por Altamir Tojal
Casi 100 millones de brasileños solicitaron la ayuda de emergencia de 600 reales al mes para sobrevivir al colapso de las posibilidades laborales impuestas por la crisis de Covid-19 en Brasil. De estos, unos 50 millones se denominan «invisibles» porque no figuraban en las estadísticas y registros oficiales de desempleados, pobres y vulnerables.
Llamar «invisibles» a casi 50 millones de personas que ahora se declaran sin ingresos o sin medios para sobrevivir debería causar extrañeza a cualquiera que viva en Brasil, donde la informalidad, la precariedad y la insuficiencia o la falta de protección social se naturalizaron y pasaron a ser regla en cada momento, lugar y circunstancia.
La falta de preparación del país para enfrentar las necesidades y la desigualdad, potenciadas por la pandemia, resalta la necesidad de una agenda de reconstrucción económica asociada con un amplio programa social en el que la introducción de una renta básica universal deberá estar presente en el debate, no solo como ayuda para emergencia o como un beneficio condicionado y temporal, sino que como un derecho de ciudadanía y un factor de sostenibilidad de la economía.
Cambios y derechos
Si antes del Covid-19 el interés y el debate sobre la renta básica ya estaban aumentando en el planeta, ahora esto tiende a intensificarse. Por un lado, la necesidad de entregar una ‘ayuda de emergencia’ a las personas sin ingresos suficientes se ha impuesto en casi todo el mundo por razones humanitarias y también para que la estrategia sanitaria de distanciamiento y aislamiento social funcione con la reducción de la circulación para trabajar o buscar trabajo. Y también para que la demanda económica permanezca en niveles capaces de prevenir el colapso de las diferentes cadenas de producción.
Por otro lado, a pesar de las dudas sobre la configuración pos-pandémica de las sociedades y economías, ya se intensifican y parece que se acelerará el uso más intensivo de los procesos tecnológicos, con una mayor automatización y robotización en las fábricas y de la producción en general, en los servicios y en la vida. Uno de los resultados de este proceso ya ha sido el aumento del desempleo y la precariedad, abriendo la necesidad de establecer mecanismos para generar una continuidad de renta sin una contraparte del trabajo formal e incluso de otras formas de ‘trabajo productivo’.
El desafío de redefinir los derechos y la protección social adecuados a estos cambios ya se había traspasado a la agenda de los movimientos sociales. A raíz de los cambios que se producen en la producción y la naturaleza del trabajo en la economía pos-industrial, cuando cada vez más se produce con menos trabajo y menos capital, el tema de la renta básica ha estado presente en los programas gubernamentales y las campañas electorales de diferentes orientaciones ideológicas y en el pronunciamientos y propuestas no solo de cientistas y filósofos sino también de líderes empresariales como algunos de los gigantes de la nueva economía.
Por el mundo
A pesar de las dudas sobre los resultados, de la lucha con el sentido común contrario a la idea de «distribución de dinero sin una contraparte del trabajo» y los riesgos de la explotación populista de sus posibilidades y resultados, las iniciativas para introducir ingresos básicos ya se estaban multiplicando en el mundo.
Aunque los argumentos de igualdad y eliminación de la miseria casi siempre están presentes en las propuestas de la renta de ciudadanía, existe una amplia variedad conceptual de acuerdo con las motivaciones e intenciones del proponente, que pueden identificarse en su diversidad léxica: renta básica o mínima, suficiente o insuficiente, incondicional o condicionada, universal o selectiva.
En la práctica, la mayoría de los experimentos realizados hasta ahora han sido el pago de pequeñas cantidades a las personas más pobres, casi siempre en condiciones establecidas por gobiernos y gestores, incluidos los de buscar y aceptar trabajo, vacunar a sus hijos y mantenerlos en la escuela, entre otros.
Existe en los Estados Unidos la experiencia continua más antigua de renta básica universal e incondicional, en el estado de Alaska, desde 1986. Hay noticias en el país de experiencias más recientes de gobiernos locales, empresas e instituciones para enfrentar problemas sociales y económicos, a modo de complemento de los mecanismos existentes. como el seguro de desempleo. En el campo político, uno de los pre-candidatos presidenciales del Partido Demócrata en las elecciones de este año fue Andrew Yang, un joven empresario en las áreas de tecnología y educación, con una plataforma centrada en la renta básica.
Varios experimentos se han llevado a cabo en otros países y regiones durante algunos años. Prácticamente todos los países de Europa tienen programas de ingreso mínimo condicional. Irán mantuvo un programa de renta universal e incondicional desde 2011 hasta hace algunos años. Según la BIEN (Basic Income Earth Network), existen actualmente programas de renta básica, en modo piloto o como proyectos, también en India, Canadá, Finlandia, Escocia y Holanda, entre otros, con una aplicación más o menos amplia en términos de alcance social, con cobertura regional o nacional.
En Brasil, existen programas de distribución condicional de renta, enfatizados en la Bolsa Familia. Y tenemos la Ley Básica de Ingresos de Ciudadanía, por Eduardo Suplicy, aprobada por el Congreso y sancionada por el entonces presidente Lula, que quedó solo en un papel firmado.
El reporte “La naturaleza mutable del trabajo”, del Banco Mundial, sugiere que programas semejantes a la renta de ciudadanía pueden ser considerados como instrumento para lidiar con la creciente desigualdad y cambios profundos en la naturaleza del trabajo en las próximas décadas, aunque existen pros, contras y problemas de aceptación.
Una línea conceptual preconiza la renta básica como un principio voluntario y volitivo, sin dependencia del Estado ni de fondos públicos. Por otro lado, existen activistas que no creen que los gobiernos y las instituciones oficiales, vayan a entregar un apoyo efectivo a la idea. Basados en su percepción, decidieron trabajar en la formacion de redes de personas y organizaciones civiles dispuestas a crear y mantener fondos para entregar una renta básica a los más pobres.
Conceptos y efectos
La renta básica no es una novedad. El concepto original es el pago periódico de una cantidad sin vinculación al trabajo o a cualquier exigencia de contrapartidas, correspondiendo al derecho de cada persona a tener medios para vivir con dignidad. Uno de sus formuladores fue Thomas Paine, pensador y activista que influencio la independencia de los Estados Unidos y a la Revolución Francesa
Al idea puede ser hallada en tesis revolucionarias, humanistas, libertarias, comunistas y en recetas reformistas liberales. Cabe tanto en programas de eliminación de la miseria y de reducción de la desigualdad asi como en fórmulas para asegurar el consumo en escenarios de caída de la renta del trabajador y de alto desempleo.
La tesis de una renta mínima de subsistencia, formulada como asistencia humanitaria y asistencialista, serviría también para reforzar el modelaje contemporáneo del capitalismo. Ya la idea de una renta básica suficiente, universal e incondicional sería un derecho de ciudadanía, un instrumento que posibilite la comunión por todos de la riqueza generada por el desarrollo de las fuerzas productivas.
Estas pueden, no ser, necesariamente, propuestas excluyentes. Pueden ser etapas de un proceso. Pero sus diversos y diferentes propósitos y efectos necesitan ser considerados y evaluados transparentemente.
Economistas de diferentes tendencias, como como Keynes, Hayek, Milton Friedman, James Tobin e Galbraith, trabajaron y desarrollaron propuestas relacionadas con el tema. La renta de ciudadanía esta, hace algún tiempo, en la agenda del Foro Global de Davos y ha estado presente en las presentaciones de algunos empresarios de la nueva economía. Elon Musk, de Tesla, ha preconizado que el modelo de renta básica puede ser la mejor solución para lidiar con la abundancia de bienes y la falta de empleo generados por la tecnología. Y Mark Zuckerberg, de Facebook, dice: “Llego la hora de que nuestra generación defina un nuevo contrato social. Deberíamos explorar ideas como la renta básica universal para garantizar que todos tengan la seguridad de poder probas nuevas ideas”.
En el plano de la economía globalizada y en la configuración más liberal, la distribución de una renta mínima ayudaría a proteger mercados de la competencia de países con mano de obra más barata, viabilizando reducciones reales de salarios y la flexibilización de los derechos laborales en áreas supuestamente menos competitivas en razón del costo de trabajo
Después del virus
Una crisis económica profunda es ahora la realidad en casi todo el planeta con el Covid-19 y su superación se presenta como un gran desafío en el escenario post-pandemia. Es previsible que las propuestas de renta básica ganen más espacio en el debate, ciertamente, en nombre del reflote del dinamismo económico, pero también, dependiendo de la movilización política, por un programa de reducción de la pobreza y de la desigualdad.
De este modo, la renta básica podrá ser pensada, en el conjunto de alternativas para vencer la crisis, como factor de aumento de la demanda y también de actualización y reorganización del sistema de protección social. Y podrá, en la perspectiva más amplia de un nuevo pacto por la vida y por la sustentabilidad, configurar una propuesta de adecuación de la economia a los nuevos paradigmas de la produccion y el trabajo, basados en el conocimiento, tecnología e innovación.
Uno de los obstáculos a las experiencias de implementación de la renta básica y de programas de distribución de renta en general es el cuestionamiento en la sociedad de que los beneficiarios son inducidos a acomodarse. Este es uno de los ‘problemas de aceptación’ indicados en el estudio del Banco Mundial y en otros análisis, aunque las evaluaciones de las experiencias más relevantes muestren que la mayoría de los beneficiarios no para de trabajar o de buscar trabajo. Otro problema ha sido la manipulación política de los gobiernos y liderazgo políticos, como ha ocurrido en Brasil con programas como la Bolsa Familia.
Cualquiera que sea el mundo que surgirá después del Covid 19 ya no debería haber más lugar para la naturalización del virus de la desigualdad, y mucho menos para tantos millones de personas vulnerables, ya sea que se les llame «invisibles» o no. Para convertirse en realidad, el ingreso básico tendrá que ser impuesto por la voluntad y como una conquista de la sociedad. Los problemas y desafíos deberán abordarse y corregirse con información, transparencia y debate, en un proceso que pueda conducir a plataformas de protección social viables, justas y efectivamente democráticas.
Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton
Altamir Tojal: Es periodista y escritor. Trabajo como reportero en Jornal do Brasil, O Globo, Veja y IstoÉ. Fue jefe del Departamento de Comunicación del Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social (BNDES). Participo del Consejo Estatal del Medio Ambiente del Estado de Rio de Janeiro (Conema). Es autor de la novela “Faz que não vê” y de la colección de cuentos “Oásis azul do Méier”. Estudio periodismo en la Universidade Federal Fluminense (UFF) y curso una especialización en Filosofía Contemporánea en la Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro (PUC-RJ), momento en que elaboro la monografía “Resistencia ao Impero e a conta do salário social”, conteniendo reflexiones sobre la universalización de la renta de ciudadanía.

