De nuevo sobre el impasse económico histórico del capitalismo mundial

El desorden global
Este artículo sitúa la crisis política y social francesa en el contexto del momento histórico del capitalismo mundial, una dimensión casi totalmente olvidada en la gran mayoría de análisis realizados sobre Macron y el movimiento de los chalecos amarillos, a pesar de que ayuda a explicar la gravedad de la crisis en curso. La incapacidad de la economía mundial para reemprender la senda del crecimiento más de diez años después del estallido de la crisis económica y financiera de 2007-2008 refleja una avería del motor de acumulación de capital a largo plazo. Esto se produce en el marco de la financiarización y la globalización, es decir, la realización plena del mercado mundial 1/ , y la globalización del capital en sus tres formas: capital productivo, capital de mercado y capital monetario, que abrieron a partir de la década de 1990 una fase específica de la historia del capitalismo como una prolongación de la etapa imperialista 2/ .

Una de las características de la financiarización es la enorme brecha existente entre la tasa de crecimiento de los derechos de giro sobre el valor añadido producido y la de este último, medida por el producto interior bruto (PIB) mundial. Para apreciar su magnitud disponemos de algunos indicadores generales. En un artículo 3/ de diciembre de 2017 utilicé los del McKinsey Global Institute y del Banco de Pagos Internacionales (BPI) y en otro artículo 4/ , de noviembre de 2018, el de los bonos mundiales. Para situar mi exposición, recuerdo aquí el indicador de McKinsey, que se refiere al crecimiento en billones de dólares y en porcentaje del PIB mundial de los derechos de giro sobre la plusvalía de quienes los poseen; a saber, cuatro categorías principales de activos financieros: acciones, bonos privados, títulos de deuda pública y líneas de crédito bancarias remuneradas con intereses, estimadas a su valor de mercado (en el caso de las acciones, la capitalización bursátil en las grandes plazas financieras).

Desde el comienzo de la financiarización, los derechos de giro sobre la plusvalía han crecido a un ritmo impresionante: una tasa media compuesta del 9% entre 1990 y 2007 con una fuerte aceleración en 2006 y 2007 (+18%). En 2007, la ratio de activos financieros respecto al PIB mundial alcanzó el 376%. Los veinte años de crecimiento exponencial se detuvieron con la crisis financiera de septiembre de 2008. Luego, gracias en primer lugar a las inversiones en los países emergentes, y después al nuevo e intenso recurso al endeudamiento, retoma su curso ascendente, aunque solo sea con lo que McKinsey llama “tasa anémica del 1,9%”.

Como muestra el gráfico 2, la tasa de crecimiento del PIB mundial es anémica. Este artículo trata principalmente de ello.

Capital monetario portador de intereses y capital productivo, dos procesos de acumulación distintos

Mi punto de partida es una observación realizada por Marx en el largo pasaje del Libro III de El Capital, editado por Engels, sobre “la división del beneficio entre interés y ganancia empresarial”. Dicho pasaje incluye tres capítulos titulados “Capital monetario y capital real”. El segundo comienza con una observación casi anodina, según la cual “la transformación del dinero en capital monetario crediticio es mucho más sencilla que la metamorfosis del dinero en capital productivo” 5/ . Hoy podemos prolongarla diciendo que es fácil identificar los mecanismos que están en el origen del aumento de la masa de derechos de giro sobre la plusvalía y su elevada tasa de crecimiento, pero más difícil de explicar la lentitud del aumento de la propia plusvalía mundial.

En lo tocante a los primeros, el proceso de acumulación de capital monetario que busca revalorizarse en forma de intereses, dividendos y ganancias especulativas ha incluido, sucesiva y acumulativamente: 1) el mecanismo de reproducción continua de las deudas públicas una vez contratadas (tanto las de los países semicoloniales del Tercer Mundo como más tarde la de los países capitalistas industrializados); 2) la centralización del ahorro salarial obtenido por los sistemas de jubilación por capitalización (los fondos de pensiones); 3) la colocación financiera, por parte de los ricos y los muy ricos, de las rentas de la propiedad y del capital no consumidas y, finalmente, 4) a partir de 1985, una afluencia cada vez más masiva de los beneficios no reinvertidos de los grupos financieros de predominio industrial (producción manufacturera y servicios), lo que los economistas marxistas y los heterodoxos anglófonos denominan el atesoramiento forzado (corporate forced hoarding). La diferencia entre las dos curvas del gráfico 3 ilustra su amplitud. Más abajo se explica más extensamente su significado.

El proceso de acumulación de capital no es incorpóreo. Se materializa en diferentes formas organizativas de gestión de fondos y fortunas privadas y de administración de grupos financieros con predominio industrial en sentido amplio (grupos financieros no financieros). Su propósito es asegurar los créditos y la regularidad del pago de intereses y la distribución de tantos dividendos como sea posible a los accionistas.

El movimiento del capital generador de plusvalía en periodo prolongado

En este artículo, el movimiento del capital generador de plusvalía nos remite a un proceso más amplio que la evolución de la tasa de ganancia, en la que algunos marxistas muy productivos, en particular Michael Roberts, ponen el acento casi exclusivamente.

El concepto de movimiento de capital productivo se refiere a las oportunidades de inversión rentables que ocurren de manera concomitante en una variedad de industrias y sectores de infraestructuras, con inversiones que tienen fuertes efectos retroactivos y acumulativos entre ellos. En la historia del capitalismo, estos momentos se sitúan en el comienzo de lo que los marxistas llaman las ondas largas de acumulación6/ . Han sido el resultado de importantes cambios tecnológicos (la primera y la segunda revolución industrial), acompañados de fases de expansión masiva del mercado a partir de las economías crisoles de cambio. Los impulsos externos del siglo XIX fueron tanto transoceánicos (India, Argentina, etc.) como continentales (la frontera de EE UU). En el siglo XX, las fases de expansión del mercado, que abarcaron una amplia gama de industrias y sectores, se produjeron después de las guerras mundiales (el caso de 1939-1945).

Hoy la situación es muy distinta. Desde que China se incorporó al mercado mundial, ya no queda más frontera que la suya propia hacia el interior, cuyos efectos son cada vez menos operativos, mientras que actualmente no se dan las condiciones políticas para una guerra mundial (una preparación ideológica del tipo que llevó a cabo el nazismo a partir de 1933). Hoy por hoy, el único punto de partida de una nueva onda larga pasaría por la existencia de nuevas tecnologías que por sus características exigieran inversiones elevadas, creadoras de empleo a una escala muy importante, pero también capaces de contribuir al aumento de la productividad y que permitieran el uso de equipos que incorporen esas tecnologías. Utilizando el indicador de productividad total de los factores, que se considera que incorpora en parte los efectos del progreso tecnológico (véase el recuadro), uno de los cronistas más escuchados de Bloomberg ha publicado un gráfico que plantea la cuestión de qué parte corresponde a la tecnología y cuál es el resultado del crecimiento económico. Recordando que la tasa de crecimiento de la productividad depende, por un lado, de la tasa de crecimiento económico a través de las inversiones, el autor se pregunta: ¿cuál prevalece sobre la otra?

En su comentario, el autor pasa de la palabra parece que emplea en el subtítulo a una posición afirmativa, cuyo fundamento teórico se halla en la economía heterodoxa de Nicholas Kaldor (1908-1986), uno de los principales sucesores de Keynes en Cambridge y gran defensor de la teoría del crecimiento neoclásica. En este punto nos topamos con el gráfico 3: un nivel de inversión inferior al de los beneficios en términos del porcentaje del PIB es la causa tanto de un aumento relativo de la masa de capital monetario que busca valorizarse en los mercados financieros como de una pérdida de mejoras de la productividad, pues estas solo pueden materializarse mediante nuevas inversiones.

La productividad

La productividad es la relación entre las cantidades producidas (o su valor añadido, VA) y los medios utilizados para obtenerlas. La productividad del trabajo puede calcularse per cápita (VA/número de trabajadores) o por hora de trabajo realizada (VA/número de horas trabajadas). Depende del aumento de la cualificación de los trabajadores y trabajadoras o de su formación (lo que les permite adaptarse más rápidamente a los cambios tecnológicos), o bien de la organización del trabajo o incluso de una mayor motivación de la mano de obra. Del mismo modo, la productividad aparente del capital mide la relación entre el VA y el capital fijo utilizado. Este indicador mide por tanto la eficacia del capital que se obtiene en un periodo de utilización más prolongado o mediante la incorporación de bienes de equipo más eficientes, a los que se pueden añadir los efectos del aprendizaje (la mano de obra mejora su eficiencia mediante el desempeño cotidiano de su actividad).

La productividad total de los factores mide la relación entre la producción expresada por el crecimiento del producto interior bruto (PIB) y el conjunto de los factores utilizados para obtenerla. Así, si durante un período dado el crecimiento medio anual del PIB es del 1,8% y el aumento del factor trabajo (número total de horas trabajadas) explica 0,2 puntos de este 1,8%, mientras que el aumento del volumen de capital explica 0,7 puntos, luego la productividad total de los factores explica el resto del crecimiento, o sea, 1,8 – 0,2 – 0,7 = 0,9 puntos, alrededor de 1 punto. La productividad total de los factores es el resto no explicado del crecimiento: la convención es que el progreso técnico lo explica en gran parte.

En un artículo 7/ de marzo de 2018, Husson escribe que “hay que volver por tanto a la definición de la productividad del trabajo: pretende medir el volumen de bienes y servicios producidos en una hora de trabajo. ¿Cómo se calcula este volumen en las contabilidades nacionales? Se suma la facturación de todas las empresas y se deducen después los consumos intermedios (los intercambios entre empresas) y así se obtiene el PIB expresado en euros, a precios corrientes o en valor. Para obtener un volumen se necesita un índice de precios.

Entonces aparecen los temibles problemas metodológicos porque la naturaleza misma de los productos cambia en el tiempo. ¿Cómo comparar, por ejemplo, un smartphone de hoy y un teléfono de cable de hace treinta años? Los precios deben ser ajustados para tener en cuenta los efectos de calidad que corresponden a estos cambios de naturaleza.”

El cronista de Bloomberg, utilizando también el indicador de la productividad global de los factores que se considera que incorpora en parte los efectos del progreso tecnológico, publica el siguiente gráfico. Su título, “A SputteringEngine of Growth” (Un renqueante motor de crecimiento), es elocuente.

El cronista de Bloomberg indica que el gráfico abarca el periodo de introducción de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), confirmando la llamada paradoja de Solow. En efecto, desde finales de la década de 1980, el renombrado economista estadounidense Robert Solow 8/ había constatado que “vemos ordenadores en todas partes, salvo en los indicadores de productividad”. Patrick Artus ha abundado en la cuestión recientemente: “No se entiende bien por qué, pese al desarrollo de la tecnología digital, al esfuerzo de investigación e innovación, las mejoras de la productividad disminuyen y el crecimiento a largo plazo, por tanto, se debilita; en suma, ya no sabemos analizar la situación a largo plazo de las economías” 9/ .

Las TIC han comportado una reconfiguración radical de la organización del trabajo y de segmentos enteros de la vida cotidiana. Han invadido todas las actividades y se han perfeccionado constantemente. En este sentido, al permitir captar y analizar los datos masivos, las TIC proporcionan al capital y al Estado una capacidad sin precedentes de control político y social y, por tanto, nos hallamos ante una tercera revolución industrial, tal como la llaman los teóricos neoschumpeterianos. Sin embargo, por sus características desde el punto de vista de la inversión, no puede ser portadora de una nueva onda larga en la medida en que ahorra trabajo. Las TIC son labour-saving, a menudo muy intensamente. Hoy nos hallamos de lleno en la situación pronosticada hace treinta años por Ernest Mandel en su análisis de las consecuencias de lo que en aquel entonces llamaba el robotismo, que apenas estaba en sus comienzos. La perplejidad de Artus tiene su respuesta en el hecho de que “la extensión de la automatización más allá de cierto límite conduce, inevitablemente, primero a una reducción del volumen total del valor producido, y después a una reducción del volumen de la plusvalía realizada” 10/ .

La apreciación de la situación de EE UU en los trabajos estadounidenses

En un nivel analítico muy distinto, unos trabajos sobre EE UU realizados por economistas y sociólogos estadounidenses heterodoxos, muy poco conocidos en Francia, vienen a explicar que los factores que impulsaron el crecimiento económico durante la mayor parte de la historia del país se han agotado en gran parte. El sociólogo Tyler Cowen (2011) habla de una “planicie tecnológica” y del fin de una época en que “los frutos del crecimiento eran fáciles de recolectar” y que por tanto este era rápido. En un libro que ha estado más en el centro de los debates en virtud de su importante aparato estadístico, Robert Gordon (2016) sostiene que el fuerte crecimiento de la economía estadounidense entre 1870 y 1970, interrumpido temporalmente por la Gran Depresión, pero pronto relanzado mediante la producción de armamento a partir de 1942, fue una larga fase que no puede repetirse.

Gordon recuerda que “se combinaron grandes invenciones para ofrecer a la población acceso a agua corriente, a la electricidad, al teléfono. El automóvil revolucionó el transporte. Los fulgurantes avances de la medicina alargaron la esperanza de vida. Estos cambios vinieron acompañados de un fuerte incremento de la productividad per cápita y de una tasa de crecimiento que ha durado un siglo”. Continúa diciendo que “desde la década de 1970 sigue habiendo innovaciones, pero la productividad total de los factores, que mide la parte del crecimiento asociada al progreso técnico, se debilita. La tercera revolución industrial abarca una esfera reducida –principalmente los sectores del entretenimiento y de la información-comunicación–, que no aporta más que el 7% del PIB estadounidense. No altera la vida cotidiana de las personas en la misma proporción que las innovaciones del pasado. En la oficina, el salto de la revolución digital se produjo a finales de la década de 1990, con la combinación de los ordenadores e Internet. Desde entonces, las condiciones de trabajo no han cambiado tanto: un PC, un teléfono, una conexión. Las grandes rupturas ya se han dado. De ahí que la productividad total de los factores progrese menos rápidamente”.

Para concluir, algunas palabras sobre el medio ambiente y las relaciones políticas internacionales y nacionales

El FMI anunció a finales de enero una rebaja de sus previsiones de crecimiento, que de por sí ya eran bajas. Esta revisión se debe a la situación económica en Europa y en América Latina, aunque también, en parte, a la de China. Las cifras oficiales del crecimiento chino, que apenas llegan a la mitad de las de hace diez años, han sido examinadas con lupa y de hecho parece que son inferiores al 5% anunciado. Procesos acumulativos que comportan un crecimiento muy lento marcan el movimiento de la economía mundial.

Se trata en primer lugar de las políticas de austeridad que se imponen por doquier, así como de una configuración en la que las empresas y la gran distribución han de persuadir a los hogares –cuyo poder adquisitivo está estancado– a comprar, más allá de lo indispensable para el día a día, cosas que ya poseen. Paralelamente, en las cadenas de valor mundiales 11/ , los ordenantes presionan cada vez más a los subcontratistas y a los transportistas marítimos y viarios a lo largo de toda la cadena. La curva de la acumulación de capital monetario generador de intereses (gráfico 3) refuerza el peso económico y político en todos los países de los gestores de fondos y de fortunas y de los administradores de los grupos financieros industriales y comerciales, interesados exclusivamente en la seguridad de los flujos de intereses y el reparto máximo de dividendos. Así, los procesos con efecto de contracción que dominan la economía mundial vienen acompañados de una aceleración de la dilapidación de los recursos mineros, de la deforestación y del agotamiento de los suelos. Paralelamente, el importe de las inversiones públicas que requiere toda transición ecológica es imposible de alcanzar sin que se anulen las deudas públicas, que es más que nunca una reivindicación democrática absolutamente central.

Una última palabra, para ir rápido, sobre el contenido de la vida política. Su indiferencia tanto con respecto al pasado y al legado de la civilización capitalista como a su futuro, asociada a su extrema vulgaridad, convierte a Donald Trump en el político más representativo de las clases poseedoras y dirigentes del momento histórico actual. En Davos, donde no estuvo Trump, el FMI hizo sonar la alarma sobre los riesgos políticos que amenazan al capitalismo mundial. En el plano internacional hemos entrado en una situación en la que los países y los grandes grupos se hallan enfrentados en una competencia directa, uno de cuyos instrumentos, para el reducido número de países que tienen la capacidad política para recurrir a él, es la guerra comercial, que Trump ha comenzado a utilizar.

En el plano interior de cada país, la situación mundial de juego de suma cero impide el goteo prometido por determinados gobiernos, entre ellos el de Macron, mientras que en ninguna parte los plutócratas están dispuestos a que se recorte su riqueza. Los gobiernos no cambiarán de política económica, no abandonarán las recetas neoliberales –cuyo fracaso, sin embargo, es patente, como es el caso de Francia– ni pondrán en tela de juicio los privilegios de los muy ricos. Frente al desmantelamiento de los servicios públicos (hospitales, escuelas), del sistema de pensiones de jubilación por reparto y de los seguros de enfermedad y desempleo, la precarización creciente del empleo y la dispersión y marginación geográfica de un amplio sector de la población, las personas explotadas y dominadas no pueden hacer otra cosa que rebelarse. Una larguísima fase de integración de los sindicatos en el Estado y/o en la burguesía (en los países con cogestión) les obliga a hacerlo a su manera con formas originales. Estas se verán influidas por la experiencia pasada de lucha de clases y las tradiciones políticas de cada país.

A este respecto, el movimiento de los chalecos amarillos –movimiento autónomo que, si nos atrevemos a decirlo, se ha autoorganizado espontáneamente– es profundamente francés, pero anuncia otros en otras partes, de naturaleza similar aunque diferentes en la forma. Es cierto, por otro lado, que en Europa Occidental, el Estado francés y la burguesía francesa se han adelantado, bajo el gobierno de Macron, a los de otros países en el establecimiento de un modelo de Estado neoliberal-autoritario –por utilizar el término de Ugo Palheta– que dispone de medios represivos policiales y judiciales muy desarrollados y que no hace más que reforzar. Están destinados a ser empleados contra la clase trabajadora y la juventud en sus luchas por sus derechos elementales que no tendrán más remedio que librar. La loi anti-casseur 12/ anuncia enfrentamientos muy duros.

Referencias:

Cowen, Tyler (2011) The Great Stagnation: How America Ate All the Low-Hanging Fruit of Modern History, Got Sick and Will (Eventually) Feel Better. Londres: Penguin Group.

Gordon, Robert J. (2016) The Rise and Fall of American Growth: The US Standard of Living Sincethe Civil War. Princeton: Princeton University Press.

Notas:

1/ “El mercado mundial está contenido en el concepto mismo de capital”, Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), de 1857-1858.

2/ A condición de que este no se defina como la antesala del socialismo, como pretende la vulgata leninista.

3/ “Las dimensiones financieras del impasse del capitalismo”, François Chesnais. Disponible en https://vientosur.info/spip.php?article13306 .

4/ “Etats-Unis. Les vantardises de Trump. Or, une nouvellecrise financière guette”, François Chesnais. Disponible en: https://alencontre.org/ameriques/americnord/usa/etats-unis-les-vantardises-de-trump-or-une-nouvelle-crise-financiere-guette.html#more-53291

5/ Primer párrafo del capítulo XXXI.

6/ Por oposición a los ciclos largos, que suponen cierta regularidad y sobre todo la presencia de un mecanismo endógeno de recuperación del tipo que Marx atribuyó en el volumen II de El Capital a los ciclos decenales que se repiten de manera bastante regular mediante la sustitución de la maquinaria. El Capital se escribió en plena revolución industrial. Los cambios tecnológicos son un motor de la acumulación. La teoría correspondiente se desarrolla en particular en los capítulos sobre la plusvalía relativa, cuyo hilo conductor es el aumento de la productividad del trabajo. La noción de ciclos largos la forjó Trotsky en la década de 1920, tanto con motivo de los debates sobre el periodo en la III Internacional como en un marco académico ruso con Kondratieff. La teoría de los ciclos largos la defendieron posteriormente Schumpeter y su escuela. Ernest Mandel acusó su influencia durante un tiempo. En el capítulo IV de su libro El capitalismo tardío exhibe una definición cíclica de las ondas largas e introduce una disimetría pluricausal entre la fase depresiva y la fase expansiva.

7/ “Pensar y medir el estancamiento secular”, Michel Husson. Disponible en https://vientosur.info/spip.php?article13626 .

8/ https://es.wikipedia.org/wiki/Paradoja_de_la_productividad .

9/ Citado por Michel Husson en su artículo de marzo de 2018, “Pensar y medir el estancamiento secular”, https://vientosur.info/spip.php?article13626 .

10/ Ernest Mandel, Introducción al Libro III en la edición en inglés de El Capital: Karl Marx, Capital, Libro III (Penguin, 1981), p. 78. He llamado la atención sobre la importancia de este texto en el artículo “¿Ha topado el capitalismo con límites infranqueables?”, disponible en https://www.vientosur.info/spip.php?article12231 .

11/ Hice una presentación de las mismas en el artículo de febrero de 2018: “Las dimensiones financieras del impasse del capitalismo”, https://vientosur.info/spip.php?article13306 .

12/ Equivalente en Francia de la ley mordaza española (ndt).

 François Chesnais es economista y autor de una larga relación de obras y artículos sobre el capitalismo financiarizado,

Artículo original en francés:  http://alencontre.org/economie/de-nouveau-sur-limpasse-economique-historique-du-capitalisme-mondial.html

Traducción: viento sur

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14913

 

La crisis de las mediaciones

por Bruno Cava Rodrigues

 

El derecho es la resultante del embate político de fuerzas, cristalizando como instrumento de los poderosos; o el derecho es el que garantiza las condiciones para el ejercicio del poder, regulando las reglas del juego político? Es el quid de la cuestión, por ejemplo, en los debates sobre el derecho constitucional entre un Kelsen y un Carl Schmitt.

Otro jurista del siglo pasado, eclipsado por los grandes nombres, reubica el problema en otros términos. Para Eugenio Pachukanis, que el derecho sea un instrumento político de dominación es una premisa indiscutible. Pachukanis plantea la pregunta de otra manera: ¿por qué la clase dominante necesita el derecho para ejercer la dominación en primer lugar? ¿Por qué no lo ejerce directamente, teniendo que interponer la mediación jurídica?

La formulación de Pachukanis es parecida a la de Marx, que pregunta por qué el capitalismo necesita interponer el salario entre el capital y el trabajo. ¿Por qué la mediación del trabajo libre (en inglés, «free»: libre / gratis) en lugar de la esclavitud o la servidumbre? La novedad del capitalismo está en el trabajo asalariado alzado a la base de la organización social. Marx no vislumbra una lucha por la libertad del trabajo, sino por la liberación en relación a él, por la abolición del trabajo; así como Pachukanis no apuesta en la lucha por el derecho, sino en la supresión de la forma jurídica: librarnos de un mundo que en que las relaciones tengan que ser mediadas por la coacción del derecho.

Pachukanis es el primero y quizás el único filósofo del derecho marxiano. Si Marx teoriza que el capital consiste en una relación social mediada por el salario -y no, como haría suponer una lectura acortada de los primeros capítulos del «Capital», en el fetichismo de la mercancía – Pachukanis dice que la relación jurídica repercute estructuralmente la relación social capitalista . Esto no tiene nada que ver con una supuesta vulgata economicista, en que el derecho no pasaría de reproducción mecánica de los intereses económicos o de la (in) justicia de clase.

Pachukanis dice, en realidad, que la violencia fundamental está en la forma jurídica misma. No hay manera de llegar a un derecho justo en el marco del propio mundo jurídico; así como no existe, en el marxismo de Marx, un salario justo, pues el salario es la propia sublimación de la violencia en la normalidad del trabajo.

Otra lectura apresurada diría que, con la teoría del derecho de Pachukanis, recaímos una vez más en los dilemas infernales entre reforma y revolución. Pachukanis estaría simplemente diciendo que no hay como reformar el derecho o que la lucha en el marco del derecho sería últimamente vana, como si el marxismo de Marx fuera indiferente a las luchas en el marco del trabajo en el interior del trabajo, proceso del capital. Sabemos bien que esta dicotomía reforma / revolución, tan elemental en el comercio minorista, es rigurosamente inútil.

No es lo que Marx o Pachukanis están sugiriendo: revolución en lugar de reforma. Lo que están diciendo es que la relación social del capital y la relación jurídica que la repercute son imposibles de ser balanceadas, que hay un desequilibrio intrínseco y que todos los intentos de reequilibrarlas con una teoría de la justicia serán precarias y artificiosas. En otras palabras, no hay paz en el marco de esa relación, sólo pacificación, continua contención de una tendencia de crisis interna.

El trecho más importante del «Capital» no está al comienzo del volumen I, sino en el capítulo 13 del libro III, publicado solamente en 1894, cuando Marx expone la tendencia de caída de la tasa de interés (TQTJ). Quien dice que la explicación de la TQTJ es la rótula fundamental de la crítica de la economía política es el propio autor, en sus manuscritos, los «Grundrisse».

Lo que importa destacar es que, una vez que desloqueamos el problema al considerar la existencia de una mediación tendencialmente en crisis, estamos llevados a abordar: 1) la configuración variable de la mediación del ejercicio del poder, 2) el hecho de que, como supone una la relación desigual de fuerzas, la mediación tiende a una crisis interna que inclina la forma social / jurídica a la disolución.

Es ahí donde otro filósofo del derecho da un paso más en la formulación pachukaniana. En «La forma-estado» (1977), Antonio Negri explica cómo la historia del derecho en el siglo XX es la historia de la constitucionalización del trabajo. El esfuerzo político y jurídico por pacificar a la clase trabajadora en el interior de la mediación, asimilando las luchas y demandas. De ahí surge, como un New Deal resultante de los embates, la forma de un estado que va a regular la crisis por medio de instancias permanentes de pactación, derecho del trabajo, inversión social, incorporación de la fuerza de trabajo en el consumo de masa.

Si el salario es el punto neurálgico en que la relación expresa su condición actual, en el siglo XX, el capitalismo progresa por la corrección del salario antes libremente («libre») pactado con un salario social, gestionado por el Estado por medio de servicios públicos, legislación laboral, sistema previsional, reconocimiento de derechos colectivos y sociales. Es el estado de bienestar social que corresponde a la nueva configuración de la mediación y que predomina en Occidente entre los años 1930 y 1970.

Al escribir a finales de la década de 1970, Negri señaló la crisis de esa forma social / jurídica, que se manifiesta con la disolución del estado de bienestar social. La novedad del autor no está en apuntar otra gran transformación, sino en atribuirle la fuerza motriz a los conflictos intensificados entre trabajo y capital, en el largo 1968. Con ese enfoque, escandalizó toda una tradición de izquierda que se construyó alrededor de la idea que el ascenso post-fordista o simplemente neoliberal fue una iniciativa del propio capital contra el trabajo, y no el resultado de un embate con varios polos, el desdoblamiento multifacético de un devenir mundial.

Esta tradición de izquierda es nostálgica del welfare state porque entiende unidimensionalmente que su disolución fue un retroceso, como si el salario social no implicase, en primer lugar, una crisis intrínseca. Y esa misma tradición, desorientada por 1968, acaba mórbidamente seducida por supuestas alternativas, como la China post-maoísta o el gobierno Putin, que no pasan de experimentos neopatriarcales aún más autoritarios para una masiva deflación salarial.

A finales de la década de los 70, Negri apunta la mutación a una tercera forma, que va a repercutir en el derecho y en las formas estatales. Entra en escena el salario-crisis: una remuneración dispersa, desconjuntada, flexible, no más organizada desde un centro planificador estatal. Para hablar con Foucault, las políticas sociales dejan de ser mecanismos compensatorios de las desregulaciones propias del proceso económico para convertirse en dispositivos directos con que la economía es formalizada a partir del modelo de la empresa.

De ahí la fragmentación de la forma-salario, la tendencia de la tercerización, la centralidad de la relación laboral de servicio. Si, en el estado liberal del siglo XX, el problema consiste en la necesidad de imponer límites al Estado para que la esfera de la libertad económica pueda prosperar; en el neoliberal, el problema pasa a ser como la libertad económica de los mercados puede determinar el Estado como principio inmanente de su eficiencia y competencia. En lugar del mercado local bajo la vigilancia del Estado-nación, se trata ahora del Estado nacional bajo la vigilancia del mercado mundial.

A esto corresponde una mutación profunda en la forma jurídica que hace proliferar instancias societales, arbitrajes, juicios especiales, primado de la celeridad y de la eficiencia. No se trata más bien de la constitucionalización del trabajo que marcó las agendas económicas de la segunda posguerra, sino una desregulación que en realidad implica la super-regulación de las relaciones desde el interior de la sociedad civil, macroeconómicamente, en forma de una marketización y un emprendedorismo generalizado.

Si podemos añadir un punto a ese esquema de larga duración, está en señalar cómo vivimos aún más un momento crucial de crisis de la mediación. El término «populismo», por ejemplo, es índice de esa crisis en la propia teoría. La idea de que, en la crisis de representación, el desencanto con las formas políticas llame a multitudes a anhelar por atajos y festejándolos, vínculos directos con líderes fuertes y carismáticos. Pasados ​​ocho años dentro del ciclo de las primaveras árabes, no se produjo ninguna síntesis, al menos no a la vista. No nos dejan mentir la guerra en Oriente Medio, los empates catastróficos en Egipto o Ucrania, el reflujo del Podemos español, las restauraciones por todas partes, la persistencia de tantos enigmas e impasses. En la carencia de síntesis, sobran los análisis en círculo vicioso, en el espectáculo deprimente de las auto confirmaciones («le avisé»).

Si Pachukanis, Marx o el Negri de 1977 tienen algo que enseñar no consiste en reeditar dicotomías inútiles entre socialismo y capitalismo, derecha o izquierda, reforma o revolución. Estos recortes no llevan a nada. Pero sí que la crisis de las mediaciones es una tendencia, en proceso de actualización como un devenir mundial, y tiene por lo menos dos polos (muchos), porque es la mediación de una relación. No hay retorno de esta crisis, como si hubiéramos adentrado un terreno peligroso y, sensatos, debiéramos reconducir las cosas a un lugar seguro.

No hay camino de regreso, un despertar para salvar a todo el mundo, una vuelta eufórica a un mistificado status quo ante. Tampoco basta denunciar el mal uso de las instituciones existentes, como si hubiera una forma ideal o un justo reequilibrio. La fuerza motriz del conjunto es el desequilibrio y se precipita en su propia crisis, de donde se engendran las formas.

 

Traducción del portugués al español: Santiago De Arcos-Halyburton

El crimen de las filtraciones editadas

por Marcus Fabiano

 

El mayor problema de estas filtraciones, posiblemente editadas, es nuevamente un abuso sobre la buena fe de los legos. Se está orquestando otro escándalo a partir de un hecho ordinario del cotidiano jurisdiccional: el juicio criminal, hecho por el Estado, y la acusación, hecha también por el Estado, se comunican REPUBLICANAMENTE en la lucha contra el crimen más grave que, además de los bienes individuales, lesiona las estructuras cooperativas del bien común. De igual modo, el juicio, hecho por el Estado, también se comunica con la Defensa de los acusados, eso cuando el defensor no es algún mongoloide que sólo se presta al teatro político (para mayores matices, llamen a los «especialistas en diseño institucional») . Por otro lado, hace poco, vimos al tal Presidente del STF, antes incluso de cualquier acción judicial, recibir con reverencias al abogado de la Vale do Rio Doce tras el desastre de Brumadinho, aunque el mismo se negó a recibir a los familiares de las víctimas. También ese mismo Presidente del STF participó de un «pacto político» con Bolsonaro y Rodrigo Maia, extrapolando otra vez su sacrosanta «misión institucional» de modo hasta más descarado. Pues sí. ¿Algo sucedió? Absolutamente nada, pues vivimos bajo el signo de la pesadilla de Montesquieu.

 

Acabo de leer todas las supuestas filtraciones, que considero, ante todo, el más genuino periodismo amarillista (yellow journalism), algo que incluso demanda una enérgica respuesta penal. Desgraciadamente, las enormes dimensiones y el carácter sistémico del esquema de corrupción enfrentado por la Lava Jato, reconocido como gigantesco incluso en foros como la ONU, exige un mínimo de coordinación entre actores cuya tarea implica la protección del bien común. Esto incluso a nivel internacional (véase la materia de las colaboraciones abajo, por las cuales Judiciales y Ministerios Públicos de muchos países ciertamente intercambiaron cientos de mensajes). Además, observe que, en MOMENTO NINGUNO de estos posibles montajes, el Poder Judicial o el Ministerio Público surgen recibiendo DINERO o FAVORES POLÍTICOS, FORJANDO PRUEBAS o aún planeando la VICTORIA ELECTORAL DE ALGÚN CANDIDATO ESPECÍFICO. Tampoco veo aquí malévolos «direccionamientos» de la actuación ministerial.

 

Es es el fundamento de la defensa prioritaria de las Instituciones, del Poder Judicial y del Ministerio Público, que fueron víctimas de crímenes gravísimos. Los crímenes, estos, posiblemente perpetrados o por servicios de espionaje extranjeros, o por mercenarios privados de alta calificación egresados de ese mismo ámbito (recuerde que el sistema blindado de Odebrecht era originario de la inteligencia de Israel). Pero la masa manipulable que acude al sensacionalismo, desgraciadamente, no alcanza ese arco de cuestiones. El promedio del brasileño instruido, rehén de un imaginario de espionaje típico del agente 007, ni siquiera logra identificar aquel «profesorcito extranjero camarada» y aquel «traductor apasionado por Brasil» como tentáculos de Agencias de Inteligencia que mantienen sus laboratorios de interacción social, observación y la influencia a través de un campo académico intelectualmente devastado (el llamado «soft power»).

 

Lo más increíble, en medio de todo esto, es notar que, a la izquierda, pocas voces (o ninguna?) se levantan por la radicalización de Lava Jato dentro de la ley y de las garantías procesales, una Operación histórica que acusó, desde Alberto Youseff, entre otros, a Eduardo Cunha, Sérgio Cabral, Eike Baptista, Aécio Neves, André Esteves, Romero Jucá, Renan Calheiros, Michel Temer, Antônio Palocci, José Dirceu, Geddel Vieira Lima, Guido Mantega, Delcídio do Amaral, Paulo Roberto Costa, Nestor Cerveró, Joesley Batista, Marcelo Odebrecht y, por supuesto, Lula. Y parece incluso haber, entre algunos, una especie de júbilo morboso en la defensa velada de esos y otros parásitos como «pobres víctimas» de un malévolo esquema persecutorio.

 

Ahora bien, es deber funcional -y no opción- del Ministerio Público ofrecer acciones penales contra tales criminales. Y esas supuestas filtraciones (repito: probablemente editados) en nada modifican las condenas o la actuación de protagonistas que no ocuparon sus puestos por criterios políticos y / o ideológicos, sino que fueron investidos por el efecto aleatorio de un concurso público.

 

Luego, si el Poder Judicial y el Ministerio Público conversaron entre sí al combatir a una mafia que desvió cifras del orden de trillones de reales (incluso para reelegirse perpetuamente), ellos cumplieron sus deberes. Sin embargo, si en algún momento, además del cinismo sensacionalista, el Poder Judicial y el Ministerio Público sobrepasaron los límites éticos y legales del Código de Proceso Penal, eso debe ser demostrado por pruebas lícitas (pruebas de la misma naturaleza que condenaron a los arriba enumerados) . Y si existen nulidades eventuales, que estén bien demostradas y oportunamente consideradas en el debido proceso legal.

 

Personalmente, no me dejo convencer por rumores provenientes de supuestas «fuentes anónimas» movidas con propósitos explícitamente partidarios de la defensa de una organización delictiva de alcance multinacional. Nada de eso, sin embargo, significa una defensa intransigente de las personas del juez Sérgio Moro o del Procurador Deltan Dallagnol. En primer lugar, se trata de un llamamiento a la razón para que se protejan ante todo nuestras instituciones y sus prerrogativas, considerando el peligroso contexto de actuaciones nebulosas que tal vez hasta hayan provocado la extraña muerte del Ministro Teori Zavascki .

 

Sin embargo, recuerde la verdad: ya hubo campañas difamatorias jurando de pies juntos que Sérgio Moro era del PSDB. ¿Qué pasó? Se unió al equipo de Bolsonaro. También se movilizaron revelaciones masivas asegurando que Moro era un infiltrado, un agente de la CIA. Y ahora el presunto agente secreto tiene su teléfono pinchado. Ahora bien, veamos y (con)vengamos: en medio de ese estallido, no vimos al Judiciario (sea como juez, sea como TRF4), ni el Ministerio Público conspirando para abrir cuentas en el extranjero a fin de recibir fortunas de empresas o de grupos partidistas.

 

¿Y cómo queda Lula en medio de todo esto? Para mí, Lula es sólo otro criminal común que ejercía un papel especializado en el mega esquema desarticulado, alguien a quien aún rinde una parte de cierta izquierda que se hundió, tal vez irremediablemente, en el cleptopopulismo y en la mediocridad salvacionista. En el Perú, un ex presidente se suicidó y otro está preso por los desdoblamientos de Lava Jato. Lo cierto es que fuerzas muy superiores al alcance de las campañas de propaganda están en juego en todo este proceso: energías que pretenden hacer creer que la lesión drástica y de alta escala al interés público es un asuntillo de puro «moralismo», una suerte de «comisión » irrelevante a ser pagada con la sangre y el sudor del pueblo.

 

En el mundo del derecho, todos sabemos que ricos abogados que circulan en sus Porsches y sus Ferraris, comprados con honorarios oriundos se sabe de donde, denuncian en público la Operación Lava Chorro mientras en los bastidores se digladían por sus riquísimos clientes. ¡Instrumentalizando en defensa de la corrupción tanto el garantismo liberal como la teoría de la selectividad (de inspiración marxista!) Tales «juristas» por cierto jamás morirán de cáncer en una fila del SUS. Y lo más lamentable es notar que el principal aliado de esas fuerzas comisionadas es una elite espiritual desertora y simplista, cuya pereza crítica la hace actuar como claque de resonancia para campañas de propaganda cada vez mayores que las de João Santana & Mônica Moura.

 

En medio de ese caos absurdo, nadie le da la debida atención a un tema indispensable a la soberanía nacional, respecto del cual el general Heleno ya había alertado al país en la gran prensa: el derretimiento completo de nuestros sistemas de Inteligencia. La cuestión para mí no es Moro o Dallagnol. En mi opinión, el Poder Judicial y el Ministerio Público de Brasil son chantajeados por fuerzas que tal vez estén involucradas incluso en los asesinatos de autoridades. Eso es gravísimo. ¿Y qué tratamiento, cierto periodismo, declaradamente partidario, da al episodio? El mismo de los «desnudos» divulgados por Neymar.

 

Traducción del portugués al español: Santiago De Arcos-Halyburton

Seymour Hersh: «El buen periodismo consiste en leer antes de escribir y en quitarse del medio para dejar paso a una puta historia»

Por Sebastiaan Faber

Seymour Hersh es una máquina. Dos semanas después de su 82 cumpleaños, a mediados de abril, concertamos una cita telefónica para un viernes a las 9 de la mañana, aunque normalmente juega al tenis a esa hora. Lo más probable –me dice– es que mande al tenis al carajo: no tiene tiempo, está metido en una historia importante. Cuando, el viernes en cuestión, abro mi correo electrónico a primera hora, encuentro una nota de Hersh enviada a las 4 de la madrugada. Se ha levantado temprano; estar inmerso en una investigación –escribe– siempre le pone los nervios a tope. Pero –agrega– intenta no hacer ruido porque tiene “miedo, un miedo mortal” de despertar a su esposa.

Hersh, cuyo libro de memorias, Reportero, sale con Península en junio, es una leyenda viva del periodismo de investigación. En noviembre de 1969, sacó la primicia de la masacre de My Lai. (Después de una odisea detectivesca de varios meses, logró hablar con William Calley, un primer teniente de 26 años acusado de haber asesinado a más de cien civiles en Vietnam). La pieza le valió un Premio Pulitzer. En 2004, en el New Yorker, Hersh reveló cómo un grupo de soldados estadounidenses había torturado a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.

En los años 70 y 80, Hersh se convirtió en uno de los críticos más temidos del gobierno norteamericano, particularmente en temas de seguridad nacional. Se ha especializado en el uso de fuentes internas –muchas veces, funcionarios jubilados– que suele cultivar durante muchos años. Sus piezas más recientes han sido especialmente controvertidas: han cuestionado los relatos oficiales del gobierno norteamericano sobre los ataques con gas sarín en Siria y el asesinato de Osama bin Laden. (Según sus críticos, Hersh se dejó embaucar por el presidente sirio Assad; otros creen que se fía demasiado de un puñado de filtradores). El pasado mes de enero, la London Review of Books publicó un reportaje de casi 6.000 palabras sobre las operaciones secretas que en los años de la presidencia de Reagan dirigía el entonces vicepresidente George H.W. Bush.

Seymour Hersh —Sy para sus amigos— nació en 1937 en el West Side de Chicago. Sus padres, inmigrantes judíos lituanos, llevaban una tintorería en un barrio pobre afroamericano. Cuando tenía 15 años, su padre enfermó de cáncer y Sy se hizo cargo del negocio durante varios años. En 1959, terminada una carrera de Historia en la Universidad de Chicago, entró como copista en el City News Bureau de Chicago. Cuatro años más tarde, se unió a la Associated Press, mudándose poco después a Washington, DC, donde aún vive. En 1968, trabajó brevemente como secretario de prensa de Eugene McCarthy en las primarias en las que McCarthy se postuló contra Johnson como candidato demócrata antiguerra.

Luego, Hersh se fue a Vietnam para cubrir la guerra como reportero freelance; acabó contratado por el New York Times. En los 70, fue clave en los descubrimientos del Watergate. Horas después de los ataques de 11 de septiembre de 2001, recibió una llamada de David Remnick, director del New Yorker. “No recuerdo las palabras exactas de David”, escribe Hersh en Reportero, “pero el mensaje fue simple: ‘Dedícate en exclusiva a la historia más importante de tu carrera’”. Desde entonces, ha trabajado sobre Oriente Medio.

Hersh es conocido por su mal genio, el extremo cuidado con que comprueba sus datos (adora a sus fact checkers, a los que tiene locos) y su ostentosa falta de cuidado a la hora de vestirse. Habla rápido, desviándose constantemente del tema. Cada minuto o dos, suelta una carcajada entre divertida y sarcástica. Lo que también suelta son tacos, a montones. (“Lo siento”, dice después de 45 minutos de blasfemia constante. “Lo hago sin querer. Suele pasarme cuando hablo de periodismo”).

Es común que sus reportajes contengan menos información de la que usted tiene en el momento de escribirlos. ¿Por qué se cohíbe?

Si no revelo todo lo que sé, es para proteger a mis fuentes internas. No hay otro motivo. En el último reportaje que hice para la London Review, por ejemplo, no pude sacar todo lo que sabía. Estos temas siempre ponen muy incómodos a los servicios secretos.

¿Cómo se asegura de que el gobierno no pueda identificar a sus informantes?

No utilizo Signal ni ningún otro tipo de comunicación cifrada, porque solo llamaría la atención. Así que me limito simplemente al Gmail. De todos modos, gracias al Patriot Act, el gobierno está enterado de todos mis contactos telefónicos. Eso significa que, cuando decido llamar a una persona dentro de la administración, la tendré que llamar tres veces por semana durante el resto de mi vida. Aun así, sabemos que la NSA lo registra absolutamente todo. Es una preocupación constante.

El gobierno de los Estados Unidos ha estado tomando medidas drásticas no solo contra funcionarios que hablen con reporteros sino contra los propios reporteros.

Sí, y Obama lo hizo más que nadie. Su administración se metió durísimamente con James Risen del Times y otros reporteros por negarse a identificar a sus fuentes.

El subtítulo de la traducción al español de su libro reza: Memorias del último gran periodista americano. ¿Representa usted el fin de una era? En su libro, afirma que es cada vez más difícil hacer el tipo de trabajo periodístico a que se ha dedicado durante toda su vida. ¿Esto se debe en parte a esta creciente represión legal?

No. Es todo cuestión de dinero. Los periódicos no tienen los fondos que solían tener. Mira, las historias difíciles no lo son solo porque sean caras. En la Associated Press, en el New York Times y en el New Yorker, yo escribía historias que les complicaban la vida a los directores. En los tres, mi trabajo consistía básicamente en entrar a la redacción con una rata muerta llena de piojos, depositarla en el escritorio del director y decirle: “Voy a escribir algo que el gobierno va a odiar. Me llamarán mentiroso. Tendrás que trabajar duro para comprobar todo lo que diga. Va a haber gastos, porque voy a tener que moverme mucho. Y aun así, puede que no funcione. Aunque te cueste cincuenta mil dólares en vuelos y hoteles, es posible que regrese con las manos vacías. Pero incluso si te consigo una historia que valga, habrá abogados que te griten y suscriptores que se den de baja”.

Contar este tipo de historias se ha hecho aún más difícil de lo que solía ser. Ese, para mí, es el verdadero problema. En este momento, cualquiera podría escribir una historia sobre Trump y Rusia. Pero si observas detenidamente lo que ha dicho Mueller –y no lo que la prensa quiere creer que ha dicho– está claro que no hay caso en el tema de la conspiración. ¿De verdad crees que los rusos estaban interesados ​​en la mierda de los correos sin encriptar de John Podesta? No me jodas. Aquello es cosa de aficionados; no necesitas al GRU ruso para hacerte con esos correos. Sin mencionar que es de locos acusar a Trump de conspiración. ¡Si es incapaz de planificar nada! No olvides que estamos hablando del tipo que despidió a media cúpula del Departamento de Seguridad Nacional sin pensar en quién los reemplazaría.

La obsesión de los demócratas con el tema ruso ya es de chiflados. Ahora se aferran a John Brennan, un ex de la CIA, notorio por difundir desinformación, involucrado en prácticas de tortura, y a Jim Clapper, un peso ligero. Si continúan en esta línea, en lugar de conectar con los votantes de clase trabajadora en Michigan, Ohio y Pennsylvania que quedaron desencantados con Hillary, van a hacer que Trump salga reelegido.

Y los medios les acompañan en la obsesión.

Te diré otro cosa. Los servicios secretos estadounidenses nunca llegaron a la conclusión de que hubiera interferencia rusa. No hubo una National Intelligence Estimate, que es lo que se redacta cuando las diecisiete agencias se ponen de acuerdo sobre algo. Solo el FBI y la CIA, Clapper y Brennan, dijeron que estaban seguros de que Rusia había interferido. La NSA dijo que solo estaba relativamente segura. Son solo 3 agencias de las 17. A eso, sin embargo, la prensa sigue llamándolo una “conclusión de los servicios de inteligencia estadounidenses”.

Por supuesto, todo esto no significa que los rusos no lo hicieran. Solo significa que nadie ha podido probarlo. Pero la prensa no quiere escuchar eso. Yo lo que haría es darle la vuelta a la historia y centrarme en el contenido de esos correos electrónicos. ¿Quién estaba jodiendo de verdad con el proceso electoral? La filtración reveló cómo los demócratas intentaron joder a Sanders para que no acabara nominado. Eso sí que es algo que merece que nos mosqueemos. Por otra parte, tampoco nos hacía falta esa filtración para saber lo que se estaba cociendo.

¿Qué mueve a los medios?

Es sencillo. Escribir cosas negativas sobre Trump equivale a dinero: lectores. El New York Times ha sumado quinientos mil nuevos suscriptores en línea desde que Trump fue elegido. Por supuesto, al centrarse en los tuits de Trump, se meten a jugar en la pocilga del presidente. Pero es un negocio.

Mira la portada del Times de esta mañana, el 19 de abril. El titular principal dice: “El informe de Mueller evidencia los contactos rusos y el esfuerzo frenético de Trump para frustrar la investigación”. El de una de las dos piezas más abajo pone: “No hay acusación de conspiración criminal ni de obstrucción”. Ahora, la noticia principal, diría yo, es que no le acusen de colusión, ¿no? Aquí está el titular de la otra pieza: “Cultura del caos en la Oval Office”. Vale. Pero, dime, ¿cuántos libros hemos visto ya sobre ese tema? ¿Ocho? Y todos, pan caliente. El libro de Woodward vendió dos millones de ejemplares. Allí hay un mercado, y ese mercado impulsa las noticias porque los periódicos necesitan el dinero.

Usted ha dicho que la prensa ha perdido la credibilidad que tenía cuando trabajaba para el New York Times en los años setenta.

Cuando comencé a escribir desde Vietnam para el Times, el periódico tenía la suficiente credibilidad para que mi opinión crítica sobre Washington tuviera peso. Me costó mucho conseguir un puesto fijo en el diario porque acababa de trabajar como secretario de prensa en la campaña de Gene McCarthy. Obviamente, yo era un demócrata, y todos pensaban que estaba en contra de la guerra por esa razón. Pero les dije que el mío no era un juicio político. Cuando cubría el Pentágono, hablé con suficientes oficiales para saber que lo que estaba sucediendo en Vietnam era un asesinato en masa. Y la verdad es que nadie en el gobierno lo escondía. Por eso también pude hacerme con la historia de My Lai. Cuando me llegaron los primeros rumores sobre la matanza, supe instintivamente que era verdad. Llevaba leyendo sobre la guerra desde 1962. Había leído las actas del Tribunal de Russell, que a mediados de los sesenta tenía a soldados rasos testificando sobre lo que estaba sucediendo.

En 1972, el Times comenzó a publicar mis reportajes desde Hanoi. Pero los publicaban al lado de los de otro reportero suyo, que hablaba con los generales, los jefes de personal y el presidente. Por supuesto, mis textos decían exactamente lo contrario de lo que estaba escribiendo el otro. Ahora bien, esa credibilidad el Times la ha perdido. La han vendido al mejor postor. Claro está que ser totalmente hostiles a Trump, como lo son ahora, tiene mucho sentido económico. Y necesitan el dinero porque los ingresos por publicidad se han evaporado. Si mañana compraras el periódico del sábado, ya no verías anuncios de página completa para abrigos o sombreros ni nada por el estilo, como había antes. Todo eso ha desaparecido.

Por supuesto, el Times todavía tiene a muchas personas excelentes trabajando en su redacción. Su cobertura de temas sociales es excelente. Pero cuando se trata de la seguridad nacional, las cosas se les ponen más difíciles. No se atreven. La semana pasada, por ejemplo, la página editorial, que en general es bastante espantosa, celebró la acusación del gobierno contra Julian Assange, diciendo que era bueno que el gobierno no le acusara de espionaje. Pero no vi al Times titubeando a la hora de usar los materiales de Assange cuando los pudo conseguir. Assange es un tipo extraño. Pero pienses lo que pienses sobre él, rindió un auténtico servicio público.

¿Está de acuerdo con algunos colegas prominentes en que el caso contra Assange pone en peligro el tipo de periodismo que practican usted y otros?

No. Porque el gobierno no puede ganar el caso con estos cargos. Claro, si lo llevan a ciertos tribunales, probablemente puedan conseguir que se le impute. Joder, si quisieran, podrían imputar a un caballo: hay un par de jueces muy favorables a los servicios de inteligencia y al gobierno. Pero es una locura imputarlo por animar a Manning a que le pasara información. Para los periodistas, eso es el pan nuestro de cada día.

De acuerdo. Pero entonces, si se le lograra imputar, ese trabajo se volvería mucho más difícil.

Pero no conseguirán hacerlo. No importa cuánto pueda mover el caso un tribunal de distrito. En algún momento entra en juego la Primera Enmienda. Incluso si consiguen que el caso sea procesado, habrá una apelación y acabará en la Corte Suprema. No creo que la Corte, ni siquiera con su composición actual, vaya a fallar que un reportero que empuje a un informante para darle información sea culpable de un delito.

El caso de Assange no es el alfa y la omega del periodismo. Pero el hombre realizó una contribución importante. Hemos podido ver imágenes de muchachos que se divertían disparando a las personas equivocadas en Irak, incluidos dos reporteros. Y tenemos muchos documentos por los que los historiadores futuros, creo, estarán agradecidos.

Pero Assange, ¿es periodista?

Bueno, el periodismo se ha expandido muchísimo en los últimos años, particularmente con la llegada de las noticias televisivas de 24 horas. Hay gente que no hace más que reenviar tuits que ahora se considera periodista. Así que no voy a ponerme quisquilloso con las definiciones. En mi opinión, a Assange ciertamente cabe calificarle de periodista. Las escuelas de periodismo están trabajando muy duro para capacitar a la gente para que use Internet con fines periodísticos, y eso es exactamente lo que hizo Assange.

También el periodismo de los “grandes datos” está muy en auge.

Exacto. Ahí tenemos, sin ir más lejos, el caso de los Papeles de Panamá. ¿Preguntaron esos reporteros si podían usar todos aquellos archivos? Los robaron. Entonces, ¿por qué no les mandan a la cárcel también? Assange hizo lo mismo que hacen esos grupos de periodistas: entrar a un sistema, sacar la información y difundirla.

Hablemos de críticas. El campo periodístico tiene mucha competencia interna. En su libro, escribe, sin embargo: “Siempre presté más atención a la opinión de mis colegas que a los ataques insidiosos de los académicos”. ¿Los universitarios no le caemos bien?

En 1997, cuando salió mi libro sobre Kennedy, El lado oscuro de Camelot, dos académicos me lanzaron un duro ataque en la revista Diplomatic History. Los editores me invitaron a responder; me divertí mucho escribiendo una respuesta de 15 páginas.

Entonces, ¿cuál es el problema?

El problema es que los académicos tienen tantos prejuicios como yo, pero al mismo tiempo se creen totalmente infalibles. Los periodistas estamos mucho menos seguros de nosotros mismos. Siempre estamos preocupados por tener todos los datos comprobados. Incluso en mis memorias, en las cinco ediciones del libro que han salido, debo de haber realizado treinta correcciones.

Como periodista, ¿a quién rinde cuentas? Lo pregunto porque parece que siempre ha ido a contracorriente, persiguiendo historias que no interesaban a los demás, o contándolas como nadie más las estaba contando. Esa actitud implica ciertos riesgos. Sus piezas recientes han levantado polémica, también en el gremio.

En los últimos cinco años, se han metido conmigo por lo de Siria y el sarín. Incluso las buenas críticas de mi libro de memorias dicen algo así como: “Parece que se ha vuelto un poco loco, diciendo que Bashar al-Assad no cometió el ataque de sarín y todo lo demás que el gobierno norteamericano nos dice que hizo Assad”. (Risas). Claro que es mucho más fácil decir que yo me he vuelto loco que averiguar qué coño sucedió realmente.

Mira, no estoy diciendo que Siria no cometiera los ataques. Ese artículo que escribí, que no pude publicar en Estados Unidos –Remnick en el New Yorkerno lo quería– decía que en junio de 2013, el gobierno estadounidense se estaba viniendo arriba porque tenía todo tipo de información sólida que la gendarmería turca estaba pasando la frontera con gases nerviosos fabricados con dos productos básicos, un fertilizante y alcohol, que se pueden usar para una mezcla primitiva llamada “sarín de cocina”. Todo lo que hice fue escribir una historia para decir que había dos sospechosos cuando el gobierno solo nos había hablado de uno. Sorprendentemente, el gobierno se salió con la suya. Es frustrante, ¿sabes?, cuando sacas una historia que luego no tiene recorrido. Para mi historia logré hablar con Michael Flynn, pero él habría hablado con cualquier otro periodista.

¿Por qué su reportaje no fue difundido más ampliamente?

Lo que pasa con la prensa, y lo recuerdo de mis días en la redacción, es que solo hay unos pocos reporteros en cada periódico que saben algo sobre seguridad nacional. Cuando trabajaba en el Times, había ocasiones en que un colega en otro periódico sacaba una gran historia y se me pedía que la recogiera. Yo solía responder airado: “¡No recojo las historias de otros!”. Los dos tipos buenos del Times, los que realmente tienen fuentes, no van a trabajar a partir de un reportaje mío. Así que las historias no se recogen.

Por otra parte, mi mundo es ahora un mundo internacional. No se limita al New York Times y al Washington Post. Cuando trabajaba como freelance después del libro de Kennedy, escribiendo para el New Yorker o el Atlantic, llamaba al Times o al Post dos días antes de publicar una historia para ver si querían escribir algo sobre el tema. Eso ya no es necesario. Desde el advenimiento de Internet, no importa si el Wall Street Journal o el New York Times recogen una historia o no. La cuelgas y ya está. Y ese es un cambio tan importante para la gestión de la prensa diaria como la falta de anuncios publicitarios. Hoy, cuando nos compramos el New York Times, ya sabemos cuál es el titular, porque las historias importantes ya las leímos la noche anterior. Los periódicos impresos, creo, habrán desaparecido a diez años vista.

Aun así, a pesar de todo, todavía parece pasárselo muy bien.

Mientras no me pidas que haga un autoanálisis –¡vivo con una psicoanalista!– la respuesta es sí. ¿Disfruto porque me gusta dejar mal a la gente? (Suspira). No es eso. Me crié en lo que mis hijos consideran una situación horrible. A mi padre le pilló un cáncer cuando yo tenía quince años. Me tuve que hacer cargo del negocio en un gueto de Chicago. Sobreviví. Después de eso, ya nada me asustó. Y me las arreglé para obtener una buena educación.

Siempre digo que el buen periodismo consiste en dos cosas. Primero, hay que leer antes de escribir. Segundo, quítate de en medio para dejarle paso a la puta historia. No existen las historias sensacionales. La cosa es saber lo suficiente para que, al contarla, se vuelva sensacional.

Hablando de historias sensacionales, supongo que no puede decirme nada on the record sobre la pieza en la que está trabajando…

Claro que no. Solo te diré que, en cierto modo, esta pieza continúa mi trabajo sobre My Lai. Va a cambiar la forma en que la gente piensa sobre cómo libramos las guerras. Es posible que no pueda obtener todo lo que quiero para realizar un documental. Eso es más difícil de hacer. Pero la historia ya la tengo.

O sea, lo sigue pasando pipa.

La mayoría de la gente es muy feliz siendo un caballito que sabe solo un truquito. Aquí me tienes haciendo el mío.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190605/Politica/26485/seymour-hersh-periodismo-siria-trump-new-york-times-sebastiaan-faber.htm

La soledad de los movimientos anti-sistémicos

Los últimos cinco años han sido de permanente crecimiento de las derechas, de crisis y retrocesos de los progresismos y las izquierdas, y de estancamiento y fragilidad crecientes de los movimientos sociales. Sin embargo, las organizaciones de base están mostrando que son las únicas con capacidad para sostenerse en medio de la ofensiva derechista y si logran sobrevivir, podrán crear las condiciones para una contraofensiva popular desde abajo. Cambios que no sucederán en el corto plazo.

“Estamos solos”, dijo y repitió el subcomandante insurgente Moisés en el caracol de La Realidad, durante la celebración de 25 aniversario del alzamiento zapatista, el pasado 1 de enero. “Estamos solos como hace veinticinco años”, enfatizó. “Salimos a despertar al pueblo de México y al mundo, solos, y hoy veinticinco años después vemos que estamos solos…”.

Como puede observarse, la dirección zapatista no se engaña ante la nueva coyuntura signada por el triunfo del progresista Andrés Manuel López Obrador. “Si hemos logrado algo, es por nuestro trabajo, y si tenemos error, también es nuestra falla. Pero es nuestro trabajo, nadie nos lo dijo, nadie nos lo enseñó, es nuestro trabajo”, siguió Moisés ante un amplio despliegue de milicianos y milicianas. Estaba mentando los trabajos autónomos que han permitido que cientos de miles de indígenas (agrupados en más de mil comunidades, 34 municipios y cinco regiones) vivan de otro modo, donde es el pueblo quien manda y el gobierno autónomo el que obedece.

La importancia de las palabras de Moisés son dobles: hace una lectura de la realidad sin concesiones, para concluir que hoy las fuerzas anti-capitalistas son minoritarias y están aisladas. Estamos aislados en todo el mundo y en toda la región latinoamericana. Sería desastroso que se volcaran a alguna suerte de triunfalismo, como esos partidos que siempre repiten que están avanzando, que no experimentan retrocesos, que las cosas van bien, cuando la realidad es la contraria y rompe los ojos.

La segunda cuestión, es el empeño en resistir. La determinación zapatista está exenta de cálculos de costes y beneficios, se afirma en las propias capacidades sin buscar atajos electorales y, quizá lo más importante, le apuesta al largo plazo, a que maduren las condiciones para retomar la iniciativa. ¿Acaso no fueron estos, desde siempre, los parámetros en los que se movió la izquierda, hasta que las tentaciones del poder retorcieron los principios éticos para convertirlos en puro posibilismo?

Una nueva derecha militante y militarista

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la humanidad de abajo. Los de arriba decidieron dar un golpe de timón, de similar profundidad al de 1973, en las postrimerías de la revolución de 1968, cuando decidieron poner fin al Estado del Bienestar y se lanzaron al desmonte de las conquistas de la clase trabajadora. Ahora están desmontando el sistema democrático, decidieron que ya no gobiernan para toda la población sino apenas para un 30-40 por ciento.

Debemos comprender de qué se trata esta nueva gobernabilidad al estilo Trump, Duque y Bolsonaro, que gana adeptos en las elites. Se gobierna para el 1 por ciento, sin lugar a dudas, pero se integran los intereses de las clases medias altas y un sector de las clases medias, lo que representa alrededor de un tercio de la población. Para llegar a la mitad del electorado, se utilizan los medios masivos y el miedo a la delincuencia y, ahora también, el temor a que tus hijos sean gais o lesbianas o no se limiten a una sexualidad binaria.

En palabras del periodista brasileño Antonio Martins, estamos ante un nuevo escenario. “Lo que permite el ascenso de la ultraderecha no es un fenómeno superficial. La producción y las relaciones sociales están, hace décadas, en transformación veloz. Este proceso se acelerará, con el avance de la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la nanotecnología (Outras Palavras, 09-01-2019).

Cambios que están generando muchos temores en muchas personas, que se vuelcan a la ultraderecha como forma de encontrar seguridades. Como dijo la ministra de la Familia en Brasil, ahora los niños volverán a vestir de azul y las niñas de rosa. Pero hay otro cambio adicional, relativo al conflicto social: “los viejos programas de enfrentamiento al capital se han vuelto ineficaces”, explica Martins.

“Es precisamente el impulso del capital para expandirse, para quebrar las viejas regulaciones que le impone límites, lo que da origen a fenómenos como Bolsonaro. El aumento continuo y brutal de las desigualdades, que en poco tiempo llegarán a la esfera biológica. La reducción de internet a una máquina de vigilancia, comercio y control. Las ejecuciones de millares de adversarios sin ser juzgados, por medio de drones, y la destrucción de Estados nacionales como Libia, perpetrada por “centristas” o “centro izquierdistas como Barack Obama, Hillary Clinton e François Hollande”, sentencia el periodista.

Los partidos hegemónicos de la izquierda están por fuera de estos debates. Las reacciones mayoritarias al genocidio que está perpetrando el gobierno de Daniel Ortega, lo demuestra de forma palmaria. En Brasil, durante la campaña electoral, Lula y la dirección del PT prefirieron facilitar el triunfo de Bolsonaro antes que abrirse a una confluencia con el centro-izquierda de Ciro Gomes que era el único candidato capaz de vencerlo. Perdieron, pero mantuvieron el control de la izquierda. Cristina Fernández se mueve en función de evitar la cárcel, para lo que necesita ser la cabeza de la oposición a Macri, aún corriendo el enorme riesgo de que éste gane las elecciones de octubre.

La política de la pequeñez y el aferrarse al poder, real o ilusorio, es el peor camino porque facilita el ascenso de las derechas.

El peor período de los movimientos

Reconozcamos la realidad: estamos mal, somos débiles y los poderes tienen la iniciativa en todos los terrenos, menos en la ética. Para completar el cuadro, no hay fuerzas políticas ni sociales capaces de revertir esta situación en el corto plazo. En suma, no podemos jugar nuestras escasas fuerzas en lances electorales, por ejemplo, o en batallas inmediatas.

“Tal vez”, destaca el propio Martins, “valga más la pena apostar en los embriones de alternativa real al sistema, de que en una improbable regeneración de los partidos institucionales, para enfrentar a Bolsonaro. Como en el pos-64, la resistencia fue tramada en las bases de la sociedad, mientras la oposición institucional se rendía”. Hace referencia al golpe de Estado militar de 1964, que arrasó con las instituciones y con la izquierda. Pero en ese tiempo oscuro, se crearon las condiciones para el nacimiento –apenas una década después– del Movimiento Sin Tierra, del Partido de los Trabajadores y la central sindical CUT.

Esa es la historia de toda América Latina. Nos hacemos fuertes en los tiempos oscuros de represión y militarismo, crecemos y acumulamos fuerzas que luego las derrochamos en el juego institucional. Las comunidades eclesiales de base y la educación popular estuvieron en la base de muchos movimientos, aunque no constituyeron grandes aparatos sino prácticas contra-hegemónicas.

Desde la década de 1980, esa es nuestra realidad: apostamos todo a las elecciones, a reformas constitucionales, a una legislación que es letra muerta y, en tanto, desarmamos nuestros poderes que son la única garantía frente a los opresores.

En este recodo de la historia, debemos analizar varios aspectos relacionados con los movimientos anti-sistémicos.

El primero es que los grandes movimientos están muy débiles, en particular los movimientos urbanos y los campesinos. Las políticas sociales de los gobiernos progresistas y conservadores han formado camadas enteras de dirigentes y militantes que aspiran a incrustarse en el aparato estatal, a negociar para conseguir beneficios que hagan la vida menos penosa y terminan subordinando a los colectivos a las agendas de arriba.

Lo segundo es que la sangría de los movimientos hacia el terreno institucional y electoral ha sido enormemente dañina. Buena parte de lo construido en la década de 1990, y aún antes, fue despilfarrado en la dinámica electoral. Sin olvidar que algunos movimientos fueron destruidos o debilitados desde los gobiernos progresistas, como es el caso de Ecuador y Bolivia, pero también de Argentina y Brasil. De ese modo los progresismos cavaron su propia tumba, ya que anularon a los actores colectivos que habían estado en la base de su crecimiento político y electoral.

Lo tercero es que podemos detectar tres movimientos en ascenso: mujeres, pueblos originarios y afros. Allí donde estos movimientos son relativamente fuertes (zapatistas y mapuche, favelas y palenques de Brasil y Colombia, Ni Una menos, etc.) han crecido por fuera de los marcos institucionales, haciendo carne en los problemas cotidianos de los pueblos y sectores sociales.

Sobrevivir y crecer a la intemperie

Pese a todas las dificultades, el futuro depende de lo que nosotros y nosotras hagamos, de los caminos que tomemos, de la decisión y entereza con que afrontemos este período oscuro de la historia. “Y estamos demostrando una vez más y lo vamos a tener que cumplir, estamos demostrando que sí es posible lo que se ve y lo que se siente que es imposible”, aseguró Moisés.

Observo dos grandes desafíos, uno teórico o estratégico y otro ético-político.

El primero se relaciona con los objetivos y los medios para alcanzarlos, algo que pasa previamente por una determinada lectura de la realidad. La tarea actual no puede consistir en prepararse para tomar el poder. Sería repetir un camino que nos lleva al fracaso. Tenemos tres grandes desafíos teóricos: el Estado como eje de nuestros objetivos, el economicismo que nos lleva a pensar que el capitalismo es economía y la creencia en el progreso y el crecimiento, graves errores que provienen del positivismo.

Respecto al Estado, el tema que merece acalorados debates en la actualidad, las reflexiones del dirigentes kurdo Abdullah Öcalan pueden ayudarnos a hacer balance. La toma del Estado –asegura en el segundo tomo del Manifiesto por una Civilización Democrática– termina por “pervertir al revolucionario más fiel”. Remata el razonamiento con una balance histórico: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Lo cual no depende de la calidad de los dirigentes, sino de una cuestión de cultura política.

La segunda cuestión es la ética. Invito a los lectores y a los militantes a releer las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin, en particular la octava. De ella hemos retenido las dos primeras frases y olvidado la tercera, que a mi modo de ver es la fundamental. “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello”. Hasta allí conceptos que se han convertido en sentido común para buera parte de los activistas.

Luego señala: “Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo”. ¿Qué quiere decir Benjamin con esta enigmática frase? Lo primero, es que no conozco reflexiones sobre esta frase, aunque las hay y muchas sobre las dos primeras.

A mi modo ver, Benjamin nos dice que sólo si aprendemos a vivir bajo el estado de excepción, a la intemperie, por fuera de las protecciones estatales, obtendremos los recursos éticos, organizativos y políticos para enfrentar al enemigo. Es una invitación a revolucionar nuestra cultura política, a salirnos de los paraguas institucionales. Sólo así estaremos en condiciones de luchar, recuperando, como señala en la tesis XII, tanto el odio como la capacidad de sacrificio que hemos perdido en el conformismo de la vida a la sombra del Estado.

Memorias del otro comunismo

Sobre Daniel Bensaïd y Antonio Negri

Por Brais Fernández

En las décadas de los 60 y 70 surgió una nueva generación política y, por tanto, también una nueva tipología de revolucionario occidental, forjado en experiencias y prácticas diferentes a las que había construido la tradición de la tercera internacional. Daniel Bensaïd (1946-2010) y Antonio Negri (1933) son buenos ejemplos de esos intelectuales-militantes sesentayochistas, no solo por haber vivido el Acontecimiento, sino por sus trayectorias previas, herederas del marxismo disidente, y por sus trayectorias posteriores, llenas de fidelidad al comunismo. Algo que sin duda contrasta con la ola de renegados, creyéndose herejes, que aprovecharon el declive del ciclo insurreccional para, en nombre de la nueva filosofía y de su propia libertad para enriquecerse, volver a la comodidad de la sociedad oficial. La reciente publicación en castellano de las memorias de ambos es una buena oportunidad para reflexionar en torno a dos trayectorias y proyectos que, sin llegar a cruzarse, representan un hilo subterráneo herético, aquel que se guía por la máxima de Ernest Bloch de que “solo un ateo puede ser un buen cristiano”. En este texto, después de las correspondientes presentaciones de ambos autores, trataremos de explorar las intersecciones, bifurcaciones y particularidades de sus legados y trayectorias.

La historia de un marrano

Daniel Bensaïd nació en Toulouse (Francia) en 1946. De origen judío-argelino (un judío no judío, como decía Deustcher), nace y vive en una familia vinculada al Partido Comunista Francés. En las décadas previas a 1968, el PCF era un partido-comunidad, fuertemente anclado en la vida cotidiana de una clase obrera sin problemas de identidad, pero relegada a ser una “clase de orgullosos productores”. La traducción política de esta posición de clase era contradictoria, similar a la que desempeñó la vieja socialdemocracia alemana. Mientras por una parte el PCF representaba la dignidad del ser obrero, también representaba el ser obrero bajo el capitalismo; es decir, la asunción de un rol tendente al corporativismo reformista, objetivamente insertado dentro del orden del capital. Desde los años 30, el PCF fue responsable de una política represiva hacia los sectores radicalizados del movimiento obrero. Desde las huelgas descontroladas bajo el Frente Popular, frenadas con difamaciones y brutalidad, hasta el bochornoso papel en la descolonización de Argelia, el PCF, atrapado entre el esencialismo obrerista y el frentepopulismo patriotero, se revela cada vez más como un partido de orden ante ciertos sectores radicalizados. Sartre expresó esa frustración, de forma quizás exagerada afirmando que el PCF no hacía la revolución porque no quería hacer la revolución. Exagerada desde el punto de vista del materialismo histórico, subjetivista como les solía ocurrir a los existencialistas metidos a marxistas, pero acertada y valiosa en la descripción del sentimiento de una generación.

Bensaïd descubre el comunismo subterráneo de la mano de Alain Krivine, Henri Weber y otros militantes que, inspirados por las luchas en el tercer mundo, descubren lo que Michael Löwy (otro de ellos, quizás el más original) llamó marxismo olvidado. Conectan con una tradición maldita por excelencia, el trotskismo. Sus premisas: la revolución permanente (esto es, la imposibilidad de resolver las contradicciones del capitalismo dentro de los propios marcos capitalistas y, por tanto, el carácter socialista de la revolución), internacionalismo (la necesidad de responder en un marco global a un capital que tiende inexorablemente a mundializarse), crítica despiadada a la burocracia (rescatar al marxismo del monstruo estalinista).

Se encuentran con gente como Pierre Frank o Ernest Mandel, algunos muy marcados por la experiencia de la Oposición de Izquierdas en los años 30, otros por los debates de la Cuarta Internacional en los años 50, debates de gran calidad teórica, pero caracterizados por un cierto dogmatismo producto de su desconexión con la praxis de las masas, encuadradas en los grandes partidos obreros reformistas. Pero el trotskismo francés tiene una particularidad: su conexión libertaria con la experiencia surrealista a través de personajes como André Breton o Pierre Naville. Estas extrañas conexiones facilitan a la generación de Bensaïd un mestizaje abierto con las nuevas realidades. Se identifican con Rosa Luxemburg, con el Che Guevara, con Vietnam o con Ben Bella. Ese mestizaje entre lo viejo y lo nuevo es lo que posibilita la experiencia de la Ligue francesa, una de las experiencias más serias, duraderas e innovadoras de la extrema izquierda, a medio camino entre la herencia del marxismo clásico, el marxismo occidental y las nuevas aportaciones críticas que proyectaba Perry Anderson en las conclusiones de sus Consideraciones sobre el marxismo occidental. La práctica teórica de Daniel Bensaïd sintetiza de manera singular esa búsqueda marrana (en términos judaicos, los marranos eran los que vivían manteniendo viva y reviviendo la vieja tradición) que lo llevan a mezclar, de una forma muy peculiar, su marxismo con la tradición romántica de Lukacs, Bloch o Benjamin, dando lugar a una de las obras más originales de las últimas décadas. Un comunismo de la voluntad, mesiánico y a veces profundamente metafórico; donde la espontaneidad convive con la recuperación rigurosa de los problemas de la estrategia revolucionaria: hegemonía, clase, poder, partido y articulación antagonista.

Las aventuras de un operaísta

Antonio Toni Negri nace en Padua (Italia) en 1933. Hijo de toda la problemática antifascista, sus primeros pasos políticos están marcados por su socialización entre los sectores católicos humanistas. A pesar de que hoy nos resulte difícil imaginarlo, la Iglesia que describe Negri no se componía solo de una gerontocracia cupular degenerada y encerrada en sí misma; era también una articulación de comunidades insertadas en la sociedad y, por lo tanto, atravesada por sus debates y sus contradicciones. Solo así se explica la radicalización de ciertos sectores de la juventud católica; un éxodo en busca de respuestas para problemas que dentro de la Iglesia se podían plantear, pero no resolver.

Negri se vincula al Partido Socialista (llega a ser concejal), en donde resisten algunos reductos revolucionarios, como el liderado por el fundador del operaísmo (obrerismo) Raniero Panzieri. En principio, el operaísmo aparece como una forma de relacionarse directamente con la clase obrera de las grandes fábricas a través de la coinvestigación entre intelectuales y trabajadores. Progresivamente toma forma de corpus teórico-político. Su premisa se basa en el axioma de que es el capital variable (la clase obrera) el que condiciona el desarrollo del capital: se trata de buscar la tendencia de lucha más avanzada, pues es la que determinará la respuesta del capital, incluido el desarrollo tecnológico. A partir de esa premisa, el operaísmodesarrolla una serie de problemáticas particulares que los llevará, en un determinado momento, a posiciones políticas similares a las que habían sostenido viejos consejistas como Korsch o Mattick en los años 20 y 30. Una política en donde la lucha de clases desencadena las crisis y donde el capital es incapaz de resolver la crisis por sí mismo y solo puede cerrarla a la manera de Schumpeter, pero en este caso destruyendo el capital variable en vez del constante.

El operaísmo evoluciona en dos direcciones diferentes. Tronti (sin duda, el más dotado y brillante de ese grupo) y Assor Rosa reingresan en el PCI, el gran partido populista de la clase obrera italiana: “siempre con la mayoría”, se justificarán. Negri y otros inician una experiencia que les llevará desde el operaísmo leninista de Potere Operaio a lo que luego fue conocido como la Autonomía Obrera. La evolución teórica de Negri es paralela a esa trayectoria militante: a sus excelentes estudios sobre el Estado se suma una preocupación por la constitución material de la clase (del obrero masa al obrero social) y por las temáticas típicas de las apuestas insurreccionales. Mientras que las memorias de Bensaïd llegan hasta 2000, las de Negri se detienen en su detención en 1979: queda pendiente el propio relato de su posterior evolución posoperaísta, influido por el posestructuralismo.

Paralelismos: cruces y separaciones durante la década revolucionaria

Sería de una gran pereza intelectual, y sobre todo política, leer las memorias de Bensaïd y de Negri diluyendo la singularidad de su pensamiento dentro de las corrientes en las que desarrollaron su militancia. No por el esnobismo de los que creen que los desarrollos teóricos militantes, partisanos, son inferiores por ser de parte. Todo lo contrario: la fuerza de un pensamiento se mide por su capacidad de insertarse en la acción colectiva: el ser parte de no debilita, es lo que posibilita la fuerza de la idea. El problema es que dentro de las partes siempre hay debate, tensión. Las memorias de cualquier intelectual militante siempre son la narración de esas discusiones, con la praxis, con las ideas, dentro de su propia corriente y también con otras. Por eso, las memorias políticas son un género particularmente interesante: ayudan a entender lo que los textos colectivos no pueden, no saben o no quieren decir.

Tanto Bensaïd como Negri son comunistas desde la periferia, a contracorriente, extraparlamentarios, no solo porque desarrollen su práctica política fuera de la representación, sino porque lo hacen contra los grandes representantes de la clase obrera, los partidos comunistas. Lo hacen no solo contra sus organizaciones, sino contra sus referentes intelectuales: contra Althusser en el caso de Bensaïd, contra Gramsci en el caso de Negri. Por suerte, en las memorias siempre hay espacio para las disculpas. Ambos se autocritican de su pasada beligerancia contra ambos pensadores. Sin disculparse por su beligerancia, contextualizan el fragor de la batalla, en la que discutieron menos contra sus ideas que contra lo que representaban, esto es, el uso espurio de la sofisticación teórica de ambos pensadores para justificar una línea política que se separaba cada vez más del horizonte socialista.

La relación entre el extraparlamentarismo y los grandes partidos de la clase obrera siempre aparece como problemática. Bensaïd es heredero de la tradición del frente único: consciente de que la fuerza de los revolucionarios no es capaz de mover al conjunto de la clase obrera, busca una y otra vez alianzas con los sectores agrupados en el reformismo obrero, intentando desarrollar una dialéctica de luchas concretas que, a través de una experiencia común, permita desbordar el conservadurismo de las burocracias dirigentes. Negri, sin embargo, parece sentir rechazo a relacionarse de cualquier manera con el PCI. Expresa su incomodidad ante los intentos de algunos de sus compañeros por incidir (desde fuera) en el interior del partido: su propuesta estratégica tiende a primar más la afirmación de la autonomía que la búsqueda de la hegemonía.

Ambos se enfrentan a la cuestión de la organización, la cuestión del partido. La propuesta de Bensaïd oscila entre el luxemburguismo (construir el partido a través de las luchas) y un ultraleninismo, en ocasiones exagerado, en polémica precisamente contra un espontaneísmo que, según los jóvenes cuartistas [de la IV Internacional], impedía llegar preparados organizativa y políticamente a las coyunturas y los saltos revolucionarios. La LCR francesa acaba por conformarse como una organización partidaria muy activa en el mundo intelectual y cultural, en los movimientos sociales, muy visible en la esfera pública, con un discurso fuertemente obrerista pero una implantación relativa (aunque no desdeñable) en un mundo obrero muy dominado por el PCF: una suerte de proyecto leninista libertario, que diría el propio Bensaïd, que nunca llega a dar el salto a construir una organización de masas.

Desde su responsabilidad de secretario nacional de Potere Operaio, Toni Negri asume tareas de organización sorprendentes para quienes desconozcan su trayectoria. Durante todo el largo 69 italiano, Negri se plantea una y otra vez el problema de dar el salto desde la organización de las luchas a una organización política obrera que fuese una expresión directa del conflicto de clases. Un problema que, como él mismo reconoce, no terminan de resolver ni Potere Operaio ni el resto de grupos italianos, aunque consiguen mantener una estructura viva, sorprendentemente flexible y multiforme a lo largo de una década. Esta es una de las grandes diferencias entre las formaciones sociales francesa e italiana a lo largo de los años 70: mientras en Francia se estabilizan las formas organizativas de la izquierda y del movimiento obrero hasta la profunda crisis en la que entra la izquierda cuando fracasa el primer Programa Común, en Italia las reinvenciones son constantes hasta 1977 y el declive inexorable del PCI tras la derrota de la última gran huelga de la Fiat en Turín, en 1981.

Leyendo las memorias de ambos, aparece una y otra vez el problema de la violencia y de la insurrección, el problema del enfrentamiento frontal con los aparatos del Estado. Eran tiempos de apuestas duras, sin concesiones, en donde la máxima leninista de destruir el Estado burgués dominaba las estrategias de la extrema izquierda. Gramsci y sus propuestas hegemonistas no se leían en clave revolucionaria: aparecían, como ya hemos dicho más arriba, como una justificación del apalancamiento de los partidos obreros dentro del orden burgués, sobre todo en el caso italiano, pues el PCF, célebre por su pereza y tosquedad teórica, ni se molestaba en teorizar su política. Bensaïd piensa la década revolucionaria desde el paralelismo con la Revolución rusa: si el 68 fue 1905 (un ensayo general, tal y como escribió con Henri Weber), la tarea era prepararse para una situación revolucionaria como la de 1917. Negri, aunque no lo explicite (hay muchas referencias a Marx y pocas referencias a las grandes experiencias revolucionarias internacionales en sus memorias), parece pensar más en el proceso alemán que se da entre 1918 y 1923, en donde un gran desorden proletario impedía al Estado suturar la crisis y estabilizar la situación: “Construir el partido de la insurrección”, decía el himno de Potere Operaio, con la melodía de la Varsoviana de fondo.

Visto en perspectiva, y a pesar de la sofisticación teórica con la que ambos justificaron sus estrategias, quizás esta sea la parte que más choca de sus experiencias. No por el valor moral que esconden, ni porque no tuvieran sentido para los militantes que las vivieron. Decir eso sería de una arrogancia injusta e injustificable. Pero leyendo sus memorias, cabe cuestionarse el por qué toda una generación revolucionaria tendió a ignorar y en ocasiones despreciar experiencias contemporáneas de movilización de masas basadas en la longue durée de la lucha y la desobediencia civil no-violenta como, por ejemplo, el movimiento por los derechos civiles en EE UU, mucho más acordes con las sociedades densas y llenas de casamatas que Gramsci había intuido en sus Quaderni. Aunque nos fascinen los desfiles poderosos de la LCR y su capacidad de enfrentamiento callejero o las manifestaciones armadas de la Autonomía, uno no puede dejar de pensar: ¿en qué bucle estarían metidos, al menos durante todo un periodo, para pensar que esas técnicas de lucha iban a generar la suficiente fuerza y potencia para vencer a un adversario que, además de una estructura de poder capaz de integrar a amplios sectores de los subalternos, contaba con el monopolio intacto de la violencia? De nuevo, hay autocrítica en su relato: nuestra tarea, nuestra obligación es recogerla para evitar romantizarla.

Porque, por ejemplo, hay un problema estratégico que ha reaparecido en la historia. Por ahora solo ha aparecido en sociedades marcadas por un desarrollo desigual y combinado, en formaciones sociales híbridas como Siria o Nicaragua, pero en estos tiempos de profunda crisis, la historia puede volver en cualquier sitio en sus peores formas. Nos referimos, por supuesto, al problema de la guerra civil. Y ahí, por mucha admiración que sintamos por las trayectorias y planteamientos de la generación revolucionaria de los años 60, no podemos dejar de señalar una ruptura: la tarea de los revolucionarios cuando empieza un proceso revolucionario no es prepararse para la guerra civil, es generar una relación de fuerzas entre las clases que sea capaz de evitarla. La forma de encauzar los conflictos sociales también determina su resolución.

Lo doloroso y erróneo de esta deriva se intuye, se lee, a veces explícita y a veces implícitamente en ambas biografías militantes. En el caso de la extrema izquierda italiana, el fin de la experiencia de la Autonomía, ahogada en el delirio de las Brigate Rosse a pesar de los intentos de Negri por evitar que el asunto degenerase en esa dirección, fue una experiencia traumática. La fase neofoquista de la Cuarta Internacional de Bensaïd es también un episodio trágico en esa organización y que ha producido reflexiones autocríticas muy interesantes por parte de esa corriente, sobre todo en el caso de Bensaïd, con respecto a la experiencia argentina, la cual vivió muy de cerca.

Comunistas sin comunismo

Marx y Engels llamaban comunismo al “movimiento real que anula y supera el actual estado de las cosas”. ¿Qué hace un comunista en lo que Manuel Sacristán llamaba el mientras tanto, un mientras tanto que no es un interregno, sino que es un momento de la ofensiva del capital, en donde la posibilidad del comunismo parece desvanecerse? La actividad de Bensaïd y de Negri durante los 80, hasta la reactivación de ofensiva social a finales de los 90, se centró en una actualización de sus respectivos postulados teóricos y en tratar de mantener vivo el legado de sus marxismos, hasta que otra generación pudiera recoger el testigo.

Con la derrota del movimiento obrero y el auge del neoliberalismo se produce un cambio de tendencia en la lucha de clases que también va acompañado de una alteración en los temas, las problemáticas y las referencias teóricas. Surge una nueva articulación entre cultura y sociedad (o nueva lógica cultural) que llamamos posmodernismo; a su expresión teórica en el ámbito del pensamiento crítico lo llamamos posestructuralismo. Es importante esta diferenciación a la hora de analizar la historia del marxismo y de los marxistas, porque sin ella podría parecer que existe la posibilidad de un marxismo extemporáneo, que no esté imbuido en los problemas de la lógica cultural posmoderna. Incluso las reacciones más antiposmodernas son una muestra de esa imposibilidad de abstraerse, ya que se ven obligadas a negar el sujeto que impugnan y, por lo tanto, a reconocer su existencia. Con el posestructuralismo, la relación es más compleja: se puede percibir o bien como una justificación en clave hegeliana y celebratoria del orden posmoderno (si es real, es racional) o más bien como una justificación ideológica a derribar, ya que mistifica una nueva articulación de las relaciones de poder en la sociedad.

La toma de posición ante el nuevo paradigma, su influencia y su delimitación atravesó a todos los marxistas de la época, sin excepción. El debate en torno a la posmodernidad y el neoliberalismo no era simplemente especulativo; era un debate que obligaba también a replantear el contenido de los conceptos-base en torno a los que se habían movido los proyectos revolucionarios desde los años 60: la centralidad de la clase obrera, el propio concepto de clase y su composición, la relación entre Estado-Nación, la globalización y el rol del capital financiero, la emergencia de nuevos movimientos que ya no estaban dispuestos a asumir un papel secundario…

Tanto Negri como Bensaïd asumen durante estos años la tarea de conectar el legado de sus corrientes a estos nuevos problemas. Negri, que había tenido una estrecha relación con Deleuze y Guattari, centrará buena parte de sus reflexiones teórico-estratégicas durante los años 90 en tratar de actualizar el concepto de clase, como ya había ensayado en su Del obrero masa al obrero social. Lo hará partiendo de una idea clave en la tradición operaísta, el concepto de composición de clase. Retomando al Marx de los Gründrisse, pero aplicándolo a la clase en vez de al capital, Negri llega a la conclusión de que la generación de valor ha ampliado su campo de producción a través de la expansión del rol cognitivo en el trabajo. La multitud pasa a sustituir a la clase obrera como composición de clase productiva predominante en el posfordismo: la matriz dominante de la multitud se traslada al cognitariado. Negri, siguiendo la metáfora posestructuralista, asume que la nueva composición de clase adquiere una forma rizomática, bajo una relación capitalista en la que el poder se diluye en una articulación pospolítica, que el Estado ya no es capaz de vertebrar. Su conclusión estratégica, propuesta en Imperio, es consecuente con esa caracterización: se trata de construir líneas de fuga sistémicas para la multitud. A pesar de que esta etapa de Negri contiene ciertas sugerencias e intuiciones siempre interesantes y, sobre todo, un lenguaje que fascinó a buena parte de la generación activista del movimiento antiglobalización, la debilidad de sus propuestas estratégicas contrasta con la fuerza de su pensamiento en los años 70, pues más allá de apelaciones abstractas a la creatividad de las multitudes, carece de traslación en el plano de la organización política.

El planteamiento de Bensaïd parte del reconocimiento de que la derrota obrera ante el neoliberalismo ha abierto una nueva situación histórica. Entendiendo que la caída de la URSS ha puesto en crisis la idea de comunismo, inicia un proceso de recuperación de la idea de estrategia revolucionaria, retomando a autores como Walter Benjamin y en diálogo con las nuevas corrientes críticas, como el pensamiento de Jacques Derrida y sus reflexiones en torno a Marx. Partiendo de la problemática gramsciana de la articulación, Bensaïd trata de pensar cómo construir un sujeto anticapitalista que reconozca la pluralidad de la clase, pero que sea capaz de unificarse en el plano político en torno a un horizonte común. Esta propuesta de Bensaïd ha tenido repercusiones en las más estratégicas nacidas en el último periodo de luchas. Un buen ejemplo de ello es la propuesta que podemos leer en el Manifiesto de un feminismo para el 99% de Nancy Fraser, Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya, en donde se plantea la necesidad de articular un nuevo proyecto político anticapitalista y de clase en torno a su sector más avanzado, en este caso la lucha feminista de las mujeres. Esa ontología política de la lucha es característica de la reconstrucción estratégica bensaïdiana: la de un proyecto anticapitalista pasa siempre por su capacidad de dotarse de una forma política.

En Consideraciones sobre el marxismo occidental Perry Anderson esbozaba una tipología del intelectual neomarxista, que se caracterizaba por su separación de la praxis del movimiento obrero, circunscribiendo su reflexión teórica a campos como la filosofía. Lo peculiar de Bensaïd y Negri es su carácter híbrido: su vinculación a las luchas, su papel de dirigentes en corrientes comunistas heréticas y sus reflexiones en el terreno de la teoría marxista producen un nuevo tipo de intelectual, a medio camino entre el militante revolucionario y el filósofo. Precisamente eso es lo más interesante de sus memorias: a través de su relato, trayectoria y reflexiones, imaginar el tipo de intelectual orgánico que pueda retomar una nueva potencia comunista.

Brais Fernández es miembro de la redacción de viento sur y militante de Anticapitalistas

Referencias

Bensaïd, Daniel (2018) Una lenta impaciencia. Barcelona: Sylone y viento sur.

Negri, Antonio (2018) Historia de un comunista. Madrid: Traficantes de Sueños.