Un alegato en favor de la investigación de la cultura escrita lega

Ivan Illich (1926-2002) // Teólogo, filósofo, ecólogo, pedagogo…

Texto publicado en el libro de David R. Olson y Nancy Torrance (comp.) (1998). Cultura escrita y oralidad. Barcelona: Gedisa. Reeditado en esta edición con permiso de su familia.

Al decir «cultura escrita lega», me refiero a un abandono simbólico del uso del alfabeto en las culturas occidentales. Me refiero a algo muy diferente de la cultura escrita clerical, que consiste en la capacidad de leer y escribir. A1 hablar de la cultura escrita lega me refiero a un modo distinto de percepción, en el que el libro se ha convertido en la metáfora decisiva a través de la cual concebimos el yo y el lugar que éste ocupa. Cuando hablo de la cultura escrita lega no me refiero a la difusión de los contenidos escritos, más allá del círculo de los clérigos, a otras personas que sólo pueden escuchar lo que se les lee. Empleo el término cultura escrita lega para hablar de una estructura mental definida por una serie de certezas que se han difundido dentro del ámbito del alfabeto desde la época medieval. E1 que domina la escritura lega tiene la certeza de que es posible congelar el discurso, almacenar y recuperar recuerdos, grabar secretos en la conciencia «y por lo tantos examinarlos» y describir experiencias. Por cultura escrita lega entiendo, en consecuencia, una trama de categorías que, desde el siglo XII, ha moldeado el espacio mental de los laicos analfabetos tanto como el de los clérigos ilustrados. La cultura escrita lega constituye un nuevo tipo de espacio en el que se reconstruye la realidad social, un nuevo sistema de supuestos fundamentales acerca de lo que puede ser visto o conocido. En la siguiente exposición, me propongo describir la evolución de esta estructura mental y la transformación de varias certezas que sólo pueden existir dentro de ella. Procuraré ilustrar cómo se produce esa transformación relatando la historia de «el texto».

LA HISTORIA DE LA CULTURA ESCRITA LEGA

Hay dos razones por las que la historia de la cultura escrita lega debería ser tenida en cuenta por quienes emprendan investigaciones en el campo de la educación. La primera es el nuevo grado de importancia acordado en el ámbito educacional a la escritura clerical como objetivo a ser alcanzado antes del año 2000. La segunda es la generalizada tendencia a reemplazar al libro por el ordenador como metáfora fundamental de la autopercepción.

En lo que respecta a la primera, todos somos conscientes de que se están empleando nuevas técnicas psicológicas, administrativas y electrónicas para difundir las destrezas clericales de la lectura y la escritura. Lo que debemos comprender mejor es si estas campañas instructivas interactúan o no con la cultura escrita lega y, en caso afirmativo, cómo lo hacen. Hace cincuenta años, Luria (1976) estudió los grandes cambios que se producen en la actividad mental cuando las personas adquieren la escritura clerical. Sus procesos cognitivos dejan de ser principalmente concretos y situacionales. Estas personas comienzan a hacer inferencias no sólo sobre la base de su propia experiencia práctica sino también de supuestos formulados a través del lenguaje. Desde la época en que Luria efectuó estos estudios en la Rusia stalinista, se ha aprendido mucho acerca del cambio que produce la cultura escrita clerical en la percepción, la representación, el razonamiento, la imaginación y la autoconciencia. Pero en la mayoría de estos estudios, se presupone la existencia de un vínculo causal entre la capacidad de escribir del individuo y la nueva estructura mental que adquiere. Como voy a demostrarlo, a la luz de la historia de la cultura escrita lega, esta presuposición es en gran medida falsa. Desde la Edad Media, las certezas que caracterizan la mente alfabetizada se han extendido, arrolladoramente, a través de otros medios distintos de la instrucción en cuanto a la habilidad de leer y escribir. Este es un punto a tener presente cuando se analizan los estados de analfabetismo, semianalfabetismo y posalfabetismo. El enfoque actualmente aplicado para difundir la técnica de la «comunicación escrita» podría de hecho ser desquiciante para la mente alfabetizada.

Al mismo tiempo que quiero poner de relieve la recién mencionada independencia de la mente alfabetizada respecto de la capacidad personal de escribir, mi principal argumento concierne a la mágica transformación que está experimentando la mente alfabetizada. Desde la década pasada, el ordenador ha estado reemplazando rápidamente al libro en su carácter de metáfora utilizada para concebir el yo, sus actividades y su relación con el entorno. Las palabras han sido reducidas a «unidades de mensaje», el habla a «el uso del lenguaje», la conversación a algo llamado «comunicación oral» y los símbolos de sonido del texto a «bits» (binarios). Quiero plantear que el espacio mental al que se ajustan las certezas de la cultura escrita y ese otro espacio mental generado por las certezas acerca de la Máquina de Turing son heterónomos. El estudio del espacio mental que ha generado la cultura escrita lega es, a mi entender, un paso necesario para comprender la índole de ese espacio mental enteramente distinto que se está volviendo dominante en nuestra época. Y así como la cultura escrita lega es en gran medida independiente de las destrezas clericales del individuo, también la mente cibernética es en gran medida independiente de la capacidad técnica del individuo para manejar un ordenador.

Ya se han sentado bases sólidas para la investigación de la mente alfabetizada; yo sólo propongo que los resultados de esa investigación se apliquen a la educación, a efectos de reconocer postulados hasta ahora no reconocidos que están implícitos en los axiomas de los que parten las teorías educacionales. El primero que observó la profundidad de la brecha epistemológica entre la existencia oral y la escrita fue Milman Parry, hace unos sesenta años (1971). A través de Parry llegamos a reconocer la Isla de la Cultura Escrita que surge del magma de la oralidad épica cuando un escribiente-alfarero anota la canción de un bardo a la que llamamos la Ilíada. Un alumno de Parry, Albert Lord (1960), nos convenció de que los pasos a través de los cuales un individuo se convierte en bardo no pueden comprenderse con el mismo concepto que los pasos por los que se convierte en un poeta escritor. Eric Havelock (1963) argumentó convincentemente que los profundos cambios operados en el estilo de razonamiento, en el modo de percibir el universo y en la apariencia de la «literatura» y la ciencia en la Grecia de los siglos VI y V a.C. sólo pueden ser comprendidos en conexión con una transición de la mente oral a la alfabetizada. Otros investigadores han explorado la única y decisiva invención del alfabeto difundido a la India brahamánica y de allí a Oriente. Elisabeth Eisenstein (1979), en su monumental estudio sobre la repercusión de la imprenta en la cultura renacentista, ha abordado otra transformación fundamental dentro de la mente alfabetizada en otra época distinta. Jack Goody (1980), el antropólogo, puso de relieve la permanente «alfabetización de la mente salvaje». Y Walter Ong (1982) ha recopilado en las últimas dos décadas las investigaciones de psicólogos, antropólogos y estudiosos de la poesía épica para argumentar que la alfabetización es equivalente a la «tecnologización» de la palabra. Hasta ahora, sin embargo, nadie ha intentado trazar una historia de la mente alfabetizada en tanto distinta de la cultura escrita clerical. Y es una tarea abrumadora. La mente alfabetizada es un fenómeno a la vez radiantemente claro y tan escurridizo como un pez, cuyos rasgos sólo pueden discernirse en tanto se lo observe dentro de su propio entorno.

LA LITURGIA DE LA ESCOLARIDAD

Para esclarecer mi alegato en favor de esta investigación nueva, explicaré los pasos que me condujeron a mi postura actual. A esos efectos, comenzaré por criticar mi propio libro Deschooling society (Desescolarizar la sociedad) (1973), por la ingenuidad de sus enfoques. Mi aventura se inició hace dieciséis años, en momentos en que estaba por aparecer ese libro. Durante los nueve meses en que el manuscrito estuvo en la editorial, me fui sintiendo cada vez más disconforme con su texto, el cual, dicho sea de paso, no propugnaba la eliminación de las escuelas. Este malentendido se lo debo a Cass Canfield, el propietario de Harper, quien le puso el título a mi libro y al hacerlo tergiversó mis ideas. El libro aboga, en cambio, por la eliminación del carácter oficial de las escuelas en el sentido en que se eliminó el carácter oficial de la iglesia en Estados Unidos. Pero lo que yo proponía era la «eliminación del carácter oficial de las escuelas» por el bien de la educación, y en eso, según advertí, radicaba mi error. Me di cuenta entonces de que mucho más importante que eliminar el carácter oficial de las escuelas era invertir aquellas tendencias que hacen de la educación una necesidad apremiante antes que una oferta de esparcimiento gratuito. Había comenzado a temer que la eliminación del carácter oficial de la iglesia educativa condujera a un fanático resurgimiento de muchas formas de educación degradadas. Norman Cousins publicó mi retractación en el Saturday Review en la misma semana en que apareció mi libro. Allí, yo planteaba que la alternativa a la escolaridad no es algún otro tipo de organismo educativo ni algún plan para introducir oportunidades educacionales en todos los aspectos de la vida, sino una sociedad que promueva una actitud diferente hacia las herramientas. Desde entonces, mi curiosidad y mis reflexiones se han centrado en las circunstancias históricas bajo las cuales puede surgir la idea misma de las necesidades educacionales.

Para que resulte más fácil seguir mi trayectoria, permítanme recordarles cómo llegué al estudio de la educación. Provengo de la teología. Como teólogo, me especializo en arte eclesiástico, que es la única tradición erudita que, en el análisis social, establece una distinción fundamental entre dos entidades: la comunidad visible en la que se encarna el espíritu y la muy distinta comunidad que es la ciudad o el estado. Este dualismo es esencial. Alentado por mil quinientos años de arte eclesiástico, yo veía a la iglesia como algo más que una metáfora para la nueva entidad educativa. Mi intención era, cada vez más, subrayar la continuidad fundamental entre las dos instituciones aparentemente opuestas, al menos en tanto ambas definen el significado de la educación en sucesivos siglos.

Dentro del arte eclesiástico, el estudio de la liturgia siempre ha sido mi materia preferida. Esta rama del aprendizaje se refiere al papel que cumple el culto en la producción del fenómeno de «la iglesia». La liturgia estudia el modo en que los gestos solemnes y los cánticos, las jerarquías y los objetos rituales, crean no sólo la fe sino también la realidad de la comunidad como iglesia, que es el objeto de esta fe. La liturgia comparativa aguza nuestra percepción para distinguir los auténticos rituales mitopoyéticos (creadores de mitos) de los accidentes de estilo. Así sensibilizado, comencé a observar las cosas que suceden en las escuelas como partes de la liturgia. Habituado a la enorme belleza de la liturgia cristiana, me provocó un lógico desagrado el estilo abyecto tan frecuente en las escuelas.

Comencé entonces a estudiar el lugar que ocupa la liturgia de la escolaridad en la construcción social de la realidad moderna y el grado en que ha creado la necesidad de que se imparta educación. Empecé a discernir las huellas que deja la escolaridad en la estructura mental de sus participantes. Centré mi atención en la forma de la liturgia escolar poniendo entre paréntesis no sólo la teoría del aprendizaje sino también la investigación destinada a evaluar el logro de los objetivos de aprendizaje. En los artículos publicados en Desescolarizar la sociedad, ofrecí una fenomenología de la escolaridad: de Brooklyn a Bolivia, la escolaridad se compone de reuniones de individuos de determinada edad en torno a un así llamado maestro, durante tres a seis horas en doscientos días del año; de promociones anuales que celebran la exclusión de quienes fracasan o son desterrados a un curso inferior y de un conjunto de materias más detalladas y cuidadosamente elegidas que cualquier liturgia monástica jamás conocida. En todas partes, las clases tienen de doce a cuarenta y ocho alumnos, y los maestros pueden ser sólo aquellos que han absorbido varios años más de este ritual insensato que sus discípulos. En todas partes, se consideraba que los alumnos adquirían cierta «educación» «que la escuela supuestamente monopolizaba», la cual se juzgaba necesaria para convertir a los alumnos en ciudadanos valiosos, sabiendo cada uno de ellos hasta qué nivel ha llegado en esta «preparación para la vida». Observé entonces de qué modo la liturgia de la escolaridad crea la realidad social en la cual la educación se percibe como un bien necesario. También advertí que, en las últimas dos décadas del siglo XX, una educación integral, de por vida, podría reemplazar a la escolaridad en su función de creadora de mitos. No vislumbraba por entonces, sin embargo, lo que ahora propongo como tema de investigación: el debilitamiento de los conceptos claves tradicionales de la educación letrada, dado que los términos correspondientes se utilizan en metáforas que se adecuan al ordenador. No concebía entonces a la escuela como una de las máscaras detrás de las cuales podía tener lugar esta transformación mágica.

En la época en que me dedicaba a estas reflexiones, estábamos en el apogeo del esfuerzo internacional en pro del desarrollo. La escuela aparecía como el escenario mundial en el que se representaban los supuestos ocultos del progreso económico. E1 sistema escolar demostraba adónde conduciría inevitablemente el desarrollo: a la estratificación internacional estandarizada, a la dependencia universal de los servicios, a la especialización contraproducente, a la degradación de muchos en favor de unos pocos. Cuando escribí Desescolarizar la sociedad, el efecto social, y no la sustancia histórica, de la educación seguía siendo mi principal interés. Todavía creía que, en lo fundamental, las necesidades en materia de educación eran un problema histórico de la naturaleza humana.

CONSTITUCIÓN Y EVOLUCIÓN DE UN ESPACIO MENTAL

Mi creencia en mi propia suposición de que los seres humanos pertenecen, por naturaleza, a la especie del homo educandus comenzó a debilitarse cuando estudié la historia de los conceptos económicos desde Mandeville hasta Marx (con René Dumont) y desde Bentham hasta Walras (con Elie Halévy), y también cuando tomé conciencia (con Karl Polanyi) del carácter histórico de mis propias certezas respecto de la escasez. Advertí que en el estudio de la economía hay una importante tradición crítica que analiza los supuestos que hacen los diversos economistas considerándolos como constructos históricos. Me di cuenta de que el homo economicus, con el que nos identificamos emocional e intelectualmente, es de muy reciente creación. Y así aprendí a entender la «educación» como aprendizaje cuando tiene lugar bajo el supuesto de la escasez de los medios que la producen. La necesidad de la «educación» aparece, desde esta perspectiva, como el resultado de ciertas creencias y arreglos de la sociedad que tornan escasos los medios requeridos para la así llamada socialización. Y desde esta misma perspectiva, comencé a advertir que los rituales educacionales reflejaban, reforzaban y de hecho creaban la creencia en el valor del aprendizaje practicado bajo condiciones de escasez. Con limitado éxito, hasta ahora, traté de alentar a mis alumnos a que hicieran por el campo de la pedagogía lo que otros han hecho en el campo de la economía.

Polanyi ha demostrado que el intercambio de bienes precede en muchos siglos, si no milenios, a la comercialización económica de productos básicos. Este intercambio preeconómico es efectuado por mercaderes reconocidos que actúan más como diplomáticos que como comerciantes. A1 comentar la Política de Aristóteles, Polanyi (1944) muestra que la técnica de mercadeo, en la que el valor de un producto se determina según la demanda y la oferta y suministra una ganancia para el mercader, es una invención griega de principios del siglo IV A.C. Encontré crecientes pruebas de que el espacio conceptual dentro del cual la paideia adquiría un significado comparable al de lo que llamamos «educación» se definió aproximadamente por la misma época. La «desincrustación», para usar el término de Polanyi, de una esfera económica formal dentro de la sociedad tiene lugar durante la misma década que la desincrustación de una esfera de educación formal.

Durante ese mismo siglo, además, adquirió existencia formal el «espacio euclidiano». Su creación y su destino brindan una analogía útil para ilustrar lo que denomino un «espacio mental». Euclides tomó la precaución de enunciar los axiomas a partir de los cuales construyó su geometría. Quería que se los tuviera presentes como estipulaciones. Sin embargo, como bien sabemos los modernos, en un caso propuso como axioma «evidente por sí mismo» algo que, de hecho, requería un postulado. Cuando Euclides planteó como axiomático que dos líneas paralelas no se intersectan nunca, sin saberlo dio por sentada la existencia de determinado espacio: ese «espacio» que ahora lleva su nombre. Euclides hizo un supuesto que, al no ser revisado, se convirtió en una certeza. Y durante miles de años, la tradición erudita occidental lo tomó como un hecho natural. No fue sino hasta que llegó nuestro siglo cuando Riemann (véase Cassirer, 1967, pág. 418n) demostró que un espacio en el que dos líneas paralelas no se intersectan nunca es, para el matemático, tan sólo un caso especial. Poco después de que Riemann expusiera los fundamentos matemáticos de la relatividad, los antropólogos observaron que los miembros de muchas culturas no ven con ojos euclidianos. Algunos etnolingüistas confirmaron entonces que, por ejemplo, los hopis y los dogones hablan del espacio y de las direcciones en ciertas formas que se traducen más fácilmente a los términos de los tensores matemáticos que a cualquier lengua indogermánica. Por otro lado, los historiadores comprobaron que en las literaturas antiguas el espacio se describe mucho más cabalmente haciendo referencia a olores, sonidos y a la experiencia de desplazarse a través de una atmósfera que evocando la experiencia visual. Algunos historiadores del arte, como Panofsky (1924), y filósofos como Susan Langer (1942), han señalado de manera convincente que casi todos los artistas pintan el espacio que ellos y su época ven. No organizan su percepción según la perspectiva creada por Durero, ni dentro de las coordenadas de Descartes. La perspectiva, según este criterio, se introdujo en la pintura para expresar la reciente capacidad de ver el mundo de un modo predominantemente egocéntrico. Paralelamente al planteo de Kuhn (1962) sobre una cadena de paradigmas descriptivos que se suceden uno al otro en las ciencias, los historiadores del arte hablan de sucesivos paradigmas pictóricos que corresponden a distintos modos de percibir el espacio visual.

Hasta ahora no se ha efectuado ningún intento comparable a la historiografía del espacio económico ni a la del visual, por explorar la constitución y la evolución del espacio mental dentro del cual se pueden formar las ideas pedagógicas. Esto no significa que todas las disciplinas académicas hayan quedado confinadas a este «espacio»; sólo significa que el principal cuestionamiento a este confinamiento mental lo han formulado personas ajenas al campo de la educación y, hasta ahora, no ha sido aceptado por los educadores. El descubrimiento de Milman Parry (1971) de la heteronomía entre la existencia oral y la alfabética podría haber llevado a los educadores a reconocer los postulados que ellos, sin saberlo, incluyen en los axiomas de su campo. Pero la importancia del descubrimiento de Parry para una teoría histórica de la educación ha pasado hasta ahora inadvertida.

En su tesis doctoral sobre los epítetos homéricos, Parry fue el primero (en 1926) en advertir que la transición de la oralidad épica a la poesía escrita en la Grecia arcaica marca una brecha epistémica. Parry sostuvo que, para la mente alfabetizada, es casi imposible reexperimentar el contexto en el que compone sus canciones el bardo que no conoce la escritura. Ningún puente, construido a partir de las certezas inherentes a la mente alfabetizada, puede conducir nuevamente al magma oral. No me es posible resumir aquí las conclusiones y los conceptos a los que llegaron, en los últimos cincuenta años, Notopoulos (1938), Lord (1960), Havelock (1963), Peabody (1975) y Ong (1982), cuyos trabajos fueron los que me convencieron. Pero para aquellos que no han seguido los planteos de estos autores sobre la heteronomía de la oralidad épica y la poesía escrita, indicaré algunas de las firmes conclusiones que yo he extraído. En una cultura oral, no puede haber ninguna «palabra» como las que acostumbramos buscar en el diccionario. En esa clase de cultura, lo que está entre pausas puede ser una sílaba o una cláusula, pero no nuestro átomo, la palabra. Todas las emisiones parecen tener alas, pues antes casi de acabar de pronunciarlas, ya se han ido para siempre. La idea de fijar estos acontecimientos en una línea, de momificarlos para su posterior resurrección, no puede siquiera suscitarse. Por lo tanto, la memoria, en una cultura oral, no se puede concebir como un depósito ni como una tablilla de cera. Apremiado por la lira, el bardo no «busca» la palabra justa, sino que extrae una emisión apropiada de la bolsa de frases tradicionales y la pronuncia al ritmo adecuado. Homero, el bardo, nunca probó y rechazó «le mot juste». Virgilio modificó y corrigió la Eneida hasta la misma hora de su muerte; él ya era el prototipo del poeta escritor, del «Schrift-Steller» genial.

Apropiadamente, el equivalente de nuestro «plan de estudios» se llamó Mousiké en las escuelas de Atenas del siglo V A.C. Los estudiantes aprendían a componer; la escritura siguió siendo una técnica servil practicada mayormente por alfareros hasta alrededor del año 400 A.C., cuando Platón fue a la escuela. Sólo entonces nace la auténtica «materia de estudio»; sólo entonces la sabiduría de las generaciones anteriores puede transmitirse en las palabras de la generación presente, para que el maestro la comente con palabras claras y nuevas. El registro alfabético es tanto una condición para lo que llamamos ciencia y literatura como un instrumento necesario para distinguir entre «pensamiento» y «habla». Platón, uno de los pocos titanes que lucharon con la línea divisoria entre la oralidad y la cultura escrita, tomó esta transición que va de la experiencia del recuerdo siempre renovado a la memoria escrita como tema de su Fedro. Platón tenía plena conciencia de que, con el maestro que siembra palabras (escritas), las que no pueden ni hablar por sí mismas ni enseñar adecuadamente la «verdad» a otros (1952, 276a), se había inaugurado una época totalmente nueva, y que el uso del alfabeto haría imposible el regreso al pasado oral.

Con más claridad que los autores modernos, Platón parece haber advertido que con la escritura había nacido un nuevo espacio mental y, dentro de él, conceptos hasta entonces inimaginados que le darían un significado enteramente nuevo a la educación de Lisias. Dos cosas, por consiguiente, se pueden distinguir en la historia de los supuestos educacionales: el comienzo del espacio pedagógico, que ahora podría verse amenazado, y las transformaciones de la trama de conceptos pedagógicos que cobran sustancia dentro de este espacio.

LA HISTORIA DEL TEXTO

Para demostrar cómo se ha extendido y ha ganado cierto predominio un axioma de esta clase, correspondiente al espacio escrito, tomaré como ejemplo el «texto». La palabra es clásica: en latín significa tejido»y sólo raramente»la composición de oraciones bien ordenadas. En la época de la Biblia de Lindisfarne esta palabra se usa por primera vez como equivalente de Sagrada Escritura. Más adelante, en el siglo XIV, es aplicada al concepto con que hoy contamos, un concepto que, como demostraré de inmediato, ya había aparecido bajo diferentes denominaciones doscientos años antes. Quiero referirme al surgimiento de esta idea o concepto, y no al uso del término.

Tomo como ejemplo la idea del texto por dos razones: es una idea importante en la teoría de la educación y, mágicamente transformada, es fundamental para la teoría de la comunicación. Desde el siglo XII, el texto es discurso pasado, codificado de modo que el ojo pueda tomarlo de la página; en la teoría de la comunicación, el término se aplica a cualquier secuencia binaria. El texto, como elemento eje dentro de la mente alfabetizada, tiene un comienzo y un final. Por definición, el alfabeto es una técnica para registrar sonidos de habla en una forma visible. En este sentido, es mucho más que cualquier otro sistema de notación. El lector que tiene ante su vista ideogramas, jeroglíficos o incluso el beta-beto semítico no vocalizado, debe comprender el sentido de la línea antes de poder pronunciarla. Sólo el alfabeto permite leer correctamente sin comprender lo que se lee. Y, de hecho, por más de dos mil años, la decodificación del registro alfabético no podía realizarse sólo con la vista. «Leer» significaba recitar en voz alta o entre dientes. San Agustín, el mejor orador de su época, se sorprendió cuando descubrió que era posible practicar la lectura en silencio. En sus Confesiones (1942), habla de su descubrimiento de aprender a leer sin emitir sonidos ni despertar a sus compañeros de hermandad.

Las separaciones entre palabras se introdujeron en el siglo VIII, en la época de Beda, como recurso didáctico. Su finalidad fue facilitar la adquisición del vocabulario latino por parte de los «torpes novicios escoceses» (véase Saenger, 1982). Como efecto secundario, se modificó el procedimiento para copiar manuscritos. Hasta entonces, un monje tenía que dictarles a varios escribientes o bien cada escribiente debía leer en voz alta tantas palabras como le fuera posible conservar en su memoria auditiva y luego anotarlas por escrito mientras se «dictaba a sí mismo». El espacio entre palabras hizo posible copiar en silencio; el copista podía entonces transcribir palabra por palabra. La anterior línea compuesta de una sucesión ininterrumpida de treinta a cincuenta minúsculas habría sido imposible de copiar a simple vista.

Aunque el códice de la Edad Media contenía palabras visiblemente separadas, en lugar de una fila india de letras, aun así no hacía visible el texto. Esta nueva realidad sólo tomó forma después de la época de Bernardo y Abelardo. Fue producto de la convergencia de dos docenas de técnicas, algunas con antecedentes árabes, otras con antecedentes clásicos y otras enteramente nuevas. Estas nuevas técnicas se combinaron para promover y forjar una idea sustancialmente nueva: la de un texto que se diferencia tanto del libro como de sus lecturas.

Los capítulos podían tener títulos y dividirse mediante subtítulos. Se podía numerar el capítulo y el verso, subrayar las citas con tinta de otro color, introducir párrafos y hacer resúmenes del tema tratado mediante glosas marginales; los dibujos en miniatura se fueron volviendo menos ornamentales y más ilustrativos. Gracias a estos nuevos recursos, ahora era posible preparar una lista de contenidos y un índice alfabético de temas, y hacer referencias de una parte a otra dentro de los capítulos. E1 libro que hasta entonces sólo podía ser leído del principio al fin, posibilitaba ahora la lectura parcial; la idea de la consulta adquirió un nuevo significado gracias a estos recursos. Los libros podían escogerse y examinarse de un nuevo modo. A principios del siglo XII, aún era costumbre que en ciertos días de fiesta de cada estación, el abad retirara solemnemente los libros de la sala del tesoro, donde se guardaban junto con las joyas y las reliquias de los santos, y los colocara en la sala capitular. Cada monje escogía entonces un libro para su lectio durante los meses siguientes. A fines de ese mismo siglo, los libros habían sido retirados del cofre de la sacristía y comenzaban a ser guardados en una biblioteca aparte, bien titulados, en estanterías. Se elaboraron los primeros catálogos de las posesiones del monasterio y para fines del siglo siguiente, tanto París como Oxford se enorgullecían de tener un catálogo colectivo de varias bibliotecas. Gracias a estos cambios técnicos, la consulta, la verificación de las citas y la lectura en silencio se hicieron corrientes, y los scriptoria dejaron de ser lugares en los que cada uno trataba de oír su propia voz. Ni el maestro ni el vecino podían ahora escuchar lo que se estaba leyendo y, en parte como resultado de esto, se multiplicaron tanto los libros obscenos como los heréticos. A medida que el viejo hábito de pronunciar citas tomadas de un caudal de memoria bien entrenada era sustituido por la nueva capacidad de citar directamente del libro, se fue vislumbrando la idea de un «texto» independiente de tal o cual manuscrito. Muchos de los efectos sociales que a menudo se han atribuido a la imprenta en realidad ya eran el resultado de un texto que podía ser consultado. La vieja técnica clerical de tomar dictado y leer líneas se complementaba ahora con las técnicas de contemplar y explorar el texto con la vista. Y, de un modo complejo, la nueva realidad del texto y la nueva técnica clerical afectaron la mente alfabetizada común a los clérigos y los laicos por igual.

En la práctica, y en su mayor parte, la actividad de escribir fue privativa de los clérigos hasta bien entrado el siglo XIV. La mera capacidad de firmar y deletrear se tomaba como prueba para la atribución de privilegios clericales, y quienquiera que demostrara tener esa capacidad quedaba librado de la pena capital. Pero mientras que la mayoría de los clérigos carecía de la destreza necesaria para «consultar» el texto de un libro, durante el siglo XIII, para una gran parte de la población laica, el texto se convirtió en una metáfora constitutiva del modo entero de existencia.

Para aquellos de ustedes que no son medievalistas pero que desearían leer una buena introducción a lo que saben los historiadores sobre la creciente cultura escrita lega de Occidente en esa época, les recomiendo un libro de Michael Clanchy (1979), titulado De la memoria al registro escrito, Inglaterra, 1066-1307. Clanchy no pone el acento en la contribución de la cultura escrita clerical a la literatura y la ciencia, sino en la manera en que la difusión de las letras cambió la autopercepción de la época y las ideas sobre la sociedad. En Inglaterra, por ejemplo, la cantidad de documentos utilizados en las transferencias de propiedades se multiplicó por cien o más entre principios del siglo XII y fines del XIII. Lo que es más, el documento escrito reemplazó al juramento, que era oral por naturaleza. El «testamento» reemplazó al terrón que el padre antes ponía en manos del hijo al que había elegido como heredero de sus tierras. En la corte, ¡un oficio escrito tenía la última palabra! La posesión de un título, una actividad que se ejercía por vía de «sentarse», sedere, perdió importancia frente a la «tenencia» (tener, mantener) de un título, algo que se hace con la mano. Anteriormente, una persona recorría la propiedad que quería vender junto con el interesado en comprarla; ahora estaba aprendiendo a señalar con el dedo y hacer que el notario la describiera. Hasta los analfabetos adquirieron la certeza de que el mundo se posee por medio de la descripción: «treinta pasos desde la roca con forma de perro, y luego en línea recta hasta el arroyo…» Todos tendían ahora a convertirse en dictator, aunque los escribientes seguían siendo pocos. Sorprendentemente, hasta los siervos portaban sellos, para poner debajo de sus dictados.

Ahora todos llevaban registros, hasta el diablo. Bajo la nueva apariencia de un escriba infernal, aparecía en la escultura románica tardía, representado como el «diablo escribiente». Sentado en su cola enrollada, se lo veía listo para registrar cada acto, palabra y pensamiento de sus clientes con miras al arreglo de cuentas final. Simultáneamente, apareció una representación del Juicio Final en el tímpano que coronaba la puerta de entrada de la iglesia parroquial. Representaba a Cristo, entronizado como un juez, entre las puertas del cielo y las fauces del infierno, junto a un ángel que sostenía el libro de la vida abierto en la página correspondiente a la pobre alma individual. Ni el más tosco campesino ni la más humilde criada podían siquiera atravesar el portal de la iglesia sin enterarse de que sus nombres y sus actos figuraban en el texto del libro celestial de Dios, como el propietario de tierras, consulta el informe escrito de un pasado que, en la comunidad, ha sido piadosamente olvidado.

En 1215, el Cuarto Concilio de Letrán dispuso que la confesión al oído fuera obligatoria; el texto conciliar fue el primer documento canónico que establecía explícitamente una obligación común a todos los cristianos, tanto hombres como mujeres. Y la confesión condujo a internalizar el sentido del «texto» de dos maneras distintivas: fomentando el sentido de la «memoria» y el de la «confesión». Durante un milenio, los cristianos recitaron sus oraciones tal como las habían recogido de la comunidad, con grandes variaciones locales y generacionales. Las frases solían estar tan distorsionadas que tal vez provocaran compasión, pero ciertamente carecían de sentido. Los sínodos de la iglesia del siglo XII procuraron remediar esta situación. Sus cánones le impusieron al clérigo la tarea de entrenar la memoria de los laicos haciéndoles repetir el Pater y el Credo palabra por palabra, tal como figuran en la Biblia. Cuando el penitente iba a confesarse, debía demostrarle al sacerdote que sabía las plegarias de memoria, que había adquirido la clase de memoria en la que se podían grabar palabras. Sólo después de pasar esta prueba de memoria podía proceder a examinar otra parte de su corazón, de allí en más denominada su conciencia, en la que se guarda el informe de sus malas acciones, palabras y pensamientos. Hasta el «yo» analfabeto que habla en confesión percibe ahora, a través de una nueva mirada alfabetizada, su propio «yo» en la imagen de un texto.

EL YO LEGO, LA CONCIENCIA LEGA, LA MEMORIA LEGA

El nuevo tipo de pasado, congelado en las letras, se cimentaba tanto en el yo como en la sociedad, tanto en la memoria y la conciencia como en los documentos y registros, las descripciones y las confesiones firmadas. Y la experiencia de un yo individual se correspondía con una nueva clase de sujeto de las leyes que tomó forma en las escuelas de derecho de Bolonia y París y que a través de los siglos pasó a ser normativo para la concepción de la persona, toda vez que la sociedad occidental extendió su influencia. Este nuevo yo y esta nueva sociedad eran realidades que surgieron sólo dentro de la mente alfabetizada.

En una sociedad oral, un enunciado pasado sólo puede ser evocado a través de otro similar. Aun en las sociedades en que se adoptan notaciones no alfabéticas, el discurso no pierde sus alas: una vez pronunciado, ya se ha ido para siempre. La notación pictórica o ideográfica le sugiere al lector una idea para la que él debe, cada vez, encontrar una palabra. E1 texto alfabético fija el sonido. Cuando es leído, las frases pasadas del dictator se vuelven presentes. Ha nacido una nueva clase de material de construcción para el presente: está compuesto por las palabras reales de hablantes desaparecidos hace tiempo. Y a fines de la Edad Media, la constitución del texto visible trajo construcciones enteras del pasado, en una forma nueva, al presente.

En una sociedad oral, un hombre tenía que mantener su palabra. La confirmaba prestando un juramento, que consistía en una maldición condicional que recaería sobre él en caso de que no cumpliera su palabra. Mientras juraba, el hombre se tomaba la barba o los testículos, empeñando su carne como prenda. Bajo el régimen escrito, el juramento empalideció frente al manuscrito: ya no era el recuerdo sino el registro lo que contaba. Y si no había ningún registro, el juez tenía derecho a leer el corazón del acusado, por lo que se introdujo la tortura en los procedimientos. Se aplicaba el interrogatorio para abrir el corazón. La confesión bajo tortura tomó ahora el lugar del juramento y las ordalías. Las técnicas de inquisición le enseñaban al acusado a aceptar la identidad entre el texto que le leía la corte y ese otro texto que estaba grabado en su corazón. Sólo a través de la comparación visual de dos textos era posible imaginar visualmente la identidad de los dos contenidos, el del original y el de la copia. Una miniatura del año 1226 conserva el primer retrato del «corrector», un nuevo funcionario que se inclina sobre el hombro del escribiente para certificar la «identidad» entre dos documentos. Una vez más, era una técnica clerical la que se reflejaba en la nueva ley de la prueba judicial, que exigía que el juez verificara los dichos del acusado comparándolos con la verdad que se encontraba en el fondo de su corazón.

La mente alfabetizada implica una profunda reconstrucción del yo lego, la conciencia lega y la memoria lega, como también de la concepción lega del pasado y del temor lego de tener que enfrentar el libro del juicio final a la hora de la muerte. Todos estos aspectos nuevos, como es lógico, eran compartidos por laicos y clérigos, y eficazmente transmitidos fuera de las escuelas y scriptoria. Este punto, hasta ahora, ha sido en gran medida pasado por alto por los historiadores de la educación. Estos han centrado su atención en la evolución de la cultura escrita clerical y no han visto en esas transformaciones del espacio mental más que un efecto secundario de las funciones de los registros públicos. Los historiadores han explorado a fondo el estilo de las letras, de las abreviaturas, de la integración entre el texto y el ornamento: han ampliado nuestro conocimiento sobre la influencia que en el siglo XIII tuvo la elaboración de papel, y la nueva superficie lisa para la escritura, sobre la evolución de la escritura cursiva, que permite a los profesores académicos dictar cátedra basándose en apuntes escritos por su propia mano, en vez de dictados. Los historiadores han observado el enorme aumento en el uso de cera para sellos en las oficinas de registro; pueden informarnos que para una sesión normal de la corte a mediados del siglo XII, apenas una docena de ovejas perdía el pellejo, mientras que un siglo más tarde se necesitaban varios cientos de pieles para fabricar los pergaminos. Si los historiadores han prestado alguna atención a la evolución de la cultura escrita lega o, en términos más generales, a la nueva configuración que adopta la mente alfabetizada, habitualmente ha sido para observar cómo se da este fenómeno entre los clérigos: de qué modo el nuevo yo es explorado como un nuevo dominio psicológico en las autobiografías de Guibert y Abelardo, y en qué forma la nueva lógica y la nueva gramática escolásticas presuponían la textualización visual de la página. En el mejor de los casos, algunos historiadores trataron de entender de qué manera la creciente frecuencia con que se escribían relatos picarescos, crónicas de viajes y sermones para ser leídos ante un público numeroso afectó el estilo en que se los componía. Sin embargo, es evidente que, si bien las escuelas, los scriptoria y las nuevas nociones técnicas de la cultura escrita clerical fueron esenciales para propagar la mente alfabetizada, no tuvieron sino una importancia secundaria en lo que respecta a formarla y difundirla entre la mayoría de la gente que, sin conocer estos recursos, la adquirió con sorprendente rapidez.

Los detalles que he suministrado, todos correspondientes a las últimas décadas del siglo XII, que es el período que mejor conozco, ilustran lo que quiero decir cuando me refiero a la influencia que puede tener una técnica de escritura concreta sobre la formación de la mente alfabetizada de una época. Ilustran el discutible efecto que tuvo el texto visible en ese momento sobre otros conceptos que, en su formación, dependen del alfabeto. Me refiero a conceptos como los del yo, la conciencia, la memoria, la descripción posesiva y la identidad. Es tarea de los historiadores ver cómo se transforma la trama que forman estos conceptos en las sucesivas épocas: bajo la influencia de la narratio de fines de la Edad Media, la «ficción», los textos críticos del Renacimiento, la imprenta, la gramática vernácula, el «lector» y demás. En cada etapa, el historiador de la educación obtendría nueva inspiración si iniciara sus investigaciones partiendo de los indicios reveladores de nuevas formas de escritura lega, antes que de nuevos ideales y técnicas docentes. Con todo, mi alegato en favor de esta investigación no está motivado primordialmente por mi interés en este aspecto desatendido de la investigación educacional, al abordar los fenómenos que tienen lugar dentro del espacio de la cultura alfabética. Mi principal motivo para abogar por esta investigación es el interés en la exploración de ese espacio en sí mismo. Siento que el debilitamiento de ese espacio representa una amenaza contra mi propio yo.

EL EXILIO DE LA MENTE ALFABETIZADA

Aún recuerdo una experiencia conmocionante que tuve en Chicago, en 1964. Estaba sentado con otros miembros de un seminario en torno a una mesa; enfrente de mí se encontraba un joven antropólogo. En un punto, a mi entender crucial, de la conversación, este joven me dijo: «Illich, no me llega lo que dices; no te estás comunicando conmigo». Por primera vez en mi vida, tomé conciencia de que alguien se dirigía a mí, no como a una persona, sino como a un transmisor. Tras un instante de confusión, empecé a sentirme agraviado. Una persona a la que yo creía haber estado respondiendo, experimentaba nuestro diálogo como algo más general: como «una forma de comunicación humana». De inmediato recordé la descripción de Freud de tres experiencias agraviantemente perturbadoras en la cultura occidental: los «Kränkungen» en que el sistema heliocéntrico, la evolución y el inconsciente debieron ser incorporados a las certezas cotidianas. Fue entonces, hace veinte años, cuando comencé a reflexionar sobre la profundidad de la brecha epistemológica que propongo como objeto de investigación. Sospecho que esta brecha es más profunda que las mencionadas por Freud, y sin duda guarda una relación más directa con el tema que encaran los educadores.

Sólo tras varios años de investigación de la historia de ese espacio conceptual que surgió en la Grecia arcaica, llegué a captar la profundidad con que el ordenador como metáfora está exiliando a todo el que la acepte del espacio de la mente alfabetizada. Comencé a reflexionar sobre el surgimiento de un nuevo espacio mental cuyos axiomas generadores no se basan ya en la codificación de sonidos del habla a través de la notación alfabética, sino en la capacidad de almacenar y manipular «información» en bits binarios.

No estoy proponiendo que examinemos los efectos que tiene el ordenador, como herramienta técnica, en los procedimientos de guardar y recuperar registros escritos, ni cómo se lo puede emplear para la enseñanza de la lectura, la escritura y la aritmética. Tampoco estoy proponiendo analizar la perspectiva que da el ordenador a las composiciones y el estilo modernos. En vez de ello, llamo a la reflexión sobre una red de términos e ideas que conecta una nueva serie de conceptos, cuya metáfora común es el ordenador, y que no parece encajar en el espacio de la cultura escrita, dentro del cual se formó originalmente la pedagogía.

En esta propuesta, quiero evitar la tentación de adjudicarle cualquier función causal a la máquina electrónica. Así como fue un gran error sostener que la imprenta era necesaria para que la mente occidental fuera moldeada por el «pensamiento lineal», también sería erróneo creer que el ordenador, en sí mismo, constituye una amenaza para la supervivencia de la mente alfabetizada. Siglos antes de que Gutenberg confeccionara sus primeras matrices, una combinación de técnicas menores en los scriptoria de los monasterios del siglo XII creó el texto visible en el que encontró adecuado reflejo una muy compleja evolución de estilos de vida e imágenes propios de la escritura. Y, de manera similar, sospecho que un investigador del futuro hallará la relación entre el ordenador y el debilitamiento del espacio de la cultura escrita. Bajo circunstancias demasiado complejas como para siquiera mencionarlas, en el apogeo del desarrollo económico y educacional que tuvo lugar en la segunda cuarta parte del siglo XX, el conjunto de axiomas de la cultura escrita se debilitó y el nuevo espacio o «estructura» mental encontró su metáfora en la Máquina de Turing. Sería imprudente, en este alegato, proponer cómo debería estudiarse esta nueva ruptura. Pero recordando una historia que contó Orwell, espero mostrar convincentemente que la exploración de la ruptura que estamos presenciando es fundamental a los efectos de toda investigación sobre la naturaleza de la «educación». Es importante tener presente que en la época en que Orwell escribió 1984, el lenguaje de la «teoría de los roles», que una década antes habían acuñado Mead (1934) y otros, apenas empezaba a ser adoptado por la sociología. El vocabulario de la «cibernética» todavía estaba confinado al laboratorio. Orwell, como novelista, captó el sentir de la época e inventó la parábola de una estructura mental cuyos elementos aún no tenían nombre. Orwell consideró los efectos que tendría en la gente el hecho de tratar al habla como comunicación antes de contar con el ordenador como modelo. En 1945, La Western Union publicó un aviso en el New York Times solicitando «portadores de comunicaciones», un neologismo eufemístico para referirse a los chicos de los recados. El OED Supplement menciona este caso como el primero en que se usó el término con su significado actual.

Así, el Newspeak de Orwell es mucho más que una caricatura de la propaganda o una parodia del inglés básico, que en la década del treinta lo había fascinado. E1 Newspeak, al final de la novela, es para Orwell el código cifrado de algo que por entonces no tenía ningún equivalente en inglés. Esto se pone en claro en la escena en la que O’Brien, de la Policía del Pensamiento, le dice a Smith mientras lo tortura: «No nos limitamos a destruir a nuestros enemigos, sino que los cambiamos… los convertimos, los moldeamos… transformamos a nuestro enemigo en uno de nosotros antes de matarlo… perfeccionamos su cerebro antes de extinguirlo» (1949). En este momento, Smith, el antihéroe de la novela, todavía cree que lo que dice O’Brien debe tener sentido. En las páginas siguientes se describe cómo es decepcionado Smith por su mente alfabetizada. Tendrá que aceptar que el mundo de O’Brien carece tanto de sentido como de identidad, y que la terapia a que lo someten tiene la finalidad de hacerlo unirse a ese mundo.

Winston Smith trabaja en el Ministerio de la Verdad. Se especializa en el mal uso del lenguaje, la propaganda, en una caricatura del inglés básico. Practica las distorsiones más extremas posibles dentro de la mente alfabetizada. O’Brien tiene la tarea de conducirlo a un mundo enteramente nuevo, a un «espacio» que Smith debe primero comprender y luego aceptar. O’Brien le dice: «Dime por qué nos aferramos al poder… ¡habla ya!» Smith, sujeto con correas, le contesta: «Ustedes nos gobiernan por nuestro propio bien… creen que los seres humanos no son aptos para gobernarse a sí mismos». Esta respuesta, que habría complacido al inquisidor de Iván en la novela de Dostoyevski, hace que O’Brien aumente el dolor a «33 grados». «Buscamos el poder enteramente por sí mismo». O’Brien insiste en que el estado es poder, y antes le ha hecho entender a Smith que su poder consiste en la capacidad de escribir el libro. Winston está destinado a ser una línea en ese libro, escrito o reescrito por el estado. «El poder está en destrozar las mentes humanas», dice O’Brien, «y volver a componerlas dándoles nuevas formas de nuestra propia elección». La tortura le permite a Winston abandonar su creencia de que el Newspeak es una forma degradada del inglés; comprende que el Newspeak es un intercambio de saber-hacer sin sentido, sin ningún porqué y sin ningún yo. Cuando O’Brien alza cuatro dedos y dice que son «tres», Winston debe comprender el mensaje, no al hablante. Al no disponer de ninguna palabra inglesa para referirse al intercambio de unidades de mensaje entre máquinas, Orwell le llama al tipo de relación buscada «solipsismo colectivo». Sin conocer la palabra apropiada, o sea, «comunicación», Winston ha llegado a comprender el mundo en el que opera el estado de O’Brien. Orwell insiste en que la mera comprensión de este mundo no es suficiente: hay que aceptarlo.

Para aceptar su existencia sin sentido ni identidad, Winston necesita la terapia definitiva de la «Sala 101». Sólo tras esta traición se acepta a sí mismo como parte de «un mundo de fantasía en el que las cosas suceden tal como deben suceder», a saber, en una pantalla. Y para aceptar ser una unidad de mensaje de un poder sin sentido, Winston tiene primero que borrar su propio yo. Ni la violencia ni el dolor pudieron quebrar lo que Orwell llama su «decencia». Para convertirse en un individuo sin yo, como O’Brien, Winston debe antes traicionar a su último amor, Julia. Más tarde, cuando los ex enamorados se encuentran siendo ya dos cráneos extinguidos, saben que lo que se dijeron en la Sala 101 fue sincero. La traición contra sí mismo ante la tortura fue la última cosa que Winston dijo con sentido. Según Orwell, sólo la traición podía integrar a las víctimas al sistema solipsista de comunicación sin sentido del verdugo.

Les he contado mi fábula. Es la historia del Estado que se ha convertido en un ordenador y de los educadores que programan a las personas de modo que lleguen a perder la distinción entre «mí mismo” y «yo» que ha florecido dentro del espacio escrito. Estas personas aprenden a referirse a sí mismas como «mi sistema» y a autointroducirse como líneas apropiadas en el Megatexto. En la novela, Orwell habla en forma irónica. Su relato es algo más que una advertencia, pero no describe algo que él crea que podría llegar a suceder alguna vez. Orwell crea el código de un estado que sobrevive a la sociedad, de una comunicación entre representantes de roles que sobrevive a la mente alfabetizada y de personas que sobreviven a la traición de la «decencia». Para Orwell, 1984 es el código de algo imposible que su genio periodístico hizo aparecer como inminente.

En retrospectiva, Orwell nos parece, a algunos de nosotros, un optimista, pues pensaba que la mente cibernética sólo podía propagarse como resultado de una intensa instrucción. En la realidad, muchas personas aceptan hoy el ordenador como metáfora clave de ellos mismos y de su lugar en el mundo, sin necesidad alguna de la «Sala 101». Subrepticiamente, pasan del dominio mental de la cultura escrita lega al del ordenador. Y lo hacen, en muchos casos, siendo tan poco competentes para usar la máquina como los laicos del siglo XIII para usar la pluma y el pergamino. La mente cibernética abarca una nueva clase de lego, sin ayuda de los organismos educativos. Esta es la razón por la cual, al principio, puse sobre el tapete dos preguntas rara vez formuladas: primero, ¿existe algún motivo para creer que el nuevo e intenso interés del ámbito educativo institucional por la escritura clerical universal puede, en realidad, fortalecer y difundir la mente alfabetizada? Y, segundo, ¿se ha convertido la escolaridad en un ritual de iniciación que introduce a los participantes en la mente cibernética ocultándoles la contradicción entre las ideas escritas que fingen acatar y la imagen de ordenador que venden?

Con estas sugerencias, espero haber dejado en claro el tema y la necesidad de la investigación que propongo. Esta investigación se basa en una fenomenología histórica de supuestos sobre el habla. Sólo la técnica del alfabeto nos permite registrar el habla y concebir este registro»en el alfabeto» como «lenguaje» que usamos al hablar. Este supuesto determina cierto modo específico de concebir el pasado y de formar a los jóvenes. La investigación que propongo estaría dirigida a identificar los supuestos que son característicos y distintivos de la «educación» sólo dentro de este espacio mental.

La investigación también exploraría en qué grado tanto las personas que saben como las que no saben leer y escribir comparten la especial estructura mental que surge en una sociedad que utiliza el registro alfabético. Reconocería que la mente alfabetizada constituye una rareza histórica que tuvo origen en el siglo VII. También exploraría este espacio que es uniforme en sus características pero diverso en cuanto a las distorsiones y transformaciones que permiten esas características. Por último, esta investigación reconocería la heteronomía del espacio escrito en relación con otros tres dominios: los mundos de la oralidad, los configurados por las notaciones no alfabéticas y, finalmente, el de la mente cibernética.

Como pueden ver, mi mundo es el de la cultura escrita. Sólo me siento en mi elemento en la isla del alfabeto. Comparto esta isla con muchas personas que no saben leer ni escribir pero cuya estructura mental, como la mía, es fundamentalmente alfabetizada. Y estas personas se ven amenazadas, como yo, por la traición de aquellos clérigos que disuelven las palabras del libro para convertirlas en un mero código de comunicación.

AGRADECIMIENTOS

Luria, A. R. (1976). Cognitive development: Its cultural and social foundations. Cambridge, Mass.: Harvard University Press.

Una versión de este capítulo fue publicada en Interchange 18/1-2 the Ontario Institute for Studies in Education, 1987.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

La soledad de Althusser

Termina el año y casi nadie ha prestado demasiada atención al centenario de Louis Althusser (Bir Mourad Raïs, 1918 – París, 1990), uno de los pensadores marxistas más importantes del siglo XX en lengua francesa.

Por Mario Espinoza Pino

Si quieres reír
ofrece tu sumisión
nunca tus armas
René Char

Termina el año y casi nadie ha prestado demasiada atención al centenario de Louis Althusser (Bir Mourad Raïs, 1918 – París, 1990), uno de los pensadores marxistas más importantes del siglo XX en lengua francesa. Tal vez, el más importante —con perdón del heterodoxo Henri Lefebvre y Frantz Fanon, que desborda con mucho el ámbito del marxismo—. Podríamos arriesgar una lectura sintomática para interpretar este silencio, esta suerte de soledad que parece perseguir al filósofo francés. Como si recuperar su memoria tuviese algo de inconfesable o extemporáneo. Aunque quizá no haga falta realizar un detourpsicoanalítico para abordar este olvido. Pueden invocarse explicaciones mucho más convencionales, fundamentalmente de orden histórico y político. A nuestra época le cuesta reconocerse en el espejo de otra cuyos intelectuales hablaban una lengua extraña —la de Karl Marx—. Paradojas: Althusser estaría presente en buena parte de las “teorías críticas” que saturan hoy el mercado cultural, pero su rastro se habría desvanecido casi sin dejar huella.

Para empezar, una obviedad. Entre Althusser y nosotros media una distancia histórica nada desdeñable. Sus textos más conocidos —La Revolución teórica de Marx (1965) o Para leer El Capital (1965)— son fruto de una coyuntura singular, un escenario que tuvo lugar entre la Guerra Fría, el proceso de desestalinización de la URSS y la insurrección global del 68. Recapitulemos. La denuncia del culto a la personalidad en el XX Congreso del PCUS (1956) —que señalaba por primera vez la represión del estalinismo—, agitó varias placas tectónicas en el bloque soviético, y si bien el terremoto no se produjo, el corrimiento de tierras propició un espacio de apertura dentro del campo intelectual del marxismo. En este contexto, Althusser propuso —junto a Etienne Balibar, Rogér Establet, Pierre Macherey y un joven Jacques Ranciére— una profunda reformulación crítica de la ortodoxia teórica marxista.

Frente a las lecturas humanistas de Marx, inspiradas en sus manuscritos juveniles, Althusser reivindicó el anti-humanismo teórico del Marx maduro, una fórmula no exenta de provocación. Sus protocolos de lectura de El Capitalponían en el centro la teoría del modo de producción, gesto que se oponía a una concepción, muy en boga en la época, que situaba al hombre y su conciencia como pilares de toda filosofía materialista. Lejos de ser un dato más o menos inmediato, “lo humano” no era sino efecto de diversas estructuras, aquellas que Marx había abordado en sus análisis socio-económicos. Sin conocerlas adecuadamente era fácil sucumbir a las más diversas ideologías y banalizar el marxismo. Para trazar su apuesta crítica, Althusser se sirvió de una batería conceptual compleja —tal vez algunos la recuerden—: ruptura epistemológica, teoría de las generalidades, sobredeterminación, lectura sintomática, etc. El filósofo insistía en la reconstrucción científica de un marxismo que dejaba a atrás el hegelianismo de Georg Lukács o el historicismo de Antonio Gramsci.

En su sonada confrontación con Jean Paul Sarte (1961), de la que saldría victorioso, Althusser rechazó explícitamente la problemática de las “filosofías de la conciencia”, una actitud que lo afiliaría públicamente a la corriente estructuralista. No era ningún secreto. En sus primeros textos se percibe claramente la influencia de Jacques Lacan o Lévi Strauss, también la de los epistemólogos e historiadores de la ciencia Gaston Bachelard y Georges Canguillhem. En buena medida, lo que Althusser ponía sobre la mesa eran los límites del humanismo y la esterilidad de los dogmas teóricos derivados del estalinismo (el DiaMat). La refundación de un marxismo teóricamente solvente sólo podría venir del desarrollo del materialismo histórico como ciencia de la historia, pero también del “materialismo dialéctico” como epistemología crítica de los saberes y sus prácticas. En este sentido, el paradigma estructural sirvió al filósofo como método de ruptura. Pero hablar sin más de “marxismo estructuralista” resulta reduccionista. Sobre todo cuando se intenta adjetivar la totalidad de una obra que tuvo que atravesar múltiples rodeos y desvíos para expresarse.

TEORICISMO, AUTOCRÍTICA Y APERTURA

El programa de investigación de Althusser no dejaba de tener algo de excesivo y escandaloso: desplegar la teoría del modo de producción marxiana desde un marco conceptual que abandonaba —entre otras cosas— la dialéctica de Hegel. A partir de ahora, los campos de la ideología, la política, el derecho y la economía debían ser abordados desde un nuevo enfoque. Su interpretación de la obra de Marx, especialmente en La revolución teórica de Marx era fértil y renovadora —pulso que no mantuvo en su lectura de El Capital—. Llegó a formular una teoría del campo ideológico, próxima a Pierre Bourdieu, que fue muy influyente en los estudios literarios, —pensemos en los trabajos de Terry Eagleton, Fredric Jameson o Juan Carlos Rodríguez—. Incluso trató de esbozar una teoría materialista para la práctica psicoanalítica. No obstante, toda esta riqueza crítica se topaba con una concepción demasiado sincrónica de la historia y la sociedad: una foto demasiado fija de las mismas. También con una lectura del sujeto pasiva y paralizante. De ahí uno de los escollos básicos de sus textos iniciales: la extraña ausencia de la “lucha de clases”. Déficit que parecía compensarse con un teoricismo exacerbado.Como todo comunista de la época, Althusser haría más tarde su propia autocrítica. Vendría tras Mayo del 68, experiencia que no dejará de reverberar en su producción filosófica posterior bajo el signo de la oportunidad perdida. De este período datan Ideología y aparatos ideológicos del Estado (1969) y Elementos de Autocrítica (1974). El primero, que formaba parte de una obra más extensa —hoy disponible bajo el título Sobre la reproducción—, es uno de sus textos más célebres. A lo largo de sus apretadas páginas traza un análisis de las formas de dominación simbólica y material del Estado, tratando de descifrar los procesos de subjetivación que “producen” a los individuos sociales, tratados como soportes de normas, hábitos, prácticas y concepciones del mundo. Este análisis, harto actual, intenta desvelar las condiciones de reproducción del sistema capitalista pensando más allá de fábricas y centros de trabajo. Siguiendo esta línea, Althusser muestra el papel de los sindicatos, partidos, iglesias y escuelas en la configuración del statu quo capitalista y en su sostenimiento. Gracias a estos aparatos ideológicos, el viejo Leviathan estatal producía una lógica de dominación y consenso más integral e integradora de lo que podía parecer en primera instancia.

La centralidad de la ideología en el texto y su teoría de la interpelación incidían en la formación del sujeto social a través de los aparatos ideológicos: la ideología se producía en las prácticas materiales regladas por los aparatos ideológicos, como la escuela o el partido, y del mismo modo que no había práctica social sin ideología, toda ideología existía por y para sujetos. La construcción de la subjetividad social era entonces eminentemente ideológica —se trastocaba así el viejo problema marxiano de la falsa consciencia—. Los sujetos (tú, yo, cualquiera) respondían a los mandatos sociales a través de una lógica de reconocimiento/desconocimiento que basculaba en torno a normas que sentían como propias. Y lo hacían porque éstas eran constitutivas de sí mismos, vividas como tales en la experiencia cotidiana. Es fácil reconocer la teoría de la imaginación de Spinoza en estos presupuestos, también las observaciones lacanianas sobre el “estadio del espejo”. Althusser parecía dotar de entidad social y política el dictum de Rimbaud: Je est un autre. En Elementos de Autocrítica Althusser se sacudirá su pertenencia al “estructuralismo” clásico, denunciando la desviación “teoricista” de sus primeros textos: una comprensión ilustrada de lo verdadero y lo falso, una teoría del corte epistemológico abrupta y, sobre todo, al ausencia de la lucha de clases. No obstante, sus críticas a un sujeto fundante y a cualquier teleología histórica continuarán bien apuntaladas. La elección de Spinoza como código de lectura para los textos de Marx —hemos sido spinozistas— explicitará aún más su abandono del “sentido de la historia” y de cualquier tentación “dialectizante”. Así las cosas, y gracias a su incorporación de la lucha de clases, el conocimiento científico dejaba de mirar hacia el interior de la epistemología para sumergirse en un exterior cada vez más salvaje. El 68 y la ola de conflictos obreros de los 70 obligaba a ello. La filosofía marxista se definiría, a partir de ahora, como lucha de clases en la teoría.

LA RADICALIZACIÓN DE LA POLÍTICA Y EL MATERIALISMO DEL ENCUENTRO

Algo que no hemos mencionado hasta ahora, y que quizá convendría señalar de pasada, tiene que ver con las condiciones de expresión de Louis Althusser en el PCF. Gran parte de sus análisis, discursos y polémicas fueron producidos para intentar alterar la dirección y la mirada de un partido netamente conservador. Althusser siempre se mantenía dentro de la órbita del partido, entendía que era una organización fundamental de la clase obrera, pero operar “dentro y contra” —tarea que le tocó en varias ocasiones— no estuvo exento de costes, injurias e intentos de depuración. Como señaló Perry Anderson, el marxismo occidental, heredero de la III Internacional, asistiría a un divorcio cada vez mayor entre la teoría y la praxis. Por decirlo de manera más concreta: la separación entre los debates intelectuales, las cúpulas de los partidos y el movimiento obrero sería progresivamente más grande. Las polémicas que hemos recorrido hasta ahora deben entenderse dentro de este proceso, en medio de la disputa entre una dirección estalinista y filo-humanista y una apuesta que pretendía, siempre con cautela, salir de ese atolladero —fue sumiso sin entregar sus armas, que diría René Char—.Tras el 68, vivido por Althusser como prueba de la separación del partido de la realidad, éste comenzará a virar políticamente, merece la pena leer su viva correspondencia con Maria Antonietta Macchiocchi sobre la cuestión. Sus textos a finales 70 son muy poco conocidos y, sin embargo, son particularmente actuales. En ellos se descubre un Althusser que eleva una crítica contra el Estado y el capitalismo mucho más radical que la de sus escritos precedentes. Nos referimos a Marx dentro de sus límites, escrito en 1978 e inédito, o a las polémicas mantenidas en Il Manifesto en torno al problema del Estado durante el mismo período. Sería prolijo describir la importancia de estos textos, que prefiguran una mirada hacia la historia y el movimiento obrero tremendamente renovada, muy alejada, por cierto, del pulso que E. P. Thompson trataría de mantener con él en La miseria del teoría (1978). De hecho, bien mirado, estos textos aproximan las miradas de dos autores que la crítica marxista sigue describiendo como feroces enemigos.

La preocupación de Althusser se vuelve hacia los límites de Marx, tratando de dar respuesta a aquello que ha quedado fuera de su alcance teórico. El Estado y la política constituyen uno de sus principales problemas —también lo serán de Nicos Poulantzas— heredero teórico de su mirada—. El Estado aparece como una “máquina especial”, renuente a la lucha de clases, un espacio que sirve, precisamente, para atenuarla y bloquearla: una mediación que busca integrar las clases, arbitrar sus conflictos y subsumirlos a través de la coartada de la representación. Alterar el metal del que está hecho el Estado no pasaría por “asaltarlo”, pues cambiar su personal administrativo no cambia su estructura. El Estado debe ser extinguido y para ello hacen falta estrategias más conflictivas y rupturistas. En este sentido, los debates introducidos por Rosana Rossanda en Il Manifesto (1978), que pondrían a debatir a Althusser con Norberto Bobbio y Pietro Ingrao son elocuentes. ¿Un Althusser libertario? Era tanta la exterioridad que el partido debía mantener respecto del Estado, tanta la “inmersión” en los nuevos movimientos a la que debía someterse -el trasfondo es el operaismo italiano-, que la estrategia política parece pensarse ahora desde el contrapoder y la disolución del Estado “desde fuera”. El Partido no debía ser un pequeño Estado burocrático, sino un dispositivo autónomo de naturaleza renovada. Los últimos textos de Althusser regresan a la filosofía desde lo que el pensador denominará “materialismo del encuentro”. Una relectura de la historia de la filosofía desde una tradición “maldita”: la que va del atomismo antiguo a Maquiavelo, Spinoza, Hobbes y Marx -con invitados inesperados, como Martin Heidegger o Jacques Derrida-. En estos textos se destila de manera más pura su apuesta: una crítica del Sujeto, el Orden, el Sentido, la Ley, el Fin -temas centrales de la filosofía de la historia- desde el horizonte de una contingencia ontológica que parece atravesarlo todo. De algún modo, el filósofo intenta pensar lo que denominará la “construcción de un mundo” a partir del modelo del choque de los átomos en Epicuro y Lucrecio, modelo que desplaza a la política y que da cuenta de una sociedad cada vez más abigarrada que requiere del “encuentro” de diversos actores sociales en una dinámica virtuosa -la virtùmaquiaveliana-.

En estos textos, realmente sugerentes y actuales, se trata de articular políticamente lo diverso a través de una mirada ontológica y política, continuando la línea de sus textos precedentes. La teoría marxista debía estar atenta a su exterior, sumergirse en él para detectar las posibilidades de encuentro entre sectores sociales distintos (movimientos, partidos, estudiantes, sindicatos, espacios autónomos, etc.) e intentar producir un mundo en ruptura con el capitalismo: una forma de organización, una estrategia compartida que siempre sería contingente, que siempre habría que refundar desde la lucha y el conflicto —pues la lucha siempre precederá a las clases—. Probablemente no hayamos salido de este problema, y por ello Althusser no deja de presentársenos como un contemporáneo.Althusser ha influido en Michel Foucault, Slavoj Zîzek, Judith Butler, Terry Eagleton, Fredric Jameson y lo más granado de la “teoría crítica” actual. Sus tesis forman parte de la caja de herramientas más básica para entender quiénes somos y qué podemos hacer hoy. Más allá de un teórico influyente, Althusser fue muchas cosas: un guerrillero, un prisionero de la barbarie nazi, un militante comunista, un profesor de la École normale supérieure y el maestro de toda una generación —junto a Lacan, Lévi Strauss, Roland Barthes, Jean Hyppolite y tantos otros—. Su final fue trágico. Presa del delirio -siempre padeció un transtorno esquizo-afectivo- asesinó a su mujer Hélène Rytmann en 1980. No volvería a recuperarse de la enfermedad y moriría postrado y demente diez años más tarde. Este terrible hecho convirtió su obra en algo maldito. Hasta casi sumirlo en el silencio —como parece suceder hoy—. Sin embargo, merece que volvamos a darle la palabra, a mirar a través de sus ojos, sus errores y aciertos, porque no sólo en las líneas de su obra vibra una apuesta por la emancipación, sino también algunas de las respuestas que busca la política de nuestro presente. Y nos hacen falta todas las miradas, todas las ideas y las respuestas, por precarias y contingentes que sean.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/laplaza/la-soledad-de-althusser?fbclid=IwAR0K3mrjH8a-HIIi9kTXhCUYu41rupdioaDISDJuST89GQMuFr1ZaB25444

Frédéric Lordon: “Hará falta una fuerza capaz de enfrentarse a los poderosos”

El filósofo francés, participantes del movimiento de la #NuitDebout y de los chalecos amarillos, habla sobre la decadencia de la V República, y de los movimientos y partidos que pugnan por acelerar su caída en el marco de una Europa dominada por el gran capital y el auge de la ultraderecha.

Por Revue Ballast

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN: JON BERNAT ZUBIRI REY

Mucho antes del estallido de los #GilletsJaunes, el filósofo francés ya hablaba de sus motivaciones políticas revolucionarias, de su pragmático anhelo de hacer caer este “régimen de tiranos”. Tras años de intensa actividad desde que participara en #NuitDebut, Lordon llamaba hace semanas a ir al Elíseo y forzar la dimisión de Macron, desde la tribuna en Republique. En estas semanas en las que se decide el futuro de Francia, y especialmente el de la hegemonía dentro del bloque popular contra la Quinta República y Emmanuel Macron que la lidera, Lordon se ha implicado activamente en las manifestaciones destituyentes violentamente reprimidas por la policía. [Nota del traductor]

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Es una vieja discusión la que nos inunda en el café parisino: ¿tomamos el poder o lo abandonamos? Tal vez sea la cuestión política fundamental, desde las revoluciones francesa o rusa hasta las comunidades autogestionadas y las ZAD (Zones À Defendre), para los partisanos y partisanas de la emancipación. El economista-filósofo nos advierte: “No sólo está la institución”. Se trataría por tanto de habitar esa tensión, modular su forma y plegarla a las ambiciones revolucionarias para liberarnos de un gran número de políticas del capital. Frédéric Lordon nos habla de su apoyo estratégico y crítico a la Francia Insumisa y de sus vínculos con el pensamiento libertario. Plantea: “Para arrancar los medios de producción ¿no hará falta una fuerza organizada capaz de enfrentarse a sus poderosos propietarios, con estrépito si hace falta?”.

Cuándo le preguntan cómo salir del capitalismo, responde que hace falta un movimiento dotado de una “fuerza inédita”, una fuerza capaz de producir “el gran incendio”. Denuncia la “pasividad parlamentaria” tanto como la sedición aislada. ¿Cuáles serían los contornos de esta fuerza en la Francia contemporánea?

No tengo la menor idea. Me pregunto incluso si podemos responder ex ante a una cuestión parecida. Quiero decir: ¿el contorno exacto de la fuerza no se revela solamente en el momento y en el movimiento?

Trotsky tenía algunas ideas: derrocar el poder central, apoderarse del Estado, abolir la propiedad del suelo, repudiar la deuda, nacionalizar en gran medida y crear un ejército para aplacar la contra-revolución…

Es una idea estratégica en cuanto a la acción. Falta formar la idea estratégica en cuanto a la composición de clase capaz de sostener la acción. Por lo demás, esta idea Lenin y Trosky la tenían bien concebida. Pero la cuestión de las clases contemporáneas es harto complicada, y hace que sea arduo encontrar ‘la’ consigna clave apropiada a cada época, simple y transversal, un equivalente funcional a “el poder a los soviets, la tierra al campesinado, la paz al pueblo, el pan a los hambrientos” de 1917. Y, por contra, sin esta semilla no habrá aceleración.

En su último artículo reconoce su apoyo a la Francia Insumisa, o mejor su crítica a las fuerzas que no la han apoyado. En una entrevista en 2017 decía que Melenchon es portador “por primera vez en mucho tiempo… de una diferencia significativa de izquierda en el paisaje político”. ¿Es un apoyo al movimiento por lo que es o porque parece dominar la contestación electoral en Francia?
Me parece que el realismo elemental en política requiere ver dónde está la fuerza, donde está la dinámica, y actuar en consecuencia si no somos capaces de hacerlo mejor nosotros mismos.

La dinámica, pero no cualquier dinámica: dinámica de izquierda. Porque aquí yo veo tres cosas. La primera es que Mélenchon logró en 2017 lo que todo el mundo reclamaba a voz en grito desde hace 30 años: contestar el auge del Frente Nacional en las clases populares, hacer retroceder la abstención de estas últimas para atraerles a la izquierda, y eso sin perder los otros segmentos sociológicos del electorado, porque el voto a la Francia Insumisa ha sido marcadamente transversal entre clases.

La segunda es que Mélenchon, a dos semanas de la primera vuelta, comenzó a sembrar la incertidumbre en los mercados financieros, que crearon una “prima de riesgo Mélenchon” sobre los títulos de deuda pública francesa. Salvini puede hacerlo también, no es por tanto una condición suficiente, pero sí una condición necesaria. ¿Condición de qué? De que el verdadero poder, que es el poder de la finanza, te identifique como su enemigo. La inquietud de las finanzas con Salvini jamás irá muy lejos. Ha comprendido bien su función fundamental: mezcla de neoliberalismo y proto-frascismo tan en boga en los tiempos que corren. Macron y Salvini, falsos enemigos y verdaderos similares. Sólo la inmensa broma editorialista con su orquesta de la gigantomaquia cree deber sostener su impostura.

En esta línea —y es lo tercero—, si extendemos el perímetro del poder más allá de las finanzas, y sobre todo en dirección a los medios, el odio universal que atrae la Francia Insumisa me parece un indicio motivador. Los medios mainstream son el canario al fondo de la mina: indicadores avanzados. Las dulces bienvenidas han dado paso a una caída de las máscaras, y comprobamos que la “confraternidad” periodística no era más que el ropaje presentable de complicidades ideológicas fundamentales. Hacerse odiar por los mercados financieros y por la prensa del capital son cumplidos del todo honorables. ¿Es suficiente para adherirse plena y enteramente a la Francia Insumisa? Claro que no.

Por ejemplo, no es sino en las caricaturas del “pueblo” que la operación política de construcción de un pueblo sucede en la exaltación patriotera. Ya lo sabemos: el original, la copia… La sociología espontanea que los editorialistas prestan al “pueblo” es rara vez rica en ideas. ¿Y dónde está en realidad la Francia Insumisa? Por un lado François Rufin hizo campaña en Picardía contra el Frente Nacional con una idea simple y fuerte: “Vuestro problema no son los inmigrantes, son los accionistas”. Eso es una línea clara, justa y ganadora. Pero la Francia Insumisa, o mejor dicho su estado mayor, no para de producir una nube de señales contradictorias, que hablan de encrucijada de los caminos estratégicos y se inquietan porque no sea el bueno el que se tome.

Recordemos por tanto esta verdad de que las formaciones políticas no deben nunca dejarse sin vigilancia. Ni antes, ni después de las elecciones. Todavía menos después. Y con más razón cuando la Francia Insumisa porta un proyecto explícito de perturbar algunos grandes intereses y prepararse para encontrarse grandes resistencias. De ser, por tanto, capaz de oponerles una gran determinación. Puede si no encontrarse hecho trizas en el campo de batalla, en muy poco tiempo además. Y finalmente las instituciones son muy confortables, y si no llegamos a ellas porque es muy complicado nos veremos por largo tiempo en los sofás simulando algunos compromisos de fachada.

Siempre me he preguntado, por ejemplo, si Mélenchon es presidente haría saltar, como ha dicho alguna vez, las estructuras de la propiedad mediática, o si no se inclinaría a negociar un pacto de no agresión, lo que sería una ilusión a la vez que un terrible error: con la retirada de la circulación internacional de capitales y la desfinanciarización, la desprivatización/socialización de los medios es un requisito sine qua non de toda experiencia gubernamental de izquierda.

Más en general, se trata de rehacer ni más ni menos que un habitus político, deshacer el habitus de la pasividad, la desposesión electoral, para sustituirla por el habitus de la intervención popular “permanente”. Un gobierno decidido a quebrar los intereses dominantes no tiene ninguna oportunidad si no es apoyada por una calle poderosa.

¿Por qué creer entonces en el “juego electoral de la V Republica” vale la pena? Los libertarios o los comunistas se cepillan de un plumazo el campo parlamentario, considerado intrínsecamente bloqueado…

Porque persisto en considerar que los dos ejercicios tienen sentido: el de un pensamiento estratégico en las instituciones del capital-parlamentarismo, como diría [el filósofo Alain] Badiou, y el de un pensamiento que prevé hacerlas saltar por los aires. Los dos ejercicios tienen sentido porque pertenecen a temporalidades diferentes, y porque es difícil renunciar a lo que ya se puede hacer, ya mismo, aunque sepamos los límites, pero al menos sin esperar “la revolución” o como dice también Badiou… la salida del neolítico. Estos dos registros pertenecen finalmente a planos estratégicos diferentes, heterogéneos. Hay que comprender la potencia del atractor electoral. Es bastante lógico ver en el poder político y la toma del Estado el desenlace evidente de una aspiración política: por la incautación de un instrumento de transformación. Pero atención, la estructura del Estado tiene su espesor y su vida propia.

Y sin embargo la ilusión de la conquista electoral del Estado no es enteramente ilusoria, cuando se ve que frente a las potencias macroscópicas del capital, que someten al conjunto de la sociedad a su patrón reglado, hay que oponer otra potencia macroscópica. Y la única constituida, disponible, es el Estado. El Estado es la única institución capaz de hacer el trabajo de moverse sobre el capital. Pero el Estado está tan colonizado por los hombres del capital que se ha convertido en Estado-del-capital. Pero eso no hace una verdad esencial, una verdad pura.

Su obra On achève bien les Grecs [Terminamos bien con los griegos] ha mostrado las críticas implacables que ha formulado hacia Podemos y Syriza. ¿La Francia Insumisa sería por tanto capaz de resistir a la Unión Europea y a sus políticas del capital?

Un poco sí, espero. Con respecto a Syriza, el tema estaba claro desde el principio. Sin la más mínima posibilidad de mantener la relación de fuerzas por una amenaza creíble de salida del euro, y con el único recurso de esperar la buena voluntad democrática de la Unión Europea, el Gobierno Tsipras no podía terminar más que arrodillado. Podemos, es todavía más simple. Iglesias se ha desplomado desde el verano de 2015, admitiendo que no hará gran cosa de más que seguir un programa social-demócrata de lo más clásico, léase, de lo más apático.

En cuanto a la cuestión del euro, ya la han evacuado formalmente: no se intentará ni realizar el simulacro Tsipras. Es decir se pedirá educadamente, se recibirá un no, y estará muy bien. Puede incluso que ni se pida nada. Procedamos por comparaciones homogéneas: las intenciones sobre el papel de la Francia Insumisa son de entrada mucho más firmes que las de Syriza o Podemos, sobre todo pero no sólo, en la confrontación europea. La cuestión es, por supuesto, ¿qué queda de las intenciones en la práctica del poder? Esta es solo mi opinión, o mejor son mis dudas. Pero como no se terminará nunca de sondear los corazones y los riñones ni de leer los posos del café para hacerse una idea sobre la firmeza ‘real’ de los líderes políticos propulsados al poder, más bien nos vale hacer pivotar la cuestión sobre el “que está permitido esperar”.

Y la respuesta reside, no en la idiosincrasia oculta de algunos individuos, sino en una configuración: aquella que formará la calle, o no, con un gobierno de izquierda. Aquello que un gobierno de izquierda dejará, o no, a la calle formar con él. A favor/en contra, evidentemente. Para ese gobierno se trataría de alimentar una buena relación con la calle potenciando las contrariedades, con todo lo que supone de liberación de las formas rituales, impotentes, de las manifestaciones de Bastille a Nation [recorrido por el centro de París]. Yo digo “la calle” pero pienso en ocupaciones de fábricas, edificios vacíos, nuevas zonas de experimentación, a tomas del poder sobre el terreno. Pienso en todas las formas de acción que hacen de su potencia un desborde, para acabar con una relación de fuerzas global en la sociedad.

Todo esto hace una imagen variable. En definitiva, lo ‘hacemos’ con los recursos pasionales que nos da la coyuntura, nos apañamos con los recursos partidarios que tenemos. Salvo concepción angelical, o totalmente egocéntrica, de la política, hay pocas opciones de encontrarse en una situación que nos convenga perfectamente. Pero eso es lo que está sobre la mesa. Eso determina una actitud en algún lugar entre la incondicionalidad y el desprecio o el rechazo ultrajado de todo aquello que no es exactamente uno mismo. La primera es peligrosa, pero los segundos son desoladores. No hacer la consideración elemental que merece una fuerza existente, tras una larga inexistencia de izquierdas, demuestra el gozo de, y en, la impotencia.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/francia/entrevista-frederic-lordon-hara-falta-fuerza-organizada-capaz-enfrentarse-poderosos-chalecos-amarillos-francia-insumisa

Georges Didi–Huberman: “Para hacer una revolución, se necesita mucha memoria”

El filósofo e historiador del arte, curador de la exposición ‘Sublevaciones’, que se inaugura en el MUAC, conversa sobre los autores y búsquedas estéticas que forjaron su pensamiento http://www.milenio.com/cultura/georges-didi-huberman-revolucion-necesita-memoria

Por MELINA BALCÁZAR MORENO

Filósofo, historiador del arte y profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, Georges Didi–Huberman es uno de los pensadores más destacados actualmente. Su obra se centra en una interrogación constante acerca del poder de las imágenes en el mundo contemporáneo. Es autor de una cincuentena de ensayos, entre los que se encuentran La invención de la histeria (1982), Lo que vemos, lo que nos mira (1997), Imágenes pese a todo: memoria visual del holocausto (2004), Venus rajada: desnudez, sueño, crueldad (2005), Pueblos expuestos, pueblos figurantes (2014).

Con la exposición Sublevaciones, que presenta en el MUAC, continúa con temas centrales en su pensamiento, como las emociones colectivas y los acontecimientos políticos en tanto que suponen movimientos de masas en lucha, que le permiten plantear la pregunta de la representación de los pueblos.

Quisiera comenzar esta conversación con una frase tuya en La imagen sobreviviente: “Los libros los dedicamos a menudo a los muertos”. Me parece que tal es el caso de varios de tus libros.

Es una cuestión inmensa, sobre la que podríamos hacer toda la entrevista. Existe una relación muy profunda entre escritura y muerte, porque la escritura sobrevive a quien escribe y a aquellos a los que se refiere. Y, de cierta manera, cuando escribes lo haces como si pronto fueras a morir o más bien como si ya estuvieras muerto. A menudo, escribir es hacer un elogio fúnebre o más exactamente una lamentación fúnebre, lo cual es diferente. Escribir es lamentarse por la muerte de alguien o algo. Por ejemplo, el libro sobre el gran psicoanalista que fue Pierre Fédida, Gestos de aire y de piedra, es justamente eso: una manera de dirigirse a los muertos. La base de ese libro fue el elogio fúnebre que pronuncié en el cementerio, a petición de su hijo. Es un amigo que nunca me ha dejado, pienso en él con frecuencia.

Por eso, mi nombre de escritor, Didi–Huberman, no corresponde a mi nombre patronímico. Mi apellido paterno es Didi. Cuando murió mi madre, tenía yo quince o dieciséis años, decidí que llevaría su nombre cuando comenzara a escribir. Esto explica por qué nunca he dedicado mis libros, pues cada uno se dirige primero a ella, mi madre muerta, pero también, de manera más amplia —ya que escribir solo por tus historias personales no tiene mucho interés—, está dedicado a los muertos que nos han precedido. En mi caso, se trata de mi abuelo, de toda mi familia que murió en Auschwitz. ¿Por qué yo estoy aquí y ellos no? Solo unos cuantos años de distancia separan su muerte en 1944 y mi nacimiento, en 1953. Detrás de la escritura, está el gran número de muertos que nos preceden y a los que dirigimos nuestras palabras.

En la serie de libros en torno al “ojo de la historia” que publicas desde 2009, el problema del duelo también está presente, como si éste permitiera mirar la historia de otra manera.

El ojo de la historia sería el duelo que hacemos; es de cierta manera encarnar ese duelo y transformarlo. La operación fundamental en mi escritura es precisamente esa, aunque en el fondo me parece que lo es en toda escritura. No por nada me he interesado desde hace muchos años en las lamentaciones, en la manera en que se lleva un duelo. En un momento dado, me di cuenta de que cuando observamos bien las lamentaciones antiguas o contemporáneas, vemos cómo abren hacia una especie de energía vital extraordinaria. Tal es el caso en El acorazado Potemkin, donde una lamentación se convierte en una revolución. Entonces pienso, a través de Eisenstein, que el duelo en ciertas condiciones es algo completamente diferente del abatimiento, es algo que va hacia una sublevación y creo que en México esto es de inmediato comprensible.

Para volver a Pierre Fédida, al inicio del catálogo de la exposición Sublevaciones —que trata justamente de levantamientos, de manifestaciones políticas— cito un caso que observó y que, en un inicio, no tiene nada que ver con la política: cuenta cómo dos niñas pequeñas que perdieron a su madre transforman la muerte en un verdadero juego, en una coreografía que pone en escena vida y muerte mediante una sábana que primero es mortaja y termina convirtiéndose en vestido, casa, bandera izada en la cima de un árbol… antes de que acabe desgarrada en risas, en un baile desenfrenado durante el que dan muerte a un conejo de peluche. Fédida termina su relato con una frase increíble: “El duelo pone al mundo en movimiento”. Su historia me perturbó pues cuestionaba la percepción que tenía de mis propios duelos, que veía solo como tristeza, abatimiento. Creía que con el duelo todo se detenía, pero no, al contrario, el mundo puede ponerse en movimiento si sabemos cómo hacerlo. Desde luego, siempre podemos tener un duelo patológico y hundirnos. Pero, como te lo decía antes, la muerte puede traer consigo también el deseo de escribir, como ocurrió conmigo. Escribir es justamente la facultad de saber servirse de su propio duelo.

Has dedicado varios de tus libros a escritores —Bertolt Brecht, Victor Hugo, Henri Michaux—. Parecería que la literatura, o más bien lo poético, te es necesario al momento de pensar lo político.

Primeramente, debo decir que mi relación con lo político no es evidente. Cuando era joven, no participé en las luchas de mayo de 1968, como lo hicieron todos mis compañeros de escuela. De hecho, me he manifestado muy poco en las calles y raras veces firmo peticiones. Lo político me es muy importante y me interpela permanentemente, pero persiste en él algo con lo que no me siento muy a gusto. De ahí la distinción que intenté establecer en el libro sobre Brecht (Cuando las imágenes toman posición), entre tomar partido y tomar posición. Si uno toma partido significa que acepta lo que dice el partido, que evolucionará al interior de la palabra del partido, es decir, que se asume una consigna colectiva, lo cual es comprensible —no lo estoy criticando— porque no podemos tener cada uno nuestra propia consigna. Pero es también algo complicado cuando vemos lo que pasó con Brecht, quien escribió que Stalin tuvo razón de llevar a cabo sus purgas y que, debido a esas mismas purgas, perdió a su mejor amigo. Otro ejemplo interesante sería el de Merleau–Ponty y Sartre, cuando se distanciaron a pesar de que eran muy amigos. El desacuerdo fue por una cuestión de ese tipo: Merleau–Ponty se rehusaba a tomar partido y Sartre insistía en que debía hacerlo. Ante la negativa firme de Merleau–Ponty, Sartre le dijo: “has dejado de hacer política”. Pero Sartre se equivocaba, porque Merleau–Ponty hacía una política de posición y no de partido. Así, tomar posición implica no dejar que una consigna —un lenguaje que no es tuyo— te aliene, ya que toda toma de partido es obedecer a un lenguaje. Por el contrario, tomar posición es poner en desorden el lenguaje e inventar uno nuevo para esta posición que se está creando. Por ello, lo poético se encuentra en la vanguardia de lo político, le da su horizonte real, auténtico, ya que al inventar nuevas palabras o, más bien, nuevas frases —pues las palabras nunca son nuevas— todo cobra una nueva significación. Habría que frasear de otra manera. O bien, ya que estamos hablando de una exposición, debe pasar por una especie de explosión de imágenes. Pienso, por ejemplo, en los surrealistas, en cuyas obras surgían las imágenes como fuegos artificiales y que hicieron que Walter Benjamin hablara de una “política poética”, en el magnífico artículo que les dedicó. Me parece que hoy en la obra de Francis Alÿs encontramos esta política poética.

El título y el cartel mismo de la exposición Sublevaciones ponen énfasis en el gesto físico de levantarse políticamente. ¿Por qué te centras en los gestos al abordar la política?

México es un país con una tradición política tal que me gustaría insistir en la modestia de lo que propongo. Soy el primero en reconocer que lo que cuenta en la política son los actos y la acción, pero lo que en efecto me interesa son los gestos. En Francia, si se le hubiera pedido a Alain Badiou que hiciera una exposición, habría partido de premisas muy distintas, ya que cree saber lo que es la política y que basta con buscar aplicaciones de su teoría. Para mí, es exactamente lo contrario. Soy un empirista y sobre todo alguien que no pretende tener una teoría de la acción. Parto más bien de una antropología política, lo cual es por completo diferente. Por eso me gusta Pasolini, por eso mi referencia es Aby Warburg y alguien que no sé si es muy leído en México, el gran antropólogo italiano Ernesto de Martino, que realizó una investigación extraordinaria sobre los gestos de lamentación en la zona del Mediterráneo y que por cierto Pasolini conocía bien. Por eso me dirijo hacia un tema a partir de gestos humanos, que tienen una muy larga memoria.

Cuando presenté esta exposición en París el año pasado, hubo unas críticas muy curiosas, me decían “si usted muestra esos gestos con tanto énfasis quiere decir que su referencia es el pasado y que es usted un reaccionario”. Ahí justamente se encuentra el problema, cuando se ve la larga historia de los gestos como algo nostálgico, reaccionario, pasadista, ya que se deja pasar lo más importante. Me da mucho gusto que la exposición se presente en México, porque estoy seguro de que, aunque habrá objeciones, y no tengo problema con ello, no serán de este tipo. Nadie me reprochará que muestre estos gestos. Pues, ¿qué fue lo que Eisenstein aprendió cuando fue a México? Justamente aprendió que para hacer una revolución, se necesita mucha memoria. Se dio cuenta de que hay que exponerse incluso a la regresión, que debe irse hacia algo muy arcaico, y lo dijo él mismo ante los comités estalinistas, arriesgando su vida al afirmarlo. Lo que más admiraba en México, era que coexistían la vanguardia revolucionaria y lo más antiguo, como el fondo de un volcán. Soy más cercano a este tipo de pensamiento.

¿Por qué en estos tiempos en los que el populismo ha tomado tanta fuerza sigues utilizando la palabra “pueblo” en varios de tus libros?

Creo que la tarea de alguien que escribe es dar a las palabras un sentido que el conformismo ha hecho que se pierda, ya que siempre busca un empobrecimiento de su sentido, al transformar las palabras en consignas, lo cual resulta insoportable. Nuestro papel es hacer que el lenguaje mismo resista. La palabra “pueblo” no tiene nada de inmundo, no es una palabra fascista. Se vuelve fascista cuando olvidamos ponerla en plural, lo cual es fundamental para no pensar el pueblo como un conjunto. Y si la conservo es porque nos ha sido robada por los movimientos de extrema derecha. En alemán, es muy difícil decir völkisch (del alemán volk: “nación”, “pueblo” en el sentido étnico), porque Goebbels le robó esta palabra a la lengua alemana.

Otra noción que es central en tu escritura es la de montaje, que permite pensar el tiempo como una “explosión de la cronología”. ¿Esta “dislocación y recomposición” que constituye el montaje tendría una relación con lo “impuro”, que tratas, por ejemplo, en tu último libro sobre los migrantes[1]?

Como está en el famoso título de Kant, Crítica de la razón pura, esta palabra se encuentra en casi toda la literatura filosófica. Para mí, “puro” no corresponde a nada, nunca he visto nada puro en mi vida. La pureza me parece algo en extremo sospechoso. Para decirlo de manera breve y, con respecto a tu referencia a mi breve libro sobre los migrantes, existe una oposición esencial entre una antropología de la fundación y una antropología de la migración. Es algo que se observa claramente en el interés de Heidegger por la obra de arte: si le interesaba era porque creía que estaba fundada, es decir, que hay algo en su fondo que es puro, autóctono. De ahí que, según él, no pudiera existir un arte gitano o judío, sino solo uno de arraigo, como le parecía que era el arte griego antiguo. Creía que los griegos eran autóctonos pero se equivocaba por completo. No hay fundación, nada está arraigado (las raíces son, de hecho, más complejas que la idea que nos hacemos de ellas). Otra lección que podríamos tomar de Warburg es que no hay imágenes autóctonas: toda imagen es un cruce de migración, incluso la imagen del renacimiento florentino. Por eso he adoptado el ángulo de la migración y de lo impuro. El montaje es un ejemplo muy interesante de todo esto, ya que cuando hacemos un montaje lo hacemos con cosas heterogéneas, no montamos lo mismo con lo mismo. Toda exposición es el montaje de un montaje pues toda imagen es un montaje. No hay imágenes puras. Y esto es lo que me interesa en la exposición en México: tengo imágenes que llegan de Europa al MUAC y, al mismo tiempo, tengo nuevas imágenes aquí, que he escogido con el equipo del museo, muchos documentos relativos a la revolución mexicana, a los diferentes movimientos contestatarios, periódicos, carteles… El montaje será completamente nuevo para poder dar cuenta de los ecos, respuestas y diferencias entre obras provenientes de horizontes diversos.

Me parece que has logrado mostrar en tus escritos el potencial político de la emoción y, en particular, del pathos. De ahí tal vez la crítica que has hecho a Barthes sobre su comprensión de lo patético en Pueblos en lágrimas, pueblos en armas.

Se trata aquí también de una cuestión de valor de uso. Por ejemplo, si pensamos en las telenovelas que desbordan de pathos, te das cuenta de que están hechas para volverte idiota. Hay una economía comercial del pathosque tiene como consecuencia anestesiar a los espectadores. Eso era lo que criticaba Barthes y no estaba del todo equivocado. El problema es que generalizó demasiado, o más bien sus discípulos, provocando que el pathosse encuentre hoy completamente desvalorizado. Pero también encontramos en esta resistencia algo muy antiguo, como cuando Darwin en su libro sobre las emociones nos dice que los niños, las mujeres y los locos lloran, pero nunca los hombres ingleses cultos. Sin embargo, se trata de una palabra magnífica, propia de la tragedia griega. Mi trabajo ha consistido en dar de nuevo un valor de uso a una palabra a la que se le había negado. Lo cual se traduce en una búsqueda de situaciones en las que el pathos tiene un potencial de justicia, pues no solo se reduce a lamentarse. Warburg pensó el concepto de “fórmula de pathos” (pathosformel), que es de una riqueza extraordinaria, ya que muestra la relación entre pathos y forma, es decir, la forma que cobran los cuerpos humanos a través de gestos, o las formas en general (un cuadro abstracto puede ser de un extremo patetismo). He intentado revalorizar un pathos que no es alienación, sino que da la posibilidad de emanciparse, de cambiar el curso de las cosas. Por eso, no me sorprende que la lengua en la que más se me ha traducido sea el español —y se me ha traducido muy bien, contrariamente al inglés en el que se me traduce menos y mal—. Tengo la impresión de que en Estados Unidos se niegan a entender el valor del pathos.

Citas con frecuencia una frase de Deleuze, “la emoción no dice yo”. ¿Sería a partir de este ángulo que te parece criticable la posición de Barthes en su Diario de duelo, como me parece que haces en este mismo libro?

No, no critico a Barthes. Es uno de mis maestros. Y sobre todo no podría criticar ese texto magnífico que es El diario de duelo. Lo que tal vez critico en él es que haya pensado la emoción desde la perspectiva de un yo que se encierra en sí mismo: solo yo puedo entender esta emoción, nadie podrá entenderme, estoy solo con lo que siento… Creo que esta postura es muy Occidental y tiene sus limitaciones. Está ligada a esta moda literaria de gente que se cuenta a ella misma, que narra todo lo que le ocurre como si fuera central. Aunque todo parte de nosotros, de nuestras experiencias —no podemos pretender a ninguna objetividad—, nuestro yo no debe ser el centro de todo. Pues no somos sino sujetos divididos, hechos de fragmentos dispersos. La emoción no puede detenerse en el yo. Como decía Deleuze —citando por cierto a Blanchot— es más interesante “él o ella llora” que “yo lloro”. Así que es muy difícil mantener la singularidad sin caer en el exceso de la puesta en escena del yo, de una cierta heroización. Pero no somos el centro de nuestro mundo, y no debemos olvidarlo.


[1] Passer, quoi qu’il en coûte (Pasar a costa de todo), 2017 (con la poeta griega Niki Giannari).

Ecosocialismo, un horizonte para un cambio de época

Manolo Garí y Paca Blanco

En tiempos de Trump, Bolsonaro y otros representantes del neofascismo, puede que algunos lectores recuerden la frase atribuida a Fredric Jameson según la cual parece más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo; una sentencia que, a la vista de lo que muestra el escenario ecológico actual, parece tomar forma de amenaza cierta. En tiempos de avance de una derecha (extrema) neoliberal y autoritaria en Asia, Europa y América y en los que la izquierda se encuentra sumida en una profunda crisis de identidad y proyecto, absorta en pequeñas e inocuas maniobras institucionales con escaso resultado práctico para combatir la desigualdad y la crisis climática, se hace más necesario que nunca dar por enterradas las viejas respuestas e iniciar la elaboración de horizontes estratégicos que logren la síntesis del binomio sociedad justa y biosfera intacta.En efecto, el capitalismo se encuentra en una dinámica destructiva y parece evidente que no dejará de explotar cualquier recurso en la huida hacia delante que emprendió, en su última fase, a partir de la crisis de 2008. Evidentemente, no se trata sólo de una cuestión temporal que responde a la crisis, sino de la propia naturaleza del capitalismo, que responde exclusivamente a la generación de beneficios, y por lo tanto necesita apropiarse tanto del trabajo como de la naturaleza con tanta intensidad como sea necesaria para su supervivencia. Por eso, no es de extrañar que los diversos movimientos de ultraderecha ataquen tanto las condiciones de trabajo como las luchas ecológicas, o que las Cumbres de Cambio Climático sean cada vez más inoperantes.

Detrás de los desastres hay causas

Pero… ¿Por qué hemos llegado a semejante situación? ¿Cómo es posible que la supervivencia del sistema socio económico esté amenazando la vida de las personas que lo alimentan y de su entorno? Hay muchas líneas de explicación, y tanto la sociología como la economía o la historia pueden aportar enfoques de interés, pero en tanto que buscamos un marco global de interpretación, necesitamos una explicación política, esto es, una explicación que dé cuenta de las fuerzas e idearios sociales que han acabado llevándonos a este punto. Políticamente, esto sólo se puede entender desde una derrota histórica, la que sufren los proyectos alternativos ante un capitalismo que se reconfigura desde los años 80 del pasado siglo y muta para adoptar el neoliberalismo como forma actualizada. Con el neoliberalismo, el capital se desvincula casi totalmente de los límites materiales, avanza en la extensión de su modelo social (individualismo, consumismo, descrédito de lo público y lo colectivo, mercantilización del conjunto de la sociedad) y desplaza a los imaginarios colectivos políticos alternativos. La famosa expresión de Margaret Tatcher, “no hay alternativa”, podría ser el mejor ejemplo de las profecías autocumplidas: no hay alternativas porque el neoliberalismo alcanzó el poder en todos los ámbitos y eliminó la posibilidad de una alternativa. Por eso, hoy, todavía puede parecer que es más fácil que se acabe el mundo a que se acabe el capitalismo.

Sin embargo, es evidente que existen alternativas. El dictum tatcheriano sólo es cierto en la medida en la que se impone contra la voluntad de las clases populares y de los movimientos sociales que, estos sí, son conscientes de la deriva suicida del capitalismo. El ecologismo ha tenido muchas versiones y, al menos en la orientación de ecologismo social ha sabido ir mostrando una serie de posibilidades al margen del neoliberalismo. La izquierda política, sin embargo, ha tardado en ver esto, pero hoy empieza a asumir que una transformación radical necesita de la cuestión ecológica, y no como un añadido externo, sino como un eje central de su propuesta política. Hoy no sólo está claro que el ecosocialismo es capaz de plantear una propuesta ecológica que incluya lo laboral, lo productivo y lo reproductivo, sino que hacerlo desde otros lugares llevará forzosamente a un proyecto fallido.

Desde las últimas décadas, y especialmente desde principios de siglo, la crisis ecológica empieza a mostrarse con una evidencia fuerte. Los niveles de contaminación ambiental, el cambio climático, la frecuencia creciente de disturbios y catástrofes ambientales o la inhumana y dañina forma de producir carne son elementos especialmente visibles que ya no pasan desapercibidos a un conjunto social cada vez más amplio. Es momento de que la izquierda asuma definitivamente el análisis ecologista y le dé dimensión política para construir un proyecto que vaya más allá de unas elecciones y más allá de un programa; hay bases para construir un horizonte alternativo con base organizativa fuerte, y eso implica un proyecto de las clases populares porque sólo ellas configuran la mayoría. Recuperar esta idea de clase ha podido parecer difícil en los años de éxito del neoliberalismo, pero es una necesidad, un punto sin el cual no articularemos un proyecto de todas y para todas.

Existen alternativas. El ecosocialismo forma parte de la solución

Este trabajo de recuperación de elementos de la izquierda revolucionaria que aspiraba a la sociedad de mujeres y hombres libres e iguales sin explotación humana y de aquellos que vienen de la tradición ecologista forjada en centenares de luchas en defensa de la biosfera y que ha sido capaz de dar explicaciones y alternativas tiene su mejor apuesta en el ecosocialismo. Y para ello los espacios de trabajo como el que tuvo lugar el pasado mes en Lisboa son fundamentales ( http://alterecosoc.org/ ). La IV edición de los Encuentros Ecosocialistas fue organizada con participación de muchas organizaciones y activistas portuguesas, dando así continuidad a una serie de encuentros que son referencia para un trabajo ambicioso de articulación político social. Si es tiempo de construir imaginarios colectivos distintos, espacios como este son el lugar donde pueden surgir.

En estos momentos en los que se perpetúa la crisis constante del neoliberalismo como sistema socioeconómico, la necesidad de un proyecto alternativo es tan alta como su posibilidad. Pero esto no debería hacernos pensar que la crisis del capitalismo llevará a su destrucción y a una transición a un modelo sostenible. Por el contrario, tratará de mantenerse a costa de lo que haga falta. Merece la pena recordar aquí a Rosa Luxemburgo, autora de aquella expresión histórica, “socialismo o barbarie”, de la que nos reivindicamos muchos ecosocialistas. No se trataba de un lema de agitación, sino que se dirigía a una discusión importante en vida de Luxemburgo, entre aquellos que creían en un marxismo mecanicista según el cual la revolución vendría por el colapso del propio capital, y los que defendían que mediaría una lucha social y que el resultado de esa lucha podría tanto ser el socialismo como una forma de fascismo. Esa es la lucha que el ecosocialismo está en condiciones de abrir y que tiene que abrir, como vía para sacar a la izquierda de su derrota histórica y, lo que es más importante, para salir del fracaso ecológico global, creando un horizonte compartido. 

Manuel Garí, economista y militante de Anticapitalistas

Paca Blanco, activista social y militante de Anticapitalistas

Fuente: https://blogs.publico.es/otrasmiradas/17466/ecosocialismo-un-horizonte-para-un-cambio-de-epoca/

Entrevista de Agora International con Cornelius Castoriadis en el Coloquio de Cerisy (1990)

Durante el coloquio de Cerisy organizado en torno a su obra (enero de 1990), Cornelius Castoriadis concedió gentilmente al recientemente creado grupo Agora International la entrevista que van a leer enseguida. Las preguntas, preparadas colectivamente por los miembros del grupo, le fueron formuladas por Ramin Jahanbegloo, primer presidente del grupo. Entre los presentes en esta entrevista, que fue registrada en video, estaban: Ramin Jahanbegloo, Zarir Merat, Clara Gibson Maxwell, David Ames Curtis (miembros de Agora International)

En sus inicios Agora International se constituyó expresamente como una “asociación ley 1901” con el fin de sondear respecto de un proyecto de emisión televisada en torno al coloquio al que asistieron varios ex miembros de los grupos Socialisme ou Barbarie y London Solidarity, colegas y amigos de Castoriadis, miembros de su familia y un importante número de estudiantes de su seminario de la École des Hautes Études en Sciences Sociales. No obstante lo anterior ninguna cadena de televisión francesa de las que habíamos contactado quiso participar a esta aventura televisual.

El cineasta Chris Marker –realizador de la emisión L’héritage de la chouette, en donde figura Castoiriadis- nos ha amablemente asesorado para que nosotros mismos lleváramos a cabo la filmación, cosa que hemos hecho con un espíritu de aficionados de buena voluntad. Seguidamente algunos miembros de Agora International lograron que Marker hiciera un pequeño vídeo-montaje de unos quince minutos, muy brillante, con motivo de la fiesta del setenta aniversario de Castoriadis. Una copia de este « video casero », que no estamos autorizados a distribuir, esta a disposición, para ser proyectado, en los Archivos de Agora International.

La entrevista concedida por Castoriadis en Cerisy era parte integrante, por otro lado, de un esfuerzo mas amplio de Agora International, para entrevistar, en Cerisy y no solamente, a ex miembros de S ou B o de London Solidarity, así como a investigadores y a otras personas que pudieran haber escrito sobre su obra o que pudieran haberlo conocido. Esas entrevistas, igualmente grabadas en video, están a disposición en los Archivos de la asociación Agora International, al igual que la grabación de la totalidad del coloquio de Cerisy sobre Castoriadis, las actas de ese coloquio organizado por Philippe Raynaud nunca fueron publicadas.

Como consecuencia de problemas de grabación de la banda sonora, no hemos podido transcribir de manera totalmente fiable algunas frases, ni verificar, en particular, algunos nombres citados de pasada y de modo fugaz por Castoriadis. Desde hace años hemos puesto a disposición de los investigadores y de toda persona interesada una transcripción inacabada de esta entrevista, con las palabras y los nombres referidos señalados por asteriscos (*), solicitando solamente que no se distribuya ni que se publiquen extractos sin nuestro previo acuerdo (con el fin de evitar la difusión o la publicación de eventuales errores no señalados) –compromiso que casi todo el mundo ha cumplido.

Publicando ahora esta entrevista en 2007 –diez años después de su muerte- pedimos a los lectores y lectoras que nos señalen eventuales errores de transcripción y que nos provean otras informaciones relevantes. Corregiremos en la transcripción todos aquellos errores que se nos señale y agregaremos los nombres faltantes, mejorando así, gracias a la inteligencia colectiva de nuestras lectoras y lectores, la calidad de esta transcripción que esta, a partir de ahora, al alcance de todos y todas por vía electrónica.

Gracias por comunicar sus observaciones así como sus correcciones directamente a nuestro transcriptor François Loget: francois.loget@limousin.iufm.fr

Agora International: Gracias a Cornelius Castoriadis por haber aceptado esta entrevista. Primera pregunta: Usted nació en 1922 en Constantinopla ; como tuvo lugar su infancia en ese período ?

Cornelius Castoriadis : Nací en Constantinopla en 1922, pero me fui de Constantinopla a la edad de 2-3 meses porque mi padre suponía que el ejercito griego, que estaba en Asia Menor en ese momento, iba a ser derrotado por los turcos. Po lo tanto reunió a su familia y se fue a Atenas de donde era originaria mi madre –el era de Constantinopla. Por lo tanto yo pasé mi infancia en Atenas, una Atenas que no tenía nada que ver con la Atenas de hoy; se trataba en aquel entonces de una bella Ciudad de tamaño medio de 500 000 habitantes –no una obra maestra de Ciudad- comparable a una Ciudad italiana del sur, con muchos edificios neo-clásicos y sobre todo un paisaje esplendido, no contaminado claramente, sin automóviles. E incluso cuando yo era estudiante, era un verdadero placer físico pasearse por las todavía escasas avenidas del centro de Atenas, al sol, con los escasos árboles que había y saludando a la gente.

Sobre mi infancia podríamos decir gran cantidad de cosas; las mas importantes son como sigue: [mi infancia, RM] era sobre todo mis padres, que yo quería muchísimo y que me querían igualmente. Es una suerte. Mi madre tocaba muy bien el piano y le debo el amor que le tengo a la música y mi padre había vivido algunos años en Francia y admiraba mucho éste país. Era una especie de volteriano demócrata, aguerridamente anticlerical y aguerridamente antimonárquico, que había insistido en enseñarme el francés desde que yo era pequeño –tengo en mente imágenes de mi padre rasurándose por la mañana antes de ir al trabajo y haciéndome recitar los poemas en francés sacados de libros franceses de la época, o bien, un poco mas tarde, haciéndome recitar el texto de la Apología de Sócrates de Platón. Es también importante decir que, desde que aparecía un buen libro llegaba a casa. Había en ese entonces una gran enciclopedia griega de 1930 en 24 volúmenes –la Historia de la nación de (Constantinopla) Paparrhigopoulos, una obra excelente.

Así como lo plantee en Hecho y por hacer i, a la edad de 12-13 años compré en una venta de libros de segunda mano, una Historia de la Filosofía que no tenía nada de original, la de (Nicolaos) Louvaris, que no había copiado pero que había retomado un poco de (Emile) Brehier, un poco de (Frieferich) Ueberweg. A partir de ese momento me apasioné por la filosofía y al mismo tiempo, por el marxismo; compré, a escondidas de mis padres los periódicos comunistas de la época, en particular una publicación mensual dirigida a los intelectuales y que no estaba mal hecha. Todavía en 34-35-36 quedaba alguna cosa.

Todo ello ocurría durante mi época de preparatorio. Específicamente en la ultima clase del liceo –se trata de la época de la dictadura de (Ioannis) Metaxas- tenía un camarada que me había reclutado en una célula de las juventudes comunistas griegas. Éramos cuatro, hacíamos reuniones, intentábamos reclutar a otras personas y al final del año, tuvo lugar un incidente –uno de esos incidentes que me hacen pensar que soy una persona afortunada- detuvieron a esa persona Théodoros Kostinas y los otros  dos camaradas de la célula, Dodopoulos et Stratis, los golpearon mucho y los enviaron seis meses en una isla y no sé qué mas, a pesar de ello, no me delataron.

En ese momento, perdí el contacto. Regresé a la universidad en donde toda actividad política era imposible. Después vino el inicio de la ocupación. Entonces hice nuevas amistades, entre las cuales había un antiguo secretario de las juventudes comunistas y nos encontramos ante el hecho de que el Partido comunista, con el cual deseábamos retomar el contacto, tenía una línea que considerábamos como una traición -ultra chovinista, la línea de (Ilya) Ehrenburg [que, RM] al mismo tiempo profesaba la unión nacional con todos aquellos que querían luchar contra el invasor. Habíamos creado una organización que al principio había tenido bastante eco, reclutamos gente. se llamaba Temps Nouveau –Epoque Nouvelle, más bien. Después en la medida en que pasaba el tiempo, se hizo evidente que la actitud del PC griego no era una desviación, sino que seguía los lineamientos de la Tercera Internacional – disuelta por otro lado muy poco tiempo después (1934) por Stalin. Prácticamente todo el mundo nos abandonó, se fueron al PC y yo mismo adherí al partido trotskista griego, en la fracción mas a la izquierda, dirigida entonces por un hombre extraordinario que se llamaba Spiros Stinas y que falleció hace poco menos de dos años –un héroe y al mismo tiempo un santo laico, que fue perseguido prácticamente toda su vida y que, durante 20 años, prácticamente nunca se alimentó con comida caliente. Milité con ellos hasta el final de mi estancia en Grecia, es decir hasta finales del año 45, nunca tuve divergencias con Stinas, exceptuando el golpe de Estado estasliniano de 44 –él pensaba que se trataba de un golpe de Estado militar, cosa que a mis ojos no quería decir nada; personalmente pensaba muy por el contrario que se trataba de un golpe de Estado, para no entrar en detalles, que quería instaurar en Grecia lo que, de ahí en adelante, se llamó una democracia popular, es decir la toma del poder por los estalinistas para instaurar una sociedad de tipo ruso con variantes locales necesarias por supuesto.

Después a finales del 45, la escuela francesa de Atenas convocó un concurso para las becas de estudios post-doctorales en Francia; yo había terminado en la universidad las carreras de derecho y ciencias económicas y políticas y sobre todo había encontrado personas en torno a los profesores neo-kantianos que habían estudiado en Alemania, se trataba de : [Constantin] Despotopoulos quien todavía vive y que es con quien pasé mis años de universidad, sobre todo con quien frecuenté los seminarios de Tsatsos y [comencé] a hacer filosofía. Juntos leíamos los textos filosóficos fundamentales, los discutíamos, los interpretábamos. Entonces me presenté en ese concurso diciendo que quería ir a Francia para hacer una tesis de filosofía; la idea de mi tema consistía en afirmar que no puede haber un sistema filosófico racional cerrado, que ese nos llevaría a absurdos importantes o a imposibilidades o a contradicciones. Personalmente había hecho, esto durante la ocupación, algunos seminarios sobre Prolegomenes de Kant, sobre la Lógica hegeliana, etc. con jóvenes, los mas jóvenes que asistían y discutíamos esas cuestiones.

Fue entonces cuando obtuve una beca y vine en diciembre de 1945 en un barco que se llamaba Mataroa –un transporte de tropas neo-zelandesas. Un viaje muy fascinante. Atravesamos la Italia devastada en trenes absolutamente infrecuentables. Atravesamos Suiza en donde nos narraron las enormes desgracias que experimentaron los suizos durante la guerra –en un momento dado incluso, [por ejemplo] en diciembre de 43, en que había corrido el rumor de que quizás el gobierno iba a racionar el chocolate. Los suizos nos invitaron a tener simpatía para con ellos, nos habían abrumado bastante al respecto. Es importante tomar en cuenta que en Atenas durante el invierno de 41-42, los cadáveres de personas muertas se encontraban en las calles. Cuando salimos de Bale y cuando llegamos a Francia, nos sentimos un poco como en casa porque había personas que hacían bromas, que comían salchichón, bebían vino, etc. Después nos encontramos en Paris.

A.I. :¿ Había otros intelectuales y militantes políticos griegos con usted en el barco?

C.C. : En efecto así era, seguramente debido a la orientación política del Instituto Francés de Atenas que era dirigido por [Octave] Merlier que era muy de izquierda particularmente debido a la influencia de [Roger] Milliex y de su esposa [Tatiana Gritsi- Milliex]; pero era también la tendencia general: es decir que si ellos habían seleccionado 150 personas para darles una beca, habría automáticamente 120 de izquierda entre los jóvenes intelectuales y las personas que habían concluido l’École polytechnique, jóvenes arquitectos *, etc. Entre las personas con quien yo viajaba estaban ***, Kostas Papaïoannou, con quien me relacioné mucho y que lamentablemente falleció hace ya algunos años; [Kostas] Axelos, el arquitecto [Georges] Kandylis, un filósofo que se llama***, el pintor ***, algunas personas que se instalaron en Francia.

A.I. : ¿Como se desarrollaron sus primeros años en Francia?

C.C. : Se suponía que debía preparar un doctorado en filosofía. Hice una gran tontería – nunca entendí después por qué lo había hecho : estuve en la Sorbona : consideré lo que se ofrecía, estaba absolutamente horrorizado por los cursos que había ahí. Una materia absolutamente improbable que se llamaba « Moral y Sociología », fuertemente neo- kantiana, era impartida por el decano [Georges] Davy mismo. Cometí pues la tontería de elegir como patrón de tesis a un señor que se llamaba René Poirier dedicado a la lógica. No quisiera emitir un juicio de valor pero había sido una elección muy desafortunada. Escuché también algunos cursos de [Gaston] Bachelard, cuando – pienso-, era su último año de docencia. Él preparaba un curso muy especifico sobre el nacimiento de la termodinámica, me parece. Siempre estaba cubriendo el pizarrón de ecuaciones. Sépase que para mi las matemáticas son una pasión en un sentido, solo que en aquella época yo sabia muchísimo menos que ahora.

Al término de algunos meses contacté a los trotskistas franceses; había empezado a militar en el PCI que estaba preparando, lo que, pomposamente, se denominaba el segundo congreso mundial de la cuarta internacional y que tuvo lugar en 48; las discusiones preparatorias duraron dos años y por supuesto entre las cuestiones fundamentales estaba la famosa cuestión rusa; en lo personal tenía ideas muy firmes a ese respecto desde 44; la estimación que hacía, que es evidentemente acertada, es que si los estalinistas hubieran vencido en Grecia, habrian creado una Yugoslavia o una Bulgaria. Es gracias al ejercito inglés que no pudieron hacerlo. Ese balance me había llevado a reconsiderar la concepción de Trotsky sobre Rusia como un Estado obrero degenerado y la concepción de los partidos estalinistas como partidos reformistas. Recuerdo que yo tenia una buena biblioteca marxista (pero no trotskista) en 36 que me fue confiscada una vez que me detuvo la policía, bajo la dictadura de Metaxas, en 39. No tenía mas libros y en Grecia había muy pocos libros revolucionarios o marxistas o de izquierda. Pero, gracias a uno de mis amigos con quien había fundado esa pequeña organización en 41, tuve la suerte de tener entre mis manos y de leer de modo muy atento, no solamente La révolution trahie [La revolución traicionada] de Trotsky sino también Destin d’une révolution [Destino de una revolución] de Victor Serge y sobre todo la maravillosa biografía de Stalin por [Boris] Souvarine –la misma que fue rechazada por André Malraux y por [la editorial, RM] Gallimard en 35. El primero declarando a Souvarine: « se trata de un libro formidable pero no podemos publicarlo visto que, por el momento, ustedes son los mas débiles, lo haríamos cuando ustedes fueran los mas fuertes » Ese era André Malraux, no hay que olvidarlo. El desenlace fue que [la editorial] Grasset publicó el libro de cualquier forma, con un modesto éxito creo yo. Había yo leído también un libro de Barmine, un diplomático ruso que escapó, un transfugado y [Ante] Ciliga : Au pays du grand mensonge [En el país de la gran mentira], titulo de la edición de la época. Enseguida [la editorial, RM] Christian Bourgois retomó ese libro bajo el título Au pays du mensonge déconcertant [En el país de la desconcertante mentira]

Mis certidumbres respecto a Rusia eran firmes, lo sucedido en diciembre del 44 había corroborado mi versión de la historia; consecuentemente en el partido trotskista empecé a desarrollar la idea de que Rusia no era para nada un Estado obrero degenerado, sino que se trataba de una nueva sociedad de clases y de explotación. Es a partir de ese momento que comienzo a desarrollar una serie de ideas y de concepciones teóricas: había que revisar lo que eran los partidos estalinistas, la crisis de la sociedad contemporánea. Es éste el trayecto que he descrito, por ejemplo, en la introducción general a la Edición 10/18 ii

A.I.,: Entonces ¿es en esta época en que se constituye la tendencia de Socialisme ou Barbarie en el seno del PCI y su encuentro con Claude Lefort?.

C.C., : Es correcto. Tuvo lugar una asamblea general para la región parisina en el local del PCI que denominábamos (no sé por qué) el « teatro », en la calle del Arbre sec ; en esa ocasión expliqué mi posición sobre la URSS, etc. y entre los militantes y miembros del partido que estaban presentes, se encontraba la camarada Victorine [Jeanine « Rilka » Walter], quien fue desde entonce mi compañera y con quien tuve una hija [Sparta] y Claude Lefort quien se llamaba Montal en el partido. Ambos estaban muy interesados por lo que yo había expuesto y Victorine decía a Montal « es absolutamente necesario que tu vayas a su encuentro, que discutamos con él, es esa la cuestión importante ». A la salida de la reunión Montal me dijo: « Podríamos hacer una cita ». Nos encontramos, creo, en La Source, un café del Boul’Mich [Boulevard Saint Michel], en la esquina de la Rue des Ecoles, creo. Era por la tarde, discutimos, enseguida nos fuimos a comer con Victorine a la Mère Naudin, en calle Buci, una especie de boui-boui [restaurantito] en donde se comían buenos bifes a buen precio –se tiraba la carne en una parrilla por dos minutos- y después pasamos la noche discutiendo. Finalmente me mudé al lugar en donde ellos residían y nos pusimos a preparar tesis rápidamente –las primeras tesis que presentamos bajo la tendencia Chaulieu-Montal (Chaulieu era mi seudónimo ; hay una familia Chaulieu en la región del Balzac) para el tercer congreso del PCI que se anunciaba. Hubo gente, algunos de ellos desde el Partido otros desde sus juventudes, que empezó a manifestar su acuerdo respecto a lo que decíamos. Dimos la batalla para cambiar la orientación del Partido durante el 3o, 4o y 5o congresos sin éxito. Hubo un momento en el que había unos cincuenta miembros de dicha tendencia en toda Francia. Después, en la inmediata posguerra, tuvo lugar el famoso segundo congreso de la Internacional [conocido por el rol destacado de, RM] los estadounidenses. Es ahí en donde conocí a Ria Stone, es decir Grace Lee [Boggs], que era miembro del partido [Max] Shachtman. Un día haremos un diccionario de las herejías de la religión cristiana que va a ocupar 400 volúmenes [risas]. Para el trotskismo no habrá tantos volúmenes, pero en fin, si hacemos un diccionario de las tendencias, las herejías, los chinismos, etc. será bastante grande también. Ellos [los estadounidenses, RM] estaban con Shachtman, es decir aquellos que habían rechazado la teoría de Trotski sobre Rusia pero querían juntarse con [James P.] Cannon que era el partido trotskista oficial en EU. Este deseo no obstante que ellos mismos defendían la concepción de que Rusia era un país capitalista de estado, mientras que Cannon tenia la concepción oficial de Rusia como Estado obrero degenerado. Todo eso vale el misterio de tres hipostasiados.iii

A.I.: ¿En qué consistía la originalidad de S. ou B. en el torbellino francés e internacional de la época ?

C.C., : Antes que nada en que intentábamos no solo repetir o tener que elegir…¿Como se forman las sectas o las herejías en la historia en general y en el partido trotskista en particular ? Se toma un punto de la doctrina, o un problema, y uno se define únicamente respecto a él.

La originalidad de S. ou B., consistió en que, a partir de la revisión de las tesis trotskistas oficiales sobre Rusia, de la concepción de Rusia como un país donde existe una clase burocrática que domina, empezamos a desarrollar una concepción de conjunto y a mirar todos los problemas a la luz de ella –quiero decir no « en función » de ella, sino relacionada con ella : si Rusia es un país burocrático ello no solo se debe a la degeneración de la revolución: existe algo como una evolución burocrática del capitalismo en general. Y sobre todo, el otro aspecto, el aspecto político, que es claramente el más decisivo, mas allá de los análisis: ¿cómo y por qué Rusia se convirtió en un país de capitalismo burocrático? ; ¿qué es lo que ocurrió después de la revolución y que es lo que eso enseña en relación a una tentativa por cambiar la sociedad? De donde se deriva la idea, que nos salió al paso rápidamente –estaba ahí incluso antes de los primeros textos de S. ou B., de cualquier forma ya estaba ahí en los textos del 5o congreso del PCI, incluso desde el 4o- de la gestión obrera, como yo la denominaba en la época y de la autogestión como la denominé mas adelante. Es decir la idea antes que nada de que no podemos hablar de revolución mas que a partir del momento en que hay organismos autónomos de la población que se autogobiernan y que conservan el poder (sin delegación a una burocracia, un partido, a personas que saben etc.) y que, en segundo lugar -y esto es muy importante y tuvo enseguida desarrollos que yo considero muy importantes- que si hablamos de poder de la población (o como decíamos en la época, de poder proletario u obrero- en este punto continuamos siendo marxistas), no puede tratarse, como lo formulé muy temprano, de domingos de libertad política que suceden a semanas de esclavitud en el trabajo. Es decir que este auto-gobierno, esta autogestión debe estar también y sobre todo en las actividades cotidianas de la gente : por todas partes en donde hay colectividad de trabajo, es necesario que sea la colectividad la que decide. Esto nos lleva directamente a la cuestión de saber cómo uno se organiza, por un lado y por el otro al problema de cómo las colectividades productoras autogestionadas pueden unirse y formar una economía, una sociedad, un poder colectivo. Visto que los problemas rebasan por mucho la talla, la competencia o los derechos de una empresa, los obreros del automóvil deciden así construir carros, son los únicos que tienen algo que decir visto que, bueno…). Por lo tanto hay ahí respuestas a cuyo encuentro debemos dirigirnos y que fueron, en lo sucesivo, elaboradas mucho mas ampliamente en los textos sobre el contenido del socialismo, esta especie de proyecto de sociedad socialista autogestionada publicado en 57. iv

A.I. : Hubo distintos periodos en la actividad de S. ou B., es decir las grandes escisiones, el problema de la organización, la critica del marxismo.

En lo que a mi respecta concibo varios periodos en mi desarrollo o en mi trabajo personales; hay fases en las que surgieron otras ideas, en las que las ideas precedentes trajeron consigo consecuencias que no había previsto al principio. Para mi eso es una cosa muy importante respecto a la cual reflexioné y que debería de ser una lección para aquellos que a su vez reflexionan: pensar es una actividad consciente, se hace una elaboración y después nos detenemos en un texto, en un artículo, en un libro. Cuando pensamos que hemos dicho lo que teníamos que decir y pensamos que hemos extraído las consecuencias de esas ideas o -si no lo hemos hecho-, ponemos una nota a pie de pagina declarando que hay esto y lo de mas allá pero que no tenemos tiempo de desarrollar. Después 5 o 10 o 20 años después descubrimos implicaciones que no habíamos previsto en lo absoluto porque con el correr del tiempo también hemos evolucionado, porque otra cosa ha ocurrido de tal forma que somos menos tontos.

Muy pronto [1990] se va a reeditar La société bureaucratique por Bourgois, en un formato grande ; he debido releer todos los textos, sobre todo los mas antiguos, para entregar un volumen apropiado a la recomposición. Y me he preguntado por qué esperé que llegara el 56 para escribir tal idea, tomando en cuenta que ella estaba ya ahí desde 47 ; o por qué esperé 64 visto que en 49 ella estaba ya presente esperando solamente esperaba ser formulada de manera mas clara. Desde otro punto de vista esto no es verdad en lo mas mínimo: todo ello puede ser simplemente una ilusión retrospectiva. Pero en eso consiste, creo yo, el trabajo de la reflexión.

Retomo pues la pregunta : en mi trabajo personal, hay fases –las describí en la Introducción de La société bureaucratique : antes que nada y sobre todo la revisión de la teoría trotskista y su reemplazamiento por la teoría de la gestión obrera. Enseguida – no solo en función de mi actividad en el grupo sino también en función de mi trabajo profesional y mi experiencia profesional como economista [en la OCDE]- [emprendí, RM] un regreso a la economía de Marx, la crítica de ésta y la constatación de que ella no podía mantenerse en pie (se trata de una gran obra sociológica e histórica, pero como sistema de economía, es decir como Marx lo hubiera deseado, ello no se tiene en pie). Existen dos artículos publicados en S. ou B. que no han sido retomados, que se retomaran quizás algún díav y que explican todo ello. Por otro lado tuvieron lugar algunos eventos que no debemos olvidar, la revolución húngara, que ha representado una fuente de inspiración practica enorme en virtud de que confirmaba el pronostico que se hacía cuando escribí la editorial del primer numero: el día en que las masas se revelarán contra la tiranía burocrática totalitaria e intentarán formar organismos autónomos…En Hungría había consejos que reclamaban la gestión de la producción. Por lo tanto eso representaba un período.

Enseguida hubo el momento o la fase que era correlativa a la victoria del gaullismo en Francia y a la modernización, mas o menos definitiva, del capitalismo francés, seguida de todos los problemas que ésta modernización trae consigo. Es en ese momento que escribí Le mouvement révolutionnaire sous le capitalisme modernevi, con todo el problema de la despolitización, de la privatización y de la cuestión de saber lo que pasaría si las cosas seguían de la misma manera. ¿Cual es el proyecto ideal del capitalismo burocrático, que no es el fascismo o el totalitarismo pero que es una sociedad de personas embrutecidas a quienes se les aumenta cada año sus ingresos reales de un 3% para comprar ilusiones llamadas mercancías? Entonces en el mismo momento la problemática revolucionaria se hizo mas grande, rebasó los problemas de la producción y del poder, para alcanzar la vida en sociedad entera: la escuela, la familia, la educación, la juventud etc. De inmediato y de manera práctica surgió la constatación de que era urgente abandonar la idea del rol privilegiado del proletariado en todo ello ; está escrito en un texto de 1963, Recommencer la révolution.vii Si el programa revolucionario es efectivamente lo que nosotros decimos -eso quiere decir que tiene que ver con todos los aspectos de la vida humana- no solo (eso tuvo un gran éxito en 68) concierne a los obreros, sino que concierne a la sociedad entera.

Luego vino el fin de S. ou B. , que estuvo muy difícil y muy doloroso y que estuvo motivado por dos cuestiones esencialmente ; la principal consistía en que [con nuestra actividad, RM] no obteníamos mas que una respuesta pasiva. Los últimos años de S. ou B. estaban lejos de haber sido los peores desde el punto de vista de la audiencia con la que contábamos ; en esa época la revista se vendía bien y las reuniones que hacíamos en la Mutualité convocaban a bastante gente –según los criterios de aquellos tiempos y respecto al periodo precedente- y al mismo tiempo la gente no respondía ; eran como consumidores pasivos de ideas ; se les proponían grupos de trabajo abiertos, hacer cosas con el grupo y ellos no llegaban. En ese momento se suscitó una discusión en el grupo y decidimos disolverlo ; enviamos una carta en 67 que ha sido republicada a ultimas fechas.viii Y entonces un año después vino mayo del 68. Nos reencontramos con los camaradas del grupo ; yo escribí ese texto -que creo que incluso habíamos discutido- y que fue mimeografiado y que dimos a conocer. Ese texto no tuvo prácticamente ningún impacto porque muy rápidamente la gente fue dominada por dos obsesiones opuestas : de un lado unos rechazaban toda organización, porque [según ellos, RM] toda organización produce la burocracia, digamos y del otro estaban los que no tenían otra cometido mas allá de hacerse dirigir por una organización adhiriendo ya sea al trotskismo o a los maos. Había muy poco entre unos y otros.

Ahora bien si hablamos de S. ou B. como grupo y no de mi trabajo, se suscitaron dos grandes desencuentros y dos escisiones importantes ; la primera sobre la cuestión de la organización, con Claude Lefort y quienes pensaban como él. Hubo primero una casi escisión en 52-53 ; Lefort salió un año y medio a Brasil y cuando regresó se reincorporó al grupo ; después en 58, en la época del golpe de De Gaulle ocurrió que como consecuencia del interés de trabajar con nosotros de inmediato por parte de algunos participantes y otras personas, el grupo parisino se encontró bastante inflado y no podíamos funcionar según el régimen de las asamblea general permanente y total (una vez por semana todos los miembros del grupo se reunían y discutíamos de aquello que era necesario hacer y de lo que íbamos a incluir en la revista. Leíamos los principales textos, la gente intervenía diciendo que no estaba bien lo que estábamos haciendo o venían diciendo que hay que hacer esto o aquello). A partir del momento en que éramos demasiado numerosos, era necesario organizarse, algunos de nosotros propusimos que hubiera 3 o 4 células que serian coordinadas por un comité de responsables compuestos de delegados elegidos y revocables. Había Lefort y los otros diciendo que ellos no querían verdaderamente hacer una organización política, o un partido ; o que el grupo no puede ser un partido. Los textos están ahí, fueron publicados en S. ou B. y retomados en un librito de Lefort Éléments pour une critique de la bureaucratieix así como en mis escritos en 10/18.x Finalmente Lefort y los otros que eran minoritarios se fueron, eso es otra historia.xi Nosotros continuamos y después, transcurrido un poco de tiempo empezamos a publicar un mensual mimeografiado que se llamaba Pouvoir Ouvrier , menos denso que S. ou B., mas preocupado por los problemas de lucha en las empresas, digamos.

A partir de 59 empezó otro conflicto; a partir de la instalación del gaullisme, empecé a escribir Le mouvement révolutionnaire sous le capitalisme moderne, que fue en un principio difundido en el grupo para discutir antes de su publicación ; ello provocó una crisis muy intensa ; el grupo se encontró prácticamente dividido en dos, con muchas personas que, por otro lado, fluctuaron durante largo tiempo, incluyendo al mismo [Jean François] Lyotard). En fin en la posición contraria estaba Lyotard y otro compañero que se llama [Albero] Vega, y [Pierre] Souyri que falleció entre tanto. Ellos decían que yo revisaba el marxismo. No sé muy bien qué mas decían; nunca lo formularon verdadera y claramente, pero la discusión duró tres años, era una discusión desafortunada y finalmente sucedió lo que debía suceder, nos separamos ; nosotros éramos ligeramente mayoritarios y tampoco queríamos complicar mas las cosas. Ellos tomaron Pouvoir Ouvirier y nosotros conservamos S. ou B. y seguimos trabajandoxii

A.I. : ¿Podemos retomar los eventos de Mayo de 68 ? ¿Usted como vivió mayo del 68 ?

C.C. : Lo viví con enorme dificultad personalmente, le recuerdo que yo era extranjero en Francia; solo me naturalicé a finales de los años 70 ; en aquella época la expulsión de un extranjero de Francia era un asunto puramente administrativo –bastaba una decisión del ministro del Interior que era ejecutable de manera inmediata: se le solicita que abandone el territorio de la Republica en las próximas 24 horas- ningún recurso legal procedía; fue por eso que mi padre, por otra parte, fue expulsado de Francia dos veces, a pesar de que no fue parte de S. ou B. [risas], pero por razones políticas en todo caso. Es asi como Dany [Cohn-Bendit] fue expulsado en el 68, sin ningún proceso.

No sé cuando la ley fue modificada –me parece que fue en la época de Giscard- se acordó un recurso para suspenderla. Pero en la época precedente no era todavía así.

Por otro lado había la circunstancia de que trabajaba en la OCDE donde el estatus de funcionario internacional excluía la participación en actividades políticas de cualquier índole. Entonces estaba yo doblemente en infracción, en delito, en crimen [risas]. Entonces yo tenía una idea, mal que bien; se había presentado una pequeña alerta en 58: los policías habían estado llegando a la casa de mi ex mujer y también en casa de un camarada del grupo para preguntar quién era ese Chaulieu. Seguidamente yo había cambiado de seudónimo (eso no podía engañar a nadie pero era lo mínimo qué podía hacer). Pero en 68 fue realmente muy pesado, muy desagradable porque, idealmente, era necesario presentarse en público. Después de haber dudado renuncie momentáneamente. Fui de todas formas a Nanterre, había hablado con algunas personas ; los primeros días en la Sorbona había hablado delante de los estudiantes. Todo ello no había tenido mucho eco, tampoco el texto que habíamos elaboradoxiii y que era la primera mitad de mi contribución a La Breche xiv que enseguida fue completada.

Subjetivamente lo viví de manera muy dolorosa porque la lógica me decía que no tenía sentido participar como yo me vi obligado a hacer, (yo participaba claro está, iba a las manifestaciones pero no podía hacerme visible como me hubiera gustado); yo tenia algunas cosas en la cabeza***, al mismo tiempo tenia mucha rabia porque me percataba de esta enorme creatividad del movimiento que se manifiesta en las actividades, las consignas que ellos inventaban, pero también la enorme dificultad que tenían para organizarse de manera estable. Había una fantástica capacidad de organización cuando se trataba de levantar los empedrados del Boul’Mich [Boulevard Saint Michel] o para que los estudiantes en Medicina organizaran los socorros de urgencia y llevaran a la gente a los hospitales, gente que había sido golpeada y herida por los policías. Y al mismo tiempo tenían lugar las asambleas genérales permanentes en la Sorbona, después en Jussieu. Se presentaban situaciones muy conmovedoras – personas pertenecientes a capas de la población que nunca habían podido expresarse en esta sociedad fregada, que venían y nos decían aquello que tenían en el corazón y en la cabeza. Me acuerdo de un paramédico y de un anciano que llegaron a hablar –pero, aparte de esta toma de la palabra de la sociedad, había una incapacidad, un rechazo, una falta de voluntad, una falta de deseo, una falta de capacidad para organizarse en algo verdaderamente colectivo, algo de verdaderamente democrático, de verdaderamente***

Todo ello, independientemente de mi descontento personal, lo vivía -lo he escrito al final de la Introduction générale de La société beaurocratiquexv- [se trataba de, RM] la tragedia política moderna, si moderna en todo caso. Esta especie de situación terrible en el mundo moderno sobre la cual Sartre ha construido su pseudo-filosofía política diciendo que es así, punto y aparte, que o existe el grupo en fusión, o el practico-inerte, la serie, que retrocede. Pero es cierto que, en la naturaleza de las sociedades políticas modernas, la población no se expresa activamente mas que estallando: 89, 30, 48, 71, 36, 68 de nuevo (y en otros países [sucede, RM] otra cosa ; Francia es bastante privilegiada en este sentido). Y el resto del tiempo la población deja todo a aquellos que gestionan por los otros. Eso era ultra-viviente, ultra-vivaz – sobre todo durante el segundo periodo de mayo. Como hubo un primer período en el que podíamos decirnos « Todo ello esta emergiendo, se esta extendiendo, las fabricas entran en el juego, muy pronto habrá una cosa como la versión francesa de los consejos o de los soviets » y después eso que habíamos vaticinado no llegaba y el entusiasmo empezó a disminuir. Veíamos que eran los trotskistas de diferentes tendencias, los maos, que eran totalmente delirantes en esa época, quienes celaban el legado –estos últimos publicaban periódicos en los que decían que los ejércitos populares estaban a punto de atravesar la Loira en su marcha sobre Paris [risas]. Pura locura caracterial! Al mismo tiempo era terrible pensar que la gente podía adherir a esos idearios.

A.I. : ¿En qué medida piensa usted que, el trabajo reflexivo de S. ou B. pudo haber influenciado Mayo del 68 ?

C.C. : Es una pregunta a la que es muy difícil responder. Hay una vulgata mediática que se extiende ahora –[Patrick] Rotman y [Hervé] Harmon y las cosas en la telé etc.- según la cual Mayo del 68 fue hecho por los jóvenes, en fin por personas relativamente jóvenes y promete un futuro radiante y que gravita actualmente en torno al gobierno socialista o en torno a Liberation [risas] : [se trata de, RM] los [Bernard] Kouchner, los [Roland] Castro y quienes estaban con ellos. Es totalmente falso desde mi punto de vista. Mayo fue un movimiento espontáneo esencialmente ; en la preparación ideológica de mayo el movimiento 22 de marzo jugó un cierto rol. Sabemos que la gente que formó parte del movimiento 22 de marzo había leído S. ou B., que habían sido influenciada por S. ou B. : Cohn-Bendit lo ha escrito negro sobre blanco en uno de sus libros.xvi Ellos habían sido igualmente influenciados por los situacionistas, quienes estuvieron muy activos durante las jornadas de Mayo.

Ahora bien, de manera mas profunda, no sé bien qué es lo que hay que decir. Son cuestiones que es muy difícil responderxvii.

A.I. : Ahora llegamos al periodo de la revista Textures , ¿cómo es que tuvo lugar la transición entre S.ou B. y Textures ?

C.C. : No hubo realmente transición porque las dos revistas eran totalmente diferentes. S. ou B. era y quería perdurar [siendo, RM] un órgano de critica y orientación revolucionaria ; dejamos de publicarla cuando nos dimos cuenta de que ese carácter no podía durar debido a que, como lo he mencionado, no había respuesta por parte del público, pero también se estaba convirtiendo cada vez mas en una revista de carácter teórico, se ocupaba de cuestiones cada vez mas abstractas –escritas no por una sola persona, pero, en fin, siempre había artículos firmados [Paul] Cardan [otro seudónimo de Castoriadis]. Dejó de ser , paulatinamente, una obra colectiva.

Textures era otra cosa completamente, se trataba de una pequeña revista hecha por personas de Bruselas, conocidas de un ex-alumno de Claude Lefort, en la época en que Lefort enseñaba en Caen, Marcel Gauchet. Habían propuesto a Gauchet que colaborara en la introducción de Textures. Gauchet habló de ello con Lefort quien me lo mencionó. Entonces hicimos un comité de redacción y a partir del numero 3 o 4 de Textures había toda esa gente además de [Marc] Richir un «litereadorfilosofo» (littérateurphilosophe) que se llama Max Loreau, creo, o se llamaba así, acaba de dejarnos. Textures era una revista bastante densa, con textos muy difíciles, muy teóricos.

A.I.: Después vino el periodo de la revista Libre.

C.C. : Textures dejó de aparecer porque Richir y [Robert] Legros se enemistaron esencialmente con Gauchet y quizás con [Miguel] Abensur y Lefort –yo mismo permanecí mas o menos neutro en esta historia. Finalmente nos separamos ; nosotros encontramos el editor Payot e hicimos Libre que era una revista bastante teórica, con una orientación general –revista critica y de reflexión critica, pero no militante como lo era en cierta medida S. ou B. S. ou B. era una revista que se posicionaba respecto a los problemas de actualidad, no del día a día o se expresaba igualmente de tal forma que permitía que la gente, por ella misma, elaborara una posición respecto a la actualidad ; Libre era totalmente diferente, publicábamos un artículo sobre Toquevillexviii, un artículo sobre Aristotelesxix. Hubiera deseado que tuviera lugar, en ultima instancia, la pertinencia para la orientación política [risas] pero no se trataba de lo que podemos denominar una revista militante.

A.I.: ¿Tuvo usted algunos desacuerdos con Lefort en ese período?.

C.C.: No tuve realmente algunos desacuerdos con Lefort. Tuvo lugar una gran ruptura en 80 una vez que tuvo lugar la invasión rusa en Afganistán. Decidimos que no era posible no publicar algo sobre ese tema ; fue entonces cuando escribí lo que se convirtió, mas adelante, en el primer capitulo de Devant la Guerre,xx que cambiaba el análisis sobre Rusia o que mas bien explicaba que la Rusia de hoy [la de los años 80s] no es mas aquella de la que habíamos hablado antes ; se había convertido en una estatocracia, es decir que su orientación esencial era la expansión por la fuerza bruta. La fuerza bruta se ha convertido en la única significación que mantiene reunida a esa sociedad.

Hubo algunos incidentes muy penosos ; Lefort tuvo un comportamiento que me pareció intolerable (como él no está presente [en el coloquio de Cerisy] no me voy a explayar al respecto) en nombre de la simple cortesía, de la humanidad y de la civilidad. Claro que Lefort, que ya había publicado su libro sobre Soljenitsynexxi, suscribía su teoría del totalitarismo mas de lo que quería a la niña de sus ojos –no sé qué es lo que hace con eso actualmente. Se dio una ruptura : Gauchet, [Krzysztof] Pomian y yo de un lado y Lefort, Abensour y Maurice Luciani –un camarada que estuvo en otro momento en S. ou B.- del otro. Desde entonces ya no he podido hacer revistas, ni intentar hacer un grupo o montar una actividad política colectiva, a pesar de que –como lo digo un poco en broma siendo que no es totalmente una broma- estoy a punto de hacerlo todos los días impares del mesxxii [y] todos los días pares me digo [risas], « Bueno, pero qué, ¿vamos a recomenzar la misma historia de nuevo? ».

A.I.: A propósito de Devant la guerre, mucha gente ha criticado su tesis de la estatocracia, sobre todo a raíz de la llegada de Gorbatchev.

C.C.: Tienen razón cuando dicen que a partir de la llegada de Gorbatchev sucede una cosa muy distinta. La cuestión consiste en saber si el análisis y la descripción de la sociedad rusa, que vienen ilustrados en Devant la guerre, son correctos respecto al periodo correspondiente. ¿Qué fue lo que ocurrió con ese régimen de capitalismo burocrático totalitario y total a lo largo de su historia ? Permaneció inamovible : no conoció ninguna evolución interna importante. Particularmente, después de la muerte de Stalin, se presentó en efecto una tentativa inmensa de auto-reforma de la burocracia, que tuvo, por otro lado, un éxito parcial visto que dejó de existir el terror masivo –no hay un Stalin 2- y fracasó parcialmente en lo que se refiere a los problemas fundamentales del régimen. Bueno púes el cierre con broche de oro de este fracaso es la exclusión de Khrouchtchev en 64. Brejnev –con Kossyguine al principio- se instaló en el poder. ¿Qué es lo que aparece claro en éste período ? Simultáneamente una expansión en aumento en el plano exterior y una acumulación fantástica –que ya había empezado en el periodo precedente a Stalin- de la potencia militar. Después de 45 se había descuidado una cosa: nos encontramos ante un desarrollo fantástico de la producción militar ; constatamos – ahora está documentada, ya lo sabemos, pero la negábamos en la época- la separación de la economía militar de la economía no militar y la existencia de empresas cerradas que consagran –y esto esta mas que probado- una enorme porción del producto nacional a la economía militar. Todo eso tiene una lógica.

Se denomina ese periodo «estancamiento» pero ¿que era este periodo de estancamiento ? Rusia se estancaba, pero no se estancaba para nada : en fin ella se estancaba, mas que estancada, desde un cierto punto de vista, pero desde otro punto de vista, ella no se estancaba; producía cada vez mas bombas H, establecía especies de protectorados o de colonias en África y en America Central. Vino la guerra de Viet- Nam, la enorme base rusa en Viet-Nam etc. No debemos olvidar todo eso. Todo ello ¿no tiene una lógica ? Acaso todo ello ¿no corresponde a una política ? Esa es la cuestión. ¿No es que en ese periodo reina en la sociedad rusa un cinismo absoluto ? Acaso no es que la única cosa que aparece como diferente a la vida del día a día resulta el deseo de convertirse en la potencia mas fuerte del planeta ?

No cambiaría ni un ápice del análisis que hice en Devant la guerre de la sociedad rusa. El único punto sobre el que me equivoqué es sobre la posibilidad por parte del aparato del partido comunista, de extraer de su seno un grupo de reformadores. Pero a ese respecto no veo a nadie que no se haya equivocado. Eso es clarísimo. Es algo imprevisto, impredecible además. Ahí comienza otra historia : es un evento que por si mismo, cambia toda una serie de cosas en la evolución. De hecho, no sé si Gorbatchev (y el grupo de Gorbatchev) tenía eso en su cabeza en 85 o 86, pero el resultado de este asunto, es de cualquier forma el desmantelamiento del Imperio ruso, tanto en Europa del Este como en los territorios de ultramar. Sabemos los destinos, hay cosas que resisten (Viet-nam, a pesar de que por algún lado se escurre, Mozambique etc.) y otros que no aguantan tanto (el hecho de que los Sandinistas hayan aceptado hacer elecciones, no es solamente una cuestión interna ; también se debe a imperativos, empujes, del Kremlin etc.).

El evento como tal conlleva una potencia histórica extraordinaria y a partir de ese momento comienza otra fase de la historia de Rusia que, desde donde yo lo veo, no cambia mucho el hecho de que de 64 a 85 Rusia haya sido lo que yo he descrito, [ni cambia, RM] el hecho de que la revolución rusa modifica la situación, de que antes había un tsarismo bajo el cual se desarrollaba un cierto capitalismo. Hay un evento contundente, que es puesto en practica por una persona y un pequeño grupo, eso también es importante. ¿Por qué en ese momento y no en otro ? Nos encontramos en este caso con los problemas mas triviales y al mismo tiempo los problemas mas complejos de la historia. ¿Por qué en 85 ? ¿Por qué Gorbatchev ? ¿En qué medida Gorbatchev tenía en su cabeza lo que iba a ocurrir y en que medida es él un aprendiz de brujo ? Tengo francamente la impresión de que –por lo menos después del verano de 88- él corre un tanto detrás de los eventos. No es nuestro propósito profundizar pero, en todo caso, es cierto que hubo cosas que ocurrieron de manera bastante diferente de aquello que él hubiera deseado. Lo mismo sucede hoy [1990] es muy claro que no tenemos la mínima idea de lo que [los rusos, RM] quieren hacer respecto al núcleo duro de toda esta historia, que es el sistema económico ; es verdad que la economía rusa esta en un estado de « continuo derrumbe », noción un tanto rara, pero es la única manera de describirlo y es cierto que no sabemos cuánto tiempo puede continuar esa situación, ni de qué manera una transición cualquiera puede tener lugar.

A.I. : En la actualidad usted es una de las pocas personas –o quizás la única- que criticaba la apatía política que existía al Este después del derrumbe de los sistemas marxistas-leninistas.

C.C. : No la critico solo doy cuenta de ella. Todo ello depende del punto de vista desde el cual uno se posicione. Usted sabe lo que ocurre –no solo la derecha americana o la derecha en todos los países y los periodistas- dicen : « En la competencia entre los dos sistemas, es el capitalismo el que ganó » o « Es la democracia la que ha ganado » o mas aun « Un capitalismo democrático ha ganado ». No creo que sea el caso. Antes que nada es necesario ir un poco hacia atrás : he dicho hace rato que no podremos explicar ¿por qué Gorvatchev llegó al poder?, ¿por qué en ése momento y no en otro?. Pero pareciera que olvidamos, cuando hablamos de ese cambio, otro factor muy importante, que personalmente no he dejado de tener en cuenta : la lucha contra el sistema burocrático al interior del sistema burocrático. Tuvo lugar junio de 53 en Berlín, Hungría y Polonia en 56, Checoslovaquia en 68, otra vez Polonia en 70 en 80-81 el Kremlin y Brejnev se dan cuenta de que son impotentes contra los polacos, se hace imperativa una dictadura militar. No hacen lo que hicieron en Checoslovaquia. Invadieron Afganistán y los afganos resisten : se trata de un nuevo fracaso. Además, en el interior, se da esta especie de Resistencia muda : resistencia pasiva de la población que había estado ahí desde hacía 50 años. También está todo eso. Después está también el re-armamento de los estadounidenses (real o ficticio, importa poco en la cabeza de las personas que están en los estados mayores todo eso tiene lugar de otra manera) pero lo esencial es la Resistencia exterior y la pasividad en Rusia misma, que favoreció este derrumbe. Si usted quiere, retomando la perspectiva de Devant la guerre, para que el sistema ruso se mantuviera hubiera sido necesario que los rusos ganaran de inmediato en Afganistán y que aplastaran la resistencia polaca o si no que desaten la guerra mundial entre 80 y 83 u 85, o si no que aquellos que querían reformar y abandonar la evolución en curso tomaran el relevo. Acabo de olvidar cuál era su pregunta…

A.I. : A propósito de la apatía política…

C.C. : Ah si ! Entonces , ¿quien ganó en este asunto ? Debemos congratularnos del hecho que primero los polacos, los checos, los húngaro, incluso en la propia Rusia tambien un poco, la misma cosa un poco en Bulgaria y en Rumania un poquito, la gente puede decir lo que piensa. Es importante en todo caso hacer la distinción. Polonia, Checoslovaquia, Hungría y los otros, no es lo mismo. Ellos pueden desplazarse de un lugar a otro, viajar al extranjero, regresar a casa etc. Y hay una cosa mas: es necesario dar cuenta y felicitarse también de la potencia de los movimientos completamente pacíficos en Alemania del Este o en Checoslovaquia, que han obligado a un régimen, digamos –en fin efectivamente- armado hasta los dientes y monolítico digamos, los bolcheviques, los estalinistas, ellos que marchaban a la vanguardia de la humanidad y que no cedían ante nada y que se derrumbaron como el cascarón, en una semana.

Está ese aspecto también que muestra la potencia de la acción social, pero hay también otro asunto: tiene lugar durante esta acción algo que es verdaderamente del orden del genio táctico, que no es el genio de una persona. La gente desmonta las provocaciones del poder y al mismo tiempo provoca al poder. Encontramos ahí cosas que existían ya en el 68. Pero, por otra parte ¿qué es lo que no vemos ? En ningún momento se da la constitución de organismos de auto-gobierno. En ningún momento. Es entonces cuando se dice a ese respecto, como lo declaran los protagonistas del movimiento alemán que ahora están decepcionados, que se hizo todo eso por migajas. Tampoco es esto totalmente cierto. Es una revolución (o mas bien un levantamiento) pacifico anti-tiránico –no anti-totalitario, porque, en un cierto sentido, esos países ya no eran totalitarios desde hacia tiempo.

El totalitarismo tiene lugar cuando el régimen logra, realmente, imponer a la población su participación en el delirio colectivo. Sin embargo ahí [en el periodo que nos ocupa RM] sabíamos lo que estaba ocurriendo y todo el mundo fingía solamente. Se trataba de cinismo, el totalitarismo, no es el cinismo. Un SS no era un cínico. Un miembro del PC, durante la bella época del estalinismo, no era un cínico. Era otra cosa. Podía ser profundamente inmoral, él podría haber dicho 4 mentiras contradictorias al mismo tiempo si todo ello hubiera sido lógicamente posible. Pero no era un cínico respecto al Partido. Puede ser que Stalin si haya sido un cínico. No lo sé. Él pensaba en su poder personal y eso era todo. El régimen ruso se convierte en cínico de hecho a partir de las revoluciones húngara y polonesa que mostraron a todo el mundo que no había ya nada que hacer con la clase obrera y [a partir] del reporte Khrouchtchev que mostraba aquello que había sido el periodo estaliniano. A pesar de todas las maromas mentales de los comunistas, ninguno que esté dotado de un mínimo de lógica hubiera podido decir que un régimen proletario y socialista, « genéricamente positivo » , habría podido ser erigido, construido, dirigido, durante 30 años por un hombre que viene descrito oficialmente, en el reporte de Khrouchtchev, ¡como un loco sanguinario! Es totalmente delirante, por otro lado, dirigir las operaciones con un mapa mundi durante la guerra contra Alemania. Entonces los comunistas podían encontrar racionalizaciones internas, mas o menos convenientes, pero de hecho la cosa estaba fracturada a partir de ese momento. Y es eso lo que explica, desde mi punto de vista, la pulverización instantánea de partidos ahí en donde estaban menos enraizados, como era el caso de los países de Europa del Este. En Rusia es diferente porque ellos [los miembros del Partido, RM] son verdaderamente la clase social que tiene todos los puestos, detentan los negocios, tienen privilegios, luchan por perpetuarse. En este mismo momento en que hablamos [1990], lo que ocurre en el congreso del partido comunista de la Unión Soviética, es sin duda la manifestación de todo ello.

Para retomar el tema de los países de la Europa del Este, eso [que ocurría en la Unión Soviética, RM] no tuvo lugar. ¿Qué podemos sacar de conclusión respecto a esto ? Todo ocurrió como si –al menos en esos cuatro países [Alemania del Este, Polonia, Checoslovaquia y Hungría]- de un día para otro, la gente se hubiera puesto las botas del ciudadano occidental, es decir que no aspiran mas que a tener trabajo y a ganar suficiente dinero y respecto a todo lo demás que me dejen en paz. Y que podamos viajar, salir a pasear etc. Como decía una joven estadounidense en una encuesta publicada por el International Herald Tribune, ser ciudadano es no ser hostigado por la policía. En ese sentido, ellos [la gente del Este, RM] han querido y se han convertido en ciudadanos ; no son hostigados por la policía, no mas de lo que nosotros lo somos aquí en Francia. Es una concepción muy miserable de la libertad, aun cuando psicológicamente podemos comprenderla viniendo de personas que durante 40 o 70 años vivieron bajo ese tipo de regimenes ; no hablo aquí solamente de los niveles de consumo, hablo de la certeza de que cualquier policía, vestido de civil, no puede llegar a las 4 de la mañana y decir « Coja su cepillo de dientes, o incluso no lo coja ; ya estuvo bien de estar vacilando, se acabó ». Efectivamente es una enorme diferencia, eso quiere decir, eso muestra también lo que podemos llamar, si no somos muy rigurosos respecto a las palabras, la potencia « metafísica » del consumismo ; es decir que las actitudes que corresponden a las actitudes de un ciudadano en la sociedad de consumo, fueron trasplantadas en la RDA, en Checoslovakia, en Polonia antes de que hubiera la mínima sombra de sospecha respecto a la sociedad de consumo, porque sigue sin haber duda al respecto. En Alemania del Este, que es el país mas favorecido desde ese punto de vista, las mercancías empiezan a llegar, pero las personas las encuentran demasiado caras, son demasiado caras para los salarios. Nada es demasiado caro en abstracto. Nada es demasiado caro para M. Trump *** [risas]

En Checoslovaquia la situación económica no ha estado nunca terriblemente catastrófica, pero ella no ha cambiado y a pesar de eso la gente se transfiguró inmediatamente en ciudadanos occidentales pasivos ; no creo que todo eso sea muy relevante. Creo, por ejemplo, que en aquellos países de America Latina en los que la situación no es realmente tan trágica (como lo es en Perú o Bolivia) –en Brasil por ejemplo (ella es trágica en muchos lugares, en el Noroeste, etc. para los campesinos o en las favelas en el interior, en fin, hay algunas partes en las que la situación no es trágica)- pero ¿cual es la situación en Brasil ? Pues es eso que no hay el nivel de consumo que hay en Estados Unidos, en Francia o en Inglaterra o en Alemania. Ahí, en Brasil, el complemento es suministrado por un suplemento de televisión y de football, además de la macumba claro esta, es decir la magia. Sabemos que los Dallas brasileños tienen un éxito enorme no solamente en Brasil ; es probablemente lo que más se exporta, es decir sus telenovelas. Respecto al football sabemos lo que ocurre. Los ingleses no son nadie. Hay un fanatismo colectivo, la vida esta centrada sobre el foot [risas]

A.I. : Antes de concluir esta entrevista, podríamos hablar quizás de su vida profesional como economista y psicoanalista. ¿Cómo se desarrollan sus actividades como economista y psicoanalista ?

C.C.: No sé bien qué podemos decir a ese respecto. Trabajé en la OCDE de 48 a 70 ; me vi forzado a hacerlo para vivir por supuesto y al mismo tiempo era muy cómodo darme una cobertura legal total, durante el tiempo en el que, lo que hacía realmente permanecía en el anonimato visto que era un funcionario internacional ; además eso me permitió tener un conocimiento efectivo del funcionamiento económico de los países capitalistas ; durante 22 años mi trabajo consistió en hacer el análisis de la situación económica a corto y a mediano plazo de todos los países denominados desarrollados, los países ricos ; eso tuvo un cierto impacto en mi decisión de retomar el problema de la economía de Marx ; también eso me enseñó a conocer, desde el interior, cómo trabaja una burocracia en sus niveles mas altos –no éramos muchos, en total 1200 o 1300 funcionarios, pero era una copia del modelo de los sectores pertenecientes a las partes superiores de las pirámides burocráticas administrativas, claro están por aparte los mecanógrafos, el chofer del secretario general, las empleadas de limpieza, pero sobre todo los reportes económicos que hacíamos los discutíamos cada vez -antes de publicarlos-, con las jerarquías burocráticas a nivel nacional; en Francia íbamos del ministerio de Finanzas y del gobernador del Banco central, al director del Recaudación, al comisionado del Plan.

En Japón era el Vice-ministro de finanzas y el Vice-director del Banco de Japón, el ministro MITI. La manera como esas personas razonaban y la distancia que existe entre aquello respecto de lo cual ellos pueden decidir y lo que ocurre en la realidad, en un sentido era [la materia de, RM] mi trabajo cotidiano. Finalmente no era aquello sobre lo cual se supone que podíamos escribir oficialmente, sino era aquello que yo podía percibir ; en algunas cosas que he escrito, particularmente en el reporte sobre el crecimiento 70-80 se puede leer, no solo entre líneas, las razones profundas del fracaso de la política de ingresos de las políticas regionales.

Hubo dos periodos de mi trabajo en la OCDE. Durante el primero, 48 a 60, podía entregar mi trabajo en 4 horas ; por lo tanto las otras 4 horas las pasaba en una oficina bien climatizada, con mucho papel muy blanco, muy espeso [risas], escribiendo los artículos de S. ou B. , o, si no, sobre todo lo que me venia en mente. Esencialmente lo que yo escribí en esa época, eran cosas que no fueron publicadas, cosas filosóficas que están en mis cajas. A partir de 60 eso cambió porque –sin haber nunca hecho nada para motivarlo- fui promovido como jefe de división, después director suplente, finalmente director. Y entonces era la muerte visto que el escaso interés que había en el trabajo teniendo un cierto contacto de primera mano con la realidad macro-económica – analizar la economía francesa, hacer regresar de sus vacaciones a Giscard d’Estaing en 62, 63 una vez que había hecho un pseudo plan de estabilización, una bobería – desaparecía cada vez mas debajo de las tareas administrativas, de gestión de 30 personas, de 60 personas, después de 120 personas, de 140 personas, luego la primera [computadora, RM] IBM de la OCDE, la puesta en funcionamiento del servicio de informática, las discusiones técnicas sobre la elección de los ordenadores IBM, Burroughs y todo lo demás. Eso no me interesaba para nada. Sobre todo las tareas de gestión. Por lo tanto esta segunda etapa era verdaderamente espantosa.

Al final de 68 resolví el dilema que me preocupaba desde hacia años ; hacer o no hacer una solicitud de naturalización, con el riesgo que conlleva una averiguación de la policía. En otoño del 68, gracias a un conocido cuyo nombre no voy a proporcionar, pude asegurarme de que no habría averiguación de la policía [risas]. Hice una solicitud de naturalización en octubre de 70 y al día siguiente a la fecha de entrada en vigor de mi naturalización, entregué mi renuncia, en un momento en el que estábamos de lleno en el trabajo.

Empecé a practicar como psicoanalista a partir de 73 y lo sigo haciendo. De eso es mas difícil hablar, nos tomaría demasiado tiempo. Hablar del trabajo de psicoanalista materialmente no tiene sentido : todo mundo sabe en qué consiste. Hablar desde un punto de vista mas substancial, eso es otra cosa. Lo único que puedo decir, es que es apasionante como trabajo, que uno esta constantemente en contacto con problemas que tocan el psiquismo humano y al psiquismo en profundidad (y al mismo tiempo eso lo mantiene a uno alerta), a partir de los cuales surgen una serie de interrogantes, incluso y quizás sobre todo interrogantes filosóficas.

A.I. : Ultima pregunta : la obra de usted ha sido traducida y es leída hoy en cinco continentes ; ¿piensa usted que ella guarda toda su pertinencia fuera de aquello que usted llama la tradición gréco-occidental ?

C.C. : Esos cinco continentes de los cuales usted habla, para empezar no soy leído en todos lados ; hay traducciones australianas e inglesas, hay traducciones japonesas ; pronto va a haber una traducción iraniana y una traducción turcaxxiii ; existe también un texto traducido al árabe. Pero no hay nada en África –bueno algo parece que va a ser traducido en Túnez- pero precisamente hay, en esas zonas, una cuestión de pertinencia que se presenta de manera efectiva : lo que yo escribo no tiene sentido mas que para personas que, de una cierta forma, se han naturalizado mentalmente, si puedo decirlo de esta manera, en la tradición europea o greco-occidental. ¿Acaso tiene una pertinencia mas allá ? No lo sé. Espero que esas personas podrán, a partir de su propia tradición, hacer algunas cosas partiendo de algunas interrogantes que yo me he planteado, pero eso es una cuestión que rebasa por mucho mi obra.

¿La tradición democrática y filosófica, entendida según la acepción que damos a la filosofía en la tradición greco-occidental (porque hay una filosofía hindú –importa poco si la denominamos filosofía o no, no vamos a entrar en esa querella- hay un pensamiento chino también que es muy importante, sin duda para los chinos, pero no es la misma cosa), acaso lo que hacemos en general, lo mejor de lo que hacemos en Occidente y que pertenece *** a una tradición critica, puede tener un sentido para los chinos o los hindúes, para no mencionar a los africanos ? No lo sé. Y a decir verdad no soy yo quien lo ignora, es una experiencia histórica inédita en un cierto sentido. ¿Que hemos conocido hasta ahora ? Hemos visto a los Germanos asimilarse en los restos del Imperio romano y del cristianismo. Pero, como lo repite hasta el cansancio Henri Pirenne –el grande, el padre- en su Histoire de l’Europe, que es una obra maestra, aun cuando fuera escrita en 18, que debe leerse y releerse, los Germanos deben haber experimentado la civilización que encontraban como muy superior. Por supuesto en nuestros días, una palestina estadounidense dirá que Pirenne era un fascista-sexista machistaeuropeocentrista porque afirma que los bárbaros fueron asimilados por la civilización grecorromana –sobre todo latina, por otra parte- cristiana. Pero el hecho es que ellos fueron asimilados ; aportaron un cierto número de cosas –por ejemplo la institución del jurado seguro que es de origen germánico y no griego ; por lo tanto, ¿podemos decir que la relación de los iraníes, o los árabes, o los hindúes o los chinos con la civilización occidental es del mismo tipo ? Seguro que no, hay ahí civilizaciones que, en algunos casos, son mas viejas o tan viejas –incluso si nos remontamos a la Grecia de 1500 antes de JC, y el pueblo hebreo hasta no sé qué fecha- y sobre muchos puntos mas refinadas, no hay problema. Los chinos, los japoneses, respecto a nosotros, sobre todo respecto a los estadounidenses, son por mucho ultrarefinados [risas]. Todo ello hace un conjunto. No lo sé. La vía fecunda para abordar esta cuestión, sería : transformar los gérmenes de verdadera universalidad que contiene la tradición greco- occidental de tal forma que los otros puedan hacer un mestizaje fecundo. No sé si lo que digo es claro : no se trata en este caso de un procedimiento de uniformización mecánica, ni tampoco la tontería : « respetar la diferencia », esas burradas que son repetidas a lo largo de toda la jornada, dan ganas de vomitar. No se trata de respetar la diferencia por respetar la diferencia, sino de una universalidad que es capaz de dar un lugar a la alteridad al mismo tiempo que se la mantiene como alteridad, pero también creando una unidad –¿no es cierto?- a un cierto nivel que todavía tenemos que definir. Todo eso, nosotros mismos no lo hemos hecho todavía, después de todo, ¿que hemos retomado nosotros de esas formas de cultura (no hablo aquí del problema político) ? Claramente durante un cierto tiempo recogimos estampados japoneses (alusión al hecho de que en torno a los años 1900, cuando un señor quería hacer una proposición deshonesta a una mujer decía « Tengo una colección muy bonita de estampas japonesas –eróticas se entiende- ¿quisiera usted venir a mi casa para mirarlas ? »). Mas en general, está de por medio el problema de la relación de las japoneserias y de las chinoserias con una cierta evolución de la pintura en Occidente a partir de 1850 ; lo mismo ocurre en la relación del arte negro y azteca con Picasso. Actualmente hay jóvenes estadounidenses y europeos que hacen meditación trascendental. Pero, ¿además de eso?, se han retomado muy pocas cosas.

¿Podríamos añadir mas? ¿Se puede recoger cualquier cosa de una cultura ? ¿Quiere eso decir algo ? Creo que ese es un problema fantástico, una cuestión muy difícil. Lo que ocurre actualmente es una asimilación al nivel mas bajo, por la vía del consumo, de los video-casetes –o las metralletas por supuesto. Un problema.

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Agora International. Transcripción parcial hecha por François Loget y revisada por David Ames Curtis.
Traducción del francés por Rafael Miranda Redondo

Notas

N.B.: Las notas han sido preparadas por Agora International.

i «Fait et à faire» (1989), Fait et à faire, Paris, Éditions du Seuil, 1997, p. 21. (Version en castellano :

Hecho y por hacer. Encrucijadas del laberinto IV. (Prologo y Revisión técnica de la traducción por Fernando Urribarri) Buenos Aires: EUdeBA, 1998. 339pp.)

ii La société bureaucratique, tome 1: Les rapports de production en Russie, Paris, Éditions 10/18, 1973, pp. 11-61; vuelto a publicar en La société bureaucratique (nueva edición) Paris, Christian Bourgois

Éditeur, 1990, pp. 20-56. (Version en castellano : La sociedad burocrática. Vol. I. Las relaciones de producción en Rusia. Tusquets Editores. Barcelona, 1976. 353pp.)

iii Hypostasiés en francés, que se refiere en castellano a hipóstasis, de origen griego, frecuentado por la filosofía y el cristianismo temprano, aquí referido a la trinidad. Uno de sus significados es « sustancia individual », el sentido de la expresión que es utilizada por Castoriadis en tono irónico respecto a lo que solo puede ser concebido por medio de la creencia, pudiera ser equivalente en castellano a la expresión: Eso vale la cuadratura del círculo.

iv « Sur le contenu du socialisme », II» (1957) en Le contenu du socialisme, Paris, Éditions 10/18, 1979, pp. 103-221.
v « Sur le dynamique du capitalisme », S. ou B., 12 (août-septembre 1953), pp. 1-22, et S. ou B., 13 (janvier-mars,1954), pp. 60-81.

vi « Le mouvement révolutionnaire sous le capitalisme moderne (1960-61) » en Capitalisme moderne et révolution, tome 2: Le mouvement révolutionnaire sous le capitalisme moderne, Paris: Éditions 10/18, 1979, pp. 47-203. (ver en castellano : Paul Cardan. Capitalismo Moderno y revolucion. París: Ruedo Iberico, 1970. Madrid, España: Ruedo Ibérico, 1979.193pp.)

vii « Recommencer la révolution » (1964), L’Expérience du mouvement ouvrier, 2: Prolétariat et organisation, Paris, Éditions 10/18, 1974, pp. 307-65. (ver en castellano La experiencia del movimiento obrero. Vol. II. Proletariado y organizacion. Barcelona: Tusquets Editores, 1979. 329 pp.)

viii La Suspension de la publication de S. ou B.» (1967), en L’Expérience du mouvement révolutionnaire, tomo 2, pp. 417-25. ( ver : http://www.agorainternational.org/suspsoub.pdf )

ix « Le prolétariat et sa direction»(1952) et « Organisation et parti » (1958), Éléments pour une critique de la bureaucratie, 2e édition, Paris, Gallimard, 1979, pp. 59-70 et 98-113.
x « Le parti révolutionnaire » (1949), « La Direction prolétarienne » (1952) y « Postface au Parti révolutionnaire et à La Direction prolétarienne » (1974) en L’Expérience du mouvement ouvrier, tome 1: Comment lutter, Paris, Éditions 10/18, 1974, pp. 121-43, 145-61 et 163-78; y « Prolétariat et organisation, I » (1959) et « Prolétariat et organisation II » (1959), en L’Expérience du mouvement ouvrier, tome 2, pp. 123-87 et 189-248. (ver en castellano La experiencia del movimiento obrero. Vol. I. Como luchar. Barcelona: Tusquets Editores, 1979. 329pp. y La experiencia del movimiento obrero. Vol. II. Proletariado y organizacion. Barcelona: Tusquets Editores, 1979. 329 pp.)

xi Ver « Sur l’expérience de ILO et de ICO », en « Le projet révolutionnaire aujourd’hui: Entretien avec C. Castoriadis (26 janvier 1974)», «dernier numéro », Agence de presse «Libération», sup. APL Information, pp. 8-9, vuelto a publicar en Une Société à la dérive, Paris, Éditions du Seuil, 2005, pp. 38-41. (ver en castellano : Una sociedad a la deriva (entrevistas y debates 1974-1997). Editorial Katz. Trad. Sandra Garzonio. Buenos Aires, Argentina. 2006.)

xii Ver « Postface à Recommencer la révolution » (1974), L’Expérience du mouvement révolutionnaire, tomo 2, pp. 373-84, y la nota 1 del traductor de los Political and Social Writings, tomo 3: 1961-1979: Recommencing the Revolution: From Socialism to the Autonomous Society, trad. David Ames Curtis, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1993, pp. 85-87. (ver en castellano : La experiencia del movimiento obrero. Vol. I. Como luchar. Barcelona: Tusquets Editores, 1979. 329pp. y La experiencia del movimiento obrero. Vol. II. Proletariado y organizacion. Barcelona: Tusquets Editores, 1979. 329 pp.)

xiii «Réfléchir, agir, organiser», texto mimeografiado.

xiv « La révolution anticipée » (1968), en Edgar Morin, Claude Lefort et Jean-Marc Coudray (Cornelius Castoriadis), en Mai 68: La brèche, Paris, Fayard, 1968, pp. 89-142; 2e edición, Edgar Morin, Claude Lefort, Cornelius Castoriadis y Mai 68: La brèche, suivi de Vingt ans après, Bruxelles, Éditions Complexe, 1988, pp. 89-142. (version de éste último texto en castellano : Mayo de 68: la brecha. Con Edgar Morin y Claude Lefort. Nueva Visión. Buenos Aires, 2006)

xv « Introduction générale (1973) » à La Société bureaucratique, tome 1, pp. 55-61; 2e edición, pp. 52-56. 20 (ver en castellano : Introducción (1972), p. 17; Extracto en: ES2001b , p. 64.: http://www.fundanin.org/antologiacastoriadis.htm#6 ; Extracto en: ES2001b , p. 65. http://www.fundanin.org/antologiacastoriadis.htm#7 ; Extracto en: ES2001b , p. 80-81. http://www.fundanin.org/antologiacastoriadis.htm#23 en La sociedad burocrática. Vol. I. Las relaciones de producción en Rusia. Tusquets Editores. Barcelona, 1976. 353pp.)

xvi Daniel et Gabriel Cohn-Bendit, Le Gauchisme, Paris, Éditions du Seuil, 1968, pp. 18-19. (ver en castellano : El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del comunismo. Por Gabriel y Daniel Cohn- Bendit. Ed. # . México, 1969. -Ref. a Chaulieu, seudónimo de Castoriadis en p. 20).

xvii Ver « Les mouvements des années soixante » (1986), La Montée de l’insignifiance. Les carrefours du labyrinthe IV, Paris: Éditions du Seuil, 1996. (ver en castellano : Los movimientos de los años sesenta. LEVIATÁN. Revista de hechos e ideas. N. 32. Madrid, 1988 (pp. 81-90) y Capítulo II: Los movimientos de los años sesenta (1986), p. 35. en El avance de la insignificancia. Encrucijadas del laberinto IV. Prologo, bibliografía completa y revisión técnica de la traducción por Fernando Urribarri. Buenos Aires, EudeBA -Editorial Universitaria de Buenos Aires-, 1997. 295pp.)

xviii Claude Lefort, « De l’égalité à la liberté: Fragments d’interprétation de La démocratie en Amérique », dans Libre: Politique-Anthropologie-philosophie, 3 (1978), pp. 211-46.
xix Cornelius Castoriadis, « La découverte de l’imagination », ibid., pp. 151-89; repris dans Domaines de l’homme. Les carrefours du labyrinthe II, Paris, Éditions du Seuil, 1986, pp. 327-63.(ver en castellano : El descubrimiento de la imaginación (1978), p. 149.[ Extracto en: http://www.fundanin.org/antologiacastoriadis.htm#12 ] en Dominios del Hombre: Encrucijadas del laberinto II. Barcelona, España Gedisa 1986. 246pp.)

xx Devant la guerre, tome 1, 2e édition, Paris, Fayard, 1981.
xxi Un homme en trop: Essai sur «L’Archipel du Goulag», Paris, Le Seuil, 1975.

xxii En una entrevista realizada después de las huelgas de noviembre-diciembre 1995, « A Rising Tide of Significancy? A Follow-Up. Interview with Drunken Boat » (1996), aparecida en The Rising Tide of Insignificancy (The Big Sleep), pp. 155-164, disponible en: http://www.costis.org/x/castoriadis/Castoriadis-rising_tide.pdf y en http://www.notbored.org/RTI.html Castoriadis dice: «I have spoken to some friends about beginning some kind of bulletin or journal» (« He discutido con algunos amigos iniciar una especie de boletin o revista ») y enseguida se extiende al proposito de la eventual publicación.

xxiii Ya publicadas.