La ética del beneficio privado ha llegado a dominar la cultura política. Desde hace al menos dos décadas, la aparición de liderazgos basados en el dinero y la irrupción de unas élites desatentas con los problemas ciudadanos, han favorecido un panorama de desconfianza en la política. El capitalismo está en su apogeo, la política en crisis.
Por Branko Milanovic
Hay pocas dudas de que el mundo occidental está atravesando una seria crisis política, que se puede describir como una crisis de confianza en las instituciones políticas y los gobiernos.
Sin embargo, a menudo parece que se pasan por alto dos cuestiones. En primer lugar, la crisis de confianza en las instituciones no se limita a Occidente, es generalizada. La crisis occidental recibe más atención solo porque los medios de comunicación occidentales son dominantes y porque se asumía que las sociedades liberales económicamente más avanzadas no sufrirían una desconexión tal entre gobernantes y gobernados.
En segundo lugar, la crisis es de larga data: se remonta mucho más allá de la debacle financiera de 2008 y del malestar creado por la globalización. Es probable que su origen sea el éxito impresionante y algo inesperado de la introducción de relaciones capitalistas en todos los ámbitos de la vida, incluidas nuestras vidas privadas y, significativamente, la política.
Las revoluciones neoliberales de comienzos de la década de 1980, asociadas al entonces presidente de Estados Unidos Ronald Reagan y a la primera ministra británica Margaret Thatcher –sin olvidar al «líder supremo» chino, Deng Xiaoping–, se apoyaron en revoluciones en el pensamiento económico, tales como la teoría de la elección pública y el libertarismo, que en forma explícita comenzaron a tratar el espacio político como una extensión de la economía diaria. Se veía a los políticos como un conjunto más de empresarios que, en lugar de llevar sus habilidades y su gusto por los riesgos a la banca privada o al desarrollo de software, ingresaban en la política. Se consideraba normal que un comportamiento egoísta y orientado a objetivos no estuviera necesariamente limitado a la esfera económica: era más general y también incluía a la política.
Una visión reivindicada
Esta visión del mundo se reivindicó de una manera increíble. No era solo que los políticos se comportaban a menudo de manera interesada (algo que quizás también habían hecho con frecuencia en el pasado), sino que comenzó a esperarse de ellos ese comportamiento. No necesariamente se lo aprobaba, pero sí se lo esperaba, en el sentido de que no se consideraba extraño o inusual que los políticos pensaran primero y primordialmente en sus propios intereses económicos.
Podían beneficiarse de las conexiones y el poder que habían adquirido mientras estaban en la función pública para encontrar empleos lucrativos en el sector privado (José Manuel Durão Barroso, Tony Blair, Jim Kim del Banco Mundial). Podían dar charlas multimillonarias a magnates corporativos (Barack Obama, Bill y Hillary Clinton). Podían integrar un sinfín de directorios.
O bien algunos, provenientes del sector privado (Silvio Berlusconi), iban a promocionar abiertamente sus partidos políticos como organizaciones clientelares: si usted tiene un problema y quiere solucionarlo, únase al partido. Recuerdo haber visto en las calles de Milán ese tipo de publicidad de la Forza Italia de Berlusconi, un movimiento cuya falta de ideología más allá del provecho económico individual se reflejaba en su nombre banal, tomado en préstamo de los simpatizantes de la selección italiana de fútbol.
Es larga la lista de políticos que consideraron la generación de dinero para su beneficio (y el de sus seguidores) como una función normal del homo economicus una vez logrado el acceso a la función pública. Sabemos de algunos de sus miembros más destacados, con frecuencia como resultado de una equivocación, cuando sus actividades fueron demasiado lejos y ya no fueron capaces de ocultarlas. Los conocemos por sus escándalos financieros y, en ocasiones, por las condenas a prisión. Por ejemplo, dos de los tres últimos presidentes brasileños están en la cárcel por sobornos. Los cinco últimos presidentes peruanos han sido encarcelados por corrupción, están siendo investigados o son prófugos de la justicia. La hija del difunto presidente de Uzbekistán ha sido encarcelada por su participación en operaciones multimillonarias de malversación de fondos. La sombra del procesamiento sobrevuela a la hija del ex-presidente angoleño, presidenta de la compañía estatal de petróleo y la mujer más rica de África, en caso de que regrese al país.
En Europa, se está investigando al ex-presidente francés Nicolas Sarkozy por una serie de escándalos financieros, de los cuales el más serio surge de informes de financiación ilícita para su campaña presidencial de 2007 por parte del fallecido dictador libio Muamar el Gadafi. El ex-canciller alemán Helmut Kohl tuvo que renunciar en 2000 al cargo de presidente honorario de la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán) luego de revelaciones sobre la existencia de cuentas bancarias secretas del partido que presidía.
El presidente estadounidense Donald Trump se ha negado a revelar el contenido de sus declaraciones de impuestos de varios años y a poner sus negocios en un fideicomiso ciego para aislarlo de incentivos externos. Su colega ruso, Vladímir Putin, ha logrado convertir su poder político en una riqueza que supera en gran medida sus ingresos.
Solo negocios
Así, los políticos de este a oeste y de norte a sur han ratificado el «imperialismo económico» neoliberal: la idea de que todas las actividades humanas están impulsadas por el deseo de éxito material, de que el éxito en la generación de dinero es un indicador de nuestro valor social y de que la política es una línea más de negocios.
El problema con este enfoque cuando se lo aplica al espacio político es que engendra cinismo entre la población, porque la jerga oficial de los políticos tiene que girar alrededor del interés y el servicio públicos, y sin embargo hay una gran diferencia entre la realidad y la justificación ideológica de esa realidad. Por otra parte, la discrepancia es fácil de descubrir. Todos los funcionarios del gobierno aparecen entonces como hipócritas que nos dicen que están allí porque están interesados en el bien común, cuando en realidad es claro que se meten en la política para forrar sus bolsillos ahora o en el futuro; o, si ya son ricos, para asegurarse de que no se tome ninguna decisión política contra su «imperio».
¿Es extraño entonces que no se pueda demostrar confianza alguna respecto de cualquier cosa que digan los políticos? ¿Es extraño que cada una de sus acciones se pueda ver como motivada por el beneficio personal o dictada por lobistas? De hecho, tanto la revolución del mercado de la década de 1980 como el paradigma económico dominante nos dicen que debería ser precisamente así, y que eso resulta lo mejor.
No hay una solución fácil
La desconfianza hacia las elites gobernantes se debe así a una proyección extremadamente exitosa del modo capitalista de comportamiento y de operaciones que llega a todas las esferas de la actividad humana, inclusive la política. Ocurre que, si alguien lo hace, ya no se puede esperar que la gente crea que las políticas están motivadas por el ideal del servicio público.
El problema no tiene una solución fácil. Para recuperar la confianza, es necesario sacar la política de los campos en que tienen vigencia reglas capitalistas normales. Pero hacerlo requiere que los políticos rechacen el conjunto de valores estándar que está implícito en el sistema capitalista: la maximización del interés financiero. ¿Cómo y dónde vamos a encontrar esa clase de personas? ¿Deberíamos, como los tibetanos, buscar a los nuevos líderes en lugares distantes, incontaminados de hipermercantilización? Dado que esto no parece siquiera remotamente probable, creo que es necesario que nos acostumbremos a la idea de una desconfianza constante y de una amplia brecha entre la elite política y la mayoría de la población.
Esto podría volver la política turbulenta por un largo tiempo. Es el apogeo del capitalismo el responsable de esta turbulencia y de nuestro –inevitable– malestar político.
Traducción: María Alejandra Cucchi









Tras la Gran Depresión que siguió a la debacle bursátil de 1929, casi todos reconocieron que el capitalismo era inestable, poco fiable y propenso al estancamiento. Pero en las décadas posteriores, la imagen cambió. El renacimiento del capitalismo en la posguerra, y en particular el ímpetu hacia la globalización financierizada después de la Guerra Fría, resucitaron la fe en las capacidades autorreguladoras de los mercados.
Hoy, más de diez años después de la crisis financiera global de 2008, esta fe conmovedora está otra vez hecha añicos, ahora que vuelve a afirmarse la tendencia natural del capitalismo al estancamiento. El ascenso de la derecha racista, la fragmentación del centro político y el aumento de tensiones geopolíticas son meros síntomas de la descomposición del capitalismo.
El equilibrio de una economía capitalista depende de un número mágico, que se presenta en la forma del tipo de interés real (tras descontar la inflación) predominante. Es mágico porque tiene que matar de un solo tiro dos pájaros muy diferentes, que vuelan en dos cielos muy diferentes. En primer lugar, debe equilibrar la demanda de empleo asalariado de los empleadores con la oferta de mano de obra disponible. En segundo lugar, debe equiparar ahorros e inversión. Si el tipo de interés real predominante no equilibra el mercado laboral, el resultado es desempleo, precariedad, potencial humano desaprovechado y pobreza. Si no consigue llevar la inversión al nivel de los ahorros, se produce la deflación, y esto desincentiva todavía más la inversión.
Se necesita mucho coraje para dar por sentado que este número mágico existe o que, de existir, nuestras acciones colectivas darán lugar en la práctica a un tipo de interés real cercano a esa cifra. ¿Cómo pueden los libremercadistas estar tan seguros de que existe un único tipo de interés real (digamos, 2%) que inspirará a los inversores a canalizar todo el ahorro existente hacia inversiones productivas y alentará a los empleadores a contratar a todo aquel que quiera trabajar por el salario predominante?
La fe en la capacidad del capitalismo para generar este número mágico deriva de una perogrullada. Milton Friedman decía que si una mercancía no es escasa, entonces no tiene valor, y su precio ha de ser cero. De modo que si su precio es distinto de cero, tiene que ser escasa y, por tanto, debe haber un precio al cual no queden unidades de esa mercancía sin vender. Del mismo modo, si el salario predominante no es cero, entonces todos los que quieran trabajar por ese salario hallarán empleo.
Aplicando el mismo razonamiento a los ahorros, en la medida en que el dinero pueda financiar la producción de máquinas que produzcan artículos valiosos, tiene que haber un tipo de interés suficientemente bajo al cual alguien tomará prestado en forma rentable todo el ahorro disponible para construir esas máquinas. Por definición, concluía Friedman, el tipo de interés real convergerá en forma casi automática a ese nivel mágico que elimina a la vez el desempleo y el exceso de ahorro.
Si eso fuera cierto, el capitalismo nunca se estancaría, a menos que un gobierno entrometido o un sindicato egoísta dañen su fabulosa maquinaria. Pero por supuesto, no es cierto, por tres razones. En primer lugar, el número mágico no existe. En segundo lugar, incluso si existiera, no hay un mecanismo por el cual el tipo de interés real converja hacia esa cifra. Y en tercer lugar, el capitalismo tiene una tendencia natural a permitir el fortalecimiento de un sistema gerencial cuasicartelizado que suplanta a los mercados y al que John Kenneth Galbraith denomina“tecnoestructura”.
La situación actual de Europa da pruebas abundantes de la inexistencia de ese valor mágico del tipo de interés real. El sistema financiero de la Unión Europea tiene retenidos hasta tres billones de euros (3,4 billones de dólares) en ahorros que se niegan a ser invertidos productivamente, aun cuando el tipo de interés del Banco Central Europeo sobre los depósitos es –0,4%. En tanto, el superávit de cuenta corriente de la UE en 2018 llegó a la monstruosa cifra de 450 000 millones de dólares. Para que el tipo de cambio del euro se debilite lo suficiente como para eliminar el superávit de cuenta corriente y al mismo tiempo el excedente de ahorro, el tipo de interés del BCE debería caer al menos hasta –5%, un número que destruiría al instante los bancos y fondos de pensiones europeos.
Dejando a un lado la inexistencia del tipo de interés mágico, la tendencia natural del capitalismo al estancamiento también se debe a que no es verdad que los mercados de dinero tiendan al equilibrio. Los libremercadistas dan por sentado que todos los precios se ajustan mágicamente de modo de reflejar la escasez relativa de las mercancías. Pero en realidad no es así. En cuanto surgen noticias de que la Reserva Federal o el BCE están pensando cancelar una suba prevista de tasas, los inversores temen que la decisión obedezca a pronósticos pesimistas en relación con la demanda general; por consiguiente, no aumentan la inversión, sino que la reducen.
En vez de invertir, se lanzan a concretar más fusiones y adquisiciones, que fortalecen la capacidad de la tecnoestructura para fijar precios, bajar salarios y gastar dinero en la recompra de acciones propias para mejorar las bonificaciones de los ejecutivos. Eso lleva a que aumente todavía más el excedente de ahorro y a que los precios no reflejen la escasez relativa; o, para ser más precisos, la única escasez que los precios, salarios y tipos de interés terminan reflejando es la escasez de demanda agregada de bienes, mano de obra y ahorro.
Lo notable es la imperturbabilidad de los libremercadistas ante los hechos. En cuanto sus dogmas chocan con la realidad, se defienden con el epíteto “natural”. En los setenta predijeron que una vez controlada la inflación, el desempleo desaparecería. Pero en los ochenta el desempleo se mantuvo pertinazmente alto a pesar de la baja inflación, así que proclamaron que el nivel de desempleo que quedara había de ser “natural”.
Asimismo, los libremercadistas actuales atribuyen la falta de inflación (pese al crecimiento salarial y al bajo desempleo) a que hay una nueva normalidad, una nueva tasa de inflación “natural”. Con sus anteojeras panglossianas, dan por sentado que lo que sea que observen es el resultado más natural en el más natural de todos los sistemas económicos posibles.
Pero el capitalismo tiene una única tendencia natural: al estancamiento. Y como todas las tendencias, es posible superarla por medio de estímulos. Uno es la financierización exuberante, que produce un enorme crecimiento a mediano plazo a costa de sufrimiento en el largo plazo. Otro es la inyección y administración de un tónico más sostenible por parte de un mecanismo político de reciclado de excedentes, como ocurrió con la economía de tiempos de la Segunda Guerra Mundial o su extensión de posguerra, el sistema de Bretton Woods. Pero ahora que la política está tan maltrecha como la financierización, el mundo necesita más que nunca una visión post‑capitalista. Tal vez la mayor contribución de la automatización que hoy se suma a la desgracia del estancamiento sea inspirar esa visión.
Traducción: Esteban Flamini