Jaron Lanier: «Las redes sociales y la cultura del odio»

Es considerado el padre de la realidad virtual, aunque en los últimos años se convirtió en un importante crítico en cuanto al uso que se le da a la tecnología digital. Es consultor de Microsoft, y esto le da la suficiente autoridad de conocimiento para generar opiniones acerca de los temas que crítica, puesto que conoce de las estrategia que se utilizan los productores de la tecnología digital para mantener a sus usuarios.

En una entrevista concedida a un medio digital, Jaron Lanier dice: “En realidad, conozco los algoritmos. No soy un extraño que mira y critica”, dice Lanier. “Hablo como científico informático, no como científico social o psicólogo. Desde esa perspectiva, puedo ver que el tiempo se está acabando. El mundo está cambiando rápidamente bajo nuestro mando, por lo que no hacer nada no es una opción”.

Y continúa:

“El algoritmo está tratando de captar los parámetros perfectos para manipular el cerebro, mientras que el cerebro, para hallar un significado más profundo, está cambiando en respuesta a los experimentos del algoritmo… Ya que el estímulo no significa nada para el algoritmo, pues es genuinamente aleatorio, el cerebro no está respondiendo a algo real, sino a una ficción. El proceso -de engancharse en un elusivo espejismo- es una adicción.” (Pijamasurf)

Explica que el condicionante del nuevo modelo de las empresas de datos fijado por los “algoritmos” creados, es el comportamiento de los usuarios: “el comportamiento de los usuarios es el producto”. Y como un objeto o producto, este comportamiento está siendo modificado todo el tiempo por el contenido de las redes, generando un ejército de esquizofrénicos, inconscientes de qué o quién interviene en sus mentes y accionar cotidiano, pero de una manera consciente de la manipulación y la influencia. Y si el término esquizofrénico fuere demasiado agresivo o “exagerado”, calza el ejército de histéricos o neuróticos, y solamente hay que abrir Facebook, y comprobarlo.

“Básicamente, lo que Lanier (quien se considera optimista) cree es que Internet puede ser salvado, pero es necesario abandonar las redes sociales y desbandar a los grandes monopolios que controlan las nubes de datos. Lanier utiliza la metáfora de una pintura que contiene plomo: cuando se descubrió que la pintura tenía plomo se creó una nueva pintura limpia, no se dejaron de pintar las casas.” (PS)

“En su libro acuña el acrónimo Bummer (slang para una decepción): “Behaviours of Users Modified, and Made into an Empire for Rent”. Se trata de una máquina estadística de manipulación de comportamiento.”

La manipulación del carácter del usuario tiene, a fin de cuentas, un objetivo constante para el capital, y es la rentabilidad, la riqueza de estas industrias. Pero las consecuencias de esta dinámica establece también una consecuencia en el comportamiento: enojo, negatividad, narcisismo, egolatría, mezquindad, histeria e indignación. “El odio se canaliza y dura más en línea”.

Según Lanier, las herramientas de estas plataformas funcionan mejor para las personas que buscan reproducir sentimientos negativos. “Por lo tanto, Isis tiene más éxito en las redes sociales que los activistas de la Primavera Árabe. Los racistas obtuvieron más impacto que Black Lives Matter, creando este aumento en el movimiento nacionalista racista en Estados Unidos de una manera que no hemos visto en generaciones”. (Pijamasurf)

 

Fuente: Pijamasurf

¿La Agonística o la agonía de la democracia?

Reseña del libro Agonistics–Thinking the world politically de Chantal Mouffe

por Barbara Szaniecki / Universidad Nómada

El libro es de 2013, pero recién lo he leído ahora. Una cita del diseñador Carl di Salvo en su libro Adversarial Desing me instigó y Chiara del Gaudio me regaló esta obra. Aquí no pretendo hacer una reseña sino solamente trazar algunas reflexiones a partir de una lectura rápida, ni siquiera del libro entero, y también trazar alguna conexión con este momento post-electoral que vivimos en Brasil.

En Agonistics – thinking the world politically, Chantal Mouffe nos presenta de inmediato su enfoque agonístico. «La tarea central de las políticas democráticas es proveer a las instituciones que permitirán a los conflictos tomar una forma» agonística «donde los oponentes no son enemigos y sí oponentes con los que existe un consenso conflictivo.» Lo que pretende con su modelo agonístico es mostrar que, aun asumiendo la no irradicabilidad del antagonismo, es posible vislumbrar un orden democrático. La distinción entre enemigo y adversario, así como entre antagonista y agonístico y, por fin, el concepto de hegemonía, están en la base de esta propuesta. Antes de comenzar los puntos más relevantes de estas distinciones, traigo algunas líneas generales del libro. El primer capítulo presenta la pregunta instigadora «¿Qué es la política agonística?» Mientras que el segundo indaga «cuál sería la democracia adecuada para un mundo agonístico multipolar?» El tercer capítulo traza el enfoque agonista para el futuro de Europa y el cuarto profundiza su enfoque trayéndolo para debatir políticas radicales. Por último, el quinto capítulo traza relaciones entre este enfoque político y las prácticas artísticas y culturales.

Política agonística, que es lo que es? Para Mouffe, dos conceptos – antagonismo y hegemonía – permiten aprehender la naturaleza de lo político pues, juntos, ellos impiden la “totalización” de la sociedad y, al mismo tiempo, crean la posibilidad de una sociedad más allá de la división y del poder. La sociedad se forma y se transforma continuamente por medio de “practicas hegemónicas”, pero todo ese fenómeno se encierra (y no debería encerrarse) en una totalidad, o sea, en una homogeneidad absoluta. Lo político dice respecto a la capacidad de tomar decisiones en un medio muchas veces conflictivo pero siempre abierto al pluralismo.

Mouffe critica, sin embargo, el pluralismo elaborado en base al abordaje racionalista de los conflictos pues el consenso obtenido por medio de la razon no aprehende la dimensión necesariamente antagonista de lo político y es, en este punto ciego, que ella misma encuentra su primer limite. Lo político requiere antagonismo y deja de ser político cuando lo pierde, aun por medio de la argumentación racional. El segundo límite del abordaje racionalista se encuentra en su dimensión individualista: el pensamiento liberal es incapaz de comprender la formación de indentidades colectivas. Por su concepción de la identidad como esencia, el pensamiento liberal no aprehende aquella construida como diferencia entre “nosotros” y “ellos”. La autora subraya que la relacion nosotros/ellos no es necesariamente antagonista pero reconoce diferencias sin dejarse reducir a un conflicto amigo versus enemigo.

Es basada en una relacion que acoge el antagonismo, sin reducirse a él, que Mouffe presenta lo que llama como “modelo agonístico de democracia”. Antes de presentarlo, Mouffe critica el modelo agregador (donde las personas actúan por interés individual) y el modelo deliberativo (donde las personas actúan movidas por la razon y por la moral). La cuestion crucial es “como establecer una distinción nosotros/ellos, que es constitutiva de lo político en un modo compatible con el reconocimiento del pluralismo?” Es “la” cuestion! El conflicto es legítimo, pero la relacion nosotros/ellos requiere de un cuidado fundamental:
“para la perspectiva agonística, la categoría central de la politica democrática es la categoría de ‘adversario’, es, el oponente con quien se comparte una lealtad común a los principios democráticos de ‘libertad e igualdad para todos’, mientras se discrepa sobre su interpretación. Los adversarios luchan uno contra el otro porque quieren que su interpretación de los principios se torne hegemónica, pero no cuestionan la legitimidad del derecho de su oponente de luchar por la victoria de su posición. Esa confrontación entre adversarios es lo que constituye la ‘lucha agonística’ y que es la propia condicion de una democracia vibrante.”

La diferencia entre enemigo y adversario es importante pues, en caso de que no ocurra el conflicto democrático es substituido por el enfrentamiento entre dos valores morales no negociables o formas esencialistas de identificación, o sea, una lucha entre un “bien” y un “mal” absolutos encarnados por cada una de las partes que se enfrentan. La autora concluye este absoluto reafirmando que, mas alla de la propuesta liberal que procura superar el conflicto nosotros/ellos y alcanzar el consenso por medio de la razon en el espacio público, “el modelo agonístico” propone “sublimar tales pasiones movilizándolas en la dirección de diseños democráticos, por medio de la creación de formas colectivas de identificación en torno de objetivos democráticos.”

Agonismo y antagonismo están por lo tanto unidos en una estrecha relacion. El agonismo solo existe a partir de la aceptación del antagonismo y no de su eliminación. Para profundizar en su “modelo agonístico”, Mouffe procura distinguirlo de otros tres. Segun ella Hannah Arendt, de modo similar al del Jürgen Habermas, todavía busca un consenso a través de la exposicion racional de ideas en el espacio público. Bonnie Hering estimula a los ciudadanos a mantener políticas e ideas abiertas a la discusión y desafía cualquier intento de cerrar el debate. Y, finalmente, William Connoly intenta relacionar el concepto nietszchiano de «agón» con la democracia cuya «radicalización» conduce a los ciudadanos a entrar en una contestación que perturba cualquier intento de cierre y trae la noción de «respeto agonístico» como absolutamente necesario para un pluralismo profundo.

Mouffe llega entonces a un punto crucial, sea cual sea, la afirmacion de que el pluralismo debe tener un límite temporal. En su lucha contra cierres de las discusiones, los abordajes inspirados en Nietzsche y Arendt se tornan incapaces de aprehender la naturaleza de la lucha por la hegemonía: “Su celebración de una politica de perturbación ignora el otro lado de tal lucha: el establecimiento de una cadena de equivalencia entre demandas democráticas y la construcción de una hegemonía alternativa. No basta desestabilizar los procedimientos dominantes y romper los acuerdos existentes para radicalizar la democracia”. O sea, de modo muy claro, la autora crítica el pluralismo como mera valorización de la multiplicidad pero sin la realización de un cierre que es lo que constituye lo político. Mouffe elabora también una crítica a Alain Badiou para quien la politica no dice respecto de la expresion de opiniones y si en relacion de los sujetos de una verdad. O sea, para la autora, esa concepción está más próxima a una ética que a una politica. Reafirma su propuesta politica de un agonismo que asuma el antagonismo de la relacion nosotros/ellos sin que sea reducida y que sea capaz de decisión por medio de la formación de una hegemonía. Y aun subraya que cualquier configuración hegemónica estará siempre sujeta a la contestación, esto es, que ella nunca deberá ser tenida como la única legitima.

Sin entrar ahora en el análisis de nuestro momento presente, podemos dejar rápidamente dos reflexiones sobre el enfoque agonista y las reflexiones que nos vienen a la mente al leer el libro de Mouffe en este período post-electoral. En los últimos cuatro años y no sólo en el tiempo restringido de las elecciones, la relación «nosotros/ellos» se ha convertido en una guerra no sólo para distinguir un campo de izquierda de un campo de derecha o, en términos socioculturales, para distinguir modos de vida progresistas de los modos de vida conservadores y hasta reaccionarios, si no que también, se transformó en una insensata guerra por la hegemonía dentro del propio campo de la izquierda, cuando la designación y trato de «enemigo» a quien no concordaba con el partido hegemónico fragmentó y fragilizó muchas relaciones. Mouffe critica las tesis de Badiou por considerarlas poco «políticas» pero es un hecho que posturas más «éticas» podrían haber sido de gran ayuda en este contexto que se volvió más antagonista que agonístico. Como dije anteriormente, no voy a abordar los análisis del contexto europeo y aún menos el del contexto global, pero no puedo dejar de comentar el capítulo sobre políticas radicales porque, en él, Mouffe ataca el pensamiento y la praxis de la multiplicidad en la medida en que se exime de constituir hegemonía.

Políticas radicales: Mouffe presenta dos propuestas contemporáneas. La primera promueve una estrategia de «retirada de las instituciones» mientras que la segunda (que defiende) propone «un compromiso con las instituciones.» Según la autora, la «política radical» de «retirada de las instituciones» fue básicamente formulada por Antonio Negri y Michael Hardt en su trilogía Imperio, Multitud y Commonwealth y tendría como base cinco características: el propio «Imperio» entendido como nueva forma de la soberanía global y constituido por tres redes – monarquía, aristocracia y la democracia; las transformaciones en el modo capitalista de producción donde el trabajo fabril fue sustituido (o casi) por actividades cooperativas, comunicacionales y afectivas; el paso de una sociedad de disciplina (donde las relaciones son disciplinadas por instituciones tales como la fábrica entre otras) hacia una sociedad de control (donde las relaciones son controladas por dispositivos más difusos); el protagonismo del general intellect o «intelectualidad de masa» sea en las relaciones productivas como en las políticas; y, finalmente, en la medida en que ese productor político colectivo se vuelve cada vez más potente, la emergencia de la Multitud. La multitud es el nombre de esa potencia de emancipación de las redes de explotación y control que constituyen el Imperio contemporáneo.

En oposición a esa «crítica como salida de las instituciones», Mouffe presenta su «crítica como compromiso hegemónico con las instituciones». La cuestión que ella apunta como central a la diferencia teórico-política es el análisis del paso del fordismo al postfordismo. En aquellos que pasa a llamar «teóricos del éxodo», ella critica en primer lugar el protagonismo atribuido a las luchas de los trabajadores que coloca al capitalismo en una posición de mera reacción. Recurre entonces para reivindicar la relacion entre trabajo y capital como una “lucha por la hegemonía” en dos momentos: uno de ofensiva contra hegemónica a los modos de regulación capitalista y otro de rearticulación de todas las fuerzas progresista. «Tenemos varios ejemplos históricos de situaciones en las cuales la crisis del orden dominante llevó a soluciones de derecha»: y así aboga por esa estrategia de des-articulación seguida de re-articulación que excluye la estrategia del éxodo. En segundo lugar, retoma su crítica a la Multitud haciendo una distinción entre las concepciones de Hardt y Negri y las de Virno, pero apuntando su convergencia en la oposición al concepto de Pueblo. Mouffe discute el entendimiento de Pueblo como «unidad» cuando, en realidad, puede haber «una forma de unidad que respeta la diversidad y no apaga las diferencias» que ella denomina como chain of equivalence. Esta «cadena de equivalencias» requiere la construcción de un «nosotros» colectivo frente a la designación de un «ellos» adversario y una estrategia de acción sobre puntos nodales de poder que deben ser alcanzados para que una nueva hegemonía pueda ser producida. Una vez más, la insistencia en la fórmula desarticulación por medio de antagonismo seguida de re-articulación por medio de hegemonía.

La aplicación de esta propuesta requiere «un compromiso agonista con las instituciones». Ella es movilizada por Mouffe para defender la importancia de los gobiernos progresistas de América Latina y, nuevamente, criticar la posición de los «teóricos del éxodo» así como movimientos tales como el de los Piqueteros en Argentina o el de los Indignados en España. Como el libro de Mouffe fue publicado en 2013 y, desde entonces, mucho ha cambiado −ya sea en la coyuntura mundial o en la posición de la «vanguardia del éxodo», volveremos sobre esta cuestión. Sin embargo, no podemos dejar de señalar que, aparentemente, ese «compromiso agonístico con las instituciones» a través de la representación política fue repetido incansablemente, sin abrir alternativas, hasta llevar a un perceptible agotamiento del ciclo progresista latinoamericano. Es que ese «compromiso con las instituciones» tal vez haya sido muy poco agonista por parte de sus principales movimientos a lo largo de gobiernos longevos. Seguimos…

Para profundizar sus tesis, Mouffe presenta las bases filosóficas de su enfoque a partir de una diferencia entre su «negatividad radical» y el «inmanentismo» de algunos autores. Los dos enfoques reconocen la importancia del antagonismo pero, según Mouffe, el antagonismo de autores como Hardt y Negri es mera contradicción dialéctica mientras que el suyo representaría la negatividad radical. La explicación es corta y poco convincente. En una comparación entre el post-operaismo de Hardt y Negri y el marxismo tradicional, afirma que la Multitud sólo sustituye al Proletariado como sujeto político privilegiado y que ambas teorías consideran al Estado «como aparato monolítico de dominación que no puede ser transformado”. Lo que aparece aquí es una curiosa operación en la que Mouffe por un lado cuestiona la concepción post-operaista de Multitud como heterogeneidad y, por otro, reconoce esa heterogeneidad en el Estado. Ahora bien, si es posible acoger su afirmación de que el Estado es heterogéneo, es imposible no extrañarse por su postura de ignorar la concepción post-operaista de Multitud como heterogeneidad y, por tanto, preñada de antagonismos. En todo caso, continuamos tratando de entender su intención de «re-articular una situación dada en una nueva configuración» −una intención, digamos de tránsito, llena de posibilidades para el diseño que según Herbert Simon, es la actividad que transforma situaciones existentes en situaciones preferentes.

Como re-articular una situación dada en una nueva configuración? También a Bruno Latour se le atribuye el rótulo de «imanentista» y, más específicamente, el de «composicionista». En este caso, Mouffe crítica el hecho de que Latour descarta la oposición entre «construido» y «no construido» (en otros términos, entre cultura y naturaleza) cuando la cuestión sería discutir si algo está bien o mal construido. En donde Latour insiste en composición, Mouffe insiste en articulación, o mejor dicho, en procesos de desarticulación y rearticulación de carácter político. Sin embargo, enseguida, afirma que el origen de su diferencia con Latour se debe a las diferentes ontologías movilizadas. Para completar, inesperadamente, junta el composicionismo de Latour con el éxodo de Hardt y Negri para afirmar que ambos enfoques imanentistas son «incapaces de reconocer la negatividad radical y la no irradicabilidad del antagonismo.» Y completa: «en ambos casos, lo que también está excluido es la posibilidad de visualizar una ‘guerra de posición’ buscando una profunda transformación de las relaciones de poder existentes. «Aquí, la probable referencia es la reflexión de Gramsci sobre el período después de la revolución de 1917 y sobre las diferencias del contexto occidental (en el caso, Italia) con respecto al oriental (en este caso, Rusia).

Más allá de la comparación reductora entre los autores mencionados, es difícil entender en que tales estrategias revolucionarias serían adecuadas a América Latina considerando las características de los movimientos y de las sociedades en sus relaciones con el Estado, y aún más en el seno de los gobiernos recientes. Mouffe cierra su capítulo criticando a los autores (que en nota de pie de página se mencionan, Costa Douzinas y Slavoj Zizek) que, en la contemporaneidad, todavía vislumbran el comunismo cuando deberían volverse al socialismo. Ahora bien, ¿cómo puede una política radical confinarse en un «ismo»?

Presentamos aquí la concepción política agonística de Mouffe –en base a los conceptos de antagonismo y de hegemonía– y algunos de sus fundamentos filosóficos. En este recorrido, encontramos en sus críticas puntos problemáticos como cuando ella dice que habría en Hardt y Negri una interpretación no muy fiel de Foucault y Deleuze (p.68) y, sobre todo, con la afirmación de que, en esos «teóricos del éxodo», sólo existe la posibilidad de la «retirada de las instituciones» y no algún tipo de «compromiso con». Esta crítica ignora o intenta ignorar los esfuerzos de creación de instituciones de lo común. La diferencia es que esas institucionalidades no tienen como modelo, forma u objetivo el Estado. Aprovechando la mención de la autora a los Piqueteros en Argentina ya los Indignados en España, mencionamos la multitud de Junio ​​de 2013 en Brasil. El acontecimiento movilizó el país entero y el ciclo se extendió a los años siguientes, con muchas contradicciones a ser problematizadas pero también evaluadas como oportunidades de transformación. ¿Y qué hicieron los «imanentistas»? ¡Abrazaron la trascendencia del ParTido!

Recuerden que Mouffe menciona como «imanentistas” tanto a Latour como a la dupla Hardt y Negri. Verificamos en la actual coyuntura que tenemos, por un lado, no sólo estudiosos de Latour como antropólogos que, aunque estudian sociedades sin Estado, continúan con el Estado en la cabeza cuando ponen los pies en el campo político. Por otro lado, nos encontramos con la opción paradojal de Hardt y Negri, por un «éxodo hacia dentro del Estado» al abrazar la defensa de la hegemonía partidista –en este caso, la del Partido de los Trabajadores− en detrimento de los muchos que se manifestaron multitudinariamente desde 2013. De este modo, desacreditaron no sólo sus propias teorías sino que, sobre todo, a los sujetos que procuraron constituir actuaciones más allá de la forma partido en el gobierno y de su hegemonía en el campo de la izquierda. Desacreditaron a la multitud mientras, paradójicamente, dieron crédito a las tesis de Mouffe.

Y ahora? Las elecciones de 2018 fueron una tragedia. Sin duda alguna la coyuntura internacional contribuyó al avance del conservadurismo social y de la «derechización» política de Brasil. Y, finalmente pero no menos importante, el factor tecnológico contribuyó a la prominencia de la comunicación agresiva a través de Whatsapp y la proliferación de fake news. En la cuenta de la tragedia, debe figurar un factor absolutamente interno. Una polarización fue construida y dos campos se enfrentaron de manera virulenta. Lo que podría ser el ejercicio potente de una democracia pujante se transformó en una tragedia no sólo por el número de violencias estimuladas y/o efectivamente cometidas como, sobre todo, por la posibilidad de la pérdida de la democracia como resultado. Ante esa posibilidad, ¿que se concluye sobre el antagonismo nosotros versus ellos como estrategia de construcción de identidades colectivas? ¿Y del agonismo como estrategia de desarticulación y rearticulación vía hegemonía?

Después de trece años de gobierno (y dos del PMDB, su socio en la gobernabilidad, en detrimento de la multiplicidad), el Partido de los Trabajadores parece haber perdido buena parte de su credibilidad en la sociedad. El golpe final a esa credibilidad fue dado al final de la segunda vuelta al no querer renunciar a su hegemonía en el campo progresista. Con una crisis terrible en la salud y la educación, con altas tasas de desempleo y la verdadera percepción de que «todo lo que está ahí» tiene que ver con la totalmente expuesta corrupción, millones de brasileños escogieron otro salvador de la patria, el que se presentó como novedad anti-sistema.

Ahora bien, para que el anti sistémico no amenace al propio régimen democrático es preciso sacar de esa tragedia alguna lección. La primera de ellas es que toda estrategia política -incluida la agonística –cuando es aplicada innumerables veces y sobre todo ciegamente− terminan con su eficacia reducida e incluso anulada. El «nosotros/ellos» desarticuló muchas relaciones e imposibilitó la rearticulación en un campo agotado por la hegemonía del ParTido. La segunda de ellas deriva de la inesperada convergencia entre Mouffe y la dupla Hardt y Negri. Si bien las bases filosóficas siguen siendo divergentes, el análisis político en lo que se refiere a los gobiernos progresistas latinoamericanos ha convergido en este fin de ciclo. Enterraron el Agón. Lo que nos lleva a concluir que, más que políticas radicales (tal como se abordan en el capítulo cuatro de Mouffe), necesitamos una radicalización de la democracia (tal como hemos intentado elaborar en la Universidade Nômade) a través de la profundización de la participación ciudadana en todos los procesos de decisión, por fuera y por dentro de las instituciones, sean ellos movimientos, partidos o instancias de gobierno. En la inmanencia de las luchas y de los afectos, entre humanos y no humanos.

PS: El último capítulo del libro de Mouffe trata de las políticas agonísticas en su relación con las prácticas artísticas. Ella había mencionado anteriormente, en passant, la «crítica artística» citando a Luc Boltanski y Eve Chiapello. Esas cuestiones me llevaron a leer Agonistics – Thinking the world politically pero se quedará para una segunda reseña del mismo libro!

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

La deuda empresarial y las preocupaciones del FMI

Por Michael Roberts

El FMI no se ha andado con rodeos en su último mensaje en el blog FMI. Está realmente preocupado por los llamados ‘préstamos apalancados’, que están llegando a niveles peligrosos a nivel mundial. Estos préstamos, por lo general concedidos por un sindicato de bancos, se hacen a las empresas que están muy endeudadas o tienen calificaciones de crédito malas. Se les llama “apalancadas” debido a que la relación que hay entre la deuda del prestatario con sus activos o ingresos supera con creces las normas del mercado financiero. El volumen de estos préstamos a nivel mundial es ahora de $ 1.3 billones y concesión anual se esta acercando a la del año previo a la crisis de 2007.

“Con las tasas de interés extremadamente bajas durante años y con mucho dinero fluyendo a través del sistema financiero, los inversores hambrientos de  rentas están tolerando niveles cada vez más altos de riesgo y apostando por instrumentos financieros que, en tiempos menos especulativos, razonablemente deberían evitar”. Dice el FMI. Alrededor del 70% de estos créditos se encuentran en los EE.UU.; allí es donde existe es mayor riesgo de una crisis de crédito. Y más de la mitad del total de los créditos de este año implica dinero prestado para financiar fusiones y adquisiciones y compras apalancadas (LBO), pagar dividendos y recomprar acciones a los inversores: en otras palabras, asumir riesgos financieros en lugar de inversión productiva.

Y a pesar de que las ganancias corporativas en los EE.UU. han aumentado mucho en 2018, el porcentaje de empresas que han aumentado su deuda en relación con las ganancias hasta cinco veces ha llegado a superado el nivel de 2007.

Las nuevas ofertas de crédito también incluyen una menor protección para los inversores, en los conocidos como “pactos”, y una capacidad menor para absorber las pérdidas. Este año, los llamados préstamos con “pacto-lite” representan hasta el 80% de los nuevos créditos concedidos a prestamistas no bancarios (los llamados “inversores institucionales”), frente a alrededor de un 30% en 2007.

Con el aumento del apalancamiento, lo que debilita la protección de los inversores y erosiona los elementos de garantía de la deuda, las tasas de recuperación promedio de los préstamos en mora se ha reducido al 69%, desde un promedio anterior a la crisis del 82%. Por lo que cualquier bancarrota afectará considerablemente la economía ‘real’.

Ya en 2007, la crisis de la deuda se agravó por el fenomenal crecimiento en derivados de crédito emitidos por entidades no bancarias, los llamados ‘bancos en la sombra’, que no están sujetos a los controles de los bancos centrales. Ahora, de nuevo, es en el área de los “banco en la sombra” donde amenaza una crisis de deuda. Estas instituciones tienen ahora alrededor de $ 1.1 billones de dólares en préstamos apalancados en los EE.UU., casi el doble del nivel previo a la crisis. Además de eso hay $ 1,2 billones de bonos de alto rendimiento, o bonos basura, por pagar. Las instituciones no bancarias incluyen fondos de préstamos mutuos, compañías de seguros, fondos de pensiones y obligaciones con garantía prendaria (OCE), que agrupan los préstamos en paquetes y luego los venden a otros inversores. Los CLO suponen más de la mitad de la emisión global de préstamos apalancados. Los fondos de inversión (que por lo general son comprados por los ahorradores típicos a través de sus bancos) que invierten en préstamos apalancados han crecido de aproximadamente $ 20 mil millones en activos en 2006 a aproximadamente $ 200 mil millones este año, lo que representa más del 20% de los préstamos pendientes.

El servicio de toda esta deuda es posible siempre y cuando las ganancias se invierten en las empresas y la tasa de interés de la deuda no se eleva demasiado. Las ganancias corporativas parecen ser fuertes, por lo menos en los EE.UU.. En el último trimestre de beneficios empresariales, que el 85-90% de las empresas han hecho público, las ganancias corporativas en Estados Unidos han subido casi un 27% respecto al mismo período del año anterior (si bien los ingresos por ventas son sólo el 8%). el crecimiento de los ingresos por ventas en Estados Unidos es aproximadamente 20% mayor que en Europa y Japón, pero el crecimiento de las ganancias es de dos a tres veces mayor. Eso indica que las ganancias en los Estados Unidos están infladas por los recortes excepcionales en los impuestos corporativos de Trump etc.

Además, son las ganancias en el sector de la energía y el petróleo los que han abierto el camino, ya que los precios del petróleo aumentaron durante el año pasado. Recientemente, el precio del petróleo ha tenido una caída grave cuando la oferta (la producción en los EE.UU.) se ha multiplicado. Lo que va a reducir la contribución del sector de energético, en un sentido amplio, al crecimiento de las ganancias.

De todos modos, los ingresos públicos de las empresas en sus cuentas son puro espejismo. El nivel real de las ganancias se manifiesta mejor en los datos más amplios recogidos en las cuentas nacionales oficiales. Y la discrepancia entre el aumento de las ganancias según lo registrado allí y los informes de resultados de las sociedades no ha sido nunca tan alta desde la crisis de  las dot.com de 2000, que anunció la depresión económica leve de 2001. Las ganancias corporativas por acción publicadas en Estados Unidos están aumentando rápidamente, pero las ganancias en ‘toda la economía’ son básicamente planas.

La otra variable es el coste de los préstamos. La década de bajas tasas de interés ha terminado en la medida en que la Reserva Federal de Estados Unidos continúa con su política de aumentó paulatino de su tasa política.

La política de la Fed establece el piso para todos los tipos de préstamo, no sólo en la economía de Estados Unidos, sino también en el extranjero siempre que el préstamo sea en dólares.

Como ya he explicado en una serie de notas, la política de aumentos paulatinos de la Fed hará más difícil  el servicio de la deuda de las empresas, en particular para aquellas empresas que han recurrido a préstamos apalancados y bonos basura. Está es la razón clave de la futura crisis.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com/2018/11/16/corporate-debt-the-imf-gets-worried/

Traducción: G. Buster/sinpermiso.info

Giorgio Agamben: «Lo que me interesa en un ser vivo es siempre su forma-de-vida»

Entrevista Doppiozero

El 25 de octubre de 2018 se publicó en una sola edición en la editorial Quodlibet la obra en la que trabajó Giorgio Agamben por veinte años, es decir, el proyecto Homo sacer. En los volúmenes que forman parte de esta obra fueron introducidos y definidos en el debate filosófico conceptos que después se volverán un patrimonio común (también a la vez objeto de críticas) de la filosofía contemporánea: el de sacertas, de nuda vida, de campo, de forma-de-vida, la dicotomía bios/zoé, por nombrar sólo algunos. La entrevista que sigue, a cargo de Antonio Lucci y publicada el 29 de octubre en Doppiozero, es fruto de una reflexión sobre las cuestiones «arquitectónicas» de la obra agambeniana. El entrevistador también aprovecha para agradecer a su amigo Carlo Salzani «por las preciosas sugerencias que me han llevado a la formulación de algunas de las preguntas presentadas».
Giorgio Agamben,  en estos días aparecen, en Quodlibet, en una edición única, los nueves volúmenes de Homo sacer, un trabajo que te ocupó prácticamente viente años. Tú mismo, en el prefacio al último de los volúmenes de la serie, El uso de los cuerpos, sostenías que una obra «sólo puede ser abandonada», rechazando, en ese entonces, poner la palabra «fin» al proyecto. En esta edición completa, a tres años de distancia de la publicación del último volumen del proyecto, ¿ves un trabajo definitivamente cerrado, o algo todavía posible de integraciones?
En el pensamiento, como en la vida, no es fácil saber qué está definitivamente cerrado y qué está todavía abierto. Una genealogía de la política occidental como aquella que emprendí en Homo sacerpodría continuar sin fin. En este sentido, la obra acabada es siempre un fragmento. La apariencia de completud de una obra se debe más bien a razones, por así decirlo, arquitectónicas y estilísticas y es solamente porque el edificio me parecía haber alcanzado una forma coherente que pude abandonarlo. Una integración en sentido técnico es la nota larga de quince páginas sobre el concepto de guerra que agregué a Stasis en esta edición. Pero prefiero considerar otras investigaciones que publiqué y que podré eventualmente publicar en un futuro como obras autónomas. Por lo demás, cada uno de los nueve volúmenes aquí reunidos nació con una vida propia y su composición en un conjunto no sigue solamente criterios lógicos y conceptuales. Si el primer nivel de una composición filosófica es ciertamente conceptual, el último, como recordaba Benjamin, es de orden musical.
Una pregunta con respecto a la arquitectura general del proyecto, que toma el nombre general del volumen I: Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Originalmente este volumen es el único en no estar numerado, lo que podría dar la idea de que el volumen habría sido pensado para ser autoconcluyente. Por lo demás, el cierre del mismo libro ya en la época abría a la posibilidad de una ampliación futura de las investigaciones ahí presentadas, como indica el pasaje final. «Si llamamos forma-de-vida a este ser que es sólo su nuda existencia, a esta vida que es su forma y se mantiene inseparable de ella, entonces veremos abrirse un campo de investigación que yace más allá del definido por la intersección de política y filosofía, ciencias médico-biológicas y jurisprudencia. Pero antes será necesario verificar cómo, en el interior de los confines de estas disciplinas, algo como una nuda vida ha podido ser pensado y de qué modo, en su desarrollo histórico, han terminado chocando con un límite más allá del cual no pueden continuar, si no es a riesgo de una catástrofe biopolítica sin precedentes» (Homo sacer. Il potere sovrano e la nuda vita, p. 211). Cuando pensaste y escribiste este primer texto, ¿tenías ya en mente no limitarte a un solo volumen, sino hacer de Homo sacer un proyecto?
A pesar de que sabía con certeza que había emprendido una investigación de largo aliento, no tenía todavía una idea precisa de su articulación. Empecé a entreverla con mayor claridad mientras trabajaba en Estado de excepción. Por tanto, comprendí que una investigación como la mía tenía necesariamente que incluir una serie de indagaciones arqueológicas, que son aquellas que pasaron a formar la segunda sección de la obra (además del estado de excepción, la guerra civil, el juramento, la economía, el oficio, y sobra decir que otras hubieran podido agregarse). En cuanto a la última sección, como su cita lo sugiere, fui consciente desde el inicio de que tenía que estar dedicada a una definición de la forma-de-vida .
Los primeros tres volúmenes publicados del proyecto, Homo sacer, Lo que resta de Auschwitz y Estado de excepción, se animan claramente por un interés político. En el primero son teorizadas dos de las categorías filosóficas que tendrán después más éxito en la segunda mitad de la década de 1990 y en el primer decenio del nuevo milenio: la de nuda vida y de campo. Se han servido de estas categorías filósofos, antropólogos, sociólogos, incluso geógrafos. Sin embargo, en los libros sucesivos el interés político explícito parece dejar el lugar al análisis arqueológico y los dos conceptos mencionados pierden un poco su centralidad, me parece. ¿Consideras que estos dos conceptos siguen siendo todavía centrales para tu filosofía?
No tiene sentido distinguir el análisis arqueológico de aquel político. Una investigación filosófica que no tiene la forma de una arqueología corre hoy el riesgo de acabar en la habladuría. Y no sólo porque la arqueología es la única vía de acceso a la comprensión del presente, sino porque el ser se da siempre como un pasado, necesita constitutivamente una arqueología. Los dos conceptos que has mencionado, tenían su lugar y su sentido en una investigación arqueológica sobre la estructura del poder y no pueden ser separados de ésta. Ciertamente, en su aparición a mitad de la década de 1990, estos dos conceptos suscitaron polémicas y escándalo, y me esforcé no poco para hacer comprender en qué sentido la producción de la nuda vida definía la operación fundamental del poder y por qué el campo y no la ciudad era el paradigma político de la modernidad. Hoy, en los espacios integralmente despolitizados de nuestras sociedades posdemocráticas, en las cuales el estado de excepción se ha vuelto la regla, esos conceptos se han vuelto casi banales. De cualquier modo se prefiere a menudo usarlos de modo genérico, por fuera del contexto en que habían sido creados y del cual son inseparables; algunos incluso han convertido simplemente la nuda vida y la biopolítica en categorías positivas, operación como mínimo descuidada.
Una pregunta todavía relativa a la primera parte del proyecto, en particular a los volúmenes I y II. Si se consideran el volumen de apertura del proyecto, Homo sacer, y aquellos presentes en la parte II, latinidad y grecidad parecen estar en perfecto equilibrio, desde los títulos de los textos, tres latinos (Homo sacer, Iustititium, Opus Dei) y tres griegos (Stasis, Horkos, Oikonomia). ¿Es deseada esta no insistencia tuya en no dar predominio ni a la tradición griega ni a la romana? O bien, a pesar del equilibrio entre los títulos, ¿a tu parecer en el proyecto Homo sacer una de las dos tradiciones es prioritaria con respecto a la otra?
No tengo ninguna preocupación de mantener el equilibrio entre las dos culturas clásicas y los títulos no deben inducir a error. Trabajo con textos latinos o griegos sin preconcepciones según las necesidades de la investigación y en cada una de mis indagaciones arqueológicas las dos tradiciones se entrecruzan continuamente. La enorme influencia que ha ejercido en Occidente el derecho romano a menudo me ha obligado a confrontarme con el mundo latino, pero Grecia, como más tarde la teología cristiana, está igualmente presente. En cambio, para mí es decisivo que la búsqueda arqueológica alcance en cada ocasión un punto en el cual entre el fenómeno histórico y las fuentes y los documentos que nos lo han transmitido hay un hiato y una no coincidencia. En este punto, que se podría definir como el punto de surgimiento del fenómeno o, como lo llamaba Overbeck, su prehistoria, las fuentes y las tradiciones caen y el pasado y el presente, la prehistoria y la poshistoria se enfrentan y parecen casi tocarse.
Otra pregunta sobre la importancia de las diferentes tradiciones filosóficas para tu proyecto. Después de la conclusión de Homo sacer, publicaste un texto —Karman. Breve tratado sobre la acción, la culpa y el gesto (2017)— en el cual abordas una genealogía del concepto de culpa y —por lo que puedo recordar, corrígeme si me equivoco— por primera vez de manera difusa con el pensamiento oriental. ¿Karman no habría podido, tal vez, formar parte también de la sección II de Homo sacer? ¿O acaso el pensamiento oriental está demasiado lejos del proyecto de una arqueología de la política occidental? Dicho de otro modo: de acuerdo contigo, las categorías filosóficas que subyacen a la estructura conceptual del mundo contemporáneo son principalmente aquellas que derivan del eje genealógico greco-romano-cristiano, o hay otras tradiciones que han influido de manera decisiva en nuestro presente?
Yo trabajo sólo en ámbitos de los cuales puedo controlar las fuentes de primera mano. Esto no significa que las tradiciones, como aquellas orientales, cuya lengua no conozco, no me interesen: significa sólo que no puedo pretender hablar seriamente de ellas. En Karman, el pensamiento indio no es objeto de una indagación arqueológica, sino que es citado únicamente por la analogía que según algunos estudiosos existe entre el término sánscrito karman y el latino crimen, que designan ambos la acción imputable a un sujeto y que está cargada de consecuencias.
Probablemente la parte II del proyecto es aquella que, usando una categoría que tú mismo introduces en Signatura rerum en 2008, procede mayormente por «paradigmas». Viendo la nueva disposición y nomenclatura de los textos que forman parte del proyecto, parece como si dos categorías pertenecientes al mundo romano, aquellas de Iustitium y Opus Dei, constituyen los paréntesis de apertura y de clausura entre los cuales se insertan tres categorías griegas, aquellas de Stasis, Horkos y Oikonomia. ¿Estos volúmenes de la segunda parte de Homo sacer, y su ordenamiento, tienen que entenderse como interconectados, leerse en continuidad uno con otro? ¿O hay que tomarlos, precisamente, como paradigmas que —te cito— se conservan en su dispersión (Signatura rerum, p. 81), a fin de darnos imágenes y Urszenen múltiples que condujeron hasta el corazón pulsante de nuestra época?
Una vez más, las conexiones están en las cosas y no en el arbitrio del autor. Más que «escenarios originales», yo busco alcanzar en cada ocasión aquello que Foucault llamaba un a priori histórico, que coincide para mí, como apenas dije, con el punto en el que aparecer una brecha entre el fenómeno en su surgividad y las fuentes y los documentos que nos lo han transmitido, entre la prehistoria y la historia. En este punto la investigación histórica y aquella arqueológico-filosófica se dividen.
El volumen III del proyecto lleva ahora el título Auschwitz, y no ya Lo que resta de Auschwitz. ¿Cómo fue que quisiste renunciar a la referencia al «resto», que es una categoría tan importante para toda la arquitectura de su volumen?
Cambiar un título no significa de ningún modo renunciar a un concepto. «Resto» es una categoría importante en mis investigaciones e incluso he terminado recientemente un ensayo que se titula precisamente «La lengua que resta».
En una entrevista de enero de 2001 con Hanna Leitgeb y Cornelia Vismann, publicada en la revista alemana Literaturen, definías Homo sacer III como «ein ethisches Korrelat, eine Theorie der Subjektivität», es decir, como «un correlato ético, una teoría de la subjetividad» para las teorías expuestas en el primer volumen de Homo sacer.  ¿Sigue siendo éste tu parecer, es decir, que Auschwitzcontiene tu «teoría de la subjetividad»?
La doctrina del sujeto como testigo realizada en el tercer capítulo del libro sobre Auschwitz sigue siendo fundamental para mí. Todavía estoy convencido de que verdaderamente humano es sólo aquel que testimonia lo no-humano y que el sujeto testimonia antes que nada una desubjetivación. Y hasta hoy me parece cierto, como me enseñó Primo Levi, que sujeto es aquel que lleva a la palabra una imposibilidad de hablar, de proferir palabras.
A menudo en sus trabajos, y desde el final del primer volumen de la serie Homo sacer, haces referencia a la forma-de-vida. El texto que parece aproximarse más a la descripción de aquello que, en la historia de la cultura occidental, ha sido una forma-de-vida, es Altísima pobreza. Aquí el monje franciscano, en la medida en que se vuelve puro «gesto», es decir, en que incorpora la regla monástica más allá de la propia individualidad, se vuelve —me parece entender— forma-de-vida. Al final de Homo sacer IV.2 defines el alma, de acuerdo con como es descrita en el mito platónico de Er, una forma-de-vida. Personalmente vi en el Pulcinella de Divertimento per li regazzi (2015), en el Majorana de Che cos’è reale?(2016) y en el Giorgio Agamben de Autorretrato en el estudio(2017) tres retratos paradigmáticos de tres formas-de-vida. ¿Nos podrías decir algo más sobre este concepto tan importante para tu filosofía? ¿La forma-de-vida tiene también una dimensión política? ¿Ella se puede, de algún modo, definir, o pertenece más bien a ese campo de objetos que no pueden ser descritos, sino sólo «mostrados»?
La forma-de-vida carece de una dimensión política, es un concepto intrínsecamente político. Con algunas aproximaciones, se podría decir que la forma-de-vida define la política que no está ya fundada en el aislamiento de la nuda vida, que no es ya, en este sentido una biopolítica. Uno de los resultados de mis indagaciones es que, contrariamente a lo que se podía esperar, en nuestra cultura la vida no es un concepto médico-científico, sino una categoría filosófico-política. En los 57 tratados del Corpus hippocraticum, que recopila los textos de la medicina griega, el término vida (zoé) casi no aparece, y en ningún caso en un significado técnico. Si se abre en cambio la Política de Aristóteles, el concepto «vida» asume aquí desde las primeras páginas una función fundamental. La vida (zoé) es aquello sobre cuya exclusión se funda la polis, o, más precisamente, aquello que es incluido en ella a través de su exclusión y, de esta manera, funge como fundamento negativo de la política. Esta ex-ceptio, esta toma-afuera o exclusión-inclusiva de la vida se encuentra en muchísimos aspectos de nuestra cultura, no solamente política. También el aislamiento de la vida vegetativa (también ésta de origen aristotélico, Aristóteles detestaba las plantas) que está a la base de la medicina moderna tiene una estructura muy similar. En cuanto a su alusión al libro sobre Pulcinella y al Autorretrato en el estudio, sobra decir que lo que me interesa en un ser vivo es siempre su forma-de-vida.
Una pregunta sobre referencias filosóficas de Homo sacer. Leyendo sus volúmenes en orden cronológico, se tiene la impresión de que, en los primeros textos, los autores de referencia son para ti, principalmente, Aristóteles entre los antiguos, Benjamin y Schmitt entre los contemporáneos. Si se mira en cambio a los últimos volúmenes del proyecto, parece que terminas «suavizando» a Aristóteles con Platón, por cuanto respecta a la grecidad, y que Foucault asume un papel cada vez más importante, en paralelo con una importancia cada vez menor concedida a Schmitt. En El uso de los cuerpos, además, vuelves de nuevo a Heidegger, después de que en los últimos volúmenes de Homo sacer parecía haber perdido importancia. ¿Se trata sólo de un uso de autores diferentes en función de diferentes contextos e intereses de indagaciones, o —efectivamente— en el curso de los últimos años tu interés filosófico se ha desplazado? ¿Cuáles autores considerarías que son tus principales interlocutores en el proyecto Homo sacer?
Si se dividen los filósofos, como ha sido a menudo sugerido, según una descendencia platónica y una aristotélica, es claro que yo me situaría entre los platónicos y no entre los aristotélicos. Igualmente evidente es que me siento más cercano a Benjamin que a Schmitt. Pero una investigación como la de Homo sacer no se realiza según descendencias y simpatías, sino, como en un campo de batalla, según necesidades de orden estratégico y táctico. Si hubiera seguido las simpatías, habría ciertamente podido evitar hojear el inmenso corpus de la teología medieval o aquel de la tradición jurídica, pero de esta manera me habría dejado derrotar por adversarios que espero en cambio haber conseguido neutralizar.
Me parece que muchos de los libros y ensayos que no forman «oficialmente» parte del proyecto Homo sacer son, sin embargo, muy importantes para su concepción y para su arquitectura. Me refiero, en particular a Profanaciones, ¿Qué es un dispositivo?, pero sobre todo a El tiempo que resta y Lo abierto. Este último (explícitamente, pero implícita e insistentemente también El tiempo que resta) es el texto que a menudo citas mayormente entre aquellos que has escrito (algo que casi nunca haces en tus obras), especialmente en El uso de los cuerpos. Otros textos, en cambio —por ejemplo Auschwitz— no vuelven nunca y no son nunca mencionados. ¿Nos puedes aclarar la relación entre éstos y otros de tus textos con aquellos incluidos en Homo sacer?
Tal vez das demasiada importancia a las distinciones formales. Sobra decir que todas las partes de la obra de un autor están entrelazadas una a otra, se llaman y se responden permanentemente. Y ciertamente Lo abierto, en cuanto contiene una reflexión sobre el concepto de vida y sobre la máquina antropológica que divide y al mismo tiempo une a lo animal y a lo humano, afecta de cerca la investigación de Homo sacer. Y una arqueología del mesianismo como aquella realizada en El tiempo que resta, no puede poner en cuestión toda la conceptualidad de nuestra cultura. En una indagación como la mía —pero tal vez así es siempre en el pensamiento— todo está íntimamente conectado.
Una última pregunta, si me lo permites. Escribes, en el prefacio a El uso de los cuerpos, que su investigación puede «eventualmente ser continuada por otros». Al investigador que quisiera seguir la pista indicada por Homo sacer, para buscar «continuar» ese género de investigación, ¿qué tienes que decir? Y, viceversa, ¿qué se auguraría ver indagado en un posible Homo sacer V?
Estoy convencido de que lo más precioso que hay en una obra de pensamiento es su capacidad de ser desarrollada y continuada por otros. No se trata solamente de un principio metodológico, sino también de un verdadero principio ético que siempre he buscado seguir. Si tuviera que hacer una recomendación a los jóvenes estudiosos, sería precisamente no buscar a toda costa la originalidad, sino aplicarse más bien a reunir y a continuar aquello que en los autores que aman permaneció incumplido o no dicho. Pero, para responder a tu pregunta, percibir con claridad aquello que en el pensamiento propio permaneció incumplido o no dicho es para un autor extremadamente difícil. Por eso es necesario que sea otro quien lo haga.

Fuente: https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2018/11/03/agamben-doppiozero/

Riesgos en la disputa por la hegemonía global

Por Decio Machado / Consultor político internacional, miembro de la Universidad Nómada del Sur y del Grupo de Estudios de Geopolítica Crítica de América Latina

 

Pese a que la República Popular China reivindique a través de su diplomacia que su huella militar en el exterior está muy por debajo de su rol económico global, ya comienza a causar preocupación en diferentes partes del planeta como se va configurando su nueva hegemonía mundial.

Más allá de que el gigante asiático en la actualidad tenga una población de casi 1.400 millones de habitantes entre los cuales destacan 56 grupos étnicos reconocidos y 300 lenguas vivas diferentes, todo parece indicar que mientras se sustente la capacidad de compatibilizar un régimen político de partido único, sin libertades democráticas, con una economía de mercado, su estabilidad interna -se estima que en 2030 su clase media ascenderá a 500 millones de habitantes- no debería generar grandes convulsiones en el exterior. Todo ello pese a que Beijing siga sin rendir cuentas ante foros internacionales sobre sus violaciones de derechos humanos en conflictos internos tales como la ocupación del Tíbet, la represión sobre el activismo disidente uigur (quienes procesan la religión musulmana, tienen una lengua de origen turquino y utilizan el alfabeto árabe) en la provincia de Xinjiang o las reivindicaciones autonomistas en la Mongolia Interior.

En un hecho que, pese a todo, el establishment burocrático chino está actuando con mucha inteligencia en el ámbito de la política exterior. Esto permite atisbar que el actual gobierno chino no cometerá el mismo error que cometió la dinastía Ming en los albores del siglo XV, cuando renunciaron a la política de expansión económica y militar que había iniciado el general Chen Ho entre 1405 y 1433. Nacido en una familia presumiblemente de origen árabe-mongol, en la provincia central de Yünnan, Cheng Ho fue un eunuco al servicio del emperador Ming Yung-lo que convertido en general dirigió siete expediciones a los mares del Sur y visitó no menos de 37 países, desde el antiguo reino de Champa -actual región vietnamita de Annam- hasta la costa oeste africana. Las expediciones de Cheng Ho, emprendidas casi un siglo antes que las de Cristobal Colón y Vasco da Gama, fortalecieron fuertemente la influencia de China sobre sus vecinos, pero fueron criticados y luego suspendidos por el conservadurismo de la burocracia confuciana bajo el argumento de ser inútiles y significar un dispendio de recursos.

Hoy, 600 años después, China demuestra que sí tiene definida una política claramente expansionista basada en buscar alianzas de cooperación estratégica con el resto de los países del planeta, especialmente con sus vecinos más próximos.

Gran parte de esta fuerte actividad diplomática y comercial se da en el llamado Mar de China Meridional, una extensión marítima con una superficie de 4.25 millones de kilómetros cuadrados que abarca desde la costa sur de China hasta Singapur, extendiendo sus aguas por todos los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). La zona comprende países como Taiwán -reivindicado históricamente por China y sólo reconocido por 22 Estados, ninguno de ellos asiático- y la presencia de   países como Indonesia, Malasia, Tailandia o Vietnam -potencias medias en ascenso que en la próxima década podrían convertirse en los “nuevos BRICs”-, además de otras naciones como Myanmar (antigua Birmania, donde tiene lugar una fuerte represión militar en contra del grupo étnico musulmán rohinyá), Brunei, Camboya, Filipinas o Laos.

En el Mar de China Meridional los problemas de soberanía sobre sus más de 400 islas, arrecifes y bancos de arena, han sido una constante histórica desde mediados del siglo XX tras la segunda guerra mundial. El más importante de estos conflictos se da en las islas Spratly, donde hasta seis de estos países se disputan su soberanía y muchas de estas islas ya están ocupadas estratégicamente por diversos Estados a la espera de poder reclamar su soberanía respecto a todo el archipiélago. Estas reivindicaciones derivan de la posible existencia de importantes depósitos de hidrocarburos -hace cinco años atrás China y la petrolera Shell sellaron una alianza para explotar estos supuestos yacimientos- y por encontrarse en una zona de capital importancia para el comercio marítimo regional. El otro conflicto insular es el de las islas Paracelso -también llamadas Paracel-, al norte de las Spratly, donde también se vislumbra la posible existencia de petróleo y gas natural. En 1974 ya hubo enfrentamientos entre las fuerzas chinas y las de Vietnam del Sur en las islas Paracelso, el conflicto se reanudó entre ambos países en 1988, y se volvió a recrudecer en 1995 ya con la participación también de Filipinas ante la construcción de infraestructura por parte del gobierno chino en el atolón de Mischief Reef. En todos los casos, China logró reivindicar su control sobre los territorios en disputa.

Sin embargo y pese a que Vietnam ocupe 30 de estas islas y arrecifes, Malasia posea control sobre otros tres de estos y en una de ellas haya construido un hotel, y Filipinas también ejerza el control sobre una decena más, las políticas de ocupación y control implementadas por China en los últimos tiempos destacan por su ritmo y magnitud. La República Popular China ha ignorado sistemáticamente cualquier recomendación o resolución de los organismos internacionales al respecto.

El Mar de China Meridional tiene un valor geoestratégico fundamental para las economías que lindan con él, tanto por su valor en recursos naturales como por su centralidad como vía de comunicación.

Más allá de las reservas pesqueras que proveen de alimento a las poblaciones de la región, se estima que en el Mar de China Meridional existen 7 mil millones de barriles de reservas de petróleo y un estimado de 900 billones de pies cúbicos de gas natural.

La zona goza de 14 de los 20 puertos con mayor afluencia de contenedores del planeta: nueve chinos y cinco distribuidos entre Singapur, Taiwán, Corea de Sur y Malasia. El caso de Singapur es especialmente relevante, dado que desde hace cinco años permanece inamovible en la parte superior del Índice de Centro de Desarrollo Marítimo Internacional (ISCD, sigla en inglés), un indicador económico que cubre 43 de los puertos y ciudades más grandes del mundo y que está diseñado para dar claridad a los inversores y gobiernos sobre el rendimiento relativo de los centros de transporte de carga marítima en todo el planeta. Esto releva el potencial de la zona y el dinamismo comercial existente en la región respecto a la afluencia de grandes buques de carga y petroleros, lo que se cruza con numerosas consideraciones estratégicas, energéticas y económicas que se relacionan entre si con la necesidad de asegurar el abastecimiento de recursos naturales y por lo tanto obtener el control militar de la zona.

A todo lo anterior hay que sumar la singularidad geográfica de este territorio, ya que en no pocos lugares hay estrechos muy angostos pasos como el de Malaca entre Malasia e Indonesia y por donde transitan 150 buques diarios, el de Singapur o el sembrado de islas a lo largo de gran parte de la zona. A través de las rutas del Mar de China Meridional, Corea del Sur obtiene el 65 por ciento del petróleo que importa para el abastecimiento de su economía nacional, Japón y Taiwán el 60 por ciento y la propia China el 80 por ciento del total de su abastecimiento. Esto último explica por que el politburo del Partido Comunista Chino extiende su reclamo territorial al 90 por ciento de estas aguas.

Pese a que durante el mandato de Barack Obama el gobierno estadounidense se negara a tomar una posición en la disputa que involucra a China frente a otros países asiáticos, ya durante el año 2016 su entonces secretario de Estado, John Kerry, advirtió sobre “un aumento de la militarización, de un tipo o de otro” en la zona.

En estos últimos dos meses, ya bajo la Administración Trump, la Flota del Pacífico de Estados Unidos ha desarrollado una serie de ejercicios militares que buscan advertir a China de que Washington tiene intención de intensificar la tensión en la región.

Esto se da en el contexto de la actual guerra comercial impulsada por Donald Trump contra Beijing, donde más allá de las excentricidades del magnate norteamericano y de su actitud sumamente beligerante con gran parte del sistema mundo, es un hecho que los subsidios de China a ciertos sectores, el dumping en el extranjero por su exceso de productos siderúrgicos y la imposición de restricciones a las exportaciones de ciertas materias primas benefician a determinadas empresas y productores chinos frente a la histórico control de los mercados internacionales de las corporaciones transnacionales norteamericanas y el propio gobierno estadounidense.

Pero más allá del control de los mercados internacionales, el actual conflicto en el Mar de China Meridional viene a demostrar que la rivalidad entre las dos potencias -una emergente y otra en declive- no es sólo económico, sino que también goza de un trasfondo militar. Si Estados Unidos escala la tensión buscando que la República Popular China paralice las construcciones unilaterales que están realizando en islas, arrecifes y bancos de arena en la zona o su acceso a estas, dicho bloqueo podría desembocar en un conflicto a gran escala.

En estas condiciones y pese a las rivalidades enmarcadas en las pretensiones soberanía entre los países de la zona, los países miembros de la ASEAN -cuyo principal socio comercial, por cierto, es la República Popular China- comienzan a lanzar mensajes dirigidos a la Casa Blanca. En unas recientes declaraciones el presidente filipino Rodrigo Duterte indicó ante diversos medios de comunicación internacionales: “China ya está en posesión del Mar de China Meridional. Ahora está en sus manos. Entonces, ¿por qué tienen que generar fricciones (…) que desembocarán en una respuesta China? Es una realidad, y Estados Unidos y todos deberían darse cuenta de que China está ahí”.

La ASEAN busca inteligentemente habilitar soluciones de perfil diplomático frente a la cada vez más poderosa China, marco en el cual negocia en la actualidad un código de conducta con Beijing para asegurar la paz y estabilidad en ese mar, por el que transita más del 30 por ciento del comercio marítimo mundial. El primer borrador del texto se espera en 2019 y se estima que entrará en funcionamiento en 2021.

Sin embargo y en paralelo, el actual vicepresidente estadounidense Mike Pence insiste que el Mar de China Meridional no pertenece “a una única nación” y que Estados Unidos seguirá navegando y sobrevolando militarmente la zona. Las declaraciones de Pence son recriminadas también por otros mandatarios de la región, como el primer ministro de Malasia -Mahathir Mohamad- quien ha manifestado que los grandes barcos de guerra y los aviones militares no son necesarios en el Mar de China Meridional, pues estos pueden provocar incidentes que eleven la tensión en la zona.

Pese a las presiones chinas sobre los territorios en disputa, los países de la ASEAN coinciden en su mayoría en el hecho de que cualquier estrategia diplomática será bienvenida para solucionar el conflicto “siempre y cuando no incluya enviar a la Séptima Flota a la zona”.

Pero hablemos claro, como dijo Napoleón Bonaparte hace ya más de 200 años, “la política de los Estados reside en su geografía y capacidad de influencia”. El conflicto por el Mar de China Meridional comienza ha determinarse como un enfrentamiento entre poderes mundiales y su devenir comienza a ser incierto y muy preocupante. Es de prever que China continuará avanzando de hecho sobre el territorio -con o sin fallos adversos de los organismos internacionales-, sobre las bases de su cada vez mayor supremacía económica y militar en la región.

Dependerá de que tipo de reacción devenga del Despacho Oval y del Pentágono para que se establezca un nuevo modelo de gobernanza global coherente con el nuevo patrón de globalización en curso. Una nueva torpeza más del presidente Trump respecto a las estrategias estadounidenses en la zona podría suponer el inicio de un conflicto de consideraciones globales que ninguna nación del sistema mundo desea en la actual coyuntura de crisis sistémica internacional.

Enzo Traverso: “En el siglo XX no sólo hubo totalitarismos y genocidios, sino también revoluciones”

El historiador italiano presentó su nuevo libro «Melancolía de izquierda», en el que da cuenta de cómo después de 1989 y la caída del Muro se hizo difícil pensar en una superación del capitalismo

Por Diego Rojas

Si el historiador estudia la evolución de las sociedades, ¿cómo pensarla una vez que el siglo XX se cerró con el planteo del fin de la historia, la derrota de las revoluciones y el reinado de lo fragmentario y la micropolítica? Enzo Traverso –docente en la universidad de Cornell, en Nueva York, Estados Unidos, autor del best-seller La historia como campo de batalla y reconocido como uno de los más importantes historiadores de la actualidad– se hace estas preguntas en Melancolía de izquierda (Fondo de Cultura Económica), su nuevo libro, que reúne ensayos sobre esta situación paradójica a la que se enfrenta el historiador, cuando no el militante (Traverso es también un militante socialista que interviene desde el campo intelectual).

La melancolía implica una contemplación particular, ya que no trata de mirar la historia para pertrecharse de herramientas hacia el futuro, sino que la estudia en una situación de permanencia. La «melancolía» era considerada en el medioevo, primero, como un mal orgánico, fisiológico; luego, se transformó en una actitud hacia la existencia, hacia la vida, una virtud. Con esa mirada melancólica, ¿es posible preguntarse sobre cómo cambiar hoy el mundo? Walter Benjamin, el pensador alemán que conjugó a Marx con el Talmud, decía que el historiador debía pensar el «instante del peligro» para poder encausar una obra. Hoy, desde esta baldosa inestable de los tiempos, Traverso visitó el país invitado por la Universidad de San Martín, el Cedinci –que reúne los archivos de la historia de la izquierda y el movimiento obrero con gran prepotencia de trabajo– y la Fundación Rosa Luxemburgo para dar una serie de conferencias acerca de este problema. Traverso conversó con Infobae Cultura sobre estos tópicos.

–En su libro subyace una falta que, quizás, pueda ser resumida en la frase de Frederic Jameson: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

–Ese pasaje fue escrito por Jameson en la década de los noventa, algunos años después de la caída del muro de Berlín. Comparto el diagnóstico por la situación que se creó luego de la caída del «socialismo realmente existente», pero estoy convencido que en este siglo XXI surgirán nuevas utopías. Estamos en un periodo de transición. Esta época está más cargada de miedo que de esperanza. El siglo XX estaba cargado de proyecciones utópicas hacia el futuro, que iba a ser de emancipación, de liberación. Hoy se piensa al futuro en términos de catástrofes ecológicas, por ejemplo, posibles, y eso hace difícil pensarlo.

La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado

–Ante esta dificultad de pensar el futuro usted remarca el rol predominante de las políticas de la memoria.

–Se habla mucho de memoria, una categoría que era marginal a lo largo del siglo XX hasta los años ochenta. No se hablaba de «memoria» ni en literatura ni en las ciencias sociales. Luego, la memoria se volvió en un elemento central en nuestras culturas. Pero se dibuja al siglo XX como el siglo de las guerras, los totalitarismos y genocidios, que claramente son una dimensión fundamental para leer al siglo XX, sin embargo esa focalización obsesiva en las víctimas es muy selectiva y a veces se transforma en un prisma deformante. El siglo XX no sólo fue el siglo de las guerras y los totalitarismos, sino que también fue el siglo de las revoluciones, de las olas emancipatorias, fue el siglo de la descolonización en todos los continentes. La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado. Y el mundo de hoy rompió la manera en que la memoria de esas revoluciones era transmitida. La memoria de izquierda era transmitida a través de marcos sociales propios del movimiento obrero como sindicatos, partidos. El mundo de hoy produjo el fin de las grandes concentraciones industriales, la precariedad laboral. Los partidos se convirtieron en máquinas electorales y eso produce que la memoria sea muy selectiva, desarrollada por los medios de comunicación y la industria cultural. Si el siglo XX es considerado el siglo de los horrores totalitarios fascistas y comunistas, eso implica una apología del orden dominante hoy, que estaría plasmado por la economía de mercado y la democracia liberal postulados como el mejor de los mundos.

–¿Hay una responsabilidad de cierta izquierda, que no denunció lo que hoy se conoce como «totalitarismo comunista»?

–Comparto la interpretación de Isaac Deutscher, historiador polaco que realizó su obra en Inglaterra, que detectó el retrato del anticomunista como un intelectual que muchas veces era comunista y luego transformó en una misión explicar al mundo cómo de malo era el comunismo. Su visión de «el bien contra el mal» no había cambiado, antes decía que la URSS era el paraíso y el capitalismo era el mal, ahora invertía las posiciones.

–Pero, más allá del discurso, ¿no sigue existiendo la lucha de clases?

–Las revoluciones árabes, por ejemplo, que derrocaron dictaduras y fueron interrumpidas por la guerra civil en Libia, tenían un límite porque no sabían cómo seguir avanzando. Ahora, la declinación de este movimiento, la integración de estos movimientos en un esquema de poder también afecta a las corrientes que plantean una superación del estado de las cosas.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)

–En su libro usted rescata manifestaciones culturales o artísticas que tienen potencia para mostrar el estado de las cosas. También toma a la película Tierra y libertad, de Ken Loach, que recupera un horizonte más clásico.

–El éxito de Tierra y libertad está vinculado a su capacidad de mostrar cómo el siglo pasado fue un siglo de esperanzas y acciones revolucionarias. Permite dibujar una visión diferente del pasado. Pero no es ingenua. Muestra una revolución derrotada no sólo por el enemigo, sino por sus propias contradicciones. Reconstruye el conflicto entre los revolucionarios y el estalinismo. Espero que haya otras películas que estimulen una reflexión crítica sobre el pasado.

–¿Qué queda de la hermandad de las vanguardias artísticas y las políticas que se vieron a comienzos del siglo XX con la actualidad?

–El arte en toda época es un vector privilegiado en la conformación de un imaginario. Los sueños inconscientes de la sociedad muchas veces se expresan en la creación artística. Pero ahora la reificación del arte en el mercado es tan fuerte que esas posibilidades son ocultadas. En mi libro escribo sobre la bohemia del siglo XIX, que creo es actual. Hoy muchos artistas son bohemios, crean en condiciones de marginalidad, pero con mucha potencia. En movimientos como Ocuppy Wall Street había muchos artistas involucrados en esos movimientos. Hoy se puede ver eso en revistas como Jacobin en los Estados Unidos, cuya contribución es significativa.

–En las últimas elecciones hubo diputados «socialistas demócratas».

–Yo vivo en los Estados Unidos y veo que esas corrientes se adhieren al Partido Demócrata por una cuestión funcional, para poder inscribirse en la política que llegue a las mayorías. Saben que el Partido Demócrata es uno de los pilares del capitalismo estadounidense, y no es por capitulación que integran ese partido, sino que es un cálculo político para poder desarrollarse a través de ese canal. No digo que no plantee un problema o que no sea una estrategia polémica, sino que observo que lo hacen de manera consciente.

–Una de sus actividades en la Argentina está organizada por el Cedinci, que es un centro de archivo de la memoria histórica de la clase obrera y la izquierda argentinas. ¿Existen fenómenos parecidos en Estados Unidos?

–Espero que aparezcan, pero lo que hay en Estados Unidos son universidades con archivos muy ricos del movimiento obrero, pero que no son centros de reflexión sobre esos movimientos. Sólo recopilan archivos. En Cornell, donde trabajo, hay un archivo muy grande sobre los sindicatos. Pero no hay instituciones como el Cedinci, que tienen un perfil intelectual y una actividad de esa naturaleza.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)

-¿Cómo ve la intelectualidad de izquierda en Europa la situación en la Argentina, en cuanto al lugar de la izquierda?

–Se ve con mucho interés, atención y simpatía. Pero desde afuera se ve que la tensión está copada por el macrismo y el peronismo. Se ve que este polo de izquierda está ocultado por esa dominación binaria. Lo que puede ser interesante es que en la Argentina hay una búsqueda de cambio que no sea la invención de algo totalmente nuevo, que nace con un corte radical con el pasado, sino que hay una nueva izquierda que se plantea como una continuidad de una raíz histórica. El problema es que en la Argentina hay esa recomposición que no es directa del gran movimiento de masas como puede verse, por ejemplo, en España con Podemos, que es el producto más perfilado del movimiento de «indignados». Vamos a ver qué pasará en los próximos años.

Fuente: https://www.infobae.com/cultura/2018/11/18/enzo-traverso-en-el-siglo-xx-no-solo-hubo-totalitarismos-y-genocidios-sino-tambien-revoluciones/?outputType=amp-type&__twitter_impression=true