La(s) identidad(es) del historiador

Discurso de investidura :: Entre los autores que más han impactado mi formación intelectual mencionaría a los marxistas Isaac Deutscher, Perry Anderson y Michael Lowy.

Por Enzo Traverso

Discursos que pronunció el intelectual marxista Enzo Traverso en la ceremonia de investidura como doctor honoris causa en la Universitat Autònoma de Barcelona el pasado 26 de noviembre de 2024.

Permítanme que empiece expresando el placer y la emoción que siento hoy, en esta misma sala, al recibir este doctorado honoris causa, que es, sin duda, el reconocimiento más importante de mi carrera como historiador. Importante, por supuesto, por el prestigio de la universidad que me lo otorga, pero también por los muchos lazos y afectos que me unen a Barcelona y a Cataluña. Por ello, quiero dar las gracias a Javier Lafuente, rector de la Universitat Autònoma de Barcelona, y a Margarita Freixas, decana de la Facultad de Filosofía y Letras, que hoy me dan la bienvenida, así como a Pere Ysàs y a Francisco Morente, los profesores que propusieron mi candidatura y que acaban de presentarme. Sus palabras me emocionan profundamente.

El tema que he elegido para esta conferencia –la identidad del historiador– es a la vez sencillo y complejo: sencillo por la pregunta que plantea, y complejo porque la respuesta a tal pregunta no es sencilla en absoluto. Es tan polifacética y cambiante como las configuraciones de un prisma. Por lo tanto, mi respuesta no será más que una primera aproximación, limitada e insatisfactoria por definición. Intentaré formularla volviendo sobre mis pasos, siendo muy consciente de que mi propia trayectoria, singular como la de todos y cada uno de nosotros, no es más que la refracción de tendencias mucho más amplias, que afectan a una época y trascienden a sus actores, aunque no sean más que intelectuales.

Para definir la identidad del historiador, primero hay que ponerse de acuerdo sobre el sentido de las palabras, y hay que decir que el concepto de identidad es extremadamente ambiguo. El filósofo Paul Ricoeur ha intentado analizarlo distinguiendo entre dos formas principales de identidad: por un lado, la identidad como mismidad (en latín idem) y, por otro, la identidad como ipseidad (ipse). La primera forma se refiere a una sustancia, una cosa, y responde a la pregunta de qué somos. Podría definirse como nuestro ADN, ahora fijado en nuestros pasaportes biométricos y a menudo presentado en las series de televisión de detectives, en las que es el ADN el que permite identificar a la víctima y desenmascarar al asesino. El ADN es fijo, inmutable. La segunda es una forma narrativa; se refiere a nuestra manera de estar en el mundo y responde a la pregunta no de qué somos, sino de quiénes somos. Es el resultado de un proceso de construcción que nos sitúa en relación con el tiempo y con los demás. Esta identidad no es ontológica, porque no define a un ser inmutable, sino a un ser en permanente transformación. Tomando prestada una frase de Hannah Arendt, podríamos decir que presupone el infra, una multitud de seres, el pluralismo y la diversidad de las sociedades humanas. El racismo y el etnocentrismo siempre han descrito las culturas, las mentalidades y las formas de vivir, pensar y actuar como esencias, productos de una especie de determinismo biológico. Si, por el contrario, consideramos la identidad como una construcción social y cultural, se convierte en el resultado de un proceso abierto. Nuestras identidades son el producto de nuestras experiencias, nuestras elecciones y nuestra voluntad. La primera identidad es puramente objetiva; la segunda contiene un elemento fundamental de subjetividad. Foucault hablaría de un proceso de subjetivación.

A la luz de esta distinción, la gigantesca empresa de Pierre Nora –los lugares de memoria como colección, conservación y patrimonio del pasado francés– podría leerse como un monumento erigido en homenaje a una identidad amenazada. Según las palabras del propio Nora, el sentido de esta empresa «es devolver al centro de la historia, al foco radiante de la identidad francesa», un conjunto de elementos que la forjaron –lugares, acontecimientos, objetos, símbolos, textos, imágenes, tradiciones– y que ahora están amenazados porque su transmisión ha entrado en crisis. En la época de la globalización, esa transmisión ya no es un proceso natural; la tradición se disuelve y las culturas se modifican. La memoria, nos explica Nora, se ve entonces como el receptáculo de una identidad que se ha perdido o que está fallando, o al menos se tambalea. Está bastante claro que esta concepción se ocupa más de la identidad como cosa que de la cultura, de la conciencia y de la subjetividad en mutación. En otras palabras, Nora intenta reducir la memoria a la mismidad, y las transformaciones culturales e identitarias de Francia a una esencia, a las partes –los adornos– de un monumento. En verdad, la identidad francesa no está amenazada, simplemente ha cambiado, como las identidades nacionales en todo el mundo.

He mencionado a Nora para observar que los historiadores también podrían ser divididos en dos escuelas: por un lado, los que yo llamaría «arqueólogos fundamentalistas» –con todo el respeto por los arqueólogos, que no son necesariamente fundamentalistas–, y por otro lado, los «constructivistas». Los primeros siempre buscan las raíces y miran el pasado como un proceso de exteriorización gradual de una esencia original; los segundos, en contrapartida, están convencidos de que no hay clases sin conciencia de clase y piensan que las naciones son ante todo «comunidades imaginadas». Imaginadas no significa ficticias o inmateriales. La definición de Benedict Anderson sugiere liberar sus historias tanto de la teleología como del determinismo. Hay que decir, sin embargo, que las historiografías europeas se han construido como narrativas nacionales en torno a un paradigma que en Francia se conoce como «novela nacional» (le roman national), pero esta definición se aplica igualmente al casticismo español, a la narrativa épica del Risorgimento italiano, a la mitología völkisch alemana o al relato providencialista de la frontera americana. Por un lado, historiadores que buscan supuestas esencias actuantes en el pasado, el «motor escondido» de la historia, como el espíritu absoluto hegeliano que se desvela en el tiempo; por otro, historiadores interesados en explorar los meandros del infra, para quienes la historia es un proceso abierto, no una narración que debe desplegarse, sino más bien un enigma que hay que resolver. Este pequeño excurso muestra que los historiadores también tienen identidades diferentes. No hay una única manera de escribir la historia: el pasado es un campo magnético en el que se cruzan muchas interpretaciones. Hay diferentes maneras de ser historiador; algunas son, sin duda, mejores que otras, pero no existe un paradigma normativo, como no existe una jerarquía de identidades.

Hoy, recibiendo este gran honor de la Universidad Autónoma de Barcelona, me gustaría hablarles de mi propia identidad como historiador. Una pequeña incursión en la «tecnología del yo». No por el placer narcisista de contar mi vida, sino para intentar arrojar algo de luz, a partir de una trayectoria individual que no es ni pretende ser ejemplar, sobre una serie de cuestiones que atraviesan la identidad de todos los historiadores.

Reflexionando sobre el exilio, Bertolt Brecht describió el pasaporte como «la parte más noble del ser humano» y Hannah Arendt añadió que solamente un pasaporte otorga «el derecho a tener derechos». Es verdad, pero los pasaportes son el espejo de un proceso dialéctico muy complejo que tiene sus propias contradicciones. Históricamente, la noción de identidad siempre ha sido inseparable de la noción de policía, orden y disciplina. Desde principios del siglo XIX, la «revolución identitaria» no fue otra cosa que la implantación de sistemas de control social y de gestión de los movimientos de población. La creación de documentos de identidad surgió de la necesidad de seguir los movimientos de mendigos y vagabundos, cuyo número se multiplicó en la época de la Revolución Industrial, y de hacer el censo de las capas marginales y subversivas de los grandes centros urbanos. Privados de ciudadanía, los emigrantes se vieron a su vez sometidos a leyes destinadas a identificarlos y mantenerlos bajo control. Siguiendo los pasos de Francis Galton, el primero en utilizar las huellas dactilares, y aprovechando la invención de la fotografía, Alphonse Bertillon desarrolló un sistema de fichaje policial basado en fichas antropométricas que, reservado en un principio a los delincuentes reincidentes, se extendió más tarde a los extranjeros en situación irregular o amenazados de deportación. La «revolución identitaria» fue ante todo una técnica de control de los individuos considerados «peligrosos» y, por tanto, «identificados». La represión de las «clases peligrosas» es consustancial a la formación de los Estados nacionales modernos. La nación moderna se construye, por un lado, incorporando a sus ciudadanos a una entidad que trasciende las realidades locales y, por otro, distinguiéndose de otros Estados situados fuera de fronteras estrictamente definidas. Excluidos de la ciudadanía, los inmigrantes son percibidos inevitablemente como un cuerpo extraño que debe ser asimilado o rechazado, según las circunstancias. Los imperios coloniales promulgaron leyes para separar a los ciudadanos de los súbditos colonizados. De ahí la distinción que subraya Foucault entre el salvaje y el bárbaro: el primero debe ser civilizado (es decir, incorporado a la comunidad nacional), mientras que el segundo debe mantenerse a distancia como un enemigo porque cualquier intrusión amenazaría la salud y la integridad del cuerpo nacional. Sus identidades son fijas, vinculadas a la condición territorial y racial. Como nos explicó George L. Mosse, al inicio del siglo xx el proceso de nacionalización de las masas acentuó y radicalizó esta tendencia al vincular las naciones concebidas como comunidades étnicas homogéneas a un conjunto de mitos, símbolos, emblemas, leyendas y tradiciones codificadas o inventadas. Hoy en día, sin embargo, la globalización nos lleva a repensar las historias nacionales no como trayectorias autónomas y paralelas, sino más bien como crisoles, lugares de intercambios económicos, transferencias culturales y mestizaje de poblaciones. Las culturas nacionales no se inscriben en singularidades originales, sino que son la refracción particular de procesos globales que las configuran y reconfiguran; nunca permanecen estáticas. Si en los últimos años hemos asistido a una fragmentación de las memorias y las identidades –una fragmentación que a veces ha encontrado su expresión en los museos y la historiografía–, ha llegado el momento de repensar nuestras historias nacionales en un espacio europeo y mundial, en lugar de replegarnos dentro de fronteras estrechas.

Tomemos la historia de mi país, Italia. En los siglos XIX y XX, época de grandes migraciones, la identidad italiana era tanto mediterránea como atlántica. En el imaginario de muchos campesinos que tenían una muy vaga conciencia nacional y cuyo idioma vernáculo era su dialecto local, Nueva York y Buenos Aires eran referencias que afectaban a su vida cotidiana. Podríamos decir lo mismo de muchos otros países, como España, si reemplazamos la palabra emigración por la palabra colonialismo, o si la agregamos. Si miro hacia atrás, podría concluir que mi carrera como historiador es un reflejo bastante fiel de esta vocación identitaria. Nací y crecí en Italia, me formé en Italia y en Francia, país en el que me hice historiador, y desde hace unos diez años trabajo en EEUU, al otro lado del Atlántico. Mi identidad intelectual es tan singular como plural.

Pero la identidad del historiador no es solo una cuestión de espacio, sino también del tiempo histórico en el que vive. Este define su generación. En el marco de una abundante literatura sociológica e histórica iniciada por Karl Mannheim, hoy es frecuente distinguir una generación –en el sentido intelectual y político del término– de una simple cohorte, un grupo de edad. Este último reúne a un conjunto de personas en función de su fecha de nacimiento, sobre la base de una división biológica y cronológica ciertamente racional pero abstracta, porque una generación intelectual no se corresponde mecánicamente con esas divisiones convencionales. Su punto de partida es un acontecimiento fundador que marca un giro histórico y en torno al cual surgen nuevas escisiones, siempre enmarcadas en lugares y contextos particulares (sociales, culturales, políticos). Por ello, Marc Bloch subrayó el carácter «flexible» de la noción de generación, que, «a pesar de las elucubraciones pitagóricas de algunos autores, no tiene nada de regular», y distingue entre «generaciones largas» y «generaciones cortas». Es un lugar común identificar, en la Europa del siglo xx, una generación de 1914, una generación de la Segunda Guerra Mundial, una generación de 1968, etcétera. Estos acontecimientos no deben interpretarse como matrices, en el sentido determinista del término, sino más bien como momentos o campos de polarización en torno a los cuales se aglutinan las señas de identidad de un grupo, y que por tanto pueden definirse a partir de criterios que no se limitan a la edad. Cada generación intelectual y política se enfrenta a problemas a los que intenta dar respuesta, a veces elaborando proyectos, a veces construyendo un sistema de valores, inventando un estilo, un lenguaje y un comportamiento. Se forman así unidades generacionales –definidas por una problemática común– que tejen redes de sociabilidad constituidas por movimientos, círculos, revistas e instituciones de nueva creación o transformadas por un proceso de apropiación crítica. Huelga decir que, si adoptamos esta definición histórica y no puramente cronológica, deberemos tener en cuenta subgeneraciones cuyos miembros no establecen una relación inmediata y directa con el acontecimiento que las constituye. Ninguna generación surge de un terreno virgen, y no sería difícil demostrar que a menudo elaboran y reorganizan elementos legados por generaciones anteriores, o dan forma a nuevas ideas que habían pasado por una larga fase de incubación en años anteriores.

Pero a pesar de todos estos hilos que la vinculan al pasado, una generación intelectual tiene un perfil propio que la distingue de las que la precedieron y también, a largo plazo, de las que la siguen. Mi subgeneración es, por lo tanto, la de los años setenta. En Italia, su peculiaridad reside en el hecho de que llegó tarde, ya que el acontecimiento fundacional que la creó tuvo lugar un poco antes. Una convención muy extendida fija la fecha, simbólicamente, en 1968, aunque hay que tener en cuenta algunas discrepancias entre los distintos países europeos, así como entre Europa y América, donde la guerra de Vietnam y la revolución cubana habían anticipado el fenómeno. Quienes, como yo, despertaron a la política y descubrieron la historia a mediados de los años setenta, inevitablemente definieron su identidad en relación con un conjunto de acontecimientos fundadores que no habían vivido; reivindicaron una ruptura que otros habían logrado y empezaron a moverse en un paisaje con contornos ya definidos. No tienen la misma percepción de esta ruptura y no pueden describirla con la misma intensidad que sus mayores. No estoy seguro de que podamos hacer la misma observación en España y Cataluña, si tomamos la muerte de Franco en 1975 como un punto de inflexión histórico y simbólico. El hecho es que, en Italia, pertenezco a una generación tardía, una generación que surgió en un contexto histórico que estaba en proceso de cambio y en relación con el cual ya se había establecido, por así decirlo, una frontera. Suscribo la frase de Daniel Lindenberg: «éramos gnósticos» que, «cerca y al mismo tiempo lejos de las catástrofes del siglo, [buscábamos] una redención radical». Podría presentarme, desde este punto de vista, como un espécimen tardío, uno de los representantes de la «última generación de Octubre», la última generación que se formó alrededor de la convicción de la posibilidad de una revolución socialista en Europa occidental. La revolución era vista como una utopía concreta que fijaba el horizonte del pensamiento e inspiraba la acción cotidiana.

Cuando hoy recuerdo aquellos días, no siento nostalgia, pero tampoco vergüenza ni arrepentimiento. Puedo contemplar un mundo muy distinto del que nos rodea hoy y sonreír ante la ingenuidad, el simplismo y el dogmatismo de mis compromisos de entonces. Sin embargo, queda algo esencial, un legado crítico y utópico que acepto y del que trato de hacer un uso racional. Estos años formaron un habitus mental que ha repercutido en la manera de concebir la investigación y de elegir los temas, así como en la forma de escribir la historia. En un bello texto autobiográfico, el escritor italiano Erri De Luca describía los años setenta, evocando a Walter Benjamin, como la época de una generación que quería «pasarle a la historia el cepillo a contrapelo». Creo que este principio sigue siendo fértil. Por eso no me reconozco en el recorrido de muchos representantes de mi generación. Mi subgeneración se formó en el crepúsculo de una época de ruptura, ebullición e innovación, y alcanzó la madurez en una fase de reflujo político y restauración cultural.

En verdad, la «última generación de Octubre» es también la primera generación, en Europa occidental, de investigadores que se formaron en el mundo global, para los cuales viajar y estudiar en el extranjero ya era normal. Antes, eso era el destino de los exiliados o de una muy pequeña minoría privilegiada. En estas circunstancias, me resulta difícil encajar en una tradición nacional. Aunque mis orígenes y mi formación son indudablemente italianos, no puedo llamarme historiador italiano sin tener dudas. Vivo en EEUU y escribo, mal que bien, en varios idiomas, sobre todo en francés, pero tampoco podría, sin hacer trampas, considerarme un historiador francés. En Italia, por supuesto, no me siento extranjero, y a lo largo de los años he construido sólidas relaciones de amistad, intercambio y colaboración, aunque desde una posición de exterioridad, no solo geográfica e institucional, sino también, muy a menudo, en cuanto a mi forma de ver las cosas. Pertenezco a ese gigantesco continente de italianos expatriados (l’Italia fuori d’Italia), antaño formado sobre todo por campesinos analfabetos, hoy compuesto por profesionales e intelectuales que ven su país como un emigrante. En otras palabras, no estoy sujeto a las limitaciones de un contexto nacional y no siempre tengo los mismos reflejos que mis compatriotas o colegas del continente.

En cambio, mi «exterioridad» hacia Francia y EEUU se debe a mis orígenes. Ocupo en estos países una posición a la que se aplica bastante bien la fórmula acuñada por Peter Gay para definir a los intelectuales de la era de Weimar: the outsider as insider. En un bello texto de inspiración autobiográfica, Eleni Varikas describió perfectamente esta sensación de ligera Unheimlichkeit, una inquietud que atenaza al extranjero en relación con el nativo:

Naturalizados o no, los extranjeros nunca son lo bastante naturales; carecen de los automatismos y reflejos de los nativos, de la gramática cultural que nunca puede adquirirse por completo a pesar de los esfuerzos [de los países de acogida]. Su acento no es más que el presagio de una desviación de la norma –de otras desviaciones por venir– que puede ser recibida con interés, diversión o recelo, pero que no puede pasar desapercibida. En efecto, cualquiera que sea el grado de familiaridad, o incluso de adhesión, al mundo de los autóctonos, se trata de una familiaridad desprovista de ese toque de irreflexión, de espontaneidad, que caracteriza la adhesión de estos últimos a los valores, tradiciones y rasgos evidentes de su mundo. Su comprensión de estos valores está siempre mediatizada por experiencias que no comparten con los autóctonos. El extranjero sabe que el mundo que le acoge no es el mundo, sino una configuración particular de él, y este conocimiento es probablemente una de las fuentes más importantes de sus malentendidos.

Soy muy consciente de que nunca podría escribir o expresarme como un francés, y mucho menos como un estadounidense, pero eso no significa que me sienta «fuera de lugar» en estos países. En su autobiografía, Edward Said se define out of place también porque su cosmopolitismo es el producto de una identidad negada, de un lugar que le pertenece y del cual fue expropiado. Este no es mi caso: la distinción que hace Said entre exiliados y expatriados es muy importante. Yo no soy un exiliado; soy un expatriado que puede volver a su país cuando quiera. Igualmente, nunca me siento fuera de lugar en Madrid, Barcelona o Valencia. En estas dos últimas ciudades, por el contrario, a menudo me sorprendo al descubrir cuánto me siento en casa. Es ilusorio, pero agradable. Mi posición, compartida por muchos, se acerca a lo que Georg Simmel llamaba el extranjero (der Fremde) y Tzvetan Todorov caracterizaba como el producto de una transculturación, es decir, la adopción de un nuevo código cultural que se superpone al antiguo, sin borrarlo (pero que también puede injertarse en el antiguo, transformando a ambos). En esta transculturación me gustaría encontrar algo de lo que los teóricos poscoloniales llaman hibridación cultural y Eduard Glissant conceptualiza como criollización, una postura crítica basada en la convicción de que las culturas son siempre producto de transferencias, mezclas y cruces. Me veo como alguien que vive en un punto intermedio, un poco suspendido, pero no sin hogar.

Según Siegfried Kracauer, autor de una obra capital sobre la historia, que define como el dominio de las «últimas cosas antes de las últimas», «algunos grandes historiadores deben gran parte de su estatura a su condición de expatriados». Comparó al historiador con un exiliado, porque explorar el pasado es una forma de exiliarse, de abandonar el propio mundo, como un viajero que visita el reino de los muertos, aunque sea consciente de que no pertenece a él: «Como Orfeo, el historiador debe descender al mundo inferior para devolver la vida a los muertos». Y añade que esta operación entraña riesgos, porque requiere necesariamente un cierto grado de «negación de sí mismo», el hecho de ponerse, al menos temporalmente, en la situación de los «sin hogar», porque esta es la condición para comunicarse con el material legado por el pasado. «Extraño el mundo que evocan sus fuentes», prosigue Kracauer, «la tarea a la que se enfrenta –la tarea del exiliado– es penetrar [en el pasado] más allá de sus apariencias externas, llegar a comprender este mundo desde dentro». En resumen, el historiador emprende un camino cuyo final desconoce, y este camino es un proceso de transformación, porque él casi nunca regresa a su punto de partida. Al final de este viaje, su identidad se ha visto sacudida y cambiada.

Quisiera referirme ahora a las influencias formativas que han jalonado esta trayectoria. Entre los autores que han tenido un profundo impacto en mi formación intelectual y que han sido modelos de referencia para mí, me gustaría mencionar primero a Isaac Deutscher, Perry Anderson y Michael Löwy, que fue mi director de tesis en la EHESS, donde me matriculé en 1985.

Había leído las biografías de Isaac Deutscher sobre Trotski y Stalin, seguidas de numerosos ensayos, tanto en inglés como en traducción italiana. Me sedujeron de inmediato la elegancia y la claridad de su estilo, el aliento épico de su narrativa, la amplitud del fresco histórico que pintaba y su capacidad de distanciamiento crítico. Estas cualidades superaban con creces, en mi opinión, las limitaciones de sus obras, que no me resultaban menos evidentes, entre las que destacaba su «justificación» historicista del estalinismo (por el que Deutscher no sentía ninguna simpatía y contra el que incluso había luchado, pero que en última instancia consideraba históricamente ineludible). Fue Deutscher quien me enseñó –sin duda de forma más convincente que Braudel, ya que su longue durée no ignora los acontecimientos ni, sobre todo, la subjetividad de los actores históricos– la necesidad y el gusto por las grandes panorámicas de una época. Deutscher me empujó a leer y admirar muchos «macrohistoriadores» muy diferentes unos de otros, como Eric Hobsbawm, Perry Anderson, Jürgen Osterhammel, Josep Fontana y Arno J. Mayer.

De Perry Anderson, ampliamente traducido al italiano en los años setenta, había apreciado su crítica de Gramsci, sus estudios sobre la génesis del Estado en Occidente y, sobre todo, su interpretación del marxismo occidental, que pintaba un vasto cuadro rico en fecundas intuiciones. Nacido de la derrota de las revoluciones en Europa, el marxismo occidental llevaba los rastros de esta derrota: por un lado, una escisión entre teoría y práctica y, por otro, un repliegue filosófico y estético frente a los grandes desafíos políticos de su época. Perry Anderson ejerció una profunda influencia en mi forma de estudiar la historia del marxismo y fue una especie de brújula para mí durante unos diez años. Más tarde, sus ensayos sobre Braudel, Ginzburg, Bobbio, Deutscher, Hayek y el posmodernismo me parecieron intentos muy estimulantes de escribir historia intelectual. Anderson me enseñó a conciliar teoría e historia, a practicar una historia intelectual que no es solo una historia de las ideas, sino que conceptualiza y contextualiza, vinculando las ideas a las personas que las encarnan y a la época en que viven. Como británico, siempre ha mirado con cierta distancia la tradición cultural de su propio país, que ha descrito como un lugar privilegiado de «emigración blanca» (White emigration), es decir, conservadora, y siempre ha prestado mucha atención al mundo francófono, germano e hispanohablante, sin olvidar Italia. Italia nunca ha sido el país de la «emigración blanca», pero mi relación con la cultura italiana no es muy distinta.

Michael Löwy fue mi Doktorvater, como dicen los alemanes. Sociólogo marxista nacido en América Latina pero enraizado en la cultura judeo-alemana de Europa central, Löwy me proporcionó un conjunto de herramientas metodológicas y conceptuales particularmente rico y original. Encontré en su obra un enfoque de la historia del marxismo más abierto y radical que el de la historiografía italiana, así como un marcado interés por la encrucijada entre religión y política (con especial atención al mesianismo judío). Sobre todo, encontré en sus escritos una sociología de la cultura fuertemente marcada por una tradición germánica (Max Weber, Karl Mannheim) que me pareció más pertinente para comprender la trayectoria de los intelectuales judíos que los modelos del intelectual orgánico o del intelectual republicano desarrollados por la historiografía italiana y francesa. En términos más generales, Michael Löwy encarna una síntesis de diferentes tradiciones intelectuales –francesa, latinoamericana y judeo-alemana– que confiere a sus escritos una amplitud de horizontes y una extraordinaria dimensión crítica. Leyéndole, tuve la impresión de asistir al encuentro entre el marxismo occidental, nacido de las derrotas del periodo de entreguerras, y la revolución cubana, entre Walter Benjamin y Ernesto Che Guevara. La obra de Michael Löwy me ha proporcionado algunas herramientas esenciales, en primer lugar, para interpretar la intelectualidad judía, luego para analizar los caminos del exilio judeo-alemán. Es cierto que su sociología weberomarxista de la cultura, cuyas raíces se remontan al joven Lukács y a Karl Mannheim, filtrada por la enseñanza de Lucien Goldmann, me distanciaba de una tradición sociológica francesa que iba de Émile Durkheim a Pierre Bourdieu, así como de una tradición marxista fuertemente marcada por el estructuralismo, la de Louis Althusser. Pero este cosmopolitismo fue un elemento esencial de mi formación.

Si tuviera que suscribir una tradición, o inventarme una, podría considerarme descendiente –sin duda, lo menos noble y probablemente también algo abusivo– de una línea que se originó en la Europa central de entreguerras y arraigó en París. Fue trasplantada a la capital francesa por sociólogos e historiadores como Lucien Goldmann y Georges Haupt, dos judíos rumanos de habla alemana, y luego ampliada y enriquecida por Michael Löwy y otros. En realidad, no se trata de una verdadera tradición, y menos aún de una escuela, ya que no ha dado lugar a ninguna institución ni revista, sino más bien a una constelación de diferentes autores. Sus elementos distintivos siguen siendo el marxismo crítico, el método dialéctico, la sociología historicista y la filosofía humanista, a los que podríamos añadir una cierta sensibilidad romántica. Las raíces de esta constelación se encuentran en la Mitteleuropa, pero tomó forma en un espacio cultural esencialmente latino, y París fue su lugar de cristalización. Probablemente no soy el único goy entre los nietos de esta diáspora, más proclive que otras a acoger a extranjeros.

Las directrices que se desprenden del conjunto de mis trabajos –marxismo, historia judía, historia de las ideas, historia intelectual, teoría política– me parecen trazar un camino. No poseo el genio de quienes, llevados por su espíritu creativo, navegan con facilidad entre campos completamente distintos. Tampoco soy un erudito que construya una obra compuesta de innumerables variaciones sobre un mismo tema. Me gustaría poder decir que este conjunto de trabajos respeta ciertas reglas, cuya formulación más clara he encontrado en mi otro maestro, Arno J. Mayer, en respuesta a sus críticos. Intentaré enumerarlas por orden, con mis propias palabras. En primer lugar, la contextualización, que significa situar siempre un acontecimiento o una idea en su propio tiempo, en su propio entorno social, en su propio ambiente intelectual y lingüístico, en su propio paisaje mental. Luego está el historicismo, la necesidad de abordar los hechos y las ideas desde una perspectiva diacrónica que capte sus transformaciones a largo plazo. Por supuesto, no abogo por un historicismo positivista o neorankeiano, más extendido hoy de lo que se cree o de lo que quieren admitir quienes lo practican y que conduce casi siempre a una visión apologética de la historia. Yo abogo por un historicismo crítico que, sin embargo, reafirme con fuerza el anclaje último de la historia, incluida la historia intelectual, a su fundamento fáctico, es decir, económico, social y cultural. La tercera regla es el comparatismo. Comparar acontecimientos, épocas, contextos e ideas es una parte esencial del intento de comprenderlos. Esta afición al comparatismo está sin duda ligada a mi condición de expatriado. También está ligada al tema mismo de mi investigación: el exilio, el cosmopolitismo de los intelectuales, la transferencia de ideas de un país a otro, de un continente a otro. A veces esta práctica historiográfica puede resultar incómoda o levantar críticas, como ocurrió este año con mi ensayo sobre la guerra en Gaza, pero no quiero renunciar a utilizarla. La cuarta regla es la de la conceptualización. Esta regla postula que, para captar la realidad, es necesario aprehenderla a través de conceptos, sin por ello dejar de escribir la historia de modo narrativo. En otras palabras, la historia trata de realidades, no de abstracciones. Conseguir que la inteligencia de los conceptos coexista con el gusto por la narración sigue siendo el gran reto de toda escritura histórica, y lo mismo cabe decir de la historia de las ideas. No pretendo haber respetado siempre estas reglas, ni mucho menos haberlas ilustrado de forma ejemplar, pero al menos me he inspirado en ellas. No me corresponde a mí juzgar los resultados.

Este conjunto de reglas no son leyes para la producción de conocimiento histórico, sino puntos de referencia útiles en el ejercicio de una profesión, como método adquirido e interiorizado más que como esquema que aplicar. Sirven para organizar un tema que tiende a ser cada vez más vasto al incluir, junto a las ideas políticas y a quienes las encarnan, sus fundamentos sociales y culturales, con sus formas literarias y estéticas, tanto eruditas como populares. La iconografía desempeña un papel cada vez más importante en mi trabajo, partiendo de la constatación de que las imágenes son también «imágenes del pensamiento» (Denkbilder), a la vez que fuentes e ideas plasmadas. Por último, la adopción de estas reglas designa o da forma a una operación –la escritura de la historia– que, en mi opinión, permanece profundamente arraigada en el presente. Es siempre en el presente donde nos proponemos reconstituir, pensar e interpretar el pasado, y la escritura de la historia –y esto se aplica aún más a la historia política– participa, al estar sujeta a sus limitaciones, en lo que Jürgen Habermas denomina su «uso público» (öffentliche Gebrauch der Vergangenheit). Conviene ser consciente de ello.

Los autores mencionados también me enseñaron una cierta «conducta de vida» –una Lebensführung, como diría Max Weber– sobre la relación entre la investigación y el compromiso público del historiador. Deutscher era un exiliado, nacido en Polonia, que se convirtió en un gran historiador en lengua inglesa, antifascista y antiestalinista. Michael Löwy nació en Brasil de padres judíos austriacos y, bajo la dictadura militar brasileña de los años sesenta, cuando vivía en París, también se convirtió en un exiliado y un apátrida. Hoy es un destacado exponente de la teoría crítica y una figura importante en la cultura de la izquierda latinoamericana. Arno Mayer fue otro exiliado que llegó a EEUU desde Luxemburgo al comienzo de la Segunda Guerra Mundial; en Princeton, fue una de las voces del movimiento contra la guerra de Vietnam. Perry Anderson fue uno de los fundadores de la New Left Review. Podría añadir otra figura que desempeñó un papel muy importante en mi carrera, como guía y amigo: Pierre Vidal-Naquet, un gran helenista que había perdido a sus padres en Auschwitz, que estaba profundamente comprometido con la oposición al colonialismo durante la guerra de Argelia y que lideró una lucha ejemplar contra la negación del Holocausto. Todos ellos eran y son intelectuales comprometidos (engagés) en el sentido sartreano del término. Aprendí de ellos.

Creo que el papel del historiador es ante todo crítico. El historiador no es un juez que administra el tribunal de la historia, ni tiene el monopolio de la interpretación del pasado, porque la historia pertenece a todos. Un buen historiador no debe escribir para defender una causa o hablar en nombre de un grupo. Estoy de acuerdo con la observación de Eric Hobsbawm de que los historiadores no escriben para los proletarios, ni para las mujeres, ni para los homosexuales, ni para los negros, ni para los judíos; escriben para todos. Pero este universalismo no implica ninguna neutralidad axiológica ni tampoco significa indiferencia ante el ruido del mundo, ante la historia que se está haciendo en el presente. Escribir la historia –es decir, desarrollar un discurso crítico sobre el pasado– es una forma de ayudar a la sociedad a comprenderse a sí misma y a reconocer sus responsabilidades en el presente. Por eso nunca he ocultado mis opiniones ni mis compromisos. He escrito sobre varios temas de actualidad; por ejemplo, intentando analizar las nuevas caras del fascismo en el siglo XXI. He escrito varios libros sobre el antisemitismo, la violencia nazi, el Holocausto y su impacto tanto en la historiografía como en la cultura de posguerra. Este trabajo es ciertamente muy modesto, pero me da responsabilidades y no creo que pudiera continuarlo permaneciendo en silencio sobre lo que está ocurriendo hoy en Palestina. Por eso he escrito un ensayo sobre Gaza, un ensayo histórico cuya ambición es aportar una aclaración contra el abuso de la memoria y la manipulación de la historia que hemos presenciado durante el último año para justificar una guerra que ha adquirido rasgos de genocidio. No creo haber violado mi oficio de historiador. El compromiso en el espacio público también es una dimensión de la identidad del historiador.

Para concluir, creo necesario mencionar la concepción de la historia de Walter Benjamin. Si lo hago, no es por gusto por la cita ni por el deseo de escudarme en la autoridad de un gran clásico, sino para reconocer mi deuda con un autor que es una presencia constante, a menudo explícita, a lo largo de todo mi trabajo. En el fondo, lo que creo haber encontrado en los escritos de Benjamin no es tanto una respuesta a mis preguntas como una ayuda para formularlas, premisa indispensable para cualquier investigación fructífera. Benjamin, pues, como interlocutor para cuestionar los presupuestos y el sentido de mi trabajo más que como modelo que ofrezca herramientas de aplicación inmediata. En España, me parece reconocer un acercamiento similar en la obra de un gran historiador, también muy interesado en la conceptualización, como José Carreras. El legado de Benjamin no es comparable al de Marx, Durkheim, Weber, Braudel o Bourdieu. No nos ha dejado un método, sino una profunda reflexión sobre las fuerzas y contradicciones de un enfoque intelectual que, al intentar pensar la historia, insiste en no disociar el pasado del presente. Benjamin opone al tiempo lineal, «homogéneo y vacío» postulado por el historicismo otra concepción del pasado, marcada por la discontinuidad y la ruptura, que él sitúa bajo el signo de la catástrofe. Estableciendo una relación empática con los vencedores, el historicismo fue a su juicio «el narcótico más poderoso» del siglo XIX. Es preciso, pues, invertir la perspectiva reconstruyendo el pasado desde el punto de vista de los vencidos. Nuestra relación con el pasado no puede reducirse al estudio de una experiencia definitivamente cerrada y archivada, sino que se basa en una relación dialéctica en la que «el pasado (Gewesene) se encuentra con el presente (Jetzt) en un instante para formar una constelación». De este encuentro, que no es temporal sino figurativo (bildlich) y condensado en una imagen, surge una visión de la historia como un proceso abierto en el que un pasado inacabado puede, en determinados momentos, reactivarse, rompiendo el continuum de una historia puramente cronológica e irrumpiendo en el presente. En otras palabras, la historia no es solo una ciencia, sino también «una forma de recordar» (Eingedenken).

Por último, esta concepción de la historia toca un conjunto diverso de disposiciones mentales y estados de ánimo –de la melancolía al duelo, de la esperanza al desencanto– que la historia nos ha legado y que rondan en el presente nuestra relación con el pasado. La historiografía contemporánea está marcada por profundas tensiones entre historia y memoria, entre el distanciamiento inherente al proceso histórico y la subjetividad, hecha de ansiedades y reviviscencias, de recuerdos y representaciones colectivas que habitan en los actores de la historia. Sin embargo, el siglo xx no solo ha revelado las ilusiones del historicismo y ha ilustrado el naufragio de la idea de progreso; también ha registrado el eclipse de las utopías inscritas en las experiencias revolucionarias. Como el ángel de la novena tesis de Benjamin, Auschwitz nos obliga a mirar la historia como un campo de ruinas, mientras que el gulag nos prohíbe hacernos ilusiones o ingenuidades sobre interrupciones mesiánicas del tiempo histórico. Para quienes no han optado por el desencanto resignado o la reconciliación entusiasta con el orden dominante, el malestar es inevitable. Mi carrera como historiador de las ideas políticas y de la cultura probablemente se ha visto marcada por este malestar. He intentado que este malestar sea fructífero. No estoy seguro de haberlo conseguido.

Ediciones de la Universitat Autònoma de Barcelona

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Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/la-s-identidad-es-del

EEUU: ¿un ciclo de auge excepcional o una burbuja?

Por Michael Roberts

Recientemente ha habido una ola de artículos y comentarios sobre el «excepcionalismo estadounidense»; a saber, que la economía estadounidense está avanzando en términos de crecimiento económico, inversión en alta tecnología y productividad, dejando atrás al resto del mundo. Y, por lo tanto, no es de extrañar que el dólar estadounidense esté subiendo y sus mercados de valores estén en auge. Este éxito se atribuye a menos regulación, espíritu emprendedor, impuestos más bajos sobre la inversión, etc., en otras palabras, lo contrario de la interferencia gubernamental que sufren Europa, Japón y otras economías capitalistas avanzadas. El optimismo sobre el éxito de Estados Unidos es general, incluso parece que entre el público y no solo en los mercados de valores. El índice de optimismo económico RealClearMarkets/TIPP en los Estados Unidos ha alcanzado su nivel más alto desde agosto de 2021, aunque todavía está por debajo de los años previos a la pandemia.

Pero esta historia de auge es engañosa. Sí, a la economía estadounidense le está yendo mejor que a Europa o Japón. ¿Pero está mejor históricamente? Vease el artículo reciente en el Financial Times del Reino Unido que elogia la evolución de Estados Unidos en relación con Europa titulado «por qué la economía de Estados Unidos crece por delante de sus rivales». Los autores señalan: «Estados Unidos está creciendo mucho más rápido que cualquier otra economía avanzada. Su PIB se ha expandido un 11,4 por ciento desde finales de 2019 y en su último pronóstico, el FMI predijo un crecimiento de EE. UU. del 2,8 por ciento este año». Y: «su récord de crecimiento se basa en un crecimiento más rápido de la productividad, un motor más firme del rendimiento económico… La productividad laboral de los Estados Unidos ha crecido un 30 por ciento desde la crisis financiera de 2008-09, más de tres veces el ritmo en la zona euro y el Reino Unido. Esa brecha de productividad, visible durante una década, está cambiando la jerarquía de la economía global».

Y más: «el crecimiento de la productividad en los Estados Unidos está superando rápidamente a casi todas las economías avanzadas, muchas de las cuales están atrapadas en una espiral de bajo crecimiento, erosión de los niveles de vida, unas finanzas públicas tensionadas y una influencia geopolítica deteriorada».

El problema con esta narrativa es que todo es relativo. Tenga en cuenta el título del artículo: por qué la economía de Estados Unidos crece por delante de sus rivales. La economía estadounidense está creciendo, … pero solo por delante de sus rivales. Sí, en comparación con Europa y el resto de las economías capitalistas avanzadas (por supuesto, no en comparación con China o la India), a Estados Unidos le está yendo mucho mejor. Pero eso es porque Europa, Japón, Canadá están estancados e incluso en recesión real. En términos históricos, la economía estadounidense está peor que en la década de 2010 y peor de nuevo en comparación con la década de 2000.

Tome el crecimiento de la productividad. Aquí está el gráfico de FT que sugiere el excepcionalismo estadounidense.

Pero si se observa de cerca la trayectoria de la línea de crecimiento de la productividad de EEUU, se puede ver que desde aproximadamente 2010, el crecimiento de la productividad en los Estados Unidos se ha ido desacelerando. Su rendimiento relativo se debe totalmente al colapso del crecimiento en el resto del G7. Como dice el artículo de FT: «Los datos de la Conference Board muestran que, en los últimos años, la productividad laboral ha disminuido en relación con la de los Estados Unidos en las economías más avanzadas». Sí, en relación con los Estados Unidos, pero el crecimiento de la productividad laboral en los Estados Unidos también se está desacelerando, aunque menos.

De hecho, si nos remontamos a la historia del crecimiento de la productividad, la verdadera historia es que las economías capitalistas están fallando cada vez más a la hora de expandir las fuerzas productivas y aumentar la productividad del trabajo. Se puede ver en la siguiente tabla. El crecimiento de la productividad en los Estados Unidos de 2006 a 2018 es mucho mejor que en otras economías capitalistas importantes, pero la tasa es la mitad de lo que era en la década de 1990.

La misma narrativa se aplica a la inversión empresarial productiva. El FT muestra un gráfico en el que el crecimiento de la inversión empresarial estadounidense está superando a otras economías. Pero de nuevo, tengase en cuenta que la trayectoria del crecimiento de la inversión estadounidense también se está desacelerando: compare la tasa de crecimiento actual con la de la década de 2010 y aún más con la de la década de 2000. La inversión empresarial estadounidense se está desacelerando a largo plazo, mientras que en el resto del G7, la inversión empresarial se está estancando.

As tomemos otro gráfico que muestre la tendencia histórica del crecimiento económico en los Estados Unidos.

El crecimiento promedio anual del PIB real en los Estados Unidos ha disminuido de una tasa del 4% en la «Edad de Oro» de la posguerra al 3% un año antes de la Gran Recesión y por debajo del 2% en el período posterior, en lo que he llamado la Larga Depresión. Y las previsiones de consenso actuales para el crecimiento de los Estados Unidos en 2025 son solo del 1,9 %. Pero seguiría siendo la tasa más alta entre las economías del G7.

Además, estamos midiendo el crecimiento real del PIB. En los últimos años, gran parte del crecimiento más rápido en los Estados Unidos se ha debido a la inmigración, que ha impulsado la fuerza laboral y la producción general. El crecimiento de la producción por persona ha sido mucho menor, aunque mejor, que el resto del G7 después de la pandemia.

El siguiente gráfico del crecimiento de la tendencia en los EEUU frente a Europa muestra mejor la historia. Las tasas de crecimiento de la tendencia en EEUU han estado cayendo en el siglo XXI; mientras que las de Europa se han hundido.

Además, el rendimiento relativamente mejor de la economía capitalista estadounidense en comparación con las otras economías avanzadas no indica si al estadounidense medio les está yendo mejor. Como admite el artículo del FT: «A pesar de todo su poder económico, Estados Unidos tiene la mayor desigualdad de ingresos en el G7, junto con la menor esperanza de vida y los costes de vivienda más altos, según la OCDE. La competencia de mercado es limitada y millones de trabajadores soportan condiciones de empleo inestables». Difícilmente una imagen idílica para vivir en los Estados Unidos, incluso si a los inversores del mercado de valores no les importa eso.

Y si estamos hablando del crecimiento relativo del ingreso medio por persona en los Estados Unidos, mire esta tabla que he compilado de la Base de Datos Mundial de Desigualdad. Los que ganan en promedio en los Estados Unidos están viendo cada vez menos progreso (incluso relativo), particularmente en el siglo XXI.

Sin embargo, el argumento es que hay en marcha un auge de la productividad en los Estados Unidos, impulsado por la introducción de la IA y otras inversiones tecnológicas que el resto del mundo capitalista (y China) no pueden igualar. Como dice Nathan Sheets, economista jefe de Citigroup, que, a pesar de estos esfuerzos y el impulso de China para convertirse en una superpotencia de IA, Estados Unidos es el «lugar donde la IA se está desarrollando, y seguirá siendo el lugar donde lo siga haciendo». Y hay señales de que el crecimiento de la productividad de los Estados Unidos puede estar aumentando, aunque tenga en cuenta que el siguiente gráfico es una estimación.

Tal vez sí, pero el enorme gasto de inversión en IA aún no ha visto resultados reales en toda la economía como para poder reducir significativamente los puestos de trabajo y, por lo tanto, sostener un gran aumento en la productividad por trabajador. Eso podría llevar décadas.

De hecho, hay muchas pruebas de que el auge de la IA realmente podría ser solo una burbuja, un gran aumento en lo que Marx llamó capital ficticio, es decir, la inversión en acciones de empresas relacionadas con la IA y el dólar estadounidense que está muy fuera de línea con la realidad de las ganancias obtenidas por IA y la inversión productiva.

De nuevo en el FT, Ruchir Sharma, presidente de Rockefeller International, llamó al auge del mercado de valores de EEUU «la madre de todas las burbujas». Déjeme citarlo: «los inversores globales están comprometiendo más capital en un solo país que nunca antes en la historia moderna. El mercado de valores de EEUU ahora flota por encima del resto. Los precios relativos son los más altos desde que comenzaron los registros hace más de un siglo y las valoraciones relativas están en su punto máximo desde que los datos comenzaron a recogerse hace medio siglo. Como resultado, los Estados Unidos representan casi el 70 por ciento del principal índice bursátil mundial, frente al 30 por ciento en la década de 1980. Y el dólar, en algunos índices, se negocia a un valor más alto que en cualquier otro momento desde que el mundo desarrollado abandonó los tipos de cambio fijos hace 50 años».

Pero «el asombro por el «excepcionalismo estadounidense» en los mercados ha ido demasiado lejos… Hablar de burbujas en tecnología o IA, o en estrategias de inversión centradas en el crecimiento y el impulso, oscurece la madre de todas las burbujas en los mercados estadounidenses. Dominando completamente el espacio mental de los inversores globales, Estados Unidos es sobreestimada, sobrevalorada y sobredemandada hasta un grado nunca antes visto. Como con todas las burbujas, es difícil saber cuándo se desinflará esta, o qué desencadenará su declive».

Y esta burbuja está muy apoyada. El mercado de valores estadounidense impulsa los mercados mundiales y solo siete valores impulsan el mercado de valores estadounidense: los llamados Siete Magníficos. Para la gran mayoría de las empresas estadounidenses, aquellas fuera del floreciente sector energético, las redes sociales y la tecnología, las cosas no van tan bien. El flujo monetario del S&P 500 por acción no ha crecido en absoluto en tres años (ver la línea roja a continuación). Las previsiones de crecimiento de los beneficios están muy fuera de línea con lo que se está realizando.

La deuda corporativa de EEUU con respecto a las ganancias se mantiene cerca de los máximos históricos y los costes de interés de esta deuda no han caído mucho desde que la Reserva Federal de EEUU decidió comenzar a recortar su tasa política.

La diferencia en el coste medio de la deuda para las empresas más pequeñas de Russell 2000 y las grandes empresas S&P 500 recientemente se duplicó con creces a unos 300 puntos básicos. Con las tasas de interés intermedias y a largo plazo aún retrocediendo, no es obvio que el alivio llegue pronto.

Las quiebras corporativas en Estados Unidos en 2024 han superado los niveles de pandemia de 2020. Las quiebras están en auge como si la economía estadounidense tuviera dificultades.

En su reciente Informe de Estabilidad Financiera, la Reserva Federal señaló que «las presiones de valoración seguían siendo elevadas. La relación entre los precios de las acciones y las ganancias se movió hacia el extremo superior de su rango histórico, y la estimación de la prima de capital, la compensación por el riesgo en los mercados de valores, se mantuvieron muy por debajo del promedio». Le preocupa que «si bien los balances en los sectores empresariales no financieros y de los hogares se mantuvieron sólidos, una fuerte recesión en la actividad económica deprimiría las ganancias comerciales y los ingresos de los hogares y reduciría la capacidad de servicio de la deuda de las empresas más pequeñas y con más riesgo con ICrs ya bajos, así como de los hogares particularmente estresados financieramente».

Todavía no hay una caída en los mercados de valores. Pero si llega una crisis, con muchas empresas en dificultades y la carga de la deuda aumentando, un colapso financiero bien podría rebotar y afectar a la «economía real». Y producirse un desbordamiento a nivel mundial.

El crecimiento de la productividad en las principales economías se ha ralentizado en todos los ámbitos porque el crecimiento de la inversión productiva cayó. Y en las economías capitalistas, la inversión productiva está impulsada por la rentabilidad. El intento neoliberal de aumentar la rentabilidad después de la crisis de rentabilidad de la década de 1970 solo tuvo un éxito parcial y llegó a su fin al comenzar el nuevo siglo. El estancamiento y la «larga depresión» del siglo XXI se reflejan en el aumento de la deuda privada y pública a medida que los gobiernos y las corporaciones intentan superar el estancamiento y la baja rentabilidad aumentando los préstamos.

Eso sigue siendo el talón de Aquiles del excepcionalismo estadounidense. La historia del excepcionalismo estadounidense es realmente una historia del colapso de Europa, y esa es otra historia.

Mireille Fanon: «El sistema global actual perpetúa una guerra interminable contra los pueblos históricamente oprimidos»

Por Federico Pita

La destacada activista e intelectual, dialogó en exclusiva con NEGRX sobre reparaciones históricas, la lucha por la justicia racial y el resurgimiento de la extrema derecha. Con una mirada crítica y firme, Mireille Fanon destacó la urgencia de un proyecto panafricanista que vincule el legado de la diáspora africana con la emancipación global frente a un sistema que continúa oprimiendo a los condenados de la tierra.

En el marco de la Conferencia de la Diáspora Africana en las Américas, celebrada en Salvador de Bahía, Brasil, entre el 29 y el 31 de agosto de 2024, Mireille Fanon, destacada intelectual, activista por los derechos humanos y presidenta de la Fundación Internacional Frantz Fanon, estuvo invitada como autoridad en la materia y aprovechó la ocasión para conceder una entrevista exclusiva a NEGRX. Hija del célebre pensador revolucionario Frantz Fanon y expresidenta del Grupo de Expertos de las Naciones Unidas para Afrodescendientes, abordó una amplia gama de temas cruciales, desde las reparaciones históricas hasta el resurgimiento de la extrema derecha a nivel global. Durante la conversación, subrayó la necesidad de construir un proyecto panafricanista que no solo reconozca el inmenso legado histórico y cultural de la diáspora africana, sino que también lo vincule con un horizonte político de emancipación global.

Con su estilo característico, agudo y crítico, Fanon exploró los desafíos contemporáneos en torno a la justicia racial, señalando cómo las estructuras de poder siguen reproduciendo formas sistémicas de violencia y exclusión. En sus palabras, el sistema global actual perpetúa una «guerra interminable» contra los pueblos históricamente oprimidos, y advirtió que sin una agenda internacional sólida de reparaciones y justicia racial, será imposible enfrentar las múltiples crisis que afectan tanto a las naciones africanas como a sus diásporas en las Américas. Además, Fanon ofreció una reflexión sobre el contexto político actual, donde el avance de las ultraderechas plantea nuevos retos para los movimientos antirracistas, y enfatizó la urgencia de fortalecer las alianzas internacionales entre los pueblos afrodescendientes para enfrentar esta amenaza.

¿Qué conclusiones te llevas de tu participación en la Conferencia de la Diáspora Africana de las Américas, puntualmente en lo que se refiere a la agenda global de reparaciones?

La sensación que me queda de mi participación en la Conferencia de la Diáspora Africana de las Américas es que aún estamos lejos de comprender el verdadero significado de las reparaciones. Este distanciamiento se debe a la falta de disposición para entender por qué necesitamos reparaciones. En primer lugar, me gustaría cuestionar si es realmente necesario un enfoque financiero. Personalmente, no creo que sea el planteamiento adecuado. Lo que buscamos es una reparación que transforme el paradigma impuesto desde 1492. Si no tomamos esta dirección, en 10 o 20 años seguiremos enfrentando las mismas problemáticas: la violencia policial, el acaparamiento de tierras, el saqueo de recursos naturales y los acuerdos comerciales injustos e ilegales con África o las islas del Caribe. Además, es fundamental resaltar la situación en Haití, que siempre estará bajo el yugo del imperialismo hegemónico. Los afrodescendientes y africanos no esperan meras declaraciones. Hablamos de restitución, sí, pero es crucial entender que la restitución es solo una faceta de la reparación. Primero, debemos comprender por qué necesitamos una reparación global, colectiva y política.

Desde una perspectiva fanoniana, ¿cómo conceptualiza el panafricanismo en el contexto del siglo XXI, considerando las diversas interpretaciones que existen sobre este movimiento y su relevancia en la lucha contra las injusticias contemporáneas?

Este es un tema de suma importancia, porque si se le pregunta a diez personas, habrá diez definiciones distintas de panafricanismo. Es fundamental abordar esto con seriedad. No es suficiente con declarar «Soy panafricanista» ya que, si uno se identifica como una persona liberal, eso puede ser problemático. La mayoría de quienes se autodenominan panafricanistas en realidad no lo son; son personas que buscan mayor honorabilidad y reconocimiento. Sin embargo, el panafricanismo va más allá de eso: es un proyecto decolonial.

Lo primero que necesitamos es erradicar el racismo estructural e institucional. No se trata solo de obtener reconocimiento, o de que alguien sea menos racista contigo porque ocupas un buen puesto y te brindan una oportunidad. Esa no es la esencia del panafricanismo. Es un concepto colectivo, al igual que las reparaciones, y su significado debe ser entendido en términos de comunidad. Para avanzar hacia el panafricanismo, es imprescindible lograr la unidad en África. Es lamentable que no hayamos conseguido esa cohesión. Necesitamos un continente africano unido, con un proyecto específico para África y sus habitantes, un proyecto que sea concebido por los africanos, no por consultores o asesores externos. No necesitamos eso. Lo que realmente precisamos es un plan que emane de los africanos y de los afrodescendientes, sin importar dónde se encuentren.

Un ejemplo de esto es Brasil, donde nos encontramos ahora. La mayoría de la población es negra, pero no ocupa puestos de poder, lo cual es un problema significativo. Si creemos que el panafricanismo se reduce a replicar el modelo dominante o la supremacía blanca, estamos equivocados. Las personas no están esperando eso; en su vida cotidiana, no anticipan que eso ocurra. Es urgente detener la violencia policial y erradicar el racismo estructural e institucional. Esto requiere una mayor implicación y un esfuerzo más robusto del que actualmente poseemos. Y eso es exactamente lo que hizo Fanon. Nunca se rindió, incluso en su enfermedad. Nunca dejó de luchar, porque sabía lo que estábamos haciendo. Nuestra misión es extremadamente difícil y él nos instó a ser muy honestos y cuidadosos con la gente, a reivindicar su dignidad y humanidad. Sin embargo, el mundo en el que vivimos no refleja esos valores. Debemos transformar este mundo y reparar el daño causado desde lo que se ha llamado el «descubrimiento» de América, que en realidad fue un genocidio, un crimen contra la humanidad.

En un contexto donde la extrema derecha representa una creciente amenaza para Europa y la violencia política se intensifica, ¿por qué es crucial el pensamiento de Frantz Fanon en la comprensión y respuesta a esta problemática contemporánea?

Es una pregunta difícil. Lo único que hay que hacer es luchar, pero también hay que elegir qué tipo de armas políticas vamos a usar. Y lo que podemos afirmar en este contexto es que el pensamiento de Fanon en Francia se utiliza con malos fines. Voy a tomar como ejemplo el último libro sobre él. No recuerdo exactamente el título pero es una biografía intelectual, política y romántica de Adam Schatz. Y lo que intenta hacer es normalizar su pensamiento. Y creo que es exactamente lo que el sistema liberal intenta hacer. Se trata de que cuando nosotros, como afrodescendientes y africanos, tenemos algún aporte o alguna creatividad política, ellos intentan tomar eso, como tomaron los cuerpos y las mentes de nuestros antepasados, usándolos y revirtiéndolos para sí mismos. Ahora Fanon, según este criterio, debería ser reconocido como un partidario del sistema liberal. Y creo que es muy peligroso y tenemos que ser conscientes de eso y no ser ingenuos y deconstruir todo este tipo de normalización, porque la normalización es una forma de matarnos una y otra vez. Tenemos que tener mucho cuidado y ser muy fuertes cuando intentan hacer eso.

Foto: Mireille Fanon en la Conferencia de la Diáspora Africana de las Americas, Salvador de Bahía, Brasil (Filipe Araujo / MinC).

Usted ha visitado en varias ocasiones distintos países de América Latina, ¿cómo evalúa la situación política actual en la región, particularmente en el contexto del avance de la derecha y los ataques sistemáticos contra los gobiernos progresistas? ¿Qué elementos considera fundamentales para entender esta dinámica?

No estoy segura de poder responder a esta pregunta porque no soy una especialista ni una experta en la situación sudamericana. Pero si tomamos un solo ejemplo, el de Venezuela, como siempre, se trata de un proyecto imperialista hegemónico para destruir todo Estado y país que cuestione la supremacía blanca y la modernidad eurocéntrica. Y cuando un país se niega a aplicar lo que quieren los colonizadores occidentales, la única salida que les queda es matarlo y acusarlo de corrupción y de una elección falsa. Para imponer a alguien como Guaidó pero también como Ariel Henry o Jovenel Moïse en Haití, imponen a su presidente. En Haití, el presidente es elegido por Estados Unidos desde hace años y años, décadas, incluso. Y esa es la razón por la que el pueblo de Haití está en la calle y se está manifestando contra este modelo imperial que los mata.

Debemos ser muy cuidadosos, estudiar muy bien lo que sucedió en Haití, porque podría suceder en todos los países donde el pueblo y el gobierno están en contra del orden imperial, como está sucediendo en Palestina ahora mismo. Este orden imperial, desde 1492, ha decidido utilizar los cuerpos negros para su beneficio, y si estos cuerpos negros no son lo suficientemente productivos, los matarán. Es precisamente cuando un país decide oponerse a este orden imperial que primero deslegitiman el gobierno, la política, y luego matan a la gente. Es exactamente lo que vemos en Palestina, en Yemen, o en la República Democrática del Congo. Es exactamente el mismo paradigma desde 1492. Por eso tenemos que ser muy conscientes de lo que decimos y de cómo lo decimos.

Cuando afirmamos simplemente «restitución», hay que tener en cuenta que la restitución no es nada en relación con la guerra interminable contra la gente. La restitución no es un problema; y si Occidente quiere decir simplemente «Bueno, no hay reparación sino restitución», saben lo que están haciendo. Siguen dominando, deciden dominar al pueblo y continúan con su control; y la cuestión de la reparación, que es una forma de emancipar al pueblo, no se planteará porque no la quieren. Por eso, cuando estamos aquí, es difícil entender que las personas hablen simplemente de restitución. Es realmente doloroso. Es doloroso porque todos los días hay personas que matan y mueren por ser negras. ¿Y creemos que la restitución detendrá el racismo estructural e institucional? No lo creo.

Hace algún tiempo, al inicio del mandato de Gabriel Boric en Chile, usted generó controversia al rechazar una invitación oficial que le hicieron para asistir a su toma de posesión. Sin embargo, ahora ha anunciado que viajará a Chile en las próximas semanas. ¿Podría compartir qué razones la llevan a hacer este viaje y cuál es su agenda en un contexto donde el pueblo mapuche sigue siendo objeto de represión y despojo? ¿Cómo se relaciona esto con su visión más amplia de la lucha por la tierra y las reparaciones en el contexto global?

En 2011 y 2012 fui observadora en un juicio en Temuco y Concepción para el pueblo mapuche, que hasta hoy sigue siendo víctima del gobierno chileno, pues algunas empresas transnacionales continúan intentando despojarlos de sus tierras ancestrales. Esa fue la razón principal por la que rechacé la invitación a la toma de posesión de Boric. Para mí, quien se postula a la presidencia debe asumir la existencia de un pueblo con una tradición milenaria y una lucha constante por sus tierras, que además están protegidas por derecho a través del Convenio 169 de la OIT. Resulta incomprensible ver cómo al pueblo mapuche no solo se le impide vivir en su tierra, sino que, cuando resisten, se les criminaliza.

Además, en la Constitución chilena sigue vigente un artículo instaurado durante la dictadura de Pinochet, que es simplemente abominable. Cuando Michelle Bachelet fue presidenta prometió abolirlo pero nunca lo hizo. De hecho, lo aplicó contra el pueblo mapuche en el mismo período en que yo estaba en Chile. Para mí, lo más escandaloso es que luego la eligieran Alta Comisionada del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. ¿Cómo puede la comunidad internacional seleccionar a una persona que consintió que la policía y el ejército mataran a su gente? ¿Cómo es posible que se tolere eso? Y lo más perturbador es que la comunidad internacional asuma esa normalización.

En ese momento ya estaba convencida de que Boric no haría nada para eliminar esta política represiva. Casi un año después de su asunción, mi sospecha se confirmó: no ha hecho absolutamente nada para revertir la aplicación de este artículo. Ya en sus primeros discursos me resultaba evidente que no tenía intención de tocar este tema. Por eso decidí rechazar abiertamente la invitación, y considero que como figura pública es importante explicar este tipo de decisiones. Si uno no lo hace, se corre el riesgo de ser malinterpretado. Yo preferí ser clara: aceptar su invitación hubiera sido una traición política al pueblo mapuche. Y, lamentablemente, tenía razón. Hoy en día, los mapuches siguen siendo criminalizados y atacados por el sistema chileno, debido a los intereses de las empresas forestales y otros actores. Aún no son bienvenidos en su propio país, y la intención es expulsarlos de sus tierras para apropiarse de sus territorios ancestrales para la producción de capital sueco. Boric no ha movido un dedo para cambiar esta realidad, y estoy orgullosa de haber rechazado su invitación.

Ahora vuelvo a Chile porque la situación del pueblo mapuche no ha cambiado en más de una década. La cuestión de la tierra está directamente ligada a la lucha por las reparaciones. Si observamos lo que ocurre en Palestina, en la República Democrática del Congo, en Colombia, en México, o en Brasil con los quilombolas, el conflicto gira en torno a la tierra. Es un tema central para nosotros como activistas políticos. No podemos dejar a los pueblos solos enfrentando esta lucha. Sus causas deben ser conocidas en todo el mundo porque necesitan apoyo internacional. La solidaridad política no es una cuestión de moralidad o compasión, es una cuestión política concreta. Tenemos que estar atentos, asistir a las víctimas, amplificar sus voces, ser el eco de sus demandas. Eso es fundamental para nosotros. Como nos decía Fanon, cada generación debe conocer su misión en un contexto de incertidumbre, y debe tomar la decisión de cumplirla o traicionarla. Yo prefiero cumplir con lo que considero mi misión.

Para mí, esto no es solo una misión, es un deber, una obligación ética, epistemológica y metafísica. No renunciar a la solidaridad política internacional es una necesidad ineludible. Estar del lado de aquellos que sufren bajo la opresión, el sometimiento y el exterminio es casi un instinto humano. Es una forma de preservar la dignidad de las personas que están siendo masacradas por genocidios y crímenes contra la humanidad, como ocurre en Palestina. Es un deber inexcusable, no es negociable. No puedo simplemente apagar la televisión y decir «todavía hay genocidio». No. Porque el genocidio es parte de un mismo paradigma de dominación que comenzó en 1492. Si no participamos activamente en la lucha contra esta guerra interminable contra los pueblos, somos responsables de no actuar. Si pretendemos ser humanos, con dignidad y responsabilidad, entonces debemos comprometernos a luchar contra esta clase de guerra interminable. Es nuestra obligación.

En los últimos años, hemos sido testigos del ascenso de figuras de extrema derecha en varios países, incluyendo a Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, y la posible reelección de Donald Trump en Estados Unidos, así como Marine Le Pen en Francia. ¿Cuál es su análisis sobre este fenómeno y qué cree que refleja acerca de la situación política actual y el estado de la ciudadanía en estos países?

No considero que el presidente argentino Javier Milei, el expresidente brasileño Jair Bolsonaro, o la posible reelección de Donald Trump en Estados Unidos, así como la candidatura de Marine Le Pen en Francia, deban ser vistos como motivos de preocupación en sí mismos. En cierto modo, debemos reconocer que este fenómeno es un reflejo de la desidia de las personas hacia la política y, en particular, hacia el futuro de sus países. No les importa. Esta apatía se ve alimentada por los grandes medios de comunicación, que deciden qué se puede pensar, leer o escribir. Controlan todo. Con ello, se borran las capacidades críticas de las personas; es uno de los objetivos del sistema. Es crucial que seamos conscientes de esto y denunciemos este lavado de cerebro, entendiendo que estas figuras populistas no surgen de la nada.

Observamos que el sistema financiero, de alguna manera, atraviesa un período de inestabilidad. Para este sistema, la única salida es organizar una guerra contra el pueblo, pero también anular la capacidad crítica y analítica de la población, ya que eso les permite manipular a su antojo. Esto es esencial para el sistema financiero y el liberalismo, que requieren esta falta de crítica para operar. Manipulan los números, juegan con las estadísticas y siembran la corrupción en ciertos países, utilizando instituciones como el FMI o el Banco Mundial y condicionando los acuerdos económicos. Se aprovechan de la arrogancia y el cinismo de aquellos que firman estos acuerdos. Aunque esto no es nuevo, ha alcanzado un nivel de paradoja, cinismo y arrogancia sin precedentes, dado que el sistema se siente amenazado y está visiblemente nervioso ante esta situación.

Han aplicado todas las recetas posibles para despojar a los pueblos de su dignidad y criminalizarla. Esto representa un peligro para todos nosotros, especialmente para los activistas que se oponen a estas políticas. La necesidad de organizar una red de solidaridad internacional sólida es apremiante. Personas como Macron, Milei, Bolsonaro, y, si llega a suceder, Trump, o incluso Putin, funcionan como marionetas de este sistema. El objetivo de este sistema es regular el mundo a su antojo. No quieren enfrentarse a ninguna crítica; buscan su libertad, pero esa emancipación es únicamente para ellos, no para nosotros. Si no comprendemos esta dinámica, seguiremos pidiendo restituciones, mejoras ecológicas y un ambiente más saludable. Pero la cuestión fundamental es la dignidad, ya que el sistema también busca negar la dignidad y la humanidad de todos. Esta guerra interminable contra el pueblo es, en esencia, un mantra del sistema, un concepto que se puede abordar desde perspectivas metafísicas y epistemológicas. Debemos analizarlo y denunciarlo cada vez que se presente la oportunidad.

Ante la guerra. Sobre La crisis de los veinte años (1919-1939) de E. H. Carr.

Las similitudes de la situación que describe Carr y la actual son sorprendentes, sobre todo en las características estructurales del sistema internacional de entonces y de hoy.
No hay mejor momento que este para leer La crisis de los veinte años (Catarata), de E. H. Carr. Podría haberse escrito el mes pasado. Las similitudes de la situación que describe Carr (la primera edición del libro se publicó en 1939) y la actual son sorprendentes. No solo en los acontecimientos más recientes, incluido el desprecio del derecho internacional por parte de los signatarios del Estatuto de Roma, lo que no habría sorprendido a Carr puesto que creía que tal derecho no puede existir, o solo puede existir cuando se apoya en la fuerza, sino sobre todo y de forma más ominosa en las características estructurales del sistema internacional de entonces y de hoy: las que han conducido a la Segunda Guerra Mundial y las que parecen conducirnos a una nueva guerra.

Ambos sistemas estaban mal estructurados en sus inicios (Versalles y el final de la Guerra Fría). Ambos contenían las semillas de la destrucción. El sistema de Versalles comenzó como una empresa utópica y aparentemente basada en principios. Carr y muchos otros (como Keynes en Las consecuencias económicas de la paz) atribuyen con razón la mayor responsabilidad a Woodrow Wilson. Cuando decimos “responsabilidad” parece extraño culpar a alguien de las formas utópicas o aparentemente idealistas en que debería organizarse el sistema internacional. Pero en el primer paso la aplicación al mundo de los principios traídos de Princeton y Washington D.C. tropezó. Puso de manifiesto la hipocresía con más fuerza que si los principios hubieran sido menos idealistas. El derecho de autodeterminación se repartió de forma incoherente entre algunas naciones y se negó a otras. Como escribe Harold Nicolson en su hermoso The Peace-Making 1919:

El más ardiente defensor británico del principio de autodeterminación se encontraba, tarde o temprano, en una posición falsa. Por muy ferviente que fuera nuestra indignación ante las pretensiones italianas sobre Dalmacia y el Dodecaneso, podía enfriarse con una referencia, no solo a Chipre, sino a Irlanda, Egipto y la India. Habíamos aceptado para los demás un sistema que, si llegaba a la práctica, nos negaríamos a aplicarnos a nosotros mismos (p. 193).

Se concedieron colonias, protectorados, fideicomisos (con un periodo de duración indefinida) a las naciones menores. La igualdad racial fue rechazada incluso como un principio formal bastante benigno, a pesar de la retórica grandilocuente sobre la igualdad de los hombres. Ese rechazo, malo en sí mismo, fue acompañado de la transferencia más cínica de las posesiones controladas por Alemania en China a Japón, lo que condujo al movimiento del 4 de mayo y al inicio del nacionalismo chino moderno.

Según Carr, la paz cartaginesa de Versalles creó dos tipos de naciones. Las satisfechas naciones anglosajonas y, hasta cierto punto, Francia (aunque esta, al no sentirse lo bastante fuerte, siempre tuvo dudas sobre su estatus) y el trío de grandes Estados insatisfechos de Alemania, Italia y Japón. Estos dos últimos eran aliados occidentales descontentos con el reparto del botín en Versalles. Alemania intentó en los años veinte cambiar o invalidar algunos de los pactos del Tratado eximiéndose de la obligación de pagar las desorbitantes sumas en concepto de reparaciones (que, de hecho, nunca pagó en su totalidad) e inició subrepticiamente una cooperación militar con la Rusia soviética, intentando evitar los límites al tipo y tamaño de su ejército. Pero, en general, apenas obtuvo beneficios y el descontento creció. Cuando Alemania empezó a revocar, con entusiasmo, la letra y el espíritu de Versalles, lo hizo mediante la fuerza militar y la intimidación. “Nuestros enemigos son pequeños gusanos”, opinaba Hitler. La paradoja, como señala Carr, es que cuanto más lograba Alemania anular las normas que se le habían impuesto, y cuanto más pensaban que esto la satisfaría aquellos que, como Carr, no estaban de acuerdo con la falta de equidad del Tratado en primer lugar, más se enfadaba Alemania. Así, el enfado alemán (por entonces nazi) aumentó en proporción a su éxito en derribar Versalles. Lo que podría haberse concedido pacíficamente y se habría recibido con gratitud ahora se daba bajo la amenaza de las armas y se recibía con desprecio.

Al contar esta conocida historia, aunque nunca asigna de manera directa la culpa del colapso del sistema, Carr divide implícitamente la responsabilidad entre las dos partes. Culpa a las naciones satisfechas por no estar dispuestas a compartir parte de las ganancias obtenidas por haber ganado la guerra. Compara a menudo las relaciones internacionales con las domésticas. Para que las relaciones domésticas sean estables, los ricos deben ceder algo más que en proporción a lo que tienen. En otras palabras, para que un sistema político sea estable –ya sea a nivel nacional o internacional– los fuertes tienen que estar dispuestos a hacer sacrificios, a aceptar “algún toma y daca”, en palabras de Carr. Para crear un sistema internacional sostenible, las potencias satisfechas tienen que compartir el botín con otras potencias o imponer una paz relativamente equitativa (“equilibrio de poder”) para que los demás participen en el sistema. Si no lo hacen, las potencias insatisfechas no tendrán ningún interés. Esto es exactamente, escribe Carr, lo que ocurrió entre 1919 y 1939.

Todo orden internacional debe apoyarse en una hegemonía de poder. Pero esta hegemonía, como la supremacía de una clase dominante dentro del Estado, es en sí misma un desafío para quienes no la comparten; y debe, si quiere sobrevivir, contener un elemento de toma y daca, de sacrificio propio por parte de quienes lo tienen, que lo haga tolerable para los demás miembros de la comunidad mundial.

Carr explica incluso la pacificación del poder satisfecho por analogía con la política interior. Los ricos promueven la paz doméstica porque el mantenimiento del orden actual es beneficioso para ellos. “Del mismo modo que la clase dominante en una comunidad reza por la paz doméstica, que garantiza su propia seguridad y predominio, y denuncia la guerra de clases, que podría amenazarle, la paz internacional se convierte en un interés especial de las Potencias predominantes”.

Los llamamientos a la paz no se explican por la diferente moralidad de las potencias o clases, sino por la diferencia de sus posiciones. Pedir la paz no es per se algo que pueda considerarse moralmente superior. ¿Deberían haber seguido los revolucionarios americanos de 1776 los llamamientos a la paz?, se pregunta Carr. La moralización, que a veces observamos en las potencias que quieren mantener la paz, carece de superioridad ética. Simplemente se basa en el interés de dichas potencias por mantener el statu quo.

Como deja claro esta breve descripción, las similitudes con la situación actual son muchas. Mientras que la conclusión de la Guerra Fría no tuvo un final oficial similar al de Versalles, sus contornos principales reprodujeron los de Versalles. Las potencias satisfechas, las vencedoras de la Guerra Fría, fueron Estados Unidos, Reino Unido, Francia y, sobre todo, Alemania, que recuperó la unidad. Por otra parte, el “Nuevo Orden Mundial” produjo una gran potencia (Rusia) que desde el principio se mostró insatisfecha con el resultado, especialmente porque Rusia, como Alemania en 1918, no se sintió en absoluto derrotada. Desde el principio, cuando bajo Yeltsin el país estaba medio destruido y se comportaba internacionalmente más o menos como un vasallo de Estados Unidos, a Rusia le molestaba un aspecto de la política de los vencedores: la extensión de su alianza militar a las fronteras rusas. Como en el colapso del sistema de Versalles, aquí vemos la misma dinámica. Rusia se opuso a la ampliación en todo momento, incluso cuando se reconcilió a regañadientes con la adhesión a la OTAN de sus antiguos satélites de Europa Oriental y la inclusión de las repúblicas bálticas, pero no pudo, o no quiso, aceptar más.

Las quejas, como en el caso alemán, duraron mucho tiempo. Empezaron con Yeltsin, continuaron durante el primer y el segundo gobierno de Putin y no produjeron nada. El ya famoso discurso de Putin en Múnich en 2007 no generó ningún resultado. El mensaje era muy similar al que absorbió Alemania en la década de 1930: las características estructurales del sistema no pueden cambiarse pacíficamente y no pueden modificarse mediante ruegos o quejas del poder descontento. La potencia insatisfecha adoptó más o menos el mismo curso de acción que Alemania en los años treinta: las desigualdades, en su opinión, no podían corregirse mediante conversaciones, discusiones y negociaciones, sino solo mediante el puro ejercicio del poder militar. La guerra con Ucrania fue una forma de anular algunos de los pactos implícitos del final de la Guerra Fría, del mismo modo que para Alemania el Anschluss y la ocupación y la división de Checoslovaquia fueron las formas en que Alemania se encargó de aplicar los principios de autodeterminación proclamados por Wilson pero negados a Alemania.

A pesar de estas similitudes, cabría esperar que el resultado no fuera el mismo. No obstante, es interesante reflexionar sobre el hecho de que el libro fue escrito en 1938 y publicado en septiembre de 1939. Esperemos que no nos encontremos ahora en el mismo punto histórico que Carr entonces.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en el Substack del autor.

Apuntes políticos sobre las lecciones de la victoria popular contra el régimen de Assad

por Vincent Présumey

 

  1. UNA VICTORIA POPULAR

El colapso del régimen baazista sirio, con la huida de Bashar el Assad a Moscú y la desaparición del «carnicero» Maher el Assad [NB: se cree que se encuentra en Rusia], es un acontecimiento global importante, que sacude todas las representaciones “geopolíticas” acordadas y dominantes.

Intentan protegerse empezando por negar que este colapso constituye una victoria popular y, por tanto, una victoria democrática y proletaria.

El argumento principal en este sentido obviamente invoca la naturaleza de la organización armada que desencadenó el proceso de colapso al llevar a cabo un avance desde Idlib hacia Alepo en la mañana del viernes 28 de noviembre de 2024, un avance seguido rápidamente por la liberación de Alepo y el regreso de los refugiados con o sin armas.

Bajo el efecto de este shock absoluto que fue la liberación de Alepo, una ciudad cuya destrucción y captura por las fuerzas rusas e iraníes en 2015 había significado la derrota de la revolución siria y cuya liberación invirtió este orden entonces establecido, todo el país comenzó a moverse y, pocos días después, la misma organización se proclamó detentadora del poder en Damasco.

Este, el HTS o HTC (Hayat Tahir al-Sham, Frente de Liberación del Levante) es de origen yihadista, procedente de la rama siria de al-Qaida, al-Nusra. Ya no es yihadista en el sentido de que ha renunciado, desde 2016, a la «jihad global» para definirse ante todo como sirios, pero sigue siendo islamista, considerando la sharia como fundamento necesario del orden social, un programa perfectamente reaccionario.

Aunque su salida del enclave de Idlib respondió a las contradicciones que encontró allí: la imposibilidad y, en última instancia, la renuncia a imponer la sharia, un impulso popular que exige una ruptura del status quo, alimentado aún más por los bombardeos rusos. Desde Alepo, el HTS fue arrastrado, voluntariamente o por la fuerza, por la marea popular que también vio la irrupción de varias otras fuerzas armadas no islamistas: el Ejército Sirio Libre, las tribus árabes del Sudeste, los movimientos drusos y las organizaciones democráticas armadas de al sur del país, y sólo su convergencia aseguró la liberación de Damasco, en la que participó activamente la población rebelde de los grandes suburbios de Damasco.

La liberación de Alepo provocó la onda expansiva del colapso del Estado y del ejército de Assad, carcomido por la corrupción e incapaz de administrar el país de la manera más básica: la administración fue “la mejor” en el enclave de Idlib, lleno de refugiados. El aparato estatal de Assad, mantenido a distancia por Rusia e Irán y que vivía de la economía de las drogas (captagon), se desmoronó ante la combinación de levantamientos generalizados y el avance militar de estos diferentes grupos, de los cuales el HTS fue el más importante, en el primer plano. En este espíritu, la dirección islamista del HTS ordenó a sus hombres “respetar a las minorías” (cristianos, alauitas, chiítas, drusos, ismaelitas y también los habitantes kurdos suníes de Alepo) que iban a todas partes a recibirlos, y de hecho las propias fuerzas del HTS ya habían tomado este camino, el único eficaz para romper la división comunitaria que fue obra del régimen de Assad.

Es obvio que la naturaleza política de al-Julani y de la dirección del HTS es un obstáculo potencial para el desarrollo de la revolución; volveremos sobre esto. Pero esto en ningún caso debe servir como argumento para negar que existe una revolución. El legado de la insurrección democrática, no islamista de 2011, está reviviendo masivamente en el movimiento de poblaciones, en su unión contra el antiguo régimen, en el regreso de los refugiados, al interior del país y desde el Líbano, Turquía y Europa, que ha comenzado

Cualquier preparación para el futuro inmediato y más lejano, y cualquier oposición a los obstáculos y peligros que puedan amenazar la democratización, sólo pueden basarse en el pleno reconocimiento de lo que ha sucedido: una victoria popular, con potencial revolucionario. Cualquier negación o evasión de esto sólo puede favorecer a las fuerzas que dicen combatir, los islamistas y otros, al reconocerles el mérito de haber derrocado por sí solos a Bashar el Assad, lo cual es falso.

 

2. PARA HACER UN BALANCE DE LO QUE SE HA DERROCADO

No se trata sólo del derrocamiento del poder presidencial y del comienzo de la desarticulación de un aparato estatal, como ocurrió en Túnez, Libia y Egipto en 2011, y en varios países de América Latina desde principios de este siglo, en Ucrania con el Maidan. Es eso, pero es mucho más.

La apertura de las inmensas prisiones del régimen expuso al mundo lo que ya sabíamos con sólo sospechar la escala: un sistema total de terror, tortura y mentiras. El régimen de Assad, en un país capitalista con una economía estatal y mafiosa, es heredero del nazismo y del estalinismo, a través de vínculos directos: la policía política siria había sido entrenada por el nazi Aloïs Brunner, y los órganos del KGB-FSB sistemáticamente los entreno y apoyó. Era la columna vertebral del estado totalitario y de la economía mafiosa.

El pueblo sirio está experimentando una terrible combinación de júbilo y duelo. La inmensa multitud que escoltó el féretro del mártir de la humanidad Mazen al Hamada, quien murió horriblemente torturado pocos días antes de la liberación, expresa la fuerza de este sentimiento. Es un sistema totalitario absoluto que se está derrumbando y es específico: los espectros de Sednaya, como los de Auschwitz, volverán a atormentar los espíritus después de una, quizás dos o tres generaciones. Este sistema de autor reproducción estaba comprometido en la destrucción de todo lo que es humano, la destrucción del sentido común, la destrucción física y moral de lo que constituyen los vínculos humanos. Fue derrotado.

Si el mundo fuera democrático, ofrecería su apoyo en médicos, psicólogos, enfermeras, ginecólogos, bomberos, técnicos, al pueblo sirio cuyo luto y júbilo se combinarán con las próximas luchas inmediatas por la democracia y la libertad.

 

3. UNA GUERRA-REVOLUCIÓN DEL SIGLO XXI

Las corrientes políticas que entienden algo de la realidad y no anuncian pobres catecismos han comenzado a comprender que, en Ucrania, el levantamiento popular de masas de febrero-marzo de 2022 detuvo el ataque imperialista ruso y que es la guerra la que alimenta la necesidad de transformación social contra la mala gestión, incluso desde el punto de vista militar, del régimen vigente. Y que también alimenta la necesidad de emancipación femenina, en particular. Empezamos a hablar de nuevo de “guerra-revolución” con Ucrania.

Este término tiene una historia de malentendidos en el siglo XX, ya que fue introducido de manera engañosa a principios de la década de 1950 en el movimiento trotskista para llamar a la alineación con el campo «soviético», de hecho, estalinista, en la Guerra Fría. Lo que, básicamente, compensó no haber entendido que la Segunda Guerra Mundial se había desarrollado, como guerra, en las insurrecciones y revoluciones nacionales de Europa y Asia.

Las cuestiones militares deben dejar de ser el mundo del silencio para los revolucionarios, porque si la emancipación no se logra en absoluto a punta de pistola, la emancipación se producirá mediante el uso organizado de las armas, y el uso organizado de las armas se llama ejército. Siria se inscribe totalmente en esta terrible declaración que hay que afrontar.

Así como es el comienzo de la formación de un pueblo armado que detuvo a Putin en 2022, es el comienzo de la formación de un pueblo armado que derrocó a Bashar el Assad en 2024.

No hay política revolucionaria y ecológica para salvar a la humanidad sin la exigencia de una democracia absoluta y hasta el final: esto requiere armas, esto se concentrará en políticas militares democráticas, proletarias y emancipaciones nacionales.

Evidentemente, toda guerra no es una revolución o no la porta por sí sola. La lleva a cabo, en la medida en que la defensa popular logra imponerla o en la medida en que la guerra hace insoportable el orden social capitalista, a través de la muerte y el sufrimiento. Muchas de las guerras actuales, incluso cuando uno de los objetivos es un pueblo oprimido, no son revoluciones bélicas en desarrollo, pero el carácter de la época actual hace que este tipo de proceso revolucionario sea inevitable en todas partes.

Así, los palestinos no son un pueblo armado: las armas son confiscadas, e incluso los túneles subterráneos para protegerse de la masacre perpetrada por el ejército israelí, en Gaza, son confiscados por Hamas, una organización cuya naturaleza fundamental es confiscar todo derecho a la democracia. y el pleno derecho a las armas para el pueblo. Por lo tanto, la revolución siria, especialmente si se profundiza, muestra el camino a los palestinos: armas para el pueblo y democracia.

Una de las “narrativas dominantes” sobre lo que acaba de suceder tiende a convertirlo en un subproducto del 7 de octubre de 2023, a través del hecho indiscutible de que los golpes asestados a Irán y especialmente a Hezbollah por parte de Israel han abierto una “ventana de disparo” al avance del HTS hacia Alepo, a partir del cual comenzó el colapso del régimen y la irrupción de las masas.

En realidad, es bastante clásico ver cómo una guerra que no es en modo alguno progresista produce, involuntariamente, a través de la derrota de uno de sus protagonistas estatales, una oleada revolucionaria. Esta es la razón por la que el hecho de que la revolución rusa de 1905 fuera desencadenada por la derrota rusa contra Japón no convierte a Japón en revolucionario en ese momento, como tampoco lo hizo la revolución rusa de 1917, vinculada al colapso militar en curso que enfrentaba la Alemania imperial, no hizo de ella un país democrático. Del mismo modo, Israel no se vuelve progresista y no colonial por el hecho de que sus ataques contra Hizbullah obviamente favorecieron la iniciativa inicial de HTS. Pero las causas de esto son internas. Y sus consecuencias, volveremos sobre esto, son percibidas por Netanyahu como terriblemente amenazadoras.

 

4.-EL IMPACTO INTERNACIONAL DE LA REVOLUCIÓN SIRIA

Esta tremenda victoria popular es, por tanto, una victoria de todos los pueblos. Contrarresta todas las dinámicas reaccionarias y fascistas globales impulsadas por Trump, Putin y Netanyahu.

Constituye el mayor paquete de ayuda a Ucrania que se haya producido, precisamente en un momento en el que la presión militar rusa en el Donbass y la presión internacional para contra el armamento de Ucrania y para que ceda. se están intensificando bajo Trump. Sobre este punto, la declaración del Comité del RESU francés del 11 de diciembre de 2024 sobre Siria dice lo esencial.

Pero también es el primer apoyo real brindado desde el exterior al pueblo palestino desde la ofensiva, con dinámica genocida, lanzada por el ejército israelí desde el 8 de octubre de 2023, el día después de los pogromos de Hamás. Por lo tanto, este apoyo real no procederá del “movimiento pro palestino” en el que las organizaciones campistas y neocampistas de izquierda y extrema izquierda influyen decisivamente.

Porque, digámoslo: si el colapso del régimen sirio, con el poderoso impulso que dará a las aspiraciones populares libanesas, asesta un golpe mortal al llamado “eje de la resistencia” que va de Teherán a Hamás, esto REFUERZA y no debilita, la lucha del pueblo palestino cuya primera necesidad, para poder resistir eficazmente a la masacre en Gaza y a la limpieza étnica en Cisjordania, es emanciparse del llamado «eje de la resistencia «.

El campo de los derechos democráticos y nacionales palestinos no es el campo de Jamenei y compañía. La emancipación de los palestinos sólo puede ser obra de los propios palestinos, y una Siria democrática sería un impulso formidable para la demanda de un Estado palestino soberano, democrático y secular, desestabilizando los cimientos del colonialismo con etiqueta sionista que se alimenta de la amenaza existencial que el “eje de la resistencia”, sin servir de nada a los palestinos, representa para los judíos.

¡Israel, después de años de colaboración con el “antisionista” Assad, nunca ha bombardeado tanto a Siria como en los pocos días posteriores a su caída! Curiosamente, las FDI nunca bombardearon todos estos sitios militares cuando estuvieron en manos de Assad.

Una ofensiva militar ocupa la zona fronteriza entre Líbano y Siria del Monte Hermón. Netanyahu acaba de proclamar que el Golán siempre seguirá siendo israelí, algo que nunca habría dicho bajo Assad.

El papel activo de los drusos en la toma de Damasco, desde Souieda, Kuneitra y Deraa, preocupa en gran medida a Tel Aviv. El hecho de que los drusos israelíes y los del Golán ocupado desde 1967 estén a menudo bastante bien integrados en la vida social y política israelí no contradice en modo alguno esta realidad: los drusos podrían constituir precisamente un puente entre Israel, el Líbano y Siria.

Netanyahu no lo quiere porque iría en dirección a la democracia, que pasa por un Estado palestino y el hecho de que los judíos israelíes se asuman como una nación de Oriente Medio entre sus vecinos, y no como un pueblo colonial.

Esta política de huida precipitada requiere mentiras: hacer creer a la gente que va a estallar un nuevo peligro islamista es la piedra angular. Pero la revolución siria lleva consigo a su hermana mayor, la revolución iraní de las mujeres, los trabajadores y el pueblo para acabar con la República Islámica. ¡No podría pasar nada mejor para los palestinos!

5.-ROJAVA, UN MITO QUE CAERÁ

Durante años, ha estado circulando un mito en Europa: existe una comuna feminista y libertaria “libre” en Rojava. La realidad era la siguiente: cuando el Estado de Assad comenzó a retirarse, Bashar cedió este territorio al PYD y sus fuerzas armadas, las YPG. Con su aparato estatal, prisiones, cámaras de tortura y estatuas de Bashar incluidas.

Así es como las estatuas de Bashar, en toda Rojava, sólo fueron derribadas el mismo día de la caída de Assad, como en Séré Kaniye, en el corazón de Rojava. Este Estado, resultante, no de una revolución, sino del intento de preservar al Estado existente de una revolución, ha evolucionado más o menos libremente, entre los ataques turcos dirigidos a cualquier emancipación nacional kurda y la ayuda de los dos imperialismos, el ruso y, sobre todo, el estadounidense (olvidándose de que había calificado a estos “marxista-leninistas” de “terroristas”). Al luchar contra Daesh, las YPG salvaron a poblaciones, en particular a los yazidíes, y promovieron el lugar de las mujeres frente a los islamistas. Estos hechos indiscutibles no cambian nada en la naturaleza fundamental de este Estado, como hemos visto en los últimos días.

De hecho, Rojava es el último sector de Siria en el que el aparato estatal, con su policía y su ejército, sigue en pie y está disparando contra los manifestantes, especialmente en Rakka. Los revolucionarios serios sólo pueden estar con las masas contra la policía. Deir Ezzor es liberada y se plantea la cuestión de la liberación de toda la parte árabe de la “gran Rojava”.

Al mismo tiempo, el PYD intenta adaptarse y dice celebrar la caída de Assad, en la que no tuvo nada que ver. Pero las manifestaciones convocadas y supervisadas se le escapan, incluso en la zona kurda, y se convierten en enfrentamientos.

Estados Unidos, Francia y el Reino Unido han subcontratado al PYD y a las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias), que domina, la gestión de los campos de prisioneros de las fuerzas de Daesh, hoy muy debilitadas. El principal está en Hassaké, donde también han comenzado los enfrentamientos entre la población y el aparato estatal. Se trataría de unos 7.000 prisioneros y prisioneras, a menudo familias, verdaderos líderes del Estado Islámico (Daesh), gente rica de la policía política iraquí y siria, que habían escapado al arresto. El resultado democrático de esta situación sólo puede consistir en su exfiltración bajo el control de comités democráticos formados por los propios sirios. Daesh no puede ser el pretexto para una contrarrevolución, ni en Rojava ni en ningún otro lugar.

En la zona occidental que se extiende desde Rojava hasta El Manbij, la situación debe analizarse de otra manera porque hay injerencias turcas, a través del ANS (Ejército Nacional Sirio, que de hecho ha concentrado los sectores, islamistas o no, de Idlib, que no siguen el avance del HTS hacia el Sur y pasaron o permanecieron bajo control turco; estas fuerzas contienen una alta proporción de minorías nacionales turcomanas). La amenaza a los kurdos, como pueblo, es cierta y se producen abusos.

Pero ¿cuál sería la única protección eficaz para los kurdos? Esta sería su alianza total con la revolución siria. Esto no es posible bajo la égida de un aparato autoritario que ha sido, desde 1978, aliado del totalitarismo asadista.

6.-LEMAS CLAROS CONTRA ESTADOS HOSTILES.

Como vemos, la revolución siria tiene enemigos poderosos que parecen estar apareciendo por todas partes. Estos son los Estados, estas son las fuerzas que representan el orden establecido. Sus aliados potenciales son los oprimidos y el pueblo.

Hay un ataque turco contra las FDS y una amenaza a los kurdos en el Norte; Ataque israelí al Golán; las tropas rusas están desorganizadas pero no se han marchado; Los bombardeos estadounidenses teóricamente contra el “Estado Islámico”; Bombardeos israelíes sobre Damasco.

Al-Julani, el terrible “jihadista” (de hecho islamista) no ha protestado contra nada de esto: está tendiendo la mano a todas las potencias. Mucho más que la sharia, que no está en la agenda en ningún lugar de Siria, su política de conciliación con el orden establecido es así tangible, al igual que la afirmación de querer construir una Siria basada en el «libre mercado».

Mientras prácticamente todas las fuerzas políticas existentes intentan ignorar, reprimir, minimizar, la irrupción de las masas y por tanto de lo nuevo que acaba de ocurrir, la defensa inmediata de la revolución, de la democracia y de la soberanía en Siria requiere consignas claras:

¡Liberación de todo el territorio sirio!

Tropas israelíes y turcas: ¡FUERA!

Bases rusas: ¡FUERA!

Daesh y la Fuerza Aérea Americana: ¡FUERA!

En territorio kurdo, el estado de las YPG se acabó: ¡el poder para el pueblo!

¡El Golán no es israelí!

¡Elecciones libres, igualdad de derechos, respeto a las religiones, en todo el territorio! Una Siria democrática sería el núcleo de la reconstrucción democrática de toda la región y el primer punto de apoyo para un Estado palestino democrático y laico.

 

7.-PERSPECTIVAS SIRIAS

Sin duda, los próximos enfrentamientos en Siria no tendrán que ver con la sharia, sino con la democracia. Al-Julani busca integrar secciones enteras del antiguo aparato estatal y por lo tanto quiere preservar, e incluso realizar plenamente, una “economía de mercado”. Es en la realidad, no en fórmulas sacadas de los libros, donde se producen los shocks.

Por tanto, tuvo que renunciar a la amnistía general bajo presión popular. Un “comité revolucionario” en Hama organizó el ahorcamiento público de un asesino en masa. Los linchamientos de torturadores comenzaron en todas partes. Al-Julani tomó entonces nota de la acción de las masas al proclamar la no amnistía de los torturadores.

Así, la “economía de mercado” está sufriendo un duro golpe en Damasco: la forma más lucrativa de producción capitalista, los laboratorios de captagon, han comenzado a ser depurados y sus existencias destruidas por grupos armados autoconstituidos.

Sin duda, el movimiento de la revolución democrática ya se está viendo, en particular para organizar la vida cotidiana inmediata, ya que la policía ha desaparecido, se están formando comités populares en todas partes y hay experiencia en este ámbito desde 2011.

La extensión de la revolución a Rojava, la última zona donde realmente resiste el viejo Estado, será necesaria: los kurdos tienen allí su lugar y es posible que sectores del PYD giren, bajo presión.

La liberación de Damasco fue un acto democrático constituyente, en el sentido nacional de la palabra “constituyente”, porque fuerzas de todo el país convergieron en Damasco –con la excepción de la Gran Rojava, por culpa del PYD.

La idea de un período de transición es generalmente aceptada debido a esta mezcla de júbilo y duelo de la que se ha hablado. Como escribe el activista democrático Firas Kontar, mucho más previsor que todos los autodenominados “marxistas”, los sirios tienen una gran necesidad de ello. En este sentido, hay un mandato tácito en al-Julani, que es también una forma de control. No durará mucho.

El resto del proceso exige elecciones libres y democráticas en todo el país, basadas tanto en la igualdad cívica de todos los sirios como en el reconocimiento de los derechos culturales específicos de cada grupo. Elecciones para una asamblea constituyente soberana, que al-Julani ya está amenazando al decir que quiere formar un grupo de juristas y doctores responsables de “enmendar” la falsa constitución de Assad.

Este verdadero proceso es el de una revolución democrática y, por tanto, proletaria, porque el “proletariado”, una masa humana que sólo tiene su fuerza de trabajo para vivir, es también aquí la inmensa mayoría.

 

8.-CONCLUSIÓN: PERSPECTIVAS INTERNACIONALISTAS

La mayoría de los “marxistas” actúan de la siguiente manera ante los acontecimientos: comprueban que esos acontecimientos se ajusten a lo que creen saber, lo que los lleva a tergiversarlos y negar su contenido real. El verdadero método no debe consistir en sermonear los acontecimientos, decir a las revoluciones que están en problemas, verificar que las fuerzas enemigas estén en su lugar y que las vacas están bien custodiadas para poder protegerse contra cualquier expulsión de su zona de confort. Debe consistir en captar la realidad, en aprehender lo nuevo. Se da en un marco ya conocido, que ha sido analizado, pero lo modifica. El verdadero “marxismo” consiste en aprender de los hechos, no en dar sermones a partir de los hechos. Por tanto, conduce al enriquecimiento, no a la repetición. Porque la repetición acaba inevitablemente convirtiéndose en… contrarrevolución.

El 24 de febrero de 2022 marcó el comienzo de un nuevo período de guerras, revoluciones y guerra-revoluciones. El 7 de octubre de 2023 fue aprovechado por los partidarios de la repetición para intentar que todo volviera a su antiguo mundo campista, mientras que en él también se inscribía la novedad. Del 28 de noviembre de 2024 (día de la liberación de Alepo) al 8 de diciembre (huida de Assad), se regresa nuevamente al período marcado mientras tanto por otro gran acontecimiento contrarrevolucionario: el 5 de noviembre de 2024, segunda elección de Trump.

Es notable ver hasta qué punto la irrupción siria choca con todos los patrones que, en consecuencia, la resisten con toda su energía –y esta energía es también parte de la realidad donde se determina el equilibrio de poder: nuestra comprensión de Siria es un elemento del equilibrio de poder global.

De ahora en adelante, contra el orden imperialista multipolar de Trump, Putin y Netanyahu que nos están llevando a la destrucción climática, económica y militar, los internacionalistas consecuentes tienen dos puntos centrales de anclaje y referencia (no los únicos, por supuesto, pero sí los más poderosos): Ucrania y Siria. Toda la cuestión palestina en particular sólo puede replantearse en términos de Siria.

Este texto sólo pretende comenzar a integrar esta nueva dimensión, el primer deber de todo revolucionario en el mundo real.

Traducido del francés por Santiago Arcos-Halyburton

Vincent Présumey: es secretario sindical de la región de Allier, activista y blogger.

Do you remember revolution?

por Lucio Castellano, Arrigo Cavallina, Giustino Cortiana, Mario Dalmaviva, Luciano Ferrari Bravo. Chicco Funaro, Antonio Negri, Paolo Pozzi, Franco Tommei. Emilio Vesce, Paolo Virno.

[Propuesta de lectura histórico-política para el movimiento de los años Setenta: Estas páginas, escritas por 11 detenidos del 7 de abril en Rebibbia, no son un documento para la defensa. Son un trazado de identidad y una propuesta de interpretación de lo que era la Autonomía en la realidad política y social de la Italia de los años 70’s. Es necesario iniciar una discusión, que nosotros ya hemos iniciado.

De ahora en adelante nos gustaría decir dos cosas. La primera es que este escrito es un acto de lealtad; los acusados ​​del 7 de abril no se presentan como víctimas y mucho menos como arrepentidos, aunque se pregunten por una derrota; a pesar de saber que esto no les granjeará la benevolencia de una opinión que hoy rechaza toda memoria (de ahí el título irónico y autocrítico que eligieron). La segunda es que todo lo relacionado con este documento suyo, nos parece, se puede discutir, e incluso radicalmente, pero con honestidad, reubicando las palabras y su significado en el contexto de los años a los que se refieren («violencia «Será la prueba del buen teórico). Después de eso, también puedes estar en desacuerdo con todo. El manifiesto está abierto a cualquier aportación que tenga este espíritu. (rr)]1

 

Mirando hacia atrás, reexaminando una vez más los años setenta con memoria y razón, estamos seguros de al menos una cosa: que la historia del movimiento revolucionario, de la oposición extraparlamentaria primero y de la autonomía después, no ha sido distorsionada por los marginados o los excéntricos, crónica de alucinaciones sectarias, sucesos de catacumbas o furia del ghetto. Creemos realista afirmar, por otra parte, que esta historia ¾parte de la cual se ha convertido en un «asunto procesal» está indisolublemente entrelazada con la historia general del país, con los pasajes y cesuras cruciales que la marcaron.

Manteniendo firme este punto de vista (de por sí banal, pero, en estos tiempos, temerario e incluso provocador), planteamos un bloque de hipótesis histórico-políticas sobre la última década, que van más allá de las preocupaciones de la defensa judicial inmediata. Las consideraciones que siguen, a menudo en forma de simple exposición de problemas, no están dirigidas a los jueces, que hasta ahora sólo se han interesado por la mercancía de los «arrepentidos», sino a todos aquellos que han luchado en los últimos años: a los camaradas del 68, a los del 77, a los intelectuales que «disienten» (¿es eso lo que dicen ahora?) juzgando racional la revuelta. Para que ellos a su vez intervengan, rompiendo el círculo vicioso de represión y nuevo conformismo.

Creemos que ha llegado el momento de volver a afrontar la verdad histórica de los años setenta. Contra el arrepentido, la verdad. Después y contra los arrepentidos, un juicio político. Una asunción global de responsabilidad es hoy posible y necesaria: es uno de los pasos funcionales hacia la plena afirmación del «post-terrorismo» como dimensión específica de la confrontación entre nuevos movimientos e instituciones.

Es obvio que no tenemos nada que ver con el terrorismo; que hemos sido «subversivos» lo es igualmente. Nuestro juicio se desarrolla entre estas dos «cosas obvias». Nada se da por sentado, el deseo de los jueces de uniformar la subversión y el terrorismo es conocido, es intenso: llevaremos la batalla defensiva con los medios técnico-políticos adecuados. Pero la reconstrucción histórica de los años 1970 no puede desarrollarse cómodamente sólo en la sala del Foro Itálico: debe abrirse un debate franco y amplio, en paralelo al juicio, entre los sujetos reales que fueron protagonistas de la «gran transformación». Éste es, entre otras cosas o sobre todo, un requisito indispensable para hablar en términos adecuados de las tensiones que impregnan nuestros años 80.

1– La característica específica del 68 italiano es la mezcla entre fenómenos sociales innovadores y disruptivos ¾en muchos sentidos típicos de la industrialización madura¾ y el paradigma clásico de la revolución política comunista.

La crítica radical del trabajo asalariado fue la fuerza impulsora central detrás de las luchas de masas, la matriz de un antagonismo fuerte y duradero, el contenido material de toda la esperanza futura que el movimiento representa. Esto dio sustancia al desafío masivo dirigido contra roles y jerarquías; hacia lucha por la igualdad salarial, por los ingresos separado de la productividad; al ataque sobre la organización del conocimiento social; a las exigencias cualitativas por cambios en la estructura de vida cotidiana ¾en una palabra, al esfuerzo general por lograr objetivos concretos, formas de libertad.

En otros países del Occidente capitalista (Alemania, EE.UU.), estas mismas fuerzas transformadoras se habían desarrollado como un cambio molecular en las relaciones sociales, sin plantear directa e inmediatamente el problema del poder político, de una gestión alternativa del Estado.

En Francia e Italia, debido a las rigideces institucionales y a la forma muy simplificada de regular los conflictos, el tema del poder, de su «toma», se vuelve inmediatamente preeminente.

En Italia, especialmente, a pesar de que en muchos aspectos el año 1968 marcó una aguda discontinuidad con la tradición «laborista» y estatista del movimiento obrero histórico, el modelo político comunista fue injertado de manera vital en el cuerpo de los nuevos movimientos. La extrema polarización del conflicto de clases y la pobreza de un tejido de mediación política (por un lado, las comisiones internas, por otro, antes del nacimiento de las autoridades locales, un Estado de Bienestar aún hipercentralista) favorecen un entrelazamiento efectivo entre las peticiones de mayores ingresos y mayor libertad y el objetivo leninista de » destruir la máquina estatal».

2– Entre el 68 y principios de los 70, el problema de encontrar una salida política y un resultado para las luchas estuvo en la agenda de toda la izquierda, tanto la «vieja» como la «nueva».

Tanto el PCI como los sindicatos, así como los grupos extraparlamentarios, aspiraban a un cambio drástico en el equilibrio del poder, que completaría y estabilizaría el cambio en las relaciones de fuerza que ya se había producido en las fábricas, en la industria y en el mercado del trabajo. Hubo una larga y atormentada batalla por la hegemonía dentro de la izquierda en relación a la naturaleza y la calidad de esta solución política (comúnmente considerada necesaria y decisiva).

Los grupos revolucionarios, mayoritarios en escuelas y universidades, pero arraigados también en las fábricas y en los servicios, tenían muy claro que el reciente impulso de transformación había coincidido con una deslumbrante ruptura del anterior marco de legalidad, y pensaba insistir en ese camino, impidiendo una recuperación institucional de los márgenes de mando y de beneficio. La extensión de las luchas al interior de todo el territorio metropolitano y la construcción de formas de contrapoder eran consideradas necesarias para contrarrestar el chantaje de la crisis económica. PCI y sindicato, en cambio, veían en el desmoronamiento de la centro-izquierda y en las “reformas de estructura” el resultado moral del 68. Un nuevo “marco de compatibilidades” y una red de mediación institucional más compleja y articulada hubieran debido garantizar una especie de protagonismo obrero en el relanzamiento del desarrollo económico.

Si la polémica más áspera se ha planteado entre organizaciones extraparlamentarias e izquierda histórica, no es menos cierto que la lucha ideal para cualificar el resultado del movimiento ha atravesado, también, horizontalmente estas dos formaciones. Basta con recordar aquí, a título de ejemplo, la crítica formulada por Amendola a la Federación Unitaria de Metalúrgicos (F.L.M.) de Turín, y, en general, al “sindicato del movimiento». O bien las diversas interpelaciones que daban los componentes del sindicato unitario del naciente fenómeno de los «consejos de zona». Del mismo modo, en la otra vertiente, basta con citar la diferencia entre el filón “obrerista” y el marxista-leninista. Así y todo, la división de las orientaciones se producía, como ya se ha dicho, en torno a un único, esencial problema: la traducción en términos de poder político de la conmoción que se produjo en las relaciones sociales a partir del 68.

3– Al principio de los años 70, los grupos extraparlamentarios plantearon el problema del empleo de la fuerza, de la violencia, en absoluta coherencia con la tradición comunista revolucionaria: o sea, considerándola uno de los instrumentos necesarios para incidir en el terreno del poder.

No hay ahí fetichismo alguno de la violencia como medio, sino por el contrario su estrecha subordinación al avance del enfrentamiento de masas; y al mismo tiempo, aceptación plena de su pertinencia. Respecto al tejido mismo de la conflictividad social, la cuestión del poder político ofrecía una indudable discontinuidad, un carácter no lineal, especifico. Después de Avola, de Corso Traiano, de Battipaglia, “el monopolio estatal de la fuerza” aparecía un obstáculo ineludible con el que confrontarse sistemáticamente.

Desde un punto de vista programático, entonces, la ruptura violenta de la legalidad se concibe en términos ofensivos, como manifestación de un contrapoder: consignas como “tomarse la ciudad” o “insurrección” sintetizaban esta perspectiva, considerada inevitable, pero no inmediata.

Desde un punto de vista concreto, en cambio, la organización sobre el plano de la ilegalidad es una cosa muy modesta, con una finalidad exclusivamente defensiva y contingente: defensa del piquete, de las ocupaciones de casas, de la manifestación, medidas de prevención y de seguridad ante un eventual ataque de la derecha (que, desde el atentado de Piazza Fontana, no se podía excluir).

En definitiva: una teoría de ataque, de ruptura, correspondiente a la fusión de un nuevo sujeto político, el del 68, con la cultura comunista, y por otra parte realizaciones prácticas minimalistas. Sin embargo, es claro que, tras el “bienio rojo” 68-69, para miles y miles de militantes, incluidos los cuadros de base del sindicato, fuese absolutamente un hecho de sentido común el organizarse en el terreno de la “ilegalidad”, así como debatir públicamente tiempo y modo del choque con las estructuras represivas del Estado.

4– En aquellos años, el rol de las primeras organizaciones clandestinas (GAP [Grupos de Acción Partisana-Ejército Popular de Liberación], BR [Brigadas Rojas]) es absolutamente marginal y ajeno a la temática del movimiento.

La clandestinidad, la evocación obsesiva de la tradición partisana, la referencia al obrero profesional, no tienen nada que ver con la organización de la violencia por parte de las vanguardias de clase y de los grupos revolucionarios.

El GAP, remitiéndose al antifascismo de la resistencia y a la tradición comunista de la “doble vía” de los años 50’s, propugnaba la adopción de medidas preventivas ante un golpe que se daba por inminente. Las BR formadas por la confluencia de los marxistas-leninistas de Trento, con los ex PCI de las bases milanesas y de los ex FGCI [Federazione Giovanile Comunista Italiana] de la Reggio Emilia  buscaron, durante toda la primera fase, simpatía y contacto en la base comunista, no en el movimiento revolucionario. Antifascismo y “lucha armada por las reformas” caracterizaban su accionar.

Paradojalmente, la propia aceptación de una perspectiva de lucha, incluso, ilegal y violenta por parte de la vanguardia comunista del movimiento, volvía absoluta e insuperable la distancia respecto a la clandestinidad y a la “lucha armada” como opción estratégica. Los esporádicos contactos que hubo entre “grupos” y las primeras organizaciones armadas, no solo no atenuaron, sino que, muy por el contrario, acentuaron, exponencialmente, lo irreconciliable de la cultura y línea política de ambos bandos.

5– En el ’73-’74, el trasfondo político global en el que durante años había crecido el movimiento estalla. En un breve arco de tiempo se producen múltiples rupturas de las continuidades existentes, mutando perspectivas y comportamientos, se alteran las propias condiciones del conflicto social. Este brusco viraje se explica en base a numerosas causas concomitantes e interdependientes. La primera está constituida por el juicio del PCI sobre el cierre de espacios a nivel internacional, con la consiguiente urgencia de encontrar una “salida política” inmediata en base a las condiciones existentes.

Ello conlleva una fractura, destinada a ampliarse, en el interior de ese medio político-social compuesto, pero hasta entonces sustancialmente unitario, que había buscado, tras el 68, un aterrizaje en el terreno del poder que reflejase la radicalidad de las luchas y de sus contenidos transformadores. Una parte de la izquierda (PCI y sindicatos confederados) empieza a aproximarse al terreno gubernamental, en contra de amplios sectores del movimiento.

La oposición extraparlamentaria se ve obligada a volver a definirse sobre el “compromiso” perseguido por el PCI. Y esta redefinición significa crisis, y progresiva pérdida de identidad. En efecto, la lucha por la hegemonía en la izquierda, que en cierta medida había justificado la existencia de los “grupos”, parece ahora resolverse mediante una decisión unilateral, que rompe, separa las perspectivas, pone fin a la dialéctica.

De ahora en adelante el tema de la “salida política”, de la gestión alternativa del Estado, se identifica con la moderación de la política del PCI. Las organizaciones extraparlamentarias, aún decididas a moverse en ese territorio, sólo pueden tratar de perseguir y condicionar la trayectoria del “compromiso”, constituyendo su “versión extremista” (recuérdese la presentación de listas “revolucionarias” a las elecciones administrativas de 1975, y a las legislativas de 1976). Otros grupos, en cambio, comprueban los límites de su experiencia, y antes o después caminan hacia su disolución.

6.- En segundo lugar, con los contratos del 72-73, la figura central de las luchas en las fábricas, el obrero de la cadena de montaje, el obrero-masa, pierde su papel ofensivo y unificado. Comienza la restructuración de la gran empresa.

El uso de indemnizaciones por despido y la primera renovación parcial de las tecnologías cambiaron fundamentalmente la estructura de producción, mitigando la intensidad de las formas de lucha anteriores, incluidas las huelgas. Los “grupos hegemónicos” y su poder sobre la organización del trabajo se ven desplazados por la reestructuración de la maquinaria y de la jornada laboral. La representatividad de los consejos de fábrica, y por tanto, la dialéctica entre “derecha” e “izquierda” que existía en su interior, se encoge rápidamente.

El poder del obrero de línea no se debilita por la presión de un “ejército industrial de reserva” tan tradicional como fantasmático, o sea, por la competencia de los parados. El punto es que la reconversión industrial privilegia inversiones en sectores ajenos a la producción de masa, convirtiendo así en centrales, de relativamente marginales, a otros segmentos de fuerza trabajo (mujeres, jóvenes, y diplomados), con menor historia organizativa a sus espaldas. Ahora el terreno de enfrentamiento concierne siempre más a los equilibrios globales del mercado de trabajo, el gasto público, la reproducción del proletariado y la juventud, la distribución de cuotas de renta independientes de la prestación laboral.

7– En tercer lugar, se produce un cambio interior en la subjetividad del movimiento, de su “cultura”, de su horizonte proyectual. En resumen: se consuma una ruptura con la tradición interna del movimiento obrero, con la idea de la “toma del poder”, con el objetivo canónico de la “dictadura del proletariado”, con los últimos destellos del “socialismo real”, con toda vocación de gestión.

Lo que ya chirriaba en el matrimonio sesentayochista entre contenidos innovadores del movimiento y modelo de la revolución política comunista, se convierte ahora en abismo total. El poder es visto como una realidad ajena y hostil, de la que hay que defenderse, pero a la que no se puede conquistar o derribar, sino sólo reducir, mantener alejada. El punto crucial está en la afirmación de sí mismo como sociedad alternativa, como riqueza de comunicación, de libre capacidad productiva, de formas de vida. Conquistar y gestionar “espacios” propios: ésta es la práctica dominante de los sujetos sociales para los que el trabajo asalariado ha dejado de ser punto y simple “episodio”, contingencia, disvalor.

El movimiento feminista, con su práctica de comunidad, y su separación del resto de la sociedad, con su crítica de la política y de los poderes, con su áspera desconfianza hacia toda representación institucional y “general” de necesidades y deseos, con su amor por la diferencia, es emblemático de la nueva fase. En él se inspirará más o menos explícitamente la trayectoria del proletariado juvenil a mediados de los años 70.

El propio referéndum sobre el divorcio es un indicio de gran significado de la tendencia a la “autonomía de lo social”. Imposible seguir hablando del “álbum de familia”, ni siquiera de una familia mal avenida. La nueva subjetividad de masa es ajena al movimiento obrero: lenguajes y objetivos han dejado de comunicarse. La propia categoría de “extremismo” no explica ya nada, todo lo contrario, confunde y enturbia. Se puede ser “extremista” sólo en relación con algo semejante: pero es precisamente esa “semejanza” la que va desapareciendo rápidamente. Quien busca continuidad, quien aprecia el “álbum”, sólo puede dirigirse al universo separado de las “organizaciones combatientes” marxistas-leninistas.

8.- Los tres aspectos del giro que se dio entre 1973 y 1975, pero en particular el último, concurren en el nacimiento de la “Autonomía Obrera”.

La Autonomía se forma contra el proyecto del “Compromiso”, en respuesta al fracaso de los grupos, más allá del obrerismo, mediante una interacción conflictual permanente con la reestructuración productiva. Pero sobre todo expresa la nueva subjetividad, la riqueza de sus diferencias, su distanciamiento de la política formal y de los mecanismos de representación. No ya “salida política”, sino potencia articulada y concreta de lo social.

En ese sentido, el localismo es una característica definitoria de la experiencia autónoma. La profunda distancia de la perspectiva de una posible gestión alternativa del Estado, excluye una centralización del movimiento. Cada corriente regional de la Autonomía reproduce las particularidades concretas de la composición de clase, sin sentir esto como una limitación, sino más bien como una razón de ser. Es literalmente imposible, por tanto, trazar una historia unitaria de la Autonomía romana o milanesa, la del veneto o la meridional.

9– De 1974 a 1976 se intensifica y difunde la práctica de la ilegalidad y de la violencia. Pero esta dimensión del antagonismo, desconocida en el período precedente, carece de toda finalidad global antiestatal, no prefigura ninguna “ruptura revolucionaria”. Éste es el aspecto esencial. En las metrópolis la violencia aumenta, en función de una satisfacción inmediata de necesidades, de la conquista de “espacios” que gestionar con total independencia, y como respuesta a las reducciones de los gastos públicos.

En 1974 la “autorreducción” de las tarifas del trasporte, organizada en Turín por el sindicato, vuelve a lanzar de modo clamoroso la “ilegalidad de masas” ya experimentada antes, sobre todo en el campo de los alquileres. Casi en todas partes, y en relación con todo el abanico de los gastos sociales, se pone en práctica esta particular forma de garantía de la renta. Si el sindicato había considerado la autorreducción como un gesto simbólico, el movimiento la convierte en un camino material generalizado.

Pero más aún que la autorreducción, es la ocupación de casas en San Basilio, en octubre de 1974, lo que señala un punto de inflexión, al presentar un alto grado de “militarización” espontánea, de defensa de masas en respuesta a la sanguinaria agresión policial. La otra etapa decisiva para el movimiento es la de las grandes manifestaciones de la primavera de 1975 en Milán, tras el asesinato de Varalli y Zibecchi a manos de fascistas y carabineros. Los durísimos enfrentamientos en la calle son el punto de partida de una secuencia de luchas que atacan las medidas económicas de la austeridad, la que ya se empieza a llamar “política de los sacrificios”. A lo largo de todo el 75 y 76 se conforma el tránsito -en muchos aspectos “clásico” en la historia del welfare- de la autorreducción a un comportamiento de apropiación: de un comportamiento defensivo en relación con los continuos aumentos de los precios, a una práctica ofensiva de satisfacción colectiva de las necesidades, tendente a subvertir los mecanismos de la crisis.

La apropiación -cuyo máximo ejemplo a nivel internacional fue la noche del black-out neoyorkino- alcanza todos los aspectos de la existencia metropolitana: es “gasto político”, ocupación de locales para actividades asociativas libres, es el “tranquilo hábito” del proletariado juvenil de no pagar la entrada en el cine o en los conciertos, es el rechazo de las horas extraordinarias, y la dilatación de las pausas en la fábrica. Pero es sobre todo apropiación del “tiempo de vida”, la liberación del mando de la fábrica, la búsqueda de comunidad.

10- A mediados de los 70 se perfilan dos tendencias distintas en la reproducción ampliada de la violencia. Esquematizando, con una satisfactoria aproximación, se pueden distinguir dos génesis diferentes del impulso hacia la militarización del movimiento. La primera es la resistencia a ultranza frente a la restructuración productiva en las grandes y medianas empresas

10– A mediados de los 70 se perfilan dos tendencias distintas en la reproducción ampliada de la violencia. Esquematizando con una satisfactoria aproximación, se pueden distinguir dos génesis diferentes del impulso hacia la militarización del movimiento. La primera es la resistencia a ultranza frente a la restructuración productiva en las grandes y medianas empresas.

Sus protagonistas son muchos cuadros obreros formados políticamente entre el 68 y el 73, decididos a defender a toda costa las bases materiales de su fuerza contractual. La reconstrucción es vivida como catástrofe política. Sobre todo los militantes de fábrica que se habían comprometido más a fondo con la experiencia de los consejos, tienden a identificar restructuración con derrota, encontrando confirmación a su postura en las repetidas concesiones sindicales en el tema de las condiciones de trabajo. La sustancia de su postura estaba en dejar la fábrica como era, para preservar así una relación de fuerza favorable. Entre este núcleo de problemas, y entre las filas de este personal político-sindical, las Brigadas Rojas, del 74 al 75 y en adelante, despiertan simpatías y alcanzan cierto nivel de implantación

11– La otra corriente ilegal -en muchos aspectos diametralmente opuesta a la primera- está formada por los sujetos sociales que son el resultado de la restructuración, de la descentralización productiva, de la movilidad. La violencia se genera aquí por la ausencia de garantías, por las formas fragmentadas y precarias de conseguir la renta salarial, por el choque inmediato con la dimensión social, territorial, global del mando capitalista.

La figura proletaria que emerge de la restructuración choca violentamente con la organización urbana, con la administración de los flujos de beneficios, y se bate por el autogobierno de la jornada laboral. Este segundo tipo de ilegalidad, que a grosso modo puede conectarse con la experiencia autónoma, no posee nunca el carácter de un proyecto orgánico, y se distingue por la total coincidencia entre la forma de lucha y la consecución del objetivo. Esto conlleva a la ausencia de “estructuras” o “funciones” separadas, específicas, predispuestas al empleo de la fuerza.

A menos que se quiera aceptar el “pasolinismo” como categoría suprema de comprensión sociológica, resulta inevitable resaltar que la violencia difusa del movimiento de aquellos años era un instrumento necesario de autoidentificación y de afirmación de un nuevo y poderoso sujeto productivo, nacido del declinar de la centralidad de la fábrica, y sometido a las fuertes presiones de la crisis económica.

12– El movimiento del 77 expresa, en sus connotaciones esenciales, una nueva composición de clase, y no fenómenos de marginación.

La “segunda sociedad” es, o va camino de serlo, la “primera” en cuanto a capacidad productiva, inteligencia técnico-científica, riqueza de cooperación. Los nuevos sujetos de las luchas reflejan, o anticipan, la identificación creciente entre proceso de trabajo material y actividad comunicativa, en breve, la realidad de la fábrica informatizada y del terciario avanzado. El movimiento es fuerza productiva rica, independiente, conflictual. La crítica del trabajo asalariado muestra ahora una vertiente positiva, creativa, bajo la forma del “autoempleo”, y de gestión parcial desde la base de los mecanismos del welfare. La “segunda sociedad”, que ocupa el escenario en 1977, es “asimétrica” en relación con el poder estatal: no busca oposición frontal, sino elusión, es decir, en concreto, busca espacios de libertad y de renta donde consolidarse y crecer. Esta “asimetría” era un dato inestimable, que testimoniaba la consistencia del proceso social en marcha. Pero necesitaba tiempo. Tiempo y mediación. Tiempo y negociación.

13– En cambio, la operación restauradora del Compromiso histórico niega al movimiento tiempo y espacios, al volver a proponer un antagonismo simétrico en relación con el Estado.

El movimiento se ve sometido a un espantoso proceso de aceleración, que bloquea su potencial articulación, y lo deja sin márgenes de mediación. Contrariamente a lo que ocurre en otros países europeos, y en especial en Alemania, donde la operación represiva se acompaña de formas de negociación con los movimientos, y no incide en su reproducción, el compromiso histórico procede con un largo mazo, negando legitimidad a todo lo que escapa y se opone a la nueva reglamentación corporativa del conflicto. La intención represiva posee en Italia tal generalidad, que se resuelve directamente contra los impulsos sociales espontáneos.

Sucede entonces que la adopción sistemática de medidas político-militares por parte del Gobierno reintroduce de modo “exógeno” la necesidad de la lucha política general, a menudo como pura y simple “lucha por la supervivencia”, mientras que margina y condena al ghetto a las prácticas emancipadoras del movimiento, así como a su densa positividad en el terreno de la calidad de vida y de la satisfacción directa de las necesidades.

14– – La Autonomía organizada se encuentra atenazada entre el ghetto y el enfrentamiento inmediato con el Estado. Su “esquizofrenia” y después su derrota nacen de su intento de escapar a esta tenaza, manteniendo una relación entre riqueza y articulación social del movimiento, por una parte, y las necesidades propias del enfrentamiento antiestatal por otra.

Esta tentativa resulta, al cabo de pocos meses, del todo imposible y fracasa en ambos frentes. La “aceleración” sin precedentes del 77 lleva a la Autonomía organizada a perder lentamente los contactos con estos sujetos que, sustrayéndose de la lucha política tradicional, recorren senderos diversificados ¾unas veces individuales, otras incluso de cogestión ¾ para trabajar menos, vivir mejor, producir libremente. Por otra parte, la propia “aceleración” lleva a la Autonomía a cortar todo contacto con aquellas pulsiones militaristas que estaban presentes en el movimiento, y en la propia Autonomía, y que se convierten, en poco tiempo, en tendencia separada hacia la formación de bandas armadas.

La tenaza, en lugar de abrirse, se cierra aún más. La forma organizativa de la Autonomía, su discurso político sobre el poder, su concepción de la política, son duramente cuestionadas tanto por el ghetto como por las formaciones “militaristas”.

Hay que añadir, sin embargo, que la autonomía también paga todas las debilidades de su propio modelo político-cultural, centrado en el crecimiento lineal del movimiento, en su continua expansión y radicalización. Es un modelo en el que lo viejo y lo nuevo se entrelazan: el «viejo» extremismo anti institucional y las nuevas necesidades emancipadoras. La separación y la «otredad» que distinguen a los nuevos sujetos y sus luchas son a menudo interpretadas por la autonomía como una negación de cualquier mediación política, más que como un apoyo a ella. El antagonismo inmediato contrasta con cada interlocución, con cada «negociación», con cada «uso» de las instituciones.

15– Al finalizar el 77 y a lo largo de todo el 78 se multiplican las formaciones organizadas que operan en un terreno específicamente militar, mientras se acentúa la crisis en la Autonomía organizada.

Para muchos la ecuación: “lucha política = lucha armada”, aparece como la última respuesta realista al cepo que el Compromiso histórico ha cerrado en torno al movimiento. En una primera fase ¾según un esquema repetido innumerables veces ¾ grupos de militantes al interno del movimiento realizan el así llamado “salto” de la violencia endémica a la lucha armada, aun concibiendo esta elección y sus pesadas obligaciones, como “articulación” de las luchas, como creación de una especie de “estructura de servicios”. Pero una forma de organización destinada específicamente a la acción armada se revela estructuralmente inadecuada a las prácticas del movimiento, y no puede dejar de separarse de él en un tiempo más o menos breve.

Ocurre entonces que las numerosas siglas de “organizaciones combatientes” nacidas entre el 77 y 78, terminan por imitar el modelo, al principio combatido, de las Brigadas Rojas, o incluso por entrar en ellas. Los guerrilleros históricos, las BR, precisamente como detentadores de una “guerra contra el Estado” completamente aislada de la dinámica del movimiento, acaban por ampliarse de forma “parasitaria” a costa de las derrotas de la lucha de masas.

En particular en Roma, a finales del 77, las BR reclutan de forma masiva entre las filas de un movimiento en crisis. La Autonomía, a lo largo de ese año, había constatado sus propias graves limitaciones, oponiendo al militarismo de Estado una radicalización iterativa del enfrentamiento en la calle, que no le permitía consolidarse, sino más bien dispersaba la potencialidad del movimiento. El acentuarse de la represión y los errores cometidos por la Autonomía en Roma y en alguna que otra ciudad han allanado el camino a las B.R. Esta última organización, que había criticado violentamente las luchas del 77, se encuentra, paradójicamente, recogiendo sus frutos más visibles en términos de reforzamiento organizativo. La represión y los errores de la autonomía en Roma y en algunas otras ciudades allanaron el camino a las BR. Esta última organización, que había criticado duramente las luchas del 77, se encontró, paradojalmente, cosechando conspicuos frutos, en términos de fortalecimiento organizativo.

16– La derrota del movimiento de 1977 comienza con el secuestro y asesinato de Aldo Moro.

Las BR, de manera análoga, aunque trágicamente paródica de lo que había hecho la izquierda histórica a mediados de los años 70, persiguen una “salida política” propia, separada y a expensas del antagonismo social.

La “cultura” de las BR con sus tribunales, cárceles, prisioneros, procesos ¾ y su práctica de “fracción armada” en la autonomía de lo político, se empleaban tanto en contra de los nuevos sujetos del conflicto, como contra el aparato institucional.

Con la “operación Moro” la unidad del movimiento se quiebra de manera definitiva, y comienza una fase de crepúsculo y de deriva, caracterizada por la lucha frontal de la Autonomía contra el brigadismo, pero también por la regresión de la lucha política de amplios sectores proletarios y juveniles. . La «emergencia», que el Estado y el PCI enarbolan con bombos y platillos, golpea en la oscuridad y, de hecho, elige lo que ha surgido y es público y «subversivo» como cabeza de turco sobre la que ejercer su destructividad en primera instancia. La autonomía se ve así sometida a un ataque violentísimo que pretende, en primer lugar, crear tierra arrasada en las grandes fábricas del norte. Y así los “colectivos autónomos” de fábrica son en seguida acusados de probable filo terrorismo por parte del sindicato y del PCI, y convertidos en sospechosos, denunciados, fichados. Y cuando, precisamente en los días del secuestro de Moro, la Autonomía lanza la lucha contra el restablecimiento del sábado como día laboral en Alfa Romeo, la respuesta de la izquierda histórica es una respuesta “antiterrorista”, militar, demonizante. Comienza así el proceso de expulsión de la fábrica de la nueva generación de vanguardia de las luchas ¾proceso que culminará con el despido de 61 obreros de la FIAT en otoño de 1979.

17–Después de Moro, en el escenario desolado de una sociedad civil militarizada, Estado y BR se enfrentan con lógica especular.

Las BR recorren rápidamente esa parábola irreversible que conduce a la lucha armada a convertirse en “terrorismo” en su auténtico sentido: comienzan las campañas de aniquilamiento. Carabineros, jueces, magistrados, dirigentes de empresa, sindicalistas son asesinados ya únicamente por la “función” que ocupaban, como explicaron más adelante los “arrepentidos”. Los “peinados” policiales sistemáticos contra la Autonomía, en el 79, han eliminado el único tejido colectivo político del movimiento con capacidad de combatir con eficacia la lógica terrorista. Así, entre 1979 y 1981, las BR pueden por vez primera reclutar militantes no sólo entre las “organizaciones combatientes” menores, sino directamente entre jóvenes y adolescentes, apenas politizados, cuyo descontento y rabia carecen ya de toda mediación política y programática.

18– Los “arrepentidos”, como fenómeno de masa, son la otra cara el terrorismo, igualmente militarizada, igualmente horrible.

El “arrepentidismo” es la variante extrema del terrorismo, su pavloviano “reflejo condicionado”, el testimonio último de su total extrañeza y abstracción con respecto al tejido del movimiento. La incompatibilidad entre el nuevo sujeto social y la lucha armada se manifiesta de manera distorsionada y terrible en las confesiones pactadas de los arrepentidos.

El “arrepentidismo” es “lógica de aniquilamiento” judicial, venganza indiscriminada, celebración de la ausencia de memoria histórica, precisamente cuando, de manera perversa y manipulada, se pone en funcionamiento una “memoria individual”. Los “arrepentidos” mienten incluso cuando dicen la “verdad”, unificando lo que está dividido, eliminando las motivaciones y el contexto, evocando los efectos sin las causas, estableciendo presuntos nexos, interpretando la realidad con las lentes de los diversos “teoremas”.

El “arrepentidismo” es terrorismo introyectado en las instituciones. No hay post-terrorismo sin una superación paralela de la cultura del arrepentimiento.

19– La derrota seca y definitiva de las organizaciones políticas de movimiento, a finales de los 70, no ha coincidido ni de forma parcial con una derrota del nuevo sujeto político y productivo, que en el 77 había realizado su “ensayo general”.

Este sujeto político ha realizado una larga marcha en los lugares de trabajo, en la organización del saber social, en la “economía alternativa”, en las instancias locales, en el aparato administrativo. Se ha propagado a ras de tierra, rehuyendo el enfrentamiento político directo, maniobrando entre ghetto y negociación, entre separación y cogestión. Aunque comprimido y obligado a menudo a la pasividad, constituye, hoy más que ayer, el nudo no resuelto de la crisis italiana.

La reorganización de la jornada laboral, la presión sobre el gasto público, las cuestiones de la defensa del ambiente y la elección de tecnologías, la crisis del sistema de partidos y el problema de un nuevo pacto constitucional: detrás de todo esto, y no sólo en los pliegues del Informe Censis, vive intacta la densidad de un sujeto de masa con sus exigencias de salario, de libertad, de paz.

20– Tras el Compromiso histórico y después del terrorismo, otra vez se trata, exactamente como en 1977, de abrir espacios de mediación, que permitan a los movimientos expresarse y crecer.

Lucha y mediación política. Lucha y negociación con las instituciones. Esta perspectiva ¾aquí como en Alemania ¾ se hace posible y necesaria no por la timidez y el atraso del conflicto social sino, por el contrario, por la extrema madurez de sus contenidos.

Contra el militarismo estatal, y contra toda nueva propuesta de “lucha armada” (de la que no existe una versión “buena”, alternativa a la ideología de la Tercera Internacional de las BR, ya que resulta, como tal, inadecuada y hostil a los nuevos movimientos), es necesario retomar y desarrollar la línea del 77. Una potencia productiva, colectiva e individual, que se sitúa en contra y más allá del trabajo asalariado, y con la que el Estado debe medirse también en términos administrativos y econométricos, debe ser capaz de ser al mismo tiempo autónoma, antagonista y capaz de mediaciones.

Prision de Rebibbia, Rome

Traducción del italiano de Santiago Arcos-Halyburton

Notas

1.- Nota de los redactores de https://archivioautonomia.it/