Diego Salazar: “Si los discursos populistas tienen éxito en nuestros países es porque hay granos de verdad en lo que dicen sus líderes”

Periodista y analista político, Salazar lideró ‘Populismos. Una ola autoritaria amenaza Hispanoamérica’, una ambiciosa publicación que disecciona este fenómeno de la mano de 11 autores

Por Renzo Gómez Vega

Ni de izquierda ni de derecha, ni conservador ni progresista, ni liberal ni estatista. El populismo de hoy es diverso y maleable, y como tal merece analizarse de forma individual conforme a su propio contexto histórico, social, económico y cultural. Conocedor de la realidad latinoamericana, el periodista peruano Diego Salazar (Lima, 42 años) lideró un proyecto ambicioso desde Ciudad de México, donde reside desde hace un lustro: ahondar en los matices del populismo de nuestro vecindario. El coordinador de Populismos. Una ola autoritaria amenaza Hispanoamérica (Ariel), donde una decena de autores ofrecen su lectura del fenómeno, conversa con EL PAÍS sobre el panorama regional.

Pregunta. A lo largo del libro se ensayan varias definiciones sobre qué es el populismo. ¿Cuál es la suya?

Respuesta. Es una estrategia o herramienta política que se basa en una narrativa de blanco y negro, extremadamente polarizante, según la cual existen unas élites malas, corruptas y delincuenciales cuyo único interés es afectar a las mayorías que, en esencia, son el pueblo bueno. Es el mínimo común denominador de todas las definiciones, y lo considero acertado. A ello le sumo que es connatural al populismo que exista un líder o lideresa que enarbole este discurso para que se convierta en una parte relevante de la discusión pública.

P. Promesas históricas no saldadas, fracturas irreconciliables, una prosperidad que nunca llega. ¿Se puede afirmar que Latinoamérica ofrece las condiciones para que el populismo funcione?

R. Hay autores que han debatido si el populismo es una tradición latinoamericana y no estoy de acuerdo. No suelo inclinarme por explicaciones culturalistas. Pero sí existen ciertas condiciones como las que nombrabas que facilitan el arraigo. Si los discursos populistas tienen éxito en nuestros países es porque hay granos de verdad en lo que dicen sus líderes: sí tenemos élites corruptas, sí batallamos todavía por garantizar igualdad ante la ley, sí tenemos instituciones que muchas veces no velan por el bienestar de todos los ciudadanos. De eso se vale el populismo para aportar soluciones simplistas. La paradoja es que el éxito del discurso populista hace que las oportunidades sean menores para las grandes mayorías.

P. ¿Los Gobiernos populistas derivan tarde o temprano en prácticas autoritarias?

R. A mí me gustan esos matices. A ver, lo que voy a decir va a sonar un poco enredado. Si bien no todo populismo necesariamente deriva en autoritarismo, sí creo que en el populismo anida un germen autoritario. Uno de los factores primordiales para definir si un populismo terminará por expresarse de manera autoritaria o no es el paso del tiempo. Cuando un régimen populista tiene éxito por lo general tiende a perennizarse. Y esa sin lugar a dudas es una de las características fundamentales del autoritarismo. El caso de Venezuela es clarísimo.

P. ¿El populismo ciega a sus líderes que acaban por traicionar sus ideales o es una fachada para llegar al poder?

R. Eso es algo bien interesante. Yo me pregunto constantemente: ¿en realidad se están creyendo lo que dicen o es una estrategia, una expresión de cinismo político? Como en la mayoría de asuntos hay parcelas de verdad en uno y otro lado. Por ejemplo, considero que Andrés Manuel López Obrador sí cree estar haciendo el bien al poner énfasis en las personas desfavorecidas aun a despecho de desarmar instituciones fundamentales para el funcionamiento del Estado mexicano. Pero a la vez hay otros asuntos donde no me termino de creer lo que él dice en su famosa conferencia matutina de Las mañaneras. Pese a la virulencia de su discurso en contra de las élites y los bancos es extremadamente conservador en el manejo de la economía. Entonces una cosa es el discurso y otra cosa la acción.

La portada del libro 'Populismos. Una ola autoritaria amenaza hispanoamérica'.
La portada del libro ‘Populismos. Una ola autoritaria amenaza hispanoamérica’.Editorial Ariel

P. ¿Y quién sí podría decirse que terminó cegado por el populismo?

R. Quizá Donald Trump, que no es analizado en el libro porque no es hispanoamericano. No es un tipo extremadamente conservador. De hecho coqueteó con el partido Demócrata durante décadas. Y sin embargo, su deriva populista autoritaria lo llevó al otro extremo del espectro político. Una deriva protofascista incluso. Allí me parece que hay un tipo que acabó devorado por su propio discurso.

P. ¿Fidel Castro?

R. A la luz de los hechos y las décadas tenemos claro que era un proyecto autoritario revestido de cierta justicia social. Eso no quiere decir que haya que dar por buena la dictadura que derribó en Cuba. Se sustituyó una dictadura por otra.

P. ¿Qué le ha parecido Javier Milei en este par de semanas en la Casa Rosada? De momento ha crispado a los argentinos con el anuncio de su megadecreto.

R. Milei candidateó como un populista libertario en lo económico y ultraconservador en lo social. Hasta la elección de primera vuelta se dedicó principalmente a crispar y polarizar a una sociedad que se encuentra entre las más polarizadas de la región, en parte por el fracaso enorme del proyecto kirchnerista. Bajó algunos decibeles de cara a la segunda vuelta, donde se alió con la principal oposición al kirchnerismo, el macrismo, a quienes antes había señalado como miembros de la casta. Tras la victoria ha llegado lo que se esperaba, anuncios de shock económico, que en algunos recuerdan al Perú de inicios de los años noventa, poner en stand by el proyecto de dolarización, durante meses la principal bandera del candidato Milei, y pactos más firmes con el macrismo, traducidos en la colocación de nombres asociados al gobierno de Macri en puestos claves, como Luis Caputo al mando de Economía. Estamos viendo ahora el amplio abanico de reformas del megadecreto de Bases para la reconstrucción de la Economía argentina, que debe entrar en vigencia antes de fin de año. Y es ahí, cuando pasemos de la lírica a la acción, que veremos finalmente al verdadero Milei.

P. ¿Le sorprendió su triunfo y la diferencia con la que se impuso en la segunda vuelta?

R. La sorpresa la dio Milei en las PASO en agosto. A partir de ahí y de los distintos movimientos realizados por la Libertad Avanza y Juntos por el Cambio estaba claro que podía pasar cualquier cosa. Al final, la victoria de Milei termina por inscribirse en la ola anti-incumbentes que venimos viendo en Latinoamérica desde hace ya unos años y que es una expresión, quizá la más importante, del rechazo de las mayorías a la clase política y a las élites en general. La gente está harta y se siente traicionada y termina votando por candidatos que expresan o encarnan esa frustración.

P. En el libro, el escritor Carlos Granés, que analiza los ingredientes del populismo en Colombia, sostiene que como “los populistas defienden sus actos en nombre de un ideal pueden acabar defendiendo ideas cerradas, y que por eso para ellos su proceder siempre será acertado”.

R. Allí está el germen autoritario del que hablábamos. También lo explica muy bien Yanina Welp sobre el caso argentino. El populismo tiene inherentemente una necesidad de hacer ese corte limpio entre buenos y malos. Una distinción arbitraria evidentemente porque depende del líder carismático. Como nosotros somos los buenos, se eleva la violencia del discurso. Porque claro, si hay un Gobierno, una élite o unos actores en la sociedad que son malos en esencia pues casi todo está permitido para luchar contra ellos, incluso desaparecerlos.

P. Un peligro por donde se le mire…

R. Creo que el populismo entraña dos peligros fundamentales: los otros líderes políticos que tal vez no habían contemplado utilizar herramientas de corte populista terminan haciéndolo ante la aparición de un populista exitoso y por otro lado para sostener su narrativa se eleva la violencia del discurso. Y una vez que se cruzan ciertas barreras es muy difícil dar vuelta atrás. La violencia es consustancial al populismo y es el principal peligro que entraña.

P. El caso más reciente es Bukele. Para vencer a la delincuencia se ha legitimado la violencia.

R. Bukele concentra muchas de estas cuestiones para entender el populismo. Cuando tienes altísimos niveles de inseguridad y ves indefenso la inacción del Estado para atajar el problema, llega un momento en que estás dispuesto a abrazar cualquier solución. La solución Bukele pasa por desmantelar el Estado de derecho y cualquier persona que cuestione su narrativa es convertido rápidamente en un enemigo de los salvadoreños. Ahora, tampoco se puede juzgar a la población de una forma muy severa dado el profundo problema que existía, pero lo cierto es que quién sabe si aquellos que se consideran “buenos salvadoreños” terminen siendo parte de los “malos”.

P. ¿Termina siendo una bomba de relojería?

R. Así es. Te puede explotar cuando menos te lo esperas. En esa narrativa de los buenos y malos uno no sabe de qué lado va a estar. Muchas veces quienes se sienten atraídos por discursos populistas lo hacen pensando que no tienen nada que perder porque son los “buenos”, pero eso en realidad depende de los ánimos del líder.

P. Alberto Vergara inicia su ensayo señalando que es difícil imaginar a un populista fracasado, pero que Pedro Castillo hizo todo los méritos para ser la excepción. ¿En medio de esa intrascendencia qué le reconoce?

R. Le reconozco lo que estamos viviendo en el Perú actualmente, con este Gobierno ineficiente que ni siquiera logra ser populista porque no tiene nada que ofrecer, y que está maniatado por completo por sectores conservadores, cuasi mafiosos, del Congreso. Todo eso es consecuencia de un populismo fracasado. Dina Boluarte y su primer ministro Alberto Otárola no existirían si Castillo no hubiese convertido su Gobierno en un populismo de kindergarten mezclado con una mafia que no tenía más objetivo que lucrar del Estado. El actual Gobierno es consecuencia de Castillo.

P. ¿Por qué son tan importantes los simbolismos y los rótulos? Gustavo Petro se empecinó en recibir la banda presidencial con la espada de Bolívar y ha sido catalogado como el primer presidente de izquierda de Colombia por dar un ejemplo.

R. Los populistas suelen ser narradores muy hábiles. Precisamente porque el populismo no es una ideología ni una filosofía política. Es en el fondo una narrativa, un relato, el cual nos puede gustar o no. Muchas veces nos preguntamos cómo la gente es capaz de creerse tal o cual cosa, y tenemos que entender que los relatos tienen una audiencia y no necesariamente esos mensajes están destinados hacia nosotros.

P. La burbuja de X se suele pinchar después de cada elección en Latinoamérica…

R. Exacto. Los seres humanos somos una multitud de factores que configuran la manera en que percibimos, entendemos y sentimos el mundo. Al juzgar estos fenómenos nos resulta increíble cómo puede calar el mensaje de Milei o el de Lula y Rafael Correa en su momento y nos llevamos las manos a la cabeza. Es importante ser capaces de distanciarnos de nuestra mirada de las cosas y expresar cierta empatía para comprender lo que pasa en el vecindario. Ahora, dependiendo del sistema electoral de cada país, no siempre hace falta obtener la mayoría para ser elegido presidente. Es decir, no hace falta convencer a todo el pueblo. Basta que una audiencia suficiente compre la narrativa.

Para Toni, que nos enseñó a buscar el amanecer en el crepúsculo

Un recuerdo de Toni Negri escrito por Gigi Roggero.

Sí, temo que las procesiones y mausoleos, con la regla fija de la admiración, oscurezcan con incienso ácido, la sencillez de Lenin; Temo, yo temo, como se teme por la pupila del ojo, que sea distorsionada por las dulces bellezas del ideal.
                                                                                                                                 Vladimir Mayakovsky, Vladimir Ilich Lenin (1924)

Era el amanecer del nuevo milenio. El milenio que se abre con la globalización en los labios y la crisis en el vientre. El milenio inaugurado, en noviembre de 1999, por la manifestación de Seattle: es un nuevo ciclo del movimiento global que perturba el sueño de quienes creían haber ganado definitivamente la lucha de clases y cerrado las cuentas con la historia, como con el virus del milenio. En ese cruce, Toni Negri junto con Michael Hardt formulan la hipótesis de la formación del imperio: ya no el imperialismo de los Estados-nación, sino un nuevo orden mundial sin centro, en el que se mezclan poderes democráticos, monárquicos y aristocráticos. Y plantean la hipótesis, en primer lugar, de la formación del sujeto que resiste y se opone a ese orden, la multitud, que parece llenar las plazas del movimiento antiglobal.

«Entonces, ¿qué hará ahora el profesor Negri, volverá a hacer la revolución?». Quien hablaba con rencor mal disimulado era un periodista de izquierdas, presentador de un programa al que habían invitado a Toni, en momentos en que cumplía su condena en semilibertad. Del otro lado viene esa risa, famosa e inolvidable para cualquiera que haya tenido el placer o el miedo de escucharla. «Pero ya lo estoy haciendo». Fin de la transmisión.

Sí, este es Toni. La encarnación, una de las más extraordinarias, después de la Segunda Guerra Mundial, del deseo de revolución. Digamos más y aclaremos de inmediato: Toni era una figura obsesionada. No hablamos de obsesión en términos de juicios de valor o sentencias patológicas, como le gustaría a la industria del tratamiento. Hablamos de ello en términos sintomáticos: la obsesión como síntoma del deseo. El ojo conservador de Solzhenitsyn había captado esto en una novela poco conocida y, tal vez precisamente por eso, muy importante: Lenin en Zurich imagina a un líder bolchevique que no piensa en otra cosa, dispuesto a hacer cualquier cosa para regresar a Petrogrado. Porque ahí es donde debe estar un revolucionario, porque hay una posible tendencia minoritaria, cuyo desarrollo depende de fuerzas subjetivas. Virtud y suerte, decía Maquiavelo. Y mucho culo, añadió Mario Dalmaviva. Bueno, la verdad es ésta: un revolucionario es una figura obsesionada, y está obsesionado porque lo impulsa el poder del deseo. En definitiva, no hay revolucionario sin deseo de revolución. Esta es la primera lección que aprendemos de Lenin, de Toni y de todos aquellos que no se limitan a no aceptar el estado actual de las cosas, sino que se arriesgan por completo a arruinarlo.

La revolución, nos explicó nuestro maestro, no como un acontecimiento salvífico, catártico o palingenético. La revolución como forma de vida. No son sólo frases bonitas, es la dura y agotadora realidad. Una forma de vida contradictoria y problemática, siempre inquieta y nunca tranquila. Anna nos lo contó en su hermoso léxico familiar que lleva el igualmente maravilloso título de Con un pie enredado en la historia. Parafraseando de nuevo una consideración bien conocida, quienes esperan un revolucionario puro y sin contradicciones nunca lo verán, y se condenan a no comprender lo que significa la revolución como forma de vida.

Además, hay un aspecto de su biografía que se recuerda muy poco: con poco más de treinta años, Toni era el catedrático italiano más joven de la prestigiosa cátedra de Doctrina de Estado de la Universidad de Padua. Podría haber tenido una vida tranquila y satisfactoria como un gran intelectual, estimado y reconocido por todos. O tal vez podría haber sido un intelectual comprometido, que mantiene separadas la opinión y la acción. O también podría haber sido un intelectual orgánico, obediente a las exigencias indiscutibles de un partido fetiche. Y por qué no, podría haber sido un activista intelectual, una forma homeopática de militancia sin riesgos que se extendió en las décadas siguientes, elegido por profesores que se pronuncian sobre todas las injusticias del mundo mientras estén lejos de su zona. de seguridad académica. Pero no, ésta no era su forma de vida. Apostó por el deseo. Apostó todo lo que tenía y pudo haber tenido. Y en el mundo feudal de la universidad, habitado por barones trombonescos y sirvientes pusilánimes, esto es lo que nunca le han perdonado. Decretando la prohibición de la inteligencia en la academia durante el próximo medio siglo. Este anuncio es la continuación del 7 de abril con otros medios, y en ocasiones con los mismos.

No repasemos lo que hizo Toni aquí, sería una tarea presuntuosa y, además, bastante inútil. De hecho, quienes lean este texto ya saben lo que podríamos decir en unas pocas líneas. Tampoco queremos diseñar un icono sin manchas y claroscuros, dejamos de buen grado esta gratificación a los numerosos aduladores profesionales, que ciertamente no faltan ayer como hoy. Su problema, desde nuestro punto de vista, no es que vio lo que no estaba allí, como tan a menudo lo han acusado los tontos (o los filisteos, se habría dicho alguna vez). El problema es que a menudo veía lo que no podía estar ahí. O, para decirlo en términos familiares para quienes provienen de la tradición del obrerismo, cambió la composición técnica por la composición inmediatamente política, o el desarrollo del capital por el desarrollo del sujeto antagónico. O pensaba que la brillantez de la inteligencia individual podía, en ciertos momentos, prescindir de la fatiga de los procesos colectivos. Todo esto es parte de una discusión abierta: no sobre lo que ha sido, sino sobre lo que puede ser.

El punto a subrayar aquí, sin embargo, es otro: lo que guio a Toni, dentro de sus límites y no sólo en sus riquezas, fue siempre precisamente ese deseo de revolución, esa necesidad de intentar siempre salir adelante. No, no tanto en el entusiasmo de las fases altas de los movimientos. Forzar, ante todo, en las fases de reflujo, derrota y fragmentación. Este fue el caso en las décadas de 1980 y 1990, en medio de la contrarrevolución capitalista. En otros lugares es correcto debatir la sustancia de esos forzamientos. Aquí digamos simplemente que, dentro de la oscuridad, tuvieron la fuerza para centrarse en la luz, para luchar contra la resignación y el retraimiento depresivo, para intentar invertir la perspectiva. Haciéndolo, siempre, con un pensamiento divisivo. Sí, divisivo, utilizamos concretamente la expresión que hoy tanto horror suscita entre los demócratas de izquierda. Porque el pensamiento político siempre es divisivo, es decir, divide a un partido de otro, a un amigo del enemigo. Cuando todo el mundo habla bien de alguien, significa que ese alguien no tiene la capacidad de expresar un pensamiento político, o de expresar un pensamiento. Porque ese «todos» es una abstracción del universalismo moderno, es decir, capitalista. Y si hoy Toni todavía consigue dividir es que ha hecho todo lo que debe hacer un revolucionario.

Quienes lo conocieron, además de leerlo y estudiarlo, saben que era ajeno a cualquier nostalgia, una pasión triste por la que sentía una repulsión natural, incluso a costa de coquetear con el progreso capitalista. Precisamente esta actitud, impulsada por una curiosidad insaciable, le hizo estar especialmente atento a los jóvenes. Se comparaba a sí mismo como a un igual, no por una humildad mal entendida (qué mala palabra), sino porque sabía que la relación entre «maestro» y «alumno» es siempre una relación mayéutica, en la que los roles de quien enseña y quienes aprenden se intercambian continuamente, nutriéndose mutuamente. En esta relación nunca dio nada por sentado: como las grandes figuras de nuestra patrística obrerista (Mario, Romano y todos los demás), te obligaba continuamente a pensar de forma independiente, a no repetir lo que ya se sabía, a costa de quitarte el suelo, a cada paso debajo de tus pies. Así, en ese elogio nietzscheano de la ausencia de memoria no hubo una eliminación del pasado, sino una continua reapertura revolucionaria de la historia.

En definitiva, querido Toni. En esta época de mediocridad gris, en la que reinan los malos maestros, cuánto necesitamos una nueva generación de cattivi maestri. De los que nos enseñan a buscar siempre el amanecer dentro del crepúsculo.

Traducción del italiano, Santiago Arcos-Halyburton

Gigi Roggero es el director editorial de DeriveApprodi. Periodista militante y curador, para Machina, de la sección freccia tenda cammello. Ha publicado con DeriveApprodi: Elogio de la militancia (2016), El tren contra la historia (2017), Obrero político italiano. Genealogía, historia y método (2019), Para una crítica de la libertad. Fragmentos de pensamiento fuerte (2023); también es coautor de: Future anterior y Gli operaisti (2002 y 2005).

 

El clamor de la palabra: Recuerdo y despedida a Toni Negri

Por Sebastián Scolnik

La impresión política e intelectual que sentimos cuando nos topamos con la figura de Toni Negri no tiene comparación posible. La belleza de su escritura filosófica nos conduce a pensar que la sensualidad es un arma incisiva, cruel y violenta y no una poética de almas salvíficas o narcisistas. Lo leímos ya promediando nuestra militancia política. La anomalía salvaje y Poder constituyente. Dos libros estremecedores en los que se revisaban a fondo las premisas revolucionarias de la modernidad, el finalismo teleológico y la constitución del mundo que se despliega en la expansión material y ontológica de la multitud, que siempre tiende a desbordar los límites conclusivos con que el poder organiza la explotación y la representación del pueblo. Más tarde tuvimos la posibilidad de una conversación amplia, editada en el libro Contrapoder. Una introducción, editado en los días previos a las conmociones del 2001. En las calles de Buenos Aires su nombre sonó en las luchas y sus ideas atravesaron pequeños grupitos y experiencias de organización colectiva. Se habló de él en fábricas recuperadas, en las redes de producción, intercambio y consumo de una economía popular que se desplegaba por el país al ritmo de la crisis. Un nuevo Sujeto, plural y constituyente, iba creando formas de vida que no se restringían a las maneras tradicionales en que se organizaban las luchas y sus reivindicaciones. Y en ese contexto, sus conceptos resonaban brillando en la tierra de los desposeídos y los ávidos. Su palabra se volvía estremecedora cuando era solicitada por un impulso recreativo que se sobreponía a la tendencia a producir modas y estereotipos. Los grandes textos filosóficos, aquellos que tienen mucho de literario, se iluminan cuando son requeridos por una voluntad de traducción y contra-traducción y no como decálogos de una moda ocasional. Así nos ha pasado con Toni. Porque cuando la lectura es irreverente, entregándose a los textos para hacerlos vivir más allá de su literalidad, la labor intelectual entra en otra dimensión. La irreverencia no es sospecha cínica o desprecio encubierto en sofisticaciones vanidosas. Es un acto de amor intelectual. Y si la lectura tiene la posibilidad de encontrarse con la el cuerpo que la escribe, se atraviesa un umbral en el que ya no es posible pensar los términos de una conversación como si se tratara de entidades exteriores. En el acto público, su oratoria era vibrante. En la charla íntima su voz era tierna y comprensiva. Su sentido del humor se alejaba de la solemnidad de muchos de sus cultores, los que piensan que un mundo nuevo puede construirse en los términos de una obediencia recitada de manual.

Su libro Imperio produjo un gran revuelo. La mayoría de las veces, a Toni se lo discutió sin tomarse el trabajo de dejarse atravesar por sus categorías. Sus textos reclamaban otro tipo de comprensión. Con la tendencia habitual a la clasificación, militantes e intelectuales, temerosos frente a la zozobra que provocaba la palabra que venía de lejos, lo despacharon rápidamente, alejando sus incisivas proposiciones del propio campo de acción y reflexión. Otros lo asumieron como una identidad, vaciando con este gesto toda su potencia teórica y política. Y algunos nunca más pudimos hacer cosas sin que ese singular entrecruzamiento entre biografía militante y práctica intelectual sobrevolara silenciosamente nuestras inquietudes y apuestas.

Un día, rodeado de trabajadores e intelectuales, en la fábrica recuperada Grissinópolis, gritó, con una contundencia que pocas veces vi en mi vida, su enunciado mayor: “La moltitudine è un concetto di clase”. Con estas palabras, Negri trataba de dar por concluido el mar de interpretaciones que pretendían oponer las categorías históricas del marxismo con su renovada caracterización del Sujeto social que emerge del posfordismo. Esa pregunta por la naturaleza productiva de los procesos políticos, que las lecturas más superficiales interpretaron como un mecanicismo lineal, era clave para pensar la época. ¿Cabían nuestras multitudes movilizadas en la imaginación negriana? ¿Eran sus propuestas teóricas aptas para pensar la singularidad de nuestra rebelión? Siempre creímos que sí. Que las nuevas formas del trabajo y la composición social de los sujetos productivos (sobre todo si se trataba de “desocupados” en lucha) requerían nuevos modos de expresión política capaces de articularse con las imágenes elaboradas en su propia historicidad. El optimismo de Negri era más bien ontológico. No era una ilusión sobre el futuro (un optimismo progresista), sino que tenía la fuerza de una constatación. Su obrerismo, que tiñó su experiencia política y militante desde el principio, encendía sus palabras por detrás de cada reflexión.

Recientemente hemos leído los dos volúmenes traducidos al castellano (aún queda uno por traducir) de su autobiografía: Historia de un comunista y Cárcel y exilio, editados por Tinta Limón. Bellísimos libros que dan cuenta del particular enlace entre lectura y experiencia, entre escritura y organización, entre persecución y libertad, que produjo una de las principales figuras del pensamiento revolucionario.

Toni Negri nació con el fascismo al que combatió sin ambigüedades, y murió el día de hoy. Su figura y su obra son ya parte de un legado vivo con el que contamos para enfrentar estos nuevos fascismos, los que surgen como pobres declinaciones de la crisis mundial contemporánea. Aquí y ahora, sus textos cobran nuevos impulsos y su compromiso es un sutil llamado a despertar nuestras pasiones rebeldes y creadoras. Así te leímos, así te interpretamos y así te recordaremos, querido Toni, en la imagen de tu sonrisa que siempre convocaba conspiraciones y tempestades.

 

16 de diciembre de 2023.

El fue mi maestro

por Bruno Cava

 

Habrá infinidad de obituarios, declaraciones, ensayos, pero me permito una nota muy personal.

El Toni Negri de mediados de los años 2000, cuando lo conocí por primera vez, en una conversación, en una casa en el cerro de Santa Teresa, en Río de Janeiro, era lo más parecido, que he conocido en mi vida, a un hombre del Renacimiento. Una inteligencia viva, voraz y universal, esa fue mi impresión. Años más tarde, al reseñar «Commonwealth», aludí a esta ocasión bajo el título «Amor y poscapitalismo». Pues sí, Negri en aquella ocasión habló de la dimensión política del amor, el amor cupiditas, que se recrea y se reinventa a partir de la soledad, la pobreza, el desierto.

En sus intervenciones, razón y pasión se mezclaban en Toni, sin perder nunca la equilibrada serenidad del conjunto, sin coquetear con la oscuridad o el equívoco. Como Giordano Bruno o Galileo, Toni nunca permitió que la dolorosa experiencia de sus peores momentos se infiltrara en sus pensamientos. No se dejó envenenar por los sinsabores de la venganza o del rencor, no dudó en metabolizar las transformaciones del tiempo. Fue un filósofo atravesado de punta a cabo por la tesitura histórica, decía ser sólo, apenas, un lector y revolucionario de su tiempo, y de hecho transito y se empapo en la tierra fértil de las luchas callejeras, los debates desde el púlpito y el calor de las asambleas, como Maquiavelo. o Gramsci, pero eso no le afectaba el humor, ni lo hacía antipático. Los años de plomo, al final, fueron ligeros para él, lo que requiere arte y astucia. Continuó viviendo así, inmerso en el mundo, en la cotidianeidad, bebiendo vino, discutiendo en la mesa de un bar, chismorreando sobre compinches y enemigos, testarudo, orgulloso, alegre al máximo.

Todos los períodos de derrotas y tribulaciones que atravesó, y hubo algunos (la pérdida de ‘compagni’, el aplastamiento político, la amargura de las acusaciones falsas, el ascenso al poder de aquellos a quienes más despreciaba) no le infectaron, sin embargo, ningún derrotismo. Desafío a cualquiera, que lea atentamente su monumental obra, a encontrar un solo pasaje que respire melancolía.

Detenido por primera vez en 1979, luego en una prisión de máxima seguridad, se reinventó, ante todo, a través del estudio. Recreó su pensamiento a partir de las fuentes que logró introducir clandestinamente en su celda, en condiciones de extrema inseguridad, humillación y falta de perspectivas. La trayectoria de Toni Negri me atestigua el gran poder del estudio, su fuerza para salvarnos de, y en, las peores condiciones. Realmente puede cambiar una vida.

Tras las rejas, Negri estudió intensamente a Spinoza, un Spinoza filtrado en gran medida a través de Deleuze, pero no por eso menos original, en particular, en lo que respecta a la tesis de la segunda fundación del spinozismo. Un Spinoza que era, inusualmente, marxista y un Marx que se convirtió en Spinoza al mismo tiempo. De este estudio en abîme surgieron al menos tres libros, empezando por esa ruptura y cambio del paradigma en los estudios spinozistas, en general, que fue la «Anomalía salvaje».

Durante la misma estancia en el infierno, estudió el bíblico «Libro de Job», del que surgiría el libro «La fuerza del esclavo», y también estudió con diligencia la obra del poeta Giacomo Leopardi (por así decirlo, el Hölderlin «italiano», aunque para Negri lo que importaba era el Leopardi europeo e ilustrado, y no el poeta nacional reconstruido por el Risorgimento), cuyo por lo demás magnífico poema de resiliencia y pesimismo, titulado «La ginestra» (o «Flor del desierto»), sólo pude apreciarlo incluso después de sumergirme en el idioma. Esta obra poética del siglo XIX fue utilizada por el filósofo encarcelado para un largo y denso libro de filosofía, publicado cuando estaba en libertad, en 1987, no por casualidad titulado «Lenta ginestra» (lamentablemente todavía sin edición brasileña).

Cuando fui testigo del discurso de Toni a mediados de los años 2000, acababa de estrenarse en portugués su «Alma Venus Multitudo», que había escrito en la segunda temporada que pasó en una prisión italiana, debido a acusaciones recalentadas. La evidencia se limitó a delaciones premiadas de ex camaradas arrepentidos. El libro publicado recientemente, en 2003, se desarrolla de forma geométrica, en proposiciones, similares a la Ética de Spinoza.

En aquel momento, en el umbral de los setenta, Negri bien podría recurrir a sus recuerdos, para transmitir con sabiduría el legado de las luchas autonomistas que culminaron en el Movimiento de 1977, de los entrelazamientos con los ‘soixante-huitards‘ (Guattari, Deleuze, Foucault, sus amigos…), de la sorprendente (e insuperable) reelaboración del sistema-mundo en «Imperio» y «Multitud», pero no. Todo en él era diseño, construcción, sentido de urgencia. Todo seguía abierto, a punto de hacerlo.

Siempre he estado en desacuerdo con François Zourabichvili cuando escribía que la ausencia de un proyecto es la condición negativa de lo que Deleuze denomina «creer en el mundo». Como sabemos, el deleuziano Zourabichvili delimita el pensamiento de Deleuze y Negri atribuyendo al primero un sesgo político puramente táctico de escaramuzas y desestabilizaciones locales, mientras que el segundo apuesta (¿todavía? ¿residuo voluntarista?) por un ‘telos‘, una marcha hacia adelante. de movimientos, la multitud.

Bueno, como ya escribí en otro lado, no veo esa la fuerte línea divisoria, casi me suena a una etiqueta vaga de Zourabichvili, no. La multitud es un concepto tan «optimista» como el proletariado en Marx, o la democracia absoluta en Spinoza, y lo que en Deleuze es «pessimisme joyeux» se encuentra también por todas partes en Negri, en la reinvención incesante a pesar de todo, en la inquietud insuprimible ante la reapertura del tiempo histórico, en la reinvención de la obra, y en la reinvención de uno mismo a través de la obra; tal como un humanista del Renacimiento llevó a cabo la síntesis entre pasado y presente señalando lo nuevo, siguiendo el ejemplo, entre otros, de Pico della Mirândola (citado por Negri y Hardt en «Empire«).

La multitud, umbral problemático y horizonte insuperable de la filosofía política en el siglo XXI (por tanto, más rigurosamente conceptual, más «problematizante» que el concepto de «Común», fácil y rápidamente recapturado por la doxa antineoliberal vulgar). Pero esto no significa que el concepto sea teóricamente optimista: cuando la multitud se vuelve Uno, se convierte en populismo, cuando el miedo cambia de bando, se convierte en Estado, y la multitud puede incluso conducir al fascismo, cuando se convierte en policía (en este caso, en dos fases: primero, las singularidades devienen todo el mundo y luego todo el mundo se convierte en policía). Pero, para empezar, si hay capitalismo, si todavía funciona, habemus multitud, el concepto de clase está a la altura.

Definitivamente Toni no apreciaba el barroco. Era un temperamento de clasicismo meridiano, lo que explica, de hecho, parte del rotundo éxito de la colaboración con Michael Hardt. El encuentro con Hardt llevó a Negri a encontrarse a sí mismo, en el fluir de una prosa clara y precisa. Cuando una vez le confesé el sabor neobarroco de la situación posterior a junio (2013), me advirtió que el barroco era la exaltación del poder y la internalización de la crisis. Luego descubrí, en «Anomalía salvaje», que el paradigma de Toni era el siglo XVI holandés en detrimento del italiano, precisamente porque no conocía el barroco (como sabemos, es el siglo de Caravaggio, Bernini, Borromini, etc…).

En las Provincias Unidas en las que vivió Spinoza, la gran crisis de la época no fue internalizada en la forma de una teoría del poder y sus mediaciones trascendentes, como había ocurrido en la Roma barroca o, mucho más tarde, en el romanticismo alemán (internalización exasperada del poder. La Revolución Francesa). Toni no aceptó, por tanto, que la multitud pudiera calificarse de barroca, pues allí ya no existía. La multitud era de un clasicismo pleno y luminoso, igual que su Spinoza, su Marx o su Leopardi.

No tengo vergüenza de reconocer que Toni fue mi maestro, que supo impactarme como una novedad radical, que impactó en mis formas de pensar y de vivir. Para mí y para muchos otros. Como escribió Deleuze sobre Sartre, la generación que no tiene maestros es triste. Los nuestros han sido Negri, Graeber, Butler, Holloway… Correspondieron a la modernidad en la que llegaríamos a convertirnos y lograron construir un sentido en nuestros entusiasmos difusos, para que así pudiesen derramarse en el mundo, como praxis.

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

 

Bruno Cava es escritor y bloguero, investigador asociado en la Universidad Nômade. Publica en varios medios, entre otros The Guardian, Al Jazeera, Multitudes y Le Monde Diplomatique.

 

 

Wallerstein nos ayuda a comprender la crisis capitalista

Por Gregory P. Williams
Traducción: Florencia Oroz

Immanuel Wallerstein desarrolló un convincente análisis del capitalismo como sistema-mundo que socavó el triunfalismo de la era neoliberal. Su obra está repleta de valiosas reflexiones sobre los poderes que desestabilizan el capitalismo mundial.

Immanuel Wallerstein fue un pensador creativo que creía que las ciencias sociales convencionales representaban los intereses de los poderosos. Nacido en la ciudad de Nueva York en 1930, el lugar que más tarde identificaría como la capital de la economía mundial, Wallerstein pasó su vida desafiando las visiones sociocientíficas y culturales dominantes del capitalismo global.

Cuando falleció, en 2019, Wallerstein pensaba que el sistema capitalista estaba en crisis estructural, condenado al colapso. Sin embargo, para él el fin del capitalismo no significaba necesariamente el ascenso del socialismo.

Wallerstein veía la lucha contemporánea como una batalla entre fuerzas regresivas que presionan por otro sistema altamente desigual y fuerzas progresistas que luchan por alguna forma de igualitarismo. Denominó a estas fuerzas contendientes el «espíritu de Davos» y el «espíritu de Porto Alegre», respectivamente. En su opinión, cada fuerza tenía aproximadamente las mismas posibilidades de éxito.

¿Cómo llegó Wallerstein a esta conclusión aparentemente funesta? En realidad, no consideraba que su predicción fuera sombría. «Las probabilidades», como le gustaba decir, «son del cincuenta por ciento. Pero cincuenta-cincuenta no es poco; es mucho».

Crisis y colapso

A diferencia de muchos intelectuales de izquierda del siglo XX, Wallerstein no cambió su optimismo juvenil por un pesimismo anciano o por la aquiescencia. A medida que el neoliberalismo se afianzaba en la era de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, la perspectiva de Wallerstein se transformó en algo totalmente ajeno a los sentimientos de optimismo y pesimismo. Adoptó una fría racionalidad y una seguridad férrea en su diagnóstico de las crisis cada vez más profundas del sistema-mundo moderno y de su próximo colapso.

En la década de 1990, cuando el neoliberalismo se impuso a los partidos de Estados Unidos y Europa Occidental que en su infancia habían representado los intereses de los trabajadores, Wallerstein permaneció inquebrantable. En medio de los gobiernos de Bill Clinton y Tony Blair, que defendían el potencial aparentemente ilimitado del capitalismo de libre mercado, Wallerstein siguió sosteniendo que el dominio estadounidense estaba menguando y que el capitalismo era profundamente inestable.

El neoliberalismo asociaba la libertad humana y el desarrollo con mercados no regulados. Wallerstein, en cambio, asociaba esos conceptos con la igualdad en la política, la economía, el derecho y la cultura.

Hoy podemos ver que la historia se ha desarrollado más en línea con las predicciones de Wallerstein que con las de los neoliberales que habían prometido prosperidad económica y paz duradera. Las guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak no condujeron a un escenario mundial más pacífico o estable. Los líderes estadounidenses que promovieron mercados sin trabas, en lugar de lograr su objetivo de pacificar mediante la prosperidad, se limitaron a provocar protestas sociales mundiales y renovados esfuerzos de sindicalización.

El análisis de los sistemas mundiales de Wallerstein puede ayudarnos a dar sentido a nuestro caótico mundo. Fenómenos aparentemente inconexos, como las crisis financieras, las protestas populares y las guerras, revelan un sistema en crisis estructural.

Independencia africana y teoría de la modernización

Wallerstein siempre sintió curiosidad por la política y las ideas que informan nuestras acciones, así como por las interconexiones entre la política internacional y la nacional. Fue un joven partidario del movimiento a favor del federalismo mundial. En 1954 escribió una tesis sobre el macartismo que más tarde retomó el historiador Richard Hofstadter.

Wallerstein fue reclutado por el Ejército estadounidense durante la guerra de Corea y enviado a defender el Canal de Panamá. Después, puso sus ojos en los movimientos independentistas de África en el contexto de la cambiante escena mundial. Con la experiencia se dio cuenta de que las ciencias sociales existentes no podían explicar los problemas a los que se enfrentaban los nuevos Estados independientes del continente.

Los gobiernos poscoloniales cayeron casi inmediatamente en problemas de deuda e inestabilidad política. La opinión predominante entre los académicos dedicados al estudio del desarrollo político —término que designa la creciente sofisticación y resistencia de los órganos de gobierno— era que las naciones pobres e inestables lo eran a causa de las decisiones tomadas por sus dirigentes. Se partía del supuesto de que la mayor parte de la política era nacional, con una interacción solo incidental con el mundo exterior.

Esta perspectiva, que aún persiste, se conocía como «teoría de la modernización». Sus defensores recomendaban que los Estados-nación en apuros eliminaran las barreras al comercio y se abrieran a la inversión extranjera.

Wallerstein nunca aceptó que los nuevos gobiernos poscoloniales de África fueran los culpables de sus problemas. Creía que la política de la deuda y las condiciones comerciales injustas eran, como dijo el presidente de Tanzania Julius Nyerere, la «segunda contienda» por África. Consideraba que el impacto del imperialismo occidental había sobrevivido a la descolonización formal.

Movimientos antisistémicos

No obstante, Wallerstein trató inicialmente de enmendar la teoría de la modernización en lugar de sustituirla. Así, hacia fines de la década de 1960 planificó un importante estudio. Quería extraer lecciones para las «nuevas» naciones del mundo basadas en las experiencias de las «viejas» naciones, los Estados europeos que se habían formado en el siglo XVII.

Sin embargo, pronto rechazó la premisa de su proyecto. Era «una mala idea», escribió décadas después: los nuevos Estados-nación independientes creaban gobiernos y ejercían la diplomacia en circunstancias radicalmente distintas a las de las viejas naciones de Europa. Lo importante era la relación entre lo viejo y lo nuevo, razonó.

La nueva perspectiva de Wallerstein llegó poco después de las protestas mundiales de 1968, que él vivió directamente en Nueva York (de hecho, le gustaba recordar a sus amigos franceses que la revuelta de la Universidad de Columbia precedió en varias semanas a las protestas de París). Wallerstein consideraba que las protestas mundiales estaban interconectadas. En su opinión, todas luchaban contra el orden establecido y buscaban crear mejores circunstancias de vida. Más tarde diría que 1968 «cristalizó» muchas de sus opiniones, creencias que antes había mantenido «de forma más confusa».

Más adelante describiría 1968 como un «movimiento antisistémico», parte de una larga serie de movimientos sociales y nacionalistas modernos simbolizados por sus años, como 1789, 1848, 1917, 1968 y 1989. El término describe la forma en que la gente desafía ocasionalmente el orden establecido, altamente desigual, caracterizado por la jerarquía y la explotación. A veces logran sus objetivos (o algunos de ellos lo hacen), como los revolucionarios franceses en 1789. A veces los resultados son más desiguales, como en las revueltas europeas de 1848.

Tras su intento inicial de revisar la teoría de la modernización orientándola en una dirección más internacional e histórica, Wallerstein volvió a la pizarra de trabajo. Formuló entonces una nueva manera de concebir la política mundial, inspirada en las revoluciones de 1968, que daba cuenta de la relación entre colonizador y colonizado, banquero y deudor.

El sistema mundial

Basándose en pensadores como Fernand Braudel, Amílcar Cabral, Frantz Fanon y Karl Polanyi, Wallerstein ideó una forma de especificar la relación entre grandes y pequeñas potencias. Denominó a su enfoque «análisis de los sistemas mundiales», prefiriendo el término «análisis» por sobre el de «teoría», que en su opinión implicaría una sensación prematura de cierre, de tenerlo todo resuelto. Utilizó el guion «sistema-mundo» para indicar que ambas ideas eran inseparables. El guion mostraba que estaba escribiendo sobre un sistema que era un mundo, en lugar de simplemente el sistema del mundo. Por tanto, sostenía que un sistema-mundo podía ocupar un espacio menor que el de la Tierra.

Wallerstein concebía varios tipos principales de sistemas mundiales, entre los que destacaban el imperio mundial y la economía mundial. Un imperio mundial era una civilización a gran escala con una única institución de gobierno y un único sistema económico, como el de la antigua Roma. Conquistaba y ocupaba vastas extensiones de territorio y recibía tributos de las diversas partes que lo componían.

Una economía mundial, por el contrario, era para Wallerstein una criatura inusual, formada por varias instituciones de gobierno distintas dentro de un sistema económico global. En el caso de la economía mundial capitalista, los Estados (es decir, los países o naciones) estaban unidos por un sistema económico capitalista.

Según Wallerstein, el capitalismo se formó en Europa Occidental y América en el transcurso del «largo siglo XVI», que abarca aproximadamente los años comprendidos entre 1450 y 1640. Dada la prevalencia (incluso hoy en día) de la esclavitud, la servidumbre por contrato y otras formas de trabajo forzado, evitó definir el capitalismo como un sistema basado en el trabajo asalariado y la propiedad privada para caracterizarlo, en cambio, como un sistema basado en la acumulación incesante de capital, entendiendo por tal el valor almacenado.

Rápidamente surgió una división del trabajo que reflejaba las divisiones de clase dentro de los Estados. El «núcleo» rico y poderoso (inicialmente limitado a Europa Occidental) explotaba y se beneficiaba de la «periferia» empobrecida (gran parte del resto del sistema mundial). En medio, Wallerstein vio una categoría de cinta transportadora llamada semiperiferia, formada por Estados explotados con un pequeño derecho a las recompensas generadas por la periferia.

Sin embargo, el elemento central del análisis de los sistemas mundiales es la afirmación de que todos los sistemas son transitorios. Un sistema nace, atraviesa un periodo de fragilidad y luego de fortaleza, antes de entrar finalmente en un periodo de crisis terminal. Wallerstein sostenía que el capitalismo tiene una vida finita y que su funcionamiento normal acabará provocando su conclusión. Y, tras conocer al premio Nobel de química Ilya Prigogine, Wallerstein se dio cuenta de que esta lógica también era válida para los sistemas naturales, incluido el universo en su conjunto.

Al hacer hincapié en la relación entre sociedades, Wallerstein encontró una forma de describir el modo de producción capitalista tal y como existía realmente. Anteriormente, los científicos sociales utilizaban el Estado como unidad de análisis. Para Wallerstein, los Estados son un componente de un sistema más amplio.

Ritmos cíclicos

En los años setenta y ochenta, Wallerstein escribió extensamente sobre la historia del capitalismo en una serie de libros titulada El moderno sistema mundial, cuyo último volumen apareció en 2011. Explicó la frágil formación del sistema, sus periodos de expansión y crecimiento y sus contradicciones cada vez más profundas. Política y culturalmente, este periodo se caracterizó por el triunfo del neoliberalismo. Sin embargo, Wallerstein nadó contra la corriente neoliberal describiendo los orígenes y la expansión del capitalismo, su comportamiento episódico y sus tendencias perdurables.

Wallerstein se refirió a los altibajos del capitalismo como «ritmos cíclicos». Uno de esos ritmos era la «onda larga» económica: periodos a largo plazo de crecimiento más rápido y más lento. Algunas olas duraban varias décadas, mientras que otras se prolongaban durante siglos. Le interesaba especialmente cómo respondían los Estados y otros actores a los periodos de expansión y consolidación a largo plazo.

Otro ritmo cíclico que Wallerstein identificó fue el ascenso y la caída del dominio internacional. Ocasionalmente, una nación convierte sus ventajas económicas en una posición de poder sin rival, posición que él denominaba de «hegemonía». Al considerar las lecciones de los ejemplos holandés, británico y estadounidense, Wallerstein descubrió un patrón común: el hegemón en ascenso se defiende de un rival. Al hacerlo, sus ventajas en los campos de la producción agroindustrial, el comercio y las finanzas se convierten en superioridad militar. Tras un gran conflicto, como la Segunda Guerra Mundial, la nueva nación dominante establece las normas de un orden internacional duradero.

A partir de ese momento, declina lentamente al perder sus ventajas económicas en el mismo orden en que las obtuvo, empezando por la producción agroindustrial y concluyendo con las finanzas. Wallerstein creía que Estados Unidos había empezado a declinar en la década de 1970.

Tendencias seculares

Podríamos imaginar los ritmos cíclicos en términos metafóricos como el sistema-mundo moderno tomando aire y volviéndolo a soltar. Normalmente, vuelven a una especie de lugar normal, un equilibrio, pero también provocan nuevos desarrollos en el sistema. Estas «tendencias seculares» aumentan a lo largo de la vida del sistema. Por definición, no pueden deshacerse.

Wallerstein concibió varias tendencias seculares, entre ellas las revueltas políticas, el desarrollo de una fuerza de trabajo proletarizada (en sentido amplio) y la expansión geográfica del sistema-mundo. Esta última resulta útil para reflexionar sobre el capitalismo global actual.

Según Wallerstein, un signo de la crisis estructural del capitalismo es su incapacidad para expandirse geográficamente. Durante cuatro siglos, hasta aproximadamente finales del siglo XIX, el capitalismo pudo aliviar sus presiones internas mediante el expansionismo. En una zona determinada, a medida que los trabajadores exigían mejores salarios y condiciones de trabajo más seguras, mientras que los recursos escaseaban, los propietarios-productores «huían» a nuevas zonas.

En muchos casos, esta huida condujo a la incorporación de zonas externas a la economía mundial. El sistema comenzó en Europa y América, pero en ocasiones se ha extendido rápidamente. Por ejemplo, en la era del imperio, de 1750 a 1850 aproximadamente, las potencias europeas empujaron a gran parte del sur de Asia, África Occidental y el Imperio Otomano hacia la periferia del sistema mundial.

Justo cuando la ideología del capitalismo de mercado sin restricciones se afianzaba en Occidente, el análisis histórico de Wallerstein mostraba un sistema en apuros. Sin espacio para crecer, argumentaba, el sistema dependía más de la creación de nuevas tecnologías, nuevas mercancías y nuevos contratos, como los que protegían los beneficios futuros en los acuerdos comerciales internacionales.

Al hacer hincapié en las crecientes contradicciones del sistema, Wallerstein se hizo inmune a la actitud cultural del capitalismo tardío que tanto había frustrado a sus compañeros radicales: a saber, la idea de que la libertad corporativa ilimitada era de alguna manera la condición natural del mundo y la mejor de todas las opciones posibles. Si pudiéramos resumir la filosofía del neoliberalismo con aquella vieja frase de «no hay alternativa», Wallerstein resumía su propia actitud con una réplica muy utilizada: «¡hay miles de alternativas!».

Clases peligrosas

La salvaje fortuna del capitalismo en lo que va de la década de 2020 tiene muchas causas a corto plazo, como la pandemia y las interrupciones en la cadena de suministro just-in-time, la escasez de petróleo, la naturaleza impredecible de las acciones tradicionales y la volatilidad predecible de las criptodivisas. Sin embargo, las ideas de Wallerstein nos dicen que debemos ver la secuencia de las crisis recientes en un lapso de tiempo más largo. Representan un sistema-mundo incapaz de volver al equilibrio. En su lugar, el sistema continúa oscilando caóticamente en una dirección tras otra.

La crisis del capitalismo también ha envalentonado a la gente corriente para exigir más a sus Estados. Durante mucho tiempo, la promesa del liberalismo de reformas lentas pero constantes consiguió apaciguar a la gente, o al menos a un número suficiente de personas para mantener las estructuras de poder existentes. Las declaraciones de las élites sobre las libertades políticas —y, de hecho, la propia libertad— eran para Wallerstein en realidad justificaciones de la desigualdad. Los Estados centrales trataban de «domesticar a las clases peligrosas», escribió, «incorporándolas a la ciudadanía y ofreciéndoles una parte, aunque pequeña, del pastel económico imperial».

Sin embargo, con el tiempo, a las potencias centrales como Estados Unidos les resultó más difícil justificar sus aventuras imperiales y la perpetuación de la desigualdad económica. A medida que la hegemonía estadounidense disminuía, también se mostraba incapaz de mantener el orden que había creado décadas atrás. Otras naciones ya no se sienten constreñidas por sus directrices.

Según Wallerstein, las potencias hegemónicas pueden declinar elegante o precipitadamente, pero no pueden evitar el declive. En su opinión, la invasión de Irak en 2003 fue un caso en el que Estados Unidos intentó convencer a otras naciones de su grandeza. Como escribió dos meses antes de que comenzara la invasión:

Con el colapso de la Unión Soviética, Estados Unidos perdió el principal argumento político que tenía para persuadir a Europa Occidental y Japón de que siguieran sus iniciativas políticas. Lo único que le queda es un ejército extremadamente fuerte.

El comienzo del siglo XXI se caracteriza por la desestabilización cíclica del orden hegemónico estadounidense. Pero también aparece marcado por la desestabilización secular del propio sistema-mundo. Para Wallerstein, el sistema no puede volver a la normalidad.

Curiosamente, muchos de los escenarios que inspiraron el concepto de análisis de los sistemas-mundo de Wallerstein también podrían beneficiarse de sus ideas. Las naciones poscoloniales siguen en crisis, luchando contra la deuda y la inestabilidad política. Sin embargo, sus antiguos colonizadores también tienen problemas, con ciudadanos inquietos que exigen un mejor trato de sus jefes y gobiernos.

Wallerstein estaba convencido de que la lucha por la igualdad tenía más posibilidades de éxito si se armaba con las ideas adecuadas. Definitivamente, sus reflexiones han colaborado a ello.

Cómo Barack Obama falló a los negros de Estados Unidos

El filósofo Cornel West, actual candidato presidencial por el Partido Verde en EE UU, escribió en 2015 un libro muy crítico con el entonces presidente estadounidense que ahora se edita por primera vez en español

Por Cornel West / Elpaís.com

La gran paradoja de nuestro tiempo es que, en la era Obama, la grandiosa tradición profética negra se ha visto debilitada. Obama, en cuanto cara negra del Imperio estadounidense, ha dificultado la crítica al sistema por parte de valientes y radicales voces negras. En el plano empírico o vivencial de la experiencia negra, la gente ha sufrido más en esta época que en el pasado reciente. Los índices de mortalidad infantil, encarcelamiento y desempleo masivos, así como la drástica disminución de la renta familiar, dan fe de esta triste realidad. ¿Cómo se explica semejante paradoja? Si bien Obama es cómplice de la situación, la respuesta va más allá de la figura del presidente. Él es un síntoma, no la causa. Aunque para algunos es el símbolo, bien de un mundo posracial, bien del increíble progreso negro, su presidencia encubre el creciente grado de miseria social en la Norteamérica pobre y negra.

Tres son las principales causas del declive de la tradición profética: en primer lugar, figuras (…) que ya no ostentan el liderazgo negro; ahora lo hacen los cargos electos del sistema político hegemónico. Este cambio comporta la ausencia de voces críticas. ¿Cómo podemos esperar que los guardianes negros del sistema sean críticos con él? Las élites neoliberales, con el objetivo de consolidar en la cúspide una emergente oligarquía, marginan los movimientos sociales y las voces proféticas, dejando a una devastada clase trabajadora en el centro, y abajo a pobres y desesperados.

En segundo lugar, esta transformación neoliberal genera una cultura de desenfrenada ambición y éxito instantáneo que atrae a la mayoría de los potenciales dirigentes e intelectuales, incorporándolos a las filas del régimen neoliberal. Esta cultura del espectáculo subraya la legitimidad de un orden injusto que se jacta de propiciar la movilidad social. ¡Pero lo cierto es que somos el país con la menor movilidad social de todas las naciones modernas!

En tercer lugar, el desalmado aparato represivo del régimen neoliberal persigue a los dirigentes, activistas e intelectuales proféticos más enérgicos y dedicados, a quienes desacredita o incluso asesina sin dificultad. La calumnia se ha convertido en algo sistémico, crónico, y es preferible al asesinato, puesto que los mártires inmolados tienden a despertar la atención de las masas sonámbulas, lo que aumenta la amenaza al statu quo.

El principal cometido de los medios de comunicación de masas, especialmente los corporativos en deuda con el régimen neoliberal norteamericano, es alimentar un discurso público estrecho y adulterado. Con “estrecho” me refiero a que se reduce a consignas de republicanos conservadores y demócratas neoliberales, excluyendo las voces proféticas y radicales. Definir el terreno y las categorías políticas constituye un poder fundamental cuyo objetivo es hacer inaudibles las voces proféticas. El discurso omite los problemas que estas voces sacan a la luz: encarcelación masiva, desigualdad económica, crímenes de guerra como el asesinato de inocentes por medio de drones imperiales.

La era Obama se ha cimentado sobre tres pilares: los crímenes cometidos por Wall Street durante la catástrofe financiera de 2008; los crímenes imperialistas (…) que dan al presidente un poder ilimitado y arbitrario, similar al de un Estado policial o neofascista; y los crímenes sociales perpetrados por un sistema de justicia penal que es en sí mismo criminal —absuelve a los torturadores, a los policías que intervienen teléfonos y a los inversores de Wall Street que violan la ley, pero envía a prisión a criminales pobres, como los acusados por tenencia de drogas—. Esta clase de lenguaje claro y directo es poco común en el discurso político, estamos acostumbrados a adoptar una actitud modosa frente a los crímenes contra la humanidad. La tradición profética negra siempre ha cumplido la función de agitar, en nombre de la maravillosa singularidad y humanidad funky de los pobres, el estrecho y adulterado discurso político. Esto ocurre hoy en casos contados. Los graves fallos del presidente Obama se reflejan en su gobierno favorable a Wall Street, su indiferencia hacia el nuevo Jim Crow [leyes de segregación racial] —o complejo industrial-penitenciario— y la expansión de la criminalidad imperial propiciada por el notable aumento de drones desde los años de Bush. (…) Obama ha dejado el problema de los hombres negros pobres en manos de la caridad y la filantropía, no de la justicia ni de la política.

En la era Obama, la Norteamérica negra se halla sumida en la desesperación, el desconcierto y la derrota. La desesperación se refleja en el creciente sufrimiento en todos los frentes. El desconcierto brota de la confusión entre símbolo y sustancia. La derrota es producto de la obsesiva preocupación por proteger de toda crítica al primer presidente negro. El hecho de que la Administración de Obama rescatara a Wall Street antes que a los propietarios de viviendas, perjudicó a millones de trabajadores y, al no dar prioridad a los trabajos con salarios dignos, agudizó el desempleo masivo. La absoluta indiferencia de la política hacia la situación de los pobres ha aumentado la desesperación entre los ciudadanos débiles y vulnerables. (…)

La justa indignación de la tradición profética negra no solo se dirige contra el opresivo sistema que nos somete, sino contra las fraudulentas figuras que se hacen pasar por proféticas mientras encubren el sufrimiento de la gente. Vender el alma por un plato de lentejas de Obama es echar en saco roto nuestra inestimable tradición. ¿Acaso no es hipócrita alzar la voz cuando el faraón es blanco, pero no proferir palabra cuando es negro? Teniendo la bota sobre el cuello, ¿importa el color del pie que la calza? La integridad moral, la coherencia política y el análisis del sistema constituyen el corazón de la tradición profética negra.

Desde el auge del régimen neoliberal, la lucha por la libertad negra ha sido encomendada a un reducido grupo de interés, uno de tantos dentro de la política norteamericana. Incluso el lema del Black Congressional Caucus, el olimpo de los cargos electos negros, es: “No tenemos amigos o enemigos eternos, solo eternos intereses”. Qué lema tan vacío en lo moral y desafortunado en lo ético, sin referencia alguna a principios, valores o visiones de justicia; (…)

No es casualidad que la clase media negra, gradualmente apoltronada en el régimen neoliberal, hiciera suyos de inmediato los “eternos intereses” del Black Congressional Caucus. A menudo, tener éxito como profesional o político negro implica avenirse con la injusticia y la indiferencia hacia los pobres, incluidos los negros. La tradición profética está fundamentalmente comprometida con dar prioridad a los pobres y a los trabajadores; por tanto, se opone al régimen neoliberal, el sistema capitalista y la política imperialista del Gobierno norteamericano. La tradición profética negra nunca se ha limitado a los intereses y problemas de la gente negra. Se fundamenta en principios y visiones que concilian esos intereses y encaran esos problemas, pero su mensaje se dirige tanto a la nación estadounidense como al mundo. La tradición profética negra ha sido la levadura en la hogaza democrática norteamericana. Cuando la tradición profética negra está fuerte, los pobres y los trabajadores de todos los colores salen beneficiados. En cambio, cuando la tradición profética negra está débil, los pobres y los trabajadores son ninguneados. En el ámbito internacional, cuando la tradición profética negra vibra y transmite vitalidad, se intensifica la crítica antiimperialista, y los condenados de la tierra salen dignificados. El hecho de que una figura simbólica obtenga el poder presidencial, ¿qué beneficios aporta a nuestro pueblo si, a cambio, perdemos el alma dando la espalda al sufrimiento de los pobres y los desfavorecidos? La tradición profética negra ha intentado redimir el alma de nuestro frágil experimento democrático, ¿pero es este redimible?

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