualidad indígena y el espíritu del capitalismo. Lo que hizo Mariátegui es aportarnos una clave importante para comprender las comunidades indígenas como protagonistas en las luchas socioecológicas de hoy. Como uno de los mayores admiradores de Mariátegui, el indígena y líder campesino peruano Hugo Blanco solía decir: “Nosotros, los indios, llevamos practicando el ecosocialismo desde hace cinco siglos”.

15/12/2018

https://www.jacobinmag.com/2018/12/jose-carlos-mariategui-seven-interpretive-essays-peru-marxism-revolutionary-myth

Traducción: viento sur

Post-Scriptum sobre las sociedades de control

Por Gilles Deleuze

Publicado en L ́Autre Journal, n.°- 1,Mayo de 1990

I. HISTORIA

Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del siglo XX. Operan mediante la organización de grandes centros de encierro. El individuo pasa sucesivamente de un círculo cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela («ya no estás en tu casa»), después el cuartel («ya no estás en la escuela»), a continuación la fábrica, cada cierto tiempo el hospital y a veces la cárcel, el centro de encierro por excelencia. La cárcel sirve como modelo analógico: la heroína de Europa exclama, cuando ve a los obreros: «creí ver a unos condenados». Foucault ha analizado a la perfección el proyecto ideal de los centros de encierro, especialmente visible en las fábricas: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza productiva cuyo efecto debe superar la suma de las fuerzas componentes. Pero Foucault conocía también la escasa duración de este modelo: fue el sucesor de las sociedades de soberanía, cuyos fines y funciones eran completamente distintos (gravar la producción más que organizarla, decidir la muerte más que administrar la vida); la transición fue progresiva, Napoleón parece ser quien obra la conversión de una sociedad en otra. Pero también las disciplinas entraron en crisis en provecho de nuevas fuerzas que se iban produciendo lentamente, y que se precipitaron después de la segunda guerra mundial: las sociedades disciplinarias son nuestro pasado inmediato, lo que estamos dejando de ser.

Todos los centros de encierro atraviesan una crisis generalizada: cárcel, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un «interior» en crisis, como lo son los demás interiores (el escolar, el profesional, etc.). Los ministros competentes anuncian constantemente las supuestamente necesarias reformas. Reformar la escuela, reformar la industria, reformar el hospital, el ejército, la cárcel; pero todos saben que, a un plazo más o menos largo, estas instituciones están acabadas. Solamente se pretende gestionar su agonía y mantener a la gente ocupada mientras se instalan esas nuevas fuerzas que ya están llamando a nuestras puertas. Se trata de las sociedades de control, que están sustituyendo a las disciplinarias. «Control» es el nombre propuesto por Burroughs para designar al nuevo monstruo que Foucault reconoció como nuestro futuro inmediato. También Paul Virilio ha analizado continuamente las formas ultrarrápidas que adopta el control «al aire libre» y que reemplazan a las antiguas disciplinas que actuaban en el período de los sistemas cerrados. No cabe responsabilizar de ello a la producción farmacéutica, a los enclaves nucleares o a las manipulaciones genéticas, aunque tales cosas estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No cabe comparar para decidir cuál de los dos regímenes es más duro o más tolerable, ya que tanto las liberaciones como las sumisiones han de ser afrontadas en cada uno de ellos a su modo. Así, por ejemplo, en la crisis del hospital como medio de encierro, es posible que la sectorialización, los hospitales de día o la asistencia domiciliaria hayan supuesto en un principio nuevas libertades; ello no obstante, participan igualmente de mecanismos de control que no tienen nada que envidiar a los más terribles encierros. No hay lugar para el temor ni para la esperanza, sólo cabe buscar nuevas armas.

II.LÓGICA

Los diferentes internados o centros de encierro por los que va pasando el individuo son variables e independientes: se sobreentiende en cada ocasión un comienzo desde cero y, aunque existe un lenguaje común a todos los centros de encierro, es un lenguaje analógico. En cambio, los diferentes «controlatorios» son variantes inseparables que constituyen un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico (lo que no siempre significa que sea binario). Los encierros son moldes o moldeados diferentes, mientras que los controles constituyen una modulación, como una suerte de moldeado autodeformante que cambia constantemente y a cada instante, como un tamiz cuya malla varía en cada punto. Se puede apreciar sin dificultad en los problemas de los salarios: la fábrica era un cuerpo cuyas fuerzas interiores debían alcanzar un punto de equilibrio, lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; en una sociedad de control, la fábrica es sustituida por la empresa, y la empresa es un alma, es etérea. Es cierto que ya la fábrica utilizaba el sistema de las primas y los incentivos, pero la empresa se esfuerza con mayor profundidad para imponer una modulación de cada salario, en estados siempre metaestables que admiten confrontaciones, concursos y premios extremadamente cómicos. El éxito de los concursos televisivos más estúpidos se debe a que expresan adecuadamente la situación de las empresas. La fábrica hacía de los individuos un cuerpo, con la doble ventaja de que, de este modo, el patrono podía vigilar cada uno de los elementos que formaban la masa y los sindicatos podían movilizar a toda una masa de resistentes. La empresa, en cambio, instituye entre los individuos una rivalidad interminable a modo de sana competición, como una motivación excelente que contrapone unos individuos a otros y atraviesa a cada uno de ellos, dividiéndole interiormente. El principio modulador de que los salarios deben corresponderse con los méritos tienta incluso a la enseñanza pública: de hecho, igual que la empresa, toma el relevo de la fábrica, la formación permanente tiende a sustituir a la escuela, y el control continuo tiende a sustituir al examen. Lo que es el medio más seguro para poner la escuela en manos de la empresa.

En las sociedades disciplinarias siempre había que volver a empezar (terminada la escuela, empieza el cuartel, después de éste viene la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación o el servicio son los estados metaestables y coexistentes de una misma modulación, una especie de deformador universal. Kafka, que se hallaba a caballo entre estos dos tipos de sociedad, describió en El proceso sus formas jurídicas más temibles: la absolución aparente (entre dos encierros), típica de las sociedades disciplinarias, y el aplazamiento ilimitado (en continua variación) de las sociedades de control son dos formas de vida jurídicamente muy distintas, y si el derecho actual es un derecho en crisis, vacilante, ello sucede porque estamos abandonando unas formas y transitando hacia las otras. Las sociedades disciplinarias presentan dos polos: la marca que identifica al individuo y el número o la matrícula que indica su posición en la masa. Para las disciplinas, nunca hubo incompatibilidad entre ambos, el poder es al mismo tiempo masificador e individuante, es decir, forma un cuerpo con aquellos sobre quienes se ejerce al mismo tiempo que moldea la individualidad de cada uno de los miembros (Foucault encontraba el origen de este doble objetivo en el poder pastoral del sacerdote -el rebaño y cada una de las ovejas-, si bien el poder civil se habría convertido, por su parte y con otros me- dios, en un «pastor» laico). En cambio, en las sociedades de control, lo esencial ya no es una marca ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña (mot de passe), en tanto que las sociedades disciplinarias están reguladas mediante consignas (mots d’ordre) (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el punto de vista de la resistencia a la integración). El lenguaje numérico de control se compone de cifras que marcan o prohíben el acceso a la información. Ya no estamos ante el par «individuo-masa». Los individuos han devenido «dividuales» y las masas se han convertido en indicadores, datos, mercados o «bancos». Quizá es el dinero lo que mejor expresa la distinción entre estos dos tipos de sociedad, ya que la disciplina se ha remitido siempre a monedas acuñadas que contenían una cantidad del patrón oro, mientras que el control remite a intercambios fluctuantes, modulaciones en las que interviene una cifra: un porcentaje de diferentes monedas tomadas como muestra. El viejo topo monetario es el animal de los centros de encierro, mientras que la serpiente monetaria es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, tanto en el régimen en el que vivimos como en nuestra manera de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de la disciplina era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, permanece en órbita, suspendido sobre una onda continua. El surf desplaza en todo lugar a los antiguos deportes.

Es sencillo buscar correspondencias entre tipos de sociedad y tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes, sino porque expresan las formaciones sociales que las han originado y que las utilizan. Las antiguas sociedades de soberanía operaban con máquinas simples, palancas, poleas, relojes; las sociedades disciplinarias posteriores se equiparon con máquinas energéticas, con el riesgo pasivo de la entropía y el riesgo activo del sabotaje; las sociedades de control actúan mediante máquinas de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida y que puede resumirse de este modo: el capitalismo del siglo XIX es un capitalismo de concentración, tanto en cuanto a la producción como en cuanto a la propiedad. Erige, pues, la fábrica como centro de encierro, ya que el capitalista no es sólo el propietario de los medios de producción sino también, en algunos casos, el propietario de otros centros concebidos analógicamente (las casas donde viven los obreros, las escuelas). En cuanto al mercado, su conquista procede tanto por especialización como por colonización, o bien mediante el abaratamiento de los costes de producción. Pero, en la actual situación, el capitalismo ya no se concentra en la producción, a menudo relegada a la periferia tercermundista, incluso en la compleja forma de la producción textil, metalúrgica o petrolífera. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas ni vende productos terminados o procede al montaje de piezas sueltas. Lo que intenta vender son servicios, lo que quiere comprar son acciones. No es un capitalismo de producción sino de productos, es decir, de ventas o de mercados. Por eso es especialmente disperso, por eso la empresa ha ocupado el lugar de la fábrica. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son medios analógicos distintos que convergen en un mismo propietario, ya sea el Estado o la iniciativa privada, sino que se han convertido en figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que ya sólo tiene gestores. Incluso el arte ha abandonado los círculos cerrados para introducirse en los circuitos abiertos de la banca. Un mercado se conquista cuando se adquiere su control, no mediante la formación de una disciplina; se conquista cuando se pueden fijar los precios, no cuando se abaratan los costes de producción; se conquista mediante la transformación de los productos, no mediante la especialización de la producción. La corrupción se eleva entonces a una nueva potencia. El departamento de ventas se ha convertido en el centro, en el «alma», lo que supone una de las noticias más terribles del mundo. Ahora, el instrumento de control social es el marketing, y en él se forma la raza descarada de nuestros dueños. El control se ejerce a corto plazo y mediante una rotación rápida, aunque también de forma continua e ilimitada, mientras que la disciplina tenía una larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no está encerrado sino endeudado. Sin duda, una constante del capitalismo sigue siendo la extrema miseria de las tres cuartas partes de la humanidad, demasiado pobres para endeudarlas, demasiado numerosas para encerrarlas: el control no tendrá que afrontar únicamente la cuestión de la difuminación de las fronteras, sino también la de los disturbios en los suburbios y guetos.

III. PROGRAMA

No es preciso apelar a la ficción científica para concebir un mecanismo de control capaz de proporcionar a cada instante la posición de un elemento en un medio abierto, ya sea un animal dentro de una reserva o un hombre en una empresa (collarín electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su apartamento, de su casa o de su barrio gracias a su tarjeta electrónica (dividual) mediante la que iba levantando barreras; pero podría haber días u horas en los que la tarjeta fuera rechazada; lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición, lícita o ilícita, y produce una modulación universal.

El estudio socio-técnico de los mecanismos de control que ahora están en sus comienzos debería ser un estudio categorial capaz de describir eso que ahora se está instalando en el lugar de los centros de encierro disciplinario, cuya crisis está en boca de todos. Es posible que, tras las adaptaciones correspondientes, reaparezcan algunos mecanismos tomados de las antiguas sociedades de soberanía. Lo importante es que nos hallamos en el inicio de algo. En el régimen carcelario, la búsqueda de «penas sustitutorias», al menos para los delitos menores, y la utilización de collarines electrónicos que imponen al condenado la permanencia en su domicilio durante ciertas horas. En el régimen escolar, las formas de control continuo y la acción de la formación permanente sobre la escuela, el correspondiente abandono de toda investigación en el seno de la Universidad, la introducción de la empresa en todos los niveles de escolaridad. En el régimen hospitalario, la nueva medicina «sin médicos ni enfermos» que localiza enfermos potenciales y grupos de riesgo, y que en absoluto indica un progreso de la individuación como a menudo se dice, sino que sustituye el cuerpo individual o numérico por una materia «dividual» cifrada que es preciso controlar. En el régimen empresarial, los nuevos modos de tratar el dinero, de tratar los productos y de tratar a los hombres que ya no pasan por la antigua forma de la fábrica. Son ejemplos mínimos, pero que nos permiten comprender mejor lo que hay que entender por «crisis de las instituciones», es decir, la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación.

Una de las cuestiones más importantes es la inadaptación de los sindicatos a esta situación: ligados históricamente a la lucha contra las disciplinas y a los centros de encierro, ¿cómo podrían adaptarse o dejar paso a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control? ¿Puede hallarse ya un esbozo de estas formas futuras, capaces de contrarrestar las delicias del marketing? ¿No es extraño que tantos jóvenes reclamen una «motivación», que exijan cursillos y formación permanente? Son ellos quienes tienen que descubrir para qué les servirán tales cosas, como sus antepasados descubrieron, penosamente, la finalidad de las disciplinas. Los anillos de las serpientes son aún más complicados que los orificios de una topera.

 

Las izquierdas y el camino del populismo

El pensamiento de Enzo Traverso

Por Carolina Keve

Los dos siglos del nacimiento de Marx sirvieron este año de excusa para repensar la historia y presente del comunismo y las izquierdas. El pensador italiano Enzo Traverso propone convertir la nostalgia metabolizada de un mundo que no fue, o ha dejado de ser, en pulsión renovadora. Frente a las avanzadas de las ultraderechas en Europa y América Latina, ¿cuáles deberían ser las estrategias de las izquierdas?

Noviembre de 1969. Una fina capa de lluvia insiste en caer sobre un grupo de trabajadores en la entrada de Lingotto, el monstruo de cemento que la Fiat mandó a construir en Turín como prueba surrealista del poder industrial. La fábrica parece languidecer bajo la bruma y los obreros que simulan ganar tamaño. Las consignas se van sumando. Nuestro Vietnam es la fábrica, dicen los retratos de esos días en los que se pide por los contratos colectivos de trabajo, pero también se reclama contra una burocracia sindical que ya no ofrece respuestas. Todavía seguían sonando los ecos del Mayo Francés. Aunque las movilizaciones que comenzaron a extenderse por las ciudades fabriles de Italia ofrecían una fisonomía propia, la de un obrero joven que había cortado raíces en el sur atraído por las promesas del norte más rico y que ya no se dejaba convencer por el mandato de las tradiciones.

Enzo Traverso tenía diez años y vivía en Turín. La Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y la Universidad de Cornell aún estaban muy lejos, y el futuro parecía cifrarse sólo en términos de victoria. Las masas gritaban en las calles. Basta de convenios, decían convencidas. Como prenda se llevarán el Statuto dei lavoratori, considerado por muchos como una de las normas laborales más progresistas de ese momento. Aquel noviembre de 1969 era otoño, y en Italia lo llamaron Otoño caliente. Las masas gritaban en las calles. La lucha continúa, decían. Todo parecía posible.

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“Antes que nada pido disculpas por la tortura lingüística. Más a quienes encima están al fondo y deben escucharme sin verme”.

 

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Enzo Traverso toma el micrófono y ensaya una tímida sonrisa. Todos lo escuchan, como se escuchan a quienes dicen grandes verdades. Nada parece distraer el silencio en el blanco salón de un segundo piso donde uno de los principales historiadores del pensamiento contemporáneo ha venido a dictar un seminario sobre comunismo. La cita, pautada por la Universidad de San Martín y el Cedinci, tiene título: Historizar el comunismo. Traverso plantea la pregunta: ¿cómo recuperar las utopías sin que nos acusen de una somnolencia nostálgica? La cosa parece difícil. Después de sonreír y disculparse, ensaya una primera advertencia: “Vivimos en un mundo sincronizado, donde la discrepancia ha desaparecido. Estamos ante una temporalidad unificada, una sincronización que vive encerrada en el presente y que nos deja un mundo que solo parece ser una fuente de miedo”.

 

Reconocido por sus estudios sobre la izquierda y la naturaleza de los fascismos como la violencia totalitaria, Traverso se ha convertido en una referencia ineludible para pensar la historia del siglo veinte. Más cercano al operaísmo de Mario Tronti y Toni Negri que al comunismo disidente de Il Manifesto, mantiene, sin embargo, una posición propia y una mirada crítica sobre algunas de sus premisas, entre ellas lo que define como un uso instrumental de la violencia: “El operaísmo surge como una estrategia cuyo eje es la clase obrera industrial en la era del fordismo. Hacia mediados de los ’70, esta idea entra en crisis y comienza a buscarse una salida al paradigma clásico. La violencia, en este contexto, no aparece para Negri como proyecto en sí mismo pero se la plantea con la virtud de poder provocar una crisis del estado que abre nuevas posibilidades. Es una lectura que me plantea grandes dudas”.

 

Corren los ’80. En efecto, en Italia son días de militarización, represión, confusión y miedo. Es así como luego de estudiar historia en la Universidad de Génova, Traverso viaja a Francia en 1985 para obtener su doctorado, con Michael Löwy como director de tesis. Como él mismo se encarga de remarcar, París moldeará definitivamente su pensamiento. Un pensamiento que se forja en el marxismo y la Escuela de Frankfurt pero también en Ernst Bloch, Sigfried Krakauer y Hannah Arendt. Un pensamiento que se nutre de la izquierda y el exilio latinoamericano, pero también de la revisiones demoledoras de intelectuales como François Furet y de la desilusión que para ese entonces marcaba el pulso del socialismo francés tras ocho años del gobierno de Mitterrand.

 

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Cómo revivir a una izquierda que se reconozca en el pasado sin quedar atrapada en las trampas del mesianismo o la nostalgia resumen, en este sentido, una de las preocupaciones que recorren su desarrollo teórico, en tiempos donde, además, la memoria comienza a emerger como categoría de reflexión a la par, ¿o como correlato?, de que esta idea de revolución va entrando en crisis. Frente a ello, en 2012 publicará uno de sus principales trabajos, La historia como campo de batalla. Nuevamente, la caída del muro y la configuración de un mundo que deja de estar cifrado entre dos enemigos concentran sus preguntas, esta vez orientadas hacia el debate abierto en el campo historiográfico. Cinco años después, la situación no parece haber cambiado mucho. Su último libro, Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria, retoma la cuestión, aunque con un mensaje claro: no todo estará perdido si se logra convertir la nostalgia metabolizada de un mundo que no fue, o ha dejado de ser, en pulsión renovadora. En la introducción, Traverso lo resume con una sencillez hermosa: “La obsesión por el pasado que da forma a nuestro tiempo es resultado del eclipse de utopías. Un mundo sin utopías mira inevitablemente hacia atrás”.

***

—¿Cómo lograr una capitalización crítica de la melancolía después de tantas derrotas?

 

Traverso escucha y se acomoda sobre un sillón en la habitación de un hotel céntrico. Como es habitual, viste de negro y tiene puestos sus característicos anteojos de pasta. Lleva sus manos a la pera durante un segundo. Inmediatamente recupera el histrionismo y toma la palabra.

 

—En los momentos más trágicos de la historia de siglo XX, pertenecer a un movimiento que creía poseer el futuro, que trascendía la vida individual, constituía una idea y una ilusión con una fuerza extraordinaria. Esa fuerza hoy no la veo más. En cierta manera, es uno de los rasgos antropológicos del mundo neoliberal, esta lógica donde todo es efímero, precario o líquido, por utilizar imágenes frecuentes. Creo que eso explica en parte por qué los movimientos sociales terminan resultando tan precarios.

—¿A qué se refiere?

—Veamos los ejemplos de 15M u Ocuppy Wall Street…Parecen una nueva forma de experimentar la vida social durante uno o dos meses, con horizontalidad, con mecanismos sumamente creativos de democracia directa, y todo parece extraordinario. Y, sin embargo, transcurridos esos dos meses, no queda nada.

—Tal vez en esa tensión con la institucionalidad radica la potencialidad de estos movimientos. Un caso interesante puede ser el de Podemos, que ha encontrado una expresión partidaria y legislativa. No obstante, resulta muy difícil pensar cómo sería su evolución, por ejemplo, desde un lugar de poder o asumiendo el aparato del Estado.

—Su ejemplo resulta muy interesante pero, es cierto, también muestra que cuando se construye un partido y entra objetivamente en la obligación de hacer política dentro de un marco institucional, se reproducen muchos de los rasgos tradicionales. Frente a ello, la respuesta debería pasar por insistir en su vínculo con los movimientos sociales.

—¿Se puede en este marco guardar la ilusión de alguna alternativa?

—No creo que la izquierda pueda renacer sin una visión del mundo, pero tampoco sin una visión del futuro. El capitalismo hoy es una forma de dominación que no pasa por los campos de concentración.

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Horacio Tarcus fundó el Cedinci, uno de los archivos más ricos de la izquierda que se pueda consultar por estas latitudes. Docente, investigador y autor de numerosos trabajos sobre el marxismo y sus intelectuales, ofrece algunas claves para entender el pensamiento de Traverso, con quien comparte, además, las raíces italianas: “Creo que toma un modo de leer la historia ‘a contrapelo’, como quería Walter Benjamin, más allá de la historia visible y manifiesta. Löwy, por ejemplo, había buceado sobre una dimensión trágica que no era perceptible a simple vista, y Traverso hace su propia lectura del marxismo buscando una dimensión reprimida, podríamos decir, que remite a la derrota, al duelo y la nostalgia. Esta cuestión le llega a través de la obra de Daniel Bensaïd. Aunque va más allá…

 

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—¿Cómo?

—Recuperando toda una genealogía de momentos de duelo y derrota que estaban reprimidos y sublimados en la historia de las izquierdas. Hasta aproximadamente 1991, la izquierda creía y sentía que la historia marchaba a su favor.

—¿Y cuál es el principal aporte de su pensamiento?

—Creo que consiste en confrontar a las izquierdas con aquello que se resisten a entender y aceptar: que hay un ciclo histórico que se clausuró en 1989. Y que es necesario repensar ese ciclo de dos siglos. Creo que es un intelectual crítico de este presentismo sofocante, de esta celebración deshistorizante de la memoria, de la asimilación de los valores neoliberales por parte de la historiografía y del pensamiento contemporáneo, pero no suscribe las tesis de la “poshistoria”. Entiende que las luchas sociales y políticas del presente son relevantes, y las sigue con atención.

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“La izquierda no tiene buen gusto, ni siquiera con las mujeres”. Corre el 2008. Italia ha tenido que convocar elecciones anticipadas en medio de una profunda crisis de gobierno. Unos días antes de los comicios, Silvio Berlusconi hace gala de su natural brutalidad. Italia estalla ante sus declaraciones. Él les responde con su clásica sonrisa de dientes ultrablancos. No le importa. Berlusconi forma parte de esa nueva especie, la de la no- política, o política-espectáculo; la política hija de sí misma, que no reclama herencias y se vuelve peligrosamente impredecible.

 

Berlusconi gana la elección con una diferencia de diez puntos.

 

En Las nuevas caras de la derecha Traverso analiza, justamente, el papel de las nuevas derechas y también de lo que denomina como pos-fascismos, es decir una nueva versión de la derecha autoritaria que no tiene la forma clásica que estos regímenes asumen en los años ’30. No buscan derribar el estado de derecho, lo que en algún punto los vuelve más peligrosos porque buscan operar desde adentro. Traverso cita el ejemplo del lepenismo en Francia, una fuerza que no sólo creció notablemente desde su nacimiento en 1972, sino que además ha venido marcando la agenda de la política francesa durante los últimos años. Y no es el único, los casos se multiplican. Basta con mirar a Brasil.

 

Traverso dice que no todos son lo mismo. Desconfía de algunos términos, de aquellos con los que se pretende nombrar de la misma manera a cosas que son muy distintas. Lo mismo le ocurre con el populismo. Dice Traverso: “Es una categoría que califica más a quienes la utilizan que a quienes suelen verse descriptos por ella. No es más que un arma de combate político que apunta a estigmatizar al adversario. Una categoría con la cual intentan inmunizarse las élites políticas cada vez más alejadas del pueblo”. En este sentido, allí podría estar la respuesta, la clave para hacer retroceder la amenaza de los pos-fascismos. Es decir, en “un populismo de izquierda, ni xenófobo ni regresivo; un populismo que defendiera el bien común contra los privilegios de una élite voraz que ha remodelado el mundo a su imagen”. Durante el seminario en el blanco salón de un segundo piso, lo define sencillez poética: “En aquellos intentos de un camino posible, que hoy asoman como pequeñas islas de resistencia”.

Fuente: http://revistaanfibia.com/ensayo/las-izquierdas-y-el-camino-del-populismo/

Criptoanarquismo: la interpretación económica necesaria

A la luz de la crisis económica actual es necesario trabajar en la exposición de una concepción más claramente anarquista de la economía, que pueda lidiar con las crisis capitalistas, proponer alternativas radicales e interactuar con los desarrollos del mundo actual, como por ejemplo el hito tecnológico que ha dado lugar a las criptomonedas. Las explicaciones pluralistas de una concepción anarquista de la economía son más útiles para explicar el mundo de hoy que las del marxismo, el neoliberalismo y otras doctrinas económicas.

Por Alexander R. Hufford

La economía neoliberal dominante no funciona, y cada vez más, es ridiculizada como una economía pseudo-científica. Tenía poco que decir antes del colapso de 2008 y nada después de él. No puede hacer frente a las crisis y, por tanto, hace como que no existen. Como resultado, cada vez hay más gente que recurre a explicaciones alternativas de los desarrollos económicos. De éstas, el marxismo es lo más arraigado, e incluso los anarquistas defieren con frecuencia al pensamiento económico influenciado por el marxismo, a pesar de que Kropotkin también consideró éste como algo pseudo-científico y de poco valor, lo que apunta a una falta real de pensamiento económico anarquista, y nadie puede contentarse con una crítica abstracta que no adopte una forma objetiva. Este artículo representa una contribución a un necesario debate político más amplio sobre esta cuestión.

ECONOMÍA ANARQUISTA Y CRIPTOMONEDAS

Uno de los desarrollos más interesantes que muestra las aplicaciones potenciales del enfoque intelectual anarquista es la discusión general sobre criptomonedas que tiene lugar en la actualidad. A finales de 2017, todo el mundo había oído hablar de ellas y había visto subir meteóricamente, bajar, subir y bajar otra vez los precios de las más famosas, como Bitcoin. Cada cual tiene su propia actitud al respecto, pero mucha gente simplemente sacude la cabeza con desconcierto. ¿Qué puede servir para explicar esta circunstancia, además de los giros salvajes de la inversión especulativa?

Las explicaciones neoliberales se encuentran a la deriva y sólo pueden atribuirse al sentimiento subjetivo. Sin embargo, afirmar que el precio de las criptomonedas no es más que un reflejo del deseo subjetivo, como en la economía neoclásica, explica poco sobre por qué precisamente determinadas cosas son objeto de deseo. Tampoco aclara, de hecho, por qué el deseo por algo cambia tan drásticamente en algunos casos históricos (por ejemplo, en la famosa manía del tulipán), ni explica por qué se han producido las crisis económicas.

Por otro lado, simplemente no hay forma de situar las criptomonedas en los términos de la teoría del valor del trabajo de Marx. El valor y el uso de las monedas como medio de intercambio tiene muy poco que ver con la cantidad de horas de trabajo empleadas en su creación. Como señaló Jurgen Habermas, ya en los años 70, los nuevos avances tecnológicos y científicos dejaron obsoleto el enfoque del marxismo en el mero trabajo como fuente de valor.

En lo referente a las criptomonedas, estamos claramente en un punto ciego tanto respecto a la doctrina oficial como a la oposición oficial. Algunas personas han llegado a algo parecido a un compromiso al ver que el verdadero avance de la tecnología Blockchain, que está detrás de la explosión de las criptomonedas, es una invención muy real y muy útil que, como tal, tiene un verdadero carácter cualitativo que no puede ser objeto de una formulación materialista torpe basada en las horas de trabajo o en el deseo individual. Esto es algo análogo a la calidad objetiva de «no oxidación» del oro como marcador de valor. Dicho carácter raro de ciertas invenciones, obras maestras artísticas o avances científicos, no sólo separa estas cosas de la mayoría de lo que se compra con dinero y se intercambia, sino que las hace, hasta cierto punto, invaluables.

LA IMPORTANCIA DE LA CALIDAD

Las criptomonedas son, de hecho un desarrollo raro en el mundo y, por tanto, podría ser descartado por el pensamiento economicista. Sin embargo, este punto de vista debe ser tildado de egoísta, ya que tales circunstancias refutan la totalidad de la cosmovisión economicista o utilitaria, común al liberalismo, y al marxismo, y una importante cuestión entre ambos. Algunas cosas tampoco tienen simplemente valor cualitativo por sí mismas, sino que también permiten a otros crear su propio valor y cambiar profundamente el mundo gracias a su capacidad de reproducirse.

El ejemplo más aproximado es la imprenta de Gutenberg. Ésta no sirvió sólo para su propia impresión personal, sino que, una vez compartida, dotó al mundo de una forma totalmente nueva de relacionarse. El libro impreso de forma masiva, en lugar del manuscrito o el pergamino artesanal tuvo, de hecho, una profunda influencia en la difusión de la cultura humanista y de la Reforma posterior. Pueden encontrarse otros ejemplos en el transporte: en los avances que se dieron en la navegación atlántica para hacer frente a los viajes transoceánicos, en la locomotora de vapor y en los ferrocarriles, entre otros.

Hemos avanzado mucho desde entonces, pero hay muchas cosas que sugieren que Internet y la Blockchain (entre otros desarrollos de la actualidad) son invenciones similares que cambian fundamentalmente la forma en la que vivimos y en la que funciona la sociedad. El valor de tales descubrimientos sigue creciendo con el tiempo, y muchos de ellos parten de motivaciones científicas, culturales o políticas, por lo que sería casi imposible evaluarlos en términos monetarios -y si se intentara hacer una evaluación de este tipo, sería un ejercicio bastante difícil-. Pero esta es precisamente la dificultad y la realidad de la problemática, a la hora de evaluar la tecnología Blockchain y de «valorar correctamente» el mercado de criptomonedas.

EL «VALOR REAL» DE LAS CRIPTOMONEDAS

Un puñado de expertos honestos, al menos, han admitido las dificultades reales para evaluar de una forma correcta o razonable este «precio» o valor del mercado criptográfico. Es probable que una parte sea especulación, pero otra parte se basa en aplicaciones reales ya existentes. Esto se relaciona con la discusión anterior, pero otro aspecto de esta dificultad es que los valores abstractos dados a algunas de las criptomonedas más importantes (pongamos, por ejemplo, las diez monedas más cotizadas, los grandes nombres y los miles de millones de euros en Bitcoin, Bitcash, Ethereum, Litecoin, etc.) también significan una creciente pérdida de confianza en el sistema económico mundial oficial, además de reflejar problemas en el estatus, también de libre fluctuación, del dólar estadounidense, que funciona como una moneda de reserva mundial cada vez más cuestionable.

La valoración del dólar estadounidense(con 20 billones de millones de deuda estadounidense) está relacionada con la confianza institucional en la fortaleza y la realidad de la economía y el modelo social norteamericanos. Después de todo, el sistema SWIFT utilizado para las transferencias interbancarias (que la Blockchain deja efectivamente obsoleto) está directamente relacionado con la hegemonía financiera estadounidense. La realidad de tal infraestructura significa que EE. UU. puede cortar la financiación a los países que no le gustan y que es quien ostenta la capacidad para ejercer este poderoso elemento de control económico. La dificultad a la hora de valorar el precio del dólar es también una cuestión real, ya que no existe un denominador común para establecerla, y hay incluso rumores bastante sólidos sobre la manipulación del precio del oro, otra reserva potencial o marcador de valor -supuestamente, es por esto que los chinos están introduciendo un mercado físico de oro, para eliminar cualquier posible manipulación del mercado de activos de papel que emane de Nueva York y Londres-.

Sin embargo, ¿qué sucederá cuando el truco se acabe y esa confianza en el dólar y en el mundo económico oficial se pierdan? -esta es una de las mayores incógnitas que se abrirá tras un nuevo colapso en el mercado de valores-. El mundo actual, que carece de una contrapartida mundial real a la fuerza y popularidad adquirida por EE. UU. a partir de la Segunda Guerra Mundial, se fragmentará en diferentes bloques económicos y redes transnacionales, cada uno de los cuales propondrá valoraciones diferentes. Las visiones abstractas y poco realistas del «mercado» o de las «horas de trabajo» darán paso a una realidad enfocada en el Estado, donde los distintos bloques propondrán diferentes valoraciones de precios, acordes con sus propios intereses geopolíticos. Esto ya se está viendo en el proteccionismo promovido por Trump y en el frente común propuesto recientemente por China y Corea del Sur contra su política.

ESTADO Y CAPITAL

A la luz de todo esto, un gran beneficio añadido de la teoría anarquista sería centrarse en el Estado como un agente que tiene una gran influencia sobre las decisiones relativas al mercado, y esto es un punto ciego tanto del pensamiento liberal como del marxista. Después de todo, casi todas las historias de crecimiento económico en los países en desarrollo no han seguido en lo más mínimo la doctrina del libre comercio (incluido Estados Unidos, hace unos siglos), lo que demuestra que la política gubernamental juega un papel muy importante en el desarrollo aparentemente neutral e independiente del mercado. También por eso es por lo que, antes de la terminología de Smith y de los pensadores ingleses posteriores, lo que llamamos «economía» o «economía política» se conocía como «aritmética política» o, de hecho, «economía nacional racional».

El pensamiento anarquista puede, entonces, coger lo mejor de la herencia pasada y no limitarse a una interpretación puramente modernista (y frecuentemente anglocéntrica), sino también reclamar algunas consideraciones valiosas y transhistóricas: por ejemplo, la denuncia de la especulación encontrada en Aristóteles, de esta forma, nos beneficiamos de un método correcto en el que los avances del pasado se preservan hoy en un nivel superior -más allá de una incorrecta y abstracta denuncia o aprobación total-. Esto también nos permite criticar la indudable especulación en criptomonedas, mientras permanecemos abiertos a las positivas implicaciones potencialmente antiestatales de tal tecnología, sin desviarnos hacia el rechazo conservador-revolucionario de toda la tecnología. Estas implicaciones de la Blockchain son bastante radicales; en una palabra: la descentralización financiera y la pérdida del control estadounidense sobre el sistema económico global y, en general, la pérdida del control estatista sobre las transacciones económicas. Sólo reconociendo el potencial real que hay detrás de la teconología Blockchain y la plena interrelación que hay actualmente entre el papel del Estado y el funcionamiento del mercado, podríamos esperar llegar a hacer alguna vez un proyecto económico no estatal y no especulativo que sea realista.

Pero todo esto no es más que un argumento inicial de lo que nos puede traer una visión anarquista del mundo y, de hecho, de por qué la anarquía puede tener más éxito en explicar el mundo del siglo XXI que cualquier derivado o variante del marxismo o el neoliberalismo, e incluso de visiones más heterodoxas, como el keynesianismo o la escuela austriaca.

El pensamiento anarquista renovado puede combinar los puntos interesantes de muchas escuelas diferentes, al tiempo que señala sus errores, y utilizar esta diversidad ecléctica y pluralista para llevar adelante un análisis coherente que explique los movimientos económicos de la época actual, y si tal análisis se utiliza correctamente para apoyar o crear proyectos o movimientos radicales, puede incluso conducir a un éxito político práctico en una dirección libertaria, basado sólo en ese pensamiento concreto.

https://www.elsaltodiario.com/la-otra-cara-de-la-moneda/criptoanarquismo-la-interpretacion-economica-necesaria

La expansión del movimiento mapuche

Por Raúl Zibechi

Saliendo de Temuco,  corazón del territorio mapuche, las extensas plantaciones de pinos envuelven aldeas y pueblos, como olas que se ciernen sobre las gentes de la tierra, alambradas naturales de un descomunal campo de concentración. Las carreteras y caminos atestadas de carabineros en sus camionetas verdes, complementan el cerco de las plantaciones con un asedio implacable, tatuado en fuego y metralla sobre cuerpos morenos.

Las vendedoras en torno al mercado de Temuco están siendo desplazadas por una orden municipal, que los armados ejecutan con puntual soberbia. Ellas siguen acudiendo, cobijadas en una amplia clientela que persiste en comprarles pese a las amenazas de multas. Colgaron cantidad de globos negros cuando supieron del asesinato por la espalda de Camilo Catrillanca, el 14 de noviembre, en la comunidad de Temucuicui.

Quien quiera conocer más detalles del crimen, de las mentiras del poder y de la crisis política que acorrala al gobierno, puede acudir a la página mapuexpress.org, donde no le faltará información.

Lo que sigue es el resultado de intercambios y escuchas con miembros de diversas organizaciones, urbanas y rurales, de comuneros y académicos, presos políticos y familiares, estudiantes y feministas, recogidas en Santiago y Temuco durante los primeros días de diciembre.

El primer punto es constatar la expansión territorial del movimiento mapuche. En la Araucanía o Wallpampu no dejan de recuperar tierras, cuestión que fortalece a las comunidades que estaban cercadas y sometidas en reducciones. Siguen con el agua al cuello, pero empiezan a respirar, por eso las arremetidas del poder que no ha logrado frenarlas en la última década, digamos entre los asesinatos de Matías Catrileo (2008) y Camilo Catrillanca (2018).

En algunas áreas, como el triángulo entre Ercilla (al norte de Temuco), la costa de Tirúa y Loncoche (al sur), las recuperaciones de tierras van conformando una mancha de poder comunitario mapuche. Un ejemplo: en las mil 200 hectáreas del ex fundo Alaska, recuperado en 2002, viven hoy dos comunidades (Temucuicui Tradicional y la Autónoma), en tierras que fueron de la Forestal Mininco del grupo Matte, que posee 700 mil hectáreas usurpadas a las comunidades.

El segundo, es constatar la multiplicación de organizaciones de todo tipo, en todo lugar, tanto en Wallmapu como en las grandes ciudades. La Coordinadora de Organizaciones de Estudiantes Mapuche (COEM), en Santiago, formada hace cuatro años, reúne agrupaciones de casi todas las universidades y han creado una escuela de mujeres indígenas que defienden un feminismo mapuche. Ellas se definen como antipatriarcales pero no feministas porque, como señala Angélica Valderrama, de Mapuexpress, no queremos pensar nuestra realidad con los parámetros del feminismo blanco.

La Comunidad de Historia Mapuche forma parte de este notable crecimiento y diversificación del movimiento, lo que Simona Mayo define como la multi sectoralidad de la organización mapuche. Varios colectivos que podrían definirse como defensores de los derechos humanos, integran esta diversidad y, en algún caso, se consideran mapuche porque han asumido esa identidad aún teniendo piel blanca.

El tercero, el más sorprendente para quien escribe, es la creación de espacios mixtos (integrados por mapuche y huincas o blancos), como algo natural y normalizado, sin que existan jerarquías en el seno de los colectivos. Tanto la COEM como el colectivo de información Mapuexpress, son espacios de mapuches y blancos, así como varios grupos feministas, ambientalistas y estudiantiles.

Se están construyendo sujetos heterogéneos, como destacó el historiador Claudio Alvarado Lincopi en un conversatorio, algo que no está pudiendo hacer la izquierda porque en su endogamia sólo le valen sus propias tradiciones. Estos espacios mixtos así como el feminismo mapuche, casi no existían una década atrás, o bien eran muy incipientes, pero están floreciendo y multiplicándose de forma exponencial.

El cuarto, es la expansión de la lengua mapuche, el mapudugun, en lugares insospechables, como barrios populares y de clase media urbana. En la Villa Olímpica, en la comuna de Ñuñoa, barrio de clase media de Santiago, la hija de mi anfitriona estudia mapudungun en su escuela, por propia elección. Lo mismo sucede en otras tres escuelas del distrito. Hay consenso en la extraordinaria expansión de la lengua mapuche, mucho más allá de las fronteras de Wallmapu.

El quinto, es la masiva reacción de la población chilena ante el asesinato de Catrillanca. Hubo movilizaciones en por lo menos 30 ciudades de todo el país, incluyendo las del lejano norte. En Santiago se registraron en los días siguientes alrededor de 100 cortes de calle, con barricadas y hogueras, durante horas, con cientos de vecinos. Los que no salían a la calle, golpearon cacerolas en barrios enteros, sobre todo en la periferia. En algunas zonas las movilizaciones se prolongaron durante 15 días.

Esto revela que el pueblo mapuche se ha convertido en referencia para la enorme porción de chilenos y chilenas que albergan sentimientos antisistémicos, en un país donde la mitad de la población nunca vota. La tenaz resistencia del pueblo mapuche y la mediocridad de las izquierdas, lo colocaron en ese lugar, pese a las campañas en su contra.

Por último, destacar la importancia estratégica del Manifiesto de Temucuicui emitido el primero de diciembre ante una multitud concentrada en la comunidad donde fue asesinado Camilo. Defiende la desmilitarización de Wallmapu, el derecho al territorio ancestral con un llamado a las comunidades a fortalecer el ejercicio de recuperación y control territorial, y a formar una comisión de esclarecimiento histórico que recupere la verdad de cómo fue ocupado su territorio por el Estado de Chile (goo.gl/8dN3gg).

En el ejercicio de su libre determinación, todas las corrientes mapuche finalizan con un llamado a la desobediencia como forma de hacer realidad la descolonización.

https://www.jornada.com.mx/2018/12/21/opinion/018a1pol?partner=rss

Osvaldo Bayer: “Todavía no hay una verdadera democracia, por eso hay que seguir empujando”

El 24 de diciembre de 2018, con 91 años, moría el historiador argentino Osvaldo Bayer. Rescatamos en su versión completa una entrevista realizada por el periódico Diagonal en 2011 en la que Bayer repasa dos de los grandes ejes que marcaron su carrera: el expolio sufrido por los pueblos originarios por parte de los grandes terratenientes argentinos y el origen del movimiento obrero argentino.

Por Emma Gascó y Martín Cuneo

En 1963, Osvaldo Bayer sugirió en una charla en Rauch (Buenos Aires) la realización de un plebiscito para cambiar el nombre del pueblo por el de Arbolito. La propuesta no hubiera despertado tanta controversia si el nombre original no hiciera referencia a uno de los generales que dirigió la primera gran campaña contra los pueblos originarios; y el de Arbolito, al indio ranquel que terminó con su vida. La propuesta tampoco hubiera sido tan polémica si el entonces ministro del Interior no se llamara Juan Enrique Rauch, el bisnieto de aquel militar, quien mandó encarcelar a Bayer en una prisión de mujeres en cuanto volvió a la capital. Este episodio, entre tantos otros, habla del compromiso de Osvaldo Bayer con la memoria de los pueblos originarios, así como con el movimiento obrero argentino, al que dedicó libros como Los Vengadores de la Patagonia Trágica, investigación en que se basó La Patagonia Rebelde (1973). En esta película, Héctor Alterio y Federico Luppi compartieron cartel con un joven militante peronista que realizó un discreto papel de extra: Néstor Kirchner.

¿Cuál es el origen de la distribución de la tierra?
La distribución de la tierra se originó con las llamadas “campañas del desierto” sobre la tierra donde vivían los pueblos originarios. La mayor de esas masacres fue llevada a cabo por el general Julio A. Roca en 1879. La Sociedad Rural, creada por los estancieros de la provincia de Buenos Aires en 1866, cofinanció la campaña. El Ejército argentino marchó sobre los pueblos originarios y perpetró un verdadero genocidio. Roca reestableció la esclavitud en Argentina —eliminada en 1813—.

En los diarios argentinos se podía leer: “Hoy reparto de indios. A toda familia que requiera se le entregará un varón como peón, una china [indígena] como sirvienta o un chinito como mandadero”. También se repartieron 42 millones de hectáreas a 1.800 estancieros integrantes de la Sociedad Rural. Al presidente de la Sociedad Rural, el señor José María Martínez de Hoz, se le entregaron 2.500.000 ha. Los Martínez de Hoz eran una familia de españoles que habían llegado al Virreinato del Río de la Plata cuando era de dominio español como traficantes de esclavos. Luego se convirtieron en una familia de terratenientes y hoy todavía dominan la escena. Tanto es así que el ministro de Economía más famoso de la última dictadura militar era bisnieto de aquel traficante de esclavos.

¿Cuáles fueron las justificaciones para la “conquista del desierto”?
Primero tildaron a los indios de ladrones, decían que se llevaban las vacas. Para luchar contra eso empiezan a construir la famosa zanja de Alsina, un foso de cinco metros de profundidad y tres de ancho, desde el Atlántico a la cordillera de los Andes. Se hicieron más de 360 kilómetros de zanja. Pero los pueblos originarios tuvieron mala suerte. Murió Alsina y el presidente Nicolás Avellaneda nombró al general Julio A. Roca como ministro de Guerra.

Roca decide imitar la estrategia norteamericana: importa 10.000 fusiles de repetición, para terminar para siempre con los “salvajes”. Con apoyo de los grandes diarios de Buenos Aires se inició una gran campaña contra los pueblos originarios. El resultado fueron 14.000 indios muertos y unas 14.600 personas tomadas como esclavas, peones que irían a trabajar en las fortificaciones militares de la isla Martín García [en el Río de la Plata] o en la zafra del azúcar en la provincia de Tucumán. A las indias se las pone como sirvientas y se las separa de sus hijos. Para los integrantes de los pueblos originarios que se salvaron empezó un periodo de indigencia, de mucha pobreza. Muchos de sus nietos forman hoy parte de las villas miseria.

¿Cómo se enseña hoy la historia de esta época en Argentina?
Los grandes héroes de la patria, además de los que lucharon en la independencia contra España, son los de la conquista del desierto. A los pueblos originarios siempre se les tildó de salvajes y los héroes son Roca, Bartolomé Mitre o Domingo Faustino Sarmiento. Sarmiento era un racista insoportable. Él casi siempre hablaba de los “indios piojosos”, a pesar de que tenía un 25% de sangre india, por su madre. Roca tiene el monumento más grande de Buenos Aires. En la Patagonia, las calles principales se llaman Julio A. Roca. Hace diez años hemos empezado con una campaña para cambiar esto y hemos logrado algunos triunfos. En algunos pueblos se ha cambiado el nombre de la calle Roca por Pueblos Originarios. Y ya hemos recolectado más de un millón de llaves de bronce para construir un monumento a la mujer originaria que reemplace el de Roca en el centro de Buenos Aires.

Además de la famosa “campaña del desierto” de Roca, hubo otras después…
En 1922, durante el Gobierno de Marcelo T. de Alvear se desencadenó una gran represión en el Chaco contra los tobas, con la muerte de 800 indios. Durante el Gobierno de Juan Domingo Perón, en 1947, se produjo la famosa matanza de Rincón Bomba, donde fueron exterminadas 800 personas de la tribu pilagá, también en el Chaco. Y un año antes, en el primer año del Gobierno de Perón, se produjo el llamado Malón de la Paz, cuando 147 coyas marcharon desde el norte de Jujuy hasta Buenos Aires para reclamar sus tierras comunitarias. Perón los recibió en la casa de Gobierno, pero después los hizo encerrar en el hotel de inmigrantes, cosa que los indios tomaron a mal, porque ellos no son inmigrantes, ellos vivían en territorio argentino desde hace más de 13 siglos. Y después la gendarmería los metió en un tren de carga, los devolvió a Jujuy y nunca se les devolvieron sus tierras comunitarias. Es uno de los pecados de Perón.

EL GOBIERNO DE LOS KIRCHNER

¿En qué ha cambiado Argentina desde la crisis de 2001?

Con el matrimonio Kirchner en Argentina se han logrado cosas que antes parecían imposibles. Hay que reconocer que gracias a la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final fue posible empezar a juzgar a los criminales de la dictadura por la desaparición de personas, cosa que no fue posible con los anteriores Gobiernos que tuvimos desde el ’83. En ese sentido tuvieron mucho coraje civil. Como también lo tuvieron con la eliminación de la ley de radiodifusión. Parece mentira que las democracias, con tal de no tocar los intereses de los diarios Clarín y La Nación, mantuvieran esa ley de la dictadura. Y los Kirchner lograron terminar con eso. Hasta ahora se ha hecho poco con respecto a la democratización de los medios, pero es un principio. También la devolución de los dineros de la jubilación al Estado, la recomposición de la Corte Suprema y muchas otras medidas que fueron dejadas de lado desde Alfonsín. No se logró todo lo que tendrían que haber hecho para democratizar el país, por eso hay que seguir empujando. Porque yo sostengo siempre que no hay verdadera democracia mientras haya niños con hambre. La semana pasada el gobernador de Misiones señaló que en el año pasado [2010] murieron 204 niños por falta de nutrición. En este país ni siquiera somos capaces de alimentar a nuestros niños. Tampoco hay una verdadera democracia mientras haya villas miseria, y cada vez son más grandes. Y no hay verdadera democracia mientras haya gente sin trabajo. Hay que reconocerles a los Kirchner haber dado pasos hacia una democracia, pero no hay todavía una verdadera democracia.

¿Qué es lo que no ha cambiado en Argentina?

Ningún Gobierno desde que comenzó la democracia en Argentina fue capaz de impulsar una reforma agraria, como sería necesario en este país. La única reforma agraria que ha habido es que los estancieros tuvieron muchos hijos y las herencias fueron repartiendo la tierra. Tampoco se han hecho medidas para defender la ecología del país. En ese sentido los Kirchner hicieron muy poco.

¿Qué apoyos han conseguido los Kirchner?

Tienen un apoyo popular muy grande. Se ha demostrado últimamente en las exequias de Kirchner [el funeral de Néstor Kirchner, fallecido el 27 de octubre de 2010 fue multitudinario]. Yo, que tengo 83 años, puedo decir que este ha sido el tercer sepelio más popular, más concurrido, después del de Perón y Evita. Sin embargo, Kirchner se ha apoyado también en cierta parte del sindicalismo no muy honrado, no muy honesto, presidido por Hugo Moyano, líder del sindicato CGT. Muchos sindicatos han caído últimamente en un estado mafioso y eso ha traído una enorme deshonestidad, el dominio de jefes, de bandas y de mafias.

ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO ARGENTINO

¿Cuáles son los orígenes del movimiento obrero argentino?

El país estaba vacío por las las guerras entre unitarios y federales y por el exterminio de los pueblos originarios. En un poco más de un cuarto de siglo vinieron dos millones de italianos y un millón de españoles a la Argentina, que van a conformar el nuevo proletariado. Y esos inmigrantes organizan los nuevos sindicatos y van a ser los nuevos indios, digamos ahora, perseguidos por Roca, que se había convertido en presidente. Roca promulga la Ley de Residencia, la 4.174, que es la más cruel de la legislación argentina, por la cual expulsaba a “todo obrero que practicara ideologías contrarias al ser nacional”. A pesar de eso se organizan las primeras sociedades de oficios varios. La mayoría de ideología anarquista, procedente de España y de Italia. La primera huelga es de los gráficos, en 1858.

¿Se empiezan a conseguir las primeras conquistas laborales?

Sí, son los que conquistan las ocho horas de trabajo. Pero los metalúrgicos trabajaban todavía diez horas por día en 1919 y por eso organizan la gran huelga que origina la matanza de la Semana Trágica, en tiempos de Yrigoyen. Y Roca también va a ser el primero que ordena la represión de una concentración obrera por el Primero de Mayo, en 1904. Se habían reunido 70.000 obreros en la Boca para hacer un acto y Roca ordena entrar a la policía y allí matan al primer mártir del movimiento obrero, el marinero Juan Ocampo, de 18 años. Los obreros lo toman sobre sus hombros, lo llevan al local de La Protesta, que era el diaro anarquista, y lo velan. A la noche, Roca ordena el allanamiento de La Protesta, destroza todo con la policía y se llevan el cuerpo. Es el primer desaparecido de la historia argentina. Y luego van a seguir las luchas obreras. Y verdaderamente uno se maravilla del coraje que tuvieron los sindicatos en todo el país. En 1905, las mujeres inmigrantes hacen una gran huelga y no pagan los alquileres, que no paraban de subir. Y consiguieron detener el aumento. En 1909 hubo una represión tremenda, a manos del coronel Falcón, que realiza una matanza en la plaza del Congreso en un Primero de Mayo. Después viene la represión de la Semana Trágica, en 1919, y poco después las huelgas y la enorme represión de la Patagonia Rebelde, en el año 1921. En ese mismo año, y en 1922, se produce el fusilamiento de los acheros de los bosques de Quebracho en el Chaco santafecino.

Y a todo ese movimiento se le unen las ideas socialistas.

El Partido Socialista es fundado acá por los alemanes, que formaron el Club Vorwärts. Ellos fueron los primeros que, en el año 1890, hacen la fiesta del Primero de Mayo. Y en esa fiesta van a hablar cinco representantes obreros, cada uno en su idioma, porque eran de distintos pueblos. Y el diario La Naciónse va a burlar diciendo “No entendemos cómo pueden hacer un acto juntos si no se entienden cuando hablan”, en vez de alabar que, a pesar de que no se entendían, compartían el sentido obrero de que eran todos iguales y que hablaban cada uno en su idioma, porque no sabían castellano todavía.

Pero todas estas líneas quedan eclipsadas por el peronismo a partir del ‘43. ¿Cómo defines este movimiento de masas?
Yo lo defino como un sistema político que cambió todo para no modificar absolutamente nada. Por supuesto trajo leyes obreras, como el estatuto del peón, que firmó Perón siendo secretario de Trabajo y Previsión, en la primera dictadura del ‘43 donde intervino él. Y trajo leyes obreras interesantes, pero no hubo ningún cambio real respecto al sistema, siguió siendo un sistema capitalista. Se enojan cuando digo todo esto, pero es una imitación del fascismo italiano, sin que Perón cayera en los errores del fascismo italiano. Porque ya cuando en las primeras elecciones es elegido presidente no necesita ninguna dictadura, aunque siempre va a ser un Gobierno muy personalista. La ideología es la siguiente: mantener el sistema capitalista, pero darle más protagonismo a los trabajadores. Y Perón no cae en el error de Hitler, que empieza con el racismo y luego le declara la guerra a todo el mundo. Perón no cae en ese error, pese a que algunos dirigentes peronistas eran muy racistas con los judíos. El de Perón y Evita fue un Gobierno en el que el trabajador pasó a tener un papel protagónico, pero siguen existiendo siempre las villas miseria, la pobreza. No se logró erradicar eso.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/hemeroteca-diagonal/entrevista-osvaldo-bayer-todavia-no-hay-una-verdadera-democracia-por-eso-hay-que-seguir-empujando