Sergio Canals: “Estas crisis radicales sirven para reflexionar sobre quién es uno como ser humano y quién es el otro”

¿Qué habría pasado en Chile si no hubiera existido este estallido social? Más allá de ajustes y números, el siquiatra Sergio Canals dice que este evento abre una puerta para construir relaciones más solidarias y empáticas, porque ésta es una crisis ética y moral, además de social. También explica que, desde lo mental, esto se vive como cualquier trauma, con todas las etapas de duelo.

Por: José Miguel Jaque / Fotos: Javiera Gandarillas

El siquiatra Sergio Canals dice que no quiere hacer un spoiler, así que no contará nada de la trama de El Guasón. Lo que sí dice es que esa película, estrenada hace casi un mes, podría haber servido a la élite política para que intuyera que había un malestar creciente en la población. Lo mismo la lectura: Canals cree que el filósofo esloveno Slavoj Žižek, autor de Sobre la violencia, entre otras obras, también le habría dado pistas de que algo venía, pero el siquiatra duda de que la élite sea muy lectora. “Yo creo que el arte y la cultura son capaces de anticipar y hacer una reflexión crítica de lo que podría suceder en el mundo”, explica.

Eso no pasó. Y lo que se ha visto la última semana en Chile -a riesgo de spoiler– tiene similitudes con la mencionada película: un estallido social desatado. Con su ojo experto de 35 años de carrera, Canals -siquiatra infanto juvenil con diplomados en Filosofía y Teología- analiza lo que ha pasado.

“Hoy estamos en la etapa de la construcción de un relato con sentido, porque el ser humano necesita darle sentido a las cosas, necesita entender. Cuando uno habla del sentido se refiere a tres preguntas racionales: ¿por qué suceden las cosas?, ¿para qué?, y ¿para quiénes? Cuando se logra construir ese relato, la gente dice ‘ah, ahora entiendo’, porque lo que sucedió al principio fue leído como una ruptura radical de sentido donde todo se quebró catastróficamente”.

-¿Cómo opera la sicología en un escenario como el que vivimos?
-Esto es igual que estar viviendo un trauma: las personas responden de acuerdo a las leyes de las crisis traumáticas y funcionan las etapas del duelo. Lo primero es la negación: no, no, no lo veo. De pronto, la evidencia y las redes hacen que la negación sea casi imposible. Cuando uno lo acepta, aparecen fenómenos asociados a la culpa: qué podría haber hecho o dicho, y que hoy ya no sirve. Yo creo que nuestra sociedad le hace el quite a la culpa y al perdón, no les gustan. Después viene la rabia, la ira: por qué me estás haciendo esto, la que se desplaza hacia quienes apunto como causantes. Y después aparecen la pena y los sentimientos que pueden oscilar hasta lo depresivo. Eso ocurre cuando no se resuelve bien la culpa, cuando un duelo no se hace bien.

-¿Hay una sintomatología asociada a eso?
-Puede aparecer estrés, lo que en siquiatría se llaman “los trastornos adaptativos”: uno se adapta a una situación de amenaza y el estrés es una respuesta. Se manifiestan síntomas asociados a la ansiedad: te duele la cabeza, sientes que te cuesta respirar o andas pensando obsesivamente en el problema. Si la amenaza es controlada, la sintomatología debiera desaparecer, por eso es clave lo que está pasando en este momento de más calma. Pero tiempo después, incluso meses, puede existir el estrés postraumático, cuando uno revive los eventos de manera exagerada frente a diferentes estímulos y responde como si los estuviera viviendo de nuevo. Por ejemplo, lo que le ocurrió a algunas personas cuando vieron las tanquetas en la calle. Ahí funciona la memoria, que se conecta con algo anterior, y eso genera miedo.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Son sensaciones generalizables?
-No, depende del tipo de población. El martes en la tarde, en un sector de Las Condes de recursos bajos, donde trabajo con escolares, vi una plaza llena de familias y niños jugando porque no había clases, y todos estaban pasándolo bien. No tenían dónde comprar pan, pero se adaptaron rápidamente. Yo creo que las personas de los sectores de bajos recursos tienen una capacidad de adaptación y de ajuste mayor que los de sectores acomodados, porque ellos están más acostumbrados a la supervivencia directa. Yo fui tres días al banco porque necesito hacer un trámite y está cerrado, y eso qué le va a importar a la gente de La Pintana. Nada. A ellos les importa comer y que no haya balas locas, porque ellos tienen todos los días balas locas que matan gente. El verdadero shock está en estos niveles y uno tiene que asumir que vive en otra realidad.

-¿Cómo explica que nos haya sorprendido lo que ocurrió?
-En el libro El cisne negro, Nassim Nicholas dice que hay fenómenos que se mueven en la ley del cisne negro, aun en este mundo hiperconectado, lo que quiere decir que mientras no pasa algo, no existe. Lo que pasó en este nivel fue lo mismo: no vieron el descontento, entonces no existe. Pero ni siquiera miraron afuera, está pasando en Hong Kong, y por lo tanto no se prepararon.

-Pero había estudios que hablan del descontento por la desigualdad.
-Lo que pasa es que se produce otro fenómeno, que también está descrito. Uno de los problemas que contribuyen a estos estallidos sociales provocados por las injusticias es la aporofobia, el miedo irracional a la pobreza. ¿Por qué? Porque los pobres nunca te van a dar nada a ti, y es un mecanismo del ser humano esperar que, si te doy algo, en algún momento me devuelvas la mano. Es una mirada reduccionista sobre el ser humano.

-¿Cree que la élite chilena fue aporofóbica?
-Yo creo que es aporofóbica. Lo otro es la ceguera moral de la que habla el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Producto de mecanismos sicológicos internos, hay espacios de la vida que uno decide que no están sujetos a una evaluación moral sobre lo bueno y lo malo, entonces deja de mirar ese ámbito y se vuelve ciego. Hay gente radical que dice que el mercado es ciego moralmente (…) Luksic anunció que nadie ganará menos de 500 mil pesos en su empresa y para decir eso tiene que haber pensado: “Parece que no es tan bueno que alguien gane menos de 500 lucas”, pero lo podría haber pensado mucho antes. A algunos empresarios se les olvida que el sentido último y primero de su quehacer es hacer el bien y contribuir al bien común. Aquí también tiene que haber una lectura desde lo ético y lo moral, de lo que es bueno y lo que es malo, pero al mercado le cuesta. Sin embargo, se nos olvida que el mercado son las personas, no es una entelequia.

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Vecinos cercanos al metro Santa Ana se organizaron y realizaron el retiro de las barricadas y escombros. Para Canals, estos días hubo atisbos de relaciones más solidarias. Foto: Francisco Castillo / AgenciaUno


-¿Es este estallido producto de una crisis ética?

-Lo decía en la semana el arzobispo Chomalí: la crisis en el fondo es espiritual, ética y moral. Si esto de ponerse en el lugar del otro, donde el otro es más importante que yo, hubiera estado operando, mucho de lo que ha sucedido, desde la colusión, la corrupción y las injusticias, sería menor. ¿Y qué otros deben estar siempre primero? Los más pobres, los más frágiles, los más débiles, los que más necesitan. Levinas, filósofo de origen judío, tomó una frase de Dostoyevski, que dice “todos somos responsables de todos, ante todos, pero yo el primero de todos”. ¿Qué significa de eso? ¿Quién es el responsable de los pobres? Todos, pero el primer responsable soy yo, por lo que he hecho, por lo que podría haber hecho, y por lo que no he hecho. Si eso funcionara en la empresa, donde el trabajador fuera primero, la relación para con el otro cambiaría. Y eso tiene que ver con la educación: la bondad, la caridad, la importancia del otro y el bien común se enseñan.

-¿Ve en esta crisis una oportunidad de encontrarse y de recuperar el sentido colectivo?
-Siempre está la opción de construir otro tipo de relaciones éticas y morales con el otro, y dentro de eso, los valores como ser solidarios, empáticos y bondadosos es una de las cosas fundamentales. Es una oportunidad, lógico, porque ha generado una cosa interesante: ¿de qué crees que se conversa a la hora de almuerzo o cuando vamos por un café? De esto. Hemos visto chispazos en estos días: ayudemos al otro, llevemos al que no tiene cómo movilizarse, los jóvenes limpiando estaciones de metro quemadas. Estas crisis radicales sirven para que uno reflexione quién soy yo como ser humano y quién es el otro, qué necesidades tiene y qué puedo hacer yo. Creo que si lo canalizamos bien, podemos dar un salto político en ese ámbito.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Cree que esta sociedad aprenda a decir “el otro primero”?
-¿Sabes quién lo va a aprender más rápido? Los niños y los jóvenes. Se supone que uno, que está en la edad mediana, ya debería haberlo aprendido. El problema es que uno lo aprende cuando se muere, en el último salto. Finalmente amar es botar el narcisismo natural y ser feliz cuando el otro primero está feliz. Ese es un esfuerzo gigantesco porque va contra la naturaleza, que está dirigida al yo como lo más importante. Desde ese punto de vista, lo que planteas es clave porque tal vez esto era necesario que pasara, lo que puede ser leído como avalando la violencia, pero no lo es. Lo que sucedió esta semana generó una nueva agenda social y una mirada distinta sobre los otros, que los empresarios sí la van a tener que adoptar, ya sea por el miedo o por un ajuste mental. Esta es la oportunidad de que aparezca el otro, como persona, con su dignidad absoluta y su alteridad. ¿Cuándo se va a repetir una oportunidad así?

-Es una lección difícil.
-Sí, pero se está produciendo involuntariamente también, no sólo racionalmente de manera cognitiva. La gente no sólo aprende con la reflexión, sino también intuitivamente, con la experiencia, a través del contagio emocional. Se está produciendo un aprendizaje adaptativo de supervivencia, porque es necesario que así ocurra.

-¿Y qué reflexión hace sobre la violencia de estos días?
-Hay distintos planos de violencia. La simbólica, del lenguaje -como la frase “sabíamos que había desigualdad, pero no sabíamos que les molestaba tanto”-. También violencia sistémica, como las desigualdades, que son la causa primaria de la otra violencia. Cuando se dan las condiciones necesarias explosivas, emerge la violencia vandálica, destructora, que no respeta lugares físicos, ni bienes públicos ni a otras personas. Cuando se manifiesta, aparecen también los contagios emocionales grupales, donde se pierde la capacidad de reflexión sobre lo que se está haciendo. Es lo que se llama violencia caliente emocional, sin control reflexivo y, generalmente, concierne a personas con características de personalidad anómica y nihilista, que no le encuentran sentido a la vida y lo buscan con su comportamiento, porque piensan que la sociedad no le dio opciones para una vida con sentido. Ahí aparecen los más impulsivos, los más alterados y los delincuentes.

El cerebro juvenil

-¿Cómo explica que los jóvenes llevaran la batuta en este estallido?
-Los jóvenes viven en una permanente epopeya, como todos cuando fuimos jóvenes. Una aventura que están construyendo en una lucha, ya sea contra la injusticia o contra el poder, y eso es permanente de ellos. Por lo tanto, esto de enfrentar a los militares, de salir y desafiar el toque de queda, es inherente a su forma de ser. Desafían el riesgo, aun el riesgo de salir heridos y de la muerte, pero en esta etapa es imposible que a ellos les pase algo como eso, porque son dioses; uno también sintió que nunca le va a pasar nada. Esto es para ellos una aventura heroica. El joven, en los eventos violentos cuando destruye o está quemando algo, lo hace porque representa al poder: no está quemando el Metro ni un hotel, sino que a todo lo que simbolizan los dueños. Por lo tanto, es un grupo que debe ser mirado sicológicamente desde otro ángulo, no generalizable con la señora de 50 años; ellos son un grupo especial. Sí puede ser generalizable con los jóvenes en Hong Kong o en Cataluña y en el cómo partió este movimiento.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Tiene alguna lógica su comportamiento?
-Si lo vemos desde la neurobiología, lo que sucede en la adolescencia es que los controles racionales top down que están en el sistema prefrontal son incapaces de regular los controles bottom up, que son los emocionales, donde se busca el riesgo, la novedad, las emociones extremas. Aunque cognitivamente saben lo que está mal, es mucho más poderoso el riesgo. Entonces, qué más entretenido que saltarse la barrera del Metro. Había un video de una estudiante que bailaba sobre un torniquete, “a ver qué me hacen”. Está estudiado que cuando hay fenómenos grupales tiene que haber un líder o dos que son los más impulsivos, los que toman más riesgo y que generan este contagio donde la personalidad de cada uno se disuelve en la acción masiva. La identidad personal no es, y cuando uno ya no es, ¿es culpable?: no; y si son todos culpables, nadie es culpable. Es la masa completa. En el fondo, los adolescentes son una especie de dioses de lo imposible, en una aventura permanente. Los más grandes tienen que acordarse de la película Busco mi camino, del camino infinito desafiando todo.

-¿El mundo adulto sabe digerir ese comportamiento de los jóvenes?
-Esta nueva generación se mueve, según Bauman, en una sociedad líquida donde lo único constante es el cambio, y sumando eso a la revolución digital, las relaciones personales se han fragilizado y uno como adulto se siente abrumado, no va a la velocidad de ellos -salvo los padres muy jóvenes- y nos cuesta entenderlos. Entonces, esta generación es calificada de irresponsable, que no piensa, pero no nos damos cuenta de que es una nueva generación. Ya no va a ser nunca más la de antes.

-¿Cómo se les explica a los niños más chicos lo que está pasando?
-Las cosas se cuentan de acuerdo a la etapa del desarrollo. A los 5 años no le voy a hacer una reflexión sobre la inequidad y la justicia; después de los 7 y 8 años, el desarrollo moral de los niños sobre lo bueno y lo malo ya se está construyendo, y es necesario en estos relatos hablarles de lo que está bien y está mal, y que nunca va a ser buena la violencia, quemar, destruir, como tampoco es bueno que la mamá tenga que viajar dos horas en Transantiago para llegar a su lugar de trabajo o que el sueldo que gana no le sirva para vivir con una dignidad básica. Los niños necesitan un relato con un fondo ético, porque la raíz de lo que estamos viendo habría que localizarla en una especie de fractura del alma, un problema ético y moral que radica en un humanismo de indiferencia por el otro.

Fuente: https://www.latercera.com/tendencias/noticia/sergio-canals-crisis/876660/amp/?__twitter_impression=true

El enigma chileno (y el nuestro)

por Silvio Pedrosa

 

Una cuestión crucial a ser tenida en cuenta por la rebelión chilena de la última semana es bastante familiar para nosotros, los brasileños, y tiene menos que ver  con los problemas objetivos de la sociedad y de la economía del país (como su sistema previsional y de protección social, problemas tan evidentes que las mismas organizaciones internacionales, como el FMI, los reconocen) que con la percepción, la subjetividad de esos problemas y otros. Porque, por más que sea tentador seguir los manuales, la situación chilena es compleja. Un país redemocratizado hace décadas, que castigó a los agentes de la dictadura y que presenta una alternancia en el poder entre derecha e izquierda sin mayores crisis políticas.

Por lo tanto, si en Brasil lo más concreto y obvio que quedó de la dictadura fue el control militar sobre la sociedad, en Chile, el modelo económico nunca parece haber sido cuestionado, incluso con varios gobiernos de izquierda que pasaron por La Moneda. Es innegable que los gobiernos democráticos en Chile han estado, hasta el día de hoy, en el contexto de la estructura institucional económica neoliberal forjada por el pinochetismo. El gran problema es que eso no explica nada. Debido a que en los últimos treinta años, estos datos problemáticos siempre se han planteado. Entonces, la pregunta se me hace más parecida al acertijo de junio de 2013. ¿Por qué nos levantamos ese mes, abriendo una colosal crisis prolongada gigantesca, que puso al sistema político y su capacidad de responder a los deseos y expectativas de la sociedad en jaque?

Esto me parece una pregunta más importante que hacer también sobre Chile (no en vano, un aumento de los pasajes y la violencia de la represión desencadenaron el proceso, a pesar de las diferencias entre esta violencia: en Chile de Piñera la represión fue mucho más brutal , aunque generalmente excluimos de la contabilidad de las víctimas de junio de 2013 a los muertos de la favelas, recordando que uno de los episodios más simbólicos de esos días fue una manifestación en la favela de Maré contra una matanza BOPE en la que simplemente hubo personas asesinadas). Mientras que otros trastornos recientes son entendibles casi de inmediato, ya sea por la situación general del país o por un evento específico (creo, respectivamente, Venezuela y Ecuador o Hong Kong), en Brasil y Chile estas razones no parecen tan obvias. a menos que necesite reducir los fenómenos con fines de capital simbólico en las redes).

Es en el encuentro de los eventos en su contexto, en la pintura de este cuadro complejo en el que la dialéctica entre eventos, coyunturas y estructuras que es posible pensar en las condiciones de posibilidad de los eventos. Y cuando miramos las similitudes entre Brasil 2013 y Chile 2019, eso me parece claro. ¿Porque ahora? ¿Por qué en junio? Y sin un análisis de las subjetividades sociales del Chile contemporáneo, su octubre me parece tan ininteligible como nuestro junio. Porque allí, como aquí, las imágenes son de una multitud que se eleva sin mucha mediación (las banderas son mapuche o en su mayoría de su propio país), aparentemente agotadas por un sistema político que perciben como inmune a sus demandas (y el hecho de que los retrocesos de Piñera han sido ignorados refuerza esa percepción) y una situación económica que les parece intolerable («detrás de los acontecimientos, las estadísticas claudican», escribió el hijo de un rico industrial alemán del siglo XIX).

Lo que sucede en Chile (y lo que sucedió aquí) me parece un evento subjetivo radicalmente nuevo. En la civilización («neoliberal» si se quiere, aunque esta razón del mundo es mucho más compleja que simplemente un modelo) donde no hay futuro (donde el futuro equivale aun actualización incesante del presente), las fuerzas sociales parecen querer fundar un futuro pasando de largo de las mediaciones que creen bloquearán sus caminos. Y de ese deseo surge un torbellino social donde todo puede suceder a continuación (incluido lo peor, como bien sabemos). No determinando estos levantamientos, sino porque devuelven a sus sociedades a un nuevo nivel de exigencias y demandas, rompen el tejido de la monotonía histórica y abren posibilidades.

Para resolver el enigma de estos nuevos eventos, uno tiene que detenerse en ellos y sumergirse en ellos. Hasta ahora, prácticamente sólo hemos tratado de extraer dividendos políticos e ideológicos; mayor seguridad y comodidad, cuando sea posible, para nuestras propias narrativas, como si un malestar de tales proporciones fuera solo un activo para usar cuando las situaciones lo permitan; o para reprocharles cuando su aparición interrumpe nuestro gobierno favorito. Mi apuesta es que continuarán emergiendo y predicarán sermones contra estos terremotos que resultarán tan inútiles como cuando los cimientos del mundo que estamos viendo desaparecer comenzaron a establecerse.

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Chile: entre madrugar y despertar

Por Martín Hopenhayn

Regreso esta noche de miércoles de la Plaza Ñuñoa, probablemente el punto más festivo donde tarde a tarde, durante los últimos cinco días, se reúnen unas 10,000 personas a protestar, bailar, corear consignas, encontrarse, tomar cerveza, fumarse sus porros e imaginar un país distinto. De cada 100, 99 son jóvenes entre 18 y 35 años. Esta plaza es uno de los varios puntos donde se congrega la juventud desde el viernes pasado, y que hoy representan ese Chile súbito, iracundo e insospechado que sin aviso saltó desde bajo el asfalto a tomarse Santiago, y en seguida todas las ciudades del país.

Ilustración: Patricio Betteo

La consigna que se impuso estos días dice alude a un despertar y connota básicamente la exteriorización incontenida de un descontento larvado y masivo. Se entona como cántico de fútbol y dice así:

“Ohhhhh, Chile despertó,
Chile despertó
Chile despertó
Chile despertó”.

Ese despertar partió, como suele hacerlo, con una chispa que hoy resulta minúscula en relación a la magnitud de la revuelta: el aumento marginal en el precio del metro de Santiago que día a día mueve a casi tres millones de personas, o el 40% de la población de la capital. Hace menos de dos semanas, en protesta por este aumento en la tarifa por un equivalente a menos de cinco centavos de dólar, un grupo de estudiantes de la secundaria se decidió a emprender un acto simbólico que ellos llamaron, con alguna imprecisión conceptual pero clara elocuencia semántica, de “desobediencia civil”: saltarse los torniquetes y evadir el pago. Curiosamente no fue el boleto estudiantil el que aumentó de precio, pero ellos lo hicieron explícitamente en solidaridad con los demás. Primer gesto que despertó, en la ciudadanía, un sentimiento de simpatía.

El gobierno la dejó pasar confiando en que sería un acto puntual y de rápida evanescencia. Probablemente, muchos pensamos lo mismo. Y al día siguiente, fueron más estudiantes. Efecto imitación o efecto viral, como queramos llamarlo: esto se multiplicó en toda la red del metro. Y el gobierno, supongo, pensó que no hacía falta hacer olas para evitar darle prensa e importancia política, limitándose a reforzar la vigilancia en los accesos del metro y en torno a los torniquetes.

Este aumento en el costo del billete coincide con aumentos en tarifas eléctricas y en muchos productos alimentarios, supuestamente alineados con el precio del dólar. Entremedio aparecieron declaraciones de ministros de Estado que la gente percibió como una burla, aunque fueran expresados con candidez o humor, y sin afán de provocación. El ministro de hacienda sugirió, al observar el aumento en el Indice de Precios al Consumidor, que los románticos podían aprovechar a comprar flores, producto cuyo precio había bajado. El ministro de economía, en otra declaración, mencionó que madrugar traía un beneficio complementario, a saber, la opción de aprovechar la hora de tarifa baja en el metro.

Todo esto ocurre en un país con algunos rasgos que en este punto vale la pena destacar. Chile tiene hoy un PIB per capita en torno a los 25,000 dólares anuales, y sólo Panamá puede competir con ese nivel en toda América Latina. Hace medio siglo era de los países pobres de la región y hoy es el más rico. El índice de pobreza bajó del 40% en 1990 a 8.6% en la última medición, en el 2017. La indigencia, o extrema pobreza, bajó en el mismo lapso del 20% al 2.8%. Un verdadero milagro. A eso se suma una expansión portentosa del consumo, del crédito, de años de escolaridad de nuevas generaciones. La expectativa de vida al nacer cruzó el umbral de los 80 años, también lo más alto en la región y por encima de Estados Unidos. La mortalidad infantil es bajísima, los servicios básicos llegan a todos los hogares y están desapareciendo los tugurios. Hay democracia, instituciones que se respetan, plenas libertades. Hasta aquí, todo muy bien.

Sigamos con los pormenores de estos días. Al tercer día de esta curiosa forma de desobediencia civil, ya no eran solo estudiantes saltándose los torniquetes. Se incorporó una masa importante de adultos, y los evasores se multiplicaban por hora. La cosa empezó a cambiar de color. Llegaron las advertencias gubernamentales sobre la violación de una norma que debía parar. Pero estaban, a flor de piel, las declaraciones de los ministros, que hacían patente, por más que no fuera la intención, algo que ellos ignoraban, pero que había aparecido en un informe sobre desigualdad publicado en el 2016 que tuvo bastante resonancia: la desigualdad que más irrita a los chilenos no es la de ingresos, sino la de trato y de salud. Es allí donde más se combina con la desigual distribución de la dignidad de las personas: llega al alma y al cuerpo.

Y el ánimo comenzó a caldearse en serio. Y de aquí en adelante todo se precipitó en una sucesión de medidas de control, por parte del gobierno, que sólo lograron atizar una marea que terminaría en tsunami. Primero, se cerraron algunas estaciones o accesos al metro como medida preventiva. La respuesta de la gente fue, correlativamente, en escalada. Primero presionando puertas cerradas. A esa altura la gente empezaba a manifestarse en la calle, primero en pequeños grupos pero rápidamente en aumento y multiplicando lugares y calles. Más tarde, las presiones a los accesos cerrados del metro se convierten en patadas. En esas circunstancias nos sorprende el viernes de la semana pasada. Todo había ocurrido en escasos cuatro o cinco días. Pero a esa altura se produce una inesperada adhesión transversal, espontánea, masiva, al movimiento de la evasión del pago del pasaje de metro. Todos miran con entusiasmo e indignación, y el gobierno empieza a no entender nada. No capta el efecto metonímico del reclamo y la velocidad con que se recarga el significante: de un aumento marginal en la tarifa del metro, a la desigualdad histórica vivida como pisoteo a la dignidad de las mayorías.

Retomo ahora la fiesta de los indicadores, para mostrar sus sombras. Chile está entre los cinco países con la peor distribución del ingreso de América Latina, y es uno de los países con mayor concentración de la riqueza en el mundo. Botones de muestra: el 1% más rico detenta el 26.5% de la riqueza, y el 10% más rico concentra el 66,5%, mientras el 50% más pobre accede a un magro 2.1% de la riqueza del país. Datos fresquitos, del 2017. Con un PIB per capita de 25,000 dólares al año, la mitad de los trabajadores recibe un sueldo inferior a 400,000 pesos chilenos, que al tipo de cambio de hoy equivalen a 550 dólares. Para ellos, el gasto diario en locomoción colectiva se come por lo menos el 10% de los ingresos, y eso si es que ningún dependiente en la familia se desplaza. Los servicios llegan a todos los hogares, pero Chile tiene las tarifas más altas de América Latina en electricidad y gas. Los alimentos han tenido una inflación que no se refleja en los índices, y hoy tienen precios en los supermercados que superan a los de España. En medicamentos, batimos todos los récords, quintuplicando en precio a muchos de sus equivalentes en la mayoría de los países. Es, probablemente, el país de América Latina que más proporción del gasto en educación y salud sale de los bolsillos de la gente, lo que produce una segregación brutal en la calidad de los servicios y prestaciones.

A esto se suman algunas gotas que rebasan el vaso, además del aumento en la tarifa del metro. El presidente Piñera, un liberal de derecha y multimillonario, anunció que en su gobierno se expandiría el consumo. Sin embargo, entre la subida del precio del dólar y del petróleo, y la baja en el precio del cobre que representa la principal entrada del comercio internacional del país, la cosa no fue tan así. Esta combustión del consumo, que ha sido la fuente de legitimidad del poder en Chile por décadas, perdió ímpetu. Muchas familias hoy están usando sus tarjetas de crédito del retail para comprar alimentos básicos en los supermercados. Nunca fue tan alta la deuda en las familias como porcentaje de sus ingresos.

Sí, Chile tiene pocos pobres, pero una proporción enorme de la población vive bajo un nivel de estrés brutal, sordo y soterrado, no reconocido pero sí percibido cuando se vive aquí y se camina o se toma el metro más allá de la zona Oriente de la ciudad. Los horarios de trabajo semanal efectivo superan las 45 horas, el promedio en tiempos de desplazamiento casa-trabajo-casa ronda las tres horas diarias para mucha gente (en “horarios sardina” que son verdaderos entrenamientos de convivencia ampliada), las familias están todas en crisis, y los núcleos de pertenencia colectiva bastante pulverizados con un modelo que privilegia el consumo familiar y personal como pegamento social. La “modernidad líquida” pegó de lleno debilitando vínculos y sentido de futuro Los datos que proveen las instituciones de salud son alarmantes respecto de trastornos de salud mental, muy especialmente en la infancia y adolescencia pero también en adultos mayores. La obesidad aumenta a pasos agigantados, la inseguridad se ha convertido en la obsesión de todos, el mundo del trabajo está inundado de precariedad o incertidumbre. Muchos viven al límite para llegar a fin de mes, expuestos a que una enfermedad catastrófica o una pérdida de empleo los exponga a la vulnerabilidad absoluta.

Retomemos ahora los acontecimientos. El viernes por la tarde empezó la explosión. De la desobediencia civil y el apoyo o simpatía de la gente, el movimiento se desplaza hacia otros frentes. Sin liderazgos. No hay voceros, ni representantes, ni interlocutores frente al gobierno, el Estado, los partidos y otras instituciones. Se viraliza y saltan desde todos los barrios grupos de jóvenes que se distribuyen entre manifestaciones pacíficas, tomas de estaciones de metro, destrucción de la infraestrucutra de las estaciones. Aparecen teorías conspirativas aún no confirmadas: grupos organizados que salen a la destrucción sistemática de la red de metros. Luego empiezan los saqueos a supermercados, las barricadas y los incendios. Se mezcla todo: anarcos, vándalos, encapuchados, narcos, gente que llega tranquilamente en autos y camiones a llevarse del supermercado lo que encuentran.

El sábado ya Chile está sumergido en el caos. Dejó de ser el país que era una semana antes, tal vez para no volver a serlo. Con violencia y todo, el movimiento cuenta con una simpatía amplia. El sonido de las cacerolas vacías como símbolo de protesta suena en toda la ciudad, luego en todo el país. Saqueos e incendios se replican, como rizomas, reticularmente, en todas partes al mismo tiempo.

Sigo con un dato estructural. Chile tiene una de las pirámides de edades más avanzadas de América Latina, junto a los otros países del Cono Sur, Cuba y tal vez Costa Rica. Es decir: la proporción de adultos mayores aumenta vertiginosamente. Pero por otro lado el sistema privado de pensiones y jubilaciones que rige desde la dictadura está mostrando efectos letales. Lo que recibe mensualmente como jubilación la gran mayoría de pensionados es irrisorio: menos de 300 dólares. Muchos de ellos, menos de 200. Todo esto, además, en un país donde hace tiempo se debilitaron los lazos familiares que permitían a los ancianos apoyarse en su descendencia, siendo cada vez menos hijos por familia (una tasa de fecundidad en 1.8 hijos por mujer), y cada vez más mujeres en edad media dedicadas a trabajar. Muchos jubilados siguen pagando, además, deudas hipotecarias que le comen más de la mitad de los ingresos jubilación. Si no paga por unos meses, la solución es simple: el banco les remata la vivienda.

En la otra punta del hilo de clases, los últimos años se regaron con escándalos de colusión de dueños de las grandes cadenas farmacéuticas para fijar precios de medicamentos, estafas a toda la sociedad en el precio del papel higiénico, empresas que financiaron políticos, intercambio de favores entre el poder económico y el político en todo el espectro ideológico. Bastante más grave, todo esto, que no pagar el crédito hipotecario. Los más bullados, entre empresarios sorprendidos en pagos de influencias, fueron castigados con clases obligatorias de ética: una verdadera provocación para el resto de la sociedad que no podía creer cómo se distribuyen faltas y sanciones en uno y otro lado. Suma y sigue.

Retomo. El sábado el presidente Piñera declara el Estado de Excepción en medio de la confusión que rige en todo el territorio. Con una inflexión de voz y brazos casi beata, insiste en reconocer que este es el estallido de la desigualdad, tal como ya se ha consagrado en boca de todos, y que reconoce que es tiempo de enfrentar este grave problema. Hace un sentido mea culpa. Curioso que venga de uno de los hombres más ricos de Chile, quien tiene como uno de sus principales puntos programáticos la reducción del impuesto a los ricos para fomentar la inversión productiva. Señala, también, como gran cosa, que elevará al congreso un proyecto de rápida tramitación para revertir el alza en el precio del transporte, en un gesto que a esta altura ya resulta irrelevante, considerando que el estallido se propagó al cuestionamiento de la desigualdad en la sociedad chilena. Y agrega que, en calidad de presidente, y para velar por la seguridad en un momento de total alteración del orden y daño a infraestructura de todos los chilenos (cosa cierta), se ve obligado a declarar el estado de excepción (facultad constitucional), sacar a los militares a la calle, y declarar toque de queda por la noche.

¿Qué pasa entonces? Pasa, simplemente, que la gente sigue en la calle, manifestándose, saqueando, incendiando. Unos piden más seguridad y acción de policía y ejército, de cara a un vecindario desbordado en saqueos y destrucción. Otros empiezan a denunciar los abusos como consecuencia del estado de emergencia y la acción de la fuerza pública. Quienes enfrentan cara a cara a soldados y policía son jóvenes. No tienen miedo. Los enfrentan cara a cara. Nunca conocieron una dictadura. Tienen otra conciencia de sus derechos. Están indignados. Por otro lado, el gobierno sabe —y la sociedad sabe que el gobierno sabe— que si se pasa de rosca en reprimir, la crisis de legitimidad se vuelve irreversible. Transita por una delgada cuerda y no quiere caerse. Es casi lo único que quiere: no caerse.

Retomo con consideraciones estructurales. Dije que este es un movimiento de jóvenes. Son los jóvenes de esta generación quienes han accedido mayoritariamente a la educación superior, tienen cuatro o cinco años más de escolaridad que sus padres, pero a la vez padecen las tasas más altas de desempleo. Los futuros prometidos se vuelven espejismos. La mentada meritocracia se licúa entre redes de influencia, capital cultural y calidad de la educación muy segmentados. Son los jóvenes quienes manejan más información sobre ellos y sobre como viven los demás, pero esa información no les da poder de negociación ni presencia en el mundo político o económico. Son los jóvenes idealizados como la generación de la sociedad de la información, pero estigmatizados como irresponsables, no dignos de confianza, potencialmente anómicos. Son los jóvenes los que crecieron en un Chile próspero, pero ven como a poco andar se ven estratificados por barrios, sistemas de relaciones, formas de ser tratados por la policía o la justicia. Son los jóvenes quienes tendrán que cargar con los costos del cambio climático y del envejecimiento de la población. Son los jóvenes los que están más dispuestos a arriesgar porque tienen menos y se conforman menos.

Quisiera agregar dos consideraciones que se complementan, se tensan, y creo que terminan de explicar lo que pueda tener, hasta ahora, de explicable este estallido. La primera es que Chile cambió, en tres décadas, de manera acelerada. Un país con una secular cultura del privilegio, y con ciudadanos de primera y segunda categoría, generó movilidad social como nunca antes, ensanchó su clase media, difundió mayor conciencia sobre derechos ciudadanos, incrementó el bienestar general, produjo un salto cuántico en años de escolaridad y en conectividad digital. La segunda consideración es que todo eso trajo, también, una espiral de expectativas que el mismo progreso alentó, y un sentido distinto sobre los derechos propios –y, consecuentemente, progresiva exasperación ante una cultura de privilegios que siguió imperando en una parte de la sociedad-. Se sabe que la movilidad trae expectativas de movilidad. El “Chile real” acumuló bronca porque la democracia no ha sido expediente ni de redistribución del poder ni de redistribución de la riqueza. Una cosa es bajar la pobreza, otra es reducir la desigualdad. El neoliberalismo apostó siempre a que lo primero compensaba holgadamente la postergación de lo segundo. Se equivocó. Y le cuesta reconocerlo.

Volvamos a los acontecimientos recientes. Las medidas de excepción con milicos en la calle no frenaron nada. El espiral de protestas, cacerolazos, marchas no autorizadas, calles cortadas por todos lados en todas las ciudades, saqueos a supermercados, tiendas y farmacias, destrucción edilicia, incendios… todo siguió. Los partidos políticos tomaron posiciones pero al mismo tiempo solo conversan o pelean entre ellos, abriéndose a organizaciones de la sociedad civil consagradas, pero que tampoco representan el movimiento en las calles. Cierto, si la protesta no tiene líderes: ¿con quién conversar? El gobierno ha dado bastonazos de ciego. El peor de todos, la declaración desatinada de Piñera el domingo pasado, sugiriendo que estábamos en guerra. Mala cosa. Tuvo que desdecirse antes de que las consecuencias se multiplicaran. Luego se la ha pasado pidiendo perdón, de su parte y de su gobierno, por la falta de sensibilidad ante las seculares desigualdades que ahora estallan como una olla a presión que no da más. Ese perdón, más que despertar simpatía, exacerba la indignación: ¿perdón ahora, por una desigualdad secular, por falta de sensibilidad, por no haberlo reconocido antes?

Finalmente el propio presidente anunció  el martes, al terminar el cuarto día de caos y movilizaciones, las reformas que se han decidido de la noche a la mañana, en consulta con senadores y diputados, la mitad de los partidos, y algunos dirigentes sociales: alzas en pensiones básicas, seguros de salud para compensar gastos en medicamentos, aumento de ingreso mínimo, contención al aumento de tarifas eléctricas, un impuesto a sectores de más recursos, reducción de los altísimos salarios de parlamentarios y en la administración pública. En seguida surgen las reacciones: algunos entusiastas, muchos cautos, unos pocos críticos. Todos estas opiniones vienen de los partidos, el sistema parlamentario, los ministros. Pero falta un detalle… ¡la gente!

Escribo el miércoles, vale decir, estos anuncios fueron anoche. Anoche, también, el toque de queda en su tercera jornada empezó a mostrar dientes más afilados. La represión se hizo sentir. Hasta el mediodía del miércoles, 18 muertos , la mayoría en los propios saqueos. Pero ya apareció una víctima fatal por una golpiza de policías y otro por disparos. Las redes se embriagan de denuncias, algunas filmadas, pero también es cierto que las noticias falsas están a la orden del día y por tanto la verdad deja de ser verdad. No es fácil apreciar los hechos objetivamente y se está a la espera de los informes del Instituto de Derechos Humanos. Al parecer serían, hasta el miércoles, 102 civiles heridos, dos por balazos en estado grave, y 95 miembros de fuerzas de seguridad lesionados. Las personas arrestadas por disturbios llegaron a 2205 y están bajando, y por violación de toque de queda van en 592 los detenidos. Las manifestaciones siguen en aumento: se contaron 54 más el martes que el lunes, y los participantes se elevaron de 130 a 220 mil. Todavía no hay saldo al respecto de hoy miércoles.

Hasta ahora el balance de la destrucción también es enorme. Al mediodía de hoy miércoles se contabilizaban 333 supermercados saqueados y 30 incendiados por completo, 16 buses incendiados, 77 estaciones de metro dañadas, de las cuales 41 destruidas parcialmente, 20 incendiadas y con daños superiores a los 200 millones de dólares. Gran parte de la red del metro, que es vital para el transporte diario en un Santiago cada vez más congestionado, tardará meses en repararse.

Chile despertó. No madrugó, como sugirió el ministro de economía, pero despertó. Más bien, madrugó al gobierno. Y al despertar, cambió. Hoy en Plaza Ñuñoa, entre todas las pancartas una me llamó la atención: “O vamos por todo, o no vamos por nada”. Mientras tanto, un grupo de inmigrantes haitianos llegó con sus bombos y yembés y empezó la fiesta de percusión y danza. La alegría se volvió incontenible. De todo hay en esta explosión. Un desencanto brutal con toda la clase política, una irritación sin freno respecto de la desigualdad que se transforma en ofensa a la dignidad, una disposición de la juventud a repensarlo todo. Mientras tanto, parte de esa misma clase política, o tecnopolítica, siente vergüenza de que en los medios internacionales Chile vuelva a hacer parte de este “vecindario incómodo” de países inundados de crisis económicas, políticas, sociales, institucionales. ¿Bajará el indicador de confianza en la economía chilena? La joyita de la región que exhibe todos sus indicadores de éxito, la luminaria de la gobernabilidad, este rincón del mundo estable, prudente y pragmático, en fin, la sociedad tranquila y disciplinada, la idiosincracia contenida y respetuosa de las normas. ¿Dónde se fue todo con el correr de una sola semana?

¿Qué pasó? En los hechos, más o menos lo que he resumido. En las causas, tal vez repartidas en lo que he querido aquí recapitular. La bandera de lucha es la desigualdad. En general y en particular. Pero quien sabe qué más hay, cuáles son las pulsiones colectivas que se agitan. ¿Porqué de un día para otro esta sociedad pasó de su aspereza contenida a la total transgresión del orden, dónde estaban estas energías centrífugas la semana antepasada, cómo fue que una generación con más oportunidades que las precedentes, de repente se convirtió en una masa desbordada, colérica, pero a la vez movilizada, crítica, valiente, festiva, dispuesta a todo? No me compro las apreciaciones que tienden a poner a esta juventud en el casillero estereotipado de millenial, puramente pulsional,  investido con pastiches ideológicos atrabiliarios y comportamientos infantiles. No me compro, tampoco, las tesis conspirativas.

Me preguntaban hoy en la Plaza Ñuñoa cuál será el desenlace de este movimiento y de este estallido si se sigue prolongando. Mi respuesta honesta y parca: no tengo la menor idea. No hay cómo estimar la magnitud de la grieta, ni de sus consecuencias, ni de su impacto en el ordenamiento colectivo y en las políticas. Me preguntaron, también, si el movimiento iba a dialogar con los partidos y el gobierno ante las nuevas propuestas programáticas. Respondí, encogiéndome de hombros y mirando a la multitud bailando al son de los tambores haitianos: ¿y quién, entre todos ellos, se sentará a conversar en la próxima mesa de diálogo con la institucionalidad política?

 

Martín Hopenhayn
Filósofo. Magíster en Filosofía de la Universidad de París VII. Ex Director División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Fuente: https://www.nexos.com.mx/?p=45397#.XbQ-Qua45nU.whatsapp

Rita Segato: “Hay que demostrar a los hombres que expresar la potencia a través de la violencia es una señal de debilidad”

Rita Laura Segato es una escritora, antropóloga y activista feminista argentina residente en Brasilia, habla sobre feminismos y machismos.

Lionel S. Delgado

Me invita a un helado mientras visitamos Santander. Nos cuenta que una señal para distinguir un buen helado es que se derrita rápido: tendrá menos agua y conservantes, y será más cremoso. Todo en ella es cercano. Su acento, su mirada y sus palabras. Mi colega Sergio le hace una ruta por la ciudad y cuenta sobre el incendio que la arrasó. También que, a partir de ahí, la especulación y los intereses de clase moldearon el espacio a su gusto. Ella es siempre curiosa, responde a todo con sorpresa y te escucha con atención.

Rita Segato (Buenos Aires, 1951) vino a la ciudad a dar un curso sobre Discriminación y Violencia en la Universidad Menéndez Pelayo. Yo asistí al curso con ganas. Sus clases siempre hierven de ideas, conceptos e imágenes que vuelan de un lado a otro. Como buena antropóloga, tiene ejemplos para todo. Cultos de posesión, rituales de iniciación, mitos clásicos, arte, política, guerra. Sus ideas son fuertes y golpean duro.

Afirmas que tu trabajo debe entenderse como un estudio sobre la masculinidad. En estos estudios, la violación siempre ha sido un tema central. ¿Qué relación existe entre la masculinidad y la violación?

Creo que la violación esconde un factor fundamental del orden patriarcal imperante. Hay que entender que la violación no es un crimen como cualquier otro. La violación se aleja, a la vez, de esa imagen del hombre como lobo hambriento que viola porque no puede controlarse, y también de la imagen del hombre como ladrón, que roba el sexo de la mujer. La violación no es un crimen sexual; es, más bien, un crimen expresivo, por un medio sexual. Con la violación se dicen dos cosas: una a la mujer y otra a los otros hombres.

A la mujer se le comunica una lección moral: la mujer es sospechosa de inmoral desde el comienzo de los tiempos, y la violación le castiga por desobediente. A los otros hombres, la violación les comunica la potencia. La masculinidad, para mantenerse, tiene que confirmarse por los interlocutores masculinos y, para ello, necesita exhibirse. El caso de La Manada aparece acá como el paradigma de la interlocución masculina. Mediante el acto grupal aflora una estructura que es la del orden patriarcal, un orden que ordena sacrificar una víctima para la construcción de la masculinidad de sus agresores. Y aquí, en la violación, la masculinidad se revela frágil porque se estructura como la exhibición violenta de una potencia para los ojos de los otros hombres. Es la búsqueda desesperada de afirmación. Es clarísimo en La Manada esto. Por esto se graban, por eso comparten el vídeo. Es un placer narcisista masculino en el que se revela una cofradía en la que los aspirantes a hombres necesitan recibir su título de los ojos de los otros hombres.

En España, desde el caso de La Manada se han dado 135 casos de violaciones grupales, 43 solo en 2019. ¿A qué se debe esta epidemia?

No me gusta el término epidemia para esto. La epidemia es automática y retira la deliberación. Prefiero usar el término de mímesis. La pregunta aquí es ¿por qué ese efecto mimético de la violación en grupo?

Como lo que se revela en la violación es una estructura, es muy fácil que esa estructura se replique. El caso de La Manada se replica porque, aunque se critiquen y se condenen, siguen apareciendo como un espectáculo de la potencia. Y este espectáculo rige la masculinidad, sobre todo la de los jóvenes, que son los que no han conseguido probar aún su soberanía sobre la vida, su potencia. Ese espectáculo donde la confirmación de la potencia aparece como una fiesta masculina en la violación grupal hace que sea contagiosa. Es muy fácil que miméticamente se vaya replicando cuando los violadores aparecen en los medios de comunicación como hombres potentes. Y en eso tienen mucha responsabilidad los medios.

¿Y por qué aumenta ahora?

El aumento de las violaciones tiene que ver también con la precarización de la vida. Si hay cada vez más dificultades para exhibir una potencia económica, moral o intelectual, ya que los dueños del mundo son cada vez menos, el hombre vive como una emasculación esta precariedad: no tiene forma de afirmarse. El mandato de masculinidad dice a los hombres que necesitan apropiarse de algo, ser dueños. La precarización de la posición masculina pone en cuestión su potencia. Y por lo tanto solo queda la violencia —sexual, física, bélica— para restaurarse en la posición masculina.

Crímenes como las violaciones en grupo muestran la existencia de una masculinidad progresivamente precarizada. Es una necesidad urgente que los hombres redefinan lo que es ser hombre, porque, si no, van a ser atrapados por una ola de violencia.

Al hablar sobre el hombre afirmas que a la masculinidad le acompaña siempre un factor de opacidad para sí mismo. El hombre no es reflexivo respecto a su masculinidad. ¿Cómo afecta esto a su lugar en el mundo?

En el trabajo que realicé durante más de diez años con violadores entendí que la violación muchas veces no es un acto inteligible para el propio violador. El violador, la mayoría de las veces, no entendía el propio acto. Ahí entendí que la masculinidad es opaca para sí misma, que no suele haber una reflexión ni una racionalidad descriptible detrás de muchos actos del hombre. El hombre actúa de una forma automática para reponerse de esa posición inferiorizada. Hoy en día hay una inferiorización de todos y todas. Lo que pasa es que las mujeres esa inferiorización no la sentimos de la misma manera que los hombres. Los hombres tienen que reponer esa posición, y de ahí su búsqueda de demostrar la potencia. Hay que demostrar a los hombres que buscar expresar la potencia por medio de la violencia es una señal de debilidad. El hombre que usa el recurso de la violencia es un hombre frágil. Lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia.

Ese mensaje, cuando lo comunico, lo reciben inmediatamente, entienden lo que estoy diciendo muy rápido. Y eso es porque existe un intenso sufrimiento masculino. Es deseable construir la masculinidad de otra forma. Porque en esa búsqueda de la potencia por la violencia, el hombre se destruye, se deteriora. Mata, pero también muere. Les perjudica y no están nunca contentos.

¿Qué salida les queda entonces a los hombres?

Creo que la historia de la masculinidad ahora está marcada por los hombres que perciben y entienden su sufrimiento. Pero no creo que tengan que venir los hombres a salvar a las mujeres. Somos las mujeres las que estamos auxiliando a los hombres para percibir cuánto daño les hace el mandato de masculinidad y cuánto les puede interesar a ellos construir nuevos modelos de masculinidad. Sin modelos de llegada, es decir, sin modelos fijos e ideales que tenemos que cumplir, porque esos modelos siempre pueden volverse autoritarios. Pero para eso hay que prestar mucha atención a los más jovencitos.

En las escuelas de Secundaria a las que he ido últimamente, hay muchos chicos que hacen un esfuerzo enorme por no ir en la dirección del machito. Hacen un esfuerzo enorme y creo que es por ahí por donde uno puede constituirse sin ese mandato de masculinidad.

La masculinidad está cambiando, pero si todo cambio abre un proceso de crisis, esta crisis también puede ser capitalizada por la reacción. ¿Qué piensas sobre el repliegue masculino hacia posiciones conservadoras?

Creo que la reacción responde a una agenda. Muchos hombres que se repliegan ahí están siendo captados por una agenda reaccionaria de todos aquellos que perciben que desmontando el mandato de la masculinidad y deshaciendo el orden patriarcal se está en riesgo de que todos los poderes caigan por tierra.

Y aquí aparece el fascismo para capitalizar ese repliegue. Y eso es porque, por definición, el voto fascista es un voto característico de personas con resentimiento. Y hay varios tipos de resentimiento. Hay personas que sienten que no han recibido el debido respeto, ni el debido aprecio. El fascismo es una estrategia. Mediante el señalamiento de un enemigo común, consigue construir un rebaño masivo de aliados. El fascismo es una política del enemigo. Todas las políticas del resentimiento, que campan más cuando la insatisfacción se amplía, buscan un enemigo común. Los migrantes y las mujeres, en ese sentido, son un blanco fácil. El nuevo fundamentalismo vuelve a ver a la mujer como en la época de las brujas. Y eso hace resurgir un patriarcado político, que es un orden que luego se va a revestir de discurso religioso, discurso moral, etc. Pero que el fondo es un orden político de dominación. El patriarcado es funcional al orden de los dueños. Ese patriarcado que dice que la mujer debe ser sometida y la demoniza.

¿Entonces el feminismo apunta al verdadero corazón de la estructura patriarcal que sostiene el orden de las cosas?

¡Por supuesto! ¡Y esto el poder lo sabe! El poder entiende que el feminismo que no tiende al poder puede desestabilizarlo todo. Por eso hay que tener cuidado con cierto feminismo que es patriarcal, es un feminismo que tiende al poder.

¿Te refieres al feminismo liberal?

Sí, pero no solo. También a algunos feminismos radicales. El feminismo tiende a disolver el poder porque lo distribuye. El feminismo busca un mundo vincular, donde la reciprocidad es uno de los valores centrales. Pero hay una voluntad por parte de algunos grupos de que exista una verdad feminista única y que las otras se supriman. El intento de vanguardizar lo veo muy feo. Porque una de las características de la practicidad feminista es que es pragmática, no verticalista y principista. La politicidad femenina es un trabajo arduo, pero no va por ahí. Así vemos que hay grupos que se dicen feministas pero que se comportan de forma patriarcal, intentando tomar el poder en un sentido patriarcal.

Por eso creo en el “Let it be” de los Beatles, deja que el tiempo actúe en nosotros. Abandonar esa visión utopista que define el camino que debemos recorrer porque tiene el objetivo claro. Esa visión tiende al autoritarismo.

En España este debate que enfrenta a varios feminismos se enfoca en el papel de las mujeres trans, en las trabajadoras sexuales y las mujeres racializadas. ¿Qué opinas sobre esto?

Al final es el debate sobre si las mujeres que tienen otros cuerpos pueden o no estar en la manifestación del movimiento. Eso en Argentina afectó mucho al movimiento Ni Una Menos. Casi hasta amenazarlo con romperlo. La presencia de que no puede haber otro cuerpo que no sea el de mujer. Me sale otra vez el “Let it be”. Hay que dejar ser, hay que dejar suceder. No podemos prevenir los males que pueden ocurrir si otros cuerpos aparecen junto al feminismo. ¿Para qué prevenirlo ahora? Vamos viendo lo que sucede, vamos viendo lo que pasa. No nos debemos olvidar de la diferencia entre el movimiento del Me Too y el movimiento del Ni una menos en Argentina. No tienen nada que ver el uno con el otro. El Me Too es mucho más pequeño, mucho más circunstancial y tiene otra estructura, y se refiere a otra historia de nación. El Me Too se dirige al Estado, el Ni una menos se dirige a la propia sociedad. No le pide nada al Estado, reflexiona sobre el periodo de cambio de la sociedad. Algo totalmente diferente.

El Me Too viene del feminismo norteamericano. Un feminismo que, salvo algunas raras excepciones, yo llamo feminismo ‘pilgrim’ (peregrino), el feminismo de los peregrinos puritanos fundadores. ¡Es un feminismo puritano! Por ejemplo, mis hijos fueron a un colegio en Estados Unidos y ese colegio tenía puesto en las paredes “No PDA”. “No Public Displays of Affection”, No muestras públicas de afecto… No quiero eso en mi vida nunca. Y por eso hay que tener mucho cuidado con la pauta puritana. Hay un error muy grande que está ocurriendo en algunos feminismos: es necesario que nuestras muchachas y muchachos puedan negociar su deseo cara a cara, cuerpo a cuerpo. Entregar al Estado o a los otros la negociación de nuestro deseo es un error muy grave… Yo puedo decirte “me gustas”, tú puedes decirme “me gustas”, vamos a negociarlo, sin ofensa. Esta habiendo una presión para entregar a una instancia ajena la negociación de nuestro deseo. Y eso no puede ser así.

El feminismo surge de prácticas muy prolongadas, tradiciones de colaboración y horizontalidad, y pluralidad absoluta. Y deberíamos mirar hacia ese momento donde no hay vanguardia, no hay una hegemonía de un sector que conduce al resto. ¿Cómo vamos a entender eso con la prohibición de la prostitución? Una cosa autoritaria en extremo. No creo que pueda haber esos autoritarismos en el movimiento feminista. La politicidad de la mujer es un soltar, no un prohibir. Claro que la prostitución y el prostíbulo es una de las grandes escuelas de la pedagogía de la crueldad masculina. Los hombres van en grupo y no buscan tanto el acceso al cuerpo de la mujer, sino otra cosa: la celebración de la masculinidad, generar un pacto de complicidad entre hombres, etc. El hombre no va solo al burdel. Va en grupo. Y, por lo tanto, es un problema social de género. Pero no creo que la criminalización lo pueda solucionar. Porque la trata ya es ilegal, y eso no la ha abolido. La prohibición no es la eliminación del problema, es más bien la invitación a una clandestinización mayor todavía.

¿Qué futuro ves entonces para el feminismo en los próximos años?

Por mucho tiempo pensé que el feminismo no estaba consiguiendo llegar a destino. Los feminicidios no paraban, la violencia crecía cada vez más. Pero hoy pienso que las mujeres estamos tocando el núcleo de la reproducción del poder: el patrón patriarcal. Por primera vez veo posible el acceso a una nueva politicidad y una nueva era social. Pero no viene por el Estado. Viene por las prácticas de las mujeres mismas, que son las guardianas del arraigo, del tejido de los vínculos. Y mi esfuerzo ahora es demostrar que esas prácticas de ese tejido del vínculo son políticas. En ese tejido se esconde una política distinta. Las marchas de mujeres no son como las de los sindicatos, partidos políticos o movimientos masculinos. Tienen otras características: son festivas, son lúdicas, son amorosas. Allí se generan amistades inmediatas, son físicamente próximas. Y todo eso genera vínculos, que son el soporte de la vida. Está habiendo un viraje para comprender que los soportes de la vida están ahí, y hay que cultivarlos y ver su contenido político. Además, lo que nos dice que estamos llegando a destino es la reacción de los que nos odian. La reacción violenta de los de siempre es la medida de lo que estamos avanzando.

Me invita a un helado mientras visitamos Santander. Nos cuenta que una señal para distinguir un buen helado es que se derrita rápido: tendrá menos agua y conservantes, y será más cremoso. Todo en ella es cercano. Su acento, su mirada y sus palabras. Mi colega Sergio le hace una ruta por la ciudad y cuenta sobre el incendio que la arrasó. También que, a partir de ahí, la especulación y los intereses de clase moldearon el espacio a su gusto. Ella es siempre curiosa, responde a todo con sorpresa y te escucha con atención.

Rita Segato (Buenos Aires, 1951) vino a la ciudad a dar un curso sobre Discriminación y Violencia en la Universidad Menéndez Pelayo. Yo asistí al curso con ganas. Sus clases siempre hierven de ideas, conceptos e imágenes que vuelan de un lado a otro. Como buena antropóloga, tiene ejemplos para todo. Cultos de posesión, rituales de iniciación, mitos clásicos, arte, política, guerra. Sus ideas son fuertes y golpean duro.

Afirmas que tu trabajo debe entenderse como un estudio sobre la masculinidad. En estos estudios, la violación siempre ha sido un tema central. ¿Qué relación existe entre la masculinidad y la violación?
Creo que la violación esconde un factor fundamental del orden patriarcal imperante. Hay que entender que la violación no es un crimen como cualquier otro. La violación se aleja, a la vez, de esa imagen del hombre como lobo hambriento que viola porque no puede controlarse, y también de la imagen del hombre como ladrón, que roba el sexo de la mujer. La violación no es un crimen sexual; es, más bien, un crimen expresivo, por un medio sexual. Con la violación se dicen dos cosas: una a la mujer y otra a los otros hombres.

A la mujer se le comunica una lección moral: la mujer es sospechosa de inmoral desde el comienzo de los tiempos, y la violación le castiga por desobediente. A los otros hombres, la violación les comunica la potencia. La masculinidad, para mantenerse, tiene que confirmarse por los interlocutores masculinos y, para ello, necesita exhibirse. El caso de La Manada aparece acá como el paradigma de la interlocución masculina. Mediante el acto grupal aflora una estructura que es la del orden patriarcal, un orden que ordena sacrificar una víctima para la construcción de la masculinidad de sus agresores. Y aquí, en la violación, la masculinidad se revela frágil porque se estructura como la exhibición violenta de una potencia para los ojos de los otros hombres. Es la búsqueda desesperada de afirmación. Es clarísimo en La Manada esto. Por esto se graban, por eso comparten el vídeo. Es un placer narcisista masculino en el que se revela una cofradía en la que los aspirantes a hombres necesitan recibir su título de los ojos de los otros hombres.

En España, desde el caso de La Manada se han dado 135 casos de violaciones grupales, 43 solo en 2019. ¿A qué se debe esta epidemia?
No me gusta el término epidemia para esto. La epidemia es automática y retira la deliberación. Prefiero usar el término de mímesis. La pregunta aquí es ¿por qué ese efecto mimético de la violación en grupo?

Como lo que se revela en la violación es una estructura, es muy fácil que esa estructura se replique. El caso de La Manada se replica porque, aunque se critiquen y se condenen, siguen apareciendo como un espectáculo de la potencia. Y este espectáculo rige la masculinidad, sobre todo la de los jóvenes, que son los que no han conseguido probar aún su soberanía sobre la vida, su potencia. Ese espectáculo donde la confirmación de la potencia aparece como una fiesta masculina en la violación grupal hace que sea contagiosa. Es muy fácil que miméticamente se vaya replicando cuando los violadores aparecen en los medios de comunicación como hombres potentes. Y en eso tienen mucha responsabilidad los medios.

¿Y por qué aumenta ahora?
El aumento de las violaciones tiene que ver también con la precarización de la vida. Si hay cada vez más dificultades para exhibir una potencia económica, moral o intelectual, ya que los dueños del mundo son cada vez menos, el hombre vive como una emasculación esta precariedad: no tiene forma de afirmarse. El mandato de masculinidad dice a los hombres que necesitan apropiarse de algo, ser dueños. La precarización de la posición masculina pone en cuestión su potencia. Y por lo tanto solo queda la violencia —sexual, física, bélica— para restaurarse en la posición masculina.

Crímenes como las violaciones en grupo muestran la existencia de una masculinidad progresivamente precarizada. Es una necesidad urgente que los hombres redefinan lo que es ser hombre, porque, si no, van a ser atrapados por una ola de violencia.

Al hablar sobre el hombre afirmas que a la masculinidad le acompaña siempre un factor de opacidad para sí mismo. El hombre no es reflexivo respecto a su masculinidad. ¿Cómo afecta esto a su lugar en el mundo?
En el trabajo que realicé durante más de diez años con violadores entendí que la violación muchas veces no es un acto inteligible para el propio violador. El violador, la mayoría de las veces, no entendía el propio acto. Ahí entendí que la masculinidad es opaca para sí misma, que no suele haber una reflexión ni una racionalidad descriptible detrás de muchos actos del hombre. El hombre actúa de una forma automática para reponerse de esa posición inferiorizada. Hoy en día hay una inferiorización de todos y todas. Lo que pasa es que las mujeres esa inferiorización no la sentimos de la misma manera que los hombres. Los hombres tienen que reponer esa posición, y de ahí su búsqueda de demostrar la potencia. Hay que demostrar a los hombres que buscar expresar la potencia por medio de la violencia es una señal de debilidad. El hombre que usa el recurso de la violencia es un hombre frágil. Lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia.

Ese mensaje, cuando lo comunico, lo reciben inmediatamente, entienden lo que estoy diciendo muy rápido. Y eso es porque existe un intenso sufrimiento masculino. Es deseable construir la masculinidad de otra forma. Porque en esa búsqueda de la potencia por la violencia, el hombre se destruye, se deteriora. Mata, pero también muere. Les perjudica y no están nunca contentos.

¿Qué salida les queda entonces a los hombres?
Creo que la historia de la masculinidad ahora está marcada por los hombres que perciben y entienden su sufrimiento. Pero no creo que tengan que venir los hombres a salvar a las mujeres. Somos las mujeres las que estamos auxiliando a los hombres para percibir cuánto daño les hace el mandato de masculinidad y cuánto les puede interesar a ellos construir nuevos modelos de masculinidad. Sin modelos de llegada, es decir, sin modelos fijos e ideales que tenemos que cumplir, porque esos modelos siempre pueden volverse autoritarios. Pero para eso hay que prestar mucha atención a los más jovencitos.

En las escuelas de Secundaria a las que he ido últimamente, hay muchos chicos que hacen un esfuerzo enorme por no ir en la dirección del machito. Hacen un esfuerzo enorme y creo que es por ahí por donde uno puede constituirse sin ese mandato de masculinidad.

La masculinidad está cambiando, pero si todo cambio abre un proceso de crisis, esta crisis también puede ser capitalizada por la reacción. ¿Qué piensas sobre el repliegue masculino hacia posiciones conservadoras?
Creo que la reacción responde a una agenda. Muchos hombres que se repliegan ahí están siendo captados por una agenda reaccionaria de todos aquellos que perciben que desmontando el mandato de la masculinidad y deshaciendo el orden patriarcal se está en riesgo de que todos los poderes caigan por tierra.

Y aquí aparece el fascismo para capitalizar ese repliegue. Y eso es porque, por definición, el voto fascista es un voto característico de personas con resentimiento. Y hay varios tipos de resentimiento. Hay personas que sienten que no han recibido el debido respeto, ni el debido aprecio. El fascismo es una estrategia. Mediante el señalamiento de un enemigo común, consigue construir un rebaño masivo de aliados. El fascismo es una política del enemigo. Todas las políticas del resentimiento, que campan más cuando la insatisfacción se amplía, buscan un enemigo común. Los migrantes y las mujeres, en ese sentido, son un blanco fácil. El nuevo fundamentalismo vuelve a ver a la mujer como en la época de las brujas. Y eso hace resurgir un patriarcado político, que es un orden que luego se va a revestir de discurso religioso, discurso moral, etc. Pero que el fondo es un orden político de dominación. El patriarcado es funcional al orden de los dueños. Ese patriarcado que dice que la mujer debe ser sometida y la demoniza.

¿Entonces el feminismo apunta al verdadero corazón de la estructura patriarcal que sostiene el orden de las cosas?
¡Por supuesto! ¡Y esto el poder lo sabe! El poder entiende que el feminismo que no tiende al poder puede desestabilizarlo todo. Por eso hay que tener cuidado con cierto feminismo que es patriarcal, es un feminismo que tiende al poder.

¿Te refieres al feminismo liberal?
Sí, pero no solo. También a algunos feminismos radicales. El feminismo tiende a disolver el poder porque lo distribuye. El feminismo busca un mundo vincular, donde la reciprocidad es uno de los valores centrales. Pero hay una voluntad por parte de algunos grupos de que exista una verdad feminista única y que las otras se supriman. El intento de vanguardizar lo veo muy feo. Porque una de las características de la practicidad feminista es que es pragmática, no verticalista y principista. La politicidad femenina es un trabajo arduo, pero no va por ahí. Así vemos que hay grupos que se dicen feministas pero que se comportan de forma patriarcal, intentando tomar el poder en un sentido patriarcal.

Por eso creo en el “Let it be” de los Beatles, deja que el tiempo actúe en nosotros. Abandonar esa visión utopista que define el camino que debemos recorrer porque tiene el objetivo claro. Esa visión tiende al autoritarismo.

En España este debate que enfrenta a varios feminismos se enfoca en el papel de las mujeres trans, en las trabajadoras sexuales y las mujeres racializadas. ¿Qué opinas sobre esto?
Al final es el debate sobre si las mujeres que tienen otros cuerpos pueden o no estar en la manifestación del movimiento. Eso en Argentina afectó mucho al movimiento Ni Una Menos. Casi hasta amenazarlo con romperlo. La presencia de que no puede haber otro cuerpo que no sea el de mujer. Me sale otra vez el “Let it be”. Hay que dejar ser, hay que dejar suceder. No podemos prevenir los males que pueden ocurrir si otros cuerpos aparecen junto al feminismo. ¿Para qué prevenirlo ahora? Vamos viendo lo que sucede, vamos viendo lo que pasa. No nos debemos olvidar de la diferencia entre el movimiento del Me Too y el movimiento del Ni una menos en Argentina. No tienen nada que ver el uno con el otro. El Me Too es mucho más pequeño, mucho más circunstancial y tiene otra estructura, y se refiere a otra historia de nación. El Me Too se dirige al Estado, el Ni una menos se dirige a la propia sociedad. No le pide nada al Estado, reflexiona sobre el periodo de cambio de la sociedad. Algo totalmente diferente.

El Me Too viene del feminismo norteamericano. Un feminismo que, salvo algunas raras excepciones, yo llamo feminismo ‘pilgrim’ (peregrino), el feminismo de los peregrinos puritanos fundadores. ¡Es un feminismo puritano! Por ejemplo, mis hijos fueron a un colegio en Estados Unidos y ese colegio tenía puesto en las paredes “No PDA”. “No Public Displays of Affection”, No muestras públicas de afecto… No quiero eso en mi vida nunca. Y por eso hay que tener mucho cuidado con la pauta puritana. Hay un error muy grande que está ocurriendo en algunos feminismos: es necesario que nuestras muchachas y muchachos puedan negociar su deseo cara a cara, cuerpo a cuerpo. Entregar al Estado o a los otros la negociación de nuestro deseo es un error muy grave… Yo puedo decirte “me gustas”, tú puedes decirme “me gustas”, vamos a negociarlo, sin ofensa. Esta habiendo una presión para entregar a una instancia ajena la negociación de nuestro deseo. Y eso no puede ser así.

El feminismo surge de prácticas muy prolongadas, tradiciones de colaboración y horizontalidad, y pluralidad absoluta. Y deberíamos mirar hacia ese momento donde no hay vanguardia, no hay una hegemonía de un sector que conduce al resto. ¿Cómo vamos a entender eso con la prohibición de la prostitución? Una cosa autoritaria en extremo. No creo que pueda haber esos autoritarismos en el movimiento feminista. La politicidad de la mujer es un soltar, no un prohibir. Claro que la prostitución y el prostíbulo es una de las grandes escuelas de la pedagogía de la crueldad masculina. Los hombres van en grupo y no buscan tanto el acceso al cuerpo de la mujer, sino otra cosa: la celebración de la masculinidad, generar un pacto de complicidad entre hombres, etc. El hombre no va solo al burdel. Va en grupo. Y, por lo tanto, es un problema social de género. Pero no creo que la criminalización lo pueda solucionar. Porque la trata ya es ilegal, y eso no la ha abolido. La prohibición no es la eliminación del problema, es más bien la invitación a una clandestinización mayor todavía.

¿Qué futuro ves entonces para el feminismo en los próximos años?
Por mucho tiempo pensé que el feminismo no estaba consiguiendo llegar a destino. Los feminicidios no paraban, la violencia crecía cada vez más. Pero hoy pienso que las mujeres estamos tocando el núcleo de la reproducción del poder: el patrón patriarcal. Por primera vez veo posible el acceso a una nueva politicidad y una nueva era social. Pero no viene por el Estado. Viene por las prácticas de las mujeres mismas, que son las guardianas del arraigo, del tejido de los vínculos. Y mi esfuerzo ahora es demostrar que esas prácticas de ese tejido del vínculo son políticas. En ese tejido se esconde una política distinta. Las marchas de mujeres no son como las de los sindicatos, partidos políticos o movimientos masculinos. Tienen otras características: son festivas, son lúdicas, son amorosas. Allí se generan amistades inmediatas, son físicamente próximas. Y todo eso genera vínculos, que son el soporte de la vida. Está habiendo un viraje para comprender que los soportes de la vida están ahí, y hay que cultivarlos y ver su contenido político. Además, lo que nos dice que estamos llegando a destino es la reacción de los que nos odian. La reacción violenta de los de siempre es la medida de lo que estamos avanzando.

Una introducción a la vida no fascista; Foucault, Deleuze, Guattari

Con la actual agitación del patio, me acordé de este texto de Foucault comentando el Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, que según explica, para él, antes que nada, suponía una introducción a la vida no fascista… Con lo que que no sólo se refería a los grandes autoritarismos, sino a los micro y “meso-fascismos” cotidianos, el “enamorarse del poder”, “las paranoias unificadoras y totalizadoras”… “el fascismo que existe en todos nosotros”… En fin, que veo muy oportuna su lectura, no ya sólo para los super-cataclismos políticos que se avecinan, sino sobre todo para la gestión y auto-organización de las fuerzas que pretenden (o pretendemos) luchar por otros mundos… como por ejemplo para el inminente Vistalegre2… :-O __ un arte de vivir, escribe Foucault…

Deleuze, Foucault y otros en unas protestas en París, en 1979. Falta en esta foto Guattari, – quizás, el más activista de los tres. Fotografía de Elie Kagan. Fuente: https://www.cla.purdue.edu/research/deleuze/

El Anti-Edipo: Una introducción a la vida no fascista

Michel Foucault (*)

Durante los años 1945-1965 (pienso en Europa), había una determinada manera correcta de pensar, un cierto estilo de discurso político, una cierta ética para intelectuales. Había que tutearse con Marx, no dejar que los sueños vagabundeasen demasiado lejos de Freud, y tratar los sistemas de signos – el significante –  con  el mayor respeto. Esas eran las tres condiciones que convertían en aceptable esta singular ocupación que consiste en escribir y enunciar una parte de verdad acerca de sí mismo y de su época.

Después vinieron cinco años breves, apasionados, cinco años de júbilo y de enigma. A las puertas de nuestro mundo, Vietnam, evidentemente, y el primer gran golpe asestado a los poderes constituidos. Pero aquí, dentro de nuestras murallas, ¿qué estaba ocurriendo, exactamente?¿ Una amalgama de política revolucionaria  anti-represiva?¿ Una guerra librada en dos frentes, el de la explotación social y la represión psíquica?¿Una escalada de la libido, modulada por el conflicto de clases? Es posible. De todos modos, es a partir de esta interpretación familiar y dualista que se ha pretendido explicar los acontecimientos de esos años. El sueño que, entre la Primera Guerra Mundial y el advenimiento del fascismo, mantuvo bajo su encanto a las fracciones más utópicas de Europa – la Alemania de Wilhem Reich y la Francia de los surrealistas – había regresado para arrebolar a la mismísima realidad: Marx y Freud iluminados por una sola incandescencia.

Pero, ¿fue realmente esto lo que ocurrió? ¿Fue realmente una recuperación del proyecto utópico de los años treinta, esta vez a la escala de la práctica histórica? ¿O bien, por el contrario, hubo un movimiento hacia luchas políticas que ya no se adecuaban al modelo prescrito por la tradición marxista?¿Hacia una  experiencia y una tecnología del deseo que habían dejado de ser freudianas? Es cierto que los viejos estandartes fueron enarbolados una vez más, pero el combate se desplazó y ganó nuevas zonas.

El Anti-Edipo muestra en primer lugar, la extensión del terreno cubierto. Pero es mucho más que eso. No derrocha su caudal en denigrar viejos ídolos, si bien es cierto que se divierte mucho con Freud. Y, sobre todo, nos incita a ir más lejos.

Sería un error leer el Anti-Edipo como la nueva referencia teórica, es decir, esa famosa teoría que tan a menudo nos ha sido anunciada: la que todo lo englobará, esa absolutamente totalizadora y tranquilizante; esa, se nos asegura, “que tanto necesitamos” en esta época de dispersión y de especialización, de donde “la esperanza” ha desaparecido. No hay que buscar una “filosofía” en esta extraordinaria profusión de nociones nuevas de conceptos-sorpresas. El Anti-Edipo no es un Hegel relumbroso.

Yo creo que la mejor manera de leer el Anti-Edipo, consiste en abordarlo como un “arte”, en el sentido en que se habla de “arte erótico”, por ejemplo. Apoyándose en las nociones, en apariencia abstractas, de multiplicidades, flujos, dispositivos y ramificaciones, el análisis de la relación del deseo con la realidad y con la “máquina” capitalista aporta respuestas a preguntas concretas. Preguntas que se preocupan menos del por qué de las cosas que de su cómo. ¿Cómo se introduce el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿De qué manera el deseo puede y debe desplegar sus fuerzas en la esfera de lo político e intensificarse en el proceso de derrumbamiento del orden establecido? Ars erotica, ars theoretica, ars politica.

De allí los tres adversarios a los cuales el Anti-Edipo se halla confrontado: Tres adversarios que no poseen la misma fuerza, que representan grados diversos de amenaza, y que el libro combate con diferentes medios.

1. Los ascetas políticos, los militantes morosos, los terroristas de la teoría, aquellos que quisieran preservar el orden puro de la política y del discurso político. Los burócratas de la revolución y los funcionarios de la Verdad.

2. Los lamentables técnicos del deseo – los psicoanalistas y semiólogos – que registran cada signo y cada síntoma y que desearán reducir la organización múltiple del deseo a la ley binaria de la estructura y de la carencia.

3. Por último, el enemigo mayor, el adversario estratégico (ya que la oposición de el Anti-Edipo con sus otros enemigos constituye más bien un combate táctico): el fascismo. Y no solamente el fascismo histórico de Hitler y de Mussolini – que tan bien supo movilizar y utilizar el deseo de las masas- sino también el fascismo que existe en todos nosotros, que habita en nuestros espíritus y está presente en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar el poder,  desear esa cosa misma que nos domina y nos explota.

Yo diría que el Anti-Edipo (ojalá que sus autores me perdonen) es un libro de ética, el primer libro de ética escrito en Francia desde hace mucho tiempo (y de ahí, tal vez, la razón por la cual su éxito que no se limita a un “lectorado” en particular: ser anti-Edipo se ha convertido en un estilo de vida, en un modo de pensar y de vivir).

¿Cómo hacer para no convertirse en fascista incluso cuando (sobre todo cuando) se cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo hacer desaparecer de nuestro discurso y de nuestros actos, de nuestros corazones y placeres, ese  mismo?  ¿Cómo arrancar ese fascismo incrustado en nuestro comportamiento? Los moralistas cristianos buscaban las trazas de la carne que se habían introducido en los repliegues del alma. Deleuze y Guattari, en cambio, acechan las más ínfimas partículas del fascismo en el cuerpo.

Rindiendo un modesto homenaje a San Francisco de Sales (1) podría decirse que el Anti-Edipo es una introducción a la vida no fascista.

Este arte de vivir contrario a todas las formas de fascismo, ya estén instaladas o próximas de serlo, van acompañadas de un cierto número de principios esenciales, que yo resumiría como sigue si tuviera que convertir este gran libro en un manual o una guía de la vida cotidiana:

– Liberad la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizadora.

– Incrementad  la acción, el pensamiento y los deseos mediante proliferación, yuxtaposición y disyunción, antes que por subdivisión y jerarquización piramidal.

– Liberaos de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite, la castración, la carencia, la laguna) que el pensamiento occidental ha sacralizado durante  tanto tiempo como forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid aquello que es positivo y múltiple, la diferencia a la uniformidad, los flujos a las unidades, las disposiciones móviles a los sistemas. Considerad que lo que es productivo no es sedentario sino móvil.

– No imaginéis que haya que ser triste para ser militante, incluso si lo que se combate es abominable. Es el vínculo del deseo a la realidad (y no su fuga en las formas de la representación) el que posee una fuerza revolucionaria.

-No utilicéis el pensamiento para dar a una práctica política el valor de Verdad; ni la acción política para desacreditar un pensamiento, como si no fuera más que pura especulación. Utilizad la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como un multiplicador de las formas y de los dominios de intervención de la acción política.

– No exijáis a la política que restablezca los “derechos” del individuo tal cual han sido definidos por el filosofo. El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es “desindividualizar” por la multiplicación y el desplazamiento, por la suma de combinaciones diferentes. El grupo no debe ser el vínculo orgánico que une a individuos jerarquizados, sino un constante generador de “desindividualización”.

– No os enamoréis del poder.

– Podría incluso decirse que Deleuze y Guattari aman tan poco el poder que trataron de neutralizar los efectos del poder vinculados a su propio discurso. De ahí los juegos y las trampas que encontramos un poco en todo el libro, y que convierten su traducción en un auténtico tour de force. Pero no se trata de las trampas familiares de la retórica, aquellas que tratan de seducir al lector sin que éste sea consciente de la manipulación, y que terminan por ganarlo para la causa de los autores, contra su voluntad. Las acechanzas de el Anti-Edipo son las del humor: otras tantas invitaciones a dejarse expulsar, a despedirse del texto dando un portazo. El libro hace a menudo pensar que no se trata de otra cosa que de humor y de juego, allí donde, sin embargo, ocurre algo esencial, algo tremendamente serio: el acoso de todas las formas del fascismo, desde aquellas, colosales, que nos rodean y nos aplastan, hasta las  formas más pequeñas que instauran la amarga tiranía de nuestras vidas cotidianas.
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(1) Hombre de Iglesia del S. XVII, que fue obispo de Ginebra. Es conocido por su Introducción a la vida devota.
(*) Este texto de Michel Foucault sirvió de prefacio a la edición estadounidense de Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, , de Gilles Deleuze y Félix Guattari, publicada en 1977. Formará parte de Dits et écrits, antología de textos de Michel Foucault, que aparecerá en 1989 en Gallimard, ( tomado de “Magazine Littéraire”). Publicado en español en Cuadernos de Marcha, Montevideo; también en: M. Foucault (F. Álvarez Uría y J. Varela, editores), 2010, Foucault. Obras esenciales, Paidós, Barcelona, pp. 673-676.

El presente texto procede de: http://www.psicologiagrupal.cl/documentos/articulos/antiedipo.html

Lo nuevo esta naciendo en las calles de Chile

por Santiago de Arcos-Halyburton

 

Vinieron con sus orgánicas burocráticas, sus banderas sindicales, su ansia de poder dirigir lo indirigible, intentaron llevar el copamiento de Plaza Italia (que es el centro neurálgico del tránsito de la ciudad, si lo bloqueas trastocas todo desplazamiento de vehículos) a una marcha por las calles y después enviarnos a las casas para que ellos, los burócratas de la CUT, del NO+AFP, etc…, toda esa mafia que lleva años enquistada en la direcciones sindicales, trato, digo TRATO, de vaciar la plaza, que es nuestra, que es nuestro campo de batalla, desde donde la potencia multitudinaria ha irradiado a todo Chile la revuelta. La multitud a mitad de camino entendió que su lugar no es una manifestación que recorra las calles sino que es el lugar del contrapoder constituido donde se agencian los todos, los muchos, aquí están las mil flores gestando el acontecimiento sin miedo, estableciendo este éxodo del poder y de la representación. Plaza Italia es nuestro Tahrir, nuestro Parque Gezi, nuestro Maidan, desde ahí combatimos y esparcimos las esporas de la revuelta hacia la ciudad, al país en su conjunto. Pero por qué citamos esos espacios de revuelta tan lejanos geográficamente unos de otros? Porque la globalidad de la revuelta se expresa desde 2011 hasta hoy, como si en una carrera de postas nos pasásemos el testigo de un huso horario al otro. Son millones en todo el mundo los que toman las calles, en un explosión de ira social que viene a cobrarse todas las cuentas de una sola vez, esas multitud se abraza en la inmanencia de una organización de otro tipo, una orgánica sin orgánica donde se constituyen nuevas formas de sociabilidad, de proposición de nuevas formas de vida.

Nos hemos auto convocado, porque esta revuelta no solo es contra el capitalismo financiarizado y sus consecuencias en nuestras vidas, sino que también es contra toda forma de representación o mediación, las redes sociales son nuestra prensa, nuestras orgánicas inmanentes son cibernéticas, digitales, imposibles de domeñar, indisciplinadas. En este crisol también aparecen los conflictos y contradicciones entre nosotros, las clases sociales, el deseo mirado desde distintos cristales, una óptica diferente entre cada colectivo que se manifiesta y revuelve contra el poder, pero también sucede que obviamos esas diferencias, como las barras bravas de los equipos de fútbol que dejan de lado sus rivalidades para agenciarse en la plaza bajo un solo deseo: LO QUEREMOS TODO, LO QUEREMOS AHORA. Ya las resolveremos en el camino, un camino de construcción de comunes.

Ellos aún siguen paralogizados, sin saber a dónde darse vuelta para saber que sucede con nosotros, qué es esta multitud insumisa, sudorosa, hedionda, violenta y cruel. Ellos, la clase política, el estado de los partidos, la prensa y sus corifeos aun no salen de su asombro, no saben si somos eso que ellos llaman vándalos, o la gente común y corriente que cacerolea pero que también saquea e incendia. Están perplejos, y como este contrapoder se afianza en la calle, han mudado su discurso: si no encendemos una barricada tenemos su simpatía por nuestro pacifismo civilizado y bien portado.

Más allá de ellos, los que reciben sus órdenes en las oficinas de los CEO’s de las grandes empresas, deben darse cuenta, tarde o temprano, que su mundo ya no existe, que el escenario es otro, que todo ha cambiado para siempre. Todos los consensos han caído. La élite se sentía segura, no había nubes negras en el horizonte, no fue sino hace una semana que Piñera anunció el oasis de paz que era Chile en medio de las convulsiones del continente…hoy el miedo les recorre el pescuezo porque temen por sus privilegios. Ya no tienen ninguna base de sustentación excepto el monopolio de las armas, incluso en sus barrios de clase alta se escuchan las cacerolas y se ven las manifestaciones y cortes de calle. Esta es la revuelta contra la ausencia de todo welfare, desde los más pobres a la clase media, supuestamente, acomodada. Chile había logrado sortear las crisis económicas, aumentado el nivel de vida de la población, pero a costa de endeudamientos, precariedad en salarios, empleos, salud y educación, donde todo es privado, hasta el agua y el mar (que fue entregado a 7 empresas para su explotación), y al mismo tiempo una economía que se contrae cada vez más en los niveles de producción y consumo de bienes, es el precio de la financiarización y la movilización productiva de los pobres a partir de una nueva composición social. Una subjetividad nueva surge de esa movilización productiva, se afianza e inicia un proceso de creación, la expansión del trabajo vive tiene lugar entonces, pero también nacen las frustraciones, la angustia, una lucha cotidiana por el éxito.

Entonces, que provoca este estallido? No es acaso la inclusión en el mercado del trabajo (durante los gobiernos de la Concertación) a grandes masas excluidas, mediante el acceso a la educación universitaria, por lo tanto a los bienes y al consumo, que se suma al miedo al fracaso del hombre endeudado. Toda la frustración sistémica, todo el odio acumulado en las horas rush en el transito; la imposibilidad de vivir sin deudas económicas con la banca; la violencia de unos contra otros, la delincuencia, etc., todo eso exploto hace 6 días, llevándose la “normalidad” por delante, detonando un proceso constituyente en el que cooperación y la inmanencia de la organización se transforma en la caballería de los hunos que arrasa con todo amalgamando todas las rabias, todas las demandas y exponenciándolas al nivel de que ya son 6 días de copamiento de los espacios de poder.

Ha estallado una potencia que no se derrota con estados de excepción, ni con tanques o balas, y menos con la tortura que ha reaparecido en las comisarías de la policía…SOMOS esa monstruosidad que no querían ver, somos los rostros descubiertos que van poniendo contra la pared al capitalismo financiarizado que nos agobia.

En Santiago de Chile, 6to día de revuelta