“Las redes sociales son máquinas de subjetivación especialmente útiles a la extrema derecha”

El profesor brasileño analiza en su último libro los rasgos de la extrema derecha emergente en diversos contextos, especialmente a partir de los liderazgos de Bolsonaro, Trump y Milei.

Por Alberto Azcárate / elsaltodiario.com

Con motivo de la presentación en España de su libro Bolsonarismo y extrema derecha global. Una gramática de la desintegración, hemos entrevistado por vía telemática a Rodrigo Nunes, profesor de filosofía moderna y contemporánea en la Pontificia Universidad Católica (PUC) de Río de Janeiro, y de Teoría Política y Organización en la Essex Business School. Ha sido también profesor invitado en las universidades de Londres (2007-8), de East London (2008-2009), de Westminster (2008) y de la Jan Van Eyck Academie (2010), así como académico visitante en la Universidad de Brown (2018-2019).

Sus respuestas aportan un repertorio de singular lucidez y contundencia conceptual, desde una gestualidad política que trasciende la impotencia del progresismo.

Se respiran aires de fin del mundo conocido. Y por primera vez desde la posguerra no es la izquierda sino la extrema derecha la que cuestiona -sin inhibiciones- la democracia liberal como modelo de convivencia. ¿Se trataría simplemente de la farsa que -según el conocido aserto marxista- sucedería a la tragedia de la versión original, o estaríamos ante una crisis de época inédita, atravesada por nuevos paradigmas?
El triunfo reciente de Trump sugiere que el avance continuo de la extrema derecha quizás nos obligue a invertir el dicho: si su primera victoria tenía algo de farsa, la segunda se anuncia como tragedia. Su crecimiento entre los votantes, y particularmente la caída de los demócratas, comprueban que no estamos frente a un mero hipo, sino a tendencias de largo plazo. Hablamos de cosas como la estagnación económica, el aumento del subempleo y de la precarización, la concentración de riqueza y de poder político –muy claramente ejemplificado por la figura de Elon Musk–, el calentamiento global.

Está claro que la extrema derecha no tiene ni diagnósticos ni soluciones reales para ellas; de hecho, sus políticas solo tienden a intensificarlas. Pero ella responde a los sentimientos antisistémicos que estos problemas despiertan con la promesa de una ruptura radical, mientras que el centrismo de izquierda y derecha se dedica a la defensa de pequeños cambios incrementales, de una democracia vaciada, de instituciones sin credibilidad, de un crecimiento económico que ya no puede atender a todos.

Aunque pueda puntualmente ganar elecciones, este tipo de reacción logra como mucho retardar el avance de la extrema derecha, haciendo con que vuelva más fuerte después de un tiempo. Ha sido así en EEUU, será luego en Francia, quizás también en Alemania, y probablemente también en Brasil y el Reino Unido en unos años.

¿Esta extrema derecha emergente en países centrales y periféricos, podría tener algunos trazos comunes en los perfiles de sus liderazgos y en sus abordajes y estrategias? Pienso en personajes como Trump, Bolsonaro, Milei…
Los rasgos comunes tienen mucho que decir sobre el momento de crisis en que vivimos. Estos son en general personajes que vienen de fuera o de los márgenes de la política, y con eso se benefician de una percepción de que las fuerzas políticas tradicionales se han vuelto indistintas. Saben utilizar bien las plataformas digitales para sobrepasar los medios tradicionales y tienen algo de la figura del troll, combinando una extrema desensibilización frente al sufrimiento del otro con una comunicación que escapa a las convenciones de la política profesional y juega con una ambigüedad constante entre la sinceridad y la broma.

Aunque sean a menudo asociados a la fuerza y la autoridad, su apelo viene antes de la combinación de la disciplina y permisividad que representan: permisividad para los que “se la merecen”, los ciudadanos de bien, los que “son como nosotros”; y disciplina para los demás. De este modo, encarnan una concepción de mundo en que el orden –las relaciones de poder que están codificadas en los valores tradicionales, pero también en las relaciones de mercado– está por encima de la igualdad formal frente a la ley. Estos últimos factores no son accesorios, sino esenciales: es lo que explica que ni los intentos de desestabilización de la democracia ni las eventuales condenas criminales acaban por debilitar estas figuras frente a sus apoyadores.

Además de estas semejanzas estructurales, hay mucha emulación y colaboración directa entre estos líderes, y por ende bastante intercambio de técnicas, tácticas y estrategias.

¿Qué es lo que está agotado para esos amplios sectores, de la realidad construida bajo el orden liberal, que esta ultra derecha sabe interpretar y traducir en políticas activas?

Las políticas efectivamente implementadas no traen soluciones a ese agotamiento sino la radicalización de sus condiciones. Pero esto no importa porque la extrema derecha logra desplazar hacia los otros jugadores un rechazo que podría estar dirigido contra las reglas del juego.

Más de cuatro décadas de hegemonía neoliberal han producido una explosión de la desigualdad, y por lo tanto una gran cantidad de perdedores. Hubo, sin embargo, un momento en los años 90 y 2000 en que una sucesión de burbujas financieras creó en muchas partes una ilusión de expansión y las condiciones para políticas de reconocimiento que favorecieron a sectores de grupos históricamente marginalizados como mujeres, personas LGBTQIA, negros etc. Es lo que Nancy Fraser nombró “neoliberalismo progresista”, frecuentemente patrocinado por una vieja socialdemocracia que se había vuelto, en términos económicos, ardientemente neoliberal.

La crisis de 2008, cuyos efectos siguieron propagándose por el mundo durante los años siguientes, y que en algún sentido nunca se acabó, pone fin a este momento. De cierto modo, es la plausibilidad de las promesas de buena vida del neoliberalismo que se acaba ahí, porque la economía nunca volvió a ser lo que era, y porque queda claro que, en horas de crisis, será la gente común que pagará para mantener las ganancias de los más ricos. Lo que resta, entonces, es una disputa cada vez más feroz por migajas cada vez menores, una perspectiva que la sombra del cambio climático vuelve aún más siniestra. La naturalización de esta idea de que, en la base de la pirámide social, hay un conflicto inevitable de todos contra todos, facilita la operación retórica elemental de la extrema derecha, que consiste en promover la confusión de derechos con privilegios y viceversa.

Abolir el antirracismo capitalista

por Helios F. Garcés

 

«Lo decolonial es una moda, lo postcolonial un deseo y lo anticolonial una lucha», dejaría dicho en 2019 la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui. La primera vez que leí estas palabras me parecieron tan justas como hermosas. Me lo siguen pareciendo. En cierta medida, describen una parte importante de la realidad. Una realidad con la que nos encontramos en nuestro deseo de utilizar marcos útiles para analizar la herencia colonial del racismo moderno con el sencillo objetivo de combatirlo mejor. Pero no estoy del todo de acuerdo con la premisa. Me explicaré por medio de dos ejemplos ilustrativos. 1: ¿se pueden equiparar enfoques como los del académico Walter Mignolo, elaborados desde y para la academia yankee, y prácticas políticas como las del Partido de los Indígenas de la República, que emergen desde las calles de Francia para enfrentar el racismo de Estado? En absoluto. Sin embargo, en los dos casos existe la reivindicación de un enfoque decolonial. Sigo preguntando, esta vez sobre una realidad que salpica a las universidades del Estado español, 2: ¿entran en un mismo cajón de sastre la instrumentalización de marcos decoloniales, postcoloniales e incluso «anticoloniales» por parte de personalidades de poder de la academia y los trabajos defendidos, desde tales enfoques, por decenas de investigadoras no blancas de clase trabajadora? Me refiero a investigadoras y militantes provenientes del Sur Global -donde nace lo decolonial- comprometidas con la articulación de proyectos emancipatorios para la liberación de sus pueblos que enfrentan, fuera y dentro de la academia, múltiples violencias racistas y patriarcales. Imposible establecer dicha similitud. Es por eso que, quizá, lo que está en juego desde una lucha antirracista transformadora es la disputa entre el deseo real de trastocar un sistema de injusticias y el deseo de integrarse en él. Existe un antirracismo neoliberal, capitalista, que se enmascara de las maneras más perversas. Y la batalla por desenmascararlo va más allá de los marcos intelectuales empleados.

En el ensayo De la integración a la reparación o ¿por qué a la izquierda anticapitalista le gusta el antirracismo neoliberal?, parte del libro Racismo de Estado. Una mirada colectiva desde la autonomía y la justicia racial (Txalaparta, 2023), intentaba volver sobre la cuestión. En dicho texto, explicaba que otra de las razones por la que disiento con Cusicanqui es porque lo postcolonial se convirtió en una moda académica en las altas esferas de la universidad anglosajona mucho antes que lo decolonial. De hecho, se podría incluso decir que nació como moda. Es decir, nadie se salva o se condena por usar estas metodologías o marcos analíticos. Ahora bien, podemos coincidir en que determinada utilización academicista de estos conceptos -decolonial, postcolonial, colonialidad, raza, etcétera- y de sus correspondientes códigos, ha cumplido un rol de despolitización.

La situación nos indica que los debates puramente abstractos ocultan la renuncia a la posibilidad de transformar el mundo en el que vivimos, a construir una sociedad más allá del capitalismo. Es quizá por ello que el pensador Vijay Prashad, afirmaba en su Diez tesis sobre marxismo y descolonización que «la única descolonización real es el antimperialismo y el anticapitalismo», para terminar apuntando que «no se puede descolonizar la mente a menos que se descolonicen también las condiciones de producción social que refuerzan la mentalidad colonial». Palabras certeras, sin duda. Sin embargo, ¿acaso el horizonte de una liberación radical, desde un punto de vista anticolonial y anticapitalista, no debería incluir, como diría Frantz Fanon, nuestras propias mentes? ¿No construye su poder el proyecto imperial moderno asentándose también en lo más hondo de nuestro sentido común y sensibilidad? En ese terreno también es necesario combatirlo, desde el principio. Prashad apunta hacia esta relación. Sin ello, descolonizar las condiciones de producción social será imposible. El imperio, el capital, el proyecto colonial, se fortalecen en los territorios y en las mentalidades: «ese imperialismo que hoy lucha contra una verdadera liberación de la humanidad deja a su paso aquí y allá tintes de decadencia que debemos buscar y expulsar sin piedad de nuestra tierra y de nuestros espíritus», escribiría Fanon.

LA DISPUTA EN TORNO AL ANTIRRACISMO

Este debate inicial sobre nomenclaturas, marcos de análisis y horizontes nos sirve para alumbrar el problema de fondo. Hemos de seguir advirtiendo que existe un enfoque interesado, dominante, de la lucha contra el racismo que banaliza términos, gestos rebeldes y luchas que todavía hoy nos resultan imprescindibles, convirtiendo el antirracismo en una cuestión identitaria afín al imperio y al gran capital. Pero el racismo nace al calor del imperio y del capital. Es imposible abordarlo en su raíz y complejidad sin tener esto en cuenta. La acusación de identitarismo ha sido usada para deslegitimar la lucha antirracista en su totalidad. Pero, al mismo tiempo, es necesario reconocer que hay quienes abren la puerta a tales reclamos. Existe un discurso antirracista de consumo, neoliberal, que copa determinados espacios de visibilidad porque sirve para demonizar la posibilidad de un antirracismo que incomoda. ¿Pero por qué incomoda? ¿Porque ostenta alguna clave moral, porque se centra en individuos, en actitudes singulares? En absoluto. Porque es un antirracismo anticapitalista, anticolonial y antimperialista.

No obstante, más allá del eslogan, si se nos pidiese que definiéramos de manera clara cuál es la diferencia fundamental entre estas dos maneras de encarar la lucha contra el racismo, diríamos lo siguiente. El horizonte no es mejorar la inclusión de nuestras comunidades en los marcos económicos, morales y filosóficos del imperio, lo cual apagará los deseos de liberación de las generaciones venideras, promoviendo al interior de las mismas un enfermizo deseo de integración que, al mismo tiempo, nunca llegará a completarse. Estamos hablando, por lo tanto, de estimular el deseo de construir una sociedad realmente justa y sana para los pueblos, la humanidad y el planeta. Es decir, hablamos de quienes resisten al imperio, de quienes se revuelven contra el imperio y de quienes provocan, también desde dentro del mismo, tensiones con potencial revolucionario. Lo cual implica necesariamente señalar las estrategias del capital y del proyecto neocolonial por mantenerse a flote, utilizando también caras de todos los colores y cuerpos de todas las etnicidades.

 

RAZA, CAPITAL E IMPERIO SON UNO

Hablar sobre racismo no es, por lo tanto, hablar únicamente sobre identidades. La raza, -que nunca se da sin clase ni género- también palpita tras la división internacional del trabajo y se manifiesta en todos y cada uno de los ámbitos en los que se produce la lucha de clases. Los ejemplos son innumerables: en la lucha contra la especulación inmobiliaria, contra la explotación laboral, contra la violencia policial y la ley mordaza. En las luchas contra la segregación urbanística y escolar; en las luchas por una sanidad pública y universal, por legislaciones igualitarias y por la memoria histórica, etc. Y, al mismo tiempo, la lucha contra el capitalismo encuentra su hueso más duro de roer en la lucha contra la existencia de espacios de no-derechos como los asentamientos chabolistas de los campos de Huelva, Almería, Lérida; en espacios de no-derechos como los CIE. El nervio de la lucha contra el capitalismo se rompe en barrios como la Cañada Real, en Madrid, o el Polígono Sur, en Sevilla. El corazón de la lucha contra el capital se produce allá donde los cuerpos de las personas migrantes no blancas provenientes de las ex-colonias, y muy particularmente de las mujeres africanas, magrebíes, romaníes, asiáticas, de Abya Yala, son usados para ahondar en las condiciones de deshumanización, explotación y desposesión de las que se nutre el capitalismo.

En su obra, Frantz Fanon nos habla de cómo la situación colonial imposibilita en si misma la puesta en marcha de cualquier relación de igualdad. Si aceptamos que vivimos en un mundo fundamentalmente neocolonial, que pueblos como el palestino resisten, de hecho, en una situación colonial, hemos de cuestionar la manera en la que, desde el Norte Global -cuyo liderazgo político sostiene dicha situación- usamos nuestros marcos decoloniales, postcoloniales, etc, sea cual sea la situación de nuestros pueblos en él. No para dejar de usarlos porque estén irremediablemente «manchados», enfoque moralista que genera imposturas y circunloquios inútiles, sino para hacerlo con mayor honestidad, al servicio de luchas dignas como las mencionadas. Así, esta batalla no es una pugna entre individuos desde la que se condena a unos y se salva a otros supuestamente libres de contradicciones. Es una lucha colectiva basada en la ruptura real con un recetario político que, en última instancia, está al servicio del neoliberalismo, al servicio de consensos a través de los que se deslegitima a quienes luchan por adquirir una igualdad material y vital real.

  • Helios F. Garcés ha escrito en medios de comunicación y revistas críticas como DiagonalEl SaltoLa MareaCtxt o Tabula Rasa. Ha formado parte, como militante, organizador y formador, de diversos proyectos políticos de lucha contra el racismo en el Estado español.

Publicado originalmente en https://blogs.publico.es/dominiopublico/65797/abolir-el-antirracismo-capitalista/#google_vignette

Los levantamientos democráticos que nos faltan

por Giuseppe Cocco

 

Impureza de las sublevaciones, geometría de las revoluciones     

En la introducción de su libro “Revolution»[1], el historiador Enzo Traverso critica duramente la exposición «Soulèvements» organizada por Didi-Huberman[2]. Le molesta, profundamente, la fotografía de Gilles Caron que ilustra la tapa del catálogo, y aún más, le molesta, la bajada de foto: «manifestantes anticatólicos». Estamos en la batalla de Bogside entre católicos y protestantes en Londonderry, agosto de 1969: dos jovencitos lanzan piedras como si ejecutasen la coreografía de un ballet. Esta imagen seria una desviación, pues muestra, no una sublevación, sino que una sumisión: “la danza mortal de la segregación que, por muchos siglos, sufrieron los católicos”[3]. Aunque la imagen es estéticamente muy poderosa, “la elegancia de un gesto que evoca a la belleza de una performance atlética no esclarece su significado político»[4]. Didi-Huberman responde a la crítica con por lo menos tres argumentos: primero, él la define como “sectaria”, porque ambos autores estarían del “mismo lado de la barricada”; en segundo lugar, el afirma que la distinción clásica formulada por Arno J. Mayer, y utilizada por Traverso, entre rebelión y revolución establece una jerarquía política cuestionable entre las sublevaciones (irracionales, deseadas, desesperadas) y las revoluciones (esperanza organizada en torno a un proyecto); finalmente, el pie de foto de Gilles Caron estaría equivocado, los manifestantes en realidad serian católicos, los oprimidos[5]. Traverso, entonces, seria víctima de una “negligencia de lectura”: no se toma el tiempo necesario para captar una sensibilidad que se subleva “contra toda pureza»[6].

Traverso responde y radicaliza el dialogo: al producir “imágenes de pensamiento” que “rechazan separar la corporalidad de las luchas de su intencionalidad política”, se cae en la estetización de lo político en lugar de promover una politización de la cultura, según la famosa formula de Walter Benjamin[7]. Didi-Huberman nuevamente responde. Ya no estamos del “mismo lado de la barricada»[8]. Tenemos, entonces, dos campos que se confrontan en torno a la iconología que atraviesa la historia cultural a partir de concepciones opuestas de la dialéctica de la imagen: de un lado, la belleza del gesto de la sublevación; del otro, la geometría de la revolución. Las sublevaciones serian emocionales y corpóreas en tanto que las revoluciones se situarían mas del lado de la racionalidad. Mientras Didi-Huberman se concentra más en las imágenes en sí, Traverso examina las imágenes explicadas.

  1. Más allá de la pausa, la potencia de un soplo

En el catálogo de la misma exposición, para hablar sobre sublevaciones, Antonio Negri usa la metáfora y la mitología del halterofilismo: el atleta que levanta pesas, Atlas que sostiene los cielos sobre sus hombros. El punto central de su reflexión es la pausa que separa la performance en dos momentos: levantar la barra del piso hasta el pecho y luego intentar elevarla por encima de su cabeza, con los brazos extendidos hacia el cielo[9]. El levantamiento gestiona la potencia del portador y el sufrimiento que soporta bajo la carga que levanta[10]. Cuando la pausa no se transforma en una interrupción —continua Negri — acontece algo como la creación del mundo, un exceso del ser: «un gesto de fuerza, pero realizado como un soplo«[11]. El levantamiento se torna revolución. Cuando eso ocurre en la dinámica colectiva, cuando estamos “todos juntos, (…) todo es alegría«[12]. Es el milagro de la transfiguración de la fuerza y de la violencia en su opuesto: el soplo y la alegría.

A partir de esa poética del soplo colectivo como creación revolucionaria, Negri propone una reflexión sobre las trampas y los limites de la acción. El limite seria la derrota: la trampa, a su vez, se encontraría en una ontología negativa. La ontología negativa ocurre cuando “el peso del levantamiento no puede ser más soportado”, pudiendo acontecer que se huya “de la materialidad de ese proceso (y) se instale de ese modo un deseo derrotado, frustrado, triste (…)[13]«. Este es un tema que encontramos en un análisis de «L’uso dei corpi” de Giorgio Agamben[14]. Negri escribe: «su investigación no conduce ni a la construcción de una comunidad posible, ni a una definición de un poder, sino que apenas a un poder destituyente, a una comunidad inoperante»[15]. Para Agamben, el poder constituyente es consubstancial al poder constituido[16]. En contraste, según Negri, el poder constituyente es siempre una «lucha contra el poder constituido», una ontología positiva y alegre. Pero, ¿cómo funciona esta ontología alegre?

  1. La potencia del soplo, contra las derivas autoritarias

En marzo de 2023, exactamente diez años después de la gran sublevación de junio de 2013[17], un periodista destacado, del mayor periódico brasileño critico la propuesta de una “asamblea constituyente exclusiva” formulada por un senador del Partido de los Trabajadores[18]: «Todo este debate (sobre asambleas constituyentes) fue socavado por las experiencias en América Latina, donde varios gobiernos las utilizaron (…) para aumentar el poder del ejecutivo, como ocurrió en la Venezuela de Hugo Chávez, en la Bolivia de Evo Morales y en el Ecuador de Rafael Correa”. En el mismo artículo destaca que, la “base teórica para la manipulación de referendos y del propio instrumento de la asamblea constituyente para dar mas poder a los presidentes de turno, es el libro El poder constituyente¾ensayo sobre las alternativas de la modernidad, del filosofo italiano Antonio (Toni) Negri»[19]. También menciona que, diez años atrás, en el tumulto de la rebelión, el mismo periodista había publicado un artículo sobre la misma propuesta con los mismos argumentos. La convocatoria de Asambleas Constituyentes, enfatizó, es un “tipo de acción fundamentalmente antidemocrática, pues una cosa es criticar las acciones del Congreso y exigir cambios en su acción política para acercarse a aquellos que representa, es decir, los ciudadanos (…), otra es querer sortear el poder legislativo, estableciendo un vinculo directo con el electorado por medio de un gobierno plebiscitario, que conduce al populismo y al autoritarismo»[20]. En aquella época, él también denunciaba explícitamente el papel de la filosofía política de Negri.

Hoy sabemos que la experiencia chavista se transformo en una dictadura y en una pesadilla para los venezolanos, justamente por haber conseguido quebrar la independencia de las otras esferas institucionales. Los plebiscitos y las asambleas constituyentes servirán a una nueva y perversa forma de bonapartismo. Por otro lado, en Brasil, la resiliencia democrática ante el fascismo bolsonarista puede contar con los poderes constituidos (en particular con la Corte Suprema) [21].

¿Significa, acaso, esto que el poder constituyente es una amenaza para la democracia? ¿Coincide con las llamadas asambleas constituyentes o se trata de algo diferente, como lo demuestra el caso chileno? ¿Puede la controversia, en torno a esta noción, ayudarnos a resolver el debate sobre las revoluciones y levantamientos, o será el contrapunto entre Traverso y Didi-Huberman lo que puede permitirnos entender mejor los enigmas del poder constituyente?

  1. Después de la imagen

Curiosamente, la polémica sobre revolución y levantamientos se da sin poner mucha atención a la historicidad del conflicto que acontecía, en la época de la fotografía, entre católicos segregados y unionistas opresores en Irlanda del Norte. ¿Qué paso después? ¿En los términos de Negri, hubo una derrota o los pesos del levantamiento cayeron en la trampa de la ontología negativa? Si bien Irlanda del Norte paso por un largo calvario de violencias entre católicos y unionistas, esos conflictos fueron de hecho transformados en el establecimiento de un acuerdo de paz. Más allá de las leyendas y de los pies de foto (de la exposición y de la fotografía), católicos y unionistas hoy disputan en las dinámicas de la democracia: sus conflictos han transformado las formas de vida[22]. Los levantamientos irlandeses no estuvieron exentos de consecuencias, pero estas no solamente fueron represivas, ni realmente constituyentes y mucho menos revolucionarias. Fue en el terreno instituyente que esa transformación se pudo afirmar al punto de que, en febrero de 2024, una líder nacionalista (del Sinn Fein), fue electa Primera Ministra del Ulster[23]. Por lo tanto, cabe preguntarse, si en sus respuestas a Traverso, Didi-Huberman no estaba demasiado preocupado por mantenerse “del mismo lado de la barricada”. No son las barricadas las que permiten sustentar posiciones diferentes, sino la democracia como producto y terreno de un conflicto que no termina en lo absoluto. Cuando el cañón no encuentra limites, es el terror lo que surge. Y no es la critica de Arno Mayer a los levantamientos la que podría salvar a los regímenes producidos por las “revoluciones” en Rusia, así como en China o en Cuba[24]. Al contrario de lo que dice Traverso, el comunismo-régimen no es diferente del comunismo-revolución y no hay nada que lamentar de su colapso[25]. Al contrario, los levantamientos democráticos quedan así, liberados.

El debate no es entre “rebelión deseante” y “revolucion racional”, sino sobre el lugar o el papel de lo que Macchiaveli llama necesidad. La democracia es la forma de gobierno y de vida capaz de revertir la relación con la necesidad: los fines se encuentran con los medios, sin embargo (nondimanco), este encuentro institucionaliza la tensión entre los dos, o sea, entre la regla y su derogación[26].

 

  1. 4. La democracia instituyente, todavía

Sin embargo, del mismo que Didi-Huberman duda en recordar la larga serie de tragedias que marcan la historia de las revoluciones, en su ensayo sobre halterofilismo, Negri basa su ontologia de la alegría en una sedimentación jerarquizada de los diferentes levantamientos. Nos habla que las revueltas americanas, la de los jóvenes londinenses o las de los hijos de los inmigrantes en Francia. El levantamiento brasileño de junio de 2013, la revolución de las multitudes ucranianas en Maidan, las calles de Caracas contra la dictadura chavista, las revueltas de Nicaragua contra la dictadura sandinista o en Cuba contra el hambre, ni siquiera merecen una mención. Claro, se puede decir que son omisiones en una lista aleatoria y no exhaustiva. Aun así, da la impresión de que se trata de revueltas canonizadas, algo como las cuentas de un rosario, la liturgia de una respiración que continuaría “alentando desde la Comuna a los soviets, de las insurrecciones metropolitanas a las primaveras del nuevo proletariado»[27]. Una conferencia de Negri en Oxford (2012) confirma que se trata de una doxa. La Guerra Fría, afirma, era una invención destinada a “mantener el aislamiento de la URSS”[28] y la caída del Muro de Berlín solo tendría un efecto positivo, el permitir una construcción europea antiamericana. Del mismo modo que en su geología de los levantamientos no hay espacio para la geopolítica de las contestaciones no rotuladas “de izquierda”, en esta Europa antiamericana pensada por Negri no hay espacio para los deseos democráticos de las multitudes de los países del Este. Paradoja en el abismo: La Europa antiamericana que Negri sueña es puramente occidental. Para el, la búsqueda de los países Bálticos, de los polacos, de los rumanos (y más recientemente de Finlandia y Suecia) de protegerse en la alianza atlántica sería el resultado del imperialismo yankee. La resistencia ucraniana, escribe junto a Nicolas Guilhot, es “una guerra por el poder entre potencias nucleares (…)»[29] . Las multitudes de Maidan, aparentemente no sedimentaron nada, y su resistencia es más temida que el fascismo ruso[30].

  1. Los levantamientos democráticos que nos faltan

Los levantamientos radicalmente democráticos que hoy nos faltan ante la ascensión, casi, inexorable de los nuevos fascismos, y de la guerra en gran escala, que ellos fomentan, están atrapados en la trampa de esas inversiones de significado. Pero es precisamente en las calles de Tbilisi, Budapest, Varsovia y Odesa, donde estas energías se manifiestan. Lo mejor de Europa esta fuera de Europa, en los jóvenes ucranianos que resisten al fascismo ruso. De la misma forma, lo mejor de Occidente esta fuera de Occidente, en las jóvenes mujeres iranies que liberan sus cabellos, corriendo el riesgo de ser asesinadas por hacerlo. Tal vez sea en la vitalidad de estos levantamientos democráticos que el debate sobre la revolución sea superado, así como la oposición entre poder constituyente y poderes constituidos. De cualquier modo, nos encontramos en el corazón de la famosa reflexión “gatopardesca” de Giuseppe Tommasi di Lampedusa: «Si queremos que to se quede como esta, es necesarios que todo cambie. ¿Está claro?». Carlo Ginzburg recuerda que esa frase es una derivación invertida de Maquiavelo en los Discursos: «Quien, en una ciudad libre, quiere reformar un gobierno antiguo, que conserve al menos la sombra de las costumbres antiguas». La inversión es evidente: por un lado, «si queremos que todo cambie, es necesario que algo permanezca como está (Discursos); por el otro, «si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie» ( Gattopardo). «El fin es opuesto: revolución en el primer caso, conservación en el segundo. Los medios son idénticos: cambio (parcial en el primer caso, total en el segundo)». Aquí está la paradoja: «es el conservador, y no el revolucionario, quien lleva el cambio hasta sus últimos extremos (‘todo… todo’)», concluye Ginzburg, como acabamos de hacer con Irlanda del Norte, analizando lo ocurrido en Sicilia después del Gattopardo: «(…) a mil leguas del ‘refus du changement en soi‘ (…), el cambio político existe, tal como existe, en un nivel más profundo, la ‘lenta sustitución de las clases’ (…)». Pero mientras Ginzburg termina con una nota melancólica, colocando la especificidad histórica en el horizonte de su contingencia cósmica, nosotros necesitamos multiplicar los esfuerzos para movilizar los levantamientos democráticos que nos faltan.

** Giuseppe Cocco, es profesor titular de la UFRJ. Coordinador del Laboratorio Territorio y Comunicación (LabTeC/UFRJ)

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

NOTAS:

[1] Enzo Traverso, Révolution. Une histoire culturelle. Tradução do inglês de Damien Tissot, La Découverte, Paris, 2021.

[2] Jeu de Paume, Paris, 2016.

[3] Guillaume Blanc-Marianne https://aoc.media/analyse/2023/05/03/image-legendee-histoire-legendaire-coda-a-la-querelle-didi-huberman-traverso-1-2/

[4] Traverso, Révolution, cit., p. 21.

[5] “Prendre Position (politique) et prendre le temps (de regarder)”, Analyse Opinion Critique AOC, 5 mai 2022.

[6] Georges Didi-Huberman, Atlas ou la Gai savoir inquiet. Cit., p. 13.

[7] Enzo Traverso, “Soulèvements/égarements”, AOC, 2 de julho de 2022

[8] « Qu’est-ce qu’une image de gauche ? », AOC, 18 juillet 2022.

[9] Negri, “L’événement”, in Didi-Huberman, Soulèvements, Cit.

[10] Georges Didi-Huberman, Atlas ou la Gai savoir inquiet. L’œil de l’histoire, 3. Minuit, Paris, 2011, p.88.

[11] Negri, “L’événement”, cit.

[12] Ibid.

[13] Ibid., p. 40.

[14] Neri Pozza, Vicenza, 2014. O Uso dos Corpos,, Boitempo, São Paulo, 2017.

[15] Antonio Negri, “Giorgio Agamben, quando l’inoperosità è sovrana”, Il Manifesto, 2014.

[16] A. Negri, “Ce divin ministère des affaires de la vie sur terre”, La Revue Internationale des Livres e des Idées, Janeiro de 2008.

[17] Giuseppe Cocco et Yann Moulier Boutang, “La première révolte de la multitude du travail métropolitain”, Multitudes, 2013/3 (n. 54), pp.19-31. Ver tambien  Giuseppe Cocco: “Lula, 10 ans après juin 2013”, Multitudes, 2023/2, n. 90.

[18] Murilo Fagundes, “Humberto Costa sugere novas Constituinte para reforma política”, Poder360, 12 de março de 2023.

[19] Merval Pereira, “Buscando atalhos”, O Globo, 14 de março de 2023, p. 2.

[20] Merval Pereira, “Democracia Direta”, O Globo, 25 de junho de 2013.

[21] Jeudiel Martinez, “Chavez est vivant, la lutte continue”, Multitudes, 2019/3, pp. 7-11.

[22] Para obtener una cronología detallada de los acuerdos de paz, consulte The Irish Peace Process – Chronology of Key Events (April 1993 – April 1998), disponible en https://cain.ulster.ac.uk/events/peace/pp9398.htm

[23] “Irlande du Nord: Michelle O’Neill, issue du Sinn Fein, élue officiellement première ministre, Le Monde, 3 février 2024.

[24] Arno Mayer, The Furies: Violence and Terror in the French and Russian Revolutions, Princeton, Princeton 2000.

[25] Enzo Traverso, Révolution, cit., p. 494.

[26] Carlo Ginzburg, Néanmoins, traduzido do italiano por Martin Rueff, Verdier, Paris, 2018.

[27] Negri, “Événement”, Cit., p. 44.

[28] Antonio Negri, Intervento Volcano, Oxford, 12 de maio de 2012 (manuscrito).

[29] Toni Negri et Nicolas Guilhot, « New Reality ? », New Left Review, 19 août 2022

[30] Cf. Bruno Cava et Giuseppe Cocco, “Est-il plus facile d’imaginer la fin du monde que la fin de Poutine?”, AOC, 5 décembre 2022, disponible https://aoc.media/opinion/2022/12/04/est-il-plus-facile-dimaginer-la-fin-du-monde-que-la-fin-de-poutine/

La paradoja de la democracia

por Jack Daniel (seudónimo)

 

Esta es la paradoja de las democracias: ¿Qué sucede cuando un pueblo, de forma democrática (o sea, por mayoría), elige a un enemigo de la propia democracia?

En los próximos días y semanas, discutirán sobre la debilidad de Kamala Harris, su insuficiencia y su descuidada, rocambolesca, entrada en la carrera presidencial. Hablaran de los blancos pobres en busca de status, de la inflación y de la emigración, van a mencionar Gaza; cada uno intentara explicarnos por qué Kamala Harris perdió. Claro, van a mencionar el hecho de que ella es mujer y negra, y concluirán que los Estados Unidos aun no estaban preparados para eso. Seran, ya puedo predecirlo, explicaciones interesantísimas que, en el intertanto, no nos aclararan el punto principal, o sea, ¿cómo es posible que la mitad (o más) de los norteamericanos haya votado a Trump?

En la noche del 6 de enero de 2021, levanten la mano los que previeron el resultado de hoy: ninguno, y si alguien dice que lo previo, probablemente está exagerando. Decir que Trump es un peligro para la democracia no es un slogan; es solo constatar lo hechos, lo que paso en ese momento, lo que, él, viene afirmando a lo largo de los años. Deportaciones, prisiones de los adversarios, amenazas a la prensa, el proyecto 2025 ¾lo hemos visto y oído todo. Y, aun así, el gano, asegurando la presidencia, el parlamento y teniendo ya a la Suprema Corte en sus manos. Raramente alguien ha tenido tanto poder en la democracia norteamericana, un hombre que, como dije, hace de todo para mostrar al mundo cuanto le importa la democracia, sus ritos, controles y equilibrios: nada

Nos estamos volviendo a una caricatura de la democracia, hacia el plebiscitarismo, la enfermedad senil de las democracias que no solo afecta a Estados Unidos, basta mirar alrededor y, tal vez, muy cerca de nosotros. La prensa y el poder judicial son acusadas de ir en contra, las quejas diarias sobre los obstáculos que limitarían la acción del gobierno escogido por el pueblo, propuestas de “premierato” son nuestro pan de cada dia, pan italiano y común también a varios países europeos. A fin de cuentas, en la era contemporánea, podemos decir que fuimos nosotros, con Berlusconi, los inventores del plebiscitarismo contemporáneo en un país democrático: un país de santos, navegadores e inventores de formas de gobierno que minan la democracia. La primera vez como tragedia, el fascismo, la segunda vez como comedia, el “bunga bunga”.

Pero la pregunta permanece: ¿qué tipo de anticuerpos pueden ser activados cuando este tipo de gobierno, declaradamente hostil al método y a la practica democrática, que presuponen el respeto de las minorías, controles y equilibrios, es elegido por la mayoría? En la postguerra, nos esforzamos para creer que la crisis de las democracias de un siglo atrás ocurrió, comenzando aquí, en el país de los Santos y Navegadores debido a conspiraciones y golpes de estado bien articulados por una minoría contra la mayoría. Nos autoconvencimos por décadas de que los regímenes totalitarios no tenían apoyo popular y, si lo tenían, era porque lo obtuvieron por coerción o mediante una propaganda asfixiante, o por la eliminación de los opositores. Nos convencimos, con confianza, de que una democracia no podría ser debilitada de forma democrática, ya que, naturalmente, el gobierno de la mayoría (la democracia) siempre seria preferido por la mayoría al gobierno de un hombre o de un pequeño grupo al mando. Creíamos que nunca se elegiría la autocracia, democráticamente, frente a la democracia, que tendría que imponerse manu militari, con un golpe de estado o con un “putsch”.

Y, sin embargo, estamos viendo que no es así (y ni siquiera hace un siglo, de hecho): la mayoría puede, si, preferir la autocracia y a ese hombre solo en el mando; la democracia puede cansar, envejecer o parecer vieja, sino decrepita. Orbán, Putin, Xi, Trump (y los nuestros) son lo “nuevo” que avanza.

¿Qué anticuerpos? No se ve ninguno, más allá de slogans dignos de Pangloss, como “es preciso fortalecer la democracia” o “revitalizar los partidos, participación fortalecer los organismos intermedios”. Cierto, pero ¿cómo? Porque el problema es precisamente ese: es como decir que la solución para una enfermedad seria la buena salud del enfermo. Excelente, pero ¿con qué tratamiento podemos recuperar la buena salud si el tratamiento en si es considerado como fuente de enfermedades? ¿Cómo revitalizar los organismos intermedios y partidos si justamente son considerados como un obstáculo para la voluntad popular, expresada por un plebiscito que elige al “Campeón” que se encarga de atacar a cualquiera que obstaculice sus proyectos? Los controles y contrapesos son vistos como ataduras y limites a la voluntad popular y, por ende, algo a ser reducido, sino eliminado.

Un siglo atrás, la crisis de las democracias condujo a la catástrofe y, después de darnos de cabezazos, reconocimos el valor de la democracia misma. Fue necesaria la nemesis de la guerra que funciono como vacuna y genero anticuerpos que nos han protegido hasta ahora. ¿Pero ahora? ¿Qué o cual es el “refuerzo de la vacuna”? ¿Qué tiene que acontecer para convencernos de que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás?

 

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

 

 

 

La posibilidad de un golpe de Estado en Bolivia: el exabrupto de Zúñiga

por Salvador Schavelzon*

El intento de golpe de Estado del Gral. Juan José Zúñiga revive el debate sobre la inestabilidad y fragilidad institucional sudamericana, a partir de una crisis política en Bolivia que viene desarrollándose al tiempo en que se acercan las elecciones presidenciales de agosto de 2025. Es a partir de estos acontecimientos que nos preguntamos y buscamos responder, en este texto, cuáles son las fuerzas que prevalecen hoy en el capitalismo de la región.

Una tentativa de golpe de Estado que “murió en la playa” y fue controlada rápidamente por el gobierno de Luis Arce Catacora, sin fuerzas militares acudiendo al llamado de un general, permiten que se exponga, como en una radiografía, la situación política que vive el país. Más allá de reconocer la fuerza del argumento más simple, que explica estos actos como una aventura individual de un militar que hace un golpe porque se le ordenaba la dimisión, y que descarta, así, otras explicaciones como la teoría del autogolpe de Arce y la de las tentativas de intervención norteamericana en procura del control del litio boliviano, el episodio quijotesco permite vislumbrar:

  1. Un contexto político: el gobierno progresista debilitado.

 

Después de casi 20 años en el gobierno y 30 desde su fundación, el MAS presenta una crisis relacionada con la gestión del poder, la falta de proyecto y la distancia con los movimientos sociales y luchas que le dieron origen. Con la crisis de sucesión de fondo, el gobierno aparece sin respuestas frente a una crisis económica donde la escasez de dólares y de combustibles interrumpe la estabilidad anterior y abre el camino a una profundización del discurso del cansancio con el sistema político. La situación ha dado espacio a discursos populistas de derecha, que vienen ganando espacio en el país, la región y el mundo. Esta crisis deriva en la explicación que da primeramente el propio Zúñiga, cuando percibe que su movimiento no terminaría bien: fue un pedido del presidente para mejorar su imagen[1].

 

2. Sucesión indefinida dentro del MAS.

Vemos el conflicto candente en torno a la posibilidad de una nueva candidatura de Evo Morales en la elección de 2025. Además de la oposición de parte de la ciudadanía a una nueva reelección, que ya fue rechazada en el referendo de 2016 y que detonó el levantamiento popular de 2019, la candidatura enfrenta hoy la oposición del actual presidente, su sucesor y ex ministro de hacienda por varios años[2]. Luis Arce fue elegido para el cargo por el mismo Evo Morales, contradiciendo la decisión de las bases del MAS, que votaron a favor del actual vicepresidente, David Choquehuanca, también ex ministro de Morales, y posible candidato. Sólo estos elementos dan cuenta de formas de construir liderazgo y poder estatal que alimentan disputas encarnizadas. La disputa por los cargos y la centralización del poder no permiten la renovación y revitalizar un partido que nació como partido-movimiento y que hoy sostiene una guerra interna, entre dos facciones: evistas y arcistas[3].

Las candidaturas de Evo, como lo fueron las de Lula, Maduro y Cristina Kirchner se ha tornado una plataforma para el crecimiento y organización de las fuerzas de oposición. El progresismo está atrapado en la disyuntiva entre el respeto y la lealtad al líder y a la dificultad de lidiar con formas personalistas de poder que empobrecen los procesos y apartan el poder de las bases sociales. Al mismo tiempo, la volatilidad política, se impone, cuando, ni las encuestas, ni la experiencia de 2019, transforman a Evo en el candidato natural, imprescindible, para mantener el poder con el progresismo, como se pensaba antes de 2016. Al mismo tiempo, el MAS aún es la principal fuerza política y recuperó apoyo popular en el gobierno de Jeanine Áñez. Si no fuese por la disputa de facciones, podría permanecer en el gobierno. Trágicamente para el MAS, sin embargo, esta lucha se encuentra en un punto de no retorno. Tanto Arce como Morales van a luchar hasta el fin para que el otro no sea candidato, y un tercero no alineado, por ahora, no aparece como posibilidad.

 

3.  Fuerzas armadas descontentas y buscando participar en las decisiones.

Influenciados por los discursos antisistema de la derecha populista, los militares se encuentran hoy ganando espacio en la política, tanto en los discursos “intervención militar”, comunes en la base del bolsonarismo, o también vestidos de demócratas y con opiniones de jerarcas castrenses en las redes sociales. Fortalece este posicionamiento la tendencia en la población a seguir discursos de mano dura en la línea de Bukele, así como el de la crítica a la “casta política”, al modo de Milei, Vox, Trump y otras derechas. Esta tendencia se encuentra con el contexto boliviano, donde los acuartelamientos y tensiones entre poder político, militares y policiales han ocurrido con cierta frecuencia. En febrero de 2003 hubo enfrentamientos con militares y policías por cuestiones gremiales y salariales; militares y policías interferirían como grupo de presión en la redacción de la nueva constitución en 2007; rechazarían actuar contra la movilización autonomista de la Media Luna en 2008; y desobedecerán también al gobierno de Morales en 2019, en rechazo a la represión contra los movilizados.

A pesar de los intentos, en los primeros años del gobierno del MAS, para reformar las fuerzas armadas, que incluso comenzaron a gritar como parte del protocolo las consignas del Che Guevara: “Patria o Muerte, Venceremos”, siempre han mantenido una tendencia a posicionarse de manera antidemocrática. En América Latina, se posicionan como un grupo de poder que obtiene beneficios presupuestarios e influencia en la gestión pública, con inserción en sectores mando político, como fue el caso de los 10 mil militares en el anterior gobierno brasileño, muchos aún en funciones. La vicepresidenta de Milei fue escogida por su proximidad al sector militar más reaccionario, negacionista del terrorismo de Estado del mismo modo que lo es Jair Bolsonaro.

 

4. La explicación geopolítica.

El intento de golpe trae nuevamente la discusión de los intereses transnacionales, por los recursos naturales y el litio, siempre presente en el imaginario de la izquierda y del nacionalismo. Es necesario aclarar, en las interpretaciones de la izquierda cuál ha sido la política del MAS en relación a este tema y también la de los Estados Unidos y otras potencias, que parecen lejos de buscar una solución mediante una acción improvisada y torpe, como fue la de Zuñiga el 24 de junio, por más antipático que les resulte el MAS, que en el pasado ya expulsó embajadores, a la DEA y a la Agencia de Cooperación y Desarrollo norteamericana, USAID.

Como en Ecuador, que en los últimos años pasó de escenarios de movilización social indígena y urbana, con un alto protagonismo de la Confederación de Nacionalidades Indígenas, a una agenda de seguridad pública y respuestas a la derecha, Bolivia hoy parece estar lejos de la época en que el cuestionamiento del orden venía de la fuerza de la comunidad andina y de los movimientos sociales. Ni la fuerza sindical de los trabajadores del campo y de la minería, ni las comunidades indígenas, que dieron lugar a la plurinacionalidad, aparecen hoy con fuerza, después de un ciclo político de casi 20 años, que se inició como un movimiento de las calles, pero se constituyó como un proyecto de Estado, con un discurso orientado a la clase media urbana, asumiendo el contexto neoliberal, y con las rentas estatales para los más pobres  a modo de programa electoral y enfocado en el estímulo del consumo.

Entonces, si el progresismo del MAS está en crisis y dividido, también es verdad que ni la Media Luna, ni la derecha tradicional o republicana tienen respuestas para la crisis y tampoco tienen un buen candidato para oponerse al MAS. La extrema derecha racista, religiosa y violenta, que apareció en Bolivia con una década de antelación en relación a países como Brasil y Argentina, tampoco está controlando la situación política. Grupos políticos representados por nombres como Tuto Quiroga, ex vicepresidente del dictador Hugo Banzer − electo en democracia− y Fernando Camacho, gobernador de Santa Cruz preso por los acontecimientos de 2019, representante de la línea dura de la Media Luna fracasaron en el gobierno de Jeanine Añez. Nadie apuesta mucho por las candidaturas de la derecha liberal republicana, como Carlos Mesa y Doria Medina, actores políticos desprestigiados y asociados a “la casta” tanto por el MAS como por las nuevas derechas. El empresario y pastor evangélico, de origen sud coreano, Chi Hyun Chung, que quedó tercero en 2019 y fue denominado como el Bolsonaro de Bolivia, tampoco tiene presencia ni capacidad de seducción electoral.

Nuevas y viejas modalidades de golpe en América del Sur

La izquierda latinoamericana discutió hasta el cansancio sobre los golpes de estado y el avance de la derecha en los últimos años en la región. Después de los casos del Paraguay, con Fernando Lugo, en 2012, y el de Manuel Zelaya en Honduras, en 2009. Al mismo tiempo, la democracia prevalece en toda la región, inclusive el intento de evitar la dimisión de Zúñiga se realizó con vociferaciones en defensa de la democracia, aunque esto se hiciese con tanques frente al Palacio de Gobierno.

La idea del golpe fue el marco que el PT le confirió al impeachment de la presidenta Dilma Rousseff, a pesar de que el gobierno de Temer, en los hechos, no fue considerado ni tratado por el partido de Lula da Silva como una dictadura. Se trataría de un golpe, porque las pedaleadas fiscales no configuran un delito de responsabilidad, como la constitución exige en la norma relativa a destitución presidencial. Pero Dilma fue destituida del cargo por no contar con los votos para impedirlo en el Congreso Nacional, frente al avance electoral de las fuerzas opositoras, del mismo modo que Collor de Melo en 1992. Del mismo modo, Pedro Castillo sería seguramente destituido, en Perú, cuando hizo un discurso para cerrar el Congreso y convocar a una Asamblea Constituyente, lo que derivó en su detención acusado de intentar realizar un autogolpe, con el sombrío antecedente de Fujimori, también en 1992.

Dina Boluarte, la vicepresidenta que sucedió a Castillo en diciembre de 2022, no convocó a elecciones, como debería haber hecho, y se atrincheró en el poder, con el apoyo del sector conservador del parlamento, que quiso se mantuviera el mandato −corporativamente− y de las fuerzas armadas. Su gobierno es sí, de hecho, considerado dictatorial por la oposición, pero como en otros casos, es importante notar que no hubo un gobierno de reformas importantes que pudiesen explicar la caída de Castillo como una contrarrevolución, o resistencia a las reformas progresistas favorables a un pueblo movilizado o con demandas satisfechas.

La respuesta de Chávez al golpe de 2002, cuando volvió al poder, luego de un golpe de Estado efectivamente consumado y con apoyo explícito de USA, y gracias a la movilización popular y de militares leales, que lo repuso en el poder, no fue posible ni para el PT en 2016, ni para el MAS en 2019. En junio de 2024 no hubo un golpe consumado, ni fue necesaria la movilización que tanto Evo Morales, como la CUT y las juntas vecinales habían rápidamente convocado y no fue necesaria porque Luis Arce se mantuvo firme en el poder. El ejemplo de Venezuela, es importante como referencia para entender la fragilidad política que llevó a las caídas de Dilma, en 2016, y Evo, en 2019, pero mantuvo aislada los movimientos irregulares de Zúñiga.

La discusión continúa, hasta hoy, alrededor de la caída de Evo Morales en Bolivia, noviembre de 2019, y vuelve ahora con la sublevación de Zúñiga. Hubo dudas sobre la aplicabilidad del concepto de “golpe”, porque Evo Morales y Álvaro García Linera dejaban el poder, superados por las manifestaciones callejeras, de amplio espectro, contra la reelección y no solo asociadas con la derecha conservadora. En muchos sentidos, la movilización de Zúñiga se parecía más a un golpe de estado tradicional que a las recomendaciones de Kalimán para que Evo Morales renunciara. En 2019, desde la cumbre del MAS hubo un llamado a abandonar cargos y posiciones parlamentarias, que no fue atendido, pero que dejó al país sin gobierno, tal vez esperando una fuerte movilización que no se concretó.

A favor de la tesis de golpe se mencionaba justamente el hecho de que los militares recomendaran la renuncia y el retiro de la colaboración de las fuerzas armadas, que se negaban a continuar reprimiendo sin garantías que no serían responsabilizadas legalmente, como lo fueron en 2003. Hubo, sin embargo, fuerzas sociales relevantes, como la Central Obrera de Bolivia, que también apoyaron la destitución o la celebración de nuevas elecciones. También podemos hablar de golpe de estado si consideramos la formación de un gobierno ilegítimo que no convocó elecciones de inmediato. Los detalles son importantes para evitar explicaciones incompletas que aparecen desde la distancia y ven erróneamente a Evo o Dilma en una situación como la de Salvador Allende o, por el contrario, definen a Evo como un dictador.

Es importante entender las diferencias esenciales de las situaciones que derrocan, o no, un gobierno, así como el sentido político actual de la disputa entre sectores que buscan el control del Estado. ¿Cuál es el proyecto y objetivo de quien busca gobernar? ¿Son golpes que sólo disputan el poder entre grupos políticos? ¿O como décadas atrás, existe una disputa geopolítica y local entre proyectos alternativos de sociedad?

En octubre de 2019, Evo Morales, se vio obligado a abandonar el gobierno después de una elección polémica, que desafiaba el referéndum de 2016 − donde venció el voto popular contrario a la reforma de la constitución para dar lugar a la reelección indefinida− y el conteo de votos, en vivo, por televisión fue interrumpido, cuando el MAS no podía aún lograr la mayoría de diez puntos necesaria para evitar una segunda vuelta con Carlos Mesa. Esa interrupción no fue totalmente explicada, de modo que las sospechas de fraude dieron lugar a las jornadas de movilizaciones que, después de varios días de represión en las calles, mostraron la fragilidad en el control de los poderes establecidos del Estado, y la situación que escapó del control político del MAS.

La caída de Evo Morales se produce luego de que esta autoridad dejara públicamente en manos de la OEA una auditoría de las elecciones, y el organismo interamericano determinara que las mismas debían realizarse nuevamente. La destitución autodeterminada de la línea sucesoria en manos del MAS, dio paso a una toma de posesión ilegítima de la segunda vicepresidenta del Senado. Jeanine Áñez y otros dirigentes serían juzgados y detenidos cuando el MAS regresara a la presidencia con Luis Arce, en 2020.

La diferencia con la confusa tentativa de golpe o sublevación de Zúñiga está dada por la presencia de una fuerte movilización ciudadana en las calles, en 2019, que no existió el 24 de junio. Otros poderes, instituciones, gobiernos, inclinaron la cancha contra Evo Morales en 2019 y no entraron en acción con Zúñiga. Si bien aún está en discusión como participaron en 2019 y seguramente se exagere sobre ese papel, podemos decir dos cosas sobre su ausencia en 2014: por un lado la democracia en Bolivia mostró fortaleza; por otro, mostró debilidad. Basta que una movilización social, del transporte, instituciones (pensemos en la iglesia y fuerzas de seguridad) se alinean contra un gobierno para que este caiga, incluso contando -como el MAS en Bolivia- con mayoría parlamentaria.

Zúñiga fue un militar vinculado al gobierno y asiduo de movimientos sociales, que estuvo lejos de poder convocar a un levantamiento popular. Entre 2019 y 2024 existe la diferencia entre soldados que van con tanques a ocupar la sede del gobierno y soldados que deciden no usar sus armas, solidarizándose con la población contra el gobierno. El debate latinoamericano se ha volcado sobre explicaciones formalistas, sobre la caracterización de un golpe de estado, cuando lo que importa, más allá de las modalidades, es la fuerza política de un bando y del otro, el apoyo de un gobierno o un motín o rebelión golpista.

No sorprende que los militares no simpaticen con los gobiernos progresistas, cuyos orígenes son la izquierda o los movimientos sociales. Mucho dinero en bonos se destinó a los militares en los primeros gobiernos de Evo, para comprar disciplina y obediencia. Por lo tanto, la falta de colaboración, tras semanas de movilizaciones, no puede señalarse como un factor decisivo que un gobierno del MAS no estaba preparado para afrontar. La recomendación de dimisión fue sólo un elemento más para definir la caída de un Gobierno que había perdido la fuerza política real que le permitiera controlar, como en otros momentos, la situación desestabilizadora. En este sentido se cruzan los dos procesos de 2019 y 2024: las fuerzas armadas otorgándole el derecho de intervenir políticamente en las decisiones del país.

Para el gobierno del MAS, altamente atacado, desde la llegada al Palacio, lo que siempre fue determinante, para controlar la situación, fue la fuerza del voto. Es lo que sostuvo a Evo Morales en 2008, cuando obtuvo el 67,4% de aprobación, en un referéndum revocatorio, y lo que sustenta a Arce hoy, pero llevaron al derrocamiento del presidente y vicepresidente en 2019.

Las particularidades de estas coyunturas, de gobiernos depuestos en la región, llevaron a que la izquierda latinoamericana hable de una “nueva modalidad de golpe”. La situación política interna, las condiciones internacionales y también la dinámica de los acontecimientos han sido muy diferentes a las situaciones guardadas en la memoria política de la reciente historia latinoamericana, con golpes militares apoyados por la CIA seguidos de detenciones políticas, censura, exilio, muerte de militantes opositores al régimen, y que hoy los adolescentes estudian en la escuela.

Siguiendo el guión de la toma del capitolio por los seguidores de Trump, cuando éste perdió las elecciones, los seguidores de Bolsonaro dieron un paso más en relación a golpes políticos, suaves o de “nueva modalidad”, con elementos de las “viejas modalidades” golpistas. Los movimientos fuera de la institucionalidad aparecen hoy como una posibilidad en el repertorio político táctico de la derecha, pero siguen no siendo ni centrales ni necesarios en términos del poder geopolítico de las derechas que, son capaces de imponerse mediante el voto y también imponer sus intereses ante gobiernos de cualquier signo político. El movimiento que no reconoció la victoria de Lula el 8 de enero de 2023, de hecho, ocupó sedes de los tres poderes del Estado en Brasilia, con imágenes asociadas a la tradicional idea de golpe de estado, pero sin poder avanzar en el camino de imponerse sobre el poder real, derivado de las elecciones de 2022.

En el mismo sentido debe entenderse el intento de golpe o levantamiento de Zúñiga, el 26 de junio en La Paz. El intento quedó aislado sin apoyo. A diferencia de otras situaciones, esta vez hubo tanques militares rodeando el poder político y un jefe del ejército amenazando con tomar la Casa Grande del Pueblo. Sin embargo, como en Brasil, el poder político estaba protegido. Las críticas de Estados Unidos, o de gobiernos de derecha de la región, fueron tímidas, pero eso no quiere decir que esa sea la táctica utilizada para garantizar contratos a empresas extranjeras o recuperar poder para gobiernos afines. Si ese fuera el caso, Nicolás Maduro, enfrentado fuertemente a los Estados Unidos más que cualquier otro gobierno, con fuerte oposición y crisis económica, ya no sería presidente de Venezuela.

Más allá de la psicología y la desesperación de Zúñiga, y de las especulaciones sobre elementos operando en una coyuntura política, podemos decir que la derecha movilizada por las redes sociales, los militares que se acercan al poder político y los discursos populistas de derecha que desautorizan las instituciones en el contexto de una crisis política real, son parte de un fenómeno político identificable en toda la región latinoamericana. La derecha de  la Media Luna, Milei o Bolsonaro, no son una derecha republicana ni legalista. A pesar de declararse democrática, tiene objetivos políticos que utilizan las instituciones de manera instrumental y coyuntural, como también quiso hacerlo la izquierda, en algunos momentos de la historia. Como fuerzas insurgentes, las derechas hoy son fuerzas institucionales, aliadas al establishment político y que no apuntan a la movilización como estrategia política. En los márgenes o desde adentro de estos movimientos, sin embargo, hay repertorios que nos remiten a las dictaduras y ciertamente continuarán apareciendo en el escenario político.

Podemos hablar de una crisis de la república y de derechas que se rebelan, en las redes sociales o contra la institucionalidad, buscando formas de romper con el orden que, hoy, representa el progresismo. El MAS, como fuerza política dominante, ya movilizó elementos antirrepublicanos presentes en la política boliviana, por ejemplo, con la creación del Estado Plurinacional, en la constitución que, según declara en el preámbulo, busca la superación de la forma republicana y que, en los primeros años del gobierno de Evo Morales, representaba un voto a favor del cambio y en contra del orden.

El gobierno de Luis Arce no tiene la fuerza de la irrupción del MAS en 2005, aunque sea heredero de esa movilización, y siempre ha cultivado la imagen de un técnico responsable, un trabajador bancario que mantenía la economía en orden. Esto fue suficiente para mantener el poder, aun cuando fue cuestionado por Evo Morales y con el descontento de la población en general. Tenemos, al final, veinte años de construcción de poder institucional que requieren más que una corriente de opinión defendida por los tanques de un general desconocido para la mayoría. La pregunta sigue siendo si en 2025 el MAS será con Arce, el voto en defensa de la democracia y el orden, o si ante la eventual habilitación de Evo Morales podrá representar un voto antisistema y de cambio, aún, frente a una derecha que pueda rearticular el discurso ensayado por Zúñiga, ganando un espacio político actualmente inexistente.

Zúñiga, al final, no representó ninguna fuerza más allá de sí mismo, a pesar de su discurso anti-evista y del alto cargo que aún podía intentar ostentar. Hubo, como siempre, muchas llamadas telefónicas e incluso se habló de un plan de intervención elaborado por la inteligencia militar, como también la hubo en Brasil en enero de 2023. Pero Zúñiga actuó sin estrategia y coordinación, fuera de tiempo, apresurado por la inminente destitución, individualmente, junto a unos cientos de soldados que le obedecieron directamente pero que no dispararon ni avanzaron contra el gobierno de Arce.

La desesperación de Zúñiga

Sectores favorables a Luis Arce resaltaron que este enfrento cara a cara el intento de golpe de Estado del general Zúñiga, en medio del levantamiento, mientras que Evo Morales y García Linera abandonaron el país en 2019. La comparación es injusta, porque en 2024 no había el nivel de conflicto y violencia política de 2019. No hubo ninguna amenaza a la vida de Arce, sobre todo porque políticamente no es en él en quien el MAS y el gobierno se apoya. Como Alberto Fernández en relación con Cristina Kirchner, es esta fragilidad la que también alimenta la disputa interna que busca el retorno de Evo a la presidencia. Lo que sale a la luz es la rivalidad entre el presidente y el líder histórico del partido detrás de la crisis. Hubo declaraciones de Zúñiga en televisión el 24 de junio amenazando con una intervención militar si Morales era elegido, lo que motivó el pedido de Luis Arce a la renuncia del comandante, provocando el intento de rebelión.

Meses atrás, Evo Morales había denunciado operaciones de inteligencia relacionadas con el grupo Pachajcho, organizado desde el comando del ejército de Zúñiga. Morales advirtió que podrían aparecer pruebas en su contra y que podría ser eliminado físicamente. En un contexto de guerra fría con Arce, las declaraciones responsabilizaron indirectamente al actual presidente, que consideraba a Zúñiga un soldado leal, y lo había mantenido en el cargo durante la última renovación del mando de las Fuerzas Armadas. Las declaraciones contra Evo de Zúñiga en la televisión, habían conducido, efectivamente, a la decisión de su destitución por parte de Arce, quien claramente no tenía ningún interés en escalar de esta manera el conflicto con Morales, prefiriendo buscar descalificar a Evo Morales a través de congresos partidarios, justicia electoral u otros medios políticos, fortalecido por la idea de que mide mejor que el líder histórico en las encuestas.

La inminente destitución que, planeó el gobierno, puede leerse como una victoria de Evo Morales y también una muestra de civilización no fratricida por parte de Arce. Quizás, de hecho, las operaciones contra Morales, en el Chapare, avanzaban por un camino que el gobierno del MAS no aprobaría ni autorizaría internamente, ni consideraba que los beneficiara. Esto nos lleva a pensar en el desenlace y la reacción de Zúñiga, ligada a especulaciones sobre el papel de las operaciones de inteligencia utilizadas en política. En este lugar hay que leer la reacción final de impotencia, con movimientos que no tienen claro si estaban en contra de la posible candidatura de Evo Morales, aún no confirmada, o también iban dirigidos contra Arce, esperando el apoyo de la población y sectores militares que no llegaron.

El día 26, en Plaza Murillo, Zúñiga pronunció un discurso contra la clase política pidiendo la liberación de los “presos políticos” de 2019, mencionando a los militares que se encuentran en prisión, Jeanine Áñez y Fernando Camacho. En medio del levantamiento, dijo en un momento que sólo buscaba el reemplazo de algunos ministros, aparentemente tratando de salvar a Arce quien, de hecho, no parecía ser el objetivo de toda la operación. Sin embargo, dijo a la prensa en el lugar, que entraría y ocuparía el Palacio. Con el intento golpista fracasado, acusó al propio Arce de planear un autogolpe, idea luego reproducida por sectores evistas y también por voces de la extrema derecha latinoamericana, adepta, como es sabido, a las versiones conspirativas[4].

Si la fuerza del gobierno de Arce aparece en el resultado de un intento de golpe incompleto, también es la fuerza de Evo Morales la que aparece detrás de los acontecimientos. Si el plan de Zúñiga parece preocupantemente posible en la América Latina actual, la falta de reacciones favorables es tranquilizadora. Incluso Jeanine Áñez y Fernando Camacho han criticado el movimiento de Zúñiga desde la prisión. La fuerza del MAS, además de Arce y Evo Morales, todavía parece controlar una situación de caos institucional y descontento que permitió el exabrupto de Zúñiga. Podemos decir que después de este episodio y de la presidencia de Jeanine Áñez, será necesario otro tipo de enfoque para superar la fuerza del MAS, todavía considerado la principal fuerza política del país, de manera más contundente que los partidos que apoyan a los gobiernos progresistas de Chile, Brasil y también que el kirchnerismo.

El golpe por el litio boliviano

La versión de que venían por el litio de Bolivia no tardó en aparecer en el imaginario político de la izquierda latinoamericana, que escuchó a la generala Laura Richardson, jefa del comando sur del ejército norteamericano, decir en grupos de WhatsApp que América Latina es importante por su petróleo, el litio y el agua dulce que puede proporcionar.

También está el tuit de Elon Musk, posteriormente borrado, donde daba a entender que los gobiernos podrían ser derrocados cuando fuera necesario, en respuesta a alguien que acusaba a Estados Unidos de dar un golpe de estado contra Evo Morales para obtener litio para Musk. En el inconsciente colectivo latinoamericano quedó la idea, que hoy es rumiada, con el levantamiento de Zúñiga, de que a Evo lo derrocaron para que Estados Unidos tuviera el litio boliviano. Pero en la política boliviana el orden de los factores no es ese.

Es un hecho que la historia de las venas abiertas de América Latina es la de los poderes políticos locales bailando al son de los intereses de explotación, y comerciales, de los poderosos países del norte. En uno de los capítulos del libro de Eduardo Galeano, que Hugo Chávez regaló en su día a Barack Obama, el escritor uruguayo narra los detalles de cómo Estados Unidos garantizó el suministro de hierro barato al país del norte, obteniendo el 49% de la empresa estatal Companhia Vale do Rio Doce, para los capitales estadounidenses, en una trama que se vincula con el golpe de Estado de 1964 en Brasil.

Pero este imaginario, que emerge inmediatamente ante cualquier situación interpretada como un golpe de Estado, necesita adaptarse a la realidad de los actuales gobiernos progresistas que no interfieren en los negocios de las empresas capitalistas extranjeras. Dilma Rousseff entregó todo lo solicitado por los sectores políticos que luego la derrocarían, incluidos los derechos laborales y las concesiones de explotación petrolera, mientras el propio poder político se debilitaba. Asimismo, Evo Morales no tuvo una política contra la explotación del litio por parte de empresas privadas, lo que puede ayudar a eliminar esta interpretación sobre las motivaciones para derrocar al MAS, ahora o en 2019.

Es cierto que la disputa por las materias primas bolivianas hoy puede involucrar intereses chinos, en disputa, con empresas norteamericanas, rusas, indias y europeas occidentales. También es importante recordar que una de las medidas más importantes del primer gobierno de Evo Morales, en 2006, fue aumentar los impuestos a las empresas productoras de hidrocarburos, en el decreto denominado nacionalización, que, sin embargo, permitió a las empresas continuar funcionando, nacionalizando sólo la distribución. Estos impuestos ya habían aumentado de, algo así como, el 30% al 51% en 2005, durante la presidencia de Carlos Mesa, quien asumió después de la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada, y con Evo llegaron al 81%. El movimiento que llevó a Evo Morales al gobierno fue una revuelta popular, en 2003, contra Sánchez de Lozada, cuando intentó exportar gas boliviano a Estados Unidos.

Pero hoy, a diferencia de otros líderes latinoamericanos, como Petro en Colombia, ningún dirigente del MAS cuestiona el modelo extractivista con inversión de empresas extranjeras. Esto no significa que el mundo empresarial no interfiera en la política interna y en la diplomacia, y que eventualmente pueden alinearse con la oposición al MAS. Pero Evo Morales no enfrentó los intereses de los grupos de poder, especialmente después de poner fin a la disputa con la oposición de la Media Luna y aprobar la Constitución en 2009, cediendo en casi todos los puntos que podrían generar conflictos e inestabilidad, como las concesiones mineras, la reforma agraria y, también la reelección, que se limitaba a un mandato sucesivo.

Así como la US Steel poseía en 1964 el 49% de las acciones de Vale y el acceso al yacimiento de hierro en la Serra dos Carajás do Pará, argumentando que Brasil no tenía capital para hacerlo, Evo Morales firmó en 2019 un contrato con una empresa alemana que se llevaría el 49% de la producción boliviana de litio[5]. La resistencia del pueblo potosino contra la firma de este contrato acabo consiguiendo revertir la decisión y fue parte importante en el nacimiento del caldo social de organizaciones que se movilizaran contra la reelección de Evo Morales y García Linera.

Lo más importante para entender la crisis actual de Bolivia, parece estar relacionada con el fin de los buenos tiempos que trajo al Estado boliviano la aparición de reservas de gas a principios de los años 2000, lo que unido a los altos precios y las ventas garantizadas, vía gasoducto, a los países vecinos, garantizaban una cierta bonanza de algunos años, en un Estado que poco antes sólo cerró sus cuentas con la ayuda de la cooperación internacional. En cualquier caso, aunque la nueva promesa son las reservas de litio, esto no está en juego en la actual crisis política[6].

La Crisis Política que Continúa Abierta

En 2019, la fuerza del movimiento contra la reelección de Evo, logró derrocar al presidente. En 2024, el discurso de un militar que intentaba sumarse a este mismo movimiento no fue suficiente para dar un golpe de Estado. Es difícil imaginar otro resultado, cuando aún no se ha confirmado la candidatura de Evo Morales para las elecciones que tendrán lugar en agosto de 2025. Nadie hace un movimiento armado preventivo contra una candidatura, no confirmada, y con más de un año de antelación, arriesgándose a una detención que, los militares de alto rango, en diferentes crisis la historia reciente de Bolivia muestra que no logran evitar.

Con una justicia débil y fácilmente manipulable por los sucesivos gobiernos, la candidatura de Evo Morales fue autorizada en 2015, a pesar de la prohibición expresa en la constitución, con el argumento de que era un derecho humano de Evo Morales poder postularse. Del mismo modo, una sentencia del Tribunal Constitucional interpreta ahora que no se permiten dos mandatos sucesivos, sino dos mandatos en cualquier momento, dejando al expresidente en una virtual situación de inhabilitación.

Por eso es más plausible pensar que el General Zúñiga intentó revertir su suerte lanzando una carta con pocas posibilidades de prosperar, como una salida desesperada en un contexto de crisis y sin apoyo internacional, ni plan para que nadie se quede con el litio mediante ese camino. Para los intereses reales del capitalismo y la geopolítica del suministro de energía, es necesaria una solución estable, que hoy no requiere recurrir al ejército, ni derrocar gobiernos, pero que sólo un golpe de Estado podría proporcionar en los años 60 o 70, cuando los ejemplos de Cuba, Allende e incluso los gobiernos nacionalistas burgueses amenazaron los intereses capitalistas y el control político de la región.

Al mismo tiempo vemos que hoy la democracia es fuerte y no está en riesgo, precisamente porque es débil. Respecto a esto, más allá de la fuerza de una respuesta en el Twitter de Elon Musk, de las fuerzas de derecha e izquierda que se organizan con mensajes en WhatsApp, y que también se manipula la justicia para que alguien sea candidato o no, la fuerza está en el sistema capitalista, en el modelo extractivo e intereses que ningún gobierno cuestiona.

La insubordinación de Zúñiga no demuestra la posibilidad de un gobierno militar, ni la fuerza de los intereses capitalistas sobre los recursos naturales bolivianos. Pero sí da cuenta de una crisis política, en la que ni la derecha republicana liberal, ni la derecha conservadora de la Media Luna, ni el MAS parecen tener las herramientas para solucionarla. Es natural que los acontecimientos del 26 de junio remonten a la época de las dictaduras, porque el discurso político de la extrema derecha prepara a la población para ello, pero también es común ver los intentos desestabilizadores hundirse, no siendo necesarias para las bases del poder actual estas intervenciones más allá de la disputa entre sectores y grupos políticos por el control del gobierno y el acceso a los recursos estatales.

El movimiento Zúñiga es parte de una crisis política sin fin, donde el progresismo y la derecha se turnan en disputas de gobierno que no modifican la estructura del poder. Aunque el negocio de la minería maneja siempre un alto nivel de violencia e ilegalidad, para el capitalismo de Elon Musk, Biden y las grandes empresas mineras, invitadas a invertir en la región, un contrato aprobado en un gobierno que caería rápidamente o enfrentaría una movilización popular sin ningún apoyo no sirve. Por eso también no hubo una fuerza internacional que garantizara estabilidad política y fortaleza económica a Jeanine Áñez, ahora en la prisión, donde pronto también estarán Zúñiga y los pocos que lo siguieron.

La incertidumbre en torno a las elecciones de 2025 también podría generar situaciones de tensión política. No sabemos quién encabezará el próximo gobierno, pero sí sabemos que el litio será explotado sin importar el impacto ambiental, ni el sector político que lo autorice. La democracia es suficiente para un modelo de desarrollo y de negocios que funcione de manera estable más allá de los señores de la guerra, los golpes militares, las crisis económicas y la inestabilidad gubernamental.

NOTAS:

[1]Según Zúñiga el domingo 24 de junio: “El presidente me dijo: la situación está muy jodida, muy crítica. Es necesario preparar algo para levantar mi popularidad. ‘¿Sacamos los blindados?’ – ‘Sacá’, Luis Arce habría dicho como respuesta.

[2]https://desinformemonos.org/sentidos-de-la-eleccion-boliviana/

[3]https://nuso.org/articulo/307-evistas-versus-arcistas/

[4]https://x.com/i/web/status/1808110552624832630

https://www.bbc.com/mundo/articles/c4ngxn45y0yo

[5]https://passapalavra.info/2019/11/129004/

[6]https://nuso.org/articulo/las-arcenomics-no-escapan-a-la-maldicion-de-los-recursos-naturales/

*Salvador Schavelzon, Profesor del PROLAM (USP) e UNIFESP-Osasco.

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

Bolivia: las claves de la asonada militar y sus coletazos

por Pablo Stefanoni

La imagen de los militares entrando por la fuerza al Palacio Quemado recorrieron el mundo y sembraron confusión en Bolivia. El frustrado putsch de una facción del Ejército, en medio del rechazo nacional e internacional, se da en el marco de la erosión de la gestión de Luis Arce producto, en gran medida, de las guerras intestinas en el Movimiento al Socialismo (MAS). Pese a su rápido fracaso, la rebelión militar tendrá consecuencias políticas.

Los tanques en la Plaza Murillo terminaron siendo una especie de farsa que podría haber derivado en tragedia, en un clima político crecientemente deteriorado por las disputas en el interior del Movimiento al Socialismo (MAS), hoy fracturado en dos alas: evistas y arcistas. En la tarde del miércoles 26 de junio el comandante general del Ejército, Juan José Zúñiga -quien había sido destituido el martes en la noche pero se negaba a reconocer la decisión presidencial- ocupó esa emblemática plaza con tanquetas. Utilizó incluso una de ellas para abrir por la fuerza la puerta del Palacio Quemado, la antigua sede del gobierno hoy compartida con la aledaña Casa Grande del Pueblo. La confusión sobre las intenciones y las estrategias en juego reinó durante casi toda la asonada, mientras varios ministros colocaban muebles para evitar el ingreso de los uniformados.

La tensión había ido escalando luego de que el general Zúñiga se refiriera a la imposibilidad del ex-presidente Evo Morales de volver a presentarse a las elecciones presidenciales y respondiera a varias de sus acusaciones tildándolo de «mitómano». En una entrevista con el programa local No Mentirás del 24 de junio, el jefe castrense dijo que «legalmente Evo Morales está inhabilitado. La CPE [Constitución Política del Estado] dice que no puede ser más de dos gestiones, y el señor fue reelegido. El Ejército y las Fuerzas Armadas tienen la misión de hacer respetar y cumplir la CPE. Ese señor no puede volver a ser presidente de este país».

Zúñiga se refería a un polémico fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) que, en una sentencia sobre otra cuestión, incluyó una forzada interpretación de la Constitución de 2009 que dejaría afuera de la carrera presidencial al tres veces presidente. La Constitución señala que solo son posibles dos mandatos consecutivos, pero el tribunal «interpretó» que son dos en total -consecutivos o no-, lo que fue presentado por Morales como un intento de proscripción política por parte de la «derecha endógena», en el marco de lo que denominó un «plan negro» para sacarlo del juego político, orquestado, según él, por los ministros de Justicia, Iván Lima, y de Gobierno, Eduardo del Castillo.

Las declaraciones amenazantes de Zúñiga, nombrado comandante del Ejército a fines de  2022 por el presidente Luis Arce Catacora, enervaron al ex-presidente y al evismo, que comenzó a hablar de un «autogolpe» en ciernes. «El tipo de amenazas hechas por el comandante general del Ejército, Juan José Zúñiga, nunca se dieron en democracia. Si no son desautorizadas por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas [Luis Arce] se comprobará que lo que en verdad están organizando es un autogolpe», denunció Morales en su cuenta de X, desde donde critica a diario al gobierno de Arce, al que considera un traidor al llamado «Proceso de cambio».

Pero no fue solo el ex-presidente. Las amenazas de Zúñiga violaban los reglamentos militares y la Constitución, lo que explica la decisión de Arce de destituirlo. Pero esto fue considerado por el jefe militar como una expresión de «desprecio» pese a su lealtad al presidente. El miércoles, 26 de junio, según informó el diario El Deber, fue citado para ser relevado formalmente, pero llegó a la Plaza Murillo con blindados y soldados encapuchados. Y el país asistió a un general actuando como «movimiento social», lo que en los hechos constituye un golpe de Estado, increpando cara a cara al presidente Arce tras ingresar por la fuerza al Palacio Quemado, mientras los colaboradores del presidente le gritaban golpista y le exigían a gritos que retirara a los uniformados.

El aislamiento de Zúñiga, sin apoyo político ni social, explica posiblemente su intento de darle un contenido político a su rebelión: dijo que iba a liberar a «presos políticos» como la ex-presidenta Jeanine Áñez y el ex-gobernador de Santa Cruz Fernando Camacho y que iba a restaurar la democracia. «Una elite se ha hecho cargo del país, vándalos que han destruido al país», arengó a las puertas de su vehículo blindado, frente al Palacio Quemado y el Parlamento. Su argumento de que «las Fuerzas Armadas pretenden reestructurar la democracia, [para] que sea una verdadera democracia, no de unos dueños que ya están 30 y 40 años en el poder» cayó en saco roto. La reacción interna y externa fue contundente. Hasta opositores actualmente en prisión como Áñez y Camacho condenaron la acción militar. También lo hicieron los ex-presidentes Carlos D. Mesa y Jorge «Tuto» Quiroga. Fuera del país, mandatarios de diverso signo ideológico -salvo el argentino Javier Milei, que lo dejó en manos de su canciller- llamaron a defender las instituciones y condenaron a los sublevados.

Entretanto, organizaciones matrices como la Central Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) o la Central Obrera Boliviana (COB), al igual que Evo Morales, que sigue siendo el líder de los sindicatos de cultivadores de coca del Chapare en Cochabamba (tiene allí sus oficinas y su emprendimiento de piscicultura), convocaron a la huelga general, el bloqueo de caminos y una gran marcha hacia La Paz.

Arce, por su lado, dio un breve discurso, llamando también a la movilización, en medio de conatos de enfrentamientos en la Plaza Murillo, donde los manifestantes eran expulsados con gases lacrimógenos. Y se dispuso a nombrar un nuevo mando militar en las tres fuerzas.

Sin rebelión en los cuarteles militares ni policiales, la cuerda de Zúñiga para mantener el levantamiento y lograr quedarse en su puesto por la fuerza se iba acabando. Involucrado en al menos un caso de desvío de fondos -del pago del bono Juancito Pinto, en manos de militares- durante el gobierno de Evo Morales, y sin un gran desempeño en su carrera, este militar era considerado muy cercano a Arce y parece haber reaccionado de manera impulsiva. Su retirada de la Plaza Murillo se pareció a una desbandada, con manifestantes persiguiendo a los soldados rezagados.

Tras ser detenido, junto al vicealmirante Juan Arnez, ex-comandante de la Armada, Zúñiga dijo que había actuado por orden del presidente: «El presidente [Arce] me dijo la ‘situación está muy jodida, es necesario preparar algo para levantar mi popularidad’». Eso dejó una granada activada para los próximos días. La idea de un autogolpe stricto sensu parece desmentida por el propio hilo de los acontecimientos -¿cuál era exactamente el plan?-, que se parecen más a una sucesión de hechos descarrilados en el marco de una fuerte erosión de la institucionalidad -y de la gestión del oficialismo-, producto en gran medida del enfrentamiento en el interior del MAS.

Luego de su vuelta al poder en diciembre de 2020 de la mano de Luis Arce, el candidato elegido por Morales desde su exilio en Argentina, las relaciones entre el ex-presidente y su ministro de economía durante más de una década se desgastaron rápidamente y terminaron en una disputa abierta por el poder. Arce, quien al parecer se había comprometido a no competir por la reelección en 2025, decidió luego que sí buscará un segundo mandato; y Evo Morales, que intentó una reelección tras otra, sin reparar en la letra y el espíritu de la nueva Carta Magna, considera que fue destituido por un golpe de Estado en 2019 y que tiene el derecho de competir nuevamente por la presidencia. Esa disputa tiene paralizada a la Asamblea Legislativa, en un contexto económico que hoy tiene poco que ver con los años del auge económico pre-2019.

La escasez de dólares y combustibles deja ver un agotamiento del modelo aplicado desde 2006, cuando Evo Morales fue elegido como el primer presidente indígena de Bolivia y, en medio de una espectacular épica política, dio inicio a la «Revolución democrática y cultural», que en el plano económico desplegó un «populismo prudente» muy pendiente de no aumentar el déficit fiscal y acumular reservas de divisas récord en el Banco Central.

El propio Arce reconoció hace poco que la situación del diésel era «patética» y ordenó la militarización del sistema de provisión de combustibles, con el objetivo de evitar el contrabando a los países vecinos de diésel subsidiado por el Estado boliviano. La crisis económica afecta muy especialmente a Arce, quien, sin gran carisma, construyó su legitimidad como el ministro del «milagro económico». En el plano político, la pinza entre el Poder Ejecutivo y el Judicial ha debilitado al Poder Legislativo, cuya mayoría se divide también en arcistas y evistas, y cada bando acusa al otro de «hacerle el juego a la derecha». También se han prolongado los mandatos de las autoridades judiciales, lo que es denunciado a diario por los evistas.

El presidente del senado, Andrónico Rodríguez, un sindicalista cocalero formado por Evo Morales como una suerte de sucesor, tuiteó tras el repliegue de los militares: «De magistrados autoprorrogados a un supuesto golpe o autogolpe, el pueblo boliviano se hunde en la incertidumbre. Este desorden institucional, donde las autoridades extienden ilegalmente sus mandatos y se socavan los principios democráticos, está llevando al país a una situación de caos y desconfianza, agravando la crisis y amenazando la estabilidad y el bienestar del país». Los coletazos de la asonada continuarán. Lejos de una tregua en el espacio masista, la lucha interna se intensificará.

Parte de la disputa es por la siglas del Movimiento al Socialismo (MAS), un partido de movimientos sociales que mostró, en 2020, su capacidad de movilización electoral incluso en contextos difíciles como el que vivió bajo el gobierno de Áñez -y del ministro de Gobierno Arturo Murillo, luego detenido en Estados Unidos por corrupción-: se han judicializado los congresos de cada ala, con miras a 2025, año del bicentenario boliviano.

La debilidad de la oposición, que quedó asociada al gobierno autoritario, ineficiente y marcado por la corrupción de Jeanine Áñez, y tiene grandes dificultades para encontrar nuevas figuras, atiza la «ch’ampa guerra» entre evistas y arcistas, que piensan el poder como una disputa «interna». Pero en medio de la volatilidad electoral regional y global, esta visión entraña un riesgo, incluso si consideramos que la base electoral alrededor del MAS sigue siendo fuerte y que la experiencia de Áñez funciona como una «dosis de recuerdo» para los movimientos sociales e indígenas.

Aún es pronto para saber cómo impactará el putsch fallido en las relaciones de fuerza en el interior del espacio del MAS (que hoy ya no existe como partido unificado). Tras superar el desafío del grupo militar sublevado, Arce se enfrenta ahora al fuego político cruzado de evistas y opositores, que ya comenzaron a hablar de «show político» para tratar de devaluar el capital político que el presidente podría conseguir por el apoyo nacional e internacional a las instituciones y la vigencia de la democracia, y su decisión de increpar cara a cara al «general golpista».

 

Publicado originalmente en https://www.nuso.org/

Pablo Stefanoni es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Publicó varios artículos y libros sobre las izquierdas y América Latina y combina el trabajo periodístico con la investigación en ciencias sociales. Es autor de Los inconformistas del Centenario. Intelectuales, socialismo y nación en una Bolivia en crisis (1925-1939) (La Paz, Plural, 2015) y coautor, con Martín Baña, de Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución Rusa (Buenos Aires, Paidós, 2017). Desde 2011 se desempeña como jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad. Colabora con la edición Cono Sur de Le Monde Diplomatique y con el suplemento «Ideas» del diario La Nación. Actualmente forma parte del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas (CeDInCI)/Universidad Nacional de San Martín (Unsam).