Guerra cultural en los Estados Unidos

Las constantes alusiones y críticas a la teoría crítica de la raza en el debate público parecen predecir que el uso político de la TCR tendrá un papel importante en las elecciones legislativas de este otoño de 2022

Por Ángel Loureiro 

La sede del Museo Nacional de Archivos de los Estados Unidos, un imponente edificio de estilo neogriego, ocupa una posición privilegiada en el borde norte del Mall de la ciudad de Washington. Erigido en el lugar en el que, en los años de la construcción de la Casa Blanca y el Capitolio a finales del siglo XVIII se ubicaba una taberna que servía también de mercado de esclavos, en ese museo se guardan copias de la Declaración de Independencia, la Constitución, la Proclamación de Emancipación y muchos otros documentos y artefactos culturales relacionados con la historia del país. En la ceremonia de su inauguración en 1931, el presidente Hoover lo describió como “un templo de nuestra historia”.

El 17 de septiembre de 2020, Día de la Constitución en los Estados Unidos, en recuerdo de la fecha en 1787 en la que se firmó ese documento fundacional, y en respuesta a las manifestaciones de la “turba de izquierdistas” que protestaban contra la violencia policial tras el homicidio de George Floyd en mayo de ese año a manos de un policía, y que exigían la retirada de monumentos de figuras históricas racistas en numerosas ciudades del país, Trump anunció la creación de la Comisión 1776, con vistas a fomentar una “educación patriótica” y estimular a los maestros a “enseñarle a nuestros niños el milagro de la historia americana”. Esos relatos escolares tendrían el objetivo de contrarrestar la enseñanza de la narrativa revisionista promovida por la teoría crítica de la raza, que describía a los Estados Unidos como “un país maligno y racista”, relato que, según Trump, había formado a los activistas “marxistas” que estaban causando los disturbios. Trump singularizó también el Proyecto 1619, aparecido en la revista dominical del New York Times en 2019 (y ampliado a libro en 2021), publicación que, en opinión del que pronto tendría que evacuar la Casa Blanca, “reescribe la historia americana para enseñarle a nuestros niños que fuimos fundados en el principio de la opresión, y no en el de la libertad”.

El informe de la Comisión 1776, nominada por el año de la independencia del país, fue criticado con dureza por incluir muchos políticos y activistas de derechas y ningún historiador. Fue elaborado en solo cuatro meses, y tuvo una corta vida. En uno de sus primeros actos oficiales como presidente, Biden canceló la comisión. Pero más que un acto de última hora de un presidente desesperado, la creación de la comisión apunta a la existencia de un malestar profundo entre los conservadores blancos americanos, que tiene sus orígenes últimos en la revisión radical de la historia del país comenzada con la aparición de la “historia desde abajo” en la década de 1960 (de la que el Proyecto 1619 es un nuevo capítulo, con un giro radical), y que ha tenido su proyección pública más reciente en las manifestaciones contra la violencia policial y el racismo, y en la crítica de la historia pública inscrita en los monumentos que conmemoran a líderes de la Confederación en numerosas ciudades del país, sobre todo en el sur.

Desde el comienzo de esta década la derecha, en una astuta maniobra, ha condensado las ideas que subyacen a las protestas antirracistas bajo el título de Critical race theory (“teoría crítica de la raza”, TCR, cuyas ideas centrales se explicarán un poco más adelante), convirtiendo en eslogan y en arma de combate electoral una oscura teoría de la que hasta entonces solo una minoría había oído hablar. En 2021, en elecciones estatales y locales en estados conservadores, se han invocado a menudo los efectos perniciosos de la TCR (sin comprender ni explicar las ideas sostenidas por esa teoría), para prohibir que las escuelas enseñen visiones críticas, relacionadas con la raza, de la historia de los Estados Unidos. En las elecciones a gobernador de Virginia en 2021 el candidato republicano convirtió las críticas a la TCR en un punto central de su estrategia y se alzó con la victoria en un estado que recientemente había votado demócrata. El uso continuado de esas críticas en elecciones locales y en debates entre padres y administradores de escuelas parece predecir que el uso político de la TCR tendrá un papel importante en las elecciones legislativas de este otoño de 2022, y probablemente también en las presidenciales del 2024. En realidad, los activistas conservadores que protestan contra la TCR tendrían dificultades en explicar que propone esa teoría y numerosos maestros se sorprenden de ser acusados de enseñarla cuando no han oído hablar de ella en su vida.

Los conservadores no sabrían explicar qué propone la TCR, pero sí han sabido qué hacer. Presionados por grupos de padres, activistas, e incluso fundaciones y centros de estudios (think tanks) conservadores, a lo largo de 2021 la mitad de los estados del país propusieron o aprobaron leyes para restringir la enseñanza de la TCR en las escuelas públicas. En el estado de Florida, cuyo gobernador Ron deSantis podría ser el mayor contrincante republicano de Trump en las primarias republicanas para las elecciones presidenciales del 2024, una ley reciente prohíbe la enseñanza de la TCR e impide a los maestros enseñar una historia americana que no sea la de “la creación de una nación nueva basada fundamentalmente en principios universales expresados en la Declaración de Independencia”. “El sistema educativo de Florida existe para crear oportunidades para nuestros niños. La TCR enseña a los niños a odiar nuestro país y odiarse entre ellos. Es una forma de racismo sancionada por el estado y no tiene lugar en las escuelas de Florida”, escribió en Twitter deSantis en octubre de 2021. Un sentimiento similar al expresado en pancartas esgrimidas por activistas en contra la TCR: “Educación, no adoctrinamiento”, “No a la TCR en las escuelas”, “Somos una raza”.

Entre la población blanca conservadora americana del sur y el centro del país, ha ido creciendo un malestar: el sentimiento de haberse convertido en una minoría oprimida por las élites culturales de las costas que les han impuesto unos valores, resumidos en términos como “políticamente correcto”, o más recientemente “woke” (concienciado), sobre todo en cuestiones de género (aborto, matrimonio gay, derechos de los transexuales) y de raza (existencia de un racismo estructural en el país), radicalmente opuestos a los valores conservadores tradicionales y a una visión patriótica de la nación centrada en grandes protagonistas blancos.

Trump supo interpretar y alimentar ese creciente malestar de la población blanca conservadora transformándolo en movilización política y en arma de guerra cultural en las elecciones presidenciales de 2016. Con un sabio manejo de medios de comunicación como Twitter, Trump dio visibilidad y aglutinó a grupos e individuos hasta entonces aislados entre ellos. Si la difusión de la prensa desde finales del siglo XVIII, según Benedict Anderson, fue vital para la creación de esa “comunidad imaginaria” que es toda nación, Trump se valió de Twitter y de cadenas conservadoras de televisión como Fox para dar visibilidad y revitalizar a un colectivo tradicional, en el que predomina una población blanca y masculina en disminución demográfica, que se siente amenazado por la creciente difusión en el país de valores muy diferentes a los suyos. En las elecciones de 2016, Trump supo aglutinar ese núcleo duro de nacionalistas tradicionales con un electorado desencantado del conocido como “cinturón de óxido” (la enorme zona industrial que abarca desde la costa del nordeste hasta los Grandes Lagos) que en el pasado solía votar demócrata pero que, asolado por la desindustrialización, la pérdida de trabajos que habían mantenido a sus familias durante varias generaciones y el decaimiento urbano de sus comunidades, votó por Trump en 2016 y en 2020. Trump creó ese paraguas populista bajo el que reunió a grupos muy dispares con un discurso electoral condensado en un astuto eslogan con sentidos plurales: “Make America Great Again” (MAGA). Para la clase obrera del cinturón de óxido ese eslogan significaba la promesa del retorno (imposible) de una industria manufacturera ligada para ellos a la grandeza del pasado del país; para los conservadores blancos del sur y de la enorme parte central agrícola del país, encerraba la promesa del retorno a la hegemonía de valores tradiciones nacionalistas y de una versión simple del pasado del país, puesta en peligro por movimientos sociales antirracistas. De modo similar a la función cumplida por el eslogan “MAGA”, la conversión de la TCR en arma de combate cultural es otra forma de dar expresión al sentimiento de acoso a sus valores que sufre la población blanca conservadora y de intentar hacer prevalecer esos valores en una guerra cultural con profundas implicaciones políticas. Pero si “MAGA” prometía una resurrección, y abría así un futuro en el que el país volvería a la grandeza del pasado, los ataques contra la TCR son reactivos: sus críticos sienten que sus valores personales, ligados a una visión tradicional de la historia del país, están bajo ataque. Para ellos la TCR sería equivalente a unos invasores extraterrestres: se sienten cercados por un enemigo cuya naturaleza no comprenden, pero saben que representa un peligro para su civilización.

La guerra cultural contra la TCR que llevó a Trump a la creación de la Comisión 1776 comenzó en el último año de su presidencia, y su impulsor como arma de combate político fue Christopher Rufo, un activista conservador que comprendió que la opacidad del significado de la TCR permitía convertirla en una metáfora bélica con la que combatir el contenido de los seminarios para empleados del gobierno y de algunas compañías privadas que tienen como fin concienciarlos acerca de los prejuicios raciales y del racismo enquistado en ideas y prácticas laborales. En una entrevista en septiembre del 2020 en Fox, la cadena televisiva de noticias de mayor audiencia en el país, propiedad de Rupert Murdoch, vocera de Trump y de sus ideas, y diseminadora diaria de falsedades contra toda idea progresista, Rufo denunció la “perversidad” de una teoría, la TCR, que se estaba infiltrando en las prácticas del gobierno federal y presentaba “una amenaza existencial a los Estados Unidos” de la que no se escapaba la burocracia que, incluso bajo Trump, con los entrenamientos de concienciación antirracista estaba “siendo convertida en un arma contra los valores americanos”. A la mañana siguiente Trump, seguidor obsesivo de Fox, convocó a Rufo a la Casa Blanca para pedirle que le ayudara a redactar una orden ejecutiva con la que se cancelarían, o se les impondrían condiciones estrictas, a los programas de entrenamiento de sensibilización racial del gobierno y de las empresas subcontratadas. Desde ese momento, las críticas a la TCR se han convertido en un arma de guerra cultural en elecciones estatales y locales y en las disputas sobre el currículo en muchas escuelas del país, y Rufo ha participado en la redacción de leyes, en varios estados, que limitan el modo en que los maestros de ciencias sociales pueden describir los eventos antirracistas del presente.

Para Rufo, la TCR es el “villano perfecto”. El objetivo de su empleo en la guerra cultural contra ideas progresistas, escribió en Twitter, “es lograr que la gente lea una locura en el periódico y piense automáticamente TCR”. Los ataques a la TCR, ha declarado, no tratan de “refutar sus argumentos”, sino de presentarla de una manera tan amplia y vaga que todo esfuerzo para vérselas contra las causas y el impacto del racismo sean demonizados y desestimados. Vaciada de sentido por su misma generalidad, y recodificada como arma abstracta de combate cultural, ha observado Rufo, la TCR adquiere connotaciones negativas: “hostil, académica, divisiva, obsesionada con la raza, venenosa, elitista, antiamericana”. Y la gran ventaja, señala, es que TCR no es un término peyorativo concebido por sus enemigos, sino que es un membrete acuñado por sus mismos partidarios. Los críticos de la TCR no han creado un insulto; han convertido en bumerán una idea de sus defensores.

La TCR se originó en la década de 1970 dentro de una rama de estudios jurídicos (Critical Legal Studies), en un intento de explicar por qué, a pesar de las leyes de derechos civiles aprobadas en la década de 1960, persistían en el país la desigualdad y la discriminación raciales. Dado que las leyes perpetúan las relaciones de poder, sostiene esa teoría, los prejuicios raciales del sistema legal americano afectan injusta y desproporcionadamente a una población negra que tiene unos índices de encarcelamiento muy superiores al resto de la población. En una derivación posterior a su desarrollo en los estudios jurídicos, la TCR pasa al campo de la pedagogía, enfocándose en poner al descubierto las desigualdades escolares y la relación entre las razas y la disparidad de sus logros académicos.

Prevalente en el campo de los Black Studies en general es la idea de que el concepto de raza, en contra de lo que suele pensarse, no tiene fundamentos en unos datos biológicos que justificarían la diferenciación entre grupos de seres humanos, sino que la raza es una construcción social: el racismo viene primero (es “el padre de la raza” en palabras de Ta-Nehisi Coates) y a partir de ese prejuicio se construye la idea de raza como un modo de clasificar, controlar y explotar a un grupo considerado inferior. Basándose en esas ideas, la TCR postula que, a pesar de todos los avances, el racismo estaría enquistado estructuralmente en el país. Naturalizado como práctica diaria, internalizado estructuralmente, el racismo sostendría la discriminación de un modo casi invisible. Por esa razón, la presunta neutralidad de la ley y de su “ceguera ante el color”, tan aducida en los Estados Unidos como prueba de neutralidad racial, es una presunción falsa que perpetúa el sufrimiento social de la comunidad negra. Pero como insisten sus partidarios, la TCR no se enfoca en los prejuicios individuales sino en la herencia estructural del racismo, con vistas a darle visibilidad y combatirla. Cuando Ted Cruz, candidato presidencial republicano ridiculizado por Trump en 2016, pero luego gran adulador del presidente, afirmó que la TCR acusaba al país de ser “irremediablemente racista… y busca el enfrentamiento entre nosotros” lo cegaba la mala fe y la resistencia, compartida por los blancos que se sienten bajo acoso, a enfrentarse a un legado del racismo que continúa en el presente.

No se trata por lo tanto de combatir el racismo individual, sino de desvelar la pervivencia estructural del racismo, su presencia solapada, con el fin de explicar las desventajas heredadas a través de las generaciones por la población negra: deficiencias en acceso a educación; discriminación en empleo, préstamos y vivienda; trabajos sin perspectiva de mejora; servicios médicos deficientes; mortalidad infantil doble que la de la población blanca; mayor pobreza y menor esperanza de vida que los blancos; numerosos barrios cercanos a industrias contaminantes; delincuencia desproporcionada dentro de sus comunidades; violencia discriminatoria por parte de la policía; y tasas altísimas de encarcelamiento (un dato estremecedor: hay más jóvenes negros en las cárceles que en las universidades). La canción que es considerada como la primera delhiphop, The Message (1988), del grupo Grandmaster Flash and the Furious Five, resume de una manera inmediata, y con humor resignado y combativo al mismo tiempo, muchas de las circunstancias negativas que acosan a una persona negra en un barrio pobre: cristales rotos, orina en las escaleras, ruido, falta de dinero para mudarse a otro sitio, ratas y cucarachas en los cuartos, el coche embargado, una vieja loca comiendo basura, prostitutas, hermanos delincuentes que le roban la tele a la madre, cobradores que lo llaman todo el día, instrucción precaria en la escuela, violencia policial… Un relato de adversidades puntuado por el estribillo “No me provoques / porque estoy al borde del abismo / estoy tratando de no volverme loco / a veces es como una jungla y me pregunto / cómo no me vengo abajo” (“Cause I’m close to the edge / I’m tryin’ not to lose my head / It’s like a jungle sometimes it makes me wonder / How I keep from going under”), que culmina con la llegada de la policía que detiene, sin explicaciones, a los miembros del grupo mientras hablan en una acera, y se los lleva en un coche patrulla.

La canción, incluida en la sección de cultura del Museo de Historia y Cultura Afroamericanas de Washington no solo describe las calamidades que afligen a los barrios negros urbanos; al centrarse en los problemas y penurias de los habitantes de un barrio negro pobre, apunta también a una carencia endémica en muchos de los estudios de raza americanos: la invisibilidad en sus análisis de las diferencias de clase, una invisibilidad que es prevalente en el discurso público americano, en el que no se suele hablar de “clase trabajadora” (vocabulario que se suele reservar para perfiles biográficos, generalmente de personas que han ascendido de clase social en su vida), sino de clase media baja (y los situados más abajo son pobres que no tienen los medios para acceder a la vasta “clase media” del país). Cierta razón, pero mucha mala fe e ignorancia, tenía William Barr, el último fiscal general del país bajo Trump, cuando denunció que “la teoría crítica de la raza es esencialmente la filosofía materialista del marxismo, que sustituye el antagonismo de clase por un antagonismo racial”. Barr maneja los datos correctos, pero los entiende y usa mal; pero al menos introduce en el debate el concepto de clase social, casi siempre ausente cuando se habla, escribe o discute sobre cuestiones raciales en el país.

El Proyecto 1619 comparte muchos presupuestos con la TCR. Nombrado por el año en el que los primeros esclavos negros fueron traídos a lo que luego sería territorio de los Estados Unidos, un año antes del mitificado 1620 en el imaginario público americano como el de la fundación del país con la llegada de los primeros peregrinos, el Proyecto se asienta en la premisa fundamental, compartida por muchos intelectuales y activistas negros, de que la esclavitud antecede a la creación del país, fue la fuente fundamental de su riqueza en el siglo XIX y en ese proceso dejó una herencia racista en individuos e instituciones. La editora del proyecto, Nikole Hannah-Jones señala en la edición en libro en 2021, que las ideas y argumentos del Proyecto no son nuevos, sino que están basados en investigaciones que se remontan a la década de 1960: lo que provocó la ira de muchos de sus opositores, escribe, fue que “había tirado abajo la pared entre historia académica y comprensión popular del pasado”.

Además de ser uno de los incentivos para la creación de la infausta Comisión 1776, el Proyecto, al igual que la TCR, y muchas veces en conjunción con ella, provocó campañas para prohibir su inclusión en los currículos escolares. Pero no solo sus opositores de la derecha lo criticaron. Cuatro historiadores muy reputados (uno de ellos marxista, los otros tres liberales) escribieron una carta al editor de la revista, y dos de ellos escribieron largos artículos en revistas de amplia circulación, criticando las numerosas deficiencias y errores del Proyecto en cuanto a la historia del país y el papel de la esclavitud (como sucedió con la Comisión 1776, en la versión original del Proyecto 1619 publicado en la revista del New York Times, no colaboró ningún historiador profesional) y denunciaron que esas ideas, expuestas sobre todo en la introducción de la editora, Nikole Hannah-Jones, eran una síntesis guiada por una intencionalidad interesada. Otros historiadores muy conocidos declararon que se negaron a firmar la carta de sus cuatro colegas, por no parecerles un gesto oportuno en un momento político, con Trump de presidente, dominado por las protestas populares contra la violencia policial y exigiendo la retirada de monumentos a racistas sureños. Los errores e inexactitudes del Proyecto serían menos importantes que su intervención en la guerra cultural por controlar la memoria nacional: “Los americanos blancos desean liberarse de un pasado que no quieren recordar, mientras que los americanos negros permanecen ligados a un pasado que no pueden olvidar”, sintetizó con acierto la editora del proyecto. Pero uno de los firmantes de la carta de protesta, el historiador marxista James Oakes, no parece pensar que la intervención política del proyecto deba salvarlo de sus críticas, y en una entrevista y un artículo demoledor pasa revista a sus errores y exageraciones, aduce que el proyecto está ligado a una reclamación de reparaciones, y denuncia que es expresión de las ideas de un nacionalismo negro que, como todo nacionalismo, pone énfasis en continuidades y genealogías ininterrumpidas (en este caso la esclavitud y sus legados), contempla la historia del país exclusivamente desde el punto de vista de la raza (y del racismo como el pecado original americano) y borra las diferencias de clase dentro de una supuesta comunidad nacional negra unificada por compartir un pasado de opresión.

Esa negligencia de la clase social, y de las diferencias, prioridades y privilegios que establece dentro de la comunidad negra está en sintonía con los tiempos identitarios actuales, en los que se unifica bajo “raza” a una comunidad en la que hay grandes disparidades sociales y económicas. Sin embargo, ese olvido no estuvo siempre presente en las formulaciones de la TCR, en la que ha habido dos líneas dispares de análisis: la primera, más extendida y de más larga pervivencia, se centra en la raza y la ve como el factor dominante explicativo de los problemas de la comunidad negra. La segunda, común en la época temprana de la teoría, pero secundaria hoy en día, usa una perspectiva materialista y de clase para explicar los problemas del racismo estructural. Sin duda alguna, en el discurso público del presente la raza goza de hegemonía explicativa. Un caso, de los muchos que se podrían aducir, es el de Ta-Nehisi Coates, un intelectual negro muy conocido (y gran partidario de Obama), cuyos libros han sido grandes éxitos de crítica y de ventas en los Estados Unidos en años recientes. En Between the World and Me (Entre el mundo y yo, 2015), galardonado con el inusual doblete del Premio Nacional de Ensayo y el Premio Pulitzer, instruye a su hijo adolescente acerca de la violencia racista con la que se tendrá que enfrentar toda su vida, no por pertenecer a una ‘raza’ negra biológicamente inexistente, sino a un grupo vinculado por su padecimiento colectivo bajo el peso de la historia del país, fundado en la esclavitud, cuyas consecuencias continúan en el presente (Coates aboga por reparaciones por la esclavitud, un tema complicado, y disputado, pero esa es otra historia). Cornel West, intelectual y activista negro muy famoso de una generación anterior a la de Coates, resume con lucidez sarcástica el punto flaco de las exposiciones de Coates y buena parte de los que escriben sobre raza: “En el mundo de Ta-Nehisi Coates, los grupos raciales son homogéneos… Las clases no existen y tampoco los imperios”. Y, para rematar, lo acusa de neoliberal, como mostraría su veneración por Obama, “el primer líder negro del Imperio Americano”, a juicio de Cornel West.

Un gran acierto de Coates, y tal vez el aspecto más valioso y revelador de su libro, es su insistencia en el terror que la historia americana sigue imponiendo a los miembros de la comunidad negra, en una genealogía que enlaza la esclavitud y la era de Jim Crow con la violencia policial del presente, ejercida, para Coates, con el asentimiento del votante americano. Una violencia internalizada en el cuerpo negro como miedo físico permanente, materialización corporal del racismo estructural heredado de la historia, e ilustrado por el temor constante a ser objeto de violencia por parte de la policía, temor perenne, sentido aunque la policía no esté presente, que forma parte de la identidad negra. Miedo a perder la integridad de su cuerpo, repite Coates a su hijo, por la amenaza del dolor, porque en cualquier momento le podría suceder lo mismo que a un amigo que fue asesinado por la policía en una carretera, episodio que le sirvió de punto de partida para ese libro: el látigo de ayer es la bala o la pistola eléctrica de hoy.

Esa es la violencia que el hiphop documenta con honestidad desnuda en sus efectos corporales y en la respuesta visceral del que la sufre: como rabia, rencor, insulto, ironía. Toma expresión en grabaciones míticas como Fuck tha Police (1988) del grupo N. W. A., una canción que no ha perdido vigencia y que Coates y sus amigos escucharon en su juventud una y otra vez: como un ritual de resistencia, como un acto de creación de una comunidad afectiva unida por la rabia que encuentra expresión en la violencia simbólica de una canción repleta de amenazas contra la policía (el FBI le escribió una carta de queja al editor del disco): “A un joven negro le fue mal / porque soy de color marrón / y no del otro y por eso la policía cree /que tiene la autoridad para matar a una minoría / Mierda jodida, porque yo no soy quien / para que me dé de palos y me meta en la cárcel / un chulo hijo de puta con una chapa y un revólver” (“A Young nigga got it bad ‘cause I’m brown / And not the other color so police think / They have the authority to kill a minority / Fuck that shit, ‘cause I ain’t the one / For a punk motherfucker with a badge and a gun / To be beatin’ on, and thrown in jail”).

“Fuck tha police, fuck-, fuck- / fuck tha police, fuck-, fuck-” repite, como un conjuro ritual, el estribillo.

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Ángel Loureiro es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Ha sido docente en materias de literatura, cine y fotografía en varias universidades estadounidenses, entre ellas Princeton, institución en la que dirigió el Departamento de Español y Portugués.

La libertad en Castoriadis: ¿Qué es la autonomía?

Por Miguel Aponte

A ArmandoEpigrama

Introducción

¿Qué es la autonomía? ¿Cuál es el sentido de este término? La palabra expresa para Cornelius Castoriadis la forma que adopta en la praxis la idea de libertad. La idea de libertad humana es la más importante y más discutida, tanto cuando se la afirma como cuando se la niega u oculta o mistifica. Origen y justificación de las grandes cosmovisiones contemporáneas: liberalismo y marxismo; y de todas las religiones. Origen de la ética. Por tanto, variable en función de la cual gira la vida humana: es necesario elucidarla.

Castoriadis llevó a cabo esta elucidación muchas veces y, quizás, su vida y su obra toda es un esfuerzo consciente, deliberado y libre por discernir el problema de la libertad, una prueba de su propia filosofía y de su propia vida. Elucidación trabajada en sus dos dimensiones, individual y social, sin mistificaciones y sin regresos religiosos, rompiendo por fin el puño platónico: el atrapamiento racionalista. Alejándose de toda cosificación del problema, rompiendo con todo determinismo, sin caer en las modas postmodernas, modas despechadas del siglo XX, ni en falsos espiritualismos.

Está de moda santificar la realidad y el presente –es la salida fácil–, pero para Castoriadis la materialización de esta vida es el proyecto revolucionario o transformador. Sólo un ser histórico puede tener la experiencia de la historia, ese ser es el hombre, entonces sólo a él le corresponde crearla creándose a la vez en ella. La historia es el terreno de esa creación que es a la vez creación de sentido, cada vez. Sin embargo, éste mismo acto creador es y ha sido casi siempre ocultado y lo que es producto del hombre ha terminado siendo presentado como resultado de fuerzas extrañas a él: Dios, Razón, Leyes, Tradición, Herencia.

La sociedad, por razones que Castoriadis indagó en profundidad, se va a encargar de esconder su alteridad, su propia trágica mortalidad, detrás de fuerzas extra-sociales a las que va a asignar un poder trascendente ¿Por qué? Porque ésta será siempre la manera de apostar a su propia inmortalidad, a su eternización histórica. Todas las sociedades históricas han estado, están y estarán sometidas a su propia finitud y todas sin excepción han trabajado y trabajan para ocultar y así intentar evitar su propia ruina. Ruina tantas veces inevitable como tantas veces ocultada. Hablamos de la sociedad heterónoma: enemigo jurado para siempre de la libertad. Contra la heteronomía como modo de ser alienado de la vida tenemos el punto de vista de la autonomía: Freud es uno de sus más grandes representantes y, obviamente, tenemos también a Castoriadis. En este papel vamos a ver cómo se engranan ambos puntos de vista, ambas reflexiones. El resultado es sorprendente. Veamos.

Individuo autónomo, Sociedad autónoma

Al contrario de la visión heterónoma, la verdad es que la transformación del individuo, la sociedad, la política, la institución y la historia no solamente son posibles sino que están en manos del ser humano como ser autónomo. La autonomía es un hecho constatable. De esto se trata y no solamente y nada más de filosofía y pensamiento. Es el rescate de la noción de praxis que para Castoriadis también es hacer pensante y acción lúcida que transforma la realidad. La teoría es parte de este hacer y no se entiende sin él. Pero dijimos que la elucidación va en dos planos: individual y colectivo. Así que las preguntas, para comenzar, son: ¿qué es un individuo autónomo? ¿qué es una sociedad autónoma? Esto es, no alienados. En este papel atenderemos la primera pregunta.

Individuo autónomo

Freud había dicho “Allí donde estaba el Ello, debo devenir yo”. La frase está en “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”, lección 31, y dice así:

“Su objeto (el del psicoanálisis) es reforzar el Yo, hacerlo más independiente del Súper-yo, ensanchar su campo de visión y extender su organización del tal manera que pueda apropiarse de nuevas zonas del Ello. Allí donde estaba el Ello, debo devenir yo. Es un trabajo de recuperación (…)”

Lacan tradujo la frase así: “Allí donde Ello fue, debo advenir Yo”; y añadía que el fin propuesto por Freud era el de la “reconciliación”. Castoriadis inicia su reflexión sugiriendo que, en principio, este Yo del que habla Freud es el “consciente en general” y el Ello es los “instintos” y las “pulsiones” o el “inconsciente en el sentido más amplio”. De modo que se trataría de que el Yo, el Consciente o la Voluntad tomen el lugar de los Instintos y las Pulsiones, “cuyas fuerzas oscuras” actúan por mí. Pero, atención, no se trata solo y nada más de instintos y pulsiones, líbido, eros o pulsión de vida y pulsión de muerte, que siempre están trabajando, siempre muy activas en el Inconsciente, sino que hay que incluir también entre esas fuerzas “oscuras” al Súper-yo que se forma y combina también en el Inconsciente.

Enseguida Castoriadis aclara que esa “toma de lugar” no puede querer decir desplazamiento, supresión o reabsorción del inconsciente por el consciente; y mucho menos eliminación. No es que el consciente tiene que sustituir al inconsciente o que debemos eliminar este inconsciente. Sino que se trata de “tomar su lugar en tanto que instancia de decisión”. Es decir, “la autonomía sería dominio del consciente sobre el inconsciente” en cuanto y en el momento en que en forma consciente se decide.

Castoriadis como filósofo reconoce el enorme aporte de Freud que con su análisis “revela” una nueva y profunda dimensión del problema; y recuerda que este asunto es tan importante como antiguo y ya venía discutiéndose durante siglos: es el programa de la “reflexión filosófica sobre el individuo” y la ética –Platón, estoicos, Spinoza o Kant. Cuando los griegos en Delfos ya afirmaban el “conócete a ti mismo” y antes quizá, están planteando el mismo problema: ¿quién o qué es “yo? ¿qué debe conocer? ¿qué debo decidir? Y, entonces, ¿quién decide?

Pero en Freud hay una enorme diferencia: el camino de Freud, su propuesta, es eficaz, mientras que los filósofos no pudieron descender de la abstracción. El problema estaba identificado, si se quiere, desde el “conócete a ti mismo”, pero el camino de Freud, su método, su vía, es una innovación que hace descender todo el asunto del trascendentalismo, se aleja no solo de la religión sino de todo racionalismo. Como podrá verse el camino de Freud no apunta al racionalismo platónico, sino a la praxis: saber que se hace en forma activa, hace y le hacen, saber que se produce en la relación de una libertad frente a otra libertad.

Si tomamos los términos del Yo del Consciente y el Ello del Inconsciente de Freud y los colocamos en paralelo a los términos de autonomía y la heteronomía de Castoriadis, la metáfora de Freud sugiere que el consciente es el Yo de la autonomía y el inconsciente es el Ello de la heteronomía. La autonomía es “mí” ley, mientras la heteronomía es la ley del “Otro”, es una ley otra. La ley de Otro que no soy Yo.

¿En qué sentido el inconsciente es la ley del Otro? ¿qué Otro es ese? No es Otro “desconocido”, aunque “no lo conozca”. Es Otro en mí. Lacan decía: “el inconsciente es el discurso del Otro”. Se trata de lo que dicen en el Yo los representantes de lo que no es él, es depósito de los puntos de vista y significaciones de quienes lo engendraron y criaron, e incluso desde antes de engendrarlo. Es la herencia atávica.

Dicho esto, entonces la autonomía sería que mi discurso tome el lugar del discurso del Otro: el Otro está en mí, me domina y no me deja ser. Habla por mí. No soy Yo. Se nota, dice enseguida Castoriadis, el componente social de todo el asunto. La dimensión social del problema. Empieza por los padres y termina con toda la sociedad y la historia. Se nota también, añadimos, que ese Yo que no existe desde el comienzo y que no es la herencia, eventualmente “aparece” y solicita su lugar. No es nada pero emerge. Aparece a partir del otro y, por lo tanto, a pesar y gracias al otro. Quizá habría que decir que existe y no existe. Es entelequia en el sentido de Aristóteles.

Entonces, ya vimos de qué Otro se trata. Ahora bien, es necesaria otra pregunta, ¿cuál es este discurso del Otro? ¿puede ser eliminado? ¿hasta qué punto? Castoriadis no se refiere a ser eliminado en su origen –pensemos que esto significaría eliminar el inconsciente y la sociedad, dos absurdos–, sino a que si podría ser eliminado o desplazado cualitativamente. Veamos.

El discurso que el sujeto tiene de sí no es suyo, sino del Otro. No habla él, no se dice, sino que es dicho por Otro. Se cree algo que no es. Es un disfraz que se le ha puesto. Es parte del Otro, de un mundo que no es suyo (y que a su vez está disfrazado, atención). Entonces, se trata de o es un discurso que, cuya cualidad es que es “imaginario”; esto, mientras a la vez es creído como “más real que lo real”. Es engaño vivido como real. Entonces, la característica del discurso del Otro es su relación con lo imaginario. El sujeto está dominado por ese discurso del Otro y “se toma por algo que no es”.

Ahora bien, continuemos: como el sujeto en principio no “sabe” que es así, que es el Otro quien domina, entonces, ese imaginario está “autonomizado”, alienado: define la realidad del sujeto y su deseo. Entonces, atención, la conclusión para Castoriadis es que la alienación individual no resulta

del conflicto entre pulsiones y realidad, sino que resulta del conflicto “que hay entre pulsiones y realidad por un lado y, por otro, la elaboración imaginaria en el seno del sujeto”.

Castoriadis afirma que si el conflicto “importante” fuera solamente entre “principio del placer” y “principio de realidad” y por tanto ésta fuera la causa única o definitiva de la alienación del sujeto, si todo el problema fuera la represión de los instintos y las pulsiones, “si este conflicto fuese suficiente causa patógena, jamás hubiese habido una sola resolución, incluso aproximadamente normal, del Complejo de Edipo, desde los orígenes de los tiempos, y jamás un hombre y una mujer habrían caminado sobre esta tierra”.

Lo anterior sugiere que el complejo de Edipo es un complejo histórico-social y humano, con un apuntalamiento natural, claro está, pero que es consustancial al carácter humano de la sociedad. Se produce porque es parte de la co-determinación hombre-sociedad y se resuelve o puede ser resuelto precisamente gracias a esa co-determinación. No estamos juzgando aquí que pueda no producirse, sino que es inherente: el complejo de Edipo, otra vez, es a pesar y gracias a la sociedad y somos a pesar y gracias a él simultáneamente.

Entonces, el problema es que el Ello, el inconsciente, inviste de realidad lo imaginario, lo autonomiza y le da poder de decisión, siendo que el contenido de este imaginario es el discurso del Otro; por tanto, repetición, y “repetición ampliada”. Añadimos, luego de la llegada del Yo, va a seguir siendo “imaginario”, solo que ya no será discurso del Otro. Pero, atención, lo que queremos decir es que imaginario siempre será. ¿O no?

Entonces, la tarea es que en este lugar del Otro, debo de venir Yo. Mi discurso. Mi discurso debe tomar el lugar del discurso del Otro. Pero entonces, atención, viene la pregunta obligada: ¿Qué es mi discurso? ¿Qué es un discurso que es mío?

El discurso es mío en cuanto lo asumo y para eso tengo que negarlo en tanto discurso del Otro, atención, no necesariamente negando el contenido del discurso del Otro, sino su condición de propietario, por decirlo así, del discurso: hago el discurso mío. En pocas palabras: hay que negar el discurso del Otro. Mi discurso toma el discurso del Otro. Asumo la causa del discurso o lo rechazo. Lo constituyo en verdad propia o lo elimino –hasta donde sea posible–.

Pero Castoriadis propone no tomar la frase de Freud en forma absoluta. Sería imposible que el Yo asuma completamente el discurso del Otro. Sería un objetivo inaccesible: “Jamás el discurso será íntegramente mío”. El sujeto ni siquiera podrá reasumir todo el discurso, evaluarlo completamente. Jamás revisará todo su inconsciente. Veamos la siguiente frase de Castoriadis:

“¿Cómo pensar en un sujeto que hubiese totalmente “reabsorbido” su función imaginaria?”

Estaríamos hablando de un sujeto que fue capaz de “agotar” todo su inconsciente, clarificándolo totalmente, un sujeto con un Yo pleno, completamente suyo, que solo es su propia voluntad y no se deja llevar por sus fantasmas porque ya no tiene inconsciente. Llegó a ser un Yo de una vez por todas. El tipo posee un discurso completamente suyo. Es siempre real y nunca fantasmático.

Desvela a sus fantasmas y los domina siempre. Un tipo cuya consciencia tomó el poder para siempre.

Hay que tener cuidado con esto, nos recuerda Castoriadis que allí residen los fantasmas más alienantes y las creaciones libres más verdaderas que la verdad y sugiere que sin el inconsciente “nada tendría fondo”; es la base de lo humano. Fuente de la imaginación radical, quiere decir. Remata entonces con esta afirmación que se va a conectar con el problema filosófico más hondo:

“La noción de verdad propia del sujeto es en sí misma más un problema que una solución.”

La filosofía tradicional y heredada busca “verdades” como claros en el Ser, pero esta posición reivindica la verdad más bien como una tensión permanente, como búsqueda y no como encuentro. Una aventura sin fin.

Entonces, claro, lo que propone es no mistificar la noción de Freud y darle otro sentido: “No se trata de un estado acabado, sino de una situación activa”. El hombre no podrá llegar nunca a ser totalmente consciente, totalmente autónomo, totalmente “hecho” de una vez por todas, no porque no sea “capaz” o como consecuencia de un “defecto” sino porque aspirar a eso no tiene sentido y es un error desearlo, alcanzar “eso” eliminaría lo humano. El ser humano es movimiento y actividad que se hace haciendo. Parte de ese hacer es pensar y la fuente de todo, el telón de fondo que permite todo, es precisamente el inconsciente, sin el cual no habría hombre y, por tanto, tampoco sociedad. A la vez, sin sociedad no habría ninguna posibilidad de que algún hombre exista. Una sociedad sin hombres con inconsciente no solamente es imposible, sino que no debemos desearla. Es un imposible y un absurdo a la vez. Castoriadis reivindica el inconsciente y el Ello y completa la frase de Freud de la siguiente manera: “Donde Yo soy, el Ello debe surgir”. Con lo cual, el postulado completo quedaría de la siguiente manera:

“Allí donde estaba el Ello, debo devenir Yo; y allí donde Yo soy, el Ello debe surgir”.

¿Qué nos está diciendo Castoriadis? Que el Yo no puede eliminar al Ello (ni a la sociedad) a menos que se elimine a sí mismo y esto no tiene sentido; y que, por tanto, debe permanentemente crear y recrear su relación con el Ello, pues el Ello también es Yo y debe manifestarse; por lo demás no puede no manifestarse. No se trata de no tener discurso del Otro, sino de no perder la consciencia de éste discurso y trabajarlo permanentemente. No dejarse alienar por él. Y, atención, esto incluye mis propias reelaboraciones, pues no debo permitir que se terminen transformando en Otras y me alienen.

Un sujeto así, nos dice Castoriadis, es un sujeto autónomo: uno que distingue entre “verdad” y “deseo”. Instaura otra relación entre el discurso del Otro y el suyo, discurso del sujeto. Un individuo que ve la realidad, sabe que no puede con algunas cosas, las identifica, pero no se conforma. Y como todo discurso es fantasma sabe no alienarse tampoco a su discurso, impidiendo que se transforme en discurso Otro, que se aliene y se vuelva Otro. Castoriadis va a dar los ejemplos de Platón y Freud: “jamás se detuvieron en este movimiento”. Jamás, por tanto, se alienaron ni siquiera a sí mismos.

Pero las preguntas continúan, entonces: ¿Qué sujeto es este? O, este sujeto ¿qué es? Respuesta: pues es actividad y no entidad. Es movimiento y no estado. Actividad y movimiento que trabaja sobre sí mismo y cuyo objeto es precisamente el discurso del Otro. No es ni puede ser actividad y movimiento sobre la nada. Y el algo sobre el que trabaja, que también lo constituye, no olvidar, es precisamente el Otro. Sin ese objeto que es el Otro en él, simplemente no es nada. No es. Es pues un sujeto co-determinado por su objeto.

Entonces tenemos para Castoriadis esta primera co-determinación: el sujeto es en la medida en que actúa sobre sí mismo, en un primer sí mismo que es el Otro. No es nada sobre la nada. No es entidad que actúa en un sin fondo.

Pero hay otro nivel de co-determinidad más complejo, advierte. Atención, esto es muy importante: Se trata de que en el sujeto está también el no-sujeto. El no-sujeto es el mundo, la exterioridad entera del mundo. Entonces, en el sujeto está también el mundo: “Está penetrado de parte a parte por el mundo y por lo demás”. Esta segunda co-determinidad implica que el Otro es ineliminable totalmente, porque ocurre que “el otro está presente cada vez en la actividad que lo elimina”.

Entonces, en el sujeto se encuentra la materia misma del Otro, del mundo y más; y todo lo demás, repetimos. Parafraseando a Castoriadis, la calle entra en el sujeto y lo hace su alcoba. El sujeto no es algo abstracto o que está más allá del cuerpo o la sociedad y los mira de lejos, como quiere el racionalismo; tampoco hay un Yo trascendental que contempla la naturaleza y la “existencia” desde arriba (ni desde abajo). Sino que en realidad el sujeto es “mirada y soporte de la mirada, pensamiento y soporte del pensamiento, es actividad y cuerpo que actúa –cuerpo material y cuerpo metafórico”. Citemos a Castoriadis:

“Una mirada en la cual ya no hay algo de lo mirado no puede ver nada; un pensamiento en el cual ya no hay algo de lo pensado no puede pensar nada”.

El soporte no es solo soporte biológico, contiene más, y sin ese contenido la actividad del sujeto es imposible. Pero es un contenido que ni es del sujeto ni es del Otro. Atención, “es la unión producida y productora de sí o del otro (o del mundo)”. “Con una sola palabra, incluso no pronunciada, el mundo se infiltra por todas partes”, dice Castoriadis. Y, remata, “no es sino por el mundo como puede pensarse el mundo” (…) “Lo pensado no es solo lo que está por pensarse, sino aquello por lo que es pensado”. Sólo porque el sujeto posee el mundo es por lo que puede llegar más allá de sus fantasmas. Casi terminando:

“Finalmente, no está sino en apariencia ajeno a nuestro tema el recordar que el soporte de esta unión del sujeto y del no-sujeto en el sujeto, el gozne de esta articulación de sí y del Otro, es el cuerpo, esa estructura “material” con un sentido virtual en su seno. El cuerpo, que no es alienación –eso no querría decir nada-, sino participación en el mundo y en el sentido, ligazón y movilidad, preconstitución de un universo de significaciones antes de cualquier pensamiento reflejo”. Entonces, ¿cómo pensar en un sujeto abstracto, ficticio, sin la realidad concreta de su cuerpo, de su historia y de su sociedad?

Terminemos con otra cita de Castoriadis:

“La verdad propia del sujeto es siempre participación en una verdad que le supera, que crea raíces y que lo arraiga finalmente en la sociedad y en la historia, incluso en el momento en el que el sujeto realiza su autonomía”.

 

Bibliografía:

Cornelius Castoriadis (2010), La institución imaginaria de la sociedad, Tusquets Editores, Buenos Aires, pp. 576, páginas 160-168

De la Convención Constitucionalista chilena a la revancha de la multitud

por Santiago Arcos-Halyburton

“(…) cabe al general intellect —el cerebro social productivo, cuya expropiación de la propia posibilidad comunicativa es el paradigma, al mismo tiempo, que el capitalismo contemporáneo y de su forma de dominación correspondiente —, la tarea de invención de otra política que camine por fuera de las instituciones, dándole combate en cada esquina y en cada nodo de las redes.” Silvio Pedrosa

La Convención Constitucional chilena fracasó, tal como Dilma fracasa en imponer las políticas de ajuste en el Brasil post Junho 2013, en un sentido, pero tuvo éxito como momento expropiador de la potencia multitudinaria que estalló en Octubre de 2019, un éxito cimentado desde el Acuerdo por la Paz de noviembre de 2019 , donde toda la casta política acordó salvar el régimen para salvar al Estado de la banca y las finanzas del asedio al que estaba siendo sometido por la multitud sublevada. Boric y Cía. fueron la mediación que encauzo el caudal, múltiple y diverso, de los millones de reivindicaciones sociales, económicas, políticas y hasta culturales, que la rebelión significaba en cada jornada nacional de ocupación de los territorios, sin una unidad programática, y lejos de la política de Asamblea o Convención Constituyente o Constitucionalista, esos millones de voces fueron silenciadas y llevadas a un momento electoral institucionalizado para que la elite pudiese recuperar ese movimiento en el nuevo contrato social promesado: nueva Constitución. Momento que es apoyado por el 78,28% de los votantes (votó solamente el 50,95% del padrón electoral, es decir 7.569.082 votantes, contra 14.855.719 registrado para votar) en ocasión del plebiscito que legitimaba el cambio de escenarios: la calle por el hemiciclo parlamentario y constitucionalista. Lo que fue celebrado y entendido por la multitud como el momento en que debía abandonar la calle, las luchas, y trocarlas por una “política” que ella entendía como un mandato. La Convención misma es no representativa, aunque sus componentes vengan, mayoritariamente del mundo social, de las luchas, en el caso de los “montañeses” , o del mundo de la antigua Concertación por la Democracia, que había gobernado neoliberalmente durante 30 años, y la derecha, con una expresión mínima de convencionales, y fuesen elegidos por voto universal. No obstante, si revisamos la estadística, veremos que del padrón electoral compuesto de casi 15 millones, de inscritos, solo se expresó en las urnas el 41,51% del electorado, donde las orgánicas burocráticas se dividen paupérrimos resultados electorales, los que indican una bajísima representación en los hechos (hay convencionales que fueron elegidos con menos del 0,1% de los votos emitidos de su circunscripción, lo que implica un 0,04% del padrón electoral inscrito). Respecto de los escaños reservados estos fueron gestionados de modo que fuese elegida la intelligentsia de los pueblos originarios, ligada a las burocracias partidarias, pero lejanas a las organizaciones sociales de las etnias que decían representar (por ejemplo, Elisa Loncón representaba al mapuche urbano de perfil académico, pero con cero vinculaciones con las comunidades en territorio mapuche), por lo que, desde el principio, fueron interpelados por miembros de base como representantes no legítimos. La Convención se vio imposibilitada de vender su moneda falsa, esa que aggiorna el régimen para trasvestirlo con una serie de derechos que la población es incapaz de digerir, porque no reflejan la inmediatez de sus necesidades y anhelos, esos deseos que estallaron como una llamarada de multiplicidades deseantes el 18 de Octubre de 2019, cuando millones de personas salieron a las calles en pos de un mundo, que imaginaban desde sus propias e individuales reivindicaciones, agenciándolas con las de las mil flores que brotaban por doquier, reconociéndose en los otros que bajaban a la calle y se sumaban a las plazas. La espontaneidad del acontecimiento, salvaje, primitiva, violenta, una oposición a todo lo que nos oprimía y continua oprimiéndonos, la más difusa insatisfacción con la vida que llevamos bajo el capitalismo financiarizado, se expresó, finalmente, como las plazas que la precedieron, Tahrir, Gezi, Sol, Maidan, sí, Maidan, como una expresión de enfrentar el poder desde la comuna que, inmanente, se va conformando en las calles, entre asambleas barriales, territoriales, estudiantiles, (las que rápidamente son cooptadas por las burocracias de diferentes layas, introduciendo la política constitucionalista en ellas) y legisla, a modo de un contrapoder, aumentos de salarios, freno a las alzas programadas, etc., a partir de sus expresiones callejeras, concedidas por el poder constituido a modo de mediación, pero todo eso debía ser derrotado, encauzado, expropiado, finalmente por la casta política para salvar el régimen. Este acontecimiento chileno pudo abrir una brecha en el muro del poder, pudo hacer real la frase de Marx y Engels, “llamamos comunismo al movimiento que en el real destruye el orden actual de las cosas”, sin embargo, apenas, el movimiento, logra introducir una cuña en el muro la grieta es cerrada y costureada por Boric y Cía. en ese acuerdo por la paz.
El fracaso de la Convención Constitucionalista está centrado en esa imposibilidad de venderle su moneda falsa a la multitud que lucho en Octubre 2019 y que fue aplastada por las cuarentenas, la cesantía, el deseo de securitización que estas construyeron en los sujetos y que la inflación continúa. Un deseo de servidumbre voluntaria recorrerá a la multitud, por todo el orbe terrestre, el ansia de encierro y el control de las poblaciones será la moneda de cambio conque la multitud transara su potencia por un supuesto derecho a salvar la vida. La multitud de las luchas chilena no es ajena a esta subjetivación, llevada a cabo por el capital, en su tránsito a la smartworkerización y total reemplazo de la mano de obra por la IA, será esta subjetividad, securitizada, la que se aleje de una Convención, que, en los hechos, había huido del control multitudinario para adentrarse en el del poder constituido, pero no constituyente, pactando con él, los dos tercios (que extrañamente son votados por mayoría simple y a pesar de que la reforma constitucional que los preveía no podía ser cambiada), será, este el primer gesto venial y servil que venía a confirmar el gatopardismo de la Convención, adornar el contrato social con unos derechos, que si bien son sentidos y universales, viven más en los papers de la intelligentsia “progre” que en el corazón de las multitudes. Por ejemplo, la paridad de género, que solo beneficia a unos cuantos cientos o quizás un par de miles de mujeres que sirven en el aparato estatal, político, empresarial y académico, pero que no es sentida por la cajera de supermercado, la mucama o la barrendera, que no acceden a ese feminismo de la igualdad que ansía cuotas de poder, mistificándolas de antipatriarcales, la plurinacionalidad que no fue ni siquiera extraída del deseo de los pueblos originarios sino que del jacobinismo de unos cuantos militantes y activistas. El progresismo elabora y negocia con el poder constituido un programa que sustente en el tiempo la mantención del orden actual, a partir de una propuesta repleta de derechos, los que, entre paréntesis, serian motivo de ley, su aplicación, leyes que el Parlamento debería legislar, bajo el régimen de la representación. Los convencionales, como dice Raul Zibechi, terminaron siendo más constituidos que constitucionalistas, una vanguardia iluminada, que viene a decirle que hacer y cómo hacer a los sectores populares, a darles lecciones respecto de las vidas que a ellos les cuesta vivir y que deben administrar por sí mismos, sectores que ya no aceptan más tutelas, más representación, algo que la intelligentsia no acaba de aprender, de asimilar, es que la representación no va más sobre los movimientos sociales. A esto sumémosle un texto abstracto, no ahorraron adjetivos, con 388 artículos y 57 disposiciones transitorias, difíciles de leer para quien no maneja la babel de las jergas académicas, progres, ambientalistas, animalistas o feministas, un texto que nunca intermedio con la multitud, con los “subalternos” (así es como definen a las personas los “progres”), sin propuestas para la vida cotidiana de las personas comunes y corrientes, que no solo ansían dignidad en sus vidas, sino que, seguridad económica, salud y educación de calidad, pagada a precios accesibles o gratuita, trabajo no precario, seguridad espaciosa y física. Solo los profesionales de la política ansían las revueltas, algo que se aprendía yendo a las antiguas huelgas del obrero masa fordista, era el sufrimiento que implicaban para ellos y sus familias las luchas. Un texto equivoco ante las declaraciones de algunos convencionales: la no expropiación de los fondos de pensiones, negándose a normarlos, y cuando lo fueron un parlamentario de gobierno se encargo de aclarar que la norma solo regía para la actual constitución, de aprobarse la propuesta, dejaba de regir; el sistema de justicia nacional prevalecerá sobre el indígena, pero eso no lo escribiremos en el texto; etc., etc. Ni la Convención, ni los convencionales, ni el texto pudieron comunicarle nada a quienes deseaban una vida otra, porque no hablaba su lenguaje, hablaba un idioma extranjero, ininteligible para la multitud de las luchas. Al descontento social, a la desigualdad social, a la sensación de ser estafados cotidianamente por el capitalismo, a la falta de igualdad de oportunidades la Convención ofreció, no igualdad material, que era el elemento central de la propuesta de las luchas callejeras, sino que identidades, una igualdad cultural que solo existe en el horizonte y el Monte Caramelo de las militancias y el activismo de los “progres”, que vinieron a encumbrarse como una vanguardia política, a introducir unos conceptos que tienen cero anclajes en la realidad cotidiana de las personas. Los pobres, en todo el mundo, apoyan proyectos con una muy concreta expectativa de solución de sus necesidades materiales, no conceptos vagos, académicos, especializados que solo anclan en las clases medias. Amén de haberse simbolizado, en el imaginario popular, el voto Rechazo como un golpe a un gobierno que niega la ayuda económica universal cuando la inflación golpea duro el poder adquisitivo de los pobres y la focaliza en pequeños segmentos de la población, porque Boric ligo el éxito de su gobierno a la aprobación de la propuesta constitucional, mal negocio cuando el rechazo a la figura presidencial bordea el 60%. La Convención termino hablándole a sus correligionarios, desde su deseo burocrático, disociado de lo social en el real, con un prejuicio a priori (Errejón en un debate sobre Bolivia, hace unos años, planteaba que la gente, los indígenas, los proletarios debían ser dirigidos porque eran incapaces de pensar y pensarse como sujetos, ignorantes), incapaz de generar poder constituyente, excepto una mediación y la derrota, transformando su actividad en un acto autoritario per se, al definir desde sus propios intereses, como casta político-burocrática, el destino de las luchas para guiarlas al desguazadero, incluso a contramano de la multitud que las produce: sin políticas públicas, sin propuestas claras el trabajo de los convencionales y su texto terminaron transformándose en desesperanza, en rabia, en un rechazo multitudinario, que debemos leer como una expresión de clase. Son los pobres, donde el quintil más bajo voto Rechazo en 75,1% y el medio bajo en un 71,3%, superando incluso a los quintiles más ricos, que votaron Rechazo en un promedio del 60%, mientras que el apruebo tuvo su mejor performance en los quintiles medio, 34,8%, medio alto, con 35,6% y en el quintil alto, un 39,5%, queriendo decir que el proyecto le hacia sentido a activistas, militantes y a las clases medias y parte de la clase alta, dejando a los pobres, nuevamente, fuera del retrato. Punto aparte es la votación en zonas con mayoría mapuche, donde el promedio de población indígena, 70%, fue superado por un 75% de Rechazo al texto plurinacional, lo que implica que los convencionales plurinacionales no representaban en nada a esas comunidades o poco conocen de lo que realmente piensan o sienten respecto del país o de su pertenencia, incluso de hacia dónde se inclinan sus preferencias políticas, que generalmente son marcadamente de derechas, ser mapuche y de izquierda no necesariamente son sinónimos, solo los progres sueñan con esa narrativa fantasiosa.
Ante estos hechos la clase política, la oligarquía, la Confederación de la Producción, se han puesto manos a la obra para mediar nuevamente este descontento con una nueva Convención o Comisión de Expertos que elabore una nueva constitución a la brevedad, en ese escenario el gobierno “progre” se saca la mascara y suma a su ejercicio de la governance del capital a los antiguos administradores de la Concertación, tratando de ampliar su base política, pues carece de base social, derivando de un kerenkismo senil a unos visos bonapartistas, que aún son un esbozo, y de este modo continuar su tarea de gerenciar los ajustes necesarios a la relación entre trabajo vivo y capital en medio del proceso de smartworkerización acelerado que abrieron las cuarentenas.
Algunos, esos que aun sueñan con el Che Guevara y Allende, pretenden ver en las marginales (solo en Santiago de Chile existen 11.248 colegios primarios y secundarios, y son un grupo minoritario de 7 liceos secundarios los que se manifestan), pero ruidosas, manifestaciones estudiantiles, un revival o continuación de Octubre de 2019. Estos grupúsculos estudiantiles, SER (Secundarios en Rebeldía), Irreverencia Estudiantil y Estudiantes por la Causa Popular, orgánicas que se reclaman del MIR y del MJ Lautaro o del FPMR , que, en su deseo mesiánico, pretenden erigirse en adalides de una refundación a partir de sus consignas vacías, grupos de raigambre anarquista, eso creen ellos, en los que predomina lo identitario, donde todo nace y muere en ellos y con ellos, donde todo disenso es atacado físicamente, nuevos narodniki; un sector donde la desconfianza en la Convención Constitucionalista era total, pero que hoy se moviliza atacando a esa multitud que votó rechazo, en animo moralista, de castigo por la opción política asumida en el voto, con una violencia virulenta, que profana tumbas en los cementerios, al modo de los neonazis en los cementerios judíos, de ataques físicos a transeúntes (golpear a una mujer que los interpela en defensa de la democracia, o a un hombre de 65 años que intenta pasar entre ellos; acusar a un migrante de cobarde por huir del hambre y no quedarse a luchar en Venezuela porque les solicita poder ingresar al tren subterráneo para llegar a su trabajo; asaltar a los repartidores para quitarles sus envíos y repartírselos entre ellos, en una especie de modo expropiativo desquiciado), o insultar a una mujer de 60 años por vivir en un barrio de clase media, sin mediar provocación. Estos grupos que no sostienen diálogo alguno con sus comunidades estudiantiles y funcionan mediante la coerción física (amenazas de quemar a una profesora a la que previamente rocían con bencina), que atacan a los alumnos con becas alimentarias para sacarlos del comedor del colegio y usar el mobiliario como arma, totalmente disociados de lo social, son resistidos por la mayoría de sus comunidades estudiantiles, son agrupaciones cuyo accionar está más cerca del terrorismo individual que de la acción social organizativa, democrática; tal como la CAM es resistida por el resto de las comunidades mapuches, que intentan disociarse de su accionar. Unas orgánicas cuyo modus operandi ha comenzado a ser interpelada por la ciudadanía en las calles. Una vanguardia innecesaria, cuando la multitud ha asumido su papel de clase, cuando en sus flujos y reflujos, en sus repliegues, para rearmarse de potencia, es capaz de constituir comunes que estas nuevas burocracias, teñidas de fascismo rojo, son incapaces de comprender o vislumbrar. Estos segmentos duros de una política de la negación del otro, aparecen siempre en el momento en que la multitud está en compás de espera, al acecho, maltrecha y golpeada por las cuarentenas y la inflación, por la creciente precarización de su vida, tratando de reemplazarla. No hacen falta héroes o vanguardia alguna, bastante heroica es la vida cuando el sueldo no alcanza o se debe estudiar y trabajar, bastante heroico es abordar cualquier servicio de transporte público o asistir a las salas de esperas de la salud pública; nuestro discurso debe ser un discurso positivo, comunista, donde a partir de las necesidades del movimiento se constituyen los comunes, nos miramos y nos descubrimos singularidades, diferencias, que se agencian y se abrazan en las luchas, ahí es donde nace la posibilidad de establecer una dirección, sin lideres, ni identitarismos, ni familiaridades partidarias. Es el movimiento quien se da un liderazgo estratégico común, afín al modo de producción que ha impuesto el capitalismo cognitivo, en colaboración. Solo en el dialogo, los consensos y la continua confluencia de las diferencias y sus movimientos podremos construir un terreno estratégico, una perspectiva de lucha duradera, que supere el momento de la plaza para diseminarse por los territorios constituyendo el común, en la reconstrucción de un tejido social, destruido por la pandemia y las cuarentenas, por los estados de excepción, avanzando juntos, como un colectivo, un conjunto de singularidades que agencian sus lenguajes, sus afinidades y discuten para encontrar el consenso en las diferencias, pero siempre poniendo juntos todos estos elementos cognitivos, sociales que se expresan en el surgimiento de organizaciones autogestionadas, como la ONG Joane Florvil de la ciudad de San Fernando, en el Sur de Chile, donde, desde las necesidades que abre la crisis en el empleo durante la cuarentena, se crea una olla común que da 300 almuerzos diarios, una escuela libre, huerto comunitario, cine comunitario, un sistema de salud holística comunitaria y una escuela de artes y oficios, experimentando, de este modo, la construcción de una orgánica en común, desarrollando, en profundidad, capacidades de gestión del espacio, de producción de insumos y servicios vitales, una creación de redes de solidaridad, de programación cultural y de ámbitos de decisión democrática. Este paso de la defensa a la constitución del común constata de que esa forma de gestión es infinitamente más democrática que la usual forma productiva de los servicios públicos a través de la dicotomía público-privado, que se alterna entre el Estado como proveedor directo o los varios modelos de descentralización hacia el mercado. Este germen de comunismo, por el contrario, se reapropia de los servicios para volverlos, no estatales-públicos o privados, sino que comunes.
Ante la debacle, el progrerio no tiene más respuestas que sus expresiones de clase, su resentimiento con los pobres, con las mujeres populares, con los indígenas, las comunidades afectadas por la falta de agua en manos de unos pocos, por los presos (que por primera vez votaban en una elección), su máxima expresión fue el desprecio por esos “subalternos” a quienes deseaba deslumbrar con su iluminada propuesta constitucional: “fachos pobres”, “no vuelvo a luchar por gente que no lo merece”, “país culiao”, “somos el peor país de Chile”, una ex convencional llegó a decir que ella “no justificaba a las poblas que se creían condominios”, esta casta salida de los doctorandos, de los círculos del poder y de las burocracias progres tiene tanta afinidad con la multitud, que la rechazo como dirección o vocera en Octubre de 2019, como la derecha que la reprime, aunque hoy es Boric quien apresta sus rasgos bonapartistas para reprimir cualquier atisbo de rebelión, tal vez sea hora de citar a Bertolt Brecht y su poema La Solución, ante el progrerio devastado por la derrota que la multitud le propina:
Tras el levantamiento del 17 de junio, el
secretario de la Unión de Escritores
ordenó la distribución de folletos en la Stalinallée .
El pueblo, leemos, ha
perdido por su culpa la confianza del gobierno
y sólo redoblando sus esfuerzos
pueden recuperarla.
¿No sería
entonces más sencillo para el gobierno
disolver al pueblo
y elegir otro?

¿A dónde vamos? No lo sabemos, tal vez podamos vislumbrar un descontento creciente en la población, un ruido sordo que va tejiéndose por debajo de las capas telúricas que la multitud teje, pero también podemos vislumbrar un momento venezolano, sin salida, ante la creciente inflación, donde la energía y potencia de la multitud de las luchas esta puesta en la sobrevivencia diaria y la barbarie o el autoritarismo se transformen en el modo de vida cotidiano. Por de pronto, tras la experiencia de más de 20 años de progresismos latinoamericanos, sabemos que Boric y sus corifeos solo mixturaran algo de neo desarrollismo con el neoliberalismo de siempre, logrando, como único milagro, una nueva multiplicación de lo pobres.
No, no sabemos cuándo estalla el acontecimiento, pero si sabemos que una de las grandes fortalezas del movimiento y de los no-movimientos, es su deseo de no ser representados, su huida del poder, su horizontalidad y la inmanencia con que establecen sus instituciones a medida que las luchas avanzan y se desarrollan, pero también esa es la gran debilidad, la imposibilidad de cuajar en instituciones permanentes, tal pareciera que la multitud constituye, en sus luchas, al modo de las sociedades contra el Estado de las que Clastres nos hablará alguna vez. Mientras, continuamos en las luchas, en la constitución de comunes, en las comunidades donde nos insertamos, esperando a que el acontecimiento estalle nuevamente y lo que llamo momento Maidan se produzca, cuando la multitud en sus luchas se abre paso destituyendo al régimen y podemos vislumbrar, a partir de ese momento, materialmente un ir más allá, hacia la destrucción del orden actual de las cosas para constituir ese deseo de comunes que la multitud expresa en sus luchas.

La ley del valor en el paso del capitalismo industrial al nuevo capitalismo

por Carlo Vercellone

El objetivo de este artículo es el de caracterizar, en el marco teórico post-operaista, el sentido lógico e histórico de la marxiana ley del valor, en el paso del capitalismo industrial al capitalismo cognitivo. Desde esta perspectiva, el análisis se desarrollará en tres fases. En la primera nos proponemos precisar qué es necesario entender por ley del valor/tiempo de trabajo y en qué consiste su articulación a la ley del plusvalor de la cual es una variable dependiente e históricamente determinada. En referencia a esta articulación utilizaremos la noción de ley del valor/plusvalor. En una segunda y tercera fase, la atención se focalizará sobre las principales dinámicas que explican la fuerza progresiva de la ley del valor/plusvalor en el capitalismo industrial, por tanto, su crisis en el capitalismo cognitivo.

  1. Dos principales concepciones de la ley del valor-trabajo

En la tradición marxista cohabitan, como señala Negri (1992), dos concepciones de la teoría del valor. La primera insiste sobre el problema cuantitativo de la determinación del volumen del valor. Esta considera el tiempo de trabajo como el criterio de medida del valor de las mercancías. Es la que llamamos la teoría del valor tiempo de trabajo. Esta concepción es bien definida, por ejemplo, por Paul Sweezy, cuando afirma que en una sociedad mercantil-capitalista “el trabajo abstracto es abstracto solamente en el sentido, dicho rotundamente, que son ignoradas todas las características especiales que diferencian un tipo de trabajo de otro. En definitiva, la expresión trabajo abstracto, como resulta claramente del propio uso que hace Marx, equivale a trabajo en general; es lo que es común a toda actividad productiva humana”. En esta visión, la ley del valor es concebida esencialmente como una ley ahistórica de la medida y del equilibrio que rige la asignación de los recursos. La noción de trabajo abstracto devine casi una categoría natural, una simple abstracción mental, libre de todas las características que, de la alienación mercantil a la expropiación del acto del trabajador, hacen de ella una categoría específica del capitalismo. Tenemos aquí una aproximación más ricardiana que marxiana a la teoría del valor-trabajo, cuya genealogía se refiere a un hipotético modo de producción mercantil simple para extenderse después al capitalismo.

La segunda concepción insiste sobre la dimensión cualitativa de la relación de explotación sobre la que descansa la relación capital-trabajo, relación que presupone la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía ficticia. Es aquella que podemos llamar teoría del valor/plusvalor. Esta concibe el trabajo abstracto como sustancia y fuente del valore en una sociedad capitalista regida por el desarrollo de las relaciones mercantiles y por la relación antagonista capital-trabajo. Hacemos notar que en Marx la ley del valor-trabajo es concebida directamente en función de la ley del plusvalor y carece de autonomía alguna respecto a esta última, es decir la ley de la explotación. A tal propósito, la propia elección tan controvertida de Marx, en el primer capítulo del libro I del Capital, de partir del análisis de la mercancía, no tiene nada que ver con la hipótesis de una sociedad mercantil simple que habría precedido al capitalismo. Deriva, sin embargo, de la necesidad de mostrar cómo la transformación de la fuerza de trabajo en una mercancía ficticia –y por lo tanto la articulación entre su valor de cambio y su valor de uso (el trabajo mismo) – explica el misterio del origen del beneficio. En definitiva, en Marx no existe ningún fetichismo concerniente a la ley del valor/tiempo de trabajo, en cuanto ley del intercambio de equivalentes, que supondría una suerte de invariante estructural del funcionamiento de la economía. Al contrario, la ley del valor-plusvalor debe ser pensada, primero sobre el plano macroeconómico de la oposición entre capital social y trabajador colectivo y no como una problemática de la determinación de la medida del valor de las mercancías individuales. Esta lectura –nos parece– es tanto más pertinente en cuanto, como observa Hai Hac “el capital es indiferente al valor de las mercancías que produce, puesto que lo que le interesa es solo el plusvalor del cual el valor es portador. Además, en la medida en que el plusvalor crece con el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo social, el valor decrece en razón del mismo movimiento, dándose un mismo proceso que disminuye el valor de las mercancías y aumenta el plusvalor que contiene”.

A partir de esta segunda concepción, en el resto de este artículo, nos proponemos caracterizar la génesis y el despliegue histórico de la ley del valor/plusvalor, después el sentido y los desafíos de su crisis en una economía basada sobre el rol motor del saber y de su difusión.

1.2 De la ley del plusvalor a la ley del valor basada en el tiempo de trabajo

Comenzamos por tanto por definir la ley del plusvalor. Esta expresa de hecho la racionalidad económica del capitalismo en su esencia, independientemente de su forma históricamente determinada: la de ser un sistema orientado hacia la acumulación ilimitada del capital. Encontramos esta idea en la célebre formula general del Capital de Marx (D-M-D’), en que la valorización del capital es un proceso que no conoce límites en la medida en que su objetivo no es ni el consumo ni el valor de uso, sino la acumulación de la riqueza abstracta representada por el dinero. La mercancía y la producción son para el capital son simples instrumentos para alcanzar este objetivo, la acumulación de dinero en cuanto tal, y esto a fin de aumentar incesantemente el poder de mando que el dinero le confiere sobre la sociedad y sobre el trabajo (fuente y sustancia del valor), permitiéndole apropiarse (de modo directo e indirecto) de un plusvalor.

En este sentido, siguiendo a Negri (1979 & 1996), puede afirmarse que la ley del plusvalor se presenta a primera vista y de modo indisociable como una ley de la explotación y del antagonismo. Esta es anterior y precede, desde un punto de vista tanto lógico como histórico, a la ley del valor que hace del tiempo de trabajo abstracto la medida del trabajo y del valor de las mercancías. Esta última es solo un subproducto y una variable dependiente de la ley del plusvalor. El origen y el sentido histórico de la ley del valor/tiempo de trabajo están estrechamente ligados a la configuración de la relación capital-trabajo que se desarrolla con la revolución industrial. En esta coyuntura histórica la racionalidad económica del capital, esto es la ley del plusvalor, asume de hecho el control directo y afirma su conquista tanto sobre la esfera de la producción como sobre la de las necesidades, dando impulso progresivamente a una lógica de producción/consumo en masa de mercancías.

En este contexto, la ley del valor/tiempo de trabajo se afirma, (incluso antes de que la economía política de los clásicos elabore la teoría del valor-trabajo), como la expresión concreta de una práctica de «racionalización» de la producción y de abstracción del contenido mismo del trabajo, que hace del reloj, después del cronómetro, los medios por excelencia para cuantificar el valor económico resultante del trabajo, prescribir los modos operativos y aumentar la productividad. La homogeneización del trabajo que resulta de su descomposición en tareas elementales se presenta de hecho, dentro de las empresas, como el medio de su control y del cálculo económico. Esta permite optimizar la relación entre el input y el output medidos en tiempos de trabajo “hombres y máquinas”, pagando, como ya había señalado Babbage, el salario más bajo para cada trabajo. Al mismo tiempo, la ley del valor/tiempo de trabajo asegura, en función del tiempo de trabajo socialmente necesario, la regulación a posteriori de las relaciones de competencia ligadas a la actividad descentralizada de unidades productivas independientes unas de otras.

  1. Racionalidad económica del capital y ley del valor-plusvalor en el capitalismo industrial

Sobre esta base somos capaces de caracterizar con una cierta precisión lo que se puede llamar la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor que ha marcado el desarrollo del capitalismo industrial.

Sobre un plano general, esta racionalidad económica descansa sobre una concepción productivista y puramente cuantitativa del crecimiento de la producción y de la productividad. Puede ser definida como una lógica consistente en la fabricación y venta de mercancías con el fin de maximizar el beneficio produciendo cada vez más, con menos horas de trabajo y con menos capital (Gorz, 1989). Por esto, como ya señalaba Marx en los Grundrisse, “El capital es él mismo una contradicción en proceso: por una parte, se esfuerza en reducir el tiempo de trabajo [necesario para la producción de las mercancías] a un mínimo, y por otra pone el tiempo de trabajo como la única fuente y la sola medida de la riqueza”. En definitiva, es el propio desarrollo de la racionalidad de la ley del valor/plusvalor el que, empujando al límite la propia lógica, conduce de modo endógeno a su agotamiento y a la crisis.

Por concepto de racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor es necesario entender con más exactitud dos dimensiones complementarias (dos dimensiones cuyo agotamiento está en el corazón de la crisis actual).

Según la primera dimensión, la ley del valor designa la relación social que hace de la lógica de la mercancía y del beneficio el criterio clave y progresivo del desarrollo de la riqueza social y de la satisfacción de las necesidades. Notamos que esta lógica presenta, sobre varios planos, una ambivalencia económica, social y política esencial, una ambivalencia que, como señalaba Gorz (1988), ha nutrido la ideología del progreso del capitalismo industrial permitiéndolo obtener incluso la adhesión de parte de sectores consistentes del movimiento obrero y socialista, a costa del abandono de toda crítica de la división capitalista del trabajo y de la alienación en la esfera del trabajo y de las necesidades. ¿En qué consiste esta ambivalencia?

Consiste de hecho en que la disminución continua del tiempo de trabajo necesario para la producción en masa de mercancías materiales, por tanto, la caída de su valor unitario, ha podido presentarse como el instrumento que permitía «liberar a la humanidad de la escasez» satisfaciendo así una masa creciente de necesidades, poco importa si esenciales o superfluas. Este aspecto «progresivo» de la racionalidad del capital se presentaba también, al menos en potencia[1], como el medio para reducir gradualmente el tiempo de vida dedicado al trabajo asalariado a un mínimo. En tal lógica está presente, en definitiva, una dimensión utópica –el desarrollo de las fuerzas productivas como instrumento de lucha contra la escasez­– sobre el que el capitalismo industrial pudo edificar una suerte de legitimidad histórica, cuyos fundamentos serán sin embargo profundamente desestabilizados en el capitalismo cognitivo.

La segunda dimensión de la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor concierne a su aplicación en la organización de la producción. En ella se encuentra el origen de la norma que, en el sentido de Marx, hace del tiempo de trabajo abstracto, medido en unidades de trabajo simple, no cualificado, la sustancia del valor de las mercancías y el instrumento conjunto de valoración, control y prescripción del trabajo. Para comprender la instauración y la profundización progresiva de esta norma hay que partir de la incertidumbre estructural que caracteriza el intercambio capital-trabajo. La compra y venta de la fuerza de trabajo giran, en efecto, sobre la disponibilidad de una cantidad de tiempo y no sobre el trabajo efectivo de los asalariados. Tal aspecto del análisis marxiana[2] está expresada de manera extremamente consonante por P. Virno (2008) mediante la distinción entre el concepto de potencia y el de acto. Esto permite comprender dos razones esenciales por las cuales las relaciones de saber y de poder, que se enlazan en torno a la organización de la producción constituyen un elemento esencial del antagonismo capital-trabajo.

La primera se explica en la facultad de controlar la intensidad y la calidad del trabajo por parte de aquellos que, teniendo conocimiento y savoir-faire, pueden dictar los tiempos y las modalidades operativas. La segunda consiste en que quienes tienen las potencias intelectuales de la producción pueden igualmente aspirar a gestionar la regulación colectiva, es decir definir las propias finalidades sociales de la producción, respondiendo a las cuestiones fundamentales de cómo producir, de qué producir y para quién.

Estamos en presencia de un desafío central que está ya en el corazón de la reflexión de los primeros grandes teóricos de la revolución industrial, como Ure y Babbage. Esta reflexión será retomada y sistematizada por Taylor confrontándose con el poder de la composición de clase del obrero profesional en las industrias motrices de la segunda revolución industrial. Taylor, al tiempo que reconoce que el «saber es el bien más precioso» de que disponen los obreros frente al capital, hará de ello el objetivo explícito en su análisis de sus prácticas sistemáticas de ralentización de la producción, deduciendo la necesidad de sacar y expropiar a los trabajadores su conocimiento tácito, para convertirlo, mediante el estudio de los tiempos y de los movimientos, en un saber codificado detentado por la dirección y reenviado a los asalariados, bajo forma de prescripción estricta de los tiempos y de los procedimientos operativos. Taylor pensará haber puesto así las bases irreversibles de una organización científica del trabajo que suprima toda incertidumbre sobre la ejecución del contrato de trabajo, garantizando al capital la planificación ex ante de la ley del valor-plusvalor. De esta manera, en la fábrica taylorista, la medida del trabajo y de la productividad, así como el volumen y el valor de la producción, eran programados y conocidos de antemano por los ingenieros. El conjunto de estos indicadores podía, así, ser reconducido a una unidad conocida y homogénea de cálculo en términos de tiempo que suministraba también un indicador bastante preciso de la tasa de explotación. La norma industrial del tiempo de trabajo abstracto encarnaba, además, la utopía capitalista y gerencial de una organización productiva capaz de privar al trabajo de toda autonomía y de toda dimensión cognitiva. Se podía creer en transformarlo en su contrario, esto es en una actividad en principio puramente mecánica, repetitiva, impersonal y totalmente subordinada a la ciencia incorporada en el capital fijo. Tenemos aquí la tendencia que Marx caracteriza como lógica de la subsunción real del trabajo en el capital. Sin embargo esta tendencia, que ha encontrado por múltiples aspectos su cumplimiento histórico en los modelos de crecimiento fordista y de la gran empresa gerencial, siempre será imperfecta. Un nuevo tipo de saber tenderá incesantemente a reconstituirse a un nivel más elevado de desarrollo de la división técnica y social del trabajo.

El mismo Marx había identificado bien la exasperación de los conflictos sobre las relaciones de saber/poder y sobre el control de las potencias intelectuales de la producción, de la cual era portadora la lógica de la subsunción real, cuando en un célebre paso del primer libro del Capital anotaba: “Para la gran industria deviene cuestión de vida o muerte sustituir la monstruosidad que es una miserable población obrera disponible, dispuesta en reserva para la necesidad variable de explotación del capital, la disponibilidad absoluta del hombre ante las variaciones de las exigencias del trabajo; sustituir al individuo parcial, mero vehículo de una función social de detalle, al individuo totalmente desarrollado, para el cual las diferentes funciones sociales son modos de actividad que se intercambian entre sí”.

En la coyuntura histórica que ha llevado a la crisis del fordismo, esta dinámica se expresa a través de los conflictos que han conducido a la formación de una intelectualidad difusa y al desarrollo de los servicios colectivos del Welfare (sanidad, educación, investigación) más allá de la compatibilidad de la regulación fordista. Se han puesto así las condiciones para el despegue de una economía basada en el rol motor del saber y su difusión.

Es necesario destacar un punto esencial para caracterizar adecuadamente la génesis y la naturaleza del capitalismo cognitivo. La puesta en práctica de una economía basada en el conocimiento precede y se opone, desde un punto de vista tanto lógico como histórico, a la formación del capitalismo cognitivo. Este último es el resultado de un proceso de restructuración mediante el cual el capital intenta absorber y someter, parasitariamente, las condiciones colectivas de la producción del conocimiento, sofocando el potencial de emancipación inscrito en la sociedad del general intellect. Por capitalismo cognitivo se entiende entonces el paso del capitalismo industrial a una nueva fase del capitalismo, en que la dimensión cognitiva e inmaterial del trabajo deviene dominante desde el punto de vista de la creación de valor y de la competitividad de las empresas. En este contexto el desafío central de la valorización del capital y de las formas de la propiedad se apoya directamente sobre la apropiación rentista del común y sobre la transformación del conocimiento en una mercancía ficticia (Negri y Vercellone, 2008).

  1. La crisis de la ley del valor-plusvalor en el capitalismo cognitivo

La mayor transformación que, desde la crisis del fordismo en adelante, señala una salida del capitalismo industrial se encuentra precisamente en el retorno de la dimensión cognitiva e intelectual del trabajo. Cabe señalar que este ascenso del trabajo cognitivo está lejos de ser privilegio de una élite de trabajadores de investigación y desarrollo (I+D) o de los sectores de alta intensidad de conocimiento e información. Esta se manifiesta en toda actividad productiva, material o inmaterial (dos dimensiones por otra parte a menudo inextricables); también respecto a aquellos de débil intensidad tecnológica, como muestra el aumento de los indicadores de autonomía del trabajo y la difusión de las funciones de producción de conocimiento y de tratamiento de la información en el conjunto de la economía.

Ciertamente, existen retrocesos; la historia no es un proceso lineal, sino que procede por superposiciones e hibridaciones. Así la tendencia hacia una nueva organización cognitiva de la producción no supone, ipso facto, el fin del taylorismo, ni siquiera en el campo del trabajo intelectual. El capital siempre se esforzará por limitar lo más posible el contro l real ejercitado por los trabajadores sobre su trabajo. En el nuevo capitalismo, diferentes modelos productivos continuaran coexistiendo y articulándose. No obstante, como muestra la reciente encuesta sobre las condiciones de trabajo en Europa de la European Foudantion for the Improvement of Living and Working Conditions, es la forma de organización considerada de tipo inteligente (Learning Organisation) que tiene cada vez más un rol hegemónico respecto a otros modelos productivos (Merllié et Paoli 2001).

En general, esta evolución corresponde, en las empresas como en la sociedad, a la afirmación de una nueva preponderancia cualitativa del conocimiento viviente, incorporado y movilizado por los trabajadores, respecto a los saberes formalizados, incorporados en el capital fijo y en la organización administrativa de las empresas. Está estrechamente asociada a una serie de tendencias que marcan la crisis de la ley del valor/plusvalor y lo que llamamos «el devenir de la renta en beneficio».

¿Qué hay que entender por crisis de la ley del valor? Tal crisis se presenta, en primer lugar, como una pérdida de relevancia de las categorías fundamentales de la economía política del capitalismo industrial: el capital, el trabajo y, por supuesto, el valor. Fundamentalmente, se corresponde con la consunción de las dos dimensiones de la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor sobre las, como hemos visto, el capitalismo industrial había podido afirmar su dominio sobre el trabajo y encontrar una especie de legitimidad histórica, como instrumento de lucha contra la escasez.

3.1 Agotamiento de la racionalidad económica del capital y disociación del valor de la riqueza

La primera dimensión corresponde por tanto al agotamiento de la ley del valor/tiempo de trabajo pensada como criterio de «racionalización» capitalista de la producción que hace de la norma del trabajo abstracto, medido en unidades de trabajo simple, no cualificado, el instrumento conjunto de la valoración y de la subsunción real del trabajo al capital. El aumento de potencia de la dimensión cognitiva del trabajo determina, en este sentido, una doble crisis de la ley del valor.

Una crisis de la medida, porque el trabajo cognitivo es una actividad que se desarrolla sobre el conjunto de los tiempos de vida[3]. El tiempo pasado y certificado en la empresa es generalmente una fracción del tiempo social efectivo de trabajo. En el nuevo capitalismo, la fuente principal de la creación del valore se sitúa, de hecho, cada vez más a lo largo de la esfera de la producción directa y del universo de las empresas. En este contexto, no solo las modalidades organizativas del trabajo son cada vez menos establecidas, sino que las fuentes de la competitividad dependen de manera creciente de una cooperación social productiva que se desarrolla dentro de los límites corporativos. Resulta además que el beneficio, como la renta, descansa cada vez más sobre mecanismos de apropiación del plusvalor efectuados a partir de una relación de exterioridad del capital respecto a la organización de la producción.

Una crisis del control, porque el encuentro entre la intelectualidad difusa y las tecnologías de la información y de la comunicación hace de la reapropiación colectiva del trabajo y de los medios de producción una perspectiva de nuevo plausible, generando potencialmente conflictos relativos a la autodeterminación misma de la organización del trabajo y de la finalidad social de la producción. Debido a esto, el modelo taylorista de la prescripción de las tareas cede a la prescripción de la subjetividad en muchas actividades productivas. Mientras tanto, como para la producción de valor, el control sobre el trabajo se desplaza cada vez más a lo largo del acto productivo mismo, haciendo del control total del tiempo y de los comportamientos de los asalariados la apuesta central. Esto se concretiza en la multiplicación de toda una panoplia de instrumentos de valoración de la subjetividad del trabajador y de su conformidad con los valores de la empresa, induciendo a menudo a lo que en psicología llamamos mandamientos paradójicos[4].

La segunda dimensión remite a la crisis de la ley del valor pensada como la relación social que hace de la lógica de la mercancía y el beneficio el criterio clave y progresivo del desarrollo de la riqueza social y de la satisfacción de las necesidades. Esta crisis se expresa con un divorcio crecente entre la lógica del valore y la de la riqueza. Para entender mejor el sentido de esta afirmación, conviene recordar cómo para Marx (pero también para Ricardo), el valor de las mercancías depende de la dificultad de la producción y por tanto del tiempo de trabajo. El concepto de valor es por tanto completamente diferente del concepto de riqueza, que sin embargo depende del valor de uso (no del valor de cambio), de la abundancia y por lo tanto de la gratuidad[5]. Así, la lógica capitalista de la producción mercantil encuentra, como se ha visto, en el capitalismo industrial, una suerte de legitimidad histórica en la capacidad de desarrollar la riqueza, produciendo siempre más mercancías con menos trabajo, por tanto con precios unitarios cada vez más bajos, permitiendo satisfacer una masa creciente de necesidades. Sin embargo, en el capitalismo cognitivo, la ligazón positiva entre valor y riqueza, entre producción mercantil y satisfacción de las necesidades, se rompe. Lo que significa que la ley del valor, sobrevive actualmente como una especie de envoltorio vaciado de aquello que Marx consideraba la función progresiva del capital, es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas como instrumento de lucha contra la escasez, que habría permitido a largo plazo favorecer el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad.

Numerosas evoluciones del capitalismo cognitivo ilustran esta disociación del valor de la riqueza[6] que expresa, en lo que es más importante, la pérdida progresiva de fuerza de la ley del plusvalor y la imposibilidad de restablecer cualquier dialéctica lucha-desarrollo, remitiendo a la contradicción fundamental entre la lógica de valorización del capitalismo cognitivo y aquella intrínsecamente no mercantil de la economía del conocimiento.

Observamos que esta contradicción se hunde las raíces de las propiedades particulares del conocimiento como bien común y en su carácter irreductible al estatuto de mercancía y de capital. En comparación con los bienes clásicos, la particularidad del conocimiento como bien común consiste, efectivamente, en su carácter no rival, difícilmente excluible y acumulativo. A diferencia de los bines materiales, no se destruye con su consumo, sino que más bien se enriquece cuando circula libremente entre los individuos. Cada nuevo conocimiento genera más conocimiento, según un proceso acumulativo. Por tal motivo la apropiación privada del conocimiento solo es realizable estableciendo barreras artificiales a su acceso. Este intento se encuentra sin embargo con mayores obstáculos, referentes tanto a la exigencia ética de los individuos como al modo en que el uso de las tecnologías informáticas y comunicativas hace cada vez más difícil la ejecución de los derechos de propiedad intelectual. Por otra parte, la tentativa de transformar el conocimiento en una mercancía ficticia genera una situación paradójica, una situación en la que cuanto más aumenta artificialmente el valor de cambio del conocimiento, más disminuye su valor de uso, por el hecho mismo de su privatización y escasez. En definitiva, el capitalismo cognitivo solo puede reproducirse obstaculizando las condiciones objetivas y las facultades creativas de los agentes en la base del desarrollo de una economía basada en el saber y su difusión.

En general observamos que para múltiples bienes de alta intensidad de conocimiento (software, bienes culturales digitalizados, fármacos, etc.…), los tiempos de trabajo y por tanto los costes de reproducción son muy bajos, a veces tendentes a cero. En consecuencia, el valor-tiempo de trabajo de estas mercancías debería traducirse en una drástica disminución de sus precios, del valor monetario de la producción y de los beneficios asociados. Se convierte estratégico entonces para el capital implementar una política de refuerzo de los derechos de propiedad intelectual, que permita construir artificialmente una escasez de recursos. El capital se ve abocado cada vez más a desarrollar nuevos mecanismos de disminución de la oferta, en el intento de mantener forzosamente la primacía del valor de cambio y salvaguardar los beneficios. Tal lógica es una de las expresiones principales del devenir renta del beneficio. El resultado es una situación que contradice los propios principios sobre los que los padres fundadores de la economía política justificaban la propiedad como instrumento de lucha contra la escasez. Ahora para que haya propiedad hay que crear escasez. En cierto sentido, se puede por tanto afirmar que el intento mismo de mantener forzosamente en vigor la primacía de la lógica de la mercancía y del valor de cambio conduce al capital a intentar emanciparse de la ley del valor/tiempo de trabajo. Se abre una contradicción cada vez más aguda entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación, que constituye una de las principales manifestaciones de la crisis de la ley del valor en la época del capitalismo cognitivo. Esta contradicción está asociada al fuerte aumento de formas de captación del valor basadas en la renta.

3.2 Capital inmaterial y producciones del hombre para el hombre: más allá de la forma-valor

El agotamiento de la racionalidad de la ley del valor/plusvalor implica además otras manifestaciones cruciales que dan cuenta de la profundidad de la crisis del capitalismo y de su divorcio de las necesidades sociales. Una primera manifestación concierne al papel creciente del capital considerado inmaterial, que representa actualmente la mayor parte de la capitalización bursátil. Este capital, llamado inmaterial, escapa también a cualquier medida objetiva en términos de «costes históricos» (y por tanto en términos de tiempo de trabajo necesario a su producción). Su valor no puede ser sino la expresión de la valoración subjetiva de los beneficios anticipados efectuada por los mercados financieros que así acaparan una renta. Esto contribuye a explicar porque el valor bursátil de este capital es esencialmente ficticio y está sometido a fluctuaciones de gran amplitud, basándose en una lógica auto referencial, propia de las finanzas, que alimenta burbujas especulativas destinadas invariablemente a explotar, arrastrando al conjunto del sistema crediticio y económico a una profunda recensión. La imposibilidad de determinar una medida objetiva y fiable del capital inmaterial se confirma también en la controversia sobre el origen del célebre goodwill (que designa el desvío creciente entre el valor de mercado de las empresas y el valor de sus activos tangibles): el principal activo inmaterial, del que deprendería el plusvalor encarnado por el goodwill, no sería otro que el «capital intelectual» representado por la competencia, la experiencia, el saber tácito, la capacidad de cooperación de la fuerza de trabajo. En definitiva, no se trata de capital (a pesar de la torsión operada por los conceptos de capital intelectual o de capital humano), sino en realidad de la calidad intelectual de la fuerza de trabajo. Ahora, esta última constituye por definición, (a menos de reducirla a la esclavitud) un activo no negociable en el mercado. Como observa Halary (2004), el intento de explicar el goodwill con la existencia de activos inmateriales no clasificados, queda prisionero de un razonamiento circular que no permite eliminar la indeterminación del valor de estos activos inmateriales porque a la pregunta: “¿De qué depende el goodwill?” La respuesta es: “Del capital humano de la empresa”, y “¿Cómo se determina el valor del capital humano?”, “¡Con el goodwill!”

Esto significa que la medida del capital y el fundamento de su poder sobre la sociedad, dependen cada vez menos del trabajo pasado y del saber incorporado en el capital constante y hoy se fundan principalmente en una convención social que encuentra su meollo principal en el poder de las finanzas[7].

Una segunda manifestación está relacionada al modo en que las producciones del hombre para el hombre, aseguradas tradicionalmente por el Welfare State según una lógica no mercantil, son el principal sector motor de una economía fundada en el conocimiento. Son las que aseguran una parte esencial del proceso de transmisión y de producción del conocimiento, y por tanto de la formación del considerado capital inmaterial. Frente a tendencias paralizantes cada vez más profundas, las producciones de hombre para el hombre representan también uno de los raros sectores en que necesidades y demanda social están en continua expansión. Estos elementos constituyen uno de los principales indicadores del agotamiento de la esfera de las necesidades que la lógica de la mercancía y el trabajo abstracto puede satisfacer progresivamente. Al mismo tiempo, contribuyen a explicar la extraordinaria presión ejercida por el capital para privatizar y mercantilizar estos servicios colectivos. Las producciones del hombre para el hombre no pueden, todavía, ser sometidas a la racionalidad económica de la ley del valor/plusvalor, sino al precio de una pérdida de recursos y de profundas desigualdades sociales que, además, amenazaría con desestructurar las fuerzas creativas que sustentan una economía basada en el conocimiento. Tres argumentos principales corroboran esta tesis. El primero está relacionado con el carácter intrínsecamente cognitivo, interactivo y afectivo de estas actividades en las cuales el trabajo no consiste en actuar sobre la materia inanimada sino sobre el propio ser humano en una relación de coproducción de servicios. Por tanto, como ya había sugerido Marx en pasajes del Capítulo VI inédito del Capital dedicado al trabajo inmaterial, las producciones del hombre para el hombre difícilmente pueden ser subsumidas a la racionalidad productiva del capital como la subjetividad de los trabajadores, igual que “el producto es inseparable del acto productor”. En definitiva, ni el acto de trabajo ni su producto (que corresponde al propio hombre en la singularidad de cada individuo) pueden ser realmente estandarizados. La eficacia en términos de resultado depende sin embargo de toda una serie de variables cualitativas relacionadas con la comunicación, con la densidad de las relaciones humanas, con la atención desinteresada y por tanto con la disponibilidad de tiempo para el otro, que la contabilidad analítica empresarial es incapaz de integrar si no es como costes o tiempos muertos improductivos. El intento de aumentar la productividad y la rentabilidad de estos servicios colectivos no puede por tanto conseguirse sino en detrimento de su calidad y su rendimiento social. En definitiva, en el plano de la organización social de la producción, nos encontramos aquí a una contradicción evidente entre la concepción capitalista y cuantitativa de la productividad y el conocimiento social de la productividad, resultante del carácter intrínsecamente común de estas actividades y de sus resultados materiales e inmateriales[8]. El segundo argumento remite a las profundas distorsiones que la aplicación del principio de la demanda solvente introduciría en el derecho al acceso de estos bienes comunes, provocando un deterioro de la calidad colectiva de la fuerza de trabajo. Tanto por razones de justicia social como de eficacia económica, las producciones del común deben fundarse sobre la gratuidad y sobre el libre acceso. Su financiación no puede por tanto asegurarse sino a través del precio colectivo y político representado por la fiscalidad, por las contribuciones sociales o por otras formas de mutualización de los recursos. El tercer argumento está relacionado a la no existencia (por ejemplo, tanto en la sanidad como en la educación) de la figura mítica del consumidor que efectuaría sus propias elecciones sobre la base de un cálculo racional costes/beneficios, dictado por la búsqueda de la máxima eficiencia de la inversión en el propio capital humano. Afortunadamente, no es cierto que este sea el criterio principal que anima al estudiante en su investigación del saber. Menos lo es todavía el del enfermo que, frecuentemente, está prisionero de un estado de ansiedad que lo hace incapaz de tomar una elección racional y lo predispone, sin embargo, a todas las trampas de una lógica mercantil en la que vender esperanzas e ilusiones es un medio para tener beneficios.

Última manifestación, pero no menos importante, la crisis de racionalidad de la ley del valor que expresa la dinámica del capitalismo cognitivo, no solo consiste en volver artificialmente recursos escasos que son de por sí abundantes y gratuitos. Esto se expresa también en la aceleración de lógica de depredación y disminución de los recursos naturales no renovables. De hecho, el capitalismo cognitivo no suprime la lógica productivista del capitalismo industrial. La rearticula y refuerza, gracias especialmente a una subordinación de la ciencia al capital que pone las nuevas tecnologías al servicio de una estrategia de estandarización y trasformación mercantil de lo viviente que acentúa los riesgos de destrucción de la biodiversidad y de estabilización ecológica del planeta. Generalmente, la crisis ecológica marca a escala planetaria los límites estructurales de una política de salida de la crisis que no puede basarse en ningún caso en la coordinación del mercado y en el relanzamiento del consumo privado de las familias. Más bien se requiere reinventar una política de planificación democrática del común, basada en una auténtica socialización de la inversión y de la innovación tecnológica en actividades que permitan repensar el urbanismo, la agricultura, las energías economías, etc… –elementos todos, que por su naturaleza, en gran parte escapan a una lógica mercantil.

Para concluir, el conjunto de las contradicciones subjetivas y objetivas que atraviesan el capitalismo cognitivo, señalando la crisis de la ley del valor/plusvalor, son de tal agudeza que nos recuerdan la situación descrita por Marx en el penúltimo capítulo del libro III de El Capital, cuando afirma: “Se reconoce que ha llegado el momento de una crisis tal cuando ganan en amplitud y profundidad las contradicciones entre las relaciones de distribución y por tanto también la forma histórica determinada por las relaciones de producción correspondientes, por un lado, y las fuerzas productivas, las capacidades productivas y el desarrollo de sus factores por otro”.

Traducción del italiano: Santiago de Arcos-Halyburton

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[1] Es decir, una condición de luchas sociales que garantizaran la conversión de los incrementos de productividad en reducción del tiempo de trabajo.

[2] Que anticipa al menos un siglo, la teoría económica mainstream de la insuficiencia del contrato de trabajo.

[3] Sobre este punto véase la importante contribución de Fumagalli y Morini (2009).

[4] Es necesario señalar que una de las dimensiones más significativas de esta evolución no es solo el endurecimiento de la explotación, en el sentido más clásico y económico del término. Desclasamiento y precariedad también van de la mano con una creciente alienación del trabajo. Se trata de una contradicción cada vez más profunda entre la potencia de actuar inscrita en la dimensión cognitiva del trabajo, por una parte, y la obligación de someterse a objetivos heterodeterminados y pesados en contraste con los valores éticos de los trabajadores, por otra. Es precisamente en la raíz de esta contradicción donde crece el fenómeno del sufrimiento en el trabajo, de la cual la multiplicación de los suicidios en el trabajo en Francia representa la punta del iceberg.

[5] La distinción, o mejor, la oposición entre el concepto de valor y el de riqueza, es enunciada por David Ricardo en los Principios. Recordamos che, según Ricardo, el aumento del valor de las mercancías, lejos de significar una mayor riqueza para la sociedad, es el indicador del aumento de la dificultad de la producción que amenaza con bloquear la dinámica del crecimiento económico y de la acumulación de capital. Sobre esta base desarrolla la tesis de la tendencia hacia el estado estacionario ligada a la lógica de los rendimientos decrecientes en la agricultura y el consiguiente aumento del precio natural del grano. La riqueza depende sin embargo de la abundancia, en el sentido de que la cantidad disponible de bienes, considerados desde un punto de vista de su valor de uso, es inversamente proporcional a su valor de cambio. En otros términos, cuánto más aumenta la fuerza productiva del trabajo, más disminuye el valor de las mercancías, según una lógica que, llevada a sus últimas consecuencias, conduce a la de la gratuidad (por cuanto Ricardo, a diferencia de Marx, no explicita esta conclusión).

[6] Sobre este punto véase también l’entretien avec Gorz (2004).

[7] Sobre este punto véase en particular Marazzi (2010).

[8] En este sentido, como observan Hardt y Negri, más generalmente “los productos biopolíticos tienden […] a exceder cualquier medida cuantitativa y a asumir formas comunes que son fácilmente compartibles y por lo tanto son difícilmente subsumibles por la propiedad privada”, (Hardt e Negri, 2010, p. 141).

 

La Comuna Chilena

por Bruno Cava Rodriguez

En octubre de 2019 estallaron protestas masivas, en oleadas sucesivas, que resuenan con los grandes levantamientos de la última década en nuestro subcontinente y en todo el mundo. Curiosamente, el detonante fue el aumento del precio del transporte subterráneo en 30 pesos chilenos, que son aproximadamente 20 centavos de real brasileño. Los manifestantes gritaron: “no son 30 pesos, son 30 años”, en alusión a los 30 años del período de transición desde el fin de la dictadura de Pinochet en 1990. La pandemia de covid-19 interceptó el ciclo de luchas y, en octubre 2020, casi el 80% votó por el establecimiento de una convención constitucional con el mandato de reemplazar la ley principal de la era de Pinochet. Fue esa constituyente la que determino la derrota de la propuesta presentada al plebiscito, en la que ganó el “no” con el 61% de los votos. ¿Habría triunfado entonces la constitución de la dictadura, reaprobada? No.
El hecho es que no es tan binario. La constitución de 1980 sufrió sucesivas reformas durante la redemocratización y permaneció en constante tensión, con diferentes interpretaciones dadas por el tribunal constitucional chileno. De los treinta años que separan el fin de la dictadura de la constituyente de 2020, el 80% o 24 años fueron de gobiernos de centroizquierda, encabezados por líderes como Lagos o Bachelet.
El paradigma del neoliberalismo con características chilenas no fue construido por los Chicago Boys en las reformas anarcocapitalistas de mediados de la década de 1970, sino por el impulso continuo de una segunda capa de reformas que combinó financiarización y socialización.
El neoliberalismo no es el reinado del laissez-faire ni la autorregulación de los mercados, sino fusiones flexibles entre técnicas de gobierno y tecnologías del yo, que incluyen microcrédito, emprendimiento social, indexación de medios y fines por eficiencia. Muchos académicos por ahí elaboran un discurso antineoliberal, pero no sólo trabaja en una malla de competitividad fratricida e internalización de costos de producción, sino que también promueve esa malla cuando se ve obligado a pelear en ella y tratar de triunfar en ella. Mucha de esta animosidad que impregna los debates internos en los campos del saber coincide con el espíritu animal que se le exige al autoempresario. El “emprendedor social” no es lo otro del académico de la universidad pública, en el neoliberalismo hay una corporativización generalizada, incluyendo el aspecto “público” de las actividades, como criterio de eficiencia (auto)impuesta. Es molecular, es deuda subjetivada…
Quien en América Latina ha profundizado esta forma de gobernar, con éxito macroeconómico, ha sido la sociedad chilena. El neoliberalismo es mucho más una transformación profunda, a nivel social, que un conjunto de agendas de privatización o minimización estatal. Esto, en Chile, se conoció como la Pax Concertacionista, porque fue encabezada por esta coalición de centro-izquierda. Si tomas a un autor local que critica la economía política (subjetividad), como Fernando Leiva, verás cómo compara la combinación de mercado y campo social en Chile con una especie de ordoliberalismo periférico, refiriéndose a la economía social de mercado del periodo Adenauer.
Esa paz (pacificación) se acabó. En la última década, la era de la bonanza mercantil ha terminado y, además, el lado antagónico de la neoliberalización ha comenzado a escapar de las instituciones flexibles establecidas. Las redes de confianza y las tecnologías participativas y empresariales que conferían confiabilidad a la moneda común comenzaron a desmoronarse, crujir y descarrilarse. Esta fue una positividad organizacional, que se expresó en las protestas estudiantiles a lo largo de 2011 y 2012, y comenzó a erosionar el consenso de redemocratización. La crisis se profundizó hasta estallar en octubre de 2019, que fue, por así decirlo, el junio de 2013 chileno. Pero allí los desarrollos fueron bien distintos, las protestas se espesaron con la fuerza de nuevos y flamantes movimientos, con la Primera Línea de autodefensa de los manifestantes, con un ecosistema de luchas minoritarias y colectivos pospartidistas. Todo esto fue bastante poderoso y perduró en el tiempo y en el espacio.
Ahí hay que considerar la interceptación de la pandemia, a principios del año siguiente, que por razones obvias vació las calles y definió un reflujo antisocial, una ‘repli sur soi’, que cambió la naturaleza de los cóleras.
Esto, por un lado, subió la apuesta y amplió el mandato de la convención constituyente, aprobada en octubre de 2020, para refundar el Estado chileno y canalizar los desbordes. Por otra parte, paradójicamente, aplacó el momento constituyente. En mayo de 2021, Raúl Zibechi advertía en un discutido texto que las organizaciones y movimientos colectivos octubristas se diluían frente a representantes que, en la práctica, parecían más constituidos que constituyentes.
Uno se pregunta cuánto la pandemia, con todo su daño económico y psicosocial, no ha cambiado la correlación de estados de ánimo, reemplazando la audacia y el deseo de transformación por la búsqueda de seguridad y de nuevas certezas. Digo esto porque el primer punto a explicar es por qué se rechazó el estado plurinacional de la nueva constitución precisamente donde hay más indígenas (75% en las comunas con más mapuche), porque se rechazaron las grandes autonomías regionales en las regiones más pequeñas. , porque las zonas del país con mayor carencia de agua, fueron las que no aceptaron la constitucionalización del derecho al agua. Y porque el derecho constitucional al aborto, en el plebiscito, fue rechazado, cuando en las encuestas más del 70% apoyó su legalización (en un país católico donde recién en 2017 se mitigó la prohibición absoluta, permitiendo en casos de violación o riesgo de vida a la madre, lo que ocurre en Brasil desde 1940).
¿Por qué pasó esto?
Los clichés son legión. Ahora, es el conservadurismo fundamental, como si la jornada 2019-20 no la hubieran protagonizado multitudinarias fuerzas sociales. Ahora, es el vanguardismo de la convención constituyente, cuya prepotencia habría negado acuerdos transversales con la sociedad y perdido la conexión con las mayorías. Ahora, es la capitulación de Boric quien, como Tsipras en Grecia en 2015, habría sucumbido a la tentación neoliberal, que se reflejó en la pérdida de apoyo de los más acomodados. Pues simplemente sería un problema de comunicación, porque por alguna trascendental razón la derecha comunica mejor que la izquierda, o quizás porque la mentira es más poderosa que la verdad, no sé. Son explicaciones binarias y, en el comercio minorista de medios, palabras de moda.
Yo diría que hay una cuestión previa de enmarcar el problema, que se dio a través de un plebiscito. La democracia plebiscitaria es algo muy difícil. Un referéndum después de una pandemia, en un escenario de inseguridad en múltiples dimensiones, no se puede ganar con lineamientos maximalistas. Esta situación ideal de expresión con la que se podría convencer tranquilamente a millones de personas de la corrección de una agenda global es simplemente imposible. Esto implica un quimérico consenso social en numerosos puntos controvertidos, a la luz de las protestas de 2019-20 que fueron enérgicas y creativas disidentes pero no apuntaron a un consenso programático. Diría que el primer problema a repensar, o sus coordenadas, es este: sobre reemplazar la tensión constituyente que se despliega a lo largo de un proceso continuo de cambio, en un acto refundacional radical, pero llevado a cabo a través de la democracia deliberativa (de sesgo habermasiano).
El segundo replanteamiento del problema, que yo veo, es la cuestión del neoliberalismo, que debería estar mejor planteada. Se argumentó que las protestas eran contra el supuesto éxito del camino chileno de la «economía social de mercado», moldeado por la redemocratización de las fuerzas de centroizquierda del reformismo débil. ¿Qué significa esto, como contramarcha? ¿Una vuelta a un pasado no vivido del estado del bienestar? ¿Renacionalización, rescate del sentido público, en definitiva, una dosis de socialismo del siglo XXI? Quizás esto, para la mayoría, sólo signifique un modelo, un programa, una intención.
Ahí es donde yo diría que el encuadre podría estar mejor elaborado. La Red Chilena de Ingredientes Básicos Universales (IBU) intentó introducir la constitucionalización de la agenda del ingreso universal/incondicional, pero no apareció en la propuesta sometida a votación. No se trataría sólo de incluirlo en una lista, sino de hacer de esta la agenda de las agendas, la plataforma de las plataformas, como eje institucional de una nueva Red de Protección Ciudadana. Las ayudas de emergencia (el IFE) durante la pandemia son buenos ganchos. Todas las demás directrices podrían ser reelaboradas y recalificadas a partir de ahí, destacando la «universalidad», a través de perspectivas de género, región, nacionalidad, etc.
De hecho, el propio capitalismo neoliberal ya opera universalizando singularidades (en la moneda muerta), la lucha sería por revertir esta tendencia, por una moneda viva, una financiarización desde las autonomías sociales.
Esto permitiría al menos intentar una reapropiación de lo social capturado por el neoliberalismo, para liberarlo de las redes de la corporativización, la deuda subjetiva y la eficiencia a toda costa.
Esto de lo que hablo aquí parece sacado de la chistera, pero si reconstruimos los pasos, si observamos cómo la constituyente chilena ha ido esclerosándose en sus certezas y principios, quizás se vuelve menos nebuloso cómo una propuesta como la RBU podría revitalizar el proceso. Y luego sí, inscribiendo las luchas por los derechos con un sustrato material protector, para dialogar con el sentimiento de inseguridad y aislamiento.
Dicho esto, es necesario reconocer la derrota para que no se convierta en derrotismo, como no es necesario insistir en más de lo mismo. Al igual que el caso de Syriza en el sur de Europa, no tengo dudas de que, en Sudamérica, el caso de Chile fue donde la ola fue más voluminosa y sustantiva, a pesar de que retrocedió tan rápido. Dejó la marca bastante alta donde llegaba la línea de flotación, una dinámica que aún está abierta y que merece ser analizada con detenimiento.

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

El legado de Zimmerwald al revés

por Bruno Cava

«El sentido histórico, cuando actúa y saca sus consecuencias sin control, desarraiga el futuro, porque destruye todas las ilusiones y quita a las cosas existentes la única atmósfera en la que pueden vivir. Nietzsche, «Sobre la utilidad y el daño de la historia para la vida» (1874, trad. Monica Rimoldi)

En agosto de 1914, la invasión de Bélgica por el Imperio Alemán resultó en la escisión irreconciliable de la Segunda Internacional Socialista. Ante el estallido de la Gran Guerra, la federación internacionalista formada por partidos y organizaciones de izquierda de varios países se escindió en dos bandos. Por un lado, los intervencionistas (o defensores), partidarios de cerrar filas con sus respectivos gobiernos nacionales para fortalecer el esfuerzo bélico. Por otro lado, los neutralistas, a quienes creo que sería mejor definir como derrotistas por las razones que expondré a continuación, para los cuales la guerra fue una disputa entre patrones y trabajadores que no deben aceptar que se los enfrente como carne de cañón por intereses capitalistas. La propaganda socialista, en la línea derrotista, consistió en canalizar el odio nacionalista incitado por la propaganda bélica hacia el verdadero enemigo de clase: los capitalistas de todos los países.
En Francia, el socialista Jean Jaurès asumió el liderazgo del movimiento antibélico en la prensa: acabó siendo asesinado por un ultranacionalista el 31 de julio de 1914, mientras desayunaba en el Café du Croissant del Boulevard Montmartre de París. Tres días después, la Tercera República Francesa decretó la movilización general y se declaró formalmente la guerra a los Imperios Centrales. Liebknecht, el antimilitarista alemán, argumentó claramente, tanto dentro, como fuera del Partido Socialista (SPD) que los soldados deberían dejar de dispararse unos a otros y confraternizar frente a los oficiales. En 1916, Liebknecht convocó una pequeña manifestación contra la guerra en Berlín que rápidamente fue rodeada por el ejército. Sin rendirse, el socialista gritó “¡Abajo la guerra! ¡Abajo el gobierno!”. Por ello fue condenado por traición y pasó los últimos años de la Gran Guerra en una prisión alemana.
Para escapar de la persecución, los derrotistas comenzaron a reunirse en Suiza, un país neutral. Se reunieron en 1915 en el pequeño pueblo de Zimmerwald, donde se sentaron las bases programáticas de lo que sería la Tercera Internacional o Komintern (1919-1943). La tesis principal de la «izquierda de Zimmerwald», tal como se definía en la tradición marxista, era que la Gran Guerra debía clasificarse como una guerra imperialista. La guerra respondia a la compulsión estructural del capitalismo en crisis. Bajo la égida del capital financiero, a partir de la década de 1860, la guerra fue una consecuencia lógica del recrudecimiento de las disputas capitalistas por los mercados y las ganancias. La fase de monopolio y financiera de la competencia entre los imperios europeos los había llevado, al principio, a dividir África y Asia para derramar el exceso de capital, y luego a luchar entre sí para hacerse con una parte mayor. Por una necesidad interna, los imperialismos proyectaron guerras brutales sobre las colonias que, en una vuelta exasperada, terminaron por instaurar la misma barbarie mecanizada en los centros europeos del sistema -como efectivamente ocurrió en agosto de 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Entre los derrotistas de Zimmerwald, Lenin fue tan vehemente como para escribir la tesis internamente controvertida de que, desde el punto de vista de los comunistas rusos, si uno de los imperios en guerra iba a ser derrotado, debía ser la propia Rusia. El imperio de los zares fue visto por Lenin como el peor de los imperialismos de la época, porque “oprimía a un mayor número de naciones y a una mayor masa de población en Europa y Asia” [1]. El zarismo representó en su momento lo peor de ambos mundos: la modernización despojadora de los trabajadores de las ciudades y el campo, y la preservación de las estructuras retrógradas del Antiguo Régimen. La tríada sagrada del imperialismo ruso, que consiste en la autocracia política, la ortodoxia religiosa y la rusificación cultural [2], se mantuvo sin cambios incluso con la llegada de la industrialización a fines del siglo XIX.
La izquierda original de Zimmerwald no era pacifista en abstracto, según una defensa idealista que atribuye el mal a la guerra para definir la paz con su negativa, la no guerra. La paz no es una patata. La paz iba a ser el fin último de una construcción política capaz de desactivar los mecanismos capitalistas que generan la guerra. Tras haber destruido el resorte capitalista de la competencia fratricida, los socialistas debían institucionalizar un nuevo modo de producción basado en la solidaridad, la colaboración y la ausencia de jerarquías entre europeos y no europeos. Esto sólo podrá ocurrir con la superación de la sociedad capitalista y la liberación de todos los pueblos colonizados, en beneficio del sistema socialista en todos los países, a escala mundial. Una de las tesis más enfáticas de Zimmerwald consistía en la primacía de la unidad internacional del movimiento proletario sobre los ámbitos nacionales, que sin embargo seguían siendo espacios decisivos para la acción socialista.
La mayoría de los socialistas derrotistas defendían tácticas de agitación entre los trabajadores y soldados movilizados, el sabotaje del esfuerzo bélico y la deserción generalizada de las trincheras y las fábricas de armamento. Las furiosas intervenciones de Lenin llevaron a la izquierda de Zimmerwald a hacer una propuesta política más audaz. Ante la maduración de condiciones extraordinarias resultantes de la Gran Guerra, la tarea debía ser la de organizar la transición activa de la guerra imperialista a la guerra civil de clases entre el proletariado y la clase dominante. Aunque esta maniobra parecía nebulosa y difícil de implementar en 1915-16, Lenin insistió en que los derrotistas «todavía deben trabajar en esta dirección», porque estaba convencido de que las presiones de la guerra proporcionarían el momento adecuado. Esto se convirtió en el núcleo del pacifismo revolucionario desarrollado durante la Primera Guerra Mundial.
La prolongada distensión en el tiempo y el espacio de insoportables trincheras y ensordecedores combates provocó un profundo cansancio de los gobiernos involucrados en el esfuerzo bélico, especialmente de aquellos que terminarían el conflicto del lado perdedor. El desmoronamiento de las condiciones de gobernabilidad fue disruptivo en la Rusia zarista, cuya desorganización masiva y hambruna redujeron a gran parte de la población a la miseria y el hambre. En este contexto, los derrotistas propagandearon mensajes para el fin de la guerra, vinculándola al fin de las privaciones y al establecimiento de un nuevo régimen de propiedad y producción. En octubre de 1917, el exitoso asalto al Palacio de Invierno por parte de los bolcheviques fue percibido por la izquierda como una demostración de la corrección visionaria de la línea derrotista de la izquierda de Zimmerwald. Después de ese motín, que parecía confirmar el teorema leninista, las piezas del dominó capitalista comenzarían a caer una tras otra por iniciativa del proletariado dirigido por las vanguardias socialistas.
Como sabemos, el entusiasmo no duró. El fracaso de los intentos revolucionarios posteriores en Alemania y Hungría demostró que el sistema capitalista aún no había agotado todos sus recursos. Asediados en la fortaleza roja, los bolcheviques se dejaron cooptar gradualmente por los imperativos de supervivencia. En este tortuoso proceso, las formas de opresión contra las que habían discutido y combatido durante toda su vida volvieron gradualmente, transfiguradas y a veces agravadas, para perseguirlos a ellos y al movimiento comunista en su conjunto.
***
Cuando Putin decidió invadir Ucrania en febrero de 2022, la primera imagen que me vino a la mente fue el sándwich de Sartre. Entre septiembre de 1939 y junio de 1940, el interludio de alta tensión que precedió a la invasión nazi de Francia, también conocida como la «Guerra Extraña» (drôle de guerre), Sartre se desempeñó como meteorólogo del ejército en la región de Alsacia, cerca de la frontera con Alemania. Pacifista y antimilitarista acérrimo, Sartre no dudó en acudir al llamado militar cuando se enteró de la invasión de Polonia por parte del ejército de Hitler. En los diarios de Sartre sobre este período de servicio activo, hay un pasaje que se volvería icónico en la filosofía existencialista. Sartre relata la experiencia de una terrible angustia que sintió durante el desayuno, cuando concluyó que nada, absolutamente nada, ninguna fuerza en el universo, podía desvirtuar el acto libre y contingente de tomar los pedazos de pan del plato y masticarlos… o bien no [3].
Ninguna explicación de la invasión rusa de Ucrania, por elocuente y astuta que sea, por mas que se pretenda un mosaico de factores estructurantes de larga duración, puede eludir el hecho de que Putin podría haber decidido no invadir Ucrania. Por su parte, no fue una decisión forzada por las circunstancias y mucho menos obligada. En el período previo a la decisión, habría sido posible enumerar una legión de razones para justificar la decisión contraria, a saber, la de no invadir. Como en el relato apócrifo según el cual el político brasileño Leonel Brizola (1922-2004), abrumado por los asuntos de la campaña electoral, le contestó a un concejal que el programa de gobierno se lo enviaría por correo. Incluso dos si es necesario. Putin también podría haber ordenado una de sus galopadas talentosas para preparar una completa justificación histórica, económica y geopolítica de la invasión y otra de igual competencia para la no invasión, pudiendo elegir entre las dos como Sartre elegía su bocadillo mañanero.
Cada relato histórico, cuando trata de explicar un acto contingente, invita al tentador experimento de la asociación libre, en el que el historiador puede remendar la lógica de los acontecimientos en puntos cruciales y marcos generales de inteligibilidad. Esta sastrería explicativa tiene un inevitable sabor ex post facto. A menudo cortan de la delicada tela que llamamos presente los hilos de lo que creemos que prolonga adecuadamente la experiencia acumulada del pasado. No se trata de exaltar el azar o negar la posibilidad del conocimiento y la virtud en medio de la nube de la imprevisibilidad y los factores imponderables. La escuela renacentista florentina de Maquiavelo y Guicciardini dedicó capítulos enteros a cómo se hace política en la bruma, en la esquiva materialidad de los cambios de época. Las decisiones se toman frente a un cuadro incompleto y dinámico, en la oscilación entre la virtud y la suerte.
Aquí se trata de resaltar cómo la decisión de invadir, es decir, actuar en lugar de no actuar, ha fascinado a un grupo de simpatizantes e incluso a personas no alineadas. Y comprender lo que esto significa en términos de posibilidades futuras de percibir, sentir y actuar, si pensamos desde el punto de vista de la transformación del mundo y no sólo de su interpretación sedentaria. Porque este grupo de personas, muchos de los cuales ni siquiera podían contarse entre los partidarios de Putin o la Rusia putiniana, se sintieron atraídos, casi obsesivamente, por la hybris inherente a la elección de Putin de invadir. En parte sospecho que esto se debe al temerario desafío de Putin, con todos los puntos sobre las íes, al orden internacional liberal, entendido como la globalización convergente y unipolar resultante de la victoria de la Guerra Fría por parte del imperialismo yanqui -el único «mundo posible». Con sus sentimientos vengados, tras la invasión del 24 de febrero, activistas e intelectuales de izquierda y antiimperialistas prefirieron arrancar las banderas estadounidenses en lugar de las del estado invasor.
El júbilo apenas disimulado resuena con lo expresado por algunos grupos de «intransigentes» cuando las torres gemelas se derrumbaron tras el atentado del 11 de septiembre de 2001. Ante aquella tragedia que afectaba a decenas de miles de neoyorkinos, se comentaba insensiblemente que los Estados Unidos estaban cosechando lo que habían sembrado. Y siguió la lista de intervenciones en Medio Oriente y América Latina, y el golpe de Estado en Chile ocurrido en la misma fecha de 1973. Así como hoy, igualmente, se dice que la culpa de la invasión de Ucrania no es de las autoridades que la decidieron, sino que del arrogante Occidente. Sigue la misma lista, que ha crecido por las intervenciones de la OTAN en las últimas dos décadas.
El ex canciller brasileño Celso Amorim comentó en una entrevista que Putin estaba equivocado, pero «lo impulsaban pasiones violentas». Aceptó la imagen de sí mismo que el autócrata ofrece al mercado, la de un hombre imprevisiblemente violento e irascible, quizás sacado de «Los hermanos Karamazov», dispuesto a llegar hasta el final para perseguir sus apetitos. Otros críticos más informados han adoptado modelos racionales de realismo, inspirados en la singular historia política de grandes hombres, para definir a Putin como un gran estratega. El genio ruso, como Pedro el Grande o Iván el Terrible, que derribó las puertas de un sistema internacional descolorido por el determinismo apolítico de las relaciones financieras y las verdades del mercado. Un golpe de osadía que haría temblar a los duros realistas, porque Putin nos habría devuelto la decisión soberana, la Razón de Estado, el desvelamiento de la ansiada Nueva Guerra Fría, el crudo elemento político. El comienzo de una nueva era.
En Le Siècle, Alain Badiou analiza cómo el siglo XIX anunció, prometió y soñó con una nueva humanidad, que se rehace enteramente a través de la historicidad contingente. Pero sólo el siglo XX entregó el producto. Esto es lo que “excita a sujetos y militantes” [4]: el llamado de las fuerzas prometeicas a participar en el nuevo comienzo de la construcción del ser humano, a partir de un tiempo abierto, un tiempo-arcilla. Ese fue el siglo de la lucha incesante, la destrucción sin límites y las soluciones finales. La invasión de Ucrania ha reavivado el páthos del siglo perdido, lo que Badiou conceptualiza como una pasión por la realidad. Las promesas de la guerra híbrida desterritorializada no se han cumplido, ya que se perfila a la antigua, con vehículos verde caqui, territorios atrincherados y bloqueos navales. Miramos las primeras imágenes de la invasión como si volviéramos a ver una película antigua que aún nos resulta familiar. Y a la figura de Putin como personaje preinternet, como el Maverick embalsamado de la nueva Top Gun. Una especie en peligro de extinción, «pero no hoy».
El libro de Badiou no condena la pasión por lo real como negativa en sí misma y critica la estigmatización del siglo, que participaría del teorema del totalitarismo que une aspiraciones revolucionarias y estados distópicos. La passion du réel es utilizada en el libro como terreno de planteamiento de problemas, piedra angular para comprender la economía afectiva de los movimientos transformadores del siglo XX, desde las vanguardias artísticas a los programas políticos pasando por las escuelas de filosofía. Sin embargo, en una nota a pie de página, Badiou señala que en todo caso hay «variaciones perversas» de la pasión por lo real. El ejemplo dado es la vida académica en Cambridge en la década de 1930, en el apogeo del estalinismo [5]. El filósofo se refiere a los jóvenes intelectuales embriagados por el descubrimiento del «extraordinario poder de la ignorancia» resultante de la entrega voluntaria a los sanguinarios dioses de la historia. Badiou cita a estudiantes universitarios británicos que se han adaptado silenciosamente a las funciones de espionaje o policía secreta, poniéndose al servicio internacional de la antigua Unión Soviética. Nikolai Yezhov, jefe de la NKVD durante las purgas de 1937-38, fue «un intelectual refinado, muy conocido en el círculo de poetas y escritores».
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Los partidos socialistas de hoy y algunos movimientos sociales se sienten más cómodos manifestándose contra la OTAN que organizando protestas para que el autócrata renuncie a la empresa imperial y decida detener la invasión. Los partidos de centroizquierda, bajo el estímulo de influencers como Pablo Iglesias, Mélenchon, Varoufakis o Corbyn, han sido oportunistas al criticar el contragolpe de las sanciones económicas y los costes de apoyar a la resistencia ucraniana en sus respectivos países. A finales de junio, armados con consignas pacifistas, manifestantes con banderas rojas organizaron acciones contra la cumbre de la OTAN en Madrid, donde se iban a decidir nuevas medidas de apoyo a Ucrania.
La llegada de un mundo multipolar que Putin viene anunciando desde la conferencia de Munich de 2007 encanta los corazones antiimperialistas. Pero esta no es la multipolaridad de la necesaria reforma de la ONU, dirigida a desarrollar organizaciones supranacionales fuertes, normas vinculantes de derecho público internacional y un Consejo de Seguridad inclusivo sin privilegios de veto. El fin unipolar del mundo del que habla Putin es el derrocamiento de la que habría sido la «peor catástrofe del siglo XX», el hundimiento de la URSS, que en realidad ni siquiera está entre las diez peores. El imaginario del nuevo mundo «multipolar» proclamado por Putin es meramente multi imperialista. En esta visión megalómana, Putin se alucina al verse sentado con otros Grandes Estados para redibujar las líneas divisorias del mundo en zonas de influencia, como en la famosa foto de la Conferencia de Yalta de 1945 con Churchill, Roosevelt y Stalin.
El habitual antiamericanismo acrítico se manifiesta en la renuencia a considerar la invasión de Ucrania por parte de Rusia con la misma indignación con la que, en las últimas décadas, se habían considerado las invasiones estadounidenses de Irak y Afganistán. Es más grave que eso, porque en el caso de la actual invasión de Ucrania, la brutalidad contra los civiles es más severa y los crímenes de guerra del ejército invasor son aún más numerosos que los cometidos por el ejército estadounidense. Los antiimperialistas prefieren dedicar miles de párrafos a denunciar la hipocresía y el doble rasero en las noticias, en lugar de examinar las pruebas -sobre la masacre de Bucha o el derribo del vuelo de Malaysia Airlines en 2014, o el uso de armas químicas por parte del aliado de Putin en 2013. Expresan empatía por las «preocupaciones legítimas de seguridad» [6] de Putin, en un coro descabellado con la retórica interestatal de un Kissinger (lo mismo que el golpe chileno de Pinochet), mientras se muestran reacios a concedérsela a quienes realmente necesitan empatía: las víctimas y los resistentes. Sucede que los sujetos históricos luchan en la situación concreta que, metodológicamente, debería ser de primordial interés teórico y práctico para la izquierda. Aparentemente, el discreto atractivo del putinismo ha convertido a los anti-imperialistas en multi imperialistas, un realineamiento preocupante en tiempos confusos.
¿Estaremos asistiendo al renacimiento de la Izquierda de Zimmerwald, o más bien a la lucha por la paz mundial como eje aglutinador de los socialistas dedicados a explotar la situación de guerra para cambiar el mundo? No. La posición derrotista, en las coordenadas de hoy, es solo una posición para la derrota de Ucrania. En agosto de 1914, los derrotistas de la época corrieron hacia las banderas nacionales para defender su patria. En 2022, los derrotistas corrieron hacia otras banderas, las rojas, en defensa de la parálisis que posibilita el símbolo. Sutilmente, el pacifismo abstracto de los derrotistas de hoy trabaja por la victoria del más fuerte, por la paz en las condiciones expansionistas de la Rusia putiniana y por el terrorismo de Estado en los territorios ucranianos ocupados.
Los derrotistas anti-OTAN deben entender una cosa de una vez por todas: la mayoría de los ucranianos que resisten junto con su gobierno no lo hacen por lazos étnicos, lingüísticos, electorales o político-ideológicos; no lo hace para defender valores nacionales, soberanos o liberal-democráticos, nada de eso es imprescindible. La mayoría de la población ucraniana ha decidido resistir porque no puede soportar la posibilidad de vivir bajo la ocupación del abominable régimen que representa Putin. Incluso cuando los ejércitos rusos avanzan profundamente en territorio ucraniano, montan sus puestos de control e instalan gobiernos títeres dirigidos por secuaces, ya está claro que la resistencia popular, aunque sea asimétrica o guerrillera, continuará.
La línea derrotista de la izquierda original de Zimmerwald estuvo ligada a la concatenación de percepciones y acciones en el horizonte de la revolución. Era un pacifismo armado, orientado hacia la futura revolución. Jaures, Liebknecht, Rosa Luxemburg o Lenin inflamaban la mente de sus oyentes porque ocupaban el púlpito de las asambleas, no tanto para transmitir el núcleo racional de sus propuestas, sino sobre todo la esperanza de una justicia cercana, de una felicidad colectiva puesta atrás de la montaña hacia la que por lo menos caminaron con pasos decididos. Fueron más organizadores de profecías que de masas, porque estas últimas permanecieron ingobernables durante todo el período de la guerra y las revueltas que las acompañaron y sobrevivieron. Los destellos de las explosiones en los campos de batalla europeos dejaban entrever las luces de la llegada del nuevo reino de la justicia social, anunciado por el sonido de las ráfagas de ametralladoras, como trompetas. La Gran Guerra, la gripe española, el hambre en los campos, el éxodo a través de grandes distancias, la omnipresente intimidad con la muerte, todos estos males en la segunda mitad de la década de 1910 sembraron en el continente europeo la expectativa mesiánica de que el sufrimiento sería redimido pronto. en cualquier momento.
Hoy, sin embargo, ocuparse de la historia, si bien se reivindica como parte importante del método materialista, termina sirviendo para negar sistemáticamente las fuerzas vivas del presente, sustrayendo de la percepción el impulso vivificador interno de los acontecimientos. Cuando los manifestantes en Madrid enarbolan banderas rojas y simbolismos revolucionarios, no inscriben su curso de acción en una cadena de hechos anteriores o posteriores, ni apuntan a otro horizonte que no sea la vacía defensa idealista: la paz mundial, el fin del imperialismo, el fin de toda opresión… Básicamente, es un problema de percepción. El socialista de hoy corre el riesgo de pasar su vida militante en blanco: encantado por la imagen pasada de la revolución que suprime la posibilidad de ver las revoluciones de su tiempo. El cultivo planificado de casos históricos ejemplares, su monumentalización, así como la idea de que la antigua herencia socialista debía transmitirse a las nuevas generaciones, contribuyó básicamente a la transmisión de la necrosis corporal ya aceptada como un hecho consumado en el presente.
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Primero debemos reconocer el hecho decisivo de la resistencia, que en sí mismo debería influir en nuestra evaluación de los acontecimientos en Ucrania. Por grande que sea el apoyo militar, logístico y de información que la OTAN ha proporcionado en los últimos años, esto no disminuye en modo alguno la importancia de la voluntad colectiva de oponerse al invasor con todos los medios disponibles. Haberlo hecho en condiciones tan difíciles, contra tantos pronósticos, fue la verdadera afirmación de la virtud de la que hablan Maquiavelo y Guicciardini en sus obras. Para los filósofos políticos italianos del Renacimiento, la virtud decisiva es la de un pueblo cuya arraigada cultura cívica es irreconciliable con la imposición de la injusticia por parte del más fuerte. Debido a la inesperada resistencia de los ucranianos, algunos pacifistas derrotistas incluso sugirieron que sería mejor para ellos no resistir y aceptar la pérdida de territorios y la ocupación imperial. Después de todo, frente a un agresor tan poderoso y obstinado, la conquista rusa llegará de todos modos, depende de las personas lúcidas mitigar el daño. Es una mezcla del argumento del violador, el meme de Borg y el victim-blaming. Pero como escribió Foucault en uno de sus textos más bellos, no es inútil resistir [7]. Por el contrario, resistir es el acto anti estratégico que reabre la historia y socava los cálculos y pronósticos consolidados sobre el funcionamiento del equilibrio de poder.
En segundo lugar, el otro hecho crucial está constituido por la revolución ucraniana que estalló en el período comprendido entre noviembre de 2013 y febrero de 2014, que se centró en el Maidan («Plaza») de Kiev pero se extendió a decenas de ciudades. A pesar de las numerosas contradicciones, aporías y deficiencias organizativas comunes a cualquier proceso de movilización de masas desde abajo, ese evento ha cambiado decisivamente las condiciones políticas en Ucrania. Negando, incluso, la apertura de brechas hacia una política de izquierda que podría alterar el equilibrio de poder y negando la cadena de eventos hasta la invasión, se produce una extraña convergencia entre los críticos anti imperialistas de Maidan y los abiertamente anti imperialistas del Maidan (es decir, anti-Plaza) propugnada por Putin, donde la primavera es clasificada como «revoluciones de colores». [8]
Los primeros hacen una lectura mecánica según la cual la desintegración y precariedad del tejido social en el neoliberalismo sería comunicada a las multitudes en las calles y en las redes convirtiéndolas en presa fácil de la posterior manipulación de las protestas, derivas fascistas y/o geopolíticas, complots articulados por los servicios secretos. Los adherentes a la doctrina putiniana anti-Maidan, en cambio, anticipan en la introducción lo que a los primeros les parece en la conclusión, atribuyendo a las revoluciones de nuestro tiempo el vicio original de ser siempre manipuladas, hegemonizadas por los valores liberal-democráticos. (incluidos los derechos de las minorías) y manipuladas por los servicios secretos occidentales. Ambos bandos coinciden en el veredicto: manifestaciones oblicuas, festivas (homosexuales), narcisistas, en busca del primer vehículo populista que les proporcione una catarsis colectiva.
Concluyo con la observación de que, sí, podemos llamar al heterogéneo conjunto de esbozos revolucionarios desatados en la primera mitad de la década pasada, revoluciones coloreadas o multicolores. Podemos llamarlos así porque expresan la cartografía dinámica de degradados, colores, luces y sombras de una multitud que ha escapado de las dicotomías infernales y ha vivido su propia autonomía. Comprender su duración en el tiempo y el espacio dependería de un análisis detallado caso por caso, por ejemplo, para comprender cuánto del Maidan aún late dentro de la guerra popular asimétrica que libran los ucranianos contra el invasor. Cuánto vivimos todavía, en el tiempo vivo, del largo Maidan, en el que la virtud colectiva vuelve a ser posible, aunque no hay garantías y nunca es fácil. Contra los tonos sepia y las líneas ásperas de los adeptos de la nueva Guerra Fría, la izquierda multi imperialista o la Santa Alianza de la contrarrevolución global de la derecha homofóbica, es necesario seguir defendiendo el Maidan, sus colores brillantes. y su creatividad sin forma.
Traduccion del italiano, Santiago Arcos-Halyburton
Bruno Cava es ensayista y docente de cursos libres de filosofía. Autor de varios libros, entre ellos “A multidão foi ao desert”, Annablume, 2013, Brasil
Notas:
[1] – Vladimir Lênin, “The War and Russian Social-Democracy”, novembre 1914, “War and Revolution”, mayo 1917, Craig Nation, “War on war; Lenin, the Zimmerwald Left, and the Origins of Communist Internationalism”, Duke Un. press, 1989. p. 36.
[2] – “Pravoslávie, samoderzhávie, naródnost”, es decir Ortodoxia, Autocracia y Nacionalidad, los tres pilares enunciados por primera vez por el Ministro de Educación Sergey Uvarov, en 1833, representados por la Monarquía Absoluta, la Iglesia Ortodoxa y la Lengua Nacional. Tras la revolución, para socavar los pilares zaristas, el gobierno bolchevique implementó una política de nacionalidad que garantizaba la autonomía lingüística y cultural a las más de cien naciones incluidas en la Unión Soviética, siempre que estuvieran vinculadas a la heteronomía política del Partido Comunista. . Más que oponer autonomía y heteronomía kantiana, o particularidad empírica y máxima universal, Lenin, lector de Hegel, entendió que una debía posibilitar y fortalecer a la otra, coordinada orgánicamente desde dentro, a la manera de una «universalidad concreta» hegeliana. Una década después, Stalin derrocó la política leninista de nacionalidades. A la vuelta de los años treinta, se restableció el pilar de la rusificación y toda manifestación cultural o lingüística de otras nacionalidades fue tratada como enemiga del Estado, y por tanto a erradicar en defensa de la «revolución».
[3] – Jean-Paul Sartre, “Carnets de la drôle de guerre – Septe)mbre 1939 – Mars 1940”, Gallimard: 1995.
[4] – Alain Badiou, “Le siècle”, ed. du Seuil, 2005, p. 54.
[5] – Ibid., nota a pie página, p. 25 e 26.
[6] – El 23 febrero Mariana Mazzucato ha twiteado: “Non sono una fan di Putin, ma siamo onesti: cosa farebbero gli Stati Uniti se il Messico, al suo confine, entrasse in una sorta di alleanza di sicurezza russa o cinese?” (“No soy una fanática de Putin, pero seamos honestos: ¿qué haría Estados Unidos si México, en su frontera, entrara en algún tipo de alianza de seguridad con Rusia o China?” Podríamos insistir en la hipótesis contrafactual: si Ucrania se hubiera unido a la OTAN, como lo hicieron Polonia o los países bálticos, ¿se habría producido la invasión?
[7] – Michel Foucault, “Inutile de se soulever?”, Le Monde, 11 mayo 1979.
[8] Sobre el ciclo reactivo anti-Maidan y la oferta rusa de servicios represivos a todos los regímenes simpatizantes interesados, en vista de la formación de una Santa Alianza del siglo XXI, ver el artículo reciente del investigador Volodymyr Artiukh: «La lógica política del imperialismo ruso «.

(Tengo 42 años y me descubrí italiano a los 18, de un ridículo ius sanguinis derivado de mis abuelos, que ni siquiera hablaban italiano, sino un dialecto calabrés del Pedace. Digo ridículo no porque los nietos de inmigrantes italianos en todo el mundo tengan que rechazar tal oportunidad de obtener un pasaporte europeo. ridículo porque las personas nacidas en Italia mucho más «italianas» que yo, pero sin derecho al ius soli, tienen que sufrir todo tipo de humillaciones por no tener ciudadanía nacional.
Incluso recibo papeletas de voto en mi casa con cada elección. fiel a la tradición de la izquierda extraparlamentaria, sólo voté en algunos referéndums, nunca por un partido. el próximo septiembre tal vez vote por los partidos aquí por primera vez. Veamos qué pasa. En la medida de lo posible, he pasado mi vida en ásperos debates, movimientos, redes, luchas, colectivos. a partir de 2008, cuando comencé a frecuentar los círculos posoperaistas o neoautonomistas italianos, la admiración siempre ha sido profunda: la disciplina militante, la formación teórica, la cantidad de textos densos, la capacidad de movilizar infinitas capas históricas del pasado comunista. Por momentos, sin embargo, sentí que quizás los significados estaban demasiado soldados con los significantes, formando rígidas cadenas, y que la relación con el Afuera era menos problemática que la interioridad de los grupos, su implacable coherencia y lo compacto de los grupos. quizás por eso el 15-M municipalista ocurrió con tanta fuerza en la cercana España, pero en Italia, a pesar de ser del sur de Europa, no pasó casi nada (en cambio estaba el M5S y el grillismo…).
Pero ¿qué sé, qué puedo decir, qué puedo juzgar?, nada.
Hace un año y medio, por extraños accidentes, me vine a vivir aquí, en la tierra barroca de Salento. Debido a la pandemia, era como vivir en un limbo asocial, rodeado de piedra de Lecce y mejillones negros. Sin embargo, siempre siguiendo los movimientos y el escenario nacional y europeo occidental. Me pareció cuando menos extraño, en estos tiempos, cómo había algunos grafitis anarquistas por las calles que decían que la vacuna era la nueva variante del virus, o, digamos, un tono agámbeniano en algunos artículos, ingeniosos, de los compañeros, sobre las medidas de contención, adoptadas en Italia por el gobierno de Draghi – gobierno verdaderamente tecnocrático y neoliberal, por supuesto. A pesar de ello, hubo esperanza de que, en comparación con otros gobiernos, haya hecho un trabajo positivo en esta pandemia (obviamente el paso decisivo de desburocratización y universalización de la “renta de ciudadanía” nunca se dio).
Lo que realmente me impactó fue cuando estalló la guerra de agresión rusa en Ucrania. Buena parte de la izquierda extraparlamentaria gritaba a coro «Es la OTAN». Luego, todos los clichés sobre Azov, sobre los yanquis, que en Ucrania hoy la izquierda ya no está, y que proporcionando los medios de defensa a los más débiles se prolonga la guerra (en lugar de acortarla dando al infame opresor todo lo que busca).
Lo que siempre me ha gustado, como fuerza productiva estructurada de saberes y resistencias, ahora me parecía un inquietante familismo, que se negaba a identificar la resistencia donde se producía, ordenando rápidamente que bajara el telón: aquí no hay nada que hacer, volvámonos hacia nuestros ídolos y a los asuntos habituales, todo esto es el neoliberalismo de siempre, el imperialismo de siempre, esto no es Rojava, esto no es Cuba, esto no es el Sur Global.
Pregunto: ¿de qué sirven tantas máquinas de fórmulas y categorías contra Occidente, el Capitalismo o el Estado, si no las hemos podido ver cuando se manifiesta lo peor de cada uno de ellos: el neocolonialismo etnolingüístico, el capitalismo de amiguetes y un capitalismo reaccionario y un estado homofóbico- pero ante todo esto, ¿no podemos salirnos de las consignas sobre las guerras, las armas y los imperialismos?
Ciertamente, esto no es cierto para todos los que conozco, seguro que hay tendencias y tendencias, y también hay (pocos) camaradas que han visitado Kiev, no una, sino tres veces, haciendo la investigación que debería ser el requisito (¡ninguna palabra sin indagatoria!) para manifestarse en los medios del movimiento. La invasión es otro capítulo espantoso en la contrarrevolución anti-plazas y anti-movimientos de la década. Paz a los moralistas que hablan siempre de un «complicado», que sólo sirve para prohibir debates y cerrar interrogantes sobre todo lo que es más decisivo. Proporcionar los medios posibles de resistencia, con todas las contradicciones que ello conlleva (dilema es la vida), no es sólo un deber moral, defender el derecho frente a los injustos, toda una población civil de millones de personas sometidas durante meses al terrorismo de Estado, pero también una acción coherente con la necesidad interna de regeneración de movimientos y tradiciones con las luchas reales de nuestro tiempo. es para estas personas que de alguna manera están presentes en el camino anterior que ofrezco este texto y los invito a leerlo. Estoy inmensamente agradecido:
1° A quienes sintieron la necesidad de traducirlo, y lo hicieron espontáneamente sin aceptar un centavo (gracias Giuseppe Orlandini), y
2° A la editora de una de las mejores secciones sobre la guerra rusa en Ucrania (gracias Elisabetta), quien, según tengo entendido, hace un gesto de intrepidez al aceptar publicar este artículo.)