¿Puede la poesía salvar el mundo? // Entrevista con Franco Berardi (Bifo)

En este momento no estás leyendo mis palabras. Lo que estás leyendo son líneas sobre líneas de código. El código está en tu automóvil, en tu televisor y en las fotos que tomas. Está inscrito en los termostatos, en los sistemas de seguridad penitenciarios y en las transacciones de Wall Street. En un nivel básico, código es lenguaje. Pero para el filósofo italiano Franco ‘Bifo’ Berardi, no es tan simple como eso. Para Berardi, código y lenguaje tienen una relación muy específica: “El código”, Berardi escribe en Breathing: Chaos & Poetry, “es el lenguaje en deuda”.

Para entender lo que quiere decir Berardi sólo necesitamos ver cómo funcionan los códigos. El código, señala Berardi, es “la imposición de un límite performativo y productivo”. El código es la conexión de acordes sintácticos predefinidas. En su funcionamiento, crea nuevas limitaciones, definiendo qué entradas (inputs) están permitidas y qué salidas (outputs) generan estas entradas.

La poesía, por otro lado, tiene un poder transformador: “reabre lo indefinido”. En lugar de una funcionalidad simple, la poesía crea nuevos errores, provocando contradicciones deslumbrantes, ilustrativas e inquietantes, que expanden lo que significa ser humano. Mientras que el código opera con una lógica de intercambio directo (por ejemplo, la secuencia <i> en HTML se intercambia directamente con una fuente en cursiva), la poesía “es el lenguaje de la no-intercambiabilidad”.

Pero lo que nos jugamos es algo más grande que el código y el lenguaje. Para Berardi, lo que está en juego es nada menos que la respiración continua de la humanidad, que él ve sofocada por el capitalismo financiero: los pueblos y gobiernos del mundo se muestran incapaces de combatir un sistema que está en todas partes y en ninguna parte a la vez. La poesía, sugiere, es la única respuesta.

Tal vez todo esto suene un poco esotérico. Después de todo, ¿qué tiene que ver la poesía con las finanzas? En su libro de 2011, La sublevación(The Uprising) Berardi señalaba que las finanzas ya se han sido afectadas por la poesía. El término “desregulación”, un fetiche para los fanáticos de la economía del libre mercado, fue acuñado por primera vez por Arthur Rimbaud, cuyo “dérèglement des sens et des mots”, fue una invocación a la “desregulación de los sentidos y las palabras”. Es el mismo impulso, sugiere Berardi, que está detrás del funcionamiento de las finanzas. En un sentido extraño, sin Rimbaud no habría un Paul Ryan.

Antes de ser un filósofo reconocido, Berardi fue uno de los pioneros de la radio pirata, fundador de la estación Radio Alice, que a partir de mediados de los años 70 operaba con un ex transmisor militar robado. Después de esa década, se mudó a Nueva York a cubrir el movimiento post-punk para una revista de música italiana. Más recientemente, su trabajo se ha centrado en las finanzas y la tecnología, así como en los fenómenos de los tiroteos masivos, “suicidios por la policía” y el trumpismo.

El día que hablamos, niños de todo el mundo marcharon para protestar contra la inacción para detener el cambio climático. Aunque no estaba planeado, fue un telón de fondo apropiado para una conversación con uno de los pensadores más subversivos de la filosofía.

Abres Breathing escribiendo sobre Eric Garner, quien en 2014 fue estrangulado por la policía de Nueva York por vender cigarrillos sueltos. ¿Qué tiene esto que ver con la poesía?

Franco Berardi (Bifo): En primer lugar, porque soy asmático como Eric Garner. Estuve en los Estados Unidos durante esos días para dar una conferencia. El día que el video sobre la muerte de Eric Garner se hizo público estaba en California. Participé en manifestaciones que gritaban “no puedo respirar, no puedo respirar”. Para mí, la expresión “no puedo respirar” significa algo especial porque de vez en cuando sufro crisis respiratorias.

Pero al mismo tiempo, esta mañana, al salir de mi casa (vivo en el centro de la ciudad de Bolonia), escuché algunos gritos. Era una manifestación de gente muy joven. La cruzada de los niños, como en muchos lugares del mundo. La gente se manifiesta contra la asfixia de la humanidad.

Greta Thunberg —que resulta ser una persona autista, diagnosticada como incapaz de distinguir matices, incapaz de distinguir los grises— ha despertado la conciencia de su generación con una cuestión muy clara en blanco o negro. Y esta cuestión es: el capitalismo nos está asfixiando. Veo cómo esta conciencia se extiende realmente entre los millones de jóvenes que han estado manifestándose. Este es un movimiento que durará años. Y el verdadero enemigo de este movimiento es la asfixia. Pero si miras más allá de la asfixia, ves crecimiento, competencia y ganancias. Yo lo llamo “capitalismo”.

En mi opinión, el 15 de marzo es un día importante. En cierto sentido, es un día que se expresará mucho mejor con la poesía que con la política. La política, el arte de la técnica del gobierno, es incapaz de entender este desafío. No puede porque la política se ha llevado a cabo en el marco del crecimiento, la expansión, la competencia y las ganancias. Pero la gente marcha en las calles. Y siento que están diciendo: “no puedo respirar”.

Hay una palabra que es fundamental en tu trabajo, pero que puede no ser familiar para la mayoría de las personas. Esa palabra es ‘semio-capital’. ¿Puede explicar qué quiere decir con eso?

Bueno, ‘Semio-‘, por supuesto, se refiere a la palabra semeion, que en griego significa “signo”. Así que lo que digo es que el capitalismo, hoy en día, puede ser descrito como un sistema muy complejo basado en la producción y circulación de signos. Alguien puede decirme, “Ah, no, yo uso un automóvil, y un automóvil no es un signo”. Claro, el capitalismo también produce automóviles, café y edificios. Cierto. Pero el proceso de producción que hace posible producir un automóvil es un proceso semiótico: un ordenador, un programa, un software, etcétera. Así que elijo definir el capitalismo como semiocapitalismo, ya que se basa en la informatización del proceso de producción.

Algunas personas pueden ver cosas como, por ejemplo, Pokémon GO, o las muchas apps de citas en línea, como formas de volver a conectar a las personas en una era digital. Pero haces una distinción entre “conexión” y “conjunción”.

Creo que esta distinción es absolutamente crucial. Defino conjunción como cualquier tipo de relación entre los seres humanos. Más concretamente, entre agentes lingüísticos. Cuando entramos en una relación, estamos intercambiando signos lingüísticos. En la relación conjuntiva, estamos creando el significado de lo que intercambiamos. Si te digo “me gustas” o “no me gustas” en una situación que está físicamente encarnada, estoy creando, a un nivel de proximidad del cuerpo físico, las condiciones contextuales para nuestra comprensión, nuestro intercambio.

La relación conectiva, por otro lado, es una relación puramente sintáctica. Quiero decir, si pones una máquina en contacto con otra máquina, necesitas un formato común. Una sintaxis común. Lo que intercambian, el significado que intercambian esas dos máquinas es independiente del contexto. Es puramente sintáctico. En cierto sentido, el significado ya está contenido en la propia sintaxis. Lo que digo es que este tipo de relación mecánica se está expandiendo cada vez más a los seres humanos, porque nos relacionamos cada vez más con máquinas que exigen un formato, un formato sintáctico. Necesitamos hablar el idioma de la máquina, de lo contrario nunca seremos comprendidos.

¿Qué es un código en realidad? El código es una imagen filosófica, que es similar a la profecía. La profecía es un acto lingüístico, que contiene en sí misma una proyección del futuro. Lo mismo que el código. El código es una herramienta lingüística, que contiene, en sí misma, el despliegue futuro del objeto codificado. Esto es importante porque estamos entrando en una dimensión en la cual la profecía es reemplazada por el código. Y eso es redefinir la función del lenguaje en cierto sentido. Veo un peligro en esto. Porque veo que nuestro futuro, el futuro de los seres humanos, está cada vez más inscrito en la cadena codificada del lenguaje. Pero la profecía no es auto cumplida. La profecía nunca describe el futuro de manera prescriptiva. Pero el código está haciendo eso. El código prescribe el futuro como el único futuro que puede ser.

Esto es algo que el código comparte con las finanzas. En las finanzas, la especulación misma determina el valor. Una vez que la “confianza” disminuye, el valor mismo disminuye, ya sea que haya cambiado o no algo más.

Absolutamente. ¿Qué son las finanzas? Las finanzas son la transcripción semiótica de la palabra económica. Al principio, las finanzas son solo un tipo de transcripción de lo que sucede en el mundo real de la economía física en términos numéricos, en términos financieros. Pero en un momento dado, desde el año 1971, cuando el presidente Nixon decidió que el dólar estadounidense no tenga relación con la economía real, existe una especie de fuerza autocrática en el campo de la economía mundial. Desde ese momento, las finanzas cambiaron su naturaleza. Porque las finanzas, que comenzaron como una transcripción, comenzaron a convertirse en una receta. Lo que sucede en el campo de las finanzas se proyecta, de inmediato, en el campo de las relaciones reales entre los agentes económicos.

Esta es la razón por la que muchas veces nos sentimos atrapados. Yo diría que cada vez nos sentimos más atrapados. Piensa en los griegos en el verano de 2015. Fueron a las urnas. El 62% de los griegos votaron en contra del memorando financiero del Banco Central Europeo. Y al día siguiente, [el ex primer ministro griego] Alexis Tsipras se vio obligado a someterse a las decisiones del Banco Central. ¿Por qué? Porque la decisión real de millones de griegos está atrapada dentro de la prescripción financiera. No se puede ir, por definición, fuera de la prescripción.

Mi percepción es que el fascismo creciente, el racismo creciente, que estamos obligados a ver todos los días tanto en los Estados Unidos como en Italia (y en el Reino Unido, en Hungría, y en muchos, muchos lugares), el nuevo fascismo se origina, se genera, por una especie de rabia. Por una rabia ciega que es la rabia contra la ferocidad matemática del código. Vivimos dentro del cadáver del capitalismo. Pero no podemos encontrar una salida. Porque este cadáver es un cadáver matemático.

Pero luego viene la poesía. Mi idea de la poesía no se basa en la literatura. Se basa en la dimensión erótica del lenguaje. Sólo la reactivación de la dimensión erótica del lenguaje y del cuerpo lingüístico, el cuerpo social, sólo estas reactivaciones pueden darnos una nueva percepción de libertad frente a la máquina financiera.

Han cambiado muchas cosas desde cuando escribiste La sublevación hasta cuando escribiste Breathing. ¿Qué es lo que esa poesía está haciendo ahora?

En primer lugar, tienes razón: escribí La sublevación en el año 2011. Al escribir ese libro, viajaba desde Londres a Roma, a Nueva York, a Beirut, a El Cairo, España, participando en ese movimiento. El año de las ocupaciones. ¿Qué hemos estado ocupando y por qué? La ocupación podría aparecer como una acción sin sentido. Ocupamos las calles, pero el poder no está en las calles. El poder financiero no está en las calles. El poder financiero no está en ninguna parte. ¡Ni siquiera en los bancos! Está en el ciberespacio, en una dimensión puramente abstracta que no podemos tocar, no podemos detener, no podemos destruir.

Entonces, ¿por qué salir a la calle y ocupar? Mi respuesta fue: no hemos tratado de detener el capitalismo financiero. Hemos intentado reactivar nuestro cuerpo. Por eso salimos a las calles. Esta fue una acción poética, no una acción política. No estábamos reclamando algo del poder. Nos decíamos algo a nosotros mismos. Nos decíamos a nosotros mismos: estamos solos en nuestros cubículos, frente a nuestras pantallas. Estamos trabajando juntos y viviendo solos. ¡Así que dejen de trabajar juntos y dejen de vivir solos! Vámonos a la calle.

Pero, como sabemos, ese movimiento no ha tenido suerte y no ha tenido éxito. Por el contrario, la dictadura financiera ha continuado. Y, al final, ese movimiento se ha diluido en muchos lugares o, como en Egipto, fue destruido. ¿Qué pasa ahora? Ahora, miro la calle y veo a esta nueva generación —nueva en un sentido fuerte, porque esta es la cruzada de los niños—. Este no es el movimiento de la universidad. Este es el movimiento de las escuelas primarias. Y la fuerza, la enorme fuerza de este movimiento, es una: es un momento formativo de una nueva generación que se está asfixiando. Literalmente asfixiándose. Segundo: este movimiento es absolutamente radical, y lo será en los próximos días, semanas y meses. Tercero: el lenguaje de este movimiento no puede ser el antiguo lenguaje de la política. Poder, parlamento, democracia, tiranía, buena política, mala política, ¡de ninguna manera! El problema ya no es, en el antiguo sentido maquiavélico, o en el sentido leninista, el de gobernar la sociedad desde arriba. La única posibilidad es recrear la sociedad desde abajo.

Pero ¿qué significa desde abajo? Desde el cuerpo. Desde el cuerpo respiratorio de las singularidades humanas. Este es el conocimiento de este movimiento, en mi opinión. Esta es la continuación de Occupy, con un objetivo mucho más preciso que hace 10 años. Porque el movimiento de Occupy fue contra la violencia. Algo muy complicado. ¿Cómo puedes actuar sobre la violencia? Ni siquiera puedes ver las cifras, las estadísticas, los números. Si dices “quiero detener la asfixia”, estás hablando de terapia, estás hablando sobre la ciudad, sobre el transporte, sobre el tiempo de trabajo, sobre la obligación de trabajar en condiciones horribles. Este movimiento es mucho más concreto que el de Occupy. Y, al mismo tiempo, es la continuación del mismo hilo.

La “reactivación poética del cuerpo social”.

Sí. Es la expresión que uso, y sé que es un poco ridícula, pero digo “la reactivación poética del cuerpo social”. Por supuesto, es una metáfora. Pero, ¿qué debo hacer? Yo uso metáforas. Y los poetas también lo hacen, usan metáforas. Pero cuando los poetas usan metáforas, no están hablando por sí mismos, o para dos o tres amigos íntimos, están encontrando palabras que pueden aclarar lo que estaba totalmente confundido. Para explicar a las multitudes lo que está en la base de la vida. Las metáforas son herramientas para la comprensión. Y palabras que funcionan como herramientas para la comprensión. Lo que necesitamos entender ahora es que el capitalismo es un cadáver. Y la única salida del capitalismo es reducir la presión del trabajo. De la obligación de trabajar.

Una observación que haces, que es fascinante, es que la “desregulación” como concepto proviene de Rimbaud. ¿Tiene la poesía casi la responsabilidad de contrarrestar su propia creación?

Una vez más, estamos hablando de metáforas. Estamos por completo en el campo metafórico, y necesitamos entender el significado y la dirección de las metáforas. Así que leyendo a Arthur Rimbaud, leí la palabra dérèglement, que traducida es “desregulación”. ¿Es una coincidencia puramente accidental? No, no lo es. Porque en la segunda parte del siglo XIX y en la primera parte del siglo XX, toda la obra de poetas, de pintores, de músicos, ha estado dirigida a la abstracción de una manera muy extraña.

Como sabemos, “abstracto” es un término muy importante para la pintura y la poesía en el siglo pasado, el siglo de las vanguardias. Pero, esencialmente, ese tipo de abstracción puede verse como la emancipación del signo respecto del referente. Cuando Rimbaud, o Mayakovsky, o Picasso pintan o escriben una determinada palabra o una cierta imagen, no se están refiriendo a un referente identificable. Están inventando una nueva palabra. Están creando una palabra. Este es un cambio enorme en el campo del arte y la poesía. Pero esta es también la anticipación, cien años antes, de un gesto —en un mundo muy diferente y con intenciones muy diferentes— que Richard Nixon hizo en 1971. Cuando Richard Nixon dice “money is no more”, la traducción significativa del referente es que el dinero es autónomo. El dinero está creando una palabra para sí mismo. Está haciendo la misma acción semiológica que Mallarmé y que Van Gogh.

Obviamente esto es una metáfora. Alguien puede decir: “¿Y qué? ¿Cuál es el sentido de esta analogía? El sentido es que la poesía es, por definición, irresponsable. La responsabilidad de los poetas no es jurídica, no es legal ni política. Sin embargo, los poetas tienen una enorme responsabilidad cuando se trata de signos, de palabras, de conceptos, de imágenes. De ahí que estemos cambiando desde la dimensión de Occupy, la lucha contra la abstracción, a Greta Thunberg, que está convocando a la gente a redescubrir su cuerpo concreto, que está siendo asfixiado.

Y aquí llega la pregunta. ¿Puede salvarnos la poesía?

Nadie nos salvará. Nada nos salvará, y no quiero ser salvado realmente. Tenemos que entender: el verdadero asunto es que morirás, tarde o temprano. Y yo, y todos. Ese es el problema de la extinción. El concepto de extinción es el de la entrada en la historia de la humanidad con una nueva fuerza y una nueva conciencia.

¿Viste la última obra de David Bowie, Blackstar? Toda ella gira en torno a la extinción. David Bowie es un gran poeta, antes que nada, pero es el primer poeta en escenificar su propia muerte, su propia extinción. Así que todos vamos a morir. También en Blade Runner, Pris, la bella replicante, dice: “somos estúpidos y moriremos”. Si entendemos la extinción como un proceso natural de unirnos, no moriremos en ese sentido. Lo que necesitamos ahora es una comprensión conceptual y estética de lo que nos está pasando.

Por supuesto, cuando dices “salvar al mundo” te refieres a evitar la guerra, evitar el hambre, vale, de acuerdo. Pero la verdadera cuestión es la comprensión. Y el capitalismo está impugnando nuestra comprensión. Porque el capitalismo está presentando algunas supersticiones como naturales, como el crecimiento, la expansión, el salario, la competencia. Estos son conceptos. Palabras. No son cosas naturales. Tenemos que deconstruir la naturalización que el capitalismo ha impuesto en nuestra vida. Y la poesía es la herramienta más adecuada para hacer eso. Porque la poesía no acepta supersticiones.

¿Sabes qué es la superstición? Es la superposición de un significado. Un significado obligado impuesto a la vida real del mundo. Queremos tener una vida autónoma, pero la superstición nos obliga de otra manera. Tenemos que desenredar la vida autónoma de las palabras. Los poetas pueden hacer eso. Ese es su trabajo. Tienen que entenderlo. Su trabajo no es para una pequeña minoría de hombres de letras. No. Es un trabajo que tienen que hacer en las calles, entre los niños, los congregados por Greta Thunberg.

Autor de la entrevista: Mike Huguenor

Fuente: El Diario España

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Traducción de Juan Dorado

Una autopsia por la supervivencia: de ciencia, fracaso y acción climática

La ciencia ha sido un gran éxito a la hora de identificar el cambio climático, pero ha fracasado estrepitosamente en cuanto a enfrentarse a sus causas. La autora reflexiona sobre cómo salir de esta situación.

Por Julia K. Steinberger

No aprender de los errores del pasado es el único error realmente imperdonable en ciencia. Y en cuestión de cambio climático, la comunidad científica (en su mayoría) ha cometido una negligencia criminal a la hora de observar y, especialmente, a la hora de aprender de su propio pasado. Este artículo es una autopsia en cuatro actos: una anatomía del fracaso, para que, ojalá, podamos aprender, actuar y cambiar. Rápido.

Primer Acto: la ciencia como éxito

Dejemos algo claro: la ciencia física del cambio climático ha sido un éxito sonado, fenomenal y triunfante. Como dijo hace poco un compañero de la Universidad de Leeds, “llevamos décadas en lo cierto”. Esto hace que escribir los informes de evaluación del Grupo de Trabajo I del Panel Internacional de Expertos en Cambio Climático (IPCC) –el que se dedica a la física–, sea un pérdida de tiempo total: “¡Aún estamos en lo cierto!” [Esto es una broma, por supuesto. Siempre hay enormes cantidades de nueva ciencia sobre la que informar: tan solo son las grandes líneas las que no se han movido nada]. Así que no hay mucho que aprender  en cuestión de errores en ese campo. ¡Bien hecho, físicos y físicas! Habéis observado y modelado la realidad externa. Lo habéis clavado.

Segundo Acto: fracasando cada vez más

Dejemos una segunda cosa clara. La ciencia, como organismo conjunto de instituciones, personas y conocimiento, ha fracasado en cuanto al cambio climático. No es la única que ha fracasado (la verdad es que los gobiernos y la industria probablemente han fracasado aún más), pero lo ha hecho. “¡Pero si hemos publicado estudios! ¡Hemos aconsejado a los gobiernos! ¡Hemos escrito informes largos, exhaustivos y definitivos! ¡Incluso nos han dado el premio Nobel en escritura de informes largos y exhaustivos!”. Todo eso es verdad, y es cierto que refleja unos esfuerzos titánicos. Pero la prueba del fracaso no se encuentra en las páginas de los informes ni en los registros de los consejos dados a los gobiernos: está escrita, a lo grande, en el cielo, en la tendencia creciente de las emisiones, año tras año. Parece que estar en lo cierto en la ciencia física no es suficiente. Ni de lejos.

Evolución de la concentración de CO2 en el Observatorio de Mauna Loa (Hawaii). Imagen: Scripps Keeling Curve Website

En Alcohólicos Anónimos, el primer paso es admitir que uno tiene un problema, y que la solución a ese problema está fuera de nuestro alcance en este momento. Me gustaría sugerir a la comunidad científica que tenemos un enorme problema. Uno que nuestras estrategias actuales no están siendo capaces de solucionar. El primer paso para el éxito futuro es, seguramente, aceptar el fracaso presente y pasado: hemos fracasado estrepitosamente en reducir o siquiera ralentizar las emisiones de gases de efecto invernadero. A pesar de estar en lo cierto durante décadas sobre la ciencia que nos dice la inmensa amenaza que suponen estas emisiones, esa misma ciencia no ha sido suficiente para enfrentarse a esta amenaza y detenerla. Es hora de poner los pies en el suelo, aceptar que tenemos un problema, y repensar de manera fundamental nuestros roles y estrategias.

Tercer Acto: ingredientes del perfecto fracaso

De acuerdo, hemos fracasado, y es realmente terrible. ¿Pero cómo y por qué fallamos? ¿Y qué podemos aprender de nuestra investigación para dejar de fracasar y empezar a tener éxito, tanto ahora como en el futuro? Después de leer bastante (incluyendo algunos textos de los siempre excelentes Naomi Klein, Naomi Oreskes y Erik Conway), he elaborado la siguiente lista de elementos del fracaso perfecto.

1. Intentar existir fuera de la Historia

La iniciativa científica, al menos desde la Ilustración y la época de Newton, trata de ver sus contribuciones como existentes fuera de la Historia y la cultura. Si algo es verdad científicamente, debería haber sido verdad antes de haber sido descubierto y también después, por toda la eternidad. Esta idea es estupenda en teoría, pero tiene consecuencias devastadoras. Porque independientemente de la verdad eterna de un descubrimiento científico, su interpretación y traducción para ser comprendido y generar acción depende del contexto cultural e histórico que rodee al hallazgo. Así que los científicos han ignorado la Historia, incurriendo en un gran riesgo para la adopción de sus descubrimientos. Y el contexto histórico de finales del siglo XX debería haber sido tomado mucho, mucho, mucho más en serio por las instituciones y comunidades científicas, por la amenazante dominación del pensamiento económico neoclásico en la política y la cultura, y el papel idealizado y limitado que se reservaba a las personas científicas en sus expresiones públicas y en la vida pública. Ambos tienen que ser desafiados frontalmente antes de que podamos avanzar.

2. Aspiraciones tecnocráticas y apolíticas

En parte como resultado de su origen en la Ilustración, en parte como resultado de la estructura de las instituciones científicas (universidades, academias, centros nacionales de investigación), en parte porque este modelo funcionó relativamente bien durante un largo tiempo sin tener que ser confrontado, muchas disciplinas científicas adoptaron la posición idealizada del observador remoto y neutral, manteniéndose alejadas del objeto de observación y emergiendo de sus torres de marfil para conceder pronunciamientos imparciales al ocupado mundo que las rodeaba. Por supuesto, esta visión a menudo no tiene nada que ver con la realidad, en la que los científicos han participado ávidamente de las mejores y las peores acciones de sus sociedades (guerras, conquistas y genocidios coloniales, pero también avances médicos y de salud pública y educación, en la lucha contra la desigualdad, la mejora de la planificación urbana, etc.). No obstante, esta visión ha llevado a la calcificación de lo que se ha considerado el científico ideal, y así es como a muchos científicos les gustaría verse a sí mismos: los consejeros tecnocráticos e imparciales del mundo, sin prejuicios ni perspectivas políticas.

Este punto de vista nos ha llevado, entre otras cosas, a que la economía domine la forma en la que se consideran los impactos físicos del cambio climático y las transiciones tecnológicas requeridas por el mismo, porque se ve la ve como la ciencia social apolítica (spoiler: no lo es. Mucho más de eso en la siguiente sección). Pero hay más: esto ha llevado a una fatídica falta de consideración y compromiso con la realidad social en general, incluyendo la consideración y el análisis de los sistemas sociales. Los impactos climáticos desgarrarán los sistemas sociales, alterándolos. Las transiciones tecnológicas ocurrirán o no dependiendo de su experimentación y adopción dentro de dichos sistemas. Insistir en la ciencia como elemento puramente apolítico y tecnocrático, por lo tanto, deja una enorme laguna de conocimiento acerca de cómo nos afectarán los impactos del clima, y cómo podríamos responder y actuar proactivamente ante ellos. 

Nuestras aspiraciones de ser apolíticos nos han llevado a no estudiar el sistema político en sí mismo, sus estructuras de poder, sus relaciones con las industrias relacionadas con los combustibles fósiles, etc. Echando la vista atrás, esa es una debilidad bastante grande, que ha dejado a la comunidad científica vulnerable a los ataques del lobby de los combustibles fósiles (ver Merchants of Doubt, de Oreskes y Conway). Nuestra insistencia en ser apolíticos nos ha convertido en blanco fácil para ataques con motivos muy políticos, que aún están ocurriendo.

Un último problema que suponen las aspiraciones a ser consejeros totalmente tecnocráticos y apolíticos del poder es que hemos sido, en general, contrarios a llevar nuestros hallazgos directamente a la gente, a través de la educación pre-universitaria y de niveles de comunicación del público en general (con charlas y otros medios). Nos hemos quedado satisfechos quedándonos sentados y emitiendo informes relativamente largos y en un lenguaje técnico, dejando el trabajo de traducción y comunicación de masas a otras personas, como una especie de mecanismo de filtración que, se suponía, sucedería automáticamente. Por desgracia, esto no ocurrió como pensábamos que lo haría. Es verdad, David Attenborough al final hizo un documental sobre el cambio climático, pero ha llegado muy tarde. Deberíamos haber estado en los materiales escolares, dando charlas públicas y participando en televisión y documentales mucho más de lo que lo hemos hecho. Por desgracia, la insistencia de atenernos a nuestra inmaculada ciencia nos ha llevado a lamentables niveles de falta de información pública o incluso de desinformación. No tenía que haber sido así.

3. Dominación de la economía neoclásica

La dominación de la economía neoclásica, y su concentración en el equilibrio del mercado (“fundamentalismo de mercado”, según Oreskes y Conway), proyectan una larga sombra en la historia del fracaso de la acción contra el cambio climático. Desde el punto de vista de la efectividad científica, actuó en varias y perniciosas formas, incluyendo la protección de la araña que está en el centro de la tela: las industrias de combustibles fósiles.

  • Debido a la división entre disciplinas científica y al fracaso a la hora de aprender lecciones críticas entre las mismas, la economía neoclásica se percibe, desde el punto de vista de las personas que se dedican a la física, simplemente, como economía: la ciencia completa, establecida y cierta sobre cómo entendemos, medimos y modelamos las economías. Los físicos, por lo tanto, no saben que prácticamente todos los axiomas que sostienen la economía neoclásica han sido refutados o nunca ocurrieron en realidad (mercados perfectos, actores racionales, etc.), o que incluso su más ardiente defensor, Milton Friedman, definió la economía neoclásica como una zona “libre de realidad”, donde se aceptarían modelos basados en ficciones totales, usando este “entendimiento” científico para impulsar políticas de extrema derecha bajo el pretexto del libre mercado. La economía neoclásica no podría estar más lejos de la neutralidad política, pero ha tenido un gran éxito presentándose como tal. Citando a Sospechosos Habituales: “El mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que era una ciencia neutral”.
  • Una vez más, debido a la división interdisciplinar, la economía no ha sido comprendida como un aspecto grande y diverso de las ciencias sociales, sino como una ciencia umbral: un cuerpo exacto, matemático y predictivo de herramientas a través del cual los científicos físicos podían traducir sus hallazgos y comprender y cambiar sistemas políticos y sociales difíciles de manejar. Otras ciencias sociales (la psicología, la sociología y, en tercer lugar, la ciencia política) se han percibido como subordinadas a la economía o tratables a través de ella. Así, la economía dominó los modelos y la manera de comprender cómo los impactos climáticos afectarían a las sociedades, y cómo podrían prevenirse o ser confrontados: a través de un simple cálculo de equilibrio entre costes y beneficios. Y al infierno con la realidad.
  • La economía neoclásica también fue comprendida como el umbral hacia la política y la relevancia “como personas serias” en el mundo real. Tanto las personas científicas como las políticas tomaron como inmutable la dominación del pensamiento de mercado en la toma de decisiones, y, en consecuencia insistieron, hasta un punto totalmente alejado de la gravedad y la urgencia que imponía la realidad, en identificar hojas de ruta políticas “optimizadas en costes”. La esperanza infundada residía en que estas hojas de ruta serían seguidas, a pesar de que cada año traía un nuevo retraso. Si me engañas una vez, la culpa es tuya, pero ¿qué justifica la esperanza continuada en identificar estas hojas de ruta y presentarlas como posibles, después de décadas de fracaso en su adopción?
  • El énfasis en el pensamiento de mercado también ha pervertido la comprensión sobre cómo ocurren los cambios sociales, económicos y políticos en el mundo real. Las personas científicas del clima se han creído la moda neoclásica de que las decisiones y el cambio ocurren a través de modificaciones en el equilibrio coste-beneficio de los mercados. Nada más lejos de la verdad. Aquí, en la realidad, los mercados cambian por la acción de actores grandes y poderosos (gobiernos e industrias, y, a veces, clases sociales) para sus propios propósitos. Las decisiones se desarrollan en términos de mercado, pero se toman mucho más arriba, a través de subsidios, aranceles, inversiones, impuestos, etc. Intentar cambiar una economía alterando el equilibrio del mercado es como pensar en que es la cola la que mueve al perro: una comprensión falsa de la causalidad. Concentrarse en el cambio de mercado fue una decisión devastadora, tanto como ignorar por completo el cambio social y político (a pesar de que estos estaban en realidad detrás de cualquier cambio de mercado).
  • La dominación de la economía neoclásica ocupa el lugar de otros mecanismos de cambio potencialmente mucho más efectivos, como el activismo, los movimientos sociales, la política electoral, la desinversión intencional, los desafíos legales a los combustibles fósiles, etc. Estos han sido cruelmente ignorados en comparación con los aspectos económicos.
  • La lente neoclásica impide la comprensión sistémica de las verdaderas claves causales de la economía. Creo que estas tienen que ver con el capitalismo como la base estructural de nuestra economía. He escrito sobre esto aquí y aquí. Uno puede estar o no de acuerdo, pero es sorprendente lo poco que se ha discutido acerca de las estructuras económicas sistémicas, incluyendo el poder ostentado por algunas de las mayores y más poderosas industrias que jamás hayan existido, y que han sido las principales causantes del cambio climático.

4. Positivismo científico e inexistencia de modelos exactos

Volvamos a Oreskes y Conway, y su excelente Colapso de la Civilización Occidental: una Visión desde el Futuro, en el que atribuyen una de las razones de nuestro fracaso al “positivismo científico”: una insistencia en la evidencia estadística arrolladora. Como afirman los autores, “estas prácticas han llevado a los científicos a exigir un estándar excesivamente estricto para aceptar cualquier tipo de afirmación, incluso aquellas que se refieren a amenazas inminentes”. David Spratt e Ian Dunlop desarrollan este concepto, explicando cómo los informes del IPCC han enfatizado los hallazgos intermedios (medias estadísticas) en lugar del alcance real, lo que ha resultado en menospreciar “riesgos de casos extremos”, de los cuales, por desgracia, está llena la ciencia del clima. Además, de acuerdo con Spratt y Dunlop, la preferencia positivista por modelos teóricamente perfectos (en lugar de heurísticos) también ha resultado en una infravaloración sistemática de los riesgos de los impactos climáticos: a la escala y con la complejidad de los sistemas terrestres, la perfección teórica en la comprensión de los ciclos de realimentación es, comprensiblemente, un listón demasiado alto. Y sin embargo, al mismo tiempo, no hemos informado de la gravedad de los resultados de los modelos heurísticos basados en observaciones y tendencias robustas del pasado.

Todos estos factores de precaución excesiva en los informes científicos apuntan en la misma dirección: hacia una escasez de información para el público y los políticos sobre las verdaderas magnitudes de los riesgos climáticos. En el reciente Informe Especial del IPCC sobre Calentamiento de 1,5ºC (SR15) se levantó parcialmente este velo, mostrándose claramente la gran diferencia entre los impactos a 1,5ºC y a 2ºC (WRI tiene un buen resumen). Pero, por supuesto, los compromisos nacionales hacia el Acuerdo de París nos sitúan en una trayectoria que se dirige a más de 3ºC de calentamiento, y como no son vinculantes y muchos países ni siquiera van de camino a cumplir con estos modestos cambios, puede que vayamos nos dirijamos a un futuro calentamiento de 4 grados o más, un escenario en el que el término “cataclísmico” ya no es ninguna exageración. Una de las razones por las que el informe especial pudo reflejar esta realidad de forma tan clara es porque ya estamos un grado (más o menos) sobre niveles preindustriales, y hemos dejado atrás la era geológica del Holoceno, durante la cual nuestra agricultura se ha visto protegida.

Figura del SR15 (IPCC) que muestra la media de temperatura desde que hay registros instrumentales, y demuestra cómo salimos del Holoceno (zona rosa).

Los impactos climáticos ya no existen solo en modelos remotos. Pueden observarse por todas partes: en la incidencia y severidad de las sequías y los eventos meteorológicos extremos, en la reducción de hielo ártico, en el derretimiento de los glaciares, en el aumento del nivel del mar, en el colapso de los ecosistemas y la desaparición en masa de especies enteras. E independientemente del tipo de impacto, prácticamente siempre, la respuesta observada se sitúa en el lado más severo del modelo (los modelos heurísticos tienden a rendir mejor), como consecuencia de los distintos tipos de sobreprecaución científica. No nos han advertido lo suficiente sobre lo que se nos viene encima.

Y hay un aspecto más de los problemas de la ciencia a la hora de comprender las evidencias e informar sobre ellas: debido a la insistencia positivista en el uso de modelos exactos y pruebas estadísticas de alto nivel, los aspectos sistémicos de los sistemas terrestres interconectados, a menudo llamados “puntos de inflexión” (ver sección 3.5.5 del capítulo 3 del SR15) han sido infraexplorados en los modelos. Esto es en parte comprensible: si tu modelo se basa en cambios continuos y, en su mayor parte, suaves, y en cómo responden los unos a los otros, pues modelar un evento repentino no entra en la capacidad del modelo. Y sin embargo, eso no significa que no deberíamos al menos intentar modelar nuestro conocimiento. Lo cierto es que nuestro conocimiento tiene grandes lagunas en cuanto a losimpactos más catastróficos (y enteramente posibles), pero no graduales, del cambio climático.

Acto 4: Avanzando

Si podemos ponernos de acuerdo en que hemos fracasado, ya hemos dado el primer paso. Me gustaría abrir el debate en lugar de cerrarlo: las razones expuestas anteriormente son mi propia interpretación, basada en la lectura esporádica. Estas no son las áreas en las que estoy especializada. Y no obstante, creo que tenemos que discutir todo esto, y rápido, porque tenemos que avanzar de forma muy distinta a como lo hemos hecho en el pasado para evitar más décadas perdidas en las que se siga ignorando la ciencia. Aquí debajo están mis conclusiones, aunque otras personas puedan obtener otras distintas:

1. Tomemos en serio la ciencia y los sistemas sociales

Aprendamos Historia, aprendamos teoría económica a mayor escala (Heilbronerpuede ser un buen comienzo), aprendamos sobre el cambio social más allá de los marcos limitados de “las ventanas de oportunidad política”. Leamos la historia de los movimientos sociales y cómo consiguieron producir cambio: como, por ejemplo, esto que escribí sobre las luchas no blancas. Intentemos tomar una perspectiva sistémica y entender cómo la tecnología, la política y la economía están entrelazadas en la Historia.

2. Salgamos. Comuniquemos. Tomemos partido.

Creo firmemente que ExxonMobil y sus industrias fósiles asociadas, a través de su maquinaria de negacionismo, desinformación de alto nivel y lobbying, liquidaron el modelo de comunicación científica del intermediario imparcial. Tenemos que inventar modelos nuevos. Creo que que el mejor antídoto ante estas enormes máquinas de desinformación, que aún están en funcionamiento y siguen sembrando el caos a nuestros alrededor, es salir ahí fuera y convertirnos en voces personales, apasionadas e insistentes por el cambio. Podemos ser activistas sin perder la integridad: de hecho, ¿cómo podemos ser fieles a las implicaciones de nuestros hallazgos si no lo hacemos? Estoy orgullosa de seguir, humildemente, los pasos de científicos con la inmensa integridad de James Hansen, pero esto debe convertirse en la norma, en lugar de en una excepción.

3. Sigamos aprendiendo, abiertamente, de nuestros errores y fracasos

Puede que esté totalmente equivocada en esto. Puede que haya diagnosticado más las dolencias subyacentes en esta autopsia, y obtenido las conclusiones equivocadas. Sin embargo, tenemos que discutir y debatir estas cosas abiertamente para poder aprender rápido y bien y avanzar mejor. Os cedo la palabra. Gracias por leerme.

Inspiración y Anexo (añadido el 26 de abril de 2019)

Este artículo se inspiró, en gran parte, en el testimonio experto del Dr. Geoffrey Supran en el Parlamento Europeo, sobre la manipulación de la ciencia por parte de ExxonMobil, que puede verse aquí.

Aquí, también, su respuesta a la parlamentaria británica Anna Soubry: “la evidencia, por sí misma, ha fracasado” (el hilo completo incluye numerosas citas documentos):

Un asunto importante, relacionado con el fracaso de la Academia, está relacionado con el deseo de ser percibido como una persona muy seria: el hecho de que las personas académicas e investigadoras proceden de manera desproporcionada de ciertas clases sociales y grupos demográficos, y tienen una mayor afinidad con los que ostentan el poder que con los grupos marginalizados a los que más afecta el cambio climático y el daño medioambiental. Como apunta Jewel Lipps, esto inevitablemente tiene consecuencias para la comunicación y la defensa de posiciones.

Y Linda Thomas apunta a que las emociones personales de miedo y dolor ante la enormidad de los hallazgos científicos y sus implicaciones políticas pueden hacer que la comunicación y el compromiso se vuelvan aún más difíciles para los científicos. Esto es algo con lo que ciertamente me identifico.

Julia K. Steinberger es profesora de Ecología Social y Economía Ecológica en la Universidad de Leeds. Expresa sus pensamientos aquí.

Este artículo fue publicado originalmente en Age of Awareness. Traducido por Santiago Sáez.

Chernobyl y la narratocracia

El desastre de 1986 no fue tanto el comienzo del fin de la Unión Soviética, como el inicio de toda una Perestroika de la sensibilidad

por Bruno Cava

 

Una economía planificada implica el control estricto del tiempo. La cadena productiva es descompuesta en sus menores elementos constituyentes para que cada uno sea acelerado hasta la mayor productividad posible, es decir recompuesta y organizada según los plazos globales definidos por el planeamiento central. La racionalización del empleo de los medios recorre el proceso de punta a punta, bajo la mirada vigilante de una tecnocracia educada en los valores de la eficiencia. En pequeña escala, la actividad es regulada por el cronómetro, la pizarra y apuntadores comprometidos con la maximización de las cuotas. Pero esa lógica se reproduce en gran escala, en la forma de monumentales cronogramas y planes plurianuales que deben conducir a la nación paso a paso en la dirección del prometido futuro de superabundancia. Las recompensas y los castigos, las promociones y las destituciones son repartidas  a los funcionarios en función del éxito o del fracaso en la observancia de los plazos y de las metas punteados. El país del socialismo debe ser un reloj gigante en el que máquinas y hombres se engranan unos a otros, engarzados en conjunto por la soldadura de la narrativa progresista.

La serie Chernobyl (2019), exhibida por el canal de TV HBO, expone con claridad el esquema que funcionaba en la antigua Unión Soviética. Ella mostraba como el fatídico ejercicio testeo del reactor de la usina nuclear fue agendado para una madrugada de abril de 1986 porque, si si se realizaba en el horario diurno, más conveniente, implicaba una caída en la cuota esperada de generación de energía. Guiados por la expectativa de promoción en la cadena jerárquica, los burócratas bisoños de Pripyat tenían como ultima preocupación los aspectos relativos a la seguridad. La serie consigue mostrar cómo, al contrario de lo que se podría imaginar, ellos no estaban actuando irracionalmente contra el propio interés, sino que alineados a un implacable sistema racional de la industria planificada, que imponía la continuidad del movimiento. No se debería perder tiempo en distracciones, lo que podría ser interpretado como traición a los ideales revolucionarios.

La escenificación del ejercicio del reactor muestra la reproducción de esa misma lógica, al explicitar cómo el ingeniero jefe apresura las operaciones con el fin de cumplir la secuencia del manual. Lo que importa es culminar la realización del ejercicio para el dia siguiente agradar a los superiores, con el cumplimiento del plan establecido. La conclusión es que el desastre de Chernobyl no aconteció por una crítica falla humana, sino que por la acumulación de fallas que se prolongó por años y se propagó en cada hilo de la corriente productiva nacional. Todo un modo de producción era así colocado en jaque.

Ocurrido el desastre, la misma lógica se repitió en la economía de las reacciones discursivas. Los burócratas inmediatamente se pusieron a hablar, a discursear obsesivamente como las respuestas pre-fabricadas y las listas preparadas con los culpables a la mano: aquellos que, al errar, se desvían de la línea justa, y aquellos contaminados por ideologías extranjeras y contrarrevolucionarias. Una confección serial de narrativas  inicia en los comités locales de la ciudad, pasa por las oficinas de gobierno y termina en el anodino noticiario de la televisión pública. Cada acontecimiento triturado y descompuesto en elementos controlables, seguidamente recombinados para sustentar la gran narrativa del partido. Un taylorismo lingüístico que fabrica, en moto perpetuo, la reconfirmación obsesiva del plan mayor, eximiendo la culpa en “Grandes Enemigos Maquiavélicos”. En verdad, el estado respondió con un extenuante atletismo narrativo, puesto en marcha a la semejanza del funcionamiento de la industria pesada, solo que el producto esta vez fueron discursos. “Un reactor RBMK no puede explotar, no explota, no exploto”.

La serie de la HBO consiguió retomar la potencia literaria de Svetlana Aleksiévitch (Voces de Chernobyl, Cia de las Letras), claramente una base de apoyo para los libretistas. En la década de 1990, la escritora bielorrusa fue una de las primeras en relatar el acontecimiento de Chernobyl asumiendo como material del libro el punto de vista de las personas involucradas. Para oponerla a la narratocracia del partido. Svetlana no fabrico ella misma su contra narrativa, que podría servir de polo opuesto a aquella. La narrativa de la izquierda metabolizaría con facilidad una polarización directa, en los mismos términos envolventes. En lugar de eso, la escritura de Svetlana se deja contaminar por las voces acalladas de interlocutores ordinarios, cuya vida fue tragada por el desastre. Relleno el propio texto con la energía vital del discurso indirecto libre.

Son historias contadas en primera persona por los sobrevivientes, los enfermeros y habitantes de la región, los ciudadanos convocados para descontaminar el paisaje. Historias puestas en tensión unas con otras en la composición del texto. La serie televisiva acertó en seguir ese procedimiento de estilo, por ejemplo, al presentar el drama de la esposa del bombero, de la señora campesina que había enfrentado las tragedias del siglo, o del muchacho ingenuo reclutado para liquidar los animales contaminados por la radiación. En vez de caer en la banalidad del horror, tan común en los filmes-catástrofe, el desafío de filmar el horror de la banalidad. Es que en un acontecimiento como Chernobyl nada más es banal. Al abordar la vida ordinaria de las personas comunes, nosotros deparamos como las marcas calientes, los vestigios aun emisores de radiación mortal, que llegan hasta nosotros como rayos asombrosos. Si el partido corre para conectar su fábrica con una narrativa destinada a neutralizar el evento, banalizándolo como un simple percance en la inexorable marcha de la “Causa”, el tratamiento menor del lenguaje consigue conferir al ordinario enormes proporciones. Individuos que, al relatar sus pequeñas trayectorias, participan de un drama humano inmenso e irrepetible. Un segundo aspecto perturbador  en la escena es el efecto que Chernobyl tuvo al interrumpir el moto perpetuo de las narrativas preparadas. En un primer momento después del desastre, los burócratas y funcionarios del estado no paran de hablar, casi en reflejo condicionado. Eso queda claro en la escena en que Legasov atiende el teléfono que lo convocara a participar del gabinete de crisis, presidido por Gorbachev. Al atender el llamado, el científico apenas consigue reprimir el espanto ante los niveles medidos de radiación. El comisario del otro lado de la línea lo sepulta con discursos políticamente correctos a los que debería adherir, como condición para la participación en el equipo. Pero el acontecimiento termina por imponerse, introduciendo una pausa. Un momento intenso de mudez: perdemos la voz normal ante lo innominable, no sabemos de qué hablar, como hablar. Uno después de otro, los personajes son estremecidos, transformándose gradualmente, para usar la expresion de Svetlana, “hombres de Chernobyl”. Son obligados a buscar palabras para sensaciones nuevas, y sensaciones para palabras nuevas. Es el espanto de los ingenieros y científicos que no lograban acreditar lo que veían y sentían. Es la hesitación que, poco a poco, penetra en la cúpula burocrática: la expresiva pausa de aquel mismo comisario cuando le comunican al acortamiento de su expectativa de vida, del general cabizbajo que pregunta “y ahora, qué hacer?”,  y del propio Gorbachev, perplejo y sin recursos. El suelo de las narrativas se agrieta y en el se infiltra una conciencia diferente, una nueva imagen del mundo portada por los hombres de Chernobyl. Su materialización en el espacio es la zona muerta, en la extraña fascinación que ejerce sobre los espectadores. En ella vislumbramos un mundo sin el ser humano, un tiempo libre, objetos que siguen existiendo en ausencia de nuestro abandono. Testimoniarán nuestro pasado o el futuro? El tiempo implacablemente encadenado del sistema industrial planificado se sale de los goznes y es lanzado hacia otro lugar de la historia. El socialismo debería conducir desde el pasado glorioso de la revolución al futuro utópico de la generosidad generalizada, pero el esquema motor se ha roto en ambos extremos. Comienzo y fin ya no explican nada nunca más. El pasado de la revolución soviética se torna una cascara vacía al mismo tiempo que el mañana se disipa junto a las columnas de humo radioactivo surgido de las ruinas. En la seria de HBO, en la escena de la reunión del comité local, instantes después del desastre, un viejo señor idealista discursea sobre la importancia de preservar el patrimonio simbólico de la revolución socialista, pero ante los hechos, él no podía sonar más falso y postizo. Momentos después uno de los presentes, sufriendo los efectos contaminantes de la radiación, comienza a vomitar…

El desastre de 1986 no solo fue el comienzo del fin de la URSS, sino que el inicio de toda una perestroika de la sensibilidad. Por esa senda abierta, se derramaron las últimas grandes narrativas del siglo XX y todo el continente socialista se sumergió en el. En un momento de recrudecimiento de renovadas guerras discursivas, la puesta en escena fílmica de Chernobyl no podría haber sido más oportuna.

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

Brigitte Vasallo: “Cuando se toca la patria, como en cuanto se toca la pareja, saltan las mismas alarmas”

Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, amor, estado, capitalismo y revolución. De todo eso habla Vasallo en su último libro.

Por Elena Martín

Tomamos un café con la charnega gallega Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973), que nos habla sobre su último libro: Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, y sobre amor, estado, capitalismo y revolución.

Dices que vivimos en un sistema monógamo, que ese es el problema. Con cuánta gente te acuestes en tu vida es algo secundario, ¿no?

La cuestión es el sistema, que rige una forma de relacionarnos. En él es difícil saber lo que queremos o lo que no porque no hay muchas opciones para querer otras cosas, lo que no quiere decir que no podamos tener las relaciones que nos apetezcan y nos hagan sentir bien.
La cuestión es que hacer visible el sistema no va en contra de las personas que deciden tener una relación exclusiva, ni de las personas que deciden no tener ninguna. Lo que intento es abrir espacios para que, incluso esa forma de relación, sea escogida de una manera más libre. El libro habla de “terror poliamoroso” porque en cuanto empiezas a poner sobre la mesa esta cuestión sistémica, parece que saltan todas las alarmas de la gente que se siente atacada en su relación. Como cuando las haces del feminismo y hay hombres que se sienten atacados o, cuando las haces de racismo, hay personas blancas que sienten que las estás atacando.

Forma parte también del pensamiento hiperindividualista e hiperegocéntrico en el que estamos, que hace que la gente lo relacione con su vida privada, cuando esto va de todo el conjunto y del sistema. Luego cada una haremos la vida que podamos hacer. Ya se sabe que las heroicidades no son las que nos van a llevar al cambio.

Nacemos en una sociedad patriarcal y, como dices, tenemos muchísimo que aprender para no dejar cadáveres sentimentales por el camino. En el libro hablas de que una de las claves radica en dejar de ver las relaciones como una jerarquía, donde nuestra pareja es la persona más importante. La verdadera revolución radicaría en que nos importe toda la gente que forma parte de nuestra vida. ¿El capitalismo no soporta que tejamos redes de apoyo para cuidarnos?

Cuando hablamos de relaciones poliamorosas y decimos que en ellas hay consumismo y descuido, hay que tener en cuenta que es una problemática que tiene que ver con la monogamia. Sin ir más lejos, las muertas no son poliamorosas, nuestras muertas estaban dentro de relaciones monógamas. En la monogamia también descuidamos a la gente —y ahora ya me refiero a relaciones exclusivas—. Tú cuidas la relación a dos cuando realmente quieres que la relación perdure. Entonces, bajo la lógica del capital, inviertes esfuerzos y recursos en la relación porque buscas una retribución. En cuanto te deja de interesar, pues finalizó. Y, a veces termina con tanta violencia que llega a la muerte, al asesinato. En el poliamor también existen estas dinámicas, pero precisamente no son las brechas de las que estamos hablando.

Independientemente del número de personas con las que estés, lo que me interesa es buscar precisamente las brechas para todo eso: cómo nos relacionamos más allá de la pareja, cómo seguimos centrándonos en la pareja, cómo desmontamos eso y cuáles son las condiciones necesarias para desmantelarlo.

Al pensar en desmontar la pareja, lo interesante es que se ponen en evidencia cuántas cosas necesitamos. Cuáles son el tipo de redes de las que tenemos absoluta falta para que pueda ser realmente una realidad que tú puedas escoger tener una pareja o no y que no sea por un mandato social y por necesitar un soporte de supervivencia tan bestial. Eso es lo interesante, lo político de todo esto; no las agendas de ‘folleteos’ que tenga cada una, eso es banal, anodino e incluso prescindible. Es mas, debería ser prescindible.

Y eso sin contar con que la monogamia entiende que tenemos que vivir con nuestra pareja, algo que no a todo el mundo parece funcionarle, ¿no?

La monogamia como sistema es todo eso. Cuando doy clases de género para compañeras que aún no tienen ningún tipo de formación en género —pero sí experiencias— y les explico la heterosexualidad, siempre les comento que ser heterosexual no es acostarse con hombres. Ser heterosexual es todo lo que sucede alrededor. Les pongo de ejemplo que, si esto fuera una cuestión de sexo, las heterosexuales se acostarían con hombres y vivirían con sus amigas, que es con quien se vive bien. Pero no va de sexo, va de todo lo demás. Tener una pareja y no querer vivir con ella, o preferir vivir con tus amigas, forma parte del mismo sistema que nos impide imaginar otras formas de vida y al mismo tiempo nos hace creer que ese compromiso con esa persona es más débil si no lo apuntalamos con una serie de cuestiones materiales. Si no hay un piso, convivencia, criaturas y economía de por medio, como que el amor no basta. Porque el amor no basta, pero la economía seguro que tampoco, y el capital no será lo que nos mantenga unidos de una forma resistente frente al sistema.

En una sociedad patriarcal da la impresión de que es más complicado que una relación heterosexual sea igualitaria, y parece también más difícil que en el poliamor entre personas de distinto sexo se dé de una manera más abierta.

Sí, y como nosotros, también lo pensó todo el lesbofeminismo a lo largo de la historia —que desgraciadamente no se está leyendo lo suficiente—. Ahora que el feminismo se puso de moda, sucede que no se para de hacer feminismo para dummies, que es bueno, pero con un libro ya tenemos bastante. Y, al mismo tiempo, también hay una cuestión de techos de cristal. Las que llegan a determinados espacios de palabra son las que tienen menos barreras de por medio y, por lo tanto, son en su mayoría heterosexuales que no le dieron bola al lesbofeminismo porque les parece una cosa para las lesbianas, y esto no tiene sentido porque precisamente sobre todo esto tendría que habernos enseñado el feminismo. Así acabamos con un refrito de un feminismo hiper heterosexual, hiper blanco… que no sé qué va a suponer, lo veremos en unos años. Me da un poco de miedo cuando se habla de cuarta ola del feminismo cuando estamos más bien en una segunda a destiempo, que en su momento tuvo sentido pero que ahora es bastante problemática.

Las compañeras que trabajaron en esto mucho antes ya lo explicaron: la heterosexualidad hace el género, es la que hace que existan hombres ‘marca registrada’ y mujeres ‘marca registrada’. Esa es la idea de la heterosexualidad cruzada con el sistema monógamo: hombres y mujeres son diferentes y complementarios, y es en su unión donde hay un ser completo. Desmontar el género es desmontar las dinámicas que lo rigen. Y es imposible en una relación de corte heterosexual, sino que cuando eso se hace en una relación, esa relación ya no es heterosexual, porque lo que define la relación heterosexual son precisamente las dinámicas de género intrínsecas.

Relacionas el amor romántico con las fronteras.
Me interesa la cuestión del Estado-nación y las dinámicas de enamoramiento porque criticamos el amor romántico pero nos enamoramos de la idea de una república feminista que, de momento, de feminista no tiene nada. Es como cuando te enamoras de un imbécil y piensas que cambiará, porque le ves las posibilidades y piensas que a través del amor harás que cambie. Que todos esos machos de un lado y de otro que prometían no sé qué, lo prometen en el momento en que necesitan de las mujeres. A las mujeres, a las personas de géneros no binarios y a toda la periferia del cotarro, después nos traicionan y nos abandonan. Eso lo sabemos y aun así seguimos cayendo una y otra vez al igual que caemos en el amor romántico. Es el único mandato de género que no hay manera de romper. Y sigue pareciéndonos que con nosotros no será así, porque nosotros somos mejores y con el amor hará que cambie. Es fascinante que esto nos pase a las feministas.

Las dinámicas son las mismas, y no quiere decir ni que tengamos que dejar a nuestras parejas ni que dejemos de luchar por tener estados independientes. Hay una simplificación que es bastante aburrida. Estamos intentando comprender la complejidad de lo real, y no lo vamos a solucionar con un tuit o un titular. La realidad es compleja. No es que no haya que buscar Estados y que los pueblos no tengan derecho a decidir cuál es su futuro. Eso es básico. Lo interesante de esto son las dinámicas de poder, y en ese sentido sí tenemos ejemplos constantemente: en cuanto se toca la nación o la patria, como en cuanto se toca a la pareja, saltan las mismas alarmas, que además nos piden que no seamos críticas. Y, claro, si no somos críticas con eso, ¿dónde vamos a ir?

Y así como cuando se vive en pareja parece que una tercera persona viviendo en esa casa está de más. ¿Es la misma lógica cuando se habla de compartir la tierra con migrantes?

Sí. Mira, un ejemplo de lo más tonto. Hay un coche, yo voy al volante y recojo a un grupo de personas: mi pareja y mis amigas. Naturalmente, mi pareja se va a sentar delante y mis amigas le van a dar ese espacio. No tiene sentido pero es un acto reflejo, hay unos espacios que están claros porque muestran una jerarquía. Con la nación y con las personas que vienen de fuera pasa lo mismo. Hay ese terror a que se diluya la identidad y hay que poner una serie de barreras para que puedan estar más o menos, según interés, pero que nunca lleguen al estatus de ciudadanas plenas, sabiendo que eso va a transformar el concepto de ciudadanía que hay. No es solo una cuestión emocional: todas esas ‘emocionalidades’ que sentimos están regidas por el capitalismo. Para el capitalismo es un chollo que haya personas sin derechos laborales. Luego vienen los empresarios a decir cosas. ¿Pero qué decís, si estáis ganando un montón de pasta a costa de esto?

Llevamos una deriva muy heavy desde hace años, incluso siglos, pero desde hace unos años parece que todo esto no tiene complejos. El fascismo, la represión… Tenemos que ponernos las pilas y montar una resistencia que sea transversal y que realmente nos proteja de lo que está por venir. Y que proteja también a las personas que ya tienen la bota en el cuello, como son las compañeras y compañeros musulmanes.

Al capitalismo le interesa que convirtamos al trabajo en nuestro gran amor.

Tenemos la tendencia de pensar que hay una serie de trabajos que están legitimados a dedicarles la vida, los llamados poéticamente vocacionales: escritora, artista… En cambio, un trabajo como el de zapatera, no. Hay una cosa que es el trabajo que tenemos que hacer para comer y pagar la mierda de los recibos y luego están las cosas que nos sale de dentro hacer, incluso dedicarte a mirar al techo. Es fundamental poderle dedicar tiempo a tus pasiones, que no son productivas, ni interesantes para el sistema. A mí me interesan las cosas pequeñas, como tejer. No es que yo teja, pero sí creo que la vida es cómo tejer, porque son las puntadas pequeñas, las lentas y que llevan más tiempo, las que después resisten cuando tiras de la tela. El poliamor neoliberal va precisamente de esto. La pareja era el último reducto que nos quedaba y, así, el poliamor neoliberal es la última brecha para convertirnos en individuos con la fantasía de estar aislados. Como diría Almudena Hernando, la fantasía de la individualidad. Personas solo dedicadas a sí mismas, egocentrismo puro y duro.

Entonces la solución es finalizar con el sistema monógamo, por nosotras y por las que vendrán después.

Sí, siendo conscientes y reivindicando nuestros límites. Agrietar el sistema monógamo no va de cantidades, no va de dejar a tu pareja ni de que tu pareja tenga otras parejas. Si nos quedamos solo con eso no vamos a avanzar nunca porque nos quedamos otra vez en soluciones simples y mucho más tontas que el sistema, que es muy inteligente. No va de eso. Va de cómo te sitúas tú con tu pareja, qué redes construyes, qué afectos tienes en cuenta y cuáles no. Después tú puedes estar con quien te dé la gana. Y atrévete también a respetar tus límites, cuando el cuerpo te dice que algo no, pues estupendo. También hay un tema cuando alguna compañera dice: “es que yo soy heterosexual”. Que sí, cariño, pero que a ti te gusten los hombres no quiere decir que cuando entra un tío en la sala tú tengas que cambiar de actitud. Lo preocupante es que hagas como que eres una niña pequeña. Eso es lo jodido, y no me digas que no lo puedes evitar. Pues de eso va, y eso es lo peligroso.

 

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/feminismos/entrevista-brigitte-vasallo-pensamiento-monogamo-terror%20poliamoroso

 

Roger Kornberg:“La gente se resiste a la idea, pero la vida es solo química”

Ganador del Nobel e hijo de otro galardonado, Roger Kornberg sugiere que la ciencia hace innecesarias las explicaciones religiosas

por Manuel Ansede

En agosto de 1946, Roger Kornberg todavía era una única célula, formada por la unión de un óvulo de su madre, la bioquímica Sylvy Ruth Levy, y de un espermatozoide de su padre, el también bioquímico Arthur Kornberg. Esa célula ya tenía dentro el código hereditario necesario para formar un Roger con brazos y piernas y mantenerlo vivo desde que nació hace 72 años en San Luis (EE UU) hasta hoy, una soleada tarde en una cafetería de Valencia. El padre, Arthur, ganó el Nobel de Medicina en 1959 por iluminar los mecanismos de formación de ese manual de instrucciones de la célula, el ADN. Casi medio siglo después, el propio Roger también ganó el Nobel, esta vez el de Química, por ir un paso más allá que su progenitor.

Aquella célula de 1946 que acabaría siendo Kornberg tenía dos metros de ADN plegados en su diminuto núcleo, como casi cualquier célula de cualquier persona. Gracias a un proceso denominado transcripción, las células copian esas instrucciones escritas en su ADN y las redactan en otro idioma, el de las moléculas de ARN que sí son capaces de salir del núcleo celular. Allí afuera, empieza la fiesta. Esas palabras de ARN dirigen la fabricación de las proteínas, las verdaderas protagonistas de la vida, como la hemoglobina de la sangre que nos permite respirar y el colágeno que construye huesos, tendones, dientes y hasta el blanco de los ojos.

“La vida es química: nada más y nada menos”, repite una y otra vez Kornberg, de paso por Valencia para formar parte del jurado de los Premios Rey Jaime I. El investigador, de la Universidad de Stanford, recibió el Nobel de Química en 2006 por desentrañar esta conversión del ADN en ARN, un proceso que, si se tuerce, puede desembocar en un cáncer. Pese a haberse asomado al mundo de las aberraciones humanas, o precisamente por ello, Kornberg es muy optimista: cree que llegaremos a vivir en un mundo sin enfermedades.

Pregunta. Conocer nuestra base química tiene un aspecto filosófico.

Respuesta. Sí, ese es el quid de la cuestión. La vida es química: nada más y nada menos. El funcionamiento del cerebro se comprende tan poco que se tiende a asociarlo a significados mágicos o místicos. Pero químicamente el cerebro es una colección de cables e interruptores. Todos los cerebros humanos son más o menos iguales y las pequeñas diferencias son el resultado de distintos patrones en los interruptores, basados en una combinación de nuestra genética y de nuestras experiencias. Pero, al final, es química, nada más y nada menos, aunque la gente se resiste a la idea. Muchas personas quieren asociar a sus propias experiencias algún significado especial, como la religión. Pero es química.

P. Usted habla de “máquinas” moleculares diminutas que transforman las instrucciones del ADN en ARN. Esa maquinita puede cometer errores que conduzcan a la muerte. ¿Podemos morir simplemente por azar?

R. Todo —desde la forma de nuestro cuerpo a los detalles de nuestro funcionamiento— es una consecuencia de la información genética. Pero averiguar cómo es exactamente este proceso sigue siendo un gran desafío. Entendemos el primer nivel. Sabemos que la información en nuestros genes se copia en otra molécula llamada ARN, que entonces dirige la síntesis de proteínas. Y las proteínas hacen todo. La idea esencial es que la información en los genes es la base de todo lo que hay que saber sobre nosotros. Es cierto que puede haber modificaciones por la experiencia, pero todo empieza en la información que hay en nuestros genes. Cada célula del cuerpo contiene las mismas instrucciones genéticas, todo el ADN, pero sin embargo tenemos 200 tipos diferentes de células: nerviosas, del hígado, del músculo, de la sangre, de la piel. La diferencia entre ellas es qué genes se utilizan en cada tejido. Y esta decisión se toma a la hora de copiar la información desde el ADN al ARN. Si se comete un error, si se activa el gen equivocado en un tejido en el que debería estar silenciado, muy a menudo se genera un cáncer. Un cambio en una sola de las miles de letras de un gen puede causar una enfermedad.

P. ¿Es una lotería?

R. Es una lotería en el sentido de que la información en nuestros genes, que heredamos de nuestros padres, debe copiarse con absoluta precisión. Un cambio en una letra entre 1.000 millones de letras puede ser fatal o puede provocar una susceptibilidad a una enfermedad. La química de la vida es extraordinaria en muchos aspectos. Nuestro ADN sufre mutaciones debido a la radiación cósmica, al oxígeno, a la luz del Sol y a sustancias químicas de todo tipo, especialmente de los alimentos. Sufrimos dos trillones de daños cada día. Y todos deben ser corregidos, porque uno solo de ellos podría causar un cáncer u otra enfermedad. Esa es otra característica extraordinaria de nuestra fisiología y de nuestra química: la capacidad de reparar todos estos daños sin error cada día. Es asombroso.

P. Una de sus charlas se titula El fin de la enfermedad. ¿Usted se imagina un futuro sin enfermedades?

R. Por supuesto, porque la vida es química. Cuando entendemos las bases químicas de las enfermedades, automáticamente podemos concebir estrategias químicas para corregirlas. No hay duda de que esto se puede aplicar a enfermedades hereditarias y al envejecimiento. Obviamente, cuando aprendamos a prevenir el envejecimiento crearemos nuevos problemas para la sociedad. Pero la respuesta a la pregunta es sí. El hecho esencial es que todo en la vida es química y todas las enfermedades reflejan una distorsión de la química. Encontraremos medios químicos para corregirlas. Esto no ocurrirá pronto, y quizá no ocurra a lo largo de nuestra vida, pero algún día ocurrirá.

P. Casi todas sus investigaciones han sido financiadas por los institutos nacionales de la salud de EE UU. ¿Qué opina del papel de las grandes farmacéuticas?

R. Es un error pensar que las farmacéuticas pueden sustituir a la investigación con fondos públicos. Nuestra investigación es básica, en el sentido de que está movida por la curiosidad sobre la naturaleza, sin saber dónde te va a llevar. Un descubrimiento, por definición, no se puede predecir. Nunca descubres algo intencionadamente. Descubres cosas intentando comprender la naturaleza. Y estos descubrimientos son la única base para el avance de la medicina. Lo que distingue a la iniciativa académica de la farmacéutica es que la primera no está orientada a unos objetivos. Esa es la esencia de la investigación académica. Las farmacéuticas, por otro lado, no pueden justificar una inversión en algo que no tiene unos fines obvios. Una empresa no puede invertir dinero para hacer algo que quizá nunca tenga un beneficio. Es imposible.

P. ¿Y los académicos?

R. Los académicos se arriesgan, intentan hacer cosas que pueden conducir a algo o no. Y te la juegas, porque si no llegas a nada puedes perder tu posición académica. Las farmacéuticas son alérgicas al riesgo por naturaleza. Los negocios evitan los riesgos. Otra diferencia es la escala de tiempo. No sabes cuánto tiempo necesitarás. Muchas investigaciones requieren décadas. Yo nunca he hecho nada en menos de 20 años. Y cada vez más, desafortunadamente, los gestores de las farmacéuticas tienen que informar de sus beneficios cada tres meses. ¿Qué consejero delegado va a decirle a su junta directiva que la empresa ha hecho una gran inversión en investigación que puede no llevar a nada y que requerirá 20 años? Y, al mismo tiempo, sin ese tipo de investigaciones las farmacéuticas no tienen nada. Mi mensaje fundamental es que el Gobierno, en representación de los ciudadanos, tiene que apoyar las investigaciones que impliquen riesgos y puedan requerir mucho tiempo. Básicamente, esa es la única solución para problemas como las infecciones, las enfermedades genéticas y el cáncer.

Pregunta. Usted ha dicho en varias ocasiones que si una persona culta tiene que saber algo, ese algo es la química.

Respuesta. La química es lo más útil, porque nos ayuda a entender el mundo que nos rodea: el cuerpo humano y todo lo relacionado con la salud y el medio ambiente. La química está en la intersección entre la física, que son las leyes de la naturaleza, y la biología, que es su manifestación. Sin saber química no puedes tomar decisiones informadas sobre tu salud, sobre el medio ambiente… Es ridículo.

P. Pero se valora más saber de Cervantes o de Shakespeare que de Dmitri Mendeléyev, el padre de la tabla periódica de los elementos químicos.

R. Es curioso, porque puedes no saber nada sobre Cervantes o Shakespeare y tener una vida muy productiva. Pero si no sabes nada de química, en mi opinión, no te beneficias de todo lo alcanzado por la civilización. Los tiempos han cambiado y la química es lo primero. Hace 100 años se sabía tan poco sobre cualquier ciencia que no necesitabas saber mucho de física para ser una persona culta y exitosa. ¿Importaba lo que supieras de termodinámica o cosmología? No realmente. Pero en el siglo XX surgieron la química, la biología, la bioquímica, la medicina moderna. Hace poco más de 100 años, las enfermedades se atribuían a desequilibrios de los líquidos del organismo. No había cura para ninguna enfermedad, había tratamientos: sangrados, purgantes agresivos. Si hace 200 años no sabías nada de química, de biología o de medicina, no había grandes diferencias en tu vida. Pero hoy hay muchísima diferencia. Creo que si la gente estuviera mejor formada en química y en biología estaría menos dispuesta a abusar de su propia fisiología con drogas, tabaco…

Fuente: https://elpais.com/elpais/2019/07/08/ciencia/1562590067_810342.html

¿Para qué Badiou hoy?

Por Jun Fujita Hirose

Con la invitación amistosa pero también perversa de parte de Giovanni Tusa, escribí el posfacio a su libro con Badiou: Acerca del fin. “Perversa”, porque Giovanni me hizo escribirlo pensando que yo era la persona más “inapropiada” para ese cargo.

No sé si Giovanni tenía razón. Pero, en todo caso asumí el papel así asignado a mí. En mi texto, intenté presentar, o mejor dicho representar, la totalidad del pensamiento político de Badiou a partir de la noción más inapropiada, noción prácticamente casi inexistente en sus escritos: la de “deseo”.

Esta noche, ya no hablaré de deseo, sino tomaré otro camino para atacar la cuestión de para qué Badiou hoy.

Yoshiyuki Koizumi, filósofo japonés muy conocido acá en Japón sobre todo por la radicalidad extrema de su pensamiento político, recién publicó en japonés un texto muy estimulante y titulado “La espiritualidad en Foucault”. En este texto, Koizumi sostiene que el trabajo del último Foucault, el del Foucault de los años 83-84, consistió en realzar la importancia política de relacionar la práctica de “vida otra” en este mundo con la aspiración a “otro mundo”.

Si la lectura de Koizumi es pertinente, yo creo que se puede decir que al fin de su vida, Foucault acabó por reunirse con Badiou. El relacionamiento de la vida otra con el otro mundo es precisamente lo que Badiou entiende por “organización”.

En términos de Badiou, la práctica de vida otra se traduce como creación ex nihilo de nuevas posibilidades para el mundo entero, y la aspiración a otro mundo se traduce como fidelidad al mundo ideal en donde todas esas posibilidades ya estén convertidas en realidad.

Hoy, no nos faltan prácticas de vida otra. En todas las partes del mundo no cesan de multiplicarse luchas e iniciativas creativas, que inventan cada una nuevas formas posibles de vida para toda la gente del mundo. El problema de hoy reside en la dificultad que tenemos todos de darnos la aspiración sólida a otro mundo. Dificultad de ligar la vida otra con el otro mundo.

Sabemos que antes, las prácticas de vida otra se desarrollaban bien con la aspiración a otro mundo. Es la existencia de los países socialistas la que permitía creer en la posibilidad de otro mundo, aunque el otro mundo fuera concebido como algo bastante diferente de aquellos países socialistas. Badiou empezó a trabajar el tema de la “organización”, tema de la ligación de la vida otra con el otro mundo, en el período preciso en que el socialismo existente estuvo dejando de funcionar como fuente de la aspiración a otro mundo.

El último curso de Foucault antes de su muerte se titula “El coraje de la verdad”. El manuscrito que Foucault preparó para la última clase de ese último curso termina con la siguiente frase: “Sólo puede haber verdad en la forma del otro mundo y la vida otra.” Es decir que el “coraje de la verdad” es coraje de conectar la vida otra con el otro mundo. Es coraje de la “organización”.

Pero, ¿por qué, “coraje”? Porque se trata de guerra, no como metáfora sino literalmente. En este mundo actual, la organización revolucionaria, conexión de la vida otra con el otro mundo, no es posible en absoluto sin entrar en guerra directa con el poder dictatorial del capital. El capitalismo puede y podrá siempre soportar o tolerar manifestaciones de vida otra sin otro mundo, pero ninguna manifestación de vida otra con la fidelidad intransigente a otro mundo. El “coraje de la verdad” es coraje de declarar guerra, coraje de ponerse en guerra físicamente.

¿Para qué sirve hoy el trabajo de Badiou? Todos los libros de Badiou son potentes incitaciones a la guerra absoluta, en este mundo en que conocemos sólo la “guerra civil” permanente entre los capitalistas y la guerra totalmente unilateral, igualmente permanente, del capital contra la población. Creo que el trabajo de Badiou nos sirve para decidirnos por la guerra absoluta, sólo por medio de la cual podríamos acabar con estas guerras capitalistas en curso.

4 de julio de 2019 en Bar La Tribu (Bs. As.)

 

Fuente: http://lobosuelto.com/para-que-badiou-hoy-jun-fujita-hirose/